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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minDiscurso 1 contra los arrianos
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2. Extractos de la Talía de Arrio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 3. Importancia de la cuestión
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el Hijo es eterno e increado
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Continuación del tema
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 6. Continuación del tema
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 7. Objeciones a la prueba precedente. Si, en la generación del Hijo, Dios hizo a uno que ya existía o a uno que no existía
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 8. Continúan las objeciones
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. Continúan las objeciones
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 9. Continúan las objeciones
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 10. Continúan las objeciones
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 11. Explicación de textos; en primer lugar, Filipenses 2:9-10. Si las palabras "Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo" prueban que hubo una prueba moral y un progreso
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 11. Explicación de textos; en primer lugar, Filipenses 2:9-10. Si las palabras "Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo" prueban que hubo una prueba moral y un progreso
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 12. Explicación de textos; en segundo lugar, Salmo 45:7, 8. Si las palabras "por tanto", "ungido", etc., implican que el Logos ha recibido una recompensa
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 12. Explicación de textos; en segundo lugar, Salmo 45:7, 8. Si las palabras "por tanto", "ungido", etc., implican que el Logos ha recibido una recompensa
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 12. Explicación de textos; en segundo lugar, Salmo 45:7, 8. Si las palabras "por tanto", "ungido", etc., implican que el Logos ha recibido una recompensa
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 13. Explicación de los textos
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 13. Explicación de los textos
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 13. Explicación de los textos
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 11 minDiscurso segundo contra los arrianos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 10 minDiscurso segundo contra los arrianos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minDiscurso segundo contra los arrianos
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 15. Explicación de los textos; en quinto lugar, Hechos 2:36. Ha de observarse la regla de fe: "hecho" se aplica a la humanidad de nuestro Señor, a su manifestación y a su oficio respecto de nosotros; guarda asimismo relación con los judíos
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15. Explicación de los textos; en quinto lugar, Hechos 2:36. Ha de observarse la regla de fe: "hecho" se aplica a la humanidad de nuestro Señor, a su manifestación y a su oficio respecto de nosotros; guarda asimismo relación con los judíos
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 16. Introducción a Proverbios 8:22: el Hijo no es una criatura
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 16. Introducción a Proverbios 8:22: el Hijo no es una criatura
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 17. Prosigue la introducción a Proverbios 8:22. Es absurdo suponer que el Hijo o Verbo fue creado para que fueran creadas las demás criaturas
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 17. Prosigue la introducción a Proverbios 8:22. Es absurdo suponer que el Hijo o Verbo fue creado para que fueran creadas las demás criaturas
  30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 18. Continúa la introducción a Proverbios 8:22. Contraste entre las operaciones del Padre, realizadas inmediata y naturalmente en el Hijo, y las realizadas instrumentalmente por medio de las criaturas; expresiones de la Escritura que ilustran esta distinción
  31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 18. Continúa la introducción a Proverbios 8:22. Contraste entre las operaciones del Padre, realizadas inmediata y naturalmente en el Hijo, y las realizadas instrumentalmente por medio de las criaturas; expresiones de la Escritura que ilustran esta distinción
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 18. Continúa la introducción a Proverbios 8:22. Contraste entre las operaciones del Padre, realizadas inmediata y naturalmente en el Hijo, y las realizadas instrumentalmente por medio de las criaturas; expresiones de la Escritura que ilustran esta distinción
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 19. Explicación de los textos; en sexto lugar, Proverbios 8:22. Los proverbios son de naturaleza figurada y como tales deben interpretarse
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 19. Explicación de los textos; en sexto lugar, Proverbios 8:22. Los proverbios son de naturaleza figurada y como tales deben interpretarse
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 1 minCapítulo 19. Explicación de los textos; en sexto lugar, Proverbios 8:22. Los proverbios son de naturaleza figurada y como tales deben interpretarse
  36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 20. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios viii, 22. Se dice que nuestro Señor fue creado "para las obras", es decir, con un propósito determinado, cosa que nunca se dice de las meras criaturas
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios viii, 22. Se dice que nuestro Señor fue creado "para las obras", es decir, con un propósito determinado, cosa que nunca se dice de las meras criaturas
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 22. Explicación de textos
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Explicación de textos
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 11 minDiscurso 3 contra los arrianos
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 23. Textos explicados; séptimo: Juan 14:10. Introducción
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 24. Explicación de textos: en octavo lugar, Juan 17, 3 y pasajes semejantes
  48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
  53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 26. Introducción a los pasajes de los Evangelios relativos a la Encarnación
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 26. Introducción a los pasajes de los Evangelios relativos a la Encarnación
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 27. Explicación de los textos; en décimo lugar, Mateo 11:27; Juan 3:35, etc
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 27. Explicación de los textos; en décimo lugar, Mateo 11:27; Juan 3:35, etc
  57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contexto
  58. Sesión 58 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contexto
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contexto
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 29. Textos explicados; duodécimo: Mateo 26:39; Juan 12:27, etc
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 29. Textos explicados; duodécimo: Mateo 26:39; Juan 12:27, etc
  62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 30. Prosiguen las objeciones, como en los capítulos VII-X
  63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 30. Prosiguen las objeciones, como en los capítulos VII-X
  64. Sesión 64 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 30. Prosiguen las objeciones, como en los capítulos VII-X
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 11 minDiscurso cuarto contra los arrianos
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 6 min6, 7. Cuando el Logos e Hijo tuvo hambre, lloró y se fatigó, obró como nuestro Mediador, tomando sobre sí lo que era nuestro para comunicarnos lo que era suyo
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 2 minLos arrianos sitúan el comienzo del Hijo antes que Marcelo, etc
  68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 8 min9, 10. A menos que el Padre y el Hijo sean dos solo de nombre, o dos como partes y, por ello, imperfecto cada uno, o bien dos dioses, son consustanciales, uno en la Divinidad, y el Hijo procede del Padre
  69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 9 min13, 14. Tal doctrina excluye toda distinción real entre las personas de la naturaleza divina
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 min15-24. Puesto que el Verbo procede de Dios, ha de ser Hijo
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 10 min15-24. Puesto que el Verbo procede de Dios, ha de ser Hijo
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 2 minIlustración marceliana tomada de 1 Corintios 12, 4, refutada
  73. Sesión 73 · Parte 14 · ≈ 9 min26-36. Que el Hijo es el Verbo que coexiste con el Padre, demostrado a partir del Nuevo Testamento
  74. Sesión 74 · Parte 14 · ≈ 10 min26-36. Que el Hijo es el Verbo que coexiste con el Padre, demostrado a partir del Nuevo Testamento
  75. Sesión 75 · Parte 14 · ≈ 4 minLo que dejaron los discursos

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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Cuatro discursos contra los arrianos

    356–360 · Traducción castellana directa de la edición de Philip Schaff (NPNF)37 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 14 · Capítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contextoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-ATA-10

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minDiscurso 1 contra los arrianos
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2. Extractos de la Talía de Arrio
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 3. Importancia de la cuestión
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el Hijo es eterno e increado
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Continuación del tema
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 6. Continuación del tema
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 7. Objeciones a la prueba precedente. Si, en la generación del Hijo, Dios hizo a uno que ya existía o a uno que no existía
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 8. Continúan las objeciones
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. Continúan las objeciones
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 9. Continúan las objeciones
    12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 10. Continúan las objeciones
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 11. Explicación de textos; en primer lugar, Filipenses 2:9-10. Si las palabras "Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo" prueban que hubo una prueba moral y un progreso
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 11. Explicación de textos; en primer lugar, Filipenses 2:9-10. Si las palabras "Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo" prueban que hubo una prueba moral y un progreso
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 12. Explicación de textos; en segundo lugar, Salmo 45:7, 8. Si las palabras "por tanto", "ungido", etc., implican que el Logos ha recibido una recompensa
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 12. Explicación de textos; en segundo lugar, Salmo 45:7, 8. Si las palabras "por tanto", "ungido", etc., implican que el Logos ha recibido una recompensa
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 12. Explicación de textos; en segundo lugar, Salmo 45:7, 8. Si las palabras "por tanto", "ungido", etc., implican que el Logos ha recibido una recompensa
    18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 13. Explicación de los textos
    19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 13. Explicación de los textos
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 13. Explicación de los textos
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 11 minDiscurso segundo contra los arrianos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 10 minDiscurso segundo contra los arrianos
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minDiscurso segundo contra los arrianos
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 15. Explicación de los textos; en quinto lugar, Hechos 2:36. Ha de observarse la regla de fe: "hecho" se aplica a la humanidad de nuestro Señor, a su manifestación y a su oficio respecto de nosotros; guarda asimismo relación con los judíos
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15. Explicación de los textos; en quinto lugar, Hechos 2:36. Ha de observarse la regla de fe: "hecho" se aplica a la humanidad de nuestro Señor, a su manifestación y a su oficio respecto de nosotros; guarda asimismo relación con los judíos
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 16. Introducción a Proverbios 8:22: el Hijo no es una criatura
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 16. Introducción a Proverbios 8:22: el Hijo no es una criatura
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 17. Prosigue la introducción a Proverbios 8:22. Es absurdo suponer que el Hijo o Verbo fue creado para que fueran creadas las demás criaturas
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 17. Prosigue la introducción a Proverbios 8:22. Es absurdo suponer que el Hijo o Verbo fue creado para que fueran creadas las demás criaturas
    30. Sesión 30 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 18. Continúa la introducción a Proverbios 8:22. Contraste entre las operaciones del Padre, realizadas inmediata y naturalmente en el Hijo, y las realizadas instrumentalmente por medio de las criaturas; expresiones de la Escritura que ilustran esta distinción
    31. Sesión 31 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 18. Continúa la introducción a Proverbios 8:22. Contraste entre las operaciones del Padre, realizadas inmediata y naturalmente en el Hijo, y las realizadas instrumentalmente por medio de las criaturas; expresiones de la Escritura que ilustran esta distinción
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 18. Continúa la introducción a Proverbios 8:22. Contraste entre las operaciones del Padre, realizadas inmediata y naturalmente en el Hijo, y las realizadas instrumentalmente por medio de las criaturas; expresiones de la Escritura que ilustran esta distinción
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 10 minCapítulo 19. Explicación de los textos; en sexto lugar, Proverbios 8:22. Los proverbios son de naturaleza figurada y como tales deben interpretarse
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 19. Explicación de los textos; en sexto lugar, Proverbios 8:22. Los proverbios son de naturaleza figurada y como tales deben interpretarse
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 1 minCapítulo 19. Explicación de los textos; en sexto lugar, Proverbios 8:22. Los proverbios son de naturaleza figurada y como tales deben interpretarse
    36. Sesión 36 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 20. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios viii, 22. Se dice que nuestro Señor fue creado "para las obras", es decir, con un propósito determinado, cosa que nunca se dice de las meras criaturas
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios viii, 22. Se dice que nuestro Señor fue creado "para las obras", es decir, con un propósito determinado, cosa que nunca se dice de las meras criaturas
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 3 minCapítulo 21. Explicación de los textos; sexto: continuación de Proverbios 8:22. En la Escritura no se dice que nuestro Señor haya sido "creado", ni que las obras hayan sido "engendradas"
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 22. Explicación de textos
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22. Explicación de textos
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 11 minDiscurso 3 contra los arrianos
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 23. Textos explicados; séptimo: Juan 14:10. Introducción
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 24. Explicación de textos: en octavo lugar, Juan 17, 3 y pasajes semejantes
    48. Sesión 48 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
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    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 25. Explicación de textos; en noveno lugar, Juan 10:30; 17:11, etc
    53. Sesión 53 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 26. Introducción a los pasajes de los Evangelios relativos a la Encarnación
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 26. Introducción a los pasajes de los Evangelios relativos a la Encarnación
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 27. Explicación de los textos; en décimo lugar, Mateo 11:27; Juan 3:35, etc
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 27. Explicación de los textos; en décimo lugar, Mateo 11:27; Juan 3:35, etc
    57. Sesión 57 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contexto
    58. Sesión 58 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contexto
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contexto
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 29. Textos explicados; duodécimo: Mateo 26:39; Juan 12:27, etc
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 29. Textos explicados; duodécimo: Mateo 26:39; Juan 12:27, etc
    62. Sesión 62 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 30. Prosiguen las objeciones, como en los capítulos VII-X
    63. Sesión 63 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 30. Prosiguen las objeciones, como en los capítulos VII-X
    64. Sesión 64 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 30. Prosiguen las objeciones, como en los capítulos VII-X
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 11 minDiscurso cuarto contra los arrianos
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 6 min6, 7. Cuando el Logos e Hijo tuvo hambre, lloró y se fatigó, obró como nuestro Mediador, tomando sobre sí lo que era nuestro para comunicarnos lo que era suyo
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 2 minLos arrianos sitúan el comienzo del Hijo antes que Marcelo, etc
    68. Sesión 68 · Parte 13 · ≈ 8 min9, 10. A menos que el Padre y el Hijo sean dos solo de nombre, o dos como partes y, por ello, imperfecto cada uno, o bien dos dioses, son consustanciales, uno en la Divinidad, y el Hijo procede del Padre
    69. Sesión 69 · Parte 13 · ≈ 9 min13, 14. Tal doctrina excluye toda distinción real entre las personas de la naturaleza divina
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 min15-24. Puesto que el Verbo procede de Dios, ha de ser Hijo
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 10 min15-24. Puesto que el Verbo procede de Dios, ha de ser Hijo
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 2 minIlustración marceliana tomada de 1 Corintios 12, 4, refutada
    73. Sesión 73 · Parte 14 · ≈ 9 min26-36. Que el Hijo es el Verbo que coexiste con el Padre, demostrado a partir del Nuevo Testamento
    74. Sesión 74 · Parte 14 · ≈ 10 min26-36. Que el Hijo es el Verbo que coexiste con el Padre, demostrado a partir del Nuevo Testamento
    75. Sesión 75 · Parte 14 · ≈ 4 minLo que dejaron los discursos

    Capítulo 28. Explicación de los textos; en undécimo lugar, Marcos 13:32 y Lucas 2:52. La explicación arriana del primero de estos textos es contraria a la regla de fe y al contexto

    Nuestro Señor dijo que ignoraba el Día por razón de su naturaleza humana. Si el Espíritu Santo conoce el Día, también lo conoce el Hijo; si el Hijo conoce al Padre, conoce también el Día; si posee todo lo que es del Padre, posee también el conocimiento del Día; si está en el Padre, conoce el Día en el Padre; si creó y sostiene todas las cosas, sabe cuándo dejarán de existir. Que no lo conoce en cuanto hombre se argumenta a partir de Mateo 24:42. Así como preguntó dónde estaba el sepulcro de Lázaro, y sin embargo lo sabía, así también conoce el Día; así como san Pablo dice: "Si en el cuerpo, no lo sé", y sin embargo lo sabía, así también Él lo conoce. Dijo que no lo sabía para nuestro provecho, a fin de que no seamos curiosos [como en Hechos 1:7, donde, por el contrario, no dijo que no lo supiera]. Así como el Todopoderoso pregunta a Adán y a Caín, y sin embargo sabe, así también el Hijo sabe [en cuanto Dios]. Asimismo, crecía en sabiduría en cuanto hombre; de otro modo, habría hecho perfectos a los ángeles antes que a sí mismo. Crecía en el sentido de que, con el paso del tiempo, la Divinidad se manifestaba en Él cada vez más plenamente

    Discurso 3, § 42

    42. Siendo esto así, vengamos ahora a examinar las palabras: "Pero de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles de Dios, ni el Hijo"; pues, como ignoran en gran medida el sentido de estas palabras y quedan perplejos ante ellas, creen hallar en ellas un argumento importante para su herejía. Pero yo, cuando los herejes las aducen y se aprestan a servirse de ellas, veo de nuevo en ellos a los gigantes que combaten contra Dios. Pues el Señor del cielo y de la tierra, por quien fueron hechas todas las cosas, ha de comparecer ante ellos para litigar acerca de un día y una hora; y a aquel Logos que conoce todas las cosas lo acusan de ignorar un día; y del Hijo que conoce al Padre dicen que ignora una hora de un día. Ahora bien, ¿qué podría decirse más contrario a la razón, o qué locura podría compararse con esta? Por medio del Logos fueron hechas todas las cosas: los tiempos y las estaciones, la noche y el día y la creación entera; ¿y se dirá que el Hacedor de todo ignora su propia obra? El contexto mismo del pasaje muestra que el Hijo de Dios conoce aquella hora y aquel día, aunque los arrianos se precipiten en su ignorancia. Pues, después de decir "ni el Hijo", refiere a los discípulos lo que precederá al día, diciendo: "Sucederá esto y aquello, y entonces vendrá el fin". Pero quien habla de lo que precederá al día conoce ciertamente también el día, que se manifestará después de las cosas anunciadas. Si no hubiese conocido la hora, no habría señalado los acontecimientos que la precederían, pues no sabría cuándo habría de llegar. Y así como cualquiera que, para indicar una casa o una ciudad a quienes la desconocen, describiese lo que se encuentra antes de llegar a ella y, tras describirlo todo, dijese: "Inmediatamente después viene la ciudad o la casa", sabría, desde luego, dónde está la casa o la ciudad —pues, de no saberlo, no habría descrito lo que la precede, no fuera que por ignorancia extraviase a sus oyentes o, al hablar, pasase inadvertidamente más allá del lugar buscado—, así también el Señor, al decir lo que precederá a aquel día y a aquella hora, sabe exactamente cuándo están próximos el día y la hora, y no lo ignora.
    Comentario editorial · ¿Ignoraba el Hijo el día? Lo que dice Atanasio y lo que dijo después la Iglesia
    El sumario del capítulo 28 dice que el Señor afirmó ignorar el día «por razón de su naturaleza humana». Una nota de Newman en el NPNF observa que, según la doctrina de la Iglesia posterior, la humanidad de Cristo, unida al Verbo, no ignoraba realmente nada de lo que un alma humana puede saber; añade que Atanasio parece entender esa ignorancia como una profesión «económica» más que real, como si el asunto no estuviera aún muy trabajado en su tiempo. La misma nota recuerda que una rama de los eutiquianos, los agnoetas, sostuvo después que Cristo ignoraba el día del juicio. Según Wikipedia, los agnoetas eran una secta monofisita surgida hacia 534 a partir de un diácono de Alejandría, Temistio, que basaba su exégesis en Marcos 13:32, Juan 11:34 y Lucas 2:52.

    Discurso 3, § 43

    43. Ahora bien, por qué, aun sabiéndolo, no se lo dijo claramente entonces a sus discípulos, nadie debe indagar con curiosidad allí donde Él ha guardado silencio; pues "¿quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero [
    ]?". Pero por qué, aun sabiéndolo, dijo: "No, ni el Hijo lo sabe", esto pienso que ninguno de los fieles lo ignora: hizo esta declaración, como aquellas otras, en cuanto hombre, por razón de la carne. Pues, como antes, no se trata de una deficiencia del Logos, sino de aquella naturaleza humana a la que es propio ignorar. Y esto se verá también con claridad si examinamos honradamente en qué ocasión y a quién habló así el Salvador. No lo dijo, pues, cuando por Él fue hecho el cielo, ni cuando estaba con el Padre mismo, como el Logos que "dispone todas las cosas", ni antes de hacerse hombre, sino cuando "el Verbo se hizo carne [
    ]". Por esta causa, es razonable atribuir a su humanidad todo cuanto dice humanamente después de hacerse hombre. Pues es propio del Logos conocer lo que fue hecho, y no ignorar ni el principio ni el fin de estas cosas —porque las obras son suyas—; y sabe cuántas cosas obró y hasta cuándo han de subsistir. Y, puesto que conoce el principio y el fin de cada una, conoce ciertamente el fin general y común de todas. Cuando dice en el Evangelio acerca de sí mismo, según su condición humana: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo", es evidente que, en cuanto Logos, conoce también la hora del fin de todas las cosas, aunque en cuanto hombre la ignore; pues la ignorancia es propia del hombre, y especialmente la ignorancia de estas cosas. Además, esto es propio del amor del Salvador a los hombres: puesto que se hizo hombre, no se avergüenza de decir "No lo sé" a causa de la carne, que es ignorante, para mostrar que, aun conociéndolo en cuanto Dios, lo ignora según la carne. Por eso no dijo: "No, ni el Hijo de Dios lo sabe", no fuera a parecer ignorante la Divinidad, sino simplemente: "No, ni el Hijo", para que la ignorancia se atribuyese al Hijo en cuanto nacido entre los hombres.

    Discurso 3, § 44

    44. Por esta causa alude a los ángeles, pero no prosiguió diciendo: "Ni el Espíritu Santo"; antes bien, guardó silencio, dando con ello una doble indicación: primero, que si el Espíritu sabía, mucho más había de saber el Logos, considerado en cuanto Logos, de quien el Espíritu recibe; y, en segundo lugar, que, al guardar silencio acerca del Espíritu, dejó claro que dijo "No, ni el Hijo" refiriéndose a su ministerio humano. Y prueba de ello es que, después de hablar humanamente al decir "No, ni el Hijo lo sabe", muestra, sin embargo, que divinamente conocía todas las cosas. Pues de aquel Hijo de quien declara que no conoce el día, declara también que conoce al Padre; porque dice: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo [
    ]". Y todos, excepto los arrianos, convendrían en confesar que quien conoce al Padre conoce con mayor razón la creación entera y, con ella, su fin. Y si el Padre ha determinado ya el día y la hora, es evidente que los ha determinado por medio del Hijo, y que Él mismo conoce lo que por medio de Él ha sido determinado; pues nada existe que no haya venido a ser y haya sido determinado por medio del Hijo. Por tanto, siendo Él el Hacedor del universo, sabe de qué naturaleza, de qué magnitud y con qué límites quiso el Padre que fuese hecho; y en el cuánto y el hasta dónde está comprendida su duración. Asimismo, si todo lo que es del Padre es del Hijo —y esto lo ha dicho Él mismo [
    ]—, y es propio del Padre conocer el día, es evidente que también el Hijo lo conoce, pues tiene esto como propio recibido del Padre. Y, asimismo, si el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo, y el Padre conoce el día y la hora, está claro que el Hijo, estando en el Padre y conociendo las cosas del Padre, conoce también Él mismo el día y la hora. Y si el Hijo es asimismo la verdadera Imagen del Padre, y el Padre conoce el día y la hora, es evidente que el Hijo tiene también esta semejanza con el Padre: conocerlos. No es, pues, de admirar que aquel por quien fueron hechas todas las cosas, y en quien subsiste el universo, conozca Él mismo lo que ha venido a ser y cuándo llegará el fin de cada cosa y de todas juntas; lo admirable es, más bien, que esta audacia, tan conforme con la locura de los arriomaníacos, nos haya obligado a recurrir a una defensa tan larga. Pues, al colocar al Hijo de Dios, al Logos eterno, entre los seres creados, no están lejos de aventurarse a sostener que el Padre mismo es inferior a la creación; porque, si quien conoce al Padre no conoce el día ni la hora, temo que, según dirían ellos en su locura, el conocimiento de la creación, o más bien de su parte inferior, sea mayor que el conocimiento del Padre.

    Discurso 3, § 45

    45. Pero ellos, cuando así blasfeman contra el Espíritu, no deben esperar jamás la remisión de semejante impiedad, como ha dicho el Señor; nosotros, en cambio, que amamos a Cristo y lo llevamos dentro de nosotros, sepamos que el Logos, considerado en cuanto Logos, no ha dicho "No lo sé" por ignorancia —pues sabe—, sino para mostrar su humanidad, ya que ignorar es propio del hombre y Él se había revestido de una carne que ignoraba; estando en ella, dijo según la carne: "No lo sé". Por esta razón, después de decir: "No, ni el Hijo lo sabe", y de mencionar la ignorancia de los hombres en los días de Noé, añadió inmediatamente: "Velad, pues, porque no sabéis a qué hora viene vuestro Señor"; y de nuevo: "A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre [
    ,
    ]". Pues también yo, que por vosotros me he hecho como vosotros, dije: "No, ni el Hijo". Porque, si lo hubiese ignorado divinamente, habría tenido que decir: "Velad, pues, porque yo no lo sé", y: "Vendré a una hora que yo no pienso"; pero, de hecho, no dijo tal cosa. Al decir, por el contrario, "No sabéis" y "Cuando no pensáis", señaló que la ignorancia pertenece al hombre; por cuya causa también Él, habiendo tomado una carne semejante a la de ellos y haciéndose hombre, dijo: "No, ni el Hijo lo sabe", pues no lo sabía en la carne, aunque lo sabía en cuanto Logos. También el ejemplo de Noé pone al descubierto la desvergüenza de los enemigos de Cristo; pues tampoco allí dijo: "Yo no lo sabía", sino: "Ellos no supieron hasta que vino el diluvio [
    ]". Los hombres, en efecto, no lo sabían; pero quien trajo el diluvio —y ese fue el Salvador mismo— conocía el día y la hora en que abrió las cataratas del cielo y rompió las fuentes del grande abismo, y dijo a Noé: "Entra tú y toda tu casa en el arca [
    ]". Pues, si lo hubiese ignorado, no habría anunciado a Noé: "Dentro de siete días haré venir un diluvio sobre la tierra". Pero si, al describir aquel día, se vale de la comparación con el tiempo de Noé, y conocía el día del diluvio, conoce también el día de su propia venida.

    Discurso 3, § 46

    46. Además, después de narrar la parábola de las vírgenes, muestra de nuevo con mayor claridad quiénes son los que ignoran el día y la hora, diciendo: "Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora [
    ]". Quien poco antes había dicho: "Nadie lo sabe, ni aun el Hijo", no dice ahora: "Yo no lo sé", sino: "Vosotros no lo sabéis". De igual manera, cuando sus discípulos le preguntaron acerca del fin, dijo entonces con razón: "No, ni el Hijo", según la carne y por razón del cuerpo, para mostrar que, en cuanto hombre, no lo sabe; pues la ignorancia es propia del hombre. Pero si Él es el Logos, si es Él quien ha de venir, Él quien ha de ser Juez, Él quien ha de ser el Esposo, sabe cuándo y a qué hora viene, y cuándo ha de decir: "Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará [
    ]". Pues así como, al hacerse hombre, tiene hambre y sed y padece con los hombres, así también, con los hombres y en cuanto hombre, no sabe; aunque divinamente, siendo en el Padre Logos y Sabiduría, sabe, y nada hay que no sepa. De igual modo pregunta humanamente por Lázaro, aun cuando iba camino de resucitarlo y sabía de dónde había de hacer volver el alma de Lázaro; y mayor cosa era saber dónde estaba el alma que saber dónde yacía el cuerpo. Pero preguntó humanamente para resucitarlo divinamente. Así también pregunta a los discípulos al llegar a la región de Cesarea, aunque lo sabía incluso antes de que Pedro respondiese. Pues si el Padre reveló a Pedro la respuesta a la pregunta del Señor, es evidente que la revelación se hizo por medio del Hijo; porque dice Él: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo [
    ]". Pero si por medio del Hijo se revela el conocimiento tanto del Padre como del Hijo, no cabe dudar de que el Señor que preguntaba, habiéndoselo revelado primero a Pedro de parte del Padre, preguntó después humanamente, para mostrar que, aunque preguntaba según la carne, sabía divinamente lo que Pedro estaba a punto de decir. El Hijo, pues, lo sabía, porque conoce todas las cosas y conoce a su propio Padre, conocimiento mayor o más perfecto que el cual no puede haber ninguno.

    Discurso 3, § 47

    47. Esto basta para refutarlos; pero, para mostrar aún más que son hostiles a la verdad y enemigos de Cristo, quisiera hacerles una pregunta. El Apóstol escribe en la Segunda Epístola a los Corintios: "Conozco a un hombre en Cristo que hace más de catorce años —si en el cuerpo, no lo sé; o si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe—". ¿Qué decís ahora? ¿Sabía el Apóstol lo que le había sucedido en la visión, aunque diga "No lo sé", o no lo sabía? Si no lo sabía, mirad no sea que, por vuestra familiaridad con el error, incurráis en la falta de los frigios, quienes dicen que los profetas y los demás ministros del Logos no saben ni lo que hacen ni aquello que anuncian. Pero si lo sabía cuando dijo "No lo sé", pues tenía dentro de sí a Cristo, que le revelaba todas las cosas, ¿no está verdaderamente pervertido y "condenado por sí mismo" el corazón de los enemigos de Dios? Pues cuando el Apóstol dice "No lo sé", afirman que lo sabe; pero cuando el Señor dice "No lo sé", afirman que no lo sabe. Porque, si Pablo, al tener a Cristo dentro de sí, sabía aquello de lo que dice "No lo sé", ¿no lo sabrá con mucha mayor razón Cristo mismo, aunque diga "No lo sé"? El Apóstol, pues, lo sabía por revelación del Señor; por esta causa dice: "Conozco a un hombre en Cristo". Y, puesto que conocía al hombre, sabía también cómo fue arrebatado. Así Eliseo, que vio a Elías, sabía también cómo fue llevado; pero, aun sabiéndolo, cuando los hijos de los profetas pensaron que el Espíritu había dejado caer a Elías sobre uno de los montes, él, que desde el principio sabía lo que había visto, trató de persuadirlos; mas, como ellos insistieron, guardó silencio y los dejó ir en su busca. ¿Acaso no lo sabía porque guardó silencio? Lo sabía, ciertamente; pero, como si no lo supiese, los dejó ir, para que, una vez convencidos, no dudasen más acerca de la ascensión de Elías. Con mucha mayor razón Pablo, que era él mismo quien había sido arrebatado, sabía también cómo lo había sido; pues Elías lo sabía y, si alguien se lo hubiese preguntado, habría dicho cómo. Y, sin embargo, Pablo dice "No lo sé" por estas dos razones, según pienso: la primera, como él mismo ha dicho, para que nadie, por la abundancia de las revelaciones, lo estimase más allá de lo que veía; la segunda, porque, habiendo dicho nuestro Salvador "No lo sé", convenía que también él dijese "No lo sé", no fuera a parecer el siervo superior a su Señor y el discípulo superior a su Maestro.

    Discurso 3, § 48

    48. Por tanto, quien dio a Pablo el conocimiento, con mucha mayor razón lo poseía Él mismo; pues, ya que habló de lo que precedería al día, sabía también, como antes dije, cuándo vendrían el Día y la Hora, y, sin embargo, aun sabiéndolo, dice: "No, ni el Hijo lo sabe". ¿Por qué dijo entonces "No lo sé" acerca de lo que, en cuanto Señor, sabía? Según podemos conjeturar al indagarlo, lo hizo para nuestro provecho, a mi parecer; ¡y quiera Él conceder un sentido verdadero a lo que ahora proponemos! Por ambos lados procuró el Salvador nuestro bien: nos dio a conocer lo que precederá al fin para que, como Él mismo dijo, cuando suceda, no nos sobresaltemos ni nos atemoricemos, sino que, por esos acontecimientos, esperemos el fin que vendrá después. Y acerca del día y de la hora no quiso decir, según su naturaleza divina, "Lo sé", sino, según la carne, "No lo sé", por causa de la carne, que era ignorante, como antes he dicho; para que no siguieran preguntándole y Él se viese obligado, o bien a afligir a los discípulos no respondiendo, o bien, si respondía, a obrar en perjuicio de ellos y de todos nosotros. Pues cuanto hace, todo lo hace por nosotros, ya que también por nosotros "el Verbo se hizo carne". Por nosotros, por tanto, dijo: "No, ni el Hijo lo sabe"; y ni faltó a la verdad al decirlo —pues dijo humanamente, en cuanto hombre, "No lo sé"—, ni permitió que los discípulos lo apremiasen a hablar, porque al decir "No lo sé" puso fin a sus preguntas. Y así está escrito en los Hechos de los Apóstoles que, cuando ascendía entre los ángeles en cuanto hombre, llevando al cielo la carne que había asumido, los discípulos, al verlo, le preguntaron de nuevo: "¿Cuándo será el fin y cuándo será tu venida?". Él les dijo con mayor claridad: "No os toca a vosotros saber los tiempos ni las sazones que el Padre puso en su sola potestad [
    ]". Y no dijo entonces: "No, ni el Hijo", como antes había dicho humanamente, sino: "No os toca a vosotros saberlo". Pues ya la carne había resucitado, se había despojado de su mortalidad y había sido divinizada; y, cuando Él subía a los cielos, ya no convenía que respondiese según la carne, sino que en adelante enseñase divinamente: "No os toca a vosotros saber los tiempos ni las sazones que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder". ¿Y qué es ese Poder del Padre sino el Hijo? Pues Cristo es "Poder de Dios y Sabiduría de Dios".

    Discurso 3, § 49

    49. El Hijo, pues, lo sabía, por ser el Logos; porque dio a entender esto al decir: "Yo lo sé, pero no os toca a vosotros saberlo"; pues por vosotros dije también, sentado en el monte y según la carne: "No, ni el Hijo lo sabe", para provecho vuestro y de todos. Porque os conviene oír esto tanto acerca de los ángeles como del Hijo, a causa de los engañadores que vendrán después: para que, aunque los demonios se transfiguren en ángeles e intenten hablar del fin, no les creáis, pues lo ignoran; y para que, si también el Anticristo, disfrazándose, dijese: "Yo soy Cristo", y tratase a su vez de hablar de aquel día y del fin para engañar a quienes lo oigan, vosotros, que tenéis estas palabras mías: "No, ni el Hijo lo sabe", tampoco le deis crédito. Además, conviene al hombre no saber cuándo llegará el fin ni cuándo será el día del fin, no sea que, de saberlo, descuide el tiempo intermedio mientras aguarda los días cercanos al fin; pues razonará que solo entonces debe velar por sí mismo. Por eso también ha guardado silencio acerca del momento en que morirá cada uno, no sea que los hombres, ensoberbecidos por tal conocimiento, se descuiden durante la mayor parte de su vida. Tanto el fin de todas las cosas como el término de cada uno de nosotros nos los ha ocultado el Logos —pues en el fin de todo está el fin de cada uno, y en el fin de cada uno está comprendido el fin de todo—, para que, al ser incierto y estar siempre ante nosotros, avancemos día tras día como si fuésemos llamados, tendiéndonos hacia lo que está delante y olvidando lo que queda atrás. Porque ¿quién, si conociese el día del fin, no se mostraría remiso durante el tiempo que media? Pero, si lo ignora, ¿no estará dispuesto cada día? Por esta causa añadió el Salvador: "Velad, pues, porque no sabéis a qué hora viene vuestro Señor"; y: "A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre [
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    ]". Así habló, pues, por el provecho que se sigue de ignorarlo; porque, al decirlo, quiere que estemos siempre preparados. "Vosotros —dice— no lo sabéis; pero yo, el Señor, sé cuándo vengo, aunque los arrianos no me aguarden a mí, que soy el Verbo del Padre".

    Discurso 3, § 50

    50. El Señor, pues, que sabe mejor que nosotros mismos lo que nos conviene, aseguró así el bien de los discípulos; y ellos, instruidos de este modo, corrigieron a los de Tesalónica cuando estaban a punto de errar en esta cuestión. Sin embargo, como los enemigos de Cristo no ceden ni siquiera ante estas consideraciones, quisiera, aun sabiendo que tienen el corazón más duro que el faraón, volver a preguntarles sobre esto. En el Paraíso pregunta Dios: "Adán, ¿dónde estás?", y pregunta también a Caín: "¿Dónde está Abel, tu hermano?". ¿Qué decís, pues, de esto? Porque, si pensáis que preguntó por ignorancia, ya pertenecéis al partido de los maniqueos, pues tal es su audaz pensamiento; pero si, por temor a llevar abiertamente ese nombre, os obligáis a decir que pregunta aun sabiendo, ¿qué tiene de desmesurado o extraño la doctrina para que tropecéis así al encontrar que el Hijo, por medio de quien Dios hizo entonces aquella pregunta, ese mismo Hijo que ahora está revestido de carne, pregunta a los discípulos en cuanto hombre? A menos, claro está, que, convertidos en maniqueos, queráis censurar la pregunta hecha entonces a Adán y todo lo demás, para dar rienda suelta a vuestra perversidad. Pues, aunque se os desenmascara por todas partes, todavía murmuráis a propósito de las palabras de Lucas, dichas con rectitud, pero mal entendidas por vosotros. Y hemos de exponer cuáles son, para poner de manifiesto también el sentido corrompido que les dais.

    Discurso 3, § 51

    51. Dice Lucas: "Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres [
    ]". Este es, pues, el pasaje; y, puesto que tropiezan con él, nos vemos obligados a preguntarles, como a los fariseos y saduceos, acerca de la persona de quien habla Lucas. La cuestión se plantea así: ¿es Jesucristo un hombre como todos los demás, o es Dios que lleva carne? Si es un hombre común como los demás, que crezca, entonces, en cuanto hombre; pero este es el parecer del samosatense, que en realidad también vosotros profesáis, aunque lo negáis de palabra por respeto a los hombres. Mas si es Dios que lleva carne, como verdaderamente lo es, y "el Verbo se hizo carne" y, siendo Dios, descendió a la tierra, ¿qué crecimiento podía tener quien existía igual a Dios? ¿O cómo podía crecer el Hijo, estando siempre en el Padre? Pues si quien siempre estuvo en el Padre crecía, pregunto yo: ¿qué hay más allá del Padre hacia lo cual pudiera crecer? Conviene repetir aquí lo dicho acerca de que recibiese y fuese glorificado. Si creció cuando se hizo hombre, es evidente que antes de hacerse hombre era imperfecto; y habría sido la carne causa de perfección para Él, antes que Él para la carne. Asimismo, si crece en cuanto Logos, ¿qué puede llegar a ser además de Logos, Sabiduría, Hijo y Poder de Dios? Pues el Logos es todas estas cosas, y, si alguien pudiera participar siquiera de uno de sus rayos, llegaría a ser del todo perfecto entre los hombres e igual a los ángeles. Porque los ángeles, los arcángeles, las dominaciones y todas las potestades y tronos, al participar del Logos, contemplan siempre el rostro de su Padre. ¿Cómo, entonces, aquel que da a otros la perfección crece Él mismo después que ellos? Pues los ángeles ministraron incluso en su nacimiento humano, y el pasaje de Lucas se refiere a un tiempo posterior al ministerio de los ángeles. ¿Cómo puede siquiera ocurrírsele tal cosa al hombre? ¿O cómo creció la Sabiduría en sabiduría? ¿O cómo creció en gracia quien da la gracia a otros —como dice Pablo en todas sus epístolas, sabiendo que por medio de Él se da la gracia: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros"—? O bien digan que el Apóstol falta a la verdad y atrévanse a decir que el Hijo no es Sabiduría; o bien, si es Sabiduría, como dijo Salomón, y si Pablo escribió "Cristo, Poder de Dios y Sabiduría de Dios", ¿qué crecimiento ulterior podía admitir la Sabiduría?

    Discurso 3, § 52

    52. Pues los hombres, siendo criaturas, pueden en cierto modo tender hacia delante y crecer en virtud. Así fue trasladado Enoc, y Moisés creció y fue perfeccionado; e Isaac "creciendo se hizo grande"; y el Apóstol dijo que día tras día "se extendía hacia delante [
    ]", hacia lo que tenía por delante. Cada uno, en efecto, tenía espacio para avanzar, mirando al paso siguiente. Pero el Hijo de Dios, que es Uno y Único, ¿qué espacio tenía para tender hacia delante? Pues todas las cosas avanzan mirándolo a Él; y Él, siendo Uno y Único, está en el Padre único, de quien no se extiende hacia delante, sino en quien permanece siempre. A los hombres, pues, corresponde crecer; pero el Hijo de Dios, como no podía crecer por ser perfecto en el Padre, se humilló por nosotros, para que, por su humillación, pudiésemos nosotros, a nuestra vez, crecer. Y nuestro crecimiento no es otro que renunciar a las cosas sensibles y llegar al Logos mismo, así como su humillación no es otra cosa que haber tomado nuestra carne. No fue, pues, el Logos, considerado en cuanto Logos, quien creció: Él es perfecto por proceder del Padre perfecto, nada necesita y, antes bien, hace avanzar a los demás. Pero también aquí se dice que creció humanamente, puesto que crecer es propio del hombre. Por ello el Evangelista, hablando con cuidadosa precisión, mencionó la estatura al referirse al crecimiento; mas, siendo Logos y Dios, no puede ser medido por la estatura, que pertenece a los cuerpos. Del cuerpo, pues, era el crecimiento; porque, al crecer este, crecía también en él la manifestación de la Divinidad ante quienes lo veían. Y cuanto más se revelaba la Divinidad, tanto más crecía ante todos los hombres su gracia en cuanto hombre. Pues, siendo niño, fue llevado al Templo; y, cuando se hizo muchacho, permaneció allí e interrogó a los sacerdotes acerca de la Ley. Y, a medida que crecía su cuerpo y el Logos se manifestaba en él, fue confesado en adelante, primero por Pedro y luego también por todos, con estas palabras: "Verdaderamente este es el Hijo de Dios"; por más que los judíos, tanto los antiguos como estos de ahora, cierren obstinadamente los ojos para no ver que crecer en sabiduría no es el crecimiento de la Sabiduría misma, sino, más bien, el de la humanidad en ella. Porque "Jesús crecía en sabiduría y en gracia"; y, si se nos permite decir algo tan esclarecedor como verdadero, crecía en sí mismo: pues "la Sabiduría edificó para sí una casa", y en sí misma dio crecimiento a la casa.

    Discurso 3, § 53

    53. (Además, ¿qué es este crecimiento del que se habla sino, como dije antes, la divinización y la gracia que la Sabiduría comunica a los hombres, borrando en ellos el pecado y su corrupción interior, conforme a la semejanza y parentesco que tienen con la carne del Logos?) Pues de este modo, al crecer el cuerpo en estatura, se desarrollaba también en él la manifestación de la Divinidad, y a todos se mostraba que el cuerpo era Templo de Dios y que Dios estaba en el cuerpo. Y si insisten en que al "Verbo hecho carne" se lo llama Jesús y le atribuyen el término "crecía", se les ha de decir que esto tampoco menoscaba la Luz del Padre, que es el Hijo, sino que sigue mostrando que el Logos se hizo hombre y llevó verdadera carne. Y así como dijimos que padeció en la carne, tuvo hambre en la carne y se fatigó en la carne, también puede decirse con razón que creció en la carne; pues el crecimiento, tal como lo hemos descrito, tampoco tuvo lugar estando el Logos fuera de la carne, ya que en Él estaba la carne que crecía y suya es llamada. Y esto, como antes, para que el crecimiento del hombre permaneciese y no se perdiese, a causa del Logos que está con él. No fue, pues, el Logos quien creció, ni era la carne Sabiduría, sino que la carne se convirtió en cuerpo de la Sabiduría. Por tanto, como ya hemos dicho, no creció la Sabiduría, en cuanto Sabiduría, con respecto a sí misma; antes bien, la humanidad creció en la Sabiduría, trascendiendo gradualmente la naturaleza humana, siendo divinizada y convirtiéndose y apareciendo ante todos como instrumento de la Sabiduría para la operación y la manifestación resplandeciente de la Divinidad. Por ello tampoco dijo el Evangelista: "El Logos crecía", sino "Jesús", nombre con que fue llamado el Señor cuando se hizo hombre; de modo que el crecimiento corresponde a la naturaleza humana, tal como antes lo hemos explicado.

    Capítulo 29. Textos explicados; duodécimo: Mateo 26:39; Juan 12:27, etc

    Las inferencias arrianas son contrarias a la regla de fe, como antes se ha mostrado. Lloró y manifestó cosas semejantes en cuanto hombre. Otros textos prueban que es Dios. Dios no podía temer. Temió porque su carne temía

    Discurso 3, § 54

    54. Por tanto, así como, cuando la carne crecía, se dice que Él crecía, porque el cuerpo era suyo, así también cuanto se dice en el momento de su muerte —que se turbó, que lloró— debe entenderse en el mismo sentido. Pues ellos, yendo de un lado a otro, como si con ello pudieran recomendar de nuevo su herejía, alegan: «Ved que "lloró" y dijo: "Ahora está turbada mi alma", y rogó que pasara de Él el cáliz; ¿cómo, si así habló, es Dios y Verbo del Padre?» Sí, está escrito, enemigos de Dios, que lloró y que dijo: "Estoy turbado"; y en la Cruz dijo: "Eloí, Eloí, lama sabactani", esto es: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"; y rogó que pasara de Él el cáliz. Así, ciertamente, está escrito; pero yo os preguntaría a mi vez —pues necesariamente ha de darse la misma respuesta a cada una de vuestras objeciones—: si quien habla es un mero hombre, que llore y tema la muerte, por ser hombre; pero si es el Logos en la carne —pues no debemos rehuir la repetición—, ¿a quién había de temer, siendo Dios? ¿O por qué había de temer la muerte quien era Él mismo la Vida y libraba a otros de la muerte? ¿O cómo había de temer Él mismo, habiendo dicho: "No temáis al que mata el cuerpo" [
    ]? ¿Y cómo había de sentir terror ante Herodes y Pilato quien dijo a Abraham: "No temas, porque yo estoy contigo", alentó a Moisés frente al faraón y dijo al hijo de Nun: "Esfuérzate y ten buen ánimo"? Más aún: quien socorre a otros contra el temor —pues "el Señor", dice la Escritura, "está de mi parte; no temeré lo que pueda hacerme el hombre"—, ¿temió a unos gobernantes, hombres mortales? Quien había venido precisamente contra la muerte, ¿sintió terror de la muerte? ¿No es a un tiempo indecoroso e impío decir que se aterrorizó ante la muerte o el Hades aquel a quien vieron los guardianes de las puertas del Hades y ante quien se estremecieron? Pero si, como pretendéis, el Logos estaba aterrorizado, ¿por qué, cuando mucho antes habló de la conjura de los judíos, no huyó, sino que, al ser buscado, dijo: "Yo soy"? Pues podía haber evitado la muerte, como dijo: "Tengo poder para entregar mi vida, y tengo poder para volver a tomarla"; y: "Nadie me la quita".

    Discurso 3, § 55

    55. Pero estas afecciones no eran propias de la naturaleza del Logos en cuanto Logos; antes bien, en la carne que así las padecía estaba el Logos, ¡enemigos de Cristo y judíos ingratos! Pues no dijo todo esto antes de asumir la carne; sino que, cuando "el Verbo se hizo carne" y se hizo hombre, entonces está escrito que habló así, esto es, humanamente. Ciertamente, aquel de quien se escribe esto es el mismo que resucitó a Lázaro de entre los muertos, convirtió el agua en vino, concedió la vista al ciego de nacimiento y dijo: "Yo y el Padre somos uno". Si, pues, toman sus atributos humanos como fundamento para concebir ideas bajas acerca del Hijo de Dios, y aun lo consideran enteramente hombre de la tierra y no venido del cielo, ¿por qué no reconocen, por sus obras divinas, al Logos que está en el Padre y renuncian en adelante a su impiedad obstinada? Pues pueden ver que quien realizó las obras es el mismo que mostró que su cuerpo era pasible al permitirle llorar, tener hambre y manifestar las demás propiedades de un cuerpo. Porque, mientras por tales cosas dio a conocer que, siendo Dios impasible, había asumido una carne pasible, por las obras se mostró como el Logos de Dios que después se había hecho hombre, diciendo: Aunque no me creáis a mí al verme revestido de un cuerpo humano, creed a las obras, para que sepáis que «yo estoy en el Padre y el Padre en mí.» "Y los enemigos de Cristo me parece que muestran una manifiesta desvergüenza y blasfemia"; pues, cuando oyen "Yo y el Padre somos uno", violentan el sentido y separan la unidad del Padre y del Hijo; pero, al leer acerca de sus lágrimas, su sudor o sus padecimientos, no reparan en su cuerpo, sino que, a causa de ellos, cuentan entre las criaturas a aquel por quien fue hecha la creación. ¿En qué les queda, entonces, diferir de los judíos? Pues así como los judíos atribuyeron blasfemamente a Belcebú las obras de Dios, así también estos, al contar entre las criaturas al Señor que obró tales cosas, incurrirán sin misericordia en la misma condenación que aquellos.

    Discurso 3, § 56

    56. Pero, cuando oyen "Yo y el Padre somos uno", deberían ver en Él la unidad de la Divinidad y su pertenencia propia a la esencia del Padre; y, cuando oyen, por otra parte, "Lloró" y cosas semejantes, deberían decir que estas son propias del cuerpo. Tanto más cuanto que para una y otra afirmación tienen un fundamento inteligible: lo primero está escrito de Él en cuanto Dios, y lo segundo, con referencia a su humanidad. Pues en el incorpóreo no se habrían dado las propiedades del cuerpo si no hubiese asumido un cuerpo corruptible y mortal; porque mortal era santa María, de quien procedía su cuerpo. Por eso, necesariamente, cuando Él se hallaba en un cuerpo que padecía, lloraba y se fatigaba, estas cosas propias de la carne se le atribuyen junto con el cuerpo. Si, pues, lloró y se turbó, no fue el Logos, considerado en cuanto Logos, quien lloró y se turbó, sino que ello era propio de la carne; y si rogó que pasara el cáliz, tampoco fue la Divinidad la que sintió terror, sino que esta afección era asimismo propia de la humanidad. Y aunque son suyas, según las explicaciones precedentes, las palabras "¿Por qué me has desamparado?" —si bien Él nada padeció, pues el Logos era impasible—, así lo declaran, no obstante, los evangelistas; ya que el Señor se hizo hombre, y estas cosas se hacen y se dicen como por parte de un hombre, para que Él mismo aliviase estos mismos padecimientos de la carne y la librase de ellos. De ahí que tampoco pueda el Señor ser desamparado por el Padre, pues está siempre en el Padre, tanto antes de hablar como cuando profirió este clamor. Ni es lícito decir que sintió terror el Señor, ante quien se estremecieron los guardianes de las puertas del infierno y abrieron el infierno, los sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de santos resucitaron y se aparecieron a los suyos. Calle, pues, todo hereje y no ose atribuir terror al Señor, de quien huye la muerte como una serpiente, ante quien tiemblan los demonios y se agita el mar, por quien los cielos se rasgan y todas las potestades se conmueven. Pues he aquí que, cuando dice: "¿Por qué me has desamparado?", el Padre mostró que siempre, y aun entonces, estaba en Él: porque la tierra, al reconocer a su Señor que hablaba, tembló al punto; el velo se rasgó, el sol se oscureció, las rocas se partieron y los sepulcros, como he dicho, se abrieron, y los muertos que había en ellos resucitaron. Y, cosa admirable, quienes entonces estaban presentes y antes lo habían negado, al ver aquellos signos confesaron que "verdaderamente era el Hijo de Dios".

    Discurso 3, § 57

    57. Y en cuanto a su dicho: "Si es posible, pase de mí este cáliz", observa cómo, aun habiendo hablado así, reprendió a Pedro diciendo: "No pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres". Pues quiso aquello mismo que pedía que pasara, ya que para eso había venido; pero el querer era suyo —pues para ello vino—, mientras que el terror pertenecía a la carne. Por eso, en cuanto hombre profiere también estas palabras; y, sin embargo, ambas cosas fueron dichas por el Mismo, para mostrar que era Dios y que quería por sí mismo, pero que, al hacerse hombre, tenía una carne que sentía terror. Por causa de esta carne unió su propia voluntad a la debilidad humana, para que, destruyendo esta afección, hiciera a su vez al hombre intrépido ante la muerte. ¡He aquí, pues, algo verdaderamente extraordinario! Aquel a quien los enemigos de Cristo atribuyen palabras de terror hace, mediante ese llamado terror, que los hombres sean intrépidos y no tengan miedo. Y así, los bienaventurados Apóstoles, después de Él, concibieron por estas palabras suyas tal desprecio de la muerte que ni siquiera se inquietaron por quienes los interrogaban, sino que respondieron: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" [
    ]. Y los demás santos mártires tuvieron tal valentía que pensaban que más bien pasaban a la vida que sufrían la muerte. ¿No es, pues, desatinado admirar el valor de los siervos del Logos y decir, sin embargo, que el Logos mismo sintió terror, cuando por Él despreciaron ellos la muerte? Antes bien, el firmísimo propósito y el valor de los santos mártires muestran que no fue la Divinidad la que sintió terror, sino que el Salvador quitó nuestro terror. Pues así como abolió la muerte mediante la muerte, y con medios humanos todos los males humanos, así también mediante ese llamado terror apartó nuestro terror e hizo que los hombres no temiesen nunca más a la muerte. Sus palabras y sus obras concuerdan. Porque humanas fueron las palabras "Pase de mí este cáliz" y "¿Por qué me has desamparado?", y divina fue la obra por la que el Mismo hizo que el sol se oscureciera y los muertos resucitaran. De nuevo, dijo humanamente: "Ahora está turbada mi alma"; y dijo divinamente: "Tengo poder para entregar mi vida, y poder para volver a tomarla". Pues turbarse era propio de la carne, mientras que tener poder para entregar su vida y volver a tomarla cuando quisiera no era propiedad de los hombres, sino del poder del Logos. Porque el hombre muere no por su propio poder, sino por necesidad de la naturaleza y contra su voluntad; pero el Señor, siendo Él mismo inmortal, aunque tenía una carne mortal, poseía el poder, en cuanto Dios, de separarse del cuerpo y volver a tomarlo cuando quisiera. De esto habla también David en el salmo: "No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción". Pues convenía que la carne, corruptible como era, no permaneciese ya mortal según su propia naturaleza, sino que, por causa del Logos que se había revestido de ella, perdurase incorruptible. Porque así como Él, al venir en nuestro cuerpo, se conformó a nuestra condición, así nosotros, al recibirlo, participamos de la inmortalidad que procede de Él.

    Discurso 3, § 58

    58. Vano es, pues, el pretexto para escandalizarse, y mezquinas las ideas acerca del Logos de estos arriomaníacos, porque está escrito: "Se turbó" y "Lloró". Pues ni siquiera parecen poseer sensibilidad humana, si hasta tal punto desconocen la naturaleza y las propiedades del hombre; y estas no hacen sino acrecentar el asombro de que el Logos estuviera en una carne sometida a tales padecimientos y no impidiese a quienes conspiraban contra Él ni tomase venganza de quienes le daban muerte, aunque podía hacerlo: Él, que impidió morir a unos y resucitó a otros de entre los muertos. Y dejó padecer a su propio cuerpo, pues para eso vino, como dije antes: para padecer en la carne y que, de ahí en adelante, la carne fuese hecha impasible e inmortal; y para que, como muchas veces hemos dicho, los ultrajes y los demás sufrimientos recayesen sobre Él y no alcanzasen después a los demás, al haberlos Él anulado por completo; y para que, en adelante, los hombres permaneciesen para siempre incorruptibles, como templo del Logos. Si los enemigos de Cristo hubiesen meditado así estas cosas y reconocido el sentido general de la doctrina de la Iglesia como ancla de la fe, no habrían naufragado en la fe ni habrían tenido la desvergüenza de resistirse a quienes deseaban levantarlos de su caída y de tener por enemigos a quienes los exhortan a ser piadosos.
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