Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 149 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I. Del falso culto de los dioses
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De que hay una providencia en los asuntos de los hombres
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 4. Que el Dios único fue predicho aun por los profetas
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. De los testimonios divinos, y de las Sibilas y sus predicciones
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre los testimonios de Apolo y de los dioses
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 9. De Hércules y de su vida y muerte
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que los estoicos trasladan a un sistema filosófico las ficciones de los poetas
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 13 minCapítulo 14. Qué enseña acerca de los dioses la historia sagrada de Evémero y Ennio
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 16. Con qué argumento se demuestra que aquellos que se distinguen por una diferencia de sexo no pueden ser dioses
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 18. Sobre la consagración de los dioses, a causa de los beneficios que confirieron a los hombres
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 19. Que es imposible que alguien adore al Dios verdadero junto con falsas deidades
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Quién fue el autor de las vanidades antes descritas en Italia entre los romanos, y quién entre las demás naciones
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 23. De las edades de las vanas supersticiones, y de los tiempos en que comenzaron
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 2. Cuál fue la primera causa de hacer imágenes; de la verdadera semejanza de Dios y de su verdadero culto
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que Cicerón y otros varones doctos erraron al no apartar al pueblo del error
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 4. De las imágenes, y de los ornamentos de los templos, y del desprecio en que aun los mismos paganos las tienen
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 5. Que solo Dios, creador de todas las cosas, ha de ser adorado, y no los elementos ni los cuerpos celestes; y se refuta la opinión de los estoicos, que piensan que los astros y planetas son dioses
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 6. Que ni el universo entero ni los elementos son Dios, ni están dotados de vida
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del uso de la razón en la religión; y de los sueños, augurios, oráculos y portentos semejantes
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. Del mundo, de sus partes, de los elementos y de las estaciones
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las Parcas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la corrupción de los ángeles y de las dos clases de demonios
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 17. Que la astrología, la adivinación y las artes semejantes son invención de los demonios
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 20. De la filosofía y la verdad
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro III. De la falsa sabiduría de los filósofos
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 3. De qué materias consta la filosofía, y quién fue el principal fundador de la secta académica
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el conocimiento de muchas cosas es necesario
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 13 minCapítulo 7. Sobre la filosofía moral y el bien sumo
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del bien sumo, del culto del Dios verdadero y de la refutación de Anaxágoras
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la religión, la sabiduría y el bien sumo
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 13. De la inmortalidad del alma, y de la sabiduría, la filosofía y la elocuencia
  42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que Lucrecio y otros erraron, y el propio Cicerón, al fijar el origen de la sabiduría
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. El error de Séneca en la filosofía, y de qué modo el discurso de los filósofos está en desacuerdo con su vida
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 16. Que los filósofos que dan buenos preceptos viven mal, según el testimonio de Cicerón; por tanto, no debemos consagrarnos tanto al estudio de la filosofía como a la sabiduría
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 17. Pasa de la filosofía a los filósofos, comenzando por Epicuro; y cómo consideró a Leucipo y Demócrito como autores del error
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Los pitagóricos y estoicos, mientras sostienen la inmortalidad del alma, persuaden neciamente a una muerte voluntaria
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Cicerón y otros de los más sabios enseñan la inmortalidad del alma, pero de manera incrédula; y que una buena o mala muerte debe sopesarse según la vida anterior
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 20. Sócrates tuvo más conocimiento en filosofía que otros hombres, aunque en muchas cosas obró neciamente
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 22. De los preceptos de Platón y de las censuras de los mismos
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 24. De los antípodas, del cielo y de las estrellas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 26. Solo la instrucción divina otorga la sabiduría; y de cuánta eficacia es la ley de Dios
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. De la religión verdadera y de la naturaleza. Si la Fortuna es una diosa, y de la filosofía
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la Fortuna otra vez, y de la virtud
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 30. Conclusión de las cosas antes dichas; y por qué medios debemos pasar de la vanidad de los filósofos a la verdadera sabiduría, y al conocimiento del Dios verdadero, en el cual solamente están la virtud y la felicidad
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 2. Dónde ha de hallarse la sabiduría; por qué Pitágoras y Platón no se acercaron a los judíos
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 4. De la sabiduría asimismo, y de la religión, y del derecho de padre y señor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 6. Dios omnipotente engendró a su Hijo; y los testimonios de las Sibilas y de Trismegisto acerca de Él
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 9. Del Verbo de Dios
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la causa de la encarnación de Cristo
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 13. De Jesús, Dios y hombre; y los testimonios de los profetas acerca de Él
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del sacerdocio de Jesús predicho por los profetas
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la vida y los milagros de Jesús, y de los testimonios acerca de ellos
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la pasión de Jesucristo; que fue anunciada de antemano
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 17. De las supersticiones de los judíos y de su odio contra Jesús
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la Pasión del Señor, y que fue predicha
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 19. De la muerte, sepultura y resurrección de Jesús; y de las predicciones de estos acontecimientos
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ascensión de Jesús, y de su anuncio profético; y de la predicación y las obras de los discípulos
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 24. Refutación de los argumentos antes presentados a modo de objeción
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 25. Del advenimiento de Jesús en la carne y en el espíritu, para que fuera Mediador entre Dios y el hombre
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 5 minCapítulo 26. De la cruz, y otros tormentos de Jesús, y de la figura del cordero bajo la ley
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 27. De las maravillas efectuadas por el poder de la cruz, y de los demonios
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 28. De la esperanza y de la religión verdadera, y de la superstición
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 10 minCapítulo 30. De evitar las herejías y las supersticiones, y de cuál es la única y verdadera Iglesia Católica
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 2. Hasta qué punto la verdad cristiana ha sido atacada por hombres temerarios
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 3. De la verdad de la doctrina cristiana y de la vanidad de sus adversarios; y de que Cristo no fue un mago
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 4. Por qué se publicó esta obra, y de nuevo sobre Tertuliano y Cipriano
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 5. Había justicia verdadera bajo Saturno, pero fue desterrada por Júpiter
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la venida de Jesús y su fruto; y de las virtudes y vicios de aquella edad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 9. De los crímenes de los impíos y de las torturas infligidas a los cristianos
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. De la falsa piedad, y de la religión falsa y verdadera
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 12. De la verdadera virtud; y de la estimación de un ciudadano bueno o malo
  82. Sesión 82 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 14. De la fortaleza de los cristianos
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la locura, la sabiduría, la piedad, la equidad y la justicia
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 16. De los deberes del hombre justo y de la equidad de los cristianos
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 18. De la justicia, la sabiduría y la locura
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 19. De la virtud y de las torturas de los cristianos, y del derecho de un padre y de un señor
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del culto de los otros dioses y del Dios verdadero, y de los animales que adoraban los egipcios
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 22. Del furor de los demonios contra los cristianos, y del error de los incrédulos
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 23. De la justicia y de la paciencia de los cristianos
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 10 minCapítulo 24. De la venganza divina infligida a los verdugos de los cristianos
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 3. De los caminos, y de los vicios y las virtudes; y de los premios del cielo y los castigos del infierno
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4. De los caminos de la vida, de los placeres y también de las penalidades de los cristianos
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 5. De la virtud falsa y verdadera; y del conocimiento
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 6. Del bien sumo y de la virtud, y del conocimiento y de la justicia
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 7. Del camino del error y de la verdad: que es único, estrecho y escarpado, y tiene a Dios por guía
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la ley y el precepto de Dios; de la misericordia y del error de los filósofos
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 10. De la religión para con Dios y de la misericordia para con los hombres; y del principio del mundo
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 11. De las personas a quienes ha de conferirse un beneficio
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 12 minCapítulo 12. De los géneros de beneficencia y de las obras de misericordia
  100. Sesión 100 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 13. Del arrepentimiento, de la misericordia y del perdón de los pecados
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 14. De las afecciones y de la opinión de los estoicos acerca de ellas; y de la virtud, los vicios y la misericordia
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 16. De las afecciones y de la refutación de la opinión de los peripatéticos acerca de ellas; cuál es el uso adecuado de las afecciones y cuál es su mal uso
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 11 minCapítulo 18. De algunos mandatos de Dios y de la paciencia
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 19. De las afecciones y su uso; y de las tres Furias
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. De los placeres de los oídos y de la literatura sagrada
  106. Sesión 106 · Parte 19 · ≈ 11 minCapítulo 22. De los placeres del gusto y del olfato
  107. Sesión 107 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 24. Del arrepentimiento, del perdón y de los mandamientos de Dios
  108. Sesión 108 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del sacrificio, de la ofrenda digna de Dios y de la forma de alabar a Dios
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. Del error de los filósofos, de la sabiduría divina y de la edad de oro
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 3. De la naturaleza y del mundo; y censura de los estoicos y epicúreos
  111. Sesión 111 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 4. Que todas las cosas fueron creadas para algún uso, aun aquellas que parecen malas; por qué causa el hombre goza de razón en un cuerpo tan frágil
  112. Sesión 112 · Parte 20 · ≈ 12 minCapítulo 5. De la creación del hombre, del ordenamiento del mundo y del bien supremo
  113. Sesión 113 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 6. Por qué fueron creados el mundo y el hombre. Cuán inútil es el culto de los dioses falsos
  114. Sesión 114 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la variedad de los filósofos y de su verdad
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la inmortalidad del alma y de la virtud
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 4 minCapítulo 10. De los vicios y las virtudes, y de la vida y de la muerte
  117. Sesión 117 · Parte 21 · ≈ 13 minCapítulo 11. De los últimos tiempos, y del alma y del cuerpo
  118. Sesión 118 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 13. Del alma y de los testimonios acerca de su eternidad
  119. Sesión 119 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la devastación del mundo y del cambio de los imperios
  120. Sesión 120 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 16. De la devastación del mundo y de sus presagios proféticos
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la fortuna del mundo en el último tiempo, y de las cosas predichas por los adivinos
  122. Sesión 122 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21. De los tormentos y castigos de las almas
  123. Sesión 123 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 23. De la resurrección del alma y de las pruebas de este hecho
  124. Sesión 124 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 25. De los últimos tiempos y de la ciudad de Roma
  125. Sesión 125 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 27. Exhortación y confirmación de los piadosos
  126. Sesión 126 · Parte 22 · ≈ 6 minEpítome de las Instituciones Divinas
  127. Sesión 127 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 4.— Los testimonios de los filósofos acerca de la unidad de Dios
  128. Sesión 128 · Parte 22 · ≈ 3 minCapítulo 8.— De Esculapio, Apolo, Marte, Cástor y Pólux, y de Mercurio y Baco
  129. Sesión 129 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 10.— De Júpiter y de su vida licenciosa
  130. Sesión 130 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 20.— De los dioses propios de los romanos
  131. Sesión 131 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24.— Del origen de los ritos sagrados y de las supersticiones
  132. Sesión 132 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26.— Del culto de los elementos y de los astros
  133. Sesión 133 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 29.— De la paciencia y de la providencia de Dios
  134. Sesión 134 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Del conocimiento y de la suposición
  135. Sesión 135 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 34.— Que los hombres han nacido para la justicia
  136. Sesión 136 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 37.— De Sócrates y su contradicción
  137. Sesión 137 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 40.— De la necedad de los filósofos
  138. Sesión 138 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 44.— La doble natividad de Cristo es probada por los profetas
  139. Sesión 139 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 47.— De la resurrección de Jesucristo, del envío de los apóstoles y de la ascensión del Salvador al cielo
  140. Sesión 140 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 50.— Por qué Dios asumió un cuerpo mortal y padeció la muerte
  141. Sesión 141 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 53.— Se examinan y refutan las razones del odio contra los cristianos
  142. Sesión 142 · Parte 24 · ≈ 5 minCapítulo 56.— De la justicia, que es el culto del Dios verdadero
  143. Sesión 143 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificio
  144. Sesión 144 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 61.— De las pasiones
  145. Sesión 145 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas
  146. Sesión 146 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 67.— Del arrepentimiento, de la inmortalidad del alma y de la providencia
  147. Sesión 147 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 69.— De que el mundo fue hecho por causa del hombre, y el hombre por causa de Dios
  148. Sesión 148 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 71.— De los últimos tiempos
  149. Sesión 149 · Parte 25 · ≈ 4 minCapítulo 73.— La esperanza de la salvación está en la religión y en el culto de Dios

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — LACTANCIO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 25. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Instituciones divinas

    Hacia 303–311 · Traducción castellana del inglés de la serie Ante-Nicene Fathers43 minPosición: 0% de esta parteParte 25 de 25 · Capítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificioPublicado el Actualizado el Ref. ESC-LAC-01

    Leer por sesiones · 149 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I. Del falso culto de los dioses
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De que hay una providencia en los asuntos de los hombres
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 4. Que el Dios único fue predicho aun por los profetas
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. De los testimonios divinos, y de las Sibilas y sus predicciones
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre los testimonios de Apolo y de los dioses
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 9. De Hércules y de su vida y muerte
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que los estoicos trasladan a un sistema filosófico las ficciones de los poetas
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 13 minCapítulo 14. Qué enseña acerca de los dioses la historia sagrada de Evémero y Ennio
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 16. Con qué argumento se demuestra que aquellos que se distinguen por una diferencia de sexo no pueden ser dioses
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 18. Sobre la consagración de los dioses, a causa de los beneficios que confirieron a los hombres
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 19. Que es imposible que alguien adore al Dios verdadero junto con falsas deidades
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Quién fue el autor de las vanidades antes descritas en Italia entre los romanos, y quién entre las demás naciones
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 23. De las edades de las vanas supersticiones, y de los tiempos en que comenzaron
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 2. Cuál fue la primera causa de hacer imágenes; de la verdadera semejanza de Dios y de su verdadero culto
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que Cicerón y otros varones doctos erraron al no apartar al pueblo del error
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 4. De las imágenes, y de los ornamentos de los templos, y del desprecio en que aun los mismos paganos las tienen
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 5. Que solo Dios, creador de todas las cosas, ha de ser adorado, y no los elementos ni los cuerpos celestes; y se refuta la opinión de los estoicos, que piensan que los astros y planetas son dioses
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 6. Que ni el universo entero ni los elementos son Dios, ni están dotados de vida
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del uso de la razón en la religión; y de los sueños, augurios, oráculos y portentos semejantes
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. Del mundo, de sus partes, de los elementos y de las estaciones
    28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las Parcas
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la corrupción de los ángeles y de las dos clases de demonios
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 17. Que la astrología, la adivinación y las artes semejantes son invención de los demonios
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 20. De la filosofía y la verdad
    35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro III. De la falsa sabiduría de los filósofos
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 3. De qué materias consta la filosofía, y quién fue el principal fundador de la secta académica
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el conocimiento de muchas cosas es necesario
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 13 minCapítulo 7. Sobre la filosofía moral y el bien sumo
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del bien sumo, del culto del Dios verdadero y de la refutación de Anaxágoras
    40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la religión, la sabiduría y el bien sumo
    41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 13. De la inmortalidad del alma, y de la sabiduría, la filosofía y la elocuencia
    42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que Lucrecio y otros erraron, y el propio Cicerón, al fijar el origen de la sabiduría
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. El error de Séneca en la filosofía, y de qué modo el discurso de los filósofos está en desacuerdo con su vida
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 16. Que los filósofos que dan buenos preceptos viven mal, según el testimonio de Cicerón; por tanto, no debemos consagrarnos tanto al estudio de la filosofía como a la sabiduría
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 17. Pasa de la filosofía a los filósofos, comenzando por Epicuro; y cómo consideró a Leucipo y Demócrito como autores del error
    46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Los pitagóricos y estoicos, mientras sostienen la inmortalidad del alma, persuaden neciamente a una muerte voluntaria
    47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Cicerón y otros de los más sabios enseñan la inmortalidad del alma, pero de manera incrédula; y que una buena o mala muerte debe sopesarse según la vida anterior
    48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 20. Sócrates tuvo más conocimiento en filosofía que otros hombres, aunque en muchas cosas obró neciamente
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 22. De los preceptos de Platón y de las censuras de los mismos
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 24. De los antípodas, del cielo y de las estrellas
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 26. Solo la instrucción divina otorga la sabiduría; y de cuánta eficacia es la ley de Dios
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. De la religión verdadera y de la naturaleza. Si la Fortuna es una diosa, y de la filosofía
    53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la Fortuna otra vez, y de la virtud
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 30. Conclusión de las cosas antes dichas; y por qué medios debemos pasar de la vanidad de los filósofos a la verdadera sabiduría, y al conocimiento del Dios verdadero, en el cual solamente están la virtud y la felicidad
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 2. Dónde ha de hallarse la sabiduría; por qué Pitágoras y Platón no se acercaron a los judíos
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 4. De la sabiduría asimismo, y de la religión, y del derecho de padre y señor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 6. Dios omnipotente engendró a su Hijo; y los testimonios de las Sibilas y de Trismegisto acerca de Él
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 9. Del Verbo de Dios
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la causa de la encarnación de Cristo
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 13. De Jesús, Dios y hombre; y los testimonios de los profetas acerca de Él
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del sacerdocio de Jesús predicho por los profetas
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la vida y los milagros de Jesús, y de los testimonios acerca de ellos
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la pasión de Jesucristo; que fue anunciada de antemano
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 17. De las supersticiones de los judíos y de su odio contra Jesús
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la Pasión del Señor, y que fue predicha
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 19. De la muerte, sepultura y resurrección de Jesús; y de las predicciones de estos acontecimientos
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ascensión de Jesús, y de su anuncio profético; y de la predicación y las obras de los discípulos
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 24. Refutación de los argumentos antes presentados a modo de objeción
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 25. Del advenimiento de Jesús en la carne y en el espíritu, para que fuera Mediador entre Dios y el hombre
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 5 minCapítulo 26. De la cruz, y otros tormentos de Jesús, y de la figura del cordero bajo la ley
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 27. De las maravillas efectuadas por el poder de la cruz, y de los demonios
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 28. De la esperanza y de la religión verdadera, y de la superstición
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 10 minCapítulo 30. De evitar las herejías y las supersticiones, y de cuál es la única y verdadera Iglesia Católica
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 2. Hasta qué punto la verdad cristiana ha sido atacada por hombres temerarios
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 3. De la verdad de la doctrina cristiana y de la vanidad de sus adversarios; y de que Cristo no fue un mago
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 4. Por qué se publicó esta obra, y de nuevo sobre Tertuliano y Cipriano
    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 5. Había justicia verdadera bajo Saturno, pero fue desterrada por Júpiter
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la venida de Jesús y su fruto; y de las virtudes y vicios de aquella edad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 9. De los crímenes de los impíos y de las torturas infligidas a los cristianos
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. De la falsa piedad, y de la religión falsa y verdadera
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 12. De la verdadera virtud; y de la estimación de un ciudadano bueno o malo
    82. Sesión 82 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 14. De la fortaleza de los cristianos
    83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la locura, la sabiduría, la piedad, la equidad y la justicia
    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 16. De los deberes del hombre justo y de la equidad de los cristianos
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 18. De la justicia, la sabiduría y la locura
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 19. De la virtud y de las torturas de los cristianos, y del derecho de un padre y de un señor
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del culto de los otros dioses y del Dios verdadero, y de los animales que adoraban los egipcios
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 22. Del furor de los demonios contra los cristianos, y del error de los incrédulos
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 23. De la justicia y de la paciencia de los cristianos
    90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 10 minCapítulo 24. De la venganza divina infligida a los verdugos de los cristianos
    91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 3. De los caminos, y de los vicios y las virtudes; y de los premios del cielo y los castigos del infierno
    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4. De los caminos de la vida, de los placeres y también de las penalidades de los cristianos
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 5. De la virtud falsa y verdadera; y del conocimiento
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 6. Del bien sumo y de la virtud, y del conocimiento y de la justicia
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 7. Del camino del error y de la verdad: que es único, estrecho y escarpado, y tiene a Dios por guía
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la ley y el precepto de Dios; de la misericordia y del error de los filósofos
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 10. De la religión para con Dios y de la misericordia para con los hombres; y del principio del mundo
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 11. De las personas a quienes ha de conferirse un beneficio
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 12 minCapítulo 12. De los géneros de beneficencia y de las obras de misericordia
    100. Sesión 100 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 13. Del arrepentimiento, de la misericordia y del perdón de los pecados
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 14. De las afecciones y de la opinión de los estoicos acerca de ellas; y de la virtud, los vicios y la misericordia
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 16. De las afecciones y de la refutación de la opinión de los peripatéticos acerca de ellas; cuál es el uso adecuado de las afecciones y cuál es su mal uso
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 11 minCapítulo 18. De algunos mandatos de Dios y de la paciencia
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 19. De las afecciones y su uso; y de las tres Furias
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. De los placeres de los oídos y de la literatura sagrada
    106. Sesión 106 · Parte 19 · ≈ 11 minCapítulo 22. De los placeres del gusto y del olfato
    107. Sesión 107 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 24. Del arrepentimiento, del perdón y de los mandamientos de Dios
    108. Sesión 108 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del sacrificio, de la ofrenda digna de Dios y de la forma de alabar a Dios
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. Del error de los filósofos, de la sabiduría divina y de la edad de oro
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 3. De la naturaleza y del mundo; y censura de los estoicos y epicúreos
    111. Sesión 111 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 4. Que todas las cosas fueron creadas para algún uso, aun aquellas que parecen malas; por qué causa el hombre goza de razón en un cuerpo tan frágil
    112. Sesión 112 · Parte 20 · ≈ 12 minCapítulo 5. De la creación del hombre, del ordenamiento del mundo y del bien supremo
    113. Sesión 113 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 6. Por qué fueron creados el mundo y el hombre. Cuán inútil es el culto de los dioses falsos
    114. Sesión 114 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la variedad de los filósofos y de su verdad
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la inmortalidad del alma y de la virtud
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 4 minCapítulo 10. De los vicios y las virtudes, y de la vida y de la muerte
    117. Sesión 117 · Parte 21 · ≈ 13 minCapítulo 11. De los últimos tiempos, y del alma y del cuerpo
    118. Sesión 118 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 13. Del alma y de los testimonios acerca de su eternidad
    119. Sesión 119 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la devastación del mundo y del cambio de los imperios
    120. Sesión 120 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 16. De la devastación del mundo y de sus presagios proféticos
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la fortuna del mundo en el último tiempo, y de las cosas predichas por los adivinos
    122. Sesión 122 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21. De los tormentos y castigos de las almas
    123. Sesión 123 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 23. De la resurrección del alma y de las pruebas de este hecho
    124. Sesión 124 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 25. De los últimos tiempos y de la ciudad de Roma
    125. Sesión 125 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 27. Exhortación y confirmación de los piadosos
    126. Sesión 126 · Parte 22 · ≈ 6 minEpítome de las Instituciones Divinas
    127. Sesión 127 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 4.— Los testimonios de los filósofos acerca de la unidad de Dios
    128. Sesión 128 · Parte 22 · ≈ 3 minCapítulo 8.— De Esculapio, Apolo, Marte, Cástor y Pólux, y de Mercurio y Baco
    129. Sesión 129 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 10.— De Júpiter y de su vida licenciosa
    130. Sesión 130 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 20.— De los dioses propios de los romanos
    131. Sesión 131 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24.— Del origen de los ritos sagrados y de las supersticiones
    132. Sesión 132 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26.— Del culto de los elementos y de los astros
    133. Sesión 133 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 29.— De la paciencia y de la providencia de Dios
    134. Sesión 134 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Del conocimiento y de la suposición
    135. Sesión 135 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 34.— Que los hombres han nacido para la justicia
    136. Sesión 136 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 37.— De Sócrates y su contradicción
    137. Sesión 137 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 40.— De la necedad de los filósofos
    138. Sesión 138 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 44.— La doble natividad de Cristo es probada por los profetas
    139. Sesión 139 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 47.— De la resurrección de Jesucristo, del envío de los apóstoles y de la ascensión del Salvador al cielo
    140. Sesión 140 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 50.— Por qué Dios asumió un cuerpo mortal y padeció la muerte
    141. Sesión 141 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 53.— Se examinan y refutan las razones del odio contra los cristianos
    142. Sesión 142 · Parte 24 · ≈ 5 minCapítulo 56.— De la justicia, que es el culto del Dios verdadero
    143. Sesión 143 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificio
    144. Sesión 144 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 61.— De las pasiones
    145. Sesión 145 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas
    146. Sesión 146 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 67.— Del arrepentimiento, de la inmortalidad del alma y de la providencia
    147. Sesión 147 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 69.— De que el mundo fue hecho por causa del hombre, y el hombre por causa de Dios
    148. Sesión 148 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 71.— De los últimos tiempos
    149. Sesión 149 · Parte 25 · ≈ 4 minCapítulo 73.— La esperanza de la salvación está en la religión y en el culto de Dios

    Capítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificio

    Epítome, 58

    He hablado de la justicia, de cuál era su naturaleza. Síguese que muestre qué es el verdadero sacrificio para Dios, cuál es la manera más justa de adorarlo, no sea que alguno piense que Dios desea víctimas, perfumes o dones preciosos; el cual, si no está sujeto al hambre, a la sed, al frío ni al deseo de todas las cosas terrenas, no hace uso, por tanto, de todas estas cosas que se presentan en los templos y a los dioses de la tierra; sino que, así como las ofrendas corporales son necesarias para los seres corporales, manifiestamente un sacrificio incorpóreo es necesario para un ser incorpóreo. Mas Dios no tiene necesidad de aquellas cosas que ha dado al hombre para su uso, puesto que toda la tierra está bajo su poder: no necesita un templo, ya que el mundo es su morada; no necesita una imagen, ya que es incomprensible tanto para los ojos como para la mente; no necesita luces terrenas, pues pudo encender la luz del sol, con los demás astros, para uso del hombre. ¿Qué exige, pues, Dios del hombre sino el culto de la mente, que es pura y santa? Porque aquellas cosas que se hacen con las manos, o que están fuera del hombre, son insensatas, frágiles y desagradables. Éste es el verdadero sacrificio, que no se saca del cofre sino del corazón; no el que se ofrece con la mano, sino con la mente. Ésta es la víctima aceptable, la que la mente sacrifica de sí misma. Pues ¿qué confieren las víctimas? ¿Qué el incienso? ¿Qué las vestiduras? ¿Qué la plata? ¿Qué el oro? ¿Qué las piedras preciosas, si no hay una mente pura por parte del adorador? Por tanto, es sólo la justicia lo que Dios exige. En ésta está el sacrificio; en ésta, el culto de Dios, acerca del cual debo hablar ahora, y mostrar en qué obras debe necesariamente estar contenida la justicia.

    Capítulo 59.— De los caminos de la vida y de los primeros tiempos del mundo

    Epítome, 59

    Que hay dos caminos de la vida humana no fue desconocido ni para los filósofos ni para los poetas, pero ambos los presentaron de distinta manera. Los filósofos quisieron que el uno fuera el camino de la laboriosidad, el otro de la ociosidad; mas en esto fueron menos acertados en sus afirmaciones, porque los refirieron sólo a las ventajas de esta vida. Mejor hablaron los poetas, quienes dijeron que uno de ellos era el camino de los justos, el otro el de los injustos; pero yerran en esto: en que dicen que no están en esta vida, sino en las sombras de abajo. Nosotros hablamos manifiestamente con más acierto, al decir que el uno es el camino de la vida, el otro el de la muerte. Y decimos, ciertamente, que aquí hay dos caminos; mas el uno, a la derecha, por el cual andan los justos, no conduce al Elíseo sino al cielo, pues se hacen inmortales; el otro, a la izquierda, conduce al Tártaro, pues los injustos son condenados a tormentos eternos. Por tanto, el camino de la justicia, que lleva a la vida, ha de ser seguido por nosotros. Ahora bien, el primer deber de la justicia es reconocer a Dios como padre, y temerlo como amo, amarlo como padre. Pues el mismo Ser que nos engendró, que nos animó con aliento vital, que nos alimenta y nos conserva, tiene sobre nosotros, no sólo como padre sino también como amo, autoridad para corregirnos y poder de vida y muerte; por lo cual se le debe del hombre un doble honor, a saber, amor unido al temor. El segundo deber de la justicia es reconocer al hombre como hermano. Pues si el mismo Dios nos hizo, y produjo a todos los hombres en términos iguales para la justicia y la vida eterna, es manifiesto que estamos unidos por el parentesco de la hermandad; y quien no reconoce esto es injusto. Mas el origen de este mal, por el cual la sociedad mutua de los hombres, por el cual el vínculo del parentesco ha sido desgarrado, surge de la ignorancia del Dios verdadero. Pues quien ignora aquella fuente de munificencia, de ningún modo puede ser bueno. De aquí proviene que, desde el tiempo en que una multitud de dioses comenzó a ser consagrada y adorada por los hombres, puesta en fuga la justicia, como cuentan los poetas, todo pacto fue destruido, la comunidad de la justicia humana fue destruida. Entonces cada uno, consultando su propio interés, consideró que la fuerza era derecho, perjudicó a otro, atacó con fraudes, engañó con traición, acrecentó sus propias ventajas con la incomodidad de otros, no perdonó a parientes, hijos o padres, preparó copas envenenadas para destrucción de los hombres, asaltó los caminos con la espada, infestó los mares, dio rienda a su lujuria, adondequiera que la pasión lo llevara; en suma, nada estimó sagrado que su terrible deseo no violara. Cuando se hacían estas cosas, entonces los hombres instituyeron leyes para sí mismos en pro de la utilidad pública, para protegerse entretanto de las injurias. Mas el temor de las leyes no suprimió los crímenes, sino que reprimió la licencia. Pues las leyes pudieron castigar las ofensas, no pudieron castigar la conciencia. Por tanto, las cosas que antes se hacían abiertamente comenzaron a hacerse en secreto. La justicia también fue eludida a hurtadillas, pues los que presidían la administración de las leyes, corrompidos por dádivas y recompensas, traficaban con sus sentencias, ya para la liberación del malvado, ya para la destrucción del bueno. A estas cosas se añadieron disensiones, guerras y depredaciones mutuas; y aplastadas las leyes, se asumió sin freno el poder de obrar con violencia.

    Capítulo 60.— De los deberes de la justicia

    Epítome, 60

    Cuando los asuntos de los hombres se hallaban en esta condición, Dios se compadeció de nosotros, se reveló y se mostró a nosotros, para que en Él mismo aprendiéramos la religión, la fe, la pureza y la misericordia; para que, dejando a un lado el error de nuestra vida anterior, juntamente con Dios mismo nos conociéramos a nosotros, a quienes la impiedad había apartado de Él, y eligiéramos la ley divina, que une las cosas humanas con las celestiales, entregándonosla el Señor mismo; por cuya ley todos los errores con que hemos quedado enredados, juntamente con las vanas e impías supersticiones, pudieran ser suprimidos. Así pues, lo que debemos al hombre está prescrito por esa misma ley divina que enseña que cuanto haces al hombre, a Dios se lo haces. Pero la raíz de la justicia y el fundamento entero de la equidad consiste en que no hagas aquello que no querrías sufrir, y en que midas los sentimientos del otro por los tuyos propios. Si es desagradable soportar una injuria, y quien la ha hecho parece injusto, transfiere a la persona de otro aquello que sientes respecto de ti mismo, y a tu propia persona aquello que juzgas respecto del otro, y comprenderás que obras tan injustamente si injurias a otro como lo haría otro si te injuriara a ti. Si consideramos estas cosas, mantendremos la inocencia, en la cual se contiene, por así decirlo, el primer paso de la justicia. Pues lo primero es no injuriar; lo segundo, ser útil. Y como en las tierras incultas, antes de comenzar a sembrar, los campos deben limpiarse arrancando los espinos y cortando todas las raíces de los troncos, así los vicios deben ser primero arrojados de nuestras almas, y luego, por fin, han de implantarse las virtudes, de las cuales broten los frutos de la inmortalidad, engendrados por la palabra de Dios.

    Capítulo 61.— De las pasiones

    Epítome, 61

    Hay tres pasiones o, por así decirlo, tres furias que excitan tan grandes perturbaciones en las almas de los hombres, y a veces los obligan a ofender de tal modo que no les permiten atender ni a su reputación ni a su seguridad personal: éstas son la ira, que desea la venganza; el amor de ganancia, que anhela riquezas; y la lujuria, que busca los placeres. Ante todo debemos resistir estos vicios: estos troncos deben ser arrancados de raíz para que puedan implantarse las virtudes. Los estoicos opinan que estas pasiones deben ser cortadas; los peripatéticos piensan que deben ser refrenadas. Ni unos ni otros juzgan rectamente, porque no pueden ser enteramente quitadas, ya que están implantadas por la naturaleza y tienen una influencia segura y grande; ni tampoco pueden ser disminuidas, puesto que, si son malas, deberíamos estar sin ellas, aun refrenadas y usadas con moderación; si son buenas, deberíamos usarlas en su plenitud. Pero nosotros decimos que no deben ser quitadas ni disminuidas. Pues no son malas de por sí, puesto que Dios las ha implantado razonablemente en nosotros; pero, siendo claramente buenas por naturaleza —pues nos han sido dadas para la protección de la vida—, se vuelven malas por su mal uso. Y así como la valentía, si luchas en defensa de tu patria, es un bien, y si contra tu patria, es un mal, así las pasiones, si las empleas para buenos fines, serán virtudes; si para usos malos, se llamarán vicios. La ira, pues, ha sido dada por Dios para la represión de las ofensas, es decir, para gobernar la disciplina de los súbditos, a fin de que el temor reprima la licencia y contenga la audacia. Pero los que ignoran sus límites se airan contra sus iguales, o incluso contra sus superiores. De aquí se precipitan a las crueldades, de aquí se levantan a las matanzas, de aquí a las guerras. El amor de ganancia también ha sido dado para que deseemos y busquemos lo necesario para la vida. Pero los que desconocen sus límites se esfuerzan insaciablemente por amontonar riquezas. De aquí han brotado los envenenamientos, de aquí los engaños, de aquí los testamentos falsos, de aquí toda clase de fraudes. Además, la pasión de la lujuria está implantada e innata en nosotros para la procreación de los hijos; pero los que no fijan sus límites en la mente la usan sólo para el placer. De allí provienen los amores ilícitos, de allí los adulterios y los desenfrenos, de allí toda clase de corrupción. Estas pasiones, por tanto, deben mantenerse dentro de sus límites y dirigirse a su recto curso, en el cual, aunque sean vehementes, no pueden incurrir en culpa.

    Capítulo 62.— De refrenar los placeres de los sentidos

    Epítome, 62

    La ira debe refrenarse cuando sufrimos una injuria, para que se reprima el mal que es inminente por una contienda, y para que conservemos dos de las mayores virtudes: la inocencia y la paciencia. Quebrántese el deseo de ganancia cuando tengamos lo suficiente. Pues ¿qué locura es afanarse en amontonar aquellas cosas que han de pasar a otros, ya por robo, ya por hurto, ya por proscripción, ya por muerte? Que la lujuria no traspase el lecho conyugal, sino que esté subordinada a la procreación de los hijos. Porque un afán demasiado grande de placer produce peligro y engendra deshonra, y lo que especialmente debe evitarse, conduce a la muerte eterna. Nada es tan odioso a Dios como una mente deshonesta y un alma impura. Y nadie piense que debe abstenerse sólo de ese placer [que se obtiene de la unión con el cuerpo de la mujer], sino también de los otros placeres que provienen de los demás sentidos, porque también ellos son de por sí viciosos, y es propio de la misma virtud despreciarlos. El placer de los ojos se deriva de la hermosura de los objetos; el de los oídos, de los sonidos armoniosos y agradables; el de las narices, del olor agradable; el del gusto, del alimento dulce; y a todos éstos la virtud debe resistir con firmeza, no sea que, enredada en estos atractivos, el alma sea deprimida de las cosas celestiales a las terrenas, de las eternas a las temporales, de la vida inmortal al castigo perpetuo. En los placeres del gusto y del olfato existe este peligro: que pueden arrastrarnos a la lujuria. Pues quien se entregue a estas cosas, o no tendrá bienes, o, si los tuviere, los gastará, y después vivirá una vida abominable. Pero el que se deja arrastrar por el oído (por no decir nada de los cantos, que a menudo encantan los sentidos más íntimos hasta el punto de perturbar con locura un estado asentado de la mente mediante ciertos discursos elaboradamente compuestos y poemas armoniosos, o hábiles disputas) es fácilmente desviado a un culto impío. De aquí que quienes son elocuentes ellos mismos, o prefieren leer escritos elocuentes, no crean fácilmente las sagradas Escrituras, porque les parecen no pulidas; no buscan las cosas verdaderas, sino las agradables; más aún, les parecen más verdaderas aquellas cosas que halagan los oídos. Así rechazan la verdad, mientras quedan cautivados por la dulzura del discurso. Pero el placer que se refiere a la vista es múltiple. Pues el que se deriva de la hermosura de objetos preciosos excita la avaricia, la cual debe estar muy lejos del hombre sabio y justo; pero el que se recibe de la apariencia de la mujer arrastra al hombre a otro placer, del que ya hemos hablado antes arriba.

    Capítulo 63.— De que los espectáculos tienen grandísimo poder para corromper los ánimos

    Epítome, 63

    Resta hablar de los espectáculos públicos, los cuales, puesto que tienen una influencia más poderosa en la corrupción del ánimo, deben ser evitados por los sabios y enteramente guardados, porque se dice que fueron instituidos en celebración de los honores de los dioses. Pues las exhibiciones de los espectáculos son fiestas de Saturno. El escenario pertenece al Padre Líber; y los juegos circenses se supone que están dedicados a Neptuno: de modo que quien participa en estos espectáculos parece haber abandonado el culto de Dios y haberse pasado a ritos profanos. Pero prefiero hablar del asunto mismo más que de su origen. ¿Qué hay tan horrendo, qué tan inmundo, como la matanza de un hombre? Por eso nuestra vida está protegida por leyes severísimas; por eso las guerras son detestables. Sin embargo, la costumbre halla cómo un hombre puede cometer homicidio sin guerra y sin leyes; y esto le es un placer: haber vengado una culpa. Pero si estar presente en un homicidio implica conciencia de culpa, y el espectador queda envuelto en la misma culpa que el perpetrador, entonces, en estas matanzas de gladiadores, quien es espectador no queda menos salpicado de sangre que quien la derrama; ni puede estar libre de la culpa de la sangre derramada quien quiso que se vertiera, ni parecer que no ha matado quien favoreció al matador y pidió una recompensa para él. ¿Y el escenario? ¿Es acaso más santo —en el cual la comedia trata de desenfrenos y amores, y la tragedia de incesto y parricidio? Los gestos inmodestos de los actores, con los que imitan a mujeres de mala reputación, enseñan las concupiscencias que expresan con la danza. Pues la pantomima es una escuela de corrupción, en la cual las cosas vergonzosas se representan con figuración, para que las cosas verdaderas se hagan sin vergüenza. Estos espectáculos los contemplan los jóvenes, cuya edad peligrosa, que debería ser refrenada y gobernada, es ejercitada por estas representaciones en vicios y pecados. El circo, en verdad, se considera más inocente, pero hay en él mayor locura, pues los ánimos de los espectadores se transportan con tan gran locura que no sólo prorrumpen en injurias, sino que a menudo se levantan a contiendas, batallas y disputas. Por tanto, todos los espectáculos han de evitarse, para que podamos mantener un estado de ánimo tranquilo. Debemos renunciar a los placeres dañinos, no sea que, encantados por su pestilente dulzura, caigamos en los lazos de la muerte.

    Capítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas

    Epítome, 64

    Que sólo la virtud nos agrade, cuyo premio es inmortal cuando ha vencido al placer. Pero, una vez vencidas las pasiones y dominados los placeres, el trabajo de reprimir las demás cosas es fácil para quien es seguidor de Dios y de la verdad: no injuriará jamás quien espere de Dios una bendición; no cometerá perjurio, no sea que se burle de Dios; pero ni siquiera jurará, no sea que alguna vez, ya por necesidad o por costumbre, caiga en perjurio. No hablará nada con engaño, nada con disimulo; no rehusará lo que ha prometido, ni prometerá lo que no puede cumplir; no envidiará a nadie, pues está contento consigo mismo y con sus propios bienes; ni quitará lo suyo ni deseará mal a otro, sobre quien, quizá, los beneficios de Dios se derraman más abundantemente. No hurtará, ni codiciará absolutamente nada de otro. No dará su dinero a usura, pues eso es buscar ganancia de los males ajenos; pero tampoco rehusará prestar, si la necesidad obligare a alguno a pedir prestado. No debe ser duro con un hijo ni con un esclavo: debe recordar que él mismo tiene un Padre y un Señor. Con éstos obrará de tal modo como querría que otros obrasen con él. No recibirá regalos excesivos de quienes tienen menos recursos que él; pues no es justo que los bienes de los ricos se acrecienten con las pérdidas de los desdichados.
    Es un precepto antiguo no matar, el cual no debe tomarse en este sentido, como si se nos mandara abstenernos sólo del homicidio, que es castigado aun por las leyes públicas. Sino que, por la intervención de este mandato, no nos será lícito poner en peligro de muerte con la palabra, ni matar o exponer a un infante, ni condenarse uno mismo con una muerte voluntaria. Asimismo se nos manda no cometer adulterio; pero con este precepto no sólo se nos prohíbe mancillar el matrimonio de otro, lo cual es condenado aun por el común derecho de gentes, sino también abstenernos de quienes prostituyen su persona. Pues la ley de Dios está por encima de todas las leyes; prohíbe aun aquellas cosas que se estiman lícitas, para cumplir la justicia. Es parte de la misma ley no dar falso testimonio, y esto también tiene un sentido más amplio. Pues si el falso testimonio mediante la mentira es injurioso para aquel contra quien se dice, y engaña a aquel en cuya presencia se dice, por tanto nunca debemos hablar falsedad, porque la mentira siempre engaña o injuria. Por consiguiente, no es justo quien, aun sin causar injuria, habla en conversación ociosa. Ni tampoco le es lícito adular, pues la adulación es perniciosa y engañosa; sino que en todas partes guardará la verdad. Y aunque esto pueda ser desagradable por el momento, sin embargo, cuando aparezcan su ventaja y utilidad, no producirá odio, como dice el poeta, sino gratitud.

    Capítulo 65.— Preceptos acerca de las cosas que se mandan, y de la piedad

    Epítome, 65

    He hablado de las cosas que están prohibidas; ahora diré brevemente cuáles son las que se mandan. Estrechamente unida con la inocencia está la piedad. Pues aquélla no causa injuria, ésta obra el bien; aquélla comienza la justicia, ésta la completa. Pues, siendo la naturaleza de los hombres más débil que la de los demás animales, a los cuales Dios ha provisto de medios para inferir violencia y de defensas para rechazarla, nos ha dado a nosotros el afecto de la piedad, para que pongamos toda la protección de nuestra vida en la ayuda mutua. Porque si hemos sido creados por un solo Dios y descendemos de un solo hombre, y así estamos unidos por la ley de la consanguinidad, por esta razón debemos amar a todo hombre; y por tanto estamos obligados no sólo a abstenernos de causar injuria, sino ni siquiera a vengarla cuando se nos inflige, para que haya en nosotros completa inocencia. Y por esto Dios nos manda orar siempre aun por nuestros enemigos. Por tanto, debemos ser un animal apto para la compañía y la sociedad, a fin de protegernos mutuamente dando y recibiendo auxilio. Pues nuestra fragilidad está expuesta a muchos accidentes e incomodidades. Espera que lo que ves que ha sucedido a otro te suceda también a ti. Así, al fin, te sentirás movido a prestar ayuda, si asumes el ánimo de aquel que, puesto en males, implora tu auxilio. Si alguno tiene necesidad de alimento, démoselo; si alguno sale a nuestro encuentro desnudo, vistámoslo; si alguno sufre injuria de otro más poderoso que él, rescatémoslo. Tengamos nuestra casa abierta a los forasteros o a los que necesitan refugio. No falte nuestra defensa a los pupilos, ni nuestra protección a los indefensos. Rescatar a los cautivos es una obra grande de piedad, y también visitar y consolar a los enfermos que están en la pobreza. Si los desamparados o forasteros mueren, no permitamos que yazcan sin sepultura. Éstas son las obras, éstos los deberes de la piedad; y si alguno emprende estas cosas, ofrecerá a Dios un sacrificio verdadero y aceptable. Esta víctima es más apta para la ofrenda a Dios, quien no se aplaca con la sangre de una oveja, sino con la piedad del hombre, a quien Dios, porque es justo, persigue con su propia ley y con su propia condición. Muestra misericordia a quien ve misericordioso; es inexorable con quien ve duro para con los que le suplican. Por tanto, para que podamos hacer todas estas cosas, que son agradables a Dios, el dinero ha de ser despreciado y transferido a tesoros celestiales, donde ni el ladrón puede forzar, ni el orín corromper, ni el tirano arrebatar, sino que se nos conserva bajo la custodia de Dios para nuestra riqueza eterna.

    Capítulo 66.— De la fe en la religión y de la fortaleza

    Epítome, 66

    La fe es también gran parte de la justicia; y esta debe ser especialmente conservada por nosotros, que llevamos el nombre de la fe, sobre todo en la religión, porque Dios está antes y ha de ser preferido al hombre. Y si es cosa gloriosa sufrir la muerte en favor de los amigos, de los padres y de los hijos, es decir, en favor del hombre, y si quien ha hecho esto alcanza memoria y alabanza duraderas, ¿cuánto más en favor de Dios, que puede otorgar la vida eterna a cambio de la muerte temporal? Por tanto, cuando sobreviene una necesidad de este género, la de vernos obligados a apartarnos de Dios y a pasar a los ritos de los paganos, ningún temor, ningún terror debe apartarnos de guardar la fe que se nos ha entregado. Tengamos a Dios ante los ojos, en el corazón; con cuya ayuda interior podamos vencer el dolor de nuestra carne y los tormentos aplicados a nuestro cuerpo. Entonces no pensemos en otra cosa sino en las recompensas de una vida inmortal. Y así, aunque nuestros miembros sean despedazados o quemados, soportaremos fácilmente todo cuanto la locura de una crueldad tiránica maquine contra nosotros. Por último, esforcémonos por afrontar la muerte misma, no de mala gana ni con timidez, sino de buen grado y sin desmayo, como quienes saben qué gloria estamos a punto de tener en la presencia de Dios, después de haber triunfado sobre el mundo y de llegar a las cosas que nos han sido prometidas; con qué bienes y con cuán grande bienaventuranza se nos compensará por estos breves males de los castigos y por las injurias de esta vida. Mas si faltare la ocasión de esta gloria, la fe tendrá su recompensa aun en la paz.
    Obsérvese, pues, en todos los deberes de la vida; obsérvese en el matrimonio. Pues no basta abstenerse del lecho ajeno o del prostíbulo. Quien tiene esposa no busque nada más; antes bien, contento con ella sola, guarde castos y sin mancha los misterios del lecho conyugal. Pues igualmente es adúltero ante Dios e impuro quien, sacudido el yugo, se entrega a placer extraño, ya sea con mujer libre o con esclava. Mas así como la mujer está ligada por los vínculos de la castidad para no desear a ningún otro hombre, así esté ligado el marido por la misma ley, puesto que Dios ha unido al marido y a la mujer en la unión de un solo cuerpo. Por esto ha mandado que la esposa no sea repudiada sino convicta de adulterio, y que el vínculo del pacto conyugal jamás se disuelva, a menos que la infidelidad lo haya roto. Añádase también, para la plenitud de la castidad, que no solo no haya ofensa, sino ni siquiera pensamiento. Pues es evidente que la mente queda manchada por el deseo, aunque no se haya consumado; y así, el hombre justo ni debe hacer ni debe desear hacer lo que es injusto. Por tanto, ha de purificarse la conciencia; pues Dios, que no puede ser engañado, la examina. El pecho debe ser limpiado de toda mancha, para que sea templo de Dios, alumbrado no por el brillo del oro ni del marfil, sino por el resplandor de la fe y de la pureza.

    Capítulo 67.— Del arrepentimiento, de la inmortalidad del alma y de la providencia

    Epítome, 67

    Mas es verdad que todas estas cosas son difíciles para el hombre, y la condición de su fragilidad no permite que nadie esté sin mancha. Por tanto, el último remedio es este: que recurramos al arrepentimiento, el cual no ocupa el lugar menor entre las virtudes, porque es una corrección de uno mismo; de modo que cuando hayamos faltado, ya sea de obra o de palabra, volvamos al instante a mejor ánimo, confesemos que hemos ofendido y supliquemos el perdón de Dios, el cual, según su misericordia, no lo negará sino a quienes persisten en su error. Grande es el auxilio, grande el consuelo del arrepentimiento. Es la curación de las heridas y de las ofensas, la esperanza, el puerto de seguridad; y quien quita esto se corta a sí mismo el camino de la salvación, porque nadie puede ser tan justo que jamás le sea necesario el arrepentimiento. Mas nosotros, aunque no tengamos ofensa alguna, debemos confesarnos ante Dios, suplicar perdón por nuestras faltas y dar gracias aun en los males. Ofrezcamos siempre esta obediencia a nuestro Señor. Pues la humildad es cara y amable a los ojos de Dios; y puesto que Él recibe antes al pecador que confiesa su falta que al justo soberbio, ¡cuánto más recibirá al justo que confiesa, y lo exaltará en su reino celestial en proporción a su humildad! Estas son las cosas que el adorador de Dios debe ofrecer; estas son las víctimas, este el sacrificio que es acepto; este es el culto verdadero, cuando el hombre ofrece sobre el altar de Dios las prendas de su propia mente. Aquella suprema Majestad se complace en un adorador así, pues lo recibe como hijo y le concede la recompensa adecuada de la inmortalidad, de la cual debo hablar ahora y refutar la persuasión de quienes piensan que el alma es destruida juntamente con el cuerpo. Pues como ni conocieron a Dios ni pudieron percibir el misterio del mundo, ni siquiera comprendieron la naturaleza del hombre y del alma. Pues ¿cómo podían ver las consecuencias quienes no poseían el punto principal? Por tanto, al negar la existencia de una providencia, negaron claramente la existencia de Dios, que es la fuente y el origen de todas las cosas. De ello se seguía que debían afirmar, o bien que las cosas que existen han existido siempre, o bien que fueron producidas por sí mismas, o que surgieron del concurso de minúsculas semillas.
    No puede decirse que aquello que existe y es visible haya existido siempre; pues no puede existir por sí mismo sin algún principio. Mas nada puede ser producido por su propio arbitrio, porque no hay naturaleza sin alguien que la engendre. Pero ¿cómo podría haber semillas originales, si las semillas surgen de los objetos y los objetos, a su vez, de las semillas? Por tanto, no hay semilla que no tenga origen. Así sucedió que, al suponer que el mundo no fue producido por providencia alguna, tampoco supusieron que el hombre hubiera sido producido por plan alguno. Mas si en la creación del hombre no se empleó plan alguno, entonces el alma no puede ser inmortal. Otros, en cambio, pensaron que hay un solo Dios, que el mundo fue hecho por Él y hecho por causa de los hombres, y que las almas son inmortales. Pero aunque tuvieron sentimientos verdaderos, no percibieron las causas, ni las razones, ni los desenlaces de esta obra y designio divinos, de modo que completaran todo el misterio de la verdad y lo abarcaran dentro de algún límite. Mas aquello que ellos no pudieron hacer, porque no poseyeron la verdad en su integridad, debe ser hecho por nosotros, que la conocemos por el anuncio de Dios.

    Capítulo 68.— Del mundo, del hombre y de la providencia de Dios

    Epítome, 68

    Consideremos, pues, cuál fue el plan de hacer esta obra tan grande y tan inmensa. Dios hizo el mundo, como pensó Platón, pero no muestra por qué lo hizo. Porque es bueno, dice, y de nadie envidioso, hizo las cosas que son buenas. Pero vemos que en el sistema de la naturaleza hay cosas a la vez buenas y malas. Podría presentarse alguna persona perversa, como lo fue aquel ateo Teodoro, y responder a Platón: No, porque es malo, hizo las cosas que son malas. ¿Cómo lo refutará? Si Dios hizo las cosas que son buenas, ¿de dónde brotaron tan grandes males que, en su mayor parte, incluso prevalecen sobre las cosas buenas? Estaban contenidos, dice, en la materia. Si había males, por tanto, también había bienes; de modo que, o bien Dios no hizo nada, o si hizo solo cosas buenas, las cosas malas que no fueron hechas son más eternas que las cosas buenas que tuvieron principio. Por tanto, las cosas que en algún momento comenzaron tendrán fin, y las que siempre existieron serán permanentes. Luego los males son preferibles. Mas si no pueden ser preferibles, tampoco pueden ser más eternos. Por tanto, o siempre existieron, y Dios ha estado inactivo, o ambos fluyeron de una sola fuente. Pues está más conforme a la razón que Dios hizo todas las cosas, a que no hizo nada.
    Por tanto, según el sentir de Platón, el mismo Dios es a la vez bueno, porque hizo cosas buenas, y malo, porque hizo cosas malas. Y si esto no puede ser, es evidente que el mundo no fue hecho por Dios por este motivo, a saber, porque es bueno. Pues Él abarcó todas las cosas, tanto las buenas como las malas; y no hizo nada por su propio provecho, sino en razón de otra cosa. Una casa no se edifica solo con el fin de que haya una casa, sino para que reciba y albergue a un habitante. Asimismo, una nave no se construye con el fin de que solo parezca una nave, sino para que los hombres puedan navegar en ella. También se fabrican vasijas no solo para que existan las vasijas, sino para que reciban las cosas necesarias para el uso. Así también Dios debe de haber hecho el mundo para algún uso. Los estoicos dicen que fue hecho por causa de los hombres; y con razón. Pues los hombres gozan de todos estos bienes que el mundo contiene en sí. Pero no explican por qué fueron hechos los hombres mismos, ni qué provecho tiene en ellos la Providencia, Hacedora de todas las cosas.
    Platón afirma también que las almas son inmortales, pero por qué, o de qué manera, o en qué tiempo, o por medio de quién alcanzan la inmortalidad, o cuál es la naturaleza de ese gran misterio, por qué los que han de llegar a ser inmortales nacen antes mortales y luego, cumplido el curso de su vida temporal y dejado el revestimiento de sus frágiles cuerpos, son transferidos a aquella eterna bienaventuranza: de todo esto no tiene comprensión alguna. Finalmente, no explicó el juicio de Dios ni la distinción entre justos e injustos, sino que supuso que las almas que se han precipitado en crímenes son condenadas hasta el punto de ser reproducidas en animales inferiores y de expiar así sus culpas, hasta que de nuevo vuelven a las formas de los hombres; y que esto se realiza sin cesar, y que no hay fin de esta transmigración. A mi juicio, introduce un entretenimiento semejante a un sueño, en el cual no parece haber plan alguno, ni gobierno de Dios, ni designio alguno.

    Capítulo 69.— De que el mundo fue hecho por causa del hombre, y el hombre por causa de Dios

    Epítome, 69

    Diré ahora cuál es aquel punto capital que ni siquiera quienes dijeron la verdad pudieron enlazar, poniendo en una sola mirada las causas y las razones. El mundo fue hecho por Dios para que nacieran los hombres; a su vez, los hombres nacen para reconocer a Dios como Padre, en quien está la sabiduría; lo reconocen para adorarlo, en quien está la justicia; lo adoran para recibir el premio de la inmortalidad; reciben la inmortalidad para servir a Dios para siempre. ¿Veis cuán estrechamente unidas están las primeras con las del medio, y las del medio con las últimas? Examinémoslas por separado y veamos si concuerdan entre sí. Dios hizo el mundo por causa del hombre. Quien no ve esto, no difiere mucho de una bestia. ¿Quién sino el hombre levanta los ojos al cielo? ¿Quién contempla con admiración el sol, quién las estrellas, quién todas las obras de Dios? ¿Quién habita la tierra? ¿Quién recibe de ella el fruto? ¿Quién tiene en su poder los peces, quién las aves, quién los cuadrúpedos, sino el hombre? Por tanto, Dios hizo todas las cosas por causa del hombre, porque todas las cosas han resultado para uso del hombre.
    Los filósofos vieron esto, pero no vieron la consecuencia: que Él hizo al hombre mismo por causa de sí mismo. Pues era decoroso, piadoso y necesario que, ya que Él ideó tan grandes obras por causa del hombre, cuando le dio tanto honor y tanto poder que debía ejercer el dominio en el mundo, el hombre reconociera a Dios, Autor de tan grandes beneficios, que hizo el mundo mismo por su causa, y le pagara el culto y el honor debidos a Él. Aquí erró Platón; aquí perdió la verdad que al principio había asido, al guardar silencio acerca del culto de aquel Dios a quien confesaba como artífice y padre de todas las cosas, y al no entender que el hombre está ligado a Dios por los vínculos de la piedad, de donde la religión misma recibe su nombre, y que esto es lo único por lo cual las almas se hacen inmortales. Percibió, sin embargo, que son eternas, pero no descendió por las gradaciones regulares a aquella opinión. Pues quitados los argumentos intermedios, más bien cayó en la verdad como por un precipicio abrupto; y no avanzó más allá, puesto que había hallado la verdad por accidente y no por la razón. Por tanto, Dios ha de ser adorado, para que, por medio de la religión, que es también justicia, el hombre reciba de Dios la inmortalidad, y no hay otra recompensa de una mente piadosa; y si esta es invisible, el Dios invisible no puede otorgarle recompensa alguna sino la que es invisible.

    Capítulo 70.— Se confirma la inmortalidad del alma

    Epítome, 70

    Puede en verdad colegirse de muchos argumentos que las almas son eternas. Dice Platón que aquello que se mueve siempre por sí mismo y no tiene principio de movimiento, tampoco tiene fin; pero que el alma del hombre se mueve siempre por sí misma, y que, por ser flexible para la reflexión, sutil para el descubrimiento, fácil para la percepción, apta para el aprendizaje, y porque retiene lo pasado, comprende lo presente, prevé lo futuro y abarca el conocimiento de muchas materias y artes, es inmortal, puesto que nada contiene que esté mezclado con el contagio del peso terreno. Además, la eternidad del alma se entiende a partir de la virtud y del placer. El placer es común a todos los animales; la virtud pertenece solo al hombre; aquel es vicioso, esta es honorable; aquel está conforme a la naturaleza, esta es contraria a la naturaleza, a no ser que el alma sea inmortal. Pues en defensa de la fe y de la justicia, la virtud ni teme la indigencia, ni se alarma ante el destierro, ni teme la prisión, ni se acobarda ante el dolor, ni rehúsa la muerte; y como estas cosas son contrarias a la naturaleza, o bien la virtud es necedad, si estorba las ventajas y es perjudicial para la vida, o, si no es necedad, entonces el alma es inmortal y desprecia los bienes presentes, porque son preferibles otras cosas que alcanza tras la disolución del cuerpo. Mas la mayor prueba de la inmortalidad es que solo el hombre tiene conocimiento de Dios. En los animales mudos no hay noción alguna de religión, porque son terrenales e inclinados a la tierra. El hombre es erguido y contempla el cielo con este fin: para buscar a Dios. Por tanto, no puede ser sino inmortal quien anhela lo inmortal. No puede estar sujeto a disolución quien está unido a Dios tanto en el rostro como en la mente. Finalmente, solo el hombre hace uso del elemento celeste, que es el fuego. Pues si la luz proviene del fuego y la vida de la luz, es evidente que quien tiene el uso del fuego no es mortal, puesto que este está estrechamente unido, este está íntimamente relacionado con Aquel sin quien ni la luz ni la vida pueden existir.
    Mas ¿por qué inferimos de argumentos que las almas son eternas, cuando tenemos testimonios divinos? Pues las escrituras sagradas y las voces de los profetas enseñan esto. Y si esto a alguien le parece insuficiente, lea los poemas de las Sibilas, pondere también las respuestas del Apolo Milesio, para que entienda que Demócrito, Epicuro y Dicearco deliraban, quienes solos entre todos los mortales negaron lo que es evidente. Probada la inmortalidad del alma, queda enseñar por quién, a quién, de qué manera y en qué tiempo se da. Puesto que los tiempos fijados y divinamente señalados han comenzado a cumplirse, por necesidad ha de sobrevenir una destrucción y consumación de todas las cosas, para que el mundo sea renovado por Dios. Mas aquel tiempo está cerca, según puede colegirse del número de los años y de las señales predichas por los profetas. Mas como las cosas que se han dicho acerca del fin del mundo y de la conclusión de los tiempos son innumerables, las mismas cosas que se dicen han de exponerse sin ornato, pues sería tarea sin límites aducir los testimonios. Si alguien los desea, o no deposita plena confianza en nosotros, acérquese al santuario mismo de las letras celestiales y, más plenamente instruido por su fidelidad, perciba que erraron los filósofos, quienes pensaron o bien que este mundo era eterno, o bien que habría incontables miles de años desde el tiempo en que fue dispuesto. Pues aún no se han cumplido seis mil años, y cuando este número se complete, entonces, por fin, todo mal será quitado, para que solo reine la justicia. Y explicaré en pocas palabras cómo sucederá esto.

    Capítulo 71.— De los últimos tiempos

    Epítome, 71

    Estas cosas son dichas por los profetas, mas como videntes, acerca de lo que ha de suceder. Cuando el último fin comience a acercarse al mundo, aumentará la maldad; toda clase de vicios y fraudes se hará frecuente; la justicia perecerá; la fe, la paz, la misericordia, la modestia, la verdad, no existirán; abundarán la violencia y la osadía; nadie tendrá nada, si no lo adquiere con la mano y lo defiende con la mano. Si hubiere algunos hombres buenos, serán tenidos por presa y escarnio. Nadie mostrará afecto filial a sus padres, nadie se apiadará de un infante o de un viejo; la avaricia y la lujuria corromperán todas las cosas. Habrá matanzas y derramamiento de sangre. Habrá guerras, y no solo entre estados extranjeros y vecinos, sino también guerras intestinas. Los estados sostendrán guerras entre sí, todo sexo y toda edad empuñarán las armas. No se conservará la dignidad del gobierno ni la disciplina militar; sino que, a la manera del latrocinio, habrá depredación y devastación. El poder real se multiplicará, y diez hombres ocuparán, repartirán y devorarán el mundo. Surgirá otro mucho más poderoso y malvado, el cual, habiendo destruido a tres, obtendrá Asia, y habiendo reducido y sometido a los demás bajo su propio poder, acosará a toda la tierra. Dará leyes nuevas, abrogará las antiguas; hará suyo el estado, y cambiará el nombre y la sede del gobierno.
    Entonces vendrá un tiempo terrible y detestable, en el cual nadie querría vivir. En una palabra, tal será la condición de las cosas, que a los vivos seguirán las lamentaciones, y a los muertos la enhorabuena. Las ciudades y las villas serán destruidas, ya por el fuego y la espada, ya por repetidos terremotos; ora por inundación de las aguas, ora por peste y hambre. La tierra nada producirá, siendo estéril, sea por el frío o por el calor excesivos. Toda el agua se trocará en parte en sangre, en parte se corromperá con amargura, de modo que nada de ella podrá servir de alimento ni ser saludable para beber. A estos males se añadirán también prodigios del cielo, para que nada falte a los hombres que cause temor. Aparecerán con frecuencia cometas. El sol quedará cubierto de perpetua palidez. La luna se teñirá de sangre y no reparará las pérdidas de la luz que se le hubiere arrebatado. Todas las estrellas caerán, y las estaciones no guardarán su regularidad, confundiéndose el invierno y el verano. Entonces se acortarán el año, el mes y el día. Y Trismegisto ha declarado que esta es la vejez y la decadencia del mundo. Y cuando esto hubiere llegado, se ha de saber que está cerca el tiempo en que Dios volverá para mudar el mundo. Mas en medio de estos males surgirá un rey impío, hostil no solo al género humano, sino también a Dios. Hollará, atormentará, acosará y dará muerte a los que hubieren sido perdonados por aquel tirano anterior. Entonces habrá lágrimas que fluyan sin cesar, perpetuos lamentos y gemidos, y oraciones inútiles a Dios; no habrá descanso del temor, ni sueño como tregua. El día acrecentará siempre la calamidad, la noche la alarma. Así el mundo quedará reducido casi a la soledad, ciertamente a la escasez de hombres. Entonces también el impío perseguirá a los justos y a los consagrados a Dios, y mandará que él mismo sea adorado como Dios. Pues dirá que él es Cristo, aunque será su adversario. Para que se le crea, recibirá el poder de hacer prodigios, de modo que descienda fuego del cielo, el sol se aparte de su curso y hable la imagen que él hubiere erigido. Y con estos prodigios seducirá a muchos para que le adoren y reciban su signo en la mano o en la frente. Y el que no le adorare y no recibiere su signo morirá con refinados tormentos. Así destruirá a casi dos partes; la tercera huirá a soledades desiertas. Mas él, frenético y enfurecido con ira implacable, conducirá un ejército y sitiará el monte al cual habrán huido los justos. Y cuando se vean sitiados, implorarán la ayuda de Dios con gran voz, y Dios los oirá y les enviará un libertador.

    Capítulo 72.— De Cristo que desciende del cielo al juicio general, y del reino milenario

    Epítome, 72

    Entonces el cielo se abrirá en una tempestad, y Cristo descenderá con gran poder, y delante de Él irá un resplandor de fuego y una muchedumbre innumerable de ángeles, y toda aquella multitud de impíos será destruida, y correrán torrentes de sangre, y el caudillo mismo escapará, y habiendo renovado muchas veces su ejército, por cuarta vez trabará batalla, en la cual, apresado con todos los demás tiranos, será entregado para ser quemado. Mas también el príncipe de los demonios mismo, el autor y artífice de los males, atado con cadenas de fuego, será encarcelado, para que el mundo reciba paz y la tierra, acosada durante tantos años, descanse. Hecha, pues, la paz y reprimido todo mal, aquel Rey justo y Vencedor instituirá un gran juicio sobre la tierra acerca de los vivos y de los muertos, y someterá todas las naciones a los justos que están vivos, y resucitará a los muertos justos a la vida eterna, y Él mismo reinará con ellos sobre la tierra, y edificará la ciudad santa, y este reino de los justos durará mil años. Durante todo ese tiempo las estrellas serán más brillantes, y el resplandor del sol será aumentado, y la luna no estará sujeta a mengua. Entonces la lluvia de bendición descenderá de Dios por la mañana y por la tarde, y la tierra dará todos sus frutos sin el trabajo de los hombres. La miel goteará de las rocas, abundarán fuentes de leche y de vino. Las bestias depondrán su ferocidad y se volverán mansas, el lobo vagará entre los rebaños sin hacer daño, el becerro pacerá con el león, la paloma se unirá con el halcón, la serpiente no tendrá veneno; ningún animal vivirá de la sangre derramada. Pues Dios proveerá a todos alimento abundante e inofensivo. Mas cuando se cumplan los mil años, y sea soltado el príncipe de los demonios, las naciones se rebelarán contra los justos, y una multitud innumerable vendrá a asaltar la ciudad de los santos. Entonces vendrá el último juicio de Dios contra las naciones. Pues sacudirá la tierra desde sus cimientos, y las ciudades serán derribadas, y hará llover sobre los impíos fuego con azufre y granizo, y arderán y se matarán unos a otros. Mas los justos por un breve espacio estarán ocultos debajo de la tierra, hasta que se consume la destrucción de las naciones, y después del tercer día saldrán y verán las llanuras cubiertas de cadáveres. Entonces habrá un terremoto, y los montes se rasgarán, y los valles se hundirán en una profundidad honda, y en esta serán amontonados los cuerpos de los muertos, y su nombre será llamado Polyandrion. Después de estas cosas, Dios renovará el mundo y transformará a los justos en forma de ángeles, para que, presentados con la vestidura de la inmortalidad, sirvan a Dios para siempre; y este será el reino de Dios, que no tendrá fin. Entonces también resucitarán los impíos, no para vida sino para castigo; pues Dios también los resucitará a estos, cuando tenga lugar la segunda resurrección, para que, condenados a tormentos eternos y entregados a fuegos eternos, sufran las penas que merecen por sus crímenes.

    Capítulo 73.— La esperanza de la salvación está en la religión y en el culto de Dios

    Epítome, 73

    Por lo cual, puesto que todas estas cosas son verdaderas y ciertas, en armonía con el anuncio predicho de los profetas, puesto que Trismegisto y Hystaspes y las Sibilas han predicho las mismas cosas, no puede dudarse que toda esperanza de vida y de salvación está puesta en la religión de Dios solamente. Por tanto, a menos que un hombre haya recibido a Cristo, a quien Dios ha enviado y está por enviar para nuestra redención, a menos que haya conocido al Dios supremo por medio de Cristo, a menos que haya guardado sus mandamientos y su ley, caerá en aquellos castigos de los cuales hemos hablado. Por tanto, las cosas frágiles deben ser despreciadas, para que ganemos las que son sustanciales; las cosas terrenas deben ser desechadas, para que seamos honrados con las celestiales; las cosas temporales deben ser evitadas, para que alcancemos las que son eternas. Ejercítese cada uno en la justicia, fórmese en el dominio de sí, prepárese para el combate, equípese para la virtud, a fin de que, si por acaso un adversario le hiciere guerra, no sea apartado de lo recto y bueno por fuerza alguna, por ningún terror y por ningún tormento, no se entregue a fábulas insensatas, sino que en su rectitud reconozca al Dios verdadero y único, deseche los placeres, por cuyos atractivos el alma excelsa es abatida a la tierra, conserve firmemente la inocencia, sirva a cuantos sea posible, gane para sí tesoros incorruptibles por las buenas obras, para que pueda, teniendo a Dios por juez, alcanzar por los méritos de su virtud, o la corona de la fe, o el premio de la inmortalidad.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron las Instituciones

    Las Instituciones divinas quisieron ser, según Wikipedia, el primer intento de exponer en latín, de forma sistemática, la teología cristiana, y ampliar el frente de una defensa que hasta entonces había sido de tratados sueltos: el propio Lactancio nombra a Minucio Félix, Tertuliano y Cipriano como antecesores y juzga sus límites (V, 1). Su método se reconoce en cada libro: refutar al pagano con sus fuentes —poetas, Sibilas, Hermes, historiadores de los dioses— y con la discordia de los filósofos antes de proponer la fe, y cerrar con una moral de la justicia y de la misericordia (V–VI) y una escatología de seis mil años y un reino de mil (VII).
    La posteridad fue desigual. Jerónimo alabó su elocuencia, digna de Cicerón, y lamentó que no la empleara tanto en enseñar la doctrina cristiana como en derribar la ajena; los humanistas del Renacimiento lo llamaron el «Cicerón cristiano»; Copérnico, en el prefacio a De revolutionibus, le reprochó hablar con infantilismo de la forma de la Tierra (III, 24); y Wikipedia recuerda que fue uno de los primeros libros impresos en Italia y el primer impreso italiano fechado. El ANF, por su parte, advierte que sus pretensiones de teólogo son discutibles —tiene opiniones peculiares en muchos puntos y es más afortunado combatiendo el error que sosteniendo la verdad— y considera infundada la acusación de inclinarse al maniqueísmo. Hoy se lee sobre todo como testimonio de la apologética latina a las puertas de la paz de Constantino, y por su libro VII, donde Wikipedia lo cuenta entre los premilenaristas de los primeros siglos (véase Milenialismo).
    Límites. Esta edición es una traducción automática del inglés de Fletcher, y el inglés ya es una versión: no se cotejó con el latín, salvo en VI, 23, donde la propia edición inglesa conserva el original. Los datos de las notas proceden de las páginas que se citan (Wikipedia, CCEL, New Advent); cuando difieren, se dice cuál afirma qué. No se tradujeron ni se incluyen las notas del ANF, que corrigen o matizan el texto en muchos puntos, y que conviene consultar en CCEL cuando se estudie una frase concreta. Los defectos de la traducción hallados se conservan y se avisan en la ficha y en los capítulos donde afectan.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra