X, índice
Lo siguiente es el contenido del décimo libro de la Refutación de todas las herejías:—
Un epítome de todos los filósofos.
Un epítome de todas las herejías.
Y, como conclusión de todo, cuál es la doctrina de la verdad.
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Después de que hemos, no con violencia, irrumpido a través del laberinto de las herejías, sino que las hemos desenredado (sus intrincaciones) mediante una refutación meramente, o, en otras palabras, por la fuerza de la verdad, nos acercamos a la demostración de la verdad misma. Pues entonces los artificiosos sofismas del error quedarán expuestos en toda su incoherencia, cuando logremos establecer de dónde es que la definición de la verdad ha sido derivada. La verdad no ha tomado sus principios de la sabiduría de los griegos, ni ha tomado prestadas sus doctrinas, como misterios secretos, de los dogmas de los egipcios, los cuales, aunque necios, son tenidos entre ellos con veneración religiosa como dignos de crédito. Ni se ha formado de las falacias que enuncian las (conclusiones) incoherentes (a las que se llega por la) curiosidad de los caldeos. Ni debe la verdad su existencia al asombro, por las operaciones de los demonios, por la irracional frenesí de los babilonios. Mas su definición está constituida de la manera en que lo está toda definición verdadera, a saber, simple y sin adornos. Una definición tal, con tal que se haga manifiesta, por sí misma refutará el error. Y aunque hemos propuesto demostraciones con mucha frecuencia, y con suficiente plenitud hemos elucidado para los que quieren (aprender) la regla de la verdad; aun así, ahora, después de haber discutido todas las opiniones propuestas por los griegos y los herejes, hemos decidido que no es, en todo caso, irrazonable introducir, como una especie de remate final de los (nueve) libros precedentes, esta demostración a lo largo del décimo libro.
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Habiendo, pues, abarcado (una consideración de) los principios de todos los sabios entre los griegos en cuatro libros, y las doctrinas propuestas por los heresiarcas en cinco, ahora expondremos la doctrina acerca de la verdad en uno, habiendo presentado primero en un resumen las suposiciones abrigadas respectivamente por todos. Pues los dogmáticos de los griegos, dividiendo la filosofía en tres partes, idearon de este modo, de tiempo en tiempo, sus sistemas especulativos; algunos denominando su sistema Natural, y otros Moral, pero otros Dialéctica Filosofía. Y los antiguos pensadores que llamaron a su ciencia Filosofía Natural fueron aquellos mencionados en el libro i. Y el relato que ellos ofrecieron fue de este modo: Algunos de ellos derivaron todas las cosas de uno, mientras que otros de más cosas que de uno. Y de aquellos que derivaron todas las cosas de uno, algunos las derivaron de lo que carecía de cualidad, mientras que otros de lo que estaba dotado de cualidad. Y entre aquellos que derivaron todas las cosas de la cualidad, algunos las derivaron del fuego, y algunos del aire, y algunos del agua, y algunos de la tierra. Y entre aquellos que derivaron el universo de más cosas que de uno, algunos lo derivaron de cantidades numerables, pero otros de infinitas. Y entre aquellos que derivaron todas las cosas de cantidades numerables, algunos las derivaron de dos, y otros de cuatro, y otros de cinco, y otros de seis. Y entre aquellos que derivaron el universo de cantidades infinitas, algunos derivaron las entidades de cosas similares a las generadas, mientras que otros de cosas disímiles. Y entre éstos, algunos derivaron las entidades de cosas incapaces de, mientras que otros de cosas capaces de, pasión. De un cuerpo carente de cualidad y dotado de unidad, los estoicos, pues, explicaron la generación del universo. Pues, según ellos, la materia carente de cualidad, y en todas sus partes susceptible de cambio, constituye un principio originante del universo. Pues, cuando se produce una alteración de ésta, se generan fuego, aire, agua, tierra. Los seguidores, sin embargo, de Hipaso, y Anaximandro, y Tales el Milesio, se inclinan a pensar que todas las cosas han sido generadas de uno (una entidad), dotado de cualidad. Hipaso de Metaponto y Heráclito el Efesio declararon que el origen de las cosas es a partir del fuego, mientras que Anaximandro a partir del aire, pero Tales a partir del agua, y Jenófanes a partir de la tierra. «Pues de la tierra,» dice él, «son todas las cosas, y todas las cosas terminan en la tierra.»
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Pero entre aquellos que derivan todas las entidades de más cosas que de uno, y de cantidades numerables, el poeta Homero afirma que el universo consta de dos sustancias, a saber, tierra y agua; expresándose en un momento así:—
«El origen de los dioses fue el Mar y la Madre Tierra.»
Y en otra ocasión así:—
«Pero ciertamente todos vosotros podríais convertiros en agua y tierra.»
Y Jenófanes de Colofón parece coincidir con él, pues dice:—
«Todos nosotros hemos brotado del agua y de la tierra.»
Eurípides, sin embargo, (deriva el universo) de la tierra y del aire, como puede uno comprobar por la siguiente afirmación suya:—
«Madre de todo, aire y tierra, canto.»
Pero Empédocles deriva el universo de cuatro principios, expresándose así:—
Cuatro raíces de todas las cosas oíd primero
El brillante Júpiter, y la vivificante Juno y Aidoneo,
Y Néstide, que con lágrimas rocía la Fuente Mortal.
Ocelo, sin embargo, el Lucano, y Aristóteles, derivan el universo de cinco principios; pues, junto con los cuatro elementos, han supuesto la existencia de un quinto, y (que éste es) un cuerpo con movimiento circular; y dicen que de éste tienen su ser las cosas celestiales. Pero los discípulos de Empédocles supusieron que la generación del universo había procedido de seis principios. Pues en el pasaje donde dice, «Cuatro raíces de todas las cosas oíd primero,» produce la generación a partir de cuatro principios. Cuando, sin embargo, añade—
La Discordia ruinosa aparte de éstas, igual en todo punto,
Y con ellas la Amistad igual en longitud y anchura, —
también entrega seis principios del universo, cuatro de ellos materiales— tierra, agua, fuego, y aire; pero dos de ellos formativos— Amistad y Discordia. Los seguidores, sin embargo, de Anaxágoras de Clazómenas, y de Demócrito, y de Epicuro, y multitudes de otros, han opinado que la generación del universo procede de infinitos números de átomos; y previamente hemos hecho mención parcial de estos filósofos. Pero Anaxágoras deriva el universo de cosas similares a aquellas que están siendo producidas; mientras que los seguidores de Demócrito y Epicuro derivaron el universo de cosas tanto disímiles (a las entidades producidas) como carentes de pasión, es decir, de átomos. Pero los seguidores de Heráclides del Ponto, y de Asclepíades, derivaron el universo de cosas disímiles (a las entidades producidas) y capaces de pasión, como de corpúsculos incongruentes. Pero los discípulos de Platón afirman que estas entidades proceden de tres principios— Dios, y Materia, y Ejemplar. Divide la materia, sin embargo, en cuatro principios— fuego, agua, tierra, y aire. Y (dice) que Dios es el Creador de esta (materia), y que la Mente es su ejemplar.
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Persuadidos, pues, de que el principio de la fisiología se descubre confesadamente como cargado de dificultades para todos estos filósofos, nosotros también declararemos sin temor acerca de los ejemplos de la verdad, en cuanto a cómo son, y como nos hemos sentido confiados de que son. Pero previamente proporcionaremos una explicación, a modo de epítome, de los principios de los heresiarcas, a fin de que, habiendo puesto ante nuestros lectores los principios de todos, bien conocidos por este (plan de tratamiento), podamos exhibir la verdad en una forma llana y familiar.
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Pero ya que parece conveniente, comencemos primero por los adoradores públicos de la serpiente. Los naasenos llaman al primer principio del universo un Hombre, y que el mismo también es un Hijo del hombre; y dividen este hombre en tres porciones. Pues dicen que una parte de él es racional, y otra psíquica, mas una tercera terrenal. Y le llaman Adamas, y suponen que el conocimiento perteneciente a él es la causa originante de la capacidad de conocer a Dios. Y el naaseno afirma que todas estas cualidades racionales, y psíquicas, y terrenales se han retirado a Jesús, y que por Él estas tres substancias han hablado simultáneamente a los tres géneros del universo. Éstos alegan que hay tres clases de existencia — angélica, psíquica, y terrenal; y que hay tres iglesias— angélica, psíquica, y terrenal; y que los nombres para éstas son — elegidos, llamados, y cautivos. Éstas son las cabezas de doctrina adelantadas por ellos, en cuanto uno puede comprenderlas brevemente. Afirman que Santiago, el hermano del Señor, entregó estos principios a Mariamne, con tal declaración calumniando a ambos.
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Los peratas, sin embargo, a saber, Ademes el Caristio, y Eufrates el Perático, dicen que hay un cierto mundo—ésta es la denominación que usan— y afirman que está dividido en tres partes. Pero de la división triple, según ellos, hay un principio, así como una fuente inmensa, capaz de ser dividida por la razón en segmentos infinitos. Y el primer segmento, y el de mayor proximidad, según ellos, es la tríada, y se llama un bien perfecto, y una magnitud paterna. Pero la segunda porción de la tríada es una cierta multitud de, por así decirlo, potencias infinitas. La tercera parte, sin embargo, es formal. Y la primera es ingénita; de donde afirman expresamente que hay tres Dioses, tres Logoi, tres mentes, (y) tres hombres. Pues cuando la división ha sido realizada, a cada parte del mundo asignan tanto Dioses, como Logoi, y hombres, y lo demás. Pero desde arriba, desde la increación y el primer segmento del mundo, cuando después el mundo había alcanzado su consumación, el perático afirma que descendió, en los tiempos de Herodes, un cierto hombre con una naturaleza triple, y un cuerpo triple, y una potencia triple, llamado Cristo, y que Él posee desde las tres partes del mundo en Sí mismo todas las concreciones y capacidades del mundo. Y se inclinan a pensar que esto es lo que ha sido declarado, «en quien habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.» [] Y afirman que desde los dos mundos situados arriba— a saber, tanto el uno ingénito como el uno autoengendrado— fueron llevados abajo a este mundo en el que estamos, gérmenes de toda clase de potencias. Y (dicen) que Cristo descendió desde arriba desde la increación, a fin de que, por Su descenso, todas las cosas que han sido divididas en tres partes puedan ser salvadas. Pues, dice el perático, las cosas que han sido llevadas abajo desde arriba ascenderán por Él; y las cosas que han conspirado contra las que han sido llevadas abajo son rechazadas sin miramiento, y enviadas para ser castigadas. Y el perático afirma que hay dos partes que son salvadas— es decir, aquellas que están situadas arriba— por haber sido separadas de la corrupción, y que la tercera es destruida, la cual llama mundo formal. Éstos también son los principios de los peratas.
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Pero a los setitas les parece que existen tres principios, que han sido precisamente definidos. Y cada uno de los principios está dispuesto por naturaleza para poder ser generado, así como en un alma humana toda arte, cualquiera que sea, se desarrolla la cual es capaz de ser aprendida. El resultado es el mismo que cuando un niño, por estar largo tiempo familiarizado con un instrumento musical, se convierte en músico; o con la geometría en geómetra, o con cualquier otro arte, con un resultado similar. Y las esencias de los principios, los setitas dicen, son luz y oscuridad. Y en medio de éstos está el espíritu puro; y el espíritu, dicen, es aquello que está colocado intermedio entre la oscuridad, que está abajo, y la luz, que está arriba. No es espíritu, como una corriente de viento o una cierta brisa suave que pueda sentirse, sino como si alguna fragancia de ungüento o incienso hecha de una mezcla refinada—una potencia que se difunde a sí misma por algún impulso de fragancia que es inconcebible y superior a lo que uno puede expresar. Puesto que, por tanto, la luz está arriba y la oscuridad abajo, y el espíritu está intermedio entre éstas, la luz, también, como un rayo de sol, brilla desde arriba sobre la oscuridad subyacente. Y la fragancia del espíritu es llevada hacia adelante, ocupando una posición intermedia, y procede hacia fuera, así como se difunde el olor de las ofrendas de incienso (puestas) sobre el fuego. Ahora bien, siendo de esta descripción la potencia de las cosas divididas en tres, la potencia simultáneamente del espíritu y de la luz está abajo, en la oscuridad que está situada debajo. La oscuridad, sin embargo, dicen, es un agua horrible, en la cual la luz junto con el espíritu es absorbida, y así traducida a una naturaleza de esta descripción. La oscuridad estando entonces dotada de inteligencia, y sabiendo que cuando la luz ha sido apartada de ella la oscuridad continúa desolada, desprovista de resplandor y esplendor, potencia y eficiencia, así como impotente, (por tanto,) por todo esfuerzo de reflexión y de razón, ésta hace un empeño por comprender en sí misma la brillantez, y una centelleo de luz, junto con la fragancia del espíritu. Y de esto introducen la siguiente imagen, expresándose así: Así como la pupila del ojo aparece oscura debajo de los humores subyacentes, pero es iluminada por el espíritu, así la oscuridad se esfuerza ardientemente tras el espíritu, y tiene consigo todas las potencias que quieren retirarse y volver. Ahora bien, éstas son indefinidamente infinitas, de las cuales, cuando se mezclan, todas las cosas son configuradas y generadas como sellos. Pues así como un sello, cuando se pone en contacto con la cera, produce una figura, (y sin embargo el sello) mismo permanece por sí mismo lo que era, así también las potencias, al entrar en comunión (una con la otra), forman todas las infinitas clases de animales. Los setitas afirman que, por tanto, del concurso primario de los tres principios fue generada una imagen del gran sello, a saber el cielo y la tierra, teniendo una forma como un vientre, poseyendo un ombligo en medio. Y de modo que el resto de las figuras de todas las cosas fueron, como el cielo y la tierra, formadas de manera similar a un vientre.
Y los setitas dicen que del agua fue producido un principio primogénito, a saber un viento vehemente y bullicioso, y que es causa de toda generación, el cual crea una especie de calor y movimiento en el mundo a partir del movimiento de las aguas. Y ellos sostienen que este viento está formado como el silbido de una serpiente en una imagen perfecta. Y sobre ésta el mundo mira y se apresura a la generación, siendo inflamado como un vientre; y de allí se inclinan a pensar que la generación del universo ha surgido. Y dicen que este viento constituye un espíritu, y que un Dios perfecto ha surgido de la fragancia de las aguas, y de la del espíritu, y de la luz brillante. Y afirman que la mente existe según el modo de generación de una hembra— (queriendo decir por mente) la chispa superna— y que, habiendo sido mezclada abajo con los compuestos del cuerpo, desea ardientemente huir, para que escapando pueda partir y no hallar disolución a causa de la deficiencia en las aguas. Por lo cual está en el hábito de clamar en voz alta desde la mezcla de las aguas, según el Salmista, como dicen, «Pues toda la ansiedad de la luz de arriba es que pueda librar la chispa que está abajo del Padre que está debajo,» es decir, de viento. Y el Padre crea calor y perturbación, y produce para Sí un Hijo, a saber la mente, la cual, como alegan, no es la prole peculiar de Sí mismo. Y estos herejes afirman que el Hijo, al contemplar el Logos perfecto de la luz superna, experimentó una transformación, y en la forma de una serpiente entró en un vientre, a fin de poder recuperar aquella Mente que es la centelleo de la luz. Y que esto es lo que ha sido declarado, «Quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse; sino que se despojó a Sí mismo, y tomó forma de siervo.» [] Y los miserables y funestos setitas se inclinan a pensar que esto constituye la forma servil aludida por el Apóstol. Éstas, pues, son las afirmaciones que asimismo estos setitas adelantan.
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Pero aquel sapientísimo individuo Simón hace su declaración así: que existe una potencia indefinida, y que ésta es la raíz del universo. Y esta potencia indefinida, dice, que es fuego, no es en sí misma algo simple, como sostiene la gruesa masa de especuladores, cuando afirman que hay cuatro elementos incomplejos, y han supuesto que el fuego, como uno de éstos, es incompuesto. Simón, por el contrario, alega que la naturaleza del fuego es doble; y a una porción de esta naturaleza doble la llama algo secreto, y a otra algo manifiesto. Y afirma que lo secreto está oculto en las partes manifiestas del fuego, y que las partes manifiestas del fuego han sido producidas por lo secreto. Y dice que todas las partes del fuego, visibles e invisibles, se ha supuesto que poseen una capacidad de percepción. Por lo tanto, dice, el mundo que es engendrado ha sido producido por el fuego ingénito. Y comenzó, dice, a existir así: El Ingénito tomó seis raíces primordiales del principio de la generación del principio de aquel fuego. Pues sostiene que estas raíces han sido generadas por pares a partir del fuego; y a éstas las denomina Mente e Inteligencia, Voz y Nombre, Raciocinio y Reflexión. Y afirma que en las seis raíces, al mismo tiempo, reside la potencia indefinida, la cual afirma ser Aquel que estaba, está y estará. Y cuando este uno ha sido formado en figura, Él, según este hereje, existirá en las seis potencias sustancial y potencialmente. Y Él será en magnitud y perfección uno y lo mismo con aquella potencia ingénita e indefinida, no poseyendo atributo alguno en ningún aspecto más deficiente que aquella potencia ingénita, inalterable e indefinida. Sin embargo, si Aquel que estaba, está y estará continúa existiendo sólo potencialmente en las seis potencias, y no ha asumido figura definida alguna, se vuelve, dice Simón, completamente evanescente y perece. Y esto tiene lugar de la misma manera que la capacidad gramatical o geométrica, la cual, aunque ha sido implantada en el alma del hombre, sufre extinción cuando no obtiene (la ayuda de) un maestro de cualquiera de estas artes, que instruya a aquella alma en sus principios. Ahora bien, Simón afirma que él mismo es Aquel que estaba, está, y estará, y que Él es una potencia que está por encima de todas las cosas. Hasta aquí, pues, en cuanto a las opiniones de Simón.
X, 9
Valentín, sin embargo, y los adeptos de esta escuela, aunque están de acuerdo en afirmar que el principio originante del universo es el Padre, son aún empujados a adoptar una opinión contraria respecto a Él. Pues algunos de ellos sostienen que (el Padre) es solitario y generativo; mientras que otros mantienen la imposibilidad (tanto en Él como en otros casos) de procrear sin una hembra. Por lo tanto añaden a Sige como la esposa de este Padre, y llaman al Padre mismo Bytos. De este Padre y de su esposa algunos afirman que ha habido seis proyecciones —a saber, Nous y Aletheia, Logos y Zoe, Anthropos y Ecclesia— y que esto constituye la Ogdoada procreadora. Y los valentinianos sostienen que ésas son las primeras proyecciones que han tenido lugar dentro del límite, y que han sido de nuevo denominadas «las que están dentro del Pléroma;» y las segundas son «las que están fuera del Pléroma»; y las terceras, «las que están fuera del Límite.» Ahora bien, la generación de éstas constituye el Hysterema Acamoth. Y afirma que lo que ha sido generado por un Eón, que existe en el Hysterema y que ha sido proyectado (más allá del Límite), es el Creador. Pero Valentín no está dispuesto a afirmar que lo así generado sea Deidad primigenia, sino que habla en términos detractores tanto de Él como de las cosas hechas por Él. Y (afirma) que Cristo descendió desde dentro del Pléroma para la salvación del espíritu que había errado. Este espíritu, (según los valentinianos,) reside en nuestro hombre interior; y dicen que este hombre interior obtiene la salvación a causa de este espíritu que mora en él. Valentín, sin embargo, (para sostener la doctrina,) determina que la carne no es salvada, y la llama «una túnica de piel,» y la porción perecedera del hombre. Yo he expuesto (ya) estos principios a modo de epítome, en la medida en que en sus sistemas existe abundante materia para la discusión, y una variedad de opiniones. De esta manera, pues, parece propio también que la escuela de Valentín proponga sus opiniones.
X, 10
Pero Basílides también afirma por su parte que existe un Dios no existente, el cual, siendo no existente, ha hecho el mundo no existente, que ha sido formado a partir de cosas que no son, arrojando una cierta semilla, como un grano de mostaza, que tiene en sí mismo tallo, hojas, ramas, y fruto. O esta semilla es como un huevo de pavo real, que comprende en sí mismo la variada multitud de colores. Y esto, dicen los basilidianos, constituye la semilla del mundo, de la cual todas las cosas han sido producidas. Pues sostienen que comprende en sí misma todas las cosas, como si fueran aquéllas que todavía son no existentes, y que ha sido predeterminado que sean traídas a la existencia por la Deidad no existente. Había, entonces, dice, en la semilla misma una triple Filiación, en todos los aspectos de la misma sustancia que el Dios no existente, la cual ha sido engendrada a partir de cosas que no son. Y de esta Filiación, dividida en tres partes, una porción de ella era refinada, otra grosera, y otra requería purificación. La porción refinada, cuando por primera vez se realizó la más temprana deposición de la semilla por el Dios no existente, inmediatamente brotó, y ascendió hacia arriba, y se dirigió hacia la Deidad no existente. Pues toda naturaleza anhela a aquel Dios a causa del exceso de Su belleza, pero diferentes (criaturas lo desean) por diferentes causas. La porción más grosera, sin embargo, continúa todavía en la semilla; y en la medida en que es una cierta naturaleza imitativa, no pudo elevarse hacia arriba, pues era más grosera que la parte sutil. La porción más grosera, sin embargo, se equipó con el Espíritu Santo, como si fuera con alas; pues la Filiación, así ataviada, muestra bondad hacia este Espíritu, y a su vez recibe bondad. La tercera Filiación, sin embargo, requiere purificación, y por lo tanto ésta continuó en la conglomeración de todos los gérmenes, y ésta muestra y recibe bondad. Y (Basílides afirma) que hay algo que se llama «mundo,» y algo más (que se llama) supramundano; pues las entidades son distribuidas por él en dos divisiones primarias. Y lo que es intermedio entre éstas lo llama «Espíritu Santo Conterminante,» y (este Espíritu) tiene en sí mismo la fragancia de la Filiación.
De la conglomeración de todos los gérmenes de la semilla cósmica brotó y fue engendrado el Gran Arconte, la cabeza del mundo, un Eón de inexpresable belleza y tamaño. Este (Arconte), habiéndose elevado a sí mismo hasta el firmamento, supuso que no había otro por encima de sí. Y en consecuencia se volvió más brillante y poderoso que todos los Eones subyacentes, con la excepción de la Filiación que había quedado abajo, pero de la cual Él no era consciente de que fuera más sabia que Él mismo. Este uno, habiendo dirigido su atención a la creación del mundo, primero engendró para sí un hijo, superior a sí mismo; y a este hijo lo hizo sentarse a su propia derecha, y esto, alegan estos basilidianos, es la Ogdoada. El Gran Arconte mismo, entonces, produce toda la creación celestial. Y otro Arconte ascendió de (la conglomeración de) todos los gérmenes, el cual era mayor que todo el Eón subyacente, excepto la Filiación que había quedado atrás, pero muy inferior al primero. Y llaman a este segundo Arconte Hebdomada. Él es Hacedor, Creador y Controlador de todas las cosas que están debajo de Él, y este Arconte produjo para sí un Hijo más prudente y sabio que Él mismo. Ahora bien, afirman que todas estas cosas existen según la predeterminación de aquel Dios no existente, y que existen también mundos e intervalos infinitos. Y los basilidianos afirman que sobre Jesús, que nació de María, vino la potencia del Evangelio, la cual descendió e iluminó al Hijo tanto de la Ogdoada como de la Hebdomada. Y esto tuvo lugar con el propósito de iluminar y distinguir de los diferentes órdenes de seres, y de purificar la Filiación que había quedado atrás para conferir beneficios a las almas, y para recibir beneficios a su vez. Y dicen que ellos mismos son hijos, que están en el mundo por esta causa, para que mediante la enseñanza purifiquen las almas, y junto con la Filiación asciendan al Padre de arriba, del cual procedió la primera Filiación. Y alegan que el mundo perdura hasta el período en que todas las almas se hayan reparado allí junto con la Filiación. Éstas, sin embargo, son las opiniones que Basílides, que las detalló como prodigios, no se avergüenza de presentar.
X, 11
Pero Justino también intentó por su parte establecer opiniones similares a éstas, y se expresa así: Que hay tres principios ingénitos del universo, dos masculinos y uno femenino. Y de los masculinos, un principio es denominado «Bien.» Ahora bien, éste solo es llamado de este modo, y está dotado de un conocimiento previo del universo. Y el otro es Padre de todas las entidades generadas, y está desprovisto de conocimiento previo, y es desconocido, e invisible, y se llama Elohim. El principio femenino es desprovisto de conocimiento previo, apasionado, con dos mentes, y con dos botas, como hemos detallado minuciosamente en los discursos anteriores concernientes al sistema de este hereje. Este principio femenino, en sus partes superiores, hasta la ingle, es, dicen los justinianos, una virgen, mientras que desde la ingle hacia abajo una serpiente. Y tal es denominada Edén e Israel. Este hereje alega que éstos son los principios del universo, de los cuales todas las cosas han sido producidas. Y afirma que Elohim, sin conocimiento previo, pasó a un deseo desordenado por la medio virgen, y que habiendo tenido relaciones con ella, engendró doce ángeles; y los nombres de éstos afirma que son los ya dados. Y de éstos, los paternales están conectados con el padre, y los maternales con la madre. Y Justino sostiene que éstos son (los árboles del Paraíso), acerca de los cuales Moisés ha hablado en sentido alegórico las cosas escritas en la ley. Y Justino afirma que todas las cosas fueron hechas por Elohim y Edén. Y (dice) que los animales, con el resto de las criaturas de este tipo, provienen de la parte que se asemeja a una bestia, mientras que el hombre proviene de las partes por encima de la ingle. Y Edén (es supuesto por Justino) haber depositado en el hombre mismo el alma, que era su propia potencia, (pero Elohim el espíritu.) Y Justino alega que este Elohim, después de haber aprendido su origen, ascendió al Ser Bueno, y abandonó a Edén. Y este hereje afirma que Edén, enfurecida a causa de tal (tratamiento), urdió toda esta trama contra el espíritu de Elohim que él depositó en el hombre. Y (Justino nos informa) que por esta razón el Padre envió a Baruc, y dio instrucciones a los profetas, para que el espíritu de Elohim pudiera ser liberado, y todos pudieran ser seducidos lejos de Edén. Pero (este hereje) alega que incluso Hércules fue un profeta, y que fue vencido por Ónfale, es decir, por Babel; y los justinianos llaman a esta última Venus. Y (dicen) que después, en los días de Herodes, Jesús nació hijo de María y José, a quien alega que Baruc había hablado. Y (Justino afirma) que Edén conspiró contra este (Jesús), pero no pudo engañarlo; y por esta razón, hizo que lo crucificaran. Y el espíritu de Jesús, (dice Justino,) ascendió al Ser Bueno. Y (los justinianos sostienen) que los espíritus de todos los que así obedecen a esos discursos necios y fútiles serán salvados, y que el cuerpo y el alma de Edén han sido dejados atrás. Pero el necio Justino llama a esta (Edén) Tierra.
X, 12
Ahora bien, los Docetas presentan afirmaciones de esta índole: que la Deidad primordial es como una semilla de la higuera; y que de ésta procedieron tres Eones como el tallo, y las hojas y el fruto; y que éstos proyectaron treinta Eones, cada uno (de ellos) diez; y que todos estaban unidos en décadas, pero diferían sólo en posiciones, puesto que unos estaban antes que otros. Y (los Docetas afirman) que Eones infinitos fueron proyectados indefinidamente, y que todos éstos eran hermafroditas. Y (dicen) que estos Eones formaron el designio de ir juntos simultáneamente a un solo Eón, y que de éste, el Eón intermedio y de la Virgen María engendraron a un Salvador de todos. Y este Redentor era semejante en todos los aspectos a la primera semilla de la higuera, pero inferior en este aspecto, por el hecho de haber sido engendrado; pues la semilla de la cual brota la higuera es ingénita. Ésta, entonces, era la gran luz de los Eones —era enteramente resplandor— que no recibe adorno alguno, y comprende en sí misma las formas de todos los animales. Y los Docetas sostienen que esta luz, al proceder hacia el caos subyacente, proporcionó una causa (de existencia) a las cosas que fueron producidas, y a las que existen en realidad, y que al descender desde arriba imprimió en el caos de abajo las formas de las especies eternas. Pues el tercer Eón, que se había triplicado a sí mismo, cuando percibe que todos sus atributos característicos fueron arrancados por la fuerza hacia la oscuridad inferior, y no ignorando tanto el terror de la oscuridad como la simplicidad de la luz, procedió a crear el cielo; y después de haber hecho firme lo que intervenía, separó la oscuridad de la luz. Como todas las especies del tercer Eón fueron, dice, vencidas por la oscuridad, la figura incluso de este Eón se convirtió en un fuego viviente, habiendo sido generado por la luz. Y de esta (fuente), alegan, fue generado el Gran Arconte, respecto del cual Moisés conversa, diciendo que Él es una Deidad ardiente y Demiurgo, el cual también altera continuamente las formas de todos (los Eones) en cuerpos. Y los (Docetas) alegan que éstas son las almas por cuya causa el Salvador fue engendrado, y que Él señala el camino por el cual escaparán las almas que están (ahora) sobrecogidas (por la oscuridad). Y (los Docetas sostienen) que Jesús se revistió de aquella potencia unigénita, y que por esta razón no pudo ser visto por nadie, a causa de la excesiva magnitud de Su gloria. Y dicen que todos los acontecimientos tuvieron lugar con Él como ha sido escrito en los Evangelios.
X, 13
Pero los seguidores de Monimo el Árabe afirman que el principio originante del universo es un hombre primigenio e hijo del hombre; y que, como Moisés declara, las cosas que han sido producidas fueron producidas no por el hombre primigenio, sino por el Hijo de aquel hombre primigenio, pero no por el Hijo entero, sino por una parte de Él. Y (Monimo afirma) que el Hijo del hombre es el iota, el cual representa diez, el número principal en el cual está (inherente) la subsistencia de todo número (en general, y) a través del cual todo número (en particular) consiste, así como la generación del universo, fuego, aire, agua, y tierra. Pero en la medida en que esto es un iota y un ápice único, y que lo perfecto (emana) de lo perfecto, o, en otras palabras, un ápice fluye desde arriba, conteniendo todas las cosas en sí mismo; (por lo tanto,) cualesquiera cosas que el hombre posee, el Padre del Hijo del hombre posee igualmente. Moisés, por lo tanto, dice que el mundo fue hecho en seis días, es decir, por seis potencias, de las cuales el mundo fue hecho por el único ápice. Pues cubos, y octaedros, y pirámides, y todas las figuras similares a éstas, que tienen superficies iguales, de las cuales consisten el fuego, el aire, el agua, y la tierra, han sido producidas a partir de números comprendidos en aquel ápice simple del iota, el cual es el Hijo del hombre. Cuando, por lo tanto, dice (Monimo), Moisés menciona que la vara era blandida con el propósito de traer las plagas sobre Egipto, alude alegóricamente a las (alteraciones del) mundo del iota; ni dispuso más de diez plagas. Si, sin embargo, dice, deseas llegar a conocer el universo, busca dentro de ti mismo quién es el que dice, «Mi alma, mi carne, y mi mente,» y quién es el que se apropia cada cosa para sí, como otro (haría) para sí. Entiende que éste es un uno perfecto que surge de (uno que es) perfecto, y que considera como suyas todas las llamadas no-entidades y todas las entidades. Éstas, pues, son también las opiniones de Monimo.
X, 14
Tatiano, sin embargo, al igual que Valentín y los demás, dice que existen ciertos Eones invisibles, y que por alguno de éstos ha sido creado el mundo de abajo, y las cosas que existen en él. Y se habitúa a un modo de vida muy cínico, y casi en nada difiere de Marción, tanto en lo tocante a sus calumnias como a las regulaciones establecidas acerca del matrimonio.
X, 15
Pero Marción, del Ponto, y Cerdón, su preceptor, también ellos establecen que hay tres principios del universo: bueno, justo y materia. Algunos discípulos, sin embargo, de éstos añaden un cuarto, diciendo: bueno, justo, malo y materia. Pero todos afirman que el (Ser) bueno no ha hecho absolutamente nada, aunque algunos denominan al justo también malo, mientras que otros dicen que su único título es el de justo. Y alegan que el (Ser justo) hizo todas las cosas de la materia subjacente, pues no las hizo bien, sino irracionalmente. Pues es necesario que las cosas hechas sean semejantes al hacedor; por lo cual emplean asimismo las parábolas evangélicas, diciendo: «Un árbol bueno no puede dar fruto malo,» [] y el resto del pasaje. Ahora bien, Marción alega que las concepciones mal ideadas por el (justo) mismo constituyeron la alusión en este pasaje. Y (dice) que Cristo es el Hijo del Ser bueno, y fue enviado para salvación de las almas por aquel a quien llama el hombre interior. Y afirma que apareció como hombre aunque no siendo hombre, y como encarnado aunque no siendo encarnado. Y sostiene que su manifestación fue sólo fantástica, y que no sufrió ni generación ni pasión sino en apariencia. Y no permite que la carne resucite; sino que, afirmando que el matrimonio es destrucción, conduce a sus discípulos hacia una vida muy cínica. Y por estos medios imagina que molesta al Creador, si se abstiene de las cosas que son hechas o dispuestas por Él.
X, 16
Pero Apeles, discípulo de este hereje, se sintió disgustado por las afirmaciones de su preceptor, como ya hemos declarado, y por otra teoría supuso que existen cuatro dioses. Y el primero de éstos, alega, es el «Ser bueno,» a quien los profetas no conocieron, y Cristo es su Hijo. Y el segundo Dios, afirma, es el Creador del universo, y a Éste no quiere que sea Dios. Y el tercer Dios, declara, es el ígneo que se manifestó; y el cuarto, uno maligno. Y Apeles llama a éstos ángeles; y añadiendo (a su número) también a Cristo, afirmará que Él es un quinto Dios. Pero este hereje acostumbra dedicar su atención a un libro que titula «Revelaciones» de cierta Filúmene, a quien considera profetisa. Y afirma que Cristo no recibió su carne de la Virgen, sino de la sustancia adyacente del mundo. De este modo compuso sus tratados contra la ley y los profetas, e intenta abolirlos como si hubieran dicho mentiras y no hubieran conocido a Dios. Y Apeles, al igual que Marción, afirma que los distintos géneros de carne son destruidos.
X, 17
Cerinto, sin embargo, habiendo sido instruido él mismo en Egipto, determinó que el mundo no fue hecho por el primer Dios, sino por cierta potencia angélica. Y esta potencia estaba muy separada y distante de aquella soberanía que está por encima de todo el círculo de la existencia, y no conoce al Dios (que está) sobre todas las cosas. Y dice que Jesús no nació de una virgen, sino que surgió de José y María como hijo suyo, semejante al resto de los hombres; y que sobresalió en justicia, prudencia y entendimiento por encima de todo el resto de la humanidad. Y Cerinto sostiene que, después del bautismo de Jesús, Cristo descendió sobre Él en forma de paloma desde la soberanía que está por encima de todo el círculo de la existencia, y que entonces procedió a predicar al Padre desconocido y a obrar milagros. Y afirma que, al concluir la pasión, Cristo se alejó volando de Jesús, pero que Jesús sufrió, y que Cristo permaneció incapaz de sufrir, siendo un espíritu del Señor.
X, 18
Pero los ebionitas afirman que el mundo es hecho por el Dios verdadero, y hablan de Cristo de manera semejante a como lo hace Cerinto. Viven, sin embargo, en todos los aspectos conforme a la ley de Moisés, alegando que de este modo son justificados.
X, 19
Pero Teódoto de Bizancio introdujo una herejía de la siguiente descripción, alegando que todas las cosas fueron creadas por el Dios verdadero; mientras que Cristo, afirma, de un modo semejante al propugnado por los gnósticos ya mencionados, hizo su aparición según algún modo de esta descripción. Y Teódoto afirma que Cristo es un hombre de naturaleza afín con todos los hombres, pero que los supera en esto: que, según el consejo de Dios, había nacido de una virgen, y el Espíritu Santo había cubierto con su sombra a su madre. Este hereje, sin embargo, sostuvo que Jesús no había asumido carne en el seno de la Virgen, sino que después Cristo descendió sobre Jesús en su bautismo en forma de paloma. Y de esta circunstancia, los seguidores de Teódoto afirman que al principio los poderes milagrosos no adquirieron energía operante en el Salvador mismo. Teódoto, sin embargo, determina negar la divinidad de Cristo. Ahora bien, opiniones de esta descripción fueron propuestas por Teódoto.
X, 20
Y otros también hacen todas sus afirmaciones de manera similar a las ya especificadas, introduciendo una sola alteración, a saber, respecto de considerar a Melquisedec como cierta potencia. Pero alegan que Melquisedec mismo es superior a todas las potencias; y según su imagen, desean sostener que Cristo asimismo es generado.
X, 21
Los Frigios, sin embargo, derivan los principios de su herejía de cierto Montano, y de Priscila y Maximila, y consideran a estas desdichadas mujeres como profetisas, y a Montano como profeta. Sin embargo, en lo que se refiere al origen y creación del universo, los Frigios se supone que se expresan correctamente; mientras que en los dogmas que enuncian respecto de Cristo, no han formado sus opiniones de manera impertinente. Pero son seducidos al error en común con los herejes anteriormente aludidos, y dedican su atención a los discursos de éstos por encima de los Evangelios, estableciendo así regulaciones acerca de ayunos novedosos y extraños.
X, 22
Pero otros de ellos, adheridos a la herejía de los noetianos, albergan opiniones semejantes a las relativas a las necias mujeres de los Frigios, y a Montano. En cuanto, empero, a las verdades pertenecientes al Padre de la totalidad de las cosas existentes, son culpables de blasfemia, porque afirman que Él es Hijo y Padre, visible e invisible, engendrado e ingénito, mortal e inmortal. Éstos han tomado ocasión de cierto Noeto para proponer su herejía.
X, 23
Mas de igual manera, también Noeto, siendo de nacimiento natural de Esmirna, y un individuo dado a charlatanería temeraria, además de astuto, introdujo (entre nosotros) esta herejía que se originó de cierto Epígono. Llegó a Roma, y fue adoptada por Cléomenes, y así ha continuado hasta el día de hoy entre sus sucesores. Noeto afirma que hay un solo Padre y Dios del universo, y que Él hizo todas las cosas, y era imperceptible para los que existen cuando así lo deseaba. Noeto sostuvo que el Padre apareció entonces cuando quiso; y es invisible cuando no es visto, pero visible cuando es visto. Y este hereje alega asimismo que el Padre es ingénito cuando no es generado, pero engendrado cuando nace de una virgen; como también que no está sujeto al sufrimiento, y es inmortal cuando no sufre ni muere. Pero cuando su pasión vino sobre Él, Noeto permite que el Padre sufre y muere. Y los noetianos suponen que este Padre mismo es llamado Hijo, (y viceversa,) en referencia a los acontecimientos que en sus propios períodos les suceden a cada uno.
Calisto corroboró la herejía de estos noetianos, pero ya hemos explicado cuidadosamente los detalles de su vida. Y Calisto mismo produjo asimismo una herejía, y derivó sus puntos de partida de estos noetianos — a saber, en cuanto reconoce que hay un solo Padre y Dios, a saber, el Creador del universo, y que este (Dios) es mencionado, y llamado con el nombre de Hijo, aunque en sustancia es un solo Espíritu. Pues Espíritu, como la Deidad, no es, dice, ningún ser distinto del Logos, ni el Logos de la Deidad; por tanto, esta única persona, (según Calisto,) está dividida nominalmente, pero no sustancialmente. Supone que este único Logos es Dios, y afirma que hubo en el caso del Verbo una encarnación. Y está dispuesto (a sostener), que Aquel que fue visto en la carne y fue crucificado es Hijo, pero que el Padre es quien mora en Él. Calisto así en un momento se desvía hacia la opinión de Noeto, en otro hacia la de Teódoto, y no mantiene doctrina segura. Éstas, pues, son las opiniones de Calisto.
X, 24
Pero un tal Hermógenes, deseando él también decir algo, afirmó que Dios hizo todas las cosas de materia coetánea con Él mismo, y sujeta a su designio. Pues Hermógenes consideraba imposible que Dios hiciera las cosas que fueron hechas, salvo de cosas existentes.
X, 25
Pero algunos otros, introduciendo como si dijéramos un nuevo dogma, se apropiaron de partes de su sistema de todas las herejías, y obtuvieron un volumen extraño, que llevaba en la portada el nombre de un tal Elchasai. Éstos, de la misma manera, reconocen que los principios del universo fueron originados por la Deidad. Sin embargo, no confiesan que haya sino un Cristo, sino que hay uno que es superior a los demás, y que es transfundido en muchos cuerpos con frecuencia, y que estaba ahora en Jesús. Y, de la misma manera, estos herejes sostienen que en un tiempo Cristo fue engendrado por Dios, y en otro tiempo se convirtió en el Espíritu, y en otro tiempo nació de una virgen, y en otro tiempo no fue así. Y afirman que asimismo este Jesús después era continuamente transfundido en cuerpos, y se manifestaba en muchos (cuerpos diferentes) en diferentes tiempos. Y recurren a encantamientos y bautismos en su confesión de los elementos. Y se ocupan con actividad bulliciosa de la ciencia astrológica y matemática, y de las artes de la hechicería. Pero también alegan que poseen poderes de presciencia.
X, 26
… Desde Harán, ciudad de Mesopotamia, (Abrahán, por mandato) de Dios, traslada su residencia al país que ahora se llama Palestina y Judea, pero entonces región de Canaán. Ahora bien, acerca de este territorio, en parte, aunque no negligentemente, hemos rendido cuenta en otros discursos. De la circunstancia, pues, (de esta migración) es rastreable el comienzo de un aumento (de población) en Judea, la cual obtuvo su nombre de Judá, cuarto hijo de Jacob, cuyo nombre fue llamado también Israel, por el hecho de que una raza de reyes descendería de él. Abrahán se traslada de Mesopotamia (cuando tenía 75 años, y) cuando tenía 100 años engendró a Isaac. Pero Isaac, a los 60 años de edad, engendró a Jacob. Y Jacob, a los 86 años, engendró a Leví; y Leví, a los 40 años de edad, engendró; y Caat tenía cuatro años cuando descendió con Jacob a Egipto. Por tanto, todo el período durante el cual Abrahán peregrinó, y toda la familia descendida de él por Isaac, en el país entonces llamado Canaanítide, fue de 215 años. Pero el padre de este Abrahán es Taré, y de este Taré el padre es Nacor, y de este Nacor el padre es Serug, y de este Serug el padre es Reu, y de este Reu el padre es Peleg, y de este Peleg [] el padre es Heber. Y así sucede que los judíos son denominados con el nombre de hebreos. En el tiempo de Peleg, sin embargo, surgió la dispersión de las naciones. Ahora bien, estas naciones eran 72, correspondientes al número de los hijos de Abrahán. Y los nombres de estas naciones los hemos asimismo consignado en otros libros, sin omitir siquiera este punto en su propio y debido lugar. Y la razón de nuestra particularidad es nuestro deseo de manifestar a los de disposición estudiosa el amor que albergamos hacia la Divinidad, y el indubitable conocimiento de la Verdad, del cual, en el curso de nuestros trabajos, hemos tomado posesión. Mas de este Heber el padre es Sala; y de este Sala el padre es Cainán; y de este Cainán el padre es Arfaxad, cuyo padre es Sem; y de este Sem el padre es Noé. Y en el tiempo de Noé ocurrió un diluvio en todo el mundo entero, del cual ni egipcios, ni caldeos, ni griegos guardan recuerdo; pues las inundaciones que tuvieron lugar en la edad de Ogiges y Deucalión prevalecieron sólo en las localidades donde éstos habitaban. Hay, pues, en el caso de estos (patriarcas — es decir, desde Noé hasta Heber inclusive) — 5 generaciones, y 495 años. Este Noé, en cuanto era hombre religiosísimo y amante de Dios, solo, con su mujer e hijos, y las tres mujeres de éstos, escapó del diluvio que sobrevino. Y debió su preservación a un arca; y tanto las dimensiones como los restos de esta arca son, como hemos explicado, mostrados hasta hoy en los montes llamados Ararat, que están situados en dirección al país de los adiabeni. Es, pues, posible a quienes están dispuestos a investigar el asunto con diligencia, percibir cuán claramente se ha demostrado la existencia de una nación de adoradores del verdadero Dios, más antigua que todos los caldeos, egipcios, y griegos. Mas ¿qué necesidad hay, empero, en el presente de especificar a quienes, anteriores a Noé, fueron hombres devotos, y a quienes se permitió conversar con el verdadero Dios, puesto que, en lo que al asunto tratado concierne, este testimonio respecto de la antigüedad del pueblo de Dios es suficiente?
X, 27
Mas puesto que no parece irracional probar que estas naciones que tenían su atención absorta en las especulaciones de la filosofía son de fecha más moderna que aquellas que habitualmente habían adorado al verdadero Dios, es razonable que declaremos tanto de dónde la familia de estos últimos se originó; como que cuando fijaron su morada en estos países, no recibieron nombre de las localidades mismas, sino que reclamaron para sí nombres de aquellos que primariamente habían nacido, y que habían habitado estos lugares. Noé tuvo tres hijos: Sem, Cam, y Jafet. De éstos se multiplicó toda la familia del hombre, y cada cuarto de la tierra debe sus habitantes en primera instancia a éstos. Pues la palabra de Dios prevaleció sobre ellos, cuando el Señor dijo: «Sed fecundos, y multiplicaos, y llenad la tierra.» Tan gran eficacia tuvo aquella única palabra que de los tres hijos de Noé son engendrados en la familia 72 hijos — (a saber,) de Sem, 25; de Jafet, 15; y de Cam, 32. A Cam, sin embargo, estos 32 hijos le nacen de acuerdo con declaraciones anteriores. Y entre los hijos de Cam están: Canaán, de quien vinieron los cananeos; Mizraim, de quien los egipcios; Cus, de quien los etíopes; y Fut, de quien los libios. Éstos, según el lenguaje prevaleciente entre ellos, son hasta el día de hoy denominados por el apelativo de sus antepasados; es más, aun en la lengua griega son llamados por los nombres con que han sido ahora denominados. Pero aun suponiendo que ni estas localidades hubieran sido habitadas previamente, ni que pudiera probarse que una raza de hombres existió allí desde el principio, no obstante estos hijos de Noé, adorador de Dios, son muy suficientes para probar el punto en cuestión. Pues es evidente que Noé mismo debió de haber sido discípulo de personas devotas, por cuya razón escapó de la tremenda, aunque transitoria, amenaza del agua.
¿Cómo, pues, no habrían de ser los adoradores del verdadero Dios de mayor antigüedad que todos los caldeos, egipcios, y griegos, pues debemos tener presente que el padre de estos gentiles nació de este Jafet, y recibió el nombre de Javán, y vino a ser el progenitor de griegos y jonios? Ahora bien, si las naciones que se dedicaron a cuestiones concernientes a la filosofía se muestran pertenecientes a un período en conjunto más reciente que la raza de los adoradores de Dios, así como que el tiempo del diluvio, ¿cómo no habrían de parecer las naciones de los bárbaros, y cuantas tribus hay en el mundo conocidas y desconocidas, pertenecientes a una época más moderna que éstas? Por tanto, vosotros griegos, egipcios, caldeos, y toda la raza de los hombres, haceos adeptos de esta doctrina, y aprended de nosotros, que somos amigos de Dios, cuál es la naturaleza de Dios, y cuál su bien ordenada creación. Y hemos cultivado este sistema, no expresándonos en mero lenguaje pomposo, sino ejecutando nuestros tratados en términos que prueban nuestro conocimiento de la verdad y nuestra práctica del buen sentido, siendo nuestro objeto la demostración de su Verdad.
X, 28
El primero y único Dios, a la vez Creador y Señor de todo, no tuvo nada coetáneo consigo mismo; no el caos infinito, ni el agua sin medida, ni la tierra sólida, ni el aire denso, ni el fuego cálido, ni el espíritu refinado, ni la bóveda azulada del estupendo firmamento. Sino que Él era Uno, solo en Sí mismo. Por un acto de Su voluntad creó las cosas que son, las cuales antecedentemente no tenían existencia, salvo que Él quiso hacerlas. Pues Él conoce plenamente cuanto está por acontecer, pues también la presciencia le es presente. Los diversos principios, empero, de lo que habrá de llegar a existir, Él los fabricó primero, a saber, el fuego y el espíritu, el agua y la tierra; de estos diversos elementos procedió a formar Su propia creación. Y unos objetos los formó de una esencia, pero otros los compuso de dos, y otros de tres, y otros de cuatro. Y los formados de una sustancia eran inmortales, pues en su caso no se sigue la disolución, porque lo que es uno jamás será disuelto. Aquellos, por otro lado, que están formados de dos, o de tres, o de cuatro sustancias, son disolubles; por lo cual también son llamados mortales. Pues esto ha sido denominado muerte; a saber, la disolución de sustancias conectadas. Ahora, por tanto, creo que he respondido suficientemente a los dotados de mente sana, quienes, si desean instrucción adicional y están dispuestos a investigar con precisión las sustancias de estas cosas y las causas de toda la creación, se familiarizarán con estos puntos si leen una obra nuestra comprendida (bajo el título), Sobre la sustancia del universo. Considero, sin embargo, que por ahora basta dilucidar aquellas causas que, no conociéndolas, los griegos glorificaron, con fraseología pomposa, las partes de la creación, mientras permanecían ignorantes del Creador. Y de éstas los heresiarcas han tomado ocasión, y han transformado las afirmaciones previamente hechas por aquellos griegos en doctrinas semejantes, y así han fabricado herejías ridículas.
X, 29
Por tanto, esta Deidad solitaria y suprema, por un acto de reflexión, produjo primero al Logos; no la palabra en el sentido de ser articulada por la voz, sino como una raciocinación del universo, concebida y residente en la mente divina. A Él solo lo produjo de las cosas existentes; pues el Padre mismo constituía la existencia, y el ser nacido de Él era la causa de todas las cosas que son producidas. El Logos estaba en el Padre mismo, llevando la voluntad de Su progenitor, y no desconociendo la mente del Padre. Pues, simultáneamente con Su procesión de Su Progenitor, en cuanto Él es este primogénito del Progenitor, tiene, como una voz en Sí mismo, las ideas concebidas en el Padre. Y así sucedió que, cuando el Padre ordenó que el mundo llegara a existir, el Logos completó, uno por uno, cada objeto de la creación, agradando así a Dios. Y algunas cosas que se multiplican por generación las formó macho y hembra; pero a cualesquiera seres destinados a servicio y ministerio los hizo o machos, o que no requieren hembras, o ni machos ni hembras. Pues también las sustancias primarias de éstos, que fueron formadas de no-entes, a saber, fuego y espíritu, agua y tierra, no son ni macho ni hembra; ni podría proceder macho o hembra de cualquiera de éstos, si no fuera que Dios, que es la fuente de toda autoridad, quisiera que el Logos prestara asistencia en la realización de una producción de esta índole. Confieso que los ángeles son de fuego, y sostengo que los espíritus femeninos no están presentes con ellos. Y opino que el sol y la luna y las estrellas, de igual manera, son producidos de fuego y espíritu, y no son ni machos ni hembras. Y la voluntad del Creador es que los animales nadadores y alados provengan del agua, machos y hembras. Pues así Dios, cuya voluntad era, ordenó que existiera una sustancia húmeda, dotada de poder productivo. Y de igual manera ordenó Dios que de la tierra surgieran reptiles y bestias, así como machos y hembras de toda suerte de animales; pues así lo admitía la naturaleza de las cosas producidas. Pues cuantas cosas quiso, Dios las hizo de tiempo en tiempo. Estas cosas las creó por medio de el Logos, no siendo posible que las cosas fueran generadas de otro modo que como fueron producidas. Pero cuando, según Él quiso, formó también (los objetos), los llamó por sus nombres, y así notificó Su esfuerzo creador. Y haciendo éstos, formó al gobernante de todos, y lo modeló a partir de todas las sustancias compuestas. El Creador no quiso hacerlo un dios, y fracasó en Su empeño; ni ángel —no os dejéis engañar—, sino hombre. Pues si Él hubiera querido hacerte un dios, habría podido hacerlo. Tienes el ejemplo del Logos. Su voluntad, sin embargo, era que fueras hombre, y Él te ha hecho hombre. Pero si deseas llegar a ser también un dios, obedece a Aquel que te ha creado, y no resistas ahora, a fin de que, siendo hallado fiel en lo poco, puedas ser capacitado para que se te confíe también lo grande.
El Logos, único de este Dios, procede del Dios mismo; por lo cual también el Logos es Dios, siendo la sustancia de Dios. Ahora bien, el mundo fue hecho de la nada; por lo cual él no es Dios; y también porque este mundo admite disolución cuando el Creador así lo quiera. Pero Dios, que lo creó, no hizo ni hace el mal. Él hace lo glorioso y excelente; pues Aquel que lo hace es bueno. Ahora bien, el hombre que fue traído a la existencia era una criatura dotada de capacidad de autodeterminación, aunque no poseía un intelecto soberano, ni dominaba todas las cosas por la reflexión, la autoridad y el poder, sino que era esclavo de sus pasiones, y comprendía en sí mismo toda suerte de contrariedades. Pero el hombre, por el hecho de poseer una capacidad de autodeterminación, produce lo que es malo, esto es, accidentalmente; el cual mal no se consuma a menos que cometas realmente alguna obra de maldad. Pues es respecto de nuestro desear algo que es perverso, o de meditarlo, que lo que es malo es denominado así. El mal no tuvo existencia desde el principio, sino que llegó a ser posteriormente. Puesto que el hombre tiene libre albedrío, una ley ha sido definida para su guía por la Deidad, no sin responder a un buen propósito. Pues si el hombre no poseyera el poder de querer y no querer, ¿por qué habría de establecerse una ley? Pues no se impone una ley a un animal desprovisto de razón, sino un freno y un látigo; mientras que al hombre se le ha dado un precepto y una pena por cumplir, o por no ejecutar lo que se le ha mandado. Pues para el hombre así constituido fue promulgada una ley por varones justos en las edades primitivas. Más cerca de nuestros días fue establecida una ley, llena de gravedad y justicia, por Moisés, a quien ya se ha hecho alusión, varón devoto y amado de Dios.
Ahora bien, el Logos de Dios gobierna todas estas cosas; el Hijo primogénito del Padre, la voz de la Aurora que precede al Lucero de la mañana. Después nacieron varones justos, amigos de Dios; y éstos han sido llamados profetas, por preanunciar los acontecimientos futuros. Y la palabra de profecía les fue confiada, no para una sola edad solamente; sino que también los anuncios de los acontecimientos predichos a lo largo de todas las generaciones fueron otorgados con perfecta claridad. Y esto, además, no en el momento meramente en que los videntes daban respuesta a los presentes; sino que también los acontecimientos que habrían de suceder a lo largo de todas las edades han sido manifestados de antemano; porque, al hablar de los sucesos pasados, los profetas los trajeron de nuevo a la memoria de la humanidad; mientras que, al mostrar los acontecimientos presentes, se esforzaban por persuadir a los hombres a no ser negligentes; mientras que, al predecir los acontecimientos futuros, han hecho que cada uno de nosotros se aterrorice al contemplar los sucesos que habían sido predichos mucho antes, y al esperar asimismo aquellos acontecimientos predichos como aún futuros. Tal es nuestra fe, oh todos vosotros, hombres—, la nuestra, digo, que no somos persuadidos por expresiones vacías, ni arrebatados por impulsos repentinos del corazón, ni engañados por la plausibilidad de discursos elocuentes, pero que no rehusamos obedecer palabras que han sido pronunciadas por el poder divino. Y estos mandatos los ha dado Dios al Verbo. Pero el Verbo, al declararlos, promulgó los mandamientos divinos, apartando así al hombre de la desobediencia, no sometiéndolo a servidumbre por fuerza de necesidad, sino llamándolo a la libertad mediante una elección que implica espontaneidad.
A este Logos lo envió el Padre en los últimos días, no ya para hablar por medio de un profeta, y no queriendo que el Verbo, proclamado oscuramente, se convirtiera en objeto de mera conjetura, sino que Él fuera manifestado, para que pudiéramos verlo con nuestros propios ojos. Este Logos, digo, lo envió el Padre, para que el mundo, al contemplarlo, reverenciara a Aquel que entregaba preceptos no por la persona de profetas, ni aterrorizando el alma mediante un ángel, sino que era Él mismo— Aquel que había hablado— corporalmente presente entre nosotros. Este Logos, lo sabemos, recibió un cuerpo de una virgen, y remodeló al hombre viejo por una nueva creación. Y creemos que el Logos pasó por todo período en esta vida, a fin de que Él mismo sirviera de ley para toda edad, y de que, estando presente entre nosotros, exhibiera Su propia humanidad como meta para todos los hombres. Y para que por Sí mismo en persona probara que Dios no hizo nada malo, y que el hombre posee la capacidad de autodeterminación, en cuanto es capaz de querer y no querer, y está dotado de poder para hacer ambas cosas. Este Hombre, lo sabemos, fue hecho de la mezcla de nuestra humanidad. Pues si Él no fuera de la misma naturaleza que nosotros, en vano ordena que imitemos al Maestro. Pues si aquel Hombre resultara ser de una sustancia diferente de nosotros, ¿por qué impone mandatos semejantes a los que Él ha recibido a mí, que he nacido débil; y cómo es esto obra de uno que es bueno y justo? Sin embargo, para que no se supusiera que era diferente de nosotros, Él incluso soportó el trabajo, y quiso padecer hambre, y no rehusó sentir sed, y se hundió en la quietud del sueño. No protestó contra Su Pasión, sino que se hizo obediente hasta la muerte, y manifestó Su resurrección. Ahora bien, en todos estos actos ofreció, como primicias, Su propia humanidad, para que tú, cuando estés en tribulación, no te desanimes, sino que, confesándote hombre (de naturaleza semejante a la del Redentor), habites en la expectativa de recibir también lo que el Padre ha concedido a este Hijo.
X, 30
Tal es la verdadera doctrina en lo tocante a la naturaleza divina, oh hombres, griegos y bárbaros, caldeos y asirios, egipcios y libios, indios y etíopes, celtas, y vosotros los latinos, que mandáis ejércitos, y todos los que habitáis Europa, y Asia, y Libia. Y para vosotros he llegado a ser un consejero, en cuanto soy discípulo del Logos benévolo, y por lo tanto humano, para que os deis prisa y por nosotros seáis instruidos sobre quién es el verdadero Dios, y cuál es Su creación bien ordenada. No dediquéis vuestra atención a las falacias de los discursos artificiosos, ni a las vanas promesas de los herejes plagiarios, sino a la venerable simplicidad de la verdad sin pretensiones. Y por medio de este conocimiento escaparéis de la amenaza que se acerca del fuego del juicio, y del paisaje sin rayos del tenebroso Tártaro, ¡donde jamás brilla un destello de la voz irradiante del Verbo!
Escaparéis de la hirviente inundación del lago eterno de fuego del infierno y del ojo siempre fijo en la mirada amenazante de los ángeles caídos encadenados en el Tártaro como castigo por sus pecados; y escaparéis del gusano que incesantemente se enrosca en busca de alimento alrededor del cuerpo cuya escoria lo ha engendrado a él. Ahora bien, tales (tormentos) como éstos evitaréis al ser instruidos en el conocimiento del verdadero Dios. Y poseeréis un cuerpo inmortal, incluso uno colocado más allá de la posibilidad de corrupción, al igual que el alma. Y recibiréis el reino de los cielos, vosotros que, mientras peregrinabais en esta vida, conocisteis al Rey Celestial. Y seréis compañeros de la Deidad, y coherederos con Cristo, no ya esclavizados por concupiscencias o pasiones, y nunca más consumidos por la enfermedad. Pues habéis llegado a ser Dios: pues cuantos sufrimientos padecisteis siendo hombres, ésos os los dio, porque erais de hechura mortal; pero cuanto es propio que Dios otorgue, eso ha prometido Dios concederos, porque habéis sido deificados y engendrados para la inmortalidad. Esto constituye el sentido del proverbio, «Conócete a ti mismo;» es decir, descubre a Dios dentro de ti, porque Él te ha formado a Su propia imagen. Pues con el conocimiento de sí mismo está unido el ser objeto del conocimiento de Dios, pues sois llamados por la Deidad misma. No os inflaméis, por tanto, oh hombres, con enemistad unos contra otros, ni dudéis en volver con toda rapidez sobre vuestros pasos. Pues Cristo es el Dios sobre todas las cosas, y Él ha dispuesto lavar el pecado de los seres humanos, regenerando al hombre viejo. Y Dios llamó al hombre Su semejanza desde el principio, y ha mostrado en figura Su amor hacia vosotros. Y con tal que obedezcáis Sus solemnes mandatos, y os convirtáis en fieles seguidores de Aquel que es bueno, os asemejaréis a Él, en cuanto se os habrá conferido honor por Él. Pues la Deidad, (por condescendencia,) no disminuye en nada la divinidad de Su divina perfección; ¡habiéndoos hecho incluso Dios para Su gloria!
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Desde su descubrimiento, la obra ha sido fuente para dos campos que no esperaban encontrarse en un libro cristiano. Los historiadores de la filosofía usan el libro I y partes del IV al VII para reconstruir a los presocráticos y a los pitagóricos, y los estudiosos del gnosticismo encuentran aquí textos que ningún otro autor conservó: el Apophasis megale atribuido a Simón, el himno naaseno, el sistema de Justino el gnóstico, los fragmentos de Basílides (Wikipedia). Para la historia de la Iglesia de Roma, el libro IX es un documento sin igual: la acusación de un clérigo romano contra dos obispos de su ciudad, Ceferino y Calixto, por doctrina y por disciplina, escrita por quien, según la tradición, se hizo elegir obispo frente a ellos.
La tesis de la obra —toda herejía copia a un filósofo— no convenció a los historiadores modernos, que ven en los sistemas gnósticos más que plagio. Pero la obra también ha cambiado la imagen de su autor: la cuestión de los «dos Hipólitos» (Wikipedia, es) nació en buena parte de la dificultad de atribuir al mismo hombre esta obra y los comentarios bíblicos que llevan su nombre.
Para seguir leyendo en Eusebeia: Contra la herejía de Noeto, que trata el mismo asunto que el libro IX en forma de tratado; Contra las herejías de Ireneo, de quien el autor depende en los libros VI y VII; y Unicitarios, sobre los herederos modernos de la doctrina de Noeto.
Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. No se ha cotejado con el griego ni con la edición crítica de Marcovich. La atribución a Hipólito es la del ANF y está discutida; esta edición no la decide.