XI, 12
«Y llamó a Sí a la multitud y les dijo: Oíd y entended,» etc. [] En estas palabras el Salvador nos enseña claramente que, cuando leemos en Levítico y Deuteronomio los preceptos acerca de la carne limpia e inmunda, por cuya transgresión somos acusados por los judíos que siguen la letra y por los ebionitas que poco difieren de ellos, no debemos pensar que el alcance de la Escritura se halla en una comprensión superficial de los mismos. Porque si «no lo que entra en la boca contamina al hombre, sino lo que sale de la boca,» [] y especialmente cuando, según Marcos, el Salvador dijo estas cosas «declarando limpias todas las carnes,» [] manifiestamente no nos contaminamos cuando comemos aquellas cosas que los judíos, que desean estar en servidumbre a la letra de la ley, declaran inmundas, sino que entonces nos contaminamos cuando, debiendo nuestros labios estar atados con discernimiento y debiendo «hacer para ellos lo que llamamos balanza y peso,» [] hablamos sin reflexión y discutimos asuntos que no debemos, de lo cual nos viene el manantial de los pecados. Y conviene, ciertamente, a la ley de Dios prohibir las cosas que surgen de la maldad, y mandar las cosas que tienden a la virtud; pero en cuanto a las cosas que son por su propia naturaleza indiferentes, dejarlas en su propio lugar, según puedan, conforme a nuestra elección y a la razón que hay en nosotros, hacerse mal si pecamos en ellas, o hacerse bien si son correctamente dirigidas por nosotros. Y cualquiera que haya pensado cuidadosamente en estos asuntos verá que, aun en aquellas cosas que se tienen por buenas, es posible que peque un hombre que las ha tomado de mal modo y bajo el impulso de la pasión, y que estas cosas llamadas impuras pueden considerarse puras, si las usamos conforme a la razón. Así como, pues, cuando el judío peca, su circuncisión será contada por incircuncisión, pero cuando uno de los gentiles obra con rectitud, su incircuncisión será contada por circuncisión, [] así las cosas que se tienen por puras serán contadas por impuras en el caso de aquel que no las usa convenientemente, ni cuando se debe, ni en la medida que se debe, ni por la razón por la que se debe. Pero en cuanto a las cosas que se llaman impuras, «Todas las cosas son puras para los puros,» porque, «Para los contaminados e incrédulos nada es puro, pues tanto su mente como su conciencia están contaminadas.» [] Y cuando estas están contaminadas, hacen contaminadas todas las cosas que tocan; como, al contrario, la mente pura y la conciencia pura hacen puras todas las cosas, aun cuando parezcan impuras; porque no por intemperancia, ni por amor al placer, ni con duda que arrastra al hombre a ambas partes, usan los justos las carnes o las bebidas, recordando el precepto, «Ya sea que comáis o bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.» [] Y si es necesario delinear los alimentos que son inmundos según el Evangelio, diremos que son tales como los provistos por la codicia, y son el resultado del vil amor a la ganancia, y se toman por amor al placer, y por divinizar el vientre que es tratado con honra, cuando él, con sus apetitos, y no la razón, gobierna nuestras almas. Mas en cuanto a nosotros, que sabemos que algunas cosas son usadas por demonios, o si no lo sabemos, pero sospechamos, y dudamos de ello, si usamos tales cosas, las hemos usado no para la gloria de Dios, ni en el nombre de Cristo; porque no solo la sospecha de que las cosas han sido sacrificadas a los ídolos condena al que come, sino aun la duda acerca de esto; porque «el que duda,» según el Apóstol, «es condenado si come, porque no come con fe; y todo lo que no es de fe, es pecado.» [] Come, pues, con fe aquel que cree que lo que se come no ha sido sacrificado en los templos de los ídolos, y que no es estrangulado ni sangre; pero no come con fe el que duda acerca de alguna de estas cosas. Y el hombre que, sabiendo que han sido sacrificadas a demonios, sin embargo las usa, se hace partícipe con los demonios, mientras que, al mismo tiempo, su imaginación se contamina con referencia a los demonios que participan del sacrificio. Y el Apóstol, empero, sabiendo que no es la naturaleza de las carnes lo que causa daño al que las usa o ventaja al que se abstiene de usarlas, sino las opiniones y la razón que hay en ellas, dijo, «Pero la carne no nos encomienda a Dios; pues ni si comemos somos mejores, ni si no comemos somos peores.» [] Y puesto que sabía que aquellos que tienen una concepción más elevada de qué cosas son puras y cuáles impuras según la ley, apartándose de la distinción acerca del uso de las cosas puras e impuras, y de la superstición, pienso, respecto de que las cosas sean diferentes, se vuelven indiferentes al uso de las carnes, y por esto son condenados por los judíos como transgresores de la ley, dijo, por tanto, en algún lugar, «Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida,» etc., [] enseñándonos que las cosas según la letra son una sombra, pero que los verdaderos pensamientos de la ley que están guardados en ellas son los bienes venideros, en los cuales uno puede hallar cuáles son los alimentos espirituales puros del alma, y cuáles los alimentos impuros en palabras falsas y contradictorias que dañan al hombre que se nutre de ellas, «Porque la ley tenía una sombra de los bienes venideros.» []
XI, 13
Y así como en muchos casos hemos de considerar el asombro de los judíos ante las palabras del Salvador, porque eran dichas con autoridad, así también en cuanto a las palabras de este lugar. Habiendo llamado, pues, a las multitudes, les dijo: «Oíd y entended,» [] etc. Y dijo esto, escandalizándose los fariseos ante esta sentencia, porque, a causa de sus malas opiniones y de su vana interpretación de la ley, no eran planta de su propio Padre celestial, y por esto estaban siendo desarraigados; [] porque fueron desarraigados al no recibir la vid verdadera, la cual era cultivada por el Padre, a saber, Jesucristo. [] Porque ¿cómo podrían ser planta de su Padre los que se escandalizaban de las palabras de Jesús, palabras que apartan a los hombres del precepto, «No manejes, ni gustes, ni aun toques—todas las cuales cosas han de perecer con el uso—, según preceptos y doctrinas de hombres,» [] pero que inducen al oyente inteligente a buscar respecto de ellas las cosas de arriba y no las de la tierra, como hacen los judíos? [] Y puesto que, a causa de sus malas opiniones, los fariseos no eran planta de su Padre celestial, por esto, como acerca de tales incorregibles, dice al discípulo: «Dejadlos;» [] «Dejadlos,» dijo por esta razón: para que, como eran ciegos, debieran hacerse conscientes de su ceguera y buscar guías; pero ellos, inconscientes de su propia ceguera, profesan guiar a los ciegos, sin considerar que caerían en un hoyo, acerca del cual está escrito en los Salmos: «Ha hecho un hoyo, y lo ha cavado, y caerá en la fosa que él hizo.» De nuevo, en otro lugar está escrito: «Y viendo las multitudes, subió al monte, y cuando se hubo sentado, sus discípulos se le acercaron;» [] pero aquí extiende su mano hacia la multitud, llamándolos hacia sí, y apartando sus pensamientos de la interpretación literal de las cuestiones de la ley, cuando en primer lugar les dijo a ellos, que aún no entendían lo que oían: «Oíd y entended,» y después, como en parábolas, les dijo: «No lo que entra por la boca contamina al hombre, sino lo que sale de la boca.» []
XI, 14
Después de esto, vale la pena examinar la frase que ha sido atacada de manera sofística por quienes dicen que el Dios de la ley y el Dios del Evangelio de Jesucristo no es el mismo; pues dicen que el Padre celestial de Jesucristo no es el labrador de los que piensan que adoran a Dios según la ley de Moisés. Jesús mismo dijo que los fariseos, que adoraban al Dios que creó el mundo y la ley, no eran una planta que su Padre celestial había plantado, y que por eso estaba siendo desarraigada. [] Pero también podrías decir esto: que, aun si fue el Padre de Jesús quien «introdujo y plantó al pueblo,» cuando salió de Egipto, «en el monte de su propia heredad, en el lugar que Él había preparado para habitar,» [] con todo Jesús habría dicho, respecto de los fariseos: «Toda planta que mi Padre celestial no plantó, será desarraigada.» Ahora, a esto diremos que todos cuantos, a causa de su perversa interpretación de las cosas de la ley, no eran planta de su Padre celestial, fueron cegados en sus mentes, como quienes no creen a la verdad, sino que se complacen en la injusticia, [] por aquel que es divinizado por los hijos de este mundo, y por esto es llamado por Pablo el dios de este siglo. [] Y no supongas que Pablo dijo que él era verdaderamente Dios; porque así como el vientre, aunque no es el dios de quienes valoran demasiado el placer, siendo amadores de los placeres más que amadores de Dios, es dicho por Pablo que es su dios, [] así el príncipe de este mundo, respecto del cual dice el Salvador: «Ahora es juzgado el príncipe de este mundo,» [] aunque no es Dios, es dicho ser el dios de quienes no quieren recibir el espíritu de adopción, para llegar a ser hijos de aquel mundo, e hijos de la resurrección de los muertos, y quienes, por esto, permanecen en la filiación de este mundo. He considerado necesario introducir estas cosas, aunque hayan sido dichas a modo de digresión, a causa de la sentencia: «Son ciegos guías de ciegos.» [] ¿Quiénes son tales? Los fariseos, cuyas mentes el dios de este siglo ha cegado por ser incrédulos, porque no han creído en Jesucristo; y los ha cegado para que «la luz del Evangelio de la gloria de Dios en la faz de Cristo no les amanezca.» [] Pero no solo debemos evitar ser guiados por aquellos ciegos que son conscientes de que necesitan guías, porque aún no han recibido el poder de ver por sí mismos; sino que, aun en el caso de todos los que profesan guiarnos en la sana doctrina, debemos oír con cuidado y aplicar un recto juicio a lo que se dice, no sea que, siendo guiados según la ignorancia de quienes son ciegos y no ven las cosas que conciernen a la sana doctrina, nosotros mismos aparezcamos ciegos porque no vemos el sentido de las Escrituras, de modo que tanto el que guía como el que es guiado caigan en la fosa de la que hemos hablado antes. Después de esto, está escrito de qué manera Pedro respondió y dijo al Salvador, como si no hubiera entendido la sentencia, «No lo que entra por la boca contamina al hombre, sino lo que sale de la boca,» «Decláranos la parábola.» [] A lo cual dice el Salvador: «¿También vosotros sois aún sin entendimiento?» [] Como si hubiera dicho: «¿Habiendo estado tanto tiempo conmigo, no entendéis todavía el sentido de lo que se dice, y no percibís que por esto lo que entra por su boca no contamina al hombre, porque pasa al vientre y, saliendo de él, es echado en la letrina?» [] No fue respecto de la ley en la que parecían creer que los fariseos no eran planta del Padre de Jesús, sino respecto de su perversa interpretación de la ley y de las cosas escritas en ella. Porque habiendo dos cosas que entender respecto de la ley, el ministerio de muerte que fue grabado en letras y que no tenía parentesco con el espíritu, y el ministerio de vida que se entiende en la ley espiritual, aquellos que podían decir con corazón sincero: «Sabemos que la ley es espiritual,» [] y por tanto «la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno,» [] eran la planta que el Padre celestial plantó; pero los que no eran tales, sino que guardaban con esmero la letra que solo mata, no eran planta de Dios, sino de aquel que endureció su corazón y puso un velo sobre él, velo que tuvo poder sobre ellos mientras no se volvieron al Señor; «porque si alguno se vuelve al Señor, el velo es quitado, y el Señor es el Espíritu.» [] Ahora bien, alguno, al tratar este pasaje, podría decir que, así como «no lo que entra por la boca contamina al hombre,» [] aun cuando los judíos piensen que está contaminado, así no lo que entra por la boca santifica al hombre, aun cuando lo que se llama pan del Señor pueda ser considerado por los discípulos más simples como algo que santifica. Y la sentencia, creo yo, no debe ser despreciada, y por esto exige una exposición clara, la cual me parece ser así: así como no es la comida, sino la conciencia del que come con duda, la que contamina al que come, pues «el que duda es condenado si come, porque no come con fe,» [] y así como nada es puro para el que está contaminado e incrédulo, no en sí mismo, sino por causa de su impureza e incredulidad, así aquello que es santificado por la palabra de Dios y la oración no santifica, por su propia naturaleza, al que lo usa; porque, si así fuera, santificaría aun al que come indignamente el pan del Señor, y nadie a causa de este alimento se debilitaría ni enfermaría ni dormiría, como algo de esto representó Pablo al decir: «Por esto hay muchos entre vosotros débiles y enfermos, y no pocos duermen.» [] Y en el caso del pan del Señor, por consiguiente, hay provecho para el que lo usa, cuando con mente inmaculada y conciencia pura participa del pan. Y así, ni por no comer — quiero decir, por el hecho mismo de que no comamos del pan que ha sido santificado por la palabra de Dios y la oración — somos privados de bien alguno, ni por comer somos mejores en bien alguno; porque la causa de nuestro carecer es la maldad y los pecados, y la causa de nuestra abundancia es la justicia y las acciones rectas; de modo que tal es el sentido de lo dicho por Pablo: «Pues ni si comemos somos mejores, ni si no comemos somos peores.» [] Ahora bien, si «todo lo que entra por la boca va al vientre y es echado en la letrina,» [] aun la comida que ha sido santificada por la palabra de Dios y la oración, en cuanto al hecho de que es material, va al vientre y es echada en la letrina, pero en cuanto a la oración que viene sobre ella, según la proporción de la fe, se convierte en un beneficio y en un medio de visión clara para la mente que mira a lo provechoso, y no es la materia del pan, sino la palabra dicha sobre él, la que aprovecha al que lo come no indignamente del Señor. Y estas cosas se dicen ciertamente del cuerpo típico y simbólico. Pero mucho podría decirse acerca del Verbo mismo que se hizo carne, [] y verdadera comida de la cual el que come vivirá ciertamente para siempre, sin que ninguna persona sin valor pueda comerla; porque si fuera posible que alguien que continúa sin valor comiera de Aquel que se hizo carne, que era el Verbo y el pan de vida, no se habría escrito que «todo el que come de este pan vivirá para siempre.» []
XI, 15
Después de esto, veamos cómo las cosas que salen y contaminan al hombre no lo contaminan por salir de la boca, sino que tienen la causa de su contaminación en el corazón, cuando de él salen, antes de las cosas que proceden por la boca, los malos pensamientos, cuyas especies son: homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, injurias. [] Porque estas son las cosas que contaminan al hombre, cuando salen del corazón y, saliendo de él, proceden por la boca; de modo que, si no salieran del corazón, sino que fueran retenidas allí, en algún lugar cerca del corazón, y no se les permitiera ser dichas por la boca, desaparecerían muy rápidamente, y el hombre ya no sería contaminado. El manantial y la fuente, pues, de todo pecado son los malos pensamientos; porque, si estos no obtuvieran el dominio, ni homicidios ni adulterios ni ninguna otra cosa semejante existiría. Por tanto, cada hombre debe guardar su propio corazón con toda diligencia; [] porque cuando el Señor venga en el día del juicio, «Él sacará a luz lo oculto de las tinieblas y manifestará las intenciones de los corazones,» [] «los pensamientos de los hombres acusándolos o también excusándolos,» [] «cuando sus propias maquinaciones los hayan rodeado.» [] Pero de tal naturaleza son los malos pensamientos que a veces hacen dignas de censura aun aquellas cosas que parecen buenas y que, en lo que toca al juicio de las multitudes, son dignas de alabanza. Así, si hacemos limosna delante de los hombres, teniendo en nuestros pensamientos el designio de aparecer filántropos ante los hombres y de ser honrados por la filantropía, recibimos la recompensa de los hombres; [] y, universalmente, todo lo que se hace con la conciencia en el que lo hace de que será glorificado por los hombres, no tiene recompensa de Aquel que ve en lo secreto y da la recompensa a los puros, en secreto. Así, pues, también sucede con la pureza aparente si está influida por consideraciones de vanagloria o de amor a la ganancia; y la enseñanza que se piensa que es la enseñanza de la Iglesia, si se hace servil por la palabra de adulación, ya sea cuando se convierte en excusa para la codicia, o cuando alguien busca gloria de los hombres a causa de su enseñanza, no es considerada la enseñanza de aquellos «a quienes Dios ha puesto en la Iglesia: primero, apóstoles; segundo, profetas; y tercero, maestros.» [] Y dirás lo mismo en el caso de quien busca el oficio de obispo por causa de gloria entre los hombres, o de adulación de los hombres, o por causa de la ganancia recibida de quienes, pasándose a la palabra, dan en nombre de la piedad; porque un obispo de esta clase al menos no «desea una buena obra,» [] ni puede ser irreprochable, ni templado, ni sobrio, pues está ebrio de gloria y saciado de ella intemperadamente. Y lo mismo dirás también acerca de los ancianos y diáconos. Y si a algunos parece que hemos hecho una digresión al hablar de estas cosas, considera si no era necesario decirlas, porque los malos pensamientos son el manantial de todos los pecados y pueden contaminar aun aquellas acciones que, si se hicieran aparte de los malos pensamientos, habrían justificado al hombre que las hizo. Hemos investigado así, según nuestra capacidad, cuáles son las cosas que contaminan; pero comer con manos no lavadas no contamina al hombre; mas, si hemos de decirlo con osadía, comer cualquier cosa con corazón no lavado, que es el alimento natural de nuestra razón, contamina al hombre.
XI, 16
Y Jesús salió de allí y se retiró a las partes de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea.» [] ¿De dónde procede el «de allí»? ¿Era de la tierra de Genesaret, acerca de la cual se dijo antes: «Y cuando hubieron cruzado, vinieron a la tierra de Genesaret?» [] Pero se retiró, quizá porque los fariseos se escandalizaron al oír que «no lo que entra, sino lo que sale, contamina al hombre;» [] y que, por ser ellos sospechados de tramar contra Él, se dice: «Se retiró,» es manifiesto por el pasaje: «Y cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea.» [] Quizá también por esto, al describir las cosas de este lugar, Marcos dice que «se levantó y se fue a los confines de Tiro, y habiendo entrado en una casa, no quiso que nadie lo supiera.» [] Es probable que buscara evitar a los fariseos que se escandalizaban de su enseñanza, esperando el tiempo de su pasión, que era más conveniente y rectamente señalado. Pero alguien podría decir que Tiro y Sidón se usan por los gentiles; así, cuando se retiró de Israel, vino a las partes de los gentiles. Entre los hebreos, pues, Tiro se llama Sor, y se interpreta «angustia.» Sidón, que es también el nombre hebreo, se traduce «cazadores.» Y entre los gentiles asimismo los cazadores son las potestades malas, y entre ellos hay gran aflicción, a saber, la aflicción que existe en la maldad y en las pasiones. Cuando Jesús, pues, salió de Genesaret, se retiró ciertamente de Israel y vino, no a Tiro y Sidón, sino a «las partes» de Tiro y Sidón, con el resultado de que ahora los gentiles creen en parte; de modo que, si hubiera visitado toda Tiro y Sidón, no habría quedado en ellas ningún incrédulo. Ahora bien, según Marcos, «Jesús se levantó y se fue a los confines de Tiro,» [] — es decir, la angustia de los gentiles— para que también ellos, desde estos confines, los que creen, puedan ser salvos, cuando salen de ellos; porque atiende a esto: «Y he aquí una mujer cananea salió de aquellos confines y gritó diciendo: Ten misericordia de mí, oh Señor, Hijo de David; mi hija es gravemente atormentada por un demonio.» [] Y pienso que si ella no hubiera salido de aquellos confines no habría podido clamar a Jesús con la gran fe a la que se dio testimonio; y según la proporción de la fe, uno sale de los confines entre los gentiles, los cuales «cuando el Altísimo repartió las naciones, los estableció según el número de los hijos de Israel,» [] e impidió su avance ulterior. Aquí, pues, se habla de ciertos confines como los confines de Tiro y Sidón, pero en Éxodo los confines de Faraón, [] en los cuales, dicen, se formaron las plagas contra los egipcios. Y hemos de suponer que cada uno de nosotros, cuando peca, está en los confines de Tiro, o de Sidón, o de Faraón y de Egipto, o de alguno de aquellos que están fuera de la heredad asignada por Dios; pero cuando cambia de la maldad a la virtud, sale de los confines del mal y viene a los confines de la porción de Dios, habiendo entre estos también una diferencia que será manifiesta a quienes pueden entender las cosas que conciernen a la división y la herencia de Israel, en armonía con la ley espiritual. Y atiende también al encuentro, por así decirlo, que tuvo lugar entre Jesús y la mujer cananea; pues Él viene como a las partes de Tiro y Sidón, y ella sale de aquellas partes, y gritó, diciendo: «Ten misericordia de mí, oh Señor, Hijo de David.» [] Ahora bien, la mujer era cananea, lo cual se traduce: preparada para la humillación. Los justos, ciertamente, están preparados para el reino de los cielos y para la exaltación en el reino de Dios; pero los pecadores están preparados para la humillación de la maldad que hay en ellos, y de las obras que fluyen de ella y los preparan para ella, y del pecado que reina en su cuerpo mortal. Solo que la mujer cananea salió de aquellos confines y se alejó del estado de estar preparada para la humillación, clamando y diciendo: «Ten misericordia de mí, oh Señor, Hijo de David.
XI, 17
Ahora reunid de los Evangelios a los que le llaman Hijo de David, como ella, y los ciegos en Jericó; [] y a los que le llaman Hijo de Dios, y eso sin la adición «verdaderamente» como los endemoniados que dicen, «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios?» [] y a los que le llaman así con la adición «verdaderamente,» como los que estaban en la barca y le adoraron diciendo, «Verdaderamente eres el Hijo de Dios.» [] Porque la reunión de estos pasajes será, creo, útil para vosotros con miras a ver la diferencia de los que vienen (a Jesús); unos ciertamente vienen a Él «que nació de la descendencia de David según la carne;» [] pero otros vienen a Él que «fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad;» [] y de estos algunos con el «verdaderamente,» y otros sin él. Además, observad que la mujer cananea le suplicó no acerca de un hijo, al que no parece haber dado a luz en absoluto, sino acerca de una hija que estaba terriblemente atormentada por un demonio; pero otra madre recibe vivo de vuelta a su hijo que era llevado muerto. [] Y de nuevo el principal de la sinagoga hace súplica por una hija de doce años, como muerta, [] pero el noble por un hijo aún enfermo, y a punto de morir. [] La hija, por tanto, que estaba afligida por un demonio, y el hijo muerto procedían de dos madres; y la hija muerta, y el hijo enfermo de muerte, procedían de dos padres, de los cuales uno era principal de la sinagoga, y el otro era un noble. Y estoy persuadido de que estas cosas contienen razones acerca de las diversas clases de almas que Jesús vivifica y sana. Y todas las curaciones que Él obra entre el pueblo, especialmente las registradas por los Evangelistas, tuvieron lugar en aquel tiempo, para que los que de otro modo no habrían creído a menos que vieran señales y prodigios pudieran creer; [] porque las cosas de antes eran símbolos de las cosas que se están cumpliendo siempre por el poder de Jesús; pues no hay tiempo en que cada una de las cosas escritas no se haga por el poder de Jesús según el mérito de cada uno. La mujer cananea, por tanto, por causa de su raza no era digna siquiera de recibir respuesta de Jesús, quien reconoció que no había sido enviado por el Padre para otra cosa que para las ovejas perdidas de la casa de Israel, [] — una raza perdida de almas poseedoras de visión clara; mas, por causa de su resolución y de haber adorado a Jesús como Hijo de Dios, obtiene una respuesta, que le reprocha su bajeza de nacimiento y exhibe la medida de su dignidad, a saber, que era digna de migajas como los perritos, pero no de los panes. Pero cuando ella con resolución intensificada, aceptando el dicho de Jesús, presenta la pretensión de obtener migajas aun como un perrito, y reconoce que los amos son de raza más noble, entonces recibe una segunda respuesta, que da testimonio de que su fe es grande, y una promesa de que se le hará como ella quiere. [] Y correspondientemente, creo, «a la Jerusalén de arriba, la cual es libre, la madre» [] de Pablo y de los que son como él, debemos concebir a la mujer cananea, la madre de la que estaba terriblemente atormentada por un demonio, la cual era símbolo de la madre de tal alma. Y considerad si no es conforme a la sana razón que haya también muchos padres y muchas madres correspondientes a los padres de Abraham a quienes el patriarca se fue, [] y a Jerusalén la «madre,» como dice Pablo, de sí mismo y de los que son como él. Y es probable que aquella de quien la mujer cananea era símbolo salió de los confines de Tiro y de Sidón, de los cuales los lugares en la tierra eran tipos, y vino al Salvador y le suplicó y aun ahora le suplica diciendo, «Ten misericordia de mí, oh Señor, Hijo de David; mi hija está terriblemente atormentada por un demonio.» [] Entonces también a los de afuera y a los discípulos cuando es necesario Él responde y dice, «No fui enviado;» [] enseñándonos que hay algunas almas perdidas preeminentemente intelectuales y de visión clara, figuradamente llamadas ovejas de la casa de Israel; las cuales cosas, creo, los más simples que opinan que se dicen respecto al Israel según la carne admitirán por necesidad, a saber, que nuestro Salvador fue enviado por el Padre a ningunos otros que a aquellos judíos perdidos. Pero nosotros, que podemos jactarnos con verdad de que «si hemos conocido a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así,» [] estamos seguros de que es preeminentemente obra del Verbo salvar a los más inteligentes, porque estos están más emparentados con Él que los que son más torpes. Mas puesto que las ovejas perdidas de la casa de Israel, con excepción de «el remanente según la elección de la gracia,» [] no creyeron al Verbo, por esta causa «Dios escogió lo necio del mundo,» [] es decir, lo que no era Israel, ni de visión clara, para avergonzar a los sabios de Israel; y llamó «lo que no es,» [] entregándoles una nación inteligente que pudo admitir «la necedad de la predicación,» [] y por su beneplácito salvó a los que creen en esto, para refutar «lo que es,» perfeccionando la alabanza para sí, «de la boca de los niños y de los que maman,» cuando se volvieron hostiles a la verdad. Ahora bien, la mujer cananea, habiendo venido, adoró a Jesús como Dios, diciendo, «Señor, ayúdame,» pero Él respondió y dijo, «No es posible tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos.» [] Pero alguien podría indagar también el sentido de este dicho, puesto que — habiendo una medida de panes tal que ni los hijos ni los perros de la casa podían comer panes, a menos que los perros comieran otros panes que los bien hechos — no era posible según la recta razón que el pan bien hecho de los hijos se diera como alimento a los perritos. Mas no aparece tal cosa en el caso del poder de Jesús, porque de este era posible que participaran tanto los hijos como los llamados perritos. Considerad, pues, si quizá respecto al dicho, «No es posible tomar el pan de los hijos,» debemos decir que, «El que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo,» [] trajo una medida de poder tal como el mundo era capaz de recibir, del cual poder también Él era consciente de que cierta cantidad salió de Él como es claro por las palabras, «Alguien me tocó, porque percibí que poder había salido de mí.» [] De esta medida de poder, pues, Él dispensaba, dando una porción mayor a los que eran preeminentes y que eran llamados hijos, pero una porción menor a los que no eran tales, como a los perritos. Pero aunque estas cosas eran así, no obstante donde había gran fe, a ella, que por causa de su bajo nacimiento en tierra cananea era un perrito, Él le dio como a un hijo el pan de los hijos. Y quizá, también, de las palabras de Jesús hay algunos panes que es posible dar a los más racionales, como a hijos solamente; y otras palabras, como migajas de la gran casa y mesa de los bien nacidos y de los amos, que pueden ser usadas por algunas almas, como los perros. Y según la ley de Moisés está escrito acerca de ciertas cosas, «Las echaréis a los perros,» [] y fue asunto de cuidado para el Espíritu Santo dar instrucción acerca de ciertos alimentos que debían dejarse a los perros. Dejen, pues, otros, que son extraños a la doctrina de la Iglesia, suponer que las almas pasan de los cuerpos de los hombres a los cuerpos de los perros, según su grado variable de maldad; pero nosotros, que no encontramos esto en absoluto en la divina Escritura, decimos que la condición más racional cambia a una más irracional, sufriendo esta afección a consecuencia de gran pereza y negligencia. Mas, de la misma manera, una voluntad que era más irracional, por causa de su descuido de la razón, a veces se vuelve y se hace racional, de modo que lo que en un tiempo era un perro, amando comer de las migajas que caían de la mesa de sus amos, llega a la condición de hijo. Porque la virtud contribuye grandemente a hacer de uno un hijo de Dios, pero la maldad, y el furor loco en discursos desenfrenados y la desvergüenza, contribuyen a dar al hombre el nombre de perro según la palabra de la Escritura. [] Y lo semejante entenderéis también en el caso de los otros nombres que se aplican a los animales sin razón. Solamente, el que es reprochado como perro y sin embargo no se indigna por ser llamado indigno del pan de los hijos y con toda paciencia repite el dicho de aquella mujer cananea, «Sí, Señor; pues aun los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos,» [] obtendrá la muy suave respuesta de Jesús que le dice, «Grande es tu fe,» — cuando ha recibido tan gran fe— y diciendo, «Hágase contigo como quieres,» [] de modo que él mismo sea sanado, y si ha producido algún fruto que necesite curación, que este también sea curado.
18. Sobre las multitudes que fueron sanadas. Comparación del monte donde Jesús se sentó con la Iglesia
XI, 18
«Y Jesús se fue de allí,» — manifiestamente, de lo dicho antes, de las partes de Tiro y de Sidón,— «y llegó cerca del mar de Galilea,» [] que comúnmente se llama el Lago de Genesaret, y de nuevo subió al monte donde subió y se sentó. Podemos decir, entonces, que a este monte donde Jesús se sienta, no solo suben los sanos, sino junto con los sanos, también los que sufrían de diversos trastornos. Y quizá, este monte al que Jesús subió y se sentó es aquel que más comúnmente se llama la Iglesia, que ha sido establecida por la palabra de Dios sobre el resto del mundo y los hombres sobre él; adonde no van solo los discípulos, dejando a las multitudes como en el caso de las bienaventuranzas, sino grandes multitudes que no eran acusadas ellas mismas de ser sordas ni de sufrir ninguna afección, sino que tenían a tales consigo. Porque podéis ver, junto con las multitudes que vienen a este monte donde el Hijo de Dios se sienta, a algunos que se han vuelto sordos a las cosas prometidas, y a otros ciegos en el alma y que no miran a la luz verdadera, y a otros cojos e incapaces de caminar según la razón, y a otros mancos e incapaces de trabajar según la razón. Aquellos, por tanto, que sufren en el alma de tales cosas, aunque suban junto con las multitudes al monte donde Jesús estaba, mientras están fuera de los pies de Jesús, no son sanados por Él; mas cuando, como hombres que sufren de tales trastornos, son arrojados por la multitud a sus pies, [] y a las extremidades del cuerpo de Cristo, no siendo dignos de obtener tales cosas en lo que a ellos mismos respecta, entonces son sanados por Él. Y cuando veis en la congregación de lo que más comúnmente se llama la iglesia a los catecúmenos arrojados detrás de los que están en el extremo de ella, y como a los pies del cuerpo de Jesús— la iglesia— viniendo a ella con su propia sordera y ceguera y cojera y torcedura, y con el tiempo curados según el Verbo, no erraríais al decir que tales, habiendo subido con las multitudes de la iglesia al monte donde Jesús estaba, son arrojados a sus pies y son sanados; de modo que la multitud de la iglesia se asombra al contemplar transformaciones que han tenido lugar de tan grandes males a lo que es mejor, de modo que podría decir, los que antes eran mudos después hablan la palabra de Dios, y los cojos andan, cumpliéndose la profecía de Isaías, no solo en cosas corporales sino en cosas espirituales, que decía, «Entonces el cojo saltará como un ciervo, y la lengua del tartamudo será clara.» [] Y allí, a menos que la expresión, «el cojo saltará como un ciervo,» deba tomarse como accidental, diremos que aquellos antes cojos, y que ahora por el poder de Jesús saltan como un ciervo no son sin designio comparados a un ciervo, que es un animal limpio, y hostil a las serpientes y no puede ser dañado en absoluto por su veneno. Pero también, en cuanto al hecho de que los mudos son vistos hablando se cumple la profecía que decía, «Y la lengua del tartamudo será clara,» o más bien la que decía, «Oíd, sordos;» mas los ciegos ven según la profecía siguiente, «Oíd, sordos, y vosotros ciegos, mirad para que veáis.» [] Ahora los ciegos ven, cuando ven el mundo y de la excesiva grande belleza de las cosas creadas contemplan al Creador correspondiente en grandeza y belleza a ellas; y cuando ven claramente «las cosas invisibles de Dios mismo desde la creación del mundo, que se perciben por medio de las cosas hechas;» [] es decir, ven y entienden con cuidado y claridad. Ahora las multitudes viendo estas cosas, glorificaron al Dios de Israel, [] y le glorifican en la persuasión de que es el mismo Dios, que es el Padre de Aquel que sanó a los antes mencionados, y el Dios de Israel. Porque Él no es Dios solo de los judíos, sino también de los gentiles. [] Hagamos, pues, subir junto con nosotros al monte donde Jesús se sienta— su Iglesia— a los que desean subir a él con nosotros, los sordos, los ciegos, los cojos, los mancos y muchos otros, y arrojémoslos a los pies de Jesús para que Él los sane, de modo que las multitudes se asombren de su sanidad; porque no son los discípulos los descritos como maravillados de tales cosas, aunque en aquel tiempo estaban presentes con Jesús, como es manifiesto por las palabras, «Y Jesús llamó a sus discípulos y dijo: Tengo compasión de las multitudes,» [] etc.; y quizá si atendéis cuidadosamente a las palabras, «Vinieron a Él grandes multitudes,» [] encontraríais que los discípulos en aquel tiempo no vinieron a Él, sino que habían comenzado hacía mucho a seguirlo y lo siguieron al monte. Mas vinieron a Él aquellos que eran inferiores a los discípulos, y que entonces por primera vez se acercaban a Él, que no tenían la misma experiencia que los que habían subido con ellos. Observad, además, en el Evangelio quiénes son descritos como habiendo seguido a Jesús, y quiénes como habiendo venido a Él, y quiénes como habiendo sido traídos a Él, y la división entre los que van delante y los que siguen; y de los que vinieron, quiénes vinieron a Él en la casa, y quiénes cuando Él estaba en otro lugar. Porque mediante la observación, y comparando cosas espirituales con espirituales, encontraríais muchas cosas dignas de la sabiduría exacta en los Evangelios.
19. Sobre los siete panes. La narración de la alimentación de los cuatro mil comparada con la de los cinco mil
XI, 19
«Y Jesús llamó a sus discípulos y dijo.» [] Más arriba, en la historia similar a esta acerca de los panes, antes de que se hablara de los panes, «Jesús salió y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos y sanó a sus enfermos. Y al llegar la tarde, los discípulos vinieron a Él diciendo: El lugar es desierto y la hora ya ha pasado; despídelos,» [] etc. Pero ahora, después de la curación del sordo y de los demás, Él tiene compasión de la multitud que había permanecido con Él ya tres días y no tenía nada que comer. Y allí los discípulos hacen la petición acerca de los cinco mil; [] pero aquí Él habla por propia iniciativa acerca de los cuatro mil. [] Aquellos, también, son alimentados al atardecer, después de haber pasado un día con Él; pero estos, de quienes se testifica que permanecieron con Él tres días, participan de los panes para que no desfallezcan por el camino. Y allí los discípulos le dicen, sin que Él preguntara, que tenían solo cinco panes y dos peces; pero aquí, a Él que pregunta, responden acerca de los siete panes y los pocos pececillos. Y allí Él manda a las multitudes que se sienten o se recuesten sobre la hierba; porque Lucas también escribió, "Hacedlos sentar",» [] y Marcos dice, "Les mandó que todos se sentaran";» [] pero aquí Él no manda, sino que proclama a la multitud que se siente. De nuevo, allí, los tres evangelistas dicen con las mismísimas palabras que "Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo";» pero aquí, como han escrito Mateo y Marcos, "Jesús dio gracias y partió";» allí se recuestan sobre la hierba, pero aquí se sientan sobre el suelo. Además, investigarás en los relatos de los diferentes lugares la variación que se encuentra en Juan, quien escribió acerca de aquel acontecimiento que Jesús dijo, "Haced sentar a los hombres",» [] y que, habiendo dado gracias, dio de los panes a los que estaban sentados, pero no mencionó en absoluto este milagro. Atendiendo, pues, a la diferencia de las cosas que están escritas en los diversos lugares con respecto a los panes, pienso que estos pertenecen a un orden diferente de aquellos; por lo cual estos son alimentados en un monte, y aquellos en un lugar desierto; y estos después de haber permanecido tres días con Jesús, pero aquellos un día, en cuya tarde fueron alimentados. Y además, a menos que sea lo mismo para Jesús hacer algo por sí mismo y actuar después de haber oído de los discípulos, considera si aquellos a quienes Jesús muestra bondad no son superiores cuando los alimentó en el acto con miras a mostrarles bondad. Y, si según Juan, [] eran panes de cebada de los cuales sobraron doce cestas, pero nada de este tipo se dice acerca de estos, ¿cómo no son estos superiores a los primeros? Y a los enfermos de aquellos los sanó, [] pero aquí sana a estos, junto con las multitudes, que no estaban enfermos sino ciegos, cojos, sordos y mancos; por lo cual también con respecto a estos los cuatro mil se maravillan, [] pero con respecto a los enfermos no se dice tal cosa. Y pienso que estos, que comieron de los siete panes por los cuales se dieron gracias, son superiores a aquellos que comieron de los cinco que fueron bendecidos; y estos, que comieron los pocos pececillos, a aquellos que comieron de los dos; y quizá también estos, que se sentaron sobre el suelo, a aquellos que se sentaron sobre la hierba. Y aquellos, de menos panes, dejan doce cestas, pero estos, de un número mayor, dejan siete cestas, en cuanto que fueron capaces de recibir más. Y quizá estos pisan todas las cosas terrenales y se sientan sobre ellas, pero aquellos sobre la hierba — solo sobre su carne — porque "toda carne es hierba".» [] Considera también, después de esto, que Jesús no quiere despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino, como estando sin los panes de Jesús, y mientras aún estaban en el camino — el camino hacia sus propios asuntos — pudieran sufrir daño. Observa también los casos en que se registra que Jesús despidió a alguien, para que veas la diferencia entre aquellos que fueron despedidos por Él después de ser alimentados, y aquellos que fueron despedidos de otra manera; y, como ejemplo de una que fue despedida de otra manera, toma "Mujer, quedas libre de tu enfermedad".» Pero además, los discípulos que están siempre con Jesús no son despedidos por Él; pero las multitudes, después de haber comido, son despedidas. Asimismo, de nuevo, los discípulos, que no conciben nada grande acerca de la mujer cananea, dicen, "Despídela, porque clama tras nosotros";» [] pero el Salvador no aparece en absoluto despidiéndola; pues diciéndole, "Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres",» [] sanó a su hija desde aquella hora. Sin embargo, no está escrito que la despidiera. Hasta aquí, por ahora, hemos podido investigar y ver en el pasaje que tenemos delante.
XII, 1
«Vinieron los saduceos y los fariseos, y tentándole le pedían que les mostrara una señal del cielo.» [] Los saduceos y los fariseos, que discrepaban entre sí con respecto a las verdades más esenciales — pues los fariseos defienden la doctrina de la resurrección de los muertos, esperando que habrá un mundo venidero, mientras que los saduceos no saben nada de lo que después de esta vida está reservado para el hombre, ya haya avanzado hacia la virtud o no haya hecho esfuerzo alguno por salir de las montañas de la maldad — estos, digo, se ponen de acuerdo para tentar a Jesús. Ahora bien, algo similar, como ha narrado Lucas, [] sucedió en el caso de Herodes y Pilato, quienes se hicieron amigos entre sí para matar a Jesús; pues, quizá, su hostilidad mutua habría impedido a Herodes pedir que se le diera muerte, para agradar al pueblo, que decía, "¡Crucifícale, crucifícale!",» [] y habría influido en Pilato, que estaba algo inclinado contra su condenación, dando su hostilidad con Herodes un nuevo impulso a la inclinación que antes abrigaba de liberar a Jesús. Pero su aparente amistad hizo a Herodes más fuerte en su demanda contra Jesús ante Pilato, quien deseaba, quizá, también por la amistad recién formada, hacer algo para complacer a Herodes y a toda la nación de los judíos. Y a menudo, incluso ahora, puedes ver en la vida diaria a aquellos que sostienen las opiniones más divergentes, ya sea en la filosofía de los griegos o en otros sistemas de pensamiento, apareciendo de una sola mente para burlarse y atacar a Jesucristo en la persona de sus discípulos. Y a partir de estas cosas, pienso que puedes continuar mediante un argumento racional a considerar si, cuando se unen en oposición fuerzas que están en desacuerdo entre sí, como las de Faraón con Nabucodonosor, [] y las de Tirhaca, rey de los etíopes, con Senaquerib, [] se produce entonces una combinación contra Jesús y su pueblo. Así quizá, también, "Los reyes de la tierra se levantaron, y los gobernantes se juntaron",» aunque antes no estaban en armonía entre sí, para que, habiendo conspirado contra el Señor y contra su Cristo, mataran al Señor de la gloria.