III, 2, 3
3. Oíd, pues, todos vosotros que habéis leído sus injurias, lo que Petiliano ha vomitado contra mí con más ira que consideración. Para empezar, os hablaré con las palabras del apóstol, que ciertamente son verdaderas, sea yo lo que sea: "Téngannos los hombres por ministros de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel. Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; ni aun yo me juzgo a mí mismo". Con respecto a lo que sigue inmediatamente, aunque no me atrevo a aplicarme a mí las palabras: "Pues de nada tengo mala conciencia", sin embargo digo confiadamente a la vista de Dios, que no tengo conciencia en mí de ninguno de aquellos cargos que Petiliano ha presentado contra mi vida desde el tiempo en que fui bautizado en Cristo; "pero no por eso soy justificado, sino que el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, que sacará a la luz lo oculto de las tinieblas, y manifestará los consejos de los corazones; y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza. Y estas cosas, hermanos, las he transferido en figura a mí mismo; para que en nosotros aprendáis a no pensar de los hombres más de lo que está escrito, a fin de que ninguno de vosotros se envanezca a favor de uno contra otro" []. "Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todas las cosas son vuestras; y vosotros sois de Cristo; y Cristo es de Dios". De nuevo digo: "Ninguno se gloríe en los hombres"; más aún, a menudo lo repito: "Ninguno se gloríe en los hombres". Si percibís en nosotros algo digno de alabanza, referidlo todo a su alabanza, de quien procede toda buena dádiva y todo don perfecto; pues es "de arriba, y desciende del Padre de las luces, en quien no hay mudanza, ni sombra de variación" []. Porque ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Y si lo hemos recibido, no nos gloriemos como si no lo hubiéramos recibido []. Y en todas estas cosas que sabéis que son buenas en nosotros, sed nuestros imitadores, al menos si somos de Cristo []; pero si, por el contrario, sospecháis, o creéis, o veis que hay algún mal en nosotros, aferraos a aquella palabra del Señor, en la que podéis resolver con seguridad no abandonar su Iglesia a causa de las malas obras de los hombres. Todo lo que os mandamos observar, eso observadlo y hacedlo; pero todo mal que penséis o sepáis que hay en nosotros, eso no lo hagáis []. Pues este no es el momento de justificarme ante vosotros, cuando he emprendido, descuidando toda consideración de mí mismo, recomendaros lo que es para vuestra salvación, que nadie haga su gloria de los hombres. Porque "maldito el hombre que confía en el hombre" []. Mientras se adhiera y se observe este precepto del Señor y de su apóstol, la causa que sirvo será victoriosa, incluso si yo mismo, como mi enemigo quisiera haber pensado, estoy débil y oprimido en mi propia causa. Pues si os aferráis con toda firmeza a lo que os insto con todas mis fuerzas, que todo el que pone su confianza en el hombre es maldito, de modo que nadie haga su gloria de los hombres, entonces de ninguna manera abandonaréis la era del Señor a causa de la paja que ahora está siendo dispersada bajo el soplo del viento del orgullo, o que será separada por el aventamiento final []; ni huiréis de la casa grande a causa de los vasos hechos para deshonra []; ni abandonaréis la red por las roturas que se le han hecho a causa de los peces malos que han de ser separados en la orilla []; ni dejaréis los buenos pastos de la unidad, a causa de los cabritos que han de ser puestos a la izquierda cuando el Buen Pastor divida el rebaño []; ni os separaréis por una secesión impía, a causa de la mezcla de la cizaña, de la sociedad de aquel buen trigo, cuyo origen es aquel grano que muere y se multiplica por ello, y que crece junto en todo el mundo hasta la siega. Porque el campo es el mundo—no solo África; y la siega es el fin del mundo [] —no la era de Donato.
III, 3, 4
Sin duda reconocéis estas comparaciones del evangelio. Y no podemos suponer que se hayan dado con otro fin, sino para que nadie se gloríe en hombre alguno, y para que nadie se envanezca por uno contra otro, ni se divida uno contra otro, diciendo: "Yo soy de Pablo", cuando ciertamente Pablo no fue crucificado por vosotros, ni fuisteis bautizados en el nombre de Pablo, mucho menos en el de Ceciliano ni en el de ninguno de nosotros, [] para que aprendáis que, mientras la paja es triturada junto con el trigo, mientras los peces malos nadan juntamente con los buenos en las redes del Señor, hasta que llegue el tiempo de la separación, vuestro deber es más bien soportar la mezcla de los malos por consideración a los buenos, que violar el principio del amor fraterno hacia los buenos por consideración a los malos. Porque esta mezcla no es para la eternidad, sino solo para un tiempo; ni es espiritual, sino corporal. Y en esto los ángeles no podrán errar, cuando recojan a los malos de en medio de los buenos y los arrojen al horno de fuego ardiente. Porque el Señor conoce a los que son suyos. Y si un hombre no puede apartarse corporalmente de los que practican la iniquidad mientras dure el tiempo, al menos, todo aquel que invoca el nombre de Cristo apártese de la iniquidad misma. [] Porque mientras tanto puede separarse de los malvados en la vida, en las costumbres, en el corazón y en la voluntad, y en estos mismos aspectos apartarse de su compañía; y una separación semejante debe mantenerse siempre. Pero la separación en el cuerpo ha de esperarse hasta el fin del tiempo, con fidelidad, con paciencia, con valentía. En atención a esta esperanza se dice: "Espera en el Señor; esfuérzate, y él fortalecerá tu corazón; espera, digo, en el Señor". Porque la mayor palma de la tolerancia la alcanzan aquellos que, en medio de falsos hermanos que se han infiltrado encubiertamente, buscando lo suyo propio y no lo que es de Jesucristo, muestran sin embargo que por su parte no procuran perturbar el amor que no es suyo, sino de Jesucristo, con ninguna disensión turbulenta o temeraria, ni romper la unidad de la red del Señor, en la cual se recogen peces de toda clase; hasta que sea arrastrada a la orilla, es decir, hasta el fin del tiempo, por ninguna contienda malvada fomentada con espíritu de soberbia: mientras cada uno pudiera pensar que es algo, no siendo realmente nada, y así pudiera extraviarse a sí mismo, y desear que se hallara razón suficiente para la separación de los pueblos cristianos por el juicio de sí mismo o de sus amigos, que declaran conocer con toda certeza a ciertos hombres malvados indignos de la comunión en los sacramentos de la religión cristiana: aunque, sea lo que sea lo que conozcan de ellos, no pueden persuadir a la Iglesia universal, la cual, como fue predicho, está extendida por todas las naciones, a dar crédito a su relato. Y cuando rehúsan la comunión con esos hombres, como hombres cuyo carácter conocen, desertan de la unidad de la Iglesia; cuando más bien debieran, si verdaderamente hubiera en ellos aquella caridad que todo lo soporta, soportar ellos mismos lo que saben en una nación, no sea que se separen de los buenos a quienes no pudieron llenar en todas las naciones con la enseñanza del mal ajeno a ellos. De donde, aun sin discutir el caso en que son convictos por las pruebas más contundentes de haber proferido calumnias contra inocentes, se cree con mayor probabilidad que han inventado falsas acusaciones de entregar los libros sagrados, cuando se descubre que ellos mismos han cometido el crimen mucho más atroz de la división malvada en la Iglesia. Porque aun si fueran verdaderas cuantas imputaciones han lanzado de entregar los libros sagrados, de ningún modo debieron abandonar la sociedad de los cristianos, que son encomendados por la sagrada Escritura hasta los confines del mundo, por consideraciones que ellos conocían, mientras estos hombres mostraban no conocerlas.
III, 4, 5
Tampoco quisiera, por tanto, que se me entendiera como si exhortara a que se menospreciara la disciplina eclesiástica y se permitiera a cada uno hacer exactamente lo que le plazca, sin freno alguno, sin una especie de castigo saludable, una lenidad que inspire temor, la severidad del amor. Porque entonces, ¿qué será del precepto del apóstol: "Amonestad a los que son desordenados, alentad a los de poco ánimo, sostened a los débiles, sed pacientes para con todos; mirad que ninguno pague a otro mal por mal?" [] Al menos, cuando añadió estas últimas palabras: "Mirad que ninguno pague a otro mal por mal", mostró con suficiente claridad que no se paga mal por mal cuando se castiga a los desordenados, aunque por la falta de desorden se administre el castigo. El castigo, pues, no es un mal, aunque la falta sí lo sea. Porque, en efecto, es el hierro, no de un enemigo que inflige una herida, sino de un cirujano que realiza una operación. Cosas como estas se hacen dentro de la Iglesia, y aquel espíritu de mansedumbre dentro de su redil arde de celo hacia Dios, no sea que la virgen casta desposada con un solo esposo, Cristo, se corrompa en alguno de sus miembros, alejándose de la sencillez que es en Cristo, como Eva fue engañada por la astucia de la serpiente. [] No obstante, lejos esté de los siervos del padre de familia olvidar el precepto de su Señor, y encenderse de tal modo con el fuego de la santa indignación contra la multitud de la cizaña, que, al procurar recogerla en manojos antes de tiempo, se arranque juntamente con ella el trigo. Y de este pecado se consideraría culpables a esos hombres, aunque demostraran que eran verdaderas las acusaciones que lanzaban contra los traditores a quienes acusaban; porque se separaron con espíritu de presunción impía, no solo de los malvados, cuya compañía profesaban evitar, sino también de los buenos y fieles de todas las naciones del mundo, a quienes no podían probar la verdad de lo que decían conocer; y arrastraron consigo a la misma destrucción a muchos otros sobre los cuales tenían alguna pequeña autoridad, y que no eran bastante sabios para comprender que la unidad de la Iglesia dispersa por todo el mundo no había de abandonarse jamás por los pecados ajenos. De modo que, aunque ellos mismos supieran que presentaban acusaciones verdaderas contra algunos de sus vecinos, sin embargo así perecía por su conocimiento un hermano débil, por quien Cristo murió; [] mientras, escandalizado por los pecados ajenos, destruía en sí mismo el bien de la paz que tenía con los hermanos buenos, quienes en parte nunca habían oído tales acusaciones, en parte se habían resistido a dar crédito apresurado a lo que no se discutía ni se probaba, y en parte, con pacífico espíritu de humildad, habían dejado tales acusaciones, fueran las que fueran, al conocimiento de los jueces de la Iglesia, a quienes se había remitido todo el asunto al otro lado del mar.
III, 5, 6
Vosotros, pues, santos retoños de nuestra única madre católica, guardaos, con toda la vigilancia de que seáis capaces y en debida sumisión al Señor, del ejemplo de crimen y error semejante. Por grande que sea la luz de doctrina y de reputación con que brille, por mucho que se jacte de ser piedra preciosa, quien intenta llevaros tras él, recordad siempre que aquella mujer fuerte, que sola es amable solo para su esposo, a quien la santa Escritura nos presenta en el último capítulo del libro de los Proverbios, es más preciosa que todas las piedras preciosas. Que nadie diga: "Seguiré a fulano, porque fue él quien me hizo cristiano"; o: "Seguiré a fulano, porque fue él quien me bautizó". Porque "ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento". [] Y "Dios es amor; y el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él". [] Tampoco debe seguirse, en oposición a la unidad de Cristo, a nadie que predique el nombre de Cristo y maneje o administre el sacramento de Cristo. "Cada uno examine su propia obra; y entonces tendrá gloria solo en sí mismo, y no en otro. Porque cada uno llevará su propia carga", [] —la carga, es decir, de dar cuenta; porque "cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo. Así que, no nos juzguemos ya más los unos a los otros". [] Porque, en cuanto toca a las cargas del amor mutuo, "sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque si alguno piensa que es algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo". [] Por tanto, "soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz"; [] porque nadie que recoge fuera de esa paz recoge con Cristo; sino que "el que no recoge con él, desparrama". []
III, 6, 7
Además, ya sea acerca de Cristo, ya de su Iglesia, o de cualquier otro asunto que se relacione con vuestra fe y vuestra vida, por no decir nada de nosotros, que de ningún modo hemos de compararnos con aquel que dijo: "Aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciara otro evangelio distinto del que habéis recibido en la Escritura legítima y evangélica, sea anatema". [] Al llevar a cabo este principio de acción en nuestro trato con vosotros y con todos los que deseamos ganar para Cristo, y, entre otras cosas, al predicar la santa Iglesia que leemos prometida en las epístolas de Dios y vemos cumplida según las promesas en todas las naciones del mundo, hemos ganado, no el agradecimiento, sino las llamas del odio, de parte de aquellos a quienes deseábamos atraer a su seno lleno de paz; como si los hubiéramos atado fuertemente a ese partido para el cual no pueden hallar defensa alguna que presentar; o como si mucho tiempo antes hubiéramos dado órdenes a profetas y apóstoles para que no insertaran en sus libros prueba alguna por la que se pudiera mostrar que el partido de Donato era la Iglesia de Cristo. Y nosotros, queridos hermanos, cuando oímos falsas acusaciones contra nosotros por parte de aquellos a quienes hemos ofendido predicando la elocuencia de la verdad y refutando la vanidad del error, tenemos, como sabéis, consolación abundantísima. Porque si, en las cosas que me imputan, el testimonio de mi conciencia no me acusa ante Dios, adonde ningún ojo mortal alcanza, no solo no debo abatirme, sino que debo alegrarme y regocijarme en gran manera, porque grande es mi recompensa en el cielo. [] Pues, en realidad, debo considerar no cuán amargo, sino cuán falso es lo que oigo, y cuán verdadero es Aquel en defensa de cuyo nombre estoy expuesto a ello, y a quien se dice: "Tu nombre es como ungüento derramado". [] Y con razón exhala dulce fragancia en todas las naciones, aunque los que hablan mal de nosotros se esfuerzan por encerrar su fragancia en un rincón de África. ¿Por qué, pues, habríamos de tomar a mal que nos insulten hombres que así menoscaban la gloria de Cristo, hombres cuyo partido y cisma se escandalizan de lo que fue predicho tanto tiempo antes acerca de su ascensión a los cielos y del derramamiento de su nombre, como del perfume del ungüento: "Exaltado seas, oh Dios, sobre los cielos; sea tu gloria sobre toda la tierra"?
III, 7, 8
Mientras damos el testimonio de Dios a este y otros efectos semejantes contra la vana habladuría de los hombres, nos vemos forzados a soportar amargos insultos de los enemigos de la gloria de Cristo. Digan lo que quieran, mientras Él nos exhorta diciendo: "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os insulten, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros falsamente por mi causa". Lo que dice en primer lugar, "por causa de la justicia", lo ha repetido en las palabras que usa después, "por mi causa"; puesto que Él "nos ha sido hecho sabiduría, justicia, santificación y redención, para que, como está escrito, el que se gloría, gloríese en el Señor". [] Y cuando dice: "Alegraos y regocijaos en gran manera, porque grande es vuestra recompensa en el cielo", [] si mantengo en buena conciencia lo que se dice "por causa de la justicia" y "por mi causa", quien de propósito detrae de mi reputación contribuye contra su voluntad a mi recompensa. Porque no solo me instruyó con su palabra, sino que también me confirmó con su ejemplo. Seguid la fe de las santas Escrituras, y hallaréis que Cristo resucitó de entre los muertos, subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre. Seguid las acusaciones de sus enemigos, y pronto creeréis que fue robado del sepulcro por sus discípulos. ¿Por qué, pues, habríamos de esperar, defendiendo su casa con las fuerzas que Dios nos da, recibir otro trato de sus enemigos? "Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?" [] Si, pues, padecemos, también reinaremos con Él. Pero si no es solo la ira del acusador lo que hiere el oído, sino también la verdad de la acusación lo que punza la conciencia, ¿de qué me aprovecha que el mundo entero me exalte con perpetua alabanza? Así, ni el elogio del que alaba tiene poder para sanar una conciencia culpable, ni el insulto del que ultraja hiere la conciencia buena. Tampoco, sin embargo, queda defraudada vuestra esperanza, que está en el Señor, aunque por casualidad seamos en secreto lo que nuestros enemigos quieren que se piense de nosotros; porque no habéis puesto vuestra esperanza en nosotros, ni habéis oído jamás de nosotros doctrina alguna de esa clase. Vosotros, pues, estáis seguros, seamos lo que seamos, los que habéis aprendido a decir: "He confiado en el Señor; por tanto no resbalaré"; y "En Dios he puesto mi confianza: no temeré lo que me pueda hacer el hombre". Y a los que se esfuerzan por extraviaros hacia las alturas terrenales de hombres soberbios, sabéis responder: "En el Señor he puesto mi confianza: ¿cómo decís a mi alma: Escapa cual ave al monte?"
III, 8, 9
Y no sois solo vosotros los que estáis seguros, seamos nosotros lo que seamos, porque os contentáis con la verdad misma de Cristo que está en nosotros, en cuanto es predicada por medio de nosotros y en todas partes del mundo, y porque, escuchándola de buena gana, en cuanto es expuesta por el humilde ministerio de nuestra lengua, pensáis también bien y con bondad de nosotros; pues así vuestra esperanza está en Aquel a quien os predicamos por su misericordia, que se extiende sobre vosotros; sino que además todos vosotros, que también recibisteis el sacramento del santo bautismo de nuestro ministerio, podéis alegraros con la misma seguridad, viendo que fuisteis bautizados, no en nosotros, sino en Cristo. No os revestisteis, pues, de nosotros, sino de Cristo; ni os pregunté si os convertíais a mí, sino al Dios vivo; ni si creíais en mí, sino en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero si respondisteis a mi pregunta con corazón veraz, fuisteis puestos en estado de salvación, no quitando las inmundicias de la carne, sino por la respuesta de una buena conciencia hacia Dios; [] no por un consiervo, sino por el Señor; no por el heraldo, sino por el juez. Pues no es verdad, como irreflexivamente dijo Petiliano, que "la conciencia del que da", o, como añadió, "la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para lavar la conciencia del que recibe". Porque cuando se da algo que es de Dios, se da en santidad, aun por una conciencia que no es santa. Y ciertamente está más allá del poder del que recibe discernir si dicha conciencia es santa o no; pero aquello que se da lo puede discernir con claridad. Lo que es conocido por Aquel que es siempre santo se recibe con perfecta seguridad, sea cual fuere el carácter del ministro de cuyas manos se recibe. Porque a menos que las palabras que se dicen desde la cátedra de Moisés fueran necesariamente santas, Aquel que es la Verdad nunca habría dicho: "Todo lo que os manden guardar, guardadlo y hacedlo". Pero si los hombres que pronunciaban palabras santas fueran ellos mismos santos, no habría dicho: "No hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen". [] Porque es verdad que de ningún modo se recogen uvas de los espinos, porque las uvas nunca brotan de la raíz de un espino; pero cuando el sarmiento de la vid se ha entrelazado en un seto de espinos, el fruto que pende de él no por eso se mira con temor, sino que se evita el espino, mientras se cosecha la uva.
III, 9, 10
10. Por tanto, como he dicho a menudo antes, y deseo traeros a la memoria, seamos lo que seamos, vosotros estáis seguros, teniendo a Dios por Padre y a su Iglesia por madre. Porque aunque los machos cabríos pacen juntamente con las ovejas, no estarán a la derecha; aunque la paja sea triturada juntamente con el trigo, no será recogida en el granero; aunque los peces malos naden juntamente con los buenos dentro de las redes del Señor, no serán recogidos en vasijas. Nadie se gloríe ni aun en un hombre bueno; nadie rehúya los buenos dones de Dios ni aun en un hombre malo.
III, 10, 11
11. Basten estas cosas para vosotros, amadísimos hermanos cristianos de la Iglesia Católica, por lo que toca al presente asunto; y si os mantenéis firmes en esto con afecto católico, mientras seáis un solo rebaño seguro del único Pastor, no me preocupa demasiado el ultraje que cualquier enemigo pueda prodigarme, a mí, vuestro compañero en el rebaño, o, en todo caso, vuestro perro guardián, mientras me obliga a ladrar más en defensa vuestra que en la mía propia. Y sin embargo, si fuera necesario para la causa que yo entrara en mi propia defensa, lo haría con la mayor brevedad y la mayor facilidad, uniéndome de buena gana con todos los hombres en condenar y dar testimonio contra todo el período de mi vida anterior a recibir el bautismo de Cristo, en lo que se refiere a mis malas pasiones y a mis errores, no sea que, defendiendo aquel período, parezca buscar mi propia gloria y no la de Aquel que, por su gracia, me libró aun de mí mismo. Por lo cual, cuando oigo ultrajar aquella vida mía, sea cual fuere el espíritu con que actúe quien la ultraja, no soy tan ingrato como para entristecerme. Cuanto más halla culpa en algún vicio mío, tanto más lo alabo, como a mi médico. ¿Por qué, pues, habría de inquietarme en defender aquellos males pasados y ya caducos de mi vida, respecto de los cuales, aunque Petiliano ha dicho muchas cosas falsas, ha dejado sin embargo sin decir más cosas verdaderas? Pero en cuanto al período de mi vida posterior a mi bautismo, a vosotros que me conocéis hablo innecesariamente al contaros cosas que podrían ser conocidas por todo el género humano; pero quienes no me conocen no deben obrar con tanta injusticia conmigo como para creer a Petiliano antes que a vosotros acerca de mí. Pues si no se debe dar crédito a los panegíricos de un amigo, tampoco se debe creer la detracción de un enemigo. Quedan, por tanto, aquellas cosas que están ocultas en un hombre, de las cuales solo la conciencia puede dar testimonio, y que no pueden ser testigo ante los hombres. Aquí Petiliano dice que yo soy maniqueo, hablando de la conciencia de otro hombre; yo, hablando de mi propia conciencia, afirmo que no lo soy. Escoged a cuál de los dos preferís creer. No obstante, puesto que no hay necesidad ni aun de esta defensa breve y fácil por mi parte, cuando la cuestión que se debate no trata de los méritos de un individuo, sea quien fuere, sino de la verdad de toda la Iglesia, tengo además más que deciros a cualquiera de vosotros que, siendo del partido de Donato, habéis leído las malas palabras que Petiliano ha escrito acerca de mí, las cuales no habría oído de él si no me hubiera importado la pérdida de vuestra salvación; mas entonces habría carecido de las entrañas del amor cristiano.
Comentario editorial · «Petiliano dice que soy maniqueo»
En la segunda carta, Petiliano había acusado a Agustín de ser maniqueo. Agustín dice que condena sin reservas lo que su vida anterior al bautismo tuvo de pasiones y errores, pero niega serlo ahora: Petiliano, «hablando de la conciencia de otro», dice que lo es; él, hablando de la suya, dice que no. Wikipedia cuenta que fue «oyente» de los maniqueos, el grado más bajo, sin llegar a «elegido»: nueve años en un pasaje del artículo, diez en otro. Más adelante (III, 25, 30) rechaza que huyera de África por una sentencia del procónsul Mesiano, y recuerda que fue a Milán antes del consulado de «Banto», en cuyo honor recitó un panegírico el 1 de enero. El inglés del NPNF escribe «Banto»; Wikipedia da un Flavio Bauto, cónsul en 385, y Agustín llegó a Milán a fines de 384: la identificación es del editor.
Para ampliar: Augustine of Hippo (Wikipedia (en)) · Bauto (Wikipedia (en)).
III, 11, 12
12. ¿Qué hay de extraño, pues, si, cuando recojo el grano sacudido de la era del Señor juntamente con la tierra y la paja, sufro daño del polvo que rebota contra mí; o si, cuando busco diligentemente la oveja perdida de mi Señor, soy desgarrado por las zarzas de lenguas espinosas? Os ruego que dejéis a un lado por un tiempo toda consideración de partido y juzguéis con alguna equidad entre Petiliano y yo. Deseo que vosotros conozcáis la causa de la Iglesia; él desea que conozcáis la mía. Pues ¿qué otra razón hay sino que él no se atreve a pediros que no creáis a mis testigos, a quienes cito constantemente en la causa de la Iglesia —pues son profetas y apóstoles, y Cristo mismo, el Señor de profetas y apóstoles—, mientras que vosotros fácilmente le dais crédito en lo que él quiera decir acerca de mí, un hombre contra otro hombre, y además uno de vuestro propio partido contra un extraño para vosotros? ¿Y si yo adujera testigos de mi vida, por importante que fuese lo que dijera, no sería creído por ellos, y de esto Petiliano os persuadiría rápidamente; especialmente cuando alguien presentara una defensa en mi favor? Puesto que él es enemigo del partido donatista, en virtud de este hecho sería considerado también continuamente vuestro enemigo. Petiliano, por tanto, reina soberano. Siempre que lanza contra mí algún ultraje, de la índole que sea, todos aplaudís y gritáis asintiendo. Ha encontrado esta causa en la que la victoria le es posible, pero solo teniéndoos a vosotros por jueces. No buscará ni prueba ni testigo; pues todo lo que tiene que probar con sus palabras es esto: que prodiga los ultrajes más copiosos contra aquel a quien vosotros odiáis de todo corazón. Porque cuando el testimonio de la Escritura divina se cita con tanta abundancia y en términos tan expresos en favor de la Iglesia Católica, él permanece en silencio en medio de vuestro dolor; se ha escogido un asunto sobre el cual pueda hablar en medio de vuestros aplausos; y, aunque realmente vencido, fingiendo que permanece inconmovible, puede hacer afirmaciones acerca de mí como esta, y aun peores que esta. Me basta, respecto de la causa que ahora defiendo, que, sea lo que fuere lo que se halle que yo soy, la Iglesia por la cual hablo permanezca invicta.
III, 12, 13
13. Porque yo soy hombre de la era de Cristo: si malo, parte de la paja; si bueno, del grano. El aventador de esta era no es la lengua de Petiliano; y por ello, cualquier mal que él haya proferido, aun con verdad, contra la paja de esta era, en nada perjudica a su grano. Pero en todo aquello en que ha lanzado improperios o calumnias contra el grano mismo, su fe es probada en la tierra y su recompensa aumentada en los cielos. Pues donde los hombres son santos siervos del Señor y luchan con santidad por Dios, no contra Petiliano ni contra ninguna carne y sangre como él, sino contra principados y potestades y los gobernadores de las tinieblas de este mundo, [] como lo son todos los enemigos de la verdad, a quienes quisiera que pudiéramos decir: "En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor", [] — donde los siervos de Dios, digo, libran una guerra tal como esta, entonces todos los ultrajes calumniosos que profieren sus enemigos, que causan mala fama entre los maliciosos y los que son precipitados en creer, son armas de la mano izquierda: con armas como estas es vencido incluso el diablo. Porque cuando somos probados por la buena fama, a ver si resistimos la exaltación de nosotros mismos al orgullo, y somos probados por la mala fama, a ver si amamos aun a los mismos enemigos por quienes se inventa contra nosotros, entonces vencemos al diablo con la armadura de justicia a la derecha y a la izquierda. Pues cuando el apóstol usó la expresión: "Con armas de justicia a diestra y a siniestra", añade enseguida, como explicando los términos: "Por honra y deshonra, por mala fama y buena fama", [] y así sucesivamente; contando la honra y la buena fama entre las armas de la derecha, la deshonra y la mala fama entre las de la izquierda.
III, 13, 14
14. Si, por tanto, soy siervo del Señor y soldado que no es réprobo, por mucha elocuencia con que Petiliano se presente ultrajándome, ¿debo en modo alguno sentirme molesto de que haya sido designado para mí como artífice consumadísimo de las armas de la izquierda? Es necesario que pelee con estas armas lo más diestramente posible en defensa de mi Señor, y que hiera con ellas al enemigo contra quien libro una lucha invisible, el cual con toda astucia se esfuerza y procura, con perversísimo y antiguo artificio, que esto me lleve a odiar a Petiliano, y así no pueda cumplir el mandamiento que Cristo ha dado: que amemos a nuestros enemigos. [] Mas de esto me salve la misericordia de Aquel que me amó y se entregó a sí mismo por mí, para que, así como, colgado en la cruz, dijo: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", [] así también me enseñó a decir de Petiliano y de todos mis demás enemigos semejantes a él: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
III, 14, 15–16
15. Además, si he obtenido de vosotros, conforme a mis fervientes esfuerzos, que, dejando a un lado de vuestras mentes todo prejuicio de partido, seáis jueces imparciales entre Petiliano y yo, os mostraré que él no ha respondido a lo que yo escribí, para que entendáis que se ha visto obligado, por falta de verdad, a abandonar la disputa, y veáis también qué ultrajes se ha permitido proferir contra el hombre que la condujo de tal modo que no tuvo respuesta que dar. Y sin embargo, lo que voy a decir se muestra con tan manifiesta claridad que, aunque vuestras mentes estuvieran enajenadas de mí por el prejuicio de partido y el odio personal, con solo leer lo que está escrito de una y otra parte, no podríais menos de confesar entre vosotros, en lo íntimo de vuestro corazón, que he dicho la verdad.
16. Pues, al responder a la primera parte de sus escritos, que entonces era la única que había llegado a mis manos, sin hacer caso de sus prolijos y sacrílegos ultrajes, donde dice: "Échennos en cara esos hombres nuestro bautismo repetido, los que, bajo el nombre del bautismo, han contaminado sus almas con un lavado culpable; a quienes tengo por tan obscenos que ninguna clase de inmundicia es menos limpia que ellos; cuya suerte ha sido, por una perversión de la limpieza, quedar mancillados por el agua en que se lavaron"; pensé que lo que sigue era digno de discusión y refutación, donde dice: "Porque lo que buscamos es la conciencia del que da, para que con ella quede limpia la conciencia del que recibe"; y pregunté qué medios podían hallarse para limpiar a quien recibe el bautismo cuando la conciencia del que da está contaminada, sin saberlo aquel que ha de recibir el sacramento de sus manos.
III, 15, 17–18
17. Leed ahora los ultrajes más profusos que ha derramado, hinchado de indignación contra mí, y ved si me ha dado alguna respuesta, cuando pregunto qué medios han de hallarse para limpiar a quien recibe el bautismo cuando la conciencia del que da está contaminada, sin saberlo aquel que recibe el sacramento de sus manos. Os ruego que busquéis minuciosamente, que examinéis cada página, que contéis cada línea, que ponderéis cada palabra, que cribéis el sentido de cada sílaba, y decidme, si podéis descubrirlo, dónde ha respondido a la pregunta: ¿Qué medios han de hallarse para limpiar la conciencia del que recibe, que ignora que la conciencia del que da está contaminada?
18. Pues ¿qué venía al caso que él añadiera una frase que dijo que yo había suprimido, afirmando que había escrito en estos términos: "La conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe"? Porque, para probaros que no fue suprimida por mí, su adición en nada estorba mi investigación ni suple la deficiencia que se hallaba en él. Porque ante esas mismas palabras pregunto de nuevo, y os ruego que veáis si ha dado alguna respuesta: Si "la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe", ¿qué medios han de hallarse para limpiar la conciencia del que recibe cuando la conciencia del que da está manchada con culpa, sin saberlo aquel que ha de recibir el sacramento de sus manos? Insisto en que se dé respuesta a esto. No permitáis que nadie sea perjudicado por ultrajes ajenos al asunto entre manos. Si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos —observad que no digo "la conciencia del que da", sino que añadí las palabras "del que da en santidad,"—, si la conciencia, pues, del que da en santidad es lo que buscamos, ¿qué medios han de hallarse para limpiar a quien recibe el bautismo cuando la conciencia del que da está contaminada, sin saberlo aquel que ha de recibir el sacramento de sus manos?
III, 16, 19
19. Vaya ahora, y con pulmones jadeantes y garganta hinchada, critíqueme por ser un mero dialéctico. Más aún, que convoque ante el tribunal de la opinión popular, no a mí, sino a la ciencia misma de la dialéctica, como forjadora de mentiras, y que abra contra ella su boca todo lo ancha que pueda, con el más ruidoso estrépito de un abogado especial. Que diga cuanto le plazca ante los inexpertos, para que así los doctos se muevan a ira, mientras los ignorantes son engañados. Que me llame, en virtud de mi retórica, con el nombre del orador Tértulo, por quien Pablo fue acusado; [] y que se dé a sí mismo el nombre de Abogado, en virtud de la defensa en la que hace alarde de su antiguo poder, y por esta razón se engañe a sí mismo con la idea de que es, o más bien era, un homónimo del Espíritu Santo. Que, con toda mi alma, exagere la torpeza de los maniqueos y se esfuerce en desviarla hacia mí con sus ladridos. Que cite todas las hazañas de los que han sido condenados, conocidas o desconocidas para mí; y que convierta en la calumniosa imputación de un crimen prejuzgado, por algún derecho nuevo enteramente suyo, el hecho de que un antiguo amigo mío me nombró allí en mi ausencia para asegurar mejor su propia defensa. Que lea los títulos que él o sus amigos han puesto a mis cartas, como mejor les plugo, y se jacte de haberme envuelto, por así decirlo, sin remedio en sus expresiones. Cuando yo reconozco ciertos elogios del pan, proferidos con toda sencillez y regocijo, que me quite el buen nombre con las absurdas imputaciones de bajeza venenosa y locura. Y que tenga tan mala opinión de vuestro entendimiento que imagine que se le puede creer cuando declara que se dieron perniciosos filtros amorosos a una mujer, no solo con el conocimiento, sino incluso con la complicidad de su marido. Lo que el hombre que después había de ordenarme obispo escribió acerca de mí en un arrebato de ira, siendo yo aún presbítero, puede usarlo libremente como prueba contra mí. Que el mismo hombre buscó y obtuvo el perdón de un santo Concilio por el agravio que así me había hecho, es igualmente libre de ignorarlo por estar en favor mío; siendo o tan ignorante o tan olvidadizo de la mansedumbre cristiana y del mandamiento del evangelio, que presenta como acusación contra un hermano lo que es del todo desconocido para ese mismo hermano, mientras pide humildemente que se le extienda benignamente el perdón a él.
Comentario editorial · «Abogado» y «Paráclito»; Megalio
Agustín bromea aquí con el título de Petiliano. La nota del editor dice que sus adversarios le acusaban de haber asumido el nombre de Paráclito; Agustín dice que quien fue abogado se cree, «o más bien se creía», tocayo del Espíritu Santo. Paráklētos es el griego del que es llamado en auxilio, sobre todo ante un tribunal: de ahí «abogado» (Wikipedia). Más abajo, «el hombre que después había de ordenarme obispo» y que había escrito contra él con ira cuando Agustín era presbítero es, según la nota del editor, Megalio, obispo de Calama y primado de Numidia (Posidio, Vida, 8); Agustín vuelve sobre esa acusación, tomada de una carta de Megalio, en el Contra Cresconio (III, 80 y 92; IV, 64, 78 y 79).
III, 17, 20
20. Que siga adelante, además, en su discurso de muchas pero manifiestamente vacías palabras, hacia asuntos de los que es totalmente ignorante, o en los que más bien abusa de la ignorancia de la masa de quienes lo oyen, y, a partir de la confesión de cierta mujer, de que se había llamado catecúmena de los maniqueos, siendo ya miembro pleno de la Iglesia Católica, diga o escriba cuanto le plazca acerca de su bautismo; no sabiendo, o fingiendo no saber, que el nombre de catecúmeno no se confiere entre ellos a personas para denotar que en algún tiempo futuro han de ser bautizadas, sino que este nombre se da a los que también son llamados Oyentes, en la suposición de que no pueden observar los que se consideran mandamientos superiores y mayores, los cuales observan aquellos a quienes creen justo distinguir y honrar con el nombre de Elegidos. Que sostenga también con maravillosa temeridad, ya sea engañándose a sí mismo o buscando engañar, que yo fui presbítero entre los maniqueos. Que exponga y refute, en el sentido que mejor le parezca, las palabras del libro tercero de mis Confesiones, las cuales, tanto en sí mismas como por mucho de lo que he dicho antes y después, son perfectamente claras para todos los que las leen. Por último, que triunfe por mi robo de sus palabras, porque he suprimido dos de ellas, como si la victoria fuese suya al ser restauradas.
III, 18, 21
Ciertamente, en todas estas cosas, como podéis aprender o refrescar la memoria leyendo su carta, ha dado libre curso al impulso de su lengua, con toda la licencia de jactancia que quiso usar; pero en ninguna parte nos ha dicho dónde se han de hallar medios para limpiar la conciencia del que recibe, cuando la del que da ha quedado manchada por el pecado sin él saberlo. Mas en medio de todo su ruido, y después de todo su ruido, por serio que sea, por terrible como él mismo lo supone, yo deliberadamente, como suele decirse, y a propósito, hago de nuevo esta pregunta: Si lo que buscamos es la conciencia del que da en santidad, ¿qué medios se hallarán para limpiar a quien recibe el bautismo sin saber que la conciencia del que da está manchada por el pecado? Y en toda su epístola no encuentro nada dicho en respuesta a esta pregunta.
III, 19, 22
Pues quizá alguno de vosotros me dirá: Todo lo que dijo contra ti quiso que tuviera fuerza para ese propósito, para quitarte tu reputación, y por medio de ti la de aquellos con quienes estás en comunión, para que ni ellos mismos, ni aquellos a quienes te esfuerzas por atraer a tu comunión, os tengan por algo de importancia. Pero, al decidir si no ha respondido a las palabras de tu epístola, tenemos que mirarlas a la luz del pasaje en que las propuso para consideración. Hagámoslo, pues: miremos sus escritos a la luz de ese mismo pasaje. Pasando, pues, por alto el pasaje en que quise presentar mi asunto al lector, e ignorando aquellas pocas palabras preliminares suyas, que eran más injuriosas que pertinentes al asunto en discusión, paso a decir: "Él dice: 'Lo que buscamos es la conciencia del que da, para limpiar la del que recibe.' Pero supongamos que la conciencia del que da está oculta a la vista, y tal vez manchada por el pecado, ¿cómo podrá limpiar la conciencia del que recibe si, como él dice, 'lo que buscamos es la conciencia del que da, para limpiar la del que recibe'? Porque si dijera que nada importa al que recibe cuánto mal pueda estar oculto a la vista en la conciencia del que da, quizá esa ignorancia tenga tal grado de eficacia, que un hombre no puede ser manchado por la culpa de la conciencia de aquel de quien recibe el bautismo, mientras no lo sepa. Concédase, pues, que la conciencia culpable de su prójimo no puede manchar a un hombre mientras no lo sepa; pero ¿es por eso claro que puede además limpiarlo de su propia culpa? ¿De dónde, pues, ha de ser limpiado el que recibe el bautismo, cuando la conciencia del que da está contaminada sin que lo sepa el que ha de recibirlo, especialmente cuando añade: 'Pues el que recibe la fe de un infiel no recibe fe, sino culpa?'"
III, 20, 23
Todas estas afirmaciones de mi carta se propuso Petiliano refutarlas. Veamos, pues, si las ha refutado; si ha respondido a ellas en absoluto. Pues añado las palabras que calumniosamente me acusa de haber suprimido, y, hecho esto, le hago de nuevo la misma pregunta en forma aún más breve; porque al añadir estas dos palabras me ha ayudado mucho a abreviar esta proposición. Si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la del que recibe, y si el que ha recibido su fe a sabiendas de un infiel no recibe fe, sino culpa, ¿dónde hallaremos medios para limpiar la conciencia del que recibe, cuando no ha sabido que la conciencia del que da está manchada de culpa, y cuando recibe su fe sin saberlo de un infiel? Pregunto, ¿dónde hallaremos medios para limpiarla? Que nos lo diga; que no se desvíe a otro asunto; que no eche una niebla sobre los ojos de los inexpertos. Para acabar, al menos, después de interponer y desarrollar a fondo muchos circunloquios tortuosos, que nos diga por fin dónde hallaremos medios para limpiar la conciencia del que recibe cuando las manchas de culpa en la conciencia del bautizante infiel están ocultas a la vista, si la conciencia del que da en santidad es lo que buscamos para limpiar la del que recibe, y si el que ha recibido su fe a sabiendas de un infiel no recibe fe, sino culpa. Pues el hombre en cuestión la recibe de un infiel que no tiene la conciencia de quien da en santidad, sino una conciencia manchada de culpa y velada a la vista. ¿Dónde, entonces, hallaremos medios para limpiar su conciencia? ¿De dónde, pues, recibe su fe? Porque si ni entonces es limpiado, ni entonces recibe la fe, cuando la infidelidad y la culpa del bautizante están ocultas, ¿por qué, cuando después se sacan a la luz y se condenan, no es entonces rebautizado, para ser limpiado y recibir la fe? Pero si, mientras la infidelidad y la culpa del otro están ocultas, él es limpiado y recibe la fe, ¿de dónde obtiene su limpieza, de dónde recibe la fe, cuando no está la conciencia de quien da en santidad para limpiar la conciencia del que recibe? Que nos diga esto; que responda a esto: ¿De dónde obtiene su limpieza, de dónde recibe la fe, si la conciencia de quien da en santidad es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe, viendo que no existe, cuando el bautizante oculta su carácter de infidelidad y culpa? A esto no se ha respondido absolutamente nada.
III, 21, 24–25
Pero mirad: cuando se ve reducido a apuros en el argumento, de nuevo lanza contra mí un ataque lleno de niebla y viento, para que se oscurezca la tranquila claridad de la verdad; y por la extremidad de su indigencia se vuelve lleno de recursos, mostrados no en decir lo verdadero, sino en injurias vacías no compradas. Mantened firme, con la mayor atención y suma perseverancia, lo que él debería responder—es decir, dónde pueden hallarse medios para limpiar la conciencia del que recibe cuando las manchas en la del que da están ocultas—, no sea que acaso el soplo de su elocuencia os arrebate esto de las manos, y vosotros a su vez seáis arrastrados por la oscura tempestad de su hinchado discurso, de modo que dejéis de ver del todo de dónde se ha apartado y a qué punto debería volver; y mirad adónde puede vagar el hombre, mientras no puede mantenerse firme en el asunto que ha emprendido. Pues mirad cuánto dice, por no tener nada que deba decir. Dice "que yo resbalo en lugares resbaladizos, pero soy sostenido; que ni destruyo ni confirmo las objeciones que hago; que invento cosas inciertas en lugar de las ciertas; que no permito a mis lectores creer lo que es verdad, sino que hago que miren con mayor sospecha lo dudoso." Dice "que yo tengo los talentos malditos del filósofo académico Carnéades." Se esfuerza por insinuar lo que los académicos piensan de la falsedad o falacia de los sentidos humanos, mostrando también en esto que no sabe nada de lo que dice. Declara que "se dice por ellos que la nieve es negra, cuando es blanca; y que la plata es negra; y que una torre es redonda, o sin salientes, cuando en realidad tiene ángulos; que un remo se quiebra en el agua, estando entero." Y todo esto porque, habiendo dicho que "la conciencia del que da", o "del que da en santidad, es lo que buscamos para limpiar la conciencia del que recibe", respondí yo: ¿Y si la conciencia del que da estuviera oculta a la vista, y posiblemente estuviera manchada de culpa? Ahí tienes su nieve negra, y su plata negra, y su torre redonda en vez de angular, y el remo roto en el agua estando entero, en que yo sugerí un estado de cosas que podía ser concebido y que no podía existir realmente: que la conciencia del que da podía estar oculta a la vista, y posiblemente podía estar manchada de culpa.
Luego continúa en el mismo tono y exclama: "¿Qué es ese ¿y si? qué es ese posiblemente? sino la vacilación incierta y vacilante de quien duda, de quien dice vuestro poeta'—"
"'¿Y si ahora vuelvo a aquellos que dicen: ¿Y si el cielo se cayera?'"
¿Quiere decir que cuando dije: ¿Y si la conciencia del que da estuviera oculta a la vista, y posiblemente estuviera manchada de culpa? ¿Que es casi lo mismo que si hubiera dicho: ¿Y si el cielo se cayera? Ciertamente está la frase ¿Y si?, porque es posible que esté oculta a la vista, y es posible que no lo esté. Pues cuando no se sabe qué piensa el que da, o qué crimen ha cometido, entonces su conciencia está ciertamente oculta a la vista del que recibe; pero cuando su pecado es claramente manifiesto, entonces no está oculta. Usé la expresión Y posiblemente esté manchada de culpa, porque es posible que esté oculta a la vista y sin embargo sea pura; y de nuevo, es posible que esté oculta a la vista y esté manchada de culpa. Este es el significado del ¿Y si?; este el significado del Posiblemente. ¿Es esto en absoluto semejante a "¿Y si el cielo se cayera?"? ¡Oh, cuántas veces han sido convictos los hombres, cuántas veces han confesado ellos mismos que tenían conciencias manchadas de culpa y adulterio, mientras otros eran bautizados sin saberlo por ellos después de que fueron degradados por el pecado sacado a la luz más tarde, y sin embargo el cielo no se cayó! ¿Qué tenemos que ver aquí con Pilo y Furio, que defendieron la causa de la injusticia contra la justicia? ¿Qué tenemos que ver aquí con el ateo Diógoras, que negó que hubiera algún Dios, de modo que pareciera ser el hombre del que el profeta habló de antemano: "Dice el necio en su corazón: No hay Dios."? ¿Qué tenemos que ver aquí con estos? ¿Por qué se trajeron sus nombres, sino para hacer una diversión a favor de un hombre que no tenía nada que decir? Que mientras él al menos dice algo, aunque innecesariamente, sobre estos, el asunto en mano parece avanzar, y se supone que se da una respuesta a una pregunta que permanece sin respuesta.