III, 56, 68
68. Y si esto se dice con razón del evangelio, ¿con cuánta mayor certeza debe decirse del bautismo, que pertenece de tal modo al evangelio que sin él nadie puede alcanzar el reino de los cielos, y con él solo si al sacramento se añade la justicia? Pues el que dijo: "Si un hombre no nace de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios", [] dijo también él mismo: "Si vuestra justicia no excediera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en modo alguno en el reino de los cielos". [] La forma del sacramento se da por el bautismo, la forma de la justicia por el evangelio. Ni la una sin la otra conduce al reino de los cielos. Con todo, aun hombres de instrucción inferior pueden bautizar perfectamente, pero predicar perfectamente el evangelio es tarea de mucha mayor dificultad y rareza. Por eso el maestro de los gentiles, que en excelencia superaba a la mayoría, fue enviado a predicar el evangelio, no a bautizar; porque lo segundo podía hacerlo muchos, lo primero solo unos pocos, de los cuales él era el principal. Y sin embargo leemos que dijo en ciertos lugares: "mi evangelio"; [] pero nunca llamó al bautismo ni suyo ni de ningún otro por quien fuera administrado. Pues solo aquel bautismo que dio Juan se llama bautismo de Juan. [] Este lo recibió aquel hombre como prenda especial de su ministerio, para que el sacramento preparatorio de la ablución se llamara incluso con el nombre de aquel por quien era administrado; mientras que el bautismo que administraban los discípulos de Cristo nunca fue llamado con el nombre de ninguno de ellos, para que se entendiera que es propio solo de Aquel de quien se dice: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, a fin de santificarla y limpiarla con el lavamiento del agua por la palabra". [] Si, por tanto, el evangelio, que es de Cristo, pero de modo que un ministro puede llamarlo suyo en virtud de su oficio de administrarlo, puede ser recibido por un hombre aun de manos de un ministro malo sin peligro para sí, si hace conforme a lo que dice y no según el ejemplo de lo que hace, ¿cuánto más podrá cualquiera que viene con buena fe a Cristo recibir sin temor de contagio de un ministro malo el bautismo de Cristo, que ninguno de los apóstoles administró de tal modo que osara llamarlo suyo?
III, 57, 69
69. Además, si, mientras yo he continuado sin intermisión probando cuán enteramente los pasajes de la Escritura que Petiliano ha citado contra nosotros han dejado de dañar nuestra causa, él mismo en algunos casos no ha tocado en absoluto lo que yo cité, y en parte, cuando ha intentado tratarlos, ha mostrado que lo único que pudo hacer fue no hallar escapatoria de ellos, no necesitáis larga exhortación ni consejo para ver qué debéis sostener y qué debéis evitar. Pero puede ser que haya hecho esta clase de exhibición al tratar el testimonio de la santa Escritura, pero que no haya carecido de fuerza en el caso de las pruebas documentales halladas en los registros del propio cisma. Veamos, pues, también en el caso de estas, aunque sea superfluo inquirir en ellas después del testimonio de la palabra de Dios, qué ha citado o qué ha probado. Porque, después de prorrumpir en una violenta invectiva contra los traditores, y de citar en voz alta muchos pasajes contra ellos sacados de los mismos libros santos, nada dijo, sin embargo, que pudiera probar que sus adversarios fueran traditores. Pero yo cité el caso de Silvano de Cirta, que ocupó su propia sede algún tiempo antes que él, y de quien se declara expresamente en las Crónicas municipales que fue traditor cuando aún era subdiácono. Contra este hecho no se atrevió a susurrar una sílaba. Y sin embargo no podéis dejar de ver cuán fuerte era la presión que había de empujarle a responder, para poder mostrar que un hombre que fue su predecesor, no solo de su partido, sino compañero, por así decirlo, de su sede, había sido inocente del crimen de entregar los libros sagrados, sobre todo porque vosotros fundáis toda la fuerza de vuestra causa en que dais el nombre de traditor a todos los que o fingís o creéis que han sido sucesores de traditores en la vía de su comunión. Así pues, aunque las mismas exigencias de vuestra causa parecerían obligarle a emprender la defensa de un ciudadano incluso de Rusicada, o de Calama, o de cualquier otra ciudad de vuestro partido, a quien yo declarara traditor con la autoridad de las Crónicas municipales, no abrió su boca ni siquiera en defensa de su propio predecesor. ¿Por qué razón, sino porque no pudo hallar niebla bastante oscura para engañar las mentes incluso de los hombres más lentos y soñolientos? Pues ¿qué habría podido decir, sino que las acusaciones presentadas contra Silvano eran falsas? Pero nosotros citamos las palabras de las Crónicas, tanto en cuanto a la fecha del hecho como en cuanto al tiempo de la denuncia presentada ante Zenófilo el excónsul. ¿Y cómo podía resistir esta prueba, estando cercado por todas partes por la excelentísima causa de los católicos, mientras la vuestra era tan mala como mala puede ser? Por eso cito estas palabras de mi epístola, a la que él querría que se pensara que ha respondido en esta que ahora estoy refutando, para que veáis por vosotros mismos cuán inexpugnable debe ser la posición contra la cual no ha podido hallar arma más segura que el silencio.
III, 58, 70–71
70. Porque cuando citó un pasaje del evangelio como contra nosotros, donde nuestro Señor dice: "Vendrán a vosotros con vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces; por sus frutos los conoceréis", [] —respondí y dije: "Entonces consideremos sus frutos"; y luego al punto pasé a añadir las siguientes palabras: "Vosotros les echáis en cara la entrega de los libros sagrados. Esta misma acusación la hacemos nosotros con mayor probabilidad contra sus propios acusadores. Y para no llevar demasiado lejos la búsqueda: en la misma ciudad de Constantina, vuestros predecesores ordenaron obispo a Silvano en el comienzo mismo de su cisma. Él, cuando todavía era subdiácono, quedó inscrito de la manera más inequívoca como traditor en los archivos de la ciudad. Si vosotros, por vuestra parte, presentáis documentos contra nuestros predecesores, todo lo que pedimos es igualdad de condiciones: que creamos o bien que ambos son verdaderos, o bien que ambos son falsos. Si ambos son verdaderos, sois indudablemente culpables de cisma, vosotros que habéis fingido evitar las ofensas en la comunión del mundo entero, aunque estas eran comunes entre vosotros en vuestra propia secta fragmentaria. Pero, de nuevo, si ambos son falsos, sois indudablemente culpables de cisma, vosotros que, a causa de las falsas acusaciones de traditores, os mancháis con la abominable ofensa de separaros de la Iglesia. Pero si nosotros tenemos algo que alegar en acusación, mientras vosotros nada, o si nuestras acusaciones son verdaderas y las vuestras falsas, ya no es asunto de discusión cuán del todo cerradas están vuestras bocas. ¿Y qué si la santa y verdadera Iglesia de Cristo os convenciera y venciera, aun si nosotros no tuviéramos documentos en apoyo de nuestra causa, o solo tales que fueran falsos, mientras vosotros poseyerais alguna prueba genuina de la entrega de los libros sagrados? ¿Qué os quedaría entonces, salvo que, si quisierais, mostraseis vuestro amor a la paz, o de lo contrario callarais? Pues cualquier cosa que en ese caso pudierais presentar como prueba, yo podría decir con la mayor facilidad y con la más perfecta verdad que entonces estáis obligados a probar tanto cuanto sea necesario ante la plena y católica unidad de la Iglesia, ya extendida y establecida por tantas naciones, a fin de que permanezcáis dentro, y de que aquellos a quienes convenzáis sean expulsados. Y si habéis intentado hacer esto, ciertamente no habéis podido probarlo; y, vencidos o encolerizados, os habéis separado, con toda la abominable culpa del sacrilegio, de los hombres inocentes que no podían condenar con prueba insuficiente. Pero si ni siquiera habéis intentado hacerlo, entonces con ceguera maldita y antinatural os habéis cortado del trigo de Cristo, que crece por todos sus campos, es decir, por todo el mundo hasta el fin, porque os habéis escandalizado de unas pocas cizañas en África". A esto, que he citado de mi anterior epístola, Petiliano no ha respondido absolutamente nada. Y, en todo caso, veis que en estas pocas palabras está comprendida toda la cuestión que se debate entre nosotros. Pues ¿qué habría de intentar decir, cuando, cualquier camino que eligiera, era seguro que sería refutado?
71. Pues cuando se presentan documentos relativos a los traditores, tanto por nosotros contra los hombres de vuestro partido como por vosotros contra los hombres del nuestro (si es que realmente se presentan algunos por vuestra parte, pues hasta el día de hoy seguimos en total ignorancia de ellos; ni podemos creer que Petiliano habría omitido insertarlos en su carta, viendo que tanto empeño ha puesto en asegurar la cita e inserción de aquellas porciones de las Crónicas que atañen al asunto en oposición a mí)—pero aun así, como empecé a decir, si se presentan tales documentos tanto por nosotros como por vosotros, documentos de cuya existencia seguimos totalmente ignorantes hasta el día de hoy—, seguramente debéis reconocer que o bien ambos son verdaderos, o bien ambos falsos, o bien los nuestros verdaderos y los vuestros falsos, o bien los vuestros verdaderos y los nuestros falsos; porque no hay otra alternativa que pueda sugerirse.
III, 59
Pero según estas cuatro hipótesis, la verdad está del lado de la comunión de la Iglesia Católica. Pues si ambas son verdaderas, ciertamente no deberíais haber abandonado la comunión del mundo entero a causa de hombres tales como los que también vosotros teníais entre los vuestros. Y si ambas son falsas, deberíais haberos guardado de la culpa de la más maldita división, que ni siquiera tenía pretexto alguno que alegar de entrega alguna de los libros sagrados. Si las nuestras son verdaderas y las vuestras falsas, hace tiempo que os habéis quedado sin nada que decir en vuestro favor. Si las vuestras son verdaderas y las nuestras falsas, hemos podido ser engañados, juntamente con el mundo entero, no acerca de la verdad de la fe, sino acerca de la injusticia de los hombres. Porque la simiente de Abraham, dispersa por todo el mundo, estaba obligada a atender no a lo que vosotros decíais saber, sino a lo que vosotros probabais ante los jueces. Pues ¿cómo hemos de tener conocimiento alguno de lo que hicieron aquellos hombres que fueron acusados por vuestros antepasados, aun cuando las acusaciones contra ellos fueran verdaderas, mientras se las tuvo por no verdaderas sino falsas, ya sea por los jueces que tomaron conocimiento del caso, ya sea al menos por el cuerpo general de la Iglesia dispersa por todo el mundo, que solo estaba obligada a prestar atención a la sentencia de los jueces? Dios no perdona necesariamente culpa humana alguna que otros, en la debilidad del juicio humano, dejan de descubrir; sin embargo, sostengo que nadie es con razón tenido por culpable por haber creído inocente a un hombre que no fue convicto. ¿Cómo, pues, probáis que el mundo es culpable, meramente porque no conoció lo que posiblemente fue culpa real en los africanos, — naciendo su ignorancia ya de que nadie le comunicó el pecado, ya de haber dado crédito, en lo tocante a la información que se le dio, más bien a los jueces que tomaron conocimiento del caso que a los murmuradores que fueron vencidos? Hasta aquí, pues, Petiliano merece toda alabanza, en cuanto que, viendo que en este punto yo era absolutamente inexpugnable, lo pasó por alto en silencio. Pero no merece alabanza por sus intentos de oscurecer con una niebla de palabras otros puntos igualmente inexpugnables, que sin embargo creía que podían ser oscurecidos; ni por haberme puesto a mí en lugar de su causa, cuando la causa no le dejaba nada que decir; mientras que incluso acerca de mí mismo no pudo decir nada sino lo que era o totalmente falso, o indigno de reproche alguno, o sin relación alguna conmigo. Pero, entretanto, ¿tenéis vosotros, a quienes he hecho jueces entre Petiliano y yo, discernimiento bastante para decidir en algún grado entre lo verdadero y lo falso, entre lo que es mera hinchazón vacía y lo que es sólido, entre lo turbado y lo sereno, entre la inflamación y la salud, entre las predicciones divinas y las suposiciones humanas, entre presentar una acusación y probarla, entre las pruebas y las ficciones, entre defender una causa y apartar de ella? Si tenéis tal poder de discernimiento, bien está; pero si no lo tenéis, no nos arrepentiremos de haberos dedicado nuestro esfuerzo, pues aunque vuestro corazón no se convierta a la paz, nuestra paz volverá a nosotros.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Según Hartranft, el objeto principal de los tres libros es refutar una sola proposición de Petiliano: que lo que se mira es la conciencia de quien da el bautismo, para limpiar la de quien lo recibe, y que quien recibe fe de un infiel no recibe fe, sino culpa. Agustín responde que el sacramento no depende de esa conciencia (I, 7, 8), y se apoya sobre todo en dos cosas: que el principio no lo cumplen los propios donatistas (los maximianistas, I, 10–18) y que los pasajes de la Escritura con que Petiliano lo sostiene dicen otra cosa, que va rebatiendo uno a uno en el libro II. En el libro III se defiende, además, de acusaciones personales (III, 10, 11; III, 16, 19; III, 25, 30).
La polémica siguió. Según el NPNF, Cresconio, un laico y filólogo, leyó el primer libro de Agustín y escribió una respuesta que circuló solo entre los donatistas; Agustín consiguió una copia y le replicó en Contra Cresconio, hacia 406 (algunos dicen que hasta 409). Petiliano escribió también un tratado Sobre el único bautismo, al que Agustín respondió hacia 410. Y en la Conferencia de Cartago de 411, según la Catholic Encyclopedia, Petiliano fue, con Emérito de Cesarea, el principal orador donatista.
El libro II es, además, un documento de lo que los donatistas decían de sí mismos y de los católicos. Petiliano llama «perseguidor» a Agustín (II, 17, 38) y presenta como castigo divino la muerte de Macario, de Ursacio y de «todos vuestros condes» (II, 93, 202); Agustín le contesta que dé nombres de emperadores y jueces, no de obispos (II, 93, 208), y reprochándole los circunceliones (II, 93, 204). El traductor inglés, King, dice en su prefacio, de los tratados antidonatistas del volumen, que muestran a la vez la fuerza de Agustín —cómo desmenuza los argumentos del adversario y expone sus falacias— y su debilidad: persigue un punto cuando la discusión ya podría haberse cerrado y tiende a reclamar, por su posición, un terreno que no le pertenece hasta que su causa esté probada. Esa es su lectura, no la de todos.
Límites. Las palabras de Petiliano solo se conocen por lo que Agustín cita de ellas: según la Catholic Encyclopedia, Monceaux pudo reconstruir breves escritos suyos a partir de esas citas. Las fechas de composición dependen de a quién se lea (ver la ficha). Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática y nadie la ha revisado frase a frase: conserva los defectos que se declaran en la nota «Defectos de la traducción castellana», y no se corrigen aquí.