Cómo el Logos posee libre albedrío y, sin embargo, no es mudable. Su inmutabilidad, por ser la Imagen del Padre, se demuestra con textos de la Escritura
Discurso 1, § 35
35. En cuanto a su pregunta de si el Logos es mudable, huelga examinarla; basta con consignar lo que dicen para mostrar así su temeraria impiedad. Hasta qué punto juegan con las palabras se ve en las siguientes preguntas: "¿Tiene libre albedrío o no lo tiene? ¿Es bueno por elección de su libre albedrío y puede, si quiere, cambiar, siendo de naturaleza mudable? ¿O, como la madera o la piedra, carece de libertad de elección para moverse e inclinarse acá o allá?". Hablar y pensar así no es sino conforme a su herejía; pues, una vez que se han forjado para sí un Dios surgido de la nada y un Hijo creado, es natural que adopten también términos semejantes, como propios de una criatura. Pero cuando, en sus controversias con los hombres de la Iglesia, oyen hablar del verdadero y único Verbo del Padre y, con todo, se atreven a expresarse así acerca de Él, ¿no se convierte entonces su doctrina en la más abominable que pueda hallarse? ¿No basta el mero hecho de oírla, aun sin poder responder, para turbar a un hombre y hacer que se tape los oídos, atónito ante la novedad de lo que les oye decir, cuya sola mención es blasfemia? Pues, si el Logos es mudable y cambiante, ¿en qué estado permanecerá y cuál será el término de su desarrollo? ¿Cómo podrá lo mudable asemejarse al Inmutable? ¿Cómo habrá de considerarse que quien ha visto al mudable ha visto al Inmutable? ¿A qué estado tendrá que llegar Él para que podamos contemplar en Él al Padre? Porque es manifiesto que no veremos en todo tiempo al Padre en el Hijo, puesto que el Hijo está cambiando siempre y es de naturaleza mudable. El Padre, en efecto, es inmutable e invariable, y permanece siempre en un mismo estado, siendo siempre el mismo; pero si, como ellos sostienen, el Hijo es mudable y no siempre el mismo, sino de naturaleza siempre cambiante, ¿cómo puede ser tal Hijo la Imagen del Padre, si no posee la semejanza de su inmutabilidad? ¿Cómo puede estar verdaderamente en el Padre, si su voluntad es indeterminada? Es más, quizá, por ser mudable y progresar día tras día, todavía no sea perfecto. Pero ¡lejos de nosotros tal locura de los arrianos! Resplandezca la verdad y muestre que son insensatos. Pues ¿no ha de ser perfecto quien es igual a Dios? ¿Y no ha de ser inmutable quien es uno con el Padre y su Hijo, propio de su esencia? Y, siendo inmutable la esencia del Padre, inmutable ha de ser también la prole propia que de ella procede. Y si atribuyen calumniosamente mudanza al Logos, aprendan hasta qué punto está en peligro su propia razón; pues por el fruto se conoce el árbol. Por esto, quien ha visto al Hijo ha visto al Padre, y el conocimiento del Hijo es conocimiento del Padre.
Discurso 1, § 36
36. Por tanto, la Imagen del Dios inmutable ha de ser invariable; pues "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos []". Y David dice de Él en el Salmo: "Tú, Señor, en el principio pusiste los cimientos de la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, pero tú permaneces; todos envejecerán como un vestido. Y como un manto los plegarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán". Y el Señor mismo dice de sí por medio del Profeta: "Ved ahora que yo, yo soy él", y "Yo no cambio". Podría decirse, ciertamente, que lo aquí expresado se refiere al Padre; pero también conviene al Hijo decirlo, sobre todo porque, al hacerse hombre, manifiesta que sigue siendo el mismo e inmutable a quienes suponen que, por causa de la carne, ha cambiado y se ha vuelto otro distinto del que era. Más dignos de crédito son los santos, o mejor dicho, el Señor, que la perversidad de los impíos. Pues la Escritura, al dar a entender bajo los nombres de cielo y tierra, en el pasaje del Salterio antes citado, que la naturaleza de todas las cosas originadas y creadas es mudable y cambiante, y al exceptuar de ellas al Hijo, nos muestra con ello que Él no es en modo alguno una cosa creada; más aún, enseña que Él cambia todas las demás cosas, mientras que Él mismo no cambia, al decir: "Tú eres el mismo, y tus años no acabarán []". Y con razón; pues las cosas creadas, por proceder de la nada y no existir antes de su originación, puesto que en verdad llegan a existir después de no haber existido, tienen una naturaleza mudable; pero el Hijo, por proceder del Padre y ser propio de su esencia, es invariable e inmutable como el Padre mismo. Porque sería pecado decir que de aquella esencia inmutable fue engendrado un verbo mudable y una sabiduría cambiante. Pues ¿cómo seguiría siendo el Logos si fuese mudable? ¿O cómo podría ser Sabiduría lo que está sujeto a cambio? A no ser que, quizá, quieran considerarlo como un accidente en una esencia; esto es, como si en alguna esencia particular existiesen accidentalmente cierta gracia y cierto hábito de virtud, a los que se llama Verbo, Hijo y Sabiduría, y que pueden quitársele y añadírsele. Pues muchas veces han expresado esta opinión, pero esta no es la fe de los cristianos, porque no proclama que Él sea verdaderamente el Verbo y el Hijo de Dios, ni que la sabiduría a la que se alude sea la verdadera Sabiduría. Pues lo que se altera y cambia, y no permanece en un mismo estado, ¿cómo puede ser verdadero? Y, sin embargo, el Señor dice: "Yo soy la Verdad []". Si, pues, el Señor mismo habla así de sí y declara su inmutabilidad, y los santos la han aprendido y dan testimonio de ella, y si, más aún, nuestras concepciones de Dios la reconocen como conforme a la piedad, ¿de dónde sacaron estos hombres impíos tal novedad? La vomitaron de su corazón como de un foco de corrupción.
Capítulo 11. Explicación de textos; en primer lugar, Filipenses 2:9-10. Si las palabras "Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo" prueban que hubo una prueba moral y un progreso
Se argumenta en contra, primero, a partir de la fuerza de la palabra "Hijo", incompatible con tal interpretación. Luego se examina el pasaje. Sentido eclesial de "exaltó hasta lo sumo", "dio" y "por lo cual": se dicen con referencia a la humanidad de nuestro Señor. Sentido secundario: se alude a la "exaltación" del Verbo por la resurrección en el mismo sentido en que la Escritura habla de su descenso en la Encarnación; se muestra que la expresión no menoscaba la naturaleza del Verbo
Discurso 1, § 37
37. Pero, puesto que alegan los oráculos divinos y les imponen una interpretación errónea según su parecer particular, es necesario hacerles frente en la medida precisa para vindicar estos pasajes y mostrar que admiten un sentido ortodoxo y que nuestros adversarios yerran. Dicen, pues, que el Apóstol escribe: "Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo y le dio un Nombre que es sobre todo nombre, para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra []"; y David: "Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros". Entonces arguyen, como si dijeran algo agudo: "Si fue exaltado y recibió gracia en virtud de un "por lo cual", y en virtud de un "por lo cual" fue ungido, recibió el premio de su propósito; pero, habiendo obrado por propósito, su naturaleza es enteramente mudable". Esto es lo que Eusebio y Arrio se han atrevido a decir, más aún, a escribir; y sus partidarios no se retraen de hablar de ello en plena plaza pública, sin ver cuán insensato es el argumento que emplean. Pues si recibió como premio de su propósito lo que posee, y no lo habría poseído de no haberlo necesitado y de no haber presentado su obra para merecerlo, entonces, habiéndolo alcanzado por su virtud y su promoción, con razón habría sido llamado "por ello" Hijo y Dios, sin ser verdadero Hijo. Porque lo que procede de otro por naturaleza es verdadera prole, como Isaac lo fue de Abraham, José de Jacob y el resplandor del sol; pero los llamados hijos por virtud y por gracia tienen, en lugar de la naturaleza, tan solo una gracia adquirida, y son algo distinto del don mismo. Así sucede con los hombres que han recibido el Espíritu por participación, de quienes dice la Escritura: "Engendré y exalté hijos, y ellos se rebelaron contra mí". Y, por supuesto, puesto que no eran hijos por naturaleza, cuando mudaron les fue retirado el Espíritu y fueron desheredados; y de nuevo, si se arrepienten, aquel Dios que al principio les dio la gracia los recibirá, les dará luz y volverá a llamarlos hijos.
Discurso 1, § 38
38. Pero si dicen esto también del Salvador, se sigue que no es verdadero Dios ni verdadero Hijo, ni semejante al Padre, ni tiene en modo alguno a Dios por Padre de su ser según la esencia, sino solo por la gracia que le fue dada; y que, en cuanto a su ser según la esencia, tiene por Creador a Dios, a semejanza de todos los demás. Y, siendo tal como ellos sostienen, resultará manifiesto además que no tuvo desde el principio el nombre de "Hijo", si este fue el premio de las obras realizadas y de aquel mismo progreso que hizo cuando se volvió hombre y tomó la forma de siervo; sino que lo recibió entonces, cuando, después de hacerse "obediente hasta la muerte", fue, como dice el texto, "exaltado hasta lo sumo" y recibió aquel "Nombre" como gracia, "para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla []". ¿Qué era, pues, antes de esto, si solo entonces fue exaltado, solo entonces comenzó a ser adorado y solo entonces fue llamado Hijo, al hacerse hombre? Pues parece que no elevó en absoluto la carne, sino que más bien fue él mismo elevado por medio de ella, si, según la perversidad de ellos, fue exaltado y llamado Hijo cuando se hizo hombre. ¿Qué era, pues, antes de esto? Es preciso volver a plantearles la pregunta, para que se comprenda adónde conduce su doctrina impía. Porque si el Señor es Dios, Hijo y Verbo, pero no era ninguna de estas cosas antes de hacerse hombre, o bien era algo distinto de ellas y después llegó a participar de ellas por causa de su virtud, como hemos dicho; o bien tendrán que aceptar la otra alternativa —¡recaiga sobre sus propias cabezas!—: que no existía antes de aquel tiempo, sino que es enteramente hombre por naturaleza y nada más. Pero este no es el sentir de la Iglesia, sino el del samosatense y de los judíos de hoy. ¿Por qué, entonces, si piensan como judíos, no se circuncidan también con ellos, en vez de fingirse cristianos mientras son enemigos del cristianismo? Pues si no existía o, aun existiendo, solo después fue elevado, ¿cómo fueron hechas por él todas las cosas, o cómo se complacía en él el Padre [], si no era perfecto? Y él, por su parte, si ha sido elevado ahora, ¿cómo se regocijaba antes en presencia del Padre? Y si recibió la adoración después de morir, ¿cómo se ve a Abraham adorarlo en la tienda, y a Moisés en la zarza? ¿Y cómo, según vio Daniel, lo servían miríadas de miríadas y millares de millares? Y si, como dicen, ha recibido ahora su promoción, ¿cómo pudo el propio Hijo mencionar la gloria que era suya antes del mundo y por encima de él, cuando dijo: "Glorifícame tú, oh Padre, con la gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese []"? Si, como dicen, fue exaltado entonces, ¿cómo pudo antes "inclinar los cielos y descender" y, asimismo, "dar el Altísimo su trueno"? Por tanto, si aun antes de ser hecho el mundo el Hijo poseía aquella gloria, y era Señor de la gloria y el Altísimo, y descendió del cielo y ha de ser adorado siempre, se sigue que no recibió promoción por haber descendido, sino que él mismo elevó aquello que necesitaba ser elevado; y si descendió para elevarlo, no recibió, pues, como premio el nombre de Hijo y de Dios, sino que él mismo nos hizo hijos del Padre y divinizó a los hombres al hacerse él mismo hombre.
Discurso 1, § 39
39. Por tanto, no era hombre y después se hizo Dios, sino que era Dios y después se hizo hombre, y ello para divinizarnos. Pues si solo al hacerse hombre fue llamado Hijo y Dios, mientras que antes de hacerse hombre Dios llamaba hijos al pueblo antiguo e hizo de Moisés un dios para el faraón —y la Escritura dice de muchos: "Dios está en la asamblea de los dioses"—, es evidente que fue llamado Hijo y Dios después que ellos. ¿Cómo, entonces, son todas las cosas por medio de él, y él anterior a todas? ¿O cómo es "primogénito de toda la creación", si antes que él hay otros llamados hijos y dioses? ¿Y cómo es que esos primeros partícipes no participan del Verbo? Esta opinión no es verdadera; es una invención de quienes entre nosotros judaízan hoy. Porque, en tal caso, ¿cómo podría nadie conocer a Dios como Padre suyo? Pues no podría haber adopción sin el verdadero Hijo, que dice: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo []". ¿Y cómo podría haber divinización aparte del Verbo y antes de él? Sin embargo, él dice a sus hermanos los judíos: "Si llamó dioses a aquellos a quienes vino el Verbo de Dios []". Y si todos los llamados hijos y dioses, ya estén en la tierra o en el cielo, fueron adoptados y divinizados por medio del Verbo, y el Hijo mismo es el Verbo, es evidente que todos lo son por medio de él, y que él mismo es anterior a todos; más aún, que solo él es verdadero Hijo y solo él es verdadero Dios procedente del Dios verdadero, sin recibir estas prerrogativas como premio de su virtud ni ser algo distinto de ellas, sino siendo todo esto por naturaleza y según la esencia. Pues es prole de la esencia del Padre, de modo que no cabe dudar de que, a semejanza del Padre inmutable, también el Verbo es inmutable.
Discurso 1, § 40
40. Hasta aquí hemos opuesto a sus desvaríos irracionales las verdaderas nociones implicadas en la palabra "Hijo", tal como el Señor mismo nos la ha dado. Pero convendrá citar ahora los oráculos divinos, para que queden aún más plenamente demostradas tanto la inmutabilidad del Hijo y de su naturaleza, que es la del Padre, como la perversidad de ellos. El Apóstol, escribiendo a los Filipenses, dice: "Tened entre vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús; el cual, siendo en forma de Dios, no consideró como presa codiciable ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres. Y, hallado en su condición como hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo y le dio un Nombre que es sobre todo nombre, para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre []". ¿Puede haber algo más claro y expreso que esto? No fue promovido desde un estado inferior; antes bien, existiendo como Dios, tomó forma de siervo y, al tomarla, no fue promovido, sino que se humilló a sí mismo. ¿Dónde hay aquí, pues, premio alguno a la virtud, o qué progreso y promoción en la humillación? Porque si, siendo Dios, se hizo hombre, y, descendiendo de lo alto, se dice todavía que fue exaltado, ¿a dónde es exaltado, siendo Dios? Siendo además manifiesto que, puesto que Dios es el más alto de todos, su Verbo ha de ser necesariamente el más alto también. ¿A dónde, pues, podría ser exaltado más arriba quien está en el Padre y es semejante al Padre en todas las cosas? Por tanto, no necesita adición alguna, ni es tal como los arrianos lo imaginan. Pues aunque está escrito que el Verbo descendió para ser exaltado, ¿qué necesidad tenía de humillarse como si buscase lo que ya poseía? ¿Y qué gracia recibió quien es el Dador de la gracia? ¿O cómo recibió para ser adorado aquel Nombre, quien siempre es adorado por su Nombre? Antes bien, ya antes de hacerse hombre los escritores sagrados lo invocan: "Sálvame, oh Dios, por tu Nombre"; y también: "Unos ponen su confianza en carros, y otros en caballos; mas nosotros nos acordaremos del Nombre del Señor, nuestro Dios". Y mientras era adorado por los Patriarcas, acerca de los Ángeles está escrito: "Adórenlo todos los Ángeles de Dios []".
Discurso 1, § 41
41. Y si, como dice David en el salmo setenta y uno, "su Nombre permanece antes del sol y antes de la luna, de generación en generación", ¿cómo recibió lo que siempre había poseído, aun antes de recibirlo ahora? ¿O cómo es exaltado quien antes de su exaltación era el Altísimo? ¿O cómo recibió el derecho a ser adorado quien, antes de recibirlo ahora, siempre fue adorado? No es un dicho oscuro, sino un misterio divino. "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios"; pero después, por nosotros, "el Verbo se hizo carne". Y la expresión de que se trata, "exaltó hasta lo sumo", no significa que fuese exaltada la esencia del Verbo, pues él siempre fue y es "igual a Dios []", sino que la exaltación corresponde a la humanidad. Por ello, esto no se dice antes de que el Verbo se hiciese carne, para que quedase claro que "humillado" y "exaltado" se dicen de su naturaleza humana; pues donde hay condición humilde, allí puede haber también exaltación. Y si por haber tomado carne está escrito que "se humilló", es evidente que también por ella se dice que fue "exaltado hasta lo sumo". Pues de esto tenía necesidad la naturaleza del hombre, a causa de la humilde condición de la carne y de la muerte. Así pues, puesto que el Verbo, siendo Imagen del Padre e inmortal, tomó forma de siervo y, como hombre, sufrió por nosotros la muerte en su carne, para ofrecerse así por nosotros al Padre mediante la muerte, por ello también se dice que, como hombre, fue exaltado hasta lo sumo a causa nuestra y por nosotros: para que, así como por su muerte todos morimos en Cristo, también en el mismo Cristo fuésemos exaltados hasta lo sumo, resucitando de entre los muertos y ascendiendo al cielo, "adonde Jesús entró por nosotros como precursor; no en las figuras de las cosas verdaderas, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora por nosotros ante Dios". Pero si ahora Cristo ha entrado por nosotros en el cielo mismo, aunque ya antes y siempre fue Señor y Hacedor de los cielos, por nosotros, pues, se escribe acerca de esta exaltación presente. Y así como él mismo, que santifica a todos, dice también que se santifica a sí mismo para el Padre por nosotros, no para que el Verbo se vuelva santo, sino para santificarnos él mismo en sí a todos nosotros, del mismo modo debemos entender la expresión presente, "lo exaltó hasta lo sumo": no que él mismo hubiese de ser exaltado, pues es el Altísimo, sino para que llegase a ser justicia para nosotros, para que nosotros fuésemos exaltados en él y pudiésemos entrar por las puertas del cielo, que también él nos abrió, mientras los que iban delante decían: "Alzad vuestras puertas, oh príncipes, y elevaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria". Pues tampoco aquí estaban cerradas para él las puertas, siendo Señor y Hacedor de todas las cosas, sino que también esto está escrito por nosotros, para quienes estaba cerrada la puerta del paraíso. Por ello, en referencia a su condición humana, a causa de la carne que llevaba, se dice de él: "Alzad vuestras puertas" y "entrará", como si entrase un hombre; pero, en referencia a su condición divina, se dice de él, puesto que "el Verbo era Dios", que es el "Señor" y el "Rey de la gloria". Esta exaltación nuestra la anunció de antemano el Espíritu en el salmo ochenta y nueve, diciendo: "Y en tu justicia serán exaltados, porque tú eres la gloria de su fuerza". Y si el Hijo es la Justicia, no es exaltado por necesitarlo él mismo, sino que somos nosotros quienes somos exaltados en esa Justicia que es él [].
Discurso 1, § 42
42. Del mismo modo, las palabras "le dio" no están escritas por causa del Verbo mismo; pues aun antes de hacerse hombre era adorado, como hemos dicho, por los Ángeles y por toda la creación, en virtud de ser propio del Padre; sino que también esto está escrito de él a causa nuestra y por nosotros. Pues así como Cristo murió y fue exaltado como hombre, así también se dice que, como hombre, recibe lo que, como Dios, siempre poseyó, para que incluso semejante concesión de gracia llegase hasta nosotros. Porque el Verbo no sufrió menoscabo al recibir un cuerpo, de modo que tuviese que buscar una gracia; antes bien, divinizó aquello de que se revistió y, más aún, lo "dio" graciosamente al linaje humano. Pues así como siempre era adorado por ser el Verbo y existir en forma de Dios, así también, siendo lo que siempre fue, aunque se hizo hombre y fue llamado Jesús, tiene no menos a toda la creación bajo sus pies: todos doblan la rodilla ante él en este Nombre y confiesan que el hacerse carne el Verbo y padecer la muerte en la carne no sucedió en menoscabo de la gloria de su Divinidad, sino "para gloria de Dios Padre". Pues gloria del Padre es que el hombre, una vez hecho y luego perdido, sea hallado de nuevo; y que, estando muerto, sea vivificado y se convierta en templo de Dios. Porque, mientras las potestades celestiales, tanto Ángeles como Arcángeles, siempre adoraron al Señor, como ahora lo adoran en el Nombre de Jesús, nuestra gracia y exaltación suma consisten en que, aun después de hacerse hombre, el Hijo de Dios es adorado, y las potestades celestiales no se asombrarán al ver que todos nosotros, que somos de un mismo cuerpo con él, somos introducidos en sus moradas. Y esto no habría sucedido si aquel que existía en forma de Dios no hubiese tomado forma de siervo y no se hubiese humillado, entregando su cuerpo a la muerte.
Discurso 1, § 43
43. Ved, pues, cómo lo que los hombres juzgaron necedad de Dios a causa de la Cruz ha llegado a ser lo más honrado de todas las cosas. Pues en ella está reservada nuestra resurrección; y ya no solo Israel, sino en adelante todas las naciones, como predijo el Profeta, abandonan sus ídolos y reconocen al Dios verdadero, Padre de Cristo. Y el engaño de los demonios ha sido reducido a la nada, y solo aquel que es verdaderamente Dios es adorado en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo. Pues el hecho de que el Señor, aun después de venir en cuerpo humano y de ser llamado Jesús, fuese adorado y reconocido como Hijo de Dios, y de que por medio de él fuese conocido el Padre, muestra, como se ha dicho, que no fue el Verbo, considerado en cuanto Verbo, quien recibió tan grande gracia, sino nosotros. Porque, por nuestra unión con su Cuerpo, también nosotros nos hemos convertido en templo de Dios y, en consecuencia, somos hechos hijos de Dios; de modo que ahora el Señor es adorado incluso en nosotros, y quienes lo contemplan declaran, como dice el Apóstol, que Dios está verdaderamente en ellos. Así dice también Juan en el Evangelio: "A cuantos lo recibieron les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios []"; y en su Epístola escribe: "En esto conocemos que él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado []". Y también es prueba de su bondad para con nosotros que, mientras nosotros fuimos exaltados porque el Señor Altísimo está en nosotros, y por causa nuestra se dice que le fue dada la gracia, ya que el Señor que dispensa la gracia se hizo hombre como nosotros, él, por su parte, el Salvador, se humilló al tomar "nuestro cuerpo de humillación []" y tomó forma de siervo, revistiéndose de aquella carne que estaba esclavizada al pecado. Él, ciertamente, nada ha obtenido de nosotros para su propia promoción, pues el Verbo de Dios nada necesita y está lleno de todo; antes bien, nosotros fuimos elevados por él, pues él es la "Luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo []". Y en vano insisten los arrianos en la conjunción "por lo cual", porque Pablo ha dicho: "Por lo cual Dios lo exaltó hasta lo sumo". Pues al decir esto no dio a entender premio alguno a la virtud ni promoción por un progreso, sino la causa por la cual nos fue concedida la exaltación. ¿Y cuál es esta causa sino que aquel que existía en forma de Dios, el Hijo de un Padre noble, se humilló y se hizo siervo en lugar nuestro y por nosotros? Porque, si el Señor no se hubiese hecho hombre, no habríamos sido redimidos de los pecados ni resucitados de entre los muertos, sino que permaneceríamos muertos bajo tierra; ni habríamos sido exaltados hasta el cielo, sino que yaceríamos en el Hades. Por causa nuestra, pues, y en nuestro favor se dicen las palabras "exaltó hasta lo sumo" y "le dio".
Discurso 1, § 44
44. Este considero, pues, que es el sentido de este pasaje, y un sentido muy conforme al de la Iglesia. Sin embargo, hay otro modo de entenderlo que expresa el mismo sentido por una vía paralela: que, aunque no habla de la exaltación del Verbo mismo en cuanto Verbo —pues él es, como acabamos de decir, el Altísimo y semejante a su Padre—, sí indica, por razón de haberse hecho hombre, su resurrección de entre los muertos. Pues, después de decir "se humilló a sí mismo hasta la muerte", añadió inmediatamente "por lo cual lo exaltó hasta lo sumo", queriendo mostrar que, aunque se dice que murió como hombre, siendo la Vida fue exaltado al resucitar; porque "el que descendió es el mismo que también volvió a subir". Descendió en el cuerpo y volvió a subir porque era Dios mismo en el cuerpo. Y esta es, asimismo, la razón por la cual, según este sentido, introdujo la conjunción "por lo cual": no para señalar un premio a la virtud ni a un progreso, sino para indicar la causa de la resurrección y por qué, mientras todos los demás hombres, desde Adán hasta ahora, han muerto y permanecido muertos, solo él resucitó de entre los muertos con plena integridad. La causa es esta, que él mismo ya nos enseñó: que, siendo Dios, se hizo hombre. Pues todos los demás hombres, por ser meramente nacidos de Adán, murieron, y la muerte reinó sobre ellos; pero él, el segundo Hombre, es del cielo, porque "el Verbo se hizo carne []", y de este Hombre se dice que es del cielo y celestial porque el Verbo descendió del cielo; por lo cual no quedó sujeto a la muerte. Pues aunque se humilló, entregando su propio Cuerpo a la muerte por ser este capaz de morir, fue exaltado desde la tierra porque era el Hijo de Dios en un cuerpo. Así, lo que aquí se dice, "por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo", corresponde a las palabras de Pedro en los Hechos: "A quien Dios resucitó, desatando las ligaduras de la muerte, porque no era posible que esta lo retuviese []". Pues así como Pablo escribió: "Puesto que, siendo en forma de Dios, se hizo hombre y se humilló hasta la muerte, por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo", así también Pedro dice: "Puesto que, siendo Dios, se hizo hombre, y sus señales y prodigios demostraron a quienes lo contemplaban que era Dios, no era posible que la muerte lo retuviese". Al hombre no le era posible lograr esto, pues la muerte es propia del hombre; por lo cual el Verbo, siendo Dios, se hizo carne, para que, muerto en la carne, vivificase a todos los hombres por su propio poder.
Discurso 1, § 45
45. Pero, puesto que se dice que él mismo fue "exaltado" y que Dios "le dio", y los herejes consideran esto un defecto o una afección en la esencia del Verbo, es necesario explicar cómo se emplean estas palabras. Se dice que fue exaltado desde las profundidades de la tierra porque también a él se le atribuye la muerte. Ambas cosas se tienen por suyas, puesto que fue su Cuerpo, y no el de otro, el que fue levantado de entre los muertos y llevado al cielo. Y, asimismo, siendo suyo el Cuerpo y no siendo el Verbo ajeno a él, es natural que, cuando el Cuerpo fue exaltado, se dijese que él, como hombre, fue exaltado por causa del cuerpo. Si, pues, no se hizo hombre, que no se diga esto de él; pero si el Verbo se hizo carne, necesariamente han de atribuírsele la resurrección y la exaltación, como en el caso de un hombre, para que la muerte que se le atribuye sea redención del pecado de los hombres y abolición de la muerte, y para que la resurrección y la exaltación permanezcan seguras para nosotros por causa de él. En ambos respectos ha dicho de él: "Dios lo exaltó hasta lo sumo" y "Dios le dio"; para mostrar, además, con ello, que no fue el Padre quien se hizo carne, sino su Verbo, quien se hizo hombre y recibe del Padre a la manera de los hombres, y por él es exaltado, como se ha dicho. Y es evidente, ni nadie lo discutiría, que cuanto da el Padre, lo da por medio del Hijo. Y esto es, en verdad, admirable y sobrecogedor: que se diga que el Hijo mismo recibe la gracia que él da de parte del Padre, y que el Hijo mismo sea exaltado con la exaltación que él concede de parte del Padre. Pues aquel que es el Hijo de Dios se hizo él mismo Hijo del Hombre; y, en cuanto Verbo, da de parte del Padre, porque todo cuanto el Padre hace y da, lo hace y dispensa por medio de él; y, en cuanto Hijo del Hombre, se dice que él mismo recibe a la manera de los hombres lo que de él procede, porque su Cuerpo no es de otro, sino suyo, y es, como se ha dicho, receptor natural de la gracia. Pues la recibió en la medida en que fue exaltada su naturaleza humana; y esa exaltación consistió en ser divinizada. Pero el Verbo mismo siempre poseyó tal exaltación según la Divinidad y la perfección del Padre, que eran suyas.
Capítulo 12. Explicación de textos; en segundo lugar, Salmo 45:7, 8. Si las palabras "por tanto", "ungido", etc., implican que el Logos ha recibido una recompensa
Se argumenta en contra, primero, a partir de la palabra "compañeros" o "partícipes". Es ungido con el Espíritu en su humanidad para santificar la naturaleza humana. Por eso el Espíritu descendió sobre Él en el Jordán, cuando estaba en la carne. Y se dice que se santifica a sí mismo por nosotros y que nos da la gloria que ha recibido. La palabra "por lo cual" implica su divinidad. "Has amado la justicia", etc., no implican prueba ni elección
Discurso 1, § 46
46. Tal explicación de las palabras del Apóstol confuta a los impíos; y lo que dice el poeta sagrado admite asimismo el mismo sentido ortodoxo, que ellos tergiversan, pero que en el salmista es manifiestamente piadoso. Dice, pues: "Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos; cetro de justicia es el cetro de tu Reino. Has amado la justicia y aborrecido la iniquidad; por eso Dios, el Dios tuyo, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros". Mirad, oh arrianos, y reconoced también por esto la verdad. El cantor habla de todos nosotros como "compañeros" o "partícipes" del Señor; pero, si Él fuera uno de los seres que proceden de la nada y perteneciera a las cosas creadas, Él mismo sería uno de los que participan. Mas, puesto que lo ha ensalzado como Dios eterno, diciendo: "Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos", y ha declarado que todas las demás cosas participan de Él, ¿qué conclusión hemos de sacar sino que Él es distinto de las cosas creadas y que solo Él es el verdadero Verbo, Resplandor y Sabiduría del Padre, de quien participan todos los seres creados, santificados por Él en el Espíritu? Por eso se dice aquí que es "ungido", no para que llegue a ser Dios, pues ya lo era antes; ni para que llegue a ser Rey, pues poseía eternamente el Reino, existiendo como Imagen de Dios, según muestra el oráculo sagrado; sino que esto está escrito en favor nuestro, como antes se ha dicho. Porque los reyes de Israel, al ser ungidos, llegaron entonces a ser reyes, sin serlo antes, como David, Ezequías, Josías y los demás; el Salvador, por el contrario, siendo Dios y reinando siempre en el Reino del Padre, y siendo Él mismo quien da el Espíritu Santo, es, no obstante, llamado aquí ungido para que, como antes, al decirse que, en cuanto hombre, fue ungido con el Espíritu, nos procurase a los hombres no solo la exaltación y la resurrección, sino también la inhabitación y la intimidad del Espíritu. Y para expresar esto, el Señor mismo dijo por su propia boca en el Evangelio según Juan: "Yo los he enviado al mundo, y por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad". Al decir esto, ha mostrado que no es el santificado, sino el Santificador; pues no es santificado por otro, sino que Él mismo se santifica a sí mismo para que nosotros seamos santificados en la verdad. Quien se santifica a sí mismo es Señor de la santificación. ¿Cómo sucede, pues, esto? ¿Qué quiere decir sino lo siguiente? "Yo, que soy el Verbo del Padre, al hacerme hombre me doy a mí mismo el Espíritu; y a mí mismo, hecho hombre, me santifico en Él, para que de aquí en adelante, en mí, que soy la Verdad (pues «tu Verbo es verdad» ), todos sean santificados".
Discurso 1, § 47
47. Si, pues, por nosotros se santifica a sí mismo, y lo hace cuando se ha hecho hombre, es del todo manifiesto que el descenso del Espíritu sobre Él en el Jordán fue un descenso sobre nosotros, porque llevaba nuestro cuerpo. Y no tuvo lugar para promover al Logos, sino, una vez más, para nuestra santificación, a fin de que participásemos de su unción y pudiera decirse de nosotros: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros []?". Porque, cuando el Señor, en cuanto hombre, fue lavado en el Jordán, fuimos nosotros quienes fuimos lavados en Él y por Él. Y cuando recibió el Espíritu, fuimos nosotros quienes, por Él, llegamos a recibirlo. Y por esta razón, además, no fue ungido con aceite como Aarón, David o los demás, sino de otro modo, más que todos sus compañeros, "con óleo de alegría", que Él mismo interpreta como el Espíritu, diciendo por el profeta: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido []"; como también ha dicho el Apóstol: "Cómo Dios lo ungió con el Espíritu Santo []". ¿Cuándo, pues, se dijeron de Él estas cosas sino cuando vino en la carne, fue bautizado en el Jordán y el Espíritu descendió sobre Él? Y, ciertamente, el Señor mismo dijo: "El Espíritu tomará de lo mío"; y: "Yo lo enviaré"; y a sus discípulos: "Recibid el Espíritu Santo". Y, no obstante, de Aquel que, como Verbo y Resplandor del Padre, da a los demás, se dice ahora que es santificado, porque ahora se ha hecho hombre y suyo es el cuerpo que es santificado. De Él, pues, hemos comenzado a recibir la unción y el sello, como dice Juan: "Y vosotros tenéis la unción del Santo"; y el Apóstol: "Y fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa". Por tanto, a causa de nosotros y para nosotros se dicen estas palabras. ¿Qué progreso, pues, debido a una promoción, y qué recompensa de la virtud o, en general, de la conducta, queda probado por esto en el caso de nuestro Señor? Porque si no hubiera sido Dios y después hubiese llegado a ser Dios, si, sin ser Rey, hubiese sido elevado al Reino, vuestro razonamiento tendría alguna tenue apariencia de verosimilitud. Pero si es Dios y el trono de su Reino es eterno, ¿de qué manera podría Dios progresar? ¿O qué le faltaba a quien estaba sentado en el trono de su Padre? Y si, como ha dicho el Señor mismo, el Espíritu es suyo, toma de lo suyo y Él lo envía, no es el Logos, considerado como Logos y Sabiduría, quien es ungido con el Espíritu que Él mismo da, sino la carne asumida por Él, la cual es ungida en Él y por Él; para que la santificación que viene al Señor en cuanto hombre llegue de Él a todos los hombres. Porque el Espíritu, dice Él, no habla por sí mismo, sino que es el Logos quien lo da a los dignos. Pues esto es semejante al pasaje considerado antes: así como el Apóstol ha escrito: "Quien, existiendo en forma de Dios, no consideró un premio ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo", así David celebra al Señor como Dios y Rey eterno, pero enviado a nosotros y revestido de nuestro cuerpo mortal. Este es, en efecto, el sentido de sus palabras en el salmo: "Todos tus vestidos exhalan mirra, áloe y casia"; y así lo muestran Nicodemo y las compañeras de María, cuando aquel vino trayendo "una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras", y estas [; ] llevaron "las especias aromáticas que habían preparado" para la sepultura del cuerpo del Señor.
Discurso 1, § 48
48. ¿Qué progreso fue, pues, para el Inmortal asumir lo mortal? ¿O qué promoción es para el Eterno revestirse de lo temporal? ¿Qué recompensa puede ser grande para el Dios y Rey eterno que está en el seno del Padre? ¿No veis que también esto se hizo y se escribió a causa de nosotros y para nosotros, para que el Señor, hecho hombre, nos hiciera inmortales a nosotros, que somos mortales y temporales, y nos introdujera en el reino eterno de los cielos? ¿No os avergonzáis de proferir mentiras contra los oráculos divinos? Porque, cuando nuestro Señor Jesucristo estuvo entre nosotros, ciertamente fuimos nosotros los que fuimos elevados, al ser rescatados del pecado; pero Él es el mismo, y no cambió al hacerse hombre —para repetir lo que he dicho—, sino que, como está escrito, "el Logos de Dios permanece para siempre". Ciertamente, así como antes de hacerse hombre Él, el Logos, dispensaba a los santos el Espíritu como suyo propio, así también, hecho hombre, santifica a todos por el Espíritu y dice a sus discípulos: "Recibid el Espíritu Santo". Y se lo dio a Moisés y a los otros setenta; y por Él rogó David al Padre, diciendo: "No apartes de mí tu Espíritu Santo". Por otra parte, hecho hombre, dijo: "Os enviaré al Paráclito, el Espíritu de verdad []"; y lo envió Él, el Logos de Dios, porque es fiel. Por tanto, "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos []": permanece inmutable y a un tiempo da y recibe; da como Verbo de Dios y recibe como hombre. No es, pues, el Logos, considerado como Logos, quien es promovido, porque tenía todas las cosas y las tiene siempre; sino los hombres, que en Él y por Él comienzan a recibirlas. Porque, cuando ahora se dice que es ungido en cuanto hombre, somos nosotros quienes en Él somos ungidos; como también, cuando Él es bautizado, somos nosotros quienes en Él somos bautizados. Mas sobre todas estas cosas arroja mucha luz el Salvador cuando dice al Padre: "Y la gloria que me diste, yo se la he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno []". Por nosotros, pues, pidió la gloria, y por nosotros se emplean las palabras "tomó", "dio" y "lo exaltó sobremanera": para que nosotros tomásemos, para que a nosotros se nos diese y para que fuésemos exaltados en Él; como también por nosotros se santifica a sí mismo, para que nosotros seamos santificados en Él.
Discurso 1, § 49
49. Pero si, para sus propios fines, se aprovechan de la expresión "por lo cual", relacionada con el pasaje del salmo: "Por lo cual Dios, el Dios tuyo, te ha ungido", sepan estos novicios en la Escritura y maestros en la impiedad que, como antes, la expresión "por lo cual" no implica una recompensa por la virtud o la conducta del Logos, sino que indica la razón por la que descendió hasta nosotros y por la que tuvo lugar en Él, por nosotros, la unción del Espíritu. Pues no dice: "Por lo cual te ungió para que llegases a ser Dios, Rey, Hijo o Verbo"; porque ya lo era antes y lo es para siempre, como se ha mostrado; sino más bien: "Puesto que eres Dios y Rey, por eso fuiste ungido, ya que nadie sino Tú podía unir al hombre con el Espíritu Santo: Tú, la Imagen del Padre, en la cual fuimos hechos desde el principio; pues tuyo es también el Espíritu". Porque la naturaleza de los seres creados no podía ofrecer garantía alguna de ello, habiendo transgredido los ángeles y desobedecido los hombres. Por lo cual era necesario Dios, y el Logos es Dios, para que Él mismo pusiera en libertad a quienes habían caído bajo maldición. Si, pues, hubiese procedido de la nada, no habría sido el Cristo, esto es, el Ungido, por ser uno entre otros y participar como los demás. Pero, puesto que es Dios por ser Hijo de Dios, es Rey eterno y existe como Resplandor e Impronta [] del Padre, por eso es, con razón, el Cristo esperado, a quien el Padre anuncia a los hombres mediante la revelación hecha a sus santos profetas; para que, así como por Él hemos llegado a existir, también en Él sean redimidos todos los hombres de sus pecados, y por Él sean gobernadas todas las cosas. Y esta es la causa de la unción que tuvo lugar en Él y de la presencia encarnada del Logos; el salmista, que la previó, celebra primero su Divinidad y su Reino, que es el del Padre, con estas palabras: "Tu trono, oh Dios, es por los siglos de los siglos; cetro de justicia es el cetro de tu Reino"; y luego anuncia así su descenso hasta nosotros: "Por lo cual Dios, el Dios tuyo, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros".
Discurso 1, § 50
50. ¿Qué hay de sorprendente, qué de increíble, en que del Señor que da el Espíritu se diga aquí que Él mismo es ungido con el Espíritu, cuando, por exigirlo la necesidad, no rehusó llamarse inferior al Espíritu en lo tocante a su humanidad? Porque, cuando los judíos decían que expulsaba los demonios por Beelzebub, les respondió, para poner al descubierto su blasfemia: "Pero si yo por el Espíritu de Dios expulso los demonios []". Ved cómo el Dador del Espíritu dice aquí que expulsa los demonios por el Espíritu; pero esto no se dice sino a causa de su carne. Pues, como la naturaleza humana no es capaz por sí misma de expulsar los demonios, sino solo por el poder del Espíritu, dijo en cuanto hombre: "Pero si yo por el Espíritu de Dios expulso los demonios". Naturalmente, también dio a entender que la blasfemia contra el Espíritu Santo es más grave que la dirigida contra su humanidad, cuando dijo: "A cualquiera que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonada"; como aquellos que decían: "¿No es este el hijo del carpintero?". Pero quienes blasfeman contra el Espíritu Santo y atribuyen al diablo las obras del Logos recibirán un castigo ineludible. Esto dijo el Señor a los judíos en cuanto hombre; mas a los discípulos, para mostrarles su Divinidad y su majestad, y darles a entender que no era inferior al Espíritu, sino igual a Él, les dio el Espíritu y dijo: "Recibid el Espíritu Santo", y "Yo lo envío", y "Él me glorificará", y "Todo cuanto oiga, eso hablará". Así pues, como en este pasaje el Señor mismo, Dador del Espíritu, no rehúsa decir que por el Espíritu expulsa los demonios en cuanto hombre, de igual modo Él, el mismo Dador del Espíritu, no rehusó decir: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido []", en razón de haberse hecho carne, como ha dicho Juan; para que por ambas cosas quedase de manifiesto que somos nosotros quienes necesitamos la gracia del Espíritu para nuestra santificación y quienes, asimismo, somos incapaces de expulsar los demonios sin el poder del Espíritu. ¿Por medio de quién y de quién, pues, convenía que fuese dado el Espíritu, sino por medio del Hijo, a quien pertenece también el Espíritu? ¿Y cuándo llegamos a ser capaces de recibirlo, sino cuando el Verbo se hizo hombre? Y así como el pasaje del Apóstol muestra que no habríamos sido redimidos ni exaltados sobremanera si Aquel que existe en forma de Dios no hubiese tomado forma de siervo, así también David muestra que de ningún otro modo habríamos participado del Espíritu ni sido santificados, si el Dador del Espíritu, el Logos mismo, no hubiese hablado de sí como ungido con el Espíritu por nosotros. Y por eso lo hemos recibido con seguridad, al decirse que Él fue ungido en la carne; pues, santificada primero la carne en Él, y diciéndose que Él, en cuanto hombre, recibió el Espíritu por causa de ella, tenemos como consecuencia la gracia del Espíritu, al recibir "de su plenitud []".
Discurso 1, § 51
51. Tampoco las palabras "Has amado la justicia y aborrecido la iniquidad", añadidas en el salmo, muestran, como suponéis una vez más, que la naturaleza del Logos sea mudable; antes bien, por su misma fuerza significan su inmutabilidad. Porque, siendo mudable la naturaleza de los seres creados, y habiendo transgredido una parte y desobedecido la otra, como se ha dicho, no es seguro cómo obrarán; antes bien, sucede a menudo que quien ahora es bueno cambia después y se vuelve distinto, de suerte que quien hace un momento era justo pronto resulta injusto. Por eso también aquí era necesario alguien inmutable, para que los hombres tuviesen la inmutabilidad de la justicia del Logos como imagen y modelo de virtud. Y esta idea se impone con fuerza a quienes piensan rectamente. Pues, como el primer hombre, Adán, cambió y por el pecado entró la muerte en el mundo, convenía que el segundo Adán fuese inmutable; para que, si la Serpiente volvía a acometer, aun el engaño de la Serpiente quedase frustrado y, permaneciendo el Señor inmutable e inalterable, la Serpiente resultase impotente en su acometida contra todos. Porque así como, cuando Adán transgredió, su pecado alcanzó a todos los hombres, así también, cuando el Señor se hizo hombre y derribó a la Serpiente, esa gran fuerza suya ha de extenderse a todos los hombres, de modo que cada uno de nosotros pueda decir: "Pues no ignoramos sus maquinaciones []". Con razón, pues, el Señor, que por naturaleza es siempre inmutable y ama la justicia y aborrece la iniquidad, debía ser ungido y enviado Él mismo, para que, siendo y permaneciendo el mismo, al tomar esta carne mudable, "condenase en ella el pecado" y asegurase su libertad y su capacidad de "cumplir la justicia de la ley" en sí misma de aquí en adelante, de manera que pudiera decir: "Pero nosotros no estamos en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en nosotros []".
Discurso 1, § 52
52. En vano, pues, también aquí, oh arrianos, habéis hecho esta conjetura, y en vano habéis aducido las palabras de la Escritura; porque el Logos de Dios es inmutable y permanece siempre en un mismo estado, no según le sobrevenga, sino como el Padre; pues ¿cómo sería semejante al Padre si no fuese así? ¿O cómo sería también del Hijo todo cuanto es del Padre si no poseyese la inmutabilidad y la inalterabilidad del Padre? No ama una cosa y aborrece la otra como quien está sujeto a leyes y se inclina hacia un lado; no sea que, si escoge aquella por temor de caer, admitamos que también en otros aspectos es mudable. Antes bien, como Dios y Verbo del Padre, es juez justo y amante de la virtud, o más bien quien la dispensa. Por tanto, siendo justo y santo por naturaleza, se dice por esta razón que ama la justicia y aborrece la iniquidad; lo cual equivale a decir que ama y escoge a los virtuosos, y rechaza y aborrece a los injustos. Y la divina Escritura dice lo mismo del Padre: "El Señor justo ama la justicia; Tú aborreces a todos los que obran iniquidad", y "El Señor ama las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob"; y "A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí []"; y en Isaías se oye de nuevo la voz de Dios, que dice: "Yo, el Señor, amo la justicia y aborrezco el robo hecho con iniquidad []". Expliquen, pues, aquellas primeras palabras como estas últimas; porque las primeras están escritas también acerca de la Imagen de Dios. De otro modo, si tergiversan aquellas como estas, concebirán que también el Padre es mudable. Pero, puesto que no deja de entrañar peligro el mero hecho de oír a otros decir esto, hacemos bien en pensar que se dice que Dios ama la justicia y aborrece el robo hecho con iniquidad, no como si estuviese inclinado hacia un lado y fuese capaz de lo contrario, de modo que pudiera escoger esto último y no elegir lo primero —pues tal cosa es propia de los seres creados—, sino porque, como juez, ama y acoge a los justos y se aparta de los malos. De ello se sigue que hemos de pensar lo mismo acerca de la Imagen de Dios: que no ama ni aborrece sino de este modo. Pues la naturaleza de la Imagen ha de ser tal como la de su Padre, aunque los arrianos, en su ceguera, no acierten a ver ni esa Imagen ni ninguna otra verdad de los oráculos divinos. Porque, expulsados de las concepciones, o más bien de los errores, de sus propios corazones, recurren a pasajes de la divina Escritura, y tampoco aquí, por falta de entendimiento, según su costumbre, disciernen su sentido; antes bien, erigiendo su propia impiedad en una suerte de canon de interpretación, tuercen todos los oráculos divinos para acomodarlos a ella. Y así, ante la mera mención de tal doctrina, no merecen otra respuesta que esta: "Erráis, porque no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios []"; y, si persisten en ella, habrá que hacerlos callar con estas palabras: "Dad al hombre lo que es del hombre, y a Dios lo que es de Dios".