En la cual Agustín responde a todas y cada una de las afirmaciones de la carta de Petiliano, como si disputara frente a frente con un adversario.
II, 1, 1–3
1. Que dimos una respuesta plena y suficiente a la primera parte de la carta de Petiliano, que era todo lo que habíamos podido encontrar, lo recordarán todos los que pudieron leer u oír lo que respondimos. Pero como luego toda ella fue hallada y copiada por nuestros hermanos, y nos fue enviada con el fin de que la respondiéramos en su totalidad, esta tarea era una de la que nuestra pluma no podía escapar; no porque él diga en ella algo nuevo, a lo que no se haya respondido ya de muchas maneras y en diversas ocasiones, sino que, por causa de los hermanos de comprensión más lenta, quienes, cuando leen un asunto en algún lugar, no siempre pueden referirse a todo lo que se ha dicho sobre el mismo tema, accederé a quienes me instan por todos los medios a responder a cada punto, y eso como si estuviéramos llevando la discusión frente a frente en forma de diálogo. Pondré las palabras de su epístola bajo su nombre, y daré la respuesta bajo mi propio nombre, como si todo hubiera sido tomado por taquígrafos mientras debatíamos. Y así no habrá nadie que pueda quejarse de que yo haya pasado algo por alto, o de que no hayan podido entenderlo por falta de distinción entre las partes de la discusión; al mismo tiempo, los propios donatistas, que no quieren discutir la cuestión en nuestra presencia, como lo muestran las cartas que han hecho circular entre su partido, podrán así no dejar de encontrar la verdad respondiéndoles punto por punto, como si estuvieran discutiendo el asunto con nosotros cara a cara.
2. Al comienzo mismo de la carta, dijo Petiliano: "Petiliano, obispo, a sus amados hermanos, copresbíteros y diáconos, ministros designados con nosotros en todo nuestro territorio diocesano en el evangelio: gracia a vosotros y paz, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo".
3. Respondió Agustín: Reconozco el saludo apostólico. Tú ves quién eres al emplearlo, pero mira de qué fuente has aprendido lo que dices. Pues con estas palabras saluda Pablo a los romanos, y con las mismas a los corintios, a los gálatas, a los efesios, a los colosenses, a los filipenses, a los tesalonicenses. ¿Qué locura es, por tanto, negarse a compartir la salvación de la paz con las mismas Iglesias en cuyas epístolas aprendiste la forma de su saludo?
II, 2, 4–5
4. Dijo Petiliano: "Aquellos que han contaminado sus almas con un lavacro culpable, bajo el nombre de bautismo, nos reprochan el bautizar dos veces; inmundicia ante la cual, ciertamente, cualquier clase de suciedad es más limpia, puesto que, por una perversión de la limpieza, han venido a quedar más manchados por su lavado".
5. Respondió Agustín: Ni quedamos más manchados por nuestro lavado, ni más limpios por el vuestro. Pero cuando el agua del bautismo se da a alguien en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, no es ni nuestra ni vuestra, sino de Aquel de quien fue dicho a Juan: "Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo" [].
II, 3, 6–7
6. Dijo Petiliano: "Pues a lo que atendemos es a la conciencia del que da, para que limpie la del que recibe".
7. Respondió Agustín: Por tanto, no tenemos necesidad de angustiarnos por la conciencia de Cristo. Pero si afirmas que cualquier hombre es el que da, sea quien sea, no habrá certeza sobre la limpieza del que recibe, porque no hay certeza sobre la conciencia del que da.
II, 4, 8–9
8. Dijo Petiliano: "Pues quien recibe la fe de un infiel, no recibe fe, sino culpa".
9. Respondió Agustín: Cristo no es infiel, de quien el hombre fiel no recibe culpa, sino fe. Porque cree en Aquel que justifica al impío, para que su fe le sea contada por justicia [].
II, 5, 10–11
10. Dijo Petiliano: "Pues todo consiste en un origen y una raíz; y si no tiene algo por cabeza, es nada: ni nada recibe bien el segundo nacimiento, a menos que nazca de nuevo de buena semilla".
11. Respondió Agustín: ¿Por qué te pones a ti mismo en lugar de Cristo, cuando no quieres ponerte bajo Él? Él es el origen, la raíz y la cabeza del que está naciendo; y en Él no sentimos temor alguno, como debemos sentir respecto de cualquier hombre, sea quien sea, no sea que resulte ser falso y de carácter abominable, y nosotros resultemos haber brotado de una fuente abominable, crecer de una raíz abominable, estar unidos a una cabeza abominable. Porque ¿qué hombre puede sentirse seguro de un hombre, cuando está escrito: "Maldito el varón que confía en el hombre" []? Pero la semilla de la cual nacemos de nuevo es la palabra de Dios, es decir, el evangelio. Por eso dice el apóstol: "Porque en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio" []. Y sin embargo permite que incluso aquellos que predicaban el evangelio no con pureza lo prediquen, y se regocija en su predicación []; porque, aunque lo predicaban no con pureza, sino buscando lo suyo propio, no lo que es de Jesucristo [], el evangelio que predicaban era puro. Y el Señor había dicho de algunos de semejante carácter: "Todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras: porque dicen, y no hacen" []. Si, por tanto, lo que es en sí puro se predica con pureza, entonces el predicador mismo también, en cuanto es partícipe con la palabra, tiene su parte en engendrar al creyente; pero si él mismo no es regenerado, y sin embargo lo que predica es puro, entonces el creyente no nace de la esterilidad del ministro, sino de la fecundidad de la palabra.
II, 6, 12–13
12. Dijo Petiliano: "Siendo esto así, hermanos, ¿qué perversidad debe ser que quien es culpable por sus propios pecados haga libre de culpa a otro, cuando el Señor Jesucristo dice: ‘Todo buen árbol da buenos frutos, pero un árbol malo da frutos malos: ¿acaso se recogen uvas de los espinos?' Y otra vez: ‘El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas'" [].
13. Respondió Agustín: Ningún hombre, aunque no sea culpable por sus propios pecados, puede hacer libre de pecado a su prójimo, porque no es Dios. De otro modo, si esperáramos que de la inocencia del que bautiza se produjera la inocencia del bautizado, entonces cada uno será tanto más inocente cuanto más inocente haya encontrado a la persona por quien fue bautizado; y él mismo será tanto menos inocente cuanto menos inocente sea aquel por quien es bautizado. Y si el hombre que bautiza resulta que abriga odio contra otro hombre, esto también se le imputará al que es bautizado. ¿Por qué, por tanto, se apresura el desdichado a bautizarse: para que le sean perdonados sus propios pecados, o para que los de otros le sean contados en contra? ¿Es acaso como una nave mercante, para descargar un peso y cargar otro? Pero por el buen árbol y su buen fruto, y por el árbol malo y su mal fruto, solemos entender a los hombres y sus obras, como se muestra consecuentemente en aquellas otras palabras que tú también citaste: "El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas". Pero cuando un hombre predica la palabra de Dios, o administra los sacramentos de Dios, no predica ni administra, si es malo, de su propio tesoro; sino que será contado entre aquellos de quienes se dice: "Todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; pero no hagáis conforme a sus obras": porque os dicen que guardéis lo que es de Dios, pero sus obras son suyas. Porque si es como tú dices, es decir, si el fruto de los que bautizan consiste en las mismas personas bautizadas, declaras un gran ¡ay! contra África, si por cada uno que bautizó Optato ha brotado un joven Optato.
II, 7, 14–16
14. Dijo Petiliano: "Y otra vez: ‘El que es bautizado por un muerto, su lavado de nada le aprovecha.' No quiso decir que el bautizante fuera un cadáver, un cuerpo sin vida, los restos de un hombre listo para la sepultura, sino uno que carece del Espíritu de Dios, que es comparado a un cuerpo muerto, como declara a un discípulo en otro lugar, según el testimonio del evangelio. Porque su discípulo dice: ‘Señor, permíteme que primero vaya y entierre a mi padre. Pero Jesús le dijo: Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos' []. El padre del discípulo no estaba bautizado. Le declaró como pagano, perteneciente a la compañía de los paganos; a menos que dijera esto de los incrédulos: Los muertos no pueden enterrar a los muertos. Estaba muerto, por tanto, no como herido por alguna muerte, sino como herido aun durante la vida. Porque quien vive de tal manera que está condenado a la muerte eterna, es atormentado por una muerte en vida. Ser bautizado, por tanto, por los muertos, es haber recibido no vida, sino muerte. Debemos, por tanto, considerar y declarar hasta qué punto el traditor debe ser tenido por muerto mientras aún vive. Está muerto quien no ha merecido nacer de nuevo con un verdadero bautismo; igualmente está muerto quien, habiendo nacido de nuevo con un verdadero bautismo, se ha involucrado con un traditor. Ambos carecen de la vida del bautismo: tanto el que nunca la tuvo, como el que la tuvo y la ha perdido. Porque el Señor Jesucristo dice: ‘Vendrán a aquel hombre siete espíritus más malvados que el primero, y el estado final de aquel hombre será peor que el primero'" [].
15. Respondió Agustín: Busca con mayor cuidado saber en qué sentido las palabras que has citado de la Escritura en prueba de tu posición fueron realmente pronunciadas, y cómo deben entenderse. Pues que todas las personas injustas suelen ser llamadas muertas en sentido místico es bastante claro; pero Cristo, a quien pertenece el verdadero bautismo, que tú dices que es falso por causa de las faltas de los hombres, está vivo, sentado a la diestra del Padre, y no morirá ya más por ninguna flaqueza de la carne: la muerte ya no tendrá dominio sobre Él []. Y los que son bautizados con su bautismo no son bautizados por uno que está muerto. Y si sucede que ciertos ministros, siendo obreros engañosos, buscando lo suyo propio, no lo que es de Jesucristo, proclamando el evangelio no con pureza, y predicando a Cristo por contención y envidia, han de ser llamados muertos a causa de su injusticia, sin embargo el sacramento del Dios vivo no muere ni siquiera en uno que está muerto. Porque aquel Simón estaba muerto que fue bautizado por Felipe en Samaria, que quiso comprar el don de Dios con dinero; pero el bautismo que había recibido vivía en él todavía para obrar su castigo.
16. Pero cuán falsa es la afirmación que haces, de que "ambos carecen de la vida del bautismo, tanto el que nunca la tuvo, como el que la tuvo y la ha perdido", puedes verlo por esto: en el caso de aquellos que apostatan después de haber sido bautizados, y que vuelven mediante la penitencia, no se les restituye el bautismo, como se les restituiría si lo hubieran perdido. ¿De qué manera, en efecto, bautizan vuestros muertos según vuestra interpretación? ¿No hemos de contar entre los muertos a los borrachos (por no decir nada de los demás, y mencionar solo lo que es bien conocido y de experiencia diaria entre todos), viendo que el apóstol dice de la viuda: "Pero la que vive en placeres, viviendo está muerta" []? En segundo lugar, en aquel concilio vuestro, en el que condenasteis a Maximiano con sus consejeros o sus ministros, ¿habéis olvidado con qué elocuencia dijisteis: "Aun a la manera de los egipcios, las orillas están llenas de los cuerpos de los moribundos, sobre quienes cae el castigo más pesado en la muerte misma, en que, después de que la vida les ha sido arrancada por las aguas vengadoras, no han encontrado ni siquiera sepultura"? Y sin embargo vosotros mismos podéis ver si alguno de ellos, Feliciano, ha vuelto a la vida; pero él tiene consigo, dentro de la comunión de vuestro cuerpo, a los que bautizó fuera. Así, por tanto, es bautizado por Uno que está vivo quien está revestido del bautismo del Cristo vivo, así es bautizado por los muertos quien está envuelto en el bautismo del muerto Saturno, o de alguno semejante a él; para que expongamos entre tanto, con la brevedad que podamos, en qué sentido las palabras que has citado pueden entenderse sin cavilación por parte de ninguno de nosotros. Porque, en el sentido en que son recibidas por vosotros, no hacéis ningún esfuerzo por explicarlas, sino que solo procuráis enredarnos junto con vosotros.
II, 8, 17–19
17. Dijo Petiliano: "Debemos considerar, digo, y declarar hasta qué punto el traicionero traditor debe ser tenido por muerto mientras aún vive. Judas era apóstol cuando traicionó a Cristo; y el mismo hombre ya estaba muerto, habiendo perdido espiritualmente el oficio de apóstol, destinado después a morir ahorcándose, como está escrito: ‘He pecado', dice, ‘entregando la sangre inocente; y se fue y se ahorcó' []. El traidor pereció por la soga: dejó la soga para otros semejantes a él, de quienes el Señor Cristo clamó en voz alta al Padre: ‘Padre, los que me diste, los he guardado, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese' []. Porque David antiguamente había pronunciado esta sentencia contra el que había de entregar a Cristo a los incrédulos: ‘Tome otro su oficio. Sean sus hijos huérfanos, y su mujer viuda'. Mira cuán poderoso es el espíritu de los profetas, que pudo ver todas las cosas futuras como si estuvieran presentes, de modo que un traidor que había de nacer después fuera condenado muchos siglos antes. Finalmente, para que dicha sentencia se cumpliese, el santo Matías recibió el obispado de aquel apóstol perdido. Que nadie sea tan torpe, nadie tan infiel, como para disputar esto: Matías ganó para sí una victoria, no un agravio, en que se llevó los despojos del traidor de la victoria del Señor Cristo. ¿Por qué, entonces, después de esto, reclamas para ti un obispado como heredero de un traidor peor? Judas entregó a Cristo en la carne a los incrédulos; tú, en el espíritu, entregaste locamente el santo evangelio a las llamas del sacrilegio. Judas entregó al Legislador a los incrédulos; tú, como entregando todo lo que él había dejado, entregaste la ley de Dios para que fuera destruida por los hombres. Mientras que, si hubieras amado la ley, como los jóvenes Macabeos, habrías acogido la muerte por causa de las leyes de Dios (si es que puede llamarse muerte a aquello que hace inmortales a los hombres porque murieron por el Señor); pues de aquellos hermanos aprendemos que uno respondió al tirano sacrílego con estas palabras de fe: ‘Tú, como una furia, nos sacas de esta vida presente; pero el Rey del mundo (que reina para siempre, y de su reino no habrá fin) nos resucitará a nosotros, que hemos muerto por sus leyes, a vida eterna'. Si quemaras con fuego el testamento de un hombre muerto, ¿no serías castigado como falsificador de un testamento? ¿Qué es, por tanto, lo que probablemente será de ti, que has quemado la santísima ley de nuestro Dios y Juez? Judas se arrepintió de su hecho incluso en la muerte; tú no solo no te arrepientes, sino que te presentas como perseguidor y verdugo de nosotros, que guardamos la ley, mientras que tú eres el más malvado de los traditores".
18. Respondió Agustín: Mira cuánta diferencia hay entre tus palabras calumniosas y nuestras afirmaciones veraces. Escucha un poco. Mira cómo has exagerado el pecado de entregar los libros sagrados, comparándonos en términos odiosísimos, como algún sofístico inventor de acusaciones, con el traidor Judas. Pero cuando te haya respondido sobre este punto con la mayor brevedad —no hice lo que afirmas; no entregué los libros sagrados; tu acusación es falsa; nunca podrás probarla— ¿no se desvanecerá al momento todo ese humo de palabras grandilocuentes? ¿O acaso intentarás probar la verdad de lo que dices? Esto, pues, deberías hacer primero; y luego podrías levantarte contra nosotros, como contra hombres ya convictos, con toda la masa de invectivas que quisieras. He aquí un absurdo: he aquí además un segundo.
19. Tú mismo, al hablar del anuncio profético de la condenación de Judas, usaste estas expresiones: "Mira cuán poderoso es el espíritu de los profetas, que pudo ver todas las cosas futuras como si estuvieran presentes, de modo que un traidor que había de nacer después fuera condenado muchos siglos antes"; y sin embargo no viste que en la misma profecía segura, y en la verdad cierta e inconmovible, en la que se predijo que uno de los discípulos entregaría después al Cristo, también se predijo que el mundo entero creería después en Cristo. ¿Por qué prestaste atención en la profecía al hombre que traicionó a Cristo, y en el mismo lugar no hiciste caso del mundo por el cual Cristo fue traicionado? ¿Quién traicionó a Cristo? Judas. ¿A quién lo entregó? A los judíos. ¿Qué hicieron los judíos con Él? "Hirieron mis manos y mis pies", dice el Salmista. "Puedo contar todos mis huesos: me miran y me observan. Reparten entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echan suertes". De cuánta importancia, pues, es aquello que se compra a tal precio, quisiera que leyeras un poco más adelante en el mismo salmo: "Todos los términos de la tierra se acordarán y se volverán al Señor; y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti. Porque del Señor es el reino; y Él es el gobernador entre las naciones". Pero ¿quién es capaz de bastar para citar todos los otros innumerables pasajes proféticos que dan testimonio del mundo que está destinado a creer? Sin embargo, citas una profecía porque ves en ella al hombre que vendió a Cristo: no ves en ella la posesión que Cristo compró al ser vendido. He aquí el segundo absurdo: he aquí además el tercero.
20. Entre las muchas otras expresiones de tu invectiva, dijiste: "Si quemaras con fuego el testamento de un hombre muerto, ¿no serías castigado como falsificador de un testamento? ¿Qué es, por tanto, lo que probablemente será de ti, que has quemado la santísima ley de nuestro Dios y Juez?" En estas palabras no has prestado atención a lo que ciertamente debería haberte movido, a la cuestión de cómo podría ser que quemáramos el testamento y, sin embargo, permaneciéramos firmes en la herencia descrita en ese testamento; pero es maravilloso que hayas conservado el testamento y perdido la herencia. ¿No está escrito en ese testamento: "Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y por posesión tuya los confines de la tierra"? Participa de esta herencia, y podrás presentar contra mí las acusaciones que quieras acerca del testamento. Porque ¿qué locura es que, mientras rehuías entregar el testamento a las llamas, luches sin embargo contra las palabras del testador? Nosotros, por el contrario, aunque tenemos en nuestras manos los registros de la Iglesia y del Estado, en los que leemos que quienes ordenaron a un obispo rival en oposición a Ceciliano fueron más bien los traidores de los libros sagrados, no por esto te insultamos, ni te perseguimos con invectivas, ni lloramos sobre las cenizas de las páginas sagradas en tus manos, ni contrastamos los tormentos de fuego de los Macabeos con el sacrilegio de tu miedo, diciendo: "Deberías entregar tus propios miembros a las llamas antes que las palabras de Dios". Porque no queremos ser tan absurdos como para excitar un vano alboroto contra ti a causa de las acciones de otros, que o bien desconoces, o bien repudias. Pero en esto vemos que estás separado de la comunión del mundo entero (pecado de la mayor magnitud, manifiesto a todo el género humano, y común a todos vosotros), si yo quisiera exagerar, me faltaría antes el tiempo que las palabras. Y si buscaras defenderte de esta acusación, solo podría ser presentando acusaciones contra el mundo entero, de tal índole que, si pudieran sostenerse, simplemente estarías proporcionando materia para una ulterior acusación contra ti mismo; si no pudieran sostenerse, no hay en ellas defensa alguna para ti. ¿Por qué, por tanto, te engríes contra mí por la entrega de los libros sagrados, que no concierne ni a ti ni a mí si nos atenemos al acuerdo de no acusarnos mutuamente de los pecados de otros hombres? Y que, si ese acuerdo no se mantiene, te afecta a ti más que a mí. Y, sin embargo, incluso sin violación alguna de ese acuerdo, creo poder decir con perfecta justicia que debe ser considerado partícipe de aquel que entregó a Cristo el que no se ha entregado a Cristo en compañía del mundo entero. "Entonces", dice el apóstol, "entonces sois simiente de Abraham, y herederos según la promesa" []. Y otra vez dice: "Herederos de Dios, y coherederos con Cristo" []. Y el mismo apóstol muestra que la simiente de Abraham pertenece a todas las naciones por la promesa que fue hecha a Abraham: "En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra" []. Por lo cual considero que solo hago una justa demanda al pedir que consideremos por un momento el testamento de Dios, que ya ha estado abierto por mucho tiempo, y que consideremos a cada uno como heredero del traidor a quien no encontramos coheredero con Aquel a quien traicionó; que cada uno pertenezca a aquel que vendió a Cristo el que niega que Cristo ha comprado al mundo entero. Porque cuando se mostró después de su resurrección a sus discípulos, y dio sus miembros a los que dudaban, para que los palparan, les dice esto: "Porque así está escrito, y así convenía que Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados entre todas las naciones, comenzando desde Jerusalén" []. ¡Mira de qué herencia os alejáis! ¡Mira a qué Heredero resistís! ¿Puede realmente ser que un hombre perdonara a Cristo si caminara aquí en la tierra, el que habla contra Él mientras está sentado en el cielo? ¿No entendéis aún que todo lo que alegáis contra nosotros lo alegáis contra sus palabras? Un mundo cristiano es prometido y creído: la promesa se cumple, y es negada. Considera, te lo ruego, lo que deberías sufrir por tal impiedad. Y sin embargo, si no sé lo que has sufrido —si no lo he visto, no lo he causado— entonces tú, que hoy no sufres la violencia de mi persecución, ríndeme cuenta de tu separación. Pero es probable que digas una y otra vez lo que, a menos que lo pruebes, no puede afectar a nadie, y si lo pruebas, no tiene relación conmigo.
II, 9, 21–22
Dijo Petiliano: "Acosado, por tanto, por estas ofensas, no puedes ser un verdadero obispo".
Respondió Agustín: ¿Por qué ofensas? ¿Qué has mostrado? ¿Qué has probado? Y si has probado cargos por parte de no sé quién, ¿qué tiene eso que ver con la simiente de Abraham, en la cual todas las naciones de la tierra son bendecidas?
II, 10, 23–24
Dijo Petiliano: "¿Persiguió el apóstol a alguien? ¿O traicionó Cristo a alguien?"
Respondió Agustín: Podría ciertamente decir que Satanás mismo era peor que todos los hombres malvados; y sin embargo el apóstol lo entregó a un hombre para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. [] Y de la misma manera entregó a otros, de quienes dice: "A los cuales entregué a Satanás, para que aprendan a no blasfemar". [] Y el Señor Cristo expulsó del templo con azotes a los mercaderes impíos; en relación con lo cual también hallamos aducido el testimonio de la Escritura, donde dice: "El celo de tu casa me ha consumido". [] De modo que hallamos al apóstol entregando a condenación, y a Cristo como perseguidor. Todo esto podría decir, y ponerte en no pequeño ardor y perturbación, de modo que te verías obligado a indagar, no en las quejas de los que sufren, sino en la intención de los que causan el sufrimiento. Pero no te inquietes por esto; no digo esto. Pero sí digo que nada tiene que ver con la simiente de Abraham, que está en todas las naciones, si se ha hecho contigo algo que no debió haberse hecho, acaso por la paja entre la mies del Señor, la cual, a pesar de esto, se halla en todas las naciones. Da, por tanto, cuenta de tu separación. Pero primero considera qué clase de hombres tienes entre los tuyos, con los cuales no querrías ser reprochado; y mira cuán injustamente actúas, cuando nos echas en cara los actos de otros hombres, incluso si probaras lo que afirmas. Por tanto, se hallará que no hay fundamento para tu separación.
II, 11, 25–26
Dijo Petiliano: "Sin embargo, se hallará a algunos que digan: No somos hijos de un traditor. Cualquiera es hijo de aquel cuyas obras imita. Porque son con toda certeza hijos, y al mismo tiempo guardan fuerte semejanza con sus padres, los que nacen a semejanza de sus padres, no solo por ser de su carne y sangre, sino en cuanto a sus costumbres y obras".
Respondió Agustín: Hace poco no decías nada contrario a nosotros; ahora incluso comienzas a decir algo en nuestro favor. Pues esta proposición tuya te obliga a tanto como esto: que si hoy no logras convencernos, a nosotros con quienes disputas, de ser traditores y asesinos, y cualquier otra cosa de que nos acusas, entonces serás del todo impotente para dañarnos con cargo alguno de ese género que puedas probar contra los que nos han precedido. Porque no podemos ser hijos de aquellos cuyas obras no guardan semejanza con nuestras acciones. Y mira a qué te has comprometido. Si tuvieras éxito en convencer a algún hombre, incluso de nuestros propios tiempos y que vive con nosotros, de alguna culpa de ese género, eso en nada perjudica a todas las naciones de la tierra que son bendecidas en la simiente de Abraham, al separarte de las cuales resultas ser culpable de sacrilegio. Por consiguiente, a menos que (lo cual es del todo imposible) conozcas a todos los hombres que existen en todo el mundo, y no solo te hayas familiarizado con todas sus costumbres y obras, sino que también hayas probado que son tan malos como describes, no tienes fundamento para reprochar a todo el mundo, que está entre los santos, con un linaje de no sé qué descripción, al que pruebas que se asemejan. Ni te ayudará en absoluto, aunque puedas mostrar que los que no son del mismo carácter toman los santos sacramentos en común con los que sí lo son. En primer lugar, porque tú mismo debes mirar a aquellos con quienes celebras esos sacramentos, a quienes se los das, de quienes los recibes, y a quienes no querrías que se te echara en cara como reproche. Y además, si todos los que imitan las obras de Judas, que era el diablo entre los apóstoles, son hijos de Judas, ¿por qué no llamamos hijos de los apóstoles a quienes hacen partícipes a tales hombres, no en sus propias obras, sino en los sacramentos del Señor, como los apóstoles participaron de la cena del Señor en compañía de aquel traidor? Y de este modo son muy diferentes de ti, que echas en cara a hombres que se esfuerzan por preservar la unidad precisamente aquello que tú haces para desgarrar la unidad.
II, 12, 27–28
Dijo Petiliano: "El Señor Jesús dijo a los judíos acerca de sí mismo: "Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis"". []
Respondió Agustín: Ya he respondido más arriba: Esto es a la vez verdadero, y nos favorece contra ti.
II, 13, 29–30
Dijo Petiliano: Repetidamente reprocha a los falsos habladores y mentirosos en términos como estos: "Sois hijos del diablo, porque él también fue calumniador desde el principio, y no permaneció en la verdad".
Respondió Agustín: Nosotros no solemos decir: "Fue calumniador", sino "Fue homicida". [] Pero preguntamos cómo fue que el diablo fue homicida desde el principio; y hallamos que mató al primer hombre, no desenvainando espada ni aplicándole violencia corporal alguna, sino persuadiéndolo a pecar y arrojándolo así de la felicidad del Paraíso. Lo que entonces era el Paraíso, ahora lo representa la Iglesia. Por tanto, son hijos del diablo quienes matan a los hombres apartándolos de la Iglesia. Pero así como por las palabras de Dios conocemos cuál era la condición del Paraíso, así también ahora por las palabras de Cristo hemos aprendido dónde ha de hallarse la Iglesia: "Por todas las naciones —dice—, comenzando desde Jerusalén". Por tanto, cualquiera que separa a un hombre de ese todo completo para colocarlo en una sola parte, queda probado que es hijo del diablo y homicida. Pero mira, además, cuál es la aplicación de la expresión que tú mismo empleaste al decir del diablo: "Fue calumniador, y no permaneció en la verdad". Porque tú acusas al mundo entero a causa de los pecados de otros, aunque aun a esos mismos otros fuiste más capaz de acusarlos que de convencerlos; y no permaneciste en la verdad de Cristo. Porque Él dice que la Iglesia está "por todas las naciones, comenzando desde Jerusalén"; pero tú dices que está en el partido de Donato.
II, 14, 31–32
Dijo Petiliano: "En tercer lugar, también llama de modo semejante a la locura de los perseguidores con este nombre: "¡Raza de víboras!, ¿cómo podréis escapar de la condenación del infierno? Por tanto, he aquí que yo os envío profetas, sabios y escribas; y a algunos de ellos los mataréis y crucificaréis, y a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el templo y el altar". [] ¿Son, pues, realmente hijos de víboras según la carne, y no más bien serpientes en la mente, y malicia de tres lenguas, y mortíferos al tacto, y ardiendo con espíritu de veneno? Verdaderamente se han hecho víboras quienes con sus mordeduras han vomitado muerte contra el pueblo inocente".
Respondió Agustín: Si yo dijera que esto se dice de hombres de carácter semejante al vuestro, responderías: "Pruébalo". Pues qué, ¿lo has probado tú? O si piensas que queda probado por el mero hecho de decirlo, no hay necesidad de repetir las mismas palabras. Pronuncia contra ti mismo el mismo juicio que procede de nosotros hacia ti. ¿No ves que también yo lo he probado, si esto equivale a prueba? Y sin embargo, querría que aprendieras lo que realmente se entiende por prueba. Pues, en verdad, ni siquiera busco evidencia de fuera para probar que eres víbora. Ten por cierto que esto mismo marca en ti la naturaleza de víboras: que no tienes en tu boca el fundamento de la verdad, sino el veneno de la calumnia injuriosa, como está escrito: "Veneno de áspides hay debajo de sus labios". Y porque esto podría decirse indistintamente por cualquiera contra cualquiera, como si se preguntara: ¿Debajo de los labios de quién?, añade inmediatamente: "Su boca está llena de maldición y de amargura". Cuando, por tanto, dices cosas como esta contra hombres dispersos por todo el mundo, de los cuales no sabes absolutamente nada, y muchos de los cuales jamás han oído el nombre ni de Ceciliano ni de Donato, y cuando no los oyes responder en medio del silencio: Nada de lo que dices tiene que ver con nosotros; nunca lo vimos; nunca lo hicimos; no alcanzamos en absoluto a entender qué estás diciendo—, viendo que no deseas otra cosa sino decir lo que eres totalmente incapaz de probar, ¿cómo puedes evitar admitir que tu boca está llena de maldición y de amargura? Mira, por tanto, si puedes mostrar que no eres víbora, a menos que muestres que todos los cristianos de todas las naciones de la tierra son traditores, y homicidas, y cualquier cosa menos cristianos. Es más, en verdad, aunque pudieras conocer y presentarnos las vidas y obras de cada hombre individual en todo el mundo, sin embargo, antes de que puedas hacerlo, viendo que actúas como lo haces sin consideración alguna, tu boca es la de una víbora, tu boca está llena de maldición y de amargura. Muéstranos ahora, si puedes, qué profeta, qué sabio, qué escriba hemos matado, o crucificado, o azotado en nuestras sinagogas. Mira cuánto trabajo has gastado sin poder probar en modo alguno que Donato y Marculo fueran profetas, sabios o escribas, porque, de hecho, no fueron nada de eso. Pero aunque pudieras probar esto, ¿qué habrías adelantado hacia probar que fueron muertos por nosotros, cuando ni siquiera nosotros mismos los conocíamos? ¿Y cuánto menos el mundo entero, al que calumnias con boca venenosa? ¿O de dónde podrás probar que tenemos un espíritu semejante al de quienes los mataron, cuando en realidad no puedes mostrar que fueran muertos por nadie en absoluto? Mira atentamente todos estos puntos; ve si puedes probar uno solo de ellos, ya sea acerca del mundo entero, o a satisfacción del mundo entero—; en tus calumnias perseverantes contra el cual muestras que son verdaderas en ti las acusaciones que propagas falsamente contra el mundo.
Además, aun si quisiéramos probar que eres matador de profetas, sería tarea demasiado larga recoger las pruebas a través de todas y cada una de las instancias de la matanza que tus enfurecidos jefes de los circunceliones, y la multitud misma de hombres inflamados por el vino y la locura, no solo han cometido desde el comienzo de tu cisma, sino que incluso continúan cometiendo en el tiempo presente. Tomemos el caso más cercano. Preséntense los oráculos divinos, que comúnmente están en manos de ambos. Consideremos que son homicidas de los profetas aquellos a quienes hallamos contradiciendo las palabras de los profetas. ¿Qué definición más docta podría darse? ¿Qué admitiría una prueba más pronta? Actuarías menos cruelmente traspasando con espada los cuerpos de los profetas, que esforzándote por destruir con tu lengua las palabras de los profetas. Dice el profeta: "Todos los confines del mundo se acordarán y se volverán al Señor". Mira y ve cómo se está haciendo esto, cómo se está cumpliendo. Pero tú no solo cierras tus oídos con incredulidad contra lo que se dice, sino que incluso sacas tu lengua con locura para hablar contra lo que ya se está haciendo. Abraham oyó la promesa: "En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra", [] y "creyó, y le fue contado por justicia". [] Tú ves el hecho cumplido, y clamas contra él; y no quieres que te sea contado por injusticia, como en justicia se te contaría, incluso si tu negativa a creer no recayera sobre el cumplimiento, sino solo sobre la proclamación de la profecía. Es más, no solo no quieres que se te cuente por injusticia, sino que incluso lo que sufres como castigo de esta impiedad quisieras que se te contara por justicia. O si tu conducta no es una persecución de los profetas, porque tu instrumento no es la espada sino la lengua, ¿cuál fue la razón de que se dijera bajo inspiración divina: "Los hijos de los hombres, cuyos dientes son lanzas y flechas, y su lengua espada aguda"? Pero ¿qué tiempo me bastaría para recoger de todos los profetas todos los testimonios acerca de la Iglesia dispersa por todo el mundo, todos los cuales tú te esfuerzas por destruir y anular contradiciéndolos? Pero estás atrapado; porque "por toda la tierra salió su sonido, y hasta los confines del mundo sus palabras". Avanzaré, sin embargo, esta única sentencia de la boca del Señor, que es el Testigo de los testigos. "Es necesario que se cumplan —dice— todas las cosas que fueron escritas en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos acerca de mí". Y cuáles eran estas, oigámoslo de Él mismo: "Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendieran las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día; y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y la remisión de los pecados entre todas las naciones, comenzando desde Jerusalén". [] Mira lo que está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos acerca del Señor. Mira lo que el Señor mismo reveló acerca de sí mismo y acerca de la Iglesia, manifestándose a sí mismo, pronunciando promesas acerca de la Iglesia. Pero en cuanto a ti, mira que resistes a pruebas tan manifiestas como estas, y, como no puedes destruirlas, te esfuerzas por pervertirlas; ¿qué harías si te toparas con los cuerpos de los profetas, cuando te enfureces tan locamente contra las palabras de los profetas, hasta el punto de no escuchar siquiera al Señor cuando está cumpliendo, manifestando y exponiendo a los profetas? Porque, ¿no te esfuerzas, con todo tu poder, por matar al Señor mismo, puesto que ni a Él mismo quieres ceder?
II, 15, 34–35
Dijo Petiliano: "David también habló de vosotros como perseguidores en los términos siguientes: "Sepulcro abierto es su garganta; con sus lenguas han engañado; veneno de áspides hay debajo de sus labios. Su boca está llena de maldición y de amargura; sus pies son veloces para derramar sangre. Destrucción y desdicha hay en sus caminos, y no han conocido el camino de la paz: no hay temor de Dios delante de sus ojos. ¿No tienen conocimiento todos los que obran iniquidad, que devoran a mi pueblo como si comieran pan?""
Respondió Agustín: Su garganta es sepulcro abierto, de donde exhalan muerte por medio de mentiras. Porque "la boca que miente mata al alma". [] Pero si nada hay más verdadero que lo que Cristo dijo: que su Iglesia habría de estar por todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, entonces nada hay más falso que lo que tú dices: que está en el partido de Donato. Pero las lenguas que han engañado son las lenguas de aquellos que, conociendo sus propias obras, no solo dicen que son justos, sino que son justificadores de los hombres, lo cual se dice de Uno solo, "que justifica al impío", [] y eso porque "Él es justo y el que justifica". [] En cuanto al veneno de áspides y a la boca llena de maldición y de amargura, ya hemos dicho bastante. Pero vosotros mismos habéis dicho que los seguidores de Maximiano tenían pies veloces para derramar sangre, como lo atestigua la sentencia de vuestro concilio plenario, tan a menudo citada en las actas de la provincia proconsular y del estado. Pero ellos, por lo que oímos, jamás mataron a nadie en el cuerpo. Vosotros, evidentemente, entendisteis que la sangre del alma se derramaba en el homicidio espiritual por la espada del cisma, lo cual condenasteis en Maximiano. Mirad, pues, si vuestros pies no son veloces para derramar sangre, cuando separáis a los hombres de la unidad del mundo entero; si tuvisteis razón al decirlo de los seguidores de Maximiano, porque ellos separaron a algunos del partido de Donato. ¿Acaso nosotros carecemos del conocimiento del camino de la paz, nosotros que procuramos guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz? ¿Y poseéis vosotros ese conocimiento, vosotros que resistís el discurso que Cristo tuvo con sus discípulos después de su resurrección, de naturaleza tan pacífica que lo comenzó con el saludo: "Paz a vosotros", y tan enérgicamente que se prueba que no le decís a Él nada menos que esto: "Lo que dijiste de la unidad de todas las naciones es falso; lo que decimos de la ofensa de todas las naciones es verdadero"? ¿Quién diría cosas como esta si tuviera temor de Dios delante de sus ojos? Mirad, por tanto, si diciendo diariamente cosas como esta no estáis tratando de destruir al pueblo de Dios disperso por todo el mundo, devorándolo como si fuera pan.
II, 16, 36–37
36. Dijo Petiliano: "El Señor Cristo nos advierte también, diciendo: "Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de oveja, mas por dentro son lobos rapaces; y por sus frutos los conoceréis"". []
37. Respondió Agustín: Si te preguntara por qué frutos sabes que somos lobos rapaces, seguramente responderías acusándonos de los pecados de otros hombres, y de pecados tales que nunca fueron probados contra aquellos de quienes se dice que fueron culpables. Pero si tú me preguntaras a mí por qué frutos sabemos más bien que eres lobo rapaz, te acuso del cisma, que negarás, pero que acto seguido pasaré a probar; pues, en realidad, no estás en comunión con todas las naciones de la tierra, ni con aquellas Iglesias que fueron fundadas por el trabajo de los apóstoles. A esto dirás: "No estoy en comunión con traditores y homicidas". La simiente de Abraham te responde: "Esas son las acusaciones que hiciste, que o no son verdaderas, o no se refieren a mí". Pero estas las dejo por ahora; entretanto muéstrame tú la Iglesia. Pues aquella voz sonará en mis oídos que el Señor mostró que debía evitarse en los falsos profetas que hacían alarde de sus propios partidos y se esforzaban por apartar a los hombres de la Iglesia católica: "Mirad, aquí está Cristo, o allí". Pero ¿piensas que las verdaderas ovejas de Cristo están tan totalmente destituidas de sentido, a quienes se les dice: "No lo creáis", [], que escucharán al lobo cuando dice: "Mirad, aquí está Cristo", y no escucharán al Pastor cuando dice: "Por todas las naciones, comenzando desde Jerusalén"?
II, 17, 38–39
38. Dijo Petiliano: "Así, así, malvado perseguidor, bajo cualquier manto de justicia con que te hayas ocultado, bajo cualquier nombre de paz con que hagas la guerra con besos, bajo cualquier título de unidad con que te esfuerces por engañar al género humano — tú, que hasta ahora engañas y seduces, eres el verdadero hijo del diablo, mostrando tu linaje por tu carácter".
39. Respondió Agustín: Considera en respuesta que estas cosas han sido dichas por nosotros contra ti; y para que sepas a cuál de nosotros corresponden mejor, recuerda lo que he dicho antes.
II, 18, 40–41
40. Dijo Petiliano: "Tampoco es, después de todo, tan extraño que te arroges el nombre de obispo sin autoridad. Esta es la verdadera costumbre del diablo: elegir con preferencia un modo de engañar por el cual usurpa para sí una palabra de santo significado, como el apóstol nos declara: "Y no es maravilla", dice, "pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es gran cosa si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia." [] Ni es, por tanto, maravilla si falsamente te llamas obispo. Pues incluso aquellos ángeles caídos, amadores de las doncellas del mundo, que fueron corrompidos por la corrupción de su carne, aunque, al haberse despojado de la excelencia divina, han dejado de ser ángeles, conservan sin embargo el nombre de ángeles, y siempre se estiman a sí mismos como ángeles, aunque, habiendo sido liberados del servicio de Dios, han pasado de la semejanza de su carácter al ejército del diablo, como el gran Dios declara: "Mi espíritu no contenderá para siempre con el hombre, porque también es carne." [] A esos culpables y a ti el Señor Cristo dirá: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles." [] Si no hubiera ángeles malos, el diablo no tendría ángeles; de los cuales dice el apóstol que en el juicio de la resurrección serán condenados por los santos: "¿No sabéis", dice, "que hemos de juzgar a los ángeles?" [] Si fueran ángeles verdaderos, los hombres no tendrían autoridad para juzgar a los ángeles de Dios. Así también aquellos sesenta apóstoles, quienes, cuando los doce fueron dejados solos con el Señor Cristo, se apartaron en apostasía de la fe, son considerados todavía entre los hombres miserables como apóstoles, tanto que de ellos Maniqueo y los demás enredan a muchas almas en muchas sectas diabólicas que destruyeron para tomarlas en sus lazos. Pues de hecho el Maniqueo caído, si es que cayó, no ha de ser contado entre aquellos sesenta, si es que podemos hallar su nombre como apóstol entre los doce, o si fue ordenado por la voz de Cristo cuando Matías fue elegido para el lugar del traidor Judas, u otro decimotercero como Pablo, que se llama a sí mismo el último de los apóstoles, expresamente para que ninguno que fuera posterior a él pudiera ser tenido por apóstol. Porque estas son sus palabras: "Pues yo soy el último de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios." [] Y no os halaguéis en esto: era judío el que había hecho esto. Vosotros también, como gentiles, podéis obrar destrucción sobre nosotros. Porque hacéis la guerra sin licencia, contra quienes no podemos combatir a nuestra vez. Porque deseáis vivir cuando nos habéis asesinado; pero nuestra victoria es o escapar o ser muertos."
41. Respondió Agustín: Mira cómo has citado el testimonio de la santa Escritura, o cómo lo has entendido, cuando no tiene relación alguna con el punto presente en cuestión. Pues todo lo que has aducido se dijo simplemente para probar que hay falsos obispos, así como hay falsos ángeles y falsos apóstoles. Ahora bien, nosotros también sabemos muy bien que hay falsos ángeles y falsos apóstoles, y falsos obispos, y, como dice el verdadero apóstol, también falsos hermanos; [] pero, viendo que acusaciones como las tuyas pueden ser presentadas por cualquiera de las dos partes contra la otra, lo que se requiere es cierto grado de prueba, y no meras palabras vacías. Pero si quieres ver a cuál de nosotros se aplica más verdaderamente la acusación de falsedad, recuerda lo que hemos dicho antes, y allí lo verás expuesto, para que no nos hagamos tediosos a nuestros lectores repitiendo lo mismo una y otra vez. Y sin embargo, ¿cómo se ve afectada la Iglesia dispersa por todo el mundo, ya sea por lo que hayas podido decir acerca de su paja, que está mezclada con ella por todo el mundo; o por lo que dijiste de Maniqueo y de las demás sectas diabólicas? Porque si el trigo no es afectado por nada que se diga incluso acerca de la paja que aún está mezclada con él, ¿cuánto menos son afectados los miembros de Cristo dispersos por todo el mundo por monstruosidades que han estado tanto tiempo y tan abiertamente separadas de ella?