XIV, 17
Pero, puesto que el Apóstol entiende las palabras «Y los dos serán una sola carne» [] de Cristo y de la iglesia, [] debemos decir que Cristo, guardando el dicho «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre» [], no repudió a su esposa anterior, por así decir — esto es, la sinagoga anterior — por otra causa sino porque aquella esposa cometió fornicación, siendo hecha adúltera por el maligno, y junto con él conspiró contra su esposo y le dio muerte, diciendo: «¡Quita a este de la tierra! ¡Crucifícale, crucifícale!» Fue ella, pues, la que se apartó, más bien que su esposo quien la repudió y despidió; por lo cual, reprochándole haberse apartado de él, se dice en Isaías: «¿De qué clase es la carta de repudio de vuestra madre, con la cual yo la despedí?» [] Y el que en el principio creó al que está «en forma de Dios» según la imagen, lo hizo varón, y a la iglesia hembra, concediendo a ambos la unidad según la imagen. Y, por causa de la iglesia, el Señor — el esposo — dejó al Padre a quien veía cuando estaba «en forma de Dios» [], dejó también a su madre, por cuanto era el hijo mismo de la Jerusalén de arriba, y se unió a su esposa que había caído aquí abajo, y estos dos aquí llegaron a ser una sola carne. Porque a causa de ella, Él mismo también se hizo carne, cuando «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» [], y ya no son dos, sino que ahora son una sola carne, puesto que se dice a la esposa: «Ahora vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en su parte» []; pues el cuerpo de Cristo no es algo aparte, distinto de la iglesia, que es su cuerpo, y de los miembros cada uno en su parte. Y Dios ha unido a estos que no son dos, sino que han llegado a ser una sola carne, mandando que los hombres no separen la iglesia del Señor. Y el que mira por sí mismo para no ser separado, confía, como quien no podrá ser separado, y dice: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» [] Aquí, por tanto, el dicho «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre» [] fue escrito con relación a los fariseos, pero a los que son superiores a los fariseos podría decirse: «Lo que Dios ha unido, que nada lo separe», ni principado ni potestad; porque Dios, que ha unido, es más fuerte que todos aquellos que alguien podría concebir y nombrar.
XIV, 18
Después de esto discutiremos lo dicho por los fariseos a Jesús: «¿Por qué, entonces, mandó Moisés dar carta de repudio y despedirla?» [] Y con razón traeremos a colación para este propósito el pasaje del Deuteronomio acerca de la carta de repudio, que es como sigue: «Pero si un hombre toma mujer y cohabita con ella, y sucede que ella no halla gracia ante sus ojos porque él ha hallado en ella cosa indecorosa,» etc., hasta las palabras: «y no contaminarás la tierra que el Señor tu Dios te da por heredad.» [] Ahora pregunto si en estas cosas, según esta ley, no hemos de buscar nada en ellas más allá de la letra, viendo que Dios no la ha dado, o si a los fariseos que citaron el dicho: «Moisés mandó dar carta de repudio y despedirla,» se les dijo por necesidad: «Moisés, por la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas desde el principio no fue así.» [] Pero si alguno asciende al Evangelio de Cristo Jesús, que enseña que la ley es espiritual, buscará también el entendimiento espiritual de esta ley. Y quien quiera interpretar estas cosas figurativamente dirá que, así como lo dijo Pablo, confiado en la gracia que tenía: «La mujer está ligada por todo el tiempo que su marido vive; pero si el marido muere, queda libre para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor; pero es más dichosa si permanece como está, según mi juicio; y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios» [] (porque aquí, a las palabras «según mi juicio,» para que no fuera despreciado como falto del Espíritu de Dios, bien añadió: «y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios),» así también le sería posible a Moisés, en virtud del poder que se le dio para formular leyes, a fin de soportar por la dureza del corazón del pueblo ciertas cosas, entre las cuales estaba el repudio de las mujeres, estar persuadido, en cuanto a las leyes que promulgó según su propio juicio, de que también en estas la legislación se realizó con el Espíritu de Dios. Y dirá que, si no es que una ley sea espiritual y otra no, esta es una ley, y esta es espiritual, y debe investigarse su significado espiritual.
XIV, 19
Ahora, teniendo presente lo que dijimos arriba en cuanto al pasaje de Isaías acerca de la carta de repudio, diremos que la madre del pueblo se separó de Cristo, su esposo, sin haber recibido carta de repudio; pero después, cuando se halló en ella cosa indecorosa, y no halló gracia ante sus ojos, se le escribió la carta de repudio; pues cuando el nuevo pacto llamó a los de los gentiles a la casa de Aquel que había repudiado a su esposa anterior, virtualmente dio la carta de repudio a la que antes se había separado de su esposo: la ley y el Verbo. Por tanto, Él también, habiéndose separado de ella, se casó, por así decir, con otra, habiendo entregado en manos de la anterior la carta de repudio; por lo cual ya no pueden hacer las cosas que la ley les ordenaba, a causa de la carta de repudio. Y una señal de que ella ha recibido la carta de repudio es esta: que Jerusalén fue destruida junto con lo que llamaban el santuario de las cosas que en él había y que se creían santas, y con el altar de los holocaustos, y todo el culto con él asociado. Y otra señal de la carta de repudio es esta: que no pueden guardar sus fiestas, aunque según la letra de la ley les fueron mandadas deliberadamente, en el lugar que el Señor Dios les designó para guardar las fiestas; y hay también esto: que toda la sinagoga se ha vuelto incapaz de apedrear a los que han cometido este o aquel pecado; y miles de cosas mandadas son señal de la carta de repudio; y el hecho de que «ya no hay profeta,» y de que dicen: «Ya no vemos señales;» porque el Señor dice: «Ha quitado de Judea y de Jerusalén,» según la palabra de Isaías, «al poderoso y a la poderosa, al gigante fuerte,» etc., hasta las palabras: «al oyente prudente.» [] Ahora, Aquel que es el Cristo bien pudo haber tomado a la sinagoga por esposa y haber cohabitado con ella, pero puede ser que después ella no hallara gracia ante sus ojos; y la razón de no haber hallado gracia ante sus ojos fue que se halló en ella cosa indecorosa; pues ¿qué más indecoroso que la circunstancia de que, cuando se les propuso soltar a uno en la fiesta, pidieran la liberación de Barrabás el ladrón y la condenación de Jesús? [] ¿Y qué más indecoroso que el hecho de que todos dijeran en su caso: «¡Crucifícale, crucifícale!,» y «¡Quita a este de la tierra!»? [] ¿Y puede librarse de la acusación de indecoro esto: «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos»? [] Por lo cual, cuando Él fue vengado, Jerusalén fue cercada por ejércitos, y su desolación estuvo cerca, [] y su casa les fue quitada, y «la hija de Sión quedó como cabaña en una viña, y como choza en un huerto de pepinos, y como ciudad sitiada.» [] Y, por el mismo tiempo, pienso, el esposo escribió una carta de repudio a su esposa anterior, y la entregó en sus manos, y la despidió de su propia casa; y el pagaré de la que vino de los gentiles ha sido cancelado, acerca del cual dice el Apóstol: «anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y la quitó de en medio, clavándola en la cruz;» [] pues Pablo también y otros se hicieron prosélitos de Israel por causa de la que vino de los gentiles. La primera esposa, por consiguiente, no habiendo hallado gracia ante su esposo, porque en ella se había hallado cosa indecorosa, salió de la morada de su esposo, y, alejándose, se ha unido a otro hombre, al cual se ha sometido, ya sea que hayamos de llamar a ese esposo Barrabás el ladrón, que figuradamente es el diablo, o algún poder malo. Y en el caso de algunos de aquella sinagoga ha ocurrido lo primero que estaba escrito en la ley, pero en el caso de otros, lo segundo. Porque el último esposo [] aborreció a su mujer, y algún día, en la consumación de las cosas, le escribirá carta de repudio, cuando Dios así lo ordene, y se la entregará en las manos y la despedirá de su morada; pues así como el Dios bueno pondrá enemistad entre la serpiente y la mujer, y entre la simiente de aquella y la simiente de esta, [] así ordenará que el último esposo la aborrezca.
XIV, 20
Ahora bien, hay aquellos en cuyo caso ha sucedido que el hombre mora con ellos sin haberlos odiado, porque permanecen en la casa del último marido, que tomó para sí como esposa a su sinagoga. Pero también en el caso de ellos el segundo marido muere, [] quizá cuando sea destruido el último enemigo de Cristo, la muerte. Pero cualquiera de estas cosas que suceda, ya sea lo primero o lo segundo a la esposa, el primer marido, dice, que la despidió, no podrá volver atrás y tomarla para sí por esposa después que ella ha sido contaminada, pues «es abominación», dice, «delante de Jehová tu Dios». [] Pero estas cosas no parecerán ser consistentes con esto: «Si ha entrado la plenitud de los gentiles, todo Israel será salvo». [] Pero considera si puede decirse a esto que, si ella ha de ser salva por su primer marido que vuelve y la toma para sí por esposa, en todo caso será salva después de haber sido contaminada. Un sacerdote, pues, no tomará para sí por esposa a una que ha sido ramera y proscrita, [] pero ningún otro, siendo inferior al sacerdote, es impedido de hacerlo. Mas si buscas a la ramera en cuanto al llamamiento de los gentiles, puedes usar el pasaje: «Toma para ti una mujer de fornicaciones, e hijos de fornicaciones», [] etc.; porque, así como «los sacerdotes en el templo profanan el sábado, y son sin culpa», [] así el que, echando fuera a su primera mujer, toma a su debido tiempo «una mujer de fornicaciones», habiéndolo hecho según el mandamiento de Aquel que dice, cuando es necesario, y mientras fue necesario, «No tomará por esposa a una ramera», y, cuando fue razonable, dice: «Toma para ti una mujer de fornicaciones». Porque así como el Hijo del hombre es Señor del sábado, [] y no esclavo del sábado como lo es el pueblo, así el que da la ley tiene poder para darla «hasta el tiempo de la reforma», [] y para cambiar la ley, y, cuando el tiempo de la reforma está cerca, también para dar según el camino anterior y según el corazón anterior otro camino y otro corazón, «en tiempo aceptable, y en día de salvación». [] Y díganse estas cosas según nuestra interpretación de la ley en cuanto a la carta de repudio.
XIV, 21
Pero alguien podría preguntar si el alma humana puede llamarse figuradamente esposa, y el ángel que está puesto sobre ella y es su gobernante, con quien como soberano suyo ella conversa, puede llamarse esposo; de modo que, según esto, cada uno mora lícitamente junto con el alma que es digna de la guarda de un ángel divino; mas a veces, después de larga morada y trato, puede surgir en el alma una causa por la cual no halla gracia en los ojos del ángel que es su señor y gobernante, porque se halla en ella cosa indecorosa; y pueden escribirse contratos, como se escriben tales, y escribirse una carta de repudio y ponerse en manos de la que es desechada, para que ya no esté familiarizada con su anterior guardián, cuando sea echada de su morada. Y aun la que se ha apartado de su anterior morada puede unirse a otro esposo, y ser desdichada con él, no sólo, como en el caso del primero, no hallando gracia ante sus ojos porque se halló en ella cosa indecorosa, sino aun siendo odiada por él. Sí, y aun podría escribirse del segundo esposo una carta de repudio y ponerse en sus manos por el último esposo que la envía lejos de su morada. Mas si puede haber semejante cambio de la vida de los ángeles con los hombres, que llegue, en cuanto concierne a su relación con nosotros, a su muerte, uno podría plantear la cuestión, por temeraria que sea; pero sea como fuere, también la que una vez se ha apartado del primer esposo no volverá de nuevo a él, porque el primer esposo que la despidió no podrá volver atrás y tomarla por esposa para sí, después que ella fue contaminada. [] Y si alguno osara, usando una Escritura que está en circulación en la iglesia, pero no reconocida por todos como divina, suavizar un precepto de esta clase, el pasaje podría tomarse de El Pastor, acerca de algunos que, tan pronto como creen, son puestos en sujeción a Miguel, pero que, apartándose de él por amor al placer, son puestos en sujeción al ángel de la lujuria, luego al ángel del castigo, y después de esto al ángel del arrepentimiento; pues observa que la esposa o alma que una vez ha sido dada a la lujuria ya no vuelve al primer gobernante, sino que, además de sufrir castigo, es puesta en sujeción a uno inferior a Miguel; porque el ángel de la penitencia es inferior a él. Debemos, por tanto, tener cuidado de que no se halle en nosotros cosa indecorosa, y no hallemos gracia en los ojos de nuestro esposo Cristo, o del ángel que ha sido puesto sobre nosotros. Porque si no tenemos cuidado, quizá también nosotros recibiremos la carta de repudio, y o seremos privados de nuestro guardián, o iremos a otro hombre. Mas considero que no es de buen agüero recibir, por así decirlo, el matrimonio de un ángel con nuestra propia alma.
XIV, 22
Mas, al tratar del pasaje, diría que quizá ahora podremos entender y exponer con claridad una cuestión difícil de asir y de penetrar, respecto a la legislación del Apóstol sobre asuntos eclesiásticos; pues Pablo no desea que ninguno de los de la iglesia, que ha alcanzado alguna eminencia más allá de los muchos, como se alcanza en la administración de los sacramentos, haga prueba de un segundo matrimonio. Porque, poniendo la ley respecto a los obispos en la primera Epístola a Timoteo, dice: «Si alguno anhela el cargo de obispo, desea una buena obra. El obispo, pues, debe ser irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente,» [] etc.; y, respecto a los diáconos, «Los diáconos», dice, «sean maridos de una sola mujer, gobernando bien a sus hijos y sus propias casas,» [] etc. Sí, y también al designar viudas, dice: «No se inscriba a ninguna viuda menor de sesenta años, que haya sido esposa de un solo hombre;» [] y después de esto dice las cosas añadidas, como siendo de segunda o tercera importancia respecto a esto. Y, en la Epístola a Tito, «Por esta causa», dice, «te dejé en Creta, para que pusieras en orden lo que faltaba, y designaras ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé. Si alguno es irreprensible, marido de una sola mujer, teniendo hijos creyentes» [] — por supuesto — y así sucesivamente. Ahora bien, cuando veíamos que algunos que se han casado dos veces pueden ser mucho mejores que los que se han casado una vez, estábamos perplejos: ¿por qué Pablo no permite en absoluto que los que se han casado dos veces sean designados para dignidades eclesiásticas? Pues también me parecía que tal cosa era digna de examen, porque era posible que un hombre, que hubiera sido desafortunado en dos matrimonios, y hubiera perdido a su segunda esposa siendo aún joven, hubiera vivido el resto de sus años hasta la vejez en la mayor templanza y castidad. ¿Quién, pues, no se quedaría naturalmente perplejo de por qué, cuando se busca un gobernante de la iglesia, no designamos a tal hombre, aunque se haya casado dos veces, a causa de las expresiones acerca del matrimonio, sino que tomamos como gobernante al hombre que se ha casado una vez, aunque acaso haya vivido hasta la vejez con su esposa, y a veces no haya sido disciplinado en castidad y templanza? Mas, por lo que se dice en la ley acerca de la carta de repudio, reflexiono si, viendo que el obispo, el presbítero y el diácono son símbolo de cosas que verdaderamente existen conforme a estos nombres, quiso designar a los que eran figuradamente casados una vez, para que el que es capaz de prestar atención al asunto pueda hallar, por la ley espiritual, al que era indigno del gobierno eclesiástico, cuya alma no halló gracia en los ojos de su esposo porque se había hallado en ella cosa indecorosa, y se había hecho digna de la carta de repudio; porque tal alma, habiendo morado con un segundo esposo, y habiendo sido odiada por tal esposo, ya no puede, después de la segunda carta de repudio, volver a su primer esposo. Es probable, pues, también, que otros argumentos serán hallados por los más sabios que nosotros, y que tienen más capacidad de ver en tales cosas, ya sea en la ley acerca de la carta de repudio, o en los escritos apostólicos que prohíben a los que se han casado dos veces gobernar la iglesia o ser preferidos para presidirla. Pero, hasta que se halle algo mejor y capaz, por el excesivo brillo de la luz del conocimiento, de arrojar a la sombra lo que hemos dicho, hemos expresado las cosas que se nos han ocurrido respecto a los pasajes.
Comentario editorial · «Marido de una sola mujer»: el matrimonio de los ministros
Pablo pide que el obispo y los diáconos sean «maridos de una sola mujer» (; ), y lo mismo de los ancianos (); a la viuda, haber sido esposa de un solo hombre (). A Orígenes le inquieta que se excluya a quien se casó dos veces —quizá un viudo joven y casto hasta la vejez— y se acepte a quien se casó una sola vez pero no vivió con templanza. Su salida, que ofrece con cautela, es simbólica: obispo, presbítero y diácono son figura de realidades espirituales, y el alma repudiada que ha vivido con un segundo esposo no puede volver al primero (). Añade que otros más sabios hallarán otros argumentos.
XIV, 23
Mas, aun si hemos parecido tocar cosas demasiado profundas para nuestra capacidad en los pasajes, no obstante, a causa de la expresión literal, debe decirse además esto: que algunas de las leyes fueron escritas no como excelentes, sino a modo de acomodación a la debilidad de aquellos a quienes se dio la ley; pues algo de esta clase se indica en las palabras: «Moisés, por la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres;» [] mas lo que es preeminente y superior a la ley, que fue escrita por la dureza de su corazón, se indica en esto: «Pero desde el principio no fue así.» Mas también en el nuevo pacto hay algunos mandamientos legales del mismo orden que: «Moisés, por la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres;» por ejemplo, a causa de la dureza de nuestro corazón, se ha escrito por nuestra debilidad: «Pero a causa de las fornicaciones, tenga cada uno su propia mujer, y tenga cada una su propio marido;» [] y esto: «El marido pague a la mujer lo que le es debido, y asimismo la mujer al marido.» [] A estos dichos se añade en consecuencia: «Mas esto digo por permisión, no por mandamiento.» [] Mas también esto: «La mujer está ligada mientras su marido vive; pero si su marido muere, libre es para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor,» [] fue dicho por Pablo en vista de la dureza de nuestro corazón y de nuestra debilidad, a los que no quieren anhelar ardientemente los dones mayores [] y llegar a ser más bienaventurados. Pero ahora, en contra de lo que estaba escrito, algunos incluso de los gobernantes de la iglesia han permitido a una mujer casarse, aun viviendo su marido, obrando en contra de lo escrito, donde se dice: «La mujer está ligada mientras su marido vive,» y «Así que, si viviendo su marido, se uniere a otro hombre, será llamada adúltera,» [] no ciertamente sin razón del todo, pues es probable que esta concesión fuera permitida en comparación con cosas peores, contrariamente a lo que desde el principio fue ordenado por ley y escrito.
XIV, 24
Pero quizá algún judío de los que se atreven a oponerse a la enseñanza de nuestro Salvador dirá que, cuando Jesús dijo: «Cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, la hace adúltera,» [] Él también dio permiso para repudiar a una mujer, así como Moisés lo hizo, de quien Él dijo que había dado leyes por la dureza del corazón del pueblo; y sostendrá que el dicho: «Porque halló en ella cosa indecorosa,» [] debe ser considerado como lo mismo que fornicación, por causa de la cual con justa causa podía una mujer ser desechada de su marido. Mas a él ha de decirse que, si la que cometía adulterio había de ser apedreada según la ley, claramente no es en este sentido que ha de entenderse la cosa indecorosa. Porque no es necesario, para el adulterio ni para indecencia tan grande, escribir carta de repudio y darla en manos de la mujer; mas, en verdad, quizá Moisés llamó a todo pecado cosa indecorosa, al descubrirlo el marido en la mujer, como no hallando gracia ante los ojos de su marido, se escribe la carta de repudio, y la mujer es enviada fuera de la casa de su marido; «pero desde el principio no fue así.» [] Después de esto, nuestro Salvador dice, no permitiendo en absoluto la disolución de los matrimonios por ningún otro pecado que no sea la fornicación sola, cuando es detectada en la mujer: «Cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, la hace adúltera.» [] Pero podría ser materia de indagación si por esta causa Él impide a alguno repudiar a una mujer, a menos que sea sorprendida en fornicación, por cualquier otra razón, como por ejemplo, por envenenamiento, o por la destrucción, durante la ausencia del marido del hogar, de un infante nacido de ellos, o por cualquier forma de homicidio. Y además, si fuera hallada despojando y saqueando la casa de su marido, aunque no fuera culpable de fornicación, uno podría preguntar si con razón desecharía a tal mujer, viendo que el Salvador prohíbe a cualquiera repudiar a su propia mujer salvo por causa de fornicación. En ambos casos parece haber algo monstruoso, si realmente es monstruoso, no lo sé; porque soportar pecados de tal enormidad que parecen ser peores que el adulterio o la fornicación, parecerá irracional; pero, por otra parte, obrar en contra del designio de la enseñanza del Salvador, todos reconocerían que es impío. Me pregunto, pues, por qué no dijo: Nadie repudie a su propia mujer salvo por causa de fornicación, sino que dice: «Cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, la hace adúltera.» [] Pues, confesadamente, el que repudia a su mujer cuando no es fornicadora, la hace adúltera, en cuanto de él depende, porque si, «viviendo el marido, será llamada adúltera si se une a otro hombre;» [] y cuando, al repudiarla, le da la excusa de un segundo matrimonio, muy claramente de esta manera la hace adúltera. Mas en cuanto a si el ser sorprendida en el acto de envenenar o de cometer homicidio proporciona alguna defensa para su despido de ella, vosotros mismos podéis indagar; porque el marido puede también, de otras maneras que no sea repudiándola, causar que su propia mujer cometa adulterio; como, por ejemplo, permitiéndole hacer lo que quiere más allá de lo conveniente, y condescendiendo a amistad con los hombres que ella quiera, pues a menudo de la simplicidad de los maridos tales pasos falsos acontecen a las esposas; mas si hay o no fundamento de defensa para tales maridos en el caso de tales pasos falsos, indagaréis cuidadosamente, y daréis también vuestra opinión en cuanto a las difíciles cuestiones planteadas por nosotros sobre el pasaje. E incluso el que se abstiene de su mujer la hace a menudo adúltera cuando no satisface sus deseos, aunque lo haga bajo apariencia de mayor gravedad y dominio propio. Y quizá es más culpable este hombre que, en cuanto de él depende, la hace adúltera al no satisfacer sus deseos, que el que, por otra razón distinta de la fornicación, la ha despedido — por envenenamiento, homicidio o cualquiera de los pecados más graves. Mas como una mujer es adúltera, aun cuando parezca estar casada con un hombre, mientras el primer marido vive todavía, así también el hombre que parece casarse con la que ha sido repudiada, no tanto se casa con ella como comete adulterio con ella conforme a la declaración de nuestro Salvador.
XIV, 25
Ahora bien, después de estas cosas, habiendo considerado cuántos accidentes posibles pueden surgir en los matrimonios, que era necesario que el varón soportara y de este modo padeciera gravísimos trabajos, o, si no los soportaba, transgrediera la palabra de Cristo, los discípulos le dicen, refugiándose en el celibato como más fácil y más conveniente que el matrimonio, aunque éste parezca conveniente, «Si así es la condición del hombre con sumujer, no conviene casarse.» [] Y a esto el Salvador dijo, enseñándonos que la castidad absoluta es un don dado por Dios, y no meramente fruto del ejercicio, sino dado por Dios con oración, «No todos pueden recibir esta palabra, sino aquellos a quienes es dado.» [] Luego, viendo que algunos hacen un ataque sofístico a la palabra, «a quienes es dado», como si los que deseaban permanecer puros en el celibato, pero eran dominados por sus deseos, tuvieran excusa, debemos decir que, si creemos a las Escrituras, ¿por qué nos aferramos a la palabra, «sino aquellos a quienes es dado», y ya no atendemos a esto, «Pedid, y se os dará», [] y a lo que se añade a ella, «Porque todo el que pide recibe»? [] Pues si aquellos a quienes es dado pueden recibir esta palabra acerca de la pureza absoluta, pida el que quiere, obedeciendo y creyendo al que dijo, «Pedid, y se os dará», [] y no dudando de la palabra, «Todo el que pide recibe». [] Pero entonces indagarás quién es el que pide, porque ninguno de los que no reciben ha pedido, aunque parezca haberlo hecho, puesto que no es lícito decir que la palabra, «Todo el que pide recibe», es mentira. ¿Quién, pues, es el que pide, sino aquel que ha obedecido a Jesús cuando dice, «Si estáis orando, creed que recibís, y recibiréis»? [] Mas el que pide debe hacer todo cuanto está en su poder para orar «con el espíritu» y orar también «con el entendimiento», [] y orar «sin cesar», [] teniendo presente también la palabra, «Les refirió también una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez», [] etc. Y es útil saber qué es pedir, y qué es recibir, y qué se entiende por «Todo el que pide recibe», [] y por «Os digo que, aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad, se levantará y le dará cuanto necesite». [] Se añade, por tanto, «Y yo os digo: Pedid, y se os dará», y así sucesivamente. Además, sea la palabra, «No todos pueden recibir esta palabra, sino aquellos a quienes es dado», [] un estímulo para nosotros a pedir dignamente el recibir; y esto, «¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de pez le dará una serpiente», [] etc. Dios, por tanto, dará el buen don, la pureza perfecta en el celibato y la castidad, a los que le piden con toda el alma, y con fe, y en oraciones sin cesar.
Comentario editorial · Dónde se detiene el texto
La edición inglesa termina aquí, con . El versículo siguiente, («hay eunucos que se hicieron a sí mismos eunucos por el reino de los cielos»), se comenta ya en el libro siguiente, el XV, que Patrick no tradujo. Es el versículo que, según Eusebio (HE VI, 8), el joven Orígenes tomó en un sentido demasiado literal y extremo. Wikipedia anota que, en su comentario a Mateo, escrito hacia el final de su vida, Orígenes condena toda lectura literal de ese versículo, y que los historiadores discuten si lo que cuenta Eusebio es cierto.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Lo que se lee aquí es una parte del comentario: según la introducción de Patrick, los libros III a IX se perdieron, los libros XV a XVII existen en griego pero el volumen no los tradujo, y el comentario de Mateo 22:34 a 27:66 solo llega en la versión latina. Wikipedia añade que Erasmo publicó en 1527 la parte conservada solo en griego. Aun con esas lagunas, en estas páginas se ve el modo de leer de Orígenes: la parábola como figura de realidades del alma (la casa, el campo, la red, la perla); la discusión de una costumbre judía para explicar una frase difícil (Corbán, XI, 9); la lectura de la roca y las llaves como promesa para todo discípulo (XII, 10–14); el rechazo de la transmigración (XIII, 1) y el comentario sobre el matrimonio y los ministros de la Iglesia (XIV, 22).
Para seguir leyendo en Eusebeia: el Comentario al Evangelio de Juan, de la misma edición del ANF; Sobre los principios, donde Orígenes expone la teoría de los sentidos de la Escritura; el taller de exégesis patrística; la formación del canon, a propósito del fragmento del libro I, y María en los Padres, a propósito de los hermanos de Jesús (X, 17).
Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el único defecto grave conocido, el número perdido de la última sección, está en «La fuente y su traducción». No se ha cotejado con el griego ni con la versión latina. Las lecturas de Orígenes que las notas recuerdan son suyas, no una posición de «los Padres»; las notas distinguen lo que dice el texto, lo que dicen las fuentes citadas y la lectura del editor.