II, 11
Por tanto, habiendo acabado el mundo, mandó que se crearan animales de varias clases y de formas diferentes, tanto grandes como menores. Y fueron hechos en parejas, es decir, uno de cada sexo; de cuyas crías se llenaron el aire, la tierra y los mares. Y Dios dio alimento a todos estos según sus especies desde la tierra, para que sirvieran a los hombres: algunos, por ejemplo, eran para alimento, otros para vestido; pero aquellos que son de gran fuerza los dio para que ayudaran a cultivar la tierra, por lo cual fueron llamados bestias de carga. Y así, cuando todas las cosas se hubieron dispuesto con un orden maravilloso, determinó preparar para sí un reino eterno, y crear innumerables almas, a las que pudiera otorgar la inmortalidad. Entonces se hizo una figura dotada de percepción e inteligencia, es decir, según la semejanza de su propia imagen, que nada puede ser más perfecto: formó al hombre del polvo de la tierra, del cual fue llamado hombre, porque fue hecho de la tierra. Finalmente, Platón dice que la forma humana era semejante a Dios; como dice la Sibila, que afirma—
Tú eres mi imagen, oh hombre, dotado de recta razón.
Los poetas tampoco han dado una versión diferente acerca de esta formación del hombre, por más que la hayan corrompido; pues dijeron que el hombre fue hecho por Prometeo a partir del barro. No se equivocaron en la materia misma, sino en el nombre del artífice. Pues nunca habían entrado en contacto con un ápice de la verdad; sino que las cosas que fueron transmitidas por los oráculos de los profetas y contenidas en el libro sagrado de Dios; aquellas cosas recogidas de fábulas y de oscura opinión, y deformadas, como la verdad suele ser corrompida por la multitud cuando se difunde en conversaciones varias, añadiendo cada cual algo a lo que había oído—esas cosas las incluyeron en sus poemas; y en esto, en verdad, [obraron] neciamente, en que atribuyeron a un hombre una obra tan maravillosa y divina. Pues ¿qué necesidad había de que el hombre fuese formado de barro, cuando podía ser engendrado de la misma manera en que el propio Prometeo nació de Jápeto? Pues si él era hombre, podía engendrar un hombre, pero no hacerlo. Pero su castigo en el monte Cáucaso declara que no era de los dioses. Pero nadie consideraba dioses a su padre Jápeto ni a su tío Titán, porque la alta dignidad del reino estaba solo en posesión de Saturno, por la cual obtuvo honores divinos, junto con todos sus descendientes. Esta invención de los poetas admite refutación con muchos argumentos. Todos están de acuerdo en que el diluvio tuvo lugar para la destrucción de la maldad y para su eliminación de la tierra. Ahora bien, tanto los filósofos como los poetas y los escritores de historia antigua afirman lo mismo, y en esto concuerdan especialmente con el lenguaje de los profetas. Si, por tanto, el diluvio tuvo lugar con el propósito de destruir la maldad, que había aumentado por la excesiva multitud de hombres, ¿cómo fue Prometeo el hacedor del hombre, cuando su hijo Deucalión, según dicen los mismos escritores, fue el único que se salvó por causa de su rectitud? ¿Cómo una sola descendencia y una sola generación pudieron llenar tan pronto el mundo de hombres? Pero es evidente que también han corrompido esto, como hicieron con el relato anterior; puesto que ignoraban tanto en qué tiempo sucedió el diluvio sobre la tierra, como quién mereció por causa de su rectitud salvarse cuando pereció el género humano, y cómo y con quién se salvó: todo lo cual es enseñado por las escrituras inspiradas. Es evidente, por tanto, que el relato que dan acerca de la obra de Prometeo es falso.
Pero porque yo había dicho que los poetas no suelen decir lo que es del todo falso, sino envolver sus relatos en figuras y así oscurecerlos, no digo que mintieran en esto, sino que ante todo Prometeo hizo la imagen de un hombre de rica y blanda arcilla, y que él fue el primero en originar el arte de hacer estatuas e imágenes; en cuanto que vivió en tiempos de Júpiter, durante los cuales comenzaron a construirse templos y se introdujeron nuevos modos de adorar a los dioses. Y así la verdad fue corrompida por la falsedad; y lo que se decía que había sido hecho por Dios comenzó también a atribuirse al hombre, que imitaba la obra divina. Pero la hechura del verdadero y vivo hombre a partir del barro es obra de Dios. Y esto también lo relata Hermes, quien no solo dice que el hombre fue hecho por Dios, a imagen de Dios, sino que incluso trató de explicar con cuánta habilidad formó cada miembro en el cuerpo humano, puesto que no hay ninguno de ellos que no sea tan apto para la necesidad del uso como para la belleza. Pero incluso los estoicos, cuando tratan el tema de la providencia, intentan hacer esto; y Tulio los siguió en muchos lugares. Pero, sin embargo, trata brevemente un tema tan copioso y fecundo, que ahora paso por alto por esta razón, porque recientemente he escrito un libro particular sobre este tema a mi discípulo Demetriano. Pero no puedo omitir aquí lo que dicen algunos filósofos errados, que los hombres y los demás animales surgieron de la tierra sin autor alguno; de donde aquella expresión de Virgilio: —
Y la raza de hombres nacida de la tierra levantó su cabeza desde los duros campos.
Y esta opinión es sostenida especialmente por quienes niegan la existencia de una providencia [divina]. Pues los estoicos atribuyen la formación de los animales a la destreza divina. Pero Aristóteles se liberó del trabajo y de la molestia diciendo que el mundo siempre existió, y que por tanto el género humano, y las demás cosas que hay en él, no tuvieron principio, sino que siempre habían sido y siempre serían. Pero cuando vemos que cada animal por separado, que no tuvo existencia previa, comienza a existir y deja de existir, es necesario que toda la especie haya comenzado a existir en algún tiempo, y que cese en algún tiempo porque tuvo un principio.
Pues todas las cosas deben necesariamente estar comprendidas en tres períodos de tiempo: el pasado, el presente y el futuro. El comienzo pertenece al pasado, la existencia al presente, la disolución al futuro. Y todas estas cosas se ven en el caso de los hombres individualmente: pues comenzamos cuando nacemos; existimos mientras vivimos; y cesamos cuando morimos. Por lo cual habrían de decir que hay tres Parcas: una que urde la trama de la vida para los hombres; la segunda, que la teje; la tercera, que la corta y termina. Pero en toda la especie de los hombres, puesto que solo se ve el tiempo presente, sin embargo de él se infieren también el pasado, es decir, el comienzo, y el futuro, es decir, la disolución. Pues puesto que existe, es evidente que en algún tiempo comenzó a existir, pues nada puede existir sin comienzo; y porque tuvo comienzo, es evidente que en algún tiempo tendrá fin. Pues no puede, como un todo, ser inmortal lo que consta de mortales. Pues así como todos morimos individualmente, es posible que, por alguna calamidad, todos perezcan simultáneamente: ya sea por la improductividad de la tierra, que a veces sucede en casos particulares; ya sea por la difusión general de la peste, que a menudo asola ciudades y países separados; ya sea por la conflagración del mundo, como se dice que sucedió en el caso de Faetón; ya sea por un diluvio, como se cuenta en el tiempo de Deucalión, cuando toda la raza fue destruida con excepción de un solo hombre. Y si este diluvio sucedió por casualidad, ciertamente pudo haber sucedido que aquel que fue el único sobreviviente pereciera. Pero si fue reservado por la voluntad de la providencia divina, como no puede negarse, para reclutar al género humano, es evidente que la vida y la destrucción del género humano están en poder de Dios. Y si es posible que muera del todo, porque muere en partes, es evidente que tuvo origen en algún tiempo; y así como la propensión a la decadencia denota un comienzo, así también da prueba de un fin. Y si estas cosas son verdaderas, Aristóteles no podrá sostener que el mundo mismo tampoco tuvo principio. Pero si Platón y Epicuro le arrancan esto a Aristóteles, sin embargo Platón y Aristóteles, que pensaron que el mundo sería eterno, serán, a pesar de su elocuencia, privados de esto también por Epicuro, porque se sigue que, [así como tuvo un principio], también debe tener un fin. Pero hablaremos de estas cosas más extensamente en el último libro. Ahora volvamos al origen del hombre.
Capítulo 12. Que los animales no fueron producidos espontáneamente, sino por una disposición divina, de la cual Dios nos habría dado el conocimiento, si nos fuera provechoso conocerla
II, 12
Dicen que, en ciertos cambios del cielo y movimientos de los astros, existía una especie de madurez para la producción de los animales; y que así la tierra nueva, reteniendo la semilla productiva, producía de sí misma ciertos vasos a semejanza de matrices, acerca de lo cual dice Lucrecio—
Matrices crecían adheridas a la tierra por raíces;
y que estas, una vez maduras, al ser desgarradas por la fuerza de la naturaleza, producían animales tiernos; y después, que la tierra misma abundaba en una especie de humedad semejante a la leche, y que los animales se sustentaban con este alimento. ¿Cómo, pues, pudieron soportar o evitar la fuerza del frío o del calor, o nacer siquiera, puesto que el sol los abrasaría o el frío los contraería? Pero, dicen, al comienzo del mundo no hubo invierno ni verano, sino una perpetua primavera de temperatura equilibrada. ¿Por qué, entonces, vemos que nada de esto ocurre ahora? Porque, dicen, era necesario que ocurriera una vez, para que nacieran los animales; pero después que comenzaron a existir, y se les dio la facultad de engendrar, la tierra cesó de producir, y la condición de los tiempos cambió. ¡Oh, cuán fácil es refutar las falsedades! En primer lugar, nada puede existir en este mundo que no continúe permanente tal como comenzó. Pues ni el sol, ni la luna, ni las estrellas fueron entonces increados; ni, una vez creados, carecieron de sus movimientos; ni aquel gobierno divino, que administra y rige sus cursos, dejó de comenzar [su ejercicio] juntamente con ellos. En segundo lugar, si es como dicen, es necesario que exista una providencia, y caen en aquello mismo que especialmente rehúyen. Pues mientras los animales aún no habían nacido, es evidente que alguien proveyó que nacieran, para que el mundo no apareciera sombrío por el yermo y la desolación. Pero que fueran producidos desde la tierra sin el oficio de los padres, debió de proveerse con gran juicio; y luego, que la humedad condensada de la tierra se formara en las varias figuras de los cuerpos; y también que, habiendo recibido de aquellos vasos con que estaban cubiertos la fuerza de la vida y del sentido, fueran vertidos, por decirlo así, desde el vientre de las madres, es una provisión admirable e indescriptible. Pero supongamos que también esto aconteció por azar; las circunstancias que siguen ciertamente no pueden ser por azar: que la tierra al punto fluyera leche, y que la temperatura del aire fuera equilibrada. Y si estas cosas claramente sucedieron para que los animales recién nacidos tuvieran alimento y estuvieran libres de peligro, es preciso que alguien las proveyera por algún designio divino.
¿Pero quién puede hacer esta provisión sino Dios? Veamos, sin embargo, si pudo acontecer eso mismo que afirman: que los hombres naciesen de la tierra. Si alguien considera durante cuánto tiempo y de qué manera es criado un niño, entenderá sin duda que aquellos nacidos de la tierra no pudieron de ningún modo ser criados sin alguien que los alimentara. Pues habrían tenido que yacer durante muchos meses, arrojados, hasta que sus tendones se fortalecieran, de modo que tuvieran poder para moverse y cambiar de lugar, cosa que apenas puede suceder en el espacio de un año. Ahora veamos si un niño pudo haber yacido muchos meses de la misma manera y en el mismo lugar donde fue arrojado, sin morir, abrumado y corrompido por aquella humedad de la tierra que esta le suministraba para su alimento, y por los excrementos de su propio cuerpo mezclados juntamente. Por tanto, es imposible que no fuese criado por alguien; a menos, en verdad, que todos los animales nazcan no en condición tierna, sino crecidos: y jamás se les ocurrió decir esto. Por lo cual todo aquel método es imposible y vano; si es que puede llamarse método a aquello con que se intenta que no haya método. Pues quien dice que todas las cosas se producen por propia voluntad, y nada atribuye a la providencia divina, no afirma, sino destruye el método. Pero si nada puede hacerse o producirse sin designio, es claro que existe una providencia divina, a la cual pertenece propiamente lo que se llama designio. Por tanto, Dios, el Artífice de todas las cosas, hizo al hombre. Y aun Cicerón, aunque ignorante de las sagradas escrituras, vio esto, quien en su tratado sobre las Leyes, en el primer libro, transmitió lo mismo que los profetas; y añado sus palabras: «Este animal previsor, sagaz, vario, agudo, dotado de memoria, lleno de método y designio, que llamamos hombre, fue producido por la Deidad suprema en circunstancias notables; pues este solo, entre tantas especies y naturalezas de animales, participa del juicio y de la reflexión, mientras todos los demás animales carecen de ellos.» ¿Ves que aquel hombre, aunque muy alejado del conocimiento de la verdad, sin embargo, en cuanto poseía la imagen de la sabiduría, entendió que el hombre no pudo ser producido sino por Dios? Pero, con todo, se necesita testimonio divino, no sea que el de un hombre resulte insuficiente. La Sibila testifica que el hombre es obra de Dios:—
Él, que es el único Dios, el Creador invencible, fijó Él mismo la figura de la forma de los hombres; Él mismo mezcló la naturaleza de todo lo perteneciente a la generación de la vida.
Las sagradas escrituras contienen afirmaciones del mismo tenor. Por tanto, Dios cumplió el oficio de verdadero padre. Él mismo formó el cuerpo; Él mismo infundió el alma con que respiramos. Cuanto somos, todo es obra suya. De qué manera lo realizó nos lo habría enseñado, si nos fuera lícito saberlo; así como nos enseñó otras cosas que nos han transmitido el conocimiento, tanto del antiguo error como de la luz verdadera.
Capítulo 13. Por qué el hombre es de dos sexos; cuál es su primera muerte, y cuál la segunda; y de la culpa y castigo de nuestros primeros padres
II, 13
Cuando, pues, hubo formado primero al varón a su propia semejanza, entonces formó también a la mujer conforme a la imagen del varón mismo, para que los dos, por su unión, pudieran perpetuar su raza y llenar toda la tierra con una multitud. Pero en la hechura del hombre mismo concluyó y completó la naturaleza de aquellos dos elementos que hemos dicho que son contrarios entre sí: el fuego y el agua. Pues habiendo hecho el cuerpo, infundió en él un alma desde la fuente vital de su propio Espíritu, que es eterna, para que llevara la semejanza del mundo mismo, que se compone de elementos opuestos. Pues aquel consta de alma y cuerpo, esto es, en cierta manera, de cielo y tierra: puesto que el alma con que vivimos tiene su origen, por así decirlo, del cielo, de Dios, y el cuerpo de la tierra, del polvo del cual hemos dicho que fue formado. Empédocles —de quien no puedes discernir si contarlo entre los poetas o entre los filósofos, porque escribió en verso acerca de la naturaleza de las cosas, como hicieron Lucrecio y Varrón entre los romanos— determinó que había cuatro elementos, es decir, fuego, aire, agua y tierra; quizá siguiendo a Trismegisto, quien dijo que nuestros cuerpos estaban compuestos por Dios de estos cuatro elementos, pues [decía] que contenían en sí algo de fuego, algo de aire, algo de agua y algo de tierra, y [aun así] que no eran ni fuego, ni aire, ni agua, ni tierra. Y estas cosas ciertamente no son falsas; porque la naturaleza de la tierra está contenida en la carne, la de la humedad en la sangre, la del aire en el aliento, la del fuego en el calor vital. Pero ni la sangre puede separarse del cuerpo, como la humedad de la tierra, ni el calor vital del aliento, como el fuego del aire; de modo que de todas las cosas solo se hallan dos elementos, cuya naturaleza entera se incluye en la formación de nuestro cuerpo. El hombre, por tanto, fue hecho de sustancias diferentes y opuestas, como el mundo mismo fue hecho de luz y tinieblas, de vida y muerte; y él nos ha advertido que estas dos cosas contienden entre sí en el hombre: de suerte que, si el alma, que tiene su origen de Dios, obtiene el dominio, es inmortal y vive en luz perpetua; si, por el contrario, el cuerpo vence al alma y la somete a su señorío, queda en tinieblas y muerte eternas. Y la fuerza de esto no es que aniquile del todo las almas de los injustos, sino que las sujeta a castigo eterno.
Llamamos a ese castigo la segunda muerte, la cual es también perpetua, como también lo es la inmortalidad. Definimos así la primera muerte: la muerte es la disolución de la naturaleza de los seres vivientes; o así: la muerte es la separación del cuerpo y del alma. Pero definimos así la segunda muerte: la muerte es el padecimiento de dolor eterno; o así: la muerte es la condenación de las almas, según sus merecimientos, a castigos eternos. Esta no se extiende a los mudos animales, cuyos espíritus, no compuestos de Dios, sino del aire común, son disueltos por la muerte. Por tanto, en esta unión de cielo y tierra, cuya imagen se desenvuelve en el hombre, las cosas que pertenecen a Dios ocupan la parte superior, a saber, el alma, que tiene dominio sobre el cuerpo; pero las que pertenecen al diablo ocupan la parte inferior, manifiestamente el cuerpo: pues este, siendo terreno, debe estar sujeto al alma, como la tierra al cielo. Porque es, por así decirlo, un vaso que este espíritu celestial puede emplear como morada temporal. Los oficios de ambos son —para el segundo, que procede del cielo y de Dios, mandar; para el primero, que procede de la tierra y del diablo, obedecer. Y esto no pasó inadvertido a un hombre disoluto, Salustio, quien dice: «Mas todo nuestro poder consiste en el alma y el cuerpo; usamos el alma para mandar, el cuerpo más bien para obedecer.» Habría sido bueno que hubiera vivido conforme a sus palabras; pues era esclavo de los placeres más degradantes, y destruyó la eficacia de su sentencia con la depravación de su vida. Pero si el alma es fuego, como hemos mostrado, debe elevarse al cielo como fuego, para no extinguirse; esto es, [debe elevarse] a la inmortalidad que está en el cielo. Y así como el fuego no puede arder y mantenerse vivo si no es alimentado por algún rico combustible en que tenga sustento, así el combustible y alimento del alma es únicamente la rectitud, por la cual es alimentada para la vida. Después de estas cosas, Dios, habiendo hecho al hombre del modo que he señalado, lo puso en el paraíso, esto es, en un jardín fertilísimo y deleitoso, que plantó en las regiones del Oriente con toda especie de bosque y árbol, para que se alimentara de sus diversos frutos; y, libre de todos los trabajos, pudiera consagrarse por entero al servicio de Dios su Padre.
Entonces le dio mandatos fijos, mediante cuya observancia podría continuar inmortal; o, si los transgredía, ser castigado con la muerte. Se le ordenó que no gustara de un solo árbol que estaba en medio del jardín, en el cual había puesto el conocimiento del bien y del mal. Entonces el acusador, envidioso de las obras de Dios, empleó todos sus engaños y artificios para seducir al hombre, a fin de privarlo de la inmortalidad. Y primero persuadió con fraude a la mujer a tomar el fruto prohibido, y por medio de ella persuadió también al hombre mismo a transgredir la ley de Dios. Por tanto, habiendo obtenido el conocimiento del bien y del mal, comenzó a avergonzarse de su desnudez y se escondió del rostro de Dios, lo que antes no acostumbraba hacer. Entonces Dios arrojó al hombre del jardín, habiendo pronunciado sentencia contra el pecador, para que buscara su sustento con el trabajo. Y rodeó el jardín mismo con fuego, para impedir la aproximación del hombre hasta ejecutar el juicio final en la tierra; y, habiendo quitado la muerte, llamar de nuevo a los justos, sus adoradores, al mismo lugar; como enseñan los escritores sagrados, y la Sibila eritrea, cuando dice: «Mas los que honran al verdadero Dios heredan vida eterna, habitando juntos para siempre el paraíso, el hermoso jardín.» Mas puesto que estas cosas son las últimas, las trataremos en la última parte de esta obra. Ahora expliquemos las que son primeras. La muerte, por tanto, siguió al hombre, conforme a la sentencia de Dios, lo cual aun la Sibila enseña en su verso, diciendo: «Hombre hecho por las mismas manos de Dios, a quien la serpiente engañó traidoramente para que viniera al destino de la muerte y recibiera el conocimiento del bien y del mal.» Así la vida del hombre se limitó en su duración; pero, con todo, fue larga, en cuanto se extendió a mil años. Y no ignorando esto Varrón, transmitido como está en las sagradas escrituras y divulgado por el conocimiento de todos, se esforzó en dar razones de por qué se suponía que los antiguos habían vivido mil años. Pues dice que entre los egipcios los meses se cuentan como años: de modo que el circuito del sol por los doce signos [del zodíaco] no hace un año, sino la luna, la cual recorre aquel círculo portador de signos en el espacio de treinta días; argumento manifiestamente falso. Pues nadie entonces superaba el año milésimo. Pero ahora quienes llegan al año centésimo, lo cual sucede con frecuencia, viven sin duda mil doscientos meses. Y autoridades competentes refieren que los hombres suelen alcanzar ciento veinte años. Mas porque Varrón no supo por qué ni cuándo se acortó la vida del hombre, él mismo la acortó, puesto que sabía que era posible que el hombre viviera mil cuatrocientos meses.
Capítulo 14. De Noé, el inventor del vino, que fue el primero en conocer las estrellas, y del origen de las falsas religiones
II, 14
Mas después Dios, viendo la tierra llena de maldades y crímenes, determinó destruir al género humano con un diluvio; pero, no obstante, para renovar la multitud, escogió a un hombre que, estando todos corrompidos, sobresalía como notable ejemplo de rectitud. Este, cuando tenía seiscientos años, construyó un arca, como Dios le había mandado, en la cual él mismo se salvó, juntamente con su mujer y tres hijos, y otras tantas nueras, cuando el agua había cubierto todas las más altas montañas. Después, cuando la tierra estuvo seca, Dios, execrando la maldad de la edad anterior, para que la larga vida no fuese de nuevo causa de maquinar males, disminuyó gradualmente la edad del hombre en cada generación sucesiva, y puso un límite en ciento veinte años, que no fuera permitido exceder. Mas aquel, cuando salió del arca, como nos informan las sagradas escrituras, cultivó diligentemente la tierra y plantó una viña con su propia mano. Circunstancia por la cual son refutados los que consideran a Baco autor del vino. Pues no solo precedió a Baco, sino también a Saturno y a Urano, por muchas generaciones. Y cuando hubo tomado del fruto de la viña, habiéndose alegrado, bebió hasta la embriaguez y yació desnudo. Y cuando uno de sus hijos, cuyo nombre era Cam, vio esto, no cubrió la desnudez de su padre, sino que salió y contó lo sucedido también a sus hermanos. Mas ellos, tomando un vestido, entraron con los rostros vueltos hacia atrás, y cubrieron a su padre. [] Y cuando su padre se enteró de lo que se había hecho, repudió y despidió a su hijo. Mas él se fue al destierro, y se estableció en una parte de aquella tierra que ahora se llama Arabia; y aquella tierra fue llamada por él Canaán, y su posteridad, cananeos. Esta fue la primera nación que ignoró a Dios, puesto que su príncipe y fundador no recibió de su padre el culto de Dios, habiendo sido maldecido por él; y así dejó a sus descendientes la ignorancia de la naturaleza divina.
De esta nación fluyeron todos los pueblos vecinos al crecer la multitud. Pero los descendientes de su padre fueron llamados hebreos, entre quienes se estableció la religión del Dios verdadero. Mas también de estos, en tiempos posteriores, cuando su número se multiplicó sobremanera, como la pequeña extensión de sus asentamientos no podía contenerlos, los jóvenes, enviados por sus padres o por propia voluntad, compelidos por la pobreza, dejando sus propias tierras para buscarse nuevos asentamientos, se dispersaron en todas direcciones y llenaron todas las islas y toda la tierra; y así, arrancados del tronco de su sagrada raíz, establecieron para sí, a su arbitrio, nuevas costumbres e instituciones. Mas quienes ocuparon Egipto fueron los primeros de todos que comenzaron a mirar hacia arriba y adorar los cuerpos celestes. Y como no se resguardaban en casas a causa de la calidad de la atmósfera, y el cielo no está cubierto de nube alguna en aquel país, observaban los cursos de los astros y sus ocultaciones, mientras en sus frecuentes adoraciones los contemplaban más atenta y libremente. Después, inducidos por ciertos prodigios, inventaron figuras monstruosas de animales para adorarlas; los autores de las cuales daremos a conocer en breve. Pero los otros, dispersos por la tierra, admirando los elementos del mundo, comenzaron a adorar al cielo, al sol, la tierra y el mar, sin imágenes ni templos, y les ofrecían sacrificios al aire libre, hasta que con el tiempo erigieron templos y estatuas a los reyes más poderosos, y dieron origen a la práctica de honrarlos con víctimas y perfumes; y así, apartándose del conocimiento de Dios, comenzaron a ser paganos. Se engañan, por tanto, quienes sostienen que el culto de los dioses existió desde el principio del mundo, y que el paganismo fue anterior a la religión de Dios: pues piensan que esta fue descubierta después, porque ignoran la fuente y el origen de la verdad. Ahora volvamos al principio del mundo.
II, 15
Cuando, pues, el número de los hombres hubo comenzado a crecer, Dios, en su providencia, para que el diablo, a quien desde el principio había dado poder sobre la tierra, no corrompiera o destruyera a los hombres con su astucia, como lo había hecho al principio, envió ángeles para protección y mejora del género humano; y como les había dado libre albedrío, les ordenó ante todo que no se mancillaran con la contaminación de la tierra, y así no perdieran la dignidad de su naturaleza celestial. Les prohibió claramente hacer aquello que Él sabía que harían, para que no abrigaran esperanza alguna de perdón. Por tanto, mientras moraban entre los hombres, aquel fraudulentísimo príncipe de la tierra, con su mismo trato, los fue arrastrando poco a poco a los vicios y los mancilló con el comercio con mujeres. Entonces, no siendo admitidos en el cielo por los pecados en que se habían precipitado, cayeron a la tierra. Así, de ángeles, el diablo los hace sus satélites y secuaces. Pero los que nacieron de estos, como no eran ni ángeles ni hombres, sino que tenían una especie de naturaleza mezclada, no fueron admitidos en el infierno, así como sus padres no lo fueron en el cielo. Así, pues, resultaron dos clases de demonios: una celestial, otra terrestre. Estos últimos son los espíritus malvados, autores de todos los males que se cometen, y su príncipe es el mismo diablo. De donde Trismegisto lo llama el soberano de los demonios. Pero los gramáticos dicen que se llaman demonios, como si [dœmones], esto es, expertos y conocedores de las cosas: pues piensan que estos son dioses. Conocen, ciertamente, muchos sucesos futuros, pero no todos, puesto que no les es permitido conocer del todo el designio de Dios; y por eso acostumbran acomodar sus respuestas a resultados ambiguos. Los poetas saben que son demonios, y así los describen. Hesíodo habla así:—
Estos son los demonios según la voluntad de Zeus, buenos, que viven sobre la tierra, guardianes de los hombres mortales.
Y esto se dice con este propósito: porque Dios los había enviado como guardianes al género humano; pero ellos mismos también, aunque son destructores de los hombres, quieren sin embargo aparecer como sus guardianes, para que ellos sean adorados y Dios no sea adorado. Los filósofos también discuten acerca de estos seres. Pues Platón intentó incluso explicar sus naturalezas en su «Banquete;» y Sócrates dijo que había un demonio continuamente junto a él, que se le había apegado cuando era muchacho, por cuya voluntad y dirección se guiaba su vida. También el arte y el poder de los magos consisten enteramente en las influencias de estos; invocados por los cuales, engañan la vista de los hombres con ilusiones engañosas, de modo que no ven las cosas que existen y piensan que ven las que no existen. Estos espíritus contaminados y abandonados, como digo, vagan por toda la tierra y urden un consuelo para su propia perdición con la destrucción de los hombres. Por eso llenan todo lugar de lazos, engaños, fraudes y errores; pues se adhieren a cada individuo, ocupan casas enteras de puerta en puerta y se arrogan el nombre de genios [;] pues con esta palabra traducen demonios en la lengua latina. Consagran a estos en sus casas; a estos derraman diariamente libaciones de vino y adoran a los demonios sabios como dioses de la tierra, y como apartadores de los males que ellos mismos causan e imponen. Y estos, puesto que los espíritus carecen de sustancia y no pueden ser asidos, se insinúan en los cuerpos de los hombres; y obrando secretamente en sus entrañas, corrompen la salud, apresuran las enfermedades, aterran las almas con sueños, atormentan las mentes con frenesíes, para que con estos males obliguen a los hombres a recurrir a su auxilio.
II, 16
Y la naturaleza de todos estos engaños es oscura para los que están fuera de la verdad. Pues creen que aquellos demonios les aprovechan cuando dejan de hacer daño, cuando no tienen poder sino para dañar. Tal vez alguien diga que, por eso, han de ser adorados, para que no dañen, puesto que tienen poder de dañar. En verdad dañan, pero solo a aquellos por quienes son temidos, a quienes no protege la mano poderosa y excelsa de Dios, a quienes no están iniciados en el misterio de la verdad. Pero temen a los justos, es decir, a los adoradores de Dios, por cuyo nombre conjurados se apartan de los cuerpos [de los poseídos]: pues, azotados por sus palabras como por látigos, no solo confiesan ser demonios, sino que hasta pronuncian sus propios nombres —aquellos que son adorados en los templos—, lo cual generalmente hacen en presencia de sus propios adoradores; no, ciertamente, para deshonra de la religión, sino [para deshonra] de su propio honor, porque no pueden hablar falsamente a Dios, por quien son conjurados, ni a los justos, por cuya voz son atormentados. Por eso, a menudo, después de lanzar grandísimos aullidos, gritan que son golpeados, que arden y que están a punto de salir: ¡tanto poder tienen el conocimiento de Dios y la justicia! ¿A quiénes, pues, pueden dañar, sino a aquellos a quienes tienen en su poder? En resumen, Hermes afirma que quienes han conocido a Dios no solo están a salvo de los ataques de los demonios, sino que ni siquiera están atados por el destino. «La única protección», dice, «es la piedad, pues sobre el hombre piadoso ni el demonio malvado ni el destino tienen poder alguno: porque Dios rescata al hombre piadoso de todo mal; pues el único bien entre los hombres es la piedad.» Y qué es la piedad, lo atestigua en otro lugar, con estas palabras: «Porque la piedad es el conocimiento de Dios.» También Asclepio, su discípulo, expresó más extensamente el mismo sentimiento en aquel discurso acabado que escribió al rey. Cada uno de ellos, en verdad, afirma que los demonios son enemigos y hostigadores de los hombres, y por esto Trismegisto los llama ángeles malvados; tan lejos estaba de ignorar que de seres celestiales se habían corrompido y habían comenzado a ser terrestres.
II, 17
Estos fueron los inventores de la astrología, de la adivinación y de la mántica, y de aquellas producciones que se llaman oráculos, de la nigromancia, del arte de la magia y de cuantas prácticas malvadas además de estas ejercen los hombres, ya abiertamente, ya en secreto. Ahora bien, todas estas cosas son falsas de suyo, como atestigua la Sibila eritrea:—
Puesto que todas estas cosas son erróneas,
Que los necios buscan día a día.
Pero estas mismas autoridades, con su apariencia, hacen creer que son verdaderas. Así engañan la credulidad de los hombres con adivinación mentirosa, porque no les conviene descubrir la verdad. Estos son los que enseñaron a los hombres a hacer imágenes y estatuas; los cuales, para apartar las mentes de los hombres del culto del Dios verdadero, hacen que los rostros de reyes muertos, modelados y adornados con exquisita hermosura, sean erigidos y consagrados, y se arrogan sus nombres, como si [asumieran] algunos personajes. Pero los magos, y aquellos a quienes el pueblo llama verdaderamente encantadores, cuando practican sus artes detestables, los invocan por sus nombres verdaderos, aquellos nombres celestiales que se leen en las escrituras sagradas. Además, estos espíritus impuros y errantes, para arrojar todas las cosas a la confusión y cubrir las mentes de los hombres de errores, entretejen y mezclan lo falso con lo verdadero. Pues ellos mismos fingieron que hay muchos seres celestiales y un solo rey de todos, Júpiter; porque hay muchos espíritus de ángeles en el cielo, y un solo Padre y Señor de todo, Dios. Pero han ocultado la verdad bajo nombres falsos y la han retirado de la vista.
Pues Dios, como he mostrado al principio, no necesita un nombre, puesto que Él es único; ni los ángeles, en cuanto son inmortales, sufren ni quieren ser llamados dioses: porque su único y solo deber es someterse a la voluntad de Dios, y no hacer nada en absoluto sino por mandato suyo. Pues decimos que el mundo es gobernado por Dios como una provincia por su gobernador; y nadie diría que sus servidores son partícipes en la administración de la provincia, aunque los negocios se lleven a cabo por su servicio. Y sin embargo estos pueden hacer algo contra las órdenes del gobernador, por ignorancia de este; lo cual es resultado de la condición del hombre. Pero aquel guardián del mundo y gobernador del universo, que conoce todas las cosas, de cuyos ojos divinos nada está oculto, tiene con su Hijo el poder sobre todas las cosas; y no hay en los ángeles sino la necesidad de obedecer. Por tanto, no quieren que se les tribute honor alguno, pues todo su honor está en Dios. Pero los que se han rebelado contra el servicio de Dios, porque son enemigos de la verdad y traidores a Dios, intentan arrogarse el nombre y el culto de dioses; no porque deseen honor alguno (pues ¿qué honor hay para los perdidos?), ni porque puedan dañar a Dios, que no puede ser dañado, sino para dañar a los hombres, a quienes se esfuerzan por apartar del culto y del conocimiento de la verdadera Majestad, para que no puedan alcanzar la inmortalidad, que ellos mismos han perdido por su maldad. Por eso atraen las tinieblas y cubren la verdad de oscuridad, para que los hombres no conozcan a su Señor y Padre. Y para atraerlos fácilmente, se ocultan en los templos y están presentes en todos los sacrificios; y a menudo producen prodigios, para que los hombres, asombrados por ellos, atribuyan a las imágenes una creencia en su poder e influencia divinos. De aquí proviene que el augur cortara la piedra con una navaja; que la Juno de Veyes respondiera que deseaba trasladarse a Roma; que Fortuna Muliebris anunciara el peligro amenazante; que la nave siguiera la mano de Claudia; que Juno, al ser despojada, y la Proserpina locria y la Ceres milesia castigaran a los sacrílegos; que Hércules exigiera venganza de Apio, y Júpiter de Atinio, y Minerva de César. De aquí provino que la serpiente enviada a buscar desde Epidauro librara a la ciudad de Roma de la peste. Pues el jefe de los demonios fue llevado allí en su propia forma, sin disimulo alguno; si es que los embajadores enviados para ello trajeron consigo una serpiente de inmenso tamaño.
Pero engañan especialmente en el caso de los oráculos, cuyos juegos malabares no pueden distinguir los profanos de la verdad; y por eso imaginan que ellos otorgan mandatos, victorias, riquezas y prósperos desenlaces de los asuntos; en suma, que el Estado ha sido a menudo librado de peligros inminentes por su interposición; peligros que ellos han anunciado y, aplacados con sacrificios, han apartado. Pero todas estas cosas son engaños. Pues como tienen un presentimiento de los designios de Dios, en cuanto han sido sus ministros, se interponen en estos asuntos, para que cuanto ha sido realizado o está en vías de realizarse por Dios, ellos mismos parezcan especialmente hacerlo o haberlo hecho; y cuantas veces pende algún provecho sobre algún pueblo o ciudad, según el propósito de Dios, ya por prodigios, ya por sueños, ya por oráculos, prometen que lo llevarán a cabo si se les dan templos, honores y sacrificios. Y al ofrecerse estos, cuando se cumple el resultado necesario, adquieren para sí la mayor veneración. De aquí que se hagan votos de templos y se consagren nuevas imágenes; se degüellan rebaños de víctimas; y cuando todo esto se hace, no se sacrifica menos la vida y la seguridad de quienes lo han realizado. Pero cuantas veces amenazan peligros, profesan que están airados por alguna causa leve y baladí; como Juno lo estuvo con Varrón, porque había colocado a un hermoso muchacho en el carro de Júpiter para guardar el vestido, y por esta causa el nombre romano estuvo a punto de ser destruido en Cannas. Pero si Juno temía un segundo Ganimedes, ¿por qué la juventud romana sufrió el castigo? O si los dioses atienden solo a los jefes y descuidan al resto de la multitud, ¿por qué Varrón, que actuó así, escapó él solo, y por qué Paulo, que era inocente, fue muerto? Ciertamente nada les sucedió entonces a los romanos por «los hados de la hostil Juno,» cuando Aníbal, con astucia y valor, deshizo dos ejércitos del pueblo romano. Pues Juno no se atrevió ni a defender a Cartago, donde estaban sus armas y su carro, ni a dañar a los romanos; pues
Ella había oído que hijos de Troya
Habían nacido para destruir su Cartago.
Pero estas son las ilusiones de quienes, ocultándose bajo los nombres de los muertos, tienden lazos a los vivos. Por tanto, ya pueda evitarse el peligro inminente, quieren que parezca que ellos lo apartaron, habiendo sido aplacados; o, si no puede evitarse, maquinan que parezca haber sucedido por menospreciarlos a ellos. Así adquieren autoridad y temor ante los hombres, que los ignoran. Con esta sutileza y con estas artes han hecho que el conocimiento del Dios verdadero y único decaiga entre todas las naciones. Pues, destruidos por sus propios vicios, se enfurecen y usan violencia para destruir a otros. Por tanto, estos enemigos del género humano idearon incluso víctimas humanas, para devorar tantas vidas como fuera posible.
Capítulo 18. De la paciencia y la venganza de Dios, del culto de los demonios y de las religiones falsas
II, 18
Alguien dirá: ¿Por qué, pues, permite Dios que se hagan estas cosas, y no pone remedio a tan desastrosos errores? Para que los males estén en oposición con el bien; para que los vicios se opongan a las virtudes; para que tenga a algunos a quienes castigar y a otros a quienes honrar. Pues ha determinado en los últimos tiempos juzgar a los vivos y a los muertos, juicio del cual hablaré en el último libro. Por tanto, Él difiere hasta que llegue el fin de los tiempos, cuando derrame su ira con poder y fuerza celestiales, como
Las profecías de piadosos videntes
Hacen sonar el terror en los oídos desvariados.
Pero ahora Él sufre que los hombres yerren y sean impíos aun contra Él mismo, justo, manso y paciente como es. Pues es imposible que Aquel en quien está la excelencia perfecta no sea también de perfecta paciencia. De donde algunos imaginan que Dios carece por completo de ira, porque no está sujeto a las afecciones, que son perturbaciones de la mente; porque todo animal que está sujeto a afecciones y emociones es frágil. Pero esta persuasión quita del todo la verdad y la religión. Pero dejemos por ahora este asunto de discutir la ira de Dios; porque la materia es muy copiosa y ha de ser tratada más ampliamente en una obra dedicada al tema. Quienquiera que haya adorado y seguido a estos espíritus malvadísimos, no gozará ni del cielo ni de la luz, que son de Dios; sino que caerá en aquellas cosas de las que hemos hablado como asignadas, en la distribución de las cosas, al príncipe mismo de los malvados; a saber, en las tinieblas, en el infierno y en el castigo eterno.
He mostrado que los ritos religiosos de los dioses son vanos de triple manera: En primer lugar, porque aquellas imágenes que son adoradas son representaciones de hombres muertos; y es cosa injusta e incongruente que la imagen de un hombre sea adorada por la imagen de Dios, pues lo que adora es más bajo y más débil [que aquello que es adorado] [:] luego, que es un crimen inexpiable abandonar al vivo para servir memoriales de los muertos, que no pueden dar vida ni luz a nadie, pues ellos mismos carecen de ella: y que no hay otro Dios sino uno, a cuyo juicio y poder está sujeta toda alma. En segundo lugar, que las imágenes sagradas mismas, a las que sirven hombres insensatísimos, carecen de toda percepción, puesto que son tierra. Pero ¿quién no puede entender que es ilícito que un animal erguido se incline para adorar la tierra? La cual está puesta debajo de nuestros pies para esto, para ser hollada y no adorada por nosotros, que hemos sido levantados de ella y hemos recibido una posición elevada sobre las demás criaturas vivientes, para que no nos volvamos de nuevo hacia abajo, ni arrojemos este semblante celestial a la tierra, sino que dirijamos los ojos hacia aquella región a la que la condición de su naturaleza los ha dirigido, y para que no adoremos y reverenciemos nada excepto la única deidad de nuestro único Creador y Padre, que hizo al hombre de figura erguida, para que sepamos que estamos llamados a las cosas altas y celestiales. En tercer lugar, porque los espíritus que presiden los mismos ritos religiosos, condenados y desechados por Dios, se revuelcan sobre la tierra; los cuales no solo son incapaces de proporcionar ventaja alguna a sus adoradores, puesto que el poder de todas las cosas está en las manos de uno solo, sino que incluso los destruyen con atractivos y errores mortíferos; pues este es su negocio diario, envolver a los hombres en tinieblas, para que el Dios verdadero no sea buscado por ellos. Por tanto, no deben ser adorados, porque yacen bajo la sentencia de Dios. Pues es crimen gravísimo entregarse al poder de aquellos a quienes, si sigues la justicia, puedes superar en poder y expulsar y poner en fuga por la conjuración del nombre divino. Pero si consta que estos ritos religiosos son vanos de tantas maneras como he mostrado, es manifiesto que quienes hacen oraciones a los muertos, o veneran la tierra, o entregan sus almas a espíritus inmundos, no obran como corresponde a hombres, y que sufrirán castigo por su impiedad y culpa, ellos que, rebelándose contra Dios, Padre del género humano, han emprendido ritos inexpiables y han violado toda ley sagrada.
II, 19
Quien, por tanto, esté ansioso de observar las obligaciones a las que el hombre está sujeto, y de mantener un cuidado de su naturaleza, levántese de la tierra y, con la mente elevada, dirija sus ojos al cielo: no busque a Dios bajo sus pies, ni extraiga de sus huellas un objeto de veneración, pues todo lo que yace bajo el hombre debe ser necesariamente inferior al hombre; búsquelo en lo alto, búsquelo en el lugar más elevado: pues nada puede ser mayor que el hombre, excepto aquello que está por encima del hombre. Pero Dios es mayor que el hombre: por tanto, Él está arriba, y no abajo; ni ha de ser buscado en lo más bajo, sino más bien en la región más alta. Por lo cual es indudable que no hay religión allí donde hay una imagen. Pues si la religión consiste en cosas divinas, y no hay nada divino sino en las cosas celestiales, se sigue que las imágenes carecen de religión, porque no puede haber nada celestial en aquello que está hecho de la tierra. Y esto, en verdad, puede ser claro para un hombre sabio por el propio nombre. Pues todo lo que es una imitación, eso debe ser necesariamente falso; ni puede recibir el nombre de un objeto verdadero lo que falsifica la verdad por engaño e imitación. Pero si toda imitación no es particularmente un asunto serio, sino como un juego y una broma, entonces no hay religión en las imágenes, sino una imitación burlesca de la religión. Lo que es verdadero, por tanto, ha de ser preferido a todas las cosas que son falsas; las cosas terrenas han de ser pisoteadas, para que obtengamos las celestiales. Pues este es el estado de la cuestión: que quien postre su alma, que tiene su origen del cielo, a las sombras de abajo y a las cosas más bajas, debe caer al lugar al que él mismo se ha arrojado. Por tanto, debe recordar su naturaleza y condición, y siempre esforzarse y aspirar a las cosas de arriba. Y quien haga esto, será juzgado del todo sabio, justo, un hombre: será juzgado, en fin, digno del cielo aquel a quien su Padre reconozca no como abyecto, ni arrojado a la tierra a la manera de las bestias, sino más bien erguido y en pie como Él lo hizo.
II, 20
Una parte grande y difícil de la obra que he emprendido, si no me engaño, ha sido completada; y la majestad del cielo, suministrando el poder de hablar, ha ahuyentado errores inveterados. Pero ahora se nos propone un combate más grande y difícil con los filósofos, cuya altura de erudición y elocuencia, como alguna estructura maciza, se opone a mí. Pues así como en el caso anterior fuimos oprimidos por una multitud, y casi por el acuerdo universal de todas las naciones, así en este asunto somos oprimidos por la autoridad de hombres que sobresalen en toda clase de alabanza. ¿Pero quién puede ignorar que hay más peso en un número menor de hombres doctos que en un número mayor de ignorantes? Pero no debemos desesperar de que, bajo la guía de Dios y de la verdad, también estos puedan ser apartados de su opinión; ni pienso que serán tan obstinados como para negar que contemplan con ojos sanos y abiertos el sol mientras brilla en su esplendor. Solo sea cierto aquello que ellos mismos acostumbran profesar: que están poseídos por el deseo de investigar, y ciertamente lograré que crean que la verdad que por largo tiempo han buscado ha sido al fin encontrada, y que confiesen que no pudo ser hallada por las capacidades del hombre.