XII, 35
Pero puesto que aquí está escrito en los tres Evangelistas, «No gustarán de la muerte,» pero en otros escritores se escriben cosas diferentes acerca de la muerte, quizá no esté fuera de lugar presentar y examinar estos pasajes junto con el «gustar.» En los Salmos, pues, se dice: «¿Qué hombre hay que viva y no vea la muerte?» Y otra vez, en otro lugar: «Venga la muerte sobre ellos, y desciendan vivos al Hades;» pero en uno de los profetas: «La muerte, haciéndose poderosa, los ha tragado;» [] y en el Apocalipsis: «La muerte y el Hades siguen a algunos.» [] Ahora bien, en estos pasajes me parece que una cosa es gustar de la muerte, y otra cosa es ver la muerte, y otra cosa es que ella venga sobre algunos, y que una cuarta cosa, diferente de las antedichas, es significada por las palabras, «La muerte, haciéndose poderosa, los ha tragado,» y una quinta cosa, diferente de éstas, por las palabras: La muerte y el Hades los siguen. Y si las reunieras, hallarías quizá también otras diferencias además de las que hemos mencionado, por cuya comparación mutua y recta investigación hallarías las cosas significadas en cada lugar. Pero aquí indago si es un mal menor ver la muerte, pero un mal mayor que verla el gustarla, pero aún peor que esto que la muerte siga a alguno, y no sólo lo siga, sino que también ahora venga sobre él y lo aferre a aquel a quien antes seguía; pero ser tragado parece ser más grave que todas las cosas dichas. Pero prestando atención a lo que se dice, y a las diferencias de los pecados cometidos, no serás, creo, tardo en admitir que cosas de este género fueron intentadas por el Espíritu que hizo que estas cosas se escribieran en los oráculos de Dios. Pero, si es necesario dar una exposición más clara que la dicha de lo que es significado por ver al Hijo del hombre venir en su propio reino, o en su propia gloria, y lo que es significado por ver el reino de Dios venir con poder, estas cosas — ya sean las que se hacen brillar en nuestros corazones, o las que son halladas por los que buscan, o las que entran gradualmente en nuestros pensamientos —, juzgue cada uno como quiera — las expondremos. El que contempla y aprehende la excelencia del Verbo, mientras derriba y refuta todas las formas plausibles de cosas que son verdaderamente mentiras pero pretenden ser verdades, ve al Hijo del hombre, (según la palabra de Juan, «el Verbo de Dios,» ) venir en su propio reino; mas si tal hombre contemplara al Verbo, no sólo derribando oposiciones plausibles, sino también representando sus propias verdades con perfecta claridad, contemplaría su gloria además de su reino. Y tal hombre, ciertamente, vería en Él el reino de Dios venir con poder; y vería esto, como quien ya no está más bajo el reinado del «pecado que reina en el cuerpo mortal de los que pecan,» [] sino que está siempre bajo las órdenes del rey, que es Dios de todos, cuyo reino está ciertamente en potencia «dentro de nosotros,» [] pero en acto, y, como Marcos lo ha llamado, «con poder,» y no en modo alguno en debilidad, dentro de los perfectos solos. Estas cosas, pues, prometió Jesús a los discípulos que estaban de pie, profetizando no acerca de todos ellos, sino acerca de algunos.
XII, 36
«Ahora, después de seis días,» según Mateo y Marcos, «toma consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los lleva aparte a un monte alto, y fue transfigurado delante de ellos.» Ahora bien, concédase también, antes de la exposición que se nos ocurre en relación con estas cosas, que esto sucedió hace mucho tiempo, y según la letra. Pero me parece que aquellos que son llevados arriba por Jesús al monte alto, y son tenidos por dignos de contemplar su transfiguración aparte, no son llevados arriba sin propósito seis días después de los discursos dichos anteriormente. Pues ya que en seis días — el número perfecto — fue hecho el mundo entero — esta perfecta obra de arte —, por esto pienso que aquel que trasciende todas las cosas del mundo, no contemplando ya las cosas que se ven, porque son temporales, sino ya las cosas que no se ven, y sólo las cosas que no se ven, porque son eternas, es representado en las palabras, «Después de seis días Jesús tomó consigo» a ciertas personas. Por tanto, si alguno de nosotros desea ser tomado por Jesús, y ser llevado arriba por Él al monte alto, y ser tenido por digno de contemplar su transfiguración aparte, pase más allá de los seis días, porque ya no contempla las cosas que se ven, ni ama más al mundo, ni las cosas que están en el mundo, [] ni codicia concupiscencia mundana alguna, la cual es concupiscencia de cuerpos, y de las riquezas del cuerpo, y de la gloria según la carne, y cuantas cosas cuya naturaleza es distraer y arrastrar al alma de las cosas mejores y más divinas, y abatirla y fijarla al engaño de este siglo, en riqueza y gloria, y las demás concupiscencias que son enemigas de la verdad. Pues cuando haya pasado por los seis días, como hemos dicho, guardará un nuevo sábado, regocijándose en el monte excelso, porque ve a Jesús transfigurado delante de él; porque el Verbo tiene formas diferentes, según aparece a cada uno como es conveniente para el que lo contempla, y no es manifestado a nadie más allá de la capacidad del que lo contempla.
XII, 37
Pero preguntarás si, cuando fue transfigurado delante de aquellos que fueron llevados arriba por Él al monte excelso, se les apareció en la forma de Dios, en la cual estaba antes, de modo que para los de abajo tenía la forma de siervo, pero para aquellos que le habían seguido después de los seis días al monte excelso, no tenía aquella forma, sino la forma de Dios. Pero oye estas cosas, si puedes, prestando atención a la vez espiritualmente: que no se dice simplemente, «Fue transfigurado,» sino con una cierta adición necesaria, que Mateo y Marcos han registrado; pues, según ambos, «Fue transfigurado delante de ellos.» Y según esto, ciertamente, dirás que es posible que Jesús sea transfigurado delante de algunos con esta transfiguración, pero delante de otros, al mismo tiempo, no sea transfigurado. Pero si deseas ver la transfiguración de Jesús delante de aquellos que subieron al monte excelso aparte con Él, he aquí conmigo al Jesús en los Evangelios, como aprehendido más simplemente, y, por así decir, conocido «según la carne,» por aquellos que no suben, mediante obras y palabras que elevan, al monte excelso de la sabiduría, pero conocido ya no según la carne, sino conocido en su divinidad por medio de todos los Evangelios, y contemplado en la forma de Dios según su conocimiento; porque delante de ellos Jesús es transfigurado, y no delante de ninguno de los de abajo. Pero cuando es transfigurado, su rostro también resplandece como el sol, para que sea manifestado a los hijos de la luz, que se han despojado de las obras de las tinieblas, y se han vestido con la armadura de la luz, [] y ya no son hijos de las tinieblas ni de la noche, sino que han llegado a ser hijos del día, y andan honestamente como de día; y, siendo manifestado, no resplandecerá para ellos simplemente como el sol, sino como demostrado ser el sol de justicia.
XII, 38
Y no sólo es transfigurado delante de tales discípulos, ni sólo añade a la transfiguración el resplandor de su rostro como el sol; sino que además también, para aquellos que fueron llevados arriba por Él al monte alto aparte, sus vestiduras aparecen blancas como la luz. [] Pero las vestiduras de Jesús son las expresiones y letras de los Evangelios con las cuales se vistió a sí mismo. Pero pienso que incluso las palabras en los Apóstoles que indican las verdades acerca de Él son vestiduras de Jesús, las cuales se vuelven blancas para aquellos que suben al monte alto junto con Jesús. Mas, puesto que hay diferencias también entre las cosas blancas, sus vestiduras se vuelven blancas como la más brillante y pura de todas las cosas blancas; y eso es la luz. Por tanto, cuando veas a alguno no sólo con un entendimiento cabal de la teología acerca de Jesús, sino también haciendo clara cada expresión de los Evangelios, no dudes en decir que para él las vestiduras de Jesús se han vuelto blancas como la luz. Pero cuando el Hijo de Dios en su transfiguración es así entendido y contemplado, que su rostro es un sol, y sus vestiduras blancas como la luz, inmediatamente aparecerá a aquel que contempla a Jesús en tal forma Moisés — la ley — y Elías, — a modo de sinécdoque, no un solo profeta, sino todos los profetas — conversando con Jesús; porque tal es la fuerza de las palabras «hablando con Él;» [] mas, según Lucas, «Moisés y Elías aparecieron en gloria,» hasta las palabras, «en Jerusalén.» [] Pero si alguno ve la gloria de Moisés, habiendo entendido la ley espiritual como un discurso en armonía con Jesús, y la sabiduría en los profetas que está escondida en misterio, [] ve a Moisés y a Elías en gloria cuando los ve con Jesús.
XII, 39
Entonces, puesto que será necesario exponer el pasaje según se da en Marcos, «Y mientras oraba fue transfigurado delante de ellos,» debemos decir que quizá es posible especialmente ver al Verbo transfigurado delante de nosotros si hemos hecho las cosas antedichas, y subido al monte, y visto al Verbo absoluto conversando con el Padre, y orando a Él por tales cosas como el verdadero Sumo Sacerdote podría pedir al único Dios verdadero. Mas para que Él pueda tener así comunión con Dios y orar al Padre, sube al monte; y entonces, según Marcos, «Sus vestiduras se vuelven blancas y resplandecientes como la luz, tanto que ningún batanero en la tierra puede blanquearlas.» [] Y quizá los bataneros sobre la tierra son los sabios de este mundo que se cuidan de la dicción que consideran brillante y pura, de modo que incluso sus pensamientos bajos y falsos dogmas parecen ser embellecidos por su bataneo, por así decir; mas Aquel que muestra sus propias vestiduras resplandecientes a aquellos que han subido, y más brillantes de lo que su bataneo puede hacerlas, es el Verbo, quien exhibe en las expresiones de las Escrituras que son despreciadas por muchos el resplandor de los pensamientos, cuando la vestidura de Jesús, según Lucas, se vuelve blanca y deslumbrante. []
XII, 40
Pero veamos a continuación cuál fue el pensamiento de Pedro cuando respondió y dijo a Jesús: «Señor, bueno es para nosotros estar aquí; hagamos tres tabernáculos,» etc. Y por esto estas palabras requieren un examen muy especial, porque Marcos, en su propia persona, ha añadido: «Pues no sabía qué responder,» [] pero Lucas, «no sabiendo,» dice, «lo que hablaba.» [] Considerarás, por tanto, si habló estas cosas como en éxtasis, estando lleno del espíritu que lo movía a decir estas cosas, el cual no podía ser un Espíritu Santo; porque Juan enseñó en el Evangelio que, antes de la resurrección del Salvador, nadie tenía el Espíritu Santo, diciendo: «Pues el Espíritu no era aún, porque Jesús no había sido aún glorificado.» [] Pero si el Espíritu no era aún, y él, no sabiendo lo que decía, habló bajo la influencia de algún espíritu, el espíritu que hizo que estas cosas fueran dichas era alguno de los espíritus que aún no habían sido triunfados en la cruz, ni expuestos a la vergüenza junto con ellos, acerca de los cuales está escrito: «Habiéndose despojado de los principados y de las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.» [] Mas este espíritu era quizá aquel que es llamado piedra de tropiezo por Jesús, y del cual se habla como Satanás en el pasaje: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Me eres piedra de tropiezo.» [] Pero bien sé que tales cosas ofenderán a muchos que se encuentren con ellas, porque piensan que se opone a la sana razón que se hable mal de aquel que poco antes había sido declarado bienaventurado por Jesús, sobre la base de que el Padre que está en el cielo le había revelado las cosas concernientes al Salvador, a saber, que Él era verdaderamente Jesús, y el Cristo, y el Hijo del Dios viviente. Mas preste tal persona atención más exacta a las declaraciones sobre Pedro y el resto de los Apóstoles: cómo incluso ellos hacían peticiones como si estuvieran todavía ajenos a Aquel que había de redimirlos del enemigo y comprarlos con su propia sangre preciosa; o que también nos digan los que sostienen que incluso antes de la pasión de Jesús los Apóstoles eran perfectos, de dónde provenía que «Pedro y los que estaban con él estaban cargados de sueño.» [] Mas, anticipando algo más de lo que sigue y aplicándolo al asunto presente, yo plantearía a mi vez estas preguntas — si es posible que alguno halle ocasión de tropiezo en Jesús aparte de la obra del diablo que lo hizo tropezar; y si es posible que alguno niegue a Jesús, y eso en presencia de una criada y un portero y hombres de lo más despreciable, a menos que un espíritu hubiera estado con él en su negación, hostil al Espíritu que es dado y a la sabiduría, (que es dada) a aquellos que son ayudados por Dios a hacer confesión, según cierto mérito de ellos. Pero aquel que ha aprendido a referir las raíces del pecado al padre del pecado, el diablo, no dirá que aparte de él, o los Apóstoles fueron hechos tropezar, o que Pedro negó a Cristo tres veces antes de aquel conocido canto del gallo. Mas si esto es así, considera si quizá, con miras a hacer tropezar a Jesús, en cuanto estaba en su poder, y a apartarlo de la dispensación cuya característica era el sufrimiento que traía salvación a los hombres, la cual Él emprendió con gran voluntad, buscando efectuar estas cosas que parecían contribuir a este fin, él mismo también aquí desea, por así decir, mediante engaño, apartar a Jesús, como llamándolo a no condescender más a los hombres, ni venir a ellos, ni sufrir muerte por ellos, sino a permanecer en el monte alto con Moisés y Elías. Mas prometió también edificar tres tabernáculos, uno aparte para Jesús, y uno para Moisés, y uno para Elías, como si un solo tabernáculo no hubiera bastado para los tres, si hubiera sido necesario que ellos estuvieran en tabernáculos y en el monte alto. Y quizá también en esto obró con mala intención, cuando incitó a aquel «que no sabía lo que decía,» no deseando que Jesús y Moisés y Elías estuvieran juntos, sino deseando separarlos unos de otros, bajo pretexto de los tres tabernáculos. Y asimismo era una mentira, «Bueno es para nosotros estar aquí;» [] porque si hubiera sido cosa buena, habrían permanecido allí. Mas si era una mentira, buscarás saber quién hizo que se hablara la mentira; y especialmente puesto que según Juan, «Cuando habla mentira, habla de lo suyo; porque es mentiroso y padre de ella;» [] y así como no hay verdad aparte de la obra de Aquel que dice: «Yo soy la Verdad,» [] así no hay mentira aparte de aquel que es el enemigo de la verdad. Estas cualidades contrarias, por consiguiente, estaban todavía en Pedro: verdad y falsedad; y desde la verdad dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente,» [] pero desde la falsedad dijo: «Dios te sea propicio, Señor; esto nunca te acontecerá,» [] y también: «Bueno es para nosotros estar aquí.» [] Mas si alguno no admite que Pedro habló estas cosas por inspiración maligna alguna, sino que sus palabras fueron de su mera elección propia, y se le exige cómo interpretará, «no sabiendo lo que decía,» y, [] «pues no sabía qué responder,» [] dirá que en el primer caso Pedro tuvo por vergonzoso e indigno de Jesús admitir que el Hijo del Dios viviente, el Cristo, a quien ya el Padre le había revelado, debía ser muerto; y en el caso presente que, habiendo visto las dos formas de Jesús y la una en la transfiguración que era mucho más excelente, agradándose en aquélla, dijo que era bueno hacer su morada en aquel monte, para que él mismo y los que con él estaban pudieran regocijarse mientras contemplaban la transfiguración de Jesús y su rostro resplandeciendo como el sol, y sus vestiduras blancas como la luz, y, además de estas cosas, pudieran contemplar siempre en gloria a aquellos a quienes una vez habían visto en gloria, Moisés y Elías; y que pudieran regocijarse en las cosas que oyeran, mientras hablaban y tenían comunión unos con otros, Moisés y Elías con Jesús, y Jesús con ellos.
XII, 41
Mas como todavía no hemos empleado nuestras fuerzas en interpretar figuradamente las cosas de este pasaje, sino que hemos dicho esas cosas a modo de indagación de la mera letra, consideremos, conforme a ellas, si los susodichos Pedro y los hijos del trueno, que fueron llevados al monte de los dogmas de la verdad, y que vieron la transfiguración de Jesús y de Moisés y Elías, que aparecieron con Él en gloria, no desearían hacer tabernáculos en sí mismos para el Verbo de Dios que iba a habitar en ellos, y para su ley que había sido contemplada en gloria, y para la profecía que hablaba de la partida de Jesús, que Él estaba por cumplir; [] y Pedro, como quien ama la vida contemplativa y ha preferido lo deleitoso de ella a la vida entre la multitud con su tumulto, dijo, con el propósito de aprovechar a los que lo deseaban, «Bueno es para nosotros estar aquí.» [] Mas puesto que «el amor no busca lo suyo,» [] Jesús no hizo aquello que a Pedro le pareció bueno; por lo cual descendió del monte a los que no podían subir a él ni contemplar su transfiguración, para que ellos le contemplaran en la forma en que podían verle. Es, por tanto, propio de un justo que posee «el amor que no busca lo suyo» [] ser libre de todos, pero hacerse siervo de todos los que están abajo, para ganar a la mayor parte de ellos. [] Pero alguien, respecto de lo que hemos alegado acerca del éxtasis y de la operación de un espíritu malo en Pedro, a propósito de las palabras, «no sabiendo lo que decía,» [] no aceptando aquella interpretación nuestra, podría decir que había ciertos mencionados por Pablo «que deseaban ser maestros de la ley,» [] los cuales no saben de qué hablan, sino que, aunque no exponen con claridad la naturaleza de lo que se dice, ni entienden su sentido, hacen afirmaciones confiadas de cosas que no conocen. De tal naturaleza era también el afecto de Pedro, pues no comprendiendo lo que era bueno en relación con la dispensación de Jesús y de los que aparecieron en el monte —Moisés y Elías—, dice, «Bueno es para nosotros estar aquí,» etc., «no sabiendo lo que decía,» «porque no sabía qué decir,» pues si «el sabio entenderá las cosas de su propia boca, y lleva prudencia en sus labios,» [] el que no es tal no entiende las cosas de su propia boca, ni comprende la naturaleza de las cosas dichas por él.
XII, 42
Después de esto vienen las palabras, «Mientras él hablaba aún, he aquí, también una nube luminosa los cubrió con su sombra,» [] etc. Ahora bien, pienso que Dios, queriendo disuadir a Pedro de hacer tres tabernáculos, bajo los cuales, en cuanto dependía de su elección, iba a habitar, muestra un tabernáculo mejor, por así decirlo, y mucho más excelente, la nube. Pues puesto que es oficio del tabernáculo cubrir con su sombra a quien está en él, y abrigarlo, y la nube luminosa los cubrió con su sombra, Dios hizo, como si dijéramos, un tabernáculo más divino, por cuanto era luminoso, para que fuera para ellos figura de la resurrección venidera; porque una nube luminosa cubre con su sombra a los justos, que a la vez son protegidos, iluminados y resplandecidos por ella. Pero ¿qué podría ser la nube luminosa que cubre con su sombra a los justos? ¿Es, acaso, la potestad paternal, de la cual viene la voz del Padre que da testimonio del Hijo como amado y en quien se complace, y exhorta a los que estaban bajo su sombra a oírle a Él y a ningún otro? Mas así como habla desde antiguo, así también habla siempre por medio de lo que Él quiere. Y quizá, también, el Espíritu Santo es la nube luminosa que cubre con su sombra a los justos, y profetiza las cosas de Dios, que obra en ella, y dice, «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco;» pero me atrevería también a decir que nuestro Salvador es una nube luminosa. Cuando, por tanto, Pedro dijo, «Hagamos aquí tres tabernáculos,»...uno del Padre mismo, y del Hijo, y uno del Espíritu Santo. Porque una nube luminosa del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo cubre con su sombra a los verdaderos discípulos de Jesús; o una nube cubre con su sombra al Evangelio, a la ley y a los profetas, la cual es luminosa para aquel que es capaz de ver la luz de ella en el Evangelio, en la ley y en los profetas. Mas quizá la voz desde la nube dice a Moisés y a Elías, «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; oídle,» como ellos deseaban ver al Hijo del hombre, y oírle, y contemplarle tal como Él estaba en gloria. Y quizá enseña a los discípulos que Aquel que era, en sentido literal, el Hijo de Dios, y su Amado en quien se complacía, a quien convenía especialmente oír, era Aquel que entonces era contemplado, y transfigurado, y cuyo rostro resplandecía como el sol, y que estaba vestido con vestiduras blancas como la luz.
XII, 43
Mas después de estas cosas está escrito que, cuando oyeron la voz de la nube que daba testimonio del Hijo, los tres Apóstoles, no pudiendo soportar la gloria de la voz y del poder que descansaba sobre ella, «cayeron sobre su rostro,» [] y rogaron a Dios; porque temieron en gran manera ante la visión sobrenatural, y ante las cosas que se decían desde la visión. Pero considera si también puedes decir esto con referencia a los pormenores del pasaje: que los discípulos, habiendo entendido que el Hijo de Dios había estado conversando con Moisés, y que era Él quien dijo, «Ningún hombre verá mi rostro y vivirá,» [] y recibiendo además el testimonio de Dios acerca de Él, como no pudiendo resistir el resplandor del Verbo, se humillaron bajo la poderosa mano de Dios; [] mas, después del toque del Verbo, alzando los ojos vieron a Jesús solo y a ningún otro. [] Moisés, la ley, y Elías, el profeta, vinieron a ser uno solo con el Evangelio de Jesús; y no, como antes eran tres, permanecieron así, sino que los tres vinieron a ser uno. Pero considera estas cosas conmigo en relación con asuntos místicos; pues en cuanto al sentido meramente literal, Moisés y Elías, habiendo aparecido en gloria y hablado con Jesús, se fueron al lugar de donde habían venido, quizá para comunicar las palabras que Jesús habló con ellos, a aquellos que habían de ser aprovechados por Él, casi inmediatamente, es decir, en el tiempo de la pasión, cuando muchos cuerpos de los santos que habían dormido, abiertos sus sepulcros, debían ir a la ciudad que es verdaderamente santa — no la Jerusalén sobre la cual Jesús lloró— y aparecerse allí a muchos. [] Mas después de la dispensación en el monte, cuando los discípulos descendían del monte para que, al llegar a la multitud, sirvieran al Hijo de Dios en lo concerniente a la salvación del pueblo, Jesús mandó a los discípulos diciendo, «No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» [] Pero aquel dicho, «No digáis a nadie la visión,» es semejante a lo que se investigó en el pasaje anterior, cuando «mandó a los discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Cristo.» [] Por lo cual, las cosas que se dijeron en aquel pasaje pueden sernos útiles también para el pasaje que tenemos delante; puesto que Jesús quiere también, de acuerdo con ellas, que las cosas de su gloria no se divulguen antes de su gloria posterior a la pasión; pues los que oyeran, y en particular las multitudes, habrían sido perjudicados cuando le vieran crucificado, a Aquel que había sido tan glorificado. Por lo cual, puesto que el ser Él glorificado en la resurrección era semejante a su transfiguración, y a la visión de su rostro como el sol, por esto quiere que estas cosas sean entonces dichas por los Apóstoles, cuando Él resucitó de entre los muertos.
XIII, 1
«Los discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?» [] Los discípulos, en efecto, que subieron con Jesús, recordaban las tradiciones de los escribas acerca de Elías: que antes del advenimiento de Cristo, Elías vendría y prepararía para Él las almas de los que iban a recibirle. Mas la visión en el monte, en la cual apareció Elías, no parecía estar en armonía con las cosas que se decían, pues a ellos les parecía que Elías no había venido antes de Jesús sino después de Él; por lo cual dicen estas cosas, pensando que los escribas mentían. Pero a esto responde el Salvador, no desechando las tradiciones acerca de Elías, sino diciendo que había otra venida de Elías antes de la de Cristo, de la cual los escribas eran ignorantes; y, en cuanto a esto, siendo ignorantes de él, «habían hecho con él cuanto quisieron,» [] como si hubieran sido cómplices de que él hubiese sido encarcelado por Herodes y muerto por él; luego dice que, así como ellos habían hecho con Elías, así padecería Él a manos de ellos. [] Y estas cosas, en verdad, preguntaron los discípulos acerca de Elías y el Salvador respondió; mas, cuando oyeron, entendieron que las palabras, «Elías ya ha venido,» y lo que seguía dicho por el Salvador, se referían a Juan el Bautista. [] Y dígase esto a modo de ilustración del pasaje que tenemos delante. Mas ahora, según nuestra capacidad, hagamos también investigación de las cosas que están guardadas en él. En este lugar no me parece que por Elías se hable del alma, no sea que yo caiga en el dogma de la transmigración, el cual es ajeno a la iglesia de Dios, y no fue transmitido por los Apóstoles, ni en parte alguna se expone en las Escrituras; porque también se opone al dicho de que «las cosas que se ven son temporales,» [] y de que «este siglo tendrá consumación,» y también al cumplimiento del dicho, «El cielo y la tierra pasarán,» [] y «la apariencia de este mundo pasa,» [] y «los cielos perecerán,» y lo que sigue. Porque si, por hipótesis, en la constitución de las cosas que ha existido desde el principio hasta el fin del mundo, la misma alma puede estar dos veces en el cuerpo, ¿por qué causa habría de estar en él? Porque si a causa del pecado estuviera dos veces en el cuerpo, ¿por qué no habría de estar tres veces, y repetidamente en él, puesto que los castigos, en lo que respecta a esta vida y a los pecados cometidos en ella, se le pagarán solamente por el método de la transmigración? Mas si esto se concede como consecuencia, quizá nunca habrá un tiempo en que un alma no sufra transmigración: porque siempre, a causa de sus pecados anteriores, habitará en el cuerpo; y así no habrá lugar para la corrupción del mundo, en la cual «el cielo y la tierra pasarán.» [] Y si se concede, según esta hipótesis, que uno que sea absolutamente impecable no vendrá al cuerpo por nacimiento, ¿después de cuánto tiempo supones que se hallará un alma absolutamente pura y que no necesite transmigración? Mas, no obstante, también, si un alma cualquiera es siempre así quitada del número definido de las almas y ya no vuelve al cuerpo, en algún momento, después de infinitos siglos, por así decirlo, cesará el nacimiento; reduciéndose el mundo a uno o dos o unos pocos más, después de cuyo perfeccionamiento perecerá el mundo, habiendo faltado la provisión de almas que vienen al cuerpo. Pero esto no es conforme a la Escritura; porque ella conoce una multitud de pecadores en el tiempo de la destrucción del mundo. Esto es manifiesto considerando el dicho, «Empero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?» [] Así lo hallamos dicho en Mateo, «Como fueron los días de Noé, así será también la venida del Hijo del hombre; porque como eran en los días del diluvio,» etc. [] Mas a los que entonces existan se les exigirá la pena por sus pecados, pero no por vía de transmigración; porque, si son sorprendidos mientras aún pecan, o bien serán castigados después de esto por una forma diferente de castigo — y, según esto, o habrá dos formas generales de castigo, una por vía de transmigración y la otra fuera de un cuerpo de esta clase, y declaren ellos las causas y diferencias de estas — o bien no serán castigados, como si aquellos que quedaron en la consumación de las cosas hubieran arrojado inmediatamente sus pecados; o, lo que es mejor, hay una sola forma de castigo para los que han pecado en el cuerpo, a saber, que padezcan, fuera de él, es decir, fuera de la constitución de esta vida, lo que es conforme al desierto de sus pecados. Pero para quien tiene inteligencia de la naturaleza de las cosas es claro que cada una de estas cosas es apta para trastornar la doctrina de la transmigración. Mas si, necesariamente, los griegos que introducen la doctrina de la transmigración, estableciendo cosas concordes con ella, no reconocen que el mundo está llegando a la corrupción, es conveniente que, cuando hayan mirado de frente las Escrituras que declaran claramente que el mundo perecerá, o bien las descrean, o bien inventen una serie de argumentos en cuanto a la interpretación de las cosas concernientes a la consumación; lo cual, aun si quieren, no podrán hacer. Y esto además diremos a los que hayan tenido la osadía de afirmar que el mundo no perecerá: que, si el mundo no perece sino que ha de existir por períodos infinitos de tiempo, no habrá un Dios que conozca todas las cosas antes de que vengan a ser. Pero si, quizá, conoce en parte, o conocerá cada cosa antes de que venga a ser, o ciertas cosas, y después de estas, a su vez, otras; porque las cosas infinitas en naturaleza no pueden de ningún modo ser abarcadas por aquel conocimiento cuya naturaleza es limitar las cosas conocidas. De esto se sigue que no puede haber profecías acerca de todas las cosas sin excepción, puesto que todas las cosas son infinitas.
Comentario editorial · Contra la transmigración de las almas
Para explicar cómo es Juan «Elías», Orígenes descarta que se hable del alma de Elías «no sea que yo caiga en el dogma de la transmigración», que dice ajeno a la Iglesia, no transmitido por los apóstoles y ausente de las Escrituras. Su argumento es que, si el alma volviera al cuerpo por sus pecados, no habría razón para que lo hiciera solo dos veces; y entonces nunca llegaría el fin del mundo que anuncia . Wikipedia recoge que Orígenes rechazó «la falsa doctrina de la transmigración de las almas a los cuerpos», aunque Geddes MacGregor sostiene que debió de creer en alguna forma de metempsicosis y Roger Olson lo niega.
XIII, 2
He tenido por necesario detenerme algún tiempo en el examen de la doctrina de la transmigración, a causa de la sospecha de algunos que suponen que el alma en cuestión era la misma en Elías y en Juan, llamándose en el primer caso Elías, y en el segundo caso Juan; y que, no sin intervención de Dios, él había sido llamado Juan, como es claro por el dicho del ángel que se apareció a Zacarías, «No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan;» [] y por el hecho de que Zacarías recobró el habla después de haber escrito en la tablilla que el que había nacido debía llamarse Juan. [] Pero si fuera el alma de Elías, entonces, al ser engendrado por segunda vez, habría debido ser llamado Elías; o para el cambio de nombre se habría debido aducir alguna razón, como en el caso de Abram y Abraham, Sarai y Sara, Jacob e Israel, Simón y Pedro. Y sin embargo, ni aun así sería sostenible su argumento en este caso; porque, en los casos antedichos, los cambios de nombre tuvieron lugar en una misma vida. Pero alguien podría preguntar: si el alma de Elías no estuvo primero en el tisbita y después en Juan, ¿qué sería aquello que estaba en ambos y que el Salvador llamó Elías? Y digo que Gabriel, en sus palabras a Zacarías, insinuó cuál era la sustancia que era la misma en Elías y en Juan; pues dice, «A muchos de los hijos de Israel convertirá al Señor Dios de ellos; e irá delante de su rostro en el espíritu y el poder de Elías.» [] Pues observa: no dijo en el «alma» de Elías, en cuyo caso la doctrina de la transmigración podría tener algún fundamento, sino «en el espíritu y el poder de Elías.» Porque la Escritura conoce bien la distinción entre espíritu y alma, como, «Que Dios os santifique por completo, y que vuestro espíritu, alma y cuerpo sean guardados enteros, sin reproche, en la venida de nuestro Señor Jesucristo;» [] y el pasaje, «Bendecid al Señor, espíritus y almas de los justos» tal como se halla en el libro de Daniel, según la versión de los Setenta, representa la diferencia entre espíritu y alma. Por tanto, Elías no fue llamado Juan a causa del alma, sino a causa del espíritu y del poder, lo cual en nada contradice la enseñanza de la iglesia, aunque estuvieron antes en Elías y después en Juan; y «los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas,» [] mas las almas de los profetas no están sujetas a los profetas, y «el espíritu de Elías reposó sobre Eliseo.» [] Pero debemos inquirir si el espíritu de Elías es el mismo que el Espíritu de Dios en Elías, o si son diferentes entre sí, y si el espíritu de Elías que estaba en él era algo sobrenatural, diferente del espíritu de cada hombre que está en él; porque el Apóstol indica claramente que el Espíritu de Dios, aunque esté en nosotros, es diferente del espíritu de cada hombre que está en él, cuando dice en algún lugar, «El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios;» [] y en otro lugar, «Ninguno de los hombres conoce las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él; así tampoco las cosas de Dios nadie las conoce sino el Espíritu de Dios.» [] Mas no te maravilles de lo que se dice acerca de Elías, si, así como le sucedió algo extraño diferente de todos los santos que están registrados, en cuanto a haber sido arrebatado al cielo por un torbellino, [] así su espíritu tuvo algo de excelencia selecta, de modo que no solamente reposó sobre Eliseo, sino que también descendió juntamente con Juan en su nacimiento; y que Juan, separadamente, «fue lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre,» y separadamente, «vino delante de Cristo en el espíritu y el poder de Elías.» Porque es posible que varios espíritus, no solamente peores, sino también mejores, estén en el mismo hombre. David, en consecuencia, pide ser establecido por un espíritu libre, y que un espíritu recto sea renovado en sus entrañas. Mas si, para que el Salvador nos imparta del «espíritu de sabiduría y de entendimiento, el espíritu de consejo y de poder, el espíritu de conocimiento y de temor,» [] él fue lleno también del espíritu del temor del Señor; es posible también que estos varios espíritus buenos sean concebidos como estando en la misma persona. Y esto también lo hemos aducido, porque Juan vino delante de Cristo «en el espíritu y el poder de Elías,» [] a fin de que el dicho, «Elías ya ha venido,» [] pueda referirse al espíritu de Elías que estaba en Juan; como también los tres discípulos que habían subido con Él entendieron que les hablaba de Juan el Bautista. [] Sobre Eliseo, pues, solamente reposó el espíritu de Elías, pero Juan vino delante, no solamente en el espíritu, sino también en el poder de Elías. Por lo cual, también, Eliseo no pudo ser llamado Elías, pero Juan era el mismísimo Elías. Mas si es necesario aducir la Escritura de la cual los escribas decían que Elías debía venir primero, escucha a Malaquías, que dice, «Y he aquí, yo os enviaré a Elías el tisbita,» etc., hasta las palabras, «No sea que yo venga y hiera la tierra con maldición.» [] Y parece indicarse por estas palabras que Elías había de preparar para la venida gloriosa de Cristo, por medio de ciertas palabras y disposiciones santas en sus almas, a aquellos que habían sido hechos los más aptos para esto, lo cual los que estaban sobre la tierra no habrían podido soportar, a causa de la excelencia de la gloria, si no hubieran sido preparados de antemano por Elías. Y asimismo, por Elías, en este lugar, no entiendo el alma de aquel profeta sino su espíritu y su poder; porque es por estos por lo que todas las cosas serán restauradas, [] de modo que, cuando hayan sido restauradas y, como resultado de esa restauración, lleguen a ser capaces de recibir la gloria de Cristo, el Hijo de Dios que ha de aparecer en gloria more con ellos. Pero si también Elías es en cierto modo un verbo inferior al «Verbo que era en el principio con Dios, Dios el Verbo,» [] este verbo también podría venir como disciplina preparatoria al pueblo preparado por él, para que sean ejercitados para la recepción del Verbo perfecto. Pero alguien puede plantear la cuestión de si el espíritu y el poder de Elías padecieron lo que se padeció en Juan, según las palabras, «Hicieron en él cuanto quisieron.» [] Y a esto se dirá, por una parte, de manera más sencilla, que no hay nada extraño en el pensamiento de que las cosas que asisten, a causa del amor, padezcan juntamente con las que son asistidas; y Jesús en verdad dice, «A causa del débil fui débil, y tuve hambre a causa del hambriento, y tuve sed a causa del sediento;» y, por otra parte, en un sentido más profundo, que las palabras no son, «Mas hicieron con él cuanto quisieron en él,» pues las cosas que padecieron se apoyaron en el espíritu y el poder de Elías, no siendo el alma de Juan de ninguna manera Elías; y probablemente también el cuerpo (se apoyó en ellos). Porque de una manera está el alma en el cuerpo, y el espíritu, y el poder; y de otra manera está el cuerpo del justo en estas partes mejores, como apoyándose en ellas, y adhiriéndose a ellas; mas «los que están en la carne no pueden agradar a Dios; pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros;» [] porque el alma del pecador está en la carne, mas la del justo en el espíritu. Y asimismo, además, podría inquirirse esto: ¿a quién se refieren las palabras, «Mas hicieron en él cuanto quisieron?» [] ¿Acaso a los escribas, con respecto a los cuales los discípulos preguntaron y dijeron, «¿Por qué, pues, dicen los escribas que Elías debe venir primero?» [] Mas no es en modo alguno evidente que Juan padeciera algo a manos de los escribas, excepto, ciertamente, que no le creyeron; o, como dijimos también antes, que fueron cómplices de los agravios que Herodes se atrevió a infligirle. Pero otro podría decir que las palabras, «Mas hicieron en él cuanto quisieron,» no se refieren a los escribas sino a Herodías y a su hija, y a Herodes, que hicieron en él cuanto quisieron. Y lo que sigue, «Así padecerá el Hijo del hombre de ellos,» [] podría referirse a los escribas, si lo anterior se refiriera a ellos; pero, si lo anterior se refiere a Herodes y a Herodías y a su hija, también el segundo pasaje se referirá a ellos; porque parece que Herodes también se sumó al voto de que Jesús muriera, participando quizá también su mujer con él en la conspiración contra Él.
XIII, 3
«Y cuando llegaron a la multitud, se le acercó un hombre que, arrodillándose ante Él, le decía: Señor, ten misericordia de mi hijo.» [] Los que sufren, o los parientes de los que sufren, están junto con las multitudes; por lo cual, cuando Él ha dispensado las cosas que estaban más allá de las multitudes, desciende a ellos, para que aquellos que no podían subir a causa de las enfermedades que abatían su alma pudieran ser beneficiados cuando el Verbo descendiera a ellos desde las regiones más altas. Pero debemos indagar respecto de qué enfermedades los que sufren creen y oran por su propia curación, y respecto de qué enfermedades otros hacen esto por ellos, como, por ejemplo, el centurión por su siervo, y el noble por su hijo, y el principal de la sinagoga por una hija, y la mujer cananea por su hija que era atormentada por un demonio, y ahora el hombre que se arrodilla ante Él a favor de su hijo epiléptico. Y junto con estas cosas investigarás cuándo el Salvador sana por sí mismo y sin que nadie se lo pida, como, por ejemplo, al paralítico; porque estas curaciones, comparadas unas con otras con este mismo propósito y examinadas en conjunto, mostrarán a quien es capaz de oír «la sabiduría de Dios oculta en misterio,» [] muchos dogmas acerca de las diversas enfermedades de las almas, así como el método de su curación.
XIII, 4
Pero, puesto que nuestro objeto presente no es investigar todo caso, sino el pasaje que tenemos delante, adoptando una interpretación figurada, consideremos quién podemos decir que era el lunático, y quién era su padre que oraba por él, y qué significa el que el enfermo cayera no constantemente, sino muchas veces, unas veces en el fuego y otras en el agua, y qué significa el hecho de que no pudiera ser sanado por los discípulos, sino por Jesús mismo. Porque si toda enfermedad y toda dolencia que nuestro Salvador sanó entonces entre el pueblo se refiere a diferentes desórdenes del alma, también es conforme a razón que los paralíticos simbolicen a los paralizados en el alma, que la mantienen tendida, paralizada, en el cuerpo; pero por los ciegos son simbolizados los ciegos respecto de las cosas que solo el alma ve, y éstos son realmente ciegos; y por los sordos, los que son sordos para recibir la palabra de salvación. Según el mismo principio será necesario investigar lo relativo al epiléptico. Ahora bien, esta afección ataca a quienes la padecen a intervalos considerablemente largos, durante los cuales el que la sufre no parece diferir en nada del hombre sano, en el tiempo en que la epilepsia no actúa sobre él. Trastornos semejantes podrás hallar en ciertas almas, a las que a menudo se supone sanas en cuanto a la templanza y las demás virtudes; pero algunas veces, como si fueran presa de una especie de epilepsia nacida de sus pasiones, caen de la posición en que parecían mantenerse y son arrastradas por el engaño de este mundo y por otras concupiscencias. Quizá, por tanto, no errarías si dijeses que tales personas, por así decirlo, son epilépticos espiritualmente, derribados por «las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales,» [] y que a menudo enferman en el tiempo en que las pasiones atacan su alma; a veces cayendo en el fuego de los ardores, cuando, según lo que se dice en Oseas, se hacen adúlteros, como sartén caldeada para cocer, por la llama ardiente; [] y otras veces en el agua, cuando el rey de todos los dragones de las aguas los derriba de la esfera donde parecían respirar libremente, de modo que vienen a dar en las profundidades de las olas del mar de la vida humana. Esta interpretación nuestra acerca del lunático será apoyada por quien dice en el Libro de la Sabiduría con referencia al temple equilibrado del justo: «El discurso del hombre piadoso es siempre sabiduría,» pero, respecto de lo que hemos dicho: «El necio cambia como la luna.» [] Y aun a veces, en el caso de tales personas, podrás ver impulsos que llevarían a alabarlas a quienes no atienden a su falta de lastre, de modo que dirían que en ellas era como luna llena, o casi luna llena. Y podrías ver de nuevo la luz que parecía haber en ellas disminuir — por cuanto no era luz del día, sino luz de la noche —, desvaneciéndose hasta tal punto que la luz que parecía verse en ellas ya no existía. Pero si quienes pusieron nombre a las cosas dieron por esto el nombre de lunatismo a la enfermedad llamada epilepsia, tú mismo lo juzgarás.