44. Por esta causa alude a los ángeles, pero no prosiguió diciendo: "Ni el Espíritu Santo"; antes bien, guardó silencio, dando con ello una doble indicación: primero, que si el Espíritu sabía, mucho más había de saber el Logos, considerado en cuanto Logos, de quien el Espíritu recibe; y, en segundo lugar, que, al guardar silencio acerca del Espíritu, dejó claro que dijo "No, ni el Hijo" refiriéndose a su ministerio humano. Y prueba de ello es que, después de hablar humanamente al decir "No, ni el Hijo lo sabe", muestra, sin embargo, que divinamente conocía todas las cosas. Pues de aquel Hijo de quien declara que no conoce el día, declara también que conoce al Padre; porque dice: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo [
]". Y todos, excepto los arrianos, convendrían en confesar que quien conoce al Padre conoce con mayor razón la creación entera y, con ella, su fin. Y si el Padre ha determinado ya el día y la hora, es evidente que los ha determinado por medio del Hijo, y que Él mismo conoce lo que por medio de Él ha sido determinado; pues nada existe que no haya venido a ser y haya sido determinado por medio del Hijo. Por tanto, siendo Él el Hacedor del universo, sabe de qué naturaleza, de qué magnitud y con qué límites quiso el Padre que fuese hecho; y en el cuánto y el hasta dónde está comprendida su duración. Asimismo, si todo lo que es del Padre es del Hijo —y esto lo ha dicho Él mismo [
]—, y es propio del Padre conocer el día, es evidente que también el Hijo lo conoce, pues tiene esto como propio recibido del Padre. Y, asimismo, si el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo, y el Padre conoce el día y la hora, está claro que el Hijo, estando en el Padre y conociendo las cosas del Padre, conoce también Él mismo el día y la hora. Y si el Hijo es asimismo la verdadera Imagen del Padre, y el Padre conoce el día y la hora, es evidente que el Hijo tiene también esta semejanza con el Padre: conocerlos. No es, pues, de admirar que aquel por quien fueron hechas todas las cosas, y en quien subsiste el universo, conozca Él mismo lo que ha venido a ser y cuándo llegará el fin de cada cosa y de todas juntas; lo admirable es, más bien, que esta audacia, tan conforme con la locura de los arriomaníacos, nos haya obligado a recurrir a una defensa tan larga. Pues, al colocar al Hijo de Dios, al Logos eterno, entre los seres creados, no están lejos de aventurarse a sostener que el Padre mismo es inferior a la creación; porque, si quien conoce al Padre no conoce el día ni la hora, temo que, según dirían ellos en su locura, el conocimiento de la creación, o más bien de su parte inferior, sea mayor que el conocimiento del Padre.