IX, índice
Lo que sigue es el contenido del libro noveno de la Refutación de todas las herejías:—
Cuál es la blasfema insensatez de Noeto, y que se entregó a los dogmas de Heráclito el Oscuro, no a los de Cristo.
Y cómo Calisto, mezclando la herejía de Cléomenes, discípulo de Noeto, con la de Teódoto, construyó otra herejía más novedosa, y cuál fue la vida de este (hereje).
Cuál fue la reciente llegada (a Roma) del extraño espíritu Elchasai, y que su aparente adhesión a la ley sirvió de ocultamiento de sus errores peculiares, cuando en realidad se entrega a los dogmas de los gnósticos, o incluso de los astrólogos, y a las artes de la hechicería.
Cuáles son las costumbres de los judíos, y cuántas diversidades de opinión hay (entre ellos).
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Habiendo, pues, mantenido un prolongado conflicto acerca de todas las herejías quienes, en todo caso, no hemos dejado ninguna sin refutar, queda ahora detrás la mayor empresa, a saber, exponer y refutar las herejías que han surgido en nuestros propios días, con las cuales ciertos hombres ignorantes y presuntuosos han intentado dispersar a la Iglesia y han introducido la mayor confusión entre todos los fieles por todo el mundo. Pues parece conveniente que nosotros, atacando la opinión que constituye la fuente principal de los males (contemporáneos), probemos cuáles son los principios originantes de esta (opinión), a fin de que sus ramificaciones, al hacerse de notoriedad general, sean convertidas en objeto de desprecio universal.
Origen de la herejía de Noeto; Cléomenes, su discípulo; su aparición en Roma durante los episcopados de Zefirino y Calisto; el noetianismo combatido en Roma por Hipólito
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Ha aparecido uno, de nombre Noeto, y de nacimiento natural de Esmirna. Este personaje introdujo una herejía sacada de los dogmas de Heráclito. Ahora bien, cierto hombre llamado Epígono se convierte en su servidor y discípulo, y este personaje, durante su estancia en Roma, diseminó su impía opinión. Pero Cléomenes, que había llegado a ser su discípulo, extraño tanto por su manera de vivir como por sus costumbres a la Iglesia, solía corroborar la doctrina (noetiana). En aquel tiempo, Zefirino se imagina que administra los asuntos de la Iglesia —hombre ignorante y vergonzosamente corrompido. Y él, persuadido por la ganancia que se le ofrecía, solía disimular para con los que estaban presentes con el propósito de llegar a ser discípulos de Cléomenes. Pero (Zefirino) mismo, siendo con el tiempo seducido, se precipitó de cabeza en las mismas opiniones; y tenía a Calisto como su consejero y copartícipe en la defensa de estos perversos dogmas. Mas la vida de éste (Calisto), y la herejía por él inventada, la explicaré un poco después. La escuela de estos herejes durante la sucesión de tales obispos, continuó adquiriendo fuerza y aumento, por el hecho de que Zefirino y Calisto les ayudaron a prevalecer. Sin embargo, jamás en ningún tiempo hemos sido culpables de connivencia con ellos; sino que con frecuencia les hemos opuesto resistencia, y los hemos refutado, y los hemos obligado de mala gana a reconocer la verdad. Y ellos, avergonzados y constreñidos por la verdad, han confesado sus errores por un breve período, pero poco después se revuelcan una vez más en el mismo cieno.
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Mas, puesto que hemos expuesto la sucesión de su genealogía, parece conveniente que a continuación expliquemos también la depravada enseñanza contenida en sus doctrinas. Con este fin aduciremos primero las opiniones expuestas por Heráclito «el Oscuro,» y a continuación pondremos de manifiesto cuáles son las partes de estas opiniones que son de origen heraclitiano. Estas partes de su sistema sus actuales defensores no advierten que pertenecen al «Oscuro» filósofo, sino que imaginan que pertenecen a Cristo. Pero si acaso se topasen con las siguientes observaciones, tal vez así quedarían confundidos e inducidos a desistir de esta impía blasfemia suya. Ahora bien, aunque la opinión de Heráclito ha sido expuesta por nosotros anteriormente en los Philosophumena, no obstante, parece conveniente también ahora poner lado a lado, en contraste, los dos sistemas, a fin de que, con esta refutación más estrecha, sean claramente instruidos. Me refiero a los seguidores de este (hereje), que se imaginan ser discípulos de Cristo, cuando en realidad no lo son, sino del «Oscuro.»
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Heráclito dice, pues, que el universo es uno, divisible e indivisible; engendrado e ingénito; mortal e inmortal; razón, eternidad; Padre, Hijo y justicia, Dios. «Pues quienes no me escuchan a mí, sino a la doctrina, es sabio que reconozcan que todas las cosas son una,» dice Heráclito; y porque no todos conocen o confiesan esto, profiere una reprensión más o menos en estos términos: «La gente no comprende cómo lo diverso coincide (sin embargo) consigo mismo, al igual que la armonía inversa de un arco y una lira.» Pero que la Razón existe siempre, en cuanto que constituye el universo y en cuanto que penetra todas las cosas, lo afirma de esta manera. «Mas respecto de esta Razón, que existe siempre, los hombres están continuamente carentes de entendimiento, tanto antes de haber oído de ella como al oírla por primera vez. Pues aunque todas las cosas acontecen según esta Razón, parecen personas sin ninguna experiencia de ella. Y aun así intentan palabras y obras de la descripción que yo estoy explicando, haciendo una división según la naturaleza y declarando cómo son las cosas.» Y que un Hijo es el universo y por edades sin fin rey eterno de todas las cosas, lo afirma así: «Un niño que juega, moviendo sus dados, es la eternidad; el reino es de un niño.» Y que el Padre de todas las cosas que han sido engendradas es criatura ingénita que es creador, oigamos a Heráclito afirmarlo con estas palabras: «La contrariedad es progenitora de todas las cosas y rey de todas; y a unos los exhibió como dioses, pero a otros como hombres, e hizo a unos esclavos, mientras que a otros libres.» Y (afirma asimismo) que hay una armonía, como en un arco y una lira. Que la armonía oscura (es mejor), aunque desconocida e invisible para los hombres, lo afirma con estas palabras: «Una armonía oscura es preferible a una evidente.» Elogia y admira, por encima de lo conocido, lo desconocido e invisible en cuanto a su potencia. Y que la armonía visible para los hombres, y no imposible de ser descubierta, es mejor, lo afirma con estas palabras: «Cuantas cosas son objetos de visión, oído e inteligencia, ésas honro de manera preeminente,» dice; es decir, prefiere las cosas visibles a las invisibles. De tales expresiones suyas es fácil comprender el espíritu de su filosofía. «Los hombres,» dice, «se engañan en cuanto al conocimiento de las cosas manifiestas de manera semejante a Homero, que fue más sabio que todos los griegos. Pues incluso unos niños que mataban alimañas lo engañaron cuando dijeron: 'Lo que hemos visto y atrapado, eso dejamos atrás; mientras que lo que ni hemos visto ni atrapado, eso nos llevamos.'»
Juicio de Heráclito sobre Hesíodo; paradojas de Heráclito; su escatología; la herejía de Noeto de origen heraclitiano; opinión de Noeto sobre el nacimiento y la pasión de nuestro Señor
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De esta manera Heráclito asigna a lo visible una igualdad de posición y de honor con lo invisible, como si lo visible y lo invisible fueran confesadamente una sola cosa. Pues dice: «Una armonía oscura es preferible a una evidente;» y: «Cuantas cosas son objetos de visión, oído e inteligencia,» es decir, de los órganos (corpóreos) — «ésas,» dice, «honro de manera preeminente,» no (en esta ocasión, aunque sí anteriormente), habiendo honrado de manera preeminente las cosas invisibles. Por tanto, ni la oscuridad, ni la luz, ni el mal, ni el bien, afirma Heráclito, son diferentes, sino una y la misma cosa. En todo caso, censura a Hesíodo porque no conoció el día y la noche. Pues el día, dice, y la noche son uno, expresándose de algún modo así: «Ahora bien, el maestro de una vasta cantidad de información es Hesíodo, y la gente supone que este poeta posee un acervo sumamente grande de saber, y sin embargo no conoció (la naturaleza de) el día y la noche, pues son uno.» En cuanto tanto a lo bueno como a lo malo, (son, según Heráclito, asimismo) uno. «Los médicos, sin duda,» dice Heráclito, «cuando hacen incisiones y cauterizan, aunque en todo respecto torturan inicuamente al enfermo, se quejan de no recibir remuneración adecuada de sus pacientes, no obstante que realizan estas operaciones salutíferas sobre las enfermedades.» Y lo recto y lo torcido son, dice, lo mismo. «El camino es recto y curvo de los cardadores de lana;» y el movimiento circular de un instrumento en el taller del batanero llamado «tornillo» es recto y curvo, pues gira hacia arriba y circularmente al mismo tiempo. «Una y la misma,» dice, «son, por tanto, lo recto y lo curvo.» Y lo de arriba y lo de abajo, dice, son uno y lo mismo. «El camino hacia arriba y el camino hacia abajo son el mismo.» Y dice que lo sucio y lo puro son uno y lo mismo, y lo potable y lo no apto para beber son uno y lo mismo. «El mar,» dice, «es agua muy pura y muy sucia, potable para los peces sin duda, y salutífera para ellos, pero no apta para ser usada como bebida por los hombres, y (para ellos) perniciosa.» Y, confesadamente, afirma que lo inmortal es mortal, y que lo mortal es inmortal, con las siguientes expresiones: «Los inmortales son mortales, y los mortales son inmortales, es decir, cuando los unos derivan la vida de la muerte, y los otros la muerte de la vida.» Y afirma también que hay una resurrección de esta carne palpable en la que hemos nacido; y sabe que Dios es la causa de esta resurrección, expresándose de esta manera: «A los que están aquí Dios les permitirá levantarse y llegar a ser guardianes de vivos y muertos.» Y asimismo afirma que un juicio del mundo y de todas las cosas que hay en él acontece por el fuego, expresándose así: «Ahora bien, el trueno pilota todas las cosas,» es decir, las dirige las, queriendo decir con el trueno el fuego eterno. Pero también afirma que este fuego está dotado de inteligencia y es causa de la administración del universo, y lo denomina ansia y saciedad. Ahora bien, el ansia es, según él, la ordenación del mundo, mientras que la saciedad, su destrucción. «Pues,» dice él, «el fuego, viniendo sobre la tierra, juzgará y se apoderará de todas las cosas.»
Pero en este capítulo Heráclito explica a la vez toda la peculiaridad de su modo de pensar, y al mismo tiempo la (cualidad característica) de la herejía de Noeto. Y he demostrado brevemente que Noeto no es discípulo de Cristo, sino de Heráclito. Pues este filósofo afirma que el mundo primitivo es él mismo el Demiurgo y creador de sí mismo en el siguiente pasaje: «Dios es día, noche; invierno, verano; guerra, paz; hartura, hambre.» Todas las cosas son contrarias —éste parece ser su sentido—, pero se produce una alteración, del mismo modo que si el incienso se mezclara con otras clases de incienso, pero se denominara según la sensación placentera producida por cada clase. Ahora bien, es evidente para todos que los insensatos sucesores de Noeto y los defensores de su herejía, aun cuando no hayan sido oyentes de los discursos de Heráclito, no obstante, al menos cuando adoptan las opiniones de Noeto, reconocen sin disimulo estos dogmas (heraclitanos). Pues aducen afirmaciones de esta manera: que uno y el mismo Dios es el Creador y Padre de todas las cosas; y que, cuando le plugo, sin embargo apareció (aunque invisible) a los hombres justos de la antigüedad. Pues cuando no es visto, es invisible; y es incomprensible cuando no quiere ser comprendido, pero comprensible cuando es comprendido. Por lo cual, según la misma razón, es invencible y vencible, ingénito y engendrado, inmortal y mortal. ¿Cómo no se ha de probar que las personas que sostienen opiniones de esta descripción son discípulos de Heráclito? ¿Acaso no se anticipó (Heráclito) el Oscuro a Noeto en la construcción de un sistema de filosofía, según modos de expresión idénticos?
Ahora bien, que Noeto afirma que el Hijo y el Padre son lo mismo, nadie lo ignora. Pero hace su afirmación así: «Cuando, pues, ciertamente, el Padre no había nacido aún, sin embargo era con justicia llamado Padre; y cuando le plugo someterse a la generación, habiendo sido engendrado, Él mismo se convirtió en su propio Hijo, no en el de otro.» Pues de esta manera piensa establecer la soberanía de Dios, alegando que Padre e Hijo, así llamados, son una y la misma (sustancia), no un individuo producido a partir de otro diferente, sino Él mismo de Él mismo; y que es llamado con el nombre de Padre e Hijo, según la vicisitud de los tiempos. Mas que Él es uno que ha aparecido (entre nosotros), habiéndose sometido a la generación de una virgen, y como hombre habiendo conversado entre los hombres. Y, a causa del nacimiento que había tenido lugar, se confesó ante los que lo contemplaban Hijo, sin duda; pero no ocultó a los que podían comprenderlo su ser Padre. Que esta persona sufrió al ser fijada al madero, y que encomendó su espíritu a sí mismo, habiendo muerto en apariencia, y no estando (en realidad) muerto. Y se resucitó a sí mismo al tercer día, después de haber sido sepultado en un sepulcro, herido con una lanza y perforado con clavos. Cléomenes afirma, de común acuerdo con su grupo de seguidores, que esta persona es Dios y Padre del universo, y así introduce entre muchos una oscuridad (de pensamiento) como la que hallamos en la filosofía de Heráclito.
Conducta de Calisto y Zefirino en el asunto del noetianismo; opinión declarada de Zefirino acerca de Jesucristo; desaprobación de Hipólito; por ser un acontecimiento contemporáneo, Hipólito es competente para explicarlo
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Calisto intentó confirmar esta herejía: hombre astuto para la maldad y sutil en lo tocante al engaño, y a quien una ambición inquieta impulsaba a ascender al trono episcopal. Ahora bien, este hombre moldeó a su propósito a Zefirino, individuo ignorante e iletrado y poco versado en las definiciones eclesiásticas. Y como Zefirino era accesible al soborno y codicioso, Calisto, atrayéndole con presentes y con exigencias ilícitas, pudo seducirlo hacia cualquier curso de acción que le pluguiera. Y así fue como Calisto logró inducir a Zefirino a crear continuamente disturbios entre los hermanos, mientras él mismo cuidaba después, con palabras pícaras, de atraer a ambas facciones a su benevolencia. Y, en un momento, a los que tenían opiniones verdaderas les alegaba en privado que sostenían doctrinas semejantes a las suyas, y así los hacía sus víctimas engañadas; mientras que en otro momento actuaba de modo semejante hacia los que abrazaban los principios de Sabelio. Pero Calisto pervirtió al propio Sabelio, y esto aun teniendo capacidad de rectificar el error de este hereje. Pues durante nuestra amonestación Sabelio no mostró obstinación; pero mientras permaneció a solas con Calisto, fue inducido a recaer en el sistema de Cleómenes por este mismo Calisto, quien alega que sostiene opiniones semejantes a las de Cleómenes. Sabelio, sin embargo, no percibió entonces la pícarería de Calisto; pero después llegó a advertirla, como narraré en breve.
Ahora bien, Calisto hizo comparecer al propio Zefirino y lo indujo a declarar públicamente los siguientes sentimientos: «Sé que hay un solo Dios, Jesucristo; y no conozco, fuera de Él, a ningún otro que sea engendrado y susceptible de padecimiento.» Y en otra ocasión, cuando hacía la siguiente declaración: «El Padre no murió, sino el Hijo.» Zefirino de este modo continuaba manteniendo incesante perturbación entre el pueblo. Y nosotros, advirtiendo sus sentimientos, no le cedimos, sino que lo reprobamos y nos le opusimos por amor a la verdad. Y él se precipitó de cabeza en la necedad, porque todos consentían su hipocresía —aunque nosotros, empero, no lo hicimos— y nos llamó adoradores de dos dioses, vomitando, sin coacción alguna, el veneno que se ocultaba en su interior. Nos parecería deseable exponer la vida de este hereje, ya que nació por el mismo tiempo que nosotros, para que, con la exposición de las costumbres de una persona de tal índole, la herejía que él intentaba establecer pueda conocerse fácilmente y, acaso, sea tenida por necia por quienes están dotados de inteligencia. Este Calisto llegó a ser «mártir» en la época en que Fusciano era prefecto de Roma, y el modo de su «martirio» fue el siguiente.
Historia personal de Calisto; su oficio de banquero; fraude contra Carpóforo; fuga de Calisto; tentativa de suicidio; condenado al molino; nueva condena por orden del prefecto Fusciano; desterrado a Cerdeña; liberación de Calisto por intervención de Marción; llegada de Calisto a Roma; el papa Víctor traslada a Calisto a Ancio; regreso de Calisto a la muerte de Víctor; Zefirino le es favorable; Calisto acusado por Sabelio; relato de Hipólito sobre las opiniones de Calisto; la escuela calistiana en Roma y sus prácticas; esta secta existe en tiempos de Hipólito
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Calisto era casualmente esclavo doméstico de un tal Carpóforo, varón fiel perteneciente a la casa del César. A este Calisto, por ser de la fe, Carpóforo le confió no poca cantidad de dinero y le ordenó que produjera ganancias con el negocio de la banca. Y él, recibiendo el dinero, probó un banco en lo que se llama la Piscina Pública. Y con el tiempo le fueron confiados no pocos depósitos de viudas y hermanos, so pretexto de depositar su dinero con Carpóforo. Calisto, sin embargo, se alzó con todo el dinero que se le había confiado y cayó en dificultades pecuniarias. Y después de haber practicado tal conducta, no faltó quien se lo dijera a Carpóforo, y éste declaró que le pediría cuentas. Calisto, al percibir estas cosas y sospechar peligro de su amo, huyó a escondidas, dirigiendo su fuga hacia el mar. Y hallando en Portus una nave pronta a zarpar, subió a bordo con intención de navegar adondequiera que estuviera destinada. Pero ni aun así pudo evitar ser descubierto, pues no faltó quien comunicara a Carpóforo lo sucedido. Pero Carpóforo, conforme a la información recibida, se dirigió al punto al puerto de Portus y se esforzó por subir aprisa a la nave tras Calisto. La barca, sin embargo, estaba anclada en medio del puerto; y como el batelero era lento en sus movimientos, Calisto, que estaba en la nave, tuvo tiempo de divisar a su amo a lo lejos. Y sabiendo que inevitablemente sería capturado, se volvió temerario de su vida; y, considerando desesperada su situación, se arrojó al mar. Pero los marineros saltaron a las barcas y lo sacaron, sin que él quisiera salir, mientras los de la orilla prorrumpían en grandes gritos. Y así Calisto fue entregado a su amo, llevado a Roma, y su amo lo encerró en el Pistrinum.
Pero, al correr el tiempo, como suele suceder en tales casos, los hermanos acudieron a Carpóforo y le suplicaron que liberara del castigo al siervo fugitivo, alegando que Calisto reconocía tener dinero a su favor en poder de ciertas personas. Pero Carpóforo, varón piadoso, dijo que era indiferente respecto de su propia propiedad, pero que le inquietaban los depósitos; pues muchos derramaban lágrimas al decirle que habían entregado lo que habían confiado a Calisto, so pretexto de depositar el dinero en él mismo. Y Carpóforo cedió a sus persuasiones y dio orden de liberar a Calisto. Éste, sin embargo, no teniendo nada que pagar y no pudiendo de nuevo huir, por estar vigilado, urdió un artificio con el que esperaba hallar la muerte. Ahora bien, fingiendo que acudía a sus acreedores, se apresuró en su día de sábado a la sinagoga de los judíos, que estaban congregados, se plantó en medio y provocó un alboroto entre ellos. Ellos, turbados por él, le infirieron ultrajes y golpes, y lo arrastraron ante Fusciano, prefecto de la ciudad. Y, preguntados por la causa de tal trato, respondieron en estos términos: «Los romanos nos han concedido el privilegio de leer públicamente nuestras leyes, que nos fueron transmitidas por nuestros padres. Este individuo, sin embargo, entrando en nuestro lugar de culto, nos lo impidió creando un alboroto entre nosotros, alegando que es cristiano.» Y Fusciano se hallaba a la sazón en el tribunal; y al manifestar su indignación contra Calisto por lo declarado por los judíos, no faltó quien fuera a informar a Carpóforo de estos hechos. Y éste, acudiendo apresuradamente al tribunal del prefecto, exclamó: «Te suplico, mi señor Fusciano, no creas a este individuo; pues no es cristiano, sino que busca ocasión de muerte, habiendo hecho desaparecer una cantidad de mi dinero, como probaré.» Los judíos, sin embargo, suponiendo que esto era un estratagema, como si Carpóforo pretendiera con ese pretexto liberar a Calisto, con mayor enemistad clamaron contra él en presencia del prefecto. Fusciano, con todo, se dejó mover por estos judíos y, habiendo azotado a Calisto, lo entregó para ser enviado a una mina en Cerdeña.
Pero al cabo de un tiempo, habiendo en aquel lugar otros mártires, Marcia, concubina de Cómodo, mujer amante de Dios y deseosa de realizar alguna buena obra, invitó a su presencia al bienaventurado Víctor, que era a la sazón obispo de la Iglesia, y le preguntó qué mártires había en Cerdeña. Y él le entregó los nombres de todos, pero no dio el nombre de Calisto, conociendo los actos a los que se había atrevido. Marcia, habiendo obtenido su petición de Cómodo, entrega la carta de emancipación a Jacinto, cierto eunuco ya bastante avanzado en edad. Y él, al recibirla, navegó a Cerdeña y, habiendo entregado la carta a quien a la sazón era gobernador del territorio, logró que los mártires fueran liberados, a excepción de Calisto. Pero Calisto mismo, postrándose de rodillas y llorando, suplicó que también él pudiera obtener la libertad. Jacinto, pues, vencido por la importunidad del cautivo, pide al gobernador que le conceda la libertad, alegando que de Marcia se le había dado permiso a él para liberar a Calisto, y que él dispondría que no hubiera riesgo en ello para el gobernador. Y éste fue persuadido y liberó también a Calisto. Y cuando éste llegó a Roma, Víctor se afligió sobremanera por lo sucedido; pero, como era hombre compasivo, no tomó medida alguna al respecto. No obstante, precaviéndose del reproche de muchos —pues los atentados de este Calisto no eran sucesos lejanos— y porque Carpóforo continuaba aún hostil, Víctor envía a Calisto a fijar su morada en Ancio, habiéndole asignado cierta mesada para alimento. Y después de la muerte de Víctor, Zefirino, habiendo tenido a Calisto como colaborador en el gobierno de su clero, le mostró respeto en daño propio; y trasladando a éste desde Ancio, lo puso al frente del cementerio.
Y Calisto, que tenía costumbre de asociarse siempre con Zefirino y, como ya he dicho, de prestarle servicio hipócrita, puso de manifiesto, por fuerza del contraste, que Zefirino era persona incapaz de formar juicio de lo que se decía y de discernir el designio de Calisto, el cual solía conversar con Zefirino sobre temas que daban satisfacción a éste. Así, tras la muerte de Zefirino, suponiendo que había obtenido lo que con tanto afán perseguía, excomulgó a Sabelio, por no tener opiniones ortodoxas. Obró así por temor de mí e imaginando que de este modo podría borrar la acusación contra él entre las iglesias, como si no tuviera opiniones extrañas. Era entonces un impostor y un bribón, y con el tiempo arrastró consigo a muchos. Y teniendo hasta veneno incrustado en su corazón, sin formar opinión correcta sobre asunto alguno, y avergonzándose sin embargo de decir la verdad, este Calisto, no sólo por decirnos públicamente en son de reproche: «Vosotros sois diteístas», sino también por ser acusado frecuentemente por Sabelio de haber transgredido su primera fe, ideó una herejía como la siguiente. Calisto alega que el Verbo mismo es Hijo y que Él mismo es Padre; y que, aunque designado con un título diferente, en realidad es un solo espíritu indivisible. Y sostiene que el Padre no es una persona y el Hijo otra, sino que son uno y el mismo; y que todas las cosas están llenas del Espíritu divino, tanto las de arriba como las de abajo. Y afirma que el Espíritu, que se encarnó en la virgen, no es distinto del Padre, sino uno y el mismo. Y añade que esto es lo que fue declarado por el Salvador: «¿No creéis que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?» [] Pues lo que se ve, que es el hombre, considera que es el Hijo; mientras que el Espíritu, que estaba contenido en el Hijo, que es el Padre. «Pues», dice Calisto, «no profesaré creer en dos dioses, Padre e Hijo, sino en uno. Pues el Padre, que subsistía en el Hijo mismo, después de haber tomado nuestra carne, la elevó a la naturaleza de la Deidad, uniéndola consigo, y la hizo una; de modo que Padre e Hijo han de llamarse un solo Dios, y esta Persona, siendo una, no puede ser dos.» Y de este modo Calisto sostiene que el Padre padeció juntamente con el Hijo; pues no quiere afirmar que el Padre padeció y es una sola Persona, cuidándose de evitar la blasfemia contra el Padre. (¡Cuán cuidadoso es!) Individuo insensato y pícaro, que improvisa blasfemias en todas direcciones, sólo para no parecer que habla contra la verdad, y no se avergüenza de verse traicionado ora en el principio de Sabelio, ora en la doctrina de Teódoto.
El impostor Calisto, habiéndose atrevido a tales opiniones, estableció una escuela de teología en oposición a la Iglesia, adoptando el sistema de enseñanza antes expuesto. Y primero inventó el artificio de mostrarse indulgente con los hombres en sus placeres sensuales, diciendo que todos recibían de él el perdón de sus pecados. Pues quien suele asistir a la congregación de cualquier otro y es llamado cristiano, si comete alguna transgresión, el pecado, dicen, no le es imputado, con tal que se apresure a adherirse a la escuela de Calisto. Y muchas personas se complacían con esa norma, por tener herida la conciencia y haber sido a la vez rechazadas por numerosas sectas; y también algunos de ellos, conforme a nuestra sentencia condenatoria, habían sido expulsados por la fuerza de la Iglesia. Tales discípulos se pasaron a estos seguidores de Calisto y sirvieron para llenar su escuela. Éste propuso la opinión de que, si un obispo era culpable de algún pecado, incluso un pecado de muerte [], no debía ser depuesto. Por el tiempo de este hombre, los obispos, presbíteros y diáconos que se habían casado dos y hasta tres veces empezaron a ser tolerados en su puesto entre el clero. Y si además alguno en las órdenes sagradas contraía matrimonio, Calisto permitía que tal persona continuara en las órdenes sagradas como si no hubiera pecado. Y en justificación alega que lo dicho por el Apóstol fue declarado en referencia a esta persona: «¿Quién eres tú para juzgar al siervo ajeno?» [] Pero afirmó que asimismo la parábola de la cizaña se dice en referencia a este mismo: «Dejad que la cizaña crezca juntamente con el trigo» []; o, en otras palabras, dejad que los que en la Iglesia son culpables de pecado permanezcan en ella. Pero también afirmó que el arca de Noé fue hecha como símbolo de la Iglesia, en la que había perros, lobos, cuervos y toda cosa limpia e inmunda; y así alega que lo mismo debe suceder con la Iglesia. Y cuantos pasajes de la Escritura pudo allegar sobre este modo de ver la cuestión, los interpretó así.
Y los oyentes de Calisto, deleitándose con sus principios, permanecen con él, burlándose así de sí mismos y de muchos otros, y multitudes de estas víctimas engañadas afluyen en tropel a su escuela. Por lo cual también sus discípulos se multiplican y se envanecen de las muchedumbres que acuden a la escuela por causa de placeres que Cristo no permitió. Mas, en desprecio de Él, no ponen freno a la comisión de pecado alguno, alegando que perdonan a quienes asienten a las opiniones de Calisto. Pues incluso permitió a las mujeres, si no estaban casadas y ardían en pasión en una edad en todo caso inconveniente, o si no estaban dispuestas a derribar su propia dignidad mediante un matrimonio legal, que tuvieran como compañero de lecho a quien quisieran elegir, fuese esclavo o libre, y que una mujer, aunque no legalmente casada, considerara a tal compañero como marido. De donde mujeres tenidas por creyentes empezaron a recurrir a drogas para producir esterilidad y a ceñirse para expulsar lo concebido, por no querer tener un hijo ni de un esclavo ni de un hombre vil, a causa de su familia y de su excesiva riqueza. ¡Mira a cuánta impiedad ha llegado aquel malvado, inculcando adulterio y asesinato al mismo tiempo! Y aun, después de tan audaces actos, ellos, perdida toda vergüenza, ¡intentan llamarse Iglesia católica! Y algunos, suponiendo que alcanzarán prosperidad, convienen con ellos. Durante el episcopado de este hombre, el segundo bautismo fue por primera vez intentado con presunción por ellos. Éstas son, pues, las prácticas y opiniones que estableció aquel asombrosísimo Calisto, cuya escuela continúa, conservando sus costumbres y tradición, sin discernir con quiénes deben estar en comunión, sino ofreciendo la comunión a todos indiscriminadamente. Y de él han derivado la denominación de su sobrenombre; de modo que, por ser Calisto el primer paladín de tales prácticas, se les llame calistianos.
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La doctrina de este Calisto habiendo sido divulgada por todo el mundo, un hombre astuto, y lleno de desesperación, llamado Alcibíades, que moraba en Apamea, una ciudad de Siria, examinó cuidadosamente este asunto. Y considerándose un personaje más formidable, y más ingenioso en tales engaños, que Calisto, se dirigió a Roma; y trajo cierto libro, alegando que un cierto varón justo, Elchasai, había recibido esto de Seras, una ciudad de Partia, y que él lo dio a uno llamado Sobiai. Y el contenido de este volumen, alegó, había sido revelado por un ángel cuya altura era de 24 esquenos, que hacen 96 millas, y cuya anchura es de 4 esquenos, y de hombro a hombro 6 esquenos; y las huellas de sus pies se extienden a una longitud de tres y medio esquenos, que son iguales a catorce millas, mientras que la anchura es de un esqueno y medio, y la altura medio esqueno. Y alega que también hay una hembra con él, cuya medida, dice, es según las normas ya mencionadas. Y afirma que el varón (ángel) es Hijo de Dios, pero que la hembra es llamada Espíritu Santo. Detallando estos prodigios se imagina que confunde a los necios, mientras que al mismo tiempo pronuncia la siguiente sentencia: «que se predicó a los hombres una nueva remisión de pecados en el tercer año del reinado de Trajano.» Y Elchasai determina la naturaleza de bautismo, y aun esto explicaré. Alega, en cuanto a aquellos que se han visto envueltos en toda clase de lascivia, y suciedad, y en actos de maldad, si tan sólo alguno de ellos es creyente, que determina que tal persona, al convertirse, y obedecer el libro, y creer su contenido, debe recibir por el bautismo la remisión de los pecados.
Elchasai, sin embargo, se aventuró a continuar estas pícarerías, tomando ocasión del antedicho principio del que Calisto se erigió en campeón. Pues, percibiendo que muchos se deleitaban en esta clase de promesa, consideró que podía oportunamente hacer el intento justo aludido. Y aun cuando ofrecimos resistencia a esto, y no permitimos que muchos por largo tiempo se convirtieran en víctimas del engaño; porque llevamos convicción al pueblo, cuando afirmamos que esto era la operación de un espíritu espurio, y la invención de un corazón hinchado de orgullo, y que este uno como un lobo se había levantado contra muchas ovejas errantes, a las que Calisto, por sus artes de engaño, había dispersado. Pero puesto que hemos comenzado, no guardaremos silencio en cuanto a las opiniones de este hombre. Y, en primer lugar, expondremos su vida, y probaremos que su supuesta disciplina es una mera pretensión. Y a continuación, aduciré los principales encabezamientos de sus afirmaciones, a fin de que el lector, mirando fijamente los tratados de este (Elchasai), pueda darse cuenta de qué y cuál es la herejía que audazmente ha intentado este hombre.
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Este Elchasai presenta como señuelo una política (autorizada en la) Ley, alegando que los creyentes deben ser circuncidados y vivir según la Ley, (al mismo tiempo que) arranca por la fuerza ciertos fragmentos de las herejías antedichas. Y afirma que Cristo nació hombre de la misma manera común a todos, y que Cristo no estuvo por primera vez en la tierra cuando nació de una virgen, sino que tanto antes como frecuentemente de nuevo había nacido y nacería. Cristo aparecería y existiría así entre nosotros de tiempo en tiempo, sufriendo alteraciones de nacimiento, y teniendo su alma transferida de cuerpo a cuerpo. Ahora bien, Elchasai adoptó aquel principio de Pitágoras al que ya he aludido. Pero los elchasaitas han alcanzado tal altitud de orgullo, que incluso afirman estar dotados de un poder de predecir el futuro, usando como punto de partida, obviamente, las medidas y números del antedicho arte pitagórico. Éstos también se dedican a los principios de los matemáticos, y astrólogos, y magos, como si fueran verdaderos. Y ellos recurren a éstos, para confundir a las gentes necias, llevadas así a suponer que los herejes participan en una doctrina de poder. Y ellos enseñan ciertos encantamientos y fórmulas para los que han sido mordidos por perros, y poseídos por demonios, y aquejados de otras enfermedades; y no guardaremos silencio ni siquiera respecto de tales prácticas de estos herejes. Habiendo, pues, explicado suficientemente sus principios, y las causas de sus intentos presuntuosos, pasaré a dar cuenta de sus escritos, mediante los cuales mis lectores llegarán a conocer tanto los esfuerzos triviales como impíos de estos elchasaitas.
IX, 10
A aquellos, pues, que han sido instruidos oralmente por él, dispensa el bautismo de esta manera, dirigiendo a sus víctimas engañadas algunas palabras como las siguientes: «Si, por tanto, (mis) hijos, uno tiene relaciones con cualquier clase de animal cualquiera, o un varón, o una hermana, o una hija, o ha cometido adulterio, o ha sido culpable de fornicación, y desea obtener la remisión de los pecados, desde el momento en que escuche este libro sea bautizado por segunda vez en el nombre del Gran y Altísimo Dios, y en el nombre de Su Hijo, el Rey Poderoso. Y por el bautismo sea purificado y limpiado, y conjure para sí aquellos siete testigos que han sido descritos en este libro— el cielo, y el agua, y los espíritus santos, y los ángeles de la oración, y el aceite, y la sal, y la tierra.» Éstos constituyen los asombrosos misterios de Elchasai, aquellos inefables y poderosos secretos que entrega a los discípulos merecedores. Y con éstos aquel sin ley uno no está satisfecho, sino que en presencia de dos y tres testigos pone el sello a sus propias prácticas malvadas. Expresándose de nuevo así: «De nuevo digo, oh adúlteros y adúlteras, y falsos profetas, si deseáis ser convertidos, para que vuestros pecados os sean perdonados, tan pronto como escuchéis este libro, y seáis bautizados por segunda vez junto con vuestros vestidos, será vuestra la paz, y vuestra porción con los justos.» Pero puesto que hemos declarado que éstos recurren a encantamientos para los mordidos por perros y para otros percances, explicaremos éstos. Ahora Elchasai usa el siguiente formulario: «Si un perro rabioso y furioso, en el cual inhiere un espíritu de destrucción, muerde a cualquier hombre, o mujer, o joven, o muchacha, o puede acosar o tocar los, en la misma hora corra tal persona con todos sus vestidos, y baje a un río o a una fuente dondequiera que haya un lugar profundo. Sea (él o ella) sumergido con todos sus vestidos, y ofrezca súplica al Gran y Altísimo Dios con fe de corazón, y luego así conjure los siete testigos descritos en este libro: 'He aquí, llamo a testimonio al cielo y al agua, y a los espíritus santos, y a los ángeles de la oración, y al aceite, y a la sal, y a la tierra. Testifico por estos siete testigos que no pecaré más, ni cometeré adulterio, ni robaré, ni seré culpable de injusticia, ni seré codicioso, ni seré movido por el odio, ni seré desdeñoso, ni me complaceré en ninguna acción malvada.' Habiendo pronunciado, por tanto, estas palabras, sea tal persona bautizada con la totalidad de sus vestidos en el nombre del Poderoso y Altísimo Dios.»
IX, 11
Pero en muchísimos otros aspectos habla necedades, inculcando el uso de estas sentencias también para los afligidos por la consunción, y que deben ser sumergidos en agua fría cuarenta veces durante siete días; y prescribe tratamiento similar para los poseídos por demonios. ¡Oh sabiduría inimitable y encantamientos atiborrados de poderes! ¿Quién no se asombrará de tal y tal fuerza de palabras? Pero puesto que hemos declarado que también ponen en requisición el engaño astrológico, probaremos esto a partir de sus propios formularios; pues Elchasai habla así: «Existen estrellas malvadas de impiedad. Esta declaración ha sido hecha ahora por nosotros, oh vosotros piadosos y discípulos: guardaos del poder de los días de la soberanía de estas estrellas, y no os embarquéis en el comienzo de ninguna empresa durante los días gobernantes de éstas. Y no bauticéis hombre o mujer durante los días del poder de estas estrellas, cuando la luna, (emergiendo) de entre ellas, recorre el cielo, y viaja junto con ellas. Guardaos del mismo día hasta aquel en que la luna salga de estas estrellas, y entonces bautizad y entrad en todo comienzo de vuestras obras. Pero, además, honrad el día del sábado, puesto que ese día es uno de aquellos durante los cuales prevalece (el poder) de estas estrellas. Tened cuidado, sin embargo, de no comenzar vuestras obras el tercer día desde un sábado, puesto que cuando tres años del reinado del emperador Trajano se cumplan de nuevo desde el tiempo en que sometió a los partos a su propio dominio—cuando, digo, tres años se hayan cumplido, la guerra hace estragos entre los impíos ángeles de las constelaciones septentrionales; y por esta causa todos los reinos de impiedad están en un estado de confusión.»
IX, 12
En tanto que (Elchasai) considera, pues, que sería un insulto a la razón que estos poderosos e inefables misterios fueran pisoteados, o que fueran confiados a muchos, aconseja que como perlas valiosas [] deben ser preservados, expresándose así: «No recitéis este relato a todos los hombres, y guardad cuidadosamente estos preceptos, porque no todos los hombres son fieles, ni todas las mujeres rectas.» Libros que contienen estos (principios), sin embargo, ni los sabios de los egipcios los ocultaron en santuarios, ni Pitágoras, un sabio de los griegos, los ocultó allí. Pues si en aquel tiempo Elchasai hubiera vivido, ¿qué necesidad habría de que Pitágoras, o Tales, o Solón, o el sabio Platón, o incluso el resto de los sabios de los griegos, se hicieran discípulos de los sacerdotes egipcios, cuando podrían obtener posesión de tal y tal sabiduría de Alcibíades, como el más asombroso intérprete de aquel desdichado Elchasai? Las declaraciones, por tanto, que se han hecho con el propósito de alcanzar un conocimiento de la locura de éstos, parecerían suficientes para aquellos dotados de mente sana. Y así es, que no ha parecido conveniente citar más de sus formularios, visto que éstos son muy numerosos y ridículos. Puesto que, sin embargo, no hemos omitido aquellas prácticas que han surgido en nuestros propios días, y no hemos guardado silencio respecto de aquellas prevalentes antes de nuestro tiempo, parece apropiado, a fin de que recorramos todos sus sistemas, y no dejemos nada sin contar, exponer también cuáles son las (costumbres) de los judíos, y cuáles las diversidades de opinión entre ellos, pues imagino que éstas aún quedan atrás para nuestra consideración. Ahora bien, cuando haya roto el silencio sobre estos puntos, pasaré a la demostración de la Doctrina de la Verdad, a fin de que, después de la prolongada lucha argumentativa contra todas las herejías, nosotros, presionando devotamente hacia la corona del reino, y creyendo la verdad, no seamos inquietados.
IX, 13
Originalmente prevalecía un solo uso entre los judíos; pues un solo maestro les fue dado por Dios, a saber Moisés, y una sola ley por este mismo Moisés. Y había un desierto y un Monte Sinaí, pues un solo Dios fue quien legisló para estos judíos. Pero, de nuevo, después de que hubieron cruzado el río Jordán, y hubieron heredado por sorteo el país conquistado, de varias maneras rasgaron en pedazos la ley de Dios, cada uno ideando una interpretación diferente de las declaraciones hechas por Dios. Y de esta manera se suscitaron para sí maestros, (e) inventaron doctrinas de naturaleza herética, y continuaron avanzando en divisiones (sectarias). Ahora bien, es la diversidad de estos judíos lo que en el presente me propongo explicar. Pero aunque por un tiempo considerable se han desgarrado en muchísimas sectas, sin embargo tengo la intención de dilucidar las más principales de ellas, mientras que aquellos que son de inclinación estudiosa fácilmente se familiarizarán con el resto. Pues hay una división entre ellos en tres clases; y los adherentes de la primera son los fariseos, pero de la segunda los saduceos, mientras que el resto son esenios. Éstos practican una vida más devota, estando llenos de amor mutuo, y siendo temperantes. Y se apartan de todo acto de deseo inordinado, siendo reacios incluso a oír de cosas de esa índole. Y renuncian al matrimonio, pero toman a los hijos de otros, y así tienen una descendencia engendrada para ellos. Y conducen a estos hijos adoptados a una observancia de sus propias costumbres peculiares, y de esta manera los crían y los impulsan a aprender las ciencias. No les prohíben, sin embargo, casarse, aunque ellos mismos se abstienen del matrimonio. A las mujeres, sin embargo, aunque estén dispuestas a adherirse al mismo curso de vida, no las admiten, en tanto que de ninguna manera tienen confianza en las mujeres.
IX, 14
Y desprecian la riqueza, y no se apartan de compartir sus bienes con los que están destituidos. Nadie entre ellos, sin embargo, disfruta de una mayor cantidad de riquezas que otro. Pues una regulación con ellos es, que un individuo que se presenta para unirse a la secta debe vender sus posesiones, y presentar el precio de ellas a la comunidad. Y al recibir el dinero, el jefe de la orden lo distribuye a todos según sus necesidades. Así no hay nadie entre ellos en apuros. Y no usan aceite, considerándolo una impureza ser ungidos. Y hay nombrados supervisores, que cuidan de todas las cosas que les pertenecen en común, y todos aparecen siempre en vestiduras blancas.
IX, 15
Pero no hay una ciudad de ellos, sino que muchos de ellos se asientan en cada ciudad. Y si alguno de los adherentes de la secta está presente de un lugar extraño, consideran que todas las cosas le son comunes, y a aquellos a quienes no habían conocido previamente los reciben como si pertenecieran a su propia casa y parentela. Y recorren su tierra natal, y en cada ocasión en que van de viaje no llevan nada excepto armas. Y tienen también en sus ciudades un presidente, que gasta los dineros recolectados para este propósito en procurar vestido y alimento para ellos. Y su túnica y su forma son modestas. Y no poseen dos mantos, ni un doble par de zapatos; y cuando los que están en uso actual se vuelven anticuados, entonces adoptan otros. Y no compran ni venden nada en absoluto; sino que lo que cualquiera tiene lo da al que no tiene, y aquello que uno no tiene lo recibe.
IX, 16
Y continúan de manera ordenada, y con perseverancia oran desde el amanecer temprano, y no pronuncian una palabra a menos que hayan alabado a Dios en un himno. Y de esta manera cada uno sale y se ocupa en cualquier empleo que le plazca; y después de haber trabajado hasta la quinta hora cesan. Luego se reúnen de nuevo en un solo lugar, y se ciñen con fajas de lino, con el propósito de ocultar sus partes privadas. Y de esta manera realizan abluciones en agua fría; y después de ser así limpiados, se dirigen juntos a un solo aposento,— ahora bien, nadie que abrigue una opinión diferente de las suyas se reúne en la casa—y proceden a participar del desayuno. Y cuando se han sentado en silencio, ponen panes en orden, y luego algún tipo de alimento para comer junto con el pan, y cada uno recibe de éstos una porción suficiente. Nadie, sin embargo, prueba éstos antes de que el sacerdote pronuncie una bendición, y ore sobre el alimento. Y después del desayuno, cuando él ha ofrecido por segunda vez súplica, como al principio, así al final de su comida alaban a Dios en himnos. Luego, después de haber dejado a un lado como sagradas las vestiduras con las que han estado vestidos mientras toman juntos su comida dentro de la casa — (ahora bien, estas vestiduras son de lino)— y habiendo retomado las ropas que habían dejado en el vestíbulo, se apresuran a ocupaciones agradables hasta la tarde. Y participan de la cena, haciendo todas las cosas de manera semejante a las ya mencionadas. Y nadie gritará en ningún momento, ni se oirá ninguna otra voz tumultuosa. Sino que cada uno conversa en voz baja, y con decoro uno cede la conversación al otro, de modo que la quietud de los que están dentro de la casa parece una especie de misterio para los de fuera. Y son invariablemente sobrios, comiendo y bebiendo todas las cosas con medida.
IX, 17
Todos, pues, prestan atención al presidente; y cualesquiera instrucciones que él promulgue, las obedecen como ley. Pues se afanan por que la misericordia y la asistencia se extiendan a los abrumados por el trabajo. Y sobre todo se abstienen de la ira y de la cólera, y de todas las pasiones semejantes, por cuanto consideran que éstas son traicioneras para con el hombre. Y nadie entre ellos tiene costumbre de jurar; sino que cuanto alguno dice, esto se tiene por más obligatorio que un juramento. Si, empero, alguno jura, es condenado como indigno de crédito. Asimismo se muestran solícitos por las lecturas de la ley y de los profetas; y además, si existe algún tratado de los fieles, también por ése. Y manifiestan suma curiosidad acerca de las plantas y de las piedras, ocupándose más bien en las potencias operativas de éstas, diciendo que estas cosas no fueron creadas en vano.
IX, 18
Pero a los que desean hacerse discípulos de la secta, no les entregan de inmediato sus reglas, a menos que antes los hayan puesto a prueba. Ahora bien, durante el espacio de un año ponen ante los candidatos el mismo alimento, mientras éstos siguen viviendo en una casa distinta, fuera del propio lugar de reunión de los esenios. Y entregan a los probacionistas un hacha y el cíngulo de lino, y una túnica blanca. Cuando, al expirar este período, uno da prueba de dominio de sí, se aproxima más al modo de vida de la secta, y es lavado más puramente que antes. No obstante, todavía no participa del alimento junto con los esenios. Pues, después de haber dado evidencia de si es capaz de adquirir dominio de sí —sino que durante dos años se pone a prueba la conducta de una persona de esta índole—, y cuando ha parecido digno, es entonces contado entre los miembros de la secta. Antes, empero, de que se le permita participar de una comida con ellos, queda ligado por juramentos terribles. Primero, que adorará a la Divinidad; luego, que observará tratos justos con los hombres, que de ningún modo dañará a nadie, y que no odiará a quien le dañe o le sea hostil, sino que orará por ellos. Jura igualmente que siempre auxiliará a los justos, y guardará fidelidad con todos, especialmente con los que son gobernantes. Pues, arguyen, una posición de autoridad no le acontece a nadie sin Dios. Y si el esenio mismo fuere gobernante, jura que no se conducirá jamás con arrogancia en el ejercicio del poder, ni será pródigo, ni recurrirá a adorno alguno ni a mayor estado de magnificencia del que la costumbre permite. Jura asimismo, empero, ser amante de la verdad y reprender al que es culpable de falsedad; no robar, ni mancillar su conciencia por causa de ganancia inicua, ni ocultar nada a los que son miembros de su secta, y no divulgar nada a otros, aun cuando se le torture incluso hasta la muerte. Y además de las promesas anteriores, jura no comunicar a nadie el conocimiento de las doctrinas de manera distinta de aquella en que él mismo las ha recibido.
IX, 19
Con juramentos, pues, de esta índole, atan a los que se presentan. Si, empero, alguno es condenado por algún pecado, es expulsado de la orden; pero el que ha sido así excomulgado muere a veces con una muerte espantosa. Pues, por cuanto está ligado por los juramentos y ritos de la secta, no puede participar del alimento en uso entre otras gentes. Los que son excomulgados, en ocasiones, por tanto, destruyen enteramente el cuerpo por inanición. Y así sucede que, cuando llegan al extremo, los esenios a veces se apiadan de muchos de ellos que están a punto de disolución, por cuanto consideran que un castigo incluso hasta la muerte, infligido así a estos culpables, es pena suficiente.
IX, 20
Pero por lo que respecta a las decisiones judiciales, los esenios son exactísimos e imparciales. Y pronuncian sus juicios cuando se han reunido, siendo en número de al menos cien; y la sentencia por ellos pronunciada es irrevocable. Y honran al legislador después de Dios; y si alguno es culpable de blasfemia contra este autor de leyes, es castigado. Y se les enseña a prestar obediencia a gobernantes y ancianos; y si diez ocupan asientos en la misma sala, uno de ellos no hablará a menos que parezca conveniente a los nueve. Y cuidan de no escupir en medio de los presentes ni hacia la derecha. Son, empero, más solícitos en abstenerse de trabajar en el día del sábado que todos los demás judíos. Pues no sólo preparan sus vituallas un día antes, para no encender fuego en sábado, sino que ni siquiera moverían un utensilio de un lugar a otro en ese día, ni satisfarían sus necesidades naturales; es más, algunos ni se levantarían del lecho. En otros días, empero, cuando desean aliviar la naturaleza, cavan con la azada un hoyo de un pie de largo —pues de esta índole es el hacha que el presidente entrega en primer lugar a los que se presentan para obtener admisión como discípulos— y cubren esta cavidad por todos lados con su vestidura, alegando que no insultan necesariamente los rayos del sol. Luego devuelven la tierra removida al hoyo; y ésta es su práctica, eligiendo los parajes más solitarios. Mas después de realizar esta operación, se someten de inmediato a ablución, como si el excremento los contaminara.
IX, 21
Los esenios, empero, con el transcurso del tiempo, han sufrido divisiones y no conservan de manera semejante su sistema de formación, por cuanto se han escindido en cuatro partidos. Pues algunos de ellos se disciplinan por encima de las reglas requeridas de la orden, de modo que ni siquiera tocarían una moneda corriente del país, diciendo que no deben llevar, contemplar ni fabricar una imagen: por lo cual ninguno de ésos entra en una ciudad, no sea que al hacerlo haya de entrar por una puerta en la que hay estatuas erigidas, considerando una violación de la ley pasar bajo imágenes. Mas los adeptos de otro partido, si acaso oyen a alguno sostener una discusión acerca de Dios y sus leyes —suponiendo que tal sea una persona incircuncisa—, lo vigilarán de cerca; y cuando se encuentran con una persona de esta índole en cualquier lugar a solas, lo amenazarán con matarlo si se niega a someterse al rito de la circuncisión. Ahora bien, si el último no quiere acceder a esta exigencia, un esenio no lo perdona, sino que incluso lo degüella. Y de este hecho proviene que hayan recibido su apelativo, siendo denominados por algunos zelotas, y por otros sicarios. Y los adeptos de otro partido no llaman Señor a nadie salvo a la Deidad, aun cuando se les someta a tormento o incluso se les mate. Pero hay otros de época posterior que en tal medida se han apartado de la disciplina de la orden, que, por lo que respecta a los que perseveran en las costumbres primitivas, ni siquiera los tocarían. Y si por casualidad entran en contacto con ellos, recurren de inmediato a la ablución, como si hubieran tocado a uno perteneciente a una tribu extraña. Mas también aquí hay muchísimos de ellos de tan gran longevidad que viven aun más de cien años. Afirman, pues, que la causa de esto proviene de su extrema devoción a la religión, y de su condena de todo exceso en lo que se sirve como alimento, y de ser sobrios e incapaces de ira. Y así es que desprecian la muerte, regocijándose cuando pueden terminar su carrera con buena conciencia. Si, empero, alguno sometiera a tormento a personas de esta índole, para inducir a cualquiera de ellos a hablar mal de la ley o a comer lo ofrecido en sacrificio a un ídolo, no logrará su propósito; pues uno de este partido se somete a la muerte y soporta el tormento antes que violar su conciencia.
IX, 22
Ahora bien, la doctrina de la resurrección también ha hallado apoyo entre éstos; pues reconocen tanto que la carne resucitará, como que será inmortal, de la misma manera en que el alma es ya imperecedera. Y sostienen que el alma, cuando es separada en la vida presente, parte a un lugar bien ventilado y luminoso, donde, dicen, ella descansa hasta el juicio. Y esta localidad la conocieron los griegos de oídas, y la llamaron «Islas de los Bienaventurados.» Y hay otras doctrinas de éstos que muchos de los griegos se han apropiado, y así han ido formando poco a poco sus propias opiniones. Pues el sistema disciplinario en lo tocante a la Divinidad, según estas sectas judías, es de mayor antigüedad que el de todas las naciones. Y así es que está a la mano la prueba de que todos aquellos griegos que se atrevieron a hacer aserciones acerca de Dios, o acerca de la creación de las cosas existentes, derivaron sus principios de ninguna otra fuente sino de la legislación judía. Y entre éstos pueden particularizarse Pitágoras especialmente, y los estoicos, que derivaron sus sistemas residiendo entre los egipcios, al haberse hecho discípulos de estos judíos. Afirman también que habrá un juicio y una conflagración del universo, y que los malvados serán castigados eternamente. Y entre ellos se cultiva la práctica de la profecía y la predicción de acontecimientos futuros.
IX, 23
Hay, pues, otro orden de los esenios que usan las mismas costumbres y el mismo método de vida prescrito que las sectas precedentes, pero que se apartan de éstas en un solo aspecto, a saber, el matrimonio. Sostienen, pues, que quienes han abolido el matrimonio cometen un delito terrible, que es para la destrucción de la vida, y que no se debe cortar la sucesión de los hijos; pues, si todos abrazaran esta opinión, toda la raza de los hombres sería fácilmente exterminada. Sin embargo, someten a prueba a sus prometidas por un período de tres años; y cuando han sido purificadas tres veces, con el fin de probar su capacidad de dar a luz hijos, entonces se casan. No cohabitan, empero, con mujeres encintas, dando a entender que no se casan por motivos sensuales, sino por el provecho de los hijos. Y las mujeres asimismo se someten a la ablución de manera semejante a sus maridos, y ellas mismas se visten también con una vestidura de lino, al modo en que los hombres lo están con sus cíngulos. Estas cosas, pues, son las consideraciones que tengo que hacer acerca de los esenios.
Mas hay también otros que practican por sí mismos las costumbres judías; y éstos, tanto en lo tocante a la casta como en lo tocante a las leyes, son llamados fariseos. La mayor parte de éstos se halla en toda localidad, por cuanto, aunque todos son llamados judíos, sin embargo, a causa de la particularidad de las opiniones que profesan, han sido denominados con títulos propios de cada uno. Éstos, pues, se aferran firmemente a la antigua tradición, y prosiguen con espíritu disputador una investigación minuciosa de las cosas consideradas según la Ley como limpias y no limpias. E interpretan los preceptos de la Ley, y proponen maestros, a los que habilitan para dar instrucción en tales cosas. Estos fariseos afirman la existencia del hado, y que algunas cosas están en nuestro poder, mientras que otras se hallan bajo el dominio del destino. De este modo sostienen que algunas acciones dependen de nosotros mismos, mientras que otras del hado. Pero afirman que Dios es causa de todas las cosas, y que nada se dispone ni acontece sin su voluntad. Éstos reconocen asimismo que hay resurrección de la carne, y que el alma es inmortal, y que habrá un juicio y una conflagración, y que los justos serán imperecederos, mas que los malvados sufrirán castigo eterno en fuego inextinguible.
IX, 24
Éstas son, pues, las opiniones incluso de los fariseos. Los saduceos, empero, están por abolir el hado, y reconocen que Dios no hace nada malo, ni ejerce providencia sobre las cosas terrenas; pero sostienen que la elección entre el bien y el mal reside dentro del poder de los hombres. Y niegan que haya resurrección no sólo de la carne, sino que también suponen que el alma no continúa después de la muerte. Consideran que el alma no es nada sino mera vitalidad, y que por causa de ella ha sido creado el hombre. Sin embargo, sostienen que la noción de resurrección se ha realizado plenamente por la sola circunstancia de que concluimos nuestros días después de haber dejado hijos sobre la tierra. Pero insisten en que tras la muerte uno no ha de esperar sufrir nada, ni malo ni bueno; pues habrá una disolución tanto del alma como del cuerpo, y el hombre pasa a la no existencia, de modo semejante también a la materia de la creación animal. Mas por lo que respecta a cuanta maldad un hombre haya podido cometer en la vida, con tal de que se haya reconciliado con la parte ofendida, ha salido ganancioso por la transgresión, por cuanto ha escapado al castigo que de otro modo le habrían infligido los hombres. Y cuantas adquisiciones un hombre haya hecho, y en cualquier respecto en que, al hacerse rico, haya alcanzado distinción, en esa medida ha salido ganancioso. Pero se atienen a su aserción de que Dios no tiene solicitud alguna por los asuntos de un individuo aquí. Y mientras los fariseos están llenos de afecto mutuo, los saduceos, por el contrario, son movidos por el amor propio. Esta secta tuvo su principal asiento sobre todo en la región en torno a Samaria. Y éstos también se adhieren a las costumbres de la ley, diciendo que se debe vivir de tal modo que uno se conduzca virtuosamente y deje hijos tras de sí sobre la tierra. No dedican, empero, atención a los profetas, y tampoco a ningún otro sabio, sino sólo a la ley de Moisés, en relación con la cual, sin embargo, no elaboran interpretaciones. Éstas son, pues, las opiniones que también los saduceos eligen enseñar.
IX, 25
Puesto que, por tanto, hemos explicado incluso las diversidades entre los judíos, parece conveniente asimismo no pasar en silencio el sistema de su religión. La doctrina, pues, entre todos los judíos acerca de la religión es cuádruple: teológica, natural, moral y ceremonial. Y afirman que hay un solo Dios, y que Él es Creador y Señor del universo: que Él ha formado todas estas obras gloriosas que no tenían existencia previa; y esto, además, no a partir de ninguna sustancia coetánea que estuviera dispuesta a mano, sino que su Voluntad —la causa eficiente— fue crear, y creó. Y sostienen que hay ángeles, y que éstos han sido traídos a la existencia para ministrar a la creación; pero también que hay un Espíritu soberano que siempre permanece junto a Dios, para gloria y alabanza. Y que todas las cosas en la creación están dotadas de sensación, y que no hay nada inanimado. Y aspiran con empeño a costumbres serias y a una vida sobria, como uno puede comprobar por sus leyes. Ahora bien, estas materias han sido definidas estrictamente hace mucho por quienes en tiempos antiguos recibieron la ley divinamente establecida; de modo que el lector se hallará asombrado ante la cantidad de templanza y de diligencia prodigadas en costumbres legalmente promulgadas en relación con el hombre. El servicio ceremonial, empero, que ha sido adaptado al culto divino de una manera adecuada a la dignidad de la religión, se ha practicado entre ellos con el grado más alto de elaboración. La superioridad de su ritualismo es fácil de comprobar para quienes lo deseen, con tal de que lean el libro que proporciona información sobre estos puntos. Así percibirán cómo con solemnidad y santidad los sacerdotes judíos ofrecen a Dios las primicias de los dones otorgados por Él para el sustento y el disfrute de los hombres; cómo cumplen sus ministerios con regularidad y firmeza, en obediencia a sus mandamientos. Hay, empero, algunos usos litúrgicos adoptados por éstos que los saduceos rehúsan reconocer, pues no están dispuestos a admitir la existencia de ángeles o espíritus.
Aun así, todos los partidos por igual esperan al Mesías, por cuanto ciertamente la Ley y los profetas predicaron de antemano que Él había de estar presente en la tierra. Mas, por cuanto los judíos no conocieron el período de su advenimiento, queda la suposición de que las declaraciones de la Escritura acerca de su venida no se han cumplido. Y así es que hasta este día continúan en la expectación de la futura venida de el Cristo, por el hecho de no haberlo discernido cuando estuvo presente en el mundo. Y sin embargo, apenas cabe duda de que, al contemplar las señales de los tiempos de que Él ya ha estado entre nosotros, los judíos se turban; y se avergüenzan de confesar que Él ha venido, puesto que con sus propias manos le dieron muerte, porque fueron punzados por la indignación al ser convictos por Él mismo de no haber obedecido las leyes. Y afirman que Aquel que fue enviado así por Dios no es este Cristo a quien ellos aguardan; mas confiesan que vendrá otro Mesías, que todavía no tiene existencia; y que él inaugurará algunas de las señales que la ley y los profetas han mostrado de antemano, mientras que, respecto del resto de estas indicaciones, suponen que han caído en error. Pues dicen que su generación será del linaje de David, mas no de una virgen y de el Espíritu Santo, sino de una mujer y un hombre, conforme a la regla de que todos son procreados de semilla. Y alegan que este Mesías será Rey sobre ellos: un individuo belicoso y poderoso, quien, después de haber reunido a todo el pueblo de los judíos, y de haber combatido contra todas las naciones, restaurará para ellos Jerusalén, la ciudad real. Y en esta ciudad reunirá a toda la raza hebrea, y la hará volver una vez más a las antiguas costumbres, para que cumpla las funciones reales y sacerdotales, y habite con confianza por períodos de tiempo de duración suficiente. Tras este reposo, en su opinión, a continuación se haría guerra contra ellos después de haber sido congregados así; que en este conflicto el Cristo caería al filo de la espada; y que, después de no mucho tiempo, sobrevendrían luego la terminación y la conflagración del universo; y que de este modo sus opiniones acerca de la resurrección recibirían cumplimiento, y se daría a cada hombre una recompensa según sus obras.
IX, 26
Ahora nos parece que las doctrinas tanto de todos los griegos como de los bárbaros han sido suficientemente explicadas por nosotros, y que nada ha quedado sin refutar, ni de los puntos sobre los cuales se ha ocupado la filosofía, ni de las alegaciones aducidas por los herejes. Y de estas mismas explicaciones es obvia la condenación de los herejes, por haber ya sea hurtado sus doctrinas, ya sea recibido aportes a ellas de algunos de esos principios elaboradamente trabajados por los griegos, y por haberlas adelantado (estas opiniones) como si provinieran de Dios. Puesto que, por tanto, hemos recorrido apresuradamente todos los sistemas de éstos, y con mucho trabajo hemos, en los nueve libros, proclamado todas sus opiniones, y hemos dejado tras nosotros para todos los hombres un pequeño viático en la vida, y a los que son nuestros contemporáneos les hemos proporcionado un deseo de aprender (con) gran gozo y deleite, hemos considerado razonable, como remate final de toda la obra, introducir el discurso (ya mencionado) acerca de la verdad, y ofrecer nuestra exposición de ésta en un solo libro, a saber, el décimo. Nuestro objeto es que el lector, no sólo al ser informado del derrocamiento de quienes han presumido establecer herejías, mire con desprecio sus vanas fantasías, sino también, al ser llevado a conocer el poder de la verdad, sea colocado en el camino de la salvación, depositando aquella fe en Dios que Él tan dignamente merece.