II, 6
De igual modo, si la tierra que pisamos y que sometemos y cultivamos para alimento no es un dios, tampoco lo serán las llanuras y las montañas; y si éstas no lo son, se sigue que la tierra entera no puede parecer Dios. De igual modo, si el agua, que está adaptada a las necesidades de los seres vivos para beber y bañarse, no es un dios, tampoco lo son las fuentes de las que mana el agua. Y si las fuentes no son dioses, tampoco lo son los ríos, que se forman de las fuentes. Y si tampoco los ríos son dioses, se sigue que el mar, que se compone de los ríos, no puede ser considerado Dios. Pero si ni el cielo, ni la tierra, ni el mar, que son las partes del mundo, pueden ser dioses, se sigue que el mundo en conjunto no es Dios; mientras que los mismos estoicos sostienen que es a la vez viviente y sabio, y por tanto Dios. Pero en esto son tan incoherentes que nada dicen que no lo derriben también ellos mismos. Pues argumentan así: Es imposible que lo que produce de sí objetos sensibles sea insensible. Pero el mundo produce al hombre, que está dotado de sensibilidad; por tanto, también él debe ser sensible. Argumentan además: no puede carecer de sensibilidad aquello de lo que una parte es sensible; por tanto, como el hombre es sensible, el mundo, del que el hombre es parte, también posee sensibilidad. Las proposiciones mismas son verdaderas: que lo que produce un ser dotado de sentido es sensible, y que posee sentido aquello de lo que una parte está dotada de sentido. Pero las suposiciones con las que sacan sus conclusiones son falsas; pues el mundo no produce al hombre, ni el hombre es parte del mundo. Porque el mismo Dios que creó el mundo, también creó al hombre desde el principio: y el hombre no es parte del mundo, del mismo modo que un miembro es parte del cuerpo; pues es posible que el mundo exista sin el hombre, como es posible para una ciudad o una casa. Ahora bien, así como una casa es la morada de un hombre, y una ciudad la de un pueblo, así también el mundo es la morada de todo el género humano; y una cosa es lo que es habitado, y otra lo que habita. Pero éstos, en su afán de probar lo que habían supuesto falsamente, que el mundo está dotado de sensibilidad y es Dios, no percibieron las consecuencias de sus propios argumentos. Porque si el hombre es parte del mundo, y si el mundo está dotado de sensibilidad porque el hombre es sensible, se sigue, por tanto, que como el hombre es mortal, también el mundo necesariamente debe ser mortal, y no sólo mortal, sino también expuesto a toda clase de enfermedades y padecimientos. Y, por el contrario, si el mundo es Dios, sus partes también son claramente inmortales: por tanto, también el hombre es Dios, porque es, como decís, parte del mundo. Y si el hombre, entonces también las bestias de carga y el ganado, y las demás clases de bestias y de aves y de peces, puesto que éstos también del mismo modo están dotados de sensibilidad y son partes del mundo. Pero esto es tolerable; pues los egipcios adoran incluso a éstos. Pero la cuestión llega a esto: que incluso las ranas, los mosquitos y las hormigas parecen ser dioses, porque también éstos tienen sensibilidad y son partes del mundo. Así, los argumentos sacados de una fuente falsa conducen siempre a conclusiones necias y absurdas. ¿Por qué habría de mencionar que los mismos filósofos afirman que el mundo fue construido para dioses y hombres como morada común? Por tanto, el mundo no es ni dios ni viviente, si ha sido hecho: pues un ser viviente no es hecho, sino engendrado; y si ha sido construido, ha sido construido como una casa o una nave. Por tanto, hay un constructor del mundo, Dios; y el mundo, que ha sido hecho, es distinto de Aquel que lo hizo. Ahora bien, ¡cuán incoherente y absurdo es que, cuando afirman que los fuegos celestiales y los demás elementos del mundo son dioses, digan también que el mundo mismo es Dios! ¿Cómo es posible que de una gran multitud de dioses se forme un solo Dios? Si las estrellas son dioses, se sigue que el mundo no es Dios, sino la morada de los dioses. Pero si el mundo es Dios, se sigue que todas las cosas que hay en él no son dioses, sino miembros de Dios, los cuales claramente no pueden por sí mismos tomar el nombre de Dios. Pues nadie puede decir con razón que los miembros de un solo hombre son muchos hombres; pero, sin embargo, no hay comparación semejante entre un ser viviente y el mundo. Porque como un ser viviente está dotado de sensibilidad, también sus miembros tienen sensibilidad; y no se vuelven insensibles a menos que sean separados del cuerpo. Pero ¿qué semejanza presenta el mundo a esto? Verdaderamente ellos mismos nos lo dicen, puesto que no niegan que fue hecho, para que fuera, por así decirlo, una morada común para dioses y hombres. Si, por tanto, ha sido construido como morada, ni él mismo es Dios, ni son dioses los elementos que son sus partes; porque una casa no puede gobernarse a sí misma, ni las partes de que consta una casa. Por tanto, son refutados no sólo por la verdad, sino incluso por sus propias palabras. Porque así como una casa, hecha para ser habitada, no tiene sensibilidad por sí misma, y está sujeta al amo que la construyó o la habita; así el mundo, no teniendo sensibilidad por sí mismo, está sujeto a Dios su Hacedor, que lo hizo para su propio uso.
Capítulo 7. De Dios, y de los ritos religiosos de los necios; de la avaricia, y de la autoridad de los antepasados
II, 7
Los necios, por tanto, yerran de dos maneras: primero, al preferir los elementos, es decir, las obras de Dios, a Dios mismo; segundo, al adorar bajo forma humana las figuras de los elementos mismos. Pues forman las imágenes del sol y de la luna según la manera de los hombres; también las del fuego, de la tierra y del mar, a las que llaman Vulcano, Vesta y Neptuno. Y no sacrifican abiertamente a los elementos mismos. Los hombres están poseídos de tan gran afición por las representaciones, que ahora se estima de menos valor lo que es verdadero: se deleitan, en efecto, con el oro, las joyas y el marfil. La belleza y el brillo de estas cosas deslumbran sus ojos, y piensan que no hay religión donde ellas no resplandecen. Y así, bajo el pretexto de adorar a los dioses, se adora a la avaricia y al deseo. Pues creen que los dioses aman todo aquello que ellos mismos desean, cualquier cosa sea, por causa de la cual rugen diariamente hurtos, rapiñas y homicidios, y por causa de la cual las guerras derriban naciones y ciudades por todo el mundo. Por tanto, consagran a los dioses sus despojos y botines, dioses que sin duda deben ser débiles y faltos de la más alta excelencia, si están sujetos a deseos. Pues ¿por qué habríamos de creerlos celestiales si anhelan algo de la tierra, o felices si carecen de algo, o incorruptos si se complacen en aquellas cosas en cuya búsqueda el deseo de los hombres no es condenado sin reservas? Se acercan, pues, a los dioses no tanto por causa de la religión, que no puede tener cabida en cosas mal adquiridas y corruptibles, como para contemplar el oro y ver el brillo del mármol pulido o del marfil, para examinar con contemplación incansable vestiduras adornadas con piedras preciosas y colores, o copas tachonadas de joyas relucientes. Y cuanto más adornados están los templos y más bellas las imágenes, tanta mayor majestad se cree que tienen: tan enteramente queda encerrada su religión en aquello que admira el deseo de los hombres.
Estas son las instituciones religiosas transmitidas por sus antepasados, que persisten en mantener y defender con la mayor obstinación. Ni consideran de qué carácter son; sino que se sienten seguros de su excelencia y verdad por esto, porque los antiguos las han transmitido; y es tan grande la autoridad de la antigüedad, que se dice que es un crimen indagar en ella. Y así se cree en todas partes como verdad averiguada. En suma, en Cicerón, Cota habla así a Lucilio: «Sabes, Balbo, cuál es la opinión de Cota, cuál la opinión del pontífice. Ahora déjame entender cuáles son tus sentimientos: pues como eres filósofo, debería recibir de ti una razón para tu religión; pero en el caso de nuestros antepasados es razonable creerles, aunque no aleguen razón alguna.» Si crees, ¿por qué entonces exiges una razón, que puede tener el efecto de hacerte no creer? Pero si exiges una razón, y piensas que el asunto exige indagación, entonces no crees; pues haces indagación con este fin: para seguirla cuando la hayas averiguado. Mira, la razón te enseña que las instituciones religiosas de los dioses no son verdaderas: ¿qué harás? ¿Preferirás seguir a la antigüedad o a la razón? Y esto, ciertamente, no te fue impartido por otro, sino que lo hallaste y elegiste por ti mismo, puesto que has desarraigado por completo todos los sistemas religiosos. Si prefieres la razón, debes abandonar las instituciones y la autoridad de nuestros antepasados, ya que nada es correcto sino aquello que la razón prescribe. Pero si la piedad te aconseja seguir a tus antepasados, entonces admite que fueron necios, que se conformaron con instituciones religiosas inventadas contra la razón; y que tú eres insensato, puesto que adoras lo que has probado que es falso. Pero puesto que se nos objeta tanto el nombre de los antepasados, veamos, te ruego, quiénes fueron aquellos antepasados de cuya autoridad se dice que es impío apartarse.
Rómulo, cuando estaba a punto de fundar la ciudad, convocó a los pastores entre los cuales había crecido; y como su número parecía insuficiente para la fundación de la ciudad, estableció un asilo. A éste acudieron en tropel todos los hombres más abandonados, sin distinción alguna de condición, desde los lugares vecinos. Así reunió al pueblo de entre todos éstos; y eligió para el senado a los que eran más viejos, y los llamó Padres, por cuyo consejo pudiera dirigir todas las cosas. Y acerca de este senado, Propercio, el poeta elegíaco, habla así:—
La trompeta solía llamar a los antiguos Quirites a una asamblea; aquellos cien en el campo formaban a menudo el senado. La curia, que ahora se alza en alto y resplandece con el senado bien togado, recibía a los Padres vestidos de pieles, espíritus rústicos.
Estos son los Padres cuyos decretos obedecen con la mayor devoción los hombres doctos y sagaces; y toda la posteridad debe juzgar que es verdadero e inmutable lo que cien ancianos vestidos de pieles establecieron a su antojo; quienes, sin embargo, como se ha mencionado en el primer libro, fueron inducidos por Pompilio a creer la verdad de aquellos ritos sagrados que él mismo entregó. ¿Hay alguna razón por la cual su autoridad habría de ser tan altamente estimada por la posteridad, cuando en vida nadie, ni de alta ni de baja condición, los juzgó dignos de afinidad?
Capítulo 8. Del uso de la razón en la religión; y de los sueños, augurios, oráculos y portentos semejantes
II, 8
Es, por tanto, justo, especialmente en una materia de la que depende todo el plan de la vida, que cada uno ponga confianza en sí mismo, y use su propio juicio y capacidad individual para la investigación y el sopesamiento de la verdad, antes que, confiando en otros, ser engañado por sus errores, como si él mismo careciera de entendimiento. Dios ha dado sabiduría a todos por igual, para que puedan tanto investigar cosas que no han oído, como sopesar las que han oído. Y no porque nos precedieron en el tiempo, nos superaron también en sabiduría; pues si ésta se da igualmente a todos, no podemos ser aventajados en ella por quienes nos preceden. Es incapaz de disminución, como la luz y el brillo del sol; porque, así como el sol es la luz de los ojos, así la sabiduría es la luz del corazón del hombre. Por lo cual, puesto que la sabiduría —esto es, la investigación de la verdad— es natural a todos, se privan de sabiduría quienes aprueban sin juicio alguno los descubrimientos de sus antepasados, y como ovejas son llevados por otros. Pero esto se les escapa, que al introducirse el nombre de antepasados, piensan que es imposible que ellos mismos tengan más conocimiento porque se les llama descendientes, o que los otros sean insensatos porque se les llama antepasados. ¿Qué, por tanto, nos impide tomar de ellos un precedente, para que, así como ellos transmitieron a la posteridad sus falsas invenciones, también nosotros, que hemos descubierto la verdad, transmitamos cosas mejores a nuestra posteridad? Queda, pues, un gran objeto de indagación, cuya discusión no proviene del talento, sino del conocimiento: y esto debe explicarse con mayor extensión, para que nada en absoluto quede en duda. Pues quizá alguno recurra a aquellas cosas que son transmitidas por muchas e indudables autoridades: que aquellos mismos a quienes hemos mostrado que no son dioses, a menudo han desplegado su majestad por medio de prodigios, sueños, augurios y oráculos. Y, en efecto, se pueden enumerar muchas cosas maravillosas, y especialmente ésta: que Acio Navio, augur consumado, cuando advertía a Tarquinio Prisco que no emprendiera el comienzo de nada nuevo sin la sanción previa de los augurios, y el rey, restando crédito a su arte, le dijo que consultara a las aves, y que luego le anunciara si era posible que se realizara aquello que él mismo había concebido en su mente, y Navio afirmó que era posible; entonces, le dijo, toma esta piedra de amolar y divídela con una navaja. Pero el otro, sin vacilación alguna, la tomó y la cortó.
En segundo lugar está el hecho de que Cástor y Pólux fueron vistos en la guerra latina junto al lago de Juturna enjugando el sudor de sus caballos, cuando su templo, que está junto a la fuente, se había abierto por sí mismo. En la guerra macedónica los mismos dioses, montados en caballos blancos, se dice que se presentaron a Publio Vatieno cuando iba de noche a Roma, anunciando que el rey Perseo había sido vencido y hecho prisionero aquel día, cuya verdad fue probada por cartas recibidas de Paulo pocos días después. También es maravilloso que la estatua de la Fortuna, bajo la forma de una mujer, se dice que habló más de una vez; también que la estatua de Juno Moneta, cuando, al ser tomada Veyes, uno de los soldados, enviado a trasladarla, en broma y de burla le preguntó si quería mudarse a Roma, respondió que lo quería. También se presenta a Claudia como ejemplo de milagro. Pues cuando, conforme a los libros sibilinos, se hizo venir a la madre del Ida, y la nave en que era transportada encalló en un banco de arena del río Tíber y no podía ser movida por fuerza alguna, cuentan que Claudia, que siempre había sido tenida por impúdica a causa de su exceso en el adorno personal, con las rodillas dobladas suplicó a la diosa que, si la juzgaba casta, siguiera su ceñidor; y así la nave, que no podía ser movida por todos los hombres fuertes, fue movida por una sola mujer. Es igualmente maravilloso que, durante la prevalencia de una peste, Esculapio, llamado desde Epidauro, se dice que libró a la ciudad de Roma de la prolongada plaga.
También pueden mencionarse personas sacrílegas, por cuyo castigo inmediato se cree que los dioses vengaron la injuria que se les hacía. El censor Apio Claudio, habiendo, contra el consejo del oráculo, transferido los ritos sagrados de Hércules a los esclavos públicos, fue privado de la vista; y la gens Potitia, que abandonó su privilegio, en el espacio de un año se extinguió. Asimismo, el censor Fulvio, cuando hubo quitado las tejas de mármol del templo de la Juno Lacinia para cubrir el templo de la Fortuna ecuestre, que había edificado en Roma, fue privado del sentido, y habiendo perdido a sus dos hijos que servían en Iliria, fue consumido por la mayor tristeza de su ánimo. También Turulio, lugarteniente de Marco Antonio, cuando hubo talado un bosque sagrado de Esculapio en Cos y construido una flota, fue luego muerto en el mismo lugar por los soldados de César. A estos ejemplos se añade Pirro, quien, habiendo quitado dinero del tesoro de la Proserpina locriana, naufragó y fue arrojado contra las costas cercanas al templo de la diosa, de modo que nada se halló ileso excepto aquel dinero. Ceres de Mileto también se ganó gran veneración entre los hombres. Pues cuando la ciudad fue tomada por Alejandro y los soldados se precipitaron a saquear su templo, una llama de fuego arrojada de repente sobre ellos los cegó a todos.
También se hallan sueños que parecen mostrar el poder de los dioses. Pues se dice que Júpiter se presentó en sueños a Tiberio Atinio, un plebeyo, y le ordenó anunciar a los cónsules y al senado que en los últimos juegos circenses le había desagradado un danzante público, porque un tal Antonio Máximo había azotado severamente a un esclavo bajo la horca en medio del circo y lo había llevado al suplicio, y que por esta razón debían repetirse los juegos. Y como éste hubo descuidado el mandato, se dice que el mismo día perdió a su hijo y fue acometido él mismo por una grave enfermedad; y que cuando otra vez percibió la misma imagen preguntándole si había sufrido castigo suficiente por el descuido de su mandato, fue llevado en litera a los cónsules; y habiendo explicado todo el asunto en el senado, recuperó las fuerzas del cuerpo y volvió a su casa a pie. Y aquel sueño tampoco fue menos maravilloso, al cual se dice que Augusto César debió su salvación. Pues cuando en la guerra civil con Bruto estaba afligido por una grave enfermedad y había determinado abstenerse de la batalla, la imagen de Minerva se presentó a su médico Artorio, aconsejándole que César no se confinara en el campamento a causa de su dolencia corporal. Fue, por tanto, llevado en litera al ejército, y el mismo día el campamento fue tomado por Bruto. Pueden aducirse muchos otros ejemplos de naturaleza semejante; pero temo que, si me demoro demasiado en la exposición de asuntos contrarios, pueda parecer que he olvidado mi propósito, o incurrir en la acusación de locuacidad.
II, 9
Expondré, por tanto, el método de todas estas cosas, para que las materias difíciles y oscuras se entiendan más fácilmente; y sacaré a la luz todos estos engaños de la pretendida divinidad, por los cuales los hombres se han apartado muy lejos del camino de la verdad. Pero remontaré el asunto muy atrás, desde su origen; para que si alguno, desconocedor de la verdad e ignorante, se aplicare a la lectura [de este libro], sea instruido y pueda entender cuál es en verdad «la fuente y el origen de estos males;» y, habiendo recibido la luz, perciba sus propios errores y los de todo el género humano.
Puesto que Dios poseía la mayor previsión para planear y la mayor destreza para llevar a cabo la acción, antes de comenzar esta empresa del mundo —dado que había en Él, y hay siempre, la fuente de una bondad plena y completísima—, para que la bondad brotara de Él como un arroyo y fluyera a lo lejos, produjo un Espíritu semejante a Sí mismo, dotado de las perfecciones de Dios Padre. Pero cómo lo quiso, me esforzaré en mostrarlo en el libro cuarto. Después hizo a otro ser, en quien no permaneció la disposición del origen divino. Por tanto, éste quedó infectado por su propia envidia como por un veneno, y pasó del bien al mal; y por su propia voluntad, que Dios le había dado sin trabas, adquirió para sí un nombre contrario. De lo cual resulta que la fuente de todos los males es la envidia. Pues envidió a su predecesor, quien por su firmeza es acepto y querido a Dios Padre. Este ser, que por su propio acto pasó de bueno a malo, es llamado por los griegos diabolus: nosotros lo llamamos acusador, porque denuncia a Dios las faltas a las que él mismo nos induce. Dios, por tanto, cuando comenzó la fábrica del mundo, puso al frente de toda la obra a aquel primer y sumo Hijo, y se sirvió de Él al mismo tiempo como consejero y artífice, en el planear, disponer y realizar, pues Él es completo en conocimiento, en juicio y en poder; de quien hablo ahora con más parquedad, porque en otro lugar deben ser relatados por nosotros su excelencia, su nombre y su naturaleza. Nadie pregunte de qué materiales hizo Dios estas obras tan grandes y admirables: pues Él hizo todas las cosas de la nada.
No hay que escuchar tampoco a los poetas, que dicen que en el principio había un caos, es decir, una confusión de materia y de elementos; sino que después Dios dividió toda aquella masa y, habiendo separado cada cosa del montón confuso y dispuesto en orden, construyó y adornó el mundo. Ahora bien, es fácil responder a éstos, que no entienden el poder de Dios, pues creen que Él no puede producir nada sino a partir de materiales ya existentes y preparados; error en el que también incurrieron los filósofos. Pues Cicerón, al tratar de la naturaleza de los dioses, habla así: «Ante todo, pues, no es probable que la materia de la cual surgieron todas las cosas haya sido hecha por la providencia divina, sino que tiene, y ha tenido, una fuerza y una naturaleza propias. Así como, por tanto, el constructor, cuando va a levantar un edificio, no hace él mismo los materiales, sino que usa los ya preparados, y el escultor [usa] también la cera; así la providencia divina debió tener a mano materiales, no de producción propia, sino ya preparados para el uso. Pero si la materia no fue hecha por Dios, tampoco fueron hechas por Dios la tierra, el agua, el aire y el fuego.» ¡Oh, cuántos errores hay en estas diez líneas! Primero, que aquel que en casi todas sus demás disputas y libros fue defensor de la providencia divina, y que empleó argumentos muy agudos al atacar a quienes negaban la existencia de una providencia, ahora él mismo, como traidor o desertor, se esfuerza por quitar la providencia; en cuyo caso, si quieres refutarlo, no se requiere ni reflexión ni trabajo: basta recordarle sus propias palabras. Pues será imposible que Cicerón sea refutado más fuertemente por nadie que por el propio Cicerón. Pero hagamos esta concesión a la costumbre y práctica de los académicos, de que a los hombres se les permita hablar con gran libertad y sostener las opiniones que quieran. Examinemos las opiniones mismas. No es probable, dice, que la materia fuera hecha por Dios. ¿Con qué argumentos pruebas esto? Pues no diste razón alguna de que sea improbable. Por consiguiente, al contrario, a mí me parece sumamente probable; y no me lo parece sin razón, cuando reflexiono que hay algo más en Dios, a quien tú en verdad reduces a la debilidad del hombre, a quien no concedes nada más que la mera obra. ¿En qué se diferenciará, pues, aquel poder divino del hombre, si también Dios, como el hombre, necesita de la ayuda de otro? Pero sí la necesita, si no puede construir nada a menos que otro le suministre los materiales. Y si esto es así, es claro que su poder es imperfecto, y que quien preparó la materia debe ser juzgado más poderoso. ¿Con qué nombre, por tanto, se llamará a quien supera a Dios en poder? —puesto que es más grande hacer lo que es propio, que ordenar lo que es de otro. Pero si es imposible que haya algo más poderoso que Dios, quien necesariamente debe ser de perfecta fuerza, poder e inteligencia, se sigue que Aquel que hizo las cosas compuestas de materia, hizo también la materia. Pues no era posible ni conveniente que existiera nada sin el ejercicio del poder de Dios, o contra su voluntad. Pero es probable, dice, que la materia tiene, y siempre ha tenido, una fuerza y una naturaleza propias. ¿Qué fuerza podría tener sin alguien que se la diera? ¿Qué naturaleza, sin alguien que la produjese? Si tenía fuerza, tomó esa fuerza de alguien. Pero ¿de quién podría tomarla, sino de Dios? Además, si tenía una naturaleza, que claramente se llama así por haber sido producida, debió ser producida. Pero ¿de quién pudo derivar su existencia, sino de Dios? Pues la naturaleza, de la que dices que todas las cosas tuvieron su origen, si no tiene entendimiento, nada puede hacer. Pero si tiene poder de producir y hacer, entonces tiene entendimiento, y debe ser Dios. Pues aquella fuerza no puede llamarse con otro nombre, en la que hay previsión para planear, y destreza y poder para llevar a efecto. Por tanto, Séneca, el más inteligente de todos los estoicos, dice mejor, quien vio «que la naturaleza no era otra cosa sino Dios.» Por tanto, dice: «¿No alabaremos a Dios, que posee una excelencia natural?» Pues Él no la aprendió de nadie. Sí, en verdad, lo alabaremos; pues, aunque le es natural, Él se la dio a Sí mismo, ya que Dios mismo es naturaleza. Cuando, por tanto, atribuyes el origen de todas las cosas a la naturaleza, y lo quitas a Dios, estás en la misma dificultad:—
Pagas tu deuda pidiendo prestado, Geta.
Pues con solo cambiar el nombre, admites claramente que fue hecha por la misma persona por quien niegas que fue hecha.
Sigue una comparación insensatísima. «Como el constructor,» dice, «cuando va a levantar un edificio, no hace él mismo los materiales, sino que usa los ya preparados, y el escultor también la cera; de modo que la providencia divina debió tener a mano materiales, no de producción propia, sino ya preparados para el uso.» Antes bien, no debe; pues Dios tendrá menos poder si hace a partir de materiales ya provistos, lo cual es propio del hombre. El constructor no levantará nada sin madera, pues no puede hacer la madera misma; y no poder hacer esto es propio de la debilidad humana. Pero Dios mismo se hace los materiales para Sí, porque tiene el poder. Pues tener el poder es propiedad de Dios; porque si no puede, no es Dios. El hombre produce [sus obras] a partir de lo que ya existe, porque por su mortalidad es débil, y por su debilidad su poder es limitado y moderado; pero Dios produce sus obras a partir de lo que no tiene existencia, porque por su eternidad es fuerte, y por su fuerza su poder es inmenso, sin fin ni límite, como la vida del Hacedor mismo. ¿Qué extraño hay, pues, en que Dios, cuando iba a hacer el mundo, preparara primero la materia para hacerlo, y la preparara a partir de aquello que no tenía existencia? Porque es imposible que Dios tome prestado nada de otra fuente, ya que todas las cosas están en Él y proceden de Él. Pues si hay algo antes de Él, y si algo ha sido hecho [pero] no por Él, perderá por tanto el poder y el nombre de Dios. Pero puede decirse que la materia nunca fue hecha, como Dios, que de la materia hizo este mundo. En tal caso, se sigue que se establecen dos [principios] eternos, y ciertamente opuestos entre sí, lo cual no puede ocurrir sin discordia y destrucción. Pues aquellas cosas que tienen fuerza y método contrarios han de chocar necesariamente. De este modo será imposible que ambos sean eternos, si están opuestos entre sí, porque uno ha de vencer al otro. Por tanto, la naturaleza de lo eterno no puede ser sino simple, de modo que todas las cosas descendieron de aquella fuente como de una fuente. Por consiguiente, o Dios procedió de la materia, o la materia de Dios. Cuál de estas dos cosas es más verdadera, se entiende fácilmente. Pues de estas dos, una está dotada de sensibilidad, la otra es insensible. El poder de hacer algo no puede existir, salvo en aquello que tiene sensibilidad, inteligencia, reflexión y poder de movimiento. Ni puede nada comenzar, hacerse o completarse, a menos que la razón haya previsto cómo ha de hacerse antes de existir, y cómo ha de durar después de hecho. En suma, [solo] hace algo quien tiene voluntad de hacerlo, y manos para completar lo que ha querido. Pero lo insensible yace siempre inactivo y torpe; nada puede originarse en aquella fuente donde no hay movimiento voluntario. Pues si todo animal está dotado de razón, es cierto que no puede producirse de aquello que carece de razón, ni lo que no está presente en la fuente original puede recibirse de otra parte. Ni tampoco turbe a nadie que ciertos animales parezcan nacer de la tierra. Pues la tierra no los da a luz por sí misma, sino el Espíritu de Dios, sin el cual nada se produce. Por tanto, Dios no surgió de la materia, porque un ser dotado de sensibilidad nunca puede brotar de uno insensible, un sabio de uno irracional, uno incapaz de padecer de uno que puede padecer, un ser incorpóreo de uno corpóreo; sino que más bien la materia procede de Dios. Pues todo lo que consiste en un cuerpo sólido y capaz de ser tocado admite una fuerza externa. Lo que admite fuerza es capaz de disolución; lo que se disuelve perece; lo que perece debe necesariamente haber tenido un origen; lo que tuvo un origen tuvo una fuente de la que se originó, es decir, algún hacedor inteligente, previsor y diestro en hacer. Hay uno ciertamente, y no otro que Dios. Y puesto que Él está dotado de sensibilidad, inteligencia, providencia, poder y vigor, es capaz de crear y hacer tanto objetos animados como inanimados, porque tiene los medios de hacer todo. Pero la materia no puede haber existido siempre, pues si hubiera existido sería incapaz de cambio. Pues lo que siempre fue, no cesa de ser siempre; y lo que no tuvo principio debe estar necesariamente sin fin. Además, es más fácil que lo que tuvo principio esté sin fin, que lo que no tuvo principio tenga fin. Por tanto, si la materia no fue hecha, nada puede hacerse de ella. Pero si nada puede hacerse de ella, entonces la materia misma no puede tener existencia. Pues materia es aquella de la cual algo se hace. Pero todo aquello de lo que algo se hace, en cuanto ha recibido la mano del artífice, es destruido, y comienza a ser otra cosa. Por consiguiente, puesto que la materia tuvo fin, en el tiempo en que el mundo fue hecho de ella, también tuvo principio. Pues lo que es destruido [antes] fue construido; lo que se suelta [antes] fue atado; lo que se lleva a fin fue comenzado. Si, pues, se infiere de su cambio y fin que la materia tuvo principio, ¿de quién pudo haber sido ese principio, sino de Dios? Dios, por tanto, es el único ser que no fue hecho; y por eso puede destruir otras cosas, pero Él mismo no puede ser destruido. Lo que hubo en Él será siempre permanente, porque no ha sido producido ni brotado de ninguna otra fuente; ni su nacimiento depende de ningún otro objeto que, cambiado, pudiera causar su disolución. Él es de Sí mismo, como dijimos en el libro primero; y por tanto es tal como Él quiso ser, incapaz de padecer, inmutable, incorruptible, bienaventurado y eterno.
Pero ahora la conclusión con la que Tulio cerró el pensamiento es mucho más absurda. «Pero si la materia,» dice, «no fue hecha por Dios, la tierra ciertamente, y el agua, el aire y el fuego, no fueron hechos por Dios.» ¡Con cuánta habilidad evitó el peligro! Pues afirmó lo primero como si no requiriese prueba, cuando era mucho más incierto que aquello por causa de lo cual se hacía la afirmación. Si la materia, dice, no fue hecha por Dios, el mundo no fue hecho por Dios. Prefirió sacar una inferencia falsa de lo falso, antes que una verdadera de lo verdadero. Y aunque las cosas inciertas deben probarse por las ciertas, sacó una prueba de una incertidumbre para derribar lo que era cierto. Pues, que el mundo fue hecho por la providencia divina (por no mencionar a Trismegisto, que lo proclama; por no mencionar los versos de las Sibilas, que hacen el mismo anuncio; por no mencionar a los profetas, que con un solo impulso y con voz armoniosa dan testimonio de que el mundo fue hecho, y de que fue obra de Dios), aun los filósofos casi universalmente concuerdan; pues ésta es la opinión de los pitagóricos, los estoicos y los peripatéticos, que son los principales de toda secta. En fin, desde aquellos primeros siete sabios, hasta Sócrates y Platón, se tuvo por un hecho reconocido e indudable; hasta que muchos siglos después vivió el insensato Epicuro, el único que se atrevió a negar lo más evidente, sin duda por el deseo de descubrir novedades, para fundar una secta en su propio nombre. Y como no pudo hallar nada nuevo, para parecer aún que disentía de los demás, quiso derribar las opiniones antiguas. Pero en esto todos los filósofos que gruñeron a su alrededor lo refutaron. Es más cierto, por tanto, que el mundo fue dispuesto por la providencia, que el que la materia fuera reunida por la providencia. Por lo cual no debió suponer que el mundo no fue hecho por la providencia divina, porque su materia no fue hecha por la providencia divina; sino que, porque el mundo fue hecho por la providencia divina, [debió concluir] que también la materia fue hecha por la Deidad. Pues es más creíble que la materia fue hecha por Dios, porque Él es todopoderoso, que el que el mundo no fue hecho por Dios, porque nada puede hacerse sin mente, inteligencia y designio. Pero esto no es culpa de Cicerón, sino de la secta. Pues cuando emprendió una disputa con la cual quería quitar la naturaleza de los dioses, sobre la cual parloteaban los filósofos, en su ignorancia de la verdad imaginó que la Deidad debía ser quitada por completo. Pudo, por tanto, quitar a los dioses, pues no tenían existencia. Pero cuando intentó derribar la providencia divina, que está en el Dios único, como había comenzado a luchar contra la verdad, sus argumentos fallaron, y cayó necesariamente en este lazo, del que no pudo retirarse. Aquí, pues, lo tengo firmemente fijado; lo tengo clavado al sitio, ya que Lucilio, que disputaba del otro lado, calló. Aquí, pues, está el punto decisivo; de esto todo depende. Desenrédese Cota, si puede, de esta dificultad; presente argumentos con los que pruebe que la materia existió siempre, sin que providencia alguna la hiciera. Muestre cómo algo pesado y gravoso pudo existir sin autor o pudo ser cambiado, y cómo aquello que siempre existió dejó de ser, para que lo que nunca fue comenzara a ser. Y si probare estas cosas, entonces, y no antes, admitiré que el mundo mismo no fue establecido por la providencia divina, y sin embargo, al hacer esta concesión, lo tendré sujeto con otro lazo. Pues volverá de nuevo al mismo punto, al que no querrá [volver], para decir que tanto la materia de la que consta el mundo, como el mundo que consta de materia, existieron por naturaleza; aunque yo sostengo que la naturaleza misma es Dios. Pues nadie puede hacer cosas admirables, es decir, cosas que existen con el mayor orden, salvo quien tiene inteligencia, previsión y poder. Y así se verá que Dios hizo todas las cosas, y que nada en absoluto puede existir que no haya derivado su origen de Dios.
Pero él mismo, cuantas veces sigue a los epicúreos y no admite que el mundo fue hecho por Dios, suele preguntar con qué manos, con qué máquinas, con qué palancas, con qué artificio hizo Él esta obra de tan gran magnitud. Podría verlo, si hubiera podido vivir en el tiempo en que [Dios] la hizo. Pero, para que el hombre no mirara las obras de Dios, Él no quiso traerlo a este mundo hasta que todas las cosas estuvieran terminadas. Y tampoco podía ser traído: pues ¿cómo podría existir mientras se estaba construyendo el cielo arriba y se estaban echando los cimientos de la tierra abajo; cuando las cosas húmedas, acaso, o entumecidas por una excesiva rigidez se estaban congelando, o hervidas por el calor ígneo y solidificadas se estaban endureciendo? ¿O cómo podría vivir cuando el sol no estaba aún establecido, y ni el grano ni los animales eran producidos? Por tanto, era necesario que el hombre fuera hecho el último, cuando ya se había aplicado la última mano al mundo y a todas las demás cosas. Finalmente, las escrituras sagradas enseñan que el hombre fue la última obra de Dios, y que fue traído a este mundo como a una casa preparada y dispuesta; pues todas las cosas fueron hechas por causa suya. Los poetas también reconocen lo mismo. Ovidio, habiendo descrito la conclusión del mundo y la formación de los demás animales, añadió: —
Faltaba aún un animal más sagrado que éstos, y más capaz de una mente excelsa, que pudiera ejercer dominio sobre los demás. El hombre fue producido.
¡Tan impío hemos de pensar que es el indagar aquellas cosas que Dios quiso que se mantuvieran secretas! Pero sus indagaciones no se hacían por deseo de oír o de aprender, sino de refutar; pues estaba seguro de que nadie podía afirmar aquello. ¡Como si, en verdad, hubiera de suponerse que estas cosas no fueron hechas por Dios, porque no puede verse claramente de qué manera fueron creadas! Si te hubieras criado en una casa bien construida y adornada, y nunca hubieras visto un taller, ¿habrías supuesto que aquella casa no fue construida por el hombre, porque no sabías cómo fue construida? Con seguridad harías la misma pregunta acerca de la casa que ahora haces acerca del mundo: con qué manos, con qué instrumentos había ideado el hombre obras tan grandes; y especialmente si vieras grandes piedras, bloques inmensos, vastas columnas, toda la obra alta y elevada, ¿no te parecerían estas cosas exceder la medida de la fuerza humana, porque no sabrías que estas cosas fueron hechas no tanto por la fuerza como por la destreza y el ingenio?
Pero si el hombre, en quien nada es perfecto, lleva a cabo sin embargo más por destreza de lo que permitiría su fuerza débil, ¿qué razón hay para que te parezca increíble, cuando se afirma que el mundo fue hecho por Dios, en quien, puesto que Él es perfecto, la sabiduría no puede tener límite, ni la fuerza medida? Sus obras se ven con los ojos; pero cómo las hizo no se ve ni siquiera con la mente, porque, como dice Hermes, el mortal no puede acercarse (es decir, aproximarse más y seguir con el entendimiento) al inmortal, lo temporal a lo eterno, lo corruptible a lo incorruptible. Y por esto el animal terrestre es aún incapaz de percibir las cosas celestiales, porque está encerrado y como en custodia por el cuerpo, de modo que no puede discernir todas las cosas con percepción libre y sin trabas. Sepa, por tanto, cuán neciamente actúa quien indaga cosas que son indescriptibles. Pues esto es traspasar los límites de la propia condición, y no entender hasta dónde le está permitido al hombre acercarse. En fin, cuando Dios reveló la verdad al hombre, quiso que supiéramos solo aquellas cosas que al hombre importa saber para alcanzar la vida; pero en cuanto a las cosas que se referían a una curiosidad profana y ávida, guardó silencio, para que permanecieran secretas. ¿Por qué, pues, indagas cosas que no puedes saber, y que si las supieras no serías más feliz? La sabiduría perfecta en el hombre consiste en saber que no hay más que un Dios, y que todas las cosas fueron hechas por Él.
II, 10
Ahora, habiendo refutado a quienes abrigan falsas opiniones acerca del mundo y de Dios, su Hacedor, volvamos a la obra divina del mundo, de la cual se nos informa en las escrituras sagradas de nuestra santa religión. Así, pues, ante todo, Dios hizo el cielo y lo suspendió en lo alto, para que fuese la sede del propio Dios, el Creador. Luego fundó la tierra y la colocó bajo el cielo, como morada para el hombre, junto con las demás especies de animales. Quiso que estuviera rodeada y mantenida por el agua. Pero adornó y llenó su propia morada con luces brillantes; la engalanó con el sol, con el reluciente orbe de la luna y con los resplandecientes signos de las estrellas titilantes; pero sobre la tierra puso las tinieblas, que son contrarias a estas. Pues por sí misma la tierra no contiene luz, a menos que la reciba del cielo, en el cual Él puso la luz perpetua, y a los dioses superiores, y la vida eterna; y, por el contrario, puso sobre la tierra las tinieblas, y a los habitantes de las regiones inferiores, y la muerte. Pues estas cosas están tan apartadas de las primeras como las cosas malas de las buenas, y los vicios de las virtudes. Estableció también dos partes de la propia tierra, opuestas entre sí y de carácter diferente: a saber, el oriente y el occidente; y de estas, el oriente está asignado a Dios, porque Él mismo es la fuente de la luz y el iluminador de todas las cosas, y porque nos hace levantarnos a la vida eterna. Pero el occidente se atribuye a aquella mente perturbada y depravada, porque oculta la luz, porque siempre trae tinieblas y porque hace que los hombres mueran y perezcan en sus pecados. Pues así como la luz pertenece al oriente, y todo el curso de la vida depende de la luz, así las tinieblas pertenecen al occidente; pero la muerte y la destrucción están contenidas en las tinieblas. Luego midió de la misma manera las otras partes, a saber, el mediodía y el norte, que están estrechamente unidas con las dos anteriores. Pues aquello que es más ardiente por el calor del sol está próximo y estrechamente unido al oriente; pero aquello que está entorpecido por los fríos y el hielo perpetuo pertenece a la misma división que el occidente extremo. Pues así como las tinieblas se oponen a la luz, así el frío al calor. Como, por tanto, el calor está próximo a la luz, así el mediodía al oriente; y como el frío está próximo a las tinieblas, así la región septentrional al occidente. Y asignó a cada una de estas partes su propio tiempo: a saber, la primavera al oriente, el verano a la región meridional, el otoño pertenece al occidente y el invierno al norte. En estas dos partes también, la meridional y la septentrional, está contenida una figura de la vida y de la muerte, porque la vida consiste en el calor, la muerte en el frío. Y así como el calor surge del fuego, así el frío del agua. Y según la división de estas partes hizo también el día y la noche, para completar, mediante la sucesión alterna de uno y otro, los cursos y perpetuas revoluciones del tiempo, que llamamos años. El día, que suministra el oriente primero, debe pertenecer a Dios, como todas las cosas que son de mejor carácter. Pero la noche, que trae el occidente extremo, pertenece, en verdad, a aquel que hemos dicho ser el rival de Dios.
Y aun al hacer estas cosas Dios tuvo en cuenta el futuro; pues las hizo de tal modo que de ellas pudiera mostrarse una representación de la religión verdadera y de las falsas supersticiones. Pues así como el sol, que sale cada día, aunque es uno solo —de donde Cicerón querría que pareciera que se le llamó Sol, porque las estrellas se oscurecen y solo se le ve a él—, sin embargo, puesto que es luz verdadera, de perfecta plenitud y de calor poderosísimo, e ilumina todas las cosas con el más brillante esplendor; así Dios, aunque es uno solo, posee perfecta majestad, poder y esplendor. Pero la noche, que decimos está asignada a aquel depravado adversario de Dios, muestra por semejanza las muchas y diversas supersticiones que le pertenecen. Pues aunque innumerables estrellas parecen centellear y brillar, sin embargo, porque no son luces plenas y sólidas, y no despiden calor, ni vencen las tinieblas con su multitud, por tanto estas dos cosas se hallan ser de principal importancia, las cuales tienen poder diferente y opuesto entre sí: el calor y la humedad, que Dios diseñó maravillosamente para el sustento y la producción de todas las cosas. Pues puesto que el poder de Dios consiste en el calor y el fuego, si no hubiera templado su ardor y fuerza mezclando materia de humedad y frío, nada habría podido nacer ni existir, sino que todo lo que hubiera comenzado a existir habría sido destruido inmediatamente por la conflagración. De lo cual también algunos filósofos y poetas dijeron que el mundo estaba hecho de una concordia discordante; pero no entendieron a fondo el asunto. Heráclito dijo que todas las cosas se producían del fuego; Tales de Mileto, del agua. Cada uno vio algo [de la verdad], y sin embargo cada uno estaba en error: pues si solo un [elemento] hubiera existido, el agua no habría podido producirse del fuego, ni, por otra parte, el fuego del agua; pero es más cierto que todas las cosas se produjeron de una mezcla de los dos. El fuego, en verdad, no puede mezclarse con el agua, porque son opuestos entre sí; y si entraran en colisión, el que resultara superior destruiría al otro. Pero sus sustancias pueden mezclarse. La sustancia del fuego es el calor; del agua, la humedad. Con razón, por tanto, dice Ovidio: —
Pues cuando la humedad y el calor se han mezclado, conciben, y todas las cosas surgen de estos dos. Y aunque el fuego está en discordia con el agua, el vapor húmedo produce todas las cosas, y la concordia discordante se adapta a la producción.
Pues el uno elemento es, por así decirlo, masculino; el otro, por así decirlo, femenino: el uno activo, el otro pasivo. Y por esto fue establecido por los antiguos que los contratos matrimoniales se ratificaran con la solemnidad del fuego y del agua, porque las crías de los animales son provistas de cuerpo por el calor y la humedad, y así son animadas a la vida.
Pues, puesto que todo animal consta de alma y cuerpo, la materia del cuerpo está contenida en la humedad, la del alma en el calor; lo cual podemos saber por las crías de las aves; pues aunque estas están llenas de espesa humedad, a menos que sean nutridas por el calor creador, la humedad no puede convertirse en cuerpo, ni el cuerpo ser animado con vida. También se acostumbraba a prohibir a los desterrados el uso del fuego y del agua: porque aún parecía ilícito infligir la pena capital a cualquiera, por culpable que fuera, en cuanto hombres. Cuando, por tanto, se prohibía el uso de aquellas cosas en las que consiste la vida de los hombres, se consideraba equivalente a la imposición efectiva de la muerte para aquel que había sido así sentenciado. De tal importancia se consideraban estos dos elementos, que se creía que eran esenciales para la producción del hombre y para el sostenimiento de su vida. Uno de estos nos es común con los demás animales; el otro ha sido asignado solo al hombre. Pues nosotros, que somos una raza celestial e inmortal, hacemos uso del fuego, que se nos da como prueba de inmortalidad, puesto que el fuego proviene del cielo; y su naturaleza, en cuanto que es movible y asciende hacia lo alto, contiene el principio de la vida. Pero los demás animales, en cuanto que son enteramente mortales, hacen uso solo del agua, que es un elemento corpóreo y terrestre. Y la naturaleza de este, porque es movible y tiene inclinación hacia abajo, muestra una figura de la muerte. Por tanto, los ganados no miran al cielo, ni abrigan sentimientos religiosos, puesto que el uso del fuego les está vedado. Pero de qué fuente o de qué manera Dios encendió o hizo fluir estos dos elementos principales, el fuego y el agua, solo puede saberlo Aquel que los hizo.