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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1. Tales; su física y teología; fundador de la astronomía griega
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 3. Empédocles; Su doble causa; Doctrina de la transmigración
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7. Anaxágoras; Su teoría de la mente; Reconoce una causa eficiente; Su cosmogonía y astronomía
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. Parménides; su teoría de la «Unidad;» su escatología
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 14. Hipón; su dualidad de principios; su psicología
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 17
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 20. Los académicos; diferencia de opinión entre ellos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minLibro IV
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 4. Imposibilidad de fijar el horóscopo; fracaso de un intento de hacerlo en el momento del nacimiento
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. Influencia zodiacal; origen de los nombres siderales
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Otros cálculos astronómicos
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13. Mención del hereje Colarbaso; alianza entre la herejía y la filosofía pitagórica
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 15
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 22. Tipo de los nacidos bajo Escorpio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28. — Sistema de los magos; encantamientos de demonios; ritos mágicos secretos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Exhibición de distintos huevos
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 34. La ilusión de las cartas selladas; objeto de detallar estas prestidigitaciones
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 38. Aparición ilusoria de las estrellas
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 44. Teoría egipcia de la naturaleza; sus amuletos
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 48
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 49. Símbolo de la criatura; y del espíritu; y de los diferentes órdenes de animales
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minLibro V
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 2
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 3
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 5. Explicación del sistema de los Naasenos tomada de uno de sus himnos
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sistema de los peratas explicado a partir de uno de sus propios libros
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 12. Exposición compendiosa de las doctrinas de los peratas
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 16
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 17. Las doctrinas setitas que han de aprenderse de la «Paráfrasis de Set»
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 22. Juramento empleado por los herejes justinianos; el libro de Baruc; el repertorio de su sistema
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 7. El sistema de Simón de una emanación triple por pares
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 10. Explicación que da Simón de los dos primeros libros de Moisés
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. Su doctrina de la emanación ulteriormente expandida
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 15
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. La dualidad de sustancias de Pitágoras; sus «Categorías»
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las «Sentencias» de Pitágoras
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. La doctrina de la díada puesta como fundamento del sistema de emanación de los Eones de Valentín
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 27. Explicación de Valentín sobre la existencia de Jesús; el poder de Jesús sobre la humanidad
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 30
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 32. Valentín convicto de plagios tomados de Platón
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 34. Sistema de Marcos; un mero impostor; sus perversos artificios con la copa eucarística
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 37
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 39. La Tétrada exhibe «la Verdad.»
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 43. Las letras, símbolos de los cielos
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 47
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 49. La obra del Demiurgo es perecedera
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro VII
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. La sustancia, según Aristóteles; los predicados
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Basílides e Isidoro alegan sanción apostólica para sus sistemas; en realidad siguen a Aristóteles
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. El «Gran Arconte» de Basílides
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. Explicación ulterior de la «Filiación.»
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 15
  61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 16. El sistema de Saturnino
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Fuente del marcionismo; Empédocles reafirmado como el sugeridor de la herejía
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. La herejía de Prepón; sigue a Empédocles; Marción rechaza la generación del Salvador
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 21. El sistema de Cerinto acerca de Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 9 minLibro VIII
  66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 4. Doctrina docética derivada de los sofistas griegos
  68. Sesión 68 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 8
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 13. Las doctrinas de los encratitas
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro IX
  71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 5
  72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 14 minCapítulo 6
  73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Secta de los Elchasaitas; Oposición de Hipólito a Ella
  74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 11. Preceptos de Elchasai
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 15. Los Principios de los Esenios Continuados
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 19. Las doctrinas de los esenios (continuación)
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 23. Otra secta de los esenios: los fariseos
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 26. Conclusión de la obra explicada
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro X
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 4. Resumen de las opiniones de los filósofos (continuación)
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 8. Simón Mago
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 11. Justino
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 14. Tatiano
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. Los Frigios o Montanistas. Continuación
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 11 minCapítulo 27. Cronología judía. Continuación
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 30. Alocución final del autor

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    TEXTOS — HIPÓLITO DE ROMA

    Índice de la obra

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    Refutación de todas las herejías

    Siglo III · Traducción castellana directa de la versión inglesa de MacMahon (Ante-Nicene Fathers)46 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 12 · Capítulo 28. — Sistema de los magos; encantamientos de demonios; ritos mágicos secretosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-HIP-02

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1. Tales; su física y teología; fundador de la astronomía griega
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 3. Empédocles; Su doble causa; Doctrina de la transmigración
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7. Anaxágoras; Su teoría de la mente; Reconoce una causa eficiente; Su cosmogonía y astronomía
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. Parménides; su teoría de la «Unidad;» su escatología
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 14. Hipón; su dualidad de principios; su psicología
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 17
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 20. Los académicos; diferencia de opinión entre ellos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minLibro IV
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 4. Imposibilidad de fijar el horóscopo; fracaso de un intento de hacerlo en el momento del nacimiento
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. Influencia zodiacal; origen de los nombres siderales
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Otros cálculos astronómicos
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13. Mención del hereje Colarbaso; alianza entre la herejía y la filosofía pitagórica
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 15
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 22. Tipo de los nacidos bajo Escorpio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28. — Sistema de los magos; encantamientos de demonios; ritos mágicos secretos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Exhibición de distintos huevos
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 34. La ilusión de las cartas selladas; objeto de detallar estas prestidigitaciones
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 38. Aparición ilusoria de las estrellas
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 44. Teoría egipcia de la naturaleza; sus amuletos
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 48
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 49. Símbolo de la criatura; y del espíritu; y de los diferentes órdenes de animales
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minLibro V
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 2
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 3
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3
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    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sistema de los peratas explicado a partir de uno de sus propios libros
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 12. Exposición compendiosa de las doctrinas de los peratas
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    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 16
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 17. Las doctrinas setitas que han de aprenderse de la «Paráfrasis de Set»
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 22. Juramento empleado por los herejes justinianos; el libro de Baruc; el repertorio de su sistema
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 7. El sistema de Simón de una emanación triple por pares
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 10. Explicación que da Simón de los dos primeros libros de Moisés
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. Su doctrina de la emanación ulteriormente expandida
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 15
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. La dualidad de sustancias de Pitágoras; sus «Categorías»
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las «Sentencias» de Pitágoras
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. La doctrina de la díada puesta como fundamento del sistema de emanación de los Eones de Valentín
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    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 37
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 39. La Tétrada exhibe «la Verdad.»
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 43. Las letras, símbolos de los cielos
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 47
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 49. La obra del Demiurgo es perecedera
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro VII
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    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Basílides e Isidoro alegan sanción apostólica para sus sistemas; en realidad siguen a Aristóteles
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. El «Gran Arconte» de Basílides
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. Explicación ulterior de la «Filiación.»
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 15
    61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 16. El sistema de Saturnino
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Fuente del marcionismo; Empédocles reafirmado como el sugeridor de la herejía
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. La herejía de Prepón; sigue a Empédocles; Marción rechaza la generación del Salvador
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 21. El sistema de Cerinto acerca de Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 9 minLibro VIII
    66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 4. Doctrina docética derivada de los sofistas griegos
    68. Sesión 68 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 8
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 13. Las doctrinas de los encratitas
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro IX
    71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 5
    72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 14 minCapítulo 6
    73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Secta de los Elchasaitas; Oposición de Hipólito a Ella
    74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 11. Preceptos de Elchasai
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 15. Los Principios de los Esenios Continuados
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    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 26. Conclusión de la obra explicada
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro X
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 4. Resumen de las opiniones de los filósofos (continuación)
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 8. Simón Mago
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 11. Justino
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 14. Tatiano
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. Los Frigios o Montanistas. Continuación
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 11 minCapítulo 27. Cronología judía. Continuación
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 30. Alocución final del autor

    Capítulo 28. — Sistema de los magos; encantamientos de demonios; ritos mágicos secretos

    IV, 28

    ... Y (el hechicero), tomando (un papel), ordena al consultante que escriba con agua cuantas preguntas desee formular a los demonios. Luego, doblando el papel y entregándolo al sirviente, lo envía a entregarlo a las llamas, para que el humo ascendente lleve las letras a los demonios. Mientras, sin embargo, el sirviente ejecuta esta orden, (el hechicero) retira primero partes iguales del papel, y en algunas otras partes finge que los demonios escriben en caracteres hebreos. Después, quemando un incienso de los magos egipcios, llamado Cifi, retira estas (porciones de papel) y las coloca cerca del incienso. Pero (aquel papel) que el consultante hubiere escrito, habiéndolo puesto sobre las brasas, lo ha quemado. Luego (el hechicero), aparentando ser arrebatado bajo influencia divina, (y) precipitándose a un rincón (de la casa), profiere un grito fuerte y áspero, e ininteligible para todos,... y ordena a todos los presentes entrar, gritando (al mismo tiempo), e invocando a Frin, o a algún otro demonio. Pero después de pasar a la casa, y cuando los presentes estaban de pie uno al lado del otro, el hechicero, arrojando al sirviente sobre un lecho, le dirige varias palabras, en parte en griego, y en parte, por así decirlo, en lengua hebrea, (que contienen) los encantamientos acostumbrados empleados por los magos. (El sirviente), no obstante, se va para hacer la consulta. Y dentro (de la casa), en una vasija llena de agua (el hechicero) infunde la mezcla de caparrosa, y derritiendo la droga, habiendo rociado con ella el papel que, en efecto, tenía (los caracteres) borrados, obliga a las letras latentes y ocultas a salir de nuevo a la luz; y por estas averigua lo que el consultante ha escrito. Y si uno escribe asimismo con la mezcla de caparrosa, y habiendo molido una nuez de agalla, usa su vapor como fumigador, las letras ocultas se harían manifiestas. Y si uno escribe con leche, (y) luego chamusca el papel, y raspándolo, espolvorea y frota (lo así raspado) sobre las letras trazadas con la leche, estas se harán manifiestas. Y asimismo la orina, y la salsa de salmuera, y el jugo de euforbio y de higo, producen un resultado semejante. Pero cuando (el hechicero) ha averiguado la cuestión de este modo, hace provisión para la manera en que debe dar la respuesta. Y a continuación ordena a los presentes entrar, sosteniendo ramas de laurel y agitándolas, y profiriendo gritos, e invocando al demonio Frin. Pues también conviene que estos lo invoquen; y es digno que hagan esta petición a los demonios, la cual no desean presentar por sí mismos, habiendo perdido el juicio. El ruido confuso, sin embargo, y el tumulto, les impiden dirigir la atención a aquellas cosas que se supone que (el hechicero) hace en secreto. Pero cuáles son estas, la presente es una ocasión oportuna para que nosotros las declaremos.
    Prevalece, pues, una oscuridad considerable. Porque el (hechicero) afirma que es imposible que la naturaleza mortal contemple las cosas divinas, y que basta con conversar (con estos misterios). Haciendo, no obstante, que el sirviente se acueste (sobre el lecho), con la cabeza por delante, y colocando a cada lado dos de aquellas tablillas, en las que habían sido inscritos, en efecto, caracteres hebreos, como nombres de demonios, dice que (un demonio) depositará el resto en sus oídos. Pero esta (afirmación) es necesaria, para que se coloque junto a los oídos del sirviente algún instrumento, mediante el cual sea posible que él signifique todo cuanto elige. Primero, sin embargo, produce un sonido para que el joven (sirviente) se aterrorice; y en segundo lugar, hace un zumbido; luego, en tercer lugar, habla a través del instrumento lo que desea que el joven diga, y permanece a la espera del desenlace del asunto; a continuación, hace que los presentes permanezcan quietos, y ordena al (sirviente) que signifique lo que ha oído de los demonios. Pero el instrumento que se coloca junto a sus oídos es un instrumento natural, a saber, la tráquea de grullas de cuello largo, o de cigüeñas, o de cisnes. Y si ninguno de estos está a mano, hay también algunos instrumentos artificiales diferentes (que se emplean); pues ciertos tubos de bronce, diez en número, (y) que encajan unos en otros, terminando en una punta estrecha, están adaptados (para el propósito), y a través de estos se habla al oído cuanto el (mago) desea. Y el joven, oyendo estas (palabras) con terror como proferidas por demonios, cuando se le ordena, las dice en voz alta. Si alguno, no obstante, pone en torno a un palo una piel húmeda, y habiéndola secado y encogido, la cierra, y quitando la vara modela la piel en forma de tubo, alcanza un fin semejante. Si no hubiera, empero, ninguno de estos a mano, toma un libro, y, abriéndolo por dentro, lo estira cuanto considera necesario, (y así) logra el mismo resultado.
    Pero si sabe de antemano que está presente alguien que va a hacer una pregunta, está tanto más dispuesto para todas (las contingencias). Si, no obstante, puede también averiguar de antemano la pregunta, la escribe (con) la droga, y, como precavido, es considerado más hábil, por haber escrito con claridad lo que se va a preguntar. Si, empero, ignora la pregunta, forma conjeturas, y propone algo susceptible de una interpretación dudosa y varia, para que la respuesta oracular, siendo originalmente ininteligible, pueda servir para numerosos propósitos, y en el desenlace de los acontecimientos la predicción pueda considerarse correspondiente con lo que realmente ocurre. A continuación, habiendo llenado una vasija con agua, introduce (en ella) el papel, como si estuviera sin inscripción, infundiendo al mismo tiempo la mezcla de caparrosa. Pues de este modo el papel escrito flota hacia arriba (a la superficie), llevando la respuesta. En consecuencia, le sobrevienen frecuentemente al sirviente fantasías formidables, pues también descarga golpes en abundancia sobre los aterrorizados (circunstantes). Pues, arrojando incienso al fuego, opera de nuevo según el método siguiente. Cubriendo un terrón de las llamadas «sales fósiles» con cera etrusca, y dividiendo el trozo mismo de incienso en dos partes, echa en él un grano de sal; y de nuevo uniendo (el trozo), y colocándolo sobre las brasas ardientes, lo deja allí. Y cuando esto se consume, las sales, saltando hacia arriba, crean la impresión de que, por así decirlo, tiene lugar una extraña visión. Y el tinte azul oscuro que se ha depositado en el incienso produce una llama de color rojo sangre, como ya hemos declarado. Pero (el hechicero) hace un líquido escarlata, mezclando cera con orcaneta, y, como dije, depositando la cera en el incienso. Y hace que las brasas se muevan, colocando debajo alumbre en polvo; y cuando este se disuelve y se hincha como burbujas, las brasas se mueven.

    Capítulo 29. Exhibición de distintos huevos

    IV, 29

    Pero exhiben distintos huevos de esta manera. Perforando la parte superior por ambos extremos y extrayendo la clara, y habiéndolo sumergido de nuevo, arrojan dentro algo de minio y algo de tinta de escribir. Cierran, empero, las aberturas con raspaduras finas de los huevos, untándolas con jugo de higo.

    Capítulo 30. Degüello de las ovejas por sí mismas

    IV, 30

    Entre quienes hacen que las ovejas se corten sus propias cabezas, se adopta el siguiente plan. Untando secretamente la garganta (del animal) con una droga cauterizante, coloca una espada cerca y la deja allí. La oveja, deseosa de rascarse, se lanza contra la hoja y, en el acto de frotarse, es degollada, mientras la cabeza queda casi separada del tronco. Hay, empero, un compuesto de la droga: brionia, sal y escila, preparados en partes iguales. Para que la persona que lleva la droga pase inadvertida, lleva una caja con dos compartimentos hecha de cuerno, el visible de los cuales contiene incienso, pero el secreto (la droga antedicha). Él, empero, asimismo introduce en los oídos de la oveja próxima a morir azogue; pero esta es una droga venenosa.

    Capítulo 31. Método de envenenar cabras

    IV, 31

    Y si uno unta con cerato las orejas de las cabras, dicen que expiran un poco después, por quedar obstruida su respiración. Pues este es para ellos el modo —como estos afirman— de inhalar su aliento en el acto de la respiración. Y un carnero, aseguran, muere si uno le dobla hacia atrás (el cuello) frente al sol. Y logran el incendio de una casa untándola con el jugo de cierto pez llamado dáctilo. Y este efecto, que tiene en razón del agua del mar, es muy útil. Asimismo, la espuma del océano se hierve en una tinaja de barro junto con algunos ingredientes dulces; y si aplicas una vela encendida a esto mientras está en estado de ebullición, prende fuego y se consume; y (aunque la mezcla) se derrame sobre la cabeza, no la quema en absoluto. Si, empero, la untas también con resina calentada, se consume con mucha más eficacia. Pero logra su objeto mejor aún si toma también algo de azufre.

    Capítulo 32. Imitaciones del trueno y otras ilusiones

    IV, 32

    El trueno se produce de muchas maneras; pues piedras muy numerosas e inusitadamente grandes, rodando hacia abajo por tablas de madera, caen sobre planchas de bronce y causan un sonido semejante al trueno. Y también alrededor de la tabla delgada con que los cardadores espesan el paño enrollan una cuerda delgada; y luego, retirando la cuerda con un tirón, hacen girar la tabla, y en su revolución emite un sonido como de trueno. Estas farsas, en verdad, se representan así.
    Hay, empero, otras prácticas que explicaré, las cuales quienes ejecutan estas representaciones ridículas estiman como grandes hazañas. Colocando un caldero lleno de pez sobre brasas ardientes, cuando hierve, (aunque) pongan las manos sobre él, no se queman; es más, incluso caminando sobre carbones encendidos con los pies desnudos, no se abrasan. Pero también colocando una pirámide de piedra sobre un lar, (el hechicero) hace que arda, y por la boca vomita una masa de humo, y de condición ígnea. Luego también, poniendo un lienzo sobre una olla de agua, arrojando (al mismo tiempo) una cantidad de brasas resplandecientes, (el mago) mantiene el lienzo sin consumirse. Creando asimismo oscuridad en la casa, (el hechicero) alega que puede introducir dioses o demonios; y si alguno le pide que muestre a Asclepio, emplea una invocación expresada en las siguientes palabras:—
    El niño una vez sacrificado, de nuevo por Febo hecho inmortal,
    Llamo para que venga y asista a mis ritos sacrificiales;
    Que, asimismo, una vez a las incontables tribus de los muertos fugaces,
    En las moradas siempre luctuosas del vasto Tártaro,
    Arrostrando la ola fatal y la negra inundación
    Superando, donde todo lo de molde mortal ha de flotar,
    Desgarrado, junto al lago, con duelo y aflicción sin fin,
    Tú mismo arrebatado de la lúgubre Proserpina.
    O ya frecuentes la sede de la santa Tracia, o la amable
    Pérgamo, o además la jónica Epidauro,
    El príncipe de los videntes, oh Dios feliz, te invita aquí.

    Capítulo 33. El Asclepio ardiente; ardides con fuego

    IV, 33

    Pero cuando cesa de proferir estas burlas, un Asclepio ardiente aparece en el suelo. Luego, colocando en medio una olla llena de agua, invoca a todas las deidades, y estas se presentan. Pues cualquiera que esté cerca, mirando dentro de la olla, las contemplará a todas, y a Diana guiando a sus lebreles que ladran. No rehuiremos, sin embargo, narrar el relato (de los artificios) de estos hombres, cómo intentan (realizar su prestidigitación). Pues (el mago) pone su mano sobre el caldero de pez, que está como en estado de ebullición; y arrojando (al mismo tiempo) vinagre y nitro y pez húmeda, enciende fuego debajo del caldero. El vinagre, empero, mezclado con el nitro, al recibir un pequeño aumento de calor, mueve la pez, de modo que hace subir burbujas a la superficie y ofrece la mera apariencia de una (olla) hirviente. El (hechicero), empero, se lava previamente las manos con frecuencia en salmuera; la consecuencia es que el contenido del caldero, aunque en realidad esté hirviendo, no lo quema mucho. Pero si, habiendo untado sus manos con una tintura de mirto, nitro y mirra, junto con vinagre, se las lava en salmuera con frecuencia, no se abrasa; y no se quema los pies, con tal de untárselos con cola de pescado y una salamandra.
    Por lo que respecta, empero, al arder como una vela la pirámide, aunque esté compuesta de piedra, la causa de ello es la siguiente. Se modela tierra calcárea en forma de pirámide, pero su color es el de una piedra blanca como la leche, y se prepara de esta manera. Habiendo ungido el pedazo de arcilla con abundante aceite, y poniéndolo sobre brasas, y cociéndolo, untándolo de nuevo y chamuscándolo una segunda y tercera vez, y con frecuencia, (el hechicero) logra que pueda arder, aun cuando lo sumerja en agua; pues contiene en sí abundancia de aceite. El lar, empero, se enciende espontáneamente, mientras el mago derrama una libación, por tener debajo, en lugar de cenizas, yesca ardiendo, e incienso refinado y una gran cantidad de estopa, y un manojo de velas untadas y de nueces de agalla, huecas por dentro y provistas de fuego (oculto). Y después de alguna demora, (el hechicero) hace que (la pirámide) emita humo por la boca, poniendo fuego en la nuez de agalla, rodeándola de estopa y soplando en la boca. El lienzo, empero, que ha sido colocado alrededor del caldero, (y) sobre el cual deposita las brasas, por causa de la salmuera subyacente no se quemaría; además, él mismo ha sido lavado en salmuera y luego untado con clara de huevo, junto con alumbre húmedo. Y si, asimismo, se mezcla en estos el jugo de siempreviva junto con vinagre, y durante largo tiempo se unta previamente (con esta preparación), después de ser lavado en esta droga, queda totalmente incombustible.

    Capítulo 34. La ilusión de las cartas selladas; objeto de detallar estas prestidigitaciones

    IV, 34

    Después, pues, de haber explicado sucintamente las potencias de las artes secretas practicadas entre estos (magos), y de haber mostrado su fácil plan para la adquisición del conocimiento, tampoco estamos dispuestos a guardar silencio sobre el punto siguiente, que es necesario: cómo, soltando los sellos, restauran las cartas selladas con los sellos mismos. Fundiendo pez, resina y azufre, y además asfalto, en partes iguales, (y) formando el ungüento en una figura, lo guardan consigo. Cuando, empero, es tiempo de soltar una tablilla pequeña, untando con aceite su lengua, luego ungiendo con esta el sello, (y) calentando la droga con fuego moderado, (los hechiceros) la colocan sobre el sello; y la dejan allí hasta que ha adquirido completa consistencia, y la usan en esta condición como sello. Pero dicen, asimismo, que la cera misma con goma de abeto posee una potencia semejante, así como dos partes de mastique con una parte de asfalto seco. Pero el azufre también por sí solo logra el propósito tolerablemente bien, y la flor de yeso cernida con agua, y de goma. Ahora bien, esta (última mezcla) ciertamente responde admirablemente también para sellar plomo fundido. Y lo que se logra con la cera etrusca, y los desechos de resina, y pez, y asfalto, y mastique, y espato pulverizado, todo hervido junto en partes iguales, es superior a las demás drogas que he mencionado, mientras que lo que se efectúa con la goma no es inferior. De esta manera, pues, también intentan soltar los sellos, esforzándose por aprender las letras escritas dentro.
    Estos artificios, sin embargo, he vacilado en narrarlos en este libro, percibiendo el peligro de que, acaso, alguna persona pícara, tomando ocasión (de mi relato), intente (practicar estas prestidigitaciones). La solicitud, empero, por muchos jóvenes, que podrían ser preservados de tales prácticas, me ha persuadido a enseñar y publicar, por seguridad, (las afirmaciones precedentes). Pues aunque una persona pueda hacer uso de estas para instruirse en el mal, de este modo otra, al ser instruida (en estas prácticas), será preservada de ellas. Y los magos mismos, corruptores de la vida, se avergonzarán de ejercer su arte. Y aprendiendo estos puntos que han sido previamente dilucidados por nosotros, posiblemente serán apartados de su locura. Pero para que este sello no sea roto, permítaseme sellarlo con manteca de cerdo y cabellos mezclados con cera.

    Capítulo 35

    La adivinación por medio de un caldero; ilusión de demonios ígneos; muestra de una invocación mágica

    IV, 35

    Pero tampoco guardaré silencio respecto de aquel ardid de estos (hechiceros), que consiste en la adivinación por medio del caldero. Pues, haciendo una cámara cerrada, y untando el techo con cianos para el uso presente, introducen ciertas vasijas de cianos y las extienden hacia arriba. El caldero, empero, lleno de agua, se coloca en el centro sobre el suelo; y el reflejo de los cianos que cae sobre él presenta la apariencia del cielo. Pero el suelo tiene también una cierta abertura oculta, sobre la cual se coloca el caldero, habiendo sido (previamente) provisto de un fondo de cristal, mientras que él mismo está compuesto de piedra. Debajo, empero, inadvertido (para los espectadores), hay un compartimento, en el cual los cómplices, congregándose, aparecen revestidos con las figuras de los dioses y demonios que el mago quiere exhibir. Ahora bien, la víctima engañada, contemplando estas cosas, queda asombrada de la pícarería del mago, y en lo sucesivo cree todo lo que probablemente diga. Pero (el hechicero) produce un demonio ardiente trazando en el muro la figura que desee, y luego untándola encubiertamente con una droga mezclada de esta manera, a saber, de asfalto laconio y zacintio— mientras que después, como bajo la influencia de un frenesí profético, mueve la lámpara hacia el muro. La droga, empero, arde con considerable esplendor. Y que una Hécate ígnea parezca correr por el aire, lo logra del modo siguiente. Ocultando a cierto cómplice en el lugar que desea, (y) llevando aparte a sus víctimas engañadas, los persuade (de creerle), alegando que exhibirá un demonio llameante cabalgando por el aire. Ahora bien, los exhorta a que inmediatamente mantengan los ojos fijos hasta que vean la llama en el aire, y que (entonces), cubriéndose el rostro, caigan de bruces hasta que él mismo los llame; y después de darles estas instrucciones, en una noche sin luna, en versos habla así:—
    ¡Bombo infernal, terrestre y superno, ven!
    Santo de las calles, y brillante, que vagas de noche;
    Enemigo del resplandor, pero amigo y compañero de la tiniebla;
    Que te regocijas en el aullido de los perros y en la sangre carmesí,
    Vadeando entre cadáveres por sepulcros de polvo exánime,
    Jadeante de sangre; con miedo convulsionando a los hombres.
    Gorgo, y Mormo, y Luna, y de muchas formas,
    ¡Ven, propicio, a nuestros ritos sacrificiales!

    Capítulo 36. Modo de manejar una aparición

    IV, 36

    Y mientras pronuncia estas palabras, se ve fuego llevado por el aire; pero los (espectadores), horrorizados ante la extraña aparición, (y) cubriéndose los ojos, se arrojan a tierra sin habla. Pero el éxito del artificio se acrecienta con el siguiente ardid. El cómplice de quien he hablado como oculto, cuando oye que el encantamiento cesa, sosteniendo un milano o un halcón envuelto en estopa, le prende fuego y lo suelta. El ave, empero, espantada por la llama, es llevada a lo alto y hace un vuelo (proporcionalmente) más rápido; y estas personas engañadas, al contemplarlo, se ocultan, como si hubieran visto algo divino. La criatura alada, empero, girando arremolinada por el fuego, es llevada adondequiera que el azar quiera, y quema ora las casas, ora los patios. Tal es la adivinación de los hechiceros.

    Capítulo 37. Aparición ilusoria de la luna

    IV, 37

    Y hacen aparecer la luna y las estrellas en el techo de esta manera. En la parte central del techo, habiendo fijado un espejo, colocando un plato lleno de agua igualmente (con el espejo) en la parte central del suelo, y poniendo asimismo en un lugar central una vela, que emite una luz tenue desde una posición más alta que el plato— de este modo, por reflexión, (el mago) hace que la luna aparezca por medio del espejo. Pero con frecuencia, asimismo, suspenden en lo alto, a distancia del techo, un tambor, pero que, cubierto con algún vestido, es ocultado por el cómplice, para que (el cuerpo celeste) no aparezca antes del tiempo (debido). Y después, colocando una vela (dentro del tambor), cuando el mago da la señal al cómplice, este retira tanta parte de la cubierta como sea suficiente para efectuar una imitación que represente la figura de la luna tal como está en ese momento particular. Unta, empero, las partes luminosas del tambor con cinabrio y goma; y habiendo recortado alrededor del cuello y del fondo de un frasco de vidrio preparado detrás, pone en él una vela, y coloca alrededor algunos de los artificios necesarios para hacer brillar las figuras, que alguno de los cómplices ha ocultado en lo alto; y al recibir la señal, arroja desde arriba los artificios, para hacer que la luna parezca descender del cielo.
    Y el mismo resultado se logra por medio de una tinaja en parajes selváticos. Pues es por medio de una tinaja como se realizan los trucos en una casa. Pues habiendo erigido un altar, en seguida se coloca sobre él la tinaja, que tiene una lámpara encendida; cuando, empero, hay un mayor número de lámparas, no se muestra tal visión. Después, entonces, el encantador invoca a la luna y ordena que todas las luces sean extinguidas, salvo que una quede ardiendo débilmente; y entonces la luz, la que sale de la tinaja, se refleja en el techo y proporciona a los presentes una representación de la luna; manteniéndose cubierta la boca de la tinaja durante el tiempo que parecería requerir, para que la representación de luna llena se exhiba en el techo.

    Capítulo 38. Aparición ilusoria de las estrellas

    IV, 38

    Pero las escamas de los peces —por ejemplo, el caballito de mar— hacen que las estrellas parezcan existir; las escamas se empapan en una mezcla de agua y goma, y se fijan en el techo a intervalos.

    Capítulo 39. Imitación de un terremoto

    IV, 39

    La sensación de un terremoto la causan de tal modo, que todas las cosas parecen ponerse en movimiento; excremento de comadreja quemado con un imán sobre carbones (produce este efecto).

    Capítulo 40. Truco con el hígado

    IV, 40

    Y exhiben un hígado que parece llevar una inscripción de esta manera. Con la mano izquierda escribe lo que desea, añadiéndolo a la pregunta, y las letras se trazan con jugo de hiel y vinagre fuerte. Luego, tomando el hígado, reteniéndolo en la mano izquierda, hace alguna pausa, y entonces aquel atrae la impresión, y se supone que tiene, por así decirlo, escritura sobre él.

    Capítulo 41. Hacer hablar a una calavera

    IV, 41

    Pero poniendo una calavera en el suelo, la hacen hablar de esta manera. La calavera misma se hace con el redaño de un buey; y cuando está modelada en la figura requerida, por medio de cera etrusca y goma preparada, y cuando esta membrana se coloca alrededor, presenta la apariencia de una calavera, la cual parece a todos hablar cuando el artificio opera; de la misma manera que hemos explicado en el caso de los jóvenes (asistentes), cuando, habiendo procurado la tráquea de una grulla, o de algún animal de cuello largo semejante, y adhiriéndola ocultamente a la calavera, el cómplice emite lo que desea. Y cuando desea (que la calavera) se vuelva invisible, aparece como si quemara incienso, colocando alrededor, (para este propósito,) una cantidad de carbones; y cuando la cera recibe el calor de estos, se derrite, y de esta manera se supone que la calavera se vuelve invisible.

    Capítulo 42. El fraude de las prácticas precedentes; su relación con la herejía

    IV, 42

    Estas son las acciones de los magos, e innumerables otros (trucos) tales hay que obran sobre la credulidad de las víctimas engañadas, mediante palabras bien equilibradas y la apariencia de actos plausibles. Y los heresiarcas, asombrados por el arte de estos (hechiceros), los han imitado, en parte entregando sus doctrinas en secreto y en la oscuridad, y en parte presentando (estos principios) como propios. Por esta razón, deseando advertir a la multitud, hemos sido tanto más diligentes, para no omitir ningún expediente practicado por los magos, para aquellos que puedan estar dispuestos a ser engañados. Sin embargo, no sin razón, nos hemos visto arrastrados a un detalle de algunos de los secretos (misterios) de los hechiceros, los cuales ciertamente no son muy necesarios en relación con el asunto que nos ocupa; no obstante, para el propósito de guardarnos contra el arte villano e incoherente de los magos, pueden suponerse útiles. Puesto que, por tanto, en la medida en que es factible la delineación, hemos explicado las opiniones de todos (los especuladores), prestando especial atención a la elucidación de las opiniones introducidas como novedades por los heresiarcas; (opiniones) que, en lo que respecta a la piedad, son fútiles y espurias, y que ni siquiera entre ellos mismos, quizá, son consideradas dignas de seria consideración. (Habiendo proseguido este curso de investigación), parece oportuno que, por medio de un discurso compendioso, traigamos a la memoria (del lector) las afirmaciones previamente hechas.

    Capítulo 43

    Recapitulación de las teologías y cosmogonías; sistema de los persas; de los babilonios; la noción egipcia de la Deidad; su teología basada en una teoría de los números; su sistema de cosmogonía

    IV, 43

    Entre todos aquellos que por toda la tierra, como filósofos y teólogos, han llevado a cabo investigaciones, ha prevalecido diversidad de opinión acerca de la Deidad, en cuanto a su esencia o naturaleza. Pues unos afirman que Él es fuego, y otros espíritu, y otros agua, mientras que otros dicen que es tierra. Y cada uno de los elementos adolece de alguna deficiencia, y uno es vencido por el otro. A los sabios del mundo, sin embargo, les ha ocurrido esto, lo cual es obvio para las personas que poseen inteligencia; (quiero decir) que, contemplando las estupendas obras de la creación, quedaron confundidos respecto a la sustancia de las cosas existentes, suponiendo que estas eran demasiado vastas para admitir derivar su generación de otro, y al mismo tiempo (afirmando) que ni el universo mismo es Dios. En cuanto a la teología se refiere, declararon, sin embargo, una causa única para las cosas que caen bajo el conocimiento de la visión, suponiendo cada uno la causa que juzgaba más razonable; y así, cuando contemplaban los objetos hechos por Dios, y aquellos que son los más insignificantes en comparación con su majestad sobrecogedora, no pudiendo, sin embargo, extender la mente a la magnitud de Dios tal como Él realmente es, deificaron estas (obras del mundo externo).
    Pero los persas, suponiendo que habían penetrado más dentro de los confines de la verdad, afirmaron que la Deidad es luminosa, una luz contenida en el aire. Los babilonios, sin embargo, afirmaron que la Deidad es oscura, opinión que también aparece como consecuencia de la otra; pues el día sigue a la noche, y la noche al día. ¿No hablan acaso los egipcios, que se suponen más antiguos que todos, del poder de la Deidad? (Este poder lo estiman) calculando estos intervalos de las partes (del zodíaco; y, como si) por una inspiración divinísima, afirmaron que la Deidad es una monada indivisible, que se genera a sí misma, y que de esta fueron formadas todas las cosas. Pues esta, dicen, siendo ingénita, produce los números sucesivos; por ejemplo, la monada, superañadida a sí misma, genera la díada; y de igual manera, cuando se superañade (a la díada, a la tríada y así sucesivamente), produce la tríada y la tetrada, hasta la decada, que es el principio y fin de los números. Por lo cual la primera y décima monada es generada, a causa de que la decada es equipolente, y es contada como una monada, y (porque) esta multiplicada diez veces se convertirá en cien, y de nuevo se convierte en una monada, y el cien multiplicado diez veces producirá mil, y esto será una monada. De esta manera también el mil multiplicado diez veces completa la suma total de una miríada; de igual modo será una monada. Pero por una comparación de cantidades indivisibles, los números afines de la monada comprenden 3, 5, 7, 9.
    Hay también, sin embargo, una relación más natural de un número diferente con la monada, según el orden de la órbita de seis días de duración, (es decir), de la díada, según la posición y división de los números pares. Pero el número afín es 4 y 8. Estos, sin embargo, tomando de la monada de los números una idea de virtud, progresaron hasta los cuatro elementos; (me refiero), por supuesto, al espíritu, al fuego, al agua y a la tierra. Y de estos, habiendo hecho el mundo, (Dios) lo formó hermafrodita, y asignó dos elementos para el hemisferio superior, a saber, espíritu y fuego; y este se denomina el hemisferio de la monada, (un hemisferio) benéfico, ascendente y masculino. Pues, estando compuesta de partículas pequeñas, la monada se eleva a la parte más rarificada y purísima de la atmósfera; y los otros dos elementos, tierra y agua, siendo más groseros, los asignó a la díada; y este se denomina el hemisferio descendente, tanto femenino como maléfico. E igualmente, de nuevo, los elementos superiores mismos, cuando se comparan entre sí, comprenden el uno en el otro tanto lo masculino como lo femenino para la fecundidad y el aumento de toda la creación. Y el fuego es masculino, y el espíritu femenino. Y de nuevo el agua es masculina, y la tierra femenina. Y así, desde el principio el fuego se unió al espíritu, y el agua a la tierra. Pues como el poder del espíritu es fuego, así también el de la tierra es agua;... y los elementos mismos, cuando se computan y resuelven por sustracción de enéadas, terminan propiamente, unos en el número masculino, y otros en el femenino. Y, de nuevo, la enéada se sustrae por esta causa: porque las trescientas sesenta partes del (círculo) entero consisten en enéadas, y por esta razón las cuatro regiones del mundo están circunscritas por noventa partes perfectas. Y la luz ha sido apropiada a la monada, y la oscuridad a la díada, y la vida a la luz, según la naturaleza, y la muerte a la díada. Y a la vida (se le ha apropiado) la justicia; y a la muerte, la injusticia. Por lo cual todo lo generado entre los números masculinos es benéfico, mientras que lo (producido) entre los femeninos es maléfico. Por ejemplo, prosiguen sus cálculos así: monada —para que comencemos por esta— se convierte en 361, cuyos (números) terminan en una monada por la sustracción de la enéada. De igual manera, calcúlase así: la díada se convierte en 605; quítate las enéadas, termina en una díada, y cada uno revierte a su propia (función) peculiar.

    Capítulo 44. Teoría egipcia de la naturaleza; sus amuletos

    IV, 44

    Pues la monada, por tanto, por ser benéfica, afirman que hay en consecuencia nombres ascendentes, benéficos, masculinos y cuidadosamente observados, que terminan en un número impar; mientras que aquellos que terminan en el número par se ha supuesto que son tanto descendentes, como femeninos y maléficos. Pues afirman que la naturaleza está compuesta de contrarios, a saber, malo y bueno, como derecha e izquierda, luz y oscuridad, noche y día, vida y muerte. Y además hacen esta afirmación: que han calculado la palabra «Deidad,» (y han hallado que revierte a una péntada con una enéada sustraída). Ahora bien, este nombre es un número par, y cuando se escribe (en algún material) lo adhieren al cuerpo, y por él logran curaciones. De esta manera, igualmente, cierta hierba, que termina en este número, siendo atada de manera semejante alrededor (del cuerpo), opera por razón de un cálculo similar del número. Aun más, un médico cura a los enfermos por un cálculo similar. Sin embargo, si el cálculo es contrario, no sana con facilidad. Las personas que atienden a estos números computan tantos como son homogéneos según este principio; algunos, sin embargo, según las vocales solas; mientras que otros según el número entero. Tal es también la sabiduría de los egipcios, por la cual, como se jactan, suponen que conocen la naturaleza divina.

    Capítulo 45. Utilidad de las discusiones precedentes

    IV, 45

    Parece, pues, que estas especulaciones también han sido suficientemente explicadas por nosotros. Pero puesto que creo que no he omitido ninguna opinión que se halle en esta terrenal y rastrera Sabiduría, percibo que la solicitud por nosotros empleada en estos asuntos no ha sido inútil. Pues observamos que nuestro discurso ha servido no solo para una refutación de las herejías, sino también en referencia a aquellos que sostienen estas opiniones. Ahora bien, estos, cuando encuentren el extremo cuidado mostrado por nosotros, quedarán incluso admirados de nuestra diligencia, y no despreciarán nuestra industria ni condenarán a los cristianos como necios cuando disciernan las opiniones a las que ellos mismos han estúpidamente otorgado su creencia. Y además, aquellos que, deseosos de aprender, se entregan a la verdad, serán asistidos por nuestro discurso para volverse, cuando hayan aprendido los principios fundamentales de las herejías, más inteligentes no solo para la fácil refutación de quienes han intentado engañarlos, sino que también, cuando hayan averiguado las opiniones confesadas de los sabios, y se hayan familiarizado con ellas, ni se confundirán por ellas como lo harían los ignorantes, ni se convertirán en víctimas engañadas de ciertos individuos que actúan como si lo hicieran con alguna autoridad; más aún, estarán en guardia contra aquellos que se dejan convertir en víctimas de estos engaños.

    Capítulo 46. Los astroteósofos; Arato imitado por los heresiarcas; su sistema de la disposición de las estrellas

    IV, 46

    Habiendo explicado suficientemente estas opiniones, pasemos ahora a la consideración del asunto que nos ocupa, a fin de que, probando lo que hemos determinado acerca de las herejías, y obligando a sus (campeones) a devolver a estos varios (especuladores) sus principios peculiares, mostremos a los heresiarcas desprovistos (de sistema); y proclamando la necedad de aquellos que son persuadidos (por estos principios heterodoxos), los convenceremos de volver sobre sus pasos hacia el sereno puerto de la verdad. Sin embargo, para que las afirmaciones que han de seguir parezcan más claras a los lectores, es oportuno también declarar las opiniones avanzadas por Arato acerca de la disposición de las estrellas del cielo. (Y esto es necesario), puesto que algunos, asimilando estas (doctrinas) a las declaradas por las Escrituras, convierten (los santos escritos) en alegorías, y se esfuerzan por seducir la mente de quienes prestan atención a sus (principios), atrayéndolos con palabras plausibles a la admisión de cualquier opinión que deseen, (y) exhibiendo una maravilla extraña, como si las afirmaciones hechas por ellos estuvieran fijadas entre las estrellas. Ellos, sin embargo, mirando fijamente la extraordinaria maravilla, admiradores como son de futilidades, quedan fascinados como un ave llamada búho, ejemplo que es propio mencionar, a causa de las afirmaciones que están por seguir. El animal (del que hablo) no es, sin embargo, muy diferente de un águila, ni en tamaño ni en figura, y es capturado de la siguiente manera:— El cazador de estas aves, cuando ve una bandada de ellas posarse en algún lugar, sacudiendo las manos, a distancia finge danzar, y así poco a poco se acerca a las aves. Pero ellas, heridas de asombro por el extraño espectáculo, quedan inadvertidas de todo lo que pasa a su alrededor. Pero otros del grupo, que han llegado al lugar equipados para tal propósito, acercándose por detrás de las aves, fácilmente las agarran mientras están mirando al danzante.
    Por lo cual deseo que nadie, asombrado por maravillas semejantes de quienes interpretan el (aspecto del) cielo, sea, como el búho, hecho cautivo. Pues la pícarería practicada por tales especuladores puede considerarse danza y necedad, pero no verdad. Arato, por tanto, se expresa así:—
    Así como muchos son ellos; aquí y allá ruedan
    Día tras día por el cielo, sin fin, siempre, (es decir, cada estrella),
    Pero esto no declina ni siquiera un poco; sino que así exactamente
    Siempre permanece con eje fijo y equilibrado en toda parte
    Sostiene la tierra en el medio, y al cielo mismo conduce en derredor.

    Capítulo 47. Opiniones de los herejes tomadas de Arato

    IV, 47

    Arato dice que hay en el cielo estrellas que giran, es decir, que giran en círculos, porque de este a oeste, y de oeste a este, viajan perpetuamente, (y) en figura orbicular. Y dice que gira hacia «las Osas» mismas, como alguna corriente de un río, un monstruo enorme y prodigioso, (la) Serpiente; y que esto es lo que el diablo dice en el libro de Job a la Deidad, cuando (Satanás) usa estas palabras: «He recorrido la tierra bajo el cielo, y he dado la vuelta (a ella),» es decir, que he sido volteado, y con ello he podido examinar los mundos. Pues suponen que hacia el Polo Norte está situado el Dragón, la Serpiente, que desde el polo más alto mira todas (las cosas), y contempla todas las obras de la creación, para que nada de las cosas que están siendo hechas escape a su atención. Pues aunque todas las estrellas del firmamento se ponen, el polo de este (astro luminoso) solo nunca se pone, sino que, desplazándose en lo alto sobre el horizonte, examina y contempla todas las cosas, y ninguna de las obras de la creación, dice, puede escapar a su atención.
    Donde principalmente
    Los ocasos se mezclan y los ortos unos con otros.
    (Aquí Arato) dice que la cabeza de esta (constelación) está colocada. Pues hacia el oeste y el este de los dos hemisferios está situada la cabeza del Dragón, para que, dice, nada escape a su atención a lo largo del mismo cuarteto, ya sea de objetos en el oeste o de aquellos en el este, sino que la Bestia conozca todas las cosas al mismo tiempo. Y cerca de la cabeza misma del Dragón está la apariencia de un hombre, conspicua por medio de las estrellas, la cual Arato denomina imagen fatigada, y semejante a uno oprimido por el trabajo, y es denominado «Engonasis.» Arato entonces afirma que no sabe qué es este trabajo, y qué es este prodigio que gira en el cielo. Los herejes, sin embargo, deseando por medio de este relato de las estrellas establecer sus propias doctrinas, (y) con más que ordinaria diligencia dedicando su atención a estos (sistemas astronómicos), afirman que Engonasis es Adán, según el mandamiento de Dios como Moisés declaró, guardando la cabeza del Dragón, y el Dragón (guardando) su talón. Pues así se expresa Arato:—
    «La huella del pie derecho del fiero Dragón poseyendo.»

    Capítulo 48

    Invención de la Lira; alegorización de la apariencia y posición de los astros; origen de los fenicios; el Verbo identificado por Arato con la constelación de Canis; influencia de Canis sobre la fertilidad y la vida en general

    IV, 48

    Y dice (Arato) que (las constelaciones) Lira y Corona han sido colocadas a ambos lados cerca de él —me refiero ahora a Engonasis—, pero que dobla la rodilla y extiende ambas manos, como haciendo confesión de pecado. Y que la lira es un instrumento musical fabricado por el Verbo cuando todavía era enteramente un infante, y que el Verbo es el mismo que entre los griegos es denominado Mercurio. Y Arato, respecto a la construcción de la lira, observa:—
    Luego, además, también junto a la cuna,
    Hermes lo atravesó y dijo: Llámalo Lira.
    Consiste en siete cuerdas, significando con estas siete cuerdas la entera armonía y construcción del mundo tal como está melódicamente constituido. Porque en seis días fue hecho el mundo, y (el Creador) descansó el séptimo. Si, pues, dice (Arato), Adán, reconociendo (su culpa) y guardando la cabeza de la Bestia, según el mandamiento de la Deidad, imitara a la Lira, es decir, obedeciera al Verbo de Dios, es decir, se sometiera a la ley, recibirá la Corona que está situada cerca de él. Si, en cambio, descuida su deber, será precipitado abajo en compañía de la Bestia que yace debajo, y tendrá, dice, su parte con la Bestia. Y Engonasis parece extender sus manos a ambos lados, y con una tocar la Lira, y con la otra la Corona — y esta es su confesión;— de modo que es posible distinguirlo por medio de esta configuración (sideral) misma. Pero la Corona, no obstante, es asediada, y arrebatada a la fuerza por otra bestia, un Dragón más pequeño, que es la prole de aquel que es guardado por el pie de Engonasis. También un hombre está firmemente asido con ambas manos, y arrastra hacia el espacio detrás de la Serpiente desde la Corona; y no permite que la Bestia toque la Corona, aunque hace un violento esfuerzo por hacerlo. Y Arato lo llama Anguitenens, porque refrena la impetuosidad de la Serpiente en su intento de alcanzar la Corona. Pero el Verbo, dice, es aquel que, en figura de hombre, impide a la Bestia alcanzar la Corona, compadeciéndose de aquel que es asediado por el Dragón y su prole simultáneamente.
    Estas (constelaciones), «las Osas», sin embargo, dice, son dos hebdomadas, compuestas de siete estrellas, imágenes de dos creaciones. Pues la primera creación, afirma, es la que se da según Adán en los trabajos; este es el que se ve «de rodillas» (Engonasis). La segunda creación, empero, es la que se da según Cristo, por la cual somos regenerados; y este es Anguitenens, que lucha contra la Bestia y le impide alcanzar la Corona, que está reservada para el hombre. Pero «la Osa Mayor» es, dice, Hélice, símbolo de un mundo poderoso hacia el cual dirigen su rumbo los griegos, es decir, para el cual están siendo disciplinados. Y, llevados por las olas de la vida, siguen adelante, (teniendo en perspectiva) cierto mundo o disciplina o sabiduría en revolución que conduce de vuelta a los que persiguen tal mundo. Pues el término Hélice parece significar cierta circulación y revolución hacia los mismos puntos. Hay asimismo cierta otra «Osa Menor» (Cinosuris), como una especie de imagen de la segunda creación — la formada según Dios. Pues pocos, dice, hay que viajen por el sendero estrecho. Pero afirman que Cinosuris es estrecha, hacia la cual dice Arato que navegan los sidonios. Pero Arato ha hablado en parte de los sidonios, (pero quiere decir) los fenicios, a causa de la existencia de la admirable sabiduría de los fenicios. Los griegos, sin embargo, afirman que son fenicios que han emigrado desde (las costas del) mar Rojo a este país donde aún al presente habitan, pues esta es la opinión de Heródoto. Ahora bien, Cinosura, dice, es esta Osa (menor), la segunda creación; la de dimensiones limitadas, la vía estrecha, y no Hélice. Pues él no los conduce de vuelta, sino que guía adelante por una senda recta, siendo los que lo siguen (la cola) de Canis. Pues Canis es el Verbo, en parte guardando y preservando el rebaño, contra el que conspiran los lobos; y en parte como un perro, cazando las bestias de la creación y destruyéndolas; y en parte produciendo todas las cosas, y siendo lo que expresan con el nombre «Cyon» (Canis), es decir, generador. De ahí se dice que Arato ha hablado de la salida de Canis, expresándose así: «Cuando, sin embargo, ha salido Canis, ya no faltan las mieses.» Esto es lo que dice: Las plantas que han sido puestas en la tierra hasta el período de la salida de Canis, frecuentemente, aunque no hayan echado raíz, están sin embargo cubiertas de profusión de hojas, y ofrecen indicaciones a los espectadores de que serán productivas, y de que parecen llenas de vida, (aunque en realidad) sin tener vitalidad en sí mismas desde la raíz. Pero cuando tiene lugar la salida de Canis, los vivos son separados de los muertos por Canis; pues cualesquiera plantas que no han echado raíz, realmente sufren putrefacción. Este Canis, por tanto, dice, como siendo cierto Verbo divino, ha sido constituido juez de vivos y muertos. Y así como (la influencia de) Canis se observa en las producciones vegetales de este mundo, así en las plantas de crecimiento celestial — en los hombres — se contempla (el poder del) Verbo. Por alguna causa semejante, pues, Cinosura, la segunda creación, está puesta en el firmamento como imagen de una creación por el Verbo. El Dragón, empero, en el centro se reclina entre las dos creaciones, impidiendo una transición de cualesquiera cosas que son de la creación grande a la creación pequeña; y guardando las que están fijas en la (gran) creación, como por ejemplo Engonasis, observando (al mismo tiempo) cómo y de qué manera cada una está constituida en la creación pequeña. Y (el Dragón) mismo es vigilado en la cabeza, dice, por Anguitenens. Esta imagen, afirma, está fijada en el cielo, siendo cierta sabiduría para los capaces de discernirla. Si, empero, esto es oscuro, por medio de alguna otra imagen, dice, la creación enseña (a los hombres) a filosofar, respecto de lo cual Arato se ha expresado así:—
    «No somos de Céfiro Iásidas la prole miserable.»

    Capítulo 49. Símbolo de la criatura; y del espíritu; y de los diferentes órdenes de animales

    IV, 49

    Pero dice Arato que cerca de esta (constelación) están Céfiro, Casiepea, Andrómeda y Perseo, grandes lineamientos de la creación para quienes son capaces de discernirlos. Pues afirma que Céfiro es Adán, Casiepea Eva, Andrómeda el alma de ambos, Perseo el Verbo, alado vástago de Júpiter, y Cetos el monstruo conjurador. No a ninguno de estos, sino solo a Andrómeda acude el que mata a la Bestia; de quien, asimismo, tomando para sí a Andrómeda, que había sido entregada (y) encadenada a la Bestia, el Verbo — es decir, Perseo — logra, dice, su liberación. Perseo, sin embargo, es el eje alado que atraviesa ambos polos por el centro de la tierra, y hace girar el mundo. El espíritu también, el que está en el mundo, es (simbolizado por) Cycnus, un ave — animal musical cerca de «las Osas» — tipo del Espíritu Divino, porque cuando se aproxima al fin mismo de la vida, solo ella es apta por naturaleza para cantar, al partir con buena esperanza de la creación malvada, (y) ofreciendo himnos a Dios. Pero cangrejos, y toros, y leones, y carneros, y cabras, y cabritos, y cuantas otras bestias tienen sus nombres usados para denominar las estrellas en el firmamento, son, dice, imágenes y ejemplares de los cuales la creación, sujeta a cambio, obteniendo (las diferentes) especies, se llena de animales de esta descripción.

    Capítulo 50. Locura de la astrología

    IV, 50

    Sirviéndose de estas narraciones, (los herejes) piensan engañar a cuantos se consagran con excesiva asiduidad a los astrólogos, esforzándose desde ahí por construir un sistema de religión que se aparta ampliamente de los pensamientos de estos (especuladores). Por lo cual, amados, evitemos la costumbre de admirar futilidades, mediante la cual es capturada el ave (llamada) búho. Pues estas y otras especulaciones semejantes son, (por así decir), danza, y no Verdad. Porque ni los astros proporcionan estos informes; sino que los hombres, por su propia voluntad, para la designación de ciertas estrellas, las llamaron así por nombres, para que se les hicieran fácilmente distinguibles. Pues ¿qué semejanza con un oso o león, o cabrito, o aguador, o Céfiro, o Andrómeda, o los espectros que tienen nombres dados en el Hades, tienen las estrellas que están esparcidas por el firmamento — pues debemos recordar que estos hombres, y los títulos mismos, entraron en existencia mucho después del origen del hombre — (¿qué, digo, hay en común entre los dos), que los herejes, asombrados ante el prodigio, se esfuercen así por medio de tales discursos en fortalecer sus propias opiniones?

    Capítulo 51

    Los hebdomadarios; sistema de los aritméticos; puesto al servicio de la herejía; ejemplos de ello, en Simón y Valentín; la naturaleza del universo deducible de la fisiología del cerebro

    IV, 51

    Pero puesto que casi toda herejía (que ha surgido) mediante el arte aritmético ha descubierto medidas de hebdomadas y ciertas proyecciones de Eones, desgarrando cada una el arte de manera diferente, mientras que cualquier variación que prevaleciera estaba meramente en los nombres; y (puesto que) Pitágoras se convirtió en instructor de estos, introduciendo números de este tipo entre los griegos desde Egipto, parece conveniente no omitir siquiera esto, sino, después de haber dado una elucidación compendiosa, abordar la demostración de aquellas cosas que nos proponemos investigar.
    Se levantaron aritméticos y geómetras, a quienes especialmente Pitágoras parece haber proporcionado primero los principios. Y de números que pueden progresar continuamente ad infinitum por multiplicación, y de figuras, derivaron sus primeros principios, como capaces de ser discernidos por la sola razón; pues un principio de la geometría, como uno puede percibir, es un punto indivisible. De ese punto, sin embargo, por medio del arte, se descubre la generación de figuras sin fin a partir del punto. Pues el punto, al extenderse en longitud, se convierte en línea, después de ser así continuado, teniendo un punto por extremidad. Y una línea que fluye hacia la anchura engendra una superficie, y los límites de la superficie son líneas; pero una superficie que fluye hacia la anchura se convierte en cuerpo. Y cuando lo sólido ha derivado de esta manera su existencia, en conjunto, del punto más pequeño, se constituye la naturaleza de un cuerpo enorme; y esto es lo que Simón expresa así: «Lo pequeño será grande, siendo como un punto, y lo grande ilimitado.» Ahora bien, esto coincide con la doctrina geométrica del punto.
    Pero del arte aritmético, que por composición contiene la filosofía, el número se convirtió en primer principio, que es una (entidad) indefinible e incomprensible, que comprende en sí mismo todos los números que pueden continuar ad infinitum por agregación. Pero la primera monada se convirtió en principio, según la sustancia, de los números, cuyo (principio) es una monada masculina, que pro-crea paternalmente todos los demás números. En segundo lugar, la díada es un número femenino, que por los aritméticos es también ella misma denominada par. En tercer lugar, la tríada es un número masculino; a este también ha sido costumbre usual de los aritméticos llamarlo impar. Además de todos estos, la tetrada es un número femenino; y esta misma, por ser femenina, es asimismo denominada par. Todos los números, por tanto, tomados genéricamente, son cuatro — el número, sin embargo, en cuanto al género, es indefinido — de los cuales, según su sistema, se forma el número perfecto — quiero decir la decada. Pues uno, dos, tres, cuatro, se convierten en diez — como se ha probado previamente — si se preserva la denominación propia, según la sustancia, para cada uno de los números. Esta es la sagrada cuaterna, según Pitágoras, que tiene en sí misma raíces de una naturaleza sin fin, es decir, todos los demás números; pues once, y doce, y los demás, derivan el principio de generación del diez. De esta decada — el número perfecto — se llaman cuatro partes — número, monada, potencia, cubo — cuyas conexiones y mezclas tienen lugar para la generación del aumento, completando según la naturaleza el número productivo. Pues cuando el cuadrado se multiplica por sí mismo, se convierte en bicuadrado; pero cuando el cuadrado se multiplica por un cubo, se convierte en el producto de un cuadrado y un cubo; pero cuando un cubo se multiplica por un cubo, se convierte en el producto de cubo multiplicado por cubo. Por lo cual todos los números son siete; de modo que la generación de las cosas producidas puede ser a partir de la hebdomada — que es número, monada, potencia, cubo, bicuadrado, producto de cuadrado multiplicado por cubo, producto de cubo multiplicado por cubo.
    De esta hebdomada, Simón y Valentín, habiendo alterado los nombres, refirieron historias maravillosas, adoptando desde entonces apresuradamente un sistema para sí mismos. Pues Simón emplea sus denominaciones así: Mente, Inteligencia, Nombre, Voz, Raciocinación, Reflexión; y Aquel que estaba, está, estará. Y Valentín (las enumera así): Mente, Verdad, Verbo, Vida, Hombre, Iglesia, y el Padre, contado junto con estos, según los mismos principios que los avanzados por los cultivadores de la filosofía aritmética. Y (los heresiarcas), admirando, como si fuera desconocida para la multitud, (esta filosofía, y) siguiéndola, han forjado doctrinas heterodoxas ideadas por ellos mismos.
    Algunos, en efecto, intentan asimismo formar las hebdomadas a partir del arte médico, asombrándose de la disección del cerebro, afirmando que la sustancia del universo, y la potencia de procreación, y la Deidad pueden ser averiguadas a partir de la disposición del cerebro. Pues el cerebro, siendo la porción dominante de todo el cuerpo, reposa calmo e inmóvil, conteniendo dentro de sí el espíritu. Tal explicación, pues, no es increíble, pero difiere ampliamente de las conclusiones que estos (herejes) intentan deducir de ella. Pues el cerebro, al ser disecado, tiene en su interior lo que puede llamarse una cámara abovedada. Y a cada lado de esta hay membranas delgadas, que ellos denominan pequeñas alas. Ahora bien, estas son movidas suavemente por el espíritu, y a su vez propulsan hacia el cerebelo el espíritu, el cual, corriendo a través de cierto vaso sanguíneo como una caña, avanza hacia la glándula pineal. Y cerca de esta está situada la entrada del cerebelo, que admite la corriente de espíritu y la distribuye en lo que se denomina médula espinal. Pero de ellos todo el cuerpo participa de la energía espiritual, en tanto que todas las arterias, como una rama, están fijadas a partir de este vaso sanguíneo, cuya extremidad termina en los vasos genitales, de donde todas las semillas (animales) que proceden del cerebro a través del lomo son secretadas (en las glándulas seminales). La forma, sin embargo, del cerebro es como la cabeza de una serpiente, respecto de la cual se mantiene una prolongada discusión por los profesores del conocimiento, falsamente así llamado, como probaremos. Otros seis ligamentos de acoplamiento crecen del cerebro, los cuales, atravesando alrededor de la cabeza, y teniendo su terminación en (la cabeza) misma, mantienen unidos los cuerpos; pero el séptimo (ligamento) procede del cerebelo a las partes inferiores del resto del cuerpo, como hemos declarado.
    Y respecto de esto hay una discusión ampliada, de donde tanto Simón como Valentín se hallará que han derivado de esta fuente puntos de partida para sus opiniones, y, aunque no lo reconozcan, que son en primer lugar mentirosos, luego herejes. Puesto que, pues, parece que hemos explicado suficientemente también estas doctrinas, y que todas las opiniones reputadas de esta filosofía terrena han sido comprendidas en cuatro libros; parece conveniente pasar a la consideración de los discípulos de estos hombres, mejor dicho, de aquellos que se han apropiado furtivamente sus doctrinas.
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