VI, 13
Por tanto, según este razonamiento, Simón devino confesadamente un dios para sus necios seguidores, como aquel libio, es decir, Apseto — engendrado, sin duda, y sujeto a pasión, cuando puede existir potencialmente, pero desprovisto de propensiones. (Y esto también, aunque nacido de uno que tiene propensiones, e increado aunque nacido) de uno que es engendrado, cuando es formado en una figura, y, deviniendo perfecto, puede salir de dos de las primarias potencias, es decir, Cielo y Tierra. Pues Simón habla expresamente de esto en la «Revelación» de esta manera: «A vosotros, pues, dirijo las cosas que hablo, y (a vosotros) escribo lo que escribo. La escritura es esta: hay dos retoños de todos los Eones, que no tienen ni principio ni fin, de una sola raíz. Y esta es una potencia, a saber, Sigé, (que es) invisible (e) incomprensible. Y uno de estos (retoños) aparece desde arriba, el cual constituye una gran potencia, (la creativa) Mente del universo, que administra todas las cosas, (y es) un varón. El otro (retoño), sin embargo, es desde abajo, (y constituye) una gran Inteligencia, y es una hembra que produce todas las cosas. De donde, dispuestos en pares opuestos uno al otro, experimentan unión conyugal, y manifiestan un intervalo intermedio, a saber, un aire incomprensible, que no tiene ni principio ni fin. Pero en este hay un padre que sustenta todas las cosas, y nutre las cosas que tienen principio y fin. Este es el que estaba, está y estará, siendo una potencia hermafrodita según la preexistente potencia indefinida, que no tiene ni principio ni fin. Ahora bien, esta (potencia) existe en aislamiento. Pues la Inteligencia, (que subsiste) en unidad, procedió de esta (potencia), (y) devino dos. Y aquel (padre) era uno, pues teniendo en sí mismo esta (potencia) estaba aislado, y, sin embargo, no era primordial aunque preexistente; mas siendo manifestado a sí mismo desde sí mismo, pasó a un estado de dualidad. Pero tampoco fue denominado padre antes de que esta (potencia) lo llamara padre. Así, por tanto, como él mismo, manifestándose a sí mismo por medio de sí mismo, manifestó a sí mismo su propia y peculiar inteligencia, así también la inteligencia, cuando fue manifestada, no ejerció la función de la creación. Mas contemplándolo, ella ocultó al Padre dentro de sí misma, esto es, la potencia; y es una potencia hermafrodita, y una inteligencia. Y de aquí es que están dispuestos en pares, uno opuesto al otro; pues la potencia no es en modo alguno diferente de la inteligencia, puesto que son una. Pues de las cosas que están arriba es descubierta la potencia; y de las de abajo, la inteligencia. Así es, por tanto, que asimismo lo que es manifestado de estas, siendo unidad, es descubierto (como) dualidad, un hermafrodita que tiene la hembra en sí mismo. Esto, (por tanto,) es Mente (que subsiste) en Inteligencia; y estas son separables una de la otra, (aunque ambas tomadas en conjunto) son una, (y) son descubiertas en estado de dualidad.»
Simón interpreta su sistema por la representación mitológica de Helena de Troya; da cuenta de sí mismo en relación con la heroína troyana; inmoralidad de sus seguidores; la visión de Cristo según Simón; la apología de los simonianos de su vicio
VI, 14
Simón, pues, después de inventar estos (dogmas), no sólo interpretó con malas artes los escritos de Moisés en el sentido que quiso, sino incluso las (obras) de los poetas. Pues también atribuye un sentido alegórico a (la historia del) caballo de madera y a Helena con la antorcha, y a muchísimos otros (relatos), que transfiere a lo que se refiere a sí mismo y a la Inteligencia, y (así) ofrece de ellos una explicación ficticia. Dijo, sin embargo, que esta (Helena) era la oveja perdida. Y ella, morando siempre entre mujeres, confundió a las potencias del mundo por causa de su extraordinaria belleza. De donde, asimismo, surgió por su causa la guerra de Troya. Pues en la Helena nacida en aquel tiempo residía esta Inteligencia; y así, cuando todas las potencias pretendían reclamarla (para sí), surgieron sedición y guerra, durante las cuales (esta potencia principal) se manifestó a las naciones. Y por esta circunstancia, sin duda, podemos creer que Estesícoro, que mediante (algunos) versos la había injuriado, fue privado del uso de sus ojos; y que, de nuevo, cuando se arrepintió y compuso palinodias, en las que cantó las alabanzas (de Helena), recuperó la facultad de la vista. Pero los ángeles y las potencias de abajo —que, dice, crearon el mundo— causaron la transferencia de un cuerpo a otro del alma de Helena; y posteriormente ella se hallaba en el terrado de una casa en Tiro, ciudad de Fenicia, y al bajar allí (Simón profesó haberla) encontrado. Pues declaró que, principalmente con el propósito de buscar a esta (mujer), había llegado (a Tiro), a fin de rescatarla de la esclavitud. Y después de haberla redimido así, solía llevarla consigo mismo, alegando que esta (muchacha) era la oveja perdida, y afirmando ser él la Potencia por encima de todas las cosas. Pero el asqueroso sujeto, enamorado de esta miserable mujer llamada Helena, la compró (como su esclava) y gozó de su persona. Él, (sin embargo,) sintió asimismo vergüenza ante sus discípulos y urdió esta ficción.
Pero, de nuevo, los que se hacen seguidores de este impostor —me refiero a Simón el mago— se entregan a prácticas semejantes, e irracionalmente alegan la necesidad del comercio promiscuo. Se expresan de la manera siguiente: «Toda tierra es tierra, y no hay diferencia alguna donde uno siembre, con tal de que siembre.» Pero aun ellos se felicitan a sí mismos por este comercio indiscriminado, afirmando que esto es amor perfecto, y empleando las expresiones: «santo de los santos,» y «santificaos unos a otros.» Pues (querrían hacernos creer) que no son vencidos por el presunto vicio, porque han sido redimidos. «Y (Jesús), al haber redimido así a Helena,» (dice Simón,) ha proporcionado salvación a los hombres mediante su propia inteligencia peculiar. Pues en la medida en que los ángeles, por su ansia de preeminencia, administraron mal el mundo, (Jesucristo) transformado y asemejado a los gobernantes, potencias y ángeles, vino para la restauración (de las cosas). Y así (fue como Jesús) apareció como hombre, cuando en realidad no era hombre. Y (así fue) que también sufrió —aunque no experimentando realmente sufrimiento, sino aparentando ante los judíos hacerlo— en Judea como "Hijo", y en Samaria como "Padre", y entre el resto de los gentiles como "Espíritu Santo". Y (Simón alega) que Jesús toleró ser llamado con cualquiera de los nombres (de los tres apenas mencionados) que los hombres quisieran darle. «Y que los profetas, derivando su inspiración de los ángeles fabricadores del mundo, pronunciaron predicciones (acerca de él).» Por lo cual, (dijo Simón,) que hacia estos (profetas) no sintieron preocupación alguna hasta el presente aquellos que creen en Simón y Helena, y que hacen cuanto les place, como personas libres; pues alegan que son salvos por gracia. Pues no hay razón alguna para el castigo, aunque uno obre mal; porque tal persona no es mala por naturaleza, sino por disposición legal. «Pues los ángeles que crearon el mundo hicieron,» dice, «cuantas disposiciones legales quisieron,» pensando con tales palabras (legislativas) esclavizar a quienes les escuchaban. Pero, de nuevo, hablan de una disolución del mundo, para la redención de sus propios adherentes particulares.
Los discípulos de Simón adoptan los misterios; Simón se encuentra con San Pedro en Roma; relato de los últimos años de Simón
VI, 15
Los discípulos, pues, de este (Mago), celebran ritos mágicos y recurren a encantamientos. Y (profesan) transmitir tanto filtros de amor como hechizos, y los demonios llamados enviadores de sueños, para distraer a quienquiera que les plazca. Pero también emplean a los denominados Paredros. «Y tienen una imagen de Simón (modelada) en figura de Júpiter, y (una imagen) de Helena en forma de Minerva; y les rinden adoración.» Pero a uno llaman Señor y a la otra Señora. Y si alguno entre ellos, al ver las imágenes de Simón o de Helena, las llamara por su nombre, es expulsado, por ser ignorante de los misterios. Este Simón, engañando a muchos en Samaria con sus sortilegios, fue reprendido por los Apóstoles, y fue puesto bajo maldición, como ha sido escrito en los Hechos. Pero después abjuró de la fe e intentó estas (dichas prácticas). Y viajando hasta Roma, se encontró con los Apóstoles; y a él, que engañaba a muchos con sus sortilegios, Pedro le opuso repetida resistencia. Este hombre, retirándose finalmente a... (y) sentado bajo un plátano, continuó dando instrucción (en sus doctrinas). Y en verdad, al fin, cuando la convicción era inminente, para el caso de que demorara más, declaró que, si se le enterraba vivo, resucitaría al tercer día. Y en consecuencia, habiendo ordenado cavar una fosa a sus discípulos, mandó que lo sepultaran allí. Ellos, pues, ejecutaron la orden dada; pero él permaneció (en aquella tumba) hasta el día de hoy, porque no era el Cristo. Esto constituye el sistema legendario propuesto por Simón, y de él derivó Valentín un punto de partida (para su propia doctrina. Esta doctrina, de hecho, era la misma que la simoniana, aunque Valentín la) denominó bajo títulos diferentes: pues «Nous», y «Aletheia», y «Logos», y «Zoe», y «Anthropos», y «Ecclesia», y los Eones de Valentín, son confesadamente las seis raíces de Simón, a saber, «Mente» y «Inteligencia», «Voz» y «Nombre», «Raciocinio» y «Reflexión». Pero puesto que nos parece que hemos explicado suficientemente el tejido de leyendas de Simón, veamos qué afirma también Valentín.
VI, 16
La herejía de Valentín está ciertamente, pues, conectada con la teoría pitagórica y platónica. Pues Platón, en el Timeo, deriva por completo sus ideas de Pitágoras, y por ello el propio Timeo es su extranjero pitagórico. Por lo cual, parece conveniente que comencemos recordando (al lector) algunos puntos de la teoría pitagórica y platónica, y que (entonces procedamos) a exponer las opiniones de Valentín. Pues aunque en los libros anteriormente concluidos por nosotros con tanto afán se contienen las opiniones expuestas tanto por Pitágoras como por Platón, con todo, en modo alguno actuaré irracionalmente al traer ahora también a la memoria del lector, mediante un epítome, las principales cabezas de las doctrinas favoritas de estos (especuladores). Y esta (recapitulación) facilitará nuestro conocimiento de las doctrinas de Valentín, por medio de una comparación más cercana y por la semejanza de composición (de los dos sistemas). Pues (Pitágoras y Platón) derivaron estas doctrinas originariamente de los egipcios, e introdujeron sus novedosas opiniones entre los griegos. Pero (Valentín tomó sus opiniones) de éstos, porque, aunque ha suprimido la verdad acerca de sus deudas con (los filósofos griegos), y de este modo ha intentado construir una doctrina, (por así decirlo,) peculiarmente suya, sin embargo, de hecho, sólo ha alterado los nombres y números de las doctrinas de aquellos (pensadores), y ha adoptado una terminología peculiar (suya). Valentín ha formado sus definiciones por medidas, a fin de establecer una herejía helénica, diversificada sin duda, pero inestable, y no conectada con Cristo.
VI, 17
El origen, pues, del cual Platón derivó su teoría en el Timeo, es (la) sabiduría de los egipcios. Pues de esta fuente, por alguna antigua y profética tradición, Solón enseñó todo su sistema acerca de la generación y destrucción del mundo, como dice Platón, a los griegos, que eran (en conocimiento) niños pequeños, y no conocían doctrina teológica alguna de mayor antigüedad. Para, por tanto, rastrear con exactitud los argumentos con que Valentín estableció sus dogmas, explicaré ahora cuáles son los principios de la filosofía de Pitágoras de Samos —una filosofía (unida) a aquel Silencio tan celebrado por los griegos. Y a continuación, de esta manera (esclareceré) aquellas (opiniones) que Valentín deriva de Pitágoras y Platón, pero refiere con toda solemnidad de palabra a Cristo, y antes de Cristo al Padre del universo, y al Silencio unido al Padre.
VI, 18
Pitágoras, pues, declaró que el principio originante del universo es la mónada ingénita, y la díada generada, y los restantes números. Y dice que la mónada es el padre de la díada, y la díada la madre de todas las cosas que están siendo engendradas —la engendrada (siendo madre) de las cosas que son engendradas. Y Zaratas, el discípulo de Pitágoras, solía denominar a la unidad padre, y a la dualidad madre. Pues la díada ha sido generada de la mónada, según Pitágoras; y la mónada es masculina y primaria, pero la díada femenina (y secundaria). Y de la díada, a su vez, como afirma Pitágoras, (se generan) la tríada y los números subsiguientes hasta diez. Pues Pitágoras sabe que éste es el único número perfecto —me refiero a la década—, porque once y doce son una adición y repetición de la década; no, empero, que lo que se añade constituya la generación de otro número. Y todos los cuerpos sólidos los genera a partir de (esencias) incorpóreas. Pues afirma que el punto indivisible es un elemento y principio de las entidades tanto corpóreas como incorpóreas. Y del punto, dice, se genera la línea, y de la línea la superficie; y una superficie que fluye hacia una altura se convierte, dice, en cuerpo sólido. De donde también los pitagóricos tienen un cierto objeto de juramento, a saber, la concordia de los cuatro elementos. Y juran con estas palabras:—
Por aquel que a nuestra cabeza la Tétrada otorga,
Una fuente que tiene las raíces de la naturaleza eterna.
Ahora bien, la tétrada es el principio originante de los cuerpos naturales y sólidos, como la mónada lo es de los inteligibles. Y que asimismo la tétrada genera, dice, el número perfecto, como en el caso de los inteligibles (la mónada) hace la década, lo enseñan así. Si uno, empezando a contar, dice uno, y añade dos, luego de igual manera tres, éstos (juntos) serán seis, y a éstos (añádase) además cuatro, la suma entera, de igual manera, será diez. Pues uno, dos, tres, cuatro, hacen diez, el número perfecto. Así, dice, la tétrada imitó en todo respecto a la mónada inteligible, que fue capaz de generar un número perfecto.
VI, 19
Hay, pues, según Pitágoras, dos mundos: uno inteligible, que tiene la mónada por principio originante; y el otro sensible. Pero de este (último) es la tétrada que tiene el iota, el ápice único,[] un número perfecto. Y asimismo hay, según los pitagóricos, el iota, el ápice único, que es principal y sumamente dominante, y nos permite aprehender la sustancia de aquellas entidades inteligibles que son capaces de ser entendidas mediante el medio del intelecto y del sentido. Y en esta sustancia inhieren los nueve accidentes incorpóreos que no pueden existir sin la sustancia, a saber, «cualidad», y «cantidad», y «relación», y «dónde», y «cuándo», y «posición», y «posesión», y «acción», y «pasión». Éstos, pues, son los nueve accidentes (que inhieren en) la sustancia, y cuando se cuentan con éstas (las sustancias), contienen el número perfecto, el iota. Por lo cual, estando el universo dividido, como dijimos, en mundo inteligible y sensible, tenemos también la razón procedente del (mundo) inteligible, a fin de que por la razón contemplemos la sustancia de las cosas que son conocidas por el intelecto, y son incorpóreas y divinas. Pero tenemos, dice, cinco sentidos: olfato, vista, oído, gusto y tacto. Ahora bien, mediante éstos llegamos al conocimiento de las cosas que son discernidas por el sentido; y así, dice, el mundo sensible está dividido del inteligible. Y que tenemos para cada uno de éstos un instrumento para alcanzar conocimiento, lo percibimos por la siguiente consideración. Nada, dice, de los inteligibles puede sernos conocido por el sentido. Pues dice que ni el ojo ha visto, ni el oído ha oído, ni ninguno de los otros sentidos ha conocido aquello (que es conocido por la mente). Tampoco, a su vez, por la razón es posible llegar al conocimiento de ninguna de las cosas discernibles por el sentido. Sino que uno debe ver que una cosa es blanca, y gustar que es dulce, y conocer por el oído que es musical o desafinada. Y si algún olor es fragante o desagradable, es función del olfato, no de la razón. Lo mismo sucede con los objetos del tacto; pues cualquier cosa áspera, o blanda, o cálida, o fría, no es posible conocerla por el oído, sino (muy lejos de ello), porque el tacto es el juez de tales (sensaciones). Estando así constituidas las cosas, se observa que la disposición de las cosas que han sido hechas y se están haciendo sucede conforme a (combinaciones) numéricas. Pues de la misma manera que, comenzando de la mónada, mediante una adición de mónadas o tríadas, y una colección de los números subsiguientes, hacemos un todo muy grande y complejo de número; y luego, de nuevo, a partir de un número amasado así formado por adición, realizamos, por medio de una cierta sustracción y recálculo, una disolución de la totalidad de los números agregados; así también afirma que el mundo, atado por una cierta cadena aritmética y musical, fue, por su tensión y relajación, y por adición y sustracción, siempre y para siempre preservado incorrupto.
VI, 20
Los pitagóricos, por tanto, declaran su opinión acerca de la permanencia del mundo de una manera semejante a ésta:—
Pues desde antiguo fue y será; jamás, creo,
de ambos quedará vacío el siglo eterno.
«De éstos;» pero ¿cuáles son? Discordia y Amor. Ahora bien, en su sistema, el Amor forma el mundo incorruptible (y) eterno, según suponen. Pues la sustancia y el mundo son uno. La Discordia, sin embargo, separa y divide, y muestra numerosos intentos de formar el mundo subdividiendo. Es justamente como si uno cortara en partes pequeñas, y dividiera aritméticamente, la miríada en millares, y centenares, y decenas; y las dracmas en óbolos y pequeñas monedas. De esta manera, dice, la Discordia corta la sustancia del mundo en animales, plantas, metales y cosas semejantes a éstas. Y el fabricador de la generación de todas las cosas producidas es, según ellos, la Discordia; mientras que el Amor, por el contrario, administra y provee al universo de tal manera que goce de permanencia. Y reuniendo en unidad las partes divididas y dispersas del universo, y sacándolas de su modo (separado) de existencia, (el Amor) las une y las añade al universo, para que éste goce de permanencia; y así constituye un solo sistema. No cesarán, por tanto, ni la Discordia de dividir el mundo, ni el Amor de unir al mundo las partes divididas. De una descripción semejante a ésta, según parece, es la distribución del mundo según Pitágoras. Pero Pitágoras dice que las estrellas son fragmentos del sol, y que las almas de los animales son traídas de las estrellas; y que éstas son mortales cuando están en el cuerpo, como si estuvieran, por así decirlo, sepultadas en una tumba; mientras que se elevan (fuera de este mundo) y se hacen inmortales, cuando nos separamos de nuestros cuerpos. De donde Platón, preguntado por alguien: «¿Qué es la filosofía?» respondió: «Es una separación del alma del cuerpo.»
VI, 21
Pitágoras, pues, se hizo discípulo asimismo de estas doctrinas, en las cuales habla tanto por enigmas como con algunas expresiones como éstas: "Cuando partas de tu propia (morada), no regreses; si, empero, no (obras así), las Furias, auxiliares de la justicia, te alcanzarán",» — denominando al cuerpo morada propia, y a sus pasiones las Furias. Cuando, por tanto, dice, partes, es decir, cuando sales del cuerpo, no anheles con afán esto; pero si deseas con vehemencia (la partida), las pasiones te encerrarán de nuevo en el cuerpo. Pues éstos suponen que hay una transmigración de las almas de un cuerpo a otro, como también Empédocles, adoptando los principios de Pitágoras, afirma. Pues, dice, las almas amantes del placer, como Platón declara, si, cuando se hallan en la condición de sufrimiento propia del hombre, no elaboran teorías de filosofía, deben pasar por todos los animales y plantas (y regresar) de nuevo a un cuerpo humano. Y cuando (el alma) llega a formar un sistema de especulación tres veces en el mismo cuerpo, (sostiene) que asciende hasta la naturaleza de alguna estrella afín. Si, empero, (el alma) no filosofa, (ha de pasar) por la misma (sucesión de cambios una vez más). Afirma, pues, que el alma a veces puede llegar a ser incluso mortal, si es vencida por las Furias, es decir, las pasiones (del cuerpo); e inmortal, si logra escapar de las Furias, que son las pasiones.
VI, 22
Mas, puesto que también hemos optado por mencionar las sentencias que Pitágoras expresó oscuramente a sus discípulos por medio de símbolos, parece asimismo conveniente recordar (al lector) el resto (de sus doctrinas. Y tocamos este asunto) también a causa de los heresiarcas, que intentan por algún método de esta clase conversar por medio de símbolos; y éstos no son suyos, sino que, (al proponerlos,) se han aprovechado de expresiones empleadas por los pitagóricos. Pitágoras, pues, instruye a sus discípulos, dirigiéndose a ellos así: «Recoge el saco que porta la cama.» Y así como quienes se proponen emprender un viaje atan sus ropas en una alforja, a punto para el camino, así quiere él que sus discípulos estén preparados, pues en todo instante puede la muerte venirles de improviso. (De este modo buscaba Pitágoras lograr) que (sus seguidores) no padecieran ninguna deficiencia en las cualidades requeridas en sus discípulos. Por lo cual, de necesidad, tenía la costumbre, al despuntar el día, de instruir a los pitagóricos para que se animaran unos a otros a recoger el saco que porta la cama, esto es, a estar preparados para la muerte. «No remuevas el fuego con una espada;» (es decir,) no riñas, dirigiéndote a él, con un hombre encolerizado; pues la persona apasionada es como el fuego, mientras que la espada es la expresión proferida. «No pisotees una escoba;» (es decir,) no desprecies un asunto pequeño. «No plantes una palmera en una casa;» (es decir,) no fomentes la discordia en una familia, pues la palmera es símbolo de batalla y matanza. «No comas de un taburete;» (es decir,) no emprendas un arte innoble, para que no seas esclavo del cuerpo, que es corruptible, sino gánate la vida con las letras. Pues está en tu mano tanto nutrir el cuerpo como hacer mejor el alma. «No des un mordisco a un pan sin cortar;» (es decir,) no disminuyas tus posesiones, sino vive de su provecho y guarda tu hacienda como un pan entero. No te alimentes de habas; (es decir,) no aceptes el gobierno de una ciudad, pues con habas solían sortearse entonces los magistrados.
VI, 23
Éstas, pues, y otras afirmaciones semejantes exponen los pitagóricos; y los herejes, imitándolas, son tenidos por algunos por proferir verdades importantes. El sistema pitagórico, sin embargo, establece que el Creador de todas las supuestas existencias es el Gran Geómetra y Calculador — un sol; y que éste ha sido fijado en el mundo entero, así como en los cuerpos el alma, según la afirmación de Platón. Pues el sol, (siendo de la naturaleza del) fuego, se asemeja al alma, y la tierra (se asemeja al) cuerpo. Y, separado del fuego, nada habría visible, ni habría objeto alguno de tacto sin algo sólido; pero ningún cuerpo sólido existe sin tierra. De donde la Deidad, situando el aire en medio, formó el cuerpo del universo a partir de fuego y tierra. Y el Sol, dice, calcula y mide geométricamente el mundo de una manera como la siguiente: El mundo es una unidad cognoscible por los sentidos; y acerca de este (mundo) hacemos ahora estas afirmaciones. Mas quien es versado en la ciencia de los números y geómetra lo ha dividido en doce partes. Y los nombres de estas partes son los siguientes: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario, Piscis. De nuevo, divide cada una de las doce partes en treinta partes, y éstas son días del mes. De nuevo, divide cada parte de las treinta partes en sesenta pequeñas divisiones, y (cada una) de estas pequeñas (divisiones) la subdivide en porciones diminutas, y (éstas a su vez) en porciones aún más menudas. Y haciendo siempre esto, y sin intermisión, pero recogiendo de estas porciones divididas (un agregado), y constituyendo con ello un año; y de nuevo resolviendo y dividiendo el compuesto, (el sol) termina por completo el grande y eterno mundo.
Valentín convicto de plagios de la filosofía platónica y pitagórica; la teoría valentiniana de la emanación por díadas
VI, 24
De naturaleza semejante, como yo, que he examinado con precisión sus sistemas, (he intentado) exponer de manera compendiosa, es la opinión de Pitágoras y Platón. Y de este (sistema), no de los Evangelios, Valentín, como hemos probado, ha recogido los (materiales de la) herejía — quiero decir la suya propia — y puede (por tanto) ser justamente tenido por pitagórico y platónico, no por cristiano. Valentín, por tanto, y Heracleón, y Ptolomeo, y toda la escuela de éstos (herejes), como discípulos de Pitágoras y Platón, (y) siguiendo a estos guías, han establecido como principio fundamental de su doctrina el sistema aritmético. Pues, asimismo, según estos (valentinianos), la causa originante del universo es una Mónada, ingénita, imperecedera, incomprensible, inconcebible, productiva, y causa de la generación de todas las cosas existentes. Y la susodicha Mónada es llamada por ellos Padre. Hay, sin embargo, descubrible entre ellos una considerable diversidad de opinión. Pues algunos de ellos, para que la doctrina pitagórica de Valentín esté del todo libre de mezcla (con otras doctrinas), suponen que el Padre es no femenino, no desposado y solitario. Mas otros, imaginando que es imposible que de un solo varón pueda proceder en absoluto generación alguna de las cosas que han sido hechas existir, necesariamente cuentan, junto con el Padre del universo, para que pueda ser padre, a Sigé como esposa. Pero en cuanto a Sigé, si en algún momento está unida en matrimonio (al Padre) o no, éste es un punto que dejamos que ellos disputen entre sí. Nosotros, por el momento, ciñéndonos al principio pitagórico, que es uno, no desposado, no femenino, (y) de nada carente, procederemos a dar cuenta de sus doctrinas, tal como ellos mismos las inculcan. No hay, dice (Valentín), absolutamente nada engendrado, sino que el Padre es el único ingénito, no sujeto a la condición de lugar, no (sujeto a la condición de) tiempo, sin consejero alguno, (y) no siendo ninguna otra sustancia que pudiera realizarse según los métodos ordinarios de percepción. (El Padre,) empero, era solitario, subsistiendo, como dicen, en estado de quietud, y reposando Él mismo en aislamiento dentro de sí. Cuando, empero, se hizo productivo, le pareció conveniente en un momento dado generar y hacer salir lo más hermoso y perfecto (de aquellos gérmenes de existencia) que poseía dentro de sí, pues (el Padre) no era amigo de la soledad. Pues, dice, Él era todo amor, pero el amor no es amor a menos que haya algún objeto de afecto. El Padre mismo, entonces, estando solitario, proyectó y produjo a Nous y Aletheia, es decir, una díada que se convirtió en señora, origen y madre de todos los Eones computados por ellos (como existentes) dentro del Pléroma. Nous y Aletheia, habiendo sido proyectados del Padre, uno capaz de continuar la generación, derivando existencia de un ser productivo, (Nous) mismo igualmente, a imitación del Padre, proyectó a Verbo y Vida; y Verbo y Vida proyectan a Hombre y Ekklesía. Pero Nous y Aletheia, cuando vieron que su propia prole había nacido productiva, dieron gracias al Padre del universo y le ofrecen un número perfecto, a saber, diez Eones. Pues, dice, Nous y Aletheia no podían ofrecer al Padre uno más perfecto que este número. Pues el Padre, que es perfecto, debe ser celebrado con un número perfecto, y diez es un número perfecto, porque es el primero de aquellos (números) que se forman por pluralidad, (y por tanto) perfecto. El Padre, empero, siendo más perfecto, por ser el único ingénito, por medio de la única unión conyugal primaria de Nous y Aletheia, halló el medio de proyectar todas las raíces de las cosas existentes.
Capítulo 25. La doctrina de la díada puesta como fundamento del sistema de emanación de los Eones de Valentín
VI, 25
Verbo mismo, y Vida, vieron entonces que Nous y Aletheia habían celebrado al Padre del universo con un número perfecto; y Verbo mismo, igualmente con Vida, quiso magnificar a su propio padre y madre, Nous y Aletheia. Sin embargo, puesto que Nous y Aletheia eran engendrados y no poseían la increación paterna y perfecta, Verbo y Vida no glorifican a Nous, su padre, con un número perfecto, sino, muy lejos de ello, con uno imperfecto. Pues Verbo y Vida ofrecen doce Eones a Nous y Aletheia. Porque, según Valentín, éstos — a saber, Nous y Aletheia, Verbo y Vida, Hombre y Ekklesía — han sido las raíces primarias de los Eones. Y hay diez Eones que proceden de Nous y Aletheia, y doce de Verbo y Vida — veintiocho en total. Y a estos (diez) les dan las siguientes denominaciones: Bythos y Mixis, Agératos y Hénosis, Autofies y Hedoné, Acínetos y Síncrasis, Monógenes y Macaria. Éstos son los diez Eones que algunos dicen (han sido proyectados) por Nous y Aletheia, pero otros por Verbo y Vida. Otros, sin embargo, afirman que los doce (Eones han sido proyectados) por Hombre y Ekklesía, mientras que otros por Verbo y Vida. Y a éstos les confieren los nombres siguientes: Paráclito y Pistis, Patrico y Elpis, Métrico y Ágape, Aénoos y Sínesis, Eclesiástico y Macariotes, Teleto y Soía. Mas de los doce, el duodécimo y más joven de todos los veintiocho Eones, siendo femenino y llamado Soía, observó la multitud y el poder de los Eones que la rodeaban, y se apresuró a volver a la profundidad del Padre. Y percibió que todos los demás Eones, por ser engendrados, generan mediante unión conyugal. El Padre, en cambio, solo, sin cópula, ha producido (una descendencia). Ella quiso emular al Padre y producir (descendencia) de sí misma sin compañero marital, para realizar una obra en modo alguno inferior a la del Padre. (Soía, sin embargo,) ignoraba que el Ingénito, siendo principio originante del universo, así como raíz, profundidad y abismo, posee solo el poder de autogenerarse. Pero Soía, siendo engendrada y nacida después de muchos más (Eones), no es capaz de adquirir la posesión del poder inherente al Ingénito. Pues en el Ingénito, dice, todas las cosas existen simultáneamente, pero en los engendrados (Eones) la hembra es proyectante de la sustancia, y el macho es formador de la sustancia que es proyectada por la hembra. Soía, por tanto, se dispuso a proyectar solo aquello que era capaz (de proyectar), a saber, una sustancia informe y no digerida. Y esto, dice, es lo que Moisés afirma: «La tierra era invisible y estaba sin forma.» Esta (sustancia) es, dice, el bien (y) la Jerusalén celestial, en la cual Dios ha prometido conducir a los hijos de Israel, diciendo: «Os introduciré en una tierra que mana leche y miel.»
VI, 26
Ignorancia, por tanto, habiendo surgido dentro del Pléroma a consecuencia de Soía, y la carencia de forma a consecuencia de la prole de Soía, surgió la confusión en el Pléroma. (Pues todos) los Eones que habían sido engendrados (se llenaron de aprensión, imaginando) que de igual manera progenies informes e incompletas de los Eones habían de ser generadas; y que alguna destrucción, en un período no lejano, habría de apoderarse al fin de los Eones. Todos los Eones, entonces, se entregaron a la súplica del Padre, para que tranquilizara a la afligida Soía; pues ella continuaba llorando y lamentándose a causa del aborto producido por ella —pues así lo llaman. El Padre, entonces, compadeciéndose de las lágrimas de Soía, y aceptando la súplica de los Eones, ordena una proyección ulterior. Pues no proyectó, dice (Valentín), él mismo, sino Nous y Aletheia (proyectaron) a Cristo y al Espíritu Santo para la restauración de la Forma, y la destrucción del aborto, y (para) el consuelo y cese de los gemidos de Soía. Y treinta Eones vinieron a la existencia junto con Cristo y el Espíritu Santo. Algunos de estos (valentinianos) quieren que esto sea una trícontada de Eones, mientras que otros desean que Sigé exista junto con el Padre, y que los Eones sean contados junto con ellos.
Cristo, por tanto, siendo proyectado adicionalmente, y el Espíritu Santo, por Nous y Aletheia, separan inmediatamente de la totalidad de los Eones a este aborto de Soía, (que era) informe y nacido de ella sola, y generado sin unión conyugal, no sea que los Eones perfectos, al contemplar este (aborto), se turben a causa de su falta de forma. A fin, pues, de que la informidad del aborto no se manifestara en modo alguno a los Eones perfectos, el Padre también proyecta de nuevo adicionalmente un Eón, a saber, Estaurus. Y éste, siendo engendrado grande, como de un padre poderoso y perfecto, y siendo proyectado para la custodia y defensa de los Eones, se convierte en límite del Pléroma, teniendo dentro de sí a todos los treinta Eones juntos, pues éstos son los que habían sido proyectados. Ahora bien, este (Eón) es llamado Horos, porque separa del Pléroma al Hysterema que está fuera. Y (es llamado) Metoco, porque comparte también en el Hysterema. Y (es denominado) Estaurus, porque está fijado inflexible e inexorablemente, de modo que nada del Hysterema puede acercarse a los Eones que están dentro del Pléroma. Fuera, pues, Horos, (o) Metoco, (o) Estaurus, es la Ogdoada, como se la llama, según ellos, y es aquella Soía que está fuera del Pléroma, a la cual (Soía) Cristo, que fue adicionalmente proyectado por Nous y Aletheia, formó e hizo un Eón perfecto de modo que en ningún aspecto fuera inferior en poder a ninguno de los Eones dentro del Pléroma. Sin embargo, puesto que Soía fue formada fuera, y no era posible ni equitativo que Cristo y el Espíritu Santo, que habían sido proyectados de Nous y Aletheia, permanecieran fuera del Pléroma, Cristo se apresuró a alejarse, y el Espíritu Santo, de aquella a quien se había impartido forma, hacia Nous y Aletheia dentro del Límite, a fin de que con los demás Eones glorificaran al Padre.
Capítulo 27. Explicación de Valentín sobre la existencia de Jesús; el poder de Jesús sobre la humanidad
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Después, pues, sobrevino cierta (alianza de) paz y armonía entre todos los Eones dentro del Pléroma, y les pareció conveniente no solo engrandecer al Hijo por una unión conyugal, sino también glorificar al Padre con una ofrenda de frutos maduros. Entonces todos los treinta Eones consintieron en proyectar un Eón, fruto conjunto del Pléroma, para que fuese (prenda) de su unión, unanimidad y paz. Y este solo fue proyectado por todos los Eones en honor del Padre. Este (uno) es llamado entre ellos «Fruto conjunto del Pléroma.» Estos (asuntos), pues, tuvieron lugar dentro del Pléroma de esta manera. Y el «Fruto conjunto del Pléroma» fue proyectado, (esto es,) Jesús— pues este es su nombre—el gran Sumo Sacerdote. Soía, empero, que estaba fuera del Pléroma en busca de Cristo, que le había dado forma, y del Espíritu Santo, cayó en gran terror de perecer, si se separaba de ella el que le había dado forma y consistencia. Y fue presa de aflicción, y cayó en un estado de considerable perplejidad, reflexionando quién era el que le había dado forma, qué era el Espíritu Santo, adónde había partido, quién era el que les había impedido estar presentes, quién era el que había envidiado aquel glorioso y bienaventurado espectáculo. Mientras estaba envuelta en sufrimientos tales, se vuelve a la oración y súplica de aquel que la había abandonado. Durante la emisión de sus ruegos, Cristo, que está dentro del Pléroma, tuvo misericordia de (ella), y todos los demás Eones (fueron afectados de modo similar); y envían fuera del Pléroma «el Fruto conjunto del Pléroma» como esposo para Soía, que estaba fuera, y como rectificador de aquellos sufrimientos que ella padeció al buscar a Cristo.
«El Fruto,» pues, llegando fuera del Pléroma, y descubriendo (a Soía) en medio de aquellas cuatro pasiones primarias, a saber, el temor y la aflicción, y la perplejidad y el ruego, rectificó sus afecciones. Mientras, empero, las corregía, observó que no sería propio destruirlas, por cuanto son (en su naturaleza) eternas y peculiares de Soía; y sin embargo, tampoco era decoroso que Soía existiera en medio de tales pasiones, en temor y aflicción, súplica (y) perplejidad. Por lo tanto, como Eón tan grande, y (como) vástago de todo el Pléroma, hizo que las pasiones se apartaran de ella, e hizo de ellas esencias sustancialmente existentes. Él alteró el temor en deseo animal, e hizo material la aflicción, y (convirtió) la perplejidad en (la pasión) de los demonios. Pero la conversión, el ruego y la súplica, los constituyó como camino hacia el arrepentimiento y el poder sobre la esencia animal, que se denomina derecha. El Creador (obró) por temor; (y) esto es lo que, dice, afirma la Escritura: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría.» Pues este es el principio de las afecciones de Soía, pues fue presa de temor, después de aflicción, luego de perplejidad, y así buscó refugio en el ruego y la súplica. Y la esencia animal es, dice, de naturaleza ígnea, y es también denominada por ellos el Topos supraceleste, y Hebdomada, y «Anciano de Días.» Y cualesquiera otras afirmaciones semejantes que aduzcan respecto de este (Eón), alegan que se cumplen en el (uno) animal, a quien afirman ser el creador del mundo. Ahora bien, él es de apariencia de fuego. También Moisés, dice, se expresa así: «El Señor tu Dios es un fuego abrasador y consumidor.» Pues él, asimismo, quiere (pensar) que así ha sido escrito. Hay, empero, dice, una doble potencia del fuego; pues el fuego todo lo consume, (y) no puede ser apagado. Según, por lo tanto, esta división, existe, sujeta a la muerte, cierta alma que es una especie de mediadora, pues es una Hebdomada y Cesación. [] Pues debajo de la Ogdoada, donde está Soía, pero por encima de la Materia, que es el Creador, se ha formado un día, y el «Fruto conjunto del Pléroma.» Si el alma ha sido modelada a imagen de los de arriba, es decir, de la Ogdoada, se hizo inmortal y se trasladó a la Ogdoada, que es, dice, la Jerusalén celestial. Si, empero, ha sido modelada a imagen de la Materia, es decir, de las pasiones corpóreas, el alma es de naturaleza perecedera, y es (en consecuencia) destruida.
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Así, pues, como la potencia primaria y máxima de la esencia animal llegó a existir, imagen (del Hijo unigénito); así también el diablo, que es el príncipe de este mundo, constituye la potencia de la esencia material, como Beelzebú lo es de la esencia de los demonios que emana de la ansiedad. (A consecuencia de esto,) Soía desde arriba ejerció su energía desde la Ogdoada hasta la Hebdomada. Pues el Demiurgo, dicen, no sabe absolutamente nada, sino que, según ellos, carece de entendimiento, es necio y no tiene conciencia de lo que hace ni de lo que obra. Pero en él, mientras así se hallaba en un estado de ignorancia de que incluso él produce, Soía obró toda clase de energía e infundió vigor (en él). Y (aunque Soía) era realmente la causa operante, él mismo se imagina que desarrolla la creación del mundo a partir de sí mismo: por lo cual comenzó diciendo, «Yo soy Dios, y fuera de mí no hay otro.»
Capítulo 29. Las otras emanaciones valentinianas en conformidad con el sistema pitagórico de los números
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La Tétrada, pues, propuesta por Valentín, es «una fuente de la naturaleza eterna que tiene raíces;» y Soía (es la potencia) de quien la creación animal y material ha derivado su condición actual. Pero Soía es llamada «Espíritu,» y el Demiurgo «Alma,» y el Diablo «el príncipe de este mundo,» y Beelzebú «el (príncipe) de los demonios.» Estas son las afirmaciones que presentan. Pero además, junto con estas, haciendo, como he mencionado anteriormente, todo su sistema de doctrina (afín al) arte aritmético, (determinan) que los treinta Eones dentro del Pléroma han proyectado de nuevo, además de estos, otros Eones, según la proporción (numérica) (adoptada por los pitagóricos), para que el Pléroma se formara como un agregado, según un número perfecto. Pues cómo los pitagóricos dividieron (la esfera celeste) en doce, treinta y sesenta partes, y cómo tienen partes minuciosas de porciones diminutas, ha quedado de manifiesto.
De esta manera estos (seguidores de Valentín) subdividen las partes dentro del Pléroma. Ahora bien, asimismo las partes en la Ogdoada han sido subdivididas, y ha sido proyectada Soía, que es, según ellos, madre de todos los seres vivientes, y el «Fruto conjunto del Pléroma,» (que es) el Verbo, (y otros Eones,) que son ángeles celestiales que tienen su ciudadanía en la Jerusalén que está arriba, la cual está en el cielo. Pues esta Jerusalén es Soía, ella (que está) fuera (del Pléroma), y su esposo es el «Fruto conjunto del Pléroma.» Y el Demiurgo proyectó almas; pues esta (Soía) es la esencia de las almas. Este (Demiurgo), según ellos, es Abraham, y estas (almas) los hijos de Abraham. De la esencia material y diabólica el Demiurgo modeló cuerpos para las almas. Esto es lo que ha sido declarado: «Y Dios formó al hombre, tomando barro de la tierra, y sopló sobre su rostro el aliento de vida, y el hombre se convirtió en alma viviente.» [] Este, según ellos, es el hombre interior, el (hombre) natural, que reside en el cuerpo material: Ahora bien, un (hombre) material es perecedero, incompleto, (y) formado a partir de la esencia diabólica. Y este es el hombre material, como si dijéramos, según ellos, una posada, o domicilio, a veces solo del alma, a veces del alma y de los demonios, a veces del alma y de los Logos. Y estos son los Logos que han sido dispersados desde arriba, desde el «Fruto conjunto del Pléroma» y (desde) Soía, hacia este mundo. Y habitan en un cuerpo terrestre, con un alma, cuando los demonios no fijan su morada con esa alma. Esto, dice, es lo que ha sido escrito en la Escritura: «Por esta causa doblo mis rodillas ante el Dios y Padre y Señor de nuestro Señor Jesucristo, para que Dios os conceda que Cristo habite en el hombre interior,» [Efesios 3,14-18] — esto es, el (hombre) natural, no el corpóreo,— «para que podáis comprender cuál es la profundidad,» que es el Padre del universo, «y cuál es la anchura,» que es Estaurus, el límite del Pléroma, «o cuál es la longitud,» es decir, el Pléroma de los Eones. Por lo cual, dice, el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, pues son necedad para él; [] pero la necedad, dice, es la potencia del Demiurgo, pues fue necio y carente de entendimiento, e imaginó que fabricaba el mundo. Ignoraba, sin embargo, que Soía, la Madre, la Ogdoada, era realmente la causa de todas las operaciones realizadas por aquel que no tenía conciencia alguna en lo referente a la creación del mundo.
Explicación de Valentín sobre el nacimiento de Jesús; doble doctrina sobre la naturaleza del cuerpo de Jesús; opinión de los itálicos, es decir, Heracleón y Ptolomeo; opinión de los orientales, es decir, Axionico y Bardesanes
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Todos los profetas, pues, y la ley hablaron por medio del Demiurgo—un dios necio, dice, (y ellos mismos) necios, que nada sabían. Por causa de esto, dice, observa el Salvador: «Todos los que vinieron antes de mí son ladrones y salteadores.» [] Y el apóstol (usa estas palabras) «El misterio que no fue dado a conocer a las generaciones anteriores.» [] Pues ninguno de los profetas, dice, dijo nada acerca de las cosas de que hablamos; pues (un profeta) no podía sino ignorar todas (estas) cosas, por cuanto ciertamente habían sido proferidas solo por el Demiurgo. Cuando, pues, la creación alcanzó su culminación, y cuando después (de esto) debía haber la revelación de los hijos de Dios— es decir, del Demiurgo, que hasta entonces había estado oculto, y en cuya oscuridad el hombre natural estaba escondido, y tenía un velo sobre el corazón—cuando (ya era tiempo), entonces, de que el velo fuera quitado, y de que estos misterios fueran vistos, Jesús nació de María la virgen, según la declaración (de la Escritura), «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» — Soía es el Espíritu— «y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra» — el Altísimo es el Demiurgo— «por lo cual lo que nacerá de ti será llamado santo.» [] Pues él ha sido generado no solo del altísimo, como los creados a (semejanza de) Adán han sido creados solo del altísimo— es decir, (de) Soía y el Demiurgo. Jesús, empero, el hombre nuevo, (ha sido generado) del Espíritu Santo— es decir, de Soía y el Demiurgo— para que el Demiurgo complete la conformación y constitución de su cuerpo, y para que el Espíritu Santo provea su esencia, y para que un Verbo celestial proceda de la Ogdoada naciendo de María.
Acerca de este (Verbo) tienen entre ellos una gran controversia— ocasión tanto de divisiones como de disensión. Y de ahí que la doctrina de estos se haya dividido: y una doctrina, según ellos, se denomina oriental, y la otra itálica. Los de Italia, de los cuales son Heracleón y Ptolomeo, dicen que el cuerpo de Jesús era (uno) animal. Y por causa de esto, (sostienen) que en su bautismo el Espíritu Santo descendió como paloma— es decir, el Verbo de la madre de arriba, (quiero decir Soía)— y se hizo (voz) para el (hombre) animal, y lo resucitó de entre los muertos. Esto, dice, es lo que ha sido declarado: «El que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales y naturales.» [Romanos 8,11-12] Pues el barro ha caído bajo maldición; «porque,» dice él, «polvo eres, y al polvo volverás.» [] Los orientales, por otra parte, de los cuales son Axionico y Bardesanes, afirman que el cuerpo del Salvador era espiritual; pues sobre María vino el Espíritu Santo— es decir, Soía y la potencia del Altísimo. Este es el arte creador, (y fue concedido) para que lo que fue dado a María por el Espíritu fuera modelado.
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Dejen, pues, aquellos (herejes) proseguir estas indagaciones entre ellos, (y hagan otros lo mismo,) si a algún otro le pareciera conveniente investigar (tales puntos. Valentín) añade, empero, la siguiente afirmación: Que las transgresiones correspondientes a los Eones dentro (del Pléroma) habían sido corregidas; y asimismo habían sido rectificadas las transgresiones correspondientes a la Ogdoada, (esto es,) Soía, fuera (del Pléroma); y también (las transgresiones) correspondientes a la Hebdomada (habían sido rectificadas). Pues el Demiurgo había sido enseñado por Soía que Él no es el único Dios, como imaginaba, y que fuera de Él no hay otra (Deidad). Pero cuando fue enseñado por Soía, fue hecho reconocer la (Deidad) superior. Pues fue instruido por ella, e iniciado y adoctrinado en el gran misterio del Padre y de los Eones, y no divulgó esto a nadie. Esto es, como dice, lo que (Dios) declara a Moisés: «Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob; y mi nombre no les he anunciado;» es decir, no he declarado el misterio, ni he explicado quién es Dios, sino que he preservado el misterio que he oído de Soía en secreto conmigo mismo. Cuando, pues, las transgresiones de los de arriba habían sido rectificadas, era necesario, según la misma consecuencia, que las (transgresiones) de aquí obtuvieran igualmente rectificación. Por esta causa Jesús el Salvador nació de María para rectificar (las transgresiones cometidas) aquí; como el Cristo que, habiendo sido proyectado adicionalmente desde arriba por Nous y Aletheia, había corregido las pasiones de Soía— es decir, el aborto (que estaba) fuera (del Pléroma). Y, de nuevo, el Salvador que nació de María vino a rectificar las pasiones del alma. Hay, por lo tanto, según estos (herejes), tres Cristos: (el primero) el proyectado adicionalmente por Nous y Aletheia, junto con el Espíritu Santo; y (el segundo) el «Fruto conjunto del Pléroma,» esposo de Soía, que estaba fuera (del Pléroma). Y ella misma es también llamada Espíritu Santo, pero inferior al primer (proyectado). Y el tercer (Cristo es) Aquel que nació de María para la restauración de este mundo nuestro.