I, 7
Apolo, en verdad, a quien tienen por divino sobre todos los demás, y especialmente profético, dando respuestas en Colofón — supongo que porque, atraído por la amenidad de Asia, se había trasladado desde Delfos —, a alguien que preguntaba quién era Él, o qué era Dios en absoluto, respondió en veintiún versos, de los cuales este es el comienzo:—
Producido de sí mismo, no instruido, sin madre, inconmovible,
Un nombre que ni siquiera cabe en palabra, que mora en el fuego,
Este es Dios; y nosotros, sus mensajeros, somos una pequeña porción de Dios.
¿Puede alguien sospechar que esto se dice de Júpiter, que tuvo madre y nombre? ¿Por qué habría de decir que Mercurio, aquel tres veces grande, de quien he hecho mención más arriba, no solo habla de Dios como «sin madre,» como hace Apolo, sino también como «sin padre,» porque Él no tiene origen de ninguna otra fuente sino de Sí mismo? Pues no puede ser producido por nadie, Aquel que Él mismo produjo todas las cosas. He, según creo, enseñado suficientemente con argumentos y confirmado con testigos, aquello que es suficientemente claro por sí mismo: que hay un solo Rey del universo, un solo Padre, un solo Dios.
Pero acaso alguno nos haga la misma pregunta que Hortensio hace en Cicerón: Si Dios es uno solo, ¿qué soledad puede ser feliz? Como si nosotros, al afirmar que Él es uno, dijéramos que Él está desolado y solitario. Sin duda tiene ministros, a quienes llamamos mensajeros. Y es verdad lo que antes he referido, que Séneca dijo en sus [Exhortaciones] que Dios produjo ministros de su reino. Pero estos ni son dioses, ni quieren ser llamados dioses ni ser adorados, en cuanto que no hacen sino ejecutar el mandato y la voluntad de Dios. Ni, sin embargo, son dioses los que son adorados en común, cuyo número es pequeño y fijo. Pero si los adoradores de los dioses piensan que adoran a aquellos seres a quienes llamamos ministros del Dios supremo, no hay razón por la cual nos envidien a nosotros, que decimos que hay un solo Dios y negamos que haya muchos. Si una multitud [de dioses] los deleita, no hablamos de doce, ni de trescientos sesenta y cinco como hizo Orfeo; sino que los convencemos de innumerables errores, por el contrario, al pensar que son tan pocos. Sepan, sin embargo, con qué nombre deben ser llamados, no sea que injurien al Dios verdadero, cuyo nombre presentan, mientras lo asignan a más de uno. Crean a su propio Apolo, quien en aquella misma respuesta quitó a los otros dioses su nombre, así como quitó el dominio a Júpiter. Porque el tercer verso muestra que los ministros de Dios no deben ser llamados dioses, sino ángeles. Habló falsamente respecto de sí mismo, ciertamente; pues aunque era del número de los demonios, se contó entre los ángeles de Dios, y luego en otras respuestas se confesó demonio. Pues cuando se le preguntó cómo deseaba ser suplicado, respondió así:—
Oh sapientísimo, doctísimo, versado en muchas artes, escucha, oh demonio.
Y así, de nuevo, cuando a ruegos de alguien profirió una imprecación contra el Apolo Esminteo, comenzó con este verso:—
Oh armonía del mundo, portador de luz, demonio omnisapiente.
¿Qué queda, pues, sino que por su propia confesión está sujeto al azote del Dios verdadero y al castigo eterno? Pues en otra respuesta también dijo:—
Los demonios que rondan la tierra y el mar
Sin descanso, son sometidos bajo el azote de Dios.
Sobre el asunto de ambos hablamos en el libro segundo. Entretanto bástenos que, mientras él desea honrarse y colocarse en el cielo, ha confesado, como lo exige la naturaleza del asunto, de qué manera deben ser llamados aquellos que están siempre junto a Dios.
Por tanto, apártense los hombres de los errores; y, dejando de lado las supersticiones corruptas, reconozcan a su Padre y Señor, cuya excelencia no puede estimarse, ni su grandeza percibirse, ni su comienzo comprenderse. Cuando la atención diligente de la mente humana y su aguda sagacidad y memoria han llegado a Él, estando todos los caminos, por así decirlo, sumados y agotados, se detiene, queda perpleja, desfallece; y no hay nada más allá a lo que pueda avanzar. Pero como aquello que existe necesariamente ha de haber tenido un comienzo, se sigue que, puesto que nada había antes de Él, Él fue producido de Sí mismo antes de todas las cosas. Por tanto, es llamado por Apolo «producido de sí mismo,» por la Sibila «creado de sí mismo,» «increado,» y «no hecho.» Y Séneca, varón agudo, vio y expresó esto en sus Exhortaciones. «Nosotros,» dijo, «dependemos de otro.» Por tanto buscamos a alguien a quien debemos aquello que hay de más excelente en nosotros. Otro nos trajo al ser, otro nos formó; pero Dios, por su propio poder, se hizo a Sí mismo.
I, 8
Queda probado, por tanto, por estos testigos, tan numerosos y de tal autoridad, que el universo se rige por el poder y la providencia de un solo Dios, cuya energía y majestad Platón en el Timeo afirma ser tan grandes, que nadie puede concebirlas con su mente ni expresarlas con palabras, a causa de su poder sobrepujante e incalculable. ¿Y acaso puede entonces alguien dudar de si algo puede ser difícil o imposible para Dios, quien por su providencia diseñó, por su energía estableció y por su juicio completó aquellas obras tan grandes y maravillosas, y aun ahora las sostiene con su espíritu y las gobierna con su poder, siendo incomprensible e inefable, y plenamente conocido por ningún otro que por Sí mismo? Por lo cual, como a menudo reflexiono sobre el asunto de tan gran majestad, los que adoran a los dioses a veces parecen tan ciegos, tan incapaces de reflexión, tan insensatos, tan poco alejados de los animales mudos, como para creer que aquellos que nacen del comercio natural de los sexos hayan podido tener algo de majestad y de influjo divino; puesto que la Sibila eritrea dice: «Es imposible que un Dios sea formado de los lomos de un hombre y del vientre de una mujer.» Y si esto es verdad, como realmente lo es, es evidente que Hércules, Apolo, Baco, Mercurio y Júpiter, con los demás, fueron solo hombres, puesto que nacieron de los dos sexos. Pero ¿qué hay tan alejado de la naturaleza de Dios como aquella operación que Él mismo asignó a los mortales para la propagación de su raza, y que no puede realizarse sin sustancia corporal?
Por tanto, si los dioses son inmortales y eternos, ¿qué necesidad hay del otro sexo, cuando ellos mismos no requieren sucesión, puesto que siempre están a punto de existir? Pues ciertamente, en el caso del género humano y de los demás animales, no hay otra razón para la diferencia de sexos y la procreación y el parto, sino que todas las clases de seres vivientes, en cuanto están condenados a muerte por la condición de su mortalidad, se conserven por mutua sucesión. Pero Dios, que es inmortal, no tiene necesidad de diferencia de sexos, ni de sucesión. Alguien dirá [que este orden es necesario], para que tenga a algunos que le sirvan, o sobre quienes ejerza dominio. ¿Qué necesidad hay del sexo femenino, puesto que Dios, que es todopoderoso, puede producir hijos sin el concurso de la hembra? Pues si ha concedido a ciertas criaturas diminutas que ellas
Recoger para sí crías con la boca de hojas y hierbas dulces,
¿por qué habría de pensar alguien que es imposible que Dios mismo tenga descendencia sino por unión con el otro sexo? Nadie, por tanto, es tan irreflexivo como para no entender que aquellos fueron meros mortales, a quienes los ignorantes y necios consideran y adoran como dioses. ¿Por qué, entonces, dirá alguien, se creyó que eran dioses? Sin duda porque fueron reyes muy grandes y poderosos; y puesto que, por los méritos de sus virtudes, o de sus cargos, o de las artes que descubrieron, fueron amados por aquellos sobre quienes habían reinado, fueron consagrados a la memoria [duradera]. Y si alguno duda de esto, considere sus hazañas y hechos, el conjunto de los cuales nos han transmitido tanto los poetas antiguos como los historiadores.
I, 9
¿Acaso no contaminó Hércules, tan renombrado por su valor y considerado como un Africano entre los dioses, con sus desenfrenos, lujurias y adulterios, el mundo que se dice que recorrió y purificó? Y no es de extrañar, puesto que nació de un comercio adúltero con Alcmena.
¿Qué divinidad pudo haber en él, que, esclavizado a sus propios vicios, contra todas las leyes, trató con infamia, deshonra y ultraje, tanto a varones como a hembras? Ni, ciertamente, han de juzgarse aquellas grandes y maravillosas acciones que realizó como dignas de ser atribuidas a la excelencia divina. Pues ¡qué! ¿Es acaso tan magnífico haber vencido a un león y a un jabalí; haber derribado aves con flechas; haber limpiado un establo real; haber vencido a una amazona y haberle quitado su cinturón; haber matado a caballos feroces junto con su dueño? Estas son hazañas de un varón valiente y heroico, pero todavía de un hombre; pues aquellas cosas que venció eran frágiles y mortales. Porque no hay poder tan grande, como dice el orador, que no pueda ser debilitado y quebrantado por el hierro y la fuerza. Pero vencer la mente y refrenar la ira es propio del varón más valiente; y estas cosas él nunca las hizo ni pudo: pues a quien hace estas cosas no lo comparo con los varones excelentes, sino que lo juzgo muy semejante a un dios.
Yo quisiera que hubiera añadido [algo] sobre el tema de la lujuria, la molicie, el deseo y la arrogancia, para completar la excelencia de aquel a quien juzgó semejante a un dios. Pues no ha de tenerse por más valiente el que vence a un león, que el que vence a la fiera violenta encerrada dentro de sí mismo, a saber, la ira; ni el que ha derribado a las aves más rapaces, que el que refrena los deseos más codiciosos; ni el que somete a una amazona guerrera, que el que somete la lujuria, vencedora del pudor y de la fama; ni el que limpia un establo de estiércol, que el que limpia su corazón de vicios, los cuales son males más destructivos porque son peculiarmente suyos, que aquellos que habrían podido evitarse y precaverse. De esto se sigue que solo debe ser juzgado varón valiente aquel que es templado, moderado y justo. Pero si alguno considera cuáles son las obras de Dios, al punto juzgará ridículas todas estas cosas que admiran los hombres más frívolos. Pues no las miden por el poder divino, que desconocen, sino por la debilidad de su propia fuerza. Pues nadie negará esto: que Hércules no solo fue siervo de Euristeo, un rey, lo cual hasta cierto punto puede parecer honroso, sino también de una mujer impúdica, Ónfale, que solía ordenarle sentarse a sus pies, vestido con sus ropas y ejecutando una tarea señalada. ¡Detestable bajeza! Pero tal fue el precio en que se valoró el placer. ¡Qué!, dirá alguno, ¿piensas que ha de creerse a los poetas? ¿Por qué no habría de pensarlo? Pues no es Lucilio quien relata estas cosas, ni Luciano, que no perdonó ni a hombres ni a dioses, sino precisamente aquellos que celebran las alabanzas de los dioses.
¿A quiénes, pues, creeremos, si no damos crédito a los que los alaban? Quien piense que estos hablan falsamente, que presente otros autores en quienes podamos apoyarnos, que nos enseñen quiénes son estos dioses, de qué manera y de qué fuente tuvieron su origen, cuál es su fuerza, cuál su número, cuál su poder, qué hay en ellos admirable y digno de adoración— qué misterio, en suma, más fiable y más verdadero. No presentará tales autoridades. Demos, pues, crédito a quienes no hablaron con propósito de censura, sino para proclamar su alabanza. Navegó, pues, con los argonautas, y saqueó Troya, estando enojado contra Laomedonte por la recompensa que Laomedonte le había negado por la preservación de su hija; por cuya circunstancia es evidente en qué tiempo vivió. También, excitado por la ira y la locura, mató a su esposa, junto con sus hijos. ¿Es este a quien los hombres consideran un dios? Mas su heredero Filoctetes no lo consideró así, quien le aplicó una antorcha cuando estaba a punto de ser quemado, quien presenció el arder y consumirse de sus miembros y tendones, quien enterró sus huesos y cenizas en el monte Eta; en pago de cuyo oficio recibió sus flechas.
Capítulo 10. De la vida y acciones de Esculapio, Apolo, Neptuno, Marte, Cástor y Pólux, Mercurio y Baco
I, 10
¿Qué otra acción digna de honores divinos, excepto la curación de Hipólito, realizó Esculapio, cuyo nacimiento tampoco estuvo exento de deshonra para Apolo? Su muerte fue ciertamente más renombrada, porque mereció la distinción de ser alcanzado por el rayo de un dios. Tarquicio, en un tratado sobre varones ilustres, dice que nació de padres inciertos, fue expuesto y hallado por unos cazadores; que fue alimentado por un perro, y que, entregado a Quirón, aprendió el arte de la medicina. Dice, además, que era mesenio, pero que pasó algún tiempo en Epidauro. Tulio también dice que fue sepultado en Cinosura. ¿Cuál fue la conducta de Apolo, su padre? ¿No apacentó, a causa de su amor apasionado, del modo más deshonroso el rebaño de otro, y no edificó murallas para Laomedonte, habiendo sido contratado junto con Neptuno por una recompensa que se le pudo negar impunemente? Y de él aprendió por primera vez el rey pérfido a negarse [a cumplir] cualquier pacto que hubiera hecho con dioses. Y él también, estando enamorado de un hermoso muchacho, le hizo violencia, y mientras jugaba, lo mató.
Marte, siendo reo de homicidio y absuelto del cargo de asesinato por los atenienses por favor, para no parecer demasiado fiero y salvaje, cometió adulterio con Venus. Cástor y Pólux, mientras se ocupaban en raptar a las esposas de otros, dejaron de ser hermanos gemelos. Pues Idas, excitado por los celos a causa de la injuria, traspasó con su espada a uno de los hermanos. Y los poetas cuentan que viven y mueren alternadamente: de modo que ahora son los más desdichados no solo de los dioses, sino también de todos los mortales, en cuanto que no se les permite morir una sola vez. Y sin embargo Homero, a diferencia de los otros poetas, simplemente registra que ambos murieron. Pues cuando representó a Helena sentada junto a Príamo en las murallas de Troya, y reconociendo a todos los caudillos de Grecia, pero buscando en vano solo a sus hermanos, añadió a su discurso un verso de este tenor:—
Así ella; ignorante de que en Esparta ellos,
Su tierra natal, bajo el suelo yacían sepultados.
¿Qué dejó Mercurio, ladrón y pródigo, para contribuir a su fama, excepto el recuerdo de sus fraudes? Sin duda merecía el cielo, porque enseñó los ejercicios de la palestra y fue el primero que inventó la lira. Es necesario que el padre Liber tenga la principal autoridad y el primer rango en el senado de los dioses, porque fue el único de todos ellos, excepto Júpiter, que triunfó, condujo un ejército y sometió a los indios. Pero aquel grandísimo e invicto capitán indio fue vencido del modo más vergonzoso por el amor y la lujuria. Pues, llevado a Creta con su séquito afeminado, encontró en la orilla a una mujer impúdica; y con la confianza inspirada por su victoria india, quiso dar prueba de su hombría, para no parecer demasiado afeminado. Y así tomó en matrimonio a aquella mujer, traidora de su padre y asesina de su hermano, después de que ella hubiera sido abandonada y repudiada por otro marido; y la hizo Libera, y con ella subió al cielo.
¿Cuál fue la conducta de Júpiter, padre de todos estos, a quien en la oración acostumbrada se le llama Óptimo y Máximo? ¿No está, desde su más tierna infancia, probado como impío y casi parricida, puesto que expulsó a su padre del reino y lo desterró, y no aguardó su muerte aunque era anciano y estaba agotado, tal era su afán de mando? Y cuando hubo tomado el trono de su padre por la violencia y las armas, fue atacado en guerra por los Titanes, lo cual fue el comienzo de los males para el género humano; y vencidos estos y obtenida una paz duradera, pasó el resto de su vida en desenfrenos y adulterios. Omito mencionar las vírgenes a quienes deshonró. Pues eso suele juzgarse tolerable. No puedo pasar por alto los casos de Anfitrión y Tíndaro, cuyas casas llenó hasta rebosar de deshonra e infamia. Pero llegó a la cumbre de la impiedad y de la culpa al raptar al niño real. Pues no pareció bastante cubrirse de infamia haciendo violencia a las mujeres, a menos que también ultrajara a su propio sexo. Este es verdadero adulterio, el que se comete contra la naturaleza. Si quien cometió estos crímenes puede ser llamado Máximo es cuestión discutible; sin duda no es el Óptimo; nombre al que los corruptores, adúlteros e incestuosos no tienen derecho; a menos que suceda que nosotros, los hombres, nos equivoquemos al llamar a los que hacen tales cosas malvados y perdidos, y al juzgarlos muy merecedores de todo tipo de castigo. Pero Marco Tulio fue necio al echar en cara a Cayo Verres sus adulterios, pues Júpiter, a quien adoraba, cometió los mismos; y al echar en cara a Publio Clodio el incesto con su hermana, pues aquel que era Óptimo y Máximo tuvo a la misma persona por hermana y esposa.
I, 11
¿Quién, pues, es tan insensato como para imaginar que reina en el cielo quien ni siquiera debió reinar en la tierra? No sin humor escribió cierto poeta sobre el triunfo de Cupido: en tal libro no solo representó a Cupido como el más poderoso de los dioses, sino también como su vencedor. Pues, habiendo enumerado los amores de cada uno, por los cuales habían caído bajo el poder y dominio de Cupido, dispone una procesión en la que Júpiter, con los demás dioses, es conducido encadenado delante del carro de aquel, celebrando un triunfo. Esto lo pinta el poeta con elegancia, pero no está lejos de la verdad. Pues quien carece de virtud, quien es vencido por el deseo y las pasiones perversas, no está, [como fingió el poeta], sometido a Cupido, sino a la muerte eterna. Mas dejemos de hablar de las costumbres; examinemos el asunto, para que los hombres entiendan en qué errores se hallan miserablemente envueltos. El vulgo imagina que Júpiter reina en el cielo; doctos e indoctos están igualmente persuadidos de ello. Pues la religión misma, y las plegarias, y los himnos, y los santuarios, y las imágenes lo demuestran. Y sin embargo admiten que descendió de Saturno y Rea. ¿Cómo puede parecer un dios, o ser creído, como dice el poeta, autor de los hombres y de todas las cosas, cuando innumerables miles de hombres existieron antes de su nacimiento —aquellos, por ejemplo, que vivieron durante el reinado de Saturno y gozaron de la luz antes que Júpiter? Veo que un dios fue rey en los tiempos más antiguos, y otro en los tiempos siguientes. Por tanto, es posible que en adelante haya otro. Pues si el reino anterior fue cambiado, ¿por qué no habríamos de esperar que el posterior pueda quizá ser cambiado, a menos que acaso fuera posible a Saturno engendrar uno más poderoso que sí mismo, pero imposible a Júpiter hacerlo? Y sin embargo el gobierno divino es siempre inmutable; o si es mudable, lo cual es imposible, sin duda es mudable en todos los tiempos.
¿Es posible, pues, que Júpiter pierda su reino como lo perdió su padre? Sin duda lo es. Pues aquella deidad, que no había perdonado ni a vírgenes ni a casadas, se abstuvo solo de Tetis a causa de un oráculo que predijo que cualquier hijo que naciera de ella sería mayor que su padre. Y hubo en él, en primer lugar, una falta de presciencia que no conviene a un dios; pues si Temis no le hubiera referido los acontecimientos futuros, no los habría conocido por sí mismo. Pero si no es divino, tampoco es en verdad un dios; porque el nombre de divinidad deriva de dios, como humanidad de hombre. Hubo, además, conciencia de debilidad; pero quien ha temido, claramente ha temido a uno mayor que él mismo. Pero quien hace esto ciertamente sabe que no es el más grande, puesto que algo mayor puede existir. Jura también con la mayor solemnidad por la laguna Estigia: «La cual se presenta como el único objeto de religioso temor para los dioses de arriba.» ¿Qué es este objeto de religioso temor? ¿O por quién es presentado? ¿Hay, pues, algún poder poderoso que pueda castigar a los dioses que cometen perjurio? ¿Qué es este gran temor de la laguna infernal, si ellos son inmortales? ¿Por qué habrían de temer aquello que nadie verá, excepto los que están ligados por la necesidad de la muerte? ¿Por qué, pues, levantan los hombres sus ojos al cielo? ¿Por qué juran por los dioses de arriba, cuando los dioses de arriba mismos recurren a los dioses infernales, y encuentran entre ellos un objeto de veneración y culto? Pero ¿qué significa aquel dicho de que hay hados a quienes obedecen todos los dioses y el mismo Júpiter? Si el poder de las Parcas es tan grande que valen más que todos los dioses celestiales, y que su mismo gobernante y señor, ¿por qué no se dirá más bien que ellas reinan, pues la necesidad obliga a todos los dioses a obedecer sus leyes y ordenanzas? Ahora bien, ¿quién puede dudar de que quien está sometido a algo no puede ser el más grande? Pues si lo fuera, no recibiría hados, sino que los dispondría. Ahora vuelvo a otro asunto que había omitido. Solo respecto de una diosa se contuvo, aunque estaba profundamente enamorado de ella; pero esto no fue por virtud alguna, sino por temor de un sucesor. Pero este temor denota claramente a uno que es mortal y débil, y de ningún peso: porque en la hora misma de su nacimiento pudo haber sido muerto, como había sido muerto su hermano mayor; y si le hubiera sido posible vivir, nunca habría cedido el poder supremo a un hermano menor. Pero Júpiter mismo, habiendo sido preservado a hurtadillas y alimentado furtivamente, fue llamado Zeus o Zen, no, como imaginan, por el ardor del fuego celestial, ni porque sea dador de vida, ni porque infunda el aliento de vida en los seres vivientes, potestad que pertenece solo a Dios; pues ¿cómo puede impartir el aliento de vida quien él mismo lo ha recibido de otra fuente? Sino que fue llamado así porque fue el primero en vivir de entre los hijos varones de Saturno. Los hombres, por tanto, habrían podido tener otro dios por gobernante, si Saturno no hubiera sido engañado por su esposa. Pero se dirá que los poetas fingieron estas cosas. Quienquiera que sostenga esta opinión se engaña. Pues ellos hablaban de hombres; pero, para embellecer a aquellos cuya memoria solían celebrar con alabanzas, dijeron que eran dioses. Por tanto, aquellas cosas que dijeron de ellos como de dioses fueron fingidas, y no las que dijeron de ellos como de hombres; y esto quedará de manifiesto con un ejemplo que aduciremos. Cuando iba a cometer violencia contra Dánae, derramó en su regazo gran cantidad de monedas de oro. Este fue el precio que pagó por su deshonra. Pero los poetas, que hablaban de él como de un dios, para no debilitar la autoridad de su fingida majestad, fingieron que él mismo descendía en una lluvia de oro, empleando la misma figura con que hablan de lluvias de hierro cuando describen una multitud de dardos y flechas. Se dice que se llevó a Ganímedes por medio de un águila; es una pintura de los poetas. Pero o bien se lo llevó por medio de una legión, que tiene por enseña un águila, o bien la nave a bordo de la cual fue puesto tenía su deidad tutelar en figura de águila, así como tenía la efigie de un toro cuando arrebató a Europa y la llevó a través del mar. De la misma manera se refiere que transformó a Ío, hija de Ínaco, en una novilla. Y para que escapara de la ira de Juno, así como estaba, ya cubierta de pelo erizado y en figura de novilla, se dice que atravesó a nado el mar y llegó a Egipto; y allí, habiendo recobrado su antigua apariencia, se convirtió en la diosa que ahora se llama Isis. ¿Con qué argumento, pues, puede probarse que Europa no se sentó sobre el toro, y que Ío no fue transformada en novilla? Porque hay un día fijo en los anales en que se celebra la travesía de Isis; de cuyo hecho aprendemos que ella no atravesó a nado el mar, sino que navegó. Por tanto, quienes se creen sabios porque entienden que no puede haber un cuerpo vivo y terrenal en el cielo, rechazan toda la historia de Ganímedes como falsa, y comprenden que el suceso ocurrió en la tierra, en cuanto que el asunto y la propia concupiscencia son terrenales. No inventaron, pues, los poetas estos sucesos; porque si lo hicieran, serían de lo más despreciable; sino que añadieron cierto colorido a los sucesos. Pues no fue con ánimo de detractar que dijeron estas cosas, sino por deseo de embellecerlas. De ahí que los hombres se engañen; especialmente porque, mientras piensan que todas estas cosas son fingidas por los poetas, adoran aquello que ignoran. Pues no saben cuál es el límite de la licencia poética, hasta dónde es lícito avanzar en la ficción, puesto que es oficio del poeta, con cierta gracia, cambiar y transferir los hechos reales a otras representaciones mediante transformaciones oblicuas. Pero fingir todo lo que relatas, eso es ser necio y engañoso más bien que poeta.
Pero concedamos que fingieron aquellas cosas que se creen fabulosas, ¿también fingieron aquellas que se refieren acerca de las diosas y de los matrimonios de los dioses? ¿Por qué, pues, se los representa y se los adora así? A menos que acaso no solo los poetas, sino también los pintores y los escultores digan falsedades. Pues si este es el Júpiter que vosotros llamáis dios, si no es aquel que nació de Saturno y Ops, ninguna otra imagen que no sea la suya sola debería haberse colocado en todos los templos. ¿Qué significan las efigies de mujeres? ¿Qué significa el sexo dudoso? En las cuales, si este Júpiter es representado, las mismas piedras confesarán que es un hombre. Dicen que los poetas hablaron falsamente, y sin embargo les creen: sí, en verdad prueban por el hecho mismo que los poetas no hablaron falsamente; pues modelan de tal modo las imágenes de los dioses que, por la misma diversidad de sexo, aparece que estas cosas que los poetas dicen son verdaderas. Pues ¿qué otra conclusión admiten la imagen de Ganímedes y la efigie del águila, cuando se colocan ante los pies de Júpiter en los templos y se adoran igualmente que a él, sino que la memoria de un crimen impío y de la deshonestidad permanece para siempre? Nada, por tanto, es enteramente inventado por los poetas: algo quizá es transferido y oscurecido por una configuración oblicua, bajo la cual la verdad quedó envuelta y oculta; como aquello que se refirió acerca de la división de los reinos por sorteo. Pues dicen que el cielo tocó en suerte a Júpiter, el mar a Neptuno y las regiones infernales a Plutón. ¿Por qué no se tomó más bien la tierra como tercera porción, sino porque el suceso tuvo lugar en la tierra? Por tanto, es verdad que dividieron y repartieron de tal modo el gobierno del mundo, que el imperio del oriente tocó a Júpiter, una parte del occidente fue asignada a Plutón, que tenía el sobrenombre de Agesilao; porque la región del oriente, de la cual se da la luz a los mortales, parece ser superior, y la región del occidente inferior. Así velaron de tal modo la verdad con una ficción, que la verdad misma nada restó a la persuasión pública. Es manifiesto respecto de la parte de Neptuno; pues decimos que su reino se asemejó a aquella autoridad sin límites que poseyó Marco Antonio, a quien el senado había decretado el mando de la costa marítima, para que castigara a los piratas y pacificara todo el mar. Así todas las costas marítimas, junto con las islas, tocaron en suerte a Neptuno. ¿Cómo puede probarse esto? Sin duda lo atestiguan las historias antiguas. Evémero, autor antiguo, que fue de la ciudad de Mesene, recogió las acciones de Júpiter y de los demás que son tenidos por dioses, y compuso una historia a partir de los títulos e inscripciones sagradas que había en los templos más antiguos, y especialmente en el santuario de Júpiter Trifilio, donde una inscripción indicaba que una columna de oro había sido colocada por el propio Júpiter, en la cual columna escribió una relación de sus hazañas, para que la posteridad tuviera un memorial de sus acciones. Esta historia fue traducida y seguida por Ennio, cuyas palabras son estas: «En la que Júpiter da a Neptuno el gobierno del mar, para que reine en todas las islas y lugares que bordean el mar.»
Los relatos de los poetas, por tanto, son verdaderos, pero velados con una cubierta exterior y apariencia. Es posible que el monte Olimpo haya dado a los poetas el pretexto para decir que Júpiter obtuvo el reino del cielo, porque Olimpo es el nombre común tanto del monte como del cielo. Pero la misma historia nos informa de que Júpiter habitó en el monte Olimpo, cuando dice: «En aquel tiempo Júpiter pasó la mayor parte de su vida en el monte Olimpo; y allí solían acudir a él para [la administración de] justicia, si se disputaba algún asunto. Además, si alguien había descubierto algún nuevo invento que pudiera ser útil para la vida humana, solía venir allí y mostrárselo a Júpiter.» Los poetas transfieren muchas cosas de esta manera, no por hablar falsamente contra los objetos de su culto, sino para, mediante figuras de variados colores, añadir belleza y gracia a sus poemas. Pero quienes no entienden el modo, ni la causa, ni la naturaleza de aquello que se representa por figura, atacan a los poetas como falsos y sacrílegos. Incluso los filósofos fueron engañados por este error; pues porque estas cosas que se refieren de Júpiter parecían inadecuadas al carácter de un dios, introdujeron dos Júpiteres: uno natural, otro fabuloso. Vieron, por una parte, lo que era verdadero: que aquel, en verdad, de quien hablan los poetas, era hombre; pero en el caso de aquel Júpiter natural, llevados por la práctica común de la superstición, cometieron un error, en cuanto transfirieron el nombre de un hombre a Dios, quien, como ya hemos dicho, porque es uno solo, no tiene necesidad de nombre. Pero es innegable que es Júpiter el que nació de Ops y Saturno. Es, por tanto, una persuasión vacía por parte de quienes dan el nombre de Júpiter al Dios supremo. Pues algunos acostumbran defender sus errores con este pretexto; porque, cuando son convencidos de la unidad de Dios, y no pueden negarlo, afirman que lo adoran, pero que les place que sea llamado Júpiter. Pero ¿qué puede haber más absurdo que esto? Pues Júpiter no suele ser adorado sin el culto que lo acompaña de su esposa y de su hija. Por lo cual se hace evidente su naturaleza real; ni es lícito transferir ese nombre allí donde no hay ni Minerva ni Juno. ¿Por qué he de decir que el significado peculiar de este nombre no expresa un poder divino, sino humano? Pues Cicerón explica los nombres de Júpiter y Juno como derivados de prestar ayuda; y Júpiter es llamado así como si fuera un padre que ayuda —nombre que mal se adapta a Dios: porque ayudar es propio de un hombre que confiere algún auxilio a alguien que es extraño, y en un caso en que el beneficio es pequeño. Nadie implora a Dios que lo ayude, sino que lo conserve, que le dé vida y seguridad, lo cual es asunto mucho mayor y más importante que ayudar.
Y ya que hablamos de un padre, no se dice de ningún padre que ayude a sus hijos cuando los engendra o los cría. Pues esa expresión es demasiado insignificante para denotar la magnitud del beneficio que se deriva de un padre. ¡Cuánto más inadecuado es respecto de Dios, que es nuestro verdadero Padre, por quien existimos y de quien somos enteramente, por quien fuimos formados, dotados de vida e iluminados, y que nos concede la vida, nos da seguridad y nos provee de diversas clases de alimento! No tiene comprensión de los beneficios divinos quien piensa que solo es ayudado por Dios. Por tanto, no solo es ignorante, sino impío, quien menosprecia la excelencia del poder supremo bajo el nombre de Júpiter. Por lo cual, si tanto por sus acciones como por su carácter hemos probado que Júpiter fue un hombre y reinó en la tierra, solo resta que investiguemos también su muerte. Ennio, en su historia sagrada, habiendo descrito todas las acciones que realizó en su vida, al final habla así: Entonces Júpiter, después de haber recorrido la tierra cinco veces, y de haber otorgado gobiernos a todos sus amigos y parientes, y de haber dejado leyes a los hombres, de proveerlos de un modo de vida estable y de trigo, y de darles muchos otros beneficios, y habiendo sido honrado con gloria y recuerdo inmortales, dejó a sus amigos recuerdos duraderos, y cuando su edad estaba casi consumida, cambió de vida en Creta y partió hacia los dioses. Y los Curetes, sus hijos, se hicieron cargo de él y lo honraron; y su tumba está en Creta, en la ciudad de Cnosos, y se dice que Vesta fundó esta ciudad; y sobre su tumba hay una inscripción en antiguos caracteres griegos, «Zan Kronou,» que en latín es, «Júpiter, hijo de Saturno.» Esto, sin duda, no es transmitido por los poetas, sino por escritores de sucesos antiguos; y estas cosas son tan verdaderas, que están confirmadas por algunos versos de las Sibilas, con este efecto:—
Demonios inanimados, imágenes de los muertos,
Cuyas tumbas posee como orgullo la desventurada Creta.
Cicerón, en su tratado sobre la Naturaleza de los dioses, habiendo dicho que los teólogos enumeraban tres Júpiteres, añade que el tercero era de Creta, hijo de Saturno, y que su tumba se muestra en aquella isla. ¿Cómo, por tanto, puede un dios estar vivo en un lugar y muerto en otro; tener en un lugar un templo y en otro una tumba? Sepan, pues, los romanos que su Capitolio, es decir, la cabeza principal de sus objetos de veneración pública, no es sino un monumento vacío.
Vengamos ahora a su padre, que reinó antes que él, y que acaso tenía en sí más poder, porque se dice que nació de la unión de tan grandes elementos. Veamos qué hubo en él digno de un dios, especialmente que se refiere que tuvo la edad de oro, porque en su reinado hubo justicia en la tierra. Encuentro en él algo que no hubo en su hijo. Pues ¿qué es tan apropiado al carácter de un dios como un gobierno justo y una edad de piedad? Pero cuando, por el mismo principio, considero que es hijo, no puedo tenerlo por el Dios supremo; pues veo que hay algo más antiguo que él —a saber, el cielo y la tierra. Pero busco a un Dios más allá del cual nada tiene existencia, que es la fuente y el origen de todas las cosas. De necesidad ha de existir quien hizo el cielo mismo y puso los cimientos de la tierra. Pero si Saturno nació de estos, como se supone, ¿cómo puede ser el Dios principal, puesto que debe su origen a otro? ¿O quién gobernó el universo antes del nacimiento de Saturno? Pero esto, como dije hace poco, es una ficción de los poetas. Pues era imposible que los elementos insensibles, separados por tan largo intervalo, se unieran y dieran a luz un hijo, o que el nacido no se pareciera en nada a sus padres, sino que tuviera una forma que sus padres no poseían.
Investiguemos, por tanto, qué grado de verdad se oculta bajo esta figura. Minucio Félix, en su tratado que lleva por título Octavius, alegó estas pruebas: «Que Saturno, habiendo sido desterrado por su hijo y habiendo llegado a Italia, fue llamado hijo de Celo (el cielo), porque acostumbramos decir que aquellos cuya virtud admiramos, o aquellos que han llegado inesperadamente, han caído del cielo; y que fue llamado hijo de la tierra, porque llamamos hijos de la tierra a los que nacen de padres desconocidos.» Estas cosas, en verdad, tienen alguna semejanza con la verdad, pero no son verdaderas, porque es evidente que incluso durante su reinado fue tenido por tal. Podría haberse razonado así: que Saturno, siendo un rey muy poderoso, para que se conservara la memoria de sus padres, dio sus nombres al cielo y a la tierra, mientras que estos antes se llamaban con otros nombres, por cuya razón sabemos que se aplicaron nombres tanto a montes como a ríos. Pues cuando los poetas hablan de la descendencia de Atlas o del río Ínaco, no dicen de modo absoluto que los hombres pudieran nacer de objetos inanimados; sino que sin duda indican a los que nacieron de aquellos hombres que, o durante su vida o después de su muerte, dieron sus nombres a montes o ríos. Pues aquella era una práctica común entre los antiguos, y especialmente entre los griegos. Así hemos oído que los mares recibieron los nombres de quienes habían caído en ellos, como el Egeo, el Icario y el Helesponto. En el Lacio, también, Aventino dio su nombre al monte en que fue enterrado; y Tiberino, o Tíber, dio su nombre al río en que se ahogó. No es de extrañar, pues, que los nombres de quienes habían engendrado a reyes poderosísimos se atribuyeran al cielo y a la tierra. Por tanto, parece que Saturno no nació del cielo, lo cual es imposible, sino de aquel hombre que llevó el nombre de Urano. Y Trismegisto atestigua la verdad de esto; pues cuando dijo que muy pocos habían existido en quienes hubiera un saber perfecto, mencionó por su nombre entre estos a sus parientes Urano, Saturno y Mercurio. Y como ignoraba estas cosas, dio otra versión del asunto; cómo se habría podido razonar, ya lo he mostrado. Ahora diré de qué manera, en qué tiempo y por quién se hizo esto; pues no fue Saturno quien lo hizo, sino Júpiter. Ennio relata así en su historia sagrada: «Entonces Pan lo conduce al monte, que se llama columna del cielo. Habiendo subido allí, recorrió con la vista las tierras a lo lejos y a lo ancho, y allí, en aquel monte, edifica un altar a Celo; y Júpiter fue el primero que ofreció sacrificio en aquel altar. En aquel lugar miró hacia el cielo, con cuyo nombre lo llamamos ahora, y a aquello que estaba sobre el mundo, que se llamaba firmamento, y dio al cielo su nombre a partir del nombre de su abuelo; y Júpiter, en oración, dio por primera vez el nombre de cielo a aquello que se llamaba firmamento, y quemó entera la víctima que allí ofreció en sacrificio.» Y no solo aquí se halla que Júpiter ofreció sacrificio. César también, en Arato, refiere que Aglaóstenes dice que cuando partía de la isla de Naxos contra los Titanes, y ofrecía sacrificio en la orilla, un águila voló hacia Júpiter como augurio, y que el vencedor la recibió como buena señal y la puso bajo su protección. Pero la historia sagrada atestigua que incluso antes un águila se había posado sobre su cabeza y le auguró el reino. ¿A quién, pues, pudo ofrecer sacrificio Júpiter, sino a su abuelo Celo, que, según el dicho de Evémero, murió en Oceania y fue enterrado en la ciudad de Aulatia?
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Puesto que hemos sacado a la luz los misterios de los poetas y hemos descubierto a los padres de Saturno, volvamos a sus virtudes y acciones. Fue, [dicen], justo en su gobierno. En primer lugar, por esta misma circunstancia ya no es un dios, por cuanto ha dejado de ser. En segundo lugar, ni siquiera fue justo, sino impío, no solo contra sus hijos, a los cuales devoró, sino también contra su padre, al cual se dice que mutiló. Y acaso esto haya sucedido en verdad. Pero los hombres, mirando al elemento que se llama cielo, rechazan toda la fábula como inventada de la manera más necia; aunque los estoicos, según su costumbre, se esfuerzan por trasladarla a un sistema físico, cuya opinión Cicerón expuso en su tratado sobre la Naturaleza de los Dioses. Sostenían, dice, que la naturaleza suprema y etérea del cielo, es decir, del fuego, que por sí mismo produjo todas las cosas, estaba sin aquella parte del cuerpo que contiene los órganos productivos. Ahora bien, esta teoría habría sido adecuada para Vesta, si se la llamara varón. Pues por esto estiman que Vesta es virgen, por cuanto el fuego es un elemento incorruptible; y nada puede nacer de él, ya que consume todas las cosas, cuanto ha cogido. Ovidio en los Fastos dice: «Ni estimas a Vesta otra cosa que una llama viva; y no ves cuerpos producidos de la llama. Por tanto, es verdaderamente virgen, pues no envía semilla, ni la recibe, y ama a los servidores de la virginidad.»
Esto también habría podido atribuirse a Vulcano, quien en efecto se supone que es fuego; y sin embargo los poetas no lo mutilaron. También habría podido atribuirse al sol, en quien está la naturaleza y la causa de las fuerzas productivas. Pues sin el ardiente calor del sol nada podría nacer ni tener crecimiento; de modo que ningún otro elemento tiene mayor necesidad de órganos productivos que el calor, con cuyo alimento todas las cosas son concebidas, producidas y sostenidas. Por último, aun si el caso fuera como ellos quieren, ¿por qué deberíamos suponer que Celo fue mutilado, más bien que nacido sin órganos productivos? Pues si produce por sí mismo, es claro que no tenía necesidad de órganos productivos, ya que dio a luz al mismo Saturno; pero si los tenía, y sufrió mutilación de su hijo, el origen de todas las cosas y de toda la naturaleza habría perecido. ¿Por qué diré que privan al mismo Saturno no solo de inteligencia divina, sino también humana, cuando afirman que Saturno es el que comprende el curso y el cambio de los espacios y de las estaciones, y que tiene ese mismo nombre en griego? Pues se le llama Cronos, que es lo mismo que Chronos, es decir, un espacio de tiempo. Pero se le llama Saturno, porque está saciado de años. Estas son las palabras de Cicerón, exponiendo la opinión de los estoicos: «La vanidad de estas cosas cualquiera puede comprenderla fácilmente. Pues si Saturno es hijo de Celo, ¿cómo pudo el Tiempo nacer de Celo, o Celo ser mutilado por el Tiempo, o después pudo el Tiempo ser despojado de su soberanía por su hijo Júpiter? ¿O cómo nació Júpiter del Tiempo? ¿O con qué años pudo la eternidad estar saciada, ya que no tiene límite?»
Capítulo 13. Cuán vanas y fútiles son las interpretaciones de los estoicos respecto de los dioses, y en ellas acerca del origen de Júpiter, de Saturno y de Ops
I, 13
Si, por tanto, estas especulaciones de los filósofos son fútiles, ¿qué queda sino creer que es un hecho que, siendo hombre, sufrió mutilación de un hombre? A menos que acaso alguien lo estime como a un dios que temía a un coheredero; mientras que, si hubiera poseído algún conocimiento divino, no debería haber mutilado a su padre, sino a sí mismo, para impedir el nacimiento de Júpiter, que lo privó de la posesión de su reino. Y también él, cuando se casó con su hermana Rea, a quien en latín llamamos Ops, se dice que fue advertido por un oráculo de no criar a sus hijos varones, porque sucedería que sería arrojado al destierro por un hijo. Y temiendo esto, es claro que no devoró a sus hijos, como cuentan las fábulas, sino que les dio muerte; aunque está escrito en la historia sagrada que Saturno y Ops, y otros hombres, estaban en aquel tiempo acostumbrados a comer carne humana, pero que Júpiter, que dio a los hombres leyes y civilización, fue el primero que por un edicto prohibió el uso de aquel alimento. Ahora bien, si esto es verdad, ¿qué justicia pudo haber posiblemente en él? Pero supongamos que es una historia ficticia que Saturno devoró a sus hijos, solo verdadera en cierto modo; ¿debemos entonces suponer, con el vulgo, que ha comido a sus hijos, quien los llevó a sepultura? Pero cuando Ops dio a luz a Júpiter, robó al infante y lo envió secretamente a Creta para ser alimentado. De nuevo, no puedo sino culpar su falta de previsión. Pues ¿por qué recibió un oráculo de otro, [y no de sí mismo]? Estando colocado en el cielo, ¿por qué no vio las cosas que tenían lugar en la tierra? ¿Por qué los Coribantes con sus címbalos escaparon a su atención? Por último, ¿por qué existió alguna fuerza mayor que pudiera vencer su poder? Sin duda, siendo anciano, fue vencido fácilmente por uno joven y despojado de su soberanía. Fue, por tanto, desterrado y marchó al exilio; y después de largas peregrinaciones llegó a Italia en una nave, como relata Ovidio en sus Fastos:—
Queda por explicar la causa de la nave. El dios portador de la hoz llegó al río toscano en una nave, habiendo recorrido antes el mundo.
Jano lo recibió errante y desprovisto; y las antiguas monedas son prueba de ello, en las cuales hay una representación de Jano con doble rostro, y en la otra cara una nave; como añade el mismo poeta:—
Pero la piadosa posteridad representó una nave en la moneda, dando testimonio de la llegada del dios extranjero.
No solo, por tanto, todos los poetas, sino también los escritores de historias y sucesos antiguos, convienen en que fue un hombre, por cuanto transmitieron a la memoria sus acciones en Italia: de escritores griegos, Diodoro y Talo; de escritores latinos, Nepote, Casio y Varrón. Pues como los hombres vivían en Italia según una costumbre rústica, —
Él llevó a la raza a la unión primero,
Antes dispersa por las cumbres de los montes,
Y les dio estatutos que obedecer,
Y quiso que la tierra en la que yacía
Llevara el título de Lacio.
¿Acaso alguien imagina que es un dios quien fue arrojado al destierro, quien huyó, quien se ocultó? Nadie es tan insensato. Pues quien huye o se oculta, debe temer tanto la violencia como la muerte. Orfeo, que vivió en tiempos más recientes que él, relata abiertamente que Saturno reinó en la tierra y entre los hombres:—
Primero Cronos reinó sobre los hombres en la tierra,
Y luego de Cronos nació el poderoso rey,
Zeus de amplio sonido.
Y también nuestro propio Marón dice:
Esta vida llevó en la tierra el áureo Saturno;
y en otro lugar: —
Aquella fue la celebrada edad de oro,
Tan pacíficamente, serenamente rodaron
Los años bajo su reinado.
El poeta no dijo en el pasaje anterior que llevó esta vida en el cielo, ni en el pasaje posterior que reinó sobre los dioses de arriba. De lo cual resulta evidente que fue un rey en la tierra; y esto lo declara más claramente en otro lugar: —
Restaurador de la edad de oro,
En tierras donde Saturno reinó antiguamente.
Ennio, en efecto, en su [traducción de] Evémero dice que Saturno no fue el primero que reinó, sino su padre Urano. En el principio, dice, Celo tuvo primero el poder supremo sobre la tierra. Instituyó y preparó aquel reino en unión con sus hermanos. No hay gran disputa, si hay duda, por parte de las más grandes autoridades respecto del hijo y del padre. Pero es posible que cada cosa haya sucedido: que Urano primero comenzó a ser preeminente en poder entre los demás, y a tener el primer lugar, pero no el reino; y que después Saturno adquirió mayores recursos y tomó el título de rey.