III, 22, 26
Por último, si estas dos o tres palabras, ¿Y si?, y Posiblemente, son tan absolutamente intolerables, que por causa de ellas habríamos de despertar de su largo sueño a los académicos, a Carnéades, a Pilo, a Furio, a Diógoras, y a la nieve negra, y a la caída del cielo, y todo lo demás que es igualmente insensato y absurdo, retírense de nuestro argumento. Pues, de hecho, de ningún modo es imposible expresar lo que deseamos decir sin ellas. Basta para nuestro propósito lo que se encuentra un poco más adelante, y que él mismo ha introducido de mi carta: "¿Por qué medios, pues, ha de ser limpiado el que recibe el bautismo cuando la conciencia del que da está contaminada, y eso sin saberlo el que ha de recibir el sacramento?" ¿Reconoces que aquí no hay ningún ¿Y si?, ningún Posiblemente? Bien, entonces que se dé una respuesta. Prestad mucha atención, no sea que se halle que responde a esto en lo que sigue. "Pero", dice él, "yo te ato en tu cavilación a la fe de creer, para que no te desvíes más de ella. ¿Por qué apartas tu vida de los errores con argumentos de necedad? ¿Por qué perturbas el sistema de creencia respecto de cosas sin razón? Con esta sola palabra te ato y te convenzo." Fue Petiliano quien dijo esto, no yo. Estas palabras son de la carta de Petiliano; pero de aquella carta, a la que ahora mismo añadí las dos palabras que él me acusa de haber suprimido, mostrando que, no obstante su adición, la pertinencia de mi pregunta, a la que no responde, permanece con mayor brevedad y sencillez. Está fuera de discusión que estas dos palabras son, En santidad, y A sabiendas: de modo que no debería ser "La conciencia del que da", sino "La conciencia del que da en santidad; " y que no debería ser "El que ha recibido su fe de un infiel", sino "El que ha a sabiendas recibido su fe de un infiel." Y sin embargo, en realidad no había suprimido estas palabras; sino que no las había encontrado en la copia que se puso en mis manos. Es muy posible que fuera incorrecta; ni es en verdad totalmente inverosímil que incluso por esta sugerencia se despierte contra mí el rencor académico, y se afirme que, al declarar que la copia era incorrecta, dije casi lo mismo que si hubiera declarado que la nieve era negra. Pues ¿por qué habría yo de pagarle con la misma moneda su insinuación temeraria, y decir que, aunque él finge que yo suprimí las palabras, en realidad las añadió él después él mismo, ya que la copia, que no está airada, puede confirmar aquella señal de incorrección, sin ninguna temeridad injuriosa por mi parte?
III, 23, 27
Y, en primer lugar, con respecto a aquella primera expresión, "Del que da en santidad", no estorba en lo más mínimo mi indagación, por la que él se siente tan angustiado, tanto si uso la expresión, "Si la conciencia del que da es lo que buscamos", como la frase más completa, "Si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos, para limpiar la conciencia del que recibe", ¿por qué medios, pues, ha de ser limpiado el que recibe el bautismo, si la conciencia del que da está contaminada, sin saberlo el que ha de recibir el sacramento? Y con respecto a la otra palabra que se añade, "a sabiendas", de modo que la frase no deba decir, "El que ha recibido su fe de un infiel", sino "El que ha recibido a sabiendas su fe de un infiel, no recibe fe, sino culpa", confieso que había dicho algunas cosas como si la palabra estuviera ausente, pero fácilmente puedo permitirme prescindir de ellas; porque causaban más obstáculo a la facilidad de mi argumento que ayuda a su fuerza. Pues ¿con cuánta más prontitud, cuánto más clara y brevemente, puedo plantear la pregunta así: "Si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe", y "si el que ha recibido a sabiendas su fe de un infiel no recibe fe, sino culpa", por qué medios es limpiado aquel al que está oculta la mancha en la conciencia del que da, mas no en santidad? ¿Y de dónde recibe la fe verdadera el que es bautizado sin saberlo por un infiel? Declárese de dónde será esto, y entonces se revelará toda la doctrina del bautismo; entonces saldrá a la luz todo lo que es materia de investigación—pero solo si se declara, no si el tiempo se consume en maledicencia.
III, 24, 28
Así, pues, cualquier cosa que encuentre en estas dos palabras—ya traiga acusaciones calumniosas sobre su supresión, ya se jacte de que han sido añadidas—, percibís que en nada estorba mi pregunta, a la que no puede hallar respuesta alguna que dar; y, por tanto, no queriendo guardar silencio, aprovecha la oportunidad de hacer un ataque contra mi persona,— retirándose, diría yo, de la discusión, salvo que nunca había entrado en ella. Pues como si la cuestión fuera sobre mí, y no sobre la verdad de la Iglesia, ni del bautismo, por eso dice que yo, al suprimir estas dos palabras, he argumentado como si no fuera piedra de tropiezo para mi conciencia el que yo haya ignorado lo que él llama la conciencia sacrílega del que me contaminó. Pero si esto fuera así, la adición de la palabra "a sabiendas", que así se introduce, estaría a mi favor, y su supresión obraría en mi contra. Pues si hubiera querido que mi defensa se apoyara en que se supusiera que yo no había conocido la conciencia del hombre que me bautizó, entonces aceptaría a Petiliano como habiendo hablado en favor mío, ya que no dice en términos generales: "El que ha recibido su fe de un infiel", sino "El que ha recibido a sabiendas su fe de un infiel, no recibe fe, sino culpa"; así podría yo jactarme de que había recibido no culpa, sino fe, pues podría decir que no la recibí a sabiendas de un infiel, sino que desconocía la conciencia del que la dio. Mirad, pues, y calculad cuidadosamente, si podéis, cuánta superfluidad de palabras gasta en la única frase, "Desconocía" que él declara que yo he usado; mientras que yo no la usé en absoluto—en parte porque la cuestión en discusión no se refería a mí, de modo que yo necesitara usarla; en parte porque no era manifiesta culpa alguna en quien me bautizó, de modo que yo me viera forzado a decir en mi defensa que había desconocido su conciencia.
III, 25, 29–30
Y sin embargo Petiliano, para evitar responder a lo que yo he dicho, se propone a sí mismo lo que yo no he dicho, y aparta la atención de los hombres de la consideración de su deuda, para que no le exijan la respuesta que debería dar. Introduce constantemente las expresiones: "No he sabido", "Digo", y responde: "Pero si tú no lo sabías"; y, como si me convenciera, de modo que yo no pudiera decir: "Yo no lo sabía", cita a Mensurio, Ceciliano, Macario, Taurino, Romano, y declara que "habían obrado contra la Iglesia de Dios, como yo no podía dejar de saber, siendo africano y ya entrado en años", cuando, por lo que yo oigo, Mensurio murió en la unidad de la comunión de la Iglesia, antes de que el partido de Donato se separara de ella; mientras que yo había leído en la historia de Ceciliano que ellos mismos habían remitido su causa a Constantino, y que él había sido absuelto una y otra vez por los jueces que aquel emperador designó para conocer el asunto, y por tercera vez por el propio soberano, cuando apelaron a él. Pero todo lo que Macario, Taurino y Romano hicieron, ya en funciones judiciales o ejecutivas, a favor de la unidad contra su pertinaz locura, está fuera de duda que se hizo conforme a las leyes, las cuales esas mismas personas hicieron inevitables que se promulgaran y aplicaran, al remitir la causa de Ceciliano al juicio del emperador.
30. Entre otras muchas cosas del todo impertinentes, dice que "fui tan duramente golpeado por la sentencia del procónsul Mesiano, que me vi obligado a huir de África". Y a consecuencia de esta falsedad (a la que, si no fue él su autor, ciertamente prestó oídos maliciosos cuando otros la inventaron con malicia), ¿cuántas otras falsedades tuvo la osadía no solo de proferir, sino incluso de escribir con asombrosa temeridad, dado que fui a Milán antes del consulado de Banto, y que, en cumplimiento de la profesión de retórico que entonces seguía, recité un panegírico en su honor como cónsul el primero de enero, en presencia de una numerosísima asamblea de hombres; y tras aquel viaje no volví a África sino después de la muerte del tirano Máximo; mientras que el procónsul Mesiano oyó la causa de los maniqueos después del consulado de Banto, como lo muestra suficientemente la fecha de las crónicas insertadas por el propio Petiliano. Y si fuera necesario probar esto para satisfacción de los que dudan o creen lo contrario, podría presentar a muchos varones ilustres en su generación como testigos más que suficientes de todo aquel período de mi vida.
III, 26, 31
31. Pero ¿por qué investigamos estos puntos? ¿Por qué sufrimos y causamos ambos una demora innecesaria? ¿Es probable que por semejante camino descubramos con qué medios hemos de limpiar la conciencia del que recibe, el cual no sabe que la conciencia del que da está manchada de culpa; de dónde ha de recibir la fe el hombre que es bautizado sin saberlo por uno que no tiene fe? —esta es la cuestión que Petiliano se había propuesto responder en mi epístola, y luego siguió diciendo cualquier otra cosa que le plugo, salvo lo que el asunto requería. Cuántas veces ha dicho: "Si no estabas enterado", como si yo hubiera dicho lo que nunca dije: que yo no conocía la conciencia del que me bautizó. Y no parecía tener otro objeto en todo lo que su boca maldiciente derramó, sino aparentar probar que yo no había ignorado las maldades de aquellos entre quienes fui bautizado y con quienes estuve asociado en la comunión, entendiendo plenamente, al parecer, que la ignorancia no me hacía culpable. Mira, pues, que si yo hubiera sido ignorante, como él ha repetido tantas veces, sin duda alguna sería inocente de todos esos crímenes. ¿De dónde, pues, sería yo limpiado, yo que no conozco la conciencia del que da pero no en santidad, de modo que no quede al menos atrapado por sus ofensas? ¿De dónde, pues, recibiría la fe, dado que fui bautizado sin saberlo por uno que no tenía fe? Pues no ha repetido "Si no estabas enterado" tantas veces sin propósito, sino simplemente para impedir que se me tenga por inocente, estimando sin duda alguna que la inocencia de ningún hombre es violada si recibe sin saberlo su fe de uno que no tiene fe, y no conoce las manchas de la conciencia del que da, pero no en santidad. Diga, pues, por qué medios han de ser limpiados tales hombres, de dónde han de recibir no culpa sino fe. Pero que no os engañe. Que no, diciendo mucho, no diga nada; o mejor, que no diga mucho diciendo nada. Luego, para insistir en un punto que se me ocurre y que no debe pasarse por alto: si soy culpable por no haber sido ignorante, para usar su propia fraseología, y se prueba que no fui ignorante porque soy africano y ya entrado en años, que conceda que los jóvenes de otras naciones en todo el mundo no son culpables, los cuales no tuvieron ocasión, ni por su raza ni por esa edad que me echas en cara, de conocer los puntos que se nos imputan, sean verdaderos o falsos; y sin embargo ellos, si caen en vuestras manos, son rebautizados sin consideración alguna de ese tipo.
III, 27, 32
32. Pero no es esto lo que ahora investigamos. Que responda más bien (aquello de lo que se desvía hacia los asuntos más impertinentes para evitar responder) por qué medios queda limpia la conciencia del que recibe, que no conoce la mancha en la conciencia del que da, si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe. ¿Y de qué fuente recibe la fe quien es bautizado sin saberlo por uno que no tiene fe, si el que ha recibido a sabiendas su fe de uno que no tiene fe no recibe fe, sino culpa? Omitiendo, pues, sus injurias, que ha lanzado contra mí sin consideración alguna sensata, notemos aun así que no dice lo que pedimos en lo que sigue. Pero quisiera examinar el modo locuaz con que lo ha expuesto, como si estuviera seguro de abrumarnos con confusión. "Pero volvamos", dice, "a aquel argumento de tu fantasía, con el que pareces haberte representado en palabras a las personas que bautizas. Pues ya que no ves la verdad, habría sido más decoroso imaginar lo que era probable". Estas palabras, propias suyas, Petiliano las antepuso a modo de prefacio, a punto de citar las palabras que yo había usado. Luego continuó citando: "He aquí, dices, el hombre sin fe está dispuesto a bautizar, pero el que ha de ser bautizado nada sabe de su falta de fe". No ha citado la totalidad de mi proposición y de mi pregunta; y enseguida comienza a preguntarme a su vez, diciendo: "¿Quién es el hombre, y de qué rincón ha salido, que nos propones? ¿Por qué pareces ver a un hombre que es producto de tu imaginación, para evitar ver a aquel a quien estás obligado a ver, y a examinar y probar con el mayor cuidado? Pero ya que veo que no conoces el orden del sacramento, te digo esto tan brevemente como puedo: estabas obligado a examinar a tu bautizante, y a ser examinado por él". ¿Qué era, pues, lo que esperábamos? Que nos dijera por qué medios ha de ser limpiada la conciencia del que recibe, que no conoce la mancha de la conciencia del que da, pero no en santidad, y de dónde ha de recibir el hombre no culpa, sino fe, quien ha recibido el bautismo sin saberlo de uno que no tiene fe. Todo lo que hemos oído es que el bautizante debe ser examinado con suma diligencia por aquel que desea recibir no culpa, sino fe, para que este último llegue a conocer la conciencia del que da en santidad, la cual ha de limpiar la conciencia del que recibe. Pues el hombre que no ha hecho este examen y ha recibido sin saberlo el bautismo de uno que no tiene fe, por el hecho mismo de no haber hecho el examen y, por tanto, de no haber conocido la mancha en la conciencia del que da, quedó incapacitado para recibir fe en lugar de culpa. ¿Por qué, pues, añadió aquello que tanto empeño puso en añadir: la palabra a sabiendas, de la cual me acusó calumniosamente de haber suprimido? Pues, en su deseo de que no corriera la sentencia: "El que ha recibido su fe de uno que no tiene fe no recibe fe, sino culpa", parece haber dejado alguna esperanza al hombre que obra sin saberlo. Pero ahora, cuando se le pregunta de dónde ha de recibir la fe ese hombre que es bautizado sin saberlo por uno que no tiene fe, ha respondido que debió haber examinado a su bautizante; de modo que, sin duda alguna, niega al desdichado incluso el permiso de ser ignorante, al no descubrir de qué fuente puede recibir la fe, a menos que haya puesto su confianza en el hombre que lo está bautizando.
III, 28, 33
33. Esto es lo que miramos con horror en vuestro partido; esto es lo que condena la sentencia de Dios, que clama con la mayor verdad y la mayor claridad: "Maldito el hombre que confía en el hombre" []. Esto es lo que más abiertamente prohíben la santa humildad y el amor apostólico, como declara Pablo: "Nadie se gloríe en los hombres" []. Esta es la razón por la que el ataque de vanas calumnias y de las más amargas invectivas se hace aún más violento contra nosotros: para que, derribada en cierto modo la autoridad humana, no quede ningún fundamento de esperanza para aquellos a quienes administramos la palabra y el sacramento de Dios conforme a la dispensación que se nos ha confiado. Nosotros les respondemos: ¿Hasta cuándo apoyáis vuestro sostén en el hombre? La venerable sociedad de la Iglesia Católica les responde: "Verdaderamente mi alma espera en Dios: de Él viene mi salvación. Solo Él es mi Dios y mi auxilio; no seré conmovido". Pues ¿qué otra razón han tenido para apartarse de la casa de Dios, sino que fingieron que no podían soportar los vasos hechos para deshonra, de los cuales la casa no estará libre hasta el día del juicio? Mientras que en todo ese tiempo más bien parecen ellos mismos, por sus obras y por los registros del tiempo, haber sido vasos de este género, mientras echaban la imputación en rostro a otros. De esos vasos hechos para deshonra, para que nadie por causa de ellos se apartara con confusión de ánimo de la gran casa, que solo pertenece al gran Padre de nuestra familia, el siervo de Dios, uno que era bueno y fiel, o que era capaz de recibir fe en el bautismo, como he mostrado arriba, dice expresamente: "Verdaderamente mi alma espera en Dios" (en Dios, veis, y no en el hombre); "de Él viene mi salvación" (no del hombre). Pero Petiliano se negaría a atribuir a Dios la limpieza y purificación de un hombre, incluso cuando la mancha en la conciencia del que da, pero no en santidad, está oculta a la vista, y cualquiera recibe su fe sin saberlo de uno que no tiene fe. "Te digo esto", dice, "tan brevemente como puedo: estabas obligado a examinar a tu bautizante, y a ser examinado por él".
III, 29, 34
34. Os ruego que prestéis atención a esto: pregunto dónde se hallarán los medios para limpiar la conciencia del que recibe, cuando no conoce la mancha en la conciencia del que da, pero no en santidad, si se espera la conciencia del que da en santidad para limpiar la conciencia del que recibe. ¿Y de qué fuente ha de recibir la fe quien es bautizado sin saberlo por uno que no tiene fe, si todo aquel que ha recibido su fe a sabiendas de uno que no tiene fe no recibe fe, sino culpa? Y él me responde que tanto el bautizante como el bautizado deben ser sometidos a examen. Y para probar este punto, sobre el cual no surge ninguna cuestión, aduce el ejemplo de Juan, en cuanto que fue examinado por aquellos que le preguntaron quién pretendía ser [], y que él también examinó a su vez a aquellos a quienes dice: "¡Generación de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera?" []. ¿Qué tiene esto que ver con el asunto? ¿Qué tiene esto que ver con la cuestión que se discute? Dios había otorgado a Juan el testimonio de una santísima vida, confirmado por el testimonio previo de la más noble profecía, tanto cuando fue concebido como cuando nació. Pero los judíos hicieron su pregunta, creyendo ya que era un santo, para averiguar cuál de los santos sostenía ser, o si era él mismo el santo de los santos, es decir, Cristo Jesús. Tanto favor, en efecto, se le mostró, que se habría dado crédito al instante a cualquier cosa que hubiera dicho de sí mismo. Si, por tanto, hemos de seguir este precedente para declarar que ahora cada bautizante ha de ser examinado, entonces también hay que creer a cada uno, sea lo que sea que diga de sí mismo. Pero ¿quién hay, hecho de engaño, del cual sabemos que el Espíritu Santo huye, conforme a la Escritura [], que no quisiera que se creyera lo mejor de él, o que vacilara en lograrlo con cuantas palabras estuvieran a su alcance? Por consiguiente, cuando se le haya preguntado quién es, y haya respondido que es fiel dispensador de los ordenamientos de Dios, y que su conciencia no está contaminada con la mancha de ningún crimen, ¿será ese todo el examen, o habrá una investigación ulterior y más cuidadosa de su carácter y de su vida? Ciertamente la habrá. Pero no está escrito que eso lo hicieran quienes en el desierto del Jordán preguntaron a Juan quién era.
III, 30, 35
35. Por consiguiente, este precedente carece por completo de relación con el asunto que nos ocupa. Más bien podríamos decir que la declaración del apóstol inculca suficientemente este cuidado, cuando dice: "Que estos también sean primero probados; luego ejerzan el oficio de diácono, si fueren hallados irreprensibles" []. Y puesto que esto se hace con diligencia y de manera habitual en ambos partidos, por casi todos los interesados, ¿cómo sucede que se hallan tantos réprobos después de haber asumido este ministerio, sino porque, por una parte, el cuidado humano se engaña a menudo y, por otra, los que han comenzado bien a veces se deterioran? Y ya que cosas de este género suceden con tanta frecuencia que no permiten a nadie ocultarlas u olvidarlas, ¿cuál es la razón de que Petiliano nos enseñe ahora insultantemente, en pocas palabras, que el bautizante debe ser examinado por el candidato al bautismo, cuando nuestra pregunta es por qué medios ha de limpiarse la conciencia del que recibe, cuando la mancha en la conciencia del que da, pero no en santidad, ha estado oculta a la vista, si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe? "Ya que veo", dice, "que no conoces el orden del sacramento, te digo esto tan brevemente como puedo: estabas obligado a examinar a tu bautizante, y a ser examinado por él". ¡Qué respuesta! Él está rodeado en tantos lugares por semejante multitud de hombres que han sido bautizados por ministros que, habiendo parecido al principio justos y castos, han sido luego convictos y degradados a consecuencia de la revelación de sus faltas; y piensa que está evitando la fuerza de esta cuestión, en la que preguntamos por qué medios ha de limpiarse la conciencia del que recibe, cuando no conoce la mancha en la conciencia del que da, pero no en santidad, si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe; piensa, digo, que está evitando la fuerza de esta cuestión, diciendo brevemente que el bautizante debe ser examinado. Nada hay más desdichado que no ser coherente con la verdad, por la cual todo hombre queda tan encerrado que no puede hallar un medio de escape. Preguntamos: ¿de quién ha de recibir la fe el que es bautizado por uno que no tiene fe? La respuesta es: "Debió haber examinado a su bautizante". ¿Es, por tanto, el caso que, puesto que no lo examina y así, aun sin saberlo, recibe su fe de uno que no tiene fe, no recibe fe, sino culpa? ¿Por qué, entonces, no son bautizados de nuevo aquellos que se descubre que fueron bautizados por hombres detectados y convictos como réprobos, mientras su verdadero carácter estaba aún oculto?
III, 31, 36
"¿Y dónde está", dice, "la palabra que añadí, a sabiendas, de modo que no dije: El que ha recibido su fe de uno que es infiel, sino: El que ha recibido su fe a sabiendas de uno que es infiel, no recibe fe, sino culpa?" Por tanto, el que recibió su fe sin saberlo de uno que era infiel no recibió culpa, sino fe; y, en consecuencia, pregunto: ¿de qué fuente la ha recibido? Y, colocado así en un aprieto, responde: "Debió examinarlo". Concedido que debió hacerlo; pero, de hecho, no lo hizo, o no pudo: ¿cuál es tu veredicto sobre él? ¿Fue limpiado, o no? Si fue limpiado, pregunto: ¿de qué fuente? Porque la conciencia manchada del que dio, pero no en santidad, que él desconocía, no podía limpiarlo. Pero si no fue limpiado, manda que lo sea ahora. No das tales órdenes; por tanto, fue limpiado. Dime ¿por qué medio? Dime al menos tú lo que Petiliano no ha dicho. Pues te propongo las mismísimas palabras que él no pudo responder. "He aquí que el hombre infiel está dispuesto a bautizar; pero el que va a ser bautizado nada sabe de su infidelidad: ¿qué piensas que recibirá— fe, o culpa?" Esto basta como forma constante de pregunta: responde, o busca con diligencia lo que él ha respondido. Encontrarás injurias que ya han sido convictas. Me critica, como en burla, sosteniendo que yo debería proponer lo que es probable para consideración, ya que no puedo ver la verdad. Pues, repitiendo mis palabras y cortando mi frase en dos, dice: "He aquí, dices, el hombre infiel está dispuesto a bautizar; pero el que va a ser bautizado nada sabe de su infidelidad". Luego continúa preguntando: "¿Quién es ese hombre, y de qué rincón ha surgido, que nos propones?" ¡Como si se tratara de uno o dos individuos, y no de casos que ocurren constantemente por todas partes, de ambos lados! ¿Por qué me pregunta quién es el hombre en cuestión, y de qué rincón ha surgido, en lugar de mirar a su alrededor y ver que son pocas y dispersas las iglesias, sea en ciudades o en distritos rurales, que no contengan hombres descubiertos en crímenes y degradados del ministerio? Mientras su verdadero carácter estaba oculto, mientras querían ser tenidos por buenos, aunque en realidad malos, y ser reputados castos, aunque en realidad culpables de adulterio, tanto tiempo estuvieron envueltos en engaño; y así el Espíritu Santo, según la Escritura, huía de ellos. [] Es, por tanto, de la multitud de estos hombres que hasta entonces ocultaban su carácter de donde surgió el hombre infiel que yo propuse. ¿Por qué me pregunta de dónde ha surgido, cerrando los ojos a toda esa multitud, de la cual surge ruido suficiente para satisfacer a los ciegos, si no consideramos sino a aquellos que pudieron ser convictos y degradados de su oficio?
III, 32, 37
¿Qué diremos de lo que él mismo adujo en su epístola, que "Quodvultdeo, habiendo sido convicto de dos adulterios y expulsado de entre vosotros, fue recibido por los de nuestro partido"? ¿Qué, entonces (hablo sin perjuicio de este hombre, que probó que su causa era buena, o al menos persuadió a los hombres de que así era), cuando tales hombres entre vosotros, estando aún sin ser descubiertos, administran el bautismo, qué se recibe de sus manos —fe, o culpa? Sin duda no fe, porque no tienen la conciencia del que da en santidad para limpiar la conciencia del que recibe. Pero tampoco culpa, en virtud de aquella palabra añadida: "Pues el que ha recibido su fe a sabiendas de uno que es infiel, no recibe fe, sino culpa". Pero cuando los hombres eran bautizados por aquellos de quienes hablo, ciertamente ignoraban qué clase de hombres eran. Además, no recibiendo fe de sus bautizantes, que no tenían la conciencia del que da en santidad, y no recibiendo culpa, porque fueron bautizados no sabiendo, sino ignorando sus faltas, permanecieron por tanto sin fe y sin culpa. No están, por tanto, en el número de hombres de carácter tan abandonado. Pero tampoco pueden estar en el número de los fieles, porque, así como no pudieron recibir culpa, tampoco pudieron recibir fe de sus bautizantes. Pero vemos que son tenidos por vosotros en el número de los fieles, y que ninguno de vosotros declara su opinión de que deban ser bautizados, sino que todos vosotros tenéis por válido el bautismo que ya han recibido. Han recibido, pues, fe; y sin embargo no la han recibido de quienes no tenían la conciencia del que da en santidad, para limpiar la conciencia del que recibe. ¿De dónde, pues, la recibieron? Este es el punto desde el cual hago mi esfuerzo; esta es la cuestión que apremio con más empeño; a esto exijo con urgencia una respuesta.
III, 33, 38
Mira ahora cómo Petiliano, para evitar responder a esta pregunta, o para evitar que se pruebe que es incapaz de responderla, divaga vanamente hacia asuntos irrelevantes para injuriarnos, acusándonos y no probando nada; y cuando por casualidad se esfuerza en resistir, con algo parecido a una muestra de lucha por su causa, es vencido en todas partes con la mayor facilidad. Pero en ninguna parte da respuesta alguna a esta única pregunta que formulamos: Si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe, ¿por qué medio ha de ser limpiado el que recibió el bautismo mientras la conciencia del que daba estaba manchada, sin saberlo el que había de recibirlo? Pues en estas palabras, que citó de mi epístola, me presentó a mí como quien hace una pregunta, mientras él se mostraba como quien no da respuesta. Porque después de decir lo que acabo de recitar, y cuando, al verse en un gran aprieto por todos lados, se vio obligado a decir que el bautizante debe ser examinado por el candidato al bautismo, y el candidato a su vez por el bautizante; y cuando intentó reforzar esta afirmación con el ejemplo de Juan, con la esperanza de encontrar oyentes o de la mayor negligencia o de la mayor ignorancia, pasó luego a aducir otros testimonios de la Escritura totalmente irrelevantes para el asunto en cuestión, como la frase del eunuco a Felipe: "Mira, aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?" [] "en cuanto sabía", dice él, "que los de carácter abandonado eran impedidos"; argumentando que la razón por la que Felipe no le prohibió bautizarse fue porque había probado, en su lectura de las Escrituras, cuánto creía en Cristo—como si hubiera prohibido a Simón Mago. Y de nuevo, insiste en que los profetas temían ser engañados por un falso bautismo, y que por eso dijo Isaías: "Agua mentirosa que no tiene fe", como mostrando que el agua entre los infieles es mentirosa; cuando no es Isaías, sino Jeremías, quien dice esto de hombres mentirosos, llamando al pueblo en figura agua, como se muestra con toda claridad en el Apocalipsis. [] Y de nuevo, cita como palabras de David: "No me unja la cabeza el aceite del pecador", cuando David ha estado hablando de la adulación del que habla suavemente engañando con falsa alabanza, para hacer que la cabeza del hombre alabado se engrandezca con soberbia. Y este significado se manifiesta por las palabras inmediatamente precedentes en el mismo salmo. Pues dice: "Que el justo me golpee, será una bondad; y que me reprenda; pero el aceite del pecador no quebrará mi cabeza". ¿Qué puede haber más claro que esta frase? ¿Qué más manifiesto? Pues declara que preferiría ser reprendido con bondad mediante la corrección aguda del justo, para ser sanado, antes que ser ungido con el hablar suave del adulador, para ser henchido de soberbia.
III, 34, 39–40
Petiliano cita también la advertencia del apóstol Juan, de que no creamos a todo espíritu, sino que probemos los espíritus si son de Dios, [] como si este cuidado hubiera de ponerse para que el trigo fuera separado de la paja en este mundo presente antes de su tiempo, y no más bien para que el trigo no sea engañado por la paja; o como si, aun cuando el espíritu mentiroso hubiera dicho algo verdadero, hubiera de negarse, porque lo había dicho el espíritu al que debemos abominar. Pero si alguien piensa esto, está lo bastante loco como para sostener que Pedro no debió decir: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo", [] porque los demonios ya habían dicho algo en el mismo sentido. Viendo, por tanto, que el bautismo de Cristo, ya sea administrado por un hombre injusto o justo, no es otra cosa que el bautismo de Cristo, lo que debe hacer un hombre cauto y un cristiano fiel es evitar la injusticia del hombre, no condenar los sacramentos de Dios.
Es cierto que en todas estas cosas Petiliano no da respuesta a la pregunta: Si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe, ¿por qué medio ha de ser limpiado el que recibe el bautismo, cuando la conciencia del que da está manchada sin conocimiento del que va a recibirlo? Un tal Cipriano, colega suyo de Tubursicubur, fue sorprendido en un burdel con una mujer de carácter muy abandonado, y fue llevado ante Primiano de Cartago y condenado. Ahora bien, cuando este hombre bautizó antes de ser descubierto y condenado, es manifiesto que no tenía la conciencia del que da en santidad, para limpiar la conciencia del que recibe. ¿Por qué medio, pues, han sido limpiados los que hoy, después de haber sido condenado, ciertamente no son lavados de nuevo? No fue necesario nombrar al hombre salvo para impedir que Petiliano repitiese: "¿Quién es el hombre, y de qué rincón ha surgido, que nos propones?" ¿Por qué no examinó tu partido a aquel bautizante, como fue examinado Juan, según la opinión de Petiliano? ¿O fue el hecho real este: que lo examinaron hasta donde el hombre puede examinar al hombre, pero no pudieron descubrirlo, porque durante mucho tiempo estuvo oculto con astuta falsedad?
III, 35, 40–41
¿No era mentirosa el agua administrada por este hombre? ¿O no es el aceite del fornicador el aceite del pecador? ¿O debemos sostener lo que dice la Iglesia Católica, y lo que es verdad, que aquella agua y aquel aceite no son de aquel por quien fueron administrados, sino de Aquel cuyo nombre fue entonces invocado? ¿Por qué los que fueron bautizados por aquel hipócrita, cuyos pecados estaban ocultos, dejaron de probar el espíritu, para comprobar que no era de Dios? Pues el Espíritu Santo de la disciplina huía incluso entonces del hipócrita. [] ¿Acaso huía de él, pero al mismo tiempo no abandonaba sus sacramentos, aunque fueran administrados por él? Finalmente, puesto que tú no niegas que aquellos hombres ya han sido limpiados, de quienes no te cuidas de que sean limpiados ahora que él ha sido condenado, mira si, después de derramar sobre el asunto tantas nieblas de tantas maneras distintas, Petiliano, a fin de cuentas, da en algún lugar alguna respuesta a la pregunta de por qué medio han sido limpiados estos hombres, si lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe es la conciencia del que da en santidad, la cual no pudo tener el hombre que estaba secretamente impuro.
No dando, pues, respuesta alguna a esto que se le pide con tanta urgencia, y, en segundo lugar, buscando incluso para sí una libertad de palabra, dice: "Puesto que tanto los profetas como los apóstoles han sido bastante cautelosos como para temer estas cosas, ¿con qué cara dices que el bautismo del pecador es santo para los que creen con buena conciencia?" ¡Como si yo o cualquier católico sostuviéramos que ese bautismo era del pecador, cuando es administrado o recibido oficiando un pecador, en lugar de ser de Aquel en virtud de la fe en cuyo nombre es bautizado el candidato! Luego pasa a una invectiva contra el traidor Judas, diciendo contra él cuanto puede, citando el testimonio de los profetas proferido acerca de él tanto tiempo antes, como si quisiera sumergir a la Iglesia de Cristo, dispersa por todo el mundo, cuya causa está envuelta en esta discusión, en la impiedad del traidor Judas —sin considerar que esto mismo debería haberle recordado que no debemos dudar más de que aquella es la Iglesia de Cristo que está extendida por todo el mundo, puesto que esto fue profetizado con verdad tantos años antes, de lo que debemos dudar de que era necesario que Cristo fuera entregado por uno de sus discípulos, porque esto fue profetizado de manera semejante.
III, 36, 42
Pero después de esto, cuando Petiliano llegó a aquella objeción nuestra, de que ellos admitían el bautismo de los seguidores de Maximiano, a quienes habían condenado —aunque en la exposición de esta cuestión consideró oportuno usar sus propias palabras antes que las mías; pues nosotros no afirmamos que el bautismo de los pecadores nos sea de provecho, ya que sostenemos que no pertenece no solo a ningún pecador, sino a ningún hombre en absoluto, puesto que estamos satisfechos de que es solo de Cristo—, habiendo formulado la cuestión de esta manera, dice: "Sin embargo, afirmas obstinadamente que es correcto que el bautismo de los pecadores te sea de provecho, porque también nosotros, según tu afirmación, mantuvimos el bautismo de criminales a los que justamente condenamos". Cuando llegó a esta cuestión, como he dicho antes, incluso toda la apariencia de lucha que había presentado lo abandonó. No pudo encontrar camino alguno por donde ir, medio alguno de escape, senda alguna por la que, ya fuera mediante sutil acecho o empresa audaz, pudiera o bien escabullirse en secreto, o bien salir a la fuerza. "Aunque esto", dice, "demostraré en mi segundo libro cuán grande es la diferencia entre los de nuestro partido y los del vuestro, a quienes llamáis inocentes; sin embargo, entretanto, extricaos primero vosotros de las ofensas que conocéis en vuestros colegas, y buscad luego el modo de tratar con aquellos a quienes nosotros expulsamos". ¿Daría alguien, cualquier hombre sobre la tierra, una respuesta como esta, salvo uno que se opone a la verdad, contra la cual no puede encontrar respuesta alguna que pueda darse? En consecuencia, si también nosotros hubiéramos de usar las mismas palabras: Entretanto, extricaos primero vosotros de las ofensas que conocéis en vuestros colegas, y presentad luego contra nosotros cualquier acusación relacionada con aquellos a quienes tenéis por malvados entre nosotros—¿cuál es el resultado? ¿Hemos vencido ambos, o hemos sido derrotados ambos? No, más bien Aquel ha obtenido la victoria para su Iglesia y en su Iglesia, quien nos ha enseñado en sus Escrituras que ningún hombre debe gloriarse en los hombres, y que el que se gloría, gloríese en el Señor. Pues he aquí que en nuestro caso, quienes afirmamos con la elocuencia de la verdad que el hombre que cree no es justificado por aquel que lo bautiza, sino por Aquel de quien está escrito: "Al que cree en Aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia", [] puesto que no nos gloriamos en los hombres, y nos esforzamos, cuando nos gloriamos, en gloriarnos en el Señor en virtud de su propio don, ¡cuán enteramente seguros estamos, cualquiera que sea la falta o acusación que Petiliano haya podido probar acerca de ciertos hombres de nuestra comunión! Pues entre nosotros, cualesquiera hombres malvados que estén o bien totalmente sin descubrir, o bien, siendo conocidos de ciertas personas, sean sin embargo tolerados por causa del vínculo de la unidad y de la paz, en consideración a otros hombres buenos a quienes su maldad es desconocida, y ante quienes no pudieron ser convictos, para que el trigo no sea arrancado de raíz junto con la cizaña, ellos sin embargo soportan la carga de su propia maldad, de modo que nadie la comparte con ellos excepto aquellos que se complacen en su injusticia. Y, ciertamente, no tenemos aprensión alguna de que aquellos a quienes bautizan no puedan ser justificados, puesto que creen en Aquel que justifica al impío, para que su fe les sea contada por justicia. []
III, 37, 43
43. Además, según nuestra doctrina, ni aquel de quien Petiliano dijo que fue expulsado por nosotros por el pecado de los hombres de Sodoma, habiendo sido nombrado otro en su lugar, y que después fue realmente restituido a nuestro colegio —hablando todo el tiempo sin saber lo que decía—, ni aquel a quien declara haber hecho penitencia entre vosotros, sea cual sea el grado en que sus respectivos casos admitan o no defensa, pueden perjudicar a la Iglesia, que está extendida por todas las naciones y crece en el mundo hasta la siega. Porque si eran realmente miembros malvados de ella los que acusáis, entonces ya no estaban en ella, sino entre la paja; pero si son buenos, mientras vosotros difamáis su carácter con acusaciones inicuas, ellos mismos son probados como el oro, mientras vosotros ardéis a semejanza de la paja. Sin embargo, los pecados de otros hombres no mancillan a la Iglesia, que está extendida por todo el mundo, según fidelísimas profecías, esperando el fin del mundo como su orilla, en la cual, cuando haya desembarcado, será librada de los peces malos, con cuya compañía pudo soportarse sin pecado la molestia de la naturaleza dentro de las mismas redes del Señor, mientras no fue lícito separarse de ellos con impaciencia. Y no por esto se descuida la disciplina de la Iglesia por parte de los ministros de Cristo constantes, diligentes y prudentes, en cuya provincia los crímenes salen a la luz de tal modo que no pueden defenderse con ningún pretexto de probabilidad. Pruebas innumerables de esto pueden hallarse en quienes han sido obispos o clérigos de segundo grado de las órdenes, y ahora, degradados, han salido a otras tierras por vergüenza, o se han pasado a vosotros mismos o a otras herejías, o son conocidos en sus propias regiones; de los cuales hay tan gran multitud dispersa por la tierra que, si Petiliano, refrenando por un tiempo su temeridad al hablar, los hubiera tenido en consideración, jamás habría caído en un error tan manifiestamente falso e infundado como el de pensar que debemos unirnos a lo que dice: Ninguno de vosotros está libre de culpa, donde nadie que es culpable es condenado.
III, 38, 44
44. Pues, por pasar por alto a otros que habitan en distintas regiones de la tierra —porque apenas encontraréis lugar alguno en el que no esté representada esta clase de hombres, por los cuales puede verse que obispos y ministros suelen ser condenados aun en la Iglesia Católica—, no necesitamos buscar lejos para hallar el ejemplo de Honorio de Milevi. Pero tomad el caso de Splendonio, a quien Petiliano ordenó presbítero después de haber sido condenado en la Iglesia Católica, y a quien él mismo rebautizó; su condenación en la Galia, comunicada a nosotros por nuestros hermanos, fue mandada leer públicamente en Constantina por nuestro colega Fortunato, y después el propio Petiliano lo expulsó al experimentar su abominable engaño. En el caso de este Splendonio, ¿cuándo hubo un tiempo en que no se le hubiera podido recordar de qué manera son degradados de su oficio los hombres malvados, aun en la Iglesia Católica? Me pregunto sobre qué precipicio de temeridad descansaba su corazón cuando dictó aquellas palabras en las que se atrevió a decir: "Ninguno de vosotros está libre de culpa, donde nadie que es culpable es condenado." Por lo cual los malvados, corporalmente mezclados con los buenos, pero espiritualmente separados de ellos en la Iglesia Católica, tanto cuando no son descubiertos por la flaqueza de la naturaleza humana, como cuando son condenados por consideraciones de disciplina, llevan en todo caso su propia carga. Y de este modo están libres de peligro quienes son bautizados por ellos con el bautismo de Cristo, si se mantienen libres de participar en sus pecados, sea por imitación, sea por consentimiento; puesto que, del mismo modo, si fueran bautizados por los mejores de los hombres, no serían justificados sino por Aquel que justifica al impío; ya que a los que creen en Aquel que justifica al impío, su fe les es contada por justicia.
III, 39, 45
45. Pero en cuanto a vosotros, cuando se os presenta el caso de los seguidores de Maximiano —quienes, después de ser condenados por la sentencia de un concilio de 310 obispos; después de ser del todo vencidos en ese mismo concilio, citado en las actas de tantos procónsules, en las crónicas de tantos municipios; después de ser expulsados de las basílicas que poseían, por orden de los jueces, ejecutada por las tropas de las distintas ciudades, fueron sin embargo recibidos de nuevo con todos los honores por vosotros, junto con aquellos a quienes habían bautizado fuera del recinto de vuestra comunión, sin plantear cuestión alguna acerca de su bautismo—; cuando, digo, se os enfrenta con su caso, no halláis respuesta alguna que dar. En verdad, quedáis vencidos por una opinión expresa, no ciertamente verdadera, sino procedente de vosotros mismos, con la cual sostenéis que los hombres perecen por las faltas de otros en la misma comunión de los sacramentos, y que el carácter de cada hombre queda determinado por el del hombre que lo bautiza: que es culpable si su bautizante es culpable, inocente si es inocente. Pero si estas opiniones son verdaderas, no cabe duda de que, por no decir nada de otros innumerables, vosotros sois destruidos por los pecados de los seguidores de Maximiano, cuya culpa vuestro partido, en un concilio tan numeroso, ha exagerado hasta las proporciones del pecado de aquellos a quienes la tierra se tragó vivos. Pero si las faltas de los seguidores de Maximiano no os han destruido, entonces son falsas esas opiniones que sostenéis; y mucho menos han podido destruir al mundo entero ciertas faltas indefinidas y no probadas de los africanos. Y en consecuencia, como dice el apóstol: "Cada uno llevará su propia carga" []; y el bautismo de Cristo no es de nadie sino de Cristo; y en vano promete Petiliano que tomará como tema de su segundo libro las acusaciones que presentamos acerca de los seguidores de Maximiano, teniendo en demasiado poca estima la inteligencia de los hombres, como si no percibieran que no tiene nada que decir.
III, 40, 46–48
46. Porque si el bautismo que Pretextato y Feliciano administraron en la comunión de Maximiano era suyo propio, ¿por qué lo recibisteis vosotros en aquellos a quienes bautizaron como si fuera el bautismo de Cristo? Pero si es verdaderamente el bautismo de Cristo, como en efecto lo es, y sin embargo no pudo aprovechar a quienes lo habían recibido con la culpa del cisma, ¿qué decís que pudisteis conceder a aquellos a quienes habéis recibido en vuestro cuerpo con el mismo bautismo, sino que, ahora que la ofensa de su maldita división queda borrada por el vínculo de la paz, no fueran obligados a recibir el sacramento del santo lavacro como si no lo tuvieran, sino que, así como lo que tenían antes era para su destrucción, así comenzara ahora a serles de provecho? O si esto no se les concede en vuestra comunión, porque de ningún modo podría suceder que se les concediera a cismáticos entre cismáticos, al menos se os concede a vosotros en la comunión católica, no para que recibáis el bautismo como si os faltara, sino para que el bautismo que realmente habéis recibido os sea de provecho. Porque todos los sacramentos de Cristo, si no van unidos a la caridad que pertenece a la unidad de Cristo, se poseen no para salvación, sino para juicio. Pero puesto que no es un veredicto verdadero, sino vuestro veredicto, "que por el bautismo de ciertos traditores el bautismo de Cristo ha perecido del mundo en general", con razón no podéis hallar respuesta alguna que dar acerca del reconocimiento del bautismo de los seguidores de Maximiano.
47. Mirad, pues, y recordad con la más vigilante atención cómo Petiliano no ha dado respuesta alguna a esa misma cuestión que se propone a sí mismo en tales términos que parece hacer de ella un punto de partida para decir algo. Pues la cuestión anterior la ha despachado por completo, y no ha querido hablarnos de ella, porque supongo que estaba fuera de su alcance; ni va a decir nada sobre ella en ningún momento, hasta el final mismo de su volumen, aunque la citó de la primera parte de mi epístola como si fuera materia que exige refutación. Porque aunque ha añadido las dos palabras que me acusó de haber suprimido, como si fueran los más fuertes baluartes de su posición, yace sin embargo enteramente indefenso, incapaz de hallar respuesta alguna cuando se le pregunta: Si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe, ¿dónde hemos de hallar medios para limpiar la conciencia del hombre que desconoce la conciencia del que da, pero no en santidad? Y si ocurre que quien ha recibido su fe de un infiel no recibe fe, sino culpa, ¿de qué fuente ha de recibir no culpa, sino fe, quien es bautizado sin saberlo por un infiel? A esta cuestión es manifiesto desde hace tiempo, por lo que dice, que no ha dado respuesta alguna.
48. A continuación, ha pasado, con boca calumniosa, a ultrajar monasterios y monjes, censurándome también a mí, como si yo hubiera sido el fundador de este género de vida. Y qué sea realmente este género de vida, no lo sabe en absoluto; o más bien, aunque es perfectamente conocido en todo el mundo, finge no conocerlo. Luego, afirmando que yo había dicho que Cristo era el bautizante, ha añadido también ciertas palabras de mi epístola como si yo hubiera expuesto esto como sentimiento mío propio, cuando en realidad lo había citado como suyo y vuestro; y se ha ensañado contra ello con durísima copia de palabras, como si hubiera sido yo quien dijo esas cosas contra mí mismo, cuando lo que reprendía no era mío, sino sentimiento suyo y vuestro, como mostraré claramente en seguida, en la medida de mis posibilidades. Luego ha intentado mostrarnos, con muchas palabras innecesarias, que Cristo no bautiza, sino que el bautismo se administra en su nombre, a la vez en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; de cuya Trinidad misma ha dicho, sea porque era lo que deseaba, sea porque era todo lo que podía decir, que "Cristo es el centro de la Trinidad." A continuación, ha tomado ocasión de los nombres de los magos Simón y Barjesús para lanzar contra nosotros los insultos que le pareció oportuno. Después prosigue, manteniendo en cautelosa suspenso el caso de Optato de Thamugas, para no quedar sumergido en el odio que de él surgía, negando que ni él ni su partido hubieran podido dictar sentencia contra él, y dando a entender, en efecto, respecto de él, que fue aplastado a consecuencia de sugestiones mías.