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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I. Del falso culto de los dioses
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De que hay una providencia en los asuntos de los hombres
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 4. Que el Dios único fue predicho aun por los profetas
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. De los testimonios divinos, y de las Sibilas y sus predicciones
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre los testimonios de Apolo y de los dioses
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 9. De Hércules y de su vida y muerte
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que los estoicos trasladan a un sistema filosófico las ficciones de los poetas
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 13 minCapítulo 14. Qué enseña acerca de los dioses la historia sagrada de Evémero y Ennio
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 16. Con qué argumento se demuestra que aquellos que se distinguen por una diferencia de sexo no pueden ser dioses
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 18. Sobre la consagración de los dioses, a causa de los beneficios que confirieron a los hombres
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 19. Que es imposible que alguien adore al Dios verdadero junto con falsas deidades
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Quién fue el autor de las vanidades antes descritas en Italia entre los romanos, y quién entre las demás naciones
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 23. De las edades de las vanas supersticiones, y de los tiempos en que comenzaron
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 2. Cuál fue la primera causa de hacer imágenes; de la verdadera semejanza de Dios y de su verdadero culto
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que Cicerón y otros varones doctos erraron al no apartar al pueblo del error
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 4. De las imágenes, y de los ornamentos de los templos, y del desprecio en que aun los mismos paganos las tienen
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 5. Que solo Dios, creador de todas las cosas, ha de ser adorado, y no los elementos ni los cuerpos celestes; y se refuta la opinión de los estoicos, que piensan que los astros y planetas son dioses
  23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 6. Que ni el universo entero ni los elementos son Dios, ni están dotados de vida
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del uso de la razón en la religión; y de los sueños, augurios, oráculos y portentos semejantes
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. Del mundo, de sus partes, de los elementos y de las estaciones
  28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las Parcas
  29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la corrupción de los ángeles y de las dos clases de demonios
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 17. Que la astrología, la adivinación y las artes semejantes son invención de los demonios
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 20. De la filosofía y la verdad
  35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro III. De la falsa sabiduría de los filósofos
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 3. De qué materias consta la filosofía, y quién fue el principal fundador de la secta académica
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el conocimiento de muchas cosas es necesario
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 13 minCapítulo 7. Sobre la filosofía moral y el bien sumo
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del bien sumo, del culto del Dios verdadero y de la refutación de Anaxágoras
  40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la religión, la sabiduría y el bien sumo
  41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 13. De la inmortalidad del alma, y de la sabiduría, la filosofía y la elocuencia
  42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que Lucrecio y otros erraron, y el propio Cicerón, al fijar el origen de la sabiduría
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. El error de Séneca en la filosofía, y de qué modo el discurso de los filósofos está en desacuerdo con su vida
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 16. Que los filósofos que dan buenos preceptos viven mal, según el testimonio de Cicerón; por tanto, no debemos consagrarnos tanto al estudio de la filosofía como a la sabiduría
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 17. Pasa de la filosofía a los filósofos, comenzando por Epicuro; y cómo consideró a Leucipo y Demócrito como autores del error
  46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Los pitagóricos y estoicos, mientras sostienen la inmortalidad del alma, persuaden neciamente a una muerte voluntaria
  47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Cicerón y otros de los más sabios enseñan la inmortalidad del alma, pero de manera incrédula; y que una buena o mala muerte debe sopesarse según la vida anterior
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 20. Sócrates tuvo más conocimiento en filosofía que otros hombres, aunque en muchas cosas obró neciamente
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 22. De los preceptos de Platón y de las censuras de los mismos
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 24. De los antípodas, del cielo y de las estrellas
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 26. Solo la instrucción divina otorga la sabiduría; y de cuánta eficacia es la ley de Dios
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. De la religión verdadera y de la naturaleza. Si la Fortuna es una diosa, y de la filosofía
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la Fortuna otra vez, y de la virtud
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 30. Conclusión de las cosas antes dichas; y por qué medios debemos pasar de la vanidad de los filósofos a la verdadera sabiduría, y al conocimiento del Dios verdadero, en el cual solamente están la virtud y la felicidad
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 2. Dónde ha de hallarse la sabiduría; por qué Pitágoras y Platón no se acercaron a los judíos
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 4. De la sabiduría asimismo, y de la religión, y del derecho de padre y señor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 6. Dios omnipotente engendró a su Hijo; y los testimonios de las Sibilas y de Trismegisto acerca de Él
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 9. Del Verbo de Dios
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la causa de la encarnación de Cristo
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 13. De Jesús, Dios y hombre; y los testimonios de los profetas acerca de Él
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del sacerdocio de Jesús predicho por los profetas
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la vida y los milagros de Jesús, y de los testimonios acerca de ellos
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la pasión de Jesucristo; que fue anunciada de antemano
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 17. De las supersticiones de los judíos y de su odio contra Jesús
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la Pasión del Señor, y que fue predicha
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 19. De la muerte, sepultura y resurrección de Jesús; y de las predicciones de estos acontecimientos
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ascensión de Jesús, y de su anuncio profético; y de la predicación y las obras de los discípulos
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 24. Refutación de los argumentos antes presentados a modo de objeción
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 25. Del advenimiento de Jesús en la carne y en el espíritu, para que fuera Mediador entre Dios y el hombre
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 5 minCapítulo 26. De la cruz, y otros tormentos de Jesús, y de la figura del cordero bajo la ley
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 27. De las maravillas efectuadas por el poder de la cruz, y de los demonios
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 28. De la esperanza y de la religión verdadera, y de la superstición
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 10 minCapítulo 30. De evitar las herejías y las supersticiones, y de cuál es la única y verdadera Iglesia Católica
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 2. Hasta qué punto la verdad cristiana ha sido atacada por hombres temerarios
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 3. De la verdad de la doctrina cristiana y de la vanidad de sus adversarios; y de que Cristo no fue un mago
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 4. Por qué se publicó esta obra, y de nuevo sobre Tertuliano y Cipriano
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 5. Había justicia verdadera bajo Saturno, pero fue desterrada por Júpiter
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la venida de Jesús y su fruto; y de las virtudes y vicios de aquella edad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 9. De los crímenes de los impíos y de las torturas infligidas a los cristianos
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. De la falsa piedad, y de la religión falsa y verdadera
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 12. De la verdadera virtud; y de la estimación de un ciudadano bueno o malo
  82. Sesión 82 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 14. De la fortaleza de los cristianos
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la locura, la sabiduría, la piedad, la equidad y la justicia
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 16. De los deberes del hombre justo y de la equidad de los cristianos
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 18. De la justicia, la sabiduría y la locura
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 19. De la virtud y de las torturas de los cristianos, y del derecho de un padre y de un señor
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del culto de los otros dioses y del Dios verdadero, y de los animales que adoraban los egipcios
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 22. Del furor de los demonios contra los cristianos, y del error de los incrédulos
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 23. De la justicia y de la paciencia de los cristianos
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 10 minCapítulo 24. De la venganza divina infligida a los verdugos de los cristianos
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 3. De los caminos, y de los vicios y las virtudes; y de los premios del cielo y los castigos del infierno
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4. De los caminos de la vida, de los placeres y también de las penalidades de los cristianos
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 5. De la virtud falsa y verdadera; y del conocimiento
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 6. Del bien sumo y de la virtud, y del conocimiento y de la justicia
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 7. Del camino del error y de la verdad: que es único, estrecho y escarpado, y tiene a Dios por guía
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la ley y el precepto de Dios; de la misericordia y del error de los filósofos
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 10. De la religión para con Dios y de la misericordia para con los hombres; y del principio del mundo
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 11. De las personas a quienes ha de conferirse un beneficio
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 12 minCapítulo 12. De los géneros de beneficencia y de las obras de misericordia
  100. Sesión 100 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 13. Del arrepentimiento, de la misericordia y del perdón de los pecados
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 14. De las afecciones y de la opinión de los estoicos acerca de ellas; y de la virtud, los vicios y la misericordia
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 16. De las afecciones y de la refutación de la opinión de los peripatéticos acerca de ellas; cuál es el uso adecuado de las afecciones y cuál es su mal uso
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 11 minCapítulo 18. De algunos mandatos de Dios y de la paciencia
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 19. De las afecciones y su uso; y de las tres Furias
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. De los placeres de los oídos y de la literatura sagrada
  106. Sesión 106 · Parte 19 · ≈ 11 minCapítulo 22. De los placeres del gusto y del olfato
  107. Sesión 107 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 24. Del arrepentimiento, del perdón y de los mandamientos de Dios
  108. Sesión 108 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del sacrificio, de la ofrenda digna de Dios y de la forma de alabar a Dios
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. Del error de los filósofos, de la sabiduría divina y de la edad de oro
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 3. De la naturaleza y del mundo; y censura de los estoicos y epicúreos
  111. Sesión 111 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 4. Que todas las cosas fueron creadas para algún uso, aun aquellas que parecen malas; por qué causa el hombre goza de razón en un cuerpo tan frágil
  112. Sesión 112 · Parte 20 · ≈ 12 minCapítulo 5. De la creación del hombre, del ordenamiento del mundo y del bien supremo
  113. Sesión 113 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 6. Por qué fueron creados el mundo y el hombre. Cuán inútil es el culto de los dioses falsos
  114. Sesión 114 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la variedad de los filósofos y de su verdad
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la inmortalidad del alma y de la virtud
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 4 minCapítulo 10. De los vicios y las virtudes, y de la vida y de la muerte
  117. Sesión 117 · Parte 21 · ≈ 13 minCapítulo 11. De los últimos tiempos, y del alma y del cuerpo
  118. Sesión 118 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 13. Del alma y de los testimonios acerca de su eternidad
  119. Sesión 119 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la devastación del mundo y del cambio de los imperios
  120. Sesión 120 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 16. De la devastación del mundo y de sus presagios proféticos
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la fortuna del mundo en el último tiempo, y de las cosas predichas por los adivinos
  122. Sesión 122 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21. De los tormentos y castigos de las almas
  123. Sesión 123 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 23. De la resurrección del alma y de las pruebas de este hecho
  124. Sesión 124 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 25. De los últimos tiempos y de la ciudad de Roma
  125. Sesión 125 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 27. Exhortación y confirmación de los piadosos
  126. Sesión 126 · Parte 22 · ≈ 6 minEpítome de las Instituciones Divinas
  127. Sesión 127 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 4.— Los testimonios de los filósofos acerca de la unidad de Dios
  128. Sesión 128 · Parte 22 · ≈ 3 minCapítulo 8.— De Esculapio, Apolo, Marte, Cástor y Pólux, y de Mercurio y Baco
  129. Sesión 129 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 10.— De Júpiter y de su vida licenciosa
  130. Sesión 130 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 20.— De los dioses propios de los romanos
  131. Sesión 131 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24.— Del origen de los ritos sagrados y de las supersticiones
  132. Sesión 132 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26.— Del culto de los elementos y de los astros
  133. Sesión 133 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 29.— De la paciencia y de la providencia de Dios
  134. Sesión 134 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Del conocimiento y de la suposición
  135. Sesión 135 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 34.— Que los hombres han nacido para la justicia
  136. Sesión 136 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 37.— De Sócrates y su contradicción
  137. Sesión 137 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 40.— De la necedad de los filósofos
  138. Sesión 138 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 44.— La doble natividad de Cristo es probada por los profetas
  139. Sesión 139 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 47.— De la resurrección de Jesucristo, del envío de los apóstoles y de la ascensión del Salvador al cielo
  140. Sesión 140 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 50.— Por qué Dios asumió un cuerpo mortal y padeció la muerte
  141. Sesión 141 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 53.— Se examinan y refutan las razones del odio contra los cristianos
  142. Sesión 142 · Parte 24 · ≈ 5 minCapítulo 56.— De la justicia, que es el culto del Dios verdadero
  143. Sesión 143 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificio
  144. Sesión 144 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 61.— De las pasiones
  145. Sesión 145 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas
  146. Sesión 146 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 67.— Del arrepentimiento, de la inmortalidad del alma y de la providencia
  147. Sesión 147 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 69.— De que el mundo fue hecho por causa del hombre, y el hombre por causa de Dios
  148. Sesión 148 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 71.— De los últimos tiempos
  149. Sesión 149 · Parte 25 · ≈ 4 minCapítulo 73.— La esperanza de la salvación está en la religión y en el culto de Dios

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    TEXTOS — LACTANCIO

    Índice de la obra

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    Instituciones divinas

    Hacia 303–311 · Traducción castellana del inglés de la serie Ante-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 25 · Capítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las ParcasPublicado el Actualizado el Ref. ESC-LAC-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I. Del falso culto de los dioses
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De que hay una providencia en los asuntos de los hombres
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 12 minCapítulo 4. Que el Dios único fue predicho aun por los profetas
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 6. De los testimonios divinos, y de las Sibilas y sus predicciones
    6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre los testimonios de Apolo y de los dioses
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 9. De Hércules y de su vida y muerte
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 13 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 11. Del origen, vida, reinado, nombre y muerte de Júpiter, y de Saturno y Urano
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 12. De que los estoicos trasladan a un sistema filosófico las ficciones de los poetas
    11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 13 minCapítulo 14. Qué enseña acerca de los dioses la historia sagrada de Evémero y Ennio
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 16. Con qué argumento se demuestra que aquellos que se distinguen por una diferencia de sexo no pueden ser dioses
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 18. Sobre la consagración de los dioses, a causa de los beneficios que confirieron a los hombres
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 19. Que es imposible que alguien adore al Dios verdadero junto con falsas deidades
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 21. De ciertas deidades propias de los bárbaros, y de sus ritos sagrados; y de igual modo en cuanto a los romanos
    17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Quién fue el autor de las vanidades antes descritas en Italia entre los romanos, y quién entre las demás naciones
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 23. De las edades de las vanas supersticiones, y de los tiempos en que comenzaron
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 2. Cuál fue la primera causa de hacer imágenes; de la verdadera semejanza de Dios y de su verdadero culto
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3. Que Cicerón y otros varones doctos erraron al no apartar al pueblo del error
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 4. De las imágenes, y de los ornamentos de los templos, y del desprecio en que aun los mismos paganos las tienen
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 5. Que solo Dios, creador de todas las cosas, ha de ser adorado, y no los elementos ni los cuerpos celestes; y se refuta la opinión de los estoicos, que piensan que los astros y planetas son dioses
    23. Sesión 23 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 6. Que ni el universo entero ni los elementos son Dios, ni están dotados de vida
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Del uso de la razón en la religión; y de los sueños, augurios, oráculos y portentos semejantes
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 12 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del diablo, el mundo, Dios, la providencia, el hombre y su sabiduría
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. Del mundo, de sus partes, de los elementos y de las estaciones
    28. Sesión 28 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las Parcas
    29. Sesión 29 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la corrupción de los ángeles y de las dos clases de demonios
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 17. Que la astrología, la adivinación y las artes semejantes son invención de los demonios
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 20. De la filosofía y la verdad
    35. Sesión 35 · Parte 7 · ≈ 8 minLibro III. De la falsa sabiduría de los filósofos
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 3. De qué materias consta la filosofía, y quién fue el principal fundador de la secta académica
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 5. Que el conocimiento de muchas cosas es necesario
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 13 minCapítulo 7. Sobre la filosofía moral y el bien sumo
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 9. Del bien sumo, del culto del Dios verdadero y de la refutación de Anaxágoras
    40. Sesión 40 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la religión, la sabiduría y el bien sumo
    41. Sesión 41 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 13. De la inmortalidad del alma, y de la sabiduría, la filosofía y la elocuencia
    42. Sesión 42 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 14. Que Lucrecio y otros erraron, y el propio Cicerón, al fijar el origen de la sabiduría
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 15. El error de Séneca en la filosofía, y de qué modo el discurso de los filósofos está en desacuerdo con su vida
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 16. Que los filósofos que dan buenos preceptos viven mal, según el testimonio de Cicerón; por tanto, no debemos consagrarnos tanto al estudio de la filosofía como a la sabiduría
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 17. Pasa de la filosofía a los filósofos, comenzando por Epicuro; y cómo consideró a Leucipo y Demócrito como autores del error
    46. Sesión 46 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Los pitagóricos y estoicos, mientras sostienen la inmortalidad del alma, persuaden neciamente a una muerte voluntaria
    47. Sesión 47 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. Cicerón y otros de los más sabios enseñan la inmortalidad del alma, pero de manera incrédula; y que una buena o mala muerte debe sopesarse según la vida anterior
    48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 20. Sócrates tuvo más conocimiento en filosofía que otros hombres, aunque en muchas cosas obró neciamente
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 22. De los preceptos de Platón y de las censuras de los mismos
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 24. De los antípodas, del cielo y de las estrellas
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 26. Solo la instrucción divina otorga la sabiduría; y de cuánta eficacia es la ley de Dios
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. De la religión verdadera y de la naturaleza. Si la Fortuna es una diosa, y de la filosofía
    53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 29. De la Fortuna otra vez, y de la virtud
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 30. Conclusión de las cosas antes dichas; y por qué medios debemos pasar de la vanidad de los filósofos a la verdadera sabiduría, y al conocimiento del Dios verdadero, en el cual solamente están la virtud y la felicidad
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 2. Dónde ha de hallarse la sabiduría; por qué Pitágoras y Platón no se acercaron a los judíos
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 4. De la sabiduría asimismo, y de la religión, y del derecho de padre y señor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 6. Dios omnipotente engendró a su Hijo; y los testimonios de las Sibilas y de Trismegisto acerca de Él
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 9. Del Verbo de Dios
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la causa de la encarnación de Cristo
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 13. De Jesús, Dios y hombre; y los testimonios de los profetas acerca de Él
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del sacerdocio de Jesús predicho por los profetas
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 15. De la vida y los milagros de Jesús, y de los testimonios acerca de ellos
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 16. De la pasión de Jesucristo; que fue anunciada de antemano
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 17. De las supersticiones de los judíos y de su odio contra Jesús
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la Pasión del Señor, y que fue predicha
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 19. De la muerte, sepultura y resurrección de Jesús; y de las predicciones de estos acontecimientos
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 21. De la ascensión de Jesús, y de su anuncio profético; y de la predicación y las obras de los discípulos
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 24. Refutación de los argumentos antes presentados a modo de objeción
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 25. Del advenimiento de Jesús en la carne y en el espíritu, para que fuera Mediador entre Dios y el hombre
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 5 minCapítulo 26. De la cruz, y otros tormentos de Jesús, y de la figura del cordero bajo la ley
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 27. De las maravillas efectuadas por el poder de la cruz, y de los demonios
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 9 minCapítulo 28. De la esperanza y de la religión verdadera, y de la superstición
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 10 minCapítulo 30. De evitar las herejías y las supersticiones, y de cuál es la única y verdadera Iglesia Católica
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 2. Hasta qué punto la verdad cristiana ha sido atacada por hombres temerarios
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 3. De la verdad de la doctrina cristiana y de la vanidad de sus adversarios; y de que Cristo no fue un mago
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 4. Por qué se publicó esta obra, y de nuevo sobre Tertuliano y Cipriano
    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 5. Había justicia verdadera bajo Saturno, pero fue desterrada por Júpiter
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la venida de Jesús y su fruto; y de las virtudes y vicios de aquella edad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 9. De los crímenes de los impíos y de las torturas infligidas a los cristianos
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 10. De la falsa piedad, y de la religión falsa y verdadera
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 12. De la verdadera virtud; y de la estimación de un ciudadano bueno o malo
    82. Sesión 82 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 14. De la fortaleza de los cristianos
    83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la locura, la sabiduría, la piedad, la equidad y la justicia
    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 16. De los deberes del hombre justo y de la equidad de los cristianos
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 18. De la justicia, la sabiduría y la locura
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 11 minCapítulo 19. De la virtud y de las torturas de los cristianos, y del derecho de un padre y de un señor
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del culto de los otros dioses y del Dios verdadero, y de los animales que adoraban los egipcios
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 22. Del furor de los demonios contra los cristianos, y del error de los incrédulos
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 23. De la justicia y de la paciencia de los cristianos
    90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 10 minCapítulo 24. De la venganza divina infligida a los verdugos de los cristianos
    91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 3. De los caminos, y de los vicios y las virtudes; y de los premios del cielo y los castigos del infierno
    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4. De los caminos de la vida, de los placeres y también de las penalidades de los cristianos
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 5. De la virtud falsa y verdadera; y del conocimiento
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 6. Del bien sumo y de la virtud, y del conocimiento y de la justicia
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 7. Del camino del error y de la verdad: que es único, estrecho y escarpado, y tiene a Dios por guía
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la ley y el precepto de Dios; de la misericordia y del error de los filósofos
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 10. De la religión para con Dios y de la misericordia para con los hombres; y del principio del mundo
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 11. De las personas a quienes ha de conferirse un beneficio
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 12 minCapítulo 12. De los géneros de beneficencia y de las obras de misericordia
    100. Sesión 100 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 13. Del arrepentimiento, de la misericordia y del perdón de los pecados
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 14. De las afecciones y de la opinión de los estoicos acerca de ellas; y de la virtud, los vicios y la misericordia
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 16. De las afecciones y de la refutación de la opinión de los peripatéticos acerca de ellas; cuál es el uso adecuado de las afecciones y cuál es su mal uso
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 11 minCapítulo 18. De algunos mandatos de Dios y de la paciencia
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 19. De las afecciones y su uso; y de las tres Furias
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. De los placeres de los oídos y de la literatura sagrada
    106. Sesión 106 · Parte 19 · ≈ 11 minCapítulo 22. De los placeres del gusto y del olfato
    107. Sesión 107 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 24. Del arrepentimiento, del perdón y de los mandamientos de Dios
    108. Sesión 108 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 25. Del sacrificio, de la ofrenda digna de Dios y de la forma de alabar a Dios
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. Del error de los filósofos, de la sabiduría divina y de la edad de oro
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 3. De la naturaleza y del mundo; y censura de los estoicos y epicúreos
    111. Sesión 111 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 4. Que todas las cosas fueron creadas para algún uso, aun aquellas que parecen malas; por qué causa el hombre goza de razón en un cuerpo tan frágil
    112. Sesión 112 · Parte 20 · ≈ 12 minCapítulo 5. De la creación del hombre, del ordenamiento del mundo y del bien supremo
    113. Sesión 113 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 6. Por qué fueron creados el mundo y el hombre. Cuán inútil es el culto de los dioses falsos
    114. Sesión 114 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 7. De la variedad de los filósofos y de su verdad
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 9. De la inmortalidad del alma y de la virtud
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 4 minCapítulo 10. De los vicios y las virtudes, y de la vida y de la muerte
    117. Sesión 117 · Parte 21 · ≈ 13 minCapítulo 11. De los últimos tiempos, y del alma y del cuerpo
    118. Sesión 118 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 13. Del alma y de los testimonios acerca de su eternidad
    119. Sesión 119 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 15. De la devastación del mundo y del cambio de los imperios
    120. Sesión 120 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 16. De la devastación del mundo y de sus presagios proféticos
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 18. De la fortuna del mundo en el último tiempo, y de las cosas predichas por los adivinos
    122. Sesión 122 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21. De los tormentos y castigos de las almas
    123. Sesión 123 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 23. De la resurrección del alma y de las pruebas de este hecho
    124. Sesión 124 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 25. De los últimos tiempos y de la ciudad de Roma
    125. Sesión 125 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 27. Exhortación y confirmación de los piadosos
    126. Sesión 126 · Parte 22 · ≈ 6 minEpítome de las Instituciones Divinas
    127. Sesión 127 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 4.— Los testimonios de los filósofos acerca de la unidad de Dios
    128. Sesión 128 · Parte 22 · ≈ 3 minCapítulo 8.— De Esculapio, Apolo, Marte, Cástor y Pólux, y de Mercurio y Baco
    129. Sesión 129 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 10.— De Júpiter y de su vida licenciosa
    130. Sesión 130 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 20.— De los dioses propios de los romanos
    131. Sesión 131 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24.— Del origen de los ritos sagrados y de las supersticiones
    132. Sesión 132 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26.— Del culto de los elementos y de los astros
    133. Sesión 133 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 29.— De la paciencia y de la providencia de Dios
    134. Sesión 134 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 31.— Del conocimiento y de la suposición
    135. Sesión 135 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 34.— Que los hombres han nacido para la justicia
    136. Sesión 136 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 37.— De Sócrates y su contradicción
    137. Sesión 137 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo 40.— De la necedad de los filósofos
    138. Sesión 138 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 44.— La doble natividad de Cristo es probada por los profetas
    139. Sesión 139 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 47.— De la resurrección de Jesucristo, del envío de los apóstoles y de la ascensión del Salvador al cielo
    140. Sesión 140 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 50.— Por qué Dios asumió un cuerpo mortal y padeció la muerte
    141. Sesión 141 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 53.— Se examinan y refutan las razones del odio contra los cristianos
    142. Sesión 142 · Parte 24 · ≈ 5 minCapítulo 56.— De la justicia, que es el culto del Dios verdadero
    143. Sesión 143 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 58.— Del verdadero culto de Dios y del sacrificio
    144. Sesión 144 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 61.— De las pasiones
    145. Sesión 145 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 64.— De que las pasiones han de ser dominadas y de que debemos abstenernos de las cosas prohibidas
    146. Sesión 146 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 67.— Del arrepentimiento, de la inmortalidad del alma y de la providencia
    147. Sesión 147 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 69.— De que el mundo fue hecho por causa del hombre, y el hombre por causa de Dios
    148. Sesión 148 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 71.— De los últimos tiempos
    149. Sesión 149 · Parte 25 · ≈ 4 minCapítulo 73.— La esperanza de la salvación está en la religión y en el culto de Dios

    Capítulo 11. De los seres vivos, del hombre; Prometeo, Deucalión y las Parcas

    II, 11

    Por tanto, habiendo acabado el mundo, mandó que se crearan animales de varias clases y de formas diferentes, tanto grandes como menores. Y fueron hechos en parejas, es decir, uno de cada sexo; de cuyas crías se llenaron el aire, la tierra y los mares. Y Dios dio alimento a todos estos según sus especies desde la tierra, para que sirvieran a los hombres: algunos, por ejemplo, eran para alimento, otros para vestido; pero aquellos que son de gran fuerza los dio para que ayudaran a cultivar la tierra, por lo cual fueron llamados bestias de carga. Y así, cuando todas las cosas se hubieron dispuesto con un orden maravilloso, determinó preparar para sí un reino eterno, y crear innumerables almas, a las que pudiera otorgar la inmortalidad. Entonces se hizo una figura dotada de percepción e inteligencia, es decir, según la semejanza de su propia imagen, que nada puede ser más perfecto: formó al hombre del polvo de la tierra, del cual fue llamado hombre, porque fue hecho de la tierra. Finalmente, Platón dice que la forma humana era semejante a Dios; como dice la Sibila, que afirma—
    Tú eres mi imagen, oh hombre, dotado de recta razón.
    Los poetas tampoco han dado una versión diferente acerca de esta formación del hombre, por más que la hayan corrompido; pues dijeron que el hombre fue hecho por Prometeo a partir del barro. No se equivocaron en la materia misma, sino en el nombre del artífice. Pues nunca habían entrado en contacto con un ápice de la verdad; sino que las cosas que fueron transmitidas por los oráculos de los profetas y contenidas en el libro sagrado de Dios; aquellas cosas recogidas de fábulas y de oscura opinión, y deformadas, como la verdad suele ser corrompida por la multitud cuando se difunde en conversaciones varias, añadiendo cada cual algo a lo que había oído—esas cosas las incluyeron en sus poemas; y en esto, en verdad, [obraron] neciamente, en que atribuyeron a un hombre una obra tan maravillosa y divina. Pues ¿qué necesidad había de que el hombre fuese formado de barro, cuando podía ser engendrado de la misma manera en que el propio Prometeo nació de Jápeto? Pues si él era hombre, podía engendrar un hombre, pero no hacerlo. Pero su castigo en el monte Cáucaso declara que no era de los dioses. Pero nadie consideraba dioses a su padre Jápeto ni a su tío Titán, porque la alta dignidad del reino estaba solo en posesión de Saturno, por la cual obtuvo honores divinos, junto con todos sus descendientes. Esta invención de los poetas admite refutación con muchos argumentos. Todos están de acuerdo en que el diluvio tuvo lugar para la destrucción de la maldad y para su eliminación de la tierra. Ahora bien, tanto los filósofos como los poetas y los escritores de historia antigua afirman lo mismo, y en esto concuerdan especialmente con el lenguaje de los profetas. Si, por tanto, el diluvio tuvo lugar con el propósito de destruir la maldad, que había aumentado por la excesiva multitud de hombres, ¿cómo fue Prometeo el hacedor del hombre, cuando su hijo Deucalión, según dicen los mismos escritores, fue el único que se salvó por causa de su rectitud? ¿Cómo una sola descendencia y una sola generación pudieron llenar tan pronto el mundo de hombres? Pero es evidente que también han corrompido esto, como hicieron con el relato anterior; puesto que ignoraban tanto en qué tiempo sucedió el diluvio sobre la tierra, como quién mereció por causa de su rectitud salvarse cuando pereció el género humano, y cómo y con quién se salvó: todo lo cual es enseñado por las escrituras inspiradas. Es evidente, por tanto, que el relato que dan acerca de la obra de Prometeo es falso.
    Pero porque yo había dicho que los poetas no suelen decir lo que es del todo falso, sino envolver sus relatos en figuras y así oscurecerlos, no digo que mintieran en esto, sino que ante todo Prometeo hizo la imagen de un hombre de rica y blanda arcilla, y que él fue el primero en originar el arte de hacer estatuas e imágenes; en cuanto que vivió en tiempos de Júpiter, durante los cuales comenzaron a construirse templos y se introdujeron nuevos modos de adorar a los dioses. Y así la verdad fue corrompida por la falsedad; y lo que se decía que había sido hecho por Dios comenzó también a atribuirse al hombre, que imitaba la obra divina. Pero la hechura del verdadero y vivo hombre a partir del barro es obra de Dios. Y esto también lo relata Hermes, quien no solo dice que el hombre fue hecho por Dios, a imagen de Dios, sino que incluso trató de explicar con cuánta habilidad formó cada miembro en el cuerpo humano, puesto que no hay ninguno de ellos que no sea tan apto para la necesidad del uso como para la belleza. Pero incluso los estoicos, cuando tratan el tema de la providencia, intentan hacer esto; y Tulio los siguió en muchos lugares. Pero, sin embargo, trata brevemente un tema tan copioso y fecundo, que ahora paso por alto por esta razón, porque recientemente he escrito un libro particular sobre este tema a mi discípulo Demetriano. Pero no puedo omitir aquí lo que dicen algunos filósofos errados, que los hombres y los demás animales surgieron de la tierra sin autor alguno; de donde aquella expresión de Virgilio: —
    Y la raza de hombres nacida de la tierra levantó su cabeza desde los duros campos.
    Y esta opinión es sostenida especialmente por quienes niegan la existencia de una providencia [divina]. Pues los estoicos atribuyen la formación de los animales a la destreza divina. Pero Aristóteles se liberó del trabajo y de la molestia diciendo que el mundo siempre existió, y que por tanto el género humano, y las demás cosas que hay en él, no tuvieron principio, sino que siempre habían sido y siempre serían. Pero cuando vemos que cada animal por separado, que no tuvo existencia previa, comienza a existir y deja de existir, es necesario que toda la especie haya comenzado a existir en algún tiempo, y que cese en algún tiempo porque tuvo un principio.
    Pues todas las cosas deben necesariamente estar comprendidas en tres períodos de tiempo: el pasado, el presente y el futuro. El comienzo pertenece al pasado, la existencia al presente, la disolución al futuro. Y todas estas cosas se ven en el caso de los hombres individualmente: pues comenzamos cuando nacemos; existimos mientras vivimos; y cesamos cuando morimos. Por lo cual habrían de decir que hay tres Parcas: una que urde la trama de la vida para los hombres; la segunda, que la teje; la tercera, que la corta y termina. Pero en toda la especie de los hombres, puesto que solo se ve el tiempo presente, sin embargo de él se infieren también el pasado, es decir, el comienzo, y el futuro, es decir, la disolución. Pues puesto que existe, es evidente que en algún tiempo comenzó a existir, pues nada puede existir sin comienzo; y porque tuvo comienzo, es evidente que en algún tiempo tendrá fin. Pues no puede, como un todo, ser inmortal lo que consta de mortales. Pues así como todos morimos individualmente, es posible que, por alguna calamidad, todos perezcan simultáneamente: ya sea por la improductividad de la tierra, que a veces sucede en casos particulares; ya sea por la difusión general de la peste, que a menudo asola ciudades y países separados; ya sea por la conflagración del mundo, como se dice que sucedió en el caso de Faetón; ya sea por un diluvio, como se cuenta en el tiempo de Deucalión, cuando toda la raza fue destruida con excepción de un solo hombre. Y si este diluvio sucedió por casualidad, ciertamente pudo haber sucedido que aquel que fue el único sobreviviente pereciera. Pero si fue reservado por la voluntad de la providencia divina, como no puede negarse, para reclutar al género humano, es evidente que la vida y la destrucción del género humano están en poder de Dios. Y si es posible que muera del todo, porque muere en partes, es evidente que tuvo origen en algún tiempo; y así como la propensión a la decadencia denota un comienzo, así también da prueba de un fin. Y si estas cosas son verdaderas, Aristóteles no podrá sostener que el mundo mismo tampoco tuvo principio. Pero si Platón y Epicuro le arrancan esto a Aristóteles, sin embargo Platón y Aristóteles, que pensaron que el mundo sería eterno, serán, a pesar de su elocuencia, privados de esto también por Epicuro, porque se sigue que, [así como tuvo un principio], también debe tener un fin. Pero hablaremos de estas cosas más extensamente en el último libro. Ahora volvamos al origen del hombre.

    Capítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla

    II, 12

    Dicen que, en ciertos cambios del cielo y movimientos de los astros, existía una especie de madurez para la producción de los animales; y que así la tierra nueva, reteniendo la semilla productiva, producía de sí misma ciertos vasos a semejanza de matrices, acerca de lo cual dice Lucrecio—
    Matrices crecían adheridas a la tierra por raíces;
    y que estas, una vez maduras, al ser desgarradas por la fuerza de la naturaleza, producían animales tiernos; y después, que la tierra misma abundaba en una especie de humedad semejante a la leche, y que los animales se sustentaban con este alimento. ¿Cómo, pues, pudieron soportar o evitar la fuerza del frío o del calor, o nacer siquiera, puesto que el sol los abrasaría o el frío los contraería? Pero, dicen, al comienzo del mundo no hubo invierno ni verano, sino una perpetua primavera de temperatura equilibrada. ¿Por qué, entonces, vemos que nada de esto ocurre ahora? Porque, dicen, era necesario que ocurriera una vez, para que nacieran los animales; pero después que comenzaron a existir, y se les dio la facultad de engendrar, la tierra cesó de producir, y la condición de los tiempos cambió. ¡Oh, cuán fácil es refutar las falsedades! En primer lugar, nada puede existir en este mundo que no continúe permanente tal como comenzó. Pues ni el sol, ni la luna, ni las estrellas fueron entonces increados; ni, una vez creados, carecieron de sus movimientos; ni aquel gobierno divino, que administra y rige sus cursos, dejó de comenzar [su ejercicio] juntamente con ellos. En segundo lugar, si es como dicen, es necesario que exista una providencia, y caen en aquello mismo que especialmente rehúyen. Pues mientras los animales aún no habían nacido, es evidente que alguien proveyó que nacieran, para que el mundo no apareciera sombrío por el yermo y la desolación. Pero que fueran producidos desde la tierra sin el oficio de los padres, debió de proveerse con gran juicio; y luego, que la humedad condensada de la tierra se formara en las varias figuras de los cuerpos; y también que, habiendo recibido de aquellos vasos con que estaban cubiertos la fuerza de la vida y del sentido, fueran vertidos, por decirlo así, desde el vientre de las madres, es una provisión admirable e indescriptible. Pero supongamos que también esto aconteció por azar; las circunstancias que siguen ciertamente no pueden ser por azar: que la tierra al punto fluyera leche, y que la temperatura del aire fuera equilibrada. Y si estas cosas claramente sucedieron para que los animales recién nacidos tuvieran alimento y estuvieran libres de peligro, es preciso que alguien las proveyera por algún designio divino.
    ¿Pero quién puede hacer esta provisión sino Dios? Veamos, sin embargo, si pudo acontecer eso mismo que afirman: que los hombres naciesen de la tierra. Si alguien considera durante cuánto tiempo y de qué manera es criado un niño, entenderá sin duda que aquellos nacidos de la tierra no pudieron de ningún modo ser criados sin alguien que los alimentara. Pues habrían tenido que yacer durante muchos meses, arrojados, hasta que sus tendones se fortalecieran, de modo que tuvieran poder para moverse y cambiar de lugar, cosa que apenas puede suceder en el espacio de un año. Ahora veamos si un niño pudo haber yacido muchos meses de la misma manera y en el mismo lugar donde fue arrojado, sin morir, abrumado y corrompido por aquella humedad de la tierra que esta le suministraba para su alimento, y por los excrementos de su propio cuerpo mezclados juntamente. Por tanto, es imposible que no fuese criado por alguien; a menos, en verdad, que todos los animales nazcan no en condición tierna, sino crecidos: y jamás se les ocurrió decir esto. Por lo cual todo aquel método es imposible y vano; si es que puede llamarse método a aquello con que se intenta que no haya método. Pues quien dice que todas las cosas se producen por propia voluntad, y nada atribuye a la providencia divina, no afirma, sino destruye el método. Pero si nada puede hacerse o producirse sin designio, es claro que existe una providencia divina, a la cual pertenece propiamente lo que se llama designio. Por tanto, Dios, el Artífice de todas las cosas, hizo al hombre. Y aun Cicerón, aunque ignorante de las sagradas escrituras, vio esto, quien en su tratado sobre las Leyes, en el primer libro, transmitió lo mismo que los profetas; y añado sus palabras: «Este animal previsor, sagaz, vario, agudo, dotado de memoria, lleno de método y designio, que llamamos hombre, fue producido por la Deidad suprema en circunstancias notables; pues este solo, entre tantas especies y naturalezas de animales, participa del juicio y de la reflexión, mientras todos los demás animales carecen de ellos.» ¿Ves que aquel hombre, aunque muy alejado del conocimiento de la verdad, sin embargo, en cuanto poseía la imagen de la sabiduría, entendió que el hombre no pudo ser producido sino por Dios? Pero, con todo, se necesita testimonio divino, no sea que el de un hombre resulte insuficiente. La Sibila testifica que el hombre es obra de Dios:—
    Él, que es el único Dios, el Creador invencible, fijó Él mismo la figura de la forma de los hombres; Él mismo mezcló la naturaleza de todo lo perteneciente a la generación de la vida.
    Las sagradas escrituras contienen afirmaciones del mismo tenor. Por tanto, Dios cumplió el oficio de verdadero padre. Él mismo formó el cuerpo; Él mismo infundió el alma con que respiramos. Cuanto somos, todo es obra suya. De qué manera lo realizó nos lo habría enseñado, si nos fuera lícito saberlo; así como nos enseñó otras cosas que nos han transmitido el conocimiento, tanto del antiguo error como de la luz verdadera.

    Capítulo 13. Por qué el hombre es de dos sexos; cuál es su primera muerte, y cuál la segunda; y de la culpa y castigo de nuestros primeros padres

    II, 13

    Cuando, pues, hubo formado primero al varón a su propia semejanza, entonces formó también a la mujer conforme a la imagen del varón mismo, para que los dos, por su unión, pudieran perpetuar su raza y llenar toda la tierra con una multitud. Pero en la hechura del hombre mismo concluyó y completó la naturaleza de aquellos dos elementos que hemos dicho que son contrarios entre sí: el fuego y el agua. Pues habiendo hecho el cuerpo, infundió en él un alma desde la fuente vital de su propio Espíritu, que es eterna, para que llevara la semejanza del mundo mismo, que se compone de elementos opuestos. Pues aquel consta de alma y cuerpo, esto es, en cierta manera, de cielo y tierra: puesto que el alma con que vivimos tiene su origen, por así decirlo, del cielo, de Dios, y el cuerpo de la tierra, del polvo del cual hemos dicho que fue formado. Empédocles —de quien no puedes discernir si contarlo entre los poetas o entre los filósofos, porque escribió en verso acerca de la naturaleza de las cosas, como hicieron Lucrecio y Varrón entre los romanos— determinó que había cuatro elementos, es decir, fuego, aire, agua y tierra; quizá siguiendo a Trismegisto, quien dijo que nuestros cuerpos estaban compuestos por Dios de estos cuatro elementos, pues [decía] que contenían en sí algo de fuego, algo de aire, algo de agua y algo de tierra, y [aun así] que no eran ni fuego, ni aire, ni agua, ni tierra. Y estas cosas ciertamente no son falsas; porque la naturaleza de la tierra está contenida en la carne, la de la humedad en la sangre, la del aire en el aliento, la del fuego en el calor vital. Pero ni la sangre puede separarse del cuerpo, como la humedad de la tierra, ni el calor vital del aliento, como el fuego del aire; de modo que de todas las cosas solo se hallan dos elementos, cuya naturaleza entera se incluye en la formación de nuestro cuerpo. El hombre, por tanto, fue hecho de sustancias diferentes y opuestas, como el mundo mismo fue hecho de luz y tinieblas, de vida y muerte; y él nos ha advertido que estas dos cosas contienden entre sí en el hombre: de suerte que, si el alma, que tiene su origen de Dios, obtiene el dominio, es inmortal y vive en luz perpetua; si, por el contrario, el cuerpo vence al alma y la somete a su señorío, queda en tinieblas y muerte eternas. Y la fuerza de esto no es que aniquile del todo las almas de los injustos, sino que las sujeta a castigo eterno.
    Llamamos a ese castigo la segunda muerte, la cual es también perpetua, como también lo es la inmortalidad. Definimos así la primera muerte: la muerte es la disolución de la naturaleza de los seres vivientes; o así: la muerte es la separación del cuerpo y del alma. Pero definimos así la segunda muerte: la muerte es el padecimiento de dolor eterno; o así: la muerte es la condenación de las almas, según sus merecimientos, a castigos eternos. Esta no se extiende a los mudos animales, cuyos espíritus, no compuestos de Dios, sino del aire común, son disueltos por la muerte. Por tanto, en esta unión de cielo y tierra, cuya imagen se desenvuelve en el hombre, las cosas que pertenecen a Dios ocupan la parte superior, a saber, el alma, que tiene dominio sobre el cuerpo; pero las que pertenecen al diablo ocupan la parte inferior, manifiestamente el cuerpo: pues este, siendo terreno, debe estar sujeto al alma, como la tierra al cielo. Porque es, por así decirlo, un vaso que este espíritu celestial puede emplear como morada temporal. Los oficios de ambos son —para el segundo, que procede del cielo y de Dios, mandar; para el primero, que procede de la tierra y del diablo, obedecer. Y esto no pasó inadvertido a un hombre disoluto, Salustio, quien dice: «Mas todo nuestro poder consiste en el alma y el cuerpo; usamos el alma para mandar, el cuerpo más bien para obedecer.» Habría sido bueno que hubiera vivido conforme a sus palabras; pues era esclavo de los placeres más degradantes, y destruyó la eficacia de su sentencia con la depravación de su vida. Pero si el alma es fuego, como hemos mostrado, debe elevarse al cielo como fuego, para no extinguirse; esto es, [debe elevarse] a la inmortalidad que está en el cielo. Y así como el fuego no puede arder y mantenerse vivo si no es alimentado por algún rico combustible en que tenga sustento, así el combustible y alimento del alma es únicamente la rectitud, por la cual es alimentada para la vida. Después de estas cosas, Dios, habiendo hecho al hombre del modo que he señalado, lo puso en el paraíso, esto es, en un jardín fertilísimo y deleitoso, que plantó en las regiones del Oriente con toda especie de bosque y árbol, para que se alimentara de sus diversos frutos; y, libre de todos los trabajos, pudiera consagrarse por entero al servicio de Dios su Padre.
    Entonces le dio mandatos fijos, mediante cuya observancia podría continuar inmortal; o, si los transgredía, ser castigado con la muerte. Se le ordenó que no gustara de un solo árbol que estaba en medio del jardín, en el cual había puesto el conocimiento del bien y del mal. Entonces el acusador, envidioso de las obras de Dios, empleó todos sus engaños y artificios para seducir al hombre, a fin de privarlo de la inmortalidad. Y primero persuadió con fraude a la mujer a tomar el fruto prohibido, y por medio de ella persuadió también al hombre mismo a transgredir la ley de Dios. Por tanto, habiendo obtenido el conocimiento del bien y del mal, comenzó a avergonzarse de su desnudez y se escondió del rostro de Dios, lo que antes no acostumbraba hacer. Entonces Dios arrojó al hombre del jardín, habiendo pronunciado sentencia contra el pecador, para que buscara su sustento con el trabajo. Y rodeó el jardín mismo con fuego, para impedir la aproximación del hombre hasta ejecutar el juicio final en la tierra; y, habiendo quitado la muerte, llamar de nuevo a los justos, sus adoradores, al mismo lugar; como enseñan los escritores sagrados, y la Sibila eritrea, cuando dice: «Mas los que honran al verdadero Dios heredan vida eterna, habitando juntos para siempre el paraíso, el hermoso jardín.» Mas puesto que estas cosas son las últimas, las trataremos en la última parte de esta obra. Ahora expliquemos las que son primeras. La muerte, por tanto, siguió al hombre, conforme a la sentencia de Dios, lo cual aun la Sibila enseña en su verso, diciendo: «Hombre hecho por las mismas manos de Dios, a quien la serpiente engañó traidoramente para que viniera al destino de la muerte y recibiera el conocimiento del bien y del mal.» Así la vida del hombre se limitó en su duración; pero, con todo, fue larga, en cuanto se extendió a mil años. Y no ignorando esto Varrón, transmitido como está en las sagradas escrituras y divulgado por el conocimiento de todos, se esforzó en dar razones de por qué se suponía que los antiguos habían vivido mil años. Pues dice que entre los egipcios los meses se cuentan como años: de modo que el circuito del sol por los doce signos [del zodíaco] no hace un año, sino la luna, la cual recorre aquel círculo portador de signos en el espacio de treinta días; argumento manifiestamente falso. Pues nadie entonces superaba el año milésimo. Pero ahora quienes llegan al año centésimo, lo cual sucede con frecuencia, viven sin duda mil doscientos meses. Y autoridades competentes refieren que los hombres suelen alcanzar ciento veinte años. Mas porque Varrón no supo por qué ni cuándo se acortó la vida del hombre, él mismo la acortó, puesto que sabía que era posible que el hombre viviera mil cuatrocientos meses.

    Capítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones

    II, 14

    Mas después Dios, viendo la tierra llena de maldades y crímenes, determinó destruir al género humano con un diluvio; pero, no obstante, para renovar la multitud, escogió a un hombre que, estando todos corrompidos, sobresalía como notable ejemplo de rectitud. Este, cuando tenía seiscientos años, construyó un arca, como Dios le había mandado, en la cual él mismo se salvó, juntamente con su mujer y tres hijos, y otras tantas nueras, cuando el agua había cubierto todas las más altas montañas. Después, cuando la tierra estuvo seca, Dios, execrando la maldad de la edad anterior, para que la larga vida no fuese de nuevo causa de maquinar males, disminuyó gradualmente la edad del hombre en cada generación sucesiva, y puso un límite en ciento veinte años, que no fuera permitido exceder. Mas aquel, cuando salió del arca, como nos informan las sagradas escrituras, cultivó diligentemente la tierra y plantó una viña con su propia mano. Circunstancia por la cual son refutados los que consideran a Baco autor del vino. Pues no solo precedió a Baco, sino también a Saturno y a Urano, por muchas generaciones. Y cuando hubo tomado del fruto de la viña, habiéndose alegrado, bebió hasta la embriaguez y yació desnudo. Y cuando uno de sus hijos, cuyo nombre era Cam, vio esto, no cubrió la desnudez de su padre, sino que salió y contó lo sucedido también a sus hermanos. Mas ellos, tomando un vestido, entraron con los rostros vueltos hacia atrás, y cubrieron a su padre. [] Y cuando su padre se enteró de lo que se había hecho, repudió y despidió a su hijo. Mas él se fue al destierro, y se estableció en una parte de aquella tierra que ahora se llama Arabia; y aquella tierra fue llamada por él Canaán, y su posteridad, cananeos. Esta fue la primera nación que ignoró a Dios, puesto que su príncipe y fundador no recibió de su padre el culto de Dios, habiendo sido maldecido por él; y así dejó a sus descendientes la ignorancia de la naturaleza divina.
    De esta nación fluyeron todos los pueblos vecinos al crecer la multitud. Pero los descendientes de su padre fueron llamados hebreos, entre quienes se estableció la religión del Dios verdadero. Mas también de estos, en tiempos posteriores, cuando su número se multiplicó sobremanera, como la pequeña extensión de sus asentamientos no podía contenerlos, los jóvenes, enviados por sus padres o por propia voluntad, compelidos por la pobreza, dejando sus propias tierras para buscarse nuevos asentamientos, se dispersaron en todas direcciones y llenaron todas las islas y toda la tierra; y así, arrancados del tronco de su sagrada raíz, establecieron para sí, a su arbitrio, nuevas costumbres e instituciones. Mas quienes ocuparon Egipto fueron los primeros de todos que comenzaron a mirar hacia arriba y adorar los cuerpos celestes. Y como no se resguardaban en casas a causa de la calidad de la atmósfera, y el cielo no está cubierto de nube alguna en aquel país, observaban los cursos de los astros y sus ocultaciones, mientras en sus frecuentes adoraciones los contemplaban más atenta y libremente. Después, inducidos por ciertos prodigios, inventaron figuras monstruosas de animales para adorarlas; los autores de las cuales daremos a conocer en breve. Pero los otros, dispersos por la tierra, admirando los elementos del mundo, comenzaron a adorar al cielo, al sol, la tierra y el mar, sin imágenes ni templos, y les ofrecían sacrificios al aire libre, hasta que con el tiempo erigieron templos y estatuas a los reyes más poderosos, y dieron origen a la práctica de honrarlos con víctimas y perfumes; y así, apartándose del conocimiento de Dios, comenzaron a ser paganos. Se engañan, por tanto, quienes sostienen que el culto de los dioses existió desde el principio del mundo, y que el paganismo fue anterior a la religión de Dios: pues piensan que esta fue descubierta después, porque ignoran la fuente y el origen de la verdad. Ahora volvamos al principio del mundo.

    Capítulo 15. De la corrupción de los ángeles y de las dos clases de demonios

    II, 15

    Cuando, pues, el número de los hombres hubo comenzado a crecer, Dios, en su providencia, para que el diablo, a quien desde el principio había dado poder sobre la tierra, no corrompiera o destruyera a los hombres con su astucia, como lo había hecho al principio, envió ángeles para protección y mejora del género humano; y como les había dado libre albedrío, les ordenó ante todo que no se mancillaran con la contaminación de la tierra, y así no perdieran la dignidad de su naturaleza celestial. Les prohibió claramente hacer aquello que Él sabía que harían, para que no abrigaran esperanza alguna de perdón. Por tanto, mientras moraban entre los hombres, aquel fraudulentísimo príncipe de la tierra, con su mismo trato, los fue arrastrando poco a poco a los vicios y los mancilló con el comercio con mujeres. Entonces, no siendo admitidos en el cielo por los pecados en que se habían precipitado, cayeron a la tierra. Así, de ángeles, el diablo los hace sus satélites y secuaces. Pero los que nacieron de estos, como no eran ni ángeles ni hombres, sino que tenían una especie de naturaleza mezclada, no fueron admitidos en el infierno, así como sus padres no lo fueron en el cielo. Así, pues, resultaron dos clases de demonios: una celestial, otra terrestre. Estos últimos son los espíritus malvados, autores de todos los males que se cometen, y su príncipe es el mismo diablo. De donde Trismegisto lo llama el soberano de los demonios. Pero los gramáticos dicen que se llaman demonios, como si [dœmones], esto es, expertos y conocedores de las cosas: pues piensan que estos son dioses. Conocen, ciertamente, muchos sucesos futuros, pero no todos, puesto que no les es permitido conocer del todo el designio de Dios; y por eso acostumbran acomodar sus respuestas a resultados ambiguos. Los poetas saben que son demonios, y así los describen. Hesíodo habla así:—
    Estos son los demonios según la voluntad de Zeus, buenos, que viven sobre la tierra, guardianes de los hombres mortales.
    Y esto se dice con este propósito: porque Dios los había enviado como guardianes al género humano; pero ellos mismos también, aunque son destructores de los hombres, quieren sin embargo aparecer como sus guardianes, para que ellos sean adorados y Dios no sea adorado. Los filósofos también discuten acerca de estos seres. Pues Platón intentó incluso explicar sus naturalezas en su «Banquete;» y Sócrates dijo que había un demonio continuamente junto a él, que se le había apegado cuando era muchacho, por cuya voluntad y dirección se guiaba su vida. También el arte y el poder de los magos consisten enteramente en las influencias de estos; invocados por los cuales, engañan la vista de los hombres con ilusiones engañosas, de modo que no ven las cosas que existen y piensan que ven las que no existen. Estos espíritus contaminados y abandonados, como digo, vagan por toda la tierra y urden un consuelo para su propia perdición con la destrucción de los hombres. Por eso llenan todo lugar de lazos, engaños, fraudes y errores; pues se adhieren a cada individuo, ocupan casas enteras de puerta en puerta y se arrogan el nombre de genios [;] pues con esta palabra traducen demonios en la lengua latina. Consagran a estos en sus casas; a estos derraman diariamente libaciones de vino y adoran a los demonios sabios como dioses de la tierra, y como apartadores de los males que ellos mismos causan e imponen. Y estos, puesto que los espíritus carecen de sustancia y no pueden ser asidos, se insinúan en los cuerpos de los hombres; y obrando secretamente en sus entrañas, corrompen la salud, apresuran las enfermedades, aterran las almas con sueños, atormentan las mentes con frenesíes, para que con estos males obliguen a los hombres a recurrir a su auxilio.

    Capítulo 16. Que los demonios no tienen poder sobre los que están firmes en la fe

    II, 16

    Y la naturaleza de todos estos engaños es oscura para los que están fuera de la verdad. Pues creen que aquellos demonios les aprovechan cuando dejan de hacer daño, cuando no tienen poder sino para dañar. Tal vez alguien diga que, por eso, han de ser adorados, para que no dañen, puesto que tienen poder de dañar. En verdad dañan, pero solo a aquellos por quienes son temidos, a quienes no protege la mano poderosa y excelsa de Dios, a quienes no están iniciados en el misterio de la verdad. Pero temen a los justos, es decir, a los adoradores de Dios, por cuyo nombre conjurados se apartan de los cuerpos [de los poseídos]: pues, azotados por sus palabras como por látigos, no solo confiesan ser demonios, sino que hasta pronuncian sus propios nombres —aquellos que son adorados en los templos—, lo cual generalmente hacen en presencia de sus propios adoradores; no, ciertamente, para deshonra de la religión, sino [para deshonra] de su propio honor, porque no pueden hablar falsamente a Dios, por quien son conjurados, ni a los justos, por cuya voz son atormentados. Por eso, a menudo, después de lanzar grandísimos aullidos, gritan que son golpeados, que arden y que están a punto de salir: ¡tanto poder tienen el conocimiento de Dios y la justicia! ¿A quiénes, pues, pueden dañar, sino a aquellos a quienes tienen en su poder? En resumen, Hermes afirma que quienes han conocido a Dios no solo están a salvo de los ataques de los demonios, sino que ni siquiera están atados por el destino. «La única protección», dice, «es la piedad, pues sobre el hombre piadoso ni el demonio malvado ni el destino tienen poder alguno: porque Dios rescata al hombre piadoso de todo mal; pues el único bien entre los hombres es la piedad.» Y qué es la piedad, lo atestigua en otro lugar, con estas palabras: «Porque la piedad es el conocimiento de Dios.» También Asclepio, su discípulo, expresó más extensamente el mismo sentimiento en aquel discurso acabado que escribió al rey. Cada uno de ellos, en verdad, afirma que los demonios son enemigos y hostigadores de los hombres, y por esto Trismegisto los llama ángeles malvados; tan lejos estaba de ignorar que de seres celestiales se habían corrompido y habían comenzado a ser terrestres.

    Capítulo 17. Que la astrología, la adivinación y las artes semejantes son invención de los demonios

    II, 17

    Estos fueron los inventores de la astrología, de la adivinación y de la mántica, y de aquellas producciones que se llaman oráculos, de la nigromancia, del arte de la magia y de cuantas prácticas malvadas además de estas ejercen los hombres, ya abiertamente, ya en secreto. Ahora bien, todas estas cosas son falsas de suyo, como atestigua la Sibila eritrea:—
    Puesto que todas estas cosas son erróneas,
    Que los necios buscan día a día.
    Pero estas mismas autoridades, con su apariencia, hacen creer que son verdaderas. Así engañan la credulidad de los hombres con adivinación mentirosa, porque no les conviene descubrir la verdad. Estos son los que enseñaron a los hombres a hacer imágenes y estatuas; los cuales, para apartar las mentes de los hombres del culto del Dios verdadero, hacen que los rostros de reyes muertos, modelados y adornados con exquisita hermosura, sean erigidos y consagrados, y se arrogan sus nombres, como si [asumieran] algunos personajes. Pero los magos, y aquellos a quienes el pueblo llama verdaderamente encantadores, cuando practican sus artes detestables, los invocan por sus nombres verdaderos, aquellos nombres celestiales que se leen en las escrituras sagradas. Además, estos espíritus impuros y errantes, para arrojar todas las cosas a la confusión y cubrir las mentes de los hombres de errores, entretejen y mezclan lo falso con lo verdadero. Pues ellos mismos fingieron que hay muchos seres celestiales y un solo rey de todos, Júpiter; porque hay muchos espíritus de ángeles en el cielo, y un solo Padre y Señor de todo, Dios. Pero han ocultado la verdad bajo nombres falsos y la han retirado de la vista.
    Pues Dios, como he mostrado al principio, no necesita un nombre, puesto que Él es único; ni los ángeles, en cuanto son inmortales, sufren ni quieren ser llamados dioses: porque su único y solo deber es someterse a la voluntad de Dios, y no hacer nada en absoluto sino por mandato suyo. Pues decimos que el mundo es gobernado por Dios como una provincia por su gobernador; y nadie diría que sus servidores son partícipes en la administración de la provincia, aunque los negocios se lleven a cabo por su servicio. Y sin embargo estos pueden hacer algo contra las órdenes del gobernador, por ignorancia de este; lo cual es resultado de la condición del hombre. Pero aquel guardián del mundo y gobernador del universo, que conoce todas las cosas, de cuyos ojos divinos nada está oculto, tiene con su Hijo el poder sobre todas las cosas; y no hay en los ángeles sino la necesidad de obedecer. Por tanto, no quieren que se les tribute honor alguno, pues todo su honor está en Dios. Pero los que se han rebelado contra el servicio de Dios, porque son enemigos de la verdad y traidores a Dios, intentan arrogarse el nombre y el culto de dioses; no porque deseen honor alguno (pues ¿qué honor hay para los perdidos?), ni porque puedan dañar a Dios, que no puede ser dañado, sino para dañar a los hombres, a quienes se esfuerzan por apartar del culto y del conocimiento de la verdadera Majestad, para que no puedan alcanzar la inmortalidad, que ellos mismos han perdido por su maldad. Por eso atraen las tinieblas y cubren la verdad de oscuridad, para que los hombres no conozcan a su Señor y Padre. Y para atraerlos fácilmente, se ocultan en los templos y están presentes en todos los sacrificios; y a menudo producen prodigios, para que los hombres, asombrados por ellos, atribuyan a las imágenes una creencia en su poder e influencia divinos. De aquí proviene que el augur cortara la piedra con una navaja; que la Juno de Veyes respondiera que deseaba trasladarse a Roma; que Fortuna Muliebris anunciara el peligro amenazante; que la nave siguiera la mano de Claudia; que Juno, al ser despojada, y la Proserpina locria y la Ceres milesia castigaran a los sacrílegos; que Hércules exigiera venganza de Apio, y Júpiter de Atinio, y Minerva de César. De aquí provino que la serpiente enviada a buscar desde Epidauro librara a la ciudad de Roma de la peste. Pues el jefe de los demonios fue llevado allí en su propia forma, sin disimulo alguno; si es que los embajadores enviados para ello trajeron consigo una serpiente de inmenso tamaño.
    Pero engañan especialmente en el caso de los oráculos, cuyos juegos malabares no pueden distinguir los profanos de la verdad; y por eso imaginan que ellos otorgan mandatos, victorias, riquezas y prósperos desenlaces de los asuntos; en suma, que el Estado ha sido a menudo librado de peligros inminentes por su interposición; peligros que ellos han anunciado y, aplacados con sacrificios, han apartado. Pero todas estas cosas son engaños. Pues como tienen un presentimiento de los designios de Dios, en cuanto han sido sus ministros, se interponen en estos asuntos, para que cuanto ha sido realizado o está en vías de realizarse por Dios, ellos mismos parezcan especialmente hacerlo o haberlo hecho; y cuantas veces pende algún provecho sobre algún pueblo o ciudad, según el propósito de Dios, ya por prodigios, ya por sueños, ya por oráculos, prometen que lo llevarán a cabo si se les dan templos, honores y sacrificios. Y al ofrecerse estos, cuando se cumple el resultado necesario, adquieren para sí la mayor veneración. De aquí que se hagan votos de templos y se consagren nuevas imágenes; se degüellan rebaños de víctimas; y cuando todo esto se hace, no se sacrifica menos la vida y la seguridad de quienes lo han realizado. Pero cuantas veces amenazan peligros, profesan que están airados por alguna causa leve y baladí; como Juno lo estuvo con Varrón, porque había colocado a un hermoso muchacho en el carro de Júpiter para guardar el vestido, y por esta causa el nombre romano estuvo a punto de ser destruido en Cannas. Pero si Juno temía un segundo Ganimedes, ¿por qué la juventud romana sufrió el castigo? O si los dioses atienden solo a los jefes y descuidan al resto de la multitud, ¿por qué Varrón, que actuó así, escapó él solo, y por qué Paulo, que era inocente, fue muerto? Ciertamente nada les sucedió entonces a los romanos por «los hados de la hostil Juno,» cuando Aníbal, con astucia y valor, deshizo dos ejércitos del pueblo romano. Pues Juno no se atrevió ni a defender a Cartago, donde estaban sus armas y su carro, ni a dañar a los romanos; pues
    Ella había oído que hijos de Troya
    Habían nacido para destruir su Cartago.
    Pero estas son las ilusiones de quienes, ocultándose bajo los nombres de los muertos, tienden lazos a los vivos. Por tanto, ya pueda evitarse el peligro inminente, quieren que parezca que ellos lo apartaron, habiendo sido aplacados; o, si no puede evitarse, maquinan que parezca haber sucedido por menospreciarlos a ellos. Así adquieren autoridad y temor ante los hombres, que los ignoran. Con esta sutileza y con estas artes han hecho que el conocimiento del Dios verdadero y único decaiga entre todas las naciones. Pues, destruidos por sus propios vicios, se enfurecen y usan violencia para destruir a otros. Por tanto, estos enemigos del género humano idearon incluso víctimas humanas, para devorar tantas vidas como fuera posible.

    Capítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas

    II, 18

    Alguien dirá: ¿Por qué, pues, permite Dios que se hagan estas cosas, y no pone remedio a tan desastrosos errores? Para que los males estén en oposición con el bien; para que los vicios se opongan a las virtudes; para que tenga a algunos a quienes castigar y a otros a quienes honrar. Pues ha determinado en los últimos tiempos juzgar a los vivos y a los muertos, juicio del cual hablaré en el último libro. Por tanto, Él difiere hasta que llegue el fin de los tiempos, cuando derrame su ira con poder y fuerza celestiales, como
    Las profecías de piadosos videntes
    Hacen sonar el terror en los oídos desvariados.
    Pero ahora Él sufre que los hombres yerren y sean impíos aun contra Él mismo, justo, manso y paciente como es. Pues es imposible que Aquel en quien está la excelencia perfecta no sea también de perfecta paciencia. De donde algunos imaginan que Dios carece por completo de ira, porque no está sujeto a las afecciones, que son perturbaciones de la mente; porque todo animal que está sujeto a afecciones y emociones es frágil. Pero esta persuasión quita del todo la verdad y la religión. Pero dejemos por ahora este asunto de discutir la ira de Dios; porque la materia es muy copiosa y ha de ser tratada más ampliamente en una obra dedicada al tema. Quienquiera que haya adorado y seguido a estos espíritus malvadísimos, no gozará ni del cielo ni de la luz, que son de Dios; sino que caerá en aquellas cosas de las que hemos hablado como asignadas, en la distribución de las cosas, al príncipe mismo de los malvados; a saber, en las tinieblas, en el infierno y en el castigo eterno.
    He mostrado que los ritos religiosos de los dioses son vanos de triple manera: En primer lugar, porque aquellas imágenes que son adoradas son representaciones de hombres muertos; y es cosa injusta e incongruente que la imagen de un hombre sea adorada por la imagen de Dios, pues lo que adora es más bajo y más débil [que aquello que es adorado] [:] luego, que es un crimen inexpiable abandonar al vivo para servir memoriales de los muertos, que no pueden dar vida ni luz a nadie, pues ellos mismos carecen de ella: y que no hay otro Dios sino uno, a cuyo juicio y poder está sujeta toda alma. En segundo lugar, que las imágenes sagradas mismas, a las que sirven hombres insensatísimos, carecen de toda percepción, puesto que son tierra. Pero ¿quién no puede entender que es ilícito que un animal erguido se incline para adorar la tierra? La cual está puesta debajo de nuestros pies para esto, para ser hollada y no adorada por nosotros, que hemos sido levantados de ella y hemos recibido una posición elevada sobre las demás criaturas vivientes, para que no nos volvamos de nuevo hacia abajo, ni arrojemos este semblante celestial a la tierra, sino que dirijamos los ojos hacia aquella región a la que la condición de su naturaleza los ha dirigido, y para que no adoremos y reverenciemos nada excepto la única deidad de nuestro único Creador y Padre, que hizo al hombre de figura erguida, para que sepamos que estamos llamados a las cosas altas y celestiales. En tercer lugar, porque los espíritus que presiden los mismos ritos religiosos, condenados y desechados por Dios, se revuelcan sobre la tierra; los cuales no solo son incapaces de proporcionar ventaja alguna a sus adoradores, puesto que el poder de todas las cosas está en las manos de uno solo, sino que incluso los destruyen con atractivos y errores mortíferos; pues este es su negocio diario, envolver a los hombres en tinieblas, para que el Dios verdadero no sea buscado por ellos. Por tanto, no deben ser adorados, porque yacen bajo la sentencia de Dios. Pues es crimen gravísimo entregarse al poder de aquellos a quienes, si sigues la justicia, puedes superar en poder y expulsar y poner en fuga por la conjuración del nombre divino. Pero si consta que estos ritos religiosos son vanos de tantas maneras como he mostrado, es manifiesto que quienes hacen oraciones a los muertos, o veneran la tierra, o entregan sus almas a espíritus inmundos, no obran como corresponde a hombres, y que sufrirán castigo por su impiedad y culpa, ellos que, rebelándose contra Dios, Padre del género humano, han emprendido ritos inexpiables y han violado toda ley sagrada.

    Capítulo 19. Del culto de las imágenes y de los objetos terrenos

    II, 19

    Quien, por tanto, esté ansioso de observar las obligaciones a las que el hombre está sujeto, y de mantener un cuidado de su naturaleza, levántese de la tierra y, con la mente elevada, dirija sus ojos al cielo: no busque a Dios bajo sus pies, ni extraiga de sus huellas un objeto de veneración, pues todo lo que yace bajo el hombre debe ser necesariamente inferior al hombre; búsquelo en lo alto, búsquelo en el lugar más elevado: pues nada puede ser mayor que el hombre, excepto aquello que está por encima del hombre. Pero Dios es mayor que el hombre: por tanto, Él está arriba, y no abajo; ni ha de ser buscado en lo más bajo, sino más bien en la región más alta. Por lo cual es indudable que no hay religión allí donde hay una imagen. Pues si la religión consiste en cosas divinas, y no hay nada divino sino en las cosas celestiales, se sigue que las imágenes carecen de religión, porque no puede haber nada celestial en aquello que está hecho de la tierra. Y esto, en verdad, puede ser claro para un hombre sabio por el propio nombre. Pues todo lo que es una imitación, eso debe ser necesariamente falso; ni puede recibir el nombre de un objeto verdadero lo que falsifica la verdad por engaño e imitación. Pero si toda imitación no es particularmente un asunto serio, sino como un juego y una broma, entonces no hay religión en las imágenes, sino una imitación burlesca de la religión. Lo que es verdadero, por tanto, ha de ser preferido a todas las cosas que son falsas; las cosas terrenas han de ser pisoteadas, para que obtengamos las celestiales. Pues este es el estado de la cuestión: que quien postre su alma, que tiene su origen del cielo, a las sombras de abajo y a las cosas más bajas, debe caer al lugar al que él mismo se ha arrojado. Por tanto, debe recordar su naturaleza y condición, y siempre esforzarse y aspirar a las cosas de arriba. Y quien haga esto, será juzgado del todo sabio, justo, un hombre: será juzgado, en fin, digno del cielo aquel a quien su Padre reconozca no como abyecto, ni arrojado a la tierra a la manera de las bestias, sino más bien erguido y en pie como Él lo hizo.

    Capítulo 20. De la filosofía y la verdad

    II, 20

    Una parte grande y difícil de la obra que he emprendido, si no me engaño, ha sido completada; y la majestad del cielo, suministrando el poder de hablar, ha ahuyentado errores inveterados. Pero ahora se nos propone un combate más grande y difícil con los filósofos, cuya altura de erudición y elocuencia, como alguna estructura maciza, se opone a mí. Pues así como en el caso anterior fuimos oprimidos por una multitud, y casi por el acuerdo universal de todas las naciones, así en este asunto somos oprimidos por la autoridad de hombres que sobresalen en toda clase de alabanza. ¿Pero quién puede ignorar que hay más peso en un número menor de hombres doctos que en un número mayor de ignorantes? Pero no debemos desesperar de que, bajo la guía de Dios y de la verdad, también estos puedan ser apartados de su opinión; ni pienso que serán tan obstinados como para negar que contemplan con ojos sanos y abiertos el sol mientras brilla en su esplendor. Solo sea cierto aquello que ellos mismos acostumbran profesar: que están poseídos por el deseo de investigar, y ciertamente lograré que crean que la verdad que por largo tiempo han buscado ha sido al fin encontrada, y que confiesen que no pudo ser hallada por las capacidades del hombre.
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