16. Pedro, pues, habiendo aprendido esto del Salvador, corrigió a los judíos en ambos puntos, diciendo: «Oh judíos, las divinas Escrituras anuncian la venida de Cristo, y vosotros lo tenéis por un mero hombre, uno de los descendientes de David; pero lo que de Él está escrito muestra que no es tal como decís, sino que lo anuncia como Señor y Dios, inmortal y dispensador de vida. Porque Moisés dijo: "Verás tu Vida pendiente ante tus ojos". Y David, en el salmo centésimo noveno: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies"; y en el decimoquinto: "No dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción". Que estos pasajes no se refieren a David lo atestigua él mismo, al reconocer que aquel que había de venir era su propio Señor. Más aún: vosotros mismos sabéis que David murió y que sus restos están entre vosotros. Confesaréis, pues, sin dificultad que el Cristo ha de ser tal como dicen las Escrituras. Porque aquellos anuncios proceden de Dios, y no puede haber falsedad en ellos. Si podéis afirmar que antes ha venido alguien semejante y demostrar por las señales y prodigios que obró que era Dios, tenéis razón para sostener la disputa; pero si no podéis probar su venida y todavía esperáis a alguien así, reconoced por Daniel el tiempo verdadero, pues sus palabras se refieren al tiempo presente. Y si este tiempo presente es el que fue anunciado antiguamente, y habéis visto lo sucedido entre nosotros, tened por cierto que este Jesús a quien crucificasteis es el Cristo esperado. Porque David y todos los Profetas murieron, y los sepulcros de todos están entre vosotros; pero la Resurrección que ahora ha tenido lugar ha mostrado que estos pasajes se refieren a Jesús. Pues la crucifixión está indicada por "Verás tu Vida pendiente", y la herida del costado causada por la lanza corresponde a "Como oveja fue llevado al matadero [
]"; y la resurrección, más aún, el levantamiento de los antiguos muertos de sus sepulcros —pues muchos de vosotros los habéis visto—, eso es lo que significan "No dejarás mi alma en el Hades", "Él destruyó la muerte con poder [
]" y, asimismo, "Dios enjugará". Porque las señales que efectivamente tuvieron lugar muestran que quien estaba en un cuerpo era Dios, y también la Vida y el Señor de la muerte. Pues convenía que el Cristo, al dar vida a otros, no fuese Él mismo retenido por la muerte; pero esto no habría podido suceder si, como suponéis, hubiese sido un mero hombre. En verdad, es el Hijo de Dios, pues todos los hombres están sujetos a la muerte. Que nadie dude, por tanto, sino que toda la casa de Israel sepa con certeza que este Jesús, a quien visteis en figura de hombre obrar señales y obras como nadie había hecho jamás, es Él mismo el Cristo y Señor de todos. Pues, aunque se hizo hombre y recibió el nombre de Jesús, como antes dijimos, no sufrió menoscabo alguno por aquel padecimiento humano; antes bien, al hacerse hombre, se manifestó como Señor de vivos y muertos. Porque, como dijo el Apóstol, "ya que el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría en la sabiduría de Dios, plugo a Dios salvar a los creyentes por la insensatez de la predicación [
]". Y así, puesto que nosotros, los hombres, no quisimos reconocer a Dios por medio de su Verbo ni servir al Logos de Dios, nuestro Señor por naturaleza, plugo a Dios mostrar en un hombre su propio señorío y atraer de este modo a todos los hombres hacia sí. Pero no convenía hacer esto por medio de un mero hombre, no fuese que, teniendo por Señor a un hombre, nos convirtiésemos en adoradores de un hombre. Por eso el Verbo mismo se hizo carne, y el Padre le dio el nombre de Jesús, y así "lo hizo" Señor y Cristo; como si dijera: "Lo hizo para que dominase y reinase", a fin de que, mientras toda rodilla se dobla ante el nombre de Jesús, a quien vosotros crucificasteis, reconozcamos como Señor y Rey tanto al Hijo como, por medio de Él, al Padre.»