XIV, 4
Y de igual modo es cosa agradable esforzarse por entender y mostrar el hecho de la concordia de las dos alianzas — la de antes de la venida corporal del Salvador y la de la nueva alianza —; pues entre aquellas cosas en que las dos alianzas concuerdan, de suerte que no hay discordia entre ellas, se hallarían las oraciones, a tal efecto que, acerca de cualquier cosa que pidan, les será hecho por el Padre que está en los cielos. Y si también deseas lo tercero que une a las dos, no dudes en decir que es el Espíritu Santo, puesto que «las palabras de los sabios,» ya sean de los de antes de la venida, o en el tiempo de la venida, o después de ella, «son como aguijones, y como clavos firmemente hincados, que fueron dados por acuerdo de un solo pastor.» [] Y no dejes pasar tampoco esto inadvertido: que no dijo, donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí «estaré» en medio de ellos, sino «allí estoy,» [] no "voy a estar", no "dilatándome", sino que en el momento mismo de la concordia Él mismo se halla presente, y está en medio de ellos.
XIV, 5
«Entonces Pedro se acercó y le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí, y yo le perdonaré?» [] La idea de que estas cosas fueron dichas en sentido simple por Pedro, como si estuviera preguntando si había de perdonar a su hermano cuando pecara contra él siete veces, pero ya no si pecaba una octava vez, y por el Salvador, como si Él pensara que uno debía quedarse quieto y contar los pecados de su prójimo contra él, para perdonar setenta y siete veces, pero que desde la septuagésima octava no debía perdonar al hombre que le hubiera agraviado, me parece del todo necia e indigna, tanto del progreso que Pedro había hecho en compañía de Jesús como de la divina magnanimidad de Jesús. Acaso, pues, estas cosas rayan también en una oscuridad semejante a las palabras: «Oíd mi voz, mujeres de Lamec,» [] etc. Si alguien ha llegado ya a ser amigo de Jesús, de tal modo que es enseñado por su espíritu, el cual ilumina la razón de aquel que ha avanzado tanto según su merecimiento, podría conocer, por tanto, el verdadero significado en cuanto a estas cosas, y tal como Jesús mismo lo habría expuesto con claridad; pero nosotros, que no alcanzamos la grandeza de la amistad de Jesús, debemos contentarnos si podemos balbucir un poco acerca del pasaje. El número seis, pues, parece ser laborioso y afanoso, pero el número siete contiene la idea de reposo. Y considera si puedes decir que aquel que ama al mundo y hace las cosas del mundo, y realiza las cosas materiales, peca seis veces, y que el número siete es el fin del pecado en su caso, de modo que Pedro, con algún pensamiento semejante en su mente, deseaba perdonar siete pecados de aquellos que su hermano había cometido contra él. Mas, puesto que, como unidades, las decenas y las centenas tienen una cierta medida común de proporción con el número que está en las unidades, y Jesús sabía que el número podía ser excedido, por esto, pienso, añadió al número siete también el setenta, [] y dijo que debía haber perdón para los hermanos de aquí, y para los que han pecado en lo que respecta a las cosas de aquí. Pero si alguno, yendo más allá de las cosas acerca del mundo y de este siglo, cometiera pecado, aun cuando fuera leve, no podría ya, razonablemente, tener perdón de los pecados; pues el perdón se extiende a las cosas de aquí, y en relación con los pecados cometidos aquí, ya venga el perdón tarde o pronto; pero no hay perdón, ni siquiera para un hermano, que ha pecado más allá de las setenta y siete veces. Mas podrías decir que aquel que ha pecado de tal manera, sea contra Pedro su hermano, sea contra Pedro, contra quien no prevalecen las puertas del Hades, está, por pecados de esta clase, en el número menor del pecado; pero, según pecados todavía peores, está en el número que no tiene perdón de los pecados.
6. Acerca del rey que hizo cuentas con sus propios siervos, a quien fue presentado un hombre que debía diez mil talentos
XIV, 6
«Por tanto, os digo: el reino de los cielos es semejante a un cierto rey que quiso hacer cuentas con sus propios siervos.» [] La idea general de la parábola es enseñarnos que debemos estar inclinados a perdonar los pecados cometidos contra nosotros por quienes nos han agraviado, y especialmente si, después de la ofensa, aquel que la cometió suplica a quien ha sido agraviado, pidiendo perdón por los pecados que ha cometido contra él. Y esto quiere enseñarnos la parábola representando que, aun cuando Dios nos haya concedido el perdón de los pecados respecto de los cuales hemos recibido remisión, se exigirá el pago aun después de la remisión, a menos que perdonemos los pecados de quienes nos han agraviado, de tal modo que ya no quede en nosotros el menor recuerdo de la injuria cometida, sino que todo el corazón, asistido por el espíritu del olvido de las injurias, que no es virtud común, perdone a quien nos ha agraviado aquellas cosas que han sido inicuamente hechas contra cualquiera de nosotros por él, aun a traición. Pero, después de la idea general de la parábola, conviene examinarla toda más simplemente según la letra, de modo que quien avanza con cuidado a la recta investigación de cada detalle de lo antes escrito pueda sacar provecho del examen de lo dicho. Ahora bien, hay, como es probable, una interpretación trascendental y difícil de rastrear, por ser de algún modo mística, según la cual, a semejanza de las parábolas interpretadas por los evangelistas, se investigaría cada uno de los detalles en esta; como, por ejemplo, quién era el rey, y quiénes los siervos, y cuál fue el comienzo de su hacer cuentas, y quién era el único deudor que debía muchos talentos, y quién era su mujer y quiénes sus hijos, y cuáles eran las «todas las cosas» de que se habla además de aquellas que el rey mandó vender para que la deuda fuera pagada con sus bienes, y qué significaba la salida del hombre a quien habían sido perdonados los muchos talentos, y quién era el de los siervos que fue hallado y era deudor, no al padre de familia, sino al hombre que había sido perdonado, y qué significaba el número de los cien denarios, y qué significaba la palabra: «Le tomó por el cuello, diciendo: Paga lo que debes,» y cuál es la prisión a la que aquel a quien todos los talentos habían sido perdonados salió y arrojó a su consiervo, y quiénes eran los consiervos que se entristecieron y contaron al señor todo lo que había sucedido, y quiénes eran los verdugos a quienes fue entregado el que había arrojado a su consiervo a la prisión, y cómo el que fue entregado a los verdugos pagó todo lo que debía, de modo que ya no debía nada. Pero es probable también que algunas otras cosas pudieran añadirse al número por un investigador más competente, cuya exposición e interpretación pienso que está más allá del poder del hombre, y que requiere el Espíritu de Cristo que las habló, para que Cristo sea entendido tal como habló; pues así como «ninguno entre los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu que está en él,» y «nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios,» [] así nadie conoce según Dios las cosas dichas por Cristo en proverbios y parábolas, sino el Espíritu de Cristo, en el cual quien participa de Cristo no sólo en cuanto Él es Espíritu, sino en Cristo en cuanto es Sabiduría, en cuanto es Verbo, contemplaría las cosas que le han sido reveladas en este pasaje. Mas en cuanto a la interpretación del tipo más elevado, no hacemos profesión; ni, por otra parte, con la asistencia de Cristo, que es Sabiduría de Dios, desesperamos de aprehender las cosas significadas en la parábola; mas, sea que tales cosas hayan de dictársenos en relación con esta Escritura o no, quiera Dios en Cristo sugerir la realización de lo que le es agradable, con tal que se nos conceda también, acerca de estas cosas, la palabra de sabiduría que es dada de Dios por medio del Espíritu, y la palabra de conocimiento que es suministrada según el Espíritu. []
XIV, 7
«El reino de los cielos,» dice, «es semejante,» [] etc. Pero si es semejante a un rey tal, y a uno que ha hecho tales cosas, ¿quién diremos que es sino el Hijo de Dios? Porque Él es el Rey de los cielos, y así como es la Sabiduría absoluta y la Justicia absoluta y la Verdad absoluta, ¿no es también así el Reino absoluto? Mas no es un reino de ninguno de los de abajo, ni de una parte de los de arriba, sino de todas las cosas de arriba, las cuales fueron llamadas cielos. Pero si indagas el significado de las palabras, «De ellos es el reino de los cielos,» [] puedes decir que Cristo es de ellos en cuanto Él es Reino absoluto, reinando en todo pensamiento del hombre que ya no está bajo el reino del pecado que reina en el cuerpo mortal de aquellos que se le han sometido. [] Y si digo, reinando en todo pensamiento, quiero decir algo como esto: reinando como Justicia y Sabiduría y Verdad y las demás virtudes en aquel que se ha hecho un cielo, por llevar la imagen del celestial, y en toda potestad, sea angélica, o las demás que son llamadas santas, no sólo en este siglo, sino también en el venidero, y que son dignos de un reino de tal índole. Así pues, este reino de los cielos (cuando fue hecho «en semejanza de carne de pecado,» [] para que por el pecado condenase al pecado, cuando Dios hizo «al que no conoció pecado, pecado por nosotros,» [] que llevamos el cuerpo de nuestro pecado), es semejante a cierto rey que se entiende en relación con Jesús unido a Él, si nos atrevemos a hablar así, teniendo más capacidad para unirse y hacerse enteramente uno con el «Primogénito de toda creación,» [] que aquel que, uniéndose al Señor, se hace un espíritu con Él. [] Ahora bien, de este reino de los cielos que es semejante a cierto rey, según el concepto de Jesús, y está unido a Él, se dice por anticipación que quiso hacer cuentas con sus siervos. Mas está por hacer cuentas con ellos para que se manifieste cómo cada uno ha empleado la moneda probada del padre de familia y sus monedas racionales. Y la imagen en las parábolas fue ciertamente tomada de los amos que hacían cuentas con sus propios siervos; mas entenderemos con más precisión lo significado por esta parte de la parábola, si fijamos nuestro pensamiento en las cosas hechas por los esclavos que habían administrado los bienes de su amo, y a quienes se les pedía que dieran cuenta de ellos. Porque cada uno de ellos, recibiendo en distinta medida de los bienes de su amo, los ha usado ya sea para lo que era recto, de modo que aumentara los bienes de su amo, o los consumió disolutamente en cosas que no debía, y gastó profusamente, sin juicio y sin discreción, lo que había sido puesto en sus manos. Pero hay quienes han administrado sabiamente estos bienes, y bienes tan grandes, mas han perdido otros, y siempre que dan la cuenta cuando el amo hace cuentas con ellos, se reúne cuánta pérdida ha incurrido cada uno, y se calcula cuánta ganancia ha aportado cada uno, y según la dignidad de la manera en que lo ha administrado, es honrado o castigado, o en algunos casos la deuda es perdonada, mas en otros los talentos son quitados. Bien, pues, de lo dicho, consideremos primero las monedas racionales y la moneda probada del padre de familia, de las cuales uno recibe más y otro menos, porque según la capacidad de cada uno, a uno se le dan cinco talentos, porque tiene capacidad para administrar tantos, mas a otro dos, por no poder recibir la cantidad del hombre que le precedió, y a otro uno, por ser también inferior al segundo. [] ¿Son éstas, entonces, las únicas diferencias, o hemos de reconocer estas diferencias en el caso de ciertas personas de las cuales el Evangelio pasa a hablar, mientras hay también otras además de éstas? En otras parábolas también se hallan ciertas personas, como los dos deudores: el que debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; [] mas si éstos habían sido encargados de ellos y los habían administrado mal por ser inferiores en capacidad al que había sido encargado de un talento, o los habían recibido, no lo hemos aprendido; mas que debían tanto, parece que se nos enseña por la parábola. Y se hallan otros diez siervos a quienes se les encargó una mina a cada uno por separado. [] Y si alguno comprendiera el carácter variado del alma humana y las amplias diferencias entre sí respecto de la aptitud natural, o falta de aptitud para más o menos de las virtudes, y para estas virtudes o para aquellas, quizá comprendería cómo cada alma ha venido con ciertas monedas del padre de familia que salen a la luz con el pleno advenimiento de la razón, y con la atención que sigue al pleno advenimiento de la razón, y con el ejercicio en las cosas rectas, o con la diligencia y el ejercicio en otras cosas, ya sean útiles como ocupaciones, o en parte útiles y en parte no útiles, tales como las opiniones que no son del todo verdaderas ni del todo falsas.
XIV, 8
Pero aquí indagarás si todos los hombres pueden ser llamados siervos del rey, o si algunos son siervos que él conoció de antemano y predestinó, mientras hay otros que negocian con los siervos, y son llamados banqueros. [] Y de la misma manera indagarás si existen aquellos fuera del número de los esclavos de quienes el padre de familia declara que exigirá lo suyo con usura, no sólo hombres ajenos a la piedad, sino también algunos de los creyentes. Ahora bien, los siervos solos son los administradores de la Palabra, mas el rey, haciendo cuentas con los siervos, exige de aquellos que han tomado prestado de los siervos, ya sea cien medidas de trigo o cien medidas de aceite, [] o lo que de hecho aquellos que están fuera de la casa del rey han recibido; porque el que debía las cien medidas de trigo o las cien medidas de aceite no se halla que sea, según la parábola, consiervo del mayordomo injusto, como es evidente por la pregunta— ¿cuánto debes a mi señor? [] Mas observa conmigo que cada obra buena o decorosa es como una ganancia y un incremento, mas una obra malvada es como una pérdida; y así como hay cierta ganancia cuando el dinero es mayor y otra cuando es menor, y como hay diferencias de más o menos, así según las buenas obras, hay como una valoración de ganancias mayores o menores. Calcular qué obra es una gran ganancia, y cuál una ganancia menor, y cuál una mínima, es prerrogativa de aquel que solo sabe investigar tales cosas, mirándolas a la luz de la disposición, y de la palabra, y de la obra, y por consideración de las cosas que no están en nuestro poder cooperando con las que lo están; y así también en el caso de las cosas opuestas, es suyo el decir qué pecado, cuando se hace cuenta con los siervos, se halla ser una gran pérdida, y cuál es menor, y cuál, si podemos llamarlo así, es la pérdida del último cuadrante mismo, [] o del último maravedí. [] La cuenta, por tanto, de la vida entera y toda es exigida por aquello que es llamado el reino de los cielos que es semejante a un rey, cuando «es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo;» [] y entonces, cuando se está haciendo la cuenta, se traerá a la cuenta que se hace también toda palabra ociosa que hablen los hombres, [] y cualquier vaso de agua fría solamente que uno haya dado a beber en nombre de un discípulo. []
XIV, 9
Y estas cosas acontecerán siempre que suceda lo que está escrito en Daniel, «Los libros fueron abiertos y el juicio fue establecido;» [] pues se hace, por así decir, un registro de todas las cosas que han sido dichas y hechas y pensadas, y por el poder divino toda cosa oculta nuestra será manifestada, y todo lo que está cubierto será revelado, para que cuando se halle a alguno que no ha «procurado con diligencia ser librado del adversario,» pase sucesivamente por las manos del magistrado, y del juez, y del alguacil, a la prisión, hasta que pague el último cuadrante; [] mas cuando uno ha procurado con diligencia ser librado de él y nada debe a nadie, y ya ha hecho de la mina diez minas o cinco minas, o ha duplicado los cinco talentos, o ha hecho de los dos cuatro, obtenga la debida recompensa, entrando en el gozo de su Señor, ya sea siendo puesto sobre todos Sus bienes, [] u oyendo la palabra, «Ten autoridad sobre diez ciudades,» [] o «Ten autoridad sobre cinco ciudades.» Mas pensamos que estas cosas se dicen como si requirieran un largo período de tiempo, para que se haga cuenta por nosotros de todos los tiempos de la vida terrenal, de modo que pudiéramos suponer que cuando el rey hace cuentas con cada uno de sus muchos siervos el asunto requeriría un período tan vasto de tiempo, hasta que lleguen a su fin estas cosas que han existido desde el principio del mundo hasta la consumación del siglo, no de un siglo, sino de muchos siglos. Mas la verdad no es así; porque cuando Dios quiso a la vez reencender en las memorias de todos todo lo que había sido hecho por cada uno a lo largo de todo el tiempo, para que cada uno se hiciera consciente de sus propias obras, sean buenas o malas, Él lo haría por su poder inefable. Porque no es con Dios como con nosotros; porque si nosotros queremos llamar algunas cosas al recuerdo, requerimos tiempo suficiente para el relato detallado de lo que hemos dicho, y para traer a nuestro recuerdo las cosas que deseamos recordar; mas si Él quisiera llamar a nuestra memoria las cosas que se han hecho en esta vida, para que haciéndonos conscientes de lo que hemos hecho comprendamos por qué somos castigados u honrados, Él podría hacerlo. Mas si alguno no cree en la rapidez del poder de Dios respecto de estas materias, todavía no ha tenido una verdadera concepción del Dios que hizo el universo, que no requirió tiempos para hacer la vasta creación del cielo y de la tierra y de las cosas que hay en ellos; porque, aunque Él pueda parecer haber hecho estas cosas en seis días, hay necesidad de entendimiento para comprender en qué sentido se dicen las palabras «en seis días», a causa de esto, «Éste es el libro de la generación del cielo y de la tierra,» [] etc. Por lo tanto, se puede afirmar con valentía que la sazón del juicio esperado no requiere tiempos, sino que así como se dice que la resurrección acontece «en un momento, en un abrir y cerrar de ojos,» [] así pienso que será también el juicio.
XIV, 10
A continuación debemos hablar respecto de esto, «Y cuando había comenzado a hacer cuentas, le fue presentado uno que debía muchos talentos.» [] El sentido de esto me parece que es el siguiente: La sazón de comenzar el juicio es con la casa de Dios, que dice, como también está escrito en Ezequiel, a los que están designados para atender a los castigos, «Comenzad por Mis santos;» [] y es como «un abrir y cerrar de ojos;» mas el tiempo de hacer cuentas incluye el mismo «abrir y cerrar,» aprehendido idealmente, porque no nos olvidamos de lo que se ha dicho previamente acerca de los que deben más. Por lo cual no está escrito, cuando estaba haciendo cuentas, sino que se dice, «Cuando comenzó a hacer cuentas,» le fue presentado, al comienzo de su hacer cuentas, uno que debía muchos talentos; había perdido decenas de miles de talentos, habiendo sido encargado de grandes cosas, y habiendo tenido muchas cosas encomendadas a su cuidado, mas no había aportado ganancia a su amo, sino que había perdido decenas de miles, de modo que debía muchos talentos; y quizá por esto debía muchos talentos, visto que siguió a menudo a la mujer que estaba sentada sobre el talento de plomo, cuyo nombre es maldad. [] Mas observa aquí que todo gran pecado es una pérdida de los talentos del amo de la casa, y tales pecados son cometidos por fornicarios, adúlteros, los que se abusan de sí mismos con varones, afeminados, idólatras, homicidas. Quizá entonces el que es traído al rey debiendo muchos talentos no ha cometido pecado pequeño, sino todos los grandes y atroces; y si lo buscaras entre los hombres, quizá lo hallarías ser «el hombre de pecado, el hijo de perdición, el que se opone y se exalta contra todo Dios u objeto de culto;» [] mas si lo buscas fuera del número de los hombres, ¿quién puede ser éste sino el diablo, que ha arruinado a tantos que lo recibieron, que obró el pecado en ellos? Porque «grande cosa es el hombre, y precioso es el varón misericordioso,» [] precioso de modo que sea digno de un talento, ya sea de oro como la lámpara que era igual a un talento de oro, [] o de plata o de cualquier clase de material, entendido intelectualmente, cuyos símbolos están registrados en las Palabras de los Días, [] cuando David se enriqueció con muchos talentos de los cuales se menciona el número, tantos talentos de oro, y tantos de plata, y del resto del material allí nombrado, del cual fue edificado el templo de Dios.
XIV, 11
Sólo que, aunque no puede pagar los talentos, porque los ha perdido, tiene mujer e hijos y otras cosas, de las cuales está escrito, «Todo lo que tiene.» [] Y era posible que cuando hubiera sido vendido junto con los suyos, habría prosperado si alguno lo hubiera comprado, y, por su valía y las cosas que eran suyas, haber pagado toda la deuda por completo; y era posible que ya no fuera siervo del rey, sino que viniera a ser el de su comprador. Y hace una petición de que no sea vendido junto con los suyos, sino que pueda continuar morando en la casa del rey; por lo cual cayó y le adoró, sabiendo que el rey era Dios, y dijo, «Ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré;» [] porque era, como es probable, un hombre activo, que sabía que podía por una segunda serie de acciones llenar toda la deficiencia de la pérdida anterior de muchos talentos. Y este rey verdaderamente bueno fue movido a compasión por el hombre que le debía muchos talentos y entonces lo soltó, habiéndole otorgado un favor mayor que la petición que se le había hecho; porque el deudor prometió al amo longánimo pagar todas sus deudas, mas el Señor, movido a compasión por él, no meramente le perdonó con la idea de recibir de vuelta lo suyo como resultado de su paciencia, sino que incluso lo soltó enteramente y le perdonó toda la deuda. Pero este siervo malvado, que había rogado a su amo que tuviera paciencia para sus muchos talentos, obró sin misericordia, porque, habiendo hallado a uno de sus consiervos que le debía cien denarios, le echó mano y lo tomó por la garganta, diciendo, «Paga si debes.» [] ¿Y no exhibió el exceso mismo de maldad aquel que echó mano a su consiervo por cien denarios, y lo tomó por la garganta y le privó de la libertad de respirar, cuando él mismo, por los muchos talentos, no había sido ni asido ni tomado por la garganta, sino que al principio se ordenó que fuera vendido junto con su mujer e hijos y todo lo que era suyo; mas después, cuando le hubo adorado, el amo fue movido a compasión por él, y fue soltado y perdonado en cuanto a la totalidad de la deuda? Mas sería tarea ciertamente difícil decir según el concepto de Jesús quién es el único consiervo que se halló debiendo cien denarios, no a su propio señor, sino al que debía muchos talentos, y quiénes son los consiervos que vieron al uno tomando por la garganta, y al otro tomado, y se entristecieron sobremanera, y representaron claramente a su propio señor todo lo que había sido hecho. Mas cuál sea la verdad en estas materias, declaro que nadie puede interpretarlo a menos que Jesús, que explicaba todas las cosas a Sus propios discípulos en privado, fije su morada en su razón, y abra todos los tesoros de la parábola que son oscuros, ocultos, invisibles, y confirme por claras demostraciones al hombre que Él desea iluminar con la luz del conocimiento de las cosas que están en esta parábola, para que al punto represente quién es traído al rey como el deudor de muchos talentos, y quién es el otro que le debe a él cien denarios, etc.; si puede ser el hombre de pecado anteriormente mencionado, [] o el diablo, o ninguno de éstos, sino algún otro, ya sea un hombre, o alguno de éstos bajo el dominio del diablo; porque es obra de la sabiduría de Dios exhibir las cosas que han sido profetizadas acerca de aquellos que son en sí mismos de cierta naturaleza, o han sido hechos según tales y tales calidades, ya sea entre las potestades visibles o también entre algunos hombres, de cualquier manera que hayan sido escritas por el Espíritu Santo. Mas como todavía no hemos recibido la mente competente que es capaz de mezclarse con la mente de Cristo, y que es capaz de alcanzar cosas tan grandes, y que es capaz con el Espíritu de «escudriñar todas las cosas, aun lo profundo de Dios,» [] nosotros, formando una impresión aún indefinida respecto de las materias de este pasaje, somos de opinión de que el siervo malvado indicado por la parábola, que aquí es representado respecto de la deuda de muchos talentos, se refiere a algún individuo definido.
XIV, 12
Pero conviene examinar en qué tiempo el hombre —el rey— de la parábola quiso hacer cuentas con sus propios siervos, y a qué período debemos referir las cosas que se dicen. Porque si es después de la consumación, o en ella, en el tiempo del juicio esperado, ¿cómo hemos de sostener lo referente a aquel que debía cien denarios y fue tomado por el cuello por el hombre a quien habían sido perdonados los muchos talentos? Pero si es antes del juicio, ¿cómo podemos explicar la cuenta que antes de esto hizo el rey con sus propios siervos? Mas debemos pensar de una manera general acerca de toda parábola cuya interpretación no ha sido registrada por los evangelistas, aunque Jesús explicaba todas las cosas a sus propios discípulos en privado; [] y por esta razón los escritores de los Evangelios han ocultado la exposición clara de las parábolas, porque las cosas significadas por ellas excedían lo que la naturaleza de las palabras puede expresar, y toda solución y exposición de tales parábolas era de tal índole que ni aun el mundo entero podría contener los libros que habrían de escribirse [] en relación con tales parábolas. Pero puede acontecer que se halle un corazón apto y, por su pureza, capaz de recibir las letras de la exposición de la parábola, de modo que pudieran ser escritas en él por el Espíritu del Dios vivo. Pero alguien dirá que acaso obramos impíamente quienes, a causa del sentido secreto y místico de algunas de las Escrituras que son de origen celestial, queremos que sean simbólicas y nos esforzamos por exponerlas, aunque pudiera parecer ex hypothesi que tuviéramos un conocimiento exacto de su significado. Pero a esto debemos decir que, si hay quienes han obtenido el don de la comprensión exacta de estas cosas, saben lo que deben hacer; pero en cuanto a nosotros, que reconocemos que nos falta la capacidad de penetrar la profundidad de las cosas aquí significadas, aunque alcancemos una percepción algo grosera de las cosas del pasaje, diremos que algunas de las cosas que parecemos hallar después de mucho examen e indagación, ya sea por la gracia de Dios o por la fuerza de nuestra propia mente, no nos atrevemos a consignarlas por escrito; pero algunas, para provecho de nuestra propia disciplina intelectual y de la de aquellos que acaso las lean, las expondremos en alguna medida. Pero quédense dichas estas cosas a modo de excusa, por la profundidad de la parábola; mas con respecto a la cuestión de en qué tiempo el hombre —el rey— de la parábola quiso hacer cuentas con sus propios siervos, diremos que parece que esto tiene lugar cerca del tiempo del juicio que había sido proclamado. Y esto se confirma con dos parábolas: una al final del Evangelio que tenemos ante nosotros [], y otra del Evangelio según Lucas []. Y para no alargar la discusión citando la letra misma, como cualquiera que quiera puede tomarla de la Escritura por sí mismo, diremos que la parábola según Mateo declara: «Porque es como cuando un hombre que se iba a otro país llamó a sus propios siervos y les entregó sus bienes, y a uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro un talento;» [] luego ellos actuaron con respecto a lo que les había sido encomendado, y después de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos, y está escrito con las mismas palabras que también hace cuentas con ellos. [] Y compara las palabras: «Y cuando comenzó a hacer cuentas,» [] y considera que llamó la partida del padre de familia a otro país al tiempo en que «estamos en casa en el cuerpo, mas ausentes del Señor;» [] pero su advenimiento, cuando «después de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos,» [] es el tiempo de la consumación en el juicio; pues después de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y hace cuentas con ellos, y tienen lugar las cosas que siguen. Pero la parábola en Lucas representa con más claridad que «un hombre noble fue a un país lejano para recibir para sí un reino y volver,» y al partir «llamó a diez siervos y les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.» [] Mas el noble, odiado por sus propios ciudadanos, quienes enviaron tras él una embajada, porque no querían que reinara sobre ellos, volvió de nuevo, habiendo recibido el reino, y mandó llamar a los siervos a quienes había dado el dinero, para saber cuánto habían ganado negociando. Y, viendo lo que habían hecho, a aquel que había convertido la una mina en diez minas, rindiéndole alabanza con las palabras: «Bien está, buen siervo; porque en lo muy poco has sido fiel,» [] le da autoridad sobre diez ciudades, a saber, las que estaban bajo su reino. Y a otro, que había multiplicado la mina por cinco, no le rindió la alabanza que asignó al primero, ni especificó la palabra «autoridad» como en el caso del primero, sino que le dijo: «Tú también sé sobre cinco ciudades.» Pero al que había envuelto la mina en un pañuelo, le dijo: «De tu propia boca te juzgaré, siervo malo;» [] y dijo a los que estaban presentes: Quitadle la mina y dadla al que tiene las diez minas. [] ¿Quién, pues, en cuanto a esta parábola, no dirá que el noble, que va a un país lejano para recibir para sí un reino y volver, es Cristo, que va, por así decirlo, a otro país para recibir los reinos de este mundo y las cosas que hay en él? Y los que han recibido los diez talentos son los que han sido encomendados con la dispensación de la Palabra que les ha sido confiada. Y los ciudadanos suyos que no querían que Él reinara sobre ellos, cuando era ciudadano en el mundo en cuanto a su encarnación, [] son quizá Israel, que no creyó en Él, y quizá también los gentiles que no creyeron en Él.
XIV, 13
Solamente he dicho estas cosas con miras a referir su retorno cuando venga con su reino a la consumación, cuando mandó llamar a los siervos a quienes había dado el dinero, para saber cuánto habían ganado negociando, y por el deseo de demostrar con esto y con la parábola de los Talentos que el pasaje «el que quiso hacer cuentas con sus propios siervos» [] ha de referirse a la consumación, cuando ya es rey, habiendo recibido el reino, a causa del cual, según otra parábola, [] fue a un país lejano, para recibir para sí un reino y volver. Por tanto, cuando volvió después de recibir el reino, quiso hacer cuentas con sus propios siervos. Y «cuando comenzó a hacer cuentas, le fue presentado uno que debía muchos talentos,» [] y fue llevado como ante un rey por aquellos que habían sido puestos como ministros suyos —pienso que los ángeles. Y tal vez era uno de los que estaban bajo el reino, a quien se le había encomendado una gran administración y no la había dispensado bien, sino que había malgastado lo que se le había confiado, de modo que llegó a deber los muchos talentos que había perdido. Este mismo, no teniendo quizá con qué pagar, es mandado por el rey a ser vendido junto con su mujer, por trato con la cual se hizo padre de ciertos hijos. Pero no es tarea fácil ver qué se significa intelectualmente por padre, madre e hijos. Lo que esto significa en verdad Dios lo sabe, y si Él mismo nos ha dado o no entendimiento, quien pueda juzgue. Solo esta es nuestra concepción del pasaje: que, así como «la Jerusalén de arriba» es «la madre» [] de Pablo y de los que son como él, así puede haber una madre de otros según la analogía de Jerusalén, la madre, por ejemplo, de Siene en Egipto, o de Sidón, o de cuantas ciudades son nombradas en las Escrituras. Luego, así como Jerusalén es «una esposa ataviada para su marido,» [] Cristo, así puede haber madres de ciertas potestades que les han sido asignadas como esposas o novias. Y así como hay ciertos hijos de Jerusalén, como madre, y de Cristo, como padre, así habría ciertos hijos de Siene, o de Menfis, o de Tiro, o de Sidón, y de los gobernantes puestos sobre ellos. Quizá, pues, también este, el deudor de muchos talentos que fue llevado al rey, tiene, como hemos dicho, mujer e hijos, a quienes al principio mandó el rey vender, y también todo lo que tenía, vender; pero después, movido a compasión, lo soltó y le perdonó toda la deuda; no como si ignorase el futuro, sino para que nosotros entendiéramos lo que sucedió, se escribió que así lo hizo. Cada uno, pues, de los que, como hemos dicho, tienen mujer e hijos, rendirá cuenta siempre que el rey venga a hacer cuentas, habiendo recibido el reino y habiendo vuelto; y cada uno de ellos, como gobernante de cualquier Siene o Menfis, o Tiro o Sidón, o de cualquiera semejante, tiene también deudores. Este, pues, habiendo sido soltado y habiéndosele perdonado toda la deuda, «salió del rey y halló a uno de sus consiervos,» [] etc.; y por esto, supongo que lo tomó por el cuello, cuando había salido del rey, pues si no hubiera salido no habría tomado a su propio consiervo por el cuello. Observa luego la exactitud de la Escritura: cómo el uno se postró y «adoró,» pero el otro se postró y no adoró, sino que «suplicó;» y el rey, movido a compasión, lo soltó y le perdonó toda la deuda, pero el siervo no quiso siquiera compadecerse de su propio consiervo; y el rey, antes de soltarlo, mandó venderlo a él y lo que era suyo, mientras que el que había sido perdonado lo echó en la cárcel. Y observa que sus consiervos no presentaron acusación alguna ni «dijeron,» sino «contaron,» [] y que no usó el epíteto «malo» al principio respecto del dinero perdido, sino que lo reservó después para su acción hacia el consiervo. Mas nota también la moderación del rey; no dice: Tú me adoraste, sino: Tú me suplicaste; y ya no mandó venderlo a él y a los suyos, sino que, lo que era peor, lo entregó a los verdugos a causa de su maldad. [] Pero ¿quiénes pueden ser estos sino los que han sido puestos para lo referente a los castigos? Mas al mismo tiempo observa, por el uso que de esta parábola hacen los secuaces de herejías, que si acusan al Creador de apasionado, a causa de las palabras que declaran la ira de Dios, deberían acusar también a este rey, porque «airándose,» entregó al deudor a los verdugos. Pero además debe decirse a aquellos cuya opinión es que nadie es entregado por Jesús a los verdugos: os rogamos, buenos señores, que nos expliquéis quién es el rey que entregó al siervo malo a los verdugos. Y atiendan también a esto: «Así también hará con vosotros mi Padre celestial;» [] y a las mismas personas más bien podría decirse lo de la parábola de las Diez Minas que dijo el Hijo del Dios bueno: «Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos,» [] etc. La conclusión de la parábola, no obstante, está adaptada también a los más sencillos; pues todos nosotros, que hemos obtenido el perdón de nuestros propios pecados y no hemos perdonado a nuestros hermanos, somos enseñados de inmediato que sufriremos la suerte de aquel que fue perdonado pero no perdonó a su consiervo.
XIV, 14
«Y aconteció que cuando Jesús hubo acabado estas palabras.» [] El que da cuenta detallada y completa de cada una de las cuestiones que tiene ante sí, de modo que nada quede fuera, acaba sus propias palabras. Pero dará una declaración sobre este punto con más confianza quien se dedique con gran diligencia a la lectura entera del Antiguo y del Nuevo Testamento; pues si la expresión «acabó estas palabras» no puede aplicarse a ningún otro, ni a Moisés ni a ninguno de los profetas, sino solo a Jesús, entonces uno se atrevería a decir que solo Jesús acabó sus palabras, Él que vino a poner fin a las cosas y a cumplir lo que faltaba en la ley, diciendo: «Fue dicho a los antiguos,» [] etc., y además: «Para que se cumpliesen las cosas dichas por los profetas.» Pero si en algún lugar está escrito también en ellos, entonces puedes comparar y contrastar los discursos acabados por ellos con los acabados por el Salvador, para que halles la diferencia entre ellos. Y aun en este punto podría investigarse si, en el caso de las cosas dichas como oráculo, la expresión «acabó» se aplica ya sea a las cosas dichas por Moisés, o por alguno de los profetas, o por ambos juntos; pues la observación cuidadosa sugeriría pensamientos muy graves a quienes saben «comparar cosas espirituales con espirituales,» y por esto «no hablan con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino enseñadas por el Espíritu.» [] Mas quizá algún otro, atendiendo con espíritu demasiado curioso a la palabra «acabó,» que se asigna a cosas de un orden más místico —así como decimos que alguien entregó a los que estaban bajo su control misterios y ritos de «perfeccionamiento» no de modo laudable, y otro entregó los misterios de Dios a quienes son dignos, y ritos de «perfeccionamiento» proporcionados a tales misterios—, podría decir que, habiéndolos iniciado, hizo un rito de «perfeccionamiento,» por el cual «perfeccionamiento» las palabras se mostraron poderosas, de modo que el evangelio de Jesús fue predicado en todo el mundo, y en virtud del divino «perfeccionamiento» se ganó el dominio de toda alma que el Padre atrae al Hijo, según lo dicho por el Salvador: «Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo atrae.» [] Por lo cual también «la palabra» de los que por la gracia de Dios son embajadores del evangelio, «y su predicación, no consiste en palabras persuasivas de sabiduría, sino en demostración del espíritu y de poder,» para aquellos para quienes las palabras de la doctrina de Jesús fueron acabadas. Observarás, por tanto, cuán a menudo se dice: «Acabó,» y de qué cosas se dice, y tomarás como ilustración lo que se dice respecto de las bienaventuranzas, y todo el discurso al que se añade: «Y aconteció que cuando Jesús hubo acabado estas palabras, todas las multitudes se asombraron de su doctrina.» [] Mas ahora el dicho «Jesús acabó estas palabras» se refiere también inmediatamente a la parábola muy mística según la cual el reino de los cielos es semejante a un rey, pero también, más allá de esta parábola, a las secciones que fueron escritas antes de ella.
XIV, 15
Solamente, cuando Jesús hubo acabado estas palabras, habiéndolas dicho en Galilea cerca de Cafarnaúm, entonces «partió de allí y vino a los confines de Judea,» [] que eran diferentes de Galilea. Pero vino a los confines de Judea, y no al centro de ella, sino, por así decirlo, a las partes más extremas, donde grandes multitudes le siguieron, [] a quienes sanó en «los confines de Judea al otro lado del Jordán,» —donde se había dado el bautismo. [] Mas observarás la diferencia entre las multitudes que simplemente seguían, y Pedro y los otros que lo abandonaron todo y siguieron, y Mateo, que se levantó y le siguió; [] él no siguió simplemente, sino «habiéndose levantado;» porque «habiéndose levantado» es una adición importante. Hay siempre, pues, quienes siguen como las grandes multitudes, que no se han levantado para seguir, ni han dejado todo lo que antes era suyo; pero pocos son los que se han levantado y han seguido, los cuales también, en la regeneración, se sentarán sobre doce tronos. [] Solamente, si alguno desea ser sanado, siga a Jesús.
16. Sobre los fariseos y escribas que tentaban a Jesús (preguntando) si era lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa
XIV, 16
Después de esto está escrito que se acercaron a Él los fariseos tentándole y diciendo: «¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?» [] Marcos también ha escrito algo semejante. [] Así, de los que venían a Jesús y le preguntaban, había algunos que proponían cuestiones para tentarle; y si nuestro Salvador, que tanto nos sobrepasa, fue tentado, ¿cuál de sus discípulos ordenado para enseñar ha de afligirse cuando es tentado por algunos que preguntan no por amor al saber, sino por deseo de tentar? Y podrías hallar muchos pasajes, si los reunieras, en los cuales los fariseos tentaron a nuestro Jesús, y otros distintos de ellos, como cierto doctor de la ley [] y quizá también un escriba [], para que, reuniendo lo que se dice de los que le tentaban, hallaras por indagación lo útil para esta clase de cuestiones. Sólo que el Salvador, en respuesta a los que le tentaban, asentó dogmas; porque dijeron: «¿Es lícito al hombre repudiar a su propia mujer por cualquier causa?» y Él respondió diciendo: «¿No habéis leído que aquel que los creó desde el principio los hizo varón y hembra?» [], etc. Y pienso que los fariseos propusieron esta palabra por esta razón: para atacarle dijera lo que dijera; como, por ejemplo, si hubiera dicho: «Es lícito,» le habrían acusado de disolver los matrimonios por fruslerías; pero si hubiera dicho: «No es lícito,» le habrían acusado de permitir que un hombre habitara con una mujer aun con pecados; así también, en el caso del tributo [], si les hubiera dicho que diesen, le habrían acusado de someter al pueblo a los romanos y no a la ley de Dios; pero si les hubiera dicho que no diesen, le habrían acusado de suscitar guerra y sedición, y de alborotar a quienes no podían resistir contra un ejército tan poderoso. Pero no percibieron de qué manera respondió sin reproche y con sabiduría, en primer lugar rechazando la opinión de que la mujer había de ser repudiada por cualquier causa, y, en segundo lugar, dando respuesta a la pregunta sobre la carta de repudio; porque vio que no toda causa es motivo razonable para la disolución del matrimonio, y que el marido debe habitar con la mujer como con vaso más frágil, dándole honor [], y llevando sus cargas en los pecados []; y por lo que está escrito en el Génesis, avergüenza a los fariseos que se gloriaban en las Escrituras de Moisés, diciendo: «¿No habéis leído que aquel que los creó desde el principio los hizo varón y hembra?», etc., y, añadiendo a estas palabras, a causa del dicho: «Y los dos llegarán a ser una sola carne,» enseñando en consonancia con una sola carne, a saber: «Así que ya no son dos, sino una sola carne.» [] Y, como tendente a convencerlos de que no debían repudiar a su mujer por cualquier causa, se dice: «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» [] Es de observar, sin embargo, en la exposición de las palabras citadas del Génesis en el Evangelio, que no fueron dichas de manera consecutiva tal como están escritas en el Evangelio; y pienso que ni siquiera se dicen de las mismas personas, a saber, de los que fueron formados según la imagen de Dios, y de los que fueron formados del polvo de la tierra y de una de las costillas de Adán. Porque donde se dice: «Varón y hembra los hizo» [], la referencia es a los formados «según la imagen»; pero donde también dijo: «Por esta causa dejará el hombre a su padre y a su madre» [], etc., la referencia no es a los formados según la imagen; pues algún tiempo después el Señor Dios formó al hombre, tomando polvo de la tierra, y de su costado a la ayuda idónea. Y observa, al mismo tiempo, que en el caso de los que son formados «según la imagen», las palabras no fueron «marido y mujer» sino «varón y hembra.» Pero esto lo hemos observado también en el hebreo, pues hombre se indica con la palabra «is,» pero varón con la palabra «zachar,» y a su vez mujer con la palabra «essa,» pero hembra con la palabra «agkeba.» Porque en ningún momento es «mujer» o «hombre» «según la imagen,» sino la clase superior, el varón, y la segunda, la hembra. Pero también si un hombre deja a su madre y a su padre, no se une a la hembra, sino a su propia mujer, y «llegan a ser,» puesto que hombre y mujer son uno en carne, «una sola carne.» Luego, describiendo lo que debe ser en el caso de los que son unidos por Dios, para que sean unidos de manera digna de Dios, el Salvador añade: «Así que ya no son dos;» [] y, donde quiera que hay verdaderamente concordia, unión y armonía entre marido y mujer, cuando él es como gobernante y ella obedece a la palabra: «Él se enseñoreará de ti» [], entonces de tales personas podemos decir con verdad: «Ya no son dos.» Luego, puesto que era necesario que para «el que se une al Señor» quedara reservado «que llegara a ser un solo espíritu con Él» [], en el caso de los que son unidos por Dios, después de las palabras: «Así que ya no son dos,» se dice: «sino una sola carne.» Y es Dios quien ha unido a los dos en uno para que ya no sean dos, desde el momento en que la mujer es desposada con el hombre. Y, puesto que Dios los ha unido, por esto en el caso de los que son unidos por Dios hay un «don»; y Pablo, sabiendo esto, que el matrimonio conforme a la Palabra de Dios era un «don,» como también era un don el celibato santo, dice: «Quisiera yo que todos los hombres fuesen como yo; pero cada cual tiene de Dios su propio don, uno de una manera, y otro de otra.» [] Y los que son unidos por Dios se acuerdan y guardan el precepto: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo también amó a la iglesia.» [] Luego el Salvador mandó: «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre» [], pero el hombre desea separar lo que Dios ha unido cuando, «apartándose de la fe sana, prestando oído a espíritus seductores y a doctrinas de demonios, por la hipocresía de hombres que hablan mentiras, marcados en su propia conciencia como con hierro candente, prohibiendo,» no sólo cometer fornicación, sino «casarse,» [] disuelve aun a los que antes habían sido unidos por la providencia de Dios. Díganse, pues, estas cosas, teniendo a la vista lo que expresamente se dice acerca del varón y la hembra, y del hombre y la mujer, como el Salvador enseñó en la respuesta a los fariseos.