VI, 22
Pero en cuanto a los placeres del gusto y del olfato, que son dos sentidos que se refieren sólo al cuerpo, no hay nada que debamos discutir; a no ser que acaso alguien nos pida decir que es vergonzoso para un hombre sabio y bueno ser esclavo de su apetito, andar untado de ungüentos y coronado de flores; y quien hace estas cosas es claramente necio e insensato, y es inútil, y uno a quien ni siquiera ha llegado una noción de virtud. Acaso alguien dirá: ¿Por qué, entonces, han sido hechas estas cosas, sino para que las disfrutemos? Sin embargo, a menudo se ha dicho que no habría virtud si no tuviera cosas que vencer. Por tanto, Dios hizo todas las cosas para proporcionar un combate entre dos cosas. Aquellos atractivos de los placeres, pues, son los instrumentos de aquello cuyo único oficio es someter a la virtud y excluir de los hombres la justicia. Con estas influencias suaves y estos deleites cautiva sus almas; porque sabe que el placer es el artífice de la muerte. Pues así como Dios llama al hombre a la vida sólo mediante la virtud y el trabajo, así el otro nos llama a la muerte por medio de deleites y placeres; y como los hombres llegan al verdadero bien a través de males engañosos, así llegan al verdadero mal a través de bienes engañosos. Por tanto, aquellos deleites han de ser guardados como lazos o redes, no sea que, cautivados por la blandura de los deleites, seamos llevados bajo el dominio de la muerte con el cuerpo mismo, al cual nos hemos esclavizado.
VI, 23
[Vengo ahora a aquel placer que se percibe por el tacto; sentido que pertenece ciertamente a todo el cuerpo. Pero no debo hablar, según creo, de adornos ni de vestidos, sino sólo de la libido; la cual ha de ser reprimida sobre todo, porque sobre todo daña. Cuando Dios discurrió la razón de los dos sexos, les atribuyó que se apetecieran mutuamente y se gozaran en la unión. Y así mezcló en los cuerpos de todos los seres animados una ardentísima concupiscencia, para que se lanzaran con avidez a estos afectos, y por esa razón pudieran propagarse y multiplicarse los géneros. Esta concupiscencia y apetencia se halla en el hombre más vehemente y más aguda; ya porque quiso que fuera mayor la multitud de los hombres, ya porque dio la virtud solamente al hombre, para que hubiera alabanza y gloria en refrenar los placeres y en la abstinencia de sí. Sabe, pues, aquel adversario nuestro cuánta es la fuerza de esta concupiscencia, que algunos prefirieron llamar necesidad; y la transfiere de lo recto y bueno a lo malo y depravado. Pues introduce deseos ilícitos, para que contaminen lo ajeno, cuando es lícito tener lo propio sin delito. Ciertamente pone ante los ojos formas irritantes, sugiere fomentos y suministra pábulo a los vicios; luego perturba y agita todos los estímulos en lo íntimo de las entrañas, e incita e inflama aquel ardor natural, hasta engañar al hombre enredado y envuelto. Y para que no hubiera quien, por miedo a las penas, se abstuviera de lo ajeno, instituyó también los lupanares; y publicó el pudor de las mujeres infelices, para que sirvieran de ludibrio tanto los que lo hacen como las que es preciso que lo padezcan.]
[Con estas obscenidades sumergió las almas, nacidas para la santidad, como en un abismo de cieno, extinguió el pudor, aniquiló la castidad. También mezcló varones con varones, y maquinó coitos nefandos contra la naturaleza y contra la institución de Dios: así imbuyó a los hombres, y los armó para toda maldad. Pues ¿qué puede haber de santo para aquellos que han sometido la edad débil y necesitada de protección a su libido para devastarla y envilecerla? No puede expresarse esto según la magnitud del crimen. No puedo llamar a esos de otra manera que impíos y parricidas, a quienes no les basta el sexo dado por Dios, a no ser que profanen y ultrajen con petulancia el suyo propio. Y sin embargo, entre ellos estas cosas son leves y casi honestas. ¿Qué diré de los que ejercitan no una libido abominable, sino más bien una locura? Me avergüenza decirlo: pero ¿qué hemos de creer que les sucederá a quienes no se avergüenza hacerlo? Y no obstante, hay que decirlo, porque se comete. Hablo de aquellos cuya libido repugnantísima y furor execrable no perdona ni siquiera a la cabeza. ¿Con qué palabras, o con qué indignación perseguiré tan gran maldad? La magnitud del crimen supera el oficio de la lengua. Puesto que, pues, esta libido produce tales obras y designa tales crímenes, hemos de armarnos contra ella con la máxima virtud. Quien no puede frenar aquellos afectos, conténgalos dentro del límite prescrito del lecho legítimo, para que consiga aquello que con avidez apetece, y sin embargo no caiga en pecado. Porque ¿qué pretenden los hombres perdidos? En verdad el placer sigue a las obras honestas: si lo apetecen por sí mismo, lícito es disfrutarlo justa y legítimamente.]
Mas si alguna necesidad lo prohibiere, entonces habrá de emplearse la máxima virtud, para que la continencia luche contra la concupiscencia. Y no sólo de cuerpos ajenos, que no es lícito tocar, sino también de los públicos y comunes ordenó Dios abstenerse; y nos enseña que, cuando dos cuerpos se hayan unido entre sí, forman un solo cuerpo. Así, quien se sumerge en el cieno, forzosamente queda manchado de cieno; y el cuerpo ciertamente puede lavarse pronto: pero la mente, contaminada por el contacto de un cuerpo impúdico, no puede purificarse de aquella inmundicia que se le ha pegado, sino con largo tiempo y muchas buenas obras. Conviene, pues, que cada uno se proponga que la unión de los dos sexos ha sido dada a los vivientes por causa de la generación, y que se ha puesto esa ley a estos afectos, para que engendren sucesión. Y así como Dios nos dio los ojos, no para que miremos y captemos placer, sino para que veamos en razón de aquellos actos que atañen a la necesidad de la vida, así la parte genital del cuerpo, como su propio nombre enseña, no la hemos recibido por otra causa sino para producir descendencia. A esta ley divina ha de obedecerse con suma devoción. Sean todos los que profesan ser discípulos de Dios de tales costumbres e instituidos de tal modo que puedan imperar sobre sí mismos. Pues quienes se entregan a los placeres, quienes obedecen a la libido, ésos mancillan su alma al cuerpo y la condenan a muerte; porque se han entregado al cuerpo, sobre el cual la muerte tiene potestad. Por tanto, cada uno, en cuanto pueda, fórmese para la modestia, cultive el pudor, guarde la castidad en la conciencia y en la mente; y no sólo obedezca a las leyes públicas: sino que esté por encima de todas las leyes quien sigue la ley de Dios. A los cuales ] [si se hubiera acostumbrado a los bienes, ya le avergonzará deslizarse hacia cosas peores: con tal que le agraden las cosas rectas y honestas, que son más agradables a los mejores que las malas y deshonestas a los peores.]
[Aún no he cumplido todos los deberes de la castidad: la cual Dios limita no sólo dentro de las paredes privadas, sino también dentro del lecho prescrito; de modo que, cuando alguien tiene esposa, no quiera tener además ni una esclava ni una libre, sino que guarde la fe del matrimonio. Pues no, como es la razón del derecho público, sólo la mujer es adúltera si tiene a otro, y el marido, aunque tenga muchas, queda libre del crimen de adulterio. Sino que la ley divina une a los dos en matrimonio, que es un solo cuerpo, con igual derecho, de modo que se tenga por adúltero a cualquiera que divida en distintas partes la trabazón del cuerpo. Y no por otra causa Dios, habiendo querido que los demás animales, una vez concebido el feto, rechazaran a los machos, hizo a la mujer sola de todas paciente del varón; es decir, para que, no resistiéndose las hembras, la libido no obligara a los varones a apetecer otra cosa, y con ello no tuvieran la gloria de la castidad.] [Pero tampoco la mujer alcanzaría la virtud de la pudicicia si no pudiera pecar. Pues ¿quién dirá que un animal mudo es casto porque, una vez concebido el feto, rechaza al macho? Lo cual hace porque es necesario que venga a dolor y peligro si lo admite. Ninguna alabanza hay, pues, en no hacer lo que no puedes hacer. Y por eso la pudicicia se alaba en el hombre, porque no es natural, sino voluntaria. Ha de guardarse, pues, la fe de uno a otro: es más, con el ejemplo de continencia: ha de enseñarse a la esposa a portarse castamente. Pues es inicuo exigir tú lo que no puedes cumplir. Esta iniquidad produjo ciertamente los adulterios, llevando las mujeres a mal el que los hombres no les guarden fe ni mutua caridad. En fin, no hay adúltera de tan perdido pudor que no ponga por delante de sus vicios esta causa: que no comete injuria al pecar, sino que la devuelve. Lo cual expresó óptimamente Quintiliano: El hombre, dice, que no se abstiene del matrimonio ajeno ni es guardián del suyo, son cosas naturalmente conexas entre sí. Pues ni el marido, ocupado en corromper a las esposas de otros, puede atender a la santidad doméstica; y la esposa, cuando cae en tal matrimonio, excitada por el ejemplo mismo, o se cree imitar o vengarse.]
[Hemos de guardarnos, pues, de dar con nuestra intemperancia ocasión a los vicios: sino que las costumbres de ambos se acostumbren mutuamente, y lleven el yugo con ánimos parejos. Pensemos en nosotros mismos en el otro. Pues casi en esto consiste la suma de la justicia: que no hagas a otro lo que no quieras sufrir tú de otro. Estas son las cosas que Dios prescribe para la continencia. Pero, sin embargo, para que nadie crea que puede eludir los preceptos divinos, se añaden aquellas cosas: para que se quite toda calumnia y ocasión de fraude, que es adúltero el que se case con la repudiada por su marido, y el que, fuera del caso de adulterio, despida a su esposa para casarse con otra; pues Dios no quiso que el cuerpo se disociara y se desgarrara. Además, no sólo ha de evitarse el adulterio, sino también el pensamiento; que nadie mire a la ajena y la codicie en su ánimo: pues la mente se hace adúltera, si se ha pintado a sí misma siquiera la imagen del placer. Pues ciertamente es la mente la que peca; la que, inmoderada, abraza con el pensamiento el fruto de la libido; en ésta está el crimen, en ésta todo delito. Pues aunque el cuerpo no esté manchado con mancha alguna, no se mantiene sin embargo la razón de la pudicicia, si el ánimo es incestuoso; ni puede parecer la castidad intacta donde la concupiscencia ha manchado la conciencia. Y nadie, por otra parte, juzgue que es difícil imponer freno al placer, y encerrarlo, vagabundo y errante, dentro de los límites de la castidad y la pudicicia, cuando está propuesto a los hombres incluso vencerlo, y muchísimos han retenido la integridad dichosa e incorrupta del cuerpo, y hay muchos que gozan felicísimamente de este celestial género de vida. Lo cual ciertamente Dios no lo mandó hacer como quien obliga, porque es necesario que se engendren los hombres; sino como quien lo permite. Pues sabe cuánta necesidad ha impuesto a estos afectos. Si alguno, dice, pudiere hacer esto, tendrá una recompensa eximia e incomparable. Este género de continencia es como la cima y la consumación de todas las virtudes. Si alguno pudiere esforzarse y luchar hasta alcanzarla, a éste lo reconocerá el Señor como siervo, el Maestro como discípulo; éste triunfará sobre la tierra, éste será semejante a Dios, porque ha alcanzado la virtud de Dios. Estas cosas parecen ciertamente difíciles; pero hablamos de aquel a quien, pisoteadas todas las cosas terrenas, se le prepara el camino al cielo. Pues como la virtud consiste en el conocimiento de Dios, todas las cosas son graves mientras las ignoras; cuando las conozcas, fáciles: por esas mismas dificultades hemos de salir nosotros, que tendemos al sumo bien.]
VI, 24
Pero, sin embargo, nadie se desanime ni desespere de sí mismo, si, vencido por la pasión, o impulsado por el deseo, o engañado por el error, o forzado por la necesidad, se ha desviado al camino de la injusticia. Pues es posible que sea traído de vuelta y sea liberado, si se arrepiente de sus obras y, volviéndose a cosas mejores, satisface a Dios. Cicerón, en verdad, pensó que esto era imposible, cuyas palabras en el libro tercero de las Académicas son: «Pero si, como en el caso de aquellos que se han extraviado en un viaje, les estuviera permitido a los que han seguido un curso desviado corregir su error mediante el arrepentimiento, sería más fácil enmendar la temeridad.» Les está totalmente permitido. Pues si pensamos que nuestros hijos se corrigen cuando percibimos que se arrepienten de sus faltas, y aunque los hayamos desheredado y echado de casa, de nuevo los recibimos, los cuidamos y los abrazamos, ¿por qué habríamos de desesperar de que la misericordia de Dios nuestro Padre pueda ser aplacada de nuevo por el arrepentimiento? Por tanto, Aquel que es a la vez Señor y Padre indulgentísimo promete que perdonará los pecados del penitente, y que borrará todas las iniquidades de aquel que comience de nuevo a practicar la justicia. Pues así como la rectitud de su vida pasada de nada aprovecha al que vive mal, porque la maldad posterior ha destruido sus obras de justicia, así los pecados anteriores no impiden el camino a quien ha enmendado su vida, porque la justicia posterior ha borrado la mancha de su vida anterior. Pues quien se arrepiente de lo que ha hecho, comprende su error anterior; y por esto los griegos hablan mejor y más significativamente de [metanoia], que nosotros podemos decir en latín como un retorno al recto entendimiento. Pues vuelve al recto entendimiento, y recobra su mente como de una locura, quien se duele de su error; y se reprocha a sí mismo la locura, y confirma su mente para un mejor curso de vida: entonces se guarda especialmente de esto mismo, para no ser de nuevo conducido a los mismos lazos. En fin, hasta los animales mudos, cuando son atrapados por el fraude, si de algún modo se han librado de modo que escapen, se vuelven más cautos para el futuro, y siempre evitan todas aquellas cosas en las que han percibido astucias y lazos. Así el arrepentimiento hace al hombre cauto y diligente para evitar las faltas en las que una vez ha caído por el engaño.
Pues nadie puede ser tan prudente y tan circunspecto que no resbale alguna vez; y por ello Dios, conociendo nuestra debilidad, por su compasión ha abierto un puerto de refugio para el hombre, a fin de que la medicina del arrepentimiento socorra esta necesidad a la que está sujeta nuestra fragilidad. Por tanto, si alguno ha errado, retroceda sobre sus pasos, y cuanto antes se recobre y se reforme.
Mas hacia arriba volver a trazar el camino,
Y pasar a la luz del día,
Luego viene el peso del trabajo.
Pues cuando los hombres han gustado dulces placeres para su destrucción, difícilmente pueden separarse de ellos: seguirían más fácilmente las cosas rectas si no hubieran probado sus atractivos. Pero si se arrancan de esta perniciosa esclavitud, todo su error les será perdonado, si hubieren corregido su error con una vida mejor. Y nadie imagine que gana algo si no tiene testigo de su falta: pues todas las cosas son conocidas por Aquel ante cuya vista vivimos; y si podemos ocultar algo a todos los hombres, no podemos ocultarlo a Dios, a quien nada puede estar oculto, nada secreto. Séneca cerró sus exhortaciones con un sentimiento admirable: «Hay,» dice, «alguna gran deidad, y mayor de lo que puede imaginarse; y para él nos esforzamos por vivir. Aprobémonos a él. Pues de nada sirve que la conciencia esté confirmada; estamos abiertos a la vista de Dios.» ¿Qué puede decirse con mayor verdad por quien conoció a Dios, que lo dicho por un hombre ignorante de la religión verdadera? Pues expresó la majestad de Dios, diciendo que es demasiado grande para que las facultades reflexivas de la mente humana la reciban; y tocó la fuente misma de la verdad, al percibir que la vida de los hombres no es superflua, como quieren los epicúreos, sino que se esfuerzan por vivir para Dios, si en verdad viven con justicia y piedad. Podría haber sido un verdadero adorador de Dios, si alguien le hubiera señalado a Dios; y ciertamente habría despreciado a Zenón y a su maestro Soción, si hubiera obtenido un verdadero guía de sabiduría. Aprobémonos a él, dice. Un discurso verdaderamente celestial, si no hubiera estado precedido por una confesión de ignorancia. De nada sirve que la conciencia esté confinada; estamos abiertos a la vista de Dios. No hay, pues, lugar para la falsedad, ninguno para la disimulación; porque los ojos de los hombres son apartados por las paredes, pero el poder divino de Dios no puede ser apartado por las partes internas de mirar a través y conocer al hombre entero. El mismo escritor dice, en el libro primero de la misma obra: ¿Qué haces? ¿Qué tramas? ¿Qué ocultas? Tu guardián te sigue; uno te es quitado por un viaje al extranjero, otro por la muerte, otro por la enfermedad; éste se adhiere a ti, y nunca puedes estar sin él. ¿Por qué eliges un lugar secreto y apartas al testigo? Supón que has logrado escapar a la atención de todos, ¡hombre necio! ¿De qué te aprovecha no tener testigo, si tienes el testigo de tu propia conciencia?
Y Tulio habla de manera no menos notable acerca de la conciencia y de Dios: «Recuerde,» dice, «que tiene a Dios como testigo, es decir, según juzgo, su propia mente, que Dios no ha dado nada más divino al hombre.» Igualmente, hablando del hombre justo y bueno, dice: «Por tanto, tal hombre no se atreverá no sólo a hacer, sino incluso a pensar, nada que no se atrevería a proclamar.» Por tanto, limpiemos nuestra conciencia, que está abierta a los ojos de Dios; y, como dice el mismo escritor, «vivamos siempre de tal manera que recordemos que habremos de dar cuenta;» y consideremos que somos mirados en todo momento, no, como él dijo, en algún teatro del mundo por los hombres, sino desde arriba por Aquel que ha de ser a la vez juez y testigo, a quien, cuando pida cuenta de nuestra vida, no le será permitido a nadie negar sus acciones. Por tanto, es mejor o huir de la conciencia, o abrir nosotros mismos nuestra mente por voluntad propia, y abriendo nuestras heridas derramar la destrucción; cuyas heridas nadie más puede sanar sino Aquel solo que hizo andar a los cojos, devolvió la vista a los ciegos, limpió los miembros contaminados y resucitó a los muertos. Él extinguirá el ardor de los deseos, arrancará las concupiscencias, quitará la envidia, mitigará la ira. Dará verdadera y duradera salud. Este remedio debe ser buscado por todos, en cuanto el alma es acosada por mayor peligro que el cuerpo, y debe aplicarse una cura tan pronto como sea posible a las enfermedades secretas. Porque si alguno tiene la vista clara, todos sus miembros perfectos y todo su cuerpo en la salud más vigorosa, sin embargo no lo llamaría sano si es arrastrado por la ira, hinchado y envanecido por la soberbia, esclavo de la lujuria y ardiendo en deseos; sino que más bien llamaría sano a quien no alza los ojos a la prosperidad ajena, no admira las riquezas, mira a la esposa de otro con ojo casto, nada codicia, no desea lo ajeno, a nadie envidia, a nadie desprecia; que es humilde, misericordioso, generoso, manso, cortés: la paz mora perpetuamente en su mente.
Ese hombre está sano, es justo, es perfecto. Quien, por tanto, ha obedecido todos estos preceptos celestiales, es adorador del Dios verdadero, cuyos sacrificios son la mansedumbre de espíritu, una vida inocente y las buenas obras. Y quien exhibe todas estas cualidades ofrece un sacrificio cada vez que realiza alguna acción buena y piadosa. Porque Dios no desea el sacrificio de un animal mudo, ni de muerte y sangre, sino del hombre y de la vida. Y para este sacrificio no hay necesidad de ramas sagradas, ni de purificaciones, ni de tepes de césped, cosas que son claramente vanísimas, sino de aquellas que se sacan del fondo del pecho. Por tanto, sobre el altar de Dios, que es verdaderamente muy grande, y que está puesto en el corazón del hombre, y no puede ser manchado con sangre, se coloca la justicia, la paciencia, la fe, la inocencia, la castidad y la abstinencia. Éste es el rito más verdadero, ésta es aquella ley de Dios, como la llama Cicerón, ilustre y divina, que siempre manda cosas rectas y honestas, y prohíbe cosas malas y vergonzosas; y quien obedece esta santísima y cierta ley no puede dejar de vivir justa y legítimamente. Y yo he expuesto unos pocos puntos capitales de esta ley, puesto que prometí hablar sólo de aquellas cosas que completan el carácter de la virtud y la justicia. Si alguno quisiere abarcar todas las demás partes, búsquelas en la fuente misma, de la cual fluyó hasta nosotros aquel arroyo.
VI, 25
Hablemos ahora brevemente sobre el sacrificio mismo. «El marfil,» dice Platón, «no es ofrenda pura para Dios.» ¿Pues qué? ¿Acaso las telas bordadas y costosas? Antes bien, nada es ofrenda pura para Dios que pueda corromperse o ser sustraído en secreto. Pero así como él vio que nada extraído de un cuerpo muerto debía ofrecerse a un ser vivo, ¿por qué no vio que una ofrenda corpórea no debía presentarse a un ser incorpóreo? ¡Cuánto mejor y con más verdad habla Séneca: «¿Pensarás que Dios es grande y plácido, y amigo a quien se ha de venerar con suave majestad, y siempre presente? No ha de ser adorado con inmolación de víctimas y con mucha sangre —pues ¿qué placer surge de la matanza de animales inocentes?—, sino con mente pura y con un propósito bueno y honorable. No han de erigírsele templos con piedras amontonadas en alto; cada hombre debe consagrarlo en su propio pecho.» Por tanto, si alguien piensa que las vestiduras, las joyas y otras cosas que se estiman preciosas son apreciadas por Dios, ignora del todo lo que Dios es, pues cree que le agradan aquellas cosas que incluso a un hombre se le alabaría con justicia por despreciar. ¿Qué es, entonces, lo puro, qué es digno de Dios, sino aquello que Él mismo ha exigido en su divina ley?
Hay dos cosas que deben ofrecerse: la ofrenda y el sacrificio; la ofrenda como oblación perpetua, el sacrificio por un tiempo. Pero entre quienes de ningún modo comprenden la naturaleza del Ser Divino, una ofrenda es cualquier cosa labrada de oro o plata; asimismo cualquier cosa tejida de púrpura y seda: un sacrificio es una víctima, y cuantas cosas se queman sobre el altar. Pero Dios no se sirve ni de lo uno ni de lo otro, porque Él está libre de corrupción, y aquello es enteramente corruptible. Por tanto, en cada caso, lo incorpóreo debe ofrecerse a Dios, pues Él lo acepta. Su ofrenda es la inocencia del alma; su sacrificio la alabanza y un himno. Pues si Dios no es visto, debe por tanto ser adorado con cosas que no se ven. Por tanto, ninguna otra religión es verdadera sino la que consiste en virtud y justicia. Pero de qué manera Dios trata con la justicia del hombre se entiende fácilmente. Pues si el hombre fuere justo, habiendo recibido la inmortalidad, servirá a Dios para siempre. Pero que los hombres no nacen sino para la justicia, lo sospechan tanto los filósofos antiguos como incluso Cicerón. Pues, discutiendo las Leyes, dice: «Pero de todas las cosas que los doctos discuten, nada ciertamente es de mayor importancia que entender plenamente que hemos nacido para la justicia.» Debemos, por tanto, presentar y ofrecer a Dios aquello solo para cuya recepción Él mismo nos produjo. Pero cuán verdadero es este doble género de sacrificio, Trismegisto Hermes es testigo conveniente, que concuerda con nosotros, es decir, con los profetas, a quienes seguimos, tanto en hechos como en palabras. Así habló acerca de la justicia: «Adora y venera esta palabra, oh hijo.» Pero el culto de Dios consiste en una sola cosa: no ser malvado. También en aquel perfecto discurso, cuando oyó que Asclepio preguntaba a su hijo si le agradaba que se ofrecieran incienso y otros olores para el sacrificio divino a su padre, exclamó: «Habla palabras de buen agüero, oh Asclepio. Pues es la mayor impiedad abrigar semejante pensamiento acerca de aquel ser de bondad preeminente. Porque estas cosas, y las semejantes a ellas, no se adaptan a Él. Pues Él está lleno de todas las cosas, cuantas existen, y de nada tiene necesidad. Pero démosle gracias y adorémoslo. Pues su sacrificio consiste sólo en la bendición.» Y habló con razón.
Pues debemos ofrecer sacrificio a Dios de palabra, puesto que Dios es el Verbo, como Él mismo confesó. Por tanto, la principal ceremonia en el culto de Dios es la alabanza dirigida a Dios desde la boca del justo. Mas para que ésta sea aceptada por Dios, se requiere humildad, temor y devoción en sumo grado, no sea que alguien por casualidad ponga confianza en su propia integridad e inocencia, y así incurra en la acusación de soberbia y arrogancia, y por este acto pierda la recompensa de su virtud. Mas para obtener el favor de Dios y quedar libre de toda mancha, implore siempre la misericordia de Dios, y no pida sino el perdón de sus pecados, aunque no los tenga. Si desea alguna otra cosa, no hay necesidad de expresarla con palabra a quien sabe lo que queremos; si le sucediere algo bueno, dé gracias; si algo malo, haga penitencia, y confiese que el mal le ha sucedido a causa de sus faltas; y aun en los males no deje de dar gracias, y haga penitencia en los bienes, para que sea el mismo en todo tiempo, y esté firme, inmutable e inconmovible. Y no suponga que esto ha de hacerse sólo en el templo, sino en casa, y aun en su propio lecho. En suma, tenga siempre consigo a Dios, consagrado en su corazón, puesto que él mismo es templo de Dios. Mas si ha servido a Dios, su Padre y Señor, con esta asiduidad, obediencia y devoción, la justicia es completa y perfecta; y quien observare esto, como antes testificamos, ha obedecido a Dios y ha satisfecho las obligaciones de la religión y de su propio deber.
Capítulo 1. Del mundo, y de los que están por creer, y de los que no; y en esto la censura de los incrédulos
VII, 1
Bien está: los cimientos están echados, como dice el ilustre orador. Pero no sólo hemos echado los cimientos, que podrían ser firmes y aptos para sostener la obra; sino que hemos levantado el edificio entero, con grandes y fuertes construcciones, casi hasta la cumbre. Queda un asunto mucho más fácil, ya sea cubrirlo o adornarlo; sin el cual, sin embargo, las obras anteriores son a la vez inútiles y desagradables. Pues ¿de qué aprovecha, o ser librados de las religiones falsas, o entender la verdadera? ¿De qué aprovecha, o ver la vanidad de la sabiduría falsa, o conocer lo que es verdadero? ¿De qué aprovecha, digo, defender aquella justicia celestial? ¿De qué aprovecha mantener el culto de Dios con grandes dificultades, el cual es la mayor virtud, si no le acompaña la divina recompensa de la bienaventuranza eterna? De este asunto debemos hablar en este libro, no sea que todo lo que precede parezca vano e inútil: si dejáramos en la incertidumbre esto, a causa de lo cual se emprendieron aquellas cosas, no sea que alguien por casualidad piense que tan grandes trabajos se emprenden en vano; mientras desconfía de su recompensa celestial, la cual Dios ha señalado para aquel que hubiere despreciado los presentes dulces goces de la tierra en comparación con la virtud solitaria y sin recompensa. Satisfagamos también esta parte de nuestro asunto, tanto con los testimonios de las sagradas escrituras como con argumentos probables, para que sea igualmente manifiesto que las cosas futuras han de preferirse a las presentes; las celestiales a las terrenas; y las eternas a las temporales: puesto que las recompensas de los vicios son temporales, las de las virtudes son eternas.
Expondré, pues, el sistema del mundo, para que fácilmente se entienda a la vez cuándo y cómo fue hecho por Dios; lo cual Platón, que disertó sobre la creación del mundo, no pudo ni conocer ni explicar, por cuanto ignoraba el misterio celestial, que no se aprende sino por la enseñanza de los profetas y de Dios; y por eso dijo que fue creado para la eternidad. No obstante, el caso es muy distinto, puesto que cuanto tiene cuerpo sólido y pesado, así como recibió principio en algún tiempo, así necesariamente ha de tener fin. Pues Aristóteles, cuando no veía cómo podía perecer tan gran magnitud de cosas, y queriendo escapar de esta objeción, dijo que el mundo siempre había existido y siempre existiría. Él no veía en absoluto que toda [cosa material] que existe debe haber tenido en algún tiempo principio, y que nada puede existir en absoluto si no tuvo principio. Pues cuando vemos que la tierra, el agua y el fuego perecen, se consumen y se extinguen, los cuales son claramente partes del mundo, se entiende que es del todo mortal aquello cuyos miembros son mortales. Así sucede que todo lo que es susceptible de destrucción debe haber sido producido. Pero todo lo que cae bajo la vista de los ojos ha de ser necesariamente material y capaz de disolución. Por tanto, sólo Epicuro, siguiendo la autoridad de Demócrito, habló con verdad en este asunto, quien dijo que tuvo principio en algún tiempo y que en algún tiempo perecería. Mas no pudo asignar razón alguna, ni por qué causas ni en qué tiempo debía ser destruida esta obra de tan grande magnitud. Pero ya que Dios nos ha revelado esto, y no llegamos a ello por conjeturas, sino por instrucción del cielo, lo enseñaremos con cuidado, para que por fin sea evidente a los deseosos de la verdad, que los filósofos no vieron ni comprendieron la verdad; sino que tuvieron de ella un conocimiento tan leve, que de ningún modo percibieron de qué fuente les soplaba aquel aroma de sabiduría, tan agradable y grato.
Entretanto, creo necesario advertir a los que han de leer esto, que las mentes depravadas y viciosas, puesto que la agudeza de su mente está embotada por las pasiones terrenas, que abaten todas las percepciones y las debilitan, o no entenderán del todo estas cosas que referimos, o, aun si las entendieren, disimularán y no querrán que sean verdaderas: porque son arrastradas por los vicios, y a sabiendas favorecen sus propios males, por cuya suavidad son cautivados, y abandonan la vía de la virtud, por cuya amargura son ofendidos. Pues los que están inflamados de avaricia y de una cierta sed insaciable de riquezas —porque, cuando han vendido o disipado las cosas en que se deleitan, son incapaces de vivir con sencillez— sin duda prefieren aquello por lo cual se ven obligados a renunciar a sus ansiosos deseos. También aquellos que, impulsados por los estímulos de las concupiscencias, como dice el poeta,
Se precipitan en la locura y en el fuego,
dicen que aducimos cosas manifiestamente increíbles; porque los preceptos sobre el dominio de sí hieren sus oídos, los cuales los apartan de sus placeres, a los que han entregado su alma juntamente con su cuerpo. Pero los que, hinchados de ambición o inflamados por el amor del poder, han consagrado todos sus esfuerzos a la adquisición de honores, no creerán, aun cuando lleváramos en nuestras manos el sol mismo, aquella enseñanza que les manda despreciar todo poder y honor, y vivir en humildad, y en tal humildad que puedan recibir una injuria, y si la han recibido, no quieran devolverla. Éstos son los hombres que claman de cualquier modo contra la verdad con los ojos cerrados. Mas los que son o serán de mente sana, es decir, no tan sumergidos en los vicios que sean incurables, creerán estas cosas y se acercarán de buen grado a ellas; y cuanto digamos les parecerá abierto, llano, sencillo y, lo que es principalmente necesario, verdadero e inexpugnable.
Nadie favorece la virtud sino quien es capaz de seguirla; mas no es fácil a todos seguirla: pueden hacerlo aquellos a quienes la pobreza y la necesidad han ejercitado y hecho capaces de virtud. Pues si el soportar los males es virtud, se sigue que no son capaces de virtud los que siempre han vivido en el goce de los bienes; porque jamás han experimentado los males, ni pueden soportarlos, a causa de su prolongado uso y deseo de los bienes, que son los únicos que conocen. Así sucede que los pobres y humildes, que no llevan cargas, creen más prontamente en Dios que los ricos, que están enredados en muchos estorbos; antes bien, encadenados y aherrojados son esclavos del asentimiento del deseo, su señora, que los ha atrapado con lazos inextricables; ni pueden alzar la vista al cielo, puesto que su mente está inclinada a la tierra y fija en el suelo. Mas la vía de la virtud no admite a los que llevan grandes cargas. La senda es muy angosta por la cual la justicia conduce al hombre al cielo; nadie puede mantenerla a menos que vaya sin cargas y ligeramente equipado. Pues aquellos hombres ricos, que van cargados de muchas y grandes cargas, avanzan por el camino de la muerte, que es muy ancho, ya que la perdición impera con dominio extendido. Los preceptos que Dios da para la justicia, y las cosas que aducimos bajo la enseñanza de Dios acerca de la virtud y de la verdad, son amargos y como venenos para éstos. Y si se atrevieren a oponerse a estas cosas, deberán reconocerse enemigos de la virtud y de la justicia. Ahora pasaré a la parte restante del asunto, para que se ponga fin a la obra. Mas esto queda: que tratemos del juicio de Dios, que se establecerá entonces cuando nuestro Señor vuelva a la tierra para dar a cada uno recompensa o castigo, según su mérito. Por tanto, así como en el libro cuarto hablamos de su primer advenimiento, así en este libro referiremos su segundo advenimiento, el cual también los judíos confiesan y esperan; pero en vano, pues Él ha de volver para confusión de aquellos por cuyo llamamiento vino antes. Porque los que impíamente le trataron con violencia en su humillación, le experimentarán en su poder como vencedor; y, retribuyéndoles Dios, padecerán todas aquellas cosas que leen y no entienden; por cuanto, estando contaminados de todos los pecados, y además rociados con la sangre del Santo, fueron consagrados al castigo eterno por aquel mismo sobre quien pusieron manos impías. Mas tendremos un asunto aparte contra los judíos, en el cual los convenceremos de error y de culpa.
VII, 2
Instruyamos ahora a los que ignoran la verdad. Ha sido así determinado por la disposición del Dios Altísimo, que esta edad inicua, habiendo corrido el curso de sus tiempos señalados, llegue a su fin; y extinguiéndose de inmediato toda maldad, y siendo llamadas de nuevo las almas de los justos a una vida feliz, florezca una edad quieta, tranquila, pacífica, en suma, dorada, como la llaman los poetas, bajo el gobierno del mismo Dios. Ésta fue sobre todo la causa de todos los errores de los filósofos: que no comprendieron el sistema del mundo, el cual comprende toda la sabiduría. Mas no puede comprenderse por nuestra propia percepción e inteligencia innata, lo cual quisieron hacer por sí mismos sin maestro. Por eso cayeron en opiniones varias y a menudo contradictorias, de las cuales no tenían salida alguna,
Y permanecieron fijos en el mismo fango,
como dice el cómico, puesto que su conclusión no corresponde con sus suposiciones; por cuanto habían asumido como verdaderas cosas que no podían afirmarse ni probarse sin el conocimiento de la verdad y de las cosas celestiales. Y este conocimiento, como he dicho ya a menudo, no puede existir en un hombre a menos que se derive de la enseñanza de Dios. Pues si un hombre es capaz de entender las cosas divinas, será capaz también de realizarlas; porque entender es, por así decirlo, seguir su pista. Mas no es capaz de hacer las cosas que Dios hace, porque está revestido de un cuerpo mortal; por tanto, no puede siquiera entender aquellas cosas que Dios hace. Y si esto es posible, es fácil para cualquiera medirlo por la inmensidad de las acciones y obras divinas. Pues si contemplas el mundo, con todas las cosas que contiene, entenderás ciertamente cuánto supera la obra de Dios a las obras de los hombres. Así, tan grande como es la diferencia entre las obras divinas y las humanas, tan grande debe ser la distancia entre la sabiduría de Dios y la del hombre. Pues como Dios es incorruptible e inmortal, y por lo tanto perfecto porque es eterno, su sabiduría también es perfecta, como Él mismo lo es; ni nada puede oponérsele, porque Dios mismo a nada está sujeto.
Mas porque el hombre está sujeto a las pasiones, su sabiduría también está sujeta al error; y así como muchas cosas estorban la vida del hombre, de modo que no puede ser perpetua, así también su sabiduría ha de ser estorbada por muchas cosas: de tal manera que no es perfecta en percibir enteramente la verdad. Por tanto, no hay sabiduría humana, si ella se esfuerza por sí misma en alcanzar la concepción y el conocimiento de la verdad; por cuanto la mente del hombre, estando ligada a un cuerpo frágil y encerrada en una morada oscura, ni puede vagar a sus anchas, ni percibir claramente la verdad, cuyo conocimiento pertenece a la naturaleza divina. Pues sus obras sólo son conocidas por Dios. Mas el hombre no puede alcanzar este conocimiento por reflexión o disputa, sino aprendiendo y oyendo de Aquel que es el único capaz de conocer y de enseñar. Por tanto, Marco Tulio, tomando de Platón el sentir de Sócrates, quien dijo que había llegado el tiempo para él de partir de la vida, pero que aquellos ante quienes defendía su causa aún vivían, dice: Cuál es mejor lo saben los dioses inmortales; pero pienso que ningún hombre lo sabe. Por lo cual todas las sectas de los filósofos deben estar muy lejos de la verdad, porque quienes las establecieron fueron hombres; ni pueden tener fundamento ni firmeza alguna aquellas cosas que no están apoyadas en declaración alguna de voces divinas.
VII, 3
Y puesto que estamos hablando de los errores de los filósofos, los estoicos dividen la naturaleza en dos partes: la que obra y la que se ofrece dócil a la acción. Dicen que en aquella se contiene todo el poder de la percepción, y en ésta la materia, y que la una no puede obrar sin la otra. ¿Cómo pueden ser una y la misma cosa lo que maneja y lo que es manejado? Si alguien dijera que el alfarero es lo mismo que la arcilla, o que la arcilla es lo mismo que el alfarero, ¿no parecería abiertamente un loco? Pero estos hombres comprenden bajo el solo nombre de naturaleza dos cosas muy diferentes entre sí: a Dios y al mundo, al Hacedor y a la obra; y dicen que la una nada puede sin la otra, como si Dios estuviera mezclado en la naturaleza con el mundo. Pues a veces los mezclan de tal modo entre sí, que Dios mismo es la mente del mundo, y el mundo es el cuerpo de Dios; como si el mundo y Dios hubieran comenzado a existir al mismo tiempo, y Dios no hubiera hecho Él mismo el mundo. Y ellos mismos confiesan esto también en otras ocasiones, cuando dicen que fue hecho por causa de los hombres, y que Dios podría, si quisiera, existir sin el mundo, puesto que Dios es la mente divina y eterna, separada y libre de cuerpo. Y puesto que no pudieron comprender su poder y majestad, lo mezclaron con el mundo, es decir, con su propia obra. De donde procede aquel dicho de Virgilio: —
Un espíritu cuya llama celestial
Resplandece en cada miembro del orbe,
Y anima el poderoso todo.
¿Qué se hace, pues, de su propia afirmación de que el mundo fue hecho y es gobernado por la providencia divina? Pues si Él hizo el mundo, se sigue que existió sin el mundo; si lo gobierna, es claro que no lo gobierna como la mente gobierna al cuerpo, sino como el amo rige la casa, como el piloto la nave, como el auriga el carro. Y sin embargo, no están mezclados con aquellas cosas que gobiernan. Pues si todas estas cosas que vemos son miembros de Dios, entonces Dios queda insensible por ellas, puesto que los miembros carecen de sensibilidad, y mortal, puesto que vemos que los miembros son mortales.
Puedo enumerar cuántas veces las tierras sacudidas por movimientos repentinos se han abierto o se han hundido en precipicio; cuántas veces ciudades e islas han sido anegadas por las olas y han caído en lo profundo; las lagunas han inundado llanuras fértiles, ríos y estanques se han secado; montañas también han caído en precipicio o han sido allanadas con las llanuras. Muchas regiones, y los fundamentos de muchas montañas, son devastados por fuego latente e interno. Y esto no es bastante, si Dios no perdona a sus propios miembros, a menos que también se permita al hombre tener algún poder sobre el cuerpo de Dios. Los mares se levantan, las montañas se cortan, y las entrañas más íntimas de la tierra se excavan para extraer riquezas. ¿Qué digo, que ni siquiera podemos arar sin lacerar el cuerpo divino? De modo que a la vez somos malvados e impíos al hacer violencia a los miembros de Dios. ¿Sufre, pues, Dios que su cuerpo sea atormentado, y tolera debilitarse a sí mismo, o permite que esto sea hecho por el hombre? A menos que por azar aquella inteligencia divina que está mezclada con el mundo y con todas las partes del mundo haya abandonado la primera superficie exterior de la tierra y se haya sumergido en las profundidades más bajas, para no sentir dolor alguno por la continua laceración. Pero si esto es frívolo y absurdo, entonces ellos mismos estuvieron tan faltos de inteligencia como aquellos que no han percibido que el espíritu divino está difundido por todas partes y que todas las cosas son sostenidas por él, pero no de tal manera que Dios, que es incorruptible, se mezcle Él mismo con elementos pesados y corruptibles. Por tanto, es más correcto lo que derivaron de Platón: que el mundo fue hecho por Dios y es también gobernado por su providencia. Convenía, por tanto, que Platón y los que sostuvieron la misma opinión enseñaran y explicaran cuál fue la causa, cuál la razón, para la invención de tan grande obra; por qué o para quién la hizo.
Pero los estoicos también dicen que el mundo fue hecho por causa de los hombres. Lo oigo. Pero Epicuro ignora por qué causa o quién hizo a los hombres mismos. Pues Lucrecio, cuando dijo que el mundo no fue hecho por los dioses, habló así:
Decir, además, que por causa de los hombres han querido poner en orden la gloriosa naturaleza del mundo —
luego introdujo:—
Es pura locura. Pues ¿qué provecho puede nuestra gratitud otorgar a seres inmortales y bienaventurados, para que por nuestra causa emprendieran administrar algo?
Y con buena razón. Pues no adujeron razón alguna de por qué la raza humana fue creada o establecida por Dios. Es cosa nuestra exponer el misterio del mundo y del hombre, del cual ellos, estando desprovistos, no pudieron ni alcanzar ni ver el santuario de la verdad. Por tanto, como dije un poco antes, cuando habían asumido lo que era verdadero, esto es, que el mundo fue hecho por Dios y fue hecho por causa de los hombres, sin embargo, puesto que su argumento les fallaba en las consecuencias, no pudieron defender lo que habían asumido. En fin, Platón, para no hacer la obra de Dios débil y sujeta a ruina, dijo que permanecería para siempre. Si fue hecha por causa de los hombres, y hecha de tal modo que fuese eterna, ¿por qué entonces no son eternos aquellos por cuya causa fue hecha? Si son mortales aquellos por causa de quienes fue hecha, también ella misma debe ser mortal y sujeta a disolución, pues no es de más valor que aquellos por cuya causa fue hecha. Pero si su argumento fuese consecuente, comprendería que debe perecer porque fue hecha, y que nada puede permanecer para siempre sino aquello que no puede ser tocado.
Pero quien dice que no fue hecho por causa de los hombres no tiene argumento. Pues si dice que el Creador ideó estas obras de tan grande magnitud por su propia cuenta, ¿por qué entonces fuimos producidos nosotros? ¿Por qué gozamos del mundo mismo? ¿Qué significa la creación de la raza humana y de los otros seres vivientes? ¿Por qué interceptamos las ventajas de otros? ¿Por qué, en suma, crecemos, decrecemos y perecemos? ¿Qué razón se implica en nuestra producción misma? ¿Qué en nuestra sucesión perpetua? Sin duda, Dios quiso que fuésemos vistos y que formáramos, por así decirlo, impresiones con varias representaciones de Él mismo, con las cuales pudiera deleitarse. No obstante, si así fuera, tendría a los seres vivientes por su cuidado, y especialmente al hombre, a cuyo mando sujetó todas las cosas. Mas en cuanto a los que dicen que el mundo siempre existió: omito aquel punto, que él mismo no puede existir sin algún comienzo, del cual no pueden librarse; pero digo esto: si el mundo siempre existió, no puede tener disposición sistemática alguna. Pues ¿qué podría haber efectuado la disposición en aquello que nunca tuvo comienzo? Porque antes de que algo se haga o disponga, hay necesidad de consejo para que se determine cómo debe hacerse; y nada puede hacerse sin la previsión de un plan establecido. Por tanto, el plan precede a toda obra. Por tanto, lo que no ha sido hecho no tiene plan. Pero el mundo tiene un plan por el cual existe y es gobernado; por tanto, también fue hecho: si fue hecho, también será destruido. Asignen, pues, si pueden, una razón de por qué fue hecho al comienzo o será destruido en adelante.
Y porque Epicuro o Demócrito no pudo enseñar esto, dijo que fue producido por su propio impulso, concurriendo las semillas en todas direcciones; y que cuando éstas de nuevo se resuelven, seguirán la discordia y la destrucción. Por tanto, pervirtió aquello que había visto correctamente, y por su ignorancia del sistema derribó del todo el sistema entero, y redujo el mundo y todas las cosas que en él se hacen a la semejanza de un sueño sumamente frívolo, si ningún plan existe en los asuntos humanos. Pero puesto que el mundo y todas sus partes, como vemos, son gobernados por un plan admirable; puesto que la fábrica del cielo y el curso de los astros y de los cuerpos celestes, que es armonioso aun en la misma variedad, la constante y admirable disposición de las estaciones, la variada fertilidad de las tierras, las llanuras niveladas, las defensas y amontonamientos de las montañas, la verdura y productividad de las selvas, el brotar salubérrimo de las fuentes, los desbordamientos oportunos de los ríos, la rica y abundante afluencia del mar, el opuesto y útil soplar de los vientos, y todas las cosas, están fijadas con la mayor regularidad: ¿quién es tan ciego como para pensar que fueron hechas sin causa, cuando en ellas resplandece una disposición admirable de orden providentísimo? Si, por tanto, nada en absoluto existe ni se hace sin causa; si la providencia del Dios supremo es manifiesta por la disposición de las cosas, su excelencia por su grandeza, y su poder por su gobierno: por tanto, son torpes y locos los que han dicho que no hay providencia. No lo desaprobaría si negaran la existencia de los dioses con el objeto de afirmar la existencia de uno; pero cuando lo hicieron con la intención de decir que no hay ninguno, quien no piensa que ellos fueron insensatos es él mismo insensato.