Epítome, 37
Después de él, Sócrates ocupó el primer lugar en la filosofía, quien fue declarado sapientísimo aun por el oráculo, porque confesó que sabía una sola cosa, a saber, que nada sabía. Y por la autoridad de este oráculo era justo que los filósofos naturales se reprimieran, para que no indagasen aquellas cosas que no podían saber, o no pensasen que sabían lo que no sabían. Veamos, sin embargo, si Sócrates fue sapientísimo, como proclamó el dios pítico. A menudo usaba este proverbio: que aquello que está sobre nosotros tampoco tiene referencia a nosotros. Ya ha traspasado los límites de su opinión. Pues el que dijo que sabía una sola cosa, halló otra cosa de que hablar, como si la supiera; mas en vano. Porque a Dios, que claramente está sobre nosotros, se le ha de buscar; y se ha de emprender la religión, que sola nos separa de los brutos, la cual Sócrates ciertamente no solo rechazó, sino que aun se burló de ella, jurando por un ganso y un perro, como si en verdad no hubiera podido jurar por Esculapio, a quien había consagrado un gallo. ¡He aquí el sacrificio de un sabio! Y como no pudo ofrecerlo en su propia persona, pues estaba a punto de morir, rogó a sus amigos que cumplieran el voto después de su muerte, no fuera que, en verdad, quedara detenido como deudor en las regiones inferiores. Ciertamente, a la vez proclamó que nada sabía e hizo bueno su aserto.
Epítome, 38
Su discípulo Platón, de quien Tulio habla como del dios de los filósofos, solo entre todos estudió la filosofía de tal modo que se acercó más a la verdad; y sin embargo, porque ignoraba a Dios, erró en tantas cosas, que nadie cayó en peores errores, especialmente porque en sus libros acerca del estado quiso que todas las cosas fueran comunes a todos. Esto es soportable respecto de los bienes, aunque es injusto. Pues no debe ser injuria para nadie, si posee más que otro por su propia industria; ni provecho para nadie, si por su propia culpa posee menos. Mas, como he dicho, esto es tolerable de algún modo. ¿Habrá también comunidad de mujeres y de hijos? ¿No habrá distinción de sangre, ni certeza de raza? ¿No habrá familias, ni parentescos, ni afinidades, sino todas las cosas confusas e indiscriminadas, como en rebaños de ganado? ¿No habrá dominio de sí en los hombres, ni castidad en las mujeres? ¿Qué afección conyugal puede haber en estos, entre quienes por una y otra parte no hay amor cierto ni peculiar? ¿Quién será cumplidor para con un padre, cuando no sabe de quién nació? ¿Quién amará a un hijo, a quien tendrá por no suyo? Además, abrió la curia a las mujeres, y les confió la milicia, las magistraturas y los mandos. Mas ¡cuán grande será la calamidad de aquella ciudad en la cual las mujeres desempeñen los deberes de los hombres! Pero de esto más ampliamente en otra ocasión.
Zenón, maestro de los estoicos, que alaba la virtud, juzgó que la compasión, que es una virtud grandísima, debía ser extirpada, como si fuera una enfermedad de la mente, siendo así que es a un tiempo amada por Dios y necesaria para los hombres. Pues ¿quién hay que, puesto en algún mal, no querría ser compadecido, y no desearía la ayuda de aquellos que pudieran socorrerlo, la cual no se suscita para prestar auxilio sino por el sentimiento de la compasión? Aunque llama a esto humanidad y piedad, no cambia la cosa misma, sino solo el nombre. Esta es la afección que ha sido dada solamente al hombre, para que con la mutua ayuda aliviemos nuestra debilidad; y el que quita esta afección nos reduce a la vida de las bestias. Pues su aserción de que todas las culpas son iguales procede de aquella inhumanidad con la cual también ataca la compasión como una enfermedad. Porque quien no hace diferencia en las culpas, o piensa que las ofensas leves deben castigarse con penas severas, lo cual es propio de un juez cruel, o que las grandes ofensas deben castigarse con penas leves, lo cual es propio de un juez despreciable. En uno y otro caso hay injuria para el estado. Pues si los grandes crímenes se castigan levemente, la audacia de los malvados aumentará y pasará a acciones de mayor atrevimiento; y si se impone una pena de excesiva severidad por ofensas leves, como nadie puede estar exento de culpa, muchos ciudadanos incurrirán en peligro, los cuales mediante la corrección podrían hacerse mejores.
Epítome, 39
Estas cosas, en verdad, son de poca importancia, pero nacen de la misma falsedad. Jenófanes dijo que el orbe de la luna es dieciocho veces mayor que esta tierra nuestra; y que dentro de su ámbito está contenida otra tierra, habitada por hombres y animales de toda especie. Acerca de los antípodas tampoco se puede oír ni hablar sin risa. Se afirma como cosa seria que debemos creer que hay hombres que tienen los pies opuestos a los nuestros. Son más tolerables los desvaríos de Anaxágoras, que dijo que la nieve era negra. Y no solo los dichos, sino también los hechos, de algunos son ridículos. Demócrito descuidó la tierra que su padre le había dejado, y permitió que se convirtiera en pasto público. Diógenes, con su compañía de perros, que profesa aquella grande y perfecta virtud en el desprecio de todas las cosas, prefirió mendigar para su sustento antes que buscarlo con un trabajo honesto o tener propiedad alguna. Sin duda, la vida del sabio debe ser para los demás un ejemplo de vida. Si todos imitaran la sabiduría de estos, ¿cómo subsistirán los Estados? Pero acaso los mismos cínicos pudieron dar ejemplo de modestia, quienes vivían con sus esposas en público. No sé cómo podían defender la virtud quienes quitaban la modestia.
Ni Aristipo fue mejor que estos, el cual, según creo, para agradar a su amante Lais, instituyó el sistema cirenaico, por el cual puso el fin del bien sumo en el placer corporal, para que no faltara autoridad a sus faltas ni doctrina a sus vicios. ¿Han de ser más aprobados aquellos hombres de mayor fortaleza que, para que se dijera que habían despreciado la muerte, murieron por sus propias manos? Zenón, Empédocles, Crisipo, Cleantes, Demócrito y Catón, imitando a estos, no supieron que quien se da muerte a sí mismo es reo de homicidio, según el derecho y la ley divinos. Porque fue Dios quien nos puso en esta morada de carne; fue Él quien nos dio la habitación temporal del cuerpo, para que la habitáramos mientras Él quisiera. Por tanto, ha de considerarse impío querer salir de ella sin mandato de Dios. Por consiguiente, no debe hacerse violencia a la naturaleza. Él sabe destruir su propia obra. Y si alguno aplica manos impías a esa obra y desgarra los vínculos de la hechura divina, intenta huir de Dios, cuya sentencia nadie podrá evitar, vivo o muerto. Por tanto, son malditos e impíos aquellos que he mencionado arriba, los cuales incluso enseñaron cuáles eran las razones convenientes para la muerte voluntaria; de modo que no bastó la culpa de ser homicidas de sí mismos, si además no instruían a otros en esta maldad.
Epítome, 40
Son innumerables los dichos y hechos de los filósofos con los que puede mostrarse su necedad. Por tanto, ya que no podemos enumerarlos todos, bastarán unos pocos. Basta que se entienda que los filósofos no fueron maestros ni de la justicia, que ignoraban, ni de la virtud, de la que falsamente se jactan. Pues ¿qué pueden enseñar quienes a menudo confiesan su propia ignorancia? Omito mencionar a Sócrates, cuya opinión es bien conocida. Anaxágoras proclama que todas las cosas están cubiertas de tinieblas. Empédocles dice que son estrechos los caminos para hallar la verdad de los sentidos. Demócrito afirma que la verdad yace hundida en un pozo profundo; y como en ninguna parte la encuentran, afirman por eso que ningún sabio ha existido todavía. Puesto que, por tanto, la sabiduría humana no existe (dice Sócrates en los escritos de Platón), sigamos la que es divina, y demos gracias a Dios, que nos la ha revelado y entregado; y congratulémonos de que, por la munificencia divina, poseemos la verdad y la sabiduría que la filosofía, buscada por tantos ingenios durante tantas edades, no pudo descubrir.
Epítome, 41
Ahora, puesto que hemos refutado la religión falsa, que está en el culto de los dioses, y la sabiduría falsa, que está en los filósofos, vengamos a la religión y a la sabiduría verdaderas. Y, en efecto, hemos de hablar de ambas conjuntamente, porque están estrechamente unidas. Pues adorar al Dios verdadero, eso y no otra cosa es sabiduría. Porque aquel Dios que es supremo y Hacedor de todas las cosas, que hizo al hombre como imagen de sí mismo, por esta razón le confirió a él solo, entre todos los animales, el don de la razón, para que devolviera el honor a Él como a su Padre y su Señor, y con el ejercicio de esta piedad y obediencia alcanzara el premio de la inmortalidad. Este es un misterio verdadero y divino. Pero entre aquellos, porque no son verdaderos, no hay acuerdo. Ni se realizan ritos sagrados en la filosofía, ni se trata de filosofía en las cosas sagradas; y por esto su religión es falsa, porque no posee sabiduría; y por esto su sabiduría es falsa, porque no posee religión. Pero donde ambas se unen, allí la verdad necesariamente ha de estar; de modo que si se pregunta qué es la verdad misma, con razón puede decirse que es religión sabia o sabiduría religiosa.
Capítulo 42.— De la sabiduría religiosa: el nombre de Cristo, conocido de nadie, salvo de Él mismo y de su Padre
Epítome, 42
Diré ahora qué es la religión sabia, o la sabiduría religiosa. Dios, en el principio, antes de hacer el mundo, de la fuente de su propia eternidad y del Espíritu divino y sempiterno, engendró para sí un Hijo incorruptible, fiel, correspondiente a la excelencia y majestad de su Padre. Él es virtud, Él es razón, Él es el Verbo de Dios, Él es sabiduría. Con este artífice, como dice Hermes, y consejero, como dice la Sibila, ideó la fábrica excelente y maravillosa de este mundo. En fin, de todos los ángeles, a quienes el mismo Dios formó de su propio aliento, Él solo fue admitido a la participación de su supremo poder, Él solo fue llamado Dios. Pues todas las cosas fueron por Él, y nada fue sin Él. En fin, Platón, no del todo como filósofo, sino como vidente, habló acerca del Dios primero y segundo, siguiendo quizá en esto a Trismegisto, cuyas palabras he traducido del griego y añadido: «El Señor y Hacedor de todas las cosas, a quien hemos pensado que se le llama Dios, creó un segundo Dios, visible y sensible. Pero por sensible quiero decir, no que Él mismo reciba sensación, sino que causa sensación y vista. Cuando, pues, hubo hecho este, el primero, y uno, y solo uno, le pareció a Él excelentísimo y lleno de todas las buenas cualidades.» La Sibila dice también que Dios, guía de todas las cosas, fue hecho por Dios, y otra, que
Dios, Hijo de Dios, debe ser conocido,
como declaran aquellos ejemplos que he aducido en mis libros. A Él lo proclamaron los profetas, llenos de la inspiración del Espíritu divino; de quien especialmente Salomón en el libro de la Sabiduría, y también su padre, el escritor de los himnos divinos — ambos reyes renombradísimos, que precedieron a los tiempos de la guerra de Troya en ciento ochenta años — dan testimonio de que nació de Dios. Su nombre no es conocido por nadie, excepto por Él mismo y por el Padre, como enseña Juan en el Apocalipsis. [] Hermes dice que su nombre no puede ser pronunciado por boca mortal. Sin embargo, por los hombres es llamado con dos nombres: Jesús, que es Salvador, y Cristo, que es Rey. Se le llama Salvador por esta razón, porque es la salud y la salvación de todos los que creen en Dios por Él. Se le llama Cristo por esta razón, porque Él mismo vendrá del cielo al fin de esta dispensación a juzgar al mundo y, habiendo resucitado a los muertos, a establecer para sí un reino eterno.
Epítome, 43
Mas para que no quede por casualidad en tu mente duda alguna de por qué lo llamamos Jesucristo, a Él, que nació de Dios antes del mundo, y que nació de hombre hace trescientos años, te explicaré brevemente la razón. La misma persona es hijo de Dios y de hombre. Pues nació dos veces: primero de Dios, en el espíritu, antes del origen del mundo; después en la carne de hombre, bajo el reinado de Augusto; y en relación con este hecho hay un misterio ilustre y grande, en el cual están contenidos tanto la salvación de los hombres como la religión del Dios supremo, y toda la verdad. Pues cuando por primera vez se introdujo furtivamente el maldito e impío culto de los dioses por la perfidia de los demonios, entonces la religión de Dios permaneció solo entre los hebreos, quienes, no por ley alguna, sino a la manera de sus padres, observaron el culto transmitido de generación en generación, aun hasta el tiempo en que salieron de Egipto bajo la guía de Moisés, el primero de todos los profetas, por medio del cual les fue dada la ley de parte de Dios; y después fueron llamados judíos. Por tanto, sirvieron a Dios, atados por las cadenas de la ley. Pero ellos también, apartándose poco a poco hacia ritos profanos, emprendieron el culto de dioses extraños y, abandonando el culto de su padre, sacrificaron a imágenes insensatas. Por lo cual Dios les envió profetas llenos del Espíritu divino, para increparles sus pecados y anunciarles el arrepentimiento, para amenazarlos con la venganza que seguiría, y anunciar que sucedería, si persistían en las mismas faltas, que Él enviaría a otro como portador de una nueva ley; y, habiendo apartado de su heredad al pueblo ingrato, reuniría para sí un pueblo más fiel de entre las naciones extranjeras. Mas ellos no solo persistieron en su camino, sino que incluso dieron muerte a los propios mensajeros. Por tanto, los condenó a causa de estos hechos; y ya no envió mensajeros a un pueblo obstinado, sino que envió a su propio Hijo, para llamar a todas las naciones al favor de Dios. No obstante, no los excluyó, impíos e ingratos como eran, de la esperanza de la salvación; sino que se lo envió a ellos antes que a todos, para que, si por casualidad obedecieran, no perdieran lo que habían recibido; pero si rehusaban recibir a su Dios, entonces, quitados los herederos, los gentiles entrarían en posesión. Por tanto, el Padre supremo le ordenó descender a la tierra y revestirse de un cuerpo humano, para que, sujeto a los padecimientos de la carne, enseñara la virtud y la paciencia no solo con palabras, sino también con obras. Por tanto, nació por segunda vez como hombre, de una virgen, sin padre, para que, así como en su primer nacimiento espiritual, naciendo solo de Dios, fue hecho espíritu sagrado, así en su segundo nacimiento carnal, naciendo solo de madre, se hiciera carne santa, para que por Él la carne, que había quedado sujeta al pecado, fuera librada de la destrucción.
Epítome, 44
Que estas cosas sucedieran así, como las he expuesto, lo habían predicho antes los profetas. En los escritos de Salomón está escrito así: «El seno de una virgen fue fortalecido, y concibió; y una virgen quedó encinta, y se hizo madre con gran piedad.» En Isaías [] está escrito así: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel;» que, interpretado, es Dios con nosotros. [] Pues Él estuvo con nosotros en la tierra, cuando asumió la carne; y no era menos Dios en el hombre, y hombre en Dios. Que Él era a la vez Dios y hombre fue declarado antes por los profetas. Que era Dios, lo declara así Isaías []: «Se postrarán ante Ti, te suplicarán; puesto que Dios está en Ti, y no lo sabíamos, el Dios de Israel. Se avergonzarán y confundirán todos los que se oponen a Ti, e irán a la confusión.» También Jeremías: [] «Este es nuestro Dios, y no habrá otro que se le compare; Él ha hallado todo el camino del conocimiento, y lo ha dado a Jacob su siervo, y a Israel su amado. Después fue visto en la tierra, y habitó entre los hombres.» Asimismo, que era hombre, el mismo Jeremías dice: «Y Él es hombre, ¿y quién lo conoció?» Isaías también habla así: [] «Y el Señor les enviará un hombre que los salvará, y con juicio los sanará.» También Moisés mismo en el libro de los Números: «Saldrá una estrella de Jacob, y un hombre se levantará de Israel.» Por esta causa, pues, siendo Dios, tomó carne, para que, haciéndose mediador entre Dios y el hombre, habiendo vencido a la muerte, pudiera con su guía conducir al hombre a Dios.
Epítome, 45
Hemos hablado de su natividad; hablemos ahora de su poder y de sus obras, las cuales, cuando las obró entre los hombres, los judíos, viendo que eran grandes y maravillosas, supusieron que se hacían por influjo de la magia, no sabiendo que todas aquellas cosas que Él hacía habían sido predichas por los profetas. Dio fuerza a los enfermos y a los que languidecían bajo diversas enfermedades, no con remedio curativo alguno, sino instantáneamente, por la fuerza y el poder de su palabra; restauró a los débiles, hizo andar a los cojos, dio vista a los ciegos, hizo hablar a los mudos y oír a los sordos; limpió a los manchados e impuros, devolvió la recta razón a los que estaban enfurecidos por el ataque de los demonios, volvió a la vida y a la luz a los que estaban muertos o ya sepultados. También alimentó y sació a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces. También caminó sobre el mar. También en una tempestad mandó al viento que callara, y al instante hubo calma; todas las cuales cosas hallamos predichas tanto en los libros de los profetas como en los versos de las Sibilas.
Cuando una gran multitud acudía a Él a causa de estos milagros, y, como verdaderamente era, creía que era el Hijo de Dios y enviado de Dios, los sacerdotes y príncipes de los judíos, llenos de envidia, y al mismo tiempo movidos de ira, porque Él reprendía sus pecados e injusticias, conspiraron para darle muerte; y que esto sucedería lo había predicho Salomón un poco más de mil años antes, en el libro de la Sabiduría, con estas palabras: «Defraudemos al justo, porque nos es desagradable y nos increpa por nuestras ofensas contra la ley. Hace alarde de tener el conocimiento de Dios, y se llama a sí mismo Hijo de Dios. Se ha hecho reprensor de nuestros pensamientos: nos duele aun mirarlo; porque su vida no es como la vida de los demás, sus caminos son de otra manera. Nosotros somos tenidos por él como frívolos; se aparta de nuestros caminos como de la inmundicia; alaba grandemente el fin de los justos, y se jacta de tener a Dios por padre. Veamos, pues, si sus palabras son verdaderas; probemos qué fin tendrá; examinémoslo con reproches y tormentos, para conocer su mansedumbre y probar su paciencia; condenémoslo a una muerte vergonzosa. Tales cosas imaginaron, y se extraviaron; porque su propia necedad los cegó, y no entienden los misterios de Dios.»
Por tanto, olvidados de estos escritos que leían, incitaron al pueblo como contra un hombre impío, de modo que lo prendieron y llevaron a juicio, y con palabras impías pidieron su muerte. Mas alegaron contra Él como crimen esto mismo: que decía que era Hijo de Dios, y que sanando en sábado quebrantaba la ley, la cual Él decía que no quebrantaba, sino que cumplía. Y cuando Poncio Pilato, que entonces tenía autoridad en Siria como legado, advirtió que la causa no pertenecía al oficio del juez romano, lo envió a Herodes el tetrarca, y permitió que los propios judíos fueran jueces de su propia ley; los cuales, habiendo recibido el poder de castigar su culpa, lo sentenciaron a la cruz, pero primero lo azotaron y golpearon con sus manos, le pusieron una corona de espinas, escupieron en su rostro, le dieron a comer y beber hiel y vinagre; y en medio de estas cosas no se oyó caer palabra alguna de sus labios. Entonces los verdugos, habiendo echado suertes sobre su túnica y su manto, lo suspendieron en la cruz y lo fijaron en ella, aunque al día siguiente iban a celebrar la Pascua, es decir, su fiesta. A este crimen siguieron prodigios, para que entendieran la impiedad que habían cometido; pues en el mismo momento en que expiró, hubo un gran terremoto y una retirada del sol, de modo que el día se convirtió en noche.
Epítome, 46
Y los profetas habían predicho que todas estas cosas sucederían así. Isaías habla así: [] «No soy rebelde ni me opongo; di mi espalda al azote y mis mejillas a la mano; no aparté mi rostro de la suciedad de los salivazos.» El mismo profeta dice respecto de su silencio: [] «Fui llevado como oveja al matadero, y como cordero mudo ante sus trasquiladores, así no abrió su boca.» David también, en el Salmo 34: «Los abyectos se juntaron contra mí, y no me conocieron; se dispersaron, pero no sintieron remordimiento; me tentaron e hicieron crujir contra mí sus dientes.» El mismo dice también respecto de la comida y la bebida en el Salmo 68: «Me dieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre.» También respecto de la cruz de Cristo: «Y traspasaron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos; ellos mismos me miraron y me observaron; repartieron entre sí mis vestidos y echaron suertes sobre mi túnica.» Moisés dice también en Deuteronomio: [] «Y tu vida estará colgando en duda ante tus ojos, y temerás de día y de noche, y no tendrás seguridad alguna de tu vida.» También en Números: [] «Dios no está en duda como el hombre, ni sufre amenazas como el hijo del hombre.» También Zacarías dice: [] «Y mirarán a mí, a quien traspasaron.» Amós [] habla así del oscurecimiento del sol: «En aquel día, dice el Señor, el sol se pondrá al mediodía, y el día claro se oscurecerá; y convertiré vuestras fiestas en duelo, y vuestros cánticos en lamentación.» Jeremías [] habla también de la ciudad de Jerusalén, en la cual padeció: «Su sol se ha puesto cuando aún era de día; ha sido confundida y ultrajada, y al resto de ellos entregaré a la espada.» Ni estas cosas fueron dichas en vano. Pues poco tiempo después el emperador Vespasiano sometió a los judíos, y devastó sus tierras con espada y fuego, los asedió y redujo por hambre, derribó Jerusalén, llevó a los cautivos en triunfo y prohibió a los demás que quedaron volver jamás a su tierra natal. Y estas cosas fueron hechas por Dios a causa de aquella crucifixión de Cristo, como antes lo declaró a Salomón en sus Escrituras, diciendo: [] «E Israel será para perdición y oprobio para el pueblo, y esta casa quedará desolada; y todo el que pase se asombrará y dirá: ¿Por qué ha hecho Dios estos males a esta tierra y a esta casa? Y dirán: Porque abandonaron al Señor su Dios y persiguieron a su Rey, muy amado por Dios, y lo crucificaron con gran degradación; por eso ha traído Dios sobre ellos estos males.» Pues ¿qué no merecerían quienes dieron muerte a su Señor, que había venido para su salvación?
Capítulo 47.— De la resurrección de Jesucristo, del envío de los apóstoles y de la ascensión del Salvador al cielo
Epítome, 47
Después de estas cosas bajaron su cuerpo de la cruz y lo sepultaron en un sepulcro. Pero al tercer día, antes del amanecer, hubo un terremoto, y la piedra con que habían cerrado el sepulcro fue removida, y Él resucitó. Pero nada se halló en el sepulcro sino las ropas con que el cuerpo había sido envuelto. Pero que Él resucitaría al tercer día, mucho antes lo habían predicho los profetas. David, en el Salmo 15: «No dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.» Igualmente Oseas: Este mi Hijo es sabio; por tanto no se detendrá mucho en la angustia de sus hijos; y lo rescataré de la mano del sepulcro. ¿Dónde está, oh muerte, tu juicio? ¿Dónde está tu aguijón? El mismo dice de nuevo: [] «Después de dos días nos revivificará al tercer día.»
Por tanto, después de su resurrección fue a Galilea, y reunió de nuevo a sus discípulos, que habían huido por miedo; y habiéndoles dado mandatos que quería que se observaran, y habiendo dispuesto la predicación del Evangelio por todo el mundo, sopló sobre ellos el Espíritu Santo y les dio poder de obrar milagros, para que actuaran en bien de los hombres tanto con obras como con palabras; y entonces, por fin, al cuadragésimo día, volvió a su Padre, siendo llevado arriba en una nube. El profeta Daniel [] lo había mostrado mucho antes, diciendo: «Vi en la visión nocturna, y he aquí, uno semejante al Hijo del hombre vino con las nubes del cielo, y llegó al Anciano de días; y los que estaban junto a Él lo acercaron ante Él. Y le fue dado un reino, y gloria, y dominio, y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán; y su poder es uno eterno, que no pasará, y su reino uno que no será destruido.» También David en el Salmo 109: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.»
Epítome, 48
Puesto que, por tanto, está sentado a la diestra de Dios, a punto de hollar a sus enemigos, que lo atormentaron, cuando venga a juzgar al mundo, es evidente que no queda esperanza alguna a los judíos, a menos que, volviéndose al arrepentimiento y siendo limpiados de la sangre con que se contaminaron, comiencen a esperar en Aquel a quien negaron. Por eso Esdras habla así: «Esta pascua es nuestro Salvador y nuestro refugio. Considerad y entre en vuestro corazón que tenemos que abatirlo en figura; y después de estas cosas hemos esperado en Él.»
Ahora bien, que los judíos fueron desheredados porque rechazaron a Cristo, y que nosotros, que somos de los gentiles, fuimos adoptados en su lugar, lo prueban las Escrituras. Jeremías [] habla así: «He abandonado mi casa, he entregado mi heredad en manos de sus enemigos. Mi heredad se ha vuelto para mí como león en la selva; ha alzado su voz contra mí; por tanto la he aborrecido.» También Malaquías: [] «No me complazco en vosotros, dice el Señor, ni aceptaré ofrenda de vuestra mano. Porque desde el nacimiento del sol hasta su ocaso, mi nombre será grande entre los gentiles.» Isaías también habla así: [] «Vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; y vendrán y verán mi gloria.» El mismo dice en otro lugar, [] hablando en la persona del Padre al Hijo: «Yo, el Señor, te he llamado en justicia, y te sostendré de la mano, y te guardaré, y te daré por alianza de mi pueblo, por luz de los gentiles; para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de la prisión a los presos, y de la casa de prisión a los que están sentados en tinieblas.»
Epítome, 49
Si, por tanto, los judíos han sido rechazados por Dios, como muestra la fe debida a las escrituras sagradas, y los gentiles, como vemos, han sido traídos y liberados de las tinieblas de esta vida presente y de las cadenas de los demonios, se sigue que no se propone al hombre otra esperanza, a menos que siga la religión verdadera y la sabiduría verdadera, que está en Cristo; y el que lo ignora está siempre apartado de la verdad y de Dios. Ni los judíos ni los filósofos se lisonjeen respecto del Dios supremo. Quien no ha reconocido al Hijo no ha podido reconocer al Padre. Esta es la sabiduría, y este es el misterio del Dios supremo. Dios quiso que Él fuera reconocido y adorado por medio de Aquel. Por esta causa envió de antemano a los profetas a anunciar su venida, para que, cuando las cosas predichas se cumplieran en Él, los hombres creyeran que Él es a la vez Hijo de Dios y Dios.
Ni, sin embargo, debe abrigarse la opinión de que hay dos Dioses, pues el Padre y el Hijo son uno. Porque como el Padre ama al Hijo y le da todas las cosas, y el Hijo obedece fielmente al Padre y no quiere nada sino lo que el Padre hace, es claro que una relación tan estrecha no puede separarse, de modo que se diga que son dos aquellos en quienes no hay sino una sola sustancia, y voluntad, y fe. Por tanto, el Hijo es por el Padre, y el Padre por el Hijo. Un solo honor ha de darse a ambos, como a un solo Dios, y ha de dividirse así por el culto de los dos, de modo que la división misma quede ligada por un vínculo inseparable de unión. Nada dejará para sí quien separa al Padre del Hijo, o al Hijo del Padre.
Epítome, 50
Resta responder también a aquellos que juzgan que fue indigno e irracional que Dios se revistiera de un cuerpo mortal; que estuviera sometido a los hombres; que soportara ultrajes; que padeciera incluso tormentos y muerte. Diré mi sentir y resumiré, como pueda, un asunto inmenso en pocas palabras. Quien enseña algo debe, a mi juicio, practicar él mismo lo que enseña, para obligar a los hombres a obedecer. Pues si no lo practica, restará fe debida a sus preceptos. Por tanto hay necesidad de ejemplos, para que los preceptos dados tengan firmeza; y si alguno se muestra contumaz y dice que no pueden llevarse a la práctica, el maestro pueda refutarlo con el hecho real. Por tanto un sistema de enseñanza no puede ser perfecto cuando se entrega solo con palabras; sino que entonces llega a ser perfecto cuando se completa con obras.
Puesto que, por tanto, Cristo fue enviado a los hombres como maestro de virtud, para la perfección de su enseñanza era claramente conveniente que obrara a la vez que enseñaba. Pero si no hubiera asumido un cuerpo humano, no habría podido practicar lo que enseñaba—es decir, no enojarse, no desear riquezas, no inflamarse de concupiscencia, no temer el dolor, despreciar la muerte. Estas cosas son claramente virtudes, pero no pueden realizarse sin carne. Por tanto asumió un cuerpo por esta razón: para que, puesto que enseñaba que los deseos de la carne deben ser vencidos, Él mismo los practicara primero en persona, a fin de que nadie alegara la fragilidad de la carne como excusa.
Epítome, 51
Hablaré ahora del misterio de la cruz, no sea que alguien llegue a decir: Si la muerte debía ser soportada por Él, no debía haber sido una manifiestamente infame y deshonrosa, sino una que tuviera algún honor. Sé, en verdad, que muchos, mientras les desagrada el nombre de la cruz, se apartan de la verdad, aunque hay en él gran razonabilidad y poder. Pues como fue enviado con este propósito, para abrir a los hombres más bajos el camino de la salvación, se hizo humilde para liberarlos. Por tanto soportó aquel género de muerte que suele infligirse a los humildes, para que se diera a todos oportunidad de imitación. Además, puesto que estaba a punto de resucitar, no era lícito que su cuerpo fuera mutilado en modo alguno, ni quebrado un hueso, lo cual sucede a los decapitados. Por tanto se prefirió la cruz, que reservaba el cuerpo con los huesos incólumes para la resurrección.
A estas razones se añadió también que, habiendo emprendido padecer y morir, convenía que fuera levantado. Así la cruz lo exaltó a la vez de hecho y en emblema, de modo que su majestad y poder se hicieran conocidos a todos, junto con su pasión. Pues en que extendió sus manos en la cruz, claramente extendió sus alas hacia el oriente y el occidente, bajo las cuales todas las naciones de uno y otro lado del mundo pudieran congregarse y reposar. Mas cuán grande peso tiene esta señal y cuánto poder tiene, es evidente, puesto que toda la hueste de los demonios es expulsada y puesta en fuga por esta señal. Y como Él mismo antes de su pasión confundía a los demonios con su palabra y mandato, así ahora, por el nombre y la señal de la misma pasión, los espíritus inmundos, habiéndose insinuado en los cuerpos de los hombres, son expulsados, cuando atormentados y torturados, y confesando ser demonios, se rinden a Dios, que los hostiga. ¿Qué pueden, por tanto, esperar los griegos de sus supersticiones y con su sabiduría, cuando ven que sus dioses, a quienes no niegan que son también demonios, son sometidos por los hombres mediante la cruz?
Capítulo 52.— La esperanza de la salvación de los hombres consiste en el conocimiento del Dios verdadero, y del odio de los paganos contra los cristianos
Epítome, 52
Hay, por tanto, una sola esperanza de vida para los hombres, un solo puerto de seguridad, un solo refugio de libertad: si, dejando de lado los errores que los retenían, abren los ojos de su mente y reconocen a Dios, en quien solo está la morada de la verdad; desprecian las cosas terrestres, y las hechas de la tierra, estiman en nada la filosofía, que es necedad para con Dios; y, habiendo emprendido la sabiduría verdadera, es decir, la religión, llegan a ser herederos de la inmortalidad. Pero en verdad no se oponen tanto a la verdad como a su propia salvación; y cuando oyen estas cosas, las abominan como una impiedad inexpiable. Pero ni siquiera soportan oírlas: piensan que sus oídos se contaminan con impiedad si las oyen; y ya no se abstienen de reproches, sino que los asaltan con las palabras más injuriosas; y también, si han obtenido poder, los persiguen como enemigos públicos, y aun como peores que enemigos; pues a los enemigos, cuando han sido vencidos, se los castiga con muerte o esclavitud; ni hay tortura después de deponer las armas, aunque merecerían sufrir todos los males quienes quisieron obrar de modo que la piedad tuviera lugar entre espadas.
La crueldad, unida a la inocencia, es inaudita, y no es digna de la condición de enemigos victoriosos. ¿Cuál es la causa tan poderosa de este furor? Sin duda, porque no pueden contender en el terreno de la razón, empujan su causa mediante la violencia; y, sin entender el asunto, condenan como personas perniciosísimas a quienes se han negado a hacer resistencia respecto del hecho de su inocencia. Y no consideran suficiente que aquellos a quienes odian sin razón mueran con una muerte rápida y simple; sino que los desgarran con torturas refinadas, para saciar su odio, que no es producido por culpa alguna, sino por la verdad, la cual es odiosa para los que viven inicuamente, porque les pesa que haya algunos a quienes sus obras no pueden agradar. Desean de todos modos destruir a estos, para poder pecar sin freno en ausencia de todo testigo.
Epítome, 53
Pero dicen que hacen estas cosas para defensa de sus dioses. En primer lugar, si son dioses y tienen algún poder e influencia, no necesitan la defensa y protección de los hombres, sino que manifiestamente se defienden a sí mismos. ¿O cómo puede el hombre esperar auxilio de ellos, si son incapaces de vengar incluso sus propias injurias? Por tanto es cosa vana y necia querer ser vengadores de los dioses, salvo que su desconfianza resulte más evidente por esto. Pues quien emprende la protección del dios a quien adora, admite la inutilidad de ese dios; pero si lo adora por esta razón, porque lo cree poderoso, no debe querer defenderlo, pues por él mismo debería ser defendido. Nosotros, por tanto, obramos rectamente. Pues cuando aquellos defensores de los dioses falsos, que son rebeldes contra el Dios verdadero, persiguen su nombre en nosotros, no resistimos ni de obra ni de palabra, sino que con mansedumbre, silencio y paciencia soportamos cuanto la crueldad puede maquinar contra nosotros. Porque confiamos en Dios, de quien esperamos que la retribución vendrá después. Y esta confianza no es infundada, puesto que en algunos casos hemos oído, y en otros visto, los fines miserables de todos los que se atrevieron a cometer este crimen. Ni nadie ha tenido en su poder insultar a Dios impunemente; sino que quien no ha querido aprender de palabra ha aprendido por su propio castigo quién es el Dios verdadero.
Querría saber, cuando obligan a los hombres a sacrificar contra su voluntad, qué razonamiento tienen consigo mismos, o a quién hacen esa ofrenda. Si se hace a los dioses, no es culto ni sacrificio aceptable el que hacen quienes les desagradan, el que se arranca por injuria, el que se impone por dolor. Pero si se hace a aquellos a quienes obligan, claramente no es un beneficio, el cual nadie recibiría; antes prefiere morir. Si es un bien al que me llamas, ¿por qué me invitas con mal? ¿Por qué con golpes y no con palabras? ¿Por qué no con argumentos, sino con torturas corporales? De donde es manifiesto que es un mal aquello a lo que no me atraes de grado, sino que me arrastras rehusándolo. ¡Qué locura es querer procurar el bien de alguien contra su voluntad! Si alguien, bajo el peso de los males, intenta recurrir a la muerte, ¿puedes tú, si le arrebatas la espada de la mano, o cortas la soga, o lo apartas del precipicio, o derramas el veneno, jactarte de ser el salvador del hombre, cuando aquel a quien crees haber salvado no te da gracias y piensa que has obrado mal con él, apartando de él la muerte que deseaba y no permitiéndole alcanzar el fin y el descanso de sus trabajos? Pues un beneficio no debe pesarse según la calidad de la acción, sino según los sentimientos de quien lo recibe. ¿Por qué has de contar como beneficio lo que es una injuria para mí? ¿Quieres que adore a tus dioses, a los que considero mortales para mí? Si es un bien, no lo envidio. Goza tú solo de tu bien. No hay razón para que quieras socorrer mi error, que he abrazado por mi juicio e inclinación. Si es un mal, ¿por qué me arrastras a participar del mal? Usa de tu propia fortuna. Prefiero morir en la práctica del bien que vivir en el mal.
Epítome, 54
Estas cosas, en verdad, pueden decirse con justicia. Pero ¿quién las oirá, cuando hombres de espíritu furioso y desenfrenado piensan que su autoridad queda disminuida si hay alguna libertad en los asuntos de los hombres? Mas es en la religión, y sólo en ella, donde la libertad ha puesto su morada. Pues se trata de una cosa que es voluntaria por encima de todas las demás, ni puede imponerse necesidad a nadie para que adore lo que no quiere adorar. Alguno acaso podrá fingir, mas no podrá quererlo. En fin, algunos, por temor a los tormentos, o vencidos por las torturas, han asentido a sacrificios detestables: jamás hacen voluntariamente aquello que hicieron por necesidad; pero cuando de nuevo se les da la ocasión y se les restituye la libertad, vuelven otra vez a Dios y lo aplacan con oraciones y lágrimas, arrepintiéndose no de la voluntad, que no tuvieron, sino de la necesidad que padecieron; y no se niega el perdón a quienes se enmiendan. ¿Qué logra, pues, quien contamina el cuerpo, si no puede cambiar la voluntad?
Mas, en verdad, hombres de entendimiento débil, si han inducido a algún hombre de espíritu a sacrificar a sus dioses, con increíble prontitud se ensalzan insolentes y se regocijan, como si hubieran hecho pasar al enemigo bajo el yugo. Pero si alguno, sin dejarse amedrentar por amenazas ni por torturas, ha elegido preferir su fe a su vida, la crueldad agota contra él todo su ingenio, maquina cosas espantosas e intolerables; y porque saben que la muerte por la causa de Dios es gloriosa, y que ésta es una victoria de nuestra parte, si, vencidos los verdugos, entregamos nuestra vida en defensa de la fe y de la religión, ellos también se esfuerzan por vencernos. No nos dan muerte, sino que buscan tormentos nuevos e inauditos, para que la flaqueza de la carne ceda a los dolores; y si no cede, difieren el castigo ulterior y aplican diligente cuidado a las heridas, para que, estando aún frescas las cicatrices, la repetición del tormento inflija mayor dolor; y mientras practican este tormento contra los inocentes, se consideran evidentemente piadosos, justos y religiosos (pues se deleitan con tales sacrificios para sus dioses), pero llaman a los otros impíos y desesperados. ¡Qué perversidad es ésta: que el castigado, aunque inocente, sea llamado desesperado e impío, y que el verdugo, por el contrario, sea llamado justo y piadoso!
Epítome, 55
Pero dicen que con razón y merecidamente son castigados quienes rechazan los ritos públicos de religión transmitidos por sus mayores. ¿Y qué si aquellos mayores fueron necios al emprender ritos religiosos vanos, como antes hemos mostrado? ¿Se nos prohibirá seguir lo verdadero y lo mejor? ¿Por qué nos privamos de la libertad y nos hacemos esclavos de los errores ajenos, como atados a ellos? Permítasenos ser sabios, permítasenos indagar la verdad. Mas, con todo, si les place defender la necedad de sus antepasados, ¿por qué se deja escapar a los egipcios, que adoran como deidades a ganados y bestias de toda especie? ¿Por qué los propios dioses se convierten en objeto de representaciones cómicas? ¿Y por qué se honra a quien más graciosamente los ridiculiza? ¿Por qué se presta atención a filósofos que dicen, o bien que no hay dioses, o bien que, si los hay, no se interesan ni atienden a los asuntos de los hombres, o que argumentan que no existe providencia alguna que gobierne el mundo?
Mas sólo entre todos son juzgados impíos quienes siguen a Dios y a la verdad. Y siendo esto a la vez justicia y sabiduría, le imputan impiedad o necedad, y no perciben qué es lo que los engaña, cuando llaman bueno a lo malo, y malo a lo bueno. Muchos, en verdad, de los filósofos, y especialmente Platón y Aristóteles, dijeron muchas cosas acerca de la justicia, afirmando y ensalzando aquella virtud con la mayor alabanza, porque da a cada uno lo suyo, porque mantiene la equidad en todas las cosas; y mientras las demás virtudes están como silenciosas y encerradas dentro, sólo la justicia no se cuida de sí misma únicamente ni permanece oculta, sino que por completo se muestra fuera y está pronta a hacer el bien, para socorrer a cuantos más pueda: como si en verdad la justicia debiera estar sólo en los jueces y en quienes ocupan algún puesto de autoridad, y no en todos los hombres.
Y sin embargo no hay hombre alguno, ni siquiera de los más bajos y mendigos, que no sea capaz de justicia. Pero porque no sabían qué era, de qué fuente procedía, ni cuál era su modo de obrar, asignaron a unos pocos aquella virtud suprema, es decir, el bien común de todos, y dijeron que no buscaba ventaja alguna propia, sino sólo los intereses ajenos. Y no sin razón surgió Carnéades, varón del mayor talento y penetración, para refutar su discurso y derribar la justicia, que no tenía fundamento firme; no porque pensara que la justicia debía ser censurada, sino para mostrar que sus defensores no aducían argumento alguno firme o cierto acerca de la justicia.
Epítome, 56
Pues si la justicia es el culto del Dios verdadero (porque ¿qué hay tan justo respecto de la equidad, tan piadoso respecto del honor, tan necesario respecto de la salvación, como reconocer a Dios por padre, reverenciarlo como Señor y obedecer su ley o sus preceptos?), síguese que los filósofos ignoraron la justicia, pues ni reconocieron al propio Dios ni observaron su culto y su ley; y por esto pudieron ser refutados por Carnéades, cuya disputa vino a ser ésta: que no existe justicia natural, y que por tanto todos los animales defendían sus propios intereses guiándose por la naturaleza misma, y que por eso la justicia, si favorece las ventajas ajenas y descuida las propias, debe llamarse necedad. Pero si todos los pueblos que poseen poder, y los mismos romanos, dueños del mundo entero, quisieran seguir la justicia y restituir a cada uno los bienes que han arrebatado por la fuerza y las armas, volverán a las chozas y a una condición de pobreza. Y si hicieran esto, podrían ciertamente ser justos, mas necesariamente serían considerados necios quienes proceden a dañarse a sí mismos por el provecho ajeno. Luego, si alguno hallara a un hombre que por error ofrecía en venta oro como cobre de montaña, o plata como plomo, y la necesidad lo obligara a comprarlo, ¿ocultará su conocimiento y lo comprará por poco precio, o más bien informará al vendedor de su valor? Si lo informa, manifiestamente será llamado justo; pero también será necio, por conceder una ventaja a otro y dañarse a sí mismo. Mas es fácil juzgar en un caso de perjuicio. ¿Qué hará si incurriera en peligro de su vida, de modo que sea necesario o matar a otro o morir? Puede suceder que, habiendo padecido naufragio, halle a alguna persona débil asida a una tabla; o que, derrotado su ejército, en su huida halle a un herido a caballo: ¿arrojará al uno de la tabla, al otro del caballo, para poder él mismo escapar? Si quisiere ser justo, no lo hará; pero también será juzgado necio, quien por perdonar la vida de otro perderá la suya. Si lo hiciera, ciertamente parecerá sabio, porque mirará por sus intereses; pero también será malvado, porque cometerá una injusticia.
Epítome, 57
Estas cosas se dicen, en verdad, con agudeza; pero podemos responder a ellas muy fácilmente. Pues la imitación de los nombres hace que así parezca. Porque la justicia se asemeja a la necedad, y sin embargo no es necedad; y al mismo tiempo la malicia se asemeja a la sabiduría, y sin embargo no es sabiduría. Mas así como aquella malicia es inteligente y astuta en conservar sus propios intereses, no es sabiduría, sino artería y astucia; de igual manera la justicia no debe llamarse necedad, sino inocencia, porque el varón justo debe ser sabio, y el necio injusto. Pues ni la razón ni la naturaleza misma permiten que quien es justo no sea sabio, ya que es evidente que el justo no hace nada sino lo que es recto y bueno, y evita siempre lo que es perverso y malo. Pero ¿quién podrá distinguir entre el bien y el mal, la depravación y la rectitud, sino aquel que sea sabio? Mas el necio obra mal, porque ignora qué es el bien y el mal. Por tanto, comete injusticia, porque es incapaz de distinguir entre las cosas perversas y las rectas. Así, la justicia no puede convenir al necio, ni la sabiduría al injusto. No es, pues, necio quien no ha arrojado de la tabla al náufrago, ni del caballo al herido, porque se ha abstenido de la injuria, la cual es pecado; y propio del sabio es evitar el pecado.
Mas que a primera vista parezca necio se debe a esto: que suponen que el alma se extingue juntamente con el cuerpo; y por esta razón refieren toda ventaja a esta vida. Pues si no hay existencia después de la muerte, es claro que obra neciamente quien perdona la vida de otro en perjuicio propio, o quien consulta más el provecho ajeno que el suyo. Si la muerte destruye el alma, debemos esforzarnos por vivir más tiempo y más para nuestra propia ventaja; pero si después de la muerte queda una vida de inmortalidad y bienaventuranza, el justo y sabio ciertamente despreciará esta existencia corporal, con todos los bienes terrenos, porque sabrá qué clase de recompensa ha de recibir de Dios. Por tanto, mantengamos la inocencia, mantengamos la justicia, soportemos la apariencia de necedad, para poder mantener la verdadera sabiduría. Y si a los hombres les parece insensato y necio preferir el tormento y la muerte antes que sacrificar a los dioses y escapar sin daño, esforcémonos, sin embargo, por mostrar fidelidad a Dios con toda virtud y con toda paciencia. No nos aterre la muerte, ni nos venza el dolor, hasta impedir que se conserve inquebrantable el vigor de nuestra mente y nuestra constancia. Llámennos necios, mientras ellos mismos son los más necios, ciegos, torpes y semejantes a ovejas; que no entienden que es cosa mortal abandonar al Dios vivo y postrarse en adoración de objetos terrenos; que no saben que la pena eterna aguarda a quienes adoraron imágenes insensatas, y que quienes no rehusaron ni torturas ni muerte por el culto y el honor del Dios verdadero obtendrán la vida eterna. Ésta es la fe suma; ésta es la verdadera sabiduría; ésta es la justicia perfecta. Nada nos importa lo que juzguen los necios, lo que piensen los hombres frívolos. Debemos aguardar el juicio de Dios, para que en lo sucesivo juzguemos a quienes nos han juzgado.