VII, 11
Por tanto, cuando se hayan cumplido los tiempos que Dios ha señalado para la muerte, la muerte misma tendrá fin. Y porque la muerte temporal sigue a la vida temporal, se sigue que las almas resucitan a la vida eterna, porque la muerte temporal ha recibido fin. Asimismo, como la vida del alma es eterna, en la cual recibe los frutos divinos e inefables de su inmortalidad, también su muerte ha de ser eterna, en la cual sufre castigos perpetuos y tormentos infinitos por sus culpas. Por tanto, las cosas están en esta posición: que quienes son felices en esta vida, en lo que pertenece al cuerpo y a la tierra, han de ser miserables para siempre, porque ya han gozado de los bienes que prefirieron, lo cual sucede a quienes adoran a los dioses falsos y descuidan al Dios verdadero. En segundo lugar, quienes, siguiendo la rectitud, han sido miserables, despreciados y pobres en esta vida, y a menudo han sido acosados con ultrajes e injurias a causa de la rectitud misma, porque la virtud no puede alcanzarse de otra manera, han de ser siempre felices, para que, habiendo ya soportado males, gocen también de bienes. Lo cual claramente sucede a quienes, habiendo despreciado los dioses de la tierra y los bienes frágiles, siguen la religión celestial de Dios, cuyos bienes son eternos, como Él mismo que los dio. ¿Qué diré de las obras del cuerpo y del alma? ¿No muestran que el alma no está sujeta a la muerte? Pues, en cuanto al cuerpo, puesto que él mismo es frágil y mortal, cualesquiera obras que maquina son igualmente perecederas. Pues Tulio dice que no hay nada labrado por manos del hombre que no sea reducido alguna vez a destrucción, ya por injuria causada por los hombres, ya por la duración del tiempo, que es el destructor de todas las cosas.
Pero en verdad vemos que las producciones de la mente son inmortales. Pues cuantos, consagrándose al desprecio de las cosas presentes, han entregado a la memoria los monumentos de su ingenio y de sus grandes obras, han ganado claramente con ellos un nombre imperecedero para su mente y su virtud. Por tanto, si las obras del cuerpo son mortales por esta razón, porque el cuerpo mismo es mortal, se sigue que el alma se muestra inmortal por esto, porque vemos que sus producciones no son mortales. De la misma manera también, los deseos del cuerpo y del alma declaran que aquél es mortal, y ésta eterna. Pues el cuerpo nada desea sino lo temporal, es decir, comida, bebida, vestido, descanso y placer; y no puede desear ni alcanzar estas cosas mismas sin el asentimiento y la ayuda del alma. Pero el alma desea por sí misma muchas cosas que no se extienden al deber o al goce del cuerpo; y éstas no son frágiles, sino eternas, como la fama de la virtud, como el recuerdo del nombre. Pues el alma, incluso contra la oposición del cuerpo, desea el culto de Dios, que consiste en la abstinencia de los deseos y concupiscencias, en el sufrimiento del dolor, en el desprecio de la muerte. De lo cual es creíble que el alma no perece, sino que se separa del cuerpo, porque el cuerpo nada puede hacer sin el alma, pero el alma puede hacer muchas y grandes cosas sin el cuerpo. ¿Por qué he de mencionar que las cosas visibles a los ojos y capaces de ser tocadas por la mano no pueden ser eternas, porque admiten violencia externa; pero las que ni caen bajo el tacto ni bajo la vista, sino que son aparentes [sólo] en su fuerza, método y efecto, son eternas porque no padecen violencia desde fuera? Pero si el cuerpo es mortal por esta razón, porque está igualmente abierto a la vista y al tacto, por tanto el alma es inmortal por esta razón, porque no puede ser ni tocada ni vista.
VII, 12
Ahora refutemos los argumentos de quienes sostienen las opiniones contrarias, que Lucrecio ha expuesto en su libro tercero. Puesto que, dice, el alma nace junto con el cuerpo, necesariamente ha de morir con el cuerpo. Pero los dos casos no son semejantes. Pues el cuerpo es sólido y capaz de ser agarrado tanto por los ojos como por la mano; pero el alma es sutil, y elude el tacto y la vista. El cuerpo está formado de la tierra y hecho firme; el alma nada tiene en sí de concreto, nada de peso terrestre, como sostuvo Platón. Pues no podría tener tan gran fuerza, tan gran destreza, tan gran rapidez, si no derivara su origen del cielo. Por tanto, el cuerpo, puesto que está compuesto de un elemento pesado y corruptible, y es tangible y visible, se corrompe y muere; y no es capaz de rechazar la violencia, porque cae bajo la vista y bajo el tacto; pero el alma, que por su sutileza evita todo tacto, no puede ser disuelta por ningún ataque. Por tanto, aunque están unidos y enlazados desde el nacimiento, y el uno, que está formado de materia terrena, es, por así decirlo, el vaso del otro, que ha sido extraído de la finura celestial, cuando alguna violencia ha separado a los dos, separación que se llama muerte, entonces cada uno vuelve a su propia naturaleza; lo que era de tierra se resuelve en tierra; lo que es de aliento celestial permanece fijo y florece siempre, puesto que el espíritu divino es eterno. En fin, el mismo Lucrecio, olvidando lo que había afirmado y qué dogma defendía, escribió estos versos: —
Aquello también que antes era de la tierra vuelve a pasar a la tierra, y lo que fue enviado desde las fronteras del éter es llevado de nuevo por las regiones del cielo.
Pero este lenguaje no era para que lo empleara él, que sostenía que las almas perecían con los cuerpos; sino que fue vencido por la verdad, y el sistema verdadero se apoderó de él sin advertirlo. Además, aquella misma inferencia que extrae, de que el alma padece disolución, es decir, que perece junto con el cuerpo, puesto que son producidos juntos, es falsa y puede volverse en dirección contraria. Pues el cuerpo no perece junto con el alma; sino que, cuando el alma parte, queda entero muchos días, y con frecuencia por preparaciones médicas queda entero largo tiempo. Pues si ambos perecieran juntos, como son producidos juntos, el alma no partiría apresuradamente y abandonaría el cuerpo, sino que ambos se dispersarían igualmente en un solo punto de tiempo; y el cuerpo también, mientras el aliento permaneciera en él, se disolvería y perecería tan pronto como el alma partiera: sí, en verdad, disuelto el cuerpo, el alma se desvanecería, como la humedad derramada de un vaso roto. Pues si el cuerpo terreno y frágil, después de la partida del alma, no se derrama y deshace inmediatamente en tierra, de la cual tiene su origen, por tanto el alma, que no es frágil, dura hasta la eternidad, puesto que su origen es eterno. Dice que, como el entendimiento aumenta en los niños, es vigoroso en los jóvenes y disminuye en los ancianos, es evidente que es mortal. En primer lugar, el alma no es lo mismo que la mente; pues una cosa es que vivamos, otra que reflexionemos. Pues es la mente de los que duermen la que está en reposo, no el alma; y en los que están locos, la mente se extingue, el alma permanece; y por eso no se dice que estén sin alma, sino privados de la mente. Por tanto, la mente, es decir, el entendimiento, o aumenta o disminuye según la edad. El alma está siempre en su propia condición; y desde el tiempo en que recibe la facultad de respirar, permanece la misma hasta el fin, hasta que, enviada fuera del encierro del cuerpo, vuela de regreso a su propia morada. En segundo lugar, el alma, aunque inspirada por Dios, sin embargo, porque está encerrada en una oscura morada de carne terrena, no posee el conocimiento, que pertenece a la divinidad. Por tanto, oye y aprende todas las cosas, y recibe sabiduría aprendiendo y oyendo; y la vejez no disminuye la sabiduría, sino que la aumenta, si la edad de la juventud se ha pasado en la virtud; y si la vejez excesiva ha debilitado los miembros, no es culpa de la mente si la vista ha desaparecido, si la lengua se ha entorpecido, si el oído se ha vuelto sordo, sino que es culpa del cuerpo. Pero, se dice, la memoria falla. ¿Qué extraño, si la mente está oprimida por la ruina de la casa que se derrumba, y olvida lo pasado, no habiendo de ser divina sino con la condición de haber escapado de la prisión en que está encerrada?
Pero el alma, dice, está también sujeta al dolor y a la tristeza, y pierde sus sentidos por la embriaguez, de donde es evidentemente frágil y mortal. Por esta razón, por tanto, son necesarias la virtud y la sabiduría: para que la tristeza, que se contrae por el padecimiento y la vista de objetos indignos, sea rechazada por la fortaleza, y para que el placer sea vencido, no sólo absteniéndose de beber, sino también de otras cosas. Pues si está destituida de virtud, si se entrega al placer y así se vuelve afeminada, se hará sujeta a la muerte, puesto que la virtud, como hemos mostrado, es la artífice de la inmortalidad, como el placer lo es de la muerte. Pero la muerte, como he expuesto, no extingue y destruye enteramente, sino que castiga con tormentos eternos. Pues el alma no puede perecer del todo, puesto que recibió su origen del Espíritu de Dios, que es eterno. El alma, dice, es sensible incluso a la enfermedad del cuerpo, y sufre olvido de sí misma; y así como enferma, así también con frecuencia se cura. Ésta es, por tanto, la razón por la que ha de practicarse especialmente la virtud: que la mente —no el alma— no sea atormentada por ningún dolor del cuerpo, ni sufra el olvido de sí. Y puesto que ésta tiene su asiento en cierta parte del cuerpo, cuando alguna violencia de enfermedad ha viciado aquella parte, es movida de su lugar; y como sacudida, se aparta de su estación, para volver cuando una cura y la salud hayan remodelado su morada. Pues, puesto que el alma está unida con el cuerpo, si está destituida de virtud, enferma por el contagio del cuerpo, y de compartir su fragilidad la debilidad se extiende a la mente. Pero cuando sea desunida del cuerpo florecerá por sí misma; y ya no será asaltada por condición alguna de fragilidad, porque ha depuesto su frágil envoltura. Como el ojo, dice, arrancado y separado del cuerpo, nada puede ver, así también el alma, separada, nada puede percibir, porque ella misma es también una parte del cuerpo. Esto es falso y desemejante al caso supuesto; pues el alma no es una parte del cuerpo, sino que está en el cuerpo. Como aquello que está contenido en un vaso no es parte del vaso, y las cosas que están en una casa no se dicen parte de la casa; así la mente no es parte del cuerpo, porque el cuerpo es o el vaso o el receptáculo del alma.
Ahora bien, mucho más vano es aquel argumento que dice que el alma parece mortal porque no es enviada fuera del cuerpo rápidamente, sino que gradualmente se desenvuelve de todos los miembros, comenzando desde la extremidad de los pies; como si, si fuera eterna, hubiera de irrumpir en un solo momento de tiempo, lo cual sucede en quienes mueren por la espada. Pero los que son abatidos por la enfermedad tardan más en exhalar su espíritu, de modo que a medida que los miembros se enfrían el alma es exhalada. Pues, puesto que está contenida en la materia de la sangre, como la luz en el aceite, consumida aquella materia por el calor de las fiebres, las extremidades de los miembros han de enfriarse; puesto que las venas más delgadas se extienden hasta las extremidades del cuerpo, y las corrientes extremas y menores se secan cuando falta el manantial. No ha de suponerse, sin embargo, que, porque la percepción del cuerpo falla, la sensibilidad del alma se extingue y perece. Pues no es el alma la que se vuelve insensible cuando el cuerpo falla, sino que es el cuerpo el que se vuelve insensible cuando el alma parte, porque arrastra consigo toda sensibilidad. Pero puesto que el alma, por su presencia, da sensibilidad al cuerpo y lo hace vivir, es imposible que no viva y perciba por sí misma, puesto que es en sí misma a la vez conciencia y vida. Pues en cuanto a aquello que dice:
Pero si nuestra mente fuera inmortal, al morir no se quejaría tanto de su disolución como se regocijaría de pasar afuera y de dejar su vestidura como una serpiente,
Yo nunca vi a nadie que se quejara de su disolución en la muerte; pero quizá él había visto a algún epicúreo filosofando incluso en la muerte, y con su último aliento discurriendo sobre su disolución.
¿Cómo puede saberse si siente que está en estado de disolución, o que está siendo liberado del cuerpo, cuando su lengua enmudece a su partida? Pues mientras percibe y tiene la facultad de hablar, aún no está disuelto; cuando ha padecido la disolución, ya no puede ni percibir ni hablar, de modo que o aún no es capaz de quejarse de su disolución, o ya no lo es. Pero, se dice, entiende antes de sufrir la disolución que ha de sufrirla. ¿Por qué he de mencionar que vemos a muchos de los moribundos, no quejándose de que padecen la disolución, sino testificando que están saliendo, y emprendiendo su viaje y caminando? Y lo significan por gesto, o, si todavía pueden, lo expresan también por la voz. De lo cual es evidente que no es una disolución lo que se produce, sino una separación; y esto muestra que el alma continúa existiendo. Otros argumentos del sistema epicúreo se oponen a Pitágoras, quien sostiene que las almas emigran de cuerpos desgastados por la vejez y la muerte, y obtienen entrada en los que son nuevos y recién nacidos; y que las mismas almas se reproducen siempre una vez en un hombre, otra en una oveja, otra en una fiera, otra en un ave; y que son inmortales por esta razón, porque cambian a menudo de moradas, consistentes en cuerpos varios y desemejantes. Y esta opinión de un hombre insensato, puesto que es ridícula y más digna de un actor de teatro que de una escuela de filosofía, ni siquiera debería haber sido refutada seriamente; pues quien lo hace parece temer que alguien la crea. Por tanto, hemos de pasar por alto aquellas cosas que se han discutido en favor de la falsedad contra la falsedad; basta haber refutado las que son contra la verdad.
VII, 13
He puesto de manifiesto, según creo, que el alma no está sujeta a disolución. Resta que aduzca testigos con cuya autoridad se confirmen mis argumentos. Y no alegaré ahora el testimonio de los profetas, cuyo sistema y adivinación consisten únicamente en esto: en enseñar que el hombre fue creado para el culto de Dios y para recibir de Él la inmortalidad; sino que más bien traeré a aquellos en quienes no pueden dejar de creer los que rechazan la verdad. Hermes, al describir la naturaleza del hombre, para mostrar cómo fue hecho por Dios, introdujo esta declaración: «Y el mismo, de dos naturalezas —la inmortal y la mortal—, hizo una sola naturaleza, la del hombre, haciendo al mismo en parte inmortal y en parte mortal; y, trayéndolo, lo colocó en el medio, entre aquella naturaleza divina e inmortal y aquella que es mortal y mudable, para que, viendo todas las cosas, pueda admirarlas todas.» Pero quizá alguien lo cuente en el número de los filósofos, aunque ha sido puesto entre los dioses y honrado por los egipcios bajo el nombre de Mercurio, y no le dé más autoridad que a Platón o a Pitágoras. Busquemos, pues, un testimonio mayor. Cierto Polites preguntó a Apolo de Mileto si el alma permanece después de la muerte o se disuelve; y él respondió en estos versos:—
Mientras el alma está atada con cadenas al cuerpo, percibiendo sufrimientos corruptibles, cede a dolores mortales; mas cuando, tras la consunción del cuerpo, ha hallado una rapidísima disolución de la mortalidad, es llevada enteramente al aire, sin envejecer jamás, y permanece siempre incólume; pues la providencia primigenia de Dios hizo esta disposición.
¿Qué dicen los poemas sibilinos? ¿No declaran acaso que esto es así, cuando dicen que vendrá el tiempo en que Dios juzgará a vivos y muertos? — cuya autoridad aduciremos más adelante. Así pues, es falsa la opinión que Demócrito, Epicuro y Dicearco tuvieron acerca de la disolución del alma; y no se atreverían a hablar de la destrucción de las almas en presencia de cualquier mago que supiera que las almas son llamadas de las regiones inferiores mediante ciertos encantamientos, que están presentes, que se dejan ver por ojos humanos, que hablan y predicen lo futuro; y si aun así se atrevieran, serían vencidos por el hecho mismo y por las pruebas que se les presentaran. Pero, como no comprendieron la naturaleza del alma, la cual es tan sutil que escapa a los ojos de la mente humana, dijeron que perece. ¿Qué decir de Aristóxeno, que negó que exista alma alguna, aun mientras vive en el cuerpo? Pues así como en la lira el sonido armonioso, y la melodía que los músicos llaman armonía, se produce por la tensión de las cuerdas, así pensó él que la facultad de percibir existía en los cuerpos por la unión de las vísceras y por el vigor de los miembros; nada puede decirse más insensato. En verdad tenía los ojos sanos, pero ciego el corazón, con el cual no veía que vivía y tenía la mente con que había concebido aquel mismo pensamiento. Pero esto ha sucedido a muchos filósofos: que no creyeron en la existencia de objeto alguno que no sea manifiesto a los ojos; siendo así que la vista de la mente debería ser mucho más clara que la del cuerpo para percibir aquellas cosas cuya fuerza y naturaleza más bien se sienten que se ven.
VII, 14
Puesto que hemos hablado de la inmortalidad del alma, síguese que enseñemos cómo y cuándo se da al hombre; para que también en esto vean los errores de su perversidad y de su locura quienes imaginan que algunos mortales se han hecho dioses por decretos y dogmas de mortales, ya sea porque inventaron artes, ya porque enseñaron el uso de ciertos productos de la tierra, ya porque descubrieron cosas útiles para la vida de los hombres, ya porque dieron muerte a fieras salvajes. Cuán lejos estuvieron estas cosas de merecer la inmortalidad, lo hemos mostrado ya en los libros anteriores, y ahora lo mostraremos, para que sea evidente que sólo la rectitud procura al hombre la vida eterna, y que sólo Dios otorga el premio de la vida eterna. Pues los que se dice que fueron inmortalizados por sus méritos, como no poseyeron ni rectitud ni virtud verdadera alguna, no alcanzaron para sí la inmortalidad, sino la muerte por sus pecados y concupiscencias; ni merecieron el premio del cielo, sino el castigo del infierno, que pende sobre ellos juntamente con todos sus adoradores. Y muestro que el tiempo de este juicio se acerca, para que se dé a los justos la recompensa debida y se inflija a los impíos el castigo merecido.
Platón y muchos otros filósofos, como ignoraban el origen de todas las cosas y aquel período primigenio en que fue hecho el mundo, dijeron que habían transcurrido muchos miles de edades desde que se completó esta hermosa disposición del mundo; y en esto siguieron acaso a los caldeos, quienes, como refiere Cicerón en su libro primero acerca de la adivinación, dicen neciamente que poseen comprendidos en sus memoriales cuatrocientos setenta mil años; en cuyo asunto, porque pensaban que no podían ser convictos, creyeron que tenían libertad para decir falsedades. Pero nosotros, a quienes las Santas Escrituras instruyen para el conocimiento de la verdad, conocemos el principio y el fin del mundo, del cual hablaremos ahora al final de nuestra obra, puesto que ya hemos explicado acerca del principio en el libro segundo. Sepan, pues, los filósofos, que enumeran miles de edades desde el principio del mundo, que el año seis mil no se ha completado todavía, y que, cuando este número se complete, ha de sobrevenir la consumación y la condición de las cosas humanas se reformará para mejor; cuya prueba ha de relatarse primero, para que el asunto mismo resulte claro. Dios completó el mundo y esta admirable obra de la naturaleza en el espacio de seis días, como se contiene en los secretos de la Sagrada Escritura, y consagró el séptimo día, en el cual había descansado de sus obras. Pero éste es el día del sábado, que en la lengua de los hebreos recibió su nombre del número, de donde el siete es el número legítimo y completo. Pues hay siete días, con cuyas revoluciones en orden se forman los círculos de los años; y hay siete estrellas que no se ponen, y siete lumbreras que se llaman planetas, cuyos movimientos diversos y desiguales se cree que causan las variedades de las circunstancias y de los tiempos.
Así pues, puesto que todas las obras de Dios fueron completadas en seis días, el mundo debe continuar en su estado actual durante seis edades, es decir, seis mil años. Porque el gran día de Dios está limitado por un círculo de mil años, como muestra el profeta, que dice «Ante tus ojos, oh Señor, mil años son como un día.» Y así como Dios trabajó durante aquellos seis días en la creación de tan grandes obras, así su religión y su verdad han de trabajar durante estos seis mil años, mientras prevalece e impera la maldad. Y a su vez, puesto que Dios, terminadas sus obras, descansó el séptimo día y lo bendijo, al final del año seis mil toda maldad debe ser abolida de la tierra y la rectitud reinar por mil años; y ha de haber tranquilidad y descanso de los trabajos que el mundo ha soportado ya por largo tiempo. Pero cómo sucederá esto lo explicaré en su orden. Hemos dicho a menudo que las cosas menores y las de poca importancia son figuras y sombras anticipadas de las grandes; así como este día nuestro, que está limitado por la salida y la puesta del sol, es una representación de aquel gran día al que el circuito de mil años fija sus límites.
Del mismo modo también la formación del hombre terreno presentó de antemano al futuro la formación del pueblo celestial. Pues así como, terminadas todas las cosas que fueron dispuestas para uso del hombre, en último lugar, en el sexto día, hizo también al hombre y lo introdujo en este mundo como en una morada ya preparada con esmero; así ahora, en el gran sexto día, el hombre verdadero está siendo formado por la palabra de Dios, es decir, un pueblo santo es modelado para la rectitud por la doctrina y los preceptos de Dios. Y así como entonces fue formado de la tierra un hombre mortal e imperfecto, para que viviera mil años en este mundo; así ahora, de esta edad terrena se forma un hombre perfecto, para que, vivificado por Dios, gobierne en este mismo mundo durante mil años. Pero de qué manera tendrá lugar la consumación y qué fin aguarda a los asuntos de los hombres, si alguien examina las divinas escrituras, lo averiguará. Mas también las voces de los profetas del mundo, concordes con las celestiales, anuncian el fin y la ruina de todas las cosas después de breve tiempo, describiendo como la última vejez del mundo fatigado y decadente. Pero las cosas que profetas y videntes dicen que han de suceder antes de que ese fin último sobrevenga al mundo, las añadiré, reunidas y acumuladas de todas partes.
Comentario editorial · Seis edades de mil años y el sábado del mundo
Lactancio calcula el fin de los tiempos con una analogía (VII, 14): Dios acabó el mundo en seis días y descansó el séptimo; luego el mundo durará seis edades de mil años, «un día de Dios» según el salmo que cita, y al cabo de la sexta la maldad será abolida y la justicia reinará mil años. En VII, 25 aplica el cálculo: los cronógrafos difieren, pero ninguno pone el fin a más de doscientos años, y mientras Roma permanezca no se teme nada; su caída será la señal. Wikipedia lo cuenta entre los premilenaristas de los primeros siglos: para Charles E. Hill, hay en él un «intento decidido de revivir» un quiliasmo más genuino. Sobre el milenarismo en la Iglesia antigua, véase Milenialismo.
VII, 15
Se contiene en los misterios de las sagradas escrituras que un príncipe de los hebreos, compelido por la escasez de grano, pasó a Egipto con toda su familia y parientes. Y cuando su posteridad, permaneciendo largo tiempo en Egipto, hubo crecido hasta formar una gran nación, y fue oprimida por el pesado e intolerable yugo de la esclavitud, Dios hirió a Egipto con una plaga incurable y libertó a su pueblo, conduciéndolo por en medio del mar, cuando, cortadas las olas y separadas a uno y otro lado, el pueblo pasó en seco. Y al esforzarse el rey de los egipcios por seguirlos mientras huían, volviendo el mar a su lugar, fue cortado con todo su pueblo. Y esta hazaña tan ilustre y tan maravillosa, aunque por el momento mostró a los hombres el poder de Dios, fue también prefiguración y figura de una hazaña mayor, que el mismo Dios estaba a punto de realizar en la consumación última de los tiempos, pues librará a su pueblo de la opresiva servidumbre del mundo. Mas, puesto que entonces el pueblo de Dios era uno solo y en una sola nación, sólo Egipto fue herido. Pero ahora, como el pueblo de Dios está reunido de entre todas las lenguas, mora entre todas las naciones y es oprimido por quienes ejercen dominio sobre él, ha de suceder que todas las naciones, es decir, el mundo entero, sean azotadas con plagas celestiales, para que el pueblo justo, que adora a Dios, sea puesto en libertad. Y así como entonces se dieron señales por las cuales se mostró a los egipcios la destrucción venidera, así en el último tiempo se producirán prodigios maravillosos en todos los elementos del mundo, por los cuales la destrucción inminente pueda ser entendida por todas las naciones.
Por tanto, a medida que se acerca el fin de este mundo, la condición de las cosas humanas ha de sufrir un cambio, y por la prevalencia de la maldad ha de empeorarse; de modo que estos tiempos nuestros, en los que la iniquidad y la impiedad han crecido hasta el más alto grado, podrán ser juzgados felices y casi dorados en comparación con aquel mal incurable. Porque la rectitud disminuirá de tal modo, y la impiedad, la avaricia, el deseo y la concupiscencia aumentarán tanto, que si acaso hubiere entonces algunos hombres buenos, serán presa de los malvados y serán acosados por todas partes por los injustos; mientras que sólo los malvados estarán en la opulencia, y los buenos serán afligidos con toda clase de calumnias y en la indigencia. Toda justicia será confundida y las leyes serán destruidas. Nadie tendrá entonces cosa alguna sino lo que haya sido ganado o defendido por la mano: la audacia y la violencia lo poseerán todo. No habrá entre los hombres ni fe, ni paz, ni bondad, ni pudor, ni verdad; y así tampoco habrá ni seguridad, ni gobierno, ni descanso alguno de los males. Pues toda la tierra estará en estado de tumulto; las guerras rugirán por doquier; todas las naciones estarán en armas y se opondrán unas a otras; los estados vecinos trabarán conflictos entre sí; y en primer lugar, Egipto pagará las penas de sus supersticiones necias y será cubierto de sangre como de un río. Luego la espada recorrerá el mundo, segando todo y abatiendo todas las cosas como una mies. Y —mi mente teme relatarlo, pero lo relataré, porque está por suceder— la causa de esta desolación y confusión será ésta: porque el nombre romano, por el cual ahora se rige el mundo, será quitado de la tierra, y el gobierno volverá a Asia; y el Oriente de nuevo ejercerá el mando, y el Occidente será reducido a servidumbre. Ni debe parecer maravilloso a nadie si un reino fundado con tan grande vastedad, y durante tanto tiempo acrecentado por tantos y tales hombres, y en fin fortalecido con tan grandes recursos, caiga no obstante en algún momento. Nada hay preparado por la fuerza humana que no pueda igualmente ser destruido por la fuerza humana, puesto que las obras de los mortales son mortales. Así también otros reinos en tiempos anteriores, aunque habían florecido largamente, fueron sin embargo destruidos. Pues se refiere que los egipcios, los persas, los griegos y los asirios tuvieron el gobierno del mundo; y tras la destrucción de todos ellos, el poder supremo vino también a los romanos. Y en la medida en que aventajan a todos los demás reinos en magnitud, con tanto mayor derrumbamiento caerán, porque aquellos edificios que son más altos que otros tienen más peso para la ruina.
Por tanto, Séneca dividió no sin habilidad los tiempos de la ciudad romana en edades. Dijo que al principio fue su infancia bajo el rey Rómulo, por quien Roma fue traída al ser y como educada; luego su niñez bajo los demás reyes, por quienes fue acrecentada y formada con más numerosos sistemas de instrucción e instituciones; mas por fin, en el reinado de Tarquinio, cuando ya había comenzado, por así decirlo, a estar crecida, no soportó la esclavitud; y, sacudiendo el yugo de una tiranía soberbia, prefirió obedecer a las leyes antes que a los reyes; y cuando su juventud fue terminada por el fin de la guerra púnica, entonces, con fuerza ya confirmada, comenzó a ser varonil. Pues cuando fue quitada Cartago, que por largo tiempo fue su rival en poder, extendió sus manos por tierra y por mar sobre todo el mundo, hasta que, sometidos todos los reyes y naciones, cuando faltaron ya los materiales de guerra, abusó de su fuerza, con la cual se destruyó a sí misma. Ésta fue su primera vejez, cuando, lacerada por las guerras civiles y oprimida por un mal intestino, recayó de nuevo en el gobierno de un solo gobernante, como girando hacia una segunda infancia. Pues, perdida la libertad que había defendido bajo la guía y autoridad de Bruto, envejeció de tal modo, como si no tuviera fuerza para sostenerse a sí misma, a no ser que dependiera del auxilio de sus gobernantes. Pero si estas cosas son así, ¿qué resta sino que la muerte siga a la vejez? Y que así sucederá, lo anuncian brevemente las predicciones de los profetas bajo la cubierta de otros nombres, de modo que nadie pueda entenderlas fácilmente. Sin embargo, las Sibilas dicen abiertamente que Roma está condenada a perecer, y ciertamente por el juicio de Dios, porque tuvo odio a su nombre; y, siendo enemiga de la rectitud, destruyó al pueblo que guardaba la verdad. Hystaspes también, que fue rey antiquísimo de los medos, de quien asimismo recibió su nombre el río que ahora se llama Hidaspes, entregó a la memoria de la posteridad un sueño maravilloso sobre la interpretación de un muchacho que profería adivinaciones, anunciando mucho antes de la fundación de la nación troyana que el imperio y el nombre romanos serían quitados del mundo.
Comentario editorial · Histaspes, el rey medo
Lactancio cita a Histaspes (Hystaspes), «rey antiquísimo de los medos» que dio nombre al río Hidaspes, y un sueño suyo interpretado por un muchacho adivino que anunciaba la ruina del nombre romano (VII, 15; vuelve en VII, 18 y en el Epítome). Wikipedia explica que de las obras atribuidas a Histaspes no se conserva ninguna: se conocen por citas, sobre todo de Justino y de Lactancio, que resume el «Oráculo de Histaspes» desde el final de VII, 15 hasta VII, 19. Lactancio da por verdadero todo lo que cuenta salvo un punto: que atribuya a Júpiter lo que hará Dios (VII, 18).
Para ampliar: Vishtaspa, «Hystaspes» (Wikipedia (en)) · Libro VII, cap. 15 (CCEL, ANF 7).
VII, 16
Mas, para que nadie piense que esto es increíble, mostraré de qué modo acontecerá. Primero se engrandecerá el reino, y el poder supremo, disperso entre muchos y dividido, será disminuido. Luego se sembrarán perpetuamente discordias civiles; ni habrá descanso alguno de guerras mortíferas, hasta que surjan a un tiempo diez reyes que repartirán el mundo, no para gobernarlo, sino para consumirlo. Estos, habiendo acrecentado sus ejércitos en grado inmenso y abandonado el cultivo de los campos, que es comienzo de ruina y desastre, asolarán, destrozarán y consumirán todas las cosas. Entonces se alzará de repente contra él un enemigo poderosísimo desde los confines extremos de la región septentrional, el cual, habiendo destruido a tres de aquel número que estarán entonces en posesión de Asia, será admitido en alianza por los demás y será constituido príncipe de todos. Hostigará al mundo con un gobierno intolerable; mezclará las cosas divinas y humanas; maquinará cosas impías de relatar y detestables; meditará en su pecho nuevos designios para establecer para sí el gobierno: cambiará las leyes e instituirá las suyas; contaminará, saqueará, despojará y dará muerte. Y al fin, cambiado el nombre y trasladada la sede del gobierno, sobrevendrán la confusión y la perturbación del género humano. Entonces, en verdad, vendrá un tiempo detestable y abominable, en el cual la vida no será grata a ninguno de los hombres.
Las ciudades serán derribadas por completo y perecerán, no sólo por el fuego y la espada, sino también por continuos terremotos y desbordamientos de aguas, y por frecuentes enfermedades y repetidas hambres. Pues el aire se viciará y se volverá corrompido y pestilente: unas veces por lluvias intempestivas, otras por sequía estéril, ya por fríos, ya por calores excesivos. Ni dará la tierra su fruto al hombre: ningún campo, ni árbol, ni vid producirá cosa alguna; sino que, después de haber dado la mayor esperanza en la flor, faltarán en el fruto. Las fuentes también se secarán, junto con los ríos; de modo que no habrá provisión suficiente para beber; y las aguas se convertirán en sangre o en amargura. A causa de estas cosas, faltarán las bestias en la tierra, y las aves en el aire, y los peces en el mar. Prodigios admirables también en el cielo confundirán las mentes de los hombres con los mayores terrores: las estelas de los cometas, la oscuridad del sol, el color de la luna y el deslizarse de las estrellas fugaces. Y, sin embargo, estas cosas no acontecerán del modo acostumbrado; sino que aparecerán de repente estrellas desconocidas y jamás vistas por los ojos; el sol se oscurecerá perpetuamente, de modo que apenas habrá distinción entre la noche y el día; la luna ahora faltará, no por tres horas solamente, sino que, cubierta de sangre perpetua, recorrerá movimientos extraordinarios, de suerte que no será fácil al hombre averiguar los cursos de los cuerpos celestes ni el sistema de los tiempos; pues habrá verano en invierno o invierno en verano. Entonces se acortará el año, y se disminuirá el mes, y el día se contraerá en un breve espacio; y caerán estrellas en gran número, de modo que todo el cielo aparecerá oscuro sin luz alguna. Los montes más altos también caerán y serán allanados con las llanuras; el mar quedará innavegable.
Y para que nada falte a los males de los hombres y de la tierra, se oirá desde el cielo la trompeta, que la Sibila anuncia de esta manera:—
La trompeta desde el cielo emitirá su voz lastimera.
Y entonces todos temblarán y se estremecerán ante aquel sonido lúgubre. Mas entonces, por la ira de Dios contra los hombres que no han conocido la rectitud, reinarán la espada y el fuego, el hambre y la enfermedad; y, sobre todas las cosas, el temor siempre suspendido. Entonces invocarán a Dios, pero Él no los oirá; la muerte será deseada, pero no vendrá; ni siquiera la noche dará descanso a su temor, ni el sueño se acercará a sus ojos, sino que la ansiedad y la vigilia consumirán las almas de los hombres; se lamentarán y llorarán, y crujirán los dientes; felicitarán a los muertos y llorarán a los vivos. Por estos y muchos otros males habrá desolación en la tierra, y el mundo quedará desfigurado y desierto, lo cual se expresa así en los versos de la Sibila:—
El mundo será despojado de su hermosura, por la destrucción de los hombres.
Pues el género humano será tan consumido, que apenas quedará la décima parte de los hombres; y de donde habían salido mil, apenas saldrán cien. De los adoradores de Dios también perecerán dos partes; y la tercera parte, que habrá sido probada, permanecerá.
VII, 17
Pero expondré más claramente la manera en que esto acontece. Cuando se acerque el fin de los tiempos, será enviado de parte de Dios un gran profeta para volver a los hombres al conocimiento de Dios, y recibirá el poder de hacer cosas admirables. Dondequiera que los hombres no lo escuchen, cerrará el cielo y hará que retenga sus lluvias; convertirá su agua en sangre y los atormentará con sed y hambre; y si alguno intentare hacerle daño, saldrá fuego de su boca y quemará a aquel hombre. Con estos prodigios y poderes convertirá a muchos al culto de Dios; y cuando sus obras se hayan cumplido, otro rey se alzará de Siria, nacido de un espíritu maligno, derrocador y destructor del género humano, que destruirá lo que queda del mal anterior, junto con él mismo. Peleará contra el profeta de Dios, y lo vencerá y lo matará, y dejará que yazga insepulto; pero al tercer día volverá a la vida; y mientras todos miran y se admiran, será arrebatado al cielo. Mas aquel rey no sólo será el más deshonroso en sí mismo, sino que será también profeta de mentiras; y se constituirá y se llamará Dios, y mandará que se le adore como Hijo de Dios; y se le dará poder para hacer señales y prodigios, con cuya vista pueda seducir a los hombres para que lo adoren. Mandará que el fuego descienda del cielo, y que el sol se detenga y abandone su curso, y que una imagen hable; y estas cosas se harán a su palabra—con cuyos milagros muchos incluso de los sabios serán seducidos por él. Entonces intentará destruir el templo de Dios y perseguirá al pueblo justo; y habrá angustia y tribulación, como nunca la ha habido desde el principio del mundo.
A cuantos crean en él y se unan a él, los marcará como ovejas; pero los que rechacen su marca huirán a los montes o, siendo apresados, serán muertos con torturas estudiadas. Envolverá también a los hombres justos con los libros de los profetas, y así los quemará; y se le dará poder para asolar toda la tierra durante cuarenta y dos meses. Aquel será el tiempo en que la rectitud será desechada y la inocencia odiada; en que los malvados harán presa en los buenos como enemigos; ni ley, ni orden, ni disciplina militar se conservará; nadie reverenciará las canas, ni reconocerá el deber de la piedad, ni tendrá compasión del sexo o de la infancia; todas las cosas se confundirán y mezclarán contra el derecho y contra las leyes de la naturaleza. Así la tierra será asolada, como por un robo común. Cuando estas cosas acontezcan así, entonces los justos y los seguidores de la verdad se separarán de los malvados y huirán a las soledades. Y cuando oiga esto, el rey impío, inflamado de ira, vendrá con un gran ejército y, haciendo avanzar todas sus fuerzas, rodeará todo el monte en que se hallen los justos, para apoderarse de ellos. Mas ellos, cuando se vean encerrados por todas partes y sitiados, invocarán a Dios en alta voz e implorarán el auxilio del cielo; y Dios los oirá, y enviará desde el cielo un gran rey para rescatarlos y librarlos, y destruirá a todos los malvados con fuego y espada.
VII, 18
Que estas cosas acontecerán así, todos los profetas lo han anunciado por inspiración de Dios, y también los adivinos por instigación de los demonios. Pues Hystaspes, a quien he nombrado más arriba, habiendo descrito la iniquidad de este último tiempo, dice que los piadosos y fieles, separados de los malvados, extenderán sus manos al cielo con llanto y lamento, e implorarán la protección de Júpiter: que Júpiter mirará a la tierra, y oirá las voces de los hombres, y destruirá a los malvados. Todas cuyas cosas son verdaderas excepto una: que atribuyó a Júpiter aquellas cosas que Dios hará. Pero aun eso fue sustraído del relato, no sin fraude de parte de los demonios, a saber, que el Hijo de Dios sería entonces enviado, el cual, habiendo destruido a todos los malvados, pondría en libertad a los piadosos. Lo cual, sin embargo, Hermes no ocultó. Pues en aquel libro que se titula el Tratado completo, después de una enumeración de los males de que hemos hablado, añadió estas cosas: «Pero cuando estas cosas acontezcan así, entonces Aquel que es Señor, y Padre, y Dios, y Creador del primer y único Dios, mirando lo que se hace, y oponiendo al desorden su propia voluntad, esto es, la bondad, y llamando de nuevo a lo errante y purificando la maldad, en parte inundándola con mucha agua, y en parte quemándola con fuego rapidísimo, y a veces oprimiéndola con guerras y pestilencias, llevó su mundo a su antiguo estado y lo restauró.» Las Sibilas también muestran que no sería de otro modo sino que el Hijo de Dios sería enviado por su supremo Padre, para librar a los justos de las manos de los malvados y destruir a los injustos, junto con sus crueles tiranos. Una de las cuales escribió así:—
Vendrá también, queriendo destruir la ciudad de los bienaventurados; y un rey enviado contra él desde los dioses matará a todos los grandes reyes y a los principales varones: entonces vendrá así el juicio del Inmortal a los hombres.
También otra Sibila:—
Y entonces Dios enviará un rey desde el sol, que hará cesar en toda la tierra la guerra desastrosa.
Y otra vez otra:—
Quitará el yugo intolerable de esclavitud que está puesto sobre nuestro cuello, y abolirá las leyes impías y las cadenas violentas.
VII, 19
Estando, pues, oprimido el mundo, puesto que los recursos de los hombres serán insuficientes para derrocar una tiranía de inmensa fuerza, en cuanto oprimirá al mundo cautivo con grandes ejércitos de salteadores, calamidad tan grande necesitará del auxilio divino. Por tanto, Dios, movido a la vez por el peligro dudoso y por el lamentable lamento de los justos, enviará inmediatamente un libertador. Entonces se abrirá el medio del cielo en la quietud y oscuridad de la noche, para que la luz del Dios que desciende sea manifiesta en todo el mundo como relámpago: de lo cual la Sibila habló en estas palabras:—
Cuando Él venga, habrá fuego y oscuridad en medio de la negra noche.
Esta es la noche que celebramos nosotros en vigilia a causa de la venida de nuestro Rey y Dios: la cual noche tiene un doble significado; porque en ella Él recibió entonces la vida cuando padeció, y en adelante está por recibir el reino del mundo. Pues Él es el Libertador, y Juez, y Vengador, y Rey, y Dios, a quien llamamos Cristo, quien antes de descender dará esta señal: caerá de repente del cielo una espada, para que los justos sepan que el caudillo de la sagrada guerra está por descender; y descenderá con una compañía de ángeles al medio de la tierra, y le precederá un fuego inextinguible, y el poder de los ángeles entregará en manos de los justos aquella multitud que ha rodeado el monte, y serán muertos desde la hora tercera hasta la tarde, y la sangre correrá como un torrente; y destruidas todas sus fuerzas, el malvado escapará solo, y su poder perecerá lejos de él.
Ahora bien, éste es el que se llama Anticristo; pero falsamente se llamará a sí mismo Cristo, y peleará contra la verdad, y, vencido, huirá; y a menudo renovará la guerra, y a menudo será vencido, hasta que en la cuarta batalla, muertos, sometidos y capturados todos los malvados, pague al fin la pena de sus crímenes. Mas otros príncipes también y tiranos que han hostigado al mundo, junto con él, serán llevados encadenados al rey; y él los reprenderá, y los reprobará, y les echará en cara sus crímenes, y los condenará, y los entregará a las torturas merecidas. Así, extinguida la maldad y suprimida la impiedad, el mundo estará en reposo, el cual, habiendo estado sujeto al error y a la maldad por tantas edades, soportó una esclavitud espantosa. Ya no serán adorados dioses hechos por las manos; sino que las imágenes, arrojadas de sus templos y lechos, serán entregadas al fuego y quemadas, junto con sus ofrendas admirables: lo cual también la Sibila, de acuerdo con los profetas, anunció que había de acontecer:—
Mas los mortales destrozarán las imágenes y toda la riqueza.
La Sibila eritrea hizo también la misma promesa:—
Y las obras hechas por la mano de los dioses serán quemadas.
VII, 20
Después de estas cosas se abrirán las regiones inferiores, y resucitarán los muertos, sobre los cuales el mismo Rey y Dios pronunciará juicio, a quien el supremo Padre dará el gran poder tanto de juzgar como de reinar. Y acerca de este juicio y reino, se halla así en la Sibila eritrea:—
Cuando esto reciba su cumplimiento decretado, y el juicio del Dios inmortal venga ahora a los mortales, el gran juicio vendrá sobre los hombres, y el principio.
Luego en otra:—
Y entonces la tierra, abriéndose, mostrará un caos tartáreo; y todos los reyes vendrán al tribunal de Dios.
Y en otro lugar de la misma:—
Rodando por los cielos, abriré las cavernas de la tierra; y entonces resucitaré a los muertos, soltando el hado y el aguijón de la muerte; y después los llamaré a juicio, juzgando la vida de los hombres piadosos e impíos.
No todos los hombres, sin embargo, serán entonces juzgados por Dios, sino sólo aquellos que han sido ejercitados en la religión de Dios. Pues los que no han conocido a Dios, puesto que no puede pronunciarse sentencia sobre ellos para su absolución, ya están juzgados y condenados, ya que las Sagradas Escrituras testifican que los malvados no resucitarán a juicio. Por tanto, los que han conocido a Dios serán juzgados, y sus obras, esto es, sus malas acciones, serán comparadas y pesadas contra las buenas: de modo que si las buenas y justas son más numerosas y de más peso, serán entregados a una vida de bienaventuranza; pero si las malas exceden, serán condenados al castigo. Aquí, tal vez, dirá alguno: Si el alma es inmortal, ¿cómo se la representa capaz de padecer y sensible al castigo? Pues si ha de ser castigada según sus méritos, es evidente que será sensible al dolor, e incluso a la muerte. Si no está sujeta a la muerte, ni siquiera al dolor, se sigue que no es capaz de padecer.
Esta cuestión o argumento es respondido así por los estoicos: que las almas de los hombres continúan existiendo, y no son aniquiladas por la intervención de la muerte: que las almas, además, de aquellos que han sido justos, siendo puras, e incapaces de padecer, y felices, vuelven a las moradas celestiales de las que tuvieron su origen, o son llevadas a algunas llanuras felices, donde puedan gozar de placeres admirables; pero que los malvados, puesto que se han manchado con malas pasiones, tienen una especie de naturaleza intermedia, entre la de un inmortal y la de un mortal, y tienen algo de debilidad, por el contagio de la carne; y estando esclavizados a sus deseos y apetitos, contraen una mancha indeleble y una tacha terrestre; y cuando ésta se ha vuelto enteramente inherente por la larga duración del tiempo, las almas son entregadas a su naturaleza, de modo que, aunque no pueden extinguirse del todo, por cuanto son de Dios, sin embargo se vuelven susceptibles de tormento a través de la tacha del cuerpo, la cual, quemada por medio de los pecados, produce una sensación de dolor. Cuyo sentimiento es expresado así por el poeta:—
Aun cuando al fin la vida ha huido,
Y el cuerpo ha dejado frío y muerto,
Aun entonces no desaparece
La herencia dolorosa del barro:
Mucha mancha largo tiempo contraída
Por fuerza debe permanecer honda en la entraña.
Así sufren penas aflictivas
Por antiguo crimen, para purificarse.
Estas cosas están cerca de la verdad. Pues el alma, cuando se separa del cuerpo, es, como dice el mismo poeta, tal como
Ninguna visión de la noche soñolienta,
Ninguna corriente aérea ni la mitad tan ligera,
porque es un espíritu, y por su misma sutileza incapaz de ser percibido, sino sólo por nosotros que somos corpóreos, pero capaz de ser percibido por Dios, puesto que a Él le pertenece poder hacer todas las cosas.