II, 33, 77–78
Dijo Petiliano: "Pero para que yo investigue a fondo el bautismo en el nombre de la Trinidad, el Señor Cristo dijo a sus apóstoles: "Id, y bautizad a las naciones, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado." [] ¿A quién enseñáis, traditor? ¿A aquel a quien condenáis? ¿A quién enseñáis, traditor? ¿A aquel a quien matáis? Una vez más, ¿a quién enseñáis? ¿A aquel a quien habéis hecho homicida? ¿Cómo, pues, bautizáis en el nombre de la Trinidad? No podéis llamar a Dios vuestro Padre. Porque cuando el Señor Cristo dijo: "Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios" [], vosotros, que no tenéis paz en el alma, no podéis tener a Dios por Padre. ¿O cómo, además, podéis bautizar en el nombre del Hijo, vosotros que traicionáis al Hijo mismo, que no imitáis al Hijo de Dios en ninguno de sus sufrimientos o cruces? ¿O cómo, además, podéis bautizar en el nombre del Espíritu Santo, cuando el Espíritu Santo vino solo sobre aquellos apóstoles que no eran reos de traición? Viendo, por tanto, que Dios no es vuestro Padre, tampoco vosotros sois verdaderamente renacidos por el agua del bautismo. Ninguno de vosotros ha nacido perfectamente. Vosotros, en vuestra impiedad, no tenéis ni padre ni madre. Viendo, pues, que sois de tal índole, ¿no debo yo bautizaros, aunque os lavéis mil veces, a semejanza de los judíos, que como que bautizan la carne?"
Respondió Agustín: ciertamente te habías propuesto investigar a fondo el bautismo en el nombre de la Trinidad, y nos habías puesto a escuchar con mucha atención; pero siguiendo, según parece, el camino más fácil para ti, ¡cuán pronto has vuelto a tus injurias acostumbradas! Esto lo haces con verdadera soltura. Pues te pones delante las víctimas que quieres, contra las cuales invectivar con cuanta amargura te plazca; y en medio de esa desbordada libertad de discurso te ves en los mayores aprietos si alguien usa tan solo la palabra "Demuéstralo". Porque esto es lo que te dice la simiente de Abraham; y puesto que en ella son benditas todas las naciones de la tierra, poco les importa ser maldecidas por ti. Mas, ya que tratas del bautismo, que consideras verdadero cuando se halla en un justo, pero falso cuando se halla en un injusto, mira cómo también yo, si investigara el bautismo en el nombre de la Trinidad según tu regla, podría decir, con gran plenitud, según me parece, que no tiene a Dios por padre quien en un Conde tiene a Dios por compañero, ni cree que sea su Cristo ninguno sino aquel por cuya causa ha sufrido; y que no tiene el Espíritu Santo quien abrasó a la desdichada África de un modo tan diferente con lenguas de fuego. ¿Cómo, pues, pueden ellos tener el bautismo, o cómo pueden administrarlo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo? Sin duda debes percibir ahora que el bautismo puede existir en un hombre injusto, y ser administrado por un hombre injusto, y que no hay bautismo injusto, sino justo y verdadero—no porque pertenezca al hombre injusto, sino porque es de Dios. Y en esto no profiero calumnia alguna contra vosotros, como vosotros no cesáis de hacer, con un pretexto u otro, contra el mundo entero; y, lo que es aún más intolerable, ni siquiera presentáis prueba alguna sobre los mismos puntos en que fundáis vuestras calumnias. Pero no sé cómo puede soportarse esto, porque no solo lanzáis calumnias contra los santos a causa de los injustos, sino que incluso formuláis una acusación contra el santo bautismo mismo, el cual necesariamente ha de ser santo en cualquier hombre, por injusto que sea, a partir de la comparación con la infección proveniente de los pecados de los malvados, de modo que decís que el bautismo participa del carácter de aquel por quien es poseído, o administrado, o recibido. Además, si un hombre participa del carácter de aquel en cuya compañía se acerca a los sagrados misterios, y si los sacramentos mismos participan del carácter de los hombres en quienes están, los santos bien pueden darse por satisfechos al hallar consuelo en el pensamiento de que solo les sucede lo mismo que al santo bautismo al oír falsas acusaciones de vuestros labios. Pero bueno sería que vierais cómo sois condenados por vuestra propia boca, si los sobrios de entre vosotros son tenidos por ebrios por la infección de los ebrios de vuestras filas, y los misericordiosos de entre vosotros se convierten en ladrones por la infección de los ladrones, y cualquier mal que se halle entre vosotros en las personas de los malvados es forzosamente compartido por los que no son malvados; y si el bautismo mismo es inmundo en todos vosotros que sois inmundos, y si es de distintas clases según el carácter variable de la inmundicia misma, como debe ser si es forzosamente del mismo carácter que el hombre por quien es poseído o administrado. Estas suposiciones son sin duda alguna falsas, y por lo tanto de ninguna manera nos dañan cuando las presentáis contra nosotros sin mirar atrás a vosotros mismos. Pero sí os dañan, porque, cuando las presentáis falsamente, no caen sobre nosotros; mas como os las imagináis verdaderas, recaen sobre vosotros mismos.
II, 34, 79–80
Dijo Petiliano: "Pues si a los apóstoles les fue permitido bautizar a aquellos a quienes Juan había lavado con el bautismo de penitencia, ¿no me será igualmente permitido bautizar a hombres culpables de sacrilegio como vosotros?"
Respondió Agustín: ¿Dónde está, pues, lo que antes dijiste, que no había un bautismo de Juan y otro de Cristo, sino un solo bautismo, consagrado en tres grados, del cual Juan daba el agua, Cristo el Espíritu y el Consolador el fuego? ¿Por qué, entonces, repitieron los apóstoles el agua en el caso de aquellos a quienes Juan ya había administrado el agua perteneciente al único bautismo que se consagra en tres grados? Sin duda debes ver cuán necesario es que cada uno entienda el significado de aquello que discute.
II, 35, 81–82
Dijo Petiliano: "Ni siquiera será posible que el Espíritu Santo sea implantado en el corazón de nadie por la imposición de las manos del sacerdote, a menos que el agua de una conciencia pura haya precedido para darle nacimiento."
Respondió Agustín: En estas pocas palabras tuyas se encierran dos errores; y uno de ellos, ciertamente, no tiene gran relación con la cuestión que se debate entre nosotros, pero sirve para convencerte de falta de pericia. Porque el Espíritu Santo descendió sobre ciento veinte hombres, sin imposición de manos de persona alguna, y de nuevo sobre Cornelio el centurión y los que con él estaban, incluso antes de que fueran bautizados. Pero el segundo error en estas palabras tuyas echa por tierra enteramente todo tu caso. Porque dices que el agua de una conciencia pura debe preceder necesariamente para dar nuevo nacimiento, antes de que el Espíritu Santo pueda seguirla. Por consiguiente, o bien toda el agua consagrada en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, es agua de una conciencia pura, no por los méritos de aquellos por quienes es administrada, o por quienes es recibida, sino en virtud de los méritos inmaculados de Aquel que instituyó este bautismo; o bien, si solo una conciencia pura, tanto por parte del ministro como del recipiendario, puede producir el agua de una conciencia pura, ¿qué haces con aquellos a quienes hallas bautizados por hombres que llevaban una conciencia manchada con culpa aún no descubierta, especialmente si entre dichos bautizados existe alguno que confiese que en el tiempo en que fue bautizado tenía mala conciencia, en cuanto que quizá deseaba utilizar aquella ocasión para la realización de algún acto pecaminoso? Cuando, por tanto, se te haga claro que ni el hombre que administró el bautismo, ni el hombre que lo recibió, tenían una conciencia pura, ¿darás tu sentencia de que debe ser bautizado de nuevo? Ciertamente no dirás ni harás nada semejante. La pureza, por tanto, del bautismo está enteramente desvinculada de la pureza o impureza de la conciencia, ya del que da, ya del que recibe. ¿Te atreverás, pues, a decir que el engañador, o el ladrón, o el opresor de los huérfanos y de las viudas, o el destructor de matrimonios, o el traidor, el vendedor, el divisor del patrimonio de otros hombres, era un hombre de conciencia pura? ¿O te atreverás además a decir que eran hombres de conciencia pura aquellos que difícilmente es imaginable que faltaran en tales tiempos, hombres que se ganaron el favor del hombre que he descrito para ser bautizados, no por causa de Cristo, ni por causa de la vida eterna, sino para conciliar amistades terrenas y satisfacer deseos terrenos? Además, si no te atreves a decir que estos eran hombres de conciencia pura, entonces, si hallas a alguno de ellos que haya sido bautizado, dales el agua de una conciencia pura, la cual aún no han recibido; y si no quieres hacerlo, deja de echarnos en cara una cuestión que no entiendes, no sea que te veas obligado a respondernos acerca de una cuestión que conoces muy bien.
II, 36, 83–84
Dijo Petiliano: "El cual Espíritu Santo ciertamente no puede venir sobre vosotros, que ni siquiera habéis sido lavados con el bautismo de penitencia; sino que el agua del traditor, que con toda verdad necesita ser llorada, no hace sino obrar contaminación."
Respondió Agustín: En realidad, no solo no probáis que seamos traditores, sino que tampoco vuestros padres probaron que nuestros padres fueran culpables de ese pecado; aunque, aunque eso hubiera sido probado, la consecuencia habría sido que ellos no serían nuestros padres, según vuestra afirmación anterior, ya que no habíamos seguido sus obras; y sin embargo, no por causa de ellos deberíamos ser separados de la compañía de la unidad, ni de la simiente de Abraham, en la cual todas las naciones de la tierra son benditas []. No obstante, si una cosa es el agua de Cristo y otra el agua del traditor, porque Cristo no fue traditor, ¿por qué no habría de ser una cosa el agua de Cristo y otra el agua de un ladrón, ya que ciertamente Cristo no fue ladrón? Bautizad, pues, de nuevo después del bautismo por vuestro ladrón, y yo bautizaré de nuevo después del traditor, que no es ni mío ni vuestro; o, si se ha de creer a los documentos que se presentan, que es a la vez mío y vuestro; o, si hemos de creer a la comunión del mundo entero más bien que al partido de Donato, que no es mío, sino vuestro. Mas, por un juicio mejor y más sano, porque es conforme a las palabras del apóstol, cada uno de nosotros llevará su propia carga []; y no es vuestro aquel ladrón, si vosotros no sois ladrones; ni ningún traditor pertenece a ninguno de nosotros o de vosotros, si no es él mismo traditor. Y sin embargo, nosotros somos católicos, que, siguiendo el espíritu de aquel juicio, no desertamos de la unidad de la Iglesia; pero vosotros sois herejes, que, por causa de acusaciones, sean verdaderas o falsas, que habéis presentado contra ciertos hombres, no queréis mantener la caridad cristiana con la simiente de Abraham.
II, 37, 85–86
Dijo Petiliano: "Mas para que la verdad de esto se manifieste por los apóstoles, somos enseñados por sus acciones, como está escrito: "Aconteció que, mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo, habiendo pasado por las regiones superiores, llegó a Éfeso; y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo desde que creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. Y les dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Y ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Dijo entonces Pablo: Juan bautizó con el bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que había de venir después de él, esto es, en Cristo Jesús. Oyendo esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles Pablo impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaron en lenguas, y profetizaron. Y eran entre todos unos doce hombres." [] Si, por tanto, ellos fueron bautizados para que recibiesen el Espíritu Santo, ¿por qué vosotros, si queréis recibir el Espíritu Santo, no tomáis medidas para obtener una verdadera renovación, después de vuestras falsedades? Y si hacemos mal en instar esto, ¿por qué nos buscáis? O, en todo caso, si es una ofensa, condenad primeramente a Pablo; a Pablo que ciertamente lavó lo que ya existía, mientras que nosotros en vosotros damos un bautismo que aún no existe. Porque vosotros, como hemos dicho a menudo antes, no laváis con un bautismo verdadero; sino que traéis sobre los hombres mala fama con vuestro vacío nombre de un falso bautismo."
Respondió Agustín: Nosotros no acusamos a Pablo, que dio a los hombres el bautismo de Cristo porque no tenían el bautismo de Cristo, sino el bautismo de Juan, según su propia respuesta; pues, preguntados: "¿En qué fuisteis bautizados?", respondieron: "En el bautismo de Juan"; el cual nada tiene que ver con el bautismo de Cristo, y no es parte de él ni paso hacia él. De lo contrario, o en aquel tiempo el agua del bautismo de Cristo se renovó una segunda vez, o si el bautismo de Cristo se hizo entonces perfecto por las dos aguas, es menos perfecto el bautismo que se da ahora, porque no se da con el agua que se dio por manos de Juan. Pero sostener cualquiera de estas dos opiniones es impío y sacrílego. Por tanto, Pablo dio el bautismo de Cristo a quienes no tenían el bautismo de Cristo, sino solo el bautismo de Juan.
87. Mas por qué el bautismo de Juan, que no es necesario ahora, fue necesario en aquel tiempo, lo he explicado en otra parte; y la cuestión no atañe al punto que se debate entre nosotros en el tiempo presente, excepto en la medida en que sirva para mostrar que una cosa era el bautismo de Juan, y otra el bautismo de Cristo—así como era una cosa distinta aquel bautismo con que el apóstol dice que nuestros padres fueron bautizados en la nube y en el mar, cuando pasaron el mar Rojo guiados por Moisés []. Porque la ley y los profetas hasta el tiempo de Juan el Bautista tenían sacramentos que prefiguraban las cosas venideras; pero los sacramentos de nuestro tiempo dan testimonio de que ya ha llegado aquello que los sacramentos antiguos anunciaban que había de venir. Juan, por tanto, fue un anunciador de Cristo más cercano a Él en el tiempo que todos los que le precedieron. Y como todos los justos y profetas de los tiempos antiguos deseaban ver el cumplimiento de lo que, por revelación del Espíritu, preveían que había de suceder—por lo cual también el Señor mismo dice: "Que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron" []—, por eso se dijo de Juan que era más que profeta, y que entre los nacidos de mujer no había ninguno mayor que él []; porque a los justos que le precedieron solo les fue concedido anunciar de antemano la venida de Cristo, pero a Juan le fue dado anunciarlo en su ausencia y contemplar su presencia, de modo que se hallara que a él se le manifestó lo que los otros habían deseado. Y por eso el sacramento de su bautismo sigue conectado con el anuncio de la venida de Cristo, aunque como de algo que estaba muy pronto a cumplirse, ya que hasta su tiempo todavía había profecías de la primera venida de nuestro Señor, de cuya venida ahora tenemos anuncios, pero ya no predicciones. Mas el Señor, enseñando el camino de la humildad, se dignó hacer uso de los sacramentos que halló aquí en referencia al anuncio de su venida, no para ayudar a la operación de su limpieza, sino como ejemplo para nuestra piedad, para mostrarnos con qué reverencia debemos recibir aquellos sacramentos que dan testimonio de que Él ya ha venido, cuando no desdeñó hacer uso de los que prefiguraban su venida futura. Y Juan, por tanto, aunque el más cercano a Cristo en el tiempo, y de casi la misma edad que Él, sin embargo, mientras bautizaba, iba delante del camino de Cristo que aún había de venir; por lo cual se dijo de él: "He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará tu camino delante de ti." Y él mismo predicaba, diciendo: "Viene tras mí uno más poderoso que yo" []. De la misma manera, por tanto, la circuncisión al octavo día, que fue dada a los patriarcas, prefiguraba nuestra justificación, para la remoción de las concupiscencias carnales mediante la resurrección de nuestro Señor, la cual tuvo lugar después del séptimo día, que es el sábado, en el octavo, es decir, el día del Señor, que cayó en el tercer día después de su sepultura; sin embargo, el niño Cristo recibió la misma circuncisión de la carne, con su significación profética. Y así como la Pascua, que celebraban los judíos con la inmolación de un cordero, prefiguraba la pasión de nuestro Señor y su partida de este mundo al Padre, sin embargo el mismo Señor celebró la misma Pascua con sus discípulos, cuando ellos se lo recordaron, diciendo: ¿Dónde quieres que te preparemos para comer la Pascua? [], así también Él mismo recibió el bautismo de Juan, que formaba parte del último anuncio de su venida. Mas así como una cosa es la circuncisión carnal de los judíos, y otra la ceremonia que nosotros observamos al octavo día después que las personas son bautizadas; y una cosa es la Pascua que los judíos aún celebran con la inmolación de un cordero, y otra aquella que nosotros recibimos en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor—así una cosa era el bautismo de Juan, y otra es el bautismo de Cristo. Porque por la primera serie de ritos se anunciaban los segundos como destinados a venir; por estos segundos se declara cumplidos los otros. Y aunque Cristo recibió los otros, no nos son necesarios a nosotros, que hemos recibido al Señor mismo que en ellos era anunciado. Mas cuando la venida de nuestro Señor era aún reciente, era necesario que quienquiera que hubiese recibido los primeros fuese también imbuido de los segundos; pero era del todo innecesario que quien ya había sido imbuido así fuese obligado a volver a los primeros ritos.
88. Por lo cual no busques crear confusión a partir del bautismo de Juan, cuya fuente e intención fue tal como la he expuesto aquí; o si puede darse otra explicación mejor, al menos esto queda claro: que el bautismo de Juan y el bautismo de Cristo son dos cosas distintas y separadas, y que el primero fue expresamente llamado el bautismo de Juan, como está claro tanto por la respuesta de aquellos hombres cuyo caso citaste, como por las palabras de nuestro Señor mismo, cuando dice: "El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?" []. Pero el segundo nunca es llamado el bautismo de Ceciliano, ni de Donato, ni de Agustín, ni de Petiliano, sino el bautismo de Cristo. Porque si piensas que somos desvergonzados, porque no permitimos que nadie sea bautizado después del bautismo de nosotros, aunque vemos que fueron bautizados de nuevo quienes habían recibido el bautismo de Juan, que ciertamente es incomparablemente mayor que nosotros, ¿mantendrás que Juan y Optato eran de igual dignidad? La cosa resulta ridícula. Y sin embargo, me figuro que no los tienes por iguales, sino que consideras a Optato el mayor de los dos. Porque el apóstol bautizó después del bautismo de Juan: tú no te atreves a bautizar a nadie después del bautismo de Optato. ¿Acaso fue porque Optato estaba en unidad con vosotros? No sé con qué corazón puede sostenerse una teoría así, si se dice que el amigo del Conde, que en el Conde tenía un dios por compañero, estaba en la unidad, y que el amigo del Esposo quedó excluido de ella. Pero si Juan estaba eminentemente en la unidad, y era mucho más excelente y mayor que todos nosotros y todos vosotros, y sin embargo el apóstol Pablo bautizó después de él, ¿por qué no bautizáis entonces vosotros después de Optato? A no ser, ciertamente, que vuestra ceguera os ponga en tal aprieto que digáis que Optato tenía el poder de dar el Espíritu Santo, ¡y que Juan no lo tenía! Y si no decís esto, por miedo a ser ridiculizados por vuestra locura aun por los propios insensatos, ¿qué respuesta podréis dar cuando se os pregunte por qué hubo que bautizar a hombres después de recibir el bautismo de Juan, mientras que nadie necesita ser bautizado después de recibirlo de Optato, sino es que los primeros fueron bautizados con el bautismo de Juan, mientras que, cuando alguien es bautizado con el bautismo de Cristo, sea bautizado por Pablo o por Optato, no hay diferencia en la naturaleza de su bautismo, aunque haya tan gran diferencia entre Pablo y Optato? Volved, pues, oh transgresores, a la cordura [], y no busquéis pesar los sacramentos de Dios atendiendo a los caracteres y obras de los hombres. Porque los sacramentos son santos por Aquel a quien pertenecen; mas cuando son tomados dignamente, traen recompensa; cuando indignamente, juicio. Y aunque no son uno los hombres que toman digna o indignamente el sacramento de Dios, lo que se toma, sea digna o indignamente, es lo mismo; de modo que no se hace mejor ni peor en sí mismo, sino que solo se convierte en vida o muerte para quienes lo manejan en uno u otro caso. Y en cuanto a lo que dijiste, que "en aquellos a quienes Pablo bautizó después de haber recibido el bautismo de Juan, lavó lo que ya existía", ciertamente no habrías dicho tal cosa si te hubieras detenido un momento a considerar lo que decías. Porque si el bautismo de Juan requería ser lavado, debía, sin duda alguna, tener alguna suciedad en él. ¿Por qué, pues, he de insistir más? Recuerda o lee, y ve de quién lo recibió Juan, para que veas contra quién has proferido esa blasfemia; y cuando lo hayas descubierto, tu corazón ciertamente será golpeado, si no se pone freno a tu lengua.
89. Para venir luego a lo que piensas que dices contra nosotros con tanto énfasis: "Si hacemos mal en instar esto, ¿por qué nos buscáis?", ¿es que no puedes todavía recordar que solo son buscados los que han perecido? ¿O la incapacidad de ver esto es un elemento de tu ruina? Pues la oveja podría decir al pastor con igual absurdo: Si obro mal en alejarme del rebaño, ¿por qué me buscas? No entendiendo que la razón misma por la cual es buscada es porque piensa que no hay necesidad de buscarla. Pero ¿quién hay que os busque, ya por sus Escrituras, ya por voces católicas y conciliadoras, ya por los azotes de las aflicciones temporales, sino solo Aquel que os dispensa su misericordia en todas las cosas? Nosotros, por tanto, os buscamos para hallaros; pues os amamos para que tengáis vida, con la misma intensidad con que odiamos vuestro error, para que sea destruido lo que procura arruinaros, con tal de que no se vea envuelto en vuestra destrucción. ¡Y ojalá os buscáramos de tal manera que os halláramos, y pudiéramos decir con gozo de cada uno de vosotros: "Estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y ha sido hallado!" []"
II, 38, 90–91
90. Dijo Petiliano: "Si declaráis que poseéis la Iglesia católica, la palabra 'católica' no es más que el equivalente griego de entera o toda. Pero es claro que no estáis en el todo, porque os habéis apartado hacia la parte."
91. Respondió Agustín: También yo, en efecto, he alcanzado un conocimiento muy leve de la lengua griega, apenas digno de llamarse conocimiento; y, sin embargo, no me avergüenzo de decir que sé que [ὅλον] no significa "uno", sino "el todo"; y que [καθ' ὅλον] significa "según el todo"; de donde recibió su nombre la Iglesia católica, conforme a la palabra del Señor: "No os toca a vosotros saber los tiempos que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, después que haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria, y hasta en toda la tierra" []. Aquí tienes el origen del nombre de "católica". Pero tú estás tan empeñado en correr con los ojos cerrados contra el monte que, según la profecía de Daniel, creció de una piedra pequeña y llenó toda la tierra [], que realmente nos dices que nos hemos apartado hacia una parte y que no estamos en el todo entre aquellos cuya comunión se extiende por toda la tierra. Pero, del mismo modo que, si dijeras que yo soy Petiliano, no podría hallar modo alguno de refutarte sino riéndome de ti como si bromearas, o lamentándome por ti como si estuvieras loco, así en el caso presente veo que no me queda otra elección; y, como no creo que estés bromeando, ya ves qué alternativa queda.
II, 39, 92–94
92. Dijo Petiliano: "Pero no hay comunión de las tinieblas con la luz, ni comunión alguna de la amargura con la dulzura de la miel; no hay comunión de la vida con la muerte, de la inocencia con la culpa, del agua con la sangre; las heces no tienen comunión con el aceite, aunque están emparentadas con él por ser sus posos, sino que todo lo réprobo se deslizará. Es el verdadero sumidero de iniquidad; según la palabra de Juan: 'Salieron de nosotros, pero no eran de los nuestros; porque si hubieran sido de los nuestros, sin duda habrían permanecido con nosotros' []. No hay oro en medio de su contaminación: todo lo precioso ha sido purgado. Porque está escrito: 'Como se prueba el oro en el horno, así también los justos son probados por el hostigamiento de la tribulación'. La crueldad no es parte de la mansedumbre, ni la religión parte del sacrilegio; ni puede el partido de Macario ser en modo alguno parte de nosotros, porque él contamina la semejanza de nuestro rito. Pues la línea del enemigo, que llena un nombre de enemigo, no es parte de la fuerza a la que se opone; pero si ha de llamarse verdaderamente parte, hallará un lema adecuado en la sentencia de Salomón: 'Sea cortada de la tierra su parte'." []
93. Respondió Agustín: ¿Qué es sino pura locura proferir estos insultos sin probar nada? Miráis la cizaña en todo el mundo y no prestáis atención al trigo, aunque a ambos se les ha mandado crecer juntos por todo él. Miráis la semilla sembrada por el Maligno, que será separada en el tiempo de la siega [], y no prestáis atención a la simiente de Abraham, en la cual serán bendecidas todas las naciones de la tierra []. Como si ya fuerais masa purgada, miel virgen, aceite refinado y oro puro; o, más bien, la mismísima semejanza de una pared blanqueada. Pues, por no hablar de vuestras otras faltas, ¿acaso los ebrios forman parte de los sobrios, o los avaros son contados entre la porción de los sabios? Si los hombres de temple manso se apropian el nombre de luz, ¿dónde se estimará que está la locura de los circunceliones, sino en las tinieblas? ¿Por qué, entonces, el bautismo dado por hombres como estos es tenido por válido entre vosotros, y el mismo bautismo de Cristo no es tenido por válido, sean cuales sean los hombres por quienes se administre en todo el mundo? Veis, de hecho, que estáis separados de la comunión del mundo entero en la medida en que no todos estáis ebrios, ni todos sois avaros, ni todos hombres violentos, sino que todos sois herejes y, en virtud de ello, todos impíos y todos sacrílegos.
94. Respondió Agustín: Pero en cuanto a decir que todo el mundo que se goza en la comunión cristiana es el partido de Macario, ¿quién con un resto de sano juicio en su cerebro podría hacer semejante afirmación? Sino que, como nosotros decimos que vosotros sois del partido de Donato, buscáis un hombre de cuyo partido podáis decir que somos nosotros; y, hallándoos en gran aprieto, mencionáis el nombre de una persona oscura que, si es conocida en África, ciertamente es desconocida en cualquier otro lugar del orbe. Por tanto, escuchad la respuesta que os da toda la simiente de Abraham desde todos los rincones de la tierra: De ese Macario, a cuyo partido afirmáis que pertenecemos, no sabemos absolutamente nada. ¿Podéis replicar vosotros, a vuestra vez, que nada sabéis de Donato? Pero aun si dijéramos que sois el partido de Optato, ¿quién de vosotros puede decir que no conoce a Optato, salvo en el sentido de que no lo conoce personalmente, como quizá tampoco conoce a Donato? Pero vosotros reconocéis que os gozáis en el nombre de Donato; ¿acaso os complace también el nombre de Optato? ¿De qué puede aprovecharos, pues, el nombre de Donato, cuando todos vosotros por igual estáis contaminados por Optato? ¿Qué ventaja podéis sacar de la sobriedad de Donato, cuando estáis manchados por la embriaguez de los circunceliones? ¿De qué os aprovecha, según vuestro modo de ver, la inocencia de Donato, cuando estáis manchados por la rapacidad de Optato? Pues este es vuestro error: pensar que la injusticia de un hombre tiene más poder para infectar a su prójimo que la justicia de un hombre para purificar a quienes lo rodean. Por tanto, si dos comparten en común los sacramentos de Dios, siendo uno justo y otro injusto, pero de modo que ni el primero imite la injusticia del segundo, ni el segundo la justicia del primero, decís que el resultado no es que ambos se hagan justos, sino que ambos se hagan injustos; de modo que también aquella cosa santa, que ambos reciben en común, se vuelve inmunda y pierde su santidad original. ¿Cuándo halla la injusticia para sí abogados tales, por cuya locura es considerada vencedora? ¿Cómo es, entonces, que en medio de tan errada perversidad os congratuláis con el nombre de Donato, cuando ello no muestra que Petiliano merezca ser lo que es Donato, sino que Donato se ve obligado a ser lo que es Optato? Pero diga la casa de Israel: "Dios es mi porción para siempre"; diga la simiente de Abraham en todas las naciones: "El Señor es la porción de mi herencia". Porque saben hablar por el evangelio de la gloria del Dios bienaventurado. Pues también vosotros, por el sacramento que hay en vosotros, como Caifás, el perseguidor del Señor, profetizáis sin saberlo []. Porque lo que en griego se expresa con la palabra [Μαχάριος] en nuestra lengua significa simplemente "Bienaventurado"; y de este modo, ciertamente, somos del partido de Macario, el Bienaventurado. Pues ¿qué hay más bienaventurado que Cristo, de cuyo partido somos, por quien son llamados todos los confines de la tierra, y a quien todos ellos se vuelven, y en cuya presencia adoran todos los países de las naciones? Por tanto, el partido de este Macario, es decir, de este Bienaventurado, no siente temor alguno ante vuestra última maldición, torcida de las palabras de Salomón, de que haya de perecer de la tierra. Pues lo que él dice de los impíos intentáis aplicarlo a la herencia de Cristo, y os esforzáis por probar que esto se ha realizado con inefable impiedad; porque, cuando hablaba de los impíos, dice: "Perezca de sobre la tierra su porción" []. Pero cuando decís, con referencia a las palabras de la Escritura: "Te daré por herencia las naciones" y "todos los confines del mundo se acordarán y se volverán al Señor", que la promesa contenida en ellas ya ha perecido de la tierra, estáis tratando de volver contra la herencia de Cristo lo que fue predicho acerca de la suerte de los impíos; pero, mientras la herencia de Cristo perdura y crece, vosotros vais pereciendo al decir tales cosas. Porque no profetizáis en todo caso por el sacramento de Dios, ya que en este caso no hacéis sino proferir malos deseos por vuestra propia locura. Pero la profecía de los verdaderos profetas es más poderosa que las malas palabras de los falsos profetas.
II, 40, 95–96
95. Dijo Petiliano: "También el apóstol Pablo nos manda: 'No os unzáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte tiene el que cree con el infiel?'" []
96. Respondió Agustín: Reconozco las palabras del apóstol; pero no alcanzo a ver en absoluto cómo pueden ayudarte. Pues ¿quién de nosotros dice que haya compañerismo alguno entre la justicia y la injusticia, aunque el justo y el injusto, como en el caso de Judas y Pedro, sean partícipes por igual de los sacramentos? Porque de una misma y única cosa santa recibió Judas condenación para sí, y Pedro salvación, del mismo modo que tú recibiste el sacramento con Optato y, si eras distinto de él, no por eso fuiste partícipe de sus rapiñas. ¿O es que la rapiña no es injusticia? ¿Quién estaría tan loco como para afirmar eso? ¿Qué compañerismo había, pues, por parte de tu justicia con su injusticia, cuando os acercasteis juntos al mismo altar?
II, 41, 97–98
97. Dijo Petiliano: "Y, además, nos enseña que no deben surgir cismas, en los siguientes términos: 'Ahora digo esto, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo, y yo de Apolos, y yo de Cefas, y yo de Cristo. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?'" []
98. Respondió Agustín: Recordad todos los que leéis esto: fue Petiliano quien citó estas palabras del apóstol. Pues ¿quién habría podido creer que aduciría palabras que tanto dicen en favor nuestro y contra él mismo?
II, 42, 99–100
99. Dijo Petiliano: "Si Pablo pronunció estas palabras para los ignorantes y para los justos, yo digo esto a vosotros, que sois injustos: ¿Está dividido Cristo, para que os separéis de la Iglesia?"
100. Respondió Agustín: Temo que alguien piense que en esta obra mía el escritor se ha equivocado y ha escrito el encabezamiento Dijo Petiliano cuando debería haber escrito Respondió Agustín. Pero veo cuál es tu propósito: quisiste, por así decirlo, ocupar el terreno antes, para que no adujéramos esas palabras en testimonio contra ti. Pero ¿qué has hecho realmente sino hacer que se citen dos veces? Si, por tanto, tanto te agrada oír las palabras que van contra ti, que haces necesario que se repitan, escucha, te ruego, estas palabras como salidas de mí, Petiliano: ¿Está dividido Cristo, para que te separes de la Iglesia?
II, 43, 101–102
101. Dijo Petiliano: "¿Es posible que el traidor Judas se ahorcara por vosotros, o que os imbuyera de su carácter, para que, siguiendo sus obras, os apoderarais de los tesoros de la Iglesia y vendierais por dinero a los poderes de este mundo a nosotros, que somos herederos de Cristo?"
102. Respondió Agustín: Judas no murió por nosotros, sino Cristo, a quien dice la Iglesia dispersa por todo el mundo: "Así tendré con qué responder al que me afrenta, porque confío en tu palabra". Por tanto, cuando oigo las palabras del Señor, que dice: "Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta en toda la tierra" [], y por la voz de su profeta: "Por toda la tierra salió su sonido, y sus palabras hasta los confines del mundo", ninguna mezcla corporal de mal puede perturbarme jamás, si sé decir: "Hazte fiador de tu siervo para bien; que no me opriman los soberbios". No me preocupo, pues, por una vana calumnia cuando tengo una promesa sustancial. Pero si os quejáis de asuntos o lugares pertenecientes a la Iglesia, que en otro tiempo poseíais y ya no poseéis, también los judíos pueden decir que son justos y echarnos en cara la injusticia, porque los cristianos ocupan ahora el lugar en el que antiguamente reinaron impíamente. ¿Qué hay, entonces, de inconveniente en que, según una voluntad semejante del Señor, los católicos posean ahora las cosas que antes solían tener los herejes? Pues contra todos los hombres como estos, es decir, contra todos los impíos e injustos, tienen fuerza aquellas palabras del Señor: "Se os quitará el reino de Dios y se dará a una nación que produzca sus frutos" []; ¿o acaso está escrito en vano: "Los justos comerán del trabajo de los impíos"? Por lo cual, más bien deberíais asombraros de que todavía poseáis algo, que de que haya algo que hayáis perdido. Pero ni siquiera de esto debéis maravillaros, pues la pared blanqueada se cae poco a poco. Mirad, sin embargo, a los seguidores de Maximiano: ved qué lugares poseían, y por obra de quiénes y bajo los ataques de quiénes fueron expulsados de ellos; y atreveos, si podéis, a decir que sufrir tales cosas es justicia, mientras que hacerlas es injusticia. En primer lugar, porque vosotros hicisteis la acción y ellos la sufrieron; y, en segundo lugar, porque, según la regla de esta justicia, se halla que sois inferiores. Pues ellos fueron expulsados de los antiguos palacios por emperadores católicos que actuaban mediante jueces, mientras que vosotros ni siquiera sois expulsados por los mandatos de los emperadores mismos de las basílicas de la unidad. ¿Por qué razón, sino porque sois de menor mérito, no solo que el resto de vuestros colegas, sino incluso que aquellos mismos a quienes condenasteis ciertamente como reos de sacrilegio por boca de vuestro concilio plenario?
II, 44, 103–104
103. Dijo Petiliano: "Porque nosotros, como está escrito, al ser bautizados nos revestimos de Cristo, que fue traicionado []; vosotros, al ser infectados, os revestís de Judas, el traidor."
104. Respondió Agustín: También yo podría decir: Vosotros, al ser infectados, os revestís de Optato, el traidor, el ladrón, el opresor, el que separa al marido de la mujer; pero lejos de mí que el deseo de devolver una mala palabra me provoque a falsedad alguna; porque ni vosotros os revestís de Optato, ni nosotros de Judas. Por tanto, si cada uno que viene a nosotros respondiere a nuestras preguntas que ha sido bautizado en el nombre de Optato, será bautizado en el nombre de Cristo; y si vosotros bautizarais a alguno que viniera de nosotros y dijera que había sido bautizado en el nombre del traidor Judas, en ese caso no tendríamos nada que reprochar a lo que habéis hecho. Pero si hubieran sido bautizados en el nombre de Cristo, ¿no veis qué error cometéis al pensar que los sacramentos de Dios pueden sufrir cambio por la mutabilidad de los pecados humanos, o ser contaminados por la mancha en la vida de un hombre cualquiera?
II, 45, 105–106
Dijo Petiliano: "Pero si estas son las partes, el nombre de miembro de un partido no nos perjudica. Porque hay dos caminos: el uno estrecho, en el cual nosotros andamos; el otro es para los impíos, en el cual perecerán. Y sin embargo, aunque las denominaciones sean semejantes, hay gran diferencia en la realidad, para que el camino de la justicia no se contamine por la comunión en un nombre."
Respondió Agustín: Has temido la comparación de vuestro número con la multitud extendida por todo el mundo; y por eso, para ganar alabanza para la escasez de vuestro partido, has querido introducir la comparación de que vosotros andáis por el camino estrecho. ¡Ojalá te hubieras acogido no a su alabanza, sino al camino mismo! En verdad habrías visto que había la misma escasez en la Iglesia de todas las naciones; pero que se dice que los justos son pocos en comparación con la multitud de los impíos, así como, en comparación con la paja, puede decirse que son pocos los granos de trigo en la mies más abundante, y sin embargo esos mismos granos, cuando se juntan en montón, llenan el granero. Porque los seguidores de Maximiano os superarán en esta escasez de número, si pensáis que la justicia consiste en esto, así como en la persecución implícita en la pérdida de los lugares que ellos poseían.
II, 46, 107–108
Dijo Petiliano: "En el primer Salmo, David separa a los bienaventurados de los impíos, no haciendo de ellos partidos, sino excluyendo a todos los impíos de la santidad. 'Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores.' Quien se hubiera extraviado del camino de la justicia, de modo que pereciera, vuelva de nuevo a él. 'Ni en silla de burladores se ha sentado.' Cuando da esta advertencia, oh vosotros, miserables, ¿por qué os sentáis en esa silla? 'Sino que en la ley del Señor está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. Y será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo; su hoja no se marchitará, y todo lo que hace prosperará. No así los impíos, sino como la paja que arrebata el viento.' Él ciega sus ojos, para que no vean. 'Por tanto, no se levantarán los impíos en el juicio, ni los pecadores en la congregación de los justos. Porque el Señor conoce el camino de los justos; mas el camino de los impíos perecerá.'"
Respondió Agustín: ¿Quién hay en las Escrituras que no distinga entre estas dos clases de hombres? Pero vosotros acusáis calumniosamente al grano con las ofensas de la paja; y siendo vosotros mismos pura paja, os jactáis de ser el único grano. Pero los verdaderos profetas declaran que ambas clases han estado mezcladas por todo el mundo, es decir, por todo el campo de trigo del Señor, hasta el aventamiento que tendrá lugar en el día del juicio. Pero os aconsejo que leáis ese primer Salmo en la versión griega, y entonces no os atreveréis a reprochar a todo el mundo ser del partido de Macario; porque quizá lleguéis a comprender de qué Macario hay partido entre todos los santos, que en todas las naciones son bendecidos en la simiente de Abraham. Pues lo que en nuestra lengua se dice "Bienaventurado el varón", en griego es [Μαχάριος ἀνήρ]. Pero ese Macario que os ofende, si es hombre malo, no pertenece a esta división ni la perjudica. Pero si es hombre bueno, que pruebe su propia obra, para que tenga gloria en sí mismo solo, y no en otro. []
Comentario editorial · Macario y «el Bienaventurado»
Petiliano llama a los católicos «partido de Macario» (II, 39, 92). Macario fue, con Pablo, enviado a África en 347 por el emperador Constante con dinero para repartir; Donato lo recibió con desdén, y en Bagai los circunceliones, que sus obispos habían excitado, atacaron a los soldados que protegían a Macario, y las tropas mataron a algunos donatistas: un episodio que los donatistas echaban continuamente en cara a los católicos (Catholic Encyclopedia). Agustín responde con un juego de palabras: lo que en griego se dice makários es, en su lengua, «bienaventurado» (Salmo 1), así que son del partido del Bienaventurado. La edición escribe Μαχάριος, con ji; la palabra griega es μακάριος, «bienaventurado» (Wiktionary).
II, 47, 109–110
Dijo Petiliano: "Pero el mismo Salmista ha cantado las alabanzas de nuestro bautismo. 'El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte' —es decir, aunque el perseguidor me mate— 'no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.' Con esto venció a Goliat, estando armado con el aceite de la unción. 'Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días.'"
Respondió Agustín: Este salmo habla de los que reciben rectamente el bautismo y usan como santo lo que es tan santo. Pues aquellas palabras no se refieren ni siquiera a Simón Mago, quien, sin embargo, recibió el mismo santo bautismo; y porque no quiso usarlo de manera santa, no por ello lo contaminó, ni mostró que en tales casos debiera repetirse. Pero puesto que habéis hecho mención de Goliat, escuchad el salmo que trata del mismo Goliat, y ved que es retratado en un cántico nuevo; porque allí se dice: "Te cantaré cántico nuevo, oh Dios: con salterio y con decacordio cantaré alabanzas a ti." Y ved si pertenece a este cántico quien rehúsa comunicarse con toda la tierra. Porque en otra parte se dice: "Cantad al Señor cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra." Por tanto, toda la tierra, con la cual vosotros no estáis en unidad, canta el cántico nuevo. Y estas son también palabras de toda la tierra: "El Señor es mi pastor, nada me faltará", etc. Estas no son palabras de la cizaña, aunque sea tolerada hasta la siega en la misma mies. No son palabras de la paja, sino del trigo, aunque se nutren de una misma lluvia y son trillados en la misma era al mismo tiempo, hasta que sean separados unos de otros por el aventamiento en el último día. Y sin embargo, ambos ciertamente tienen el mismo bautismo, aunque no son ellos mismos lo mismo. Pero si vuestro partido fuera también la Iglesia de Dios, ciertamente confesaríais que este salmo no tiene aplicación a las furiosas bandas de los circunceliones. O si ellos mismos son guiados por sendas de justicia, ¿por qué negáis que son vuestros socios, cuando se os reprocha con ellos, aunque, en su mayor parte, os consoláis de la exigüidad de vuestra sección, no con la vara y el cayado del Señor, sino con los garrotes de los circunceliones, con los cuales pensáis que estáis seguros incluso contra las leyes romanas—entrar en colisión con las cuales es ciertamente nada menos que andar por el valle de sombra de muerte? Pero aquel con quien está el Señor, no teme males. Sin embargo, ciertamente no os atreveréis a decir que las palabras que se cantan en este cántico pertenecen incluso a esos hombres enfurecidos, y sin embargo no solo reconocéis, sino que ostentosamente proclamáis el hecho de que tienen bautismo. Estas palabras, por tanto, no las usan sino los que son refrigerados por el agua santa, como lo son todos los justos de Dios; no los que son llevados a la destrucción por usarla, como aquel mago cuando fue bautizado por Felipe: y sin embargo, el agua misma en ambas clases de hombres es la misma, y del mismo grado de santidad. Estas palabras no las usan sino los que pertenecerán a la diestra; pero aun así, ovejas y cabras pacen en el mismo pasto bajo un solo Pastor, hasta que sean separadas para recibir su debida recompensa. Estas palabras no las usan sino los que, como Pedro, reciben vida de la mesa del Señor, no juicio, como Judas; y sin embargo, la cena misma fue la misma para ambos, pero no fue del mismo provecho para ambos, porque no eran uno. Estas palabras no las usan sino los que, al ser ungidos con el aceite sagrado, son bendecidos también en espíritu, como David; no meramente consagrados solo en el cuerpo, como Saulo: y sin embargo, como ambos habían recibido la misma señal exterior, no era el sacramento, sino el mérito personal, lo que era diferente en los dos casos. Estas palabras no las usan sino los que, con corazón convertido, reciben la copa del Señor para vida eterna; no los que comen y beben su propia condenación, como dice el apóstol: [] y sin embargo, aunque no son uno, la copa que reciben es una, ejerciendo su poder en los mártires para que obtengan recompensa celestial, no en los circunceliones, para que marquen precipicios con la muerte. Recordad, por tanto, que los caracteres de los hombres malos de ningún modo interfieren con la virtud de los sacramentos, de modo que su santidad sea destruida o siquiera disminuida; sino que perjudican a los hombres injustos mismos, para que los tengan como testigos de su condenación, no como auxilios para la salud. Porque sin duda alguna debisteis haber tomado en consideración las palabras finales de este salmo, y haber entendido que, a causa de los que abandonan la fe después de haber sido bautizados, no puede decirse por todos los que reciben el santo bautismo: "Moraré en la casa del Señor para siempre"; y sin embargo, ya permanezcan en la fe, ya hayan caído, aunque ellos mismos no son uno, su bautismo es uno, y aunque ellos mismos no son ambos santos, el bautismo en ambos es santo; porque incluso los apóstatas, si regresan, no son bautizados como si hubieran perdido el sacramento, sino que sufren humillación, porque han menospreciado lo que permanece en ellos.