Capítulo 22. Quién fue el autor de las vanidades antes descritas en Italia entre los romanos, y quién entre las demás naciones
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El autor y fundador de estas vanidades entre los romanos fue aquel rey sabino que especialmente atrapó las mentes rudas e ignorantes de los hombres con nuevas supersticiones; y para hacerlo con cierta autoridad, fingió que tenía encuentros nocturnos con la diosa Egeria. Había una caverna muy oscura en la floresta de Aricia, de la cual manaba un arroyo con una fuente inagotable. Allí solía retirarse sin testigos, para poder fingir que, por consejo de la diosa su esposa, entregaba al pueblo aquellos ritos sagrados que eran más aceptos a los dioses. Es evidente que quiso imitar la astucia de Minos, quien se ocultó en la cueva de Júpiter y, después de una larga demora, sacó leyes como si le hubieran sido entregadas por Júpiter, para atar a los hombres a la obediencia no solo con la autoridad de su gobierno, sino también con la sanción de la religión. Y no fue difícil persuadir a los pastores. Por tanto, instituyó pontífices, sacerdotes, Salios y augures; dispuso a los dioses en familias; y con estos medios ablandó los feroces ánimos del pueblo nuevo y los apartó de los asuntos guerreros hacia la búsqueda de la paz. Pero aunque engañó a otros, no se engañó a sí mismo. Pues después de muchos años, en el consulado de Cornelio y Bebio, en un campo perteneciente al escriba Petilio, bajo el Janículo, unos hombres que cavaban hallaron dos cofres de piedra: en uno estaba el cuerpo de Numa, en el otro siete libros en latín sobre el derecho de los pontífices, y el mismo número escritos en griego sobre sistemas de filosofía, en los cuales no solo anulaba los ritos religiosos que él mismo había instituido, sino también todos los demás. Cuando esto se refirió al senado, se decretó que estos libros fueran destruidos. Por tanto, Quinto Petilio, el pretor que tenía jurisdicción en la ciudad, los quemó en una asamblea del pueblo. Fue esto un proceder insensato; pues ¿de qué servía que los libros fueran quemados, si la causa por la cual se quemaban —que quitaban la autoridad debida a la religión— quedaba ella misma entregada a la memoria? Todos en el senado fueron, pues, necios en grado sumo; porque los libros podían haberse quemado, y sin embargo el asunto mismo haber permanecido desconocido. Así, mientras quieren demostrar incluso a la posteridad con cuánta piedad defendían las instituciones religiosas, con su testimonio disminuían la autoridad de las instituciones mismas.
Pero así como Pompilio fue el instituidor de necias supersticiones entre los romanos, también, antes de Pompilio, Fauno estuvo en el Lacio; este estableció ritos impíos a su abuelo Saturno, honró a su padre Pico con un lugar entre los dioses y consagró a su hermana Fatua Fauna, que también era su esposa; la cual, según refiere Gabio Baso, fue llamada Fatua porque solía predecir a las mujeres sus hados, como Fauno lo hacía a los hombres. Y Varrón escribe que fue una mujer de tan gran modestia que, mientras vivió, ningún varón, salvo su marido, la vio ni oyó su nombre. Por esto las mujeres le sacrifican en secreto y la llaman la Buena Diosa. Y Sexto Claudio, en aquel libro que escribió en griego, refiere que fue la esposa de Fauno quien, porque, contra la práctica y el honor de los reyes, había bebido una jarra de vino y se había embriagado, fue muerta a golpes por su marido con varas de mirto. Pero después, cuando se arrepintió de lo hecho y no pudo soportar el pesar por ella, le rindió honores divinos. Por esta razón dicen que en sus ritos sagrados se coloca una jarra de vino cubierta. Así, Fauno dejó también a la posteridad un error no pequeño, que todos los inteligentes descubren. Pues Lucilio, en estos versos, se burla de la necedad de quienes imaginan que las imágenes son dioses: «Las Lamias terrestres, que Fauno y [Numa Pompilio] y otros instituyeron; y ante ellas tiembla, todo lo cifra en esto. Como los niños pequeños creen que toda estatua de bronce es un hombre vivo, así estos imaginan que todo lo fingido es verdadero: creen que las estatuas de bronce contienen un corazón. Es una galería de pintor; nada hay verdadero; todo es ficticio.» El poeta, en verdad, compara a los hombres necios con los niños. Pero yo digo que son mucho más insensatos que los niños. Pues estos suponen que las imágenes son hombres, mientras que aquellos las toman por dioses: los unos por su edad, los otros por su necedad, imaginan lo que no es verdad; al menos, los unos pronto dejan de engañarse; la necedad de los otros es permanente y siempre crece. Orfeo fue el primero que introdujo en Grecia los ritos del padre Líber; y los celebró por primera vez en un monte de Beocia, muy cerca de Tebas, donde Líber nació; y porque este monte resonaba continuamente con los acordes de la lira, fue llamado Citerón. Aun ahora se llaman órficos aquellos ritos sagrados en los cuales él mismo fue lacerado y despedazado; y vivió casi en la misma época que Fauno. Pero cuál de ellos fue anterior en edad admite duda, puesto que Latino y Príamo reinaron durante los mismos años, como también sus padres Fauno y Laomedonte, en cuyo reinado Orfeo llegó con los argonautas a la costa de los troyanos.
Avancemos, pues, más allá y preguntemos quién fue realmente el primer autor del culto a los dioses. Dídimo, en los libros de su comentario a Píndaro, dice que Meliseo, rey de los cretenses, fue el primero que sacrificó a los dioses e introdujo ritos nuevos y procesiones de sacrificios. Tenía dos hijas, Amaltea y Melisa, que alimentaron al joven Júpiter con leche de cabras y miel. De aquí tuvo origen aquella fábula poética de que las abejas volaron al niño y le llenaron la boca de miel. Dice, además, que Melisa fue nombrada por su padre primera sacerdotisa de la Gran Madre; por cuya circunstancia los sacerdotes de la misma Madre se llaman todavía Melisas. Pero la historia sagrada atestigua que el propio Júpiter, cuando se apoderó del poder, llegó a tal insolencia que edificó templos en honor de sí mismo en muchos lugares. Pues cuando recorría distintas tierras, al llegar a cada región unía a sí a los reyes o príncipes del pueblo con hospitalidad y amistad; y al partir de cada una, ordenaba que se le dedicara un santuario en nombre de su huésped, como si así pudiera conservarse el recuerdo de su amistad y alianza. Así se fundaron templos en honor de Júpiter Atabirio y de Júpiter Labrandio; pues Atabirio y Labrandio fueron sus anfitriones y auxiliares en la guerra. De la misma manera se edificaron también templos a Júpiter Laprio, a Júpiter Molión, a Júpiter Casio y a otros. Fue este un artificio muy astuto de su parte, para adquirir para sí honra divina y un nombre perpetuo para sus huéspedes junto con las observancias religiosas. En consecuencia, ellos se alegraban y se sometían gustosos a su mandato, y observaban ritos y fiestas anuales en gracia de su propio nombre. Eneas hizo algo semejante en Sicilia, cuando dio el nombre de su huésped Acestes a una ciudad que había edificado, para que Acestes después la amara, la acrecentara y la adornara con gozo y de buena gana. De este modo Júpiter extendió por el mundo la observancia de su culto y dio ejemplo para que otros lo imitaran. Ahora bien, ya proceda la práctica de adorar a los dioses de Meliseo, como refiere Dídimo, ya también del propio Júpiter, como dice Evémero, se sigue concordando en el tiempo en que los dioses comenzaron a ser adorados. Meliseo, ciertamente, fue muy anterior en el tiempo, puesto que crió a Júpiter, su nieto. Es, por tanto, posible que, ya antes, ya mientras Júpiter era aún niño, enseñara el culto de los dioses, a saber, de la madre de su hijo de leche y de su abuela Telus, que fue esposa de Urano, y de su padre Saturno; y él mismo, con este ejemplo e institución, pudo haber exaltado a Júpiter a tal soberbia que después se atrevió a atribuirse honores divinos.
I, 23
Ahora, puesto que hemos averiguado el origen de las vanas supersticiones, resta que reunamos también los tiempos en que vivieron aquellos cuya memoria es honrada. Teófilo, en su libro escrito a Autólico sobre los tiempos, dice que Talo refiere en su historia que Belo, a quien adoran los babilonios y los asirios, se halla que vivió trescientos veintidós años antes de la guerra de Troya; que Belo, además, fue contemporáneo de Saturno, y que ambos crecieron en un mismo tiempo; lo cual es tan verdadero que puede inferirse por la razón misma. Pues Agamenón, que llevó a cabo la guerra de Troya, era el cuarto en descendencia de Júpiter; y Aquiles y Áyax eran el tercero en descendencia de él; y Ulises estaba emparentado en el mismo grado. Príamo, ciertamente, distaba por una larga serie de descendencias. Pero según algunas autoridades, Dárdano y Iasio fueron hijos de Córito, no de Júpiter. Pues si hubiera sido así, Júpiter no habría podido tener aquella impúdica unión con Ganímedes, su propio descendiente. Por tanto, si divides los años que concuerdan, el número se hallará en armonía con los padres de aquellos que he nombrado arriba. Ahora bien, desde la destrucción de la ciudad troyana se cuentan mil cuatrocientos setenta años. De este cálculo de los tiempos resulta manifiesto que Saturno no ha nacido hace más de mil ochocientos años, y él fue también el padre de todos los dioses. No se gloríen, pues, en la antigüedad de sus ritos sagrados, puesto que se han averiguado su origen, su sistema y sus tiempos. Quedan aún algunas cosas que pueden tener gran peso para refutar las religiones falsas; pero he determinado poner ahora fin a este libro, para que no exceda límites moderados. Pues es preciso proseguir más plenamente aquellas cosas para que, habiendo refutado todo lo que parece oponerse a la verdad, podamos instruir en la religión verdadera a los hombres que, por ignorancia de las cosas buenas, vagan en la incertidumbre. Y el primer paso hacia la sabiduría es entender qué es falso; el segundo, averiguar qué es verdadero. Por tanto, quien se haya aprovechado de esta primera discusión mía, en la que hemos puesto al descubierto las cosas falsas, será excitado al conocimiento de la verdad, placer más grato que ningún otro al hombre; y será ya digno de la sabiduría de la enseñanza celestial quien se acerque con disposición y preparación al conocimiento de los demás asuntos.
Capítulo 1. Que el olvido de la razón hace a los hombres ignorantes del Dios verdadero, a quien adoran en la adversidad y desprecian en la prosperidad
II, 1
Aunque en el primer libro he demostrado que las ceremonias religiosas de los dioses son falsas, porque aquellos en cuyo honor el consentimiento general de los hombres por todo el mundo, por una necia persuasión, emprendió ritos varios y desemejantes, fueron mortales, y cuando cumplieron su término de vida cedieron a una necesidad divinamente dispuesta y murieron, sin embargo, para que no quede duda alguna, este segundo libro pondrá al descubierto la fuente misma de los errores y explicará todas las causas por las cuales los hombres fueron engañados, de modo que al principio creyeron que ellos eran dioses, y después con una persuasión inveterada perseveraron en las observancias religiosas que habían emprendido de la manera más perversa. Pues deseo, oh emperador Constantino, ahora que he probado la vacuidad de estas cosas y sacado a la luz la impía vanidad de los hombres, afirmar la majestad del único Dios, emprendiendo el deber más útil y mayor de apartar a los hombres de los caminos torcidos y de devolverlos al favor de sí mismos, para que no se desprecien tanto, como hacen algunos filósofos, ni piensen que son débiles e inútiles, de ningún valor y nacidos del todo en vano. Pues esta idea arrastra a muchos a ocupaciones viciosas. Porque mientras imaginan que ningún Dios cuida de nosotros, o que no tendremos existencia alguna después de la muerte, se entregan por completo a la satisfacción de sus pasiones; y mientras piensan que les está permitido, se aplican con afán al goce de los placeres, con lo cual, sin darse cuenta, caen en las redes de la muerte; porque ignoran cuál es la conducta razonable por parte del hombre: pues si quisieran entender esto, en primer lugar reconocerían a su Señor y seguirían la virtud y la justicia; no someterían sus almas al influjo de ficciones nacidas de la tierra, ni buscarían los mortíferos encantos de sus concupiscencias; en suma, se estimarían altamente y entenderían que hay en el hombre más de lo que aparece; y que no pueden conservar su poder y su condición si no deponen los hombres la depravación y emprenden el culto de su verdadero Padre. Yo, ciertamente, como debo, reflexionando a menudo sobre la suma de las cosas, suelo admirarme de que la majestad del único Dios, que mantiene unido y rige todo, haya llegado a olvidarse tanto, que el único objeto digno de culto es, sobre todos los demás, precisamente el que más se descuida; y de que los hombres hayan caído en tal ceguera que prefieren a los muertos al Dios verdadero y vivo, y a los que son de la tierra y están sepultados en la tierra, a Aquel que fue el Creador de la tierra misma.
Y, sin embargo, esta impiedad de los hombres podría merecer alguna indulgencia si el error naciera enteramente de la ignorancia del nombre divino. Pero puesto que vemos a menudo que los mismos adoradores de otros dioses confiesan y reconocen al Dios supremo, ¿qué perdón pueden esperar por su impiedad quienes no reconocen el culto de Aquel a quien el hombre no puede ignorar del todo? Pues tanto al jurar, como al expresar un deseo, como al dar gracias, no nombran a Júpiter ni a una multitud de dioses, sino a Dios; hasta tal punto la verdad brota por sí misma, por la fuerza de la naturaleza, aun de pechos renuentes. Y esto, ciertamente, no sucede con los hombres en la prosperidad. Pues entonces es cuando más escapa Dios de la memoria de los hombres, cuando en el disfrute de sus beneficios deberían honrar su divina beneficencia. Pero si alguna grave necesidad los oprime, entonces se acuerdan de Dios. Si ha resonado el terror de la guerra, si la fuerza pestilente de las enfermedades los ha amenazado, si una prolongada sequía ha negado el alimento a las mieses, si una tempestad violenta o el granizo los ha asaltado, acuden a Dios, se implora la ayuda de Dios, se ruega a Dios que los socorra. Si alguien es sacudido en el mar, furioso el viento, a este Dios invoca. Si alguien es acosado por alguna violencia, implora su auxilio. Si alguien, reducido al último extremo de la pobreza, pide alimento, apela a Dios solo, y con su nombre divino e incomparable procura ganar la compasión de los hombres. Así, nunca se acuerdan de Dios, salvo cuando están en aflicción. Cuando el temor los ha dejado y los peligros se han retirado, entonces en verdad se apresuran a los templos de los dioses: les derraman libaciones, les sacrifican, los coronan con guirnaldas. Pero a Dios, a quien invocaron en su necesidad misma, no le dan gracias ni siquiera de palabra. Así, de la prosperidad nace el lujo; y del lujo, junto con todos los demás vicios, nace la impiedad hacia Dios.
¿Por qué causa podemos suponer que esto surge? A no ser que imaginemos que hay algún poder perverso siempre hostil a la verdad, que se goza en los errores de los hombres, cuya única y sola tarea es esparcir perpetuamente tinieblas y cegar las mentes de los hombres, para que no vean la luz —para que, en suma, no miren al cielo y observen la naturaleza de su propio cuerpo, cuyo origen referiremos en el lugar oportuno—; pero ahora refutemos las falacias. Pues como los demás animales miran hacia el suelo, con el cuerpo inclinado hacia delante, porque no han recibido razón y sabiduría, en tanto que a nosotros nos han sido dadas una posición erguida y un semblante elevado por el Dios Creador, es evidente que estas ceremonias tributadas a los dioses no están de acuerdo con la razón del hombre, porque doblegan al ser nacido para el cielo hacia el culto de objetos terrenales. Pues aquel único y solo Padre nuestro, cuando creó al hombre —esto es, un animal inteligente y capaz de ejercer la razón—, lo levantó del suelo y lo elevó a la contemplación de su Creador. Como bien lo ha representado un ingenioso poeta:
Y cuando los demás animales se inclinan hacia delante y miran a la tierra, dio al hombre un semblante elevado y le mandó mirar al cielo y alzar erguido su rostro hacia las estrellas.
De esta circunstancia derivaron claramente los griegos el nombre [ἄνθρωπος], porque mira hacia arriba. Se niegan, pues, a sí mismos y renuncian al nombre de hombre quienes no miran hacia arriba, sino hacia abajo; a no ser que piensen que el hecho de que estemos erguidos se ha asignado al hombre sin causa alguna. Dios quiso que mirásemos al cielo, y sin duda no sin razón. Pues también las aves y casi todos los seres privados de palabra ven el cielo, pero a nosotros se nos ha dado de un modo peculiar contemplar el cielo estando erguidos, para que busquemos allí la religión; para que, ya que no podemos ver a Dios con los ojos, lo contemplemos con la mente, cuyo trono está allí; y esto ciertamente no puede hacerlo quien adora el bronce y la piedra, cosas terrenales. Pero es muy incorrecto que la naturaleza del cuerpo, que es temporal, esté erguida, y que el alma misma, que es eterna, esté abatida; mientras que la figura y la posición no tienen otra significación, sino que la mente del hombre debe mirar en la misma dirección que su semblante, y que su alma debe estar tan erguida como su cuerpo, para que imite aquello que debe regir. Pero los hombres, olvidados de su nombre y de su naturaleza, apartan sus ojos del cielo y los fijan en la tierra, y temen las obras de sus propias manos, como si algo pudiera ser mayor que su propio artífice.
Capítulo 2. Cuál fue la primera causa de hacer imágenes; de la verdadera semejanza de Dios y de su verdadero culto
II, 2
¿Qué locura es, pues, formar aquellos objetos que después ellos mismos han de temer, o temer las cosas que han formado? Pero, se dice, no tememos las imágenes mismas, sino a aquellos seres a cuya semejanza fueron formadas y a cuyos nombres están dedicadas. Las teméis sin duda por esta razón: porque pensáis que están en el cielo; pues si son dioses, no puede ser de otra manera. ¿Por qué, entonces, no levantáis los ojos al cielo y, invocando sus nombres, ofrecéis sacrificios al aire libre? ¿Por qué miráis a las paredes, a la madera y a la piedra, antes que al lugar donde creéis que ellos están? ¿Qué significan templos y altares? ¿Qué, en suma, las imágenes mismas, que son memoriales de muertos o de ausentes? Pues el plan de hacer semejanzas fue inventado por los hombres por esta razón: para que fuera posible retener la memoria de aquellos que habían sido arrebatados por la muerte o separados por la ausencia. ¿En cuál de estas clases, pues, contaremos a los dioses? Si entre los muertos, ¿quién es tan necio como para adorarlos? Si entre los ausentes, entonces no han de ser adorados, si ni ven nuestras acciones ni oyen nuestras plegarias. Pero si los dioses no pueden estar ausentes —pues, siendo divinos, ven y oyen todas las cosas, en cualquier parte del universo en que estén—, se sigue que las imágenes son superfluas, puesto que los dioses están presentes en todas partes, y basta invocar con la oración los nombres de quienes nos oyen. Pero si están presentes, no pueden dejar de estar junto a sus propias imágenes. Es enteramente así, como el pueblo imagina, que los espíritus de los muertos vagan en torno a las tumbas y reliquias de sus cuerpos. Pero después que la deidad ha comenzado a estar cerca, ya no hay necesidad de su estatua.
Pues pregunto: si alguno contemplara a menudo la imagen de un hombre que se ha establecido en tierra extranjera, para consolarse así de aquel que está ausente, ¿parecería también estar en su sano juicio si, cuando el otro hubiera regresado y estuviera presente, perseverara en contemplar la imagen y prefiriera el goce de ella antes que la vista del hombre mismo? Ciertamente no. Pues la imagen de un hombre parece necesaria en aquel tiempo en que él está lejos; y se volverá superflua cuando esté cerca. Pero en el caso de Dios, cuyo espíritu e influencia están difundidos por todas partes y nunca pueden estar ausentes, es claro que una imagen es siempre superflua. Pero temen que su religión sea del todo vana y vacía si no ven nada presente que puedan adorar, y por eso erigen imágenes; y puesto que estas son representaciones de muertos, se asemejan a los muertos, pues están enteramente desprovistas de percepción. Pero la imagen del Dios sempiterno debe ser viviente y dotada de percepción. Pero si recibió este nombre por semejanza, ¿cómo puede suponerse que estas imágenes se asemejan a Dios, las cuales no tienen percepción ni movimiento? Por tanto, la imagen de Dios no es aquello que los dedos de los hombres modelan de piedra, o de bronce, o de otra materia, sino el hombre mismo, puesto que tiene percepción y movimiento, y realiza muchas y grandes acciones. Y no entienden los necios que, si las imágenes pudieran ejercer percepción y movimiento, por su propia voluntad adorarían a los hombres, por quienes han sido adornadas y embellecidas, pues serían piedra tosca y sin pulir, o madera ruda y sin forma, si no hubieran sido modeladas por el hombre.
El hombre, por tanto, ha de ser considerado como el padre de estas imágenes; pues fueron producidas por su instrumento, y por él tuvieron primero forma, figura y belleza. Por tanto, quien las hizo es superior a los objetos que fueron hechos. Y sin embargo nadie alza la vista hacia el Hacedor mismo, ni lo reverencia: teme las cosas que ha hecho, como si pudiera haber más poder en la obra que en el artífice. Séneca, por tanto, dice con razón en sus tratados morales: Adoran las imágenes de los dioses, les suplican con la rodilla doblada, las adoran, se sientan o permanecen de pie junto a ellas durante todo el día, les ofrecen contribuciones, degüellan víctimas; y mientras tanto valoran estas [imágenes] tan altamente, desprecian a los artífices que las hicieron. ¿Qué hay tan contradictorio como despreciar al estatuario y adorar la estatua; y ni siquiera admitir en tu sociedad a aquel que hace a tus dioses? ¿Qué fuerza, qué poder pueden tener, cuando aquel que los hizo no tiene ninguno? Pero él no pudo darles siquiera aquellos poderes que tenía: el poder de ver, de oír, de hablar y de moverse. ¿Hay alguien tan necio como para suponer que hay algo en la imagen de un dios, en la cual no hay nada siquiera de un hombre excepto la mera semejanza? Pero nadie considera estas cosas; pues los hombres están imbuidos de esta persuasión, y sus mentes han absorbido por completo el engaño de la locura. Y así, seres dotados de sentido adoran objetos insensibles, seres racionales adoran objetos irracionales, los que están vivos adoran objetos inanimados, los nacidos del cielo adoran objetos terrenales. Me deleita, por tanto, como si estuviera de pie en una alta atalaya desde la cual todos puedan oír, proclamar en voz alta aquel dicho de Persio: —
¡Oh almas inclinadas a la tierra y desprovistas de las cosas celestiales!
Mirad más bien al cielo, a cuya vista os levantó Dios vuestro Creador. Él os dio un rostro elevado; vosotros lo inclináis a la tierra; deprimís hacia las cosas de abajo aquellas mentes excelsas, que se alzan juntamente con sus cuerpos hacia su padre, como si os pesara no haber nacido cuadrúpedos. No conviene que el ser celestial se haga igual a las cosas terrestres y se incline a la tierra. ¿Por qué os priváis de los beneficios celestiales y por vuestra propia voluntad caéis postrados en el suelo? Pues os revolcáis miserablemente en el suelo cuando buscáis aquí abajo lo que debisteis buscar arriba. Pues en cuanto a aquellas producciones vanas y frágiles, obra de manos de hombre, de cualquier clase de materia que estén formadas, ¿qué son sino tierra, de la cual fueron producidas? ¿Por qué, pues, os sujetáis a objetos inferiores? ¿Por qué ponéis la tierra sobre vuestras cabezas? Pues cuando os bajáis a la tierra y os humilláis, os hundís por vuestra propia voluntad en el infierno y os condenáis a muerte; pues nada hay más bajo y más humilde que la tierra, excepto la muerte y el infierno. Y si quisierais escapar de estos, despreciaríais la tierra que yace bajo vuestros pies, conservando la posición de vuestro cuerpo, que recibisteis erguido, para que pudierais dirigir vuestros ojos y vuestra mente hacia Aquel que lo hizo. Pero despreciar y pisotear la tierra no es otra cosa que abstenerse de adorar imágenes, porque están hechas de tierra; y también no desear riquezas, y despreciar los placeres del cuerpo, porque la riqueza, y el cuerpo mismo, del cual nos servimos como de una morada, no es sino tierra. Adora a un ser viviente, para que vivas; pues necesariamente ha de morir aquel que se ha sometido a sí mismo y a su alma a los muertos.
II, 3
Pero ¿de qué sirve dirigirse así al vulgo y a los ignorantes, cuando vemos que varones doctos y prudentes, aunque comprenden la vanidad de estas ceremonias, sin embargo, por alguna perversidad, persisten en el culto de aquellos mismos objetos que condenan? Cicerón sabía bien que las deidades que los hombres adoraban eran falsas. Pues cuando había dicho muchas cosas que tendían a la destrucción de las ceremonias religiosas, dijo sin embargo que estas materias no debían ser discutidas por el vulgo, no sea que tal discusión extinguiera el sistema de religión públicamente recibido. ¿Qué podéis hacer respecto de aquel que, cuando se percibe en el error, por su propia voluntad se arroja contra las piedras, para que todo el pueblo tropiece? ¿O se arranca sus propios ojos, para que todos queden ciegos? El cual ni merece bien de los demás, a quienes deja en el error, ni de sí mismo, puesto que se inclina a los errores de los demás, y no hace uso del beneficio de su propia sabiduría, de modo que lleve a la acción la concepción de su propia mente, sino que a sabiendas y conscientemente mete el pie en el lazo, para que él también sea atrapado con los demás, a quienes debía, como más prudente, haber sacado. Antes bien, si tienes alguna virtud, Cicerón, esfuérzate por hacer sabio al pueblo: ese es un asunto digno, en el cual puedes gastar todos los poderes de tu elocuencia. Pues no hay temor de que te falte el discurso en tan buena causa, cuando a menudo has defendido incluso las malas con abundancia y brío. Pero en verdad temes la prisión de Sócrates, y por eso no te atreves a emprender la defensa de la verdad. Mas, como sabio, debiste despreciar la muerte. Y, en verdad, habría sido mucho más glorioso morir por causa de buenas palabras que por causa de denuestos. Ni la fama de tus Filípicas te habría sido más provechosa que la dispersión de los errores del género humano y el retorno de las mentes de los hombres a un estado saludable por medio de tu disputación.
Pero concedamos indulgencia a la timidez, que no debe existir en un sabio. ¿Por qué, entonces, estás tú mismo envuelto en el mismo error? Veo que adoras cosas de tierra hechas por la mano: entiendes que son vanas, y sin embargo haces las mismas cosas que hacen aquellos a quienes confiesas ser los más necios. ¿De qué, por tanto, te aprovechó haber visto la verdad, que ni ibas a defender ni a seguir? Si aun aquellos que se perciben en el error yerran voluntariamente, ¿cuánto más el vulgo ignorante, que se deleita en procesiones vacías y contempla todas las cosas con mentes pueriles? Se deleitan con cosas insignificantes y quedan cautivados por la forma de las imágenes; y son incapaces de pesar cada objeto en sus propias mentes, de modo que entiendan que nada de lo que es contemplado por los ojos de los mortales debe ser adorado, porque necesariamente ha de ser mortal. Y no es de extrañar que no vean a Dios, cuando ellos mismos ni siquiera ven al hombre, a quien creen ver. Pues esto que cae bajo la noticia de los ojos no es el hombre, sino el receptáculo del hombre, cuya cualidad y figura no se ven por los lineamientos del vaso que los contiene, sino por las acciones y el carácter. Aquellos, por tanto, que adoran imágenes son [meros] cuerpos sin hombres, porque se han entregado a las cosas corpóreas y no ven nada con la mente más que con el cuerpo; siendo así que es oficio del alma percibir más claramente aquellas cosas que el ojo del cuerpo no puede contemplar. Y aquel filósofo y poeta acusa severamente a aquellos hombres como humildes y abyectos, que, en oposición al designio de su naturaleza, se postran en adoración de cosas terrenales; pues dice: —
Y abaten sus almas con el temor de los dioses, y las cargan y oprimen hacia la tierra.
Cuando dijo estas cosas, en verdad, su sentido era distinto: que nada debía ser adorado, porque los dioses no se ocupan de los asuntos de los hombres.
En otro lugar, al fin, reconoce que las ceremonias y el culto de los dioses son un oficio inútil: —
Ni es piedad alguna ser visto a menudo con la cabeza velada volverse a una piedra, y acercarse a todo altar, y caer postrado en el suelo, y extender las manos ante los santuarios de los dioses, y rociar los altares con mucha sangre de bestias, y ofrecer voto tras voto.
Y ciertamente, si estas cosas son inútiles, no es justo que almas sublimes y excelsas sean llamadas y deprimidas hacia la tierra, sino que deben pensar solo en las cosas celestiales.
Los sistemas religiosos falsos, por tanto, han sido atacados por varones más sagaces, porque percibieron su falsedad; pero la verdadera [religión] no fue introducida, porque no sabían qué era ni dónde estaba. La consideraron, pues, como si no existiera, porque no pudieron hallarla en su verdad. Y de esta manera cayeron en un error mucho mayor que aquellos que tenían una religión falsa. Pues aquellos adoradores de imágenes frágiles, por necios que sean, en cuanto colocan las cosas celestiales en cosas terrenales y corruptibles, retienen sin embargo algo de sabiduría, y se les puede perdonar, porque tienen el deber principal del hombre, si no en realidad, al menos en su propósito; puesto que, si no la única, ciertamente la mayor diferencia entre los hombres y las bestias consiste en la religión. Pero esta última clase, en proporción a su sabiduría superior, en cuanto entendieron el error de la religión falsa, se hicieron tanto más necios, porque no imaginaron que alguna religión fuera verdadera. Y así, porque es más fácil juzgar los asuntos de otros que los propios, mientras ven la caída de los demás, no han observado lo que estaba ante sus propios pies. De una y otra parte se halla la mayor locura, y un cierto rastro de sabiduría; de modo que podáis dudar de cuáles han de ser llamados más necios: los que abrazan una religión falsa, o los que no abrazan ninguna. Pero (como he dicho) puede concederse perdón a aquellos que son ignorantes y no se tienen por sabios; pero no puede extenderse a aquellos que, mientras profesan sabiduría, más bien exhiben locura. No soy, en verdad, tan injusto como para imaginar que ellos pudieran adivinar, de modo que hallaran la verdad por sí mismos; pues reconozco que esto es imposible. Pero exijo de ellos aquello que pudieron realizar por la razón misma. Pues obrarían más prudentemente, si por una parte entendieran que alguna [forma de] religión es verdadera, y si, mientras atacaban las [religiones] falsas, proclamaran abiertamente que los hombres no estaban en posesión de aquello que es verdadero.
Pero esta consideración quizá pudo influir en ellos: que si hubiera alguna religión verdadera, ella se manifestaría y afirmaría su autoridad, y no permitiría la existencia de nada que se le opusiera. Pues no pudieron ver en absoluto por qué razón, ni por quién, ni de qué manera la religión verdadera fue oprimida, la cual participa de un misterio divino y de un secreto celestial. Y ningún hombre puede saber esto por ningún medio, a menos que se le enseñe. La suma del asunto es esta: los ignorantes y los necios estiman las religiones falsas como verdaderas, porque ni conocen la verdadera ni entienden la falsa. Pero los más sagaces, porque ignoran la verdadera, o bien persisten en aquellas religiones que saben falsas, para parecer que poseen algo; o bien no adoran nada en absoluto, para no caer en error, siendo así que esto mismo participa en gran parte del error, imitar la vida de las bestias bajo la figura de un hombre. Entender lo que es falso es verdaderamente parte de la sabiduría, pero de la sabiduría humana. Más allá de este paso el hombre no puede avanzar, y así muchos de los filósofos han suprimido las instituciones religiosas, como he señalado; pero conocer la verdad es parte de la sabiduría divina. Mas el hombre por sí mismo no puede alcanzar este conocimiento, a menos que sea enseñado por Dios. Así, los filósofos han alcanzado la cumbre de la sabiduría humana, en cuanto a entender lo que no es; pero han fracasado en alcanzar el poder de decir lo que realmente es. Es un dicho bien conocido de Cicerón: «Quisiera poder hallar la verdad tan fácilmente como puedo refutar las cosas falsas.» Y porque esto está más allá del poder de la condición del hombre, la capacidad de este oficio se nos asigna a nosotros, a quienes Dios ha entregado el conocimiento de la verdad; a cuya explicación se dedicarán los cuatro últimos libros. Ahora, entretanto, saquemos a la luz las cosas falsas, como hemos comenzado a hacer.
Capítulo 4. De las imágenes, y de los ornamentos de los templos, y del desprecio en que aun los mismos paganos las tienen
II, 4
¿Qué majestad, pues, pueden tener las imágenes, que estuvieron del todo en poder del hombre débil, ya sea que hubieran de ser transformadas en otra cosa, o que no hubieran de hacerse en absoluto? Por lo cual Príapo habla así en Horacio:
Antaño fui tronco de higuera, leño inútil, cuando el carpintero, dudando si hacer un banco o un Príapo, decidió que fuera un dios. Así que soy un dios, terror muy grande para ladrones y aves.
¿Quién no estaría tranquilo con un guardián como este? Pues los ladrones son tan necios que temen la figura de Príapo; aunque las mismas aves, que imaginan ser ahuyentadas por el miedo de su hoz, se posan sobre las imágenes hábilmente hechas, es decir, que del todo se asemejan a hombres, construyen allí sus nidos y las ensucian. Pero Flaco, como escritor de sátira, ridiculizó la necedad de los hombres. Mas los que hacen las imágenes piensan que ejecutan un asunto serio. En fin, aquel grandísimo poeta, hombre sagaz en las demás cosas, solo en esto mostró necedad, no como poeta, sino a la manera de una vieja, cuando hasta en aquellos libros tan acabados ordena que se haga esto:—
Y la guarda de Príapo del Helesponto, que ahuyenta a ladrones y aves con su hoz de mimbre, los preserve.
Por tanto, adoran cosas mortales, como hechas por mortales. Pues pueden romperse, quemarse o destruirse. Pues a menudo suelen hacerse pedazos, cuando las casas se derrumban por el tiempo, y cuando, consumidas por el incendio, se deshacen en cenizas; y en muchos casos, a menos que las auxilie su propia magnitud o las proteja una vigilancia diligente, se convierten en presa de ladrones. ¿Qué locura es, pues, temer aquellos objetos por los cuales puede temerse o la caída de un edificio, o los incendios, o los robos? ¡Qué necedad, esperar protección de aquellas cosas que no pueden protegerse a sí mismas! ¡Qué perversidad, acudir a la guarda de aquellas que, cuando son dañadas, quedan ellas mismas sin venganza, a menos que la venganza sea exigida por sus adoradores! ¿Dónde está, pues, la verdad? Donde no puede aplicarse violencia a la religión; donde no parece haber nada que pueda ser dañado; donde no puede cometerse sacrilegio.
Mas todo cuanto está sujeto a los ojos y a las manos, eso, en verdad, por ser perecedero, es incompatible con todo el asunto de la inmortalidad. En vano, pues, adornan y engalanan los hombres a sus dioses con oro, marfil y joyas, como si fueran capaces de sacar algún placer de estas cosas. ¿De qué sirven los preciosos dones a objetos insensibles? ¿Es acaso el mismo que tienen los muertos? Pues así como embalsaman los cuerpos de los muertos, los envuelven en especias y vestiduras preciosas y los entierran en la tierra, así honran a los dioses, que cuando fueron hechos no lo percibieron, y cuando son adorados no tienen conocimiento de ello; pues no recibieron sensibilidad en su consagración. Persio se disgustaba de que se llevaran vasos de oro a los templos, pues pensaba que era superfluo que se contara entre las ofrendas religiosas lo que no era instrumento de santidad, sino de avaricia. Pues estas son las cosas que es mejor ofrecer como don al dios a quien adorarías rectamente:—
La ley escrita y la ley divina de la conciencia, y los sagrados recovecos de la mente, y el pecho imbuido de nobleza.
Sentimiento noble y sabio. Pero ridículamente añadió esto: que hay este oro en los templos, como hay muñecas presentadas a Venus por la virgen; lo cual tal vez despreció a causa de su pequeñez. Pues no vio que las mismas imágenes y estatuas de los dioses, labradas en oro y marfil por la mano de Policleto, Eufránor y Fidias, no eran más que muñecas grandes, no dedicadas por vírgenes, a cuyos juegos puede concederse alguna indulgencia, sino por hombres barbados. Por tanto, Séneca se ríe merecidamente de la necedad aun de los viejos. No somos (dice) dos veces niños, como comúnmente se dice, sino que lo somos siempre. Pero hay esta diferencia: que [cuando hombres] tenemos mayores asuntos de juego. Por tanto, los hombres ofrecen a estas muñecas, que son de gran tamaño y adornadas como para el teatro, perfumes, incienso y olores: sacrifican a estas víctimas costosas y cebadas, que tienen boca, pero no apta para comer; a estas les traen ropas y vestiduras costosas, aunque no tienen necesidad de vestido; a estas les dedican oro y plata, de lo cual quienes lo reciben están tan desprovistos como quienes lo han dado.
No sin razón Dionisio, el déspota de Sicilia, cuando tras una victoria se hizo dueño de Grecia, despreció, saqueó y se burló de tales dioses, pues acompañó sus actos sacrílegos con palabras jocosas. Pues cuando hubo quitado la túnica de oro a la estatua de Júpiter Olímpico, mandó que se le pusiera un vestido de lana, diciendo que la túnica de oro era pesada en verano y fría en invierno, pero que la de lana se adaptaba a cada estación. También quitó la barba de oro a Esculapio, diciendo que era indecoroso e injusto que, mientras su padre Apolo aún era lampiño y sin barba, se viera al hijo llevar barba antes que su padre. Asimismo quitó las copas, los despojos y algunas pequeñas imágenes que se sostenían en las manos extendidas de las estatuas, y dijo que no las quitaba, sino que las recibía: pues sería muy necio e ingrato rehusar recibir bienes cuando son ofrecidos voluntariamente por aquellos a quienes los hombres acostumbran implorarlos. Hizo estas cosas con impunidad, porque era rey y victorioso. Además, su acostumbrada buena fortuna lo siguió; pues vivió hasta la vejez y transmitió el reino en sucesión a su hijo. En su caso, por tanto, ya que los hombres no podían castigar sus actos sacrílegos, correspondía que los dioses fueran sus propios vengadores. Pero si cualquier persona humilde hubiera cometido algún crimen semejante, allí están a mano para su castigo el azote, el fuego, el potro, la cruz y cuantos tormentos los hombres puedan inventar en su ira y furor. Mas cuando castigan a los que han sido sorprendidos en acto de sacrilegio, ellos mismos desconfían del poder de sus dioses. Pues ¿por qué no dejarles especialmente la oportunidad de vengarse, si piensan que pueden hacerlo? Además, imaginan que sucedió por voluntad de las deidades que los ladrones sacrílegos fueran descubiertos y arrestados; y su crueldad es instigada no tanto por ira como por temor, no sea que ellos mismos sufran castigo si dejan de vengar la injuria hecha a los dioses. Y, en verdad, muestran increíble liviandad al imaginar que los dioses los dañarán a ellos por culpa ajena, quienes por sí mismos no pudieron dañar a aquellas mismas personas por quienes fueron profanados y saqueados. Pero, de hecho, a menudo ellos mismos también infligieron castigo a los sacrílegos: pudo haber sucedido incluso por azar, lo que algunas veces ha ocurrido, aunque no siempre. Pero mostraré en seguida cómo ocurrió eso. Ahora, entretanto, preguntaré: ¿por qué no castigaron tantos y tan grandes actos de sacrilegio en Dionisio, que insultó a los dioses abiertamente, y no en secreto? ¿Por qué no repelieron a este hombre sacrílego, dueño de tanto poder, de sus templos, de sus ceremonias y de sus imágenes? ¿Por qué, aun cuando había arrebatado sus cosas sagradas, tuvo próspera navegación — como él mismo, según su costumbre, atestiguó en broma? "¿Veis," dijo a sus compañeros que temían el naufragio, "qué próspera navegación dan los mismos dioses inmortales al sacrílego?" Pero tal vez había aprendido de Platón que los dioses no tienen poder.
¿Y qué de Cayo Verres? A quien su acusador Tulio compara con este mismo Dionisio, y con Fálaris, y con todos los tiranos. ¿Acaso no saqueó toda Sicilia, llevándose las imágenes de los dioses y los ornamentos de los templos? Es ocioso seguir cada caso particular: querría mencionar uno, en el cual el acusador, con toda la fuerza de la elocuencia — en suma, con todo esfuerzo de voz y de cuerpo — se lamentó acerca de la Ceres de Catina o de Henna: una de las cuales era de tan gran santidad, que era ilícito a los hombres entrar en los recovecos secretos de su templo; la otra era de tan gran antigüedad, que todas las narraciones refieren que la misma diosa descubrió primero el grano en el suelo de Henna, y que su hija virgen fue arrebatada del mismo lugar. Finalmente, en los tiempos de los Gracos, cuando el estado era perturbado tanto por sediciones como por portentos, al descubrirse en las predicciones sibilinas que debía aplacarse a la antiquísima Ceres, se enviaron embajadores a Henna. Esta Ceres, pues, o la santísima, a quien era ilícito a los hombres contemplar aun para adorarla, o la antiquísima, a quien el senado y el pueblo de Roma habían aplacado con sacrificios y dones, fue arrebatada impunemente por Cayo Verres de sus recovecos secretos y antiguos, habiendo enviado a sus esclavos ladrones. El mismo [orador], en verdad, cuando afirmaba que había sido rogado por los sicilianos para tomar la causa de la provincia, empleó estas palabras: «Que ya no tenían ni siquiera dioses en sus ciudades a quienes pudieran acogerse, puesto que Verres había arrebatado las más sagradas imágenes de sus más venerables santuarios.» Como si, en verdad, si Verres las había arrebatado de las ciudades y de los santuarios, también las hubiera arrebatado del cielo. De lo cual se desprende que aquellos dioses nada tienen en sí más que la materia de que están hechos. Y no sin razón los sicilianos acudieron a ti, ¡oh Marco Tulio!, es decir, a un hombre; puesto que durante tres años habían experimentado que aquellos dioses no tenían poder. Pues habrían sido muy necios si, para protegerse contra las injurias de los hombres, hubieran huido a quienes no podían airarse contra Cayo Verres en defensa propia. Pero [se objetará], Verres fue condenado a causa de estos hechos. Por tanto, no fue castigado por los dioses, sino por la energía de Cicerón, con la cual o aplastó a sus defensores o resistió a su influencia. ¿Por qué diré que, en el caso del mismo Verres, aquello no fue tanto una condena como un respiro del trabajo? De modo que, así como los dioses inmortales habían dado próspera navegación a Dionisio cuando se llevaba los despojos de los dioses, así también parecen haber otorgado a Verres quieto reposo, en el cual pudiera disfrutar con tranquilidad de los frutos de su sacrilegio. Pues cuando después rugieron las guerras civiles, apartado de todo peligro y aprensión, bajo el manto de la condena oyó las desastrosas desgracias y las miserables muertes de otros; y quien parecía haber caído mientras todos conservaban su posición, él solo, en verdad, conservó la suya mientras todos caían; hasta que la proscripción de los triunviros — esa misma proscripción, en efecto, que arrebató a Tulio, vengador de la majestad violada de los dioses — lo arrebató a él, saciado a la vez del goce de las riquezas ganadas por sacrilegio, y de la vida, y gastado por la vejez. Además, fue afortunado en esto mismo: que antes de su propia muerte oyó el fin cruelísimo de su acusador; proveyendo sin duda los dioses que este hombre sacrílego y despojador de su culto no muriera antes de haber recibido consolación de la venganza.
Capítulo 5. Que solo Dios, creador de todas las cosas, ha de ser adorado, y no los elementos ni los cuerpos celestes; y se refuta la opinión de los estoicos, que piensan que los astros y planetas son dioses
II, 5
¡Cuánto mejor es, por tanto, dejando los objetos vanos e insensibles, volver los ojos hacia aquella dirección donde está la sede y morada del Dios verdadero; que suspendió la tierra sobre fundamento firme, que tachonó el cielo de estrellas brillantes; que encendió el sol, la luz más espléndida y sin igual para los asuntos de los hombres, en prueba de su propia majestad única; que ciñó la tierra con mares, y ordenó a los ríos correr con curso perpetuo!
También mandó a las llanuras extenderse, a los valles hundirse, a los bosques cubrirse de follaje, a los montes pedregosos alzarse.
Todas estas cosas, en verdad, no fueron obra de Júpiter, que nació hace mil setecientos años; sino de aquel mismo, «forjador de todas las cosas, origen de un mundo mejor,» que es llamado Dios, cuyo principio no puede comprenderse, y no debe hacerse objeto de indagación. Le basta al hombre, para su plena y perfecta sabiduría, si entiende la existencia de Dios: la fuerza y suma de cuya comprensión es esta, que mire hacia arriba y honre al Padre común del género humano y al Hacedor de cosas maravillosas. De donde algunas personas de mente torpe y obtusa adoran como dioses a los elementos, que son a la vez objetos creados y están desprovistos de sensibilidad; quienes, al admirar las obras de Dios, es decir, el cielo con sus varias luces, la tierra con sus llanuras y montes, los mares con sus ríos y lagos y fuentes, heridos por la admiración de estas cosas, y olvidando al Hacedor mismo, a quien no podían ver, comenzaron a adorar y venerar sus obras. Y de ningún modo pudieron entender cuánto mayor y más maravilloso es Aquel que hizo estas cosas de la nada. Y cuando ven que estas cosas, en obediencia a las leyes divinas, por una necesidad perpetua están subordinadas a los usos e intereses de los hombres, no obstante las consideran como dioses, siendo ingratos para con la bondad divina, de suerte que prefirieron sus propias obras a su indulgentísimo Dios y Padre. Pero ¿qué maravilla es que yerren los hombres incivilizados o ignorantes, cuando aun los filósofos de la secta estoica son de la misma opinión, hasta juzgar que todos los cuerpos celestes que tienen movimiento han de contarse en el número de los dioses; dado que el estoico Lucilio habla así en Cicerón: «Esta regularidad, por tanto, en los astros, este gran acuerdo de los tiempos en tan varios cursos durante toda la eternidad, me son ininteligibles sin el ejercicio de la mente, de la razón y del designio; y cuando vemos estas cosas en las constelaciones, no podemos dejar de colocar estos mismos objetos en el número de los dioses.» Y poco antes habla así: «Queda,» dice, «que el movimiento de los astros es voluntario; y quien ve estas cosas, obraría no solo de modo ignorante, sino también impío, si lo negase.» Nosotros, en verdad, lo negamos firmemente; y probamos que vosotros, ¡oh filósofos!, no solo sois ignorantes e impíos, sino también ciegos, necios y sin sentido, que habéis superado en liviandad la ignorancia de los indoctos. Pues ellos consideran como dioses [solo] al sol y a la luna, pero vosotros también a los astros.
Dadnos a conocer, pues, los misterios de los astros, para que erijamos altares y templos a cada uno; para que sepamos con qué ritos y en qué día adorar a cada cual, con qué nombres y con qué oraciones debemos invocarlos; a menos que acaso debamos adorar a dioses tan innumerables sin discriminación alguna, y a dioses tan diminutos en masa. ¿Por qué he de mencionar que el argumento con el cual infieren que todos los cuerpos celestes son dioses, tiende a la conclusión contraria? Pues si imaginan que son dioses por esto, porque tienen sus cursos fijos y conformes a razón, yerran. Pues es evidente de esto que no son dioses, porque no les está permitido desviarse de sus órbitas prescritas. Mas si fueran dioses, serían llevados acá y allá en todas direcciones sin necesidad alguna, como los seres vivos sobre la tierra, que vagan aquí y allá según les place, porque sus voluntades no están refrenadas, y cada cual es llevado a donde la inclinación lo haya conducido. Por tanto, el movimiento de los astros no es voluntario, sino de necesidad, porque obedecen a las leyes que les fueron señaladas. Pero cuando él argumentaba acerca de los cursos de los astros, al comprender por la armonía misma de las cosas y de los tiempos que no eran por azar, juzgó que eran voluntarios; como si no pudieran moverse con tal orden y arreglo, a menos que contuvieran dentro de sí un entendimiento conocedor de su propio deber. ¡Oh, qué difícil es la verdad para quienes la ignoran! ¡Qué fácil para quienes la conocen! Si, dice, los movimientos de los astros no son por azar, no queda otra cosa sino que son voluntarios; antes bien, en verdad, así como es claro que no son por azar, también es claro que no son voluntarios. ¿Por qué, entonces, al completar sus cursos, conservan su regularidad? Sin duda Dios, el forjador del universo, los ordenó y dispuso de tal manera, que recorrieran sus cursos en el cielo con un orden divino y maravilloso, para realizar las variaciones de las estaciones sucesivas. ¿Acaso Arquímedes de Sicilia pudo idear una semejanza y representación del universo en bronce hueco, en la cual dispuso de tal modo el sol y la luna, que efectuaban, por así decirlo, cada día movimientos desiguales y semejantes a las revoluciones de los cielos, y aquella esfera, al girar, presentaba no solo los acercamientos y alejamientos del sol, o el aumento y mengua de la luna, sino también los cursos desiguales de los astros, fijos o errantes? ¿Era, pues, imposible para Dios planear y crear los originales, cuando la habilidad del hombre podía representarlos por imitación? ¿Diría, por tanto, el estoico, si hubiera visto las figuras de los astros pintadas y modeladas en aquel bronce, que se movían por propio designio, y no por el genio del artífice? Hay, pues, en los astros un designio, adaptado a la realización de sus cursos; pero es el designio de Dios, que hizo y gobierna todas las cosas, no de los astros mismos, que así son movidos. Pues si hubiera sido su voluntad que el sol permaneciera fijo, es claro que habría día perpetuo. Asimismo, si los astros no tuvieran movimientos, ¿quién duda que habría noche eterna? Mas para que hubiera vicisitudes de día y de noche, fue su voluntad que los astros se movieran, y se movieran con tal variedad que no solo hubiera mutuos intercambios de luz y tinieblas, por los cuales se establecieran cursos alternos de trabajo y descanso, sino también [intercambios] de frío y calor, para que el poder e influjo de las diferentes estaciones se adaptara ya a la producción, ya a la maduración de las cosechas. Y porque los filósofos no vieron esta habilidad del poder divino al disponer los movimientos de los astros, supusieron que eran vivientes, como si se movieran con pies y por su propio impulso, y no por la inteligencia divina. Pero ¿quién no entiende por qué Dios los dispuso? Sin duda para que, al retirarse la luz del sol, una noche de excesiva oscuridad no se hiciera demasiado opresiva con su tiniebla sucia y espantosa, y no fuera dañosa para los vivientes. Y así, tachonó el cielo con maravillosa variedad, y templó la oscuridad misma con muchas y diminutas luces. ¡Cuánto más sabiamente, pues, juzga Nasón que aquellos que piensan que se dedican a la búsqueda de la sabiduría, al pensar que aquellas luces fueron puestas por Dios para disipar la lobreguez de las tinieblas! Concluye el libro, en el que brevemente comprende los fenómenos [de la naturaleza], con estos tres versos:—
Estas imágenes, tantas en número, y de tal figura, Dios colocó en el cielo; y habiéndolas esparcido por la oscuridad tenebrosa, les ordenó dar brillante luz a la noche helada.
Mas si es imposible que los astros sean dioses, se sigue que el sol y la luna no pueden ser dioses, puesto que se diferencian de la luz de los astros solo en magnitud, y no en su designio. Y si estos no son dioses, lo mismo se aplica al cielo, que los contiene a todos.