59. Pues Dios no solo los creó para que fueran hombres, sino que los llamó a ser hijos, como quien los había engendrado. Porque el término "engendró" expresa aquí, como en otros lugares, la condición de hijo, según dice por el Profeta: "Engendré hijos y los ensalcé"; y, en general, cuando la Escritura quiere significar que alguien es hijo, no lo hace con el término "creó", sino, sin duda alguna, con "engendró". Y esto parece decir Juan: "Les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su Nombre; los cuales fueron engendrados no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios [
]". También aquí se mantiene con cuidado la distinción, pues primero dice "llegar a ser", porque no son llamados hijos por naturaleza, sino por adopción; y después dice "fueron engendrados", porque también ellos habían recibido, al menos, el nombre de hijos. Pero el Pueblo, como dice el Profeta, "despreció" a su Bienhechor. En esto consiste la bondad de Dios para con el hombre: de aquellos de quienes es Hacedor llega después a ser también Padre según la gracia; llega a serlo, esto es, cuando los hombres, criaturas suyas, reciben en sus corazones, como dice el Apóstol, "el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre". Y estos son los que, habiendo recibido al Verbo, obtuvieron de Él potestad para llegar a ser hijos de Dios; pues, siendo criaturas por naturaleza, no podían llegar a ser hijos de otro modo que recibiendo el Espíritu del Hijo natural y verdadero. Por esta causa, para que ello fuese posible, "el Verbo se hizo carne", a fin de hacer al hombre capaz de la Divinidad. El mismo sentido puede hallarse también en el profeta Malaquías, que dice: "¿No nos creó un solo Dios? ¿No tenemos todos un solo Padre [
]?". Pues pone primero "creó" y luego "Padre", para mostrar, como los demás escritores, que desde el principio éramos criaturas por naturaleza y Dios es nuestro Creador por medio del Verbo; pero que después fuimos hechos hijos, y desde entonces Dios Creador llega a ser también nuestro Padre. Por tanto, "Padre" es propio del Hijo; y no "criatura", sino "Hijo", es propio del Padre. En consecuencia, también este pasaje demuestra que no somos hijos por naturaleza, sino que es el Hijo quien está en nosotros; y, asimismo, que Dios no es por naturaleza Padre nuestro, sino de aquel Verbo que está en nosotros, en quien y por quien "clamamos: Abba, Padre [
]". Y de igual manera el Padre llama hijos a aquellos en quienes ve a su propio Hijo, y dice: "Engendré", pues engendrar significa un hijo, mientras que hacer indica las obras. Así, no somos primero engendrados, sino hechos, porque está escrito: "Hagamos al hombre [
]"; pero después, al recibir la gracia del Espíritu, se dice que desde entonces también somos engendrados. Del mismo modo, el gran Moisés, con sentido apropiado, dice en su Cántico primero "adquirió" y después "engendró", no fuera a ser que, al oír "engendró", olvidasen su propia naturaleza originaria; antes bien, para que supiesen que desde el principio son criaturas y que, aun cuando por la gracia se diga que son engendrados como hijos, no por ello dejan de ser, como antes, obras según la naturaleza.