XIII, 5
Ahora bien, el padre del epiléptico — quizá el ángel a quien le había sido asignado, si hemos de decir que toda alma humana está sujeta a algún ángel — ruega al Médico de las almas por su hijo, para que lo sane a él, que no podía ser curado de su trastorno por la palabra inferior que estaba en los discípulos. Pero el espíritu sordo y mudo, expulsado por el Verbo, debe entenderse figuradamente como los impulsos irracionales, aun hacia aquello que parece bueno, de modo que, lo que alguien hizo una vez por impulso irracional que a los espectadores les parecía bueno, no lo haga ya irracionalmente, sino conforme a la razón de la enseñanza de Jesús. Inspirado por esto, Pablo también dijo: «Si tengo toda la fe como para trasladar montes;» [] pues el que tiene toda la fe, la cual es como un grano de mostaza [], no traslada un solo monte, sino también varios análogos a él; porque, aunque la fe es despreciada por los hombres y parece algo muy pequeño y despreciable, cuando cae en tierra buena, es decir, en el alma que es apta para recibir convenientemente tal semilla, se hace un árbol grande, de modo que no las cosas que no tienen alas, sino las aves del cielo, aladas espiritualmente, pueden anidar en las ramas de una fe tan grande.
XIII, 6
Prestemos ahora, pues, atención a la letra misma del pasaje, y primero indaguemos cómo el que ha sido arrojado a las tinieblas y dominado por un espíritu impuro, sordo y mudo, es llamado «lunático,» y por qué razón la expresión ser «lunático» toma su nombre de la gran lumbrera del cielo que está junto al sol, la cual Dios puso «para regir la noche.» [] Discutan, pues, los médicos la fisiología de esta cuestión, puesto que piensan que en el caso no hay espíritu impuro, sino un trastorno corporal; y, al indagar la naturaleza de las cosas, digan que los humores húmedos que están en la cabeza son movidos por cierta simpatía que tienen con la luz de la luna, la cual es de naturaleza húmeda; pero nosotros, que creemos también al Evangelio que esta enfermedad es considerada como producida por un espíritu impuro, sordo y mudo, en quienes la padecen, y que vemos que aquellos que, como los magos de Egipto, suelen prometer curación en tales casos, parecen a veces tener éxito, diremos que, quizá con miras a calumniar la creación de Dios, a fin de que «se hable iniquidad con altivez, y pongan contra el cielo su boca,» este espíritu impuro observa ciertas configuraciones de la luna, y hace aparecer así, mediante la observación de hombres que sufren en tal o cual fase de la luna, que la causa de tan gran mal no es el demonio sordo y mudo, sino la gran lumbrera del cielo que fue puesta «para regir la noche,» y que no tiene poder alguno para originar tal trastorno entre los hombres. Pero todos ellos «hablan iniquidad con altivez,» cuantos dicen que la causa de todos los desórdenes que existen sobre la tierra, ya sea en general, ya sea en cada caso particular, procede de la disposición de los astros; y éstos verdaderamente han «puesto contra el cielo su boca,» cuando dicen que algunos astros tienen influjo maléfico y otros benéfico; porque ninguna estrella fue formada por el Dios del universo para obrar el mal, según Jeremías en las Lamentaciones: «De la boca del Señor saldrán cosas nobles y aquello que es bueno.» Y es probable que, así como este espíritu impuro, que produce lo que se llama lunatismo, observa las fases de la luna para actuar sobre aquel que por ciertas causas le ha sido entregado y que no se ha hecho digno de la guarda de los ángeles, así también hay otros espíritus y demonios que actúan en ciertas fases de los demás astros; de modo que no solo la luna, sino también los demás astros, pueden ser calumniados por aquellos «que hablan iniquidad con altivez.» Vale la pena, entonces, escuchar a los forjadores de natividades, que atribuyen el origen de toda forma de locura y de toda posesión demoníaca a las fases de la luna. Que quienes sufren de lo que se llama lunatismo caen a veces en el agua es evidente, y que también caen en el fuego, aunque con menor frecuencia, sucede; y es evidente que este trastorno es muy difícil de curar, de modo que los que tienen poder para curar a los endemoniados a veces fracasan en esto, y a veces con ayunos, súplicas y mayores trabajos lo consiguen. Pero indagarás si hay tales trastornos tanto en los espíritus como en los hombres; de modo que algunos de ellos hablan, pero otros son mudos; y algunos oyen, pero otros son sordos; porque, así como en ellos se hallará la causa de ser impuros, así también, a causa de su libre albedrío, son condenados a ser mudos y sordos; pues algunos hombres sufrirán tal condenación si se atiende a la oración del profeta, pronunciada por el Espíritu Santo, en la que se dice de ciertos pecadores: «Enmudezcan los labios mentirosos.» Y así, quizá, aquellos que hacen mal uso de su oído y admiten oír vanidades, serán hechos sordos por Aquel que dijo: «Quien hizo al mudo y al sordo,» [], para que ya no presten oído a cosas vanas.
XIII, 7
Pero cuando el Salvador dijo: «Oh generación incrédula y perversa,» [], da a entender que la maldad, que es contraria a la naturaleza, se introduce solapadamente a causa de la perversidad, y nos hace perversos. Pero de toda la raza de los hombres sobre la tierra, abrumada, creo, a causa de su maldad y de la tardanza de Él con ellos, el Salvador dijo: «¿Hasta cuándo estaré con vosotros?» Ya hemos hablado antes, en parte, de las palabras: «Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte,» [], etc.; pero, sin embargo, también hablaremos aquí de las cosas que nos parecen adecuadas para aumentar la claridad. Los montes de que aquí se habla son, a mi juicio, las potestades enemigas que tienen su ser en un torrente de gran maldad, asentadas, por así decirlo, en algunas almas de los hombres. Así pues, cuando alguien tiene toda la fe, de modo que ya no desconfía de nada de lo contenido en las Sagradas Escrituras, y tiene una fe como la de Abraham, que creyó a Dios hasta tal punto que su fe le fue contada por justicia, ése tiene toda la fe como un grano de mostaza; entonces dirá a este monte — me refiero al espíritu sordo y mudo en el que es llamado lunático —: «Apártate de aquí», es decir, del hombre que sufre, quizá hacia el abismo, y se apartará. Y el Apóstol, tomando, creo, su punto de partida de este lugar, dice con autoridad: «Si tengo toda la fe como para trasladar montes,» []; porque no traslada un solo monte, sino también varios análogos a él, quien tiene toda la fe que es como un grano de mostaza; y nada será imposible para quien tiene tan gran fe. [] Pero atendamos también a esto: «Esta clase no sale sino por oración y ayuno,» [], a fin de que, si alguna vez es necesario que nos ocupemos de la curación de alguien que padece tal trastorno, no conjuremos, ni hagamos preguntas, ni hablemos al espíritu impuro como si oyera, sino que, entregándonos a la oración y al ayuno, tengamos éxito al orar por el que sufre, y con nuestro propio ayuno expulsemos de él al espíritu inmundo.
XIII, 8
«Y mientras estaban en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres.» [] Y estas cosas parecerán tener el mismo efecto que aquellas: «que Jesús comenzó a mostrar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas.» [] Pero no es así; porque no es lo mismo «mostrar a los discípulos que debía ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas,» y, después de padecer, «ser muerto,» y, después de muerto, «resucitar al tercer día,» que lo que se les dijo cuando estaban en Galilea — lo cual no aprendimos antes —, que el Hijo del hombre «sería entregado;» porque el ser entregado no se mencionó antes, sino que ahora también se dice que «Él ha de ser entregado en manos de los hombres.» [] En cuanto a estas cosas, indaguemos por qué persona o personas será entregado en manos de los hombres; pues allí se nos enseña de quién padecerá y en qué lugar padecerá; pero aquí, además, aprendemos que, si bien sus muchos padecimientos sobrevienen a manos de los antedichos, no son ellos las causas primeras de sus muchos padecimientos, sino aquel o aquellos que lo entregaron en manos de los hombres. Porque alguien dirá que el Apóstol, interpretando esto, dice con referencia a Dios: «Él, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros;» [] pero el Hijo también se entregó a sí mismo a la muerte por nosotros, de modo que fue entregado no solo por el Padre, sino también por sí mismo. Pero otro dirá no meramente eso, sino que, reuniendo los pasajes, dirá que el Hijo es primeramente entregado por Dios — luego a punto de ser tentado, luego a entrar en conflicto, luego a padecer por los hombres, o aun por el mundo entero, para quitar su pecado [] — al príncipe de este siglo y a los demás príncipes de él, y que luego por ellos es entregado en manos de hombres que lo matarían. El caso de Job se tomará como ilustración. «He aquí, todo lo que es suyo lo pongo en tus manos; pero no lo toques a él;» [] después de esto, él fue, por así decirlo, entregado por el diablo a sus príncipes, es decir, a los que tomaron prisioneros de guerra, a los jinetes, al fuego que descendió del cielo y al gran viento que vino del desierto y derribó su casa. [] Pero considerarás si, así como entregó los bienes de Job a quienes los tomaron cautivos, y a los jinetes, así también los entregó a cierto poder subordinado al «príncipe de la potestad del aire, del espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia,» [], a fin de que el fuego que descendió de allí sobre las ovejas de Job pareciera caer del cielo, al hombre que anunció a Job que «fuego cayó del cielo y quemó las ovejas, y consumió asimismo a los pastores.» [] Y de la misma manera indagarás si también el viento impetuoso y repentino que descendió del desierto y golpeó las cuatro esquinas de la morada era uno de aquellos que están bajo los demonios a los cuales el diablo entregó el banquete de los hijos e hijas de Job, para que la casa cayera sobre los hijos del justo y murieran. Concédase, pues, que, como en el caso de Job, el Padre entregó primero al Hijo a las potestades adversas, y que luego ellas lo entregaron en manos de los hombres, entre los cuales estaba también Judas, en quien, después del bocado [], entró Satanás, y que lo entregó de un modo más autorizado que Judas. Pero ten cuidado de que, al comparar la entrega del Hijo hecha por el Padre a las potestades adversas con la entrega del Salvador hecha por ellas en manos de los hombres, no pienses que lo que se llama entrega es lo mismo en ambos casos. Porque entiende que el Padre, en su amor a los hombres, lo entregó por todos nosotros; pero las potestades adversas, cuando entregaron al Salvador en manos de los hombres, no tuvieron intención de entregarlo para salvación de algunos, sino que, en cuanto de ellas dependía — puesto que ninguna de ellas conoció «la sabiduría de Dios oculta en misterio,» [] —, lo entregaron para que fuera muerto, a fin de que la muerte, su enemiga, lo recibiera bajo su dominio, como a los que mueren en Adán; [] y también los hombres que lo mataron lo hicieron así, moldeados según la voluntad de quienes deseaban que Jesús quedara sujeto a la muerte. He juzgado necesario examinar también estas cosas, porque, cuando Jesús fue entregado en manos de los hombres, no fue entregado por hombres en manos de hombres, sino por potestades a las cuales el Padre entregó a su Hijo por todos nosotros; y en el acto mismo de ser entregado, y de quedar bajo el poder de aquellos a quienes fue entregado, destruyó al que tenía el poder de la muerte; porque «por medio de la muerte redujo a la nada al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y libró a todos los que por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre durante toda su vida.» []
XIII, 9
Ahora bien, debemos pensar que el diablo tiene el poder de la muerte —no de aquella que es común e indiferente, según la cual mueren los que están compuestos de alma y cuerpo, cuando su alma se separa del cuerpo—, sino de aquella muerte que es contraria y enemiga de Aquel que dijo: «Yo soy la Vida» [], conforme a la cual «el alma que peca, ésa morirá» []. Pero que no fue Dios quien lo entregó en manos de los hombres, lo declara manifiestamente el Salvador cuando dice: «Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos» []. Porque, cuando fue entregado a los judíos, fue entregado en manos de hombres, no por sus propios servidores, sino por el príncipe de este siglo, que dice acerca de las potestades que están en la esfera de lo invisible, los reinos que se levantan contra los hombres: «Todo esto te daré, si postrado me adoras» []. Por lo cual debemos pensar también que acerca de ellos se dijo: «Los reyes de la tierra se presentaron, y los príncipes se congregaron contra el Señor y contra su Cristo». Y, en verdad, aquellos reyes y aquellos príncipes se presentaron y se congregaron contra el Señor y contra su Cristo; mas nosotros, porque hemos sido beneficiados por haber sido entregado por ellos en manos de hombres y muerto, decimos: «Rompamos sus ataduras y echemos de nosotros su yugo». Porque, cuando nos hacemos conformes a la muerte de Cristo, ya no estamos bajo las ataduras de los reyes de la tierra, como hemos dicho, ni bajo el yugo de los príncipes de este siglo, que se congregaron contra el Señor. Y, por esto, «el Padre no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros» [], para que aquellos que lo prendieron y lo entregaron en manos de hombres fueran escarnecidos por el que habita en los cielos, y fueran burlados por el Señor; pues, contra su expectativa, fue para destrucción de su propio reino y poder que recibieron del Padre al Hijo, que resucitó al tercer día, habiendo abolido a la muerte, su enemiga, y nos hizo conformes, no sólo a la imagen de su muerte, sino también a la de su resurrección; por medio del cual andamos en novedad de vida [], no ya sentados «en región y sombra de muerte» [], por la luz de Dios que ha amanecido sobre nosotros. Mas cuando el Salvador dijo: «El Hijo del hombre será entregado en manos de hombres, y lo matarán, y al tercer día resucitará», ellos se «entristecieron en gran manera» [], atendiendo a que estaba por ser entregado en manos de hombres y a que moriría, como cosas sombrías y dignas de tristeza, pero no atendiendo a que resucitaría al tercer día, como quien ya no necesitaba más tiempo «para destruir por la muerte al que tenía el poder de la muerte» [].
XIII, 10
«Cuando llegaron a Cafarnaúm, vinieron a Pedro los que cobraban el medio siclo.» [] Hay ciertos reyes de la tierra, y los hijos de éstos no pagan tributo ni impuesto; y hay otros, distintos de sus hijos, que son extraños a los reyes de la tierra, de quienes los reyes de la tierra reciben tributo o impuesto. Y entre los reyes de la tierra, sus hijos son libres como en casa de sus padres; mas los que les son extraños, aunque son libres en relación con las cosas que están más allá de la tierra, son como esclavos respecto de los que se enseñorean de ellos y los tienen en servidumbre; así como los egipcios se enseñorearon de los hijos de Israel, y afligieron gravemente su vida y los tuvieron en dura servidumbre. [] Fue por causa de los que estaban en una servidumbre correspondiente a la servidumbre de los hebreos por lo que el Hijo de Dios tomó sobre sí únicamente la forma de siervo [], sin hacer obra alguna torpe ni servil. Así, pues, teniendo la forma de aquel siervo, paga tributo e impuesto no distinto del que pagaba su discípulo; porque bastó la misma estátera, a saber, la única moneda que se pagó por Jesús y por su discípulo. Mas esta moneda no estaba en la casa de Jesús, sino en el mar y en la boca de un pez del mar que, a mi juicio, fue beneficiado cuando subió y fue apresado en la red de Pedro, que llegó a ser pescador de hombres; en cuya red estaba aquello que figuradamente se llama pez, para que también de él se tomara la moneda con la imagen de César, y para que él ocupara su lugar entre los apresados por quienes han aprendido a hacerse pescadores de hombres. Así pues, el que tiene lo que es de César, pague a César; para que después pueda pagar a Dios lo que es de Dios. Mas puesto que Jesús, que era «la imagen del Dios invisible» [], no tenía la imagen de César —porque «el príncipe de este siglo nada tenía en Él» []—, por esto toma de su propio lugar, el mar, la imagen de César, para darla a los reyes de la tierra por sí mismo y por su discípulo, a fin de que los que cobran el medio siclo no imaginaran que Jesús era deudor de ellos y de los reyes de la tierra; porque pagó la deuda, no habiéndola tomado, ni poseído, ni adquirido, ni habiéndola hecho jamás posesión suya propia, para que la imagen de César nunca estuviera junto con la imagen del Dios invisible.
XIII, 11
Y esto puede decirse de otro modo. Hay algunos que en la tierra son hijos de reyes, y sin embargo no son hijos de aquellos reyes, sino hijos, y hijos en sentido absoluto; otros, en cambio, por ser extraños a los hijos de los reyes de la tierra, y no ser hijos de nadie de los que están sobre la tierra, precisamente por eso son hijos, ya de Dios, ya de su Hijo, ya de alguno de los que son de Dios. Si, pues, el Salvador pregunta a Pedro, diciendo: «¿De quiénes cobran tributo o impuesto los reyes de la tierra: de sus propios hijos o de los extraños?» [], y Pedro responde que no de sus propios hijos, sino «de los extraños», entonces Jesús dice acerca de los que son extraños a los reyes de la tierra y, por ser libres, son hijos: «Luego los hijos están libres» []. Porque los hijos de los reyes de la tierra no son libres, puesto que «todo el que comete pecado es esclavo del pecado» []; mas son libres los que permanecen en la verdad de la palabra de Dios y, por esto, conocen la verdad, para que también queden libres del pecado. Así pues, si alguno es hijo simplemente, y no en este asunto enteramente hijo de los reyes de la tierra, es libre. Y, sin embargo, aunque es libre, cuida de no ofender ni aun a los reyes de la tierra, ni a sus hijos, ni a los que cobran el medio siclo; por lo cual dice: «Para no escandalizarlos, ve y echa tu red, y toma el primer pez que suba» [], etc. Pero yo preguntaría a los que gustan de inventar mitos acerca de naturalezas diversas: ¿de qué clase de naturaleza eran los reyes de la tierra, o sus hijos, o los que cobran el medio siclo, a quienes el Salvador no quiere ofender? A la verdad, ex hypothesi, parece que no son de una naturaleza digna de alabanza; y, sin embargo, Él tuvo cuidado de no escandalizarlos, e impide que se ponga en su camino piedra de tropiezo alguna, para que no pequen más gravemente y con miras a que se salven —si quieren—, recibiendo a aquel que los ha preservado de ser escandalizados. Y como en un lugar verdaderamente de consolación —que así se interpreta Cafarnaúm—, consolando al discípulo por ser a la vez libre e hijo, le da el poder de pescar primero el pez, para que Pedro, cuando subiera, fuera consolado por su subida y su captura, y por la estátera tomada de su boca, a fin de que fuera pagada a aquellos de quienes era la estátera y que reclamaban como suya tal moneda.
XIII, 12
Pero a veces podrías aplicar con gracia el pasaje al amante del dinero, que no tiene en su boca sino cosas acerca de la plata, cuando contemplas que es sanado por algún Pedro, que le quita la estátera —símbolo de toda su avaricia— no sólo de su boca y de sus palabras, sino de todo su carácter. Pues dirás que tal hombre estaba en el mar, y en las amargas realidades de la vida, y en las olas de los cuidados y angustias de la avaricia, teniendo la estátera en la boca cuando era incrédulo y avaro; pero que subió del mar y fue apresado en la red racional, y, siendo beneficiado por algún Pedro que le ha enseñado la verdad, ya no tiene la estátera en la boca, sino, en lugar de ella, aquellas cosas que contienen Su imagen, los oráculos de Dios.
XIII, 13
Además, a la frase «Los que cobraban el medio siclo vinieron a Pedro» [], aducirás de Números que, por los santos según la ley de Dios, no se paga un medio siclo simplemente, sino un medio siclo sagrado. Pues está escrito: «Y tomarás cinco siclos por cabeza, conforme al medio siclo sagrado» []. Y también por todos los hijos de Israel se da un medio siclo sagrado por cabeza. Así, pues, como no era posible que el santo de Dios poseyera juntamente con los medios siclos sagrados los siclos profanos, por decirlo así, por esto, a los que no cobran los medios siclos sagrados y que preguntaron a Pedro diciendo: «¿No paga vuestro Maestro el medio siclo?», el Salvador manda que se pague la estátera en la cual estaba el medio siclo que fue hallado en la boca del primer pez que subió, para que fuera dada por el Maestro y por el discípulo.
XIII, 14
«En aquel día se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién es, entonces, el mayor en el reino de los cielos?» [] Para que se nos enseñara qué fue lo que los discípulos vinieron a preguntar a Jesús y a aprender de Él, y cómo respondió Él a su pregunta, Mateo, aunque habría podido dar cuenta de esto solamente, ha añadido, según algunos manuscritos: «En aquella hora se acercaron los discípulos a Jesús», y, según otros: «En aquel día». Y es necesario que no dejemos sin examen el sentido del evangelista. Por lo cual, atendiendo a las palabras que preceden a «en aquel día» o «hora», veamos si es posible hallar en ellas un camino para entender como necesaria la adición «en aquel día» u «hora». Jesús, pues, había llegado a Cafarnaúm con sus discípulos, donde «los que cobraban el medio siclo vinieron a Pedro», y preguntaron y dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el medio siclo?» Luego, cuando Pedro respondió y les dijo: Sí, Jesús, dando además una defensa respecto de la entrega del medio siclo, envía a Pedro a sacar el pez en la red, en cuya boca dijo que se hallaría una estátera que debía darse por Él y por Pedro. Me parece, entonces, que ellos, pensando que éste era un honor muy grande que Jesús había otorgado a Pedro, juzgando que era mayor que el resto de sus amigos, quisieron averiguar exactamente la verdad de su sospecha, preguntando a Jesús y oyendo de Él si, como suponían, había juzgado que Pedro era mayor que ellos; y al mismo tiempo esperaban aprender la razón por la cual Pedro había sido preferido a los demás discípulos. Mateo, pues, creo yo, queriendo aclarar esto, añadió a las palabras «toma» —es decir, la estátera— «y dáselo por ti y por mí», las palabras: «En aquel día se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién es, entonces, el mayor en el reino de los cielos?» Y, quizá, estaban también en duda a causa de la preferencia que se había dado a los tres en la transfiguración, y dudaban sobre esto: cuál de los tres era juzgado por el Señor como el mayor. Porque Juan se recostó en su pecho por amor, y podemos concluir que antes de la Cena habían visto muchas muestras de honor especial dadas por Jesús a Juan; mas Pedro, por su confesión, fue llamado bienaventurado en su presencia, a causa de haber dicho: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» []; pero, por otra parte, a causa de la palabra «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo, porque no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres» [], estaban turbados en su mente sobre si no era él, sino uno de los hijos de Zebedeo, el mayor. Y esto baste acerca de las palabras «en aquel día» u «hora», en las cuales tuvieron lugar los asuntos relativos a la estátera.
XIII, 15
Pero después debemos procurar entender esto: los discípulos se acercaron a Él, como discípulos a un maestro que propone cuestiones difíciles, preguntando: ¿Quién es, entonces, el mayor en el reino de los cielos? [] Y, a este respecto, debemos imitar a los discípulos de Jesús; porque si en algún momento algún tema de investigación entre nosotros no llegara a resolverse, vayamos con toda unanimidad, en lo tocante a la cuestión disputada, a Jesús, que está presente donde dos o tres están congregados en su nombre [], y que está pronto, con su presencia poderosa, a iluminar los corazones de los que de veras desean llegar a ser sus discípulos, para que comprendan las cosas que se investigan. Y asimismo no sería nada extraño que fuéramos a alguno de los que han sido puestos por Dios como maestros en la iglesia, y le propusiéramos una cuestión del mismo orden que ésta: «¿Quién, entonces, es el mayor en el reino de los cielos?» Ahora bien, ¿qué era lo que ya sabían los discípulos acerca de las cosas relativas a esta cuestión? ¿Y cuál era el punto que se investigaba? Habían comprendido que no hay igualdad entre los que son tenidos por dignos del reino de los cielos, y que, no habiendo igualdad, uno era el mayor, y así sucesivamente hasta el menor; pero cuál era la naturaleza del mayor, cuál la manera de vivir del menor y quién ocupaba el lugar intermedio, deseaban saberlo además; a no ser, en realidad, que sea más exacto decir que sabían quién era el menor por las palabras: «Cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos más pequeños y enseñe así a los hombres, será llamado el menor en el reino de los cielos»; pero quién era el mayor de todos no lo sabían, aun cuando hubieran captado el sentido de las palabras: «Cualquiera que los haga y los enseñe, ése será llamado grande en el reino de los cielos» []. Porque, como había muchos grandes, no les era claro quién era el mayor de los grandes, para emplear una medida humana. Y que muchos son grandes, pero que los grandes no son igualmente grandes, se hará manifiesto por la atribución del epíteto «grande» a Isaac, «que creció, y llegó a ser sobremanera grande» [], y por lo que se dice en el caso de Moisés, de Juan el Bautista y del Salvador. Y todos reconocerán que, aunque todos éstos fueron grandes según la Escritura, el Salvador fue mayor que ellos. Pero si también Juan (de quien no hubo otro mayor entre los nacidos de mujeres) [] fue mayor que Isaac y que Moisés, o si no fue mayor, sino igual a ambos, o a uno de ellos, sería arriesgado declararlo. Y por la frase «Pero Isaac, creciendo, se hizo más grande» [], hasta que llegó a ser no simplemente grande, sino, con la adición dos veces repetida, «sobremanera», podemos aprender que hay diferencia entre los grandes, como uno es grande, otro sobremanera grande, y otro sobremanera sobremanera grande. Los discípulos, por tanto, vinieron a Jesús y procuraron saber quién era el mayor en el reino de los cielos; y quizá deseaban saber, oyendo de Él a veces algo así: «Uno es el mayor en el reino de los cielos»; pero Él da un giro universal al discurso, mostrando cuál era la cualidad del que era mayor en el reino de los cielos. Procuremos entender, a partir de lo que está escrito, en la medida de nuestras posibilidades, quién es éste. «Porque Jesús llamó a un niño pequeño» [], etc.
XIII, 16
Pero primero podemos exponerlo de manera sencilla. Uno, exponiendo la palabra del Salvador aquí según el método simple, podría decir que, si alguno que es hombre mortifica los deseos de la virilidad, dando muerte por el espíritu a las obras del cuerpo, y «llevando siempre en el cuerpo la muerte de Jesús,» [] hasta tal punto que tiene la condición del niño pequeño que no ha gustado los placeres sensuales, y no ha tenido concepción de los impulsos de la virilidad, entonces tal persona se ha convertido, y ha llegado a ser como los niños pequeños. Y cuanto mayor avance haya hecho hacia la condición de los niños pequeños en cuanto a tales emociones, tanto más, en comparación con los que están en entrenamiento y no han avanzado a tan gran altura de dominio propio, es el más grande en el reino de los cielos. Pero lo que se ha dicho acerca de los niños pequeños en relación con los placeres lujuriosos, lo mismo podría decirse también en cuanto a las demás afecciones e infirmidades y enfermedades del alma, en las cuales no es propio de la naturaleza de los niños pequeños caer, pues aún no han alcanzado plenamente la posesión de la razón; como, por ejemplo, que, si alguno se convierte, y, siendo hombre, tal persona llega a ser como un niño en cuanto a la ira; y, como es el niño en relación con el dolor, de modo que a veces ríe y juega en el mismo momento en que su padre o madre o hermano ha muerto, el que se convierte llegaría a ser tal como los niños pequeños; y, habiendo recibido del Verbo una disposición incapaz de dolor, de modo que se vuelve como el niño pequeño en cuanto al dolor. Y lo mismo dirás acerca de lo que se llama placer, en relación con el cual los malvados se exaltan irracionalmente, del cual no sufren los niños pequeños, ni los que se han convertido y llegado a ser como niños pequeños. Así, pues, como ha sido demostrado con precisión también por otros, que ninguna pasión sobreviene a los niños pequeños que aún no han alcanzado la plena posesión de la razón; y si ninguna pasión, claramente tampoco el temor; pero, si hay algo que corresponda a las pasiones, éstas son débiles, y muy pronto suprimidas, y sanadas en el caso de los niños pequeños, de modo que es digno de amor aquel que, convirtiéndose como los niños pequeños, ha alcanzado tal punto que tiene, por así decirlo, sus pasiones en sujeción como los niños pequeños. Y en cuanto al temor, por tanto, se podrían concebir cosas similares a las dichas: que los niños pequeños no experimentan el temor de los malvados, sino una cosa diferente, a la cual los que tienen un conocimiento preciso de las cuestiones relativas a las pasiones y sus nombres dan el nombre de temor; como, por ejemplo, en el caso de los niños hay un olvido de sus males en el mismo momento de sus lágrimas, pues cambian en un instante, y ríen y juegan junto con los que se pensaba que los afligían y aterrorizaban, pero en verdad no habían obrado en ellos tal emoción. Así también, además, uno se humillará a sí mismo como el niño pequeño al que Jesús llamó; pues ni la altivez, ni el engreimiento en cuanto a noble nacimiento, o riqueza, o cualquiera de aquellas cosas que se piensa que son buenas, pero no lo son, sobreviene a un niño pequeño. Por lo cual puedes ver a los que no son del todo infantes, hasta los tres o cuatro años de edad, semejantes a los de nacimiento humilde, aunque puedan parecer de noble nacimiento, y no apareciendo en absoluto que amen más a los niños ricos que a los pobres. Si, por tanto, de la misma manera que según su edad los niños son afectados por aquellas pasiones que exaltan a los insensatos, el discípulo de Jesús, bajo la influencia de la razón, se ha humillado como el niño pequeño que Jesús mostró, no siendo exaltado por vanagloria, ni hinchado por causa de riqueza, o vestidura, ni enaltecido por noble nacimiento, en particular han de ser recibidos e imitados en el nombre de Jesús los que se han convertido como el Verbo mostró, como el niño pequeño que Jesús tomó consigo; puesto que especialmente en tales está Cristo, y por tanto dice: «Cualquiera que reciba a uno de tales niños pequeños en mi nombre, a mí me recibe.» []
XIII, 17
Pero es tarea difícil exponer lo que sigue en armonía lógica con lo ya dicho; pues uno podría decir: ¿cómo es que aquel que se convierte y ha llegado a ser como los niños pequeños, es un pequeño entre los que creen en Jesús, y es capaz de ser hecho tropezar? E igualmente intentemos explicar esto coherentemente. Todo aquel que da su adhesión a Jesús como el Hijo de Dios según la verdadera historia acerca de Él, y por obras hechas según el Evangelio, está en camino de vivir la vida que es según la virtud, se convierte y está en camino hacia llegar a ser como los niños pequeños; y le es imposible no entrar en el reino de los cielos. Hay, en verdad, muchos tales; pero no todos, los que se convierten con miras a llegar a ser como los niños pequeños, han alcanzado el punto de ser hechos semejantes a los niños pequeños; sino que cada uno dista tanto de la semejanza con los niños pequeños, cuanto le falta de la disposición de los niños pequeños hacia las pasiones, de las cuales hemos hablado. En toda la multitud, pues, de creyentes, están también aquellos que, habiendo sido, por así decirlo, apenas convertidos en cuanto a su llegar a ser como los niños pequeños, en el mismo punto de su conversión para que lleguen a ser como los niños pequeños, son llamados pequeños; y los de ellos, que se convierten para llegar a ser como los niños pequeños, pero distan mucho de haber llegado verdaderamente a ser como los niños pequeños, son capaces de ser hechos tropezar; cada uno de los cuales dista tanto de la semejanza con ellos, cuanto le falta de la disposición de los niños hacia las pasiones, de las cuales hemos hablado, a los cuales no debemos dar ocasiones de piedra de tropiezo; pero, si es de otra manera, el que le ha hecho tropezar requerirá, como contribución a su cura, tener «una piedra de molino de asno colgada al cuello, y ser hundido en las profundidades del mar.» [] Porque, de esta manera, cuando haya pagado la pena debida en el mar, donde está «el dragón que Dios formó para jugar en él,» y, en cuanto es conveniente para el fin que se tiene en vista, haya sido castigado y haya sufrido, entonces tendrá su parte en aquellos trabajos que pertenecen a las profundidades del mar, los cuales soportó cuando fue arrastrado hacia abajo por la piedra de molino de asno. Porque hay también diferencias de piedras de molino, de modo que una de ellas puede ser, por así decirlo, la piedra de molino de un hombre, y otra la de un asno; y aquella es humana, acerca de la cual está escrito: «Dos mujeres estarán moliendo en el molino; una será tomada y una será dejada;» [] pero la piedra de molino de asno es aquella que se pondrá alrededor del cuello de aquel que ha dado ocasión de piedra de tropiezo. Pero alguno podría decir — no sé si hablaría con cordura o erróneamente— que la piedra de molino de asno es el cuerpo pesado del hombre malvado, el cual es hundido hacia abajo, y el cual recibirá en la resurrección para que pueda ser hundido en el abismo que es llamado la profundidad del mar, donde «está el dragón que Dios formó para jugar en él.» Pero otro referirá la creación de una piedra de tropiezo para uno de los pequeños a los poderes que no son vistos por los hombres; pues de éstos surgen muchas piedras de tropiezo para los pequeños señalados por Jesús. Pero cuando ellos hacen tropezar a uno de los pequeños señalados por Jesús, que son creyentes en Él, él asumirá una piedra de molino de asno, el cuerpo corruptible que pesa gravemente sobre el alma, que está colgado del cuello, que es arrastrado hacia abajo a los asuntos de esta vida, para que por medio de éstos su engreimiento sea quitado, y habiendo pagado la pena, vendrán, por medio de la piedra de molino de asno, a la condición conveniente para ellos.
XIII, 18
Ahora puede pronunciarse otra interpretación diferente de la que se llama más simple; ya sea como dogma, o por causa de ejercicio, por así decirlo, indaguemos también qué era el niño pequeño que fue llamado por Jesús y puesto en medio de los discípulos. Considera ahora si puedes decir que el niño pequeño, al que Jesús llamó, era el Espíritu Santo que se humilló a Sí mismo, cuando fue llamado por el Salvador, y puesto en medio de la razón de los discípulos de Jesús; si, en verdad, Él quiere que nosotros, apartándonos de todo lo demás, nos volvamos hacia los ejemplos sugeridos por el Espíritu Santo, para que de ese modo lleguemos a ser como los niños pequeños, que son ellos mismos también vueltos y asemejados al Espíritu Santo; los cuales niños pequeños Dios dio al Salvador, según lo que se dice en Isaías: «He aquí, yo y los niños pequeños que Dios me ha dado.» Y no es posible que alguno entre en el reino de los cielos, si no se ha apartado de los asuntos de este mundo, y hecho semejante a los niños pequeños que poseen el Espíritu Santo; el cual Espíritu Santo fue llamado por Jesús, y, descendiendo de Su propia perfección a los hombres como un niño pequeño, fue puesto por Jesús en medio de los discípulos. Es necesario, entonces, que aquel que se ha apartado de los deseos de este mundo se humille no simplemente como el niño pequeño, sino, según lo que está escrito: «como este niño pequeño.» [] Pero humillarse como aquel niño pequeño es imitar al Espíritu Santo, que se humilló a Sí mismo para la salvación de los hombres. Ahora bien, que el Salvador y el Espíritu Santo fueron enviados por el Padre para la salvación de los hombres ha sido declarado en Isaías, en la persona del Salvador, diciendo: «Y ahora el Señor me ha enviado a mí y a Su Espíritu.» [] Debes saber, sin embargo, que esta expresión es ambigua; porque o bien Dios envió, pero también el Espíritu Santo envió, al Salvador; o, como lo hemos tomado, el Padre envió a ambos — al Salvador y al Espíritu Santo. Aquel, por tanto, que se ha humillado más que todos aquellos que se han humillado en imitación de aquel niño pequeño, es el más grande en el reino de los cielos. Porque hay muchos que están dispuestos a humillarse como aquel niño pequeño; pero el hombre, que en todo aspecto ha llegado a ser semejante al niño pequeño que se humilló, en el nombre de Jesús — especialmente en Jesús mismo — en realidad, se encontraría que es aquel que es llamado mayor que todos en el reino de los cielos. Pero así como recibe a Jesús, cualquiera que recibe a uno de tales niños pequeños en Su nombre, de la misma manera rechaza a Jesús y lo echa fuera, aquel que no quiere recibir a uno de tales niños pequeños en el nombre de Jesús. Pero si, además, hay una diferencia en aquellos que son considerados dignos del Espíritu Santo, pues los creyentes reciben más o menos del Espíritu Santo, habría algunos pequeños entre los que creen en Dios que pueden ser hechos tropezar: para vengar su tropiezo el Verbo dice, con referencia a aquellos que los habían hecho tropezar: «Le es provechoso que una piedra de molino de asno le sea colgada al cuello, y que sea hundido en la profundidad del mar.» [] Que se digan estas cosas en cuanto al pasaje de Mateo que tenemos delante.
XIII, 19
Pero consideremos también el relato semejante en los otros Evangelistas. Marcos, [] entonces, dice que los Doce razonaban en cuanto a cuál de ellos era el mayor. Por lo cual Él se sentó, y los llamó, y enseña quién es el mayor, diciendo, que aquel que llegó a ser el último de todos por medio de su moderación y mansedumbre, obtendría como el mayor el primer lugar, de modo que no recibió el lugar de uno que era servido, sino el lugar de uno que servía, y eso no a algunos sino no a otros, sino a todos absolutamente; pues atiende a las palabras: «Si alguno quiere ser el primero, será el último de todos, y servidor de todos.» [] Y después de eso dice, que «Él,» — Jesús, a saber— «tomó a un niño pequeño, y lo puso en medio de Sus propios discípulos, y tomándolo en Sus brazos, les dijo: Cualquiera que reciba a uno de los niños pequeños en Mi nombre, a Mí me recibe.» [] Pero, ¿qué era el niño pequeño que Jesús tomó y colocó en Sus brazos, según el significado más profundo del pasaje? ¿Era el Espíritu Santo? Y a este niño pequeño, en verdad, algunos fueron asemejados, de los cuales dijo: «Cualquiera que reciba a uno de tales niños pequeños en Mi nombre, a Mí me recibe.» Según Lucas, sin embargo, el razonamiento no surgió espontáneamente en los discípulos, sino que les fue sugerido por la pregunta, «cuál de ellos sería el mayor.» [] Y Jesús, viendo el razonamiento de su corazón, como tenía ojos que ven los razonamientos de los corazones — viendo el razonamiento de su corazón— sin ser interrogado, según Lucas, «tomó al niño pequeño y lo puso,» no solo en medio, como Mateo y Marcos han dicho, sino ahora, también, «a Su lado,» y dijo a los discípulos, no solo, «Cualquiera que reciba a uno de tales niños pequeños,» o, «Cualquiera que reciba a uno de tales pequeños en Mi nombre, a Mí me recibe,» sino, yendo ahora un paso más alto, «Cualquiera que reciba a este niño pequeño en Mi nombre, a Mí me recibe.» [] Es necesario, por tanto, según Lucas, recibir en el nombre de Jesús a aquel mismísimo niño pequeño que Jesús tomó y colocó a Su lado. Y no sé si hay alguno que pueda interpretar figurativamente la palabra: «Cualquiera que reciba a este niño pequeño en Mi nombre.» Porque es necesario que cada uno de nosotros reciba en el nombre de Jesús a aquel niño pequeño que Jesús tomó entonces y puso a Su lado; pues él vive como inmortal, y debemos recibirlo del mismo Jesús en el nombre de Jesús; y sin estar separado de él, Jesús está con aquel que recibe al niño pequeño, de modo que según esto se dice: «Cualquiera que reciba a este niño pequeño en Mi nombre, a Mí me recibe.» Entonces, puesto que el Padre es inseparable del Hijo, Él está con aquel que recibe al Hijo. Por lo cual se dice: «Y cualquiera que me reciba a Mí, recibe a Aquel que me envió.» [] Pero aquel que ha recibido al niño pequeño, y al Salvador, y a Aquel que lo envió, es el menor de todos los discípulos de Jesús, haciéndose pequeño. Pero, en cuanto se empequeñece, en esa medida llega a ser grande; pues aquella misma cosa, que lo hizo empequeñecerse más, contribuye a su avance en grandeza; porque atiende a lo que se dice: «El que es menor entre todos vosotros, ése es grande;» pero en otros manuscritos leemos: «Ése será grande.» Ahora, según Lucas, «Si alguno no recibe el reino de Dios como el niño pequeño, de ninguna manera entrará en él.» [] Y esta expresión es ambigua; porque o bien significa que aquel que recibe el reino de Dios puede llegar a ser como un niño pequeño, o bien, que puede recibir el reino de Dios, el cual ha llegado a ser para él como un niño pequeño. Y quizás aquí aquellos que reciben el reino de Dios lo reciben, cuando es como un niño pequeño, pero en el mundo venidero ya no como un niño pequeño; y reciben la grandeza de la perfección en la virilidad espiritual, por así decirlo, la cual perfección es manifestada a todos los que en el tiempo presente la reciben, cuando está aquí como un niño pequeño.