V, 17
La opinión de los setitas nos parece haber sido suficientemente dilucidada. Si, empero, alguien desea aprender la doctrina entera según ellos, lea un libro titulado Paráfrasis de Set; pues todas sus doctrinas secretas las encontrará depositadas allí. Mas puesto que hemos expuesto las opiniones sostenidas por los setitas, veamos también cuáles son las doctrinas propuestas por Justino.
V, 18
Justino se oponía por completo a la enseñanza de las santas Escrituras y, además, a la enseñanza escrita u oral de los bienaventurados evangelistas, según la manera en que el Verbo acostumbraba a instruir a sus discípulos, diciendo: «No vayáis por el camino de los gentiles;» y esto significa que no debían atender a la doctrina vana de los gentiles. Este (hereje) se esfuerza por conducir a sus oyentes al reconocimiento de los prodigios narrados por los gentiles y de las doctrinas inculcadas por ellos. Y relata, palabra por palabra, los relatos legendarios corrientes entre los griegos, y no enseña ni entrega primeramente su misterio perfecto, a menos que haya ligado a su víctima con un juramento. Luego presenta (estas) fábulas con el fin de persuadir, para que quienes están familiarizados con la incalculable frivolidad de estos libros puedan tener algún consuelo en los pormenores de estas leyendas. Así sucede como cuando, del mismo modo, uno que emprende un largo viaje considera conveniente, al topar con una posada, tomar reposo. Y así es que, cuando una vez más son inducidos a volverse hacia el estudio de la doctrina difusa de estas lecciones, no las aborrezcan mientras, sometidos a una instrucción innecesariamente prolija, se precipitan aturdidos en la transgresión ideada por (Justino); y antes liga a sus seguidores con juramentos horribles, de no divulgar ni abjurar estas doctrinas, y les arranca un reconocimiento (de su verdad). Y de esta manera entrega los misterios impíamente descubiertos por él mismo, valiéndose en parte, según lo dicho anteriormente, de las leyendas helénicas, y en parte de aquellos libros fingidos que, hasta cierto punto, guardan semejanza con las herejías antedichas. Pues todos, empujados por un solo espíritu, son arrastrados a un abismo profundo de contaminación, inculcando los mismos dogmas y relatando las mismas leyendas, cada uno con método distinto. Todos esos, empero, se llaman a sí mismos gnósticos, en este sentido peculiar: que ellos solos han absorbido el maravilloso conocimiento del Ser Perfecto y Bueno.
V, 19
Pero jura, dice Justino, si quieres conocer «lo que el ojo no ha visto, ni el oído ha oído, ni las cosas que no han entrado en el corazón;» es decir, si quieres conocer al que es bueno sobre todas las cosas, al que es más excelso, (jura) que guardarás los secretos (de la disciplina justiniana), como destinados a ser guardados en silencio. Porque también nuestro Padre, al contemplar al Bueno y al ser iniciado con Él, guardó los misterios a los que se impone silencio, y juró, como está escrito: «El Señor juró, y no se arrepentirá.» Habiendo, pues, de esta manera sellado estas doctrinas, procura engatusar (a sus seguidores) con más leyendas (que se detallan) mediante un mayor número de libros; y así conduce (a sus lectores) al Bueno, consumando a los iniciados (admitiéndolos en) los Misterios indecibles. Sin embargo, para no vadear más volúmenes de ellos, ilustraremos los Misterios inefables (de Justino) a partir de un solo libro suyo, en cuanto que, según su suposición, es (obra) de gran reputación. Ahora bien, este volumen se titula Baruc; y un relato fabuloso entre muchos, que es explicado por (Justino) en este (volumen), lo señalaremos, en cuanto que se encuentra en Heródoto. Mas, después de dar una forma distinta a este (relato), lo explica a sus discípulos como si fuera algo novedoso, dando a entender que el entero ordenamiento de su doctrina (brota) de él.
Capítulo 20. La cosmogonía de Justino: explicación alegórica de la leyenda de Hércules narrada por Heródoto
V, 20
Heródoto, pues, afirma que Hércules, cuando conducía los bueyes de Gerión desde Eritia, llegó a Escitia y que, fatigado por el viaje, se retiró a un lugar desierto y durmió por breve tiempo. Mas mientras dormitaba desapareció su caballo, montado en el cual había realizado su prolongado viaje. Al ser despertado del reposo, emprendió una búsqueda diligente por el desierto, esforzándose por hallar su caballo. Y aunque no tiene éxito en la búsqueda del caballo, encuentra en el desierto a cierta doncella, la mitad de cuya forma era de mujer, y procedió a preguntarle si había visto el caballo en alguna parte. La joven, empero, responde que había visto (al animal), pero que no se lo mostraría a menos que Hércules consintiera antes en ir con ella con el fin de ayuntamiento carnal. Ahora bien, Heródoto nos informa de que sus partes superiores hasta la ingle eran las de una virgen, pero que todo lo que estaba debajo del cuerpo, tras la ingle, presentaba un horrible aspecto de serpiente. Ansioso, sin embargo, por hallar su caballo, Hércules accede a la petición del monstruo; pues la conoció (carnalmente) y la dejó encinta. Y predijo, tras la cópula, que ella tenía de él en su seno tres hijos a la vez, destinados a ser ilustres. Y ordenó que ella, al darlos a luz, impusiera a los niños apenas nacidos los nombres siguientes: Agatirso, Gelono y Escita. Y como recompensa de este (favor), recibiendo su caballo de la doncella bestial, prosiguió su camino, llevando consigo también el ganado. Mas tras estos (pormenores), Heródoto tiene un relato prolijo; dejémoslo, sin embargo, por ahora. Pero cuáles sean las opiniones de Justino, que transfiere esta leyenda a (su relato de) la generación del universo, lo explicaremos.
La tríada de principios de Justino; su angelología fundada en esta tríada; su explicación del nacimiento, vida y muerte de Nuestro Señor
V, 21
Este (heresiarca) hace la siguiente declaración. Hay tres principios ingénitos del universo: dos masculinos (y) uno femenino. De los principios masculinos, empero, uno es denominado bueno, y sólo él es llamado de esta manera, y posee una potencia de presciencia acerca del universo. Mas el otro es padre de todas las cosas engendradas, desprovisto de presciencia e invisible. Y el principio femenino está desprovisto de presciencia, es apasionado, de dos mentes, de dos cuerpos, respondiendo en todo (a la descripción de) la joven de la leyenda de Heródoto: virgen hasta la ingle, y en las partes inferiores (semejante a) una serpiente, como dice Justino. Pero esta joven es llamada Edén e Israel. Y estos principios del universo son, dice él, raíces y fuentes de las cuales han sido producidas las cosas existentes, y no había nada más. El Padre, pues, que está desprovisto de presciencia, al contemplar a aquella mujer medio humana, Edén, cayó en un deseo concupiscente por ella. Mas este Padre, dice, es llamado Elohim. No menos anhelaba también Edén a Elohim, y la mutua pasión los juntó en el único lecho nupcial del amor. Y de tal ayuntamiento el Padre engendra de Edén para sí doce ángeles. Y los nombres de los ángeles engendrados por el Padre son estos: Miguel, Amén, Baruc, Gabriel, Esaddeo.... Y de los ángeles maternos que Edén dio a luz, los nombres han sido añadidos de la misma manera, y son los siguientes: Babel, Acamot, Naas, Bel, Belías, Satanás, Saël, Adoneo, Leviatán, Faraón, Carcameno (y) Latén.
De estos veinticuatro ángeles, los paternos están asociados con el Padre y hacen todas las cosas según su voluntad; y los maternos (están asociados con) Edén la Madre. Y la multitud de todos estos ángeles juntos es el Paraíso, dice, con respecto al cual habla Moisés: «Dios plantó un jardín en Edén hacia el oriente,» es decir, hacia el rostro de Edén, para que Edén contemplara el jardín —esto es, los ángeles— continuamente. Alegóricamente los ángeles son llamados árboles de este jardín, y el árbol de la vida es el tercero de los ángeles paternos: Baruc. Y el árbol del conocimiento del bien y del mal es el tercero de los ángeles maternos: Naas. Pues así, dice (Justino), se deben interpretar las palabras de Moisés, observando: «Moisés dijo estas cosas de manera encubierta, porque no todos alcanzan la verdad.» Y, dice, formado el Paraíso del gozo conyugal de Elohim y Edén, los ángeles de Elohim, tomando de la tierra hermosísima —esto es, no de la porción de Edén semejante a un monstruo, sino de las partes superiores a la ingle, de forma humana y de aspecto suave— hacen al hombre de la tierra. Mas de las partes semejantes a un monstruo son producidas las fieras y el resto de la creación animal. Hicieron, pues, al hombre como símbolo de la unidad y del amor (subsistente) entre ellos; y le asignan sus propias potencias: Edén, el alma; Elohim, el espíritu. Y el hombre Adán es producido como un sello y recuerdo real del amor, y como emblema sempiterno del matrimonio de Edén y Elohim. Y de igual modo también Eva fue producida, dice, como Moisés ha descrito, imagen y emblema (así como) sello, para ser conservado para siempre, de Edén. Y de igual modo también un alma fue depositada en Eva —una imagen— de Edén, pero un espíritu de Elohim. Y les fueron dados mandamientos: «Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra,» es decir, Edén; pues así desea que hubiera sido escrito. Porque todo el poder que le pertenecía, Edén lo confirió a Elohim como una especie de dote nupcial. De donde, dice, imitando aquel primer matrimonio, hasta el día de hoy las mujeres llevan una dote a sus maridos, cumpliendo con cierta ley divina y paternal que vino a existencia de parte de Edén hacia Elohim.
Y cuando todas las cosas fueron creadas como ha sido descrito por Moisés —tanto el cielo como la tierra y lo que en ellos hay—, los doce ángeles de la Madre fueron divididos en cuatro principios, y cada cuarta parte de ellos es llamada río: Fison, Gehón, Tigris y Éufrates, como, dice, afirma Moisés. Estos doce ángeles, mutuamente vinculados, andan por las cuatro partes y gobiernan el mundo, teniendo de Edén una suerte de autoridad virreinal sobre el mundo. Pero no permanecen siempre en los mismos lugares, sino que se mueven en torno como en una danza circular, cambiando de lugar tras lugar, y en tiempos e intervalos fijos se retiran a las localidades que les están sujetas. Y cuando Fison ejerce dominio sobre los lugares, el hambre, la angustia y la aflicción prevalecen en aquella parte de la tierra, pues el batallón de estos ángeles es mezquino. De igual modo también corresponden a cada parte de las cuatro, según la potencia y naturaleza de cada una, tiempos malos y multitudes de enfermedades. Y continuamente, según el dominio de cada cuarta parte, esta corriente de mal, como (una corriente) de ríos, corre, según la voluntad de Edén, sin interrupción alrededor del mundo. Y de alguna causa de esta índole ha surgido la necesidad del mal.
Cuando Elohim hubo preparado y creado el mundo como fruto del gozo conjunto, quiso subir a las partes elevadas del cielo y ver que nada de lo que pertenecía a la creación padecía deficiencia. Y tomó consigo a sus propios ángeles, porque su naturaleza era ascender a lo alto, dejando abajo a Edén; pues en cuanto ella era tierra, no estaba dispuesta a seguir hacia arriba a su esposo. Elohim, pues, llegando a la parte más alta del cielo y contemplando una luz superior a la que Él mismo había creado, exclamó: «Abridme las puertas, para que entrando reconozca al Señor; pues me tenía por Señor.» Una voz le respondió desde la luz, diciendo: «Esta es la puerta del Señor: por ella entran los justos.» Y al instante se abrió la puerta, y el Padre, sin los ángeles, entró, (avanzando) hacia el Bueno, y contempló «lo que el ojo no ha visto, ni el oído ha oído, ni ha entrado en el corazón del hombre (para concebirlo).» Entonces el Bueno le dice: «Siéntate a mi diestra.» Y el Padre dice al Bueno: «Permíteme, Señor, derribar el mundo que he hecho, pues mi espíritu está atado a los hombres. Y deseo recibirlo de vuelta (de ellos).» Entonces el Bueno le responde: «Ningún mal puedes hacer mientras estés conmigo, pues tú y Edén hicisteis el mundo como fruto del gozo conyugal. Permite, pues, que Edén posea el mundo mientras quiera; pero tú permanece conmigo.» Entonces Edén, sabiendo que había sido abandonada por Elohim, se llenó de dolor y puso junto a sí a sus propios ángeles. Y se adornó de manera hermosa, por si acaso Elohim, cayendo en deseo concupiscente, descendiera (del cielo) a ella.
Cuando, empero, Elohim, dominado por el Bueno, ya no descendió a Edén, Edén mandó a Babel, que es Venus, causar adulterios y disoluciones de matrimonios entre los hombres. (Y adoptó este expediente) para que, así como ella había sido repudiada por Elohim, también el espíritu de Elohim, que está en los hombres, atormentado por la tristeza, fuera castigado con tales separaciones y padeciera exactamente los sufrimientos que (estaba soportando) la abandonada Edén. Y Edén da gran poder a su tercer ángel, Naas, para que con toda especie de castigo castigue al espíritu de Elohim que está en los hombres, a fin de que Elohim, mediante el espíritu, sea castigado por haber abandonado a su esposa, violando los pactos establecidos entre ellos. Elohim el padre, viendo estas cosas, envía a Baruc, el tercer ángel entre los suyos, a socorrer al espíritu que está en todos los hombres. Baruc, pues, viniendo, se puso en medio de los ángeles de Edén, es decir, en medio del paraíso —pues el paraíso son los ángeles, en medio de los cuales se puso— y dio al hombre el siguiente mandamiento: «De todo árbol que hay en el paraíso podrás comer libremente, mas no comerás del árbol del conocimiento del bien y del mal,» el cual es Naas. Ahora bien, el significado es que debía obedecer a los restantes once ángeles de Edén, pues los once poseen pasiones, pero no son culpables de transgresión. Naas, empero, ha cometido pecado, pues se allegó a Eva, engañándola, y la corrompió; y (tal acto) es una violación de la ley. Él, asimismo, se allegó a Adán y tuvo comercio antinatural con él; y esto mismo es también una torpeza, de donde han surgido el adulterio y la sodomía.
De aquí en adelante el vicio y la virtud prevalecieron entre los hombres, surgiendo de una sola fuente: la del Padre. Pues el Padre, habiendo ascendido al Bueno, señala de tiempo en tiempo el camino a quienes desean ascender (a él igualmente). Sin embargo, después de haberse apartado de Edén, causó un principio originante del mal para el espíritu del Padre que está en los hombres. Baruc, por tanto, fue enviado a Moisés, y por medio de él habló a los hijos de Israel, para que se convirtieran al Bueno. Mas el tercer ángel (Naas), mediante el alma que de Edén vino sobre Moisés, así como sobre todos los hombres, oscureció los preceptos de Baruc e hizo que sus propias órdenes peculiares fueran escuchadas. Por esta razón el alma está dispuesta contra el espíritu, y el espíritu contra el alma. Pues el alma es Edén, y el espíritu Elohim, y cada uno de ellos existe en todos los hombres, tanto mujeres como varones. De nuevo, después de estos (sucesos), Baruc fue enviado a los Profetas, para que, mediante los Profetas, el espíritu que mora en los hombres oyera (palabras de advertencia) y evitara a Edén y la ficción malvada, así como el Padre había huido de Elohim. De igual modo también —por medio de los profetas— Naas, con un artificio semejante, a través del alma que mora en el hombre, junto con el espíritu del Padre, sedujo a los profetas, y todos (ellos) fueron atraídos tras él, y no siguieron las palabras de Baruc, que Elohim había mandado.
Finalmente, Elohim escogió a Hércules, un profeta incircunciso, y lo envió a someter a los doce ángeles de Edén y a liberar al Padre de los doce ángeles, aquellos malvados de la creación. Estos son los doce trabajos de Hércules que Hércules soportó, en orden, del primero al último, a saber: el León, la Hidra, el Jabalí y los demás sucesivamente. Pues dicen que estos son los nombres (de ellos) entre los gentiles, y han sido derivados con denominaciones alteradas de la energía de los ángeles maternos. Cuando parecía haber vencido a sus antagonistas, Ónfale —ahora ella es Babel o Venus— se aferra a él, seduce a Hércules y lo despoja de su poder, a saber, los mandatos de Baruc que Elohim emitió. Y en lugar (de este poder, Babel) lo envuelve en su propio vestido peculiar, es decir, en el poder de Edén, que es el poder inferior; y de esta manera la profecía de Hércules quedó incumplida, así como sus obras.
Finalmente, sin embargo, en los días del rey Herodes, Baruc es enviado, descendiendo una vez más de parte de Elohim; y llegando a Nazaret, encontró a Jesús, hijo de José y María, un niño de doce años, apacentando ovejas. Y le anuncia todas las cosas desde el principio, cuanto había sido hecho por Edén y Elohim, y cuanto habría de suceder en adelante, y pronunció las siguientes palabras: «Todos los profetas anteriores a ti han sido seducidos. Esfuérzate, pues, Jesús, Hijo del hombre, en no ser atraído, sino predica esta palabra a los hombres, y llévales noticias de las cosas pertenecientes al Padre, y de las pertenecientes al Bueno, y asciende hasta el Bueno, y siéntate allí con Elohim, Padre de todos nosotros.» Y Jesús fue obediente al ángel, diciendo: «Todo lo haré, Señor,» y procedió a predicar. Naas, por tanto, quiso seducir también a este. (Jesús, empero, no estaba dispuesto a escuchar sus insinuaciones), pues permaneció fiel a Baruc. Por tanto, Naas, inflamado de ira porque no pudo seducirlo, hizo que lo crucificaran. Él, empero, dejando el cuerpo de Edén en el árbol (maldito), ascendió al Bueno; diciendo, sin embargo, a Edén: «Mujer, retén a tu hijo,» es decir, al hombre natural y terreno. Mas (Jesús) mismo, encomendando su espíritu en las manos del Padre, ascendió al Bueno. Ahora bien, el Bueno es Príapo, (y) él es quien antecedentemente causó la producción de todo lo que existe. Por esta razón es llamado Príapo, porque previamente formó todas las cosas (según su propio designio). Por eso, dice, en todo templo se coloca su estatua, venerada por toda criatura; y (hay imágenes de él) en los caminos, llevando sobre su cabeza frutos maduros, es decir, los productos de la creación, de la cual él es causa, habiendo en primera instancia formado (según su propio designio) la creación, cuando aún no tenía existencia. Cuando, por tanto, dice, oyes a hombres afirmar que el cisne se allegó a Leda y engendró un hijo de ella, (aprende que) el cisne es Elohim y Leda, Edén. Y cuando la gente alega que un águila se allegó a Ganimedes, (sabe que) el águila es Naas y Ganimedes, Adán. Y cuando afirman que el oro (en lluvia) se allegó a Danae y engendró un hijo de ella, (recuerda que) el oro es Elohim y Danae, Edén. Y de manera semejante, aduciendo todos los relatos de esta índole, que corresponden con (la naturaleza de) las leyendas, prosiguen la obra de instrucción. Cuando, pues, el profeta dice: «Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; el Señor ha hablado,» entiende por cielo, dice (Justino), el espíritu que está en el hombre de parte de Elohim; y por tierra, el alma que está en el hombre junto con el espíritu; y por Señor, Baruc; y por Israel, Edén, pues Israel, lo mismo que Edén, es llamado esposa de Elohim. «Israel,» dice, «no me conoció (a Elohim); pues si me hubiera conocido, que estoy con el Bueno, no habría castigado, por ignorancia paternal, al espíritu que está en los hombres.»
Capítulo 22. Juramento empleado por los herejes justinianos; el libro de Baruc; el repertorio de su sistema
V, 22
De ahí también que en el primer libro inscrito «Baruc» se haya escrito el juramento que obligan a prestar a quienes van a oír estos misterios y a ser iniciados con el Bueno. Y este juramento, dice (Justino), lo juró nuestro Padre Elohim cuando estaba junto al Bueno, y habiendo jurado no se arrepintió (del juramento), acerca del cual, dice, está escrito: «Juró el Señor y no se arrepentirá.» Ahora bien, el juramento está redactado en estos términos: «Juro por aquel Bueno que está sobre todas las cosas guardar estos misterios y no divulgarlos a nadie, y no recaer del Bueno a la criatura.» Y cuando ha jurado este juramento, pasa al Bueno y contempla «las cosas que ni ojo vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre;» y bebe del agua vivificante, que es para ellos, según suponen, un baño, una fuente de agua vivificante y bullente. Pues se ha hecho una separación entre agua y agua; y hay agua, la que está debajo del firmamento de la creación perversa, en la cual se lavan los hombres terrenales y animales; y hay agua vivificante, (la que está) sobre el firmamento, del Bueno, en la cual se lavan los hombres espirituales (y) vivientes; y en esta se lavó Elohim mismo, y habiéndose lavado no se arrepintió. Y cuando, dice, el profeta afirma: «Toma para ti una mujer dada a la prostitución, pues la tierra se ha entregado a la fornicación, apartándose de seguir al Señor;» esto es, Edén (se aparta) de Elohim. (Ahora bien,) en estas palabras, dice, el profeta declara claramente todo el misterio, y no es escuchado a causa de las perversas maquinaciones de Naas. De esa misma manera, presentan otros pasajes proféticos con un espíritu similar de interpretación a lo largo de numerosos libros. El volumen, sin embargo, inscrito «Baruc», es para ellos por excelencia aquel en el que el lector comprobará que se contiene la explicación entera de su sistema legendario. Amados, aunque he tropezado con muchas herejías, con ningún perverso (heresiarca) peor que este (Justino) me ha tocado encontrarme. Mas, en verdad, (los secuaces de Justino) deberían imitar el ejemplo de su Hércules y limpiar, como suele decirse, el establo de Augías, o más bien, diría yo, una cloaca en la que, tan pronto como han caído los adeptos de este (heresiarca), jamás pueden ser limpiados; más aún, no podrán siquiera levantar la cabeza.
V, 23
Puesto que, pues, hemos explicado los intentos (de sistema) del pseudognóstico Justino, parece igualmente conveniente en los libros siguientes elucidar las opiniones propuestas en las herejías que siguen (como consecuencia de las doctrinas de Justino) y no dejar sin refutar ni una sola de estas (especulaciones). Nuestra refutación se logrará aduciendo las aserciones hechas por ellos; tales (al menos de sus afirmaciones) como basten para hacer un ejemplo público (de estos herejes). (Y alcanzaremos nuestro propósito), aun cuando solo se condenen los misterios secretos e inefables practicados entre ellos, en los cuales, necios mortales que son, apenas (aun) con considerable trabajo son iniciados. Veamos, pues, qué afirma también Simón.
VI, índice
El siguiente es el contenido del libro sexto de la Refutación de todas las herejías:—
Cuáles son las opiniones que se intenta (establecer) por Simón, y que su doctrina deriva su fuerza de las (lucubraciones) de magos y poetas.
Cuáles son las opiniones propuestas por Valentín, y que su sistema no está construido a partir de las Escrituras, sino de los principios platónicos y pitagóricos.
Y cuáles son las opiniones de Segundo, Ptolomeo y Heracleón, como personas que también ellos mismos avanzaron las mismas doctrinas que los filósofos griegos, pero las enunciaron con fraseología diferente.
Y cuáles son las suposiciones propuestas por Marcos y Colarbaso, y que algunos de ellos dedicaron su atención a las artes mágicas y a los números pitagóricos.
VI, 1
Cualesquiera que fuesen las opiniones, pues, sostenidas por quienes derivaron los primeros principios (de su doctrina) de la serpiente, y que con el tiempo deliberadamente sacaron a la luz pública sus dogmas, las hemos explicado en el libro que precede a este, y que es el quinto de la Refutación de las herejías. Pero ahora tampoco guardaré silencio respecto de las opiniones de los (heresiarcas) que siguen a estos (ofitas en sucesión); más aún, no dejaré sin refutar ni una sola (especulación), si es posible recordar todas (sus doctrinas), y las orgías secretas de estos (herejes), que con razón se podrían llamar orgías —pues quienes propagan opiniones tan audaces no están lejos de la ira (de Dios)—, para valerme del auxilio de la etimología.
VI, 2
Parece, pues, conveniente explicar asimismo ahora las opiniones de Simón, natural de Gitta, aldea de Samaria; y también probaremos que sus sucesores, tomando punto de partida de él, han intentado (establecer) opiniones semejantes bajo un cambio de nombre. Siendo este Simón un adepto en hechicerías, que por una parte hacía burla de muchos, en parte según el arte de Trasímedes, del modo que hemos explicado más arriba, y en parte también con el auxilio de demonios perpetraba su villanía, intentó deificarse a sí mismo. (Pero) el hombre era un (mero) embaucador, lleno de necedad, y los Apóstoles lo reprendieron en los Hechos. [] Con mucha mayor sabiduría y moderación que Simón, Apseto el libio, inflamado por un deseo semejante, se esforzó por hacerse considerar dios en Libia. Y en la medida en que su sistema legendario no presenta gran divergencia del deseo desordenado de aquel necio Simón, parece conveniente ofrecer una explicación de él, como digno del intento hecho por este hombre.
VI, 3
Apseto el libio anhelaba desmedidamente convertirse en dios; pero cuando, tras repetidas intrigas, no logró en absoluto realizar su deseo, deseaba sin embargo aparentar haberse convertido en dios; y, con el paso del tiempo, pareció en todo caso haberse convertido en realidad en dios. Porque los necios libios acostumbraban sacrificarle como a un poder divino, suponiendo que daban crédito a una voz que bajaba de arriba, del cielo. Pues, reuniendo en una misma jaula gran número de aves —papagayos—, las encerró. Ahora bien, hay muchísimos papagayos en toda Libia, y estos imitan muy claramente la voz humana. Este hombre, después de alimentar por un tiempo a las aves, acostumbraba enseñarles a decir: «Apseto es un dios.» Pero después de que las aves hubieron practicado esto durante un largo período y se hubieron acostumbrado a la emisión de aquello que él pensaba que, dicho, haría suponer que Apseto era un dios, entonces, abriendo la morada (de las aves), soltó a los papagayos, cada uno en una dirección distinta. Mientras las aves, sin embargo, estaban en vuelo, su sonido se extendió por toda Libia, y sus expresiones llegaron hasta el país helénico. Y así los libios, asombrados por la voz de las aves y no percibiendo la pícarería cometida por Apseto, tuvieron a Apseto por dios. Alguno de los griegos, no obstante, mediante un examen minucioso, percibiendo el engaño del supuesto dios, por medio de esos mismos papagayos no solo refutó, sino que también destruyó por completo a aquel fanfarrón y fastidioso individuo. Ahora bien, el griego, encerrando a muchos de los papagayos, les enseñó de nuevo a decir: «Apseto, habiéndonos enjaulado, nos obligó a decir que Apseto es un dios.» Pero habiendo oído la retractación de los papagayos, los libios, reuniéndose, decidieron todos unánimemente quemar a Apseto.
Interpretación forzada de la Escritura por Simón; plagia a Heráclito y Aristóteles; sistema de Simón de las existencias sensibles e inteligibles
VI, 4
De este modo debemos pensar acerca de Simón el Mago, a fin de compararlo con el libio, mucho antes que con Aquel que, aunque hecho hombre, era en realidad Dios. Sin embargo, si la afirmación de esta semejanza es en sí exacta, y el hechicero fue sujeto de una pasión semejante a la de Apseto, esforcémonos por enseñar de nuevo a los papagayos de Simón que Cristo, el que estaba, está y estará (esto es, era, es y ha de venir), no era Simón. Antes bien, (Jesús) era hombre, descendencia de la semilla de una mujer, nacido de sangre y de la voluntad de la carne, como también el resto (de la humanidad). Y que estas cosas son así, lo probaremos fácilmente a medida que avance la discusión.
Ahora bien, Simón, parafraseando necia y pícaramente la ley de Moisés, hace sus afirmaciones (del modo siguiente): Pues cuando Moisés asegura que «Dios es un fuego que arde y consume» [], tomando lo dicho por Moisés no en su sentido correcto, afirma que el fuego es el principio originante del universo. (Pero Simón) no considera cuál es la afirmación que se hace, a saber, que no es que Dios sea fuego, sino un fuego que arde y consume, (con lo cual) no solo fuerza el sentido de la ley real de Moisés, sino que incluso plagia a Heráclito el Oscuro. Y Simón denomina al principio originante del universo una potencia indefinida, expresándose así: «Este es el tratado de una revelación de la voz y del nombre (reconocibles) por medio de la aprehensión intelectual de la Gran Potencia Indefinida. Por lo cual será sellado, guardado en secreto, ocultado, y reposará en la morada en cuyo fundamento yace la raíz de todas las cosas.» Y afirma que este hombre que nace de sangre es (la susodicha) morada, y que en él reside una potencia indefinida, la cual afirma ser la raíz del universo.
Ahora bien, la potencia indefinida que es fuego no constituye, según Simón, una (esencia) no compuesta, conforme a la opinión de aquellos que afirman que los cuatro elementos son simples y que, por tanto, han imaginado asimismo que el fuego, que es uno de los cuatro, es simple. Pero (esto dista mucho de ser el caso): pues hay, (sostiene él,) una cierta naturaleza doble del fuego; y de esta doble (naturaleza) denomina a una parte algo secreto y a otra algo manifiesto, y afirma que lo secreto está oculto en las porciones manifiestas del fuego, y que las porciones manifiestas del fuego derivan su ser de sus (porciones) secretas. Esto, sin embargo, es lo que Aristóteles denomina con (las expresiones) «potencialidad» y «energía», o (lo que) Platón (llama) «inteligible» y «sensible». Y la porción manifiesta del fuego comprende en sí misma todas las cosas, cualesquiera que alguien pudiera discernir, o incluso los objetos de la creación visible que acaso pase por alto. Pero toda la (porción) secreta (del fuego) que uno puede discernir es conocida por el intelecto y escapa al poder de los sentidos; o no se la observa por falta de capacidad para ese tipo particular de percepción. En general, sin embargo, en la medida en que todas las cosas existentes caen bajo las categorías, a saber, de lo que es objeto de Sentido y lo que es objeto de Intelecto, y en cuanto a la denominación de estas (Simón) emplea los términos secreto y manifiesto; se puede afirmar, (digo, en general,) que el fuego, (me refiero) al (fuego) supraceleste, es un tesoro, como un gran árbol, tal como el que en sueños vio Nabucodonosor, del cual se alimenta toda carne. Y la porción manifiesta del fuego la considera como el tronco, las ramas, las hojas (y) la corteza exterior que las recubre. Todas estas (dependencias), dice, del Gran Árbol, al ser encendidas, se desvanecen a causa del resplandor del fuego que todo lo devora. El fruto, sin embargo, del árbol, cuando está plenamente desarrollado y ha recibido su propia forma, se deposita en un granero, no se arroja al fuego. Porque, dice, el fruto ha sido producido con el fin de ser puesto en el almacén, mientras que la paja es para ser entregada al fuego. (Ahora bien, la paja) es el tronco, (y) se genera no para sí misma, sino para el fruto.
VI, 5
Y esto, dice, es lo que está escrito en la Escritura: «Porque la viña del Señor de Sabaot es la casa de Israel, y el hombre de Judá su planta amada.» Si, pues, el hombre de Judá es la planta amada, queda probado, dice, que no hay otro árbol sino ese hombre. Pero acerca de la secreción y disolución de este (árbol), la Escritura, dice, ha hablado suficientemente. Y en cuanto a la instrucción para los que han sido formados según la imagen (de él), basta aquella afirmación que se hace (en la Escritura), que «toda carne es hierba, y toda la gloria de la carne, como flor de hierba. La hierba se seca, y su flor cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre.» La palabra del Señor, dice, es aquella palabra que se produce en la boca, y es un Logos, pero en ningún otro lugar existe un lugar de generación.
VI, 6
Ahora bien, para expresarme brevemente, en la medida en que el fuego es de esta índole, según Simón, y puesto que todas las cosas son visibles e invisibles, (y) de manera semejante resonantes y no resonantes, numerables y no sujetas a numeración; denomina en el Gran Anuncio una (entidad) inteligible perfecta, de tal modo que cada una de aquellas cosas que, existiendo indefinidamente, pueda ser infinitamente comprendida, a la vez habla, entiende y actúa de la manera en que Empédocles dice:—
Pues la tierra, ciertamente, por tierra vemos, y el agua por agua,
Y el aire divino por aire, y el fuego fiero por fuego,
Y el amor por amor, y también la contienda por la contienda sombría.
VI, 7
Pues, dice, él suele considerar que todas estas porciones del fuego, tanto visibles como invisibles, están dotadas de percepción y participan de la inteligencia. El mundo, por tanto, el que es generado, fue producido a partir del fuego ingénito. Empezó, sin embargo, a existir, dice, de la manera siguiente. El que fue engendrado del principio de aquel fuego tomó seis raíces, y esas primarias, del principio originante de la generación. Y dice que las raíces fueron hechas a partir del fuego en parejas, raíces que denomina «Mente» y «Inteligencia», «Voz» y «Nombre», «Ratiocinio» y «Reflejo». Y que en estas seis raíces reside simultáneamente la potencia indefinida entera en potencia, (aunque) no en acto. Y esta potencia indefinida, dice, es el que estaba, está y estará. Por lo cual, siempre que sea hecho bajo una imagen, en la medida en que existe en las seis potencias, existirá (allí) sustancialmente, potencialmente, cuantitativamente (y) completamente. (Y será una potencia) una y la misma que la potencia ingénita e indefinida, y no estará sujeta a deficiencia mayor que aquella potencia ingénita e inalterable (e) indefinida. Si, empero, continúa solo en potencia en las seis potencias y no ha sido formada bajo una imagen, se desvanece, dice, y se destruye de la manera en que se destruye la capacidad gramatical o geométrica en el alma del hombre. Porque cuando la capacidad toma para sí un arte, se produce una luz de las cosas existentes; pero cuando (la capacidad) no toma para sí (un arte), resultan la impericia y la ignorancia; y así como cuando (la potencia) no existía, perece junto con el hombre que expira.
Progresión ulterior de esta emanación triple; coexistencia con la doble tríada de una séptima existencia
VI, 8
Y de aquellas seis potencias, y de la séptima que coexiste con ellas, al primer par, Mente e Inteligencia, lo llama Cielo y Tierra. Y que uno de estos, siendo de sexo masculino, contempla desde arriba y cuida de su compañera. Mas que la tierra recibe abajo los frutos racionales, afines a la tierra, que son llevados abajo desde el cielo. Por esta razón, dice, el Verbo, mirando con frecuencia hacia las cosas que están siendo engendradas de Mente e Inteligencia, es decir, de Cielo y Tierra, exclama: «Oye, oh cielo, y presta oído, oh tierra, porque el Señor ha hablado. He engendrado hijos, y los he exaltado; y estos me han rechazado.» Ahora bien, el que profiere estas palabras, dice, es la séptima potencia — el que estaba, está y estará; pues él mismo es causa de aquellos hermosos objetos de la creación que Moisés encomió, y dijo que eran muy buenos. Mas Voz y Nombre (el segundo de los tres pares) son Sol y Luna; y Raciocinio y Reflexión (el tercero de los tres pares) son Aire y Agua. Y en todas estas está entremezclada y confundida, como he declarado, la gran, la indefinida, la (auto-) existente potencia.
Capítulo 9. Interpretación que hace Simón del Hexaémeron mosaico; su representación alegórica del Paraíso
VI, 9
Cuando, pues, Moisés ha hablado de «los seis días en los que Dios hizo el cielo y la tierra, y reposó el séptimo de todas sus obras» [], Simón, de la manera ya especificada, dando (a estos y a otros pasajes de la Escritura) una aplicación distinta (de la que pretendieron los santos escritores), se deifica a sí mismo. Cuando, pues, (los seguidores de Simón) afirman que hay tres días engendrados antes del sol y de la luna, hablan enigmáticamente de Mente e Inteligencia, esto es, de Cielo y Tierra, y de la séptima potencia, (quiero decir) la indefinida. Pues estas tres potencias son producidas previamente a todas las demás. Mas cuando dicen, «Me engendró antes de todos los Siglos» [], tales afirmaciones, dice, se alega que conciernen a la séptima potencia. Ahora bien, esta séptima potencia, que era una potencia existente en la potencia indefinida, que fue producida antes de todos los Siglos, esta es, dice, la séptima potencia, respecto de la cual Moisés profiere las siguientes palabras: «Y el Espíritu de Dios se cernía sobre el agua»; esto es, dice (el simoniano), el Espíritu que contiene todas las cosas en sí mismo, y es una imagen de la potencia indefinida de la que Simón habla — «una imagen de forma incorruptible, que sola reduce todas las cosas al orden». Pues esta potencia que se cierne sobre el agua, siendo engendrada, dice, de una forma incorruptible solamente, reduce todas las cosas al orden. Cuando, por tanto, según estos (herejes), sobrevino alguna tal disposición, y (una) semejante (a ella) del mundo, la Deidad, dice, procedió a formar al hombre, tomando barro de la tierra. Y no lo formó simple, sino doble, según (su propia) imagen y semejanza []. Ahora bien, la imagen es el Espíritu que se cierne sobre el agua; y quienquiera que no sea modelado en una figura de este, perecerá con el mundo, en tanto que continúa solo potencialmente, y no existe en acto. Esto, dice, es lo que ha sido dicho, «que no hemos de ser condenados con el mundo» []. Si, sin embargo, uno es hecho en la figura del (Espíritu), y es engendrado desde un punto indivisible, como ha sido escrito en el Anuncio, (tal, aunque) pequeño, devendrá grande. Mas lo que es grande continuará hasta una duración infinita e inalterable, como siendo aquello que ya no está sujeto a las condiciones de una entidad generada.
¿Cómo, pues, dice, y de qué manera, forma Dios al hombre? En el Paraíso; pues así le parece. Concédase, dice, que el Paraíso es el vientre; y que esto es una (suposición) verdadera lo enseñará la Escritura cuando pronuncie las palabras, «Yo soy el que te formo en el vientre de tu madre» []. Pues también esto quiere que haya sido escrito así. Moisés, dice, recurriendo a la alegoría, ha declarado que el Paraíso es el vientre, si hemos de fiarnos de su afirmación. Si, pues, Dios forma al hombre en el vientre de su madre — esto es, en el Paraíso —, como he afirmado, sea el Paraíso el vientre, y Edén las secundinas, «un río que sale de Edén para regar el Paraíso» [], (entendiendo por esto) el ombligo. Este ombligo, dice, se divide en cuatro principios; pues a uno y otro lado del ombligo están situadas dos arterias, conductos del espíritu, y dos venas, conductos de sangre. Mas cuando, dice, los vasos umbilicales proceden de Edén, es decir, la membrana en la que el feto está envuelto crece hacia el (feto) que se está formando en la vecindad del epigastrio, — (ahora) todos en común denominan a esto ombligo —, estas dos venas por las que fluye la sangre, y es conducida desde Edén, las secundinas, a lo que se llama las puertas del hígado; (estas venas, digo,) nutren al feto. Pero las arterias de las que hemos hablado como conductos del espíritu abrazan la vejiga por ambos lados, alrededor de la pelvis, y la conectan con la gran arteria, llamada la aorta, en la vecindad de la cresta dorsal. Y de esta manera el espíritu, abriéndose camino a través de los ventrículos hasta el corazón, produce el movimiento del feto. Pues el infante que fue formado en el Paraíso no recibe alimento por la boca, ni respira por las fosas nasales: pues como yacía en medio de la humedad, a sus pies estaba la muerte, si intentaba respirar; pues (así) habría sido apartado de la humedad, y habría perecido (en consecuencia). Pero (se puede ir más allá de esto); pues el (feto) entero está firmemente envuelto por una cubierta llamada la membrana, y es nutrido por un ombligo, y recibe a través de la (aorta), en la vecindad de la cresta dorsal, como he afirmado, la sustancia del espíritu.
VI, 10
El río, por tanto, dice, que sale de Edén se divide en cuatro principios, cuatro canales — es decir, en cuatro sentidos, pertenecientes a la criatura que está naciendo, a saber, vista, olfato, gusto y tacto; pues el niño formado en el Paraíso tiene estos solos sentidos. Esta, dice, es la ley que Moisés estableció; y en referencia a esta misma ley, cada uno de sus libros ha sido escrito, como las inscripciones lo demuestran. El primer libro es Génesis. La inscripción del libro es, dice, suficiente para el conocimiento del universo. Pues esto es (equivalente en significado a) generación, (es decir,) visión, en la que se divide una sección del río. Pues el mundo fue visto por la potencia de la visión. De nuevo, la inscripción del segundo libro es Éxodo. Pues lo que ha sido producido, pasando a través del Mar Rojo, debe llegar al desierto — ahora dicen que llama al (Mar) Rojo sangre —, y gustar agua amarga. Pues amarga, dice, es el agua que se (bebe) después (de cruzar) el Mar Rojo; la cual (agua) es un camino para ser hollado, que nos conduce a un conocimiento en (esta) vida de nuestra azarosa y amarga suerte. Sin embargo, alterada por Moisés — esto es, por el Verbo —, aquella (agua) amarga se vuelve dulce. Y que esto es así podemos oírlo en común de todos los que se expresan según los (sentimientos de los) poetas:—
Negra en la raíz, como leche, la flor,
Los dioses la llaman 'Moly', y dura para los hombres mortales
de arrancar; mas infinita es la potencia divina.
VI, 11
Lo que es dicho por los gentiles es suficiente para el conocimiento del universo para aquellos que tienen oídos (capaces) de oír. Pues quienquiera, dice, que ha gustado de este fruto, no es el único que es transformado por Circe en bestia; sino que, empleando la potencia de tal fruto, forma de nuevo y modela nuevamente, y re-atrae a aquel primario y propio carácter suyo a los que ya han sido alterados en bestias. Mas un hombre fiel, y amado por aquella hechicera, es, dice, descubierto a través de aquel lácteo y divino fruto. De la misma manera, el tercer libro es Levítico, que es el olfato, o la respiración. Pues la totalidad de aquel libro es (una narración) de los sacrificios y ofrendas. Donde, sin embargo, hay un sacrificio, cierto perfume de la fragancia surge del sacrificio a través de los inciensos; y en lo tocante a esta fragancia (el sentido del) olfato es una prueba. Números, el cuarto de los libros, significa gusto, donde el discurso es operativo. Pues, por el hecho de que habla de todas las cosas, es denominado por disposición numérica. Mas Deuteronomio, dice, está escrito en referencia al (sentido del) tacto poseído por el niño que se está formando. Pues como el tacto, asiendo las cosas que son vistas por los otros sentidos, las resume y las ratifica, comprobando lo que es áspero, o cálido, o húmedo, (o frío); así el quinto libro de la ley constituye un resumen de los cuatro libros que lo preceden.
Todas las cosas, pues, dice, cuando no han sido engendradas, están en nosotros potencialmente, no en acto, como el arte gramatical o geométrico. Si, por tanto, uno recibe instrucción y enseñanza apropiadas, y (donde en consecuencia) lo que es amargo será alterado en lo que es dulce — es decir, las lanzas en podaderas, y las espadas en rejas de arado, [] — no habrá paja y leña engendradas para el fuego, sino fruto maduro, plenamente formado, como dije, igual y semejante a la ingénita e indefinida potencia. Si, sin embargo, un árbol continúa solo, sin producir fruto plenamente formado, es totalmente destruido. Pues en algún lugar cerca, dice, está el hacha (que está puesta) a las raíces del árbol. Todo árbol, dice, que no produce buen fruto, es cortado y echado al fuego.
VI, 12
Según Simón, por tanto, existe aquello que es bienaventurado e incorruptible en condición latente en cada uno — (esto es,) potencialmente, no en acto; y que este es el que estaba, está y ha de estar. Ha estado arriba en la ingénita potencia. Está abajo, cuando en la corriente de las aguas fue engendrado en semejanza. Ha de estar arriba, junto a la bienaventurada potencia indefinida, si es formado en una imagen. Pues, dice, hay tres que han estado; y si no hubiera tres Eones que han estado, el ingénito no está adornado. (Ahora bien, el ingénito) es, según ellos, cernido sobre las aguas, y es rehecho, según la semejanza (de una naturaleza eterna), un ser celestial perfecto, en ninguna (cualidad de) inteligencia formado inferior a la ingénita potencia: esto es lo que dicen — Yo y tú, uno; tú, antes de mí; yo, lo que está después de ti. Esta, dice, es una potencia dividida arriba (y) abajo, que se engendra a sí misma, se hace crecer a sí misma, se busca a sí misma, se encuentra a sí misma, es madre de sí misma, padre de sí misma, hermana de sí misma, esposa de sí misma, hija de sí misma, hijo de sí misma, madre, padre, una unidad, siendo raíz del círculo entero de la existencia.
Y que, dice, el principio originante de la generación de las cosas engendradas procede del fuego, lo discierne por algún método como el siguiente. De todas las cosas, (es decir,) de cualquier cosa de la que hay generación, el principio del deseo de la generación procede del fuego. Por lo cual el deseo de la generación mutable es denominado «ser inflamado». Pues cuando el fuego es uno, admite dos conversiones. Pues, dice, la sangre en el hombre, siendo a la vez caliente y amarilla, es convertida como una llama figurativa en semilla; pero en la mujer esta misma sangre es convertida en leche. Y la conversión del varón deviene generación, pero la conversión de la hembra, nutrición para el feto. Esta, dice, es «la espada de fuego, que giraba para guardar el camino del árbol de la vida» []. Pues la sangre es convertida en semilla y leche, y esta potencia deviene madre y padre — padre de las cosas que están en proceso de generación, y aumento de las cosas que están siendo nutridas; (y esta potencia es) sin necesidad adicional, (y) autosuficiente. Y, dice, el árbol de la vida es guardado, como hemos afirmado, por la espada de fuego brandida. Y es la séptima potencia, la que (se produce) desde sí misma, (y) que contiene todas (las potencias, y) que reposa en las seis potencias. Pues si la espada de fuego no es brandida, aquel buen árbol será destruido, y perecerá. Si, sin embargo, estas son convertidas en semilla y leche, el principio que reside en estas potencialmente, y está en posesión de una posición propia, en la que se desarrolla un principio de almas, (tal principio,) comenzando, por así decir, desde una muy pequeña chispa, será enteramente magnificado, y aumentará y devendrá una potencia indefinida (y) inalterable, (igual y semejante) a un siglo inalterable, que ya no pasa al siglo indefinido.