V, 23
Sería tarea prolongada sacar a relucir todas las apariencias de la virtud, para mostrar respecto de cada una cuán necesario es para un hombre sabio y justo estar muy lejos de aquellos bienes cuyo disfrute por los injustos hace que el culto de sus dioses sea considerado verdadero y eficaz. En lo que concierne a nuestra presente investigación, bastará probar nuestro punto con el caso de una sola virtud. Por ejemplo, la paciencia es una virtud grande y principal, que las voces públicas del pueblo y los filósofos y oradores por igual ensalzan con las más altas alabanzas. Pero si no puede negarse que esta es una virtud de la clase más elevada, es necesario que el hombre justo y sabio esté en poder de los injustos, para obtener la paciencia; pues la paciencia es el sobrellevar con ecuanimidad los males que o se nos infligen o suceden caer sobre nosotros. Por tanto, el hombre justo y sabio, porque ejercita la virtud, tiene en sí la paciencia; pero estará del todo libre de esta si no sufriera adversidad alguna. Por otra parte, el hombre que vive en prosperidad es impaciente, y está sin la mayor de las virtudes. Lo llamo impaciente, porque nada sufre. Es también incapaz de conservar la inocencia, virtud que es peculiar del hombre justo y sabio. Pero a menudo obra también injustamente, y desea los bienes ajenos, y se apodera por la injusticia de aquello que ha deseado, porque está sin virtud, y sujeto al vicio y al pecado; y olvidado de su fragilidad, se hincha con una mente ensoberbecida de insolencia.
Por esta causa los injustos, y quienes ignoran a Dios, abundan en riquezas, y poder, y honores. Pues todas estas cosas son el premio de la injusticia, porque no pueden ser perpetuas, y se buscan por la concupiscencia y la violencia. Pero el hombre justo y sabio, porque juzga todas estas cosas como humanas, como ha sido dicho por Lelio, y sus propios bienes como divinos, ni desea cosa alguna que pertenezca a otro, no sea que injurie a alguno en violación de la ley de la humanidad; ni anhela poder u honor alguno, para no hacer injuria a nadie. Pues sabe que todos son producidos por el mismo Dios, y en la misma condición, y están unidos por el derecho de hermandad. Pero contento con lo suyo, y eso poco, porque es consciente de su fragilidad, no busca nada más allá de aquello que pueda sustentar su vida; y aun de aquello que tiene reparte una porción a los menesterosos, porque es piadoso; y la piedad es una virtud muy grande. A esto se añade que desprecia los placeres frágiles y viciosos, por causa de los cuales se desean las riquezas; puesto que es temperante, y señor de sus pasiones. Él también, no teniendo orgullo ni insolencia, no se eleva demasiado, ni alza su cabeza con arrogancia; sino que es calmo y pacífico, humilde y cortés, porque conoce su propia condición. Puesto que, por tanto, a nadie injuria, ni desea los bienes ajenos, y ni siquiera defiende lo suyo si le es quitado por la violencia, puesto que sabe aun soportar con moderación una injuria que se le inflige, porque está dotado de virtud; es necesario que el justo esté sujeto al injusto, y que el sabio sea insultado por el necio, para que el uno peque porque es injusto, y el otro tenga en sí la virtud porque es justo.
Pero si alguno deseara saber más plenamente por qué Dios permite que los malvados y los injustos se hagan poderosos, felices y ricos, y, por otra parte, sufre que los piadosos sean humildes, desdichados y pobres, tome el libro de Séneca que tiene por título "Por qué muchos males acontecen a los hombres buenos, aunque existe una providencia"; en cuyo libro ha dicho muchas cosas, no ciertamente con la ignorancia de este mundo, sino sabiamente, y casi con inspiración divina. "Dios", dice, "mira a los hombres como a sus hijos, pero permite que los corruptos y viciosos vivan en lujo y molicie, porque no los juzga dignos de su corrección. Pero a menudo castiga a los buenos a quienes ama, y con continuos trabajos los ejercita en la práctica de la virtud: ni permite que sean corrompidos y depravados por bienes frágiles y perecederos".» De lo cual a nadie debe parecer extraño si a menudo somos castigados por Dios por nuestras faltas. Antes bien, cuando somos hostigados y apremiados, entonces especialmente damos gracias a nuestro indulgentísimo Padre, porque no permite que nuestra corrupción avance a mayores extremos, sino que la corrige con azotes y golpes. De lo cual entendemos que somos objeto de consideración para Dios, puesto que se enoja cuando pecamos. Pues cuando habría podido otorgar a su pueblo tanto riquezas como reinos, como antes los había dado a los judíos, cuyos sucesores y posteridad somos; por esto quiso que vivieran bajo el poder y el gobierno de otros, no sea que, corrompidos por la felicidad de la prosperidad, se deslizaran al lujo y despreciaran los preceptos de Dios; como aquellos ancestros nuestros, quienes, a menudo enervados por estos bienes terrenos y frágiles, se apartaron de la disciplina y rompieron las ataduras de la ley. Por tanto, previó hasta dónde otorgaría descanso a sus adoradores si guardaran sus mandamientos, y aun así los corregiría si no obedecieran sus preceptos. Por tanto, no sea que fueran tan corrompidos por la holganza como sus padres lo habían sido por la indulgencia, fue su voluntad que fueran oprimidos por aquellos en cuyo poder los puso, para que Él a la vez los confirme cuando vacilan, y los renueve para la fortaleza cuando están corrompidos, y los pruebe y examine cuando son fieles. Pues ¿cómo puede un general probar el valor de sus soldados, a menos que tenga un enemigo? Y sin embargo le surge un adversario contra su voluntad, porque es mortal, y puede ser vencido; pero porque Dios no puede ser combatido, Él mismo suscita adversarios contra su nombre, no para luchar contra Dios mismo, sino contra sus soldados, para que Él o pruebe la devoción y fidelidad de sus siervos, o los fortalezca, hasta corregir con los azotes de la aflicción su disciplina que desfallece.
Hay también otra causa por la que permite que se lleven a cabo persecuciones contra nosotros: para que el pueblo de Dios sea aumentado. Ni es difícil mostrar por qué o cómo sucede esto. En primer lugar, grandes multitudes son apartadas del culto de los falsos dioses por su odio a la crueldad. Pues ¿quién no se apartaría de tales sacrificios? En segundo lugar, algunos se complacen con la virtud y la fe misma. Algunos sospechan que no es sin razón que el culto de los dioses sea considerado malo por tantos hombres, de modo que preferirían morir antes que hacer aquello que otros hacen para conservar la vida. Alguno desea saber cuál es ese bien que se defiende aun hasta la muerte, que se prefiere a todas las cosas que son placenteras y amadas en esta vida, del cual ni la pérdida de los bienes, ni la de la luz, ni el dolor corporal, ni las torturas de las entrañas los apartan. Estas cosas tienen gran efecto; pero estas causas han aumentado siempre especialmente el número de nuestros seguidores. El pueblo que está alrededor los oye decir en medio de estos mismos tormentos que no sacrifican a piedras labradas por mano de hombre, sino al Dios vivo, que está en el cielo: muchos entienden que esto es verdad, y lo admiten en su pecho. En segundo lugar, como suele suceder en asuntos inciertos, mientras se preguntan unos a otros cuál es la causa de esta perseverancia, muchas cosas que se refieren a la religión, difundidas y cuidadosamente observadas por el rumor entre unos y otros, se aprenden; y porque estas son buenas no pueden dejar de agradar. Además, la venganza que sigue, como siempre sucede, impulsa grandemente a los hombres a creer. Ni, ciertamente, es causa leve que los espíritus inmundos de los demonios, habiendo recibido permiso, se arrojan a los cuerpos de muchos; y cuando estos han sido después expulsados, quienes han sido sanados se aferran a la religión cuyo poder han experimentado. Estas numerosas causas, reunidas en conjunto, ganan maravillosamente para Dios a una gran multitud.
V, 24
Así, pues, todo lo que los príncipes malvados maquinan contra nosotros, Dios mismo permite que se haga. Y, sin embargo, los perseguidores más injustos, para quienes el nombre de Dios fue motivo de oprobio y burla, no deben pensar que escaparán impunes, por haber sido como ministros de su indignación contra nosotros. Pues serán castigados con el juicio de Dios, ellos que, habiendo recibido el poder, abusaron de él hasta un grado inhumano, e incluso insultaron a Dios en su arrogancia, y pusieron su nombre eterno debajo de sus pies, para ser hollado impía y perversamente. Por esto Él promete que tomará pronta venganza sobre ellos, y exterminará de la tierra a los monstruos malvados. Pero, aunque Él suele vengar las persecuciones de su pueblo incluso en el mundo presente, nos manda, sin embargo, esperar con paciencia aquel día del juicio celestial, en el cual Él mismo honrará o castigará a cada hombre según sus merecimientos. Por tanto, no esperen las almas de los sacrílegos que aquellos a quienes así pisotean queden despreciados y sin venganza. Esos lobos rapaces y voraces que han atormentado almas justas e inocentes, sin comisión de crimen alguno, ciertamente encontrarán su recompensa. Solo esforcémonos para que en nosotros nada pueda ser castigado por los hombres salvo la justicia sola; pugnemos con todas nuestras fuerzas para merecer a la vez de las manos de Dios la venganza de nuestro sufrimiento y una recompensa.
VI, 1
Hemos completado aquello que era el objeto de nuestra empresa, mediante la enseñanza del Espíritu divino y el auxilio de la verdad misma; causa cuya defensa y explicación me fue impuesta tanto por la conciencia y la fe como por nuestro Señor mismo, sin el cual nada puede ser conocido ni claramente expuesto. Llego ahora a lo que es la parte principal y más grande de esta obra: enseñar de qué modo o con qué sacrificio debe ser adorado Dios. Pues ese es el deber del hombre, y en ese único objeto consisten la suma de todas las cosas y todo el curso de una vida feliz, ya que fuimos formados y recibimos de Él el aliento de vida para esto: no para contemplar el cielo y el sol, como supuso Anaxágoras, sino para adorar con mente pura e incorrupta a Aquel que hizo el sol y el cielo. Pero aunque en los libros anteriores, en cuanto mi modesto talento lo permitió, defendí la verdad, sin embargo puede ser especialmente ilustrada por el modo mismo del culto. Pues aquella sagrada y sobreeminente majestad no exige del hombre nada más que la sola inocencia; y si alguno le ha presentado esto a Dios, ha sacrificado con piedad y religión suficientes. Pero los hombres, descuidando la justicia, aunque se hallan manchados por crímenes y ultrajes de toda clase, se creen religiosos si han teñido los templos y altares con la sangre de las víctimas, si han humedecido los hogares con profusión de vino fragante y añejo. Además, preparan también banquetes sagrados y festines escogidos, como si ofrecieran algo a quienes han de gustar de ello. Cuanto rara vez puede contemplarse, cuanto es precioso por su hechura o por su fragancia, eso juzgan agradable a sus dioses, no por referencia alguna a su divinidad, de la cual nada saben, sino por sus propios deseos; ni entienden que Dios no carece en modo alguno de recursos terrenales.
Pues no conocen nada salvo la tierra, y estiman lo bueno y lo malo por la percepción y el placer del cuerpo solamente. Y así como juzgan de la religión según el placer, así disponen también los actos de toda su vida. Y puesto que se han apartado de una vez para siempre de la contemplación del cielo, y han hecho de esa facultad celestial esclava del cuerpo, dan rienda suelta a sus concupiscencias, como si hubieran de llevarse consigo el placer, que se apresuran a disfrutar a cada instante; siendo así que el alma debe emplear el servicio del cuerpo, y no el cuerpo servirse del servicio del alma. Estos mismos juzgan que las riquezas son el mayor bien. Y si no pueden obtenerlas por buenas artes, se esfuerzan por obtenerlas por malas artes; engañan, arrebatan con violencia, roban, acechan, niegan bajo juramento; en fin, no tienen consideración ni miramiento por nada, con tal de poder resplandecer con oro, y brillar conspicuos con vajilla, con joyas y con vestidos, gastar riquezas en su apetito voraz, y andar siempre acompañados de muchedumbre de esclavos por entre la gente obligada a abrirles paso. Así, entregándose al servicio de los placeres, extinguen la fuerza y el vigor de la mente; y cuando especialmente piensan que viven, se apresuran con la mayor precipitación hacia la muerte. Pues, como mostramos en el libro segundo, el alma atiende al cielo, el cuerpo a la tierra. Los que descuidan los bienes del alma y buscan los del cuerpo, están ocupados con las tinieblas y la muerte, que pertenecen a la tierra y al cuerpo, porque la vida y la luz provienen del cielo; y los que carecen de esto, por servir al cuerpo, están muy lejos de la comprensión de las cosas divinas. La misma ceguera oprime por doquier a estos miserables; pues así como no conocen quién es el Dios verdadero, tampoco saben en qué consiste el culto verdadero.
VI, 2
Por tanto, sacrifican a Dios víctimas finas y gordas, como si Él tuviera hambre; le derraman vino, como si tuviera sed; le encienden luces, como si estuviera en tinieblas. Pero si pudieran conjeturar o concebir en su mente cuáles son aquellos bienes celestiales, cuya grandeza no podemos imaginar mientras estamos aún rodeados de un cuerpo terreno, al punto sabrían que son necios sobremanera con sus vanos oficios. O si contemplaran aquella luz celestial que llamamos sol, al punto percibirían cuánto no necesita Dios de sus candelas, Él que ha dado una luz tan clara y brillante para uso del hombre. Y cuando, en un círculo tan pequeño, que por su distancia parece tener una medida no mayor que la de una cabeza humana, hay tanta brillantez que el ojo mortal no puede contemplarla, y si dirigieras a ella tu vista por breve tiempo, niebla y tinieblas cubrirían tus ojos deslumbrados, ¿qué luz, pregunto, qué resplandor, debemos suponer que hay en Dios, en quien no existe noche alguna? Pues Él ha atemperado esta misma luz de tal modo, que no dañe a las criaturas vivientes por su brillo excesivo o por su calor vehemente, y le ha dado tanto de estas cualidades cuanto los cuerpos mortales pueden soportar o la maduración de las mieses requiere. ¿Ha de tenerse, por tanto, por cuerdo aquel hombre que presenta la luz de candelas y antorchas como ofrenda a Aquel que es Autor y Dador de la luz? La luz que Él exige de nosotros es de otra especie, y ciertamente no acompañada de humo, sino (como dice el poeta) clara y brillante; quiero decir la luz de la mente, por la cual los poetas nos llaman photes, luz que nadie puede exhibir si no ha conocido a Dios. Pero sus dioses, porque son de la tierra, tienen necesidad de luces para no estar en tinieblas; y sus adoradores, porque no gustan de nada celestial, son llamados de nuevo a la tierra aun por los mismos ritos religiosos a que se dedican. Pues en la tierra hay necesidad de luz, porque su sistema y naturaleza son oscuros. Por tanto, no atribuyen a los dioses un sentir celestial, sino más bien humano. Y por esto creen que las mismas cosas les son necesarias y gratas a ellos como a nosotros, que, cuando tenemos hambre, necesitamos alimento; o, cuando sed, bebida; o, cuando tenemos frío, requerimos un vestido; o, cuando el sol se ha retirado, requerimos una luz para poder ver.
Pues de nada puede probarse y entenderse tan claramente que aquellos dioses, puesto que en otro tiempo vivieron, están muertos, como de su propio culto, que es enteramente terrestre. Porque ¿qué influjo celestial puede haber en el derramamiento de la sangre de las bestias, con la cual manchan sus altares? A no ser que acaso imaginen que los dioses se alimentan de aquello que los hombres rehúsan tocar. Y cualquiera que les haya ofrecido este alimento, aunque sea asesino, adúltero, hechicero o parricida, será feliz y próspero. A él lo aman, a él lo defienden, a él le conceden todo cuanto desee. Persio, por tanto, ridiculiza merecidamente supersticiones de este género con su estilo propio: «¿Con qué soborno,» dice, «ganáis el oído de los dioses? ¿Es con pulmones y ricas entrañas?» Él percibió claramente que no hay necesidad de carne para aplacar la majestad del cielo, sino de una mente pura y un espíritu justo, y un pecho, como él mismo dice, generoso con un natural amor al honor. Esta es la religión del cielo, no la que consiste en cosas corruptibles, sino en las virtudes del alma, que tiene su origen en el cielo; este es el culto verdadero, en el cual la mente del adorador se presenta a Dios como una ofrenda inmaculada. Pero cómo ha de obtenerse esto, cómo ha de ofrecerse, lo mostrará la discusión de este libro; pues nada puede ser tan ilustre ni tan propio del hombre como adiestrar a los hombres para la justicia.
En Cicerón, Cátulo en el Hortensio, mientras antepone la filosofía a todas las cosas, dice que preferiría un breve tratado sobre el deber antes que un largo discurso en favor de un hombre sedicioso como Cornelio. Y esto ha de considerarse claramente no como opinión de Cátulo, que tal vez no pronunció este dicho, sino como de Cicerón, que lo escribió. Yo creo que lo escribió con el propósito de recomendar estos libros que estaba a punto de escribir sobre los Deberes, en los cuales libros atestigua que nada hay en todo el ámbito de la filosofía mejor y más provechoso que dar preceptos para vivir. Pero si esto lo hacen quienes no conocen la verdad, ¿cuánto más debemos hacerlo nosotros, que podemos dar preceptos verdaderos, enseñados e iluminados por Dios? Y, sin embargo, no enseñaremos como si estuviéramos entregando los primeros rudimentos de la virtud, lo cual sería tarea infinita, sino como si hubiéramos emprendido la instrucción de aquel que, con ellos, parece ya perfecto. Pues mientras permanezcan sus preceptos, que suelen dar con rectitud mirando a la probidad, añadiremos a ellos cosas que les eran desconocidas, para el complemento y consumación de la justicia, que ellos no poseen. Pero omitiré aquellas cosas que nos son comunes con ellos, para no parecer que tomo prestado de aquellos cuyos errores he decidido refutar y sacar a la luz.
Capítulo 3. De los caminos, y de los vicios y las virtudes; y de los premios del cielo y los castigos del infierno
VI, 3
Hay dos caminos, ¡oh emperador Constantino!, por los que ha de transcurrir la vida humana: uno que conduce al cielo, otro que se hunde en el infierno; y estos [caminos] los han introducido los poetas en sus poemas, y los filósofos en sus disputas. Y en verdad, los filósofos han representado el uno como propio de las virtudes, el otro de los vicios; y han representado el que pertenece a las virtudes como abrupto y escabroso en su primera entrada, en el cual si alguno, vencida la dificultad, ha subido a la cumbre, dicen que después halla un camino llano, una llanura brillante y amena, y que goza de abundantes y deleitosos frutos de sus trabajos; pero que aquellos a quienes la dificultad del primer acceso ha hecho desistir, se deslizan y se desvían hacia el camino de los vicios, que en su primera entrada parece agradable y mucho más trillado, pero después, cuando han avanzado un poco más por él, la apariencia de su amenidad desaparece, y surge un camino empinado, ya áspero por piedras, ya cubierto de espinas, ya interrumpido por aguas profundas o violento por torrentes, de modo que les es preciso hallarse en apuros, vacilar, resbalar y caer. Y todas estas cosas se aducen para que aparezca que hay grandísimos trabajos en emprender las virtudes, pero que una vez alcanzadas hay grandísimas ventajas y placeres firmes e incorruptibles; pero que los vicios atrapan las mentes de los hombres con ciertos halagos naturales, y los llevan cautivados por la apariencia de placeres vacíos a amargas tristezas y miserias: discusión del todo sabia, si conocieran las formas y límites de las virtudes mismas. Pues no habían aprendido ni qué son estas, ni qué recompensa les espera de Dios; pero esto lo mostraremos en estos dos libros.
Pero estos hombres, porque ignoraban o dudaban que las almas de los hombres son inmortales, estimaron tanto las virtudes como los vicios por honores o castigos terrenales. Por tanto, toda esta discusión acerca de los dos caminos se refiere a la frugalidad y al lujo. Pues dicen que el curso de la vida humana se asemeja a la letra Y, porque cada hombre, cuando ha llegado al umbral de la primera juventud y ha arribado al lugar «donde el camino se divide en dos partes», está en duda y vacila, y no sabe a qué lado debe volverse más bien. Si encuentra un guía que lo dirija, titubeante, hacia cosas mejores —esto es, si aprende filosofía o elocuencia, o algunas artes honestas por las cuales pueda volverse a la buena conducta, lo que no puede acontecer sin gran trabajo—, dicen que llevará una vida de honor y abundancia; pero si no encuentra un maestro de templanza, que cae en el camino de la mano izquierda, que asume la apariencia del mejor —esto es, se entrega a la ociosidad, a la desidia y al lujo, que parecen agradables por un tiempo a quien ignora los verdaderos bienes, pero que después, habiendo perdido toda su dignidad y patrimonio, vivirá en la mayor miseria e ignominia. Por tanto, refirieron el fin de aquellos caminos al cuerpo y a esta vida que llevamos en la tierra. Los poetas acaso lo hicieron mejor, que quisieron que este doble camino estuviera en las regiones inferiores; pero se engañan en esto, en que propusieron estos caminos a los muertos. Unos y otros, pues, hablaron con verdad, pero ambos sin embargo incorrectamente; porque los caminos mismos deberían haberse referido a la vida, y sus fines a la muerte. Nosotros, por tanto, hablamos mejor y con más verdad, que decimos que los dos caminos pertenecen al cielo y al infierno, porque la inmortalidad es prometida a los justos, y la pena eterna es amenazada a los injustos.
Pero explicaré cómo estos caminos o elevan al cielo o hunden en el infierno, y expondré cuáles son esas virtudes que los filósofos ignoraron; después mostraré cuáles son sus recompensas, y también cuáles son los vicios, y cuáles sus castigos. Pues acaso alguien esperará que hable por separado de los vicios y de las virtudes; mas cuando discutimos la cuestión del bien o del mal, lo contrario puede entenderse también. Pues, ya introduzcas las virtudes, los vicios desaparecerán espontáneamente; o si quitas los vicios, las virtudes ocuparán su lugar por sí mismas. La naturaleza de las cosas buenas y malas está de tal modo fijada, que siempre se oponen y expulsan mutuamente; y así acontece que los vicios no pueden eliminarse sin las virtudes, ni las virtudes pueden introducirse sin eliminar los vicios. Por tanto, presentamos estos caminos de manera muy diversa de aquella en que los filósofos suelen presentarlos: en primer lugar, porque decimos que se propone un guía para cada uno, y en cada caso un guía inmortal; pero que el uno es honrado —el que preside las virtudes y las buenas cualidades—, y el otro condenado —el que preside los vicios y los males. Mas ellos colocan un guía solo en el lado derecho, y ese no uno solo, ni duradero; por cuanto introducen a cualquier maestro de un arte bueno, que pueda apartar a los hombres de la desidia y enseñarles a ser templados. Pero no representan a ninguno como entrando en aquel camino sino a niños y jóvenes; por esta razón, porque las artes se aprenden en esas edades. Nosotros, por el contrario, conducimos a los de uno y otro sexo, de toda edad y raza, a este sendero celestial, porque Dios, que es el guía de aquel camino, no niega la inmortalidad a ningún ser humano. La forma también de los caminos mismos no es como ellos supusieron. Pues ¿qué necesidad hay de la letra Y en asuntos que son diferentes y opuestos entre sí? Antes bien, el que es mejor está vuelto hacia el nacimiento del sol, el otro que es peor hacia su ocaso: puesto que quien sigue la verdad y la justicia, habiendo recibido el premio de la inmortalidad, gozará de perpetua luz; pero quien, seducido por aquel guía malo, prefiera los vicios a las virtudes, la falsedad a la verdad, debe ser llevado hacia el ocaso del sol y hacia las tinieblas. Describiré, pues, cada uno, y señalaré sus propiedades y costumbres.
Capítulo 4. De los caminos de la vida, de los placeres y también de las penalidades de los cristianos
VI, 4
Hay, pues, un camino de la virtud y del bien que conduce, no, como dicen los poetas, a los Campos Elíseos, sino a la ciudadela misma del mundo:—
La izquierda entrega a los pecadores al dolor,
Y conduce al reino culpable del Tártaro.
Pues pertenece a aquel acusador que, habiendo inventado falsas religiones, aparta a los hombres del camino celestial y los conduce al camino de la perdición. Y la apariencia y figura de este camino está de tal modo compuesta para la vista, que parece llano y abierto, y deleitoso con toda clase de flores y frutos. Pues en él están colocadas todas las cosas que en la tierra se estiman como bienes —me refiero a las riquezas, el honor, el reposo, el placer, toda clase de halagos—; pero junto con estas también la injusticia, la crueldad, la soberbia, la perfidia, la lujuria, la avaricia, la discordia, la ignorancia, la falsedad, la necedad y otros vicios. Mas el fin de este camino es el siguiente: cuando han llegado al punto desde el cual ya no hay retorno, de repente es arrebatado, junto con toda su hermosura, de modo que nadie puede prever el engaño antes de caer de cabeza en un profundo abismo. Pues quienquiera que quede cautivado por la apariencia de los bienes presentes, y ocupado en la búsqueda y goce de estos, no habrá previsto las cosas que han de seguir después de la muerte, y se habrá apartado de Dios; verdaderamente será arrojado al infierno y condenado a castigo eterno.
Mas aquel camino celestial se presenta difícil y empinado, o áspero con espinas terribles, o enredado con piedras salientes; de modo que cada uno debe caminar con grandísimo trabajo y desgaste de los pies, y con grandes precauciones contra las caídas. En él ha puesto la justicia, la templanza, la paciencia, la fe, la castidad, la continencia, la concordia, el conocimiento, la verdad, la sabiduría y las demás virtudes; pero junto con estas, la pobreza, la ignominia, el trabajo, el dolor y toda clase de penalidades. Pues quienquiera que haya extendido su esperanza más allá de lo presente, y haya elegido cosas mejores, estará sin estos bienes terrenales, para que, ligeramente equipado y sin impedimento, pueda vencer la dificultad del camino. Porque es imposible que quien se ha rodeado de pompa regia, o se ha cargado de riquezas, o entre en estas dificultades o persevere en ellas. Y de aquí se entiende que es más fácil que los malvados e injustos logren sus deseos, porque su camino es cuesta abajo y en declive; pero que es difícil que los buenos alcancen sus anhelos, porque caminan por una senda difícil y empinada. Por tanto, el justo, puesto que ha entrado en un camino duro y escabroso, debe ser objeto de desprecio, de burla y de odio. Pues todos a quienes el deseo o el placer arrastran de cabeza, envidian a aquel que ha podido alcanzar la virtud, y llevan a mal que alguien posea aquello que ellos mismos no poseen. Por tanto, será pobre, humilde, innoble, sujeto a injuria y, sin embargo, soportará todas las cosas que son gravosas; y si persevera en su paciencia sin cesar hasta aquel último paso y fin, se le dará la corona de la virtud, y Dios lo recompensará con la inmortalidad por los trabajos que ha soportado en la vida por causa de la justicia. Estos son los caminos que Dios ha asignado a la vida humana, en cada uno de los cuales ha mostrado tanto bienes como males, pero en un orden cambiado e invertido. En el uno ha señalado en primer lugar males temporales seguidos de bienes eternos, que es el orden mejor; en el otro, primero bienes temporales seguidos de males eternos, que es el orden peor: de modo que quienquiera que haya elegido los males presentes junto con la justicia, obtendrá bienes mayores y más ciertos que aquellos que despreció; pero quien haya preferido los bienes presentes a la justicia, caerá en males mayores y más duraderos que aquellos que evitó. Pues como esta vida corporal es breve, por tanto sus bienes y males también deben ser breves; pero puesto que aquella vida espiritual, que es contraria a esta vida terrenal, es eterna, por tanto sus bienes y males son también eternos. Así sucede que a los bienes de corta duración suceden males eternos, y a los males de corta duración bienes eternos.
Puesto que, pues, los bienes y los males se proponen al hombre al mismo tiempo, conviene que cada uno considere consigo mismo cuánto mejor es compensar males de corta duración con bienes perpetuos, que soportar males perpetuos por bienes cortos y perecederos. Pues, como en esta vida, cuando se te propone un combate con un enemigo, debes primero trabajar para después gozar del reposo, debes sufrir hambre y sed, debes soportar calor y frío, debes descansar en el suelo, velar y pasar peligros, para que, conservados tus hijos, tu casa y tus bienes, puedas gozar de todas las bendiciones de la paz y de la victoria; pero si prefirieras el descanso presente al trabajo, te harías a ti mismo el mayor daño: pues el enemigo te sorprenderá sin ofrecer resistencia, tus campos serán devastados, tu casa saqueada, tu mujer y tus hijos se convertirán en presa, y tú mismo serás muerto o hecho prisionero; para impedir que sucedan estas cosas, hay que dejar a un lado la ventaja presente, a fin de ganar una ventaja mayor y más duradera. Así, en toda esta vida, porque Dios nos ha provisto de un adversario para que pudiéramos adquirir la virtud, hay que dejar a un lado la satisfacción presente, no sea que el enemigo nos venza. Debemos estar en vela, apostar guardias, emprender expediciones militares, derramar nuestra sangre hasta lo sumo; en una palabra, debemos someternos con paciencia a todas las cosas desagradables y gravosas, y tanto más prontamente cuanto que Dios, nuestro jefe, nos ha destinado recompensas eternas por nuestros trabajos. Y puesto que en esta milicia terrenal los hombres gastan tanto trabajo para adquirir para sí aquellas cosas que pueden perecer del mismo modo en que fueron adquiridas, ciertamente ningún trabajo debe ser rehusado por nosotros, por quienes se gana aquello que de ningún modo puede perderse.
Pues Dios, que creó a los hombres para esta guerra, quiso que estuvieran firmes en orden de batalla y que, con las mentes vivamente atentas, vigilaran contra las estratagemas o los ataques abiertos de nuestro único enemigo, el cual, como es práctica de generales hábiles y experimentados, se esfuerza por atraparnos con artes diversas, dirigiendo su furor según la naturaleza y disposición de cada uno. Porque a unos infunde una avaricia insaciable, para que, encadenados por sus riquezas como por grillos, pueda apartarlos del camino de la verdad. A otros los inflama con el arrebato de la ira, para que, mientras están más atentos a infligir injuria, los aparte de la contemplación de Dios. A otros los sumerge en lujurias desmedidas, para que, entregándose al placer del cuerpo, no puedan mirar hacia la virtud. A otros los inspira envidia, para que, ocupados con sus propios tormentos, no piensen en nada sino en la felicidad de aquellos a quienes odian. A otros los hace hincharse de deseos ambiciosos. Estos son los que dirigen toda la ocupación y cuidado de su vida al desempeño de las magistraturas, para poner una marca en los anales y dar nombre a los años. El deseo de otros sube más alto, no para gobernar provincias con la espada temporal, sino para, con poder ilimitado y perpetuo, desear ser llamados señores de todo el género humano. Además, a los que ha visto piadosos los envuelve en diversas supersticiones, para hacerlos impíos. Pero a los que buscan la sabiduría les arroja la filosofía ante los ojos, para cegarlos con la apariencia de luz, no sea que alguien alcance y retenga la verdad. Así ha bloqueado todas las entradas contra los hombres, y ha ocupado el camino, gozándose en los errores públicos; pero para que pudiéramos disipar estos errores, y vencer al autor mismo de los males, Dios nos ha iluminado y nos ha armado con la virtud verdadera y celestial, de la cual debo hablar ahora.
VI, 5
Mas antes de comenzar a exponer las virtudes por separado, debo señalar el carácter de la virtud misma, que los filósofos no han definido rectamente, ni en cuanto a su naturaleza, ni en cuanto a aquellas cosas en que consistía; y debo describir su operación y oficio. Pues solo retuvieron el nombre, pero perdieron su poder, su naturaleza y su efecto. Mas todo lo que suelen decir en su definición de la virtud, Lucilio lo reúne y expresa en pocos versos, que prefiero presentar, no sea que, refutando las opiniones de muchos, sea más largo de lo necesario:—
Es virtud, oh Albino, pagar el precio debido,
Atender a los asuntos en que estamos ocupados y en que vivimos.
Es virtud que el hombre conozca la naturaleza de cada cosa.
Es virtud que el hombre conozca qué es lo recto, lo útil y lo honroso,
Qué cosas son buenas y cuáles malas.
Qué es lo inútil, lo torpe y lo deshonroso.
Es virtud conocer el fin de un objeto que ha de buscarse y los medios [de procurarlo]
Es virtud poder asignar su valor a las riquezas.
Es virtud dar lo que en verdad se debe al honor;
Ser enemigo y adversario de los hombres y costumbres malos, y, por otra parte, defensor de los hombres y costumbres buenos;
Estimarlos en mucho, desearles bien, vivir en amistad con ellos,
Además, considerar en primer lugar el interés de la patria;
Luego los de los padres, y poner nuestros propios intereses en el tercero y último lugar.
De estas definiciones, que el poeta reúne brevemente, Marco Tulio derivó los deberes de la vida, siguiendo al estoico Panecio, y los encerró en tres libros.
Mas pronto veremos cuán falsas son estas cosas, para que aparezca cuánto nos ha concedido la divina condescendencia al abrirnos la verdad. Dice que es virtud conocer lo que es bueno y malo, lo torpe, lo honroso, lo útil, lo inútil. Podría haber abreviado su tratado si solo hubiera hablado de lo que es bueno y malo; pues nada puede ser útil u honroso que no sea también bueno, y nada inútil y torpe que no sea también malo. Y esto también parece ser así a los filósofos, y Cicerón lo muestra igualmente en el tercer libro del tratado antes mencionado. Mas el conocimiento no puede ser virtud, porque no está dentro de nosotros, sino que nos viene de fuera. Pero aquello que puede pasar de uno a otro no es virtud, porque la virtud es propiedad de cada individuo. El conocimiento, por tanto, consiste en un beneficio que se recibe de otro; pues depende del oír. La virtud es del todo nuestra; pues depende de la voluntad de hacer lo que es bueno. Así, pues, como al emprender un viaje de nada aprovecha conocer el camino si no tenemos también el esfuerzo y las fuerzas para caminar, así ciertamente el conocimiento de nada sirve si nuestra virtud falla. Pues, en general, aun los que pecan perciben lo que es bueno y malo, aunque no perfectamente; y cuantas veces obran mal, saben que pecan, y por eso procuran ocultar sus acciones. Pero aunque la naturaleza del bien y del mal no escapa a su conocimiento, son vencidos por un mal deseo de pecar, porque carecen de virtud, es decir, del deseo de hacer lo recto y honroso. Por tanto, que el conocimiento del bien y del mal es una cosa, y la virtud otra, aparece de esto: porque el conocimiento puede existir sin virtud, como ha sucedido en el caso de muchos de los filósofos; en lo cual, puesto que no haber hecho lo que sabías que era recto es justamente reprensible, una voluntad depravada y una mente viciosa, que la ignorancia no puede excusar, serán justamente castigadas. Por tanto, así como el conocimiento del bien y del mal no es virtud, así el hacer lo que es bueno y el abstenerse del mal es virtud. Y sin embargo el conocimiento está tan unido a la virtud, que el conocimiento precede a la virtud, y la virtud sigue al conocimiento; porque el conocimiento de nada sirve si no va seguido de la acción. Por tanto Horacio habla algo mejor: «La virtud es huir del vicio, y la primera sabiduría es estar libre de necedad.» Pero habla impropiamente, porque definió la virtud por su contrario, como si dijera: Es bueno lo que no es malo. Pues cuando yo no sé qué es la virtud, no sé qué es el vicio. Cada uno, por tanto, requiere definición, porque la naturaleza del asunto es tal que cada uno debe ser entendido o no entendido.
Mas hagamos nosotros lo que él debió haber hecho. Es virtud refrenar la ira, dominar el deseo, reprimir la lujuria; pues esto es huir del vicio. Porque casi todas las cosas que se hacen injusta y deshonestamente nacen de estas afecciones. Pues si se embota la fuerza de esa emoción que se llama ira, todas las malas contiendas de los hombres se adormecerán; nadie maquinará, nadie se lanzará a injuriar a otro. Asimismo, si se refrena el deseo, nadie usará violencia por tierra o por mar, nadie conducirá un ejército para arrebatar y devastar los bienes de otros. Asimismo, si se reprime el ardor de las lujurias, toda edad y todo sexo conservará su santidad; nadie sufrirá ni hará nada deshonroso. Por tanto, todos los crímenes y acciones deshonrosas serán quitados de la vida y del carácter de los hombres, si estas emociones son aplacadas y calmadas por la virtud. Y esta calma de las emociones y afecciones tiene este significado: que hacemos todas las cosas que son rectas. Todo el deber de la virtud, pues, es no pecar. Y ciertamente no puede cumplirlo quien desconoce a Dios, puesto que la ignorancia de Aquel de quien proceden los bienes debe empujar al hombre, sin que lo advierta, a los vicios. Por tanto, para fijar más breve y significativamente los oficios de cada asunto: el conocimiento es conocer a Dios; la virtud, rendirle culto: lo primero implica sabiduría, lo segundo justicia.
VI, 6
He dicho lo primero: que el conocimiento del bien no es virtud; y en segundo lugar, he mostrado qué es la virtud y en qué consiste. Falta que muestre también esto: que los filósofos ignoraron qué es lo bueno y lo malo; y esto brevemente, porque casi ha quedado claro en el libro tercero, cuando discutía el asunto del bien sumo. Y porque no sabían cuál era el bien sumo, necesariamente erraron en el caso de los demás bienes y males que no son los supremos; pues nadie puede pesarlos con juicio verdadero quien no posee la fuente misma de la que se derivan. Ahora bien, la fuente de los bienes es Dios; y la de los males, aquel que es siempre enemigo del nombre divino, de quien a menudo hemos hablado. De estas dos fuentes tienen origen los bienes y los males. Los que proceden de Dios tienen este objeto: procurar la inmortalidad, que es el mayor bien; pero los que nacen del otro tienen este oficio: apartar al hombre de las cosas celestiales y hundirlo en las terrenales, y así entregarlo al castigo de la muerte eterna, que es el mayor mal. ¿Es, por tanto, dudoso que todos aquellos ignoraron qué era lo bueno y lo malo, que ni conocieron a Dios ni al adversario de Dios? Por tanto, refirieron el fin de los bienes al cuerpo y a esta vida breve, que ha de disolverse y perecer: no avanzaron más. Pero todos sus preceptos, y todas las cosas que presentan como bienes, se adhieren a la tierra y yacen en el suelo, puesto que mueren con el cuerpo, que es tierra; pues no tienden a procurar la vida al hombre, sino a la adquisición o al aumento de riquezas, honor, gloria y poder, que son cosas del todo mortales, tanto como aquel que se ha afanado por obtenerlas. De aquí es aquel dicho: «Es virtud conocer el fin de un objeto que ha de buscarse, y los medios de procurarlo;» pues mandan por qué medios y con qué prácticas ha de buscarse la hacienda, porque ven que a menudo se busca injustamente. Mas esta clase de virtud no se propone al sabio; pues no es virtud buscar riquezas, de las cuales ni el hallarlas ni el poseerlas está en nuestro poder: por eso son más fáciles de ganar y de retener para los malos que para los buenos. La virtud, pues, no puede consistir en buscar aquellas cosas en cuyo desprecio aparece la fuerza y el sentido de la virtud; ni recurrirá a aquellas mismas cosas que, con su grande y elevada mente, desea pisotear y quebrantar; ni es lícito que un alma fijada con ardor en los bienes celestiales sea apartada de sus afanes inmortales, para adquirir para sí estas cosas frágiles. Mas el curso de la virtud consiste especialmente en la adquisición de aquellas cosas que ni hombre alguno, ni la muerte misma, puede arrebatarnos. Puesto que estas cosas son así, lo que sigue es verdad: «Es virtud poder asignar su valor a las riquezas:» verso que casi tiene el mismo significado que los dos primeros. Pero ni él ni ninguno de los filósofos pudo conocer el precio mismo, ni de qué naturaleza ni qué es; pues el poeta, y todos aquellos a quienes siguió, pensaron que significaba hacer un recto uso de las riquezas, es decir, ser moderado en el vivir, no hacer banquetes costosos, no derrochar sin cuidado, no gastar la hacienda en objetos superfluos o deshonrosos.
Alguno dirá tal vez: "¿Qué dices? ¿Niegas que esto sea virtud?" No lo niego, ciertamente; pues si lo negara, parecería probar lo contrario. Pero niego que sea la virtud verdadera; porque no es aquel principio celestial, sino que es del todo de la tierra, puesto que no produce ningún efecto sino el que permanece en la tierra. Mas qué es hacer un recto uso de las riquezas, y qué ventaja ha de buscarse de ellas, lo declararé más abiertamente cuando comience a hablar del deber de la piedad. Ahora bien, las demás cosas que siguen no son de ninguna manera verdaderas; pues declarar enemistad contra los malvados, o emprender la defensa de los buenos, puede serle común con los malos. Porque algunos, con una apariencia de bondad, se preparan el camino hacia el poder, y hacen muchas cosas que los buenos suelen hacer, y tanto más prontamente cuanto que las hacen para engañar; y ojalá fuera tan fácil llevar a la práctica la bondad como fingirla. Mas cuando han comenzado a alcanzar su propósito y su deseo llegando al más alto peldaño del poder, entonces, dejando verdaderamente a un lado la apariencia, estos hombres descubren su carácter; se apoderan de todo, ofrecen violencia y devastan; y oprimen a los mismos buenos, cuya causa habían emprendido; y cortan los peldaños por los que subieron, para que nadie pueda imitarlos contra ellos mismos. Pero, sin embargo, supongamos que este deber de defender a los buenos pertenece solo al hombre bueno. Mas emprenderlo es fácil; cumplirlo, difícil; porque cuando te has entregado a un combate y a un encuentro, la victoria queda a disposición de Dios, no en tu propio poder. Y en su mayor parte los malos son más poderosos, tanto en número como en combinación, que los buenos, de modo que no se necesita tanta virtud para vencerlos como buena fortuna. ¿Ignora alguien cuán a menudo ha sido vencido el partido mejor y más justo? De esta causa han brotado siempre duras tiranías contra los ciudadanos. Toda la historia está llena de ejemplos, pero nos contentaremos con uno. Cneo Pompeyo quiso ser el defensor de los buenos, puesto que tomó las armas en defensa de la república, en defensa del senado y en defensa de la libertad; y sin embargo, el mismo, vencido, pereció junto con la libertad misma, y, mutilado por eunucos egipcios, fue arrojado sin sepultura.
No es virtud, por tanto, ni ser enemigo de los malos ni defensor de los buenos, porque la virtud no puede estar sujeta a azares inciertos.
Además, considerar en primer lugar los intereses de la patria.
Cuando se quita el acuerdo entre los hombres, la virtud no tiene existencia alguna; pues ¿qué son los intereses de nuestra patria sino las incomodidades de otro estado o nación? Es decir, extender los límites que se arrebatan con violencia a otros, aumentar el poder del estado, acrecentar las rentas; todas las cuales cosas no son virtudes, sino la destrucción de las virtudes: pues, en primer lugar, se quita la unión de la sociedad humana, se quita la inocencia, se quita la abstención de lo ajeno; por último, se quita la misma justicia, la cual no puede soportar el desgarramiento del género humano, y dondequiera que han brillado las armas, de allí debe ser desterrada y exterminada. Es verdad aquel dicho de Cicerón: «Pero quienes dicen que se ha de tener consideración con los ciudadanos, y que no se ha de tener con los extranjeros, estos destruyen la sociedad común del género humano; y una vez que esta se quita, la beneficencia, la liberalidad, la bondad y la justicia quedan del todo abolidas.» Pues ¿cómo puede ser justo el que injuria, el que odia, el que despoja, el que mata? Y los que se esfuerzan por ser útiles a su patria hacen todas estas cosas: pues ignoran qué es eso de ser útil, que piensan que nada es útil, nada ventajoso, sino aquello que puede tenerse en la mano; y esto solo no puede retenerse, porque puede ser arrebatado.
Quienquiera, pues, que ha ganado para su patria estos bienes —como ellos mismos los llaman—, es decir, quien derribando ciudades y destruyendo naciones ha llenado el tesoro de dinero, ha tomado tierras y enriquecido a sus conciudadanos, ese es ensalzado con alabanzas hasta el cielo: en él se dice que hay la mayor y perfecta virtud. Y este es error no solo del pueblo y de los ignorantes, sino también de los filósofos, los cuales aun dan preceptos de injusticia, no sea que a la necedad y a la maldad falte disciplina y autoridad. Por tanto, cuando hablan de los deberes relativos a la guerra, todo aquel discurso no se acomoda ni a la justicia ni a la virtud verdadera, sino a esta vida y a las instituciones civiles; y que esto no es justicia lo declara el asunto mismo, y Cicerón lo ha testificado. «Pero nosotros,» dice, «no estamos en posesión de la figura real y viva de la ley verdadera y de la justicia genuina; no tenemos nada más que delineaciones y bosquejos; y ojalá siguiéramos siquiera estos, pues están tomados de las excelentes copias hechas por la naturaleza y por la verdad.» Es, pues, una delineación y un bosquejo lo que ellos pensaron que era justicia. ¿Y qué diremos de la sabiduría? ¿No confiesa el mismo que esta no tiene existencia en los filósofos? «Ni,» dice, «cuando se llama justo a Fabricio o a Arístides, se busca de estos un ejemplo de justicia como de un sabio; pues ninguno de estos es sabio en el sentido en que queremos que se entienda al verdaderamente sabio. Ni Marco Catón ni Cayo Lelio, que son estimados y llamados sabios, fueron realmente sabios, ni aquellos siete tan conocidos; sino que por su constante práctica de los 'deberes medios' llevaban cierta semejanza y apariencia de sabios.» Si, por tanto, la sabiduría es quitada a los filósofos por su propia confesión, y la justicia es quitada a aquellos que son tenidos por justos, se sigue que todas aquellas descripciones de la virtud deben ser falsas, porque nadie puede saber qué es la verdadera virtud sino el que es justo y sabio. Mas nadie es justo y sabio sino aquel a quien Dios ha instruido con preceptos celestiales.