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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 1. Propósito del siguiente tratado
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 3. Qué hacer si uno o más disienten de los demás
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 6. El ejemplo del Papa Esteban al resistir la iteración del bautismo
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Exposición de las palabras de San Pablo, Gálatas 1:8
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 11. Ejemplos de la historia de la Iglesia que confirman las palabras de Moisés: Nestorio, Fotino, Apolinario
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13. La doctrina católica de la Trinidad y de la Encarnación explicada
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 15. La unión de la naturaleza divina con la humana se realizó en la misma concepción de la Virgen. La denominación «Madre de Dios.»
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minTertuliano, gran prueba para la Iglesia
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minLo que debemos aprender de estos ejemplos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 22. Exposición más detenida de 1 Tim. vi. 20
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 24. Continuación de la exposición de 1 Tim. vi. 20
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 25. Los herejes apelan a la Escritura para engañar más fácilmente
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 27. Qué regla ha de observarse en la interpretación de la Escritura
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Recapitulación
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 31. La constancia de los Padres efesinos en expulsar la novedad y mantener la antigüedad
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 33. Los hijos de la Iglesia católica deben adherirse a la fe de sus Padres y morir por ella

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    TEXTOS — LATÍN POST-NICENO

    Índice de la obra

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    Vicente de Lerins

    Conmonitorio

    Texto base: versión inglesa de C. A. Heurtley, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11 (Philip Schaff y Henry Wace, eds.), «Commonitory… for the Antiquity and Universality of the Catholic Faith», tal como la recoge New Advent · treinta y tres capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 113 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se reconoce la fe católica cuando los herejes citan la misma Escritura? Hacia 434, un monje que firma «Peregrino» y vive «en el retiro de un monasterio» (Cap. 1, § 2) pone por escrito, para ayudar a su memoria, la respuesta que dice haber recibido de «muchísimos varones eminentes en santidad y doctrina» (Cap. 2, § 4): fortalecer la fe con la autoridad de la Ley divina y con la tradición de la Iglesia católica, y mantener en ella «aquella fe que ha sido creída en todas partes, siempre y por todos» (Cap. 2, § 6). El resto aplica la regla a los donatistas y a los arrianos, al bautismo de los herejes, a Fotino, Apolinar y Nestorio, y a Orígenes y Tertuliano, que fueron grandes maestros y cayeron; admite un progreso de la doctrina que no la cambie (Cap. 23), y termina con el concilio de Éfeso (431) como ejemplo de la regla en uso.

    Ficha de la obra

    AutorVicente de Lerins, que firma «Peregrino». La identificación con un presbítero del monasterio de Lerins viene de Gennadio de Marsella; la edición inglesa dice que fue «universalmente aceptada». Esta edición no la examina
    TítuloConmonitorio (en latín, Commonitorium; el epub lo escribe también «Commonitorio»). Título completo en el epub: «Por la antigüedad y universalidad de la fe católica contra las profanas novedades de todas las herejías»
    FechaHacia 434. No la da el texto: se deduce de que sitúe Éfeso (431) «hace unos tres años» (Cap. 29, § 78). Heurtley y la Catholic Encyclopedia dan 434. Gennadio escribió su catálogo hacia 495 según Heurtley y Wikipedia, y entre 467 y 480 según la Catholic Encyclopedia
    GéneroRecordatorio personal de doctrina, con una regla de método y ejemplos históricos
    Estado del textoLa obra constaba de dos libros. El primero (Cap. 1–28) se conserva. Del segundo, dice la edición inglesa, «Nada queda de él sino la conclusión»: una recapitulación (Cap. 29–33)
    ExtensiónTreinta y tres capítulos y 87 secciones numeradas (la traducción castellana omite el § 48), unas 19 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 11, tal como la recoge New Advent
    El recorrido es el de la obra. El Cap. 1 expone el propósito; los Cap. 2 y 3 dan la regla y el orden en que se aplica; los Cap. 4 a 6 la ilustran con los donatistas, los arrianos, los confesores que resistieron a estos últimos y el papa Esteban frente a Cipriano. Los Cap. 7 a 9 leen . Los Cap. 10 a 18 preguntan por qué permite Dios que maestros eminentes enseñen novedades y responden con : para ponernos a prueba. Ahí caben Nestorio, Fotino y Apolinar, con una exposición de la fe trinitaria y cristológica (Cap. 12 a 16), y Orígenes y Tertuliano. Los Cap. 19 y 20 sacan la lección; los 21 a 24 comentan y contienen el elogio del progreso (Cap. 23); los 25 y 26 explican por qué los herejes también citan la Escritura; los 27 y 28 repiten la regla y anuncian el método. Con el Cap. 29 empieza la recapitulación del segundo libro, que cuenta cómo el concilio de Éfeso recogió el testimonio de los Padres. La disputa tiene antecedentes en el arrianismo y en el credo niceno-constantinopolitano; sobre la lectura de la Escritura con la Iglesia, véanse Leer la Biblia con la Iglesia antigua y Repensando nuestra hermenéutica.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del volumen 11 de la segunda serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), editada por Philip Schaff y Henry Wace. El volumen reúne a Sulpicio Severo, Vicente de Lerins y Juan Casiano. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    La versión inglesa es la del rev. C. A. Heurtley, D.D., profesor «Lady Margaret» de Divinidad en la Universidad de Oxford y canónigo de Christ Church, según la portada del texto en CCEL. New Advent da el mismo traductor, y añade que el volumen se publicó en Buffalo en 1894 (Christian Literature Publishing Co.) y que Kevin Knight «revisó y editó» el texto para su sitio. CCEL, en cambio, registra a T&T Clark, de Edimburgo, y la portada del volumen nombra además a Eerdmans. Esta edición sigue el texto de New Advent, que es el del epub, y recurre a CCEL para la introducción de Heurtley, los tres apéndices y las notas, de donde sale buena parte de las notas de este libro. El texto de New Advent moderniza el inglés de Heurtley («your» donde él escribe «thy») y pone entre corchetes las referencias bíblicas que el NPNF da en notas. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en treinta y tres capítulos, sus títulos y la numeración de secciones entre corchetes («[1.]»…«[87.]») son de la edición inglesa; no deben atribuirse a Vicente. El epub omite la introducción de Heurtley, sus notas y los tres apéndices; algunas pasan, resumidas y con su fuente, a las notas de este libro. La nota entre corchetes que cierra el Cap. 28 («El Segundo Libro del Commonitorio se ha perdido…») es también de la edición. Los corchetes con referencias bíblicas se conservan como llegan, pero tres de ellas llevan un número equivocado, y en los Cap. 17 a 20 el epub castellano tiene defectos de traducción (falta un párrafo, otro está duplicado y tres capítulos perdieron su número); todo ello se avisa en su lugar y no se corrige.

    Capítulo 1. Propósito del siguiente tratado

    Cap. 1, § 1

    [1.] [Yo, Peregrino], que soy el menos de todos los siervos de Dios, recordando la admonición de la Escritura, «Pregunta a tus padres y te lo dirán; a tus ancianos, y te lo declararán,» [] y de nuevo, «Inclina tu oído a las palabras de los sabios,» [] y una vez más, «Hijo mío, no olvides estas instrucciones, y guarde tu corazón mis palabras:» [] recordando estas admoniciones, digo, yo, Peregrino, estoy persuadido de que, ayudándome el Señor, no será de poco provecho —y ciertamente, en lo que toca a mis débiles fuerzas, es sumamente necesario— que ponga por escrito las cosas que he recibido con fidelidad de los santos Padres, pues así tendré a mano con qué, mediante la lectura constante, suplir la flaqueza de mi memoria.

    Cap. 1, § 2

    [2.] A esto me mueve no sólo la consideración del fruto que se ha de esperar de mi trabajo, sino también la consideración del tiempo y la oportunidad del lugar:
    Por la consideración del tiempo: porque, viendo que el tiempo se apodera de todas las cosas humanas, también nosotros, por nuestra parte, debemos arrebatarle algo que nos aproveche para la vida eterna, especialmente porque una cierta expectación terrible de la proximidad del juicio divino exige con importunidad una seriedad cada vez mayor en la religión, mientras que la sutil astucia de los nuevos herejes reclama no poca diligencia y atención.
    Me mueve también la oportunidad del lugar, pues, evitando el concurso y las multitudes de las ciudades, habito en el retiro de un monasterio, situado en una granja apartada, donde puedo seguir sin distracción la admonición del Salmista, «Aquietaos, y conoced que yo soy Dios.»
    Es más, cuadra bien con mi propósito al adoptar esta vida; pues, así como en otro tiempo estuve envuelto en los múltiples y deplorables temporales de la milicia secular, ahora, al fin, bajo los auspicios de Cristo, he echado el ancla en el puerto de la religión, puerto para todos y siempre segurísimo, a fin de que, libre allí de los vientos de la vanidad y de la soberbia, y aplacando a Dios con el sacrificio de la humildad cristiana, logre escapar no sólo de los naufragios de la vida presente, sino también de las llamas del mundo futuro.
    Comentario editorial · «Peregrino» y la isla de Lerins
    Gennadio de Marsella, que escribe unos sesenta años después, dice que Vicente era presbítero del monasterio de la isla de Lerins y que, «callando su nombre», tituló la obra «Peregrino contra los herejes». La edición inglesa no sabe por qué usó un seudónimo y recoge una conjetura de Vossius y del cardenal Noris: que no quería declararse autor de un escrito que atacaba a Agustín. Es una hipótesis, no un dato. Lerins, hoy Saint-Honorat, es una isla de la Riviera francesa donde Honorato fundó una comunidad hacia 410, según Wikipedia. Noris dedujo de la palabra «granja» del § 2 que Vicente aún no estaba allí; Heurtley lo discute y recuerda que acabó en Lerins y murió en ella.

    Cap. 1, § 3

    [3.] Pero ahora, en el nombre del Señor, emprenderé el propósito que tengo ante mí; es decir, registrar con la fidelidad de un narrador más que con la presunción de un autor, las cosas que nuestros antepasados nos han transmitido y confiado a nuestra custodia, observando, no obstante, esta regla en lo que escribo: que de ningún modo tocaré todo lo que pudiera decirse, sino sólo lo necesario; ni tampoco en estilo adornado y pulido, sino en lenguaje sencillo y corriente, de modo que la mayor parte parezca más insinuada que expuesta en detalle. Cultiven la elegancia y la exactitud los que confían en su capacidad o se sienten movidos por el sentido del deber. A mí me bastará con haberme provisto de un [Commonitorio] (o Recordatorio) para mí mismo, tal como pueda ayudar a mi memoria, o más bien, precaverme contra mi olvido; este mismo Commonitorio, sin embargo, me esforzaré, ayudándome el Señor, por enmendarlo y completarlo poco a poco, día a día, trayendo a la memoria lo que he aprendido. Menciono esto desde el principio, para que si por casualidad lo que escribo se extraviara de mi posesión y llegara a manos de santos varones, se abstengan de culpar nada en ello apresuradamente, cuando vean que hay una promesa de que será enmendado y completado.

    Capítulo 2. Regla general para distinguir la verdad de la fe católica de la falsedad de la pravedad herética

    Cap. 2, § 4

    [4.] He preguntado, pues, a menudo con empeño y atención a muchísimos varones eminentes en santidad y doctrina, cómo y por qué regla segura y, por así decir, universal puedo distinguir la verdad de la fe católica de la falsedad de la pravedad herética; y siempre, y en casi todos los casos, he recibido una respuesta de este tenor: Que, sea yo o sea cualquier otro quien desee detectar los fraudes y evitar las asechanzas de los herejes a medida que surgen, y permanecer sano y completo en la fe católica, debemos, ayudándonos el Señor, fortificar nuestra propia creencia de dos maneras: primero, por la autoridad de la Ley divina, y luego, por la Tradición de la Iglesia católica.

    Cap. 2, § 5

    [5.] Pero aquí quizá alguien preguntará: Puesto que el canon de la Escritura está completo y es suficiente por sí mismo para todo, y más que suficiente, ¿qué necesidad hay de unirle la autoridad de la interpretación de la Iglesia? Por esta razón: porque, a causa de la profundidad de la Sagrada Escritura, no todos la aceptan en uno y el mismo sentido, sino que uno entiende sus palabras de una manera, otro de otra; de suerte que parece capaz de tantas interpretaciones como intérpretes hay. Pues Novaciano la expone de una manera, Sabelio de otra, Donato de otra, Arrio, Eunomio, Macedonio, de otra, Fotino, Apolinario, Prisciliano, de otra, Joviniano, Pelagio, Celestio, de otra, y, por último, Nestorio de otra. Por tanto, es muy necesario, a causa de tan grandes intricaciones de tan variado error, que la regla para la recta comprensión de los profetas y apóstoles se establezca conforme a la norma de la interpretación eclesiástica y católica.

    Cap. 2, § 6

    [6.] Además, en la misma Iglesia católica hay que poner todo el cuidado posible en mantener aquella fe que ha sido creída en todas partes, siempre y por todos. Pues aquello es verdadera y en el sentido más estricto «católico» lo que, como el nombre mismo y la razón de la cosa declaran, comprende todo universalmente. Observaremos esta regla si seguimos la universalidad, la antigüedad, el consentimiento. Seguiremos la universalidad si confesamos que es verdadera aquella única fe que confesa toda la Iglesia en todo el mundo; la antigüedad, si en modo alguno nos apartamos de aquellas interpretaciones que consta que notoriamente mantuvieron nuestros santos antepasados y padres; el consentimiento, de igual modo, si dentro de la antigüedad misma nos adherimos a las definiciones y determinaciones concordes de todos, o al menos de casi todos los sacerdotes y doctores.
    Comentario editorial · El canon de Vicente: tres criterios
    Heurtley recuerda la fórmula latina de la regla: quod ubique, quod semper, quod ab omnibus. En el texto no sustituye a la Escritura: se trata de fortalecer la fe con la autoridad de la Ley divina y luego con la tradición de la Iglesia (§ 4), porque cada herético interpreta la Escritura a su modo (§ 5). La Catholic Encyclopedia (1912) dice que el canon «ha sido interpretado de varias maneras», que Newman lo tenía por más apto para decidir lo que no es doctrina católica que lo que sí lo es, y que se discutió mucho en torno al Vaticano I. En este sitio, Leer la Biblia con la Iglesia antigua explica la «regla de fe» de los Padres y advierte que quien quiera leer como ellos «tiene que decidir qué regla acepta»; Leer la Biblia en la Edad Media describe el coste de una tradición convertida en techo.

    Capítulo 3. Qué hacer si uno o más disienten de los demás

    Cap. 3, § 7

    [7.] ¿Qué hará entonces un cristiano católico, si una pequeña porción de la Iglesia se ha separado de la comunión de la fe universal? ¿Qué, ciertamente, sino preferir la salud de todo el cuerpo a la podredumbre de un miembro pestilente y corrompido? ¿Qué, si algún contagio novedoso pretende infectar no sólo una porción insignificante de la Iglesia, sino toda ella? Entonces será su cuidado adherirse a la antigüedad, la cual hoy día no puede ser seducida por fraude alguno de novedad.

    Cap. 3, § 8

    [8.] Pero ¿qué, si en la antigüedad misma se hallara error por parte de dos o tres hombres, o en todo caso de una ciudad o incluso de una provincia? Entonces será su cuidado, por todos los medios, preferir los decretos, si los hay, de un antiguo Concilio General a la temeridad y a la ignorancia de unos pocos. Pero ¿qué, si surgiera algún error sobre el cual no se hallara que verse decreto alguno? Entonces deberá cotejar, consultar e interrogar las opiniones de los antiguos, es decir, de aquellos que, aunque vivieron en tiempos y lugares diversos, permaneciendo sin embargo en la comunión y en la fe de la única Iglesia católica, se destacan como autoridades reconocidas y aprobadas; y todo aquello que comprobare que fue sostenido, escrito, enseñado, no por uno o dos de ellos solamente, sino por todos, igualmente, con un solo consentimiento, abiertamente, frecuentemente, insistentemente, eso ha de entender que también él mismo debe creerlo sin duda ni vacilación alguna.

    Capítulo 4. El mal resultante de la introducción de doctrina novedosa, mostrado en los ejemplos de los donatistas y de los arrianos

    Cap. 4, § 9

    [9.] Pero para hacer más inteligible lo que decimos, debemos ilustrarlo con ejemplos particulares, y extendernos en ello algo más ampliamente, no sea que, por buscar una brevedad excesiva, se pasen por alto y se pierdan de vista asuntos importantes.
    En tiempo de Donato, de quien sus seguidores tomaron el nombre de donatistas, cuando gran número de gentes en África se precipitaban de cabeza en su propio error insensato, y olvidados de su nombre, de su religión, de su profesión, preferían la sacrílega temeridad de un solo hombre a la Iglesia de Cristo, entonces únicamente estuvieron a salvo en toda África, dentro de los sagrados recintos de la fe católica, aquellos que, detestando el cisma profano, continuaron en comunión con la Iglesia universal, dejando a la posteridad un ejemplo ilustre de cómo, y cuán bien, en lo sucesivo debe preferirse la salud de todo el cuerpo a la locura de uno, o a lo sumo de unos pocos.

    Cap. 4, § 10

    [10.] Así también, cuando el veneno arriano había infectado no una porción insignificante de la Iglesia, sino casi todo el mundo, de suerte que una especie de ceguera había caído sobre casi todos los obispos de lengua latina, engañados en parte por la fuerza, en parte por el fraude, y les impedía ver qué era lo más conveniente hacer en medio de tanta confusión, entonces todo aquel que era verdadero amante y adorador de Cristo, prefiriendo la antigua creencia a la nueva descreencia, escapaba de la infección pestilente.

    Cap. 4, § 11

    [11.] Por el peligro de aquel tiempo se mostró abundantemente cuán grande calamidad causa la introducción de una doctrina novedosa. Pues entonces, en verdad, no sólo intereses de poca monta, sino otros de la mayor gravedad, fueron subvertidos. Porque no sólo afinidades, parentescos, amistades, familias, sino además ciudades, pueblos, provincias, naciones, y al fin todo el Imperio Romano, fueron sacudidos hasta sus cimientos y arruinados. Pues cuando esta misma profana novedad arriana, como una Belona o una Furia, cautivó primero al Emperador, y sometió luego a todas las personas principales del palacio a nuevas leyes, desde entonces no cesó de envolverlo todo en confusión, perturbando todas las cosas, públicas y privadas, sagradas y profanas, sin atender a lo que era bueno y verdadero, sino, como si ocupara una posición de autoridad, hiriendo a quien se le antojaba. Entonces las esposas fueron violadas, las viudas raptadas, las vírgenes profanadas, los monasterios demolidos, los clérigos expulsados, los clérigos de grado inferior azotados, los sacerdotes desterrados; las cárceles, las prisiones, las minas, colmadas de santos, de los cuales la mayor parte, a quienes se prohibía entrar en las ciudades, arrojados de sus hogares para vagar por desiertos y cuevas, entre rocas y guaridas de fieras, expuestos a la desnudez, al hambre, a la sed, quedaron agotados y consumidos. ¿Y de todo esto hubo otra causa sino que, mientras se introducen supersticiones humanas para suplantar la doctrina celestial, mientras la bien establecida antigüedad es subvertida por la novedad malvada, mientras las instituciones de épocas anteriores son menospreciadas, mientras los decretos de nuestros padres son rescindidos, mientras las determinaciones de nuestros antepasados son hechas pedazos, la concupiscencia de la curiosidad profana y novedosa se niega a restringirse dentro de los límites más castos de la antigüedad santa e incorrupta?
    Comentario editorial · Donatistas y arrianos: los dos ejemplos
    Los donatistas fueron un cisma africano nacido de la persecución de Diocleciano. Según Wikipedia, en 311 los rigoristas rechazaron a Ceciliano, obispo de Cartago consagrado por un presunto traditor, y eligieron a Majorino y luego a Donato; negaban la validez de los sacramentos de los traditores (véase Agustín). Para los arrianos, Heurtley recuerda Rímini (359): más de cuatrocientos obispos que habían firmado Nicea aceptaron, «en parte por fraude, en parte por amenazas», una fórmula arriana; Jerónimo escribió que «el mundo gimió y se asombró de ser arriano». Sobre Rímini, véase la Carta a los obispos de África. Heurtley supone además que, al describir las persecuciones, Vicente pensaba en los vándalos arrianos de África, entonces activos: es inferencia de la edición, no está en el texto.

    Capítulo 5. El ejemplo que nos dieron los mártires, a quienes ninguna fuerza pudo impedir defender la fe de sus predecesores

    Cap. 5, § 12

    [12.] Pero quizá inventamos estas acusaciones por odio a la novedad y celo por la antigüedad. Quienquiera que esté dispuesto a escuchar semejante insinuación, crea al menos al bienaventurado Ambrosio, quien, deplorando la acerbidad de aquel tiempo, dice en el libro segundo de su obra dirigida al Emperador Graciano: «¡Basta ya, oh Dios omnipotente! ¿Hemos expiado con nuestra propia ruina, con nuestra propia sangre, la matanza de los confesores, el destierro de los sacerdotes y la iniquidad de tan extrema impiedad? Está claro, fuera de toda duda, que quienes han violado la fe no pueden permanecer seguros.»
    Y de nuevo, en el libro tercero de la misma obra, «Observemos los preceptos de nuestros predecesores, y no traspasemos con ruda temeridad los mojones que de ellos heredamos. Aquel Libro sellado de la Profecía, ni los Ancianos, ni las Potestades, ni los Ángeles, ni los Arcángeles se atrevieron a abrirlo. Sólo a Cristo quedó reservada la prerrogativa de explicarlo. [] ¿Quién de nosotros osará desellar el Libro Sacerdotal sellado por los Confesores, y consagrado ya por el martirio de muchos, el cual quienes habían sido obligados por la fuerza a desellar volvieron a sellar después, condenando el fraude que se les había hecho, mientras que quienes no se habían atrevido a tocarlo dieron prueba de ser Confesores y mártires? ¿Cómo podemos negar la fe de aquellos cuya victoria proclamamos?»

    Cap. 5, § 13

    [13.] Lo proclamamos en verdad, oh venerable Ambrosio, lo proclamamos, y lo aplaudimos y admiramos. Pues ¿quién hay tan demente que, aunque no sea capaz de alcanzarlos, no desee al menos con ardor seguir a aquellos a quienes ninguna fuerza pudo disuadir de defender la fe de sus antepasados, ni amenazas, ni halagos, ni la vida, ni la muerte, ni el palacio, ni la Guardia Imperial, ni el Emperador, ni el imperio mismo, ni los hombres, ni los demonios?; a los cuales, digo, como recompensa por su constancia en adherirse a la antigüedad religiosa, el Señor contó por dignos de tan gran premio, que por medio de ellos restauró iglesias que habían sido destruidas, dio nueva vida a pueblos espiritualmente muertos, repuso sobre las cabezas de los sacerdotes las coronas que les habían sido arrancadas, lavó aquellas abominables, no diré letras, sino borrones (non literas, sed lituras) de la novedosa impiedad, con una fuente de lágrimas creyentes que Dios abrió en los corazones de los obispos?; por último, cuando casi todo el mundo estaba sumergido por una tempestad despiadada de herejía inesperada, lo llamó de la nueva descreencia a la fe antigua, de la locura de la novedad a la sanidad de la antigüedad, de la ceguera de la novedad a la luz prístina?

    Cap. 5, § 14

    [14.] Pero en esta divina virtud, como podemos llamarla, mostrada por estos Confesores, hemos de notar especialmente que la defensa que entonces emprendieron al apelar a la Iglesia antigua era la defensa, no de una parte, sino de todo el cuerpo. Pues no era justo que varones de tan gran eminencia sostuvieran con tan enorme esfuerzo las nociones vagas y contradictorias de uno o dos hombres, o se esforzaran en la defensa de alguna combinación mal aconsejada de alguna provincia insignificante; sino que, adhiriéndose a los decretos y definiciones del sacerdocio universal de la Santa Iglesia, herederos de la verdad apostólica y católica, prefirieron entregarse a sí mismos antes que traicionar la fe de la universalidad y de la antigüedad. Por cuya causa fueron considerados dignos de tan gran gloria, que no sólo fueron tenidos por Confesores, sino que con razón y merecidamente han de ser tenidos por los primeros entre los Confesores.

    Capítulo 6. El ejemplo del Papa Esteban al resistir la iteración del bautismo

    Cap. 6, § 15

    [15.] Grande es, pues, el ejemplo de estos mismos bienaventurados varones, ejemplo claramente divino, y digno de ser recordado y meditado continuamente por todo verdadero católico, quienes, como el candelabro de siete brazos, resplandeciente con la luz séptuple del Espíritu Santo, mostraron a la posteridad cómo, desde entonces, la osadía de la profana novedad, en todos los diversos desvaríos del error, podía ser aplastada por la autoridad de la santa antigüedad.
    ¿Y hay algo nuevo en esto? Pues siempre ha sucedido en la Iglesia que, cuanto más está un hombre bajo el influjo de la religión, tanto más pronto se opone a las innovaciones. Ejemplos hay sin número; pero, para ser breves, tomaremos uno, y ése, con preferencia a otros, de la Sede Apostólica, para que quede más claro que el día para todos con cuánta energía, con cuánto celo, con cuánta diligencia han defendido constantemente los bienaventurados sucesores de los bienaventurados apóstoles la integridad de la religión que una vez recibieron.

    Cap. 6, § 16

    [16.] Hubo una vez, pues, Agripino, obispo de Cartago, de venerable memoria, que sostuvo la doctrina —y fue el primero en sostenerla— de que el Bautismo debía repetirse, en contra del canon divino, en contra de la regla de la Iglesia universal, en contra de las costumbres e instituciones de nuestros antepasados. Esta innovación trajo tras de sí tal cantidad de males, que no sólo dio ejemplo de sacrilegio a herejes de toda laya, sino que resultó ocasión de error incluso para ciertos católicos.
    Cuando entonces todos protestaban contra la novedad, y el sacerdocio en todas partes, cada uno según le impulsaba su celo, se oponía a ella, el Papa Esteban, de bienaventurada memoria, Prelado de la Sede Apostólica, en unión ciertamente con sus colegas, pero destacándose él mismo, se le opuso, juzgando justo, no lo dudo, que así como superaba a todos los demás en la autoridad de su cargo, así debía superarlos también en la devoción de su fe. En fin, en una epístola enviada por entonces a África, fijó esta regla: «No se introduzca novedad alguna; nada, sino lo que ha sido entregado.» Porque bien sabía aquel varón santo y prudente que la verdadera piedad no admite otra regla que ésta: que lo que fielmente hemos recibido de nuestros padres, eso mismo lo confiemos fielmente a nuestros hijos; y que no es nuestro oficio llevar la religión adonde nosotros quisiéremos, sino seguir a la religión adonde ella nos llevare; y que es propio de la modestia y de la gravedad cristianas no transmitir nuestras propias creencias u observancias a los que vienen después de nosotros, sino preservar y guardar lo que hemos recibido de quienes nos precedieron. ¿Cuál fue, pues, el desenlace de todo el asunto? ¿Cuál sino el acostumbrado y ordinario? La antigüedad fue retenida; la novedad, rechazada.

    Cap. 6, § 17

    [17.] Pero quizá la causa de la innovación carecía en aquel tiempo de patrocinio. Al contrario, tenía a su favor un talento tan poderoso, una elocuencia tan copiosa, tal número de partidarios, tanta semejanza con la verdad, tan gran apoyo en la Escritura (aunque interpretada en un sentido novedoso y perverso), que me parece que aquella conjura entera no habría podido ser derrotada de ningún modo, si no le hubiera faltado la sola causa de aquel extraordinario revuelo, a saber, la novedad misma de lo que tan empeñosamente se emprendía, se defendía y se ensalzaba. Al final, ¿qué resultado, bajo Dios, tuvo aquel mismo Concilio o decreto africano? Absolutamente ninguno. Todo el asunto, como un sueño, una fábula, cosa de ninguna importancia posible, fue anulado, cancelado y pisoteado.

    Cap. 6, § 18

    [18.] ¡Y oh maravilloso trastorno! Los autores de esta misma doctrina son juzgados católicos, los seguidores herejes; los maestros son absueltos, los discípulos condenados; los escritores de los libros serán hijos del Reino, los defensores de ellos tendrán su parte en el infierno. Pues ¿quién hay tan demente que dude de que aquella luz bienaventurada entre todos los santos obispos y mártires, Cipriano, junto con el resto de sus colegas, reinará con Cristo?; o, por otra parte, ¿quién tan sacrílego que niegue que los donatistas y aquellas otras pestes, que se jactan de la autoridad de aquel concilio para su iteración del bautismo, serán entregados al fuego eterno con el demonio?
    Comentario editorial · Esteban, Cipriano y «que no se innove»
    La disputa era si quien volvía de una herejía o un cisma debía ser bautizado de nuevo. Según Wikipedia, Esteban de Roma (254–257) decía que no; Cipriano y los obispos africanos, que sí. Vicente nombra antes a Agripino de Cartago, cuyo sínodo Wikipedia sitúa hacia 230–235 (Heurtley dice «a principios del siglo»). La carta de Esteban no se conserva: Heurtley señala que Cipriano cita las palabras que Vicente le atribuye en su carta a Pompeyo, donde, según El cristianismo del siglo III, pregunta de dónde procede esa tradición. El concilio de Arlés (314) prohibió rebautizar a los herejes, según Wikipedia. Vicente llama a Cipriano «luz bienaventurada» entre los santos obispos y mártires (§ 18), aunque en esto lo juzga equivocado.

    Capítulo 7. Cómo los herejes citan astutamente pasajes oscuros de escritores antiguos en apoyo de sus propias novedades

    Cap. 7, § 19

    [19.] Esta condenación, en verdad, parece haber sido promulgara providencialmente como con especial intención contra el fraude de quienes, ingeniándose para disfrazar una herejía bajo un nombre distinto del suyo propio, echan mano con frecuencia de las obras de algún escritor antiguo, no expresadas con suficiente claridad, las cuales, por la misma oscuridad de su doctrina, tienen apariencia de concordar con ella, de modo que logran el crédito de no ser ni los primeros ni los únicos que la han sostenido. Esta maldad suya, a mi juicio, es doblemente odiosa: primero, porque no temen invitar a otros a beber el veneno de la herejía; y segundo, porque con aliento profano, como si avivaran unas brasas humeantes hasta convertirlas en llama, soplan sobre la memoria de cada varón santo y difunden mala fama de lo que debería quedar sepultado en silencio, trayéndolo de nuevo a la atención, siguiendo así las huellas de su padre Cam, quien no sólo se abstuvo de cubrir la desnudez del venerable Noé, sino que la contó a los demás para que se rieran de ella, ofendiendo con ello tan gravemente el deber de piedad filial que aun sus descendientes quedaron envueltos con él en la maldición que atrajo, muy a diferencia de aquellos bienaventurados hermanos suyos, que ni quisieron contaminar sus propios ojos mirando la desnudez de su venerado padre, ni permitieron que otros lo hicieran, sino que fueron hacia atrás, como dice la Escritura, y lo cubrieron; es decir, ni aprobaron ni delataron la falta del varón santo, por cuya causa fueron recompensados con una bendición para ellos y su posteridad. []

    Cap. 7, § 20

    [20.] Pero volvamos al asunto entre manos: Nos conviene, pues, tener un gran temor del crimen de pervertir la fe y adulterar la religión, crimen del cual nos disuaden no sólo la disciplina de la Iglesia, sino también la censura de la autoridad. Pues todos saben con cuánta gravedad, con cuánta severidad, con cuánta vehemencia el bienaventurado apóstol Pablo invectiva contra ciertos que, con maravillosa ligereza, «se habían apartado tan pronto del que los llamó a la gracia de Cristo para otro evangelio, que no es otro;» [] «que se amontonaron maestros conforme a sus propios deseos, apartando de la verdad el oído y volviéndose a las fábulas;» [] «teniendo ya condenación por haber quebrantado su primera fe;» [] que habían sido engañados por aquellos de quienes el mismo apóstol escribe a los cristianos de Roma, «Ahora os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y escándalos, contra la doctrina que habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque los tales no sirven a Cristo nuestro Señor, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y lisonjeras engañan los corazones de los sencillos,» [] «que se introducen en las casas y llevan cautivas a mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas pasiones, que siempre están aprendiendo y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad;» [] «habladores vanos y engañadores, que trastornan casas enteras, enseñando lo que no conviene, por ganancia deshonesta;» [] «hombres de mente corrompida, réprobos en cuanto a la fe;» [] «hinchados, que nada saben, sino que deliran acerca de cuestiones y contiendas de palabras, privados de la verdad, que piensan que la piedad es ganancia,» [] «y además aprenden a estar ociosas, andando de casa en casa; y no sólo ociosas, sino también charlatanas y entrometidas, hablando lo que no deben,» [] «que, habiendo desechado la buena conciencia, naufragaron en la fe;» [] «cuyas profanas y vanas palabrerías crecen para mayor impiedad, y su palabra cunde como gangrena.» [] Bien está también escrito de ellos: «Mas no pasarán más adelante, porque su insensatez será manifiesta a todos, así como lo fue también la de aquéllos.» []

    Capítulo 8. Exposición de las palabras de San Pablo, Gálatas 1:8

    Cap. 8, § 21

    [21.] Así, pues, cuando ciertos de esta calaña, vagando por provincias y ciudades y llevando consigo sus errores venales, llegaron a Galacia, y cuando los gálatas, al oírlos, sintiendo náuseas de la verdad y vomitando el maná de la doctrina apostólica y católica, se deleitaban con la basura de la novedad herética, el apóstol, poniendo en ejercicio la autoridad de su cargo, pronunció su sentencia con la mayor severidad, «Aunque nosotros,» dice, «o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema.» []

    Cap. 8, § 22

    [22.] ¿Por qué dice «Aunque nosotros»? ¿Por qué no más bien «aunque yo»? Quiere decir: «aunque Pedro, aunque Andrés, aunque Juan, en una palabra, aunque toda la compañía de los apóstoles, os anunciare algo distinto de lo que os hemos anunciado, sea anatema.» ¡Severidad tremenda! No se perdona ni a sí mismo ni a sus compañeros apóstoles, con tal de conservar inalterada la fe que fue entregada al principio. Y aún hay más. Prosigue: «Aun cuando un ángel del cielo os anunciare otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema.» No bastaba, para la conservación de la fe una vez entregada, haber hecho mención del hombre; era preciso comprender también a los ángeles. «Aunque nosotros,» dice, «o un ángel del cielo.» No es que los santos ángeles del cielo sean ahora capaces de pecar. Lo que quiere decir es: Aun cuando sucediera lo que no puede suceder—si alguien, sea quien fuere, intentara alterar la fe entregada una vez para siempre, sea anatema.

    Cap. 8, § 23

    [23.] Pero quizá habló así en un primer momento con ligereza, dando rienda suelta a la impetuosidad humana más que expresándose bajo guía divina. Nada de eso. Prosigue lo que había dicho y lo urge con intensa y reiterada insistencia, «Como antes dijimos, así digo ahora otra vez: Si alguno os anunciare otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema.» No dice: «Si alguno os entregare otro mensaje distinto del que habéis recibido, sea bendito, alabado, bien recibido,» —no; sino «sea anatema,» [anatema], es decir, separado, segregado, excluido, no sea que el contagio funesto de una sola oveja contamine al rebaño inocente de Cristo con su ponzoñosa mezcla.

    Capítulo 9. Su advertencia a los gálatas, advertencia para todos

    Cap. 9, § 24

    [24.] Pero, quizá, esta advertencia iba destinada únicamente a los gálatas. Sea así; entonces las demás exhortaciones que siguen en la misma Epístola iban destinadas únicamente a los gálatas, como por ejemplo, «Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu; no seamos codiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros,» etc.; [] cuya alternativa, si es absurda, y las prescripciones se dirigían por igual a todos, entonces síguese que, así como estas prescripciones que tocan a la moral, así también las advertencias que tocan a la fe se dirigen por igual a todos; y así como es ilícito para todos provocarse unos a otros o envidiarse unos a otros, así también es ilícito para todos recibir otro evangelio distinto del que la Iglesia católica predica en todas partes.

    Cap. 9, § 25

    [25.] O quizá el anatema pronunciado contra cualquiera que predicara otro evangelio distinto del que se había predicado iba destinado a aquellos tiempos, no al presente. Entonces, también la exhortación, «Andad en el Espíritu y no daréis cumplimiento a la concupiscencia de la carne,» [] iba destinada a aquellos tiempos, no al presente. Mas si es a la vez impío y pernicioso creer esto, entonces se sigue necesariamente que, así como estos preceptos han de ser observados por todas las edades, así también aquellas advertencias que prohíben la alteración de la fe son advertencias destinadas a todas las edades. Predicar, pues, a los cristianos católicos doctrina alguna distinta de la que han recibido nunca fue lícito, nunca es lícito, nunca será lícito; y anatematizar a quienes predican algo distinto de lo que una vez fue recibido, siempre fue un deber, siempre es un deber, siempre será un deber.

    Cap. 9, § 26

    [26.] Siendo así, ¿hay alguien tan audaz que predique otra doctrina distinta de la que la Iglesia predica, o tan inconstante que reciba otra doctrina distinta de la que ha recibido de la Iglesia? Aquel vaso de elección, aquel maestro de los gentiles, aquella trompeta de los apóstoles, aquel predicador cuyo encargo se extendía a toda la tierra, aquel hombre que fue arrebatado al cielo, [] clama y vuelve a clamar en sus Epístolas a todos, siempre, en todos los lugares, «Si alguno predica una doctrina nueva, sea anatema.» En cambio, una efímera y moribunda caterva de ranas, pulgas y moscas, cual son los pelagianos, clama por su parte en contrapunto, y lo clama a los católicos: Haced caso a nuestra palabra, seguid nuestra dirección, aceptad nuestra exposición, condenad lo que solíais mantener, mantened lo que solíais condenar, arrojad fuera la fe antigua, las instituciones de vuestros padres, los depósitos que os confiaron vuestros antepasados, y recibid en cambio... ¿qué? Tiemblo de pronunciarlo: pues está tan lleno de soberbia y de presunción, que me parece que no sólo el afirmarlo, sino aun el refutarlo, no puede hacerse sin alguna culpa.

    Capítulo 10. Por qué permite Dios que varones eminentes se hagan autores de novedades en la Iglesia

    Cap. 10, § 27

    [27.] Pero alguno preguntará: ¿Cómo es, pues, que ciertas personas excelentes, y de posición en la Iglesia, son a menudo permitidas por Dios para predicar doctrinas novedosas a los católicos? Cuestión apropiada, ciertamente, y que debe ser tratada con muchísimo cuidado y amplitud, pero respondida al mismo tiempo, no apoyándose en la propia capacidad, sino en la autoridad de la Ley divina y apelando a la determinación de la Iglesia.
    Escuchemos, pues, al santo Moisés, y que él nos enseñe por qué los varones doctos, y tales que a causa de su conocimiento son llamados incluso Profetas por el apóstol, son a veces permitidos para proponer doctrinas novedosas, las cuales el Antiguo Testamento suele, por vía de alegoría, llamar «dioses extraños,» puesto que los herejes tributan a sus nociones la misma especie de reverencia que los gentiles tributan a sus dioses.

    Cap. 10, § 28

    [28.] El bienaventurado Moisés, pues, escribe así en el Deuteronomio: «Si se levantare en medio de ti un profeta o un soñador de sueños,» es decir, uno que ocupa el cargo de Doctor en la Iglesia, a quien sus discípulos u oyentes creen que enseña por revelación: bien—¿qué sigue? «y te diere una señal o un prodigio, y se cumpliere la señal o el prodigio que te anunció,» —señala a algún doctor eminente, cuyo saber es tal que sus seguidores creen que no sólo conoce las cosas humanas, sino que, además, conoce de antemano las cosas sobrehumanas, como, según suelen jactarse sus discípulos, fueron Valentín, Donato, Fotino, Apolinario y los demás de esta clase. ¿Qué sigue? «Y te dijere: Vayamos tras otros dioses que tú no conoces y sirvámoslos.» ¿Qué son esos otros dioses sino errores extraños que tú no conoces, es decir, nuevos y tales que nunca antes se oyeron? «Y sirvámoslos;» es decir, «Creámoslos, sigámoslos.» ¿Qué sigue al final? «No escucharás las palabras de ese profeta o soñador de sueños.» Y ¿por qué, pregunto yo, no prohíbe Dios que se enseñe lo que Dios prohíbe que se oiga? «Porque el Señor, vuestro Dios, os prueba, para saber si lo amáis con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma.» La razón es más clara que el día por qué la Divina Providencia permite a veces que ciertos doctores de las Iglesias prediquen doctrinas nuevas—«Para que el Señor vuestro Dios os pruebe;» dice. Y ciertamente es una gran prueba cuando a quien crees profeta, discípulo de profetas, doctor y defensor de la verdad, a quien has estrechado contra tu pecho con la mayor veneración y amor, cuando tal persona de repente, secreta y furtivamente introduce errores nocivos, que no puedes ni detectar rápidamente, retenido por el prestigio de su autoridad anterior, ni juzgar ligeramente justo condenar, impedido por el afecto a tu antiguo maestro.

    Capítulo 11. Ejemplos de la historia de la Iglesia que confirman las palabras de Moisés: Nestorio, Fotino, Apolinario

    Cap. 11, § 29

    [29.] Aquí, quizá, alguno nos pedirá que ilustremos las palabras del santo Moisés con ejemplos de la historia de la Iglesia. La petición es justa, y no tardará en ser satisfecha.
    Pues, para tomar primero un caso reciente y bien claro: ¿qué clase de prueba, pensamos, fue aquella que experimentó la Iglesia el otro día, cuando aquel desdichado Nestorio, metamorfoseado de repente de oveja en lobo, comenzó a hacer estragos en el rebaño de Cristo, mientras aún una gran parte de los que devoraba creían que era oveja y, por consiguiente, quedaban más expuestos a sus ataques? Pues ¿quién con facilidad supondría que estaba en el error el que se sabía elegido por alta designación del Emperador y tenido en grandísima estima por el sacerdocio? ¿Quién con facilidad supondría que estaba en el error el que, muy amado por los santos hermanos y en gran favor entre el pueblo, exponía cada día en público las Escrituras y refutaba los pestilentes errores tanto de judíos como de gentiles? ¿Quién podría menos de creer que su enseñanza era ortodoxa, su predicación ortodoxa, su creencia ortodoxa, aquel que, para abrir camino a una herejía suya propia, increpaba celosamente contra las blasfemias de todas las herejías? Pero esto era precisamente lo que dice Moisés: «El Señor vuestro Dios os prueba para saber si lo amáis o no.»

    Cap. 11, § 30

    [30.] Dejando a Nestorio, en quien hubo siempre más que admirar que provecho, más de apariencia que de realidad, a quien la habilidad natural, más que la gracia divina, engrandeció por un tiempo en la opinión del vulgo, pasemos a hablar de aquellos que, siendo personas de grandes logros y de mucha diligencia, resultaron no pequeña prueba para los católicos. Tal, por ejemplo, fue Fotino, en Panonia, quien, en memoria de nuestros padres, se dice que fue una prueba para la Iglesia de Sirmio, donde, tras haber sido elevado al sacerdocio con aprobación universal, y haber desempeñado el cargo durante algún tiempo como católico, de repente, como aquel malvado profeta o soñador de sueños a que se refiere Moisés, comenzó a persuadir al pueblo que Dios había confiado a su cargo a seguir «dioses extraños,» esto es, errores extraños, que antes no conocían. Pero no había nada de inusitado en esto: el daño del asunto estaba en que para la perpetración de tan gran maldad se valió de ayudas nada ordinarias. Pues era de gran talento natural y de poderosa elocuencia, y poseía gran caudal de saber, disputando y escribiendo copiosa y enérgicamente en ambas lenguas, como lo atestiguan los libros suyos que quedan, compuestos en parte en griego y en parte en latín. Mas, felizmente, las ovejas de Cristo encomendadas a él, vigilantes y cautelosas por la fe católica, volvieron pronto los ojos a las palabras premonitorias de Moisés y, aunque admiraban la elocuencia de su profeta y pastor, no cegaron ante la prueba. Pues desde entonces comenzaron a huir de él como de un lobo, a quien antes habían seguido como al carnero del rebaño.

    Cap. 11, § 31

    [31.] Y no sólo en el caso de Fotino aprendemos el peligro de esta prueba para la Iglesia y se nos amonesta asimismo sobre la necesidad de doble diligencia en guardar la fe. Apolinario ofrece una advertencia semejante. Pues dio lugar a grandes y candentes cuestiones y a graves perplejidades entre sus discípulos, atrayéndolos la autoridad de la Iglesia por un lado, y la influencia de su Maestro por el opuesto; de modo que, vacilantes y sacudidos de aquí para allá entre ambos, no sabían qué camino tomar.
    Pero quizá era persona de poco peso de carácter. Al contrario, era tan eminente y tan altamente estimado que se creería su palabra con demasiada facilidad en cualquier asunto. Pues ¿qué podría exceder su agudeza, su destreza, su doctrina? ¡Cuántas herejías aniquiló, en muchos volúmenes! ¡Cuántos errores, hostiles a la fe, refutó! Prueba de ello es aquella obra nobilísima y vastísima, de no menos de treinta libros, en la que, con gran masa de argumentos, rechazó las insanas calumnias de Porfirio. Largo sería enumerar todas sus obras, las cuales ciertamente lo habrían colocado al nivel de los principales constructores de la Iglesia, si aquella profana ansia de curiosidad herética no lo hubiera llevado a idear no sé qué novedad que, como por el contagio de una especie de lepra, manchó todos sus trabajos e hizo que sus enseñanzas fueran declaradas prueba de la Iglesia en lugar de edificación de la Iglesia.

    Capítulo 12. Exposición más completa de los errores de Fotino, Apolinario y Nestorio

    Cap. 12, § 32

    [32.] Quizá se me pida aquí alguna relación de las herejías arriba mencionadas; a saber, las de Nestorio, Apolinario y Fotino. Esto, en verdad, no pertenece al asunto entre manos: pues nuestro propósito no es extendernos sobre los errores de individuos, sino presentar ejemplos de unos pocos, en quienes la aplicabilidad de las palabras de Moisés pueda verse evidente y claramente; es decir, que si en algún tiempo algún Maestro en la Iglesia, profeta él también al interpretar los misterios de los profetas, intentare introducir alguna doctrina nueva en la Iglesia de Dios, la Providencia divina permite que esto suceda para probarnos. Será útil, por tanto, a modo de digresión, dar una breve relación de las opiniones de los heresiarcas arriba nombrados: Fotino, Apolinario, Nestorio.

    Cap. 12, § 33

    [33.] La herejía de Fotino, pues, es como sigue: Dice que Dios es singular y único, y ha de ser considerado como lo consideraban los judíos. Niega la plenitud de la Trinidad y no cree que haya Persona alguna de Dios Verbo, ni Persona alguna del Espíritu Santo. Afirma que Cristo es un mero hombre, cuyo origen procede de María. De aquí que insista con la mayor obstinación en que hemos de dar culto sólo a la Persona de Dios Padre, y en que hemos de honrar a Cristo sólo como hombre. Ésta es la doctrina de Fotino.

    Cap. 12, § 34

    [34.] Apolinario, aparentando estar de acuerdo con la Iglesia en cuanto a la unidad de la Trinidad, aunque ni siquiera esto con entera solidez de creencia, blasfema abiertamente en cuanto a la Encarnación del Señor. Pues dice que la carne de nuestro Salvador o carecía del todo de alma humana, o, al menos, carecía de alma racional. Dice además que esa misma carne del Señor no fue recibida de la carne de la santa Virgen María, sino que bajó del cielo a la Virgen; y, vacilando siempre e indeciso, predica unas veces que era coeterna con Dios Verbo, otras que fue hecha de la naturaleza divina del Verbo. Pues, negando que haya en Cristo dos sustancias, una divina y otra humana, una procedente del Padre y otra de su madre, sostiene que la naturaleza misma del Verbo quedó dividida, como si una parte de ella permaneciera en Dios y la otra se convirtiera en carne; de modo que, mientras la verdad dice que de dos sustancias hay un solo Cristo, él afirma, contra la verdad, que de la única divinidad de Cristo han llegado a ser dos sustancias. Ésta es, pues, la doctrina de Apolinario.

    Cap. 12, § 35

    [35.] Nestorio, cuya enfermedad es de índole opuesta, pretendiendo sostener dos sustancias distintas en Cristo, introduce de repente dos Personas y, con inaudita maldad, quiere que haya dos hijos de Dios, dos Cristos: uno, Dios; el otro, hombre; uno, engendrado por su Padre; el otro, nacido de su madre. Por esta razón sostiene que santa María debe ser llamada, no Theotocos (madre de Dios), sino Christotocos (madre de Cristo), puesto que no dio a luz al Cristo que es Dios, sino al Cristo que es hombre. Pero si alguien supone que en sus escritos habla de un solo Cristo y predica una sola Persona de Cristo, no lo crea a la ligera. Pues o bien es éste un artificio astuto, para que por medio del bien pueda persuadir más fácilmente el mal, según aquello del apóstol, «Lo que es bueno se me convirtió en muerte,» [] — o bien, digo, astutamente aparenta en algunos lugares de sus escritos creer en un solo Cristo y en una sola Persona de Cristo; o bien dice que, después de que la Virgen hubo dado a luz, las dos Personas se unieron en un solo Cristo, aunque en el tiempo de su concepción o parto, y por algún breve tiempo después, hubo dos Cristos; de suerte que, si bien Cristo nació al principio un hombre ordinario y nada más, y no asociado todavía en unidad de Persona con el Verbo de Dios, sin embargo después descendió sobre Él la Persona del Verbo que asumía; y, aunque ahora la Persona asumida permanece en la gloria de Dios, sin embargo una vez parecería no haber habido diferencia entre Él y todos los demás hombres.
    Comentario editorial · Fotino, Apolinar y Nestorio: quiénes fueron
    Según Vicente (§ 33–35)Edición inglesa y Wikipedia
    FotinoCristo, mero hombre; no hay Trinidad completaObispo de Sirmio, discípulo de Marcelo de Ancira; depuesto en Sirmio en 350 (edición) o 351 (Wikipedia); muere en 377 (edición) o 376 (Wikipedia)
    ApolinarLa carne de Cristo, sin alma racional; naturaleza del Verbo «dividida»Obispo de Laodicea de Siria; condenado en Constantinopla (381); muere en 382 (Wikipedia)
    NestorioDos personas, dos Cristos; «Cristótocos», no «Teótocos»Obispo de Constantinopla (428–431); condenado en Éfeso; muere hacia 451 (Wikipedia) o en 440 (edición, que sigue a Evagrio)
    Wikipedia matiza lo de Nestorio: él mismo usó «Teótocos» con cautela y propuso «Cristótocos» como alternativa.

    Capítulo 13. La doctrina católica de la Trinidad y de la Encarnación explicada

    Cap. 13, § 36

    [36.] De estas maneras, pues, esos perros rabiosos, Nestorio, Apolinario y Fotino, ladran contra la fe católica: Fotino, negando la Trinidad; Apolinario, enseñando que la naturaleza del Verbo es mudable y negándose a reconocer que hay dos sustancias en Cristo, negando además o bien que Cristo tuviera alma en absoluto o, al menos, que tuviera alma racional, y afirmando que el Verbo de Dios suplía el lugar del alma racional; Nestorio, afirmando que hubo siempre, o en todo caso que una vez hubo, dos Cristos. Pero la Iglesia católica, manteniendo la fe recta tanto acerca de Dios como acerca de nuestro Salvador, no es culpable de blasfemia ni en el misterio de la Trinidad ni en el de la Encarnación de Cristo. Pues adora una sola Divinidad en la plenitud de la Trinidad y la igualdad de la Trinidad en una sola y misma majestad, y confiesa un solo Cristo Jesús, no dos; el mismo Dios y hombre, lo uno tan verdaderamente como lo otro. Cree, en verdad, en una sola Persona en Él, pero en dos sustancias; dos sustancias, pero una sola Persona: dos sustancias, porque el Verbo de Dios no es mudable, de modo que pueda convertirse en carne; una sola Persona, para que, reconociendo dos hijos, no parezca adorar no una Trinidad, sino una Cuaternidad.

    Cap. 13, § 37

    [37.] Pero convendrá exponer esta misma doctrina más distinta y explícitamente una y otra vez.
    En Dios hay una sola sustancia, pero tres Personas; en Cristo, dos sustancias, pero una sola Persona. En la Trinidad, una Persona y otra Persona, no una sustancia y otra sustancia (Personas distintas, no sustancias distintas); en el Salvador, una sustancia y otra sustancia, no una Persona y otra Persona (sustancias distintas, no Personas distintas). ¿Cómo en la Trinidad hay una Persona y otra Persona (Personas distintas) y no una sustancia y otra sustancia (sustancias distintas)? Porque una es la Persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; y sin embargo no hay una naturaleza y otra naturaleza (naturalezas distintas), sino una sola y la misma naturaleza. ¿Cómo en el Salvador hay una sustancia y otra sustancia, y no una Persona y otra Persona (dos sustancias distintas, no dos Personas distintas)? Porque una es la sustancia de la Divinidad, otra la de la humanidad. Pero la Divinidad y la humanidad no son una Persona y otra Persona (dos Personas distintas), sino uno solo y el mismo Cristo, uno solo y el mismo Hijo de Dios, y una sola y la misma Persona de uno solo y el mismo Cristo e Hijo de Dios; de la misma manera que en el hombre una cosa es la carne y otra el alma, pero uno solo y el mismo hombre es alma y carne. En Pedro y Pablo una cosa es el alma y otra la carne; y sin embargo no hay dos Pedros —uno alma, otro carne—, ni dos Pablos, uno alma, otro carne, sino uno solo y el mismo Pedro, y uno solo y el mismo Pablo, consistiendo cada uno de dos naturalezas diversas, alma y cuerpo. Así, pues, en uno solo y el mismo Cristo hay dos sustancias: una divina, otra humana; una de (ex) Dios Padre, otra de (ex) la Madre Virgen; una coeterna y coigual con el Padre, otra temporal e inferior al Padre; una consubstancial con su Padre, la otra consubstancial con su Madre; pero uno solo y el mismo Cristo en ambas sustancias. No hay, por tanto, un Cristo Dios y otro hombre; no uno increado y otro creado; no uno impasible y otro pasible; no uno igual al Padre y otro inferior al Padre; no uno de su Padre (ex) y otro de su Madre (ex), sino uno solo y el mismo Cristo, Dios y hombre; el mismo increado y creado; el mismo inmutable e incapaz de sufrir; el mismo experimentado en el cambio y en el sufrimiento; el mismo igual al Padre e inferior al Padre; el mismo engendrado del Padre antes del tiempo, («antes del mundo»), el mismo nacido de su madre en el tiempo («en el mundo»), perfecto Dios, perfecto hombre. En Dios, suprema divinidad; en el hombre, perfecta humanidad. Perfecta humanidad, digo, por cuanto tiene alma y carne: la carne, verdadera carne; nuestra carne, la carne de su madre; el alma, intelectual, dotada de mente y razón. Hay, pues, en Cristo el Verbo, el alma y la carne; pero el todo es un solo Cristo, un solo Hijo de Dios y un solo Salvador y Redentor nuestro: uno, no por no sé qué confusión corruptible de la Divinidad y de la humanidad, sino por cierta entera y singular unidad de Persona. Pues la conjunción no ha convertido ni cambiado la una naturaleza en la otra (que es el error característico de los arrianos), sino que más bien ha compactado ambas de tal modo en una, que mientras permanece siempre en Cristo la singularidad de una sola y misma Persona, perdura eternamente con todo la propiedad característica de cada naturaleza; de donde se sigue que ni Dios (es decir, la naturaleza divina) comienza jamás a ser cuerpo, ni el cuerpo cesa jamás de ser cuerpo. Lo cual puede ilustrarse en la naturaleza humana: pues no sólo en la vida presente, sino también en la futura, cada hombre individual constará de alma y cuerpo; y su cuerpo jamás se convertirá en alma, ni su alma en cuerpo; sino que, mientras cada hombre individual viva para siempre, la distinción entre las dos sustancias continuará en cada hombre individual para siempre. Así también en Cristo cada sustancia retendrá para siempre su propia propiedad característica, aunque sin perjuicio de la unidad de Persona.

    Capítulo 14. Jesucristo, hombre en verdad, no en apariencia

    Cap. 14, § 38

    [38.] Pero cuando usamos la palabra «Persona,» y decimos que Dios se hizo hombre por medio de una Persona, hay razón para temer que se tome nuestro sentido como que Dios Verbo asumió nuestra naturaleza sólo por imitación, y realizó las acciones del hombre, siendo hombre no en realidad, sino sólo en apariencia, así como en un teatro un solo hombre representa en breve espacio varias personas, no siendo él mismo ninguna de ellas. Pues cuando uno se encarga de sustentar el papel de otro, cumple los oficios, o realiza los actos, de la persona cuyo papel sustenta, pero él no es esa persona. Así, para tomar una ilustración de la vida secular, y muy favorecida por los maniqueos, cuando un trágico representa a un sacerdote o a un rey, no es realmente sacerdote ni rey. Pues tan pronto como termina la obra, la persona o personaje que representaba deja de ser. Dios nos libre de tener algo que ver con tan nefaria y perversa burla. Sea la insensatez de los maniqueos, esos predicadores de alucinación, que dicen que el Hijo de Dios, Dios, no fue una persona humana real y verdaderamente, sino que contrahizo la persona de un hombre en conversación y manera de vivir fingidas.

    Cap. 14, § 39

    [39.] Pero la fe católica enseña que el Verbo de Dios se hizo hombre de tal modo, que tomó sobre sí nuestra naturaleza, no fingida y aparentemente, sino en realidad y verdad, y realizó acciones humanas, no como si imitara las acciones de otro, sino realizando las suyas propias y siendo en realidad la persona cuyo papel sustentaba. Así como también nosotros mismos, cuando hablamos, razonamos, vivimos, subsistimos, no imitamos a los hombres, sino que somos hombres. Pedro y Juan, por ejemplo, fueron hombres, no por imitación, sino siendo hombres en realidad. Pablo no contrahizo a un apóstol, ni fingió ser Pablo, sino que era apóstol, era Pablo. Así también, lo que Dios Verbo hizo, en su condescendencia, al asumir y tener carne, al hablar, obrar y padecer, mediante la instrumentalidad de la carne, y sin menoscabo alguno de su propia naturaleza divina, se redujo en una palabra a esto: no imitó ni fingió ser hombre perfecto, sino que se mostró verdadero hombre en realidad y verdad. Por tanto, así como el alma unida a la carne, pero no transformada en carne, no imita al hombre, sino que es hombre, y hombre no fingida sino substancialmente, así también Dios Verbo, sin conversión alguna de sí mismo, al unirse al hombre, se hizo hombre, no por confusión, no por imitación, sino siendo y subsistiendo realmente. Fuera, pues, de una vez para siempre, la noción de su Persona como de un carácter ficticio asumido, donde siempre lo que es es una cosa y lo contrahecho otra; donde el hombre que actúa nunca es el hombre cuyo papel representa. Dios nos libre de creer que Dios Verbo tomó sobre sí la persona de un hombre de este modo ilusorio. Reconozcamos más bien que, mientras su propia sustancia inmutable permanecía, y mientras tomaba sobre sí la naturaleza de hombre perfecto, Él mismo era realmente carne, Él mismo era realmente hombre, Él mismo era realmente personalmente hombre; no fingidamente, sino en verdad; no en imitación, sino en sustancia; no, finalmente, de modo que dejara de ser cuando terminara la representación, sino de modo que fuera y continuara siendo substancial y permanentemente.
    Comentario editorial · «Persona»: un papel de teatro
    Cuando Vicente dice que Dios se hizo hombre «por medio de una Persona» (§ 38), teme que se entienda al modo teatral: un actor que representa varias personas sin ser ninguna. Heurtley lo explica en una nota: el latín persona no significa solo «persona» en nuestro sentido, sino también un carácter asumido, un papel; el inglés person perdió esa ambigüedad, aunque la conserva personate («representar un papel»). Por eso insiste en que el Verbo no imitó al hombre, sino que lo fue (§ 39). Quienes dicen lo contrario son, según el § 38, los maniqueos, a quienes llama «predicadores de alucinación» (véase Maniqueísmo).

    Capítulo 15. La unión de la naturaleza divina con la humana se realizó en la misma concepción de la Virgen. La denominación «Madre de Dios.»

    Cap. 15, § 40

    [40.] Esta unidad de Persona, pues, en Cristo no se efectuó después de su nacimiento de la Virgen, sino que fue compactada y perfeccionada en su mismo seno. Pues hemos de poner el más especial cuidado en confesar a Cristo no sólo uno, sino siempre uno. Porque sería intolerable blasfemia si, confesándolo uno ahora, sostuvieras que una vez no fue uno, sino dos; uno, en verdad, desde su bautismo, pero dos en su nacimiento. Y este monstruoso sacrilegio no lo evitaremos de ningún modo a menos que reconozcamos la humanidad unida a la Divinidad (pero por unidad de Persona), no desde la ascensión, o la resurrección, o el bautismo, sino incluso en su madre, incluso en el seno, incluso en la misma concepción de la Virgen. Como consecuencia de esta unidad de Persona, tanto los atributos propios de Dios se atribuyen al hombre, como los propios de la carne a Dios, indistinta y promiscuamente. Pues de aquí está escrito, por divina inspiración, por una parte, que el Hijo del hombre bajó del cielo; [] y por otra, que el Señor de la gloria fue crucificado en la tierra. [] De aquí también que, habiendo sido hecha la carne del Señor, habiendo sido creada la carne del Señor, se diga que el mismo Verbo de Dios fue hecho, que la misma omnisciente Sabiduría de Dios fue creada; así como proféticamente se describe que sus manos y sus pies fueron traspasados. De esta unidad de Persona se sigue, por razón de un misterio semejante, que, habiendo nacido la carne del Verbo de una madre inmaculada, se cree católicamente, y se niega impíamente, que Dios Verbo mismo haya nacido de la Virgen; siendo esto así, Dios nos libre de que alguien intente defraudar a santa María de la prerrogativa de la gracia divina y de su gloria especial. Pues por el don singular de Aquel que es nuestro Señor y Dios, y además, hijo suyo propio, ha de ser confesada con toda verdad y con toda bendición: Madre de Dios, «Theotocos,» pero no en el sentido en que lo imagina cierta herejía impía, que sostiene que ha de ser llamada Madre de Dios por ninguna otra razón sino porque dio a luz a aquel hombre que después llegó a ser Dios, así como hablamos de una mujer como madre de un sacerdote o madre de un obispo, queriendo decir que lo fue no por dar a luz a uno ya sacerdote u obispo, sino por dar a luz a uno que después llegó a ser sacerdote u obispo. No así, digo, fue la santa María «Theotocos,» madre de Dios, sino más bien, como se dijo antes, porque en su sagrado seno se obró aquel sacratísimo misterio por el cual, a causa de la singular y única unidad de Persona, así como el Verbo en la carne es carne, así el Hombre en Dios es Dios.

    Capítulo 16. Recapitulación de lo dicho sobre la fe católica y sobre diversas herejías, capítulos XI-XV

    Cap. 16, § 41

    [41.] Pero ahora, para refrescar la memoria de lo que brevemente se ha dicho acerca de las herejías antedichas y de la fe católica, repasémoslo una vez más con mayor brevedad y concisión, a fin de que, repetido, se entienda más a fondo, y, insistido, se retenga con más firmeza.
    Sea, pues, anatema Fotino, que no recibe la Trinidad íntegra, sino que afirma que Cristo es mero hombre.
    Sea anatema Apolinario, que afirma que la Divinidad de Cristo queda menoscabada por una conversión, y le defrauda de la propiedad de la perfecta humanidad.
    Sea anatema Nestorio, que niega que Dios haya nacido de la Virgen, afirma dos Cristos y, rechazando la fe en la Trinidad, introduce una Cuaternidad.
    Dicha sea la Iglesia católica, que adora a un solo Dios en la plenitud de la Trinidad, y al mismo tiempo adora la igualdad de la Trinidad en la unidad de la Divinidad, de modo que ni la singularidad de la sustancia confunde la propiedad de las Personas, ni la distinción de las Personas en la Trinidad separa la unidad de la Divinidad.
    Dicha, digo, sea la Iglesia, que cree que en Cristo hay dos sustancias verdaderas y perfectas, pero una sola Persona, de modo que ni la distinción de naturalezas divide la unidad de la Persona, ni la unidad de la Persona confunde la distinción de las sustancias.
    Dicha, digo, sea la Iglesia, que entiende que Dios se hizo Hombre, no por conversión de naturaleza, sino por razón de la Persona; pero de una Persona no fingida y transitoria, sino sustancial y permanente.
    Dicha, digo, sea la Iglesia, que declara tan real y eficaz esta unidad de Persona, que por ella, en un misterio admirable e inefable, atribuye al hombre lo divino y a Dios lo humano; por ella, de una parte, no niega que el Hombre, en cuanto Dios, descendió del cielo; de otra, cree que Dios, en cuanto Hombre, fue creado, padeció y fue crucificado en la tierra; por ella, finalmente, confiesa al Hombre Hijo de Dios y a Dios Hijo de la Virgen.
    Dicha, pues, y venerable, dicha y santísima, y del todo digna de compararse con aquellas alabanzas celestiales de la hueste angélica, sea la confesión que atribuye gloria al único Señor Dios con una triple atribución de santidad. Por esta razón, además, insiste con énfasis en la unidad de la Persona de Cristo, para no ir más allá del misterio de la Trinidad (esto es, para no hacer, de hecho, una Cuaternidad).
    Baste esto a modo de digresión. En otra ocasión, si Dios place, trataremos el asunto y lo desarrollaremos con más amplitud. Volvamos ahora al asunto entre manos.

    Capítulo 17. El error de Orígenes, gran prueba para la Iglesia

    Cap. 17, § 42

    [42.] Dijimos más arriba que en la Iglesia de Dios el error del maestro es prueba del pueblo; prueba tanto mayor cuanto mayor es la ciencia del maestro que yerra. Esto lo demostramos primero con la autoridad de la Escritura y luego con ejemplos de la historia eclesiástica, de personas que habiendo tenido en un tiempo reputación de sanas en la fe, al fin o cayeron en alguna secta ya existente, o fundaron una herejía propia. Cosa, en verdad, importante, útil de aprender y necesaria de recordar, y de ilustrar e inculcar una y otra vez con ejemplo sobre ejemplo, para que todos los verdaderos católicos entiendan que les conviene, con la Iglesia, recibir a los maestros, y no, con los maestros, desertar de la fe de la Iglesia.

    Cap. 17, § 43

    [43.] Creo que, entre los muchos ejemplos de esta clase de prueba que pudieran aducirse, no hay ninguno comparable al de Orígenes, en quien hubo tantas cosas tan excelentes, tan singulares, tan admirables, que de antemano cualquiera juzgaría fácilmente que debía prestarse fe implícita a todas sus afirmaciones. Pues si la conducta y el tenor de vida confieren autoridad, grande era su diligencia, grande su modestia, su paciencia, su entereza; si su linaje o su erudición, ¿qué más noble que su nacimiento de una casa ilustrada por el martirio? Después, cuando por la causa de Cristo fue privado no sólo de su padre, sino también de todos sus bienes, alcanzó tan alto grado en medio de las estrecheces de la santa pobreza, que sufrió varias veces, según se dice, como confesor. Y no fueron éstas las únicas circunstancias que en él concurrieron, todas las cuales resultaron luego ocasión de prueba. Tenía un ingenio tan poderoso, tan profundo, tan agudo, tan elegante, que difícilmente había alguien a quien no aventajase con mucho. Era tal el esplendor de su saber y de su erudición en general, que pocas cuestiones de filosofía divina, y apenas alguna de las humanas, dejó de dominar por completo. Cuando el griego hubo cedido a su diligencia, se hizo perito en hebreo. ¿Qué diré de su elocuencia, cuyo estilo era tan encantador, tan suave, tan dulce, que más parecía manar miel que palabras de su boca? ¿Qué asuntos había, por difíciles que fuesen, que no hiciera claros y perspicuos con la fuerza de su raciocinio? ¿Qué empresas, por arduas que fueran de realizar, que no presentara como facilísimas? Pero acaso sus afirmaciones se apoyaban simplemente en argumentaciones ingeniosamente tejidas. Al contrario, ningún maestro usó jamás más pruebas tomadas de la Escritura. ¿Supongo entonces que escribió poco? Nadie escribió más; de modo que, si no me engaño, sus escritos no sólo no pueden leerse todos enteros, sino que ni siquiera pueden hallarse todos; porque, para que nada faltara a sus ocasiones de adquirir conocimiento, tuvo además la ventaja de una vida muy prolongada. ¿Pero acaso no fue particularmente feliz en sus discípulos? ¿Quién lo fue más? De su escuela salieron doctores, sacerdotes, confesores, mártires sin número. Por otra parte, ¿quién puede expresar cuánto era admirado por todos, cuán grande su renombre, cuán amplia su influencia? ¿Quién, cuya religión fuese en algo superior a la común, no acudía a él desde los confines de la tierra? ¿Qué cristiano no lo reverenciaba casi como a un profeta; qué filósofo no como a un maestro? Cuán grande era la veneración con que se le miraba, no sólo por los particulares, sino también por la corte, lo declaran las historias que refieren cómo fue llamado por la madre del emperador Alejandro, movida por la sabiduría celestial, de cuyo amor ella, como él, estaba inflamada. A esto dan también testimonio sus cartas, que, con la autoridad que asumía como maestro cristiano, escribió al emperador Felipe, el primer príncipe romano que fue cristiano. En cuanto a su increíble erudición, si alguien no quiere recibir el testimonio de los cristianos por boca nuestra, acepte al menos el de los paganos por boca de los filósofos. Pues aquel impío Porfirio dice que, siendo poco más que un muchacho, incitado por su fama, fue a Alejandría y allí lo vio, ya anciano, pero hombre evidentemente de tan grandes alcances, que había llegado a la cumbre del saber universal.

    Cap. 17, § 44

    Me faltaría tiempo para referir, aun en muy pequeña medida, las excelencias de este varón, todas las cuales, no obstante, no sólo contribuyeron a la gloria de la religión, sino que también acrecentaron la magnitud de la prueba. Pues, ¿quién en el mundo abandonaría a la ligera a un varón de tan grande ingenio, de tan grande doctrina, de tan grande influencia, y no adoptaría más bien aquel dicho: que preferiría equivocarse con Orígenes antes que estar en lo cierto con otros?
    ¿Qué diré más? El resultado fue que muchísimos fueron descarriados de la integridad de la fe, no por excelencias humanas de este varón tan grande, de este doctor tan grande, de este profeta tan grande, sino, como el desenlace lo mostró, por la prueba demasiado peligrosa que resultó ser. De aquí provino que este Orígenes, tal y tan grande como era, abusando desenfrenadamente de la gracia de Dios, siguiendo temerariamente la inclinación de su propio ingenio y confiando en demasía en sí mismo, teniendo en poco la antigua sencillez de la religión cristiana, presumiendo que sabía más que todo el mundo, despreciando las tradiciones de la Iglesia y las determinaciones de los antiguos e interpretando ciertos pasajes de la Escritura de modo novedoso, mereció para sí la advertencia dada a la Iglesia de Dios, tan aplicable a su caso como al de otros: «Si surgiere en medio de ti un profeta,»... «no escucharás las palabras de ese profeta,»... «porque el Señor vuestro Dios os prueba, para saber si lo amáis o no.» [] En verdad, seducir así, de súbito, a la Iglesia que le era devota y que pendía de él por admiración de su ingenio, de su doctrina, de su elocuencia, de su conducta y de su influencia, mientras ella no temía ni sospechaba nada para sí—seducir así, digo, a la Iglesia, lenta y gradualmente, de la religión antigua a una profanidad nueva, no fue sólo una prueba, sino una gran prueba.

    Cap. 17, § 45

    [45.] Pero alguno dirá: los libros de Orígenes han sido corrompidos. No lo niego; es más, lo concedo de buen grado. Pues que así es, ha llegado hasta nosotros de palabra y por escrito, no sólo de parte de los católicos, sino también de los herejes. Pero la cuestión es que, aunque él mismo no lo sea, los libros publicados bajo su nombre son una gran prueba, los cuales, abundando en muchas blasfemias dañinas, son leídos y saboreados, no como si fuesen de otro, sino creyendo que son suyos; de suerte que, aunque no hubiera error en el pensamiento original de Orígenes, la autoridad de Orígenes se muestra como causa eficaz para inducir a los hombres a abrazar el error.
    Comentario editorial · Orígenes visto por Vicente
    Según Heurtley, el retrato de Orígenes (§ 43) sigue el que Jerónimo traza en De viris illustribus 54: de ahí vienen, por ejemplo, el hebreo, la petición de Mamea, madre del emperador, y las cartas al emperador Filipo. Vicente no dice qué errores enseñó; su cargo es de método: interpretar ciertos pasajes de la Escritura «de modo novedoso» y despreciar las tradiciones de la Iglesia (§ 44). Que sus libros estaban corrompidos (§ 45) era un argumento que ya había usado Rufino al traducir Sobre los principios (véase esa obra). La condena formal llegó después: según Wikipedia, Justiniano lo condenó en 543, y si el concilio de 553 lo anatematizó es discutido. Para el autor, véase Orígenes.

    Tertuliano, gran prueba para la Iglesia

    Tertuliano, gran prueba de la Iglesia.

    Cap. 18, § 46

    [46.] Otro tanto acontece con Tertuliano. Pues, así como Orígenes ocupa con mucho el primer lugar entre los griegos, así Tertuliano entre los latinos. ¿Quién, en efecto, más docto que él? ¿Quién más versado en el conocimiento, ya divino, ya humano? Con maravillosa capacidad de entendimiento abarcó toda la filosofía, y conoció todas las escuelas de filósofos, y a sus fundadores y defensores, y estuvo familiarizado con todas sus reglas y observancias, y con sus varias historias y doctrinas. ¿No fue su ingenio de tan incomparable fuerza y vehemencia que apenas se proponía vencer obstáculo alguno que no penetrase por su agudeza o no aplastase por su peso? En cuanto a su estilo, ¿quién puede celebrarlo suficientemente? Estaba tejido con tanta fuerza de argumento que arrancaba el asentimiento aun allí donde no lograba persuadir. Casi cada palabra era una sentencia; cada sentencia, una victoria. Sábenlo los marcionitas, los apelianos, los praxeanos, los hermogenianos, los judíos, los paganos, los gnósticos y los demás, cuyas blasfemias derribó con la fuerza de sus muchos y ponderosos volúmenes, como con otros tantos rayos. Sin embargo, también este hombre, no obstante todo lo que he dicho, este Tertuliano, digo, poco tenaz en la doctrina católica, esto es, en la fe universal y antigua, mucho más elocuente que fiel, mudó de creencia y confirmó lo que de él escribe el bienaventurado confesor Hilario, a saber, que «con su error posterior restó autoridad a sus escritos aprobados». También él fue una gran prueba en la Iglesia. Pero de Tertuliano no quiero decir más. Sólo añadiré esto: que, contra el mandato de Moisés, al afirmar que las nuevas furias de Montano surgidas en la Iglesia, y aquellos locos sueños de nueva doctrina soñados por mujeres locas, eran verdaderas profecías, con razón hizo que tanto él como sus escritos quedaran sujetos a aquellas palabras: «Si se levantare en medio de ti un profeta»... no escucharás las palabras de aquel profeta. ¿Por qué? «Porque el Señor vuestro Dios os prueba, para saber si le amáis o no».
    Comentario editorial · Tertuliano, «montanista» según Vicente
    Vicente dice que Tertuliano «mudó de creencia» y que dio por verdaderas profecías las «nuevas furias de Montano» (§ 46). Es la imagen de Jerónimo en De viris illustribus 53: presbítero hasta la mitad de su vida, empujado «por la envidia y los ultrajes del clero de la Iglesia romana» hacia la doctrina de Montano. Vicente añade que Hilario dijo de él que su error posterior quitó autoridad a sus escritos aprobados (Heurtley remite a Hilario, In Matt. 5). Los estudios actuales discuten cuánto dejó Tertuliano la Iglesia: el perfil de este sitio recoge a Barnes, Dunn, Trevett y Tabbernee en ¿Montanista, católico o ambas cosas?.

    Lo que debemos aprender de estos ejemplos

    Lo que hemos de aprender de estos ejemplos.

    Cap. 19, § 47

    [47.] Nos conviene, pues, atender a estos ejemplos de la historia de la Iglesia, tan numerosos y tan grandes, y a otros de la misma índole, y entender con toda claridad, conforme a la regla establecida en el Deuteronomio, que si en algún tiempo un doctor de la Iglesia se ha desviado de la fe, la divina Providencia lo permite para ponernos a prueba, para ver si amamos o no amamos a Dios con todo nuestro corazón y con toda nuestra mente.

    Las notas del verdadero católico

    Las Notas de un verdadero Católico.

    Cap. 20, § 49

    [49.] Y en verdad, así como cada novedad brota al punto, se discierne la diferencia entre el peso del trigo y la levedad de la paja. Entonces, aquello que no tenía peso para mantenerse en la era es arrebatado sin dificultad por el viento. Pues algunos vuelan de inmediato del todo; otros, habiendo sido sólo sacudidos, temiendo perecer, heridos, medio vivos, medio muertos, se avergüenzan de volver. Han tragado, en efecto, una cantidad de veneno: no la suficiente para matar, pero más de la que puede eliminarse; ni causa muerte, ni deja vivir. ¡Oh miserable condición! ¡Con cuán agitados y tempestuosos cuidados son zarandeados! Ya, poniéndose en movimiento el error, son arrastrados adondequiera que el viento los empuja; ya, volviendo sobre sí mismos como olas refluentes, son estrellados de nuevo: ya, con temeraria presunción, dan su aprobación a lo que parece incierto; ya, con miedo irracional, se espantan de lo cierto, sin saber adónde ir, adónde volver, qué buscar, qué evitar, qué guardar, qué arrojar.

    Cap. 20, § 50

    [50.] Esta aflicción, ciertamente, de un ánimo vacilante y miserablemente fluctuante es, si son sabios, una medicina que la compasión de Dios les destina. Pues para eso son zarandeados fuera del puerto segurísimo de la fe católica, golpeados y casi muertos por diversos y tempestuosos pensamientos: para que recojan las velas de la presunción, que con mal consejo habían desplegado a los vientos de la novedad, y se acojan de nuevo, y permanezcan quietos dentro, al puerto segurísimo de su madre plácida y buena, y comiencen por vomitar aquellas amargas y turbias oleadas de error que habían tragado, a fin de que de allí en adelante puedan beber las corrientes del agua fresca y viva. Desaprendan bien lo que mal aprendieron, y reciban de toda la doctrina de la Iglesia tanto cuanto puedan entender: lo que no puedan entender, créanlo.
    Esta aflicción, ciertamente, de una mente vacilante y que miserablemente fluctúa, es, si son sabios, una medicina destinada a ellos por la compasión de Dios. Pues por eso es que, fuera del segurísimo puerto de la fe católica, son zarandeados, golpeados y casi muertos por diversas cogitaciones tempestuosas, a fin de que recojan las velas de la presunción, que con mal consejo habían desplegado a los vientos de la novedad, y se acojan de nuevo al segurísimo puerto de su apacible y buena madre, y permanezcan firmes dentro de él, y comiencen por vomitar aquellos torrentes amargos y turbios de error que habían tragado, para que de allí en adelante puedan beber las corrientes de agua fresca y viva. Desaprendan bien lo que mal habían aprendido, y reciban tanta parte de la entera doctrina de la Iglesia cuanta puedan comprender: lo que no puedan comprender, créanlo.

    Capítulo 21. Exposición de las palabras de San Pablo.— 1 Tim. vi. 20

    Cap. 21, § 51

    [51.] Siendo así las cosas, cuando pienso en ellas y las doy vueltas en mi mente una y otra vez, no puedo admirar bastante la locura de ciertos hombres, la impiedad de su entendimiento cegado, su ansia de error, hasta el punto de que, no contentos con la regla de fe entregada de una vez para siempre y recibida desde los tiempos antiguos, buscan cada día una novedad tras otra y continuamente anhelan añadir, cambiar, quitar en la religión, como si la doctrina, «Baste lo que de una vez para siempre ha sido revelado», fuera una regla no celestial sino terrena; una regla a la que no podría darse cumplimiento sino mediante continua enmienda, o, mejor dicho, mediante continua crítica; mientras que los oráculos divinos claman: «No traspases los linderos que tus padres pusieron» [], y «No pleitees con el juez» [], y «El que rompe un cerco, una serpiente lo morderá» [], y aquel dicho del Apóstol con el cual, como con una espada espiritual, todas las perversas novedades de todas las herejías han sido muchas veces, y tendrán siempre que ser, decapitadas: «Oh Timoteo, guarda el depósito, evitando las profanas novedades de palabras y las oposiciones de la falsamente llamada ciencia, la cual profesando algunos, erraron acerca de la fe» [].

    Cap. 21, § 52

    [52.] Después de palabras como éstas, ¿hay alguien de frente tan endurecida, de desvergüenza tan yunque, de pertinacia tan diamantina, que no sucumba ante tan enorme mole, que no sea aplastado por tan ponderoso peso, que no sea destrozado por tan pesados golpes, que no sea aniquilado por tan terribles rayos de la elocuencia divina? «Evita las profanas novedades», dice. No dice evita «la antigüedad». Mas claramente señala lo que ha de seguirse por la regla de los contrarios. Porque si la novedad ha de ser evitada, la antigüedad ha de ser abrazada; si la novedad es profana, la antigüedad es sagrada. Añade: «Y las oposiciones de la ciencia falsamente llamada». «Falsamente llamada» ciertamente, aplicada a las doctrinas de los herejes, donde la ignorancia se disfraza con el nombre de conocimiento, la niebla de claridad, la oscuridad de luz. «La cual profesando algunos, erraron acerca de la fe». ¿Profesando qué? ¿Qué sino alguna (no sé cuál) doctrina nueva e inaudita? Pues podéis oír a algunos de esos mismos doctores decir: «Venid, oh miserables, que lleváis el nombre de católicos, venid y aprended la fe verdadera, que nadie sino nosotros conoce, la cual ha estado oculta durante muchos siglos, pero recientemente ha sido revelada y manifestada. Mas aprendedla a hurtadillas y en secreto, porque os deleitaréis con ella. Y además, cuando la hayáis aprendido, enseñadla furtivamente, para que el mundo no lo oiga, para que la Iglesia no lo sepa. Pues son pocos a quienes se concede recibir el secreto de tan gran misterio». ¿No son éstas las palabras de aquella ramera que, en los Proverbios de Salomón, llama a los que pasan por camino derecho, «El que sea simple, entre acá»? Y a los faltos de entendimiento les exhorta diciendo: «Bebed aguas hurtadas, porque son dulces, y comed pan en secreto, porque es agradable». ¿Y luego qué? «Mas él no sabe que los hijos de la tierra perecen en su casa» []. ¿Quiénes son esos «hijos de la tierra»? Que lo explique el Apóstol: «Los que erraron acerca de la fe».

    Capítulo 22. Exposición más detenida de 1 Tim. vi. 20

    Cap. 22, § 53

    [53.] Pero vale la pena exponer más ampliamente todo aquel pasaje del Apóstol: «Oh Timoteo, guarda el depósito, evitando las profanas novedades de palabras».
    «¡Oh!» La exclamación implica presciencia tanto como caridad. Pues se lamentaba por anticipado de los errores que preveía. ¿Quién es el Timoteo de hoy sino, o bien en general la Iglesia universal, o bien en particular todo el cuerpo del Episcopado, a quien corresponde poseer ellos mismos o comunicar a otros un conocimiento completo de la religión? ¿Qué es «Guarda el depósito»? «Guárdalo», a causa de los ladrones, a causa de los adversarios, no sea que mientras los hombres duermen siembren cizaña sobre aquel buen trigo que el Hijo del Hombre sembró en su campo. «Guarda el depósito». ¿Qué es «el depósito»? Lo que te ha sido confiado, no lo que tú mismo has discurrido: cosa no de ingenio, sino de doctrina; no de adopción privada, sino de tradición pública; cosa traída a ti, no puesta en marcha por ti; en la cual estás obligado a ser no autor sino custodio, no maestro sino discípulo, no guía sino seguidor. «Guarda el depósito». Conserva inviolado, inadulterado, el talento de la fe católica. Lo que te ha sido confiado, que permanezca en tu posesión, que sea transmitido por ti. Has recibido oro; da oro a tu vez. No cambies una cosa por otra. No sustituyas impúdicamente por el oro plomo o latón. Da oro verdadero, no contrahecho.
    ¡Oh Timoteo! ¡Oh sacerdote! ¡Oh expositor! ¡Oh doctor! Si el don divino te ha hecho idóneo por el ingenio, por la destreza, por la doctrina, sé un Betsaleel del tabernáculo espiritual: cincela las piedras preciosas de la doctrina divina, encaja las con agudeza, adórnalas con maestría, añade esplendor, gracia, hermosura. Que lo que antes se creía, aunque imperfectamente comprendido, al ser expuesto por ti se entienda con claridad. Que la posteridad acoja, comprendido mediante tu exposición, lo que la antigüedad veneraba sin comprender. Mas enseña, con todo, las mismas verdades que has aprendido, de modo que aunque hables de una manera nueva, lo que hables no sea nuevo.

    Capítulo 23. Sobre el desarrollo del conocimiento religioso

    Cap. 23, § 54

    [54.] Pero alguno preguntará, quizá: ¿No habrá, entonces, progreso alguno en la Iglesia de Cristo? Ciertamente; todo progreso posible. Pues ¿qué ser hay tan envidioso de los hombres, tan lleno de odio a Dios, que pretenda impedirlo? Pero a condición de que sea verdadero progreso, no alteración de la fe. Porque el progreso requiere que el sujeto se engrandezca en sí mismo; la alteración, que se transforme en otra cosa. La inteligencia, pues, el conocimiento, la sabiduría, tanto de los individuos como de todos, tanto de un hombre como de toda la Iglesia, debe, con el correr de las edades y de los siglos, crecer y hacer progreso abundante y vigoroso; pero tan sólo dentro de su propio género; es decir, en la misma doctrina, en el mismo sentido y en el mismo significado.

    Cap. 23, § 55

    [55.] El crecimiento de la religión en el alma debe ser análogo al crecimiento del cuerpo, el cual, aunque con el correr de los años se desarrolla y alcanza su plena estatura, permanece, sin embargo, siempre el mismo. Grande es la diferencia entre la flor de la juventud y la madurez de la edad; y, no obstante, los que una vez fueron jóvenes son los mismos ahora que se han hecho viejos, de tal modo que, aunque cambien la estatura y la forma externa del individuo, su naturaleza es una y la misma, su persona es una y la misma. Los miembros del niño son pequeños, grandes los del joven; y, con todo, el niño y el joven son los mismos. Los hombres, cuando han llegado a pleno desarrollo, tienen el mismo número de articulaciones que cuando eran niños; y si hay alguna que la edad más madura ha hecho nacer, ya estaba presente en embrión, de modo que nada nuevo se produce en ellos de viejos que no estuviese ya latente en ellos de niños. Ésta es, pues, sin duda, la regla verdadera y legítima del progreso; éste, el orden establecido y hermosísimo del crecimiento: que la edad madura desarrolle siempre en el hombre aquellas partes y formas que la sabiduría del Creador había ya trazado de antemano en el niño. Mas si la forma humana se cambiara en alguna figura de otra especie, o al menos si el número de sus miembros se aumentara o disminuyera, resultaría que todo el cuerpo vendría a ser, o una ruina, o un monstruo, o, por lo menos, quedaría deteriorado y debilitado.

    Cap. 23, § 56

    [56.] De la misma manera conviene que la doctrina cristiana siga las mismas leyes del progreso, de modo que se consolide con los años, se amplíe con el tiempo, se refine con la edad y, sin embargo, continúe incorrupta e inadulterada, completa y perfecta en toda la medida de sus partes y, por decirlo así, en todos sus propios miembros y sentidos, sin admitir cambio alguno, merma alguna de su propiedad distintiva, variación alguna en sus límites.

    Cap. 23, § 57

    [57.] Por ejemplo: Nuestros padres en otro tiempo sembraron trigo en el campo de la Iglesia. Sería muy inconveniente e inicuo que nosotros, sus descendientes, en lugar de la verdad genuina del grano, cosechásemos el error falsificado de la cizaña. Más bien debería resultar esto: que no haya discrepancia alguna entre lo primero y lo último. De la doctrina que fue sembrada como trigo, debemos cosechar, en su incremento, doctrina de la misma especie—trigo también—; de suerte que cuando con el correr del tiempo algo de la semilla original se desarrolle y florezca ya bajo cultivo, no sobrevenga cambio alguno en la condición de la planta. Podrán sobrevenir forma, figura, variación en la apariencia externa; pero la naturaleza de cada especie debe permanecer la misma. ¡Dios no quiera que aquellos rosales de la interpretación católica se conviertan en espinos y abrojos! ¡Dios no quiera que en aquel paraíso espiritual, de plantas de canela y bálsamo, broten de repente cizaña y acónito!
    Por tanto, todo lo que ha sido sembrado por la fidelidad de los Padres en esta labranza de la Iglesia de Dios, eso mismo debe ser cultivado y cuidado por la diligencia de sus hijos; eso mismo debe florecer y madurar; eso mismo debe avanzar y caminar hacia la perfección. Porque es justo que aquellas antiguas doctrinas de la filosofía celestial sean, con el paso del tiempo, cuidadas, alisadas, pulidas; mas no que sean cambiadas, no que sean cercenadas, no que sean mutiladas. Pueden recibir prueba, ilustración, precisión; pero deben conservar, con todo, su plenitud, su integridad, sus propiedades características.

    Cap. 23, § 58

    [58.] Porque si una vez se admite esta licencia de impío fraude, temo decir en cuán gran peligro estará la religión de ser enteramente destruida y aniquilada. Pues si una sola parte de la verdad católica es abandonada, otra, y otra, y otra serán abandonadas en adelante como cosa natural; y rechazadas las diversas porciones singulares, ¿qué se seguirá al fin sino el rechazo del todo? Por otra parte, si lo nuevo comienza a mezclarse con lo viejo, lo extraño con lo doméstico, lo profano con lo sagrado, la costumbre se extenderá necesariamente por doquier, hasta que al cabo la Iglesia no tendrá nada intacto, nada inadulterado, nada sano, nada puro; sino que donde antes había un santuario de verdad casta e inmaculada, en adelante habrá un lupanar de errores impíos y viles. Que la misericordia de Dios aparte esta impiedad de las mentes de sus siervos; sea más bien frenesí de los impíos.

    Cap. 23, § 59

    [59.] Mas la Iglesia de Cristo, guardiana atenta y vigilante de las doctrinas depositadas a su cargo, jamás cambia nada en ellas, jamás disminuye, jamás añade; no corta lo necesario, no añade lo superfluo, no pierde lo suyo, no se apropia lo ajeno; sino que, tratando fiel y juiciosamente con la doctrina antigua, mantiene cuidadosamente ante los ojos este único objeto: si hay algo que la antigüedad ha dejado informe y rudimentario, modelarlo y pulirlo; si algo ya reducido a forma y desarrollado, consolidarlo y fortalecerlo; si algo ya ratificado y definido, custodiarlo y guardarlo. Finalmente, ¿qué otro objeto se han propuesto jamás los Concilios en sus decretos sino proveer que lo que antes se creía con sencillez se creyese en lo futuro con inteligencia; que lo que antes se predicaba con frialdad se predicase en adelante con fervor; que lo que antes se practicaba con negligencia se practicase en adelante con doble solicitud? Esto, digo, es lo que la Iglesia católica, despertada por las novedades de los herejes, ha llevado a cabo con los decretos de sus Concilios; esto, y nada más: ha consignado en adelante por escrito a la posteridad lo que de los antiguos había recibido sólo por tradición, abarcando gran cantidad de materia en pocas palabras, y, a menudo, para su mejor comprensión, designando un antiguo artículo de la fe con el distintivo de un nombre nuevo.
    Comentario editorial · Progreso sin cambio, y «un nombre nuevo»
    Vicente admite el progreso, pero «dentro de su propio género»: «en la misma doctrina, en el mismo sentido y en el mismo significado» (§ 54), como el cuerpo que crece sin dejar de ser el mismo (§ 55). En el § 59 dice que los concilios dejan por escrito lo recibido y a veces designan un artículo antiguo de la fe «con el distintivo de un nombre nuevo»; el ejemplo de Heurtley es homoousios, «consustancial» (véase Homoousios). Heurtley cita también la Definición de Calcedonia (451, años después de la obra), según la cual los ciento cincuenta Padres de Constantinopla no suplían omisión alguna de los trescientos dieciocho de Nicea. El concilio Vaticano I (Dei Filius, cap. 4) recoge la fórmula del § 54 con una nota que remite a Vicente.

    Capítulo 24. Continuación de la exposición de 1 Tim. vi. 20

    Cap. 24, § 60

    [60.] Pero volvamos al Apóstol. «Oh Timoteo», dice, «guarda el depósito, evitando las profanas novedades de palabras». «Evítalas como evitarías a una víbora, como a un escorpión, como a un basilisco, no sea que te hieran no sólo con su contacto, sino aun con sus ojos y su aliento». ¿Qué es «evitar»? Ni siquiera comer [] con una persona de esta clase. ¿Qué es «evitar»? «Si alguno», dice San Juan, viene a vosotros y no trae esta doctrina. ¿Qué doctrina? ¿Cuál sino la doctrina católica y universal, que ha permanecido una y la misma a través de las varias sucesiones de las edades por la tradición incorrupta de la verdad, y así permanecerá para siempre— «No lo recibáis en vuestra casa, ni le saludéis; porque quien le saluda participa de sus malas obras» [].

    Cap. 24, § 61

    [61.] «Profanas novedades de palabras». ¿Qué palabras son éstas? Las que nada tienen de sagrado, nada de religioso, palabras del todo ajenas al santuario íntimo de la Iglesia, que es templo de Dios. Profanas novedades de palabras, es decir, de doctrinas, de temas, de opiniones que se oponen a la antigüedad y a la fe del tiempo antiguo. Si éstas se reciben, se sigue necesariamente que la fe de los bienaventurados padres queda violada, ya en todo, ya al menos en gran parte; se sigue necesariamente que todos los fieles de todas las edades, todos los santos, los castos, los continentes, las vírgenes, todo el clero, diáconos y sacerdotes, tantos miles de confesores, tan vasto ejército de mártires, tal multitud de ciudades y de pueblos, tantas islas, provincias, reyes, tribus, reinos, naciones, en una palabra, casi toda la tierra, incorporados a Cristo Cabeza, mediante la fe católica, han estado ignorantes durante tan largo espacio de tiempo, han estado equivocados, han blasfemado, no han sabido qué creer, qué confesar.

    Cap. 24, § 62

    [62.] «Evita las profanas novedades de palabras», las cuales nunca fue propio de católicos recibir y seguir; de herejes siempre lo fue. En verdad, ¿qué herejía brotó jamás sino con nombre definido, en lugar definido, en tiempo definido? ¿Quién originó jamás una herejía que no se apartara primero del acuerdo unánime de la universalidad y antigüedad de la Iglesia católica? Que esto es así se demuestra del modo más claro con ejemplos. Pues ¿quién, antes de aquel profano Pelagio, atribuyó al libre albedrío tanta fuerza antecedente como para negar la necesidad de la gracia de Dios que lo ayudase al bien en cada acto singular? ¿Quién, antes de su monstruoso discípulo Celestio, negó que todo el género humano está envuelto en la culpa del pecado de Adán? ¿Quién, antes del sacrílego Arrio, osó rasgar la unidad de la Trinidad? ¿Quién, antes del impío Sabelio, fue tan audaz como para confundir la Trinidad de la Unidad? ¿Quién, antes del crudelísimo Novaciano, representó a Dios como cruel en que prefería que el impío muriese antes que se convirtiese y viviese? ¿Quién, antes de Simón Mago, que fue herido por la reprensión del Apóstol, y de quien aquella antigua cloaca de todo lo vil ha fluido en secreta y continua sucesión hasta el mismo Prisciliano de nuestro tiempo—, quién, digo, antes de este Simón Mago, osó decir que Dios, el Creador, es autor del mal, es decir, de nuestras maldades, impiedades, flagicios, en cuanto afirma que Él creó con sus propias manos una naturaleza humana de tal condición que, por su propio movimiento y por el impulso de su voluntad constreñida por la necesidad, no puede hacer otra cosa, no puede querer otra cosa que pecar, viéndose que, agitada de acá para allá y encendida por las furias de toda suerte de vicios, es arrastrada por un deseo insaciable a los últimos extremos de la bajeza?

    Cap. 24, § 63

    [63.] Innumerables son los ejemplos de este género, que omito por brevedad; mas por todos ellos se demuestra manifiesta y claramente que es ley establecida, en el caso de casi todas las herejías, deleitarse siempre en profanas novedades, despreciar las decisiones de la antigüedad y, mediante las oposiciones de la ciencia falsamente llamada, naufragar en la fe. Por el contrario, es nota segura de los católicos guardar lo que les ha sido encomendado por los santos Padres, condenar las profanas novedades y, según las palabras del Apóstol, una y otra vez repetidas, anatematizar a todo aquel que predica otra doctrina distinta de la que ha sido recibida. [Gálatas 2:9].

    Capítulo 25. Los herejes apelan a la Escritura para engañar más fácilmente

    Cap. 25, § 64

    [64.] Aquí, posiblemente, pregunte alguno: ¿Apelan también los herejes a la Escritura? Ciertamente lo hacen, y con saña; porque los veréis corretear por todos y cada uno de los libros de la Sagrada Escritura: por los libros de Moisés, los libros de los Reyes, los Salmos, las Epístolas, los Evangelios, los Profetas. Ya sea entre los suyos, o entre extraños, en privado o en público, de palabra o por escrito, en reuniones convivales o en las calles, apenas presentan cosa alguna propia que no procuren amparar bajo las palabras de la Escritura. Leed las obras de Pablo de Samosata, de Prisciliano, de Eunomio, de Joviniano y de las demás pestes, y veréis un cúmulo infinito de ejemplos; apenas una sola página que no esté erizada de citas plausibles del Nuevo Testamento o del Antiguo.

    Cap. 25, § 65

    [65.] Pero cuanto más secretamente se ocultan al amparo de la Ley divina, tanto más deben ser temidos y vigilados. Porque saben que el mal olor de su doctrina difícilmente hallará acogida en nadie si se exhala pura y simple. La rocían, por tanto, con el perfume del lenguaje celestial, para que quien estaría dispuesto a despreciar el error humano, vacile en condenar las palabras divinas. Hacen, en efecto, lo que las nodrizas cuando preparan alguna bebida amarga para los niños: untan de miel todo el borde de la copa, para que el niño incauto, habiendo probado primero lo dulce, no tema lo amargo. Así obran también éstos, que disfrazan hierbas venenosas y jugos nocivos bajo nombres de medicinas, de modo que casi nadie, al leer la etiqueta, sospeche el veneno.

    Cap. 25, § 66

    [66.] Por esta razón clamó el Salvador: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.» [] ¿Qué se entiende por «vestidos de ovejas»? ¿Qué sino las palabras que los profetas y apóstoles, con la sencillez de las ovejas, tejieron de antemano como vellones, para aquel Cordero inmaculado que quita el pecado del mundo? ¿Qué son los lobos rapaces? ¿Qué sino las glosas salvajes y rabiosas de los herejes, que continuamente infestan los rediles de la Iglesia y despedazan el rebaño de Cristo donde pueden? Mas para hurtar con más afortunado engaño sobre las ovejas incautas, reteniendo la ferocidad del lobo, dejan su apariencia y se envuelven, por así decir, en el lenguaje de la Ley divina, como en un vellón, de modo que quien ha sentido la suavidad de la lana no tema los colmillos del lobo. Pero ¿qué dice el Salvador? «Por sus frutos los conoceréis;» es decir, cuando hayan comenzado no sólo a citar aquellas palabras divinas, sino también a exponerlas, no sólo a jactarse de ellas como a su favor, sino también a interpretarlas, entonces se entenderá aquella amargura, aquella acerbidad, aquella rabia; entonces se percibirá el mal olor de aquella novedosa ponzoña; entonces se descubrirán aquellas profanas novedades; entonces podréis ver primero la cerca rota, luego los mojones de los Padres removidos, luego la fe católica asaltada, luego la doctrina de la Iglesia despedazada.

    Cap. 25, § 67

    [67.] Tales eran aquellos a quienes el apóstol Pablo reprende en su Segunda Epístola a los Corintios, cuando dice: «Porque estos son falsos apóstoles, obreros engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo.» [2 Corintios 11:12] Los apóstoles adujeron ejemplos de la Sagrada Escritura; éstos hicieron lo mismo. Los apóstoles citaron la autoridad de los Salmos; éstos hicieron igualmente. Los apóstoles adujeron pasajes de los profetas; éstos todavía hicieron lo mismo. Pero cuando comenzaron a interpretar en sentidos diferentes los pasajes que ambos habían convenido en alegar, entonces se discernieron los sencillos de los astutos, los genuinos de los falsificados, los rectos de los torcidos; entonces, en una palabra, los verdaderos apóstoles de los falsos apóstoles. «Y no es de maravillar,» dice, «porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. No es, pues, de extrañar que sus servidores se disfracen como servidores de justicia.» Por tanto, según la autoridad del apóstol Pablo, cuantas veces los falsos apóstoles o falsos maestros citan pasajes de la Ley divina, con los cuales, mal interpretados, procuran apuntalar sus propios errores, no hay duda de que siguen las astucias de su padre, las cuales ciertamente nunca habría ideado, sino porque sabía que, donde podía introducir el error fraudulenta y furtivamente, no hay camino más fácil para lograr su impío propósito que fingir la autoridad de la Sagrada Escritura.

    Capítulo 26. Los herejes, al citar la Escritura, siguen el ejemplo del Demonio

    Cap. 26, § 68

    [68.] Pero dirá alguno: ¿Qué prueba tenemos de que el Demonio suela apelar a la Sagrada Escritura? Lea los Evangelios, donde está escrito: «Entonces el Demonio le tomó (al Señor el Salvador) y le puso sobre el pináculo del Templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo, porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos; en las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra.» ¿Qué trato han de esperar de aquel que asaltó incluso al Señor de la gloria con citas de la Escritura los hombres, gusanos insignificantes como son? «Si eres Hijo de Dios,» dice, «échate abajo.» ¿Por qué? «Porque,» dice, «escrito está.» Conviene que prestemos especial atención a este pasaje y lo tengamos presente, para que, advertidos por tan importante ejemplo de la autoridad evangélica, estemos seguros, sin duda, cuando encontremos a personas que alegan pasajes de los Apóstoles o de los Profetas contra la fe católica, de que el Demonio habla por sus bocas. Pues como entonces la Cabeza habló a la Cabeza, así ahora también los miembros hablan a los miembros: los miembros del Demonio a los miembros de Cristo, los descreídos a los creyentes, los sacrílegos a los religiosos; en una palabra, los herejes a los católicos.

    Cap. 26, § 69

    [69.] Pero ¿qué dicen? «Si eres Hijo de Dios, échate abajo;» es decir, si quieres ser hijo de Dios y recibir la herencia del Reino de los Cielos, échate abajo; es decir, precipítate desde la doctrina y tradición de aquella sublime Iglesia, que se imagina nada menos que el mismo templo de Dios. Y si alguno preguntara a uno de los herejes que da este consejo: ¿Cómo lo pruebas? ¿Qué fundamento tienes para decir que debo desechar la fe universal y antigua de la Iglesia católica? Tiene la respuesta pronta: «Porque escrito está;» e inmediatamente produce mil testimonios, mil ejemplos, mil autoridades de la Ley, de los Salmos, de los apóstoles, de los Profetas, por medio de los cuales, interpretados según un principio nuevo y erróneo, el alma infeliz puede ser precipitada desde la cumbre de la verdad católica al abismo más bajo de la herejía. Luego, con las promesas que acompañan, los herejes suelen engañar maravillosamente a los incautos. Porque se atreven a enseñar y prometer que en su iglesia, es decir, en el conventículo de su comunión, hay cierta gracia de Dios grande, especial y totalmente personal, de modo que quienes pertenezcan a su número, sin trabajo alguno, sin esfuerzo, sin diligencia, aunque ni pidan, ni busquen, ni llamen, tienen tal dispensación de Dios que, sostenidos por manos de ángeles, es decir, preservados por la protección de los ángeles, es imposible que tropiecen jamás su pie en piedra, es decir, que jamás se escandalicen.
    Comentario editorial · ¿Contra Agustín? Una lectura de los historiadores
    El § 69 describe, sin nombrarlos, a quienes prometen en su iglesia una gracia «especial y totalmente personal» que dispensaría de pedir, buscar y llamar. El nombre de Agustín no aparece en toda la obra. Pero Heurtley, que cita en este sentido a Noris y a Vossius, cree que Vicente piensa en él y en sus seguidores: su Apéndice II compara el pasaje con la carta de Próspero a Agustín, que recoge las quejas del clero de Marsella, y con Sobre el don de la perseverancia 23, 64, donde Agustín responde que pedir, buscar y llamar son ya un don. Las fuentes difieren en el tono: la Catholic Encyclopedia dice que Vicente era semipelagiano; Heurtley, que no está claro que sostuviera esa doctrina, aunque es «sumamente probable» que simpatizara con ella; Wikipedia añade que «semipelagianismo» es un término del siglo XVI que muchos estudiosos juzgan impreciso. Véase Agustín.

    Capítulo 27. Qué regla ha de observarse en la interpretación de la Escritura

    Cap. 27, § 70

    [70.] Pero se dirá: Si las palabras, los sentimientos, las promesas de la Escritura son alegadas por el Demonio y sus discípulos, de los cuales algunos son falsos apóstoles, algunos falsos profetas y falsos maestros, y todos sin excepción herejes, ¿qué han de hacer los católicos y los hijos de la Madre Iglesia? ¿Cómo distinguir la verdad de la falsedad en las sagradas Escrituras? Deben tener mucho cuidado de seguir aquel camino que, al comienzo de este Commonitorio, dijimos que varones santos y doctos nos habían encomendado, a saber, que deben interpretar el canon sagrado según las tradiciones de la Iglesia universal y conforme a las reglas de la doctrina católica; en cuya Iglesia católica y universal, además, deben seguir la universalidad, la antigüedad, el consentimiento. Y si en algún momento una parte se opone al todo, la novedad a la antigüedad, el disentimiento de uno o de pocos que yerran al consentimiento de todos o al menos de la gran mayoría de los católicos, entonces deben preferir la solidez del todo a la corrupción de una parte; en ese mismo todo deben preferir la religión de la antigüedad a la profanidad de la novedad; y en la antigüedad misma, de igual manera, a la temeridad de uno o de muy pocos deben preferir, ante todo, los decretos generales, si los hay, de un Concilio Universal, o si no los hay, lo que es lo segundo mejor, deben seguir el sentir unánime de muchos y grandes maestros. Regla que, observada fiel, sobria y escrupulosamente, nos permitirá detectar con poca dificultad los errores nocivos de los herejes a medida que surjan.

    Capítulo 28. De qué manera, cotejando las opiniones concordes de los antiguos maestros, pueden descubrirse y condenarse las novedades de los herejes

    Cap. 28, § 71

    [71.] Y aquí percibo que, como secuela necesaria de lo anterior, debo mostrar con ejemplos de qué manera, cotejando las opiniones concordes de los antiguos maestros, pueden descubrirse y condenarse las profanas novedades de los herejes. Sin embargo, en la investigación de este antiguo consentimiento de los santos Padres, no hemos de esforzarnos en toda cuestión menor de la Ley divina, sino sólo, al menos especialmente, donde se trata de la Regla de fe. Ni ha de recurrirse a esta manera de tratar la herejía siempre, ni en todos los casos, sino sólo en el caso de aquellas herejías que son nuevas y recientes, y eso en su primer surgimiento, antes de que hayan tenido tiempo de depravar las Reglas de la fe antigua, y antes de que procuren, mientras el veneno se extiende y se difunde, corromper los escritos de los antiguos. Pero las herejías ya ampliamente difundidas y de antigua data de ningún modo han de ser tratadas así, puesto que por el transcurso del tiempo han tenido larga oportunidad de corromper la verdad. Y por tanto, en cuanto a los cismas o herejías más antiguos, debemos o bien confutarlos, si es necesario, por la sola autoridad de las Escrituras, o al menos evitarlos como ya condenados desde antiguo por los concilios universales del Sacerdocio católico.

    Cap. 28, § 72

    [72.] Por tanto, tan pronto como la corrupción de cada error dañino comienza a brotar y a defenderse hurtando ciertos pasajes de la Escritura y exponiéndolos fraudulenta y engañosamente, inmediatamente han de recogerse las opiniones de los antiguos en la interpretación del canon, mediante las cuales la novedad, y por consiguiente la profanidad, sea cual sea, que surja, pueda ser sin duda expuesta y sin tergiversación condenada. Pero las opiniones de sólo aquellos Padres han de usarse para comparación, que viviendo y enseñando santa, sabia y constantemente en la fe y comunión católicas, fueron tenidos por dignos de morir en la fe de Cristo o de padecer muerte feliz por Cristo. A los cuales, sin embargo, hemos de creer con esta condición: que sólo ha de tenerse por indudable, cierto, establecido, lo que todos, o la mayor parte, han sostenido y confirmado manifiesta, frecuente y persistentemente en uno y el mismo sentido, formando, como si dijéramos, un concilio unánime de doctores, todos recibiendo, sosteniendo, transmitiendo la misma doctrina. Pero lo que un maestro sostenga, distinto de todos, o contrario a todos, sea santo y docto, sea obispo, sea confesor, sea mártir, téngase por opinión privada suya y sepárese de la autoridad de la persuasión común, pública y general, no sea que, según la costumbre sacrílega de herejes y cismáticos, desechando la verdad antigua del Credo universal, sigamos, con sumo peligro de nuestra salvación eterna, el error recién inventado de un solo hombre.

    Cap. 28, § 73

    [73.] Para que nadie acaso piense temerariamente que el santo y católico consentimiento de estos bienaventurados padres ha de ser despreciado, dice el Apóstol en la Primera Epístola a los Corintios: «Dios ha puesto en la Iglesia, primeramente apóstoles,» [] de los cuales él mismo era uno; «en segundo lugar profetas,» como Ágabo, de quien leemos en los Hechos de los Apóstoles; [] «luego doctores,» que ahora se llaman Homilistas, Expositores, a quienes el mismo apóstol llama a veces también «Profetas,» porque por ellos se abren al pueblo los misterios de los Profetas. Quienquiera, por tanto, que desprecie a éstos, que tuvieron su designación de Dios en su Iglesia en sus varios tiempos y lugares, cuando están unánimes en Cristo, en la interpretación de algún punto de la doctrina católica, no desprecia al hombre, sino a Dios, de cuya unidad en la verdad, para que nadie se aparte, el mismo Apóstol protesta encarecidamente: «Os ruego, hermanos, que todos habléis una misma cosa, y que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.» [] Pero si alguno disiente de su decisión unánime, escuche las palabras del mismo apóstol: «Dios no es Dios de disensión, sino de paz;» [] es decir, no de aquel que se aparta de la unidad del consentimiento, sino de los que permanecen firmes en la paz del consentimiento: «como,» continúa, «enseño en todas las Iglesias de los santos,» es decir, de los católicos, las cuales iglesias son por tanto iglesias de los santos, porque continúan firmes en la comunión de la fe.

    Cap. 28, § 74

    [74.] Y para que nadie, despreciando a todos los demás, pretenda arrogantemente ser escuchado él solo, creído él solo, prosigue el Apóstol: «¿Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o ha llegado a vosotros solos?» Y para que esto no se piense dicho a la ligera, continúa: «Si alguno se cree profeta o espiritual, reconozca que las cosas que os escribo son mandamientos del Señor.» Respecto de lo cual, a menos que uno sea profeta o espiritual, es decir, maestro en cosas espirituales, sea tan observador como sea posible de la imparcialidad y de la unidad, de modo que ni prefiera sus propias opiniones a las de todos los demás, ni se aparte de la creencia del cuerpo entero. Mandato que, quien lo ignora, será él mismo ignorado; [1 Corintios 14:33] es decir, el que no aprende lo que no sabe, o desprecia lo que sabe, será ignorado, es decir, será considerado indigno de ser contado por Dios entre los que están unidos entre sí por la fe e igualados entre sí por la humildad, mal más terrible que el cual no puedo imaginar. Esto es, sin embargo, lo que, según la amenaza del Apóstol, vemos que ha sucedido a Juliano el Pelagiano, que o bien descuidó asociarse a la creencia de sus hermanos cristianos, o bien presumió de disociarse de ella.

    Cap. 28, § 75

    [75.] Pero ya es tiempo de presentar el ejemplo prometido, dónde y cómo se han recogido las sentencias de los santos Padres, de modo que conforme a ellas, por decreto y autoridad de un concilio, se establezca la regla de la fe de la Iglesia. Lo cual, para que se haga más convenientemente, termine aquí este Commonitorio presente, de modo que el resto que ha de seguir se comience desde un nuevo principio.
    Texto de la fuenteEdición inglesa (NPNF) · Nota del editor al final del primer Conmonitorio · Cap. 28, nota de la edición
    [El Segundo Libro del Commonitorio se ha perdido. Nada queda de él sino la conclusión: es decir, la recapitulación que sigue.]

    Capítulo 29. Recapitulación

    Cap. 29, § 76

    [76.] Siendo esto así, ya es tiempo de que, al cierre de este segundo Commonitorio, recapitulemos lo dicho en él y en el precedente.
    Dijimos más arriba que ha sido siempre costumbre de los católicos, y todavía lo es, probar la fe verdadera de estas dos maneras: primero, por la autoridad del Canon divino; después, por la tradición de la Iglesia católica. No porque el Canon por sí solo no baste para toda cuestión, sino porque, al interpretar las palabras divinas según su propio parecer, los más abrazan varias opiniones erróneas; por eso es necesario que la interpretación de la divina Escritura se rija por la única norma de la fe de la Iglesia, sobre todo en aquellos artículos en que descansan los fundamentos de toda la doctrina católica.

    Cap. 29, § 77

    [77.] Dijimos asimismo que, en la Iglesia misma, ha de atenderse al consentimiento unánime de la universalidad juntamente con el de la antigüedad, no sea que nos veamos arrancados de la integridad de la unidad y arrastrados al cisma, o nos precipitemos de la religión de la antigüedad a las novedades heréticas. Dijimos además que, en esta misma antigüedad eclesiástica, dos cosas han de tenerse con sumo cuidado y diligencia ante los ojos de quienes deseen mantenerse libres de herejía: primero, que averigüen si en tiempos antiguos se dio alguna decisión sobre la materia en cuestión por todo el sacerdocio de la Iglesia católica, con la autoridad de un Concilio general; y segundo, si surgiera alguna cuestión nueva sobre la que no se ha dado tal decisión, que recurran entonces a las sentencias de los santos Padres, al menos de aquellos que, cada uno en su tiempo y lugar, permaneciendo en la unidad de la comunión y de la fe, fueron tenidos por maestros probados; y todo aquello que se hallare que éstos sostuvieron con una sola mente y con un solo consentimiento, esto debe ser tenido por doctrina verdadera y católica de la Iglesia, sin duda ni escrúpulo alguno.

    Cap. 29, § 78

    [78.] Y para que no pareciera que lo alegábamos con presunción, por nuestra propia autoridad más que por la de la Iglesia, apelamos al ejemplo del santo concilio celebrado hace unos tres años en Éfeso, en Asia, en el consulado de Basso y de Antioco, donde, cuando se suscitó la cuestión de determinar con autoridad las reglas de la fe, no fuese que se deslizara alguna profana novedad, como ocurrió con la perversión de la verdad en Ariminum, toda la asamblea de sacerdotes allí reunidos, casi doscientos en número, aprobó como lo más católico, lo más seguro y lo mejor: sacar a la luz las sentencias de los santos Padres, de los cuales era bien sabido que unos habían sido mártires, otros confesores, pero todos habían sido y continuaron siendo hasta el fin sacerdotes católicos, a fin de que, por su unánime determinación, se confirmara debida y solemnemente la reverencia debida a la verdad antigua y se condenara la blasfemia de la profana novedad. Hecho lo cual, aquel impío Nestorio fue legítima y merecidamente juzgado opuesto a la antigüedad católica, y, por el contrario, el bienaventurado Cirilo conforme con ella. Y para que nada faltara a la credibilidad del asunto, registramos los nombres y el número (aunque habíamos olvidado el orden) de los Padres, según cuyo unánime y concorde juicio se expusieron tanto los sagrados preliminares del procedimiento judicial como se estableció la regla de la verdad divina. A quienes, para robustecer nuestra memoria, no será trabajo superfluo mencionar de nuevo aquí también.

    Capítulo 30. El Concilio de Éfeso

    Cap. 30, § 79

    [79.] Estos son, pues, los varones cuyos escritos, ya como jueces, ya como testigos, fueron leídos en el Concilio: san Pedro, obispo de Alejandría, doctor excelentísimo y mártir bienaventuradísimo; san Atanasio, obispo de la misma ciudad, maestro fidelísimo y confesor eminentísimo; san Teófilo, asimismo obispo de la misma ciudad, varón ilustre por su fe, por su vida, por su saber, cuyo sucesor, el reverendo Cirilo, adorna ahora la Iglesia alejandrina. Y no fuera que la doctrina ratificada por el Concilio se creyera propia de una sola ciudad y provincia, se añadieron también aquellas lumbreras de Capadocia, san Gregorio Nacianceno, obispo y confesor; san Basilio de Cesarea de Capadocia, obispo y confesor; y el otro san Gregorio, san Gregorio de Nisa, por su fe, por su conducta, por su integridad y por su sabiduría, dignísimo de ser hermano de Basilio. Y no fuera que Grecia o el Oriente parecieran estar solos, para probar que también el mundo occidental y latino ha sostenido siempre la misma creencia, se leyeron en el Concilio ciertas Epístolas de san Félix, mártir, y de san Julio, ambos obispos de Roma. Y para que no sólo la Cabeza, sino también las demás partes del mundo, dieran testimonio del juicio del concilio, se añadió desde el Mediodía el bienaventuradísimo Cipriano, obispo de Cartago y mártir, y desde el Norte san Ambrosio, obispo de Milán.

    Cap. 30, § 80

    [80.] Estos, pues, todos, en el sagrado número del decálogo, fueron presentados en Éfeso como doctores, consejeros, testigos, jueces. Y aquel santo concilio, sosteniendo su doctrina, siguiendo su consejo, creyendo su testimonio, sometiéndose a su juicio sin precipitación, sin prejuicio, sin parcialidad, dio su determinación acerca de las reglas de la fe. Podría haberse aducido un número mucho mayor de los antiguos; pero era innecesario, porque ni era justo que el tiempo se ocupara con una multitud de testigos, ni nadie supone que aquellos diez pensaran realmente de modo distinto de los demás colegas suyos.
    Comentario editorial · Éfeso (431): los diez testigos
    Vicente cuenta «casi doscientos» obispos; Wikipedia habla de unos 250 y de sesiones entre el 22 de junio y el 31 de julio de 431. Según una nota de la edición inglesa, las actas citaron a doce Padres, no a diez: Vicente omite a Ático de Constantinopla y a Anfiloquio de Iconio. Solo dos de los pasajes leídos, los de Atanasio y Gregorio Nacianceno, contienen la palabra Theotokos, y Milman los juzgó de «muy dudoso alcance» frente a Nestorio; Heurtley responde que todos expresan lo que esa palabra simboliza. Observa además que, salvo Cipriano, los citados eran de época relativamente reciente, y que la apelación de Vicente habría convenido más a su propósito si la antigüedad estuviera mejor representada.

    Capítulo 31. La constancia de los Padres efesinos en expulsar la novedad y mantener la antigüedad

    Cap. 31, § 81

    [81.] Después de lo anterior añadimos también la sentencia del bienaventurado Cirilo, que se contiene en estas mismas Actas eclesiásticas. Pues, leída que fue la Epístola de Capreolo, obispo de Cartago, en la cual encarecidamente suplica que la novedad sea expulsada y la antigüedad mantenida, Cirilo hizo y llevó adelante la propuesta que no estará fuera de lugar insertar aquí: Pues dice, al final de las actas, «Insértese también en las actas la Epístola de Capreolo, reverendo y religiosísimo obispo de Cartago, que ha sido leída. Su intención es manifiesta, pues suplica que las doctrinas de la fe antigua sean confirmadas, y que las que son nuevas, inventadas caprichosamente e impíamente promulgadas, sean reprobadas y condenadas.» Todos los obispos exclamaron: «Éstas son las palabras de todos; esto decimos todos, esto deseamos todos.» ¿Qué significan «las palabras de todos,» qué significan «los deseos de todos,» sino que lo que ha sido transmitido desde la antigüedad debe retenerse, y lo nuevamente inventado, rechazarse con desdén?
    Comentario editorial · Capreolo de Cartago y la ausencia de Agustín
    La carta de Capreolo, obispo de Cartago, es la que Cirilo hizo insertar en las actas (§ 81). Heurtley cuenta su origen: Teodosio II había escrito a Agustín para citarlo en Éfeso; Agustín murió antes de que la carta llegara, y esta pasó a Capreolo; los vándalos impedían que los obispos africanos se reunieran, y Capreolo envió con una carta a su diácono Besula. Se leyó en latín y en griego. Agustín murió en agosto de 430 (Heurtley, Apéndice II).

    Cap. 31, § 82

    [82.] A continuación expresamos nuestra admiración por la humildad y santidad de aquel Concilio, tales que, aunque el número de sacerdotes era tan grande, casi la mayor parte de ellos metropolitanos, tan eruditos, tan doctos que casi todos eran capaces de tomar parte en discusiones doctrinales, a quienes la misma circunstancia de estar reunidos con ese propósito parecía animar a tomar alguna determinación por su propia autoridad, sin embargo nada innovaron, nada presumieron, absolutamente nada se arrogaron, sino que pusieron todo el cuidado posible en no transmitir a la posteridad sino aquello que ellos mismos habían recibido de sus Padres. Y no sólo resolvieron satisfactoriamente el asunto que tenían entre manos, sino que dieron ejemplo a los que habían de venir después de ellos, de cómo también ellos deben adherirse a las determinaciones de la sagrada antigüedad y condenar los artificios de la profana novedad.

    Cap. 31, § 83

    [83.] Denunciamos también la perversa presunción de Nestorio, que se jactaba de ser el primero y el único que entendía la Sagrada Escritura, y de que eran ignorantes todos aquellos doctores que antes de él habían expuesto los sagrados oráculos, a saber, todo el cuerpo de sacerdotes, todo el cuerpo de confesores y mártires, de los cuales unos habían publicado comentarios sobre la Ley de Dios, otros habían coincidido con ellos en sus comentarios o se habían aquietado a ellos. En una palabra, afirmaba confiadamente que toda la Iglesia estaba aun ahora en error, y que siempre lo había estado, porque, a su parecer, había seguido y seguía a doctores ignorantes y equivocados.

    Capítulo 32. El celo de Celestino y Sixto, obispos de Roma, en oponerse a la novedad

    Cap. 32, § 84

    [84.] Lo anterior sería bastante, y aun mucho más que bastante, para aplastar y aniquilar toda profana novedad. Pero, con todo, para que nada faltara a tan completa prueba, añadimos, al final, la doble autoridad de la Sede Apostólica: primero, la del santo Papa Sixto, venerable prelado que ahora adorna la Iglesia romana; y en segundo lugar la de su predecesor, el Papa Celestino, de feliz memoria, la cual nos parece asimismo necesario insertar aquí.
    Dice, pues, el santo Papa Sixto en una Epístola que escribió sobre el asunto de Nestorio al obispo de Antioquía: «Por tanto, puesto que, como dice el Apóstol, la fe es una—evidentemente la fe que hasta ahora ha prevalecido—, creamos lo que ha de decirse y digamos lo que ha de mantenerse.» ¿Cuáles son esas cosas que han de creerse y decirse? Prosigue: «No se conceda licencia a la novedad, porque no conviene que se haga adición alguna a la antigüedad. No se contamine la clara fe y creencia de nuestros mayores con mezcla alguna de cieno.» ¡Sentimiento verdaderamente apostólico! Realza la creencia de los Padres con el epíteto de claridad; a las profanas novedades las llama cieno.

    Cap. 32, § 85

    [85.] El santo Papa Celestino se expresa asimismo de manera semejante y con el mismo efecto. Pues en la Epístola que escribió a los sacerdotes de la Galia, acusándolos de connivencia con el error, en cuanto que por su silencio faltaron a su deber para con la fe antigua y permitieron que brotaran profanas novedades, dice: «Con razón seremos culpables si con el silencio fomentamos el error. Reprended, pues, a estas gentes; refrenad su libertad de predicar.» Pero aquí podría alguno dudar quiénes son aquellos a quienes prohíbe la libertad de predicar a su antojo: los predicadores de la antigüedad o los inventores de la novedad. Dígalo él mismo; resuelva él mismo la duda del lector. Pues prosigue: «Si así es el caso (es decir, si el caso es como ciertas personas se me quejan tocante a vuestras ciudades y provincias, que por vuestra dañosa disimulación hacéis que consientan en ciertas novedades), si así es el caso, cese la novedad de asaltar a la antigüedad.» Ésta, pues, fue la sentencia del bienaventurado Celestino: no que la antigüedad deba cesar de subvertir la novedad, sino que la novedad cese de asaltar a la antigüedad.
    Comentario editorial · La carta de Celestino y el «si ita est»
    Heurtley cuenta en el Apéndice III el contexto de la carta de Celestino a los obispos del sur de la Galia: Próspero e Hilario fueron a Roma (Wikipedia pone el viaje de Próspero en 431) a quejarse de que algunos de ellos toleraban la enseñanza dudosa de su clero y la falta de respeto a la memoria de Agustín. Celestino añade, según la versión de Heurtley, algo que Vicente no cita: «Con Agustín, a quien todos amaron y honraron, siempre mantuvimos la comunión». Heurtley dice que el modo en que Vicente usa esa carta ha sido considerado «muy comúnmente, y con razón» indicio de una inclinación semipelagiana (cita al editor benedictino de Agustín, a Noris, Vossius, Tillemont y Neander), y que el «si es así» repetido muestra, a su juicio, el deseo de trasladar a los otros la acusación de novedad. Es la lectura de esos historiadores; el texto de Vicente no nombra a nadie.

    Capítulo 33. Los hijos de la Iglesia católica deben adherirse a la fe de sus Padres y morir por ella

    Cap. 33, § 86

    [86.] Quienquiera, pues, que contradiga estas determinaciones apostólicas y católicas, ante todo insulta necesariamente la memoria de san Celestino, quien decretó que la novedad cesara de asaltar a la antigüedad; y en segundo lugar menosprecia la decisión de san Sixto, cuya sentencia fue: «No se conceda licencia a la novedad, puesto que no conviene que se haga adición alguna a la antigüedad;» más aún, condena la determinación del bienaventurado Cirilo, que ensalzó con grandes alabanzas el celo del venerable Capreolo, en cuanto éste deseaba ardientemente que las antiguas doctrinas de la fe fueran confirmadas y las invenciones novedosas condenadas; todavía más, pisotea el Concilio de Éfeso, es decir, las decisiones de los santos obispos de casi todo el Oriente, quienes decretaron, bajo la guía divina, que nada debe ser creído por la posteridad sino lo que la sagrada antigüedad de los santos Padres, unánimes en Cristo, había sostenido; los cuales, a una voz y con gran clamor, testificaron que éstas eran las palabras de todos, éste el deseo de todos, ésta la sentencia de todos: que así como casi todos los herejes anteriores a Nestorio, despreciando la antigüedad y sosteniendo la novedad, habían sido condenados, así también Nestorio, autor de la novedad y asaltante de la antigüedad, debía ser condenado. Quien desapruebe esta unánime determinación, inspirada por el don de la gracia sagrada y celestial, forzosamente ha de tener por injustamente condenada la impiedad de Nestorio; finalmente, desprecia como vil y sin valor a toda la Iglesia de Cristo, y a sus doctores, apóstoles y profetas, y especialmente al bienaventurado apóstol Pablo: desprecia a la Iglesia, en cuanto que nunca ha dejado de ser fiel al deber de guardar y preservar la fe una vez entregada a ella; desprecia a san Pablo, que escribió: «Oh Timoteo, guarda el depósito que se te ha confiado, evitando las profanas novedades de palabras;» [] y de nuevo: «Si alguno os predica cosa distinta de la que habéis recibido, sea anatema.» [] Y si ni los preceptos ni los decretos eclesiásticos pueden ser violados, por los cuales, conforme al sagrado consentimiento de la universalidad y de la antigüedad, todos los herejes siempre, y, los últimos, Pelagio, Celestio y Nestorio, han sido justa y merecidamente condenados, entonces ciertamente incumbe a todos los católicos que desean mostrarse hijos genuinos de la Madre Iglesia adherirse de aquí en adelante a la santa fe de los santos Padres, estar desposados con ella, morir en ella; y en cuanto a las profanas novedades de los hombres profanos, detestarlas, aborrecerlas, oponerse a ellas, no darles cuartel.

    Cap. 33, § 87

    [87.] Estos asuntos, tratados más por extenso en los dos Commonitorios precedentes, los he reunido ahora más brevemente a modo de recapitulación, a fin de que mi memoria, para cuya ayuda los compuse, por una parte sea refrescada con el repaso frecuente, y por otra evite ser fatigada por la prolijidad.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el Conmonitorio

    Vicente no discute la suficiencia de la Escritura —el § 5 la da por «completa» y «más que suficiente»—, sino cómo se la lee: como se interpreta de muchos modos, hay que leerla según la Iglesia. Su respuesta tiene tres piezas. Un orden de criterios para cuando hay desacuerdo (Cap. 3): el cuerpo entero antes que un miembro, la antigüedad antes que la novedad, un concilio general antes que unos pocos y, a falta de él, el parecer concorde de los maestros. La prueba de los maestros eminentes que yerran (Cap. 10 a 18), con Nestorio, Fotino, Apolinar, Orígenes y Tertuliano. Y un progreso que crece sin alterar (Cap. 23). Avisa además de que los herejes también citan la Escritura (Cap. 25 y 26), de modo que la cita por sí sola no decide nada.
    La Catholic Encyclopedia señala dos ideas que han atraído más atención: la fidelidad a la tradición (Cap. 3 y 29) y el progreso de la doctrina (Cap. 23). La segunda llegó a un texto conciliar: Dei Filius, del Vaticano I (24 de abril de 1870), reproduce en su capítulo 4 la fórmula del § 54 y remite en nota a Vicente. Los §§ 36 a 42 se parecen tanto al llamado credo atanasiano que Antelmi atribuyó este a Vicente; Heurtley añade que, si lo escribió Vicente, no puede ser la obra más extensa que este promete en el § 41, y que, si no fue él, su autor conocía al menos el Conmonitorio. Queda abierta la polémica con Agustín: el texto no lo nombra, y que lo tuviera en mira es una lectura de los historiadores que se expone en las notas de los Cap. 26 y 32. Heurtley recuerda que el II concilio de Orange (529) condenó la doctrina que se llamó después semipelagiana.
    Límites. La fecha (hacia 434) se deduce del texto y de la edición inglesa; la identificación del autor con un presbítero de Lerins viene de Gennadio y se toma de ella sin examinarla. La obra conservada es el primer libro y un resumen del segundo. Las identificaciones y fechas de las notas proceden de las fuentes que se citan, no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase: tiene los defectos señalados en los Cap. 17 a 20 (falta el § 48 y el § 50 está dos veces, tres capítulos perdieron su número y un marcador de sección).
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra