Epítome, 58
He hablado de la justicia, de cuál era su naturaleza. Síguese que muestre qué es el verdadero sacrificio para Dios, cuál es la manera más justa de adorarlo, no sea que alguno piense que Dios desea víctimas, perfumes o dones preciosos; el cual, si no está sujeto al hambre, a la sed, al frío ni al deseo de todas las cosas terrenas, no hace uso, por tanto, de todas estas cosas que se presentan en los templos y a los dioses de la tierra; sino que, así como las ofrendas corporales son necesarias para los seres corporales, manifiestamente un sacrificio incorpóreo es necesario para un ser incorpóreo. Mas Dios no tiene necesidad de aquellas cosas que ha dado al hombre para su uso, puesto que toda la tierra está bajo su poder: no necesita un templo, ya que el mundo es su morada; no necesita una imagen, ya que es incomprensible tanto para los ojos como para la mente; no necesita luces terrenas, pues pudo encender la luz del sol, con los demás astros, para uso del hombre. ¿Qué exige, pues, Dios del hombre sino el culto de la mente, que es pura y santa? Porque aquellas cosas que se hacen con las manos, o que están fuera del hombre, son insensatas, frágiles y desagradables. Éste es el verdadero sacrificio, que no se saca del cofre sino del corazón; no el que se ofrece con la mano, sino con la mente. Ésta es la víctima aceptable, la que la mente sacrifica de sí misma. Pues ¿qué confieren las víctimas? ¿Qué el incienso? ¿Qué las vestiduras? ¿Qué la plata? ¿Qué el oro? ¿Qué las piedras preciosas, si no hay una mente pura por parte del adorador? Por tanto, es sólo la justicia lo que Dios exige. En ésta está el sacrificio; en ésta, el culto de Dios, acerca del cual debo hablar ahora, y mostrar en qué obras debe necesariamente estar contenida la justicia.
Epítome, 59
Que hay dos caminos de la vida humana no fue desconocido ni para los filósofos ni para los poetas, pero ambos los presentaron de distinta manera. Los filósofos quisieron que el uno fuera el camino de la laboriosidad, el otro de la ociosidad; mas en esto fueron menos acertados en sus afirmaciones, porque los refirieron sólo a las ventajas de esta vida. Mejor hablaron los poetas, quienes dijeron que uno de ellos era el camino de los justos, el otro el de los injustos; pero yerran en esto: en que dicen que no están en esta vida, sino en las sombras de abajo. Nosotros hablamos manifiestamente con más acierto, al decir que el uno es el camino de la vida, el otro el de la muerte. Y decimos, ciertamente, que aquí hay dos caminos; mas el uno, a la derecha, por el cual andan los justos, no conduce al Elíseo sino al cielo, pues se hacen inmortales; el otro, a la izquierda, conduce al Tártaro, pues los injustos son condenados a tormentos eternos. Por tanto, el camino de la justicia, que lleva a la vida, ha de ser seguido por nosotros. Ahora bien, el primer deber de la justicia es reconocer a Dios como padre, y temerlo como amo, amarlo como padre. Pues el mismo Ser que nos engendró, que nos animó con aliento vital, que nos alimenta y nos conserva, tiene sobre nosotros, no sólo como padre sino también como amo, autoridad para corregirnos y poder de vida y muerte; por lo cual se le debe del hombre un doble honor, a saber, amor unido al temor. El segundo deber de la justicia es reconocer al hombre como hermano. Pues si el mismo Dios nos hizo, y produjo a todos los hombres en términos iguales para la justicia y la vida eterna, es manifiesto que estamos unidos por el parentesco de la hermandad; y quien no reconoce esto es injusto. Mas el origen de este mal, por el cual la sociedad mutua de los hombres, por el cual el vínculo del parentesco ha sido desgarrado, surge de la ignorancia del Dios verdadero. Pues quien ignora aquella fuente de munificencia, de ningún modo puede ser bueno. De aquí proviene que, desde el tiempo en que una multitud de dioses comenzó a ser consagrada y adorada por los hombres, puesta en fuga la justicia, como cuentan los poetas, todo pacto fue destruido, la comunidad de la justicia humana fue destruida. Entonces cada uno, consultando su propio interés, consideró que la fuerza era derecho, perjudicó a otro, atacó con fraudes, engañó con traición, acrecentó sus propias ventajas con la incomodidad de otros, no perdonó a parientes, hijos o padres, preparó copas envenenadas para destrucción de los hombres, asaltó los caminos con la espada, infestó los mares, dio rienda a su lujuria, adondequiera que la pasión lo llevara; en suma, nada estimó sagrado que su terrible deseo no violara. Cuando se hacían estas cosas, entonces los hombres instituyeron leyes para sí mismos en pro de la utilidad pública, para protegerse entretanto de las injurias. Mas el temor de las leyes no suprimió los crímenes, sino que reprimió la licencia. Pues las leyes pudieron castigar las ofensas, no pudieron castigar la conciencia. Por tanto, las cosas que antes se hacían abiertamente comenzaron a hacerse en secreto. La justicia también fue eludida a hurtadillas, pues los que presidían la administración de las leyes, corrompidos por dádivas y recompensas, traficaban con sus sentencias, ya para la liberación del malvado, ya para la destrucción del bueno. A estas cosas se añadieron disensiones, guerras y depredaciones mutuas; y aplastadas las leyes, se asumió sin freno el poder de obrar con violencia.
Epítome, 60
Cuando los asuntos de los hombres se hallaban en esta condición, Dios se compadeció de nosotros, se reveló y se mostró a nosotros, para que en Él mismo aprendiéramos la religión, la fe, la pureza y la misericordia; para que, dejando a un lado el error de nuestra vida anterior, juntamente con Dios mismo nos conociéramos a nosotros, a quienes la impiedad había apartado de Él, y eligiéramos la ley divina, que une las cosas humanas con las celestiales, entregándonosla el Señor mismo; por cuya ley todos los errores con que hemos quedado enredados, juntamente con las vanas e impías supersticiones, pudieran ser suprimidos. Así pues, lo que debemos al hombre está prescrito por esa misma ley divina que enseña que cuanto haces al hombre, a Dios se lo haces. Pero la raíz de la justicia y el fundamento entero de la equidad consiste en que no hagas aquello que no querrías sufrir, y en que midas los sentimientos del otro por los tuyos propios. Si es desagradable soportar una injuria, y quien la ha hecho parece injusto, transfiere a la persona de otro aquello que sientes respecto de ti mismo, y a tu propia persona aquello que juzgas respecto del otro, y comprenderás que obras tan injustamente si injurias a otro como lo haría otro si te injuriara a ti. Si consideramos estas cosas, mantendremos la inocencia, en la cual se contiene, por así decirlo, el primer paso de la justicia. Pues lo primero es no injuriar; lo segundo, ser útil. Y como en las tierras incultas, antes de comenzar a sembrar, los campos deben limpiarse arrancando los espinos y cortando todas las raíces de los troncos, así los vicios deben ser primero arrojados de nuestras almas, y luego, por fin, han de implantarse las virtudes, de las cuales broten los frutos de la inmortalidad, engendrados por la palabra de Dios.
Epítome, 61
Hay tres pasiones o, por así decirlo, tres furias que excitan tan grandes perturbaciones en las almas de los hombres, y a veces los obligan a ofender de tal modo que no les permiten atender ni a su reputación ni a su seguridad personal: éstas son la ira, que desea la venganza; el amor de ganancia, que anhela riquezas; y la lujuria, que busca los placeres. Ante todo debemos resistir estos vicios: estos troncos deben ser arrancados de raíz para que puedan implantarse las virtudes. Los estoicos opinan que estas pasiones deben ser cortadas; los peripatéticos piensan que deben ser refrenadas. Ni unos ni otros juzgan rectamente, porque no pueden ser enteramente quitadas, ya que están implantadas por la naturaleza y tienen una influencia segura y grande; ni tampoco pueden ser disminuidas, puesto que, si son malas, deberíamos estar sin ellas, aun refrenadas y usadas con moderación; si son buenas, deberíamos usarlas en su plenitud. Pero nosotros decimos que no deben ser quitadas ni disminuidas. Pues no son malas de por sí, puesto que Dios las ha implantado razonablemente en nosotros; pero, siendo claramente buenas por naturaleza —pues nos han sido dadas para la protección de la vida—, se vuelven malas por su mal uso. Y así como la valentía, si luchas en defensa de tu patria, es un bien, y si contra tu patria, es un mal, así las pasiones, si las empleas para buenos fines, serán virtudes; si para usos malos, se llamarán vicios. La ira, pues, ha sido dada por Dios para la represión de las ofensas, es decir, para gobernar la disciplina de los súbditos, a fin de que el temor reprima la licencia y contenga la audacia. Pero los que ignoran sus límites se airan contra sus iguales, o incluso contra sus superiores. De aquí se precipitan a las crueldades, de aquí se levantan a las matanzas, de aquí a las guerras. El amor de ganancia también ha sido dado para que deseemos y busquemos lo necesario para la vida. Pero los que desconocen sus límites se esfuerzan insaciablemente por amontonar riquezas. De aquí han brotado los envenenamientos, de aquí los engaños, de aquí los testamentos falsos, de aquí toda clase de fraudes. Además, la pasión de la lujuria está implantada e innata en nosotros para la procreación de los hijos; pero los que no fijan sus límites en la mente la usan sólo para el placer. De allí provienen los amores ilícitos, de allí los adulterios y los desenfrenos, de allí toda clase de corrupción. Estas pasiones, por tanto, deben mantenerse dentro de sus límites y dirigirse a su recto curso, en el cual, aunque sean vehementes, no pueden incurrir en culpa.
Epítome, 62
La ira debe refrenarse cuando sufrimos una injuria, para que se reprima el mal que es inminente por una contienda, y para que conservemos dos de las mayores virtudes: la inocencia y la paciencia. Quebrántese el deseo de ganancia cuando tengamos lo suficiente. Pues ¿qué locura es afanarse en amontonar aquellas cosas que han de pasar a otros, ya por robo, ya por hurto, ya por proscripción, ya por muerte? Que la lujuria no traspase el lecho conyugal, sino que esté subordinada a la procreación de los hijos. Porque un afán demasiado grande de placer produce peligro y engendra deshonra, y lo que especialmente debe evitarse, conduce a la muerte eterna. Nada es tan odioso a Dios como una mente deshonesta y un alma impura. Y nadie piense que debe abstenerse sólo de ese placer [que se obtiene de la unión con el cuerpo de la mujer], sino también de los otros placeres que provienen de los demás sentidos, porque también ellos son de por sí viciosos, y es propio de la misma virtud despreciarlos. El placer de los ojos se deriva de la hermosura de los objetos; el de los oídos, de los sonidos armoniosos y agradables; el de las narices, del olor agradable; el del gusto, del alimento dulce; y a todos éstos la virtud debe resistir con firmeza, no sea que, enredada en estos atractivos, el alma sea deprimida de las cosas celestiales a las terrenas, de las eternas a las temporales, de la vida inmortal al castigo perpetuo. En los placeres del gusto y del olfato existe este peligro: que pueden arrastrarnos a la lujuria. Pues quien se entregue a estas cosas, o no tendrá bienes, o, si los tuviere, los gastará, y después vivirá una vida abominable. Pero el que se deja arrastrar por el oído (por no decir nada de los cantos, que a menudo encantan los sentidos más íntimos hasta el punto de perturbar con locura un estado asentado de la mente mediante ciertos discursos elaboradamente compuestos y poemas armoniosos, o hábiles disputas) es fácilmente desviado a un culto impío. De aquí que quienes son elocuentes ellos mismos, o prefieren leer escritos elocuentes, no crean fácilmente las sagradas Escrituras, porque les parecen no pulidas; no buscan las cosas verdaderas, sino las agradables; más aún, les parecen más verdaderas aquellas cosas que halagan los oídos. Así rechazan la verdad, mientras quedan cautivados por la dulzura del discurso. Pero el placer que se refiere a la vista es múltiple. Pues el que se deriva de la hermosura de objetos preciosos excita la avaricia, la cual debe estar muy lejos del hombre sabio y justo; pero el que se recibe de la apariencia de la mujer arrastra al hombre a otro placer, del que ya hemos hablado antes arriba.
Epítome, 63
Resta hablar de los espectáculos públicos, los cuales, puesto que tienen una influencia más poderosa en la corrupción del ánimo, deben ser evitados por los sabios y enteramente guardados, porque se dice que fueron instituidos en celebración de los honores de los dioses. Pues las exhibiciones de los espectáculos son fiestas de Saturno. El escenario pertenece al Padre Líber; y los juegos circenses se supone que están dedicados a Neptuno: de modo que quien participa en estos espectáculos parece haber abandonado el culto de Dios y haberse pasado a ritos profanos. Pero prefiero hablar del asunto mismo más que de su origen. ¿Qué hay tan horrendo, qué tan inmundo, como la matanza de un hombre? Por eso nuestra vida está protegida por leyes severísimas; por eso las guerras son detestables. Sin embargo, la costumbre halla cómo un hombre puede cometer homicidio sin guerra y sin leyes; y esto le es un placer: haber vengado una culpa. Pero si estar presente en un homicidio implica conciencia de culpa, y el espectador queda envuelto en la misma culpa que el perpetrador, entonces, en estas matanzas de gladiadores, quien es espectador no queda menos salpicado de sangre que quien la derrama; ni puede estar libre de la culpa de la sangre derramada quien quiso que se vertiera, ni parecer que no ha matado quien favoreció al matador y pidió una recompensa para él. ¿Y el escenario? ¿Es acaso más santo —en el cual la comedia trata de desenfrenos y amores, y la tragedia de incesto y parricidio? Los gestos inmodestos de los actores, con los que imitan a mujeres de mala reputación, enseñan las concupiscencias que expresan con la danza. Pues la pantomima es una escuela de corrupción, en la cual las cosas vergonzosas se representan con figuración, para que las cosas verdaderas se hagan sin vergüenza. Estos espectáculos los contemplan los jóvenes, cuya edad peligrosa, que debería ser refrenada y gobernada, es ejercitada por estas representaciones en vicios y pecados. El circo, en verdad, se considera más inocente, pero hay en él mayor locura, pues los ánimos de los espectadores se transportan con tan gran locura que no sólo prorrumpen en injurias, sino que a menudo se levantan a contiendas, batallas y disputas. Por tanto, todos los espectáculos han de evitarse, para que podamos mantener un estado de ánimo tranquilo. Debemos renunciar a los placeres dañinos, no sea que, encantados por su pestilente dulzura, caigamos en los lazos de la muerte.
Capítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas
Epítome, 64
Que sólo la virtud nos agrade, cuyo premio es inmortal cuando ha vencido al placer. Pero, una vez vencidas las pasiones y dominados los placeres, el trabajo de reprimir las demás cosas es fácil para quien es seguidor de Dios y de la verdad: no injuriará jamás quien espere de Dios una bendición; no cometerá perjurio, no sea que se burle de Dios; pero ni siquiera jurará, no sea que alguna vez, ya por necesidad o por costumbre, caiga en perjurio. No hablará nada con engaño, nada con disimulo; no rehusará lo que ha prometido, ni prometerá lo que no puede cumplir; no envidiará a nadie, pues está contento consigo mismo y con sus propios bienes; ni quitará lo suyo ni deseará mal a otro, sobre quien, quizá, los beneficios de Dios se derraman más abundantemente. No hurtará, ni codiciará absolutamente nada de otro. No dará su dinero a usura, pues eso es buscar ganancia de los males ajenos; pero tampoco rehusará prestar, si la necesidad obligare a alguno a pedir prestado. No debe ser duro con un hijo ni con un esclavo: debe recordar que él mismo tiene un Padre y un Señor. Con éstos obrará de tal modo como querría que otros obrasen con él. No recibirá regalos excesivos de quienes tienen menos recursos que él; pues no es justo que los bienes de los ricos se acrecienten con las pérdidas de los desdichados.
Es un precepto antiguo no matar, el cual no debe tomarse en este sentido, como si se nos mandara abstenernos sólo del homicidio, que es castigado aun por las leyes públicas. Sino que, por la intervención de este mandato, no nos será lícito poner en peligro de muerte con la palabra, ni matar o exponer a un infante, ni condenarse uno mismo con una muerte voluntaria. Asimismo se nos manda no cometer adulterio; pero con este precepto no sólo se nos prohíbe mancillar el matrimonio de otro, lo cual es condenado aun por el común derecho de gentes, sino también abstenernos de quienes prostituyen su persona. Pues la ley de Dios está por encima de todas las leyes; prohíbe aun aquellas cosas que se estiman lícitas, para cumplir la justicia. Es parte de la misma ley no dar falso testimonio, y esto también tiene un sentido más amplio. Pues si el falso testimonio mediante la mentira es injurioso para aquel contra quien se dice, y engaña a aquel en cuya presencia se dice, por tanto nunca debemos hablar falsedad, porque la mentira siempre engaña o injuria. Por consiguiente, no es justo quien, aun sin causar injuria, habla en conversación ociosa. Ni tampoco le es lícito adular, pues la adulación es perniciosa y engañosa; sino que en todas partes guardará la verdad. Y aunque esto pueda ser desagradable por el momento, sin embargo, cuando aparezcan su ventaja y utilidad, no producirá odio, como dice el poeta, sino gratitud.
Epítome, 65
He hablado de las cosas que están prohibidas; ahora diré brevemente cuáles son las que se mandan. Estrechamente unida con la inocencia está la piedad. Pues aquélla no causa injuria, ésta obra el bien; aquélla comienza la justicia, ésta la completa. Pues, siendo la naturaleza de los hombres más débil que la de los demás animales, a los cuales Dios ha provisto de medios para inferir violencia y de defensas para rechazarla, nos ha dado a nosotros el afecto de la piedad, para que pongamos toda la protección de nuestra vida en la ayuda mutua. Porque si hemos sido creados por un solo Dios y descendemos de un solo hombre, y así estamos unidos por la ley de la consanguinidad, por esta razón debemos amar a todo hombre; y por tanto estamos obligados no sólo a abstenernos de causar injuria, sino ni siquiera a vengarla cuando se nos inflige, para que haya en nosotros completa inocencia. Y por esto Dios nos manda orar siempre aun por nuestros enemigos. Por tanto, debemos ser un animal apto para la compañía y la sociedad, a fin de protegernos mutuamente dando y recibiendo auxilio. Pues nuestra fragilidad está expuesta a muchos accidentes e incomodidades. Espera que lo que ves que ha sucedido a otro te suceda también a ti. Así, al fin, te sentirás movido a prestar ayuda, si asumes el ánimo de aquel que, puesto en males, implora tu auxilio. Si alguno tiene necesidad de alimento, démoselo; si alguno sale a nuestro encuentro desnudo, vistámoslo; si alguno sufre injuria de otro más poderoso que él, rescatémoslo. Tengamos nuestra casa abierta a los forasteros o a los que necesitan refugio. No falte nuestra defensa a los pupilos, ni nuestra protección a los indefensos. Rescatar a los cautivos es una obra grande de piedad, y también visitar y consolar a los enfermos que están en la pobreza. Si los desamparados o forasteros mueren, no permitamos que yazcan sin sepultura. Éstas son las obras, éstos los deberes de la piedad; y si alguno emprende estas cosas, ofrecerá a Dios un sacrificio verdadero y aceptable. Esta víctima es más apta para la ofrenda a Dios, quien no se aplaca con la sangre de una oveja, sino con la piedad del hombre, a quien Dios, porque es justo, persigue con su propia ley y con su propia condición. Muestra misericordia a quien ve misericordioso; es inexorable con quien ve duro para con los que le suplican. Por tanto, para que podamos hacer todas estas cosas, que son agradables a Dios, el dinero ha de ser despreciado y transferido a tesoros celestiales, donde ni el ladrón puede forzar, ni el orín corromper, ni el tirano arrebatar, sino que se nos conserva bajo la custodia de Dios para nuestra riqueza eterna.
Epítome, 66
La fe es también gran parte de la justicia; y esta debe ser especialmente conservada por nosotros, que llevamos el nombre de la fe, sobre todo en la religión, porque Dios está antes y ha de ser preferido al hombre. Y si es cosa gloriosa sufrir la muerte en favor de los amigos, de los padres y de los hijos, es decir, en favor del hombre, y si quien ha hecho esto alcanza memoria y alabanza duraderas, ¿cuánto más en favor de Dios, que puede otorgar la vida eterna a cambio de la muerte temporal? Por tanto, cuando sobreviene una necesidad de este género, la de vernos obligados a apartarnos de Dios y a pasar a los ritos de los paganos, ningún temor, ningún terror debe apartarnos de guardar la fe que se nos ha entregado. Tengamos a Dios ante los ojos, en el corazón; con cuya ayuda interior podamos vencer el dolor de nuestra carne y los tormentos aplicados a nuestro cuerpo. Entonces no pensemos en otra cosa sino en las recompensas de una vida inmortal. Y así, aunque nuestros miembros sean despedazados o quemados, soportaremos fácilmente todo cuanto la locura de una crueldad tiránica maquine contra nosotros. Por último, esforcémonos por afrontar la muerte misma, no de mala gana ni con timidez, sino de buen grado y sin desmayo, como quienes saben qué gloria estamos a punto de tener en la presencia de Dios, después de haber triunfado sobre el mundo y de llegar a las cosas que nos han sido prometidas; con qué bienes y con cuán grande bienaventuranza se nos compensará por estos breves males de los castigos y por las injurias de esta vida. Mas si faltare la ocasión de esta gloria, la fe tendrá su recompensa aun en la paz.
Obsérvese, pues, en todos los deberes de la vida; obsérvese en el matrimonio. Pues no basta abstenerse del lecho ajeno o del prostíbulo. Quien tiene esposa no busque nada más; antes bien, contento con ella sola, guarde castos y sin mancha los misterios del lecho conyugal. Pues igualmente es adúltero ante Dios e impuro quien, sacudido el yugo, se entrega a placer extraño, ya sea con mujer libre o con esclava. Mas así como la mujer está ligada por los vínculos de la castidad para no desear a ningún otro hombre, así esté ligado el marido por la misma ley, puesto que Dios ha unido al marido y a la mujer en la unión de un solo cuerpo. Por esto ha mandado que la esposa no sea repudiada sino convicta de adulterio, y que el vínculo del pacto conyugal jamás se disuelva, a menos que la infidelidad lo haya roto. Añádase también, para la plenitud de la castidad, que no solo no haya ofensa, sino ni siquiera pensamiento. Pues es evidente que la mente queda manchada por el deseo, aunque no se haya consumado; y así, el hombre justo ni debe hacer ni debe desear hacer lo que es injusto. Por tanto, ha de purificarse la conciencia; pues Dios, que no puede ser engañado, la examina. El pecho debe ser limpiado de toda mancha, para que sea templo de Dios, alumbrado no por el brillo del oro ni del marfil, sino por el resplandor de la fe y de la pureza.
Epítome, 67
Mas es verdad que todas estas cosas son difíciles para el hombre, y la condición de su fragilidad no permite que nadie esté sin mancha. Por tanto, el último remedio es este: que recurramos al arrepentimiento, el cual no ocupa el lugar menor entre las virtudes, porque es una corrección de uno mismo; de modo que cuando hayamos faltado, ya sea de obra o de palabra, volvamos al instante a mejor ánimo, confesemos que hemos ofendido y supliquemos el perdón de Dios, el cual, según su misericordia, no lo negará sino a quienes persisten en su error. Grande es el auxilio, grande el consuelo del arrepentimiento. Es la curación de las heridas y de las ofensas, la esperanza, el puerto de seguridad; y quien quita esto se corta a sí mismo el camino de la salvación, porque nadie puede ser tan justo que jamás le sea necesario el arrepentimiento. Mas nosotros, aunque no tengamos ofensa alguna, debemos confesarnos ante Dios, suplicar perdón por nuestras faltas y dar gracias aun en los males. Ofrezcamos siempre esta obediencia a nuestro Señor. Pues la humildad es cara y amable a los ojos de Dios; y puesto que Él recibe antes al pecador que confiesa su falta que al justo soberbio, ¡cuánto más recibirá al justo que confiesa, y lo exaltará en su reino celestial en proporción a su humildad! Estas son las cosas que el adorador de Dios debe ofrecer; estas son las víctimas, este el sacrificio que es acepto; este es el culto verdadero, cuando el hombre ofrece sobre el altar de Dios las prendas de su propia mente. Aquella suprema Majestad se complace en un adorador así, pues lo recibe como hijo y le concede la recompensa adecuada de la inmortalidad, de la cual debo hablar ahora y refutar la persuasión de quienes piensan que el alma es destruida juntamente con el cuerpo. Pues como ni conocieron a Dios ni pudieron percibir el misterio del mundo, ni siquiera comprendieron la naturaleza del hombre y del alma. Pues ¿cómo podían ver las consecuencias quienes no poseían el punto principal? Por tanto, al negar la existencia de una providencia, negaron claramente la existencia de Dios, que es la fuente y el origen de todas las cosas. De ello se seguía que debían afirmar, o bien que las cosas que existen han existido siempre, o bien que fueron producidas por sí mismas, o que surgieron del concurso de minúsculas semillas.
No puede decirse que aquello que existe y es visible haya existido siempre; pues no puede existir por sí mismo sin algún principio. Mas nada puede ser producido por su propio arbitrio, porque no hay naturaleza sin alguien que la engendre. Pero ¿cómo podría haber semillas originales, si las semillas surgen de los objetos y los objetos, a su vez, de las semillas? Por tanto, no hay semilla que no tenga origen. Así sucedió que, al suponer que el mundo no fue producido por providencia alguna, tampoco supusieron que el hombre hubiera sido producido por plan alguno. Mas si en la creación del hombre no se empleó plan alguno, entonces el alma no puede ser inmortal. Otros, en cambio, pensaron que hay un solo Dios, que el mundo fue hecho por Él y hecho por causa de los hombres, y que las almas son inmortales. Pero aunque tuvieron sentimientos verdaderos, no percibieron las causas, ni las razones, ni los desenlaces de esta obra y designio divinos, de modo que completaran todo el misterio de la verdad y lo abarcaran dentro de algún límite. Mas aquello que ellos no pudieron hacer, porque no poseyeron la verdad en su integridad, debe ser hecho por nosotros, que la conocemos por el anuncio de Dios.
Epítome, 68
Consideremos, pues, cuál fue el plan de hacer esta obra tan grande y tan inmensa. Dios hizo el mundo, como pensó Platón, pero no muestra por qué lo hizo. Porque es bueno, dice, y de nadie envidioso, hizo las cosas que son buenas. Pero vemos que en el sistema de la naturaleza hay cosas a la vez buenas y malas. Podría presentarse alguna persona perversa, como lo fue aquel ateo Teodoro, y responder a Platón: No, porque es malo, hizo las cosas que son malas. ¿Cómo lo refutará? Si Dios hizo las cosas que son buenas, ¿de dónde brotaron tan grandes males que, en su mayor parte, incluso prevalecen sobre las cosas buenas? Estaban contenidos, dice, en la materia. Si había males, por tanto, también había bienes; de modo que, o bien Dios no hizo nada, o si hizo solo cosas buenas, las cosas malas que no fueron hechas son más eternas que las cosas buenas que tuvieron principio. Por tanto, las cosas que en algún momento comenzaron tendrán fin, y las que siempre existieron serán permanentes. Luego los males son preferibles. Mas si no pueden ser preferibles, tampoco pueden ser más eternos. Por tanto, o siempre existieron, y Dios ha estado inactivo, o ambos fluyeron de una sola fuente. Pues está más conforme a la razón que Dios hizo todas las cosas, a que no hizo nada.
Por tanto, según el sentir de Platón, el mismo Dios es a la vez bueno, porque hizo cosas buenas, y malo, porque hizo cosas malas. Y si esto no puede ser, es evidente que el mundo no fue hecho por Dios por este motivo, a saber, porque es bueno. Pues Él abarcó todas las cosas, tanto las buenas como las malas; y no hizo nada por su propio provecho, sino en razón de otra cosa. Una casa no se edifica solo con el fin de que haya una casa, sino para que reciba y albergue a un habitante. Asimismo, una nave no se construye con el fin de que solo parezca una nave, sino para que los hombres puedan navegar en ella. También se fabrican vasijas no solo para que existan las vasijas, sino para que reciban las cosas necesarias para el uso. Así también Dios debe de haber hecho el mundo para algún uso. Los estoicos dicen que fue hecho por causa de los hombres; y con razón. Pues los hombres gozan de todos estos bienes que el mundo contiene en sí. Pero no explican por qué fueron hechos los hombres mismos, ni qué provecho tiene en ellos la Providencia, Hacedora de todas las cosas.
Platón afirma también que las almas son inmortales, pero por qué, o de qué manera, o en qué tiempo, o por medio de quién alcanzan la inmortalidad, o cuál es la naturaleza de ese gran misterio, por qué los que han de llegar a ser inmortales nacen antes mortales y luego, cumplido el curso de su vida temporal y dejado el revestimiento de sus frágiles cuerpos, son transferidos a aquella eterna bienaventuranza: de todo esto no tiene comprensión alguna. Finalmente, no explicó el juicio de Dios ni la distinción entre justos e injustos, sino que supuso que las almas que se han precipitado en crímenes son condenadas hasta el punto de ser reproducidas en animales inferiores y de expiar así sus culpas, hasta que de nuevo vuelven a las formas de los hombres; y que esto se realiza sin cesar, y que no hay fin de esta transmigración. A mi juicio, introduce un entretenimiento semejante a un sueño, en el cual no parece haber plan alguno, ni gobierno de Dios, ni designio alguno.
Epítome, 69
Diré ahora cuál es aquel punto capital que ni siquiera quienes dijeron la verdad pudieron enlazar, poniendo en una sola mirada las causas y las razones. El mundo fue hecho por Dios para que nacieran los hombres; a su vez, los hombres nacen para reconocer a Dios como Padre, en quien está la sabiduría; lo reconocen para adorarlo, en quien está la justicia; lo adoran para recibir el premio de la inmortalidad; reciben la inmortalidad para servir a Dios para siempre. ¿Veis cuán estrechamente unidas están las primeras con las del medio, y las del medio con las últimas? Examinémoslas por separado y veamos si concuerdan entre sí. Dios hizo el mundo por causa del hombre. Quien no ve esto, no difiere mucho de una bestia. ¿Quién sino el hombre levanta los ojos al cielo? ¿Quién contempla con admiración el sol, quién las estrellas, quién todas las obras de Dios? ¿Quién habita la tierra? ¿Quién recibe de ella el fruto? ¿Quién tiene en su poder los peces, quién las aves, quién los cuadrúpedos, sino el hombre? Por tanto, Dios hizo todas las cosas por causa del hombre, porque todas las cosas han resultado para uso del hombre.
Los filósofos vieron esto, pero no vieron la consecuencia: que Él hizo al hombre mismo por causa de sí mismo. Pues era decoroso, piadoso y necesario que, ya que Él ideó tan grandes obras por causa del hombre, cuando le dio tanto honor y tanto poder que debía ejercer el dominio en el mundo, el hombre reconociera a Dios, Autor de tan grandes beneficios, que hizo el mundo mismo por su causa, y le pagara el culto y el honor debidos a Él. Aquí erró Platón; aquí perdió la verdad que al principio había asido, al guardar silencio acerca del culto de aquel Dios a quien confesaba como artífice y padre de todas las cosas, y al no entender que el hombre está ligado a Dios por los vínculos de la piedad, de donde la religión misma recibe su nombre, y que esto es lo único por lo cual las almas se hacen inmortales. Percibió, sin embargo, que son eternas, pero no descendió por las gradaciones regulares a aquella opinión. Pues quitados los argumentos intermedios, más bien cayó en la verdad como por un precipicio abrupto; y no avanzó más allá, puesto que había hallado la verdad por accidente y no por la razón. Por tanto, Dios ha de ser adorado, para que, por medio de la religión, que es también justicia, el hombre reciba de Dios la inmortalidad, y no hay otra recompensa de una mente piadosa; y si esta es invisible, el Dios invisible no puede otorgarle recompensa alguna sino la que es invisible.
Epítome, 70
Puede en verdad colegirse de muchos argumentos que las almas son eternas. Dice Platón que aquello que se mueve siempre por sí mismo y no tiene principio de movimiento, tampoco tiene fin; pero que el alma del hombre se mueve siempre por sí misma, y que, por ser flexible para la reflexión, sutil para el descubrimiento, fácil para la percepción, apta para el aprendizaje, y porque retiene lo pasado, comprende lo presente, prevé lo futuro y abarca el conocimiento de muchas materias y artes, es inmortal, puesto que nada contiene que esté mezclado con el contagio del peso terreno. Además, la eternidad del alma se entiende a partir de la virtud y del placer. El placer es común a todos los animales; la virtud pertenece solo al hombre; aquel es vicioso, esta es honorable; aquel está conforme a la naturaleza, esta es contraria a la naturaleza, a no ser que el alma sea inmortal. Pues en defensa de la fe y de la justicia, la virtud ni teme la indigencia, ni se alarma ante el destierro, ni teme la prisión, ni se acobarda ante el dolor, ni rehúsa la muerte; y como estas cosas son contrarias a la naturaleza, o bien la virtud es necedad, si estorba las ventajas y es perjudicial para la vida, o, si no es necedad, entonces el alma es inmortal y desprecia los bienes presentes, porque son preferibles otras cosas que alcanza tras la disolución del cuerpo. Mas la mayor prueba de la inmortalidad es que solo el hombre tiene conocimiento de Dios. En los animales mudos no hay noción alguna de religión, porque son terrenales e inclinados a la tierra. El hombre es erguido y contempla el cielo con este fin: para buscar a Dios. Por tanto, no puede ser sino inmortal quien anhela lo inmortal. No puede estar sujeto a disolución quien está unido a Dios tanto en el rostro como en la mente. Finalmente, solo el hombre hace uso del elemento celeste, que es el fuego. Pues si la luz proviene del fuego y la vida de la luz, es evidente que quien tiene el uso del fuego no es mortal, puesto que este está estrechamente unido, este está íntimamente relacionado con Aquel sin quien ni la luz ni la vida pueden existir.
Mas ¿por qué inferimos de argumentos que las almas son eternas, cuando tenemos testimonios divinos? Pues las escrituras sagradas y las voces de los profetas enseñan esto. Y si esto a alguien le parece insuficiente, lea los poemas de las Sibilas, pondere también las respuestas del Apolo Milesio, para que entienda que Demócrito, Epicuro y Dicearco deliraban, quienes solos entre todos los mortales negaron lo que es evidente. Probada la inmortalidad del alma, queda enseñar por quién, a quién, de qué manera y en qué tiempo se da. Puesto que los tiempos fijados y divinamente señalados han comenzado a cumplirse, por necesidad ha de sobrevenir una destrucción y consumación de todas las cosas, para que el mundo sea renovado por Dios. Mas aquel tiempo está cerca, según puede colegirse del número de los años y de las señales predichas por los profetas. Mas como las cosas que se han dicho acerca del fin del mundo y de la conclusión de los tiempos son innumerables, las mismas cosas que se dicen han de exponerse sin ornato, pues sería tarea sin límites aducir los testimonios. Si alguien los desea, o no deposita plena confianza en nosotros, acérquese al santuario mismo de las letras celestiales y, más plenamente instruido por su fidelidad, perciba que erraron los filósofos, quienes pensaron o bien que este mundo era eterno, o bien que habría incontables miles de años desde el tiempo en que fue dispuesto. Pues aún no se han cumplido seis mil años, y cuando este número se complete, entonces, por fin, todo mal será quitado, para que solo reine la justicia. Y explicaré en pocas palabras cómo sucederá esto.
Epítome, 71
Estas cosas son dichas por los profetas, mas como videntes, acerca de lo que ha de suceder. Cuando el último fin comience a acercarse al mundo, aumentará la maldad; toda clase de vicios y fraudes se hará frecuente; la justicia perecerá; la fe, la paz, la misericordia, la modestia, la verdad, no existirán; abundarán la violencia y la osadía; nadie tendrá nada, si no lo adquiere con la mano y lo defiende con la mano. Si hubiere algunos hombres buenos, serán tenidos por presa y escarnio. Nadie mostrará afecto filial a sus padres, nadie se apiadará de un infante o de un viejo; la avaricia y la lujuria corromperán todas las cosas. Habrá matanzas y derramamiento de sangre. Habrá guerras, y no solo entre estados extranjeros y vecinos, sino también guerras intestinas. Los estados sostendrán guerras entre sí, todo sexo y toda edad empuñarán las armas. No se conservará la dignidad del gobierno ni la disciplina militar; sino que, a la manera del latrocinio, habrá depredación y devastación. El poder real se multiplicará, y diez hombres ocuparán, repartirán y devorarán el mundo. Surgirá otro mucho más poderoso y malvado, el cual, habiendo destruido a tres, obtendrá Asia, y habiendo reducido y sometido a los demás bajo su propio poder, acosará a toda la tierra. Dará leyes nuevas, abrogará las antiguas; hará suyo el estado, y cambiará el nombre y la sede del gobierno.
Entonces vendrá un tiempo terrible y detestable, en el cual nadie querría vivir. En una palabra, tal será la condición de las cosas, que a los vivos seguirán las lamentaciones, y a los muertos la enhorabuena. Las ciudades y las villas serán destruidas, ya por el fuego y la espada, ya por repetidos terremotos; ora por inundación de las aguas, ora por peste y hambre. La tierra nada producirá, siendo estéril, sea por el frío o por el calor excesivos. Toda el agua se trocará en parte en sangre, en parte se corromperá con amargura, de modo que nada de ella podrá servir de alimento ni ser saludable para beber. A estos males se añadirán también prodigios del cielo, para que nada falte a los hombres que cause temor. Aparecerán con frecuencia cometas. El sol quedará cubierto de perpetua palidez. La luna se teñirá de sangre y no reparará las pérdidas de la luz que se le hubiere arrebatado. Todas las estrellas caerán, y las estaciones no guardarán su regularidad, confundiéndose el invierno y el verano. Entonces se acortarán el año, el mes y el día. Y Trismegisto ha declarado que esta es la vejez y la decadencia del mundo. Y cuando esto hubiere llegado, se ha de saber que está cerca el tiempo en que Dios volverá para mudar el mundo. Mas en medio de estos males surgirá un rey impío, hostil no solo al género humano, sino también a Dios. Hollará, atormentará, acosará y dará muerte a los que hubieren sido perdonados por aquel tirano anterior. Entonces habrá lágrimas que fluyan sin cesar, perpetuos lamentos y gemidos, y oraciones inútiles a Dios; no habrá descanso del temor, ni sueño como tregua. El día acrecentará siempre la calamidad, la noche la alarma. Así el mundo quedará reducido casi a la soledad, ciertamente a la escasez de hombres. Entonces también el impío perseguirá a los justos y a los consagrados a Dios, y mandará que él mismo sea adorado como Dios. Pues dirá que él es Cristo, aunque será su adversario. Para que se le crea, recibirá el poder de hacer prodigios, de modo que descienda fuego del cielo, el sol se aparte de su curso y hable la imagen que él hubiere erigido. Y con estos prodigios seducirá a muchos para que le adoren y reciban su signo en la mano o en la frente. Y el que no le adorare y no recibiere su signo morirá con refinados tormentos. Así destruirá a casi dos partes; la tercera huirá a soledades desiertas. Mas él, frenético y enfurecido con ira implacable, conducirá un ejército y sitiará el monte al cual habrán huido los justos. Y cuando se vean sitiados, implorarán la ayuda de Dios con gran voz, y Dios los oirá y les enviará un libertador.
Epítome, 72
Entonces el cielo se abrirá en una tempestad, y Cristo descenderá con gran poder, y delante de Él irá un resplandor de fuego y una muchedumbre innumerable de ángeles, y toda aquella multitud de impíos será destruida, y correrán torrentes de sangre, y el caudillo mismo escapará, y habiendo renovado muchas veces su ejército, por cuarta vez trabará batalla, en la cual, apresado con todos los demás tiranos, será entregado para ser quemado. Mas también el príncipe de los demonios mismo, el autor y artífice de los males, atado con cadenas de fuego, será encarcelado, para que el mundo reciba paz y la tierra, acosada durante tantos años, descanse. Hecha, pues, la paz y reprimido todo mal, aquel Rey justo y Vencedor instituirá un gran juicio sobre la tierra acerca de los vivos y de los muertos, y someterá todas las naciones a los justos que están vivos, y resucitará a los muertos justos a la vida eterna, y Él mismo reinará con ellos sobre la tierra, y edificará la ciudad santa, y este reino de los justos durará mil años. Durante todo ese tiempo las estrellas serán más brillantes, y el resplandor del sol será aumentado, y la luna no estará sujeta a mengua. Entonces la lluvia de bendición descenderá de Dios por la mañana y por la tarde, y la tierra dará todos sus frutos sin el trabajo de los hombres. La miel goteará de las rocas, abundarán fuentes de leche y de vino. Las bestias depondrán su ferocidad y se volverán mansas, el lobo vagará entre los rebaños sin hacer daño, el becerro pacerá con el león, la paloma se unirá con el halcón, la serpiente no tendrá veneno; ningún animal vivirá de la sangre derramada. Pues Dios proveerá a todos alimento abundante e inofensivo. Mas cuando se cumplan los mil años, y sea soltado el príncipe de los demonios, las naciones se rebelarán contra los justos, y una multitud innumerable vendrá a asaltar la ciudad de los santos. Entonces vendrá el último juicio de Dios contra las naciones. Pues sacudirá la tierra desde sus cimientos, y las ciudades serán derribadas, y hará llover sobre los impíos fuego con azufre y granizo, y arderán y se matarán unos a otros. Mas los justos por un breve espacio estarán ocultos debajo de la tierra, hasta que se consume la destrucción de las naciones, y después del tercer día saldrán y verán las llanuras cubiertas de cadáveres. Entonces habrá un terremoto, y los montes se rasgarán, y los valles se hundirán en una profundidad honda, y en esta serán amontonados los cuerpos de los muertos, y su nombre será llamado Polyandrion. Después de estas cosas, Dios renovará el mundo y transformará a los justos en forma de ángeles, para que, presentados con la vestidura de la inmortalidad, sirvan a Dios para siempre; y este será el reino de Dios, que no tendrá fin. Entonces también resucitarán los impíos, no para vida sino para castigo; pues Dios también los resucitará a estos, cuando tenga lugar la segunda resurrección, para que, condenados a tormentos eternos y entregados a fuegos eternos, sufran las penas que merecen por sus crímenes.
Epítome, 73
Por lo cual, puesto que todas estas cosas son verdaderas y ciertas, en armonía con el anuncio predicho de los profetas, puesto que Trismegisto y Hystaspes y las Sibilas han predicho las mismas cosas, no puede dudarse que toda esperanza de vida y de salvación está puesta en la religión de Dios solamente. Por tanto, a menos que un hombre haya recibido a Cristo, a quien Dios ha enviado y está por enviar para nuestra redención, a menos que haya conocido al Dios supremo por medio de Cristo, a menos que haya guardado sus mandamientos y su ley, caerá en aquellos castigos de los cuales hemos hablado. Por tanto, las cosas frágiles deben ser despreciadas, para que ganemos las que son sustanciales; las cosas terrenas deben ser desechadas, para que seamos honrados con las celestiales; las cosas temporales deben ser evitadas, para que alcancemos las que son eternas. Ejercítese cada uno en la justicia, fórmese en el dominio de sí, prepárese para el combate, equípese para la virtud, a fin de que, si por acaso un adversario le hiciere guerra, no sea apartado de lo recto y bueno por fuerza alguna, por ningún terror y por ningún tormento, no se entregue a fábulas insensatas, sino que en su rectitud reconozca al Dios verdadero y único, deseche los placeres, por cuyos atractivos el alma excelsa es abatida a la tierra, conserve firmemente la inocencia, sirva a cuantos sea posible, gane para sí tesoros incorruptibles por las buenas obras, para que pueda, teniendo a Dios por juez, alcanzar por los méritos de su virtud, o la corona de la fe, o el premio de la inmortalidad.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Las Instituciones divinas quisieron ser, según Wikipedia, el primer intento de exponer en latín, de forma sistemática, la teología cristiana, y ampliar el frente de una defensa que hasta entonces había sido de tratados sueltos: el propio Lactancio nombra a Minucio Félix, Tertuliano y Cipriano como antecesores y juzga sus límites (V, 1). Su método se reconoce en cada libro: refutar al pagano con sus fuentes —poetas, Sibilas, Hermes, historiadores de los dioses— y con la discordia de los filósofos antes de proponer la fe, y cerrar con una moral de la justicia y de la misericordia (V–VI) y una escatología de seis mil años y un reino de mil (VII).
La posteridad fue desigual. Jerónimo alabó su elocuencia, digna de Cicerón, y lamentó que no la empleara tanto en enseñar la doctrina cristiana como en derribar la ajena; los humanistas del Renacimiento lo llamaron el «Cicerón cristiano»; Copérnico, en el prefacio a De revolutionibus, le reprochó hablar con infantilismo de la forma de la Tierra (III, 24); y Wikipedia recuerda que fue uno de los primeros libros impresos en Italia y el primer impreso italiano fechado. El ANF, por su parte, advierte que sus pretensiones de teólogo son discutibles —tiene opiniones peculiares en muchos puntos y es más afortunado combatiendo el error que sosteniendo la verdad— y considera infundada la acusación de inclinarse al maniqueísmo. Hoy se lee sobre todo como testimonio de la apologética latina a las puertas de la paz de Constantino, y por su libro VII, donde Wikipedia lo cuenta entre los premilenaristas de los primeros siglos (véase Milenialismo).
Límites. Esta edición es una traducción automática del inglés de Fletcher, y el inglés ya es una versión: no se cotejó con el latín, salvo en VI, 23, donde la propia edición inglesa conserva el original. Los datos de las notas proceden de las páginas que se citan (Wikipedia, CCEL, New Advent); cuando difieren, se dice cuál afirma qué. No se tradujeron ni se incluyen las notas del ANF, que corrigen o matizan el texto en muchos puntos, y que conviene consultar en CCEL cuando se estudie una frase concreta. Los defectos de la traducción hallados se conservan y se avisan en la ficha y en los capítulos donde afectan.