VII, índice
Lo siguiente es el contenido del libro séptimo de la Refutación de todas las herejías:—
Cuál es la opinión de Basílides, y que, impresionado por las doctrinas de Aristóteles, de éstas formó su herejía.
Y cuáles son las afirmaciones de Saturnilo, que floreció casi al mismo tiempo que Basílides.
Y cómo Menandro adelantó la afirmación de que el mundo fue hecho por ángeles.
Cuál es la necedad de Marción, y que su doctrina no es nueva, ni (tomada) de las Sagradas Escrituras, sino que la obtiene de Empédocles.
Cómo Carpócrates procede neciamente, alegando también él mismo que las cosas existentes fueron hechas por ángeles.
Que Cerinto, en modo alguno deudor de las Escrituras, formó su opinión (no a partir de ellas), sino de las doctrinas de los egipcios.
Cuáles son las opiniones propuestas por los ebionitas, y que preferentemente se adhieren a las costumbres judías.
Cómo Teodoto ha sido víctima de error, tomando aportes para su sistema en parte de los ebionitas, (en parte de Cerinto.)
Y cuáles fueron las opiniones de Cerdón, que a la vez enunció las doctrinas de Empédocles e impíamente indujo a Marción a presentarse.
Y cómo Luciano, habiéndose hecho discípulo de Marción, despojándose de toda vergüenza, blasfemó de Dios una y otra vez.
Y también Apeles, habiéndose hecho discípulo de este (hereje), no acostumbraba adelantar las mismas opiniones que su preceptor; sino que, movido (en la formación de su sistema) por las doctrinas de los filósofos de la naturaleza, asumió la sustancia del universo como principio fundamental de las cosas.
La herejía comparada (1) al océano tempestuoso, (2) a las rocas de las Sirenas; moraleja de Odiseo y las Sirenas
VII, 1
Los discípulos de estos hombres, cuando se percatan de que las doctrinas de los herejes son como el océano agitado en olas por la violencia de los vientos, deben navegar de largo en busca del puerto tranquilo. Pues un mar de esta naturaleza está tanto infestado de fieras como es difícil de navegar, semejante, por así decirlo, al (mar) de Sicilia, en el cual la leyenda cuenta que estaban los Cíclopes, Caribdis, Escila y la roca de las Sirenas. Ahora bien, los poetas de los griegos refieren que Odiseo navegó (por este canal), empleando con destreza (para provecho propio) el carácter terrorífico de estos monstruos extraños. Pues era notable la crueldad salvaje de éstos (en su aspecto) hacia los que navegaban por allí. Las Sirenas, sin embargo, cantando dulce y armoniosamente, engañaban a los navegantes, atrayéndolos, por causa de su voz melodiosa, a quienes la oían, a dirigir sus naves hacia (el promontorio). Los (poetas) refieren que Odiseo, al cerciorarse de esto, untó con cera los oídos de sus compañeros y, atándose al mástil, navegó, libre de peligro, ante las Sirenas, oyendo su canto con claridad. Y mi consejo a mis lectores es adoptar un expediente semejante, a saber, o bien, a causa de su debilidad, untar con cera sus oídos y navegar (de frente) a través de las doctrinas de los herejes, sin siquiera escuchar (doctrinas) que fácilmente son capaces de seducirlos hacia el placer, como el melodioso canto de las Sirenas; o, atándose uno mismo a la Cruz de Cristo, (y) escuchando con fidelidad (Sus palabras), no dejarse distraer, ya que ha depositado su confianza en Aquel a quien desde antes ha estado firmemente unido, y (amonesto a ese hombre) a continuar firmemente (en esta fe).
VII, 2
Puesto que, por tanto, en los seis libros precedentes a éste hemos explicado opiniones (heréticas) anteriores, ahora parece conveniente no guardar silencio acerca de las (doctrinas) de Basílides, que son los principios de Aristóteles el Estagirita, no (los) de Cristo. Pero aunque en una ocasión anterior las opiniones propuestas por Aristóteles han sido dilucidadas, no tendremos reparo ni ahora en consignarlas de antemano en una especie de sinopsis, con el propósito de permitir a mis lectores, por medio de una comparación más cercana de los dos sistemas, percibir con facilidad que las doctrinas avanzadas por Basílides son (en realidad) los ingeniosos sofismas de Aristóteles.
VII, 3
Aristóteles, pues, hace una división triple de la sustancia. Pues una porción de ella es cierto género, otra cierta especie, como aquel (filósofo) lo expresa, y una tercera cierto individuo. Lo individual, sin embargo, (es así) no por ninguna pequeñez del cuerpo, sino porque por naturaleza no puede admitir división alguna. El género, por otra parte, es una suerte de agregado, compuesto de muchos y diferentes gérmenes. Y de este género, así como (de) cierto montón, todas las especies de las cosas existentes derivan sus distinciones. Y el género constituye una causa competente para (la producción de) todas las entidades generadas. Sin embargo, para que la afirmación precedente quede clara, probaré (mi posición) mediante un ejemplo. Y por medio de éste nos será posible volver sobre nuestros pasos a través de toda la especulación del (sabio) peripatético.
VII, 4
Afirmamos la existencia del animal en absoluto, no de algún animal. Y este animal no es ni buey, ni caballo, ni hombre, ni dios; ni es significativo de ninguno de éstos en modo alguno, sino que es animal en absoluto. De este animal derivan su subsistencia las especies de todos los animales particulares. Y esta animalidad, ella misma el summum genus, constituye (el principio originante) de todos los animales producidos en aquellas (particulares) especies, y (sin embargo) no es (ella misma ninguna) de las cosas generadas. Pues el hombre es un animal que deriva el principio (de existencia) de aquella animalidad, y el caballo es un animal que deriva el principio de existencia de aquella animalidad. El caballo, el buey, el perro y cada uno de los demás animales derivan el principio (de existencia) del animal absoluto, mientras que la animalidad misma no es ninguno de éstos.
VII, 5
Si, sin embargo, esta animalidad no es ninguna de estas (especies), la subsistencia, según Aristóteles, de las cosas que son generadas, derivó su realidad de entidades no existentes. Pues la animalidad, de donde éstas han sido derivadas una por una, no es ninguna (de ellas); y aunque no es ninguna de ellas, se ha convertido, no obstante, en algún principio originante de las cosas existentes. Pero quién es el que ha establecido esta sustancia como causa originante de lo que posteriormente es producido, lo declararemos cuando lleguemos al lugar apropiado para entablar una discusión de esta índole.
VII, 6
Puesto que, sin embargo, como he dicho, la sustancia es triple, a saber, género, especie (e) individuo; y (puesto que) hemos establecido la animalidad como género, y al hombre como especie, por ser ya distinto de la mayoría de los animales, pero no obstante todavía identificable (con los animales de su propia especie), en cuanto que aún no está moldeado en una especie de sustancia realizada,— (por tanto sucede que) cuando doy forma bajo un nombre a un hombre derivado del género, lo llamo Sócrates o Diógenes, o alguna de las muchas denominaciones (en uso). Y puesto que (de esta manera, repito) comprendo bajo un nombre al hombre que constituye una especie generada a partir del género, denomino a una sustancia de esta descripción individuo. Pues el género ha sido dividido en especies, y la especie en individuos. Pero (en cuanto al) individuo, puesto que ha sido comprendido bajo un nombre, no es posible que, según su propia naturaleza, pueda dividirse en otra cosa alguna, tal como hemos dividido cada uno de los antedichos (género y especie).
Aristóteles denomina primaria y especialmente y de manera preeminente a esto—sustancia, en cuanto que no puede ni predicarse de Sujeto alguno, ni existir en un Sujeto. Él, sin embargo, predica del Sujeto, tal como con el género, lo que he dicho que constituía la animalidad, (y que es) predicado por medio de un nombre común de todos los animales particulares, tales como buey, caballo y los demás que están colocados bajo (este género). Pues es verdad decir que el hombre es un animal, y el caballo un animal, y que el buey es un animal, y cada uno de los demás. Ahora bien, el significado de la expresión «predicado de un Sujeto» es éste: que, en tanto que es uno, puede predicarse de igual modo de muchos (particulares), aun cuando éstos acontezcan estar diversificados en especie. Pues ni el caballo ni el buey difieren del hombre en cuanto éste es animal, porque la definición de animal se dice que conviene a todos los animales por igual. Pues ¿qué es un animal? Si lo definimos, una definición general comprenderá a todos los animales. Pues animal es una Sustancia animada, dotada de Sensación. Tales son el buey, el hombre, el caballo y cada uno de los demás (del reino animal). Pero el significado de la expresión «en un Sujeto» es éste: que lo que es inherente a algo, no como parte, es imposible que exista separadamente de aquello en lo cual está. Pero esto constituye cada uno de los accidentes (residentes) en la Sustancia, y es lo que se llama Cualidad. Ahora bien, según esto, decimos que ciertas personas son de tal cualidad; por ejemplo, blancas, grises, negras, justas, injustas, templadas y otras (características) semejantes a éstas. Pero es imposible que alguna de éstas subsista por sí misma; antes bien, debe inherir en algo distinto. Si, sin embargo, ni el animal que predico de todos los animales individuales, ni los accidentes que se descubren en todas las cosas de las cuales son cualidades no esenciales, pueden subsistir por sí mismos, y (aun así) los individuos están formados a partir de éstos, (se sigue, por tanto, que) la Sustancia triplemente dividida, que no está compuesta de otras cosas, consiste en no-entidades. Si, entonces, lo que primariamente, y preeminentemente, y particularmente se denomina Sustancia consiste de estas cosas, deriva su existencia de no-entidades, según Aristóteles.
La cosmogonía de Aristóteles; su «Psicología;» su «Entelequia;» su teología; su ética; Basílides sigue a Aristóteles
VII, 7
Pero acerca de la Sustancia, lo dicho hasta ahora será suficiente. Mas no sólo se denomina sustancia al género, la especie (y) el individuo, sino también a la materia, a la forma y a la privación. No hay, sin embargo, (en cuanto a la sustancia,) en éstas diferencia alguna, aun cuando se admita la división. Ahora bien, en cuanto que la Sustancia es de esta naturaleza, el ordenamiento del mundo ha tenido lugar según algún plan como el siguiente. El mundo está dividido, según Aristóteles, en partes muy numerosas y diversificadas. Ahora bien, la porción del mundo que se extiende desde la tierra hasta la luna está desprovista de previsión, sin guía, y se halla bajo el dominio de aquella sola naturaleza que le es propia. Pero otra (parte del mundo que se encuentra) más allá de la luna, y que se extiende hasta la superficie del cielo, está dispuesta en medio de todo orden, previsión y gobierno. Ahora bien, la superficie (celeste) constituye cierta quinta sustancia, y está alejada de todos aquellos elementos naturales de los que el sistema cósmico deriva consistencia. Y ésta es cierta quinta Sustancia, según Aristóteles,— como si dijéramos, cierta esencia supramundana. Y (esta esencia) se ha convertido (en necesidad lógica) en su sistema, a fin de concordar con la división (peripatética) del mundo. Y (el tema de esta quinta naturaleza) constituye una investigación distinta en la filosofía. Pues existe cierto tratado, titulado Una lección sobre los físicos ( fenómenos ), en el que ha tratado de manera elaborada de las operaciones que son conducidas por la naturaleza y no por la providencia, (en la región del espacio que se extiende) desde la tierra hasta la luna. Y existe también de él cierto otro tratado peculiar sobre los principios de las cosas (en la región) más allá de la luna, y lleva la siguiente inscripción: Metafísica. Y otra disertación peculiar ha sido (escrita) por él, titulada Acerca de la Quinta Sustancia, y en esta obra Aristóteles expone sus opiniones teológicas.
Existe alguna división del universo como la que ahora hemos intentado delinear en bosquejo, y (a ella corresponde la división) de la filosofía aristotélica. Su obra, sin embargo, (titulada) Acerca del alma, es oscura. Pues en los tres libros enteros (donde trata de este asunto) no es posible decir con claridad cuál es la opinión de Aristóteles acerca del alma. Pues, en cuanto a la definición que ofrece del alma, es fácil (suficientemente) declarar esto; pero qué es lo significado por la definición es difícil de descubrir. Pues el alma, dice, es una entelequia de un cuerpo orgánico natural; (pero explicar) qué es esto en absoluto requeriría un número muy grande de argumentos y una investigación prolongada. En cuanto, sin embargo, a la Deidad, el Originador de todos aquellos objetos gloriosos de la creación, (la naturaleza de) esta (Causa Primera)— incluso para quien conduce sus especulaciones mediante una indagación más prolongada que la que concierne (al alma)— es más difícil de conocer que el alma misma. La definición, sin embargo, que Aristóteles ofrece de la Deidad es, lo admito, no difícil de averiguar, pero es imposible comprender su significado. Pues, dice, (la Deidad) es una «concepción de la concepción;» pero esto es en absoluto una (entidad) no existente. El mundo, sin embargo, es incorruptible (y) eterno, según Aristóteles. Pues no tiene en sí nada defectuoso, en cuanto que está dirigido por la Providencia y la Naturaleza. Y Aristóteles ha establecido doctrinas no sólo acerca de la Naturaleza y del sistema cósmico, y de la Providencia y de Dios, sino que ha escrito (más que esto); pues existe de él asimismo cierto tratado sobre temas éticos, y éstos los inscribe como Libros de Ética. Pero a lo largo de éstos se propone hacer excelentes, de inútiles, los hábitos de sus oyentes. Cuando, por tanto, se ha descubierto que Basílides, no sólo en espíritu sino también en las expresiones y nombres reales, transfiere las doctrinas de Aristóteles a nuestra doctrina evangélica y salvadora, ¿qué queda, sino que, restituyendo lo que ha apropiado de otros, probemos a los discípulos de este (hereje) que Cristo de ningún modo les aprovechará, en cuanto que son paganos?
Capítulo 8. Basílides e Isidoro alegan sanción apostólica para sus sistemas; en realidad siguen a Aristóteles
VII, 8
Basílides, por tanto, e Isidoro, verdadero hijo y discípulo de Basílides, dicen que Matías les comunicó discursos secretos que, habiendo sido yo instruido de modo especial, oyó del Salvador. Veamos, pues, con cuánta claridad Basílides, a la vez con Isidoro y con toda la banda de estos (herejes), no sólo desmiente absolutamente a Matías, sino incluso al Salvador mismo. Hubo, dice (Basílides), un tiempo en que nada había. Pero ni siquiera aquella nada constituía algo de las cosas existentes; sino que, para expresarme sin disimulo y con franqueza, y sin ningún sofisma, es en absoluto nada. Pero cuando, dice, empleo la expresión «hubo,» no digo que aquello haya sido; sino que hablo así para significar el sentido de lo que quiero aclarar. Afirmo, pues, dice, que era «absolutamente nada.» Pues, dice, no es absolutamente inefable lo que se nombra (como tal)—aunque ciertamente llamamos a esto inefable—sino lo que es «no-inefable.» Pues lo que es «no-inefable» no se denomina inefable, sino que está, dice, por encima de todo nombre que se nombre. Pues, dice, de ningún modo son suficientes para el mundo estos nombres, sino que tan múltiples son sus divisiones que hay deficiencia (de nombres). Y no me propongo descubrir, dice, denominaciones propias para todas las cosas. Sin duda, empero, uno debe concebir mentalmente, no por medio de nombres, de manera inefable, las peculiaridades (de las cosas) denominadas. Pues una terminología equívoca, (cuando la emplean los maestros,) ha creado para sus discípulos confusión y una fuente de error acerca de los objetos. (Los basilidianos), en primer lugar, apoderándose de este principio tomado prestado y furtivamente derivado del (sabio) peripatético, juegan con la necedad de quienes se apiñan con ellos. Pues Aristóteles, nacido muchas generaciones antes que Basílides, establece primero un sistema en Las Categorías acerca de las palabras homónimas. Y estos herejes sacan a la luz este (sistema) como si fuera peculiarmente suyo, y como si fuera alguna doctrina novedosa y alguna revelación secreta de los discursos de Matías.
VII, 9
Puesto que, por tanto, «nada» existía —me refiero a que no existía materia, ni sustancia, ni lo insustancial, ni lo absoluto, ni lo compuesto, (ni lo concebible, ni lo inconcebible, (ni lo sensible,) ni lo carente de sentidos, ni hombre, ni ángel, ni dios, ni, en suma, ninguno de aquellos objetos que tienen nombres, o que son aprehendidos por los sentidos, o que son conocidos por el intelecto, sino que son así conocidos, aun con mayor minuciosidad, cuando todas las cosas están absolutamente removidas— (puesto que, digo, «nada» existía,) Dios, «no existente,» —a quien Aristóteles llama «concepción de concepción,» pero éstos (basilidianos) «no existente,» —inconcebiblemente, insensiblemente, indeterminadamente, involuntariamente, impasiblemente, (y) sin ser movido por el deseo, quiso crear un mundo. Ahora bien, dice, empleo la expresión «quiso» con el fin de significar que lo hizo involuntariamente, e inconcebiblemente, e insensiblemente. Y con la expresión «mundo» no me refiero a aquello que posteriormente fue formado según la anchura y división, y que quedó aparte; no, (lejos de esto,) pues me refiero al germen de un mundo. El germen, empero, del mundo tenía todas las cosas en sí mismo. Así como el grano de mostaza comprende todas las cosas simultáneamente, manteniéndolas reunidas dentro del más pequeño recinto, a saber, raíces, tallo, ramas, hojas e innumerables granos que se producen de la planta, semillas a su vez de otras plantas, y frecuentemente de otras aún, que se producen de ellas; de esta manera, el Dios no existente hizo el mundo de no entes, arrojando y depositando una única Semilla que contenía en sí una conglomeración de los gérmenes del mundo. Mas para hacer más claro lo que afirman esos herejes, mencionaré la siguiente ilustración suya. Como el huevo de un ave multicolor y abigarrada —por ejemplo el pavo real, o algún otro ave aún más variado y multicolor—, siendo uno en realidad, contiene en sí numerosas formas de sustancias variadas, multicolores y muy compuestas; así, dice, la semilla no existente del mundo, depositada por el Dios no existente, constituye al mismo tiempo el germen de una multitud de formas y de una multitud de sustancias.
VII, 10
Todas las cosas, por tanto, cualesquiera que sea posible declarar, y cualesquiera que, no habiendo sido aún descubiertas, sea preciso omitir, habían de recibir adaptación al mundo que estaba a punto de ser generado a partir de la Semilla. Y esta Semilla, en las estaciones oportunas, aumenta de volumen de manera peculiar, según acrecentamiento, como por la instrumentalidad de una Deidad tan grande y de tal descripción. Pero a esta Deidad la criatura no puede ni expresarla ni aprehenderla por percepción. Ahora bien, todas estas cosas eran inherentes, atesoradas en la Semilla, como observamos después en un niño recién nacido el crecimiento de los dientes, y la sustancia paterna, y el intelecto, y todo lo que, aunque antes no tenía existencia, sobreviene al hombre, creciendo poco a poco, desde la edad juvenil de la vida. Mas puesto que sería absurdo decir que alguna proyección de un Dios no existente llegara a ser algo no existente —pues Basílides rehúye del todo y teme las sustancias de las cosas generadas por vía de proyección; pues, pregunta, ¿qué género de proyección es necesario, o qué género de materia debemos suponer que exista previamente, para que Dios construya un mundo, como la araña su tela; o como un hombre mortal, para trabajarla, toma un pedazo de bronce o de madera, o alguna otra de las partes de la materia?—, (quedando, digo, descartada la proyección,) ciertamente, dice Basílides, Dios habló la palabra, y fue llevada a efecto. Y esto, como afirman estos hombres, es lo que ha sido dicho por Moisés: «Hágase la luz, y hubo luz.» ¿De dónde, dice, vino la luz? De la nada. Pues no ha sido escrito, dice, de dónde, sino sólo esto: que vino de la voz del que dice la palabra. Y el que dice la palabra, dice, era no existente; ni era existente aquello que estaba siendo producido. La semilla del sistema cósmico fue generada, dice, de no entes; y por semilla me refiero a la palabra que fue dicha: «Hágase la luz.» Y esto, dice, es lo que ha sido dicho en los Evangelios: «Él era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo.» Deriva sus principios originantes de aquella Semilla, y obtiene de la misma fuente su poder iluminador. Ésta es aquella semilla que tiene en sí la entera conglomeración de gérmenes. Y Aristóteles afirma que esto es el género, y es distribuido por él en infinitas especies; así como del animal, que es no existente, separamos el buey, el caballo y el hombre. Cuando, por tanto, la Semilla cósmica se convierte en la base para un desarrollo subsiguiente, esos herejes afirman, citando las palabras mismas de Basílides: «Cuanto afirmo que ha sido hecho después de estas cosas, no preguntéis de dónde. Pues la Semilla tenía todas las semillas atesoradas y reposando en sí misma, como entidades no existentes, y destinadas a ser producidas por una Deidad no existente.»
Veamos, pues, qué dicen que es primero, o segundo, o tercero, en el desarrollo de lo que se genera de la Semilla cósmica. Existía, dice, en la Semilla misma, una Filiación triple, en todos los respectos de la misma Sustancia que el Dios no existente, engendrada de no entes. De esta Filiación, que implicaba así una división triple, una parte era refinada, otra grosera, y otra necesitada de purificación. La porción refinada, por tanto, en primer lugar, simultáneamente con la deposición más temprana de la Semilla por el no existente, brotó de inmediato y subió y se apresuró hacia arriba desde abajo, empleando una suerte de velocidad descrita en la poesía—
«... como ala o pensamiento,» —
y alcanzó, dice, al que es no existente. Pues toda naturaleza desea a aquel no existente, a causa de una sobreabundancia de belleza y lozanía. Cada naturaleza, empero, lo desea de un modo diferente. La porción más grosera, sin embargo, de la Filiación, continuando aún en la Semilla, y siendo un cierto principio imitativo, no pudo apresurarse hacia arriba. Pues esta porción era mucho más deficiente en el refinamiento que poseía la Filiación que por sí misma se apresuró hacia arriba, y así la porción más grosera quedó atrás. Por tanto, la Filiación más grosera se equipó con un ala tal como la que Platón, el Preceptor de Aristóteles, ata al alma en su Fedro. Y Basílides llama a tal cosa, no ala, sino Espíritu Santo; y la Filiación investida de este Espíritu confiere beneficios, y los recibe a su vez. Confiere beneficios, porque, así como el ala de un ave, separada del ave, no se elevaría por sí misma a lo alto y en lo alto; ni tampoco un ave, desprendida de su ala, se elevaría jamás a lo alto y en lo alto; de manera semejante, la Filiación implicaba una relación tal respecto del Espíritu Santo, y el Espíritu respecto de la Filiación. Pues la Filiación, llevada hacia arriba por el Espíritu como por un ala, lleva a su vez en alto su ala, es decir, el Espíritu. Y se acerca a la Filiación refinada, y al Dios no existente, a Aquel que fabricó el mundo de no entes. No pudo, empero, tener este espíritu consigo misma; pues no era de la misma sustancia que Dios, ni tiene naturaleza alguna en común con la Filiación. Mas así como el aire puro y seco es contrario a la naturaleza de los peces y destructivo para ellos, así, en contrariedad con la naturaleza del Espíritu Santo, era aquel lugar, a la vez de la Deidad no existente y de la Filiación, un lugar más inefable que las entidades inefables, y más alto que todos los nombres.
La Filiación, por tanto, dejó este espíritu cerca de aquel Lugar Bienaventurado, que no puede ser concebido ni representado por expresión alguna. No lo dejó del todo abandonado ni separado de la Filiación; no, lejos de esto, pues es justamente como cuando un ungüento fragantísimo se pone en un vaso: aun cuando el vaso sea vaciado con todo el cuidado posible, no obstante queda aún algún olor del ungüento, y permanece después de que el ungüento sea separado del vaso; y el vaso retiene un olor del ungüento, aunque no contenga el ungüento mismo. Así el Espíritu Santo ha continuado sin participación alguna en la Filiación, y separado de ella, y tiene en sí mismo, de manera semejante al ungüento, su propio poder, un aroma de Filiación. Y esto es lo que ha sido declarado: «Como el ungüento sobre la cabeza, que descendió a la barba de Aarón.» Éste es el aroma del Espíritu Santo traído de arriba, hasta lo informe, y el intervalo de espacio en la vecindad de nuestro mundo. Y desde aquí el Hijo comenzó a ascender, sustentado, por así decirlo, dice Basílides, sobre alas de águila y sobre su espalda. Pues, dice, todas las entidades se apresuran hacia arriba desde abajo, desde las cosas inferiores hacia las superiores. Pues ninguno de los que están entre las cosas superiores es tan necio como para descender abajo. La tercera Filiación, empero, la que necesita purificación, ha continuado, dice, en la vasta conglomeración de todos los gérmenes, confiriendo beneficios y recibiéndolos. Mas de qué manera la tercera Filiación recibe beneficios y los confiere, lo declararemos después, cuando lleguemos al lugar propio para discutir esta cuestión.
VII, 11
Cuando, por tanto, tuvo lugar una primera y una segunda ascensión de la Filiación, y el Espíritu Santo mismo permaneció también del modo mencionado, el firmamento fue colocado entre los espacios supramundanos y el mundo. Pues las cosas existentes fueron distribuidas por Basílides en dos divisiones continuas y primarias, y son, según él, denominadas en parte en cierto respecto mundo, y en parte en cierto respecto espacios supramundanos. Mas el espíritu, línea de demarcación entre el mundo y los espacios supramundanos, es aquello que es a la vez santo, y que tiene morando en sí el aroma de la Filiación. Mientras, pues, el firmamento que está sobre el cielo está viniendo a la existencia, brotó, y fue engendrado de la Semilla cósmica y de la conglomeración de todos los gérmenes, el Gran Arconte y Cabeza del mundo, que constituye cierta especie de belleza, magnitud y poder indisoluble. Pues, dice, es más inefable que las entidades inefables, y más potente que los potentes, y más sabio que los sabios, y superior a todos los bellos que puedas mencionar. Este Arconte, una vez engendrado, se alzó y se elevó a lo alto, y fue llevado entero hasta el firmamento. Y allí se detuvo, suponiendo que el firmamento era el término de su ascensión y elevación, y considerando que nada existía en absoluto más allá de éstas. Y sobre todas las entidades subjacentes, cualesquiera que entre ellas permanecieran mundanas, Él llegó a ser más sabio, más poderoso, más apuesto, más lustroso, de hecho preeminente en belleza sobre cualesquiera entidades que puedas mencionar, con la sola excepción de la Filiación, que aún queda en la conglomeración de todos los gérmenes. Pues no era consciente de que hay una Filiación más sabia y más poderosa y mejor que Él mismo. Por tanto, imaginándose a Sí mismo Señor, Gobernador y sabio Arquitecto, se vuelve a la obra de la creación de cada objeto en el sistema cósmico. Y primero, juzgó conveniente no estar solo, sino que se hizo y engendró de las entidades adyacentes un Hijo muy superior a Él mismo y más sabio. Pues todas estas cosas las había determinado previamente la Deidad no existente, cuando arrojó abajo la conglomeración de todos los gérmenes. Contemplando, por tanto, al Hijo, quedó sobrecogido de asombro, y lo amó, y fue herido de admiración. Pues una belleza de esta descripción pareció al Gran Arconte pertenecer al Hijo, y el Arconte hizo que Él se sentara a su derecha. Esto es, según estos herejes, lo que se denomina la Ogdoada, donde el Gran Arconte tiene su trono. Toda la creación celeste, pues, es decir, el Éter, la formó Él mismo, el Gran y Sabio Demiurgo. El Hijo, empero, engendrado de este Arconte, opera en Él y le ofreció sugerencias, estando dotado de una sabiduría mucho mayor que el Demiurgo mismo.
VII, 12
Esto, pues, constituye la entelequia del cuerpo orgánico natural, según Aristóteles, a saber, un alma que opera en el cuerpo, sin la cual el cuerpo es incapaz de realizar nada; me refiero a nada que sea mayor, más ilustre, más poderoso y más sabio que el cuerpo. La explicación, por tanto, que Aristóteles ha dado previamente acerca del alma y del cuerpo, Basílides la dilucida aplicada al Gran Arconte y a su Hijo. Pues el Arconte ha engendrado, según Basílides, un hijo; y el alma, como operación y perfección, afirma Aristóteles que es una entelequia de un cuerpo orgánico natural. Así, por tanto, como la entelequia gobierna el cuerpo, así el Hijo, según Basílides, gobierna al Dios que es más inefable que las entidades inefables. Todas las cosas, por tanto, han sido provistas y administradas por la majestad del Gran Arconte; me refiero a cuantos objetos existen en la región etérea del espacio hasta la luna, pues desde ese punto en adelante el aire está separado del éter. Cuando todos los objetos de las regiones etéreas estuvieron, pues, dispuestos, de nuevo de la conglomeración de todos los gérmenes ascendió otro Arconte, mayor, desde luego, que todas las entidades subjacentes, con excepción, empero, de la Filiación que había quedado atrás, pero muy inferior al Primer Arconte. Y este segundo Arconte es llamado por ellos Rheto. Y este Topos es llamado Hebdomada, y este Arconte es el administrador y fabricador de todas las entidades subjacentes. Y Él se ha hecho asimismo de la conglomeración de todos los gérmenes un hijo que es más prudente y sabio que Él mismo, de manera semejante a lo que se ha dicho que tuvo lugar en el caso del Primer Arconte. Lo que existe en esta región del universo constituye, dice, la conglomeración y colección efectiva de todas las semillas; y las cosas que se generan son producidas según la naturaleza, como ya ha sido declarado por Aquel que calcula las cosas futuras, cuándo deben ser, y de qué clase deben ser, y cómo deben ser. Y de éstas nadie es Cabeza, ni Guardián, ni Creador. Pues una causa suficiente de existencia para ellas es aquel cálculo que el No Existente formó cuando ejerció la función de creación.
VII, 13
Cuando, pues, según estos (herejes), el mundo entero y las entidades supramundanas estuvieron acabados, y nada existe ya que adolezca de deficiencia, queda todavía en el (conglomerado de) todos los gérmenes la tercera Filiación, que había sido dejada atrás en la Semilla para conferir beneficios y recibirlos. Y es forzoso que la Filiación que había quedado atrás deba asimismo ser revelada y restablecida arriba. Y su lugar debe estar por encima del espíritu conterminante, cerca de la Filiación refinada e imitativa y del No Existente. Pero esto sería conforme a lo que está escrito, dice: «Y la creación misma gime a una, y a una sufre dolores de parto, aguardando la manifestación de los hijos de Dios.» Ahora bien, nosotros, que somos espirituales, somos hijos, dice, que hemos sido dejados aquí para ordenar, modelar, rectificar y completar las almas que, según su naturaleza, están constituidas de tal modo que han de continuar en esta región del universo. «El pecado, pues, reinó desde Adán hasta Moisés,» [] según está escrito. Porque el Gran Arconte ejerció dominio y posee un imperio con límites que se extienden hasta el firmamento. Y Él se imagina ser el único Dios, y que no existe nada por encima de Él, pues todas las cosas han estado guardadas por la Siope no revelada. Éste, dice, es el misterio que no ha sido dado a conocer a las generaciones anteriores; pero en aquellos días el Gran Arconte, la Ogdoada, era Rey y Señor, según parecía, del universo. Pero (en realidad) la Hebdomada era rey y señor de esta región del universo, y la Ogdoada es Árrhetos, mientras que la Hebdomada es Rhetus. Éste, dice, es el Arconte de la Hebdomada, que ha hablado a Moisés, y dice: «Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y no les he manifestado el nombre de Dios» [] (pues así quieren ellos que hubiera estado escrito)— es decir, el Dios, Árrhetos, Arconte de la Ogdoada. Todos los profetas, por tanto, que hubo antes del Salvador, profirieron sus predicciones, dice, de esta fuente (de inspiración). Puesto que, por consiguiente, era necesario, dice, que nosotros fuéramos revelados como hijos de Dios, en expectación de cuya manifestación, dice, la creación habitualmente gime y sufre dolores de parto, el Evangelio vino al mundo, y pasó a través de todo Principado, y Potestad, y Dominio, y de todo Nombre que se nombra.[] Y (el Evangelio) vino en realidad, aunque nada descendió de arriba; ni la bendita Filiación se retiró de aquel Dios Inconcebible, y Bendito, (y) No Existente. No, (lejos de ello;) pues como la nafta india, cuando se enciende a una distancia considerablemente larga, atrae sin embargo el fuego (hacia sí), así desde abajo, desde la informidad del conglomerado (de todos los gérmenes), las potencias ascienden hasta la Filiación. Pues, según la ilustración de la nafta india, el Hijo del Gran Arconte de la Ogdoada, como si fuera alguna (especie de) nafta, aprehende y capta concepciones de la bendita Filiación, cuyo lugar de habitación está situado después del del espíritu conterminante. Porque la potencia de la Filiación que está en medio del Espíritu Santo, (es decir,) en medio del (espíritu conterminante), comparte los pensamientos que fluyen y se apresuran de la Filiación con el Hijo del Gran Arconte.
De dónde vino el Evangelio; el número de los cielos según Basílides; explicación de la concepción milagrosa de Cristo
VII, 14
El Evangelio, pues, vino, dice (Basílides), primero de la Filiación, a través del Hijo que estaba sentado junto al Arconte, al Arconte; y el Arconte aprendió que Él no era Dios del universo, sino que había sido engendrado. Pero (al averiguar que) tiene por encima de sí el tesoro depositado de aquel Inefable e Innominable (y) No Existente, y de la Filiación, fue a la vez convertido y lleno de terror, cuando fue llevado a comprender en qué ignorancia se hallaba (envuelto). Esto, dice, es lo que se ha declarado: «El temor del Señor es el principio de la sabiduría.» [] Pues, al ser instruido oralmente por Cristo, que estaba sentado cerca, comenzó a adquirir sabiduría (porque con ello aprende quién es el No Existente, qué es la Filiación, qué es el Espíritu Santo, cuál es el aparato del universo, y cuál ha de ser probablemente la consumación de las cosas). Ésta es la sabiduría dicha en misterio, acerca de la cual, dice (Basílides), la Escritura usa las siguientes expresiones: «No con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con (las) enseñadas por el Espíritu.» [] El Arconte, pues, instruido oralmente, y enseñado, y lleno (con ello) de temor, procedió a hacer confesión acerca del pecado que había cometido al engrandecerse a sí mismo. Esto, dice, es lo que se declara: «He reconocido mi pecado, y conozco mi transgresión, (y) acerca de esto confesaré para siempre.» Cuando, pues, el Gran Arconte hubo sido instruido oralmente, y toda criatura de la Ogdoada hubo sido instruida oralmente y enseñada, y (después que) el misterio se dio a conocer a los poderes celestiales, fue necesario también que después el Evangelio llegara a la Hebdomada, para que de igual modo el Arconte de la Hebdomada pudiera ser instruido y adoctrinado de manera semejante en el Evangelio. El Hijo del Gran Arconte (por tanto) encendió en el Hijo del Arconte de la Hebdomada la luz que Él mismo poseía y que había encendido desde arriba, desde la Filiación. Y al Hijo del Arconte de la Hebdomada le fue impartido el resplandor, y Él proclamó el Evangelio al Arconte de la Hebdomada. Y de modo semejante, conforme al relato anterior, Él mismo fue a la vez aterrorizado e inducido a hacer confesión. Cuando, por tanto, todos (los seres) en la Hebdomada hubieron sido de igual manera iluminados, y se les hubo anunciado el Evangelio (pues en estas regiones del universo existen, según estos herejes, criaturas infinitas en número, a saber, Principados y Potestades y Gobernantes, acerca de las cuales existe entre los (Basilidianos) un tratado muy prolijo y verboso, donde alegan que hay trescientos sesenta y cinco cielos, y que el gran Arconte de éstos es Abrasax, por el hecho de que su nombre comprende el número calculado 365, de modo que, por supuesto, el cálculo del título incluye todas las cosas existentes, y que por estas razones el año consta de tantos días)— pero cuando, dice, estos (dos acontecimientos, a saber, la iluminación de la Hebdomada y la manifestación del Evangelio) hubieron tenido lugar de este modo, fue necesario, asimismo, que después la Informidad existente en nuestra región de la creación tuviera resplandor impartido a ella, y que el misterio fuera revelado a la Filiación, que había quedado atrás en la Informidad, justamente como un aborto.
Ahora bien, este (misterio) no fue dado a conocer a las generaciones anteriores, como dice él, según está escrito, «Por revelación me fue dado a conocer el misterio;» [] y, «He oído palabras inefables que no es posible al hombre declarar.» [] La luz, (por tanto,) que descendió desde la Ogdoada de arriba al Hijo de la Hebdomada, descendió desde la Hebdomada sobre Jesús, el hijo de María, y a él le fue impartido el resplandor al ser iluminado con la luz que brilló sobre él. Esto, dice, es lo que se ha declarado: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti,» [] (significando) lo que procedió de la Filiación a través del espíritu conterminante, sobre la Ogdoada y la Hebdomada, hasta María; «y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra,» (significando) la potencia de la unción, (que fluyó) desde la altura celestial (a través) del Demiurgo, hasta la creación, la cual es (hasta) el Hijo. Y hasta ese (Hijo), dice, el mundo consistió así. Y hasta este punto, toda la Filiación, que queda atrás para beneficiar a las almas en la Informidad, y para ser a su vez receptora de beneficios — (esta Filiación, digo,) cuando se transforma, siguió a Jesús, y se apresuró hacia arriba, y salió purificada. Y se vuelve refinadísima, de modo que pudo, como la primera (Filiación), apresurarse hacia arriba por su propia instrumentalidad. Pues posee toda la potencia que, según la naturaleza, está firmemente conectada con la luz que desde arriba resplandeció (sobre la tierra).
El trato de Dios con la criatura; la noción de Basílides de (1) el hombre interior, (2) el Evangelio; su interpretación de la vida y los sufrimientos de Nuestro Señor
VII, 15
Cuando, pues, dice él, toda la Filiación haya venido, y esté por encima del espíritu conterminante, entonces la criatura se convertirá en objeto de misericordia. Porque (la criatura) gime hasta ahora,[] y es atormentada, y aguarda la manifestación de los hijos de Dios, a fin de que todos los que son hombres de la Filiación puedan ascender desde allí. Cuando esto tenga lugar, Dios, dice, traerá sobre el mundo entero una ignorancia enorme, para que todas las cosas continúen conforme a la naturaleza, y para que nada desee desordenadamente nada de las cosas contrarias a la naturaleza. Mas (lejos de ello); porque todas las almas de esta región de la creación, cuantas poseen la naturaleza de permanecer inmortales sólo en esta (región), continúan (en ella), sin darse cuenta de nada superior o mejor (que su estado presente). Y no prevalecerá ningún rumor ni conocimiento en las regiones de abajo, acerca de los seres cuya morada está situada arriba, no sea que las almas subjacentes sean atormentadas con torturas por el anhelo de cosas imposibles. (Sería) justamente como si un pez anhelara alimentarse en las montañas junto con las ovejas. (Pues) un deseo de esta índole, dice él, sería su destrucción. Por tanto, todas las cosas que permanecen en (esta) región son incorruptibles, pero corruptibles si se disponen a vagar y a pasar de las cosas que son según la naturaleza. De este modo, el Arconte de la Hebdomada no sabrá nada de las entidades superjacentes. Pues una ignorancia enorme se apoderará también de éste, a fin de que la tristeza, el dolor y el gemido se aparten de él; pues no deseará nada de las cosas imposibles, ni será visitado por la angustia. De igual manera, sin embargo, la misma ignorancia se apoderará también del Gran Arconte de la Ogdoada, y de modo semejante de todas las criaturas que le están sujetas, para que en ningún respecto pueda nada desear nada de aquellas cosas que son contrarias a la naturaleza, y no sea (así) abrumado por el dolor. Y así habrá la restitución de todas las cosas que, conforme a la naturaleza, tienen desde el principio un fundamento en la semilla del universo, pero serán restauradas en sus propios periodos. Y que cada cosa, dice (Basílides), tiene sus propios tiempos particulares, el Salvador es testigo suficiente cuando observa: «Mi hora aún no ha llegado.» [] Y los Magos (aportan un testimonio semejante) cuando contemplan con anhelo la estrella (del Salvador). Porque (Jesús) mismo fue, dice, mentalmente preconcebido en el tiempo de la generación de las estrellas, y del completo retorno a su punto de partida de las estaciones en el vasto conglomerado (de todos los gérmenes). Éste es, según estos (Basilidios), el que ha sido concebido como el hombre espiritual interior en lo natural (ahora bien, ésta es la Filiación que dejó allí el alma, no (para que fuera) mortal, sino para que permaneciera aquí conforme a la naturaleza, así como la primera Filiación dejó arriba en su propia localidad el Espíritu Santo, (esto es, el espíritu) conterminante), — (éste, digo, es el que ha sido concebido como el hombre espiritual interior, y) ha sido luego revestido de su propia alma peculiar.
Mas, para que no omitamos ninguna de las doctrinas de éste (Basílides), explicaré asimismo cualesquiera enunciados que ellos presenten respecto de un evangelio. Pues el evangelio entre ellos, como se ha aclarado, es el conocimiento de las entidades supramundanas que el Gran Arconte no entendió. Así, pues, cuando le fue manifestado que existen asimismo el Espíritu Santo —esto es, el (espíritu) conterminante— y la Filiación, y el Dios No Existente, la causa de todos éstos, se regocijó por las comunicaciones que se le hicieron, y fue lleno de exultación. Según ellos, esto constituye el evangelio. Jesús, sin embargo, nació, según estos (herejes), como ya hemos declarado. Y cuando tuvo lugar la generación que ha sido explicada anteriormente, todos los sucesos de la vida de nuestro Señor ocurrieron, según ellos, de la misma manera en que han sido descritos en los Evangelios. Y estas cosas sucedieron, dice, a fin de que Jesús llegara a ser las primicias de una distinción de los diferentes órdenes (de objetos creados) que habían estado confundidos entre sí. Pues cuando el mundo había sido dividido en una Ogdoada, que es la cabeza del mundo entero —ahora bien, el Gran Arconte es cabeza del mundo entero— y en una Hebdomada —que es la cabeza de la Hebdomada, el Demiurgo de las entidades subjacentes—, y en este orden de criaturas (que prevalece) entre nosotros, donde existe la Informidad, fue necesario que los diversos órdenes de objetos creados que habían estado confundidos entre sí fueran distinguidos por un proceso separador realizado por Jesús. (Ahora bien, esta separación) lo que era su parte corpórea la sufrió, y ésta era (la parte) de la Informidad y revirtió a la Informidad. Y lo que era su parte psíquica fue reanimada, y ésta era (parte) de la Hebdomada, y revirtió a la Hebdomada. Y reavivó aquel (elemento en su naturaleza) que era la propiedad peculiar de la región elevada donde mora el Gran Arconte, y (ese elemento) permaneció junto al Gran Arconte. Y llevó arriba hasta (lo que está) por encima aquello que era (la propiedad peculiar) del espíritu conterminante, y permaneció en el espíritu conterminante. Y mediante él fue purificada la tercera Filiación, que había sido dejada para conferir beneficios y recibirlos. Y (mediante Jesús) ascendió hacia la bendita Filiación, y pasó a través de todos éstos. Pues todo el propósito de éstos era la mezcla, por así decir, del conglomerado de todos los gérmenes, y la distinción de los diversos órdenes de objetos creados, y la restauración en sus propias partes componentes de las cosas que habían sido mezcladas entre sí. Jesús, por tanto, llegó a ser las primicias de la distinción de los diversos órdenes de objetos creados, y su Pasión no tuvo lugar por ninguna otra razón que la distinción que con ello se efectuó en los diversos órdenes de objetos creados que habían estado confundidos entre sí. Pues de esta manera (Basílides) dice que toda la Filiación, que había quedado en la Informidad con el propósito de conferir beneficios y recibirlos, fue dividida en sus elementos componentes, conforme a la manera en que también la distinción de las naturalezas había tenido lugar en Jesús. Éstas, pues, son las leyendas que asimismo Basílides detalla después de su estancia en Egipto; y, habiendo sido instruido por los (sabios de este país) en un sistema tan grande de sabiduría, (el hereje) produjo frutos de esta índole.
VII, 16
Pero un tal Saturnino, que floreció por el mismo tiempo que Basílides, pero pasó su tiempo en Antioquía, ciudad de Siria, propuso opiniones afines a cualesquiera doctrinas que Menandro (adelantara). Afirma que hay un solo Padre, desconocido para todos — Él que hizo ángeles, arcángeles, principados, (y) potencias; y que por ciertos ángeles, siete en número, fue hecho el mundo, y todas las cosas que hay en él. Y (Saturnino afirma) que el hombre fue obra de los ángeles. Había aparecido desde arriba (del Ser de) dominio absoluto, una imagen brillante; y cuando (los ángeles) no pudieron retenerla, por causa de su inmediato, dice, retorno con rapidez hacia arriba, se exhortaron unos a otros, diciendo, "Hagamos al hombre a nuestra semejanza e imagen." [] Y cuando la figura fue formada, y no pudo, dice, a causa de la impotencia de los ángeles, levantarse por sí misma, sino que continuó retorciéndose como un gusano, la Potencia de arriba, compadeciéndose de él por haber nacido en su propia imagen, envió una centella de vida, que levantó al hombre y le hizo tener vitalidad. (Saturnino) afirma que esta centella de vida retorna rápidamente después de la muerte a aquellas cosas que son del mismo orden de existencia; y que el resto, del cual han sido generadas, se resuelve en aquéllas. Y al Salvador lo supuso ingénito e incorpóreo, y desprovisto de figura. (Saturnino,) sin embargo, (sostenía que Jesús) se manifestó como hombre sólo en apariencia. Y dice que el Dios de los judíos es uno de los ángeles, y que, a causa de que el Padre quería privar de soberanía a todos los Arcontes, Cristo vino para el derrocamiento del Dios de los judíos, y para la salvación de los que creen en Él; y que éstos tienen en sí la centella de vida. Pues afirmó que dos clases de hombres habían sido formadas por los ángeles—una mala, y la otra buena. Y, puesto que los demonios de tiempo en tiempo asistían a los hombres malvados, (Saturnino afirma) que el Salvador vino para el derrocamiento de los hombres sin valor y de los demonios, pero para la salvación de los hombres buenos. Y afirma que el matrimonio y la procreación son de Satanás. La mayoría, sin embargo, de los que pertenecen a la escuela (de este hereje) se abstienen igualmente del alimento animal, (y) con esta afectación de ascetismo (hacen de muchos víctimas engañadas). Y (sostienen) que las profecías han sido pronunciadas, en parte por los ángeles hacedores del mundo, y en parte por Satanás, que es también el mismo ángel al que suponen actuar en antagonismo contra los ángeles cósmicos, y especialmente contra el Dios de los judíos. Éstas, pues, son en verdad las doctrinas de Saturnino.
Capítulo 17. Marción; su dualismo; deriva su sistema de Empédocles; bosquejo de la doctrina de Empédocles
VII, 17
Pero Marción, natural del Ponto, mucho más frenético que estos (herejes), omitiendo la mayoría de las doctrinas del mayor número (de especuladores), (y) avanzando hacia una doctrina aún más desvergonzada, supuso (la existencia de) dos causas originantes del universo, alegando que una de ellas era un cierto bien (principio), y la otra un mal. Y él mismo, imaginando que introducía alguna (opinión) novedosa, fundó una escuela llena de necedad, y frecuentada por hombres de modo de vida sensual, puesto que él mismo era de propensiones lujuriosas. Este (hereje), habiendo pensado que la multitud olvidaría que no fue discípulo de Cristo, sino de Empédocles, que era muy anterior a él, ideó y formó las mismas opiniones—a saber, que hay dos causas del universo, discordia y amistad. Pues ¿qué dice Empédocles respecto al plan del mundo? Aunque ya antes hemos hablado (sobre este asunto), sin embargo, ahora también, al menos con el propósito de comparar la herejía de este plagiario (con su fuente), no callaremos.
Este (filósofo) afirma que todos los elementos de los cuales el mundo se compone y deriva su ser, son seis: dos de ellos materiales, (a saber,) tierra y agua; y dos de ellos instrumentos por los cuales los objetos materiales son ordenados y alterados, (a saber,) fuego y aire; y dos de ellos, por medio de los instrumentos, que operan sobre la materia y la modelan, a saber, discordia y amistad. (Empédocles) se expresa de algún modo así:—
Las cuatro raíces de todas las cosas oye tú primero
El brillante Júpiter, y la vivificante Juno y Aidoneo,
Y Nestis, que con lágrimas rocía la fuente mortal.
Este (filósofo) afirma que todos los elementos de los cuales el mundo se compone y deriva su ser, son seis: dos de ellos materiales, (a saber,) tierra y agua; y dos de ellos instrumentos por los cuales los objetos materiales son ordenados y alterados, (a saber,) fuego y aire; y dos de ellos, por medio de los instrumentos, que operan sobre la materia y la modelan, a saber, discordia y amistad. (Empédocles) se expresa de algún modo así:— Las cuatro raíces de todas las cosas oye tú primero: El brillante Júpiter, y la vivificante Juno y Aidoneo, Y Nestis, que con lágrimas rocía la fuente mortal. Júpiter es fuego, y la vivificante Juno tierra, que produce frutos para el sostén de la existencia; y Aidoneo aire, porque aunque a través de él vemos todas las cosas, sin embargo, él solo no lo vemos. Pero Nestis es agua, pues ésta es un único vehículo de (alimento), y así se convierte en causa de sustento para todos los que se nutren; (pero) esto por sí mismo no es capaz de proporcionar alimento a los que se nutren. Porque si poseyera el poder de proporcionar alimento, dice, la vida animal nunca podría ser destruida por el hambre, puesto que el agua siempre es superabundante en el mundo. Por esta razón denomina a Nestis agua, porque, (aunque indirectamente) siendo causa de alimento, no es (por sí misma) competente para proporcionar alimento a las cosas que se nutren. Estos, por tanto—para delinearlos como a modo de bosquejo—son los principios que comprenden (la) entera teoría del mundo de Empédocles: (a saber,) agua y tierra, de las cuales (proceden) las entidades generadas; fuego y espíritu, (que son) instrumentos y causas eficientes, pero discordia y amistad, que son (principios) que fabrican artísticamente (el universo). Y la amistad es una cierta paz, y unanimidad, y amor, cuyo esfuerzo entero es que haya un mundo acabado y completo. La discordia, sin embargo, invariablemente separa ese uno (mundo), y lo subdivide, o hace muchas cosas de una. Por tanto, la discordia es de toda la creación una causa que él llama «[oulomenon],» es decir, destructiva. Pues es asunto de esta (discordia), que a través de cada edad la creación misma continúe preservando su condición existente. Y la discordia ruinosa ha sido (así) un fabricador y una causa eficiente de la producción de todas las entidades generadas; mientras que la amistad (es causa) de la educción, y alteración, y restauración de las cosas existentes en un solo sistema. Y respecto a estas (causas), Empédocles afirma que son dos principios inmortales e ingénitos, y tales que aún no han recibido una causa originante de existencia. (Empédocles) en algún lugar u otro (se expresa) de la siguiente manera:—
Pues si ambas una vez fueron, y serán; nunca, creo,
Será la edad eterna vacía de ambas estas.
(Pero) ¿qué son estas (dos)? Discordia y Amistad; pues no comenzaron a llegar a ser, sino que preexistieron y siempre existirán, porque, por el hecho de ser ingénitas, no pueden sufrir corrupción. Pero el fuego, (y el agua,) y la tierra, y el aire, son (entidades) que perecen y reviven. Pues cuando estos (cuerpos) generados, por causa de la Discordia, dejan de existir, la Amistad, echándoles mano, los trae adelante, y los une y asocia ella misma con el universo. (Y esto sucede) a fin de que el Universo continúe siendo uno, estando siempre ordenado por la Amistad de una manera una y la misma, y con uniformidad (ininterrumpida).
Cuando, sin embargo, la Amistad hace unidad de la pluralidad, y asocia con la unidad entidades separadas, la Discordia, de nuevo, las separa a la fuerza de la unidad, y las hace muchas, es decir, fuego, agua, tierra, aire, (así como) los animales y plantas producidos de éstos, y cualesquiera porciones del mundo que observamos. Y en cuanto a la forma del mundo, qué clase es, (como) ordenada por la Amistad, (Empédocles) se expresa en los siguientes términos:—
Pues no de la espalda dos brazos surgen,
No pies, no rodillas ágiles, no ingle genital,
Sino que una esfera era, e igual a sí misma es.
Una operación de esta descripción mantiene la Amistad, y hace (una) forma hermosísima del mundo de la pluralidad. La Discordia, sin embargo, causa de la disposición de cada una de las partes (del universo), separa a la fuerza y hace muchas cosas de esa una (forma). Y esto es lo que Empédocles afirma respecto a su propia generación:—
«De éstos yo también soy de Dios un exiliado errante.»
Es decir, (Empédocles) denomina como Dios la unidad y unificación de esa (una forma) en la cual (el mundo) existió antes de la separación y producción (introducida) por la Discordia entre la mayoría de aquellas cosas (que subsistían) de acuerdo con la disposición (efectuada) por la Discordia. Pues Empédocles afirma que la Discordia es un Demiurgo furioso, y perturbado, e inestable, (así) denominando a la Discordia creadora del mundo. Pues esto constituye la condenación y necesidad de las almas que la Discordia separa a la fuerza de la unidad, y (a las que) modela y opera, (según Empédocles,) quien se expresa de algún modo como el siguiente:—
Quien perjurio amontona sobre pecado,
Mientras los demonios ganan una vida prolongada;
queriendo decir con demonios almas longevas, porque son inmortales, y viven por edades alargadas:—
«Pues tres veces diez mil años desterrados de la dicha;»
denominando como dichosas, a aquellas que han sido reunidas por la Amistad de la mayoría de las entidades en el proceso de unificación (surgido) del mundo inteligible. Afirma que aquellas son exiliadas, y que
Con el paso del tiempo toda suerte de hombres mortales nacen,
Cambiando los penosos caminos de la vida
Afirma que los penosos caminos son las alteraciones y transfiguraciones de las almas en (sucesivos) cuerpos. Esto es lo que dice:—
«Cambiando los penosos caminos de la vida.»
Pues las almas «cambian,» cuerpo tras cuerpo siendo alteradas, y castigadas por la Discordia, y no se les permite continuar en el uno (marco), sino que las almas están envueltas en toda clase de castigos por la Discordia siendo cambiadas de cuerpo a cuerpo. Dice:—
La fuerza etérea al océano empuja las almas,
Y el océano las eyecta sobre la extensión de la tierra,
Y la tierra sobre rayos del sol ardiente, que arroja
(Las almas) a las profundidades del éter, y cada una de cada una
(Un espíritu) toma, y todas con odio arden.
Éste es el castigo que el Demiurgo inflige, así como algún forjador moldeando (un trozo de) hierro, y sumergiéndolo sucesivamente del fuego al agua. Pues el fuego es el éter de donde el Demiurgo transfiere las almas al mar; y la tierra es la tierra: de donde usa las palabras, del agua a la tierra, y de la tierra al aire. Esto es lo que (Empédocles) dice:—
Y la tierra sobre rayos
Del sol ardiente, que arroja (las almas)
A las profundidades del éter, y cada una de cada una
Un (espíritu) toma, y todas con odio arden.
Las almas, pues, así detestadas, y atormentadas, y castigadas en este mundo, son, según Empédocles, reunidas por la Amistad como siendo un cierto bien (poder), y (uno) que se apiada de los gemidos de éstas, y del dispositivo desordenado y malvado de la furiosa Discordia. Y (de igual modo la Amistad es) ansiosa, y se afana por sacar poco a poco a las almas del mundo, y domesticarlas con la unidad, a fin de que todas las cosas, siendo conducidas por ella misma, puedan alcanzar la unificación. Por tanto, a causa de tal disposición por parte de la destructiva Discordia de este mundo dividido, Empédocles amonesta a sus discípulos a abstenerse de toda clase de alimento animal. Pues afirma que los cuerpos de los animales son tales que se alimentan de las moradas de las almas castigadas. Y enseña a quienes son oyentes de tales doctrinas (como las suyas), a abstenerse del trato con mujeres. (Y emite este precepto) a fin de que (sus discípulos) no cooperen con y asistan a aquellas obras que la Discordia fabrica, siempre disolviendo y separando a la fuerza la obra de la Amistad. Empédocles afirma que ésta es la más grande ley de la administración del universo, expresándose de algún modo así:—
Hay algo dominado por el Destino, la antigua,
Ley infinita de los dioses, y sellada por poderosos juramentos.
Él llama así al Destino la alteración de la unidad en pluralidad, según la Discordia, y de la pluralidad en unidad, según la Amistad. Y, como he declarado, (Empédocles afirma) que hay cuatro dioses perecederos, (a saber,) fuego, agua, tierra, (y) aire. (Sostiene,) sin embargo, que hay dos (dioses) que son inmortales, ingénitos, (y) continuamente hostiles el uno al otro, (a saber) Discordia y Amistad. Y (afirma) que la Discordia siempre es culpable de injusticia y codicia, y de rapto forzoso de las cosas de la Amistad, y de apropiación de ellas a sí misma. (Alega,) sin embargo, que la Amistad, en tanto que es siempre e invariablemente un cierto bien (poder), e intenta la unión, recuerda y trae hacia (sí), y reduce a unidad, las partes del universo que han sido separadas a la fuerza, y atormentadas, y castigadas en la creación por el Demiurgo. Algún sistema de filosofía semejante al anterior es presentado para nosotros por Empédocles concerniente a la generación del mundo, y su destrucción, y su constitución, como uno que consiste de lo que es bueno y malo. Y dice que hay igualmente una cierta tercera potencia que es conocida por el intelecto, y que ésta puede ser entendida de éstas, (a saber, Discordia y Amistad,) expresándose de algún modo así:—
Pues si, bajo corazones de roble, estas verdades fijas,
Y las contemplas amablemente en meditaciones puras,
Cada una de éstas, con el paso del tiempo, te perseguirá,
Y muchas otras, nacidas de éstas, descenderán.
Pues en todo hábito éstas crecerán, según la Naturaleza impulsa;
Pero si por otras cosas suspiras, que, incontables, permanecen
Sin disfraz entre los hombres, y embotan el filo del cuidado,
A medida que los años pasan, te dejarán velozmente,
Puesto que anhelan alcanzar su propia raza amada;
Pues sabe que todas poseen percepción y una parte de mente.
VII, 18
Cuando, por tanto, Marción o alguno de sus perros ladra contra el Demiurgo, y aduce razones de una comparación de lo que es bueno y malo, debemos decirles que ni el apóstol Pablo ni Marcos, el del dedo mutilado, anunciaron tales (doctrinas). Pues ninguna de estas (doctrinas) ha sido escrita en el Evangelio según Marcos. Pero (el verdadero autor del sistema) es Empédocles, hijo de Meto, natural de Agrigento. Y (Marción) despojó a este (filósofo), e imaginó que hasta el presente pasaría desapercibida su transferencia, bajo las mismas expresiones, de la disposición de su entera herejía desde Sicilia a las narraciones evangélicas. Pues ten paciencia conmigo, oh Marción: como has instituido una comparación de lo que es bueno y malo, yo también hoy instituiré una comparación siguiendo tus propias doctrinas, como tú las supones. Afirmas que el Demiurgo del mundo es malo— ¿por qué no ocultas tu rostro de vergüenza, (así) enseñando a la Iglesia las doctrinas de Empédocles? Dices que hay una buena Deidad que destruye las obras del Demiurgo: entonces ¿no predicas claramente a tus alumnos, como la buena Deidad, la Amistad de Empédocles? Prohíbes el matrimonio, la procreación de hijos, (y) la abstención de carnes que Dios ha creado para participación de los fieles, y de los que conocen la verdad.[] (¿Piensas, entonces,) que puedes escapar a la detección, (mientras así) impones los ritos purificatorios de Empédocles? Pues de hecho sigues en todo respecto a este (filósofo del paganismo), mientras instruyes a tus propios discípulos a rechazar carnes, para no comer ningún cuerpo (que podría ser) un resto de un alma que ha sido castigada por el Demiurgo. Disuelves matrimonios que han sido cimentados por la Deidad. Y aquí de nuevo te conformas a las doctrinas de Empédocles, a fin de que para ti la obra de la Amistad sea perpetuada como una (e) indivisible. Pues, según Empédocles, el matrimonio separa la unidad, y hace (de ella) pluralidad, como hemos probado.
VII, 19
La herejía principal de Marción, y la suya que está más libre de mezcla (con otras herejías), es la que tiene su sistema formado a partir de la teoría acerca del Dios bueno y del malo. Ahora bien, esta, lo hemos manifestado nosotros, pertenece a Empédocles. Pero puesto que en el presente, en nuestros tiempos, un cierto seguidor de Marción, a saber, Prepón, un asirio, ha intentado introducir algo más novedoso, y ha dado cuenta de su herejía en una obra dedicada a Bardesanes, un armenio, tampoco sobre esto guardaré silencio. Al alegar que lo justo constituye un tercer principio, y que está colocado como intermedio entre lo bueno y lo malo, Prepón, por supuesto, no puede evitar (la imputación de inculcar) la opinión de Empédocles. Pues Empédocles afirma que el mundo es regido por la malvada Discordia, y que el otro (mundo), el cual (es regido) por la Amistad, es cognoscible por el intelecto. Y (afirma) que estos son los dos principios diferentes del bien y del mal, y que intermedia entre estos diversos principios está la razón imparcial, conforme a la cual se unen las cosas que han sido separadas por la Discordia, (y las cuales,) conforme a la influencia de la Amistad, se acomodan a la unidad. La razón imparcial misma, que es auxiliar de la Amistad, Empédocles la denomina «Musa.» Y asimismo él mismo le ruega que le asista, y se expresa de alguna manera así:—
Pues si de los efímeros mortales, Musa inmortal,
Es tu cuidado que los pensamientos embeban nuestra mente,
Calíope, asiste de nuevo a mi plegaria presente,
Mientras expongo un relato puro de los dioses felices.
Marción, al adoptar estos sentimientos, rechazó por completo la generación de nuestro Salvador. Consideró absurdo que, bajo la (categoría de) criatura fabricada por la destructiva Discordia, hubiera estado el Logos que era auxiliar de la Amistad; es decir, el Buen Dios. (Su doctrina,) empero, era que, independiente de nacimiento, (el Logos) mismo descendió desde lo alto en el año decimoquinto del reinado de Tiberio César, y que, siendo intermedio entre el Dios bueno y el malo, pasó a dar instrucción en las sinagogas. Pues si Él es Mediador, ha sido, dice, liberado de toda la naturaleza del Dios maligno. Ahora bien, como él afirma, el Demiurgo es malo, y sus obras. Por esta razón, afirma, Jesús descendió ingénito, a fin de ser liberado de toda (mezcla de) mal. Y Él ha sido, dice, liberado asimismo de la naturaleza del Bueno, para que pueda ser Mediador, como Pablo declara, [] y como Él mismo reconoce: «¿Por qué me llamas bueno? Uno solo es bueno,» Estas, pues, son las opiniones de Marción, por medio de las cuales hizo a muchos víctimas engañadas, empleando las conclusiones de Empédocles. Y transfirió la filosofía inventada por aquel (antiguo especulador) a su propio sistema de pensamiento, y (a partir de Empédocles) construyó su (propia) herejía impía. Pero considero que esto ha sido suficientemente refutado por nosotros, y que no he omitido ninguna opinión de quienes hurtan sus opiniones de los griegos y obran con desprecio hacia los discípulos de Cristo, como si se hubieran convertido en maestros para ellos de estas (doctrinas). Mas puesto que parece que hemos explicado suficientemente las doctrinas de este (hereje), veamos qué dice Carpócrates.
La herejía de Carpócrates; doctrinas perversas acerca de Jesucristo; practican artes mágicas; adoptan una metempsicosis
VII, 20
Carpócrates afirma que el mundo y las cosas que hay en él fueron hechos por ángeles, muy inferiores al Padre ingénito; y que Jesús fue engendrado de José, y que, habiendo nacido semejante a (los demás) hombres, fue más justo que el resto (del género humano). Y (Carpócrates asegura) que el alma (de Jesús), en cuanto fue hecha vigorosa e inmaculada, recordó las cosas vistas por ella en su trato con el Dios ingénito. Y (Carpócrates sostiene) que por esta razón fue enviada desde lo alto sobre (Jesús) por aquel (Dios) una potencia, a fin de que mediante ella pudiera escapar de los (ángeles) hacedores del mundo. Y (dice) que esta potencia, habiendo pasado a través de todo, y habiendo obtenido libertad en todo, ascendió de nuevo a Dios (mismo). Y (alega) que en la misma condición que (el alma de Jesús están todas las almas) que abrazan objetos semejantes de deseo con la (potencia aludida). Y afirman que el alma de Jesús, (aunque,) según la ley, fue educada en las costumbres judías, (en realidad) las despreció. Y (dice) que por esta razón (Jesús) recibió potencias mediante las cuales anuló las pasiones que sobrevienen a los hombres para su castigo. Y (arguye), por tanto, que el (alma), la cual, de manera semejante al alma de Cristo, es capaz de despreciar a los Arcontes hacedores del mundo, recibe de igual manera potencia para la realización de actos semejantes. Por lo cual, también, (según Carpócrates, hay personas que) han alcanzado tal grado de soberbia que afirman que algunos de ellos son iguales al propio Jesús, mientras que otros entre ellos son aún más poderosos. Pero (también sostienen) que algunos gozan de una excelencia superior a los discípulos de aquel (Redentor), por ejemplo Pedro y Pablo, y los demás Apóstoles, y que éstos en ningún aspecto son inferiores a Jesús. Y (Carpócrates asegura) que las almas de éstos se han originado de aquella potencia superna, y que por consiguiente ellos, como despreciando igualmente a los (ángeles) hacedores del mundo, han sido considerados dignos de la misma potencia, y (del privilegio) de ascender al mismo (lugar). Si, empero, alguno despreciara las cosas terrenas más de lo que lo hizo aquel (Salvador, dice Carpócrates), tal persona podría llegar a ser superior a (Jesús. Los seguidores de este hereje) practican sus artes mágicas y encantamientos, y sortilegios y festines voluptuosos. Y (acostumbran invocar la ayuda de) demonios subordinados y enviadores de sueños, y (recurren a) los demás ardides (de la hechicería), alegando que poseen potencia para adquirir ahora dominio sobre los Arcontes y hacedores de este mundo, y aun sobre todas las obras que hay en él.
(Ahora bien, estos herejes) han sido enviados por Satanás con el propósito de calumniar ante los gentiles el nombre divino de la Iglesia. (Y el objeto del diablo es) que los hombres, oyendo ora de una manera y ora de otra las doctrinas de aquellos (herejes), y pensando que todos nosotros somos gente del mismo cuño, aparten sus oídos de la predicación de la verdad, o que también ellos, considerando, (sin abjurar,) todos los dogmas de aquellos (herejes), hablen con injuria de nosotros. (Los seguidores de Carpócrates) alegan que las almas son transferidas de cuerpo en cuerpo, de modo que puedan colmar (la medida de) todos sus pecados. Cuando, empero, no queda ni uno (de estos pecados), (los carpocratianos afirman que el alma) queda entonces emancipada, y parte hacia aquel Dios que está por encima de los ángeles hacedores del mundo, y que de este modo todas las almas serán salvas. Si, empero, algunas (almas), durante la permanencia del alma en el cuerpo por una vida, se ven envueltas por anticipación en la plena medida de las transgresiones, ellas, (según estos herejes,) ya no sufren la metempsicosis. (Las almas de esta suerte,) empero, al pagar de una vez todas las culpas, quedarán, (dicen los carpocratianos,) emancipadas de habitar de nuevo en un cuerpo. Algunos, asimismo, de estos (herejes) marcan a sus propios discípulos en las partes posteriores del lóbulo de la oreja derecha. Y hacen imágenes fingidas de Cristo, alegando que éstas existían en el tiempo (durante el cual nuestro Señor estuvo en la tierra, y que fueron modeladas) por Pilato.
VII, 21
Pero un tal Cerinto, instruido él mismo en la enseñanza de los egipcios, afirmó que el mundo no fue hecho por la Deidad primigenia, sino por alguna potencia que era un vástago de aquella Potencia que está por encima de todas las cosas, y que (sin embargo) ignora al Dios que está por encima de todo. Y supuso que Jesús no fue engendrado de una virgen, sino que nació hijo de José y María, de manera semejante a los demás hombres, y que (Jesús) era más justo y más sabio (que todo el género humano). Y (Cerinto alega) que, después del bautismo (de nuestro Señor), Cristo en forma de paloma descendió sobre él, desde aquella soberanía absoluta que está por encima de todas las cosas. Y entonces, (según este hereje,) Jesús pasó a predicar al Padre desconocido, [] y, en atestación (de su misión), a obrar milagros. Era, empero, (opinión de Cerinto,) que finalmente Cristo se apartó de Jesús, y que Jesús padeció y resucitó; mientras que Cristo, siendo espiritual, permaneció fuera de toda posibilidad de padecer.
VII, 22
Los ebionitas, empero, reconocen que el mundo fue hecho por Aquel que es en realidad Dios, pero proponen leyendas acerca del Cristo de manera semejante a Cerinto y Carpócrates. Viven conforme a las costumbres de los judíos, alegando que son justificados según la ley, y diciendo que Jesús fue justificado por cumplir la ley. Y por esto fue, (según los ebionitas,) por lo que (el Salvador) fue llamado el Cristo de Dios y Jesús, puesto que ninguno de los demás (del género humano) había observado cabalmente la ley. Pues si incluso algún otro hubiera cumplido los mandamientos (contenidos) en la ley, habría sido ese Cristo. Y (los ebionitas alegan) que ellos mismos también, cuando de igual manera cumplen (la ley), son capaces de convertirse en Cristos; pues afirman que nuestro Señor mismo fue un hombre en el mismo sentido que todos (los demás de la familia humana).
VII, 23
Pero hubo un tal Teódoto, natural de Bizancio, que introdujo una herejía nueva. Anuncia dogmas acerca de la causa originante del universo, que en parte se avienen con las doctrinas de la verdadera Iglesia, en cuanto reconoce que todas las cosas fueron creadas por Dios. Apropiándose a la fuerza, empero, (sus nociones de) Cristo de la escuela de los gnósticos, y de Cerinto y Ebión, alega que (nuestro Señor) apareció de una manera como la que ahora describiré. (Según esto, Teódoto sostiene) que Jesús fue un (mero) hombre, nacido de una virgen, según el consejo del Padre, y que después de haber vivido en trato común con todos los hombres, y de haberse vuelto eminentemente religioso, posteriormente, en su bautismo en el Jordán, recibió a Cristo, que vino de lo alto y descendió (sobre él) en forma de paloma. Y esta fue la razón, (según Teódoto,) por la cual (las potencias milagrosas) no obraron dentro de él antes de la manifestación en él de aquel Espíritu que descendió, (y) que lo proclama Cristo. Pero (entre los seguidores de Teódoto) algunos se inclinan (a pensar) que nunca este hombre fue hecho Dios, (ni siquiera) en el descenso del Espíritu; mientras que otros (sostienen que fue hecho Dios) después de la resurrección de entre los muertos.
VII, 24
Pero mientras han surgido entre ellos diversas cuestiones, cierto (hereje), que también él era llamado Teódoto, y que era de oficio banquero, intentó establecer (la doctrina) de que un cierto Melquisedec constituye la mayor potencia, y que éste es mayor que Cristo. Y alegan que Cristo resulta ser conforme a la semejanza (de este Melquisedec). Y ellos mismos, de manera semejante a aquellos de quienes se ha hablado antes como seguidores de Teódoto, afirman que Jesús es un (mero) hombre, y que, conforme al mismo relato (ya dado), Cristo descendió sobre él.
Hay, empero, entre los gnósticos diversidades de opinión; pero hemos decidido que no valdría la pena enumerar las doctrinas necias de estos (herejes), por cuanto son (demasiado) numerosas y desprovistas de razón, y llenas de blasfemia. Ahora, incluso aquellos (de los herejes) que son de talante más serio en lo tocante a la Deidad, y que han derivado sus sistemas especulativos de los griegos, deben quedar convictos (de estas acusaciones). Mas Nicolás ha sido causa de la vasta combinación de estos hombres perversos. Él, como uno de los siete (que fueron elegidos) para el diaconado, fue designado por los Apóstoles. (Pero Nicolás) se apartó de la recta doctrina, y acostumbraba inculcar la indiferencia tanto en la vida como en la comida. Y cuando los discípulos (de Nicolás) continuaron ofreciendo insulto al Espíritu Santo, Juan los reprendió en el Apocalipsis como fornicarios y comedores de lo sacrificado a los ídolos.
VII, 25
Pero un tal Cerdón, también él, tomando ocasión de manera semejante de estos (herejes) y de Simón, afirma que el Dios predicado por Moisés y los profetas no era el Padre de Jesucristo. Pues (sostiene) que este (Padre) había sido conocido, mientras que el Padre de Cristo era desconocido, y que el primero era justo, pero el segundo bueno. Y Marción corroboró la doctrina de este (hereje) en la obra que intentó escribir, y a la que tituló Antítesis. Y acostumbraba, (en este libro,) proferir cuantas calumnias le sugerían a la mente contra el Creador del universo. De manera semejante asimismo (actuó) Luciano, el discípulo de este (hereje).
VII, 26
Pero Apeles, surgido de éstos, se expresa así: (dice) que hay un cierto Dios bueno, como también supuso Marción, y que el que creó todas las cosas es justo. Ahora bien, éste, (según Apeles,) era el Demiurgo de las entidades generadas. Y (este hereje también sostiene) que hay un tercer (Dios), aquel que solía hablar a Moisés, y que este (dios) era de naturaleza ígnea, y que había otro cuarto dios, causa de males. Mas a éstos los denomina ángeles. Pronuncia, empero, calumnias contra la ley y los profetas, alegando que las cosas que han sido escritas son (de) origen (humano), y son falsas. Y (Apeles) selecciona de los Evangelios o (de los escritos del) Apóstol (Pablo) lo que le place. Mas se entrega a los discursos de una tal Filúmene como a revelaciones de una profetisa. Afirma, empero, que Cristo descendió de la potencia de arriba; es decir, del (Dios) bueno, y que es hijo de ese (Dios) bueno. Y (asegura que Jesús) no nació de una virgen, y que cuando apareció no estuvo desprovisto de carne. (Sostiene,) empero, que (Cristo) formó su botín tomando porciones de él de la sustancia del universo: es decir, lo caliente y lo frío, y lo húmedo y lo seco. Y (dice que Cristo), al recibir en este cuerpo potencias cósmicas, vivió durante el tiempo que vivió en (este) mundo. Mas (sostenía que Jesús) fue crucificado después por los judíos, y expiró, y que, resucitado después de tres días, apareció a sus discípulos. Y (el Salvador) les mostró, (así enseñaba Apeles,) las señales de los clavos y (la herida) de su costado, deseoso de persuadirlos de que en verdad no era un fantasma, sino que estaba presente en la carne. Después, dice (Apeles), de haberles mostrado su carne, (el Salvador) la devolvió a la tierra, de cuya sustancia había sido (tomada. Y esto lo hizo porque) no codiciaba nada que perteneciera a otro. (Aunque en verdad Jesús) pudo usar por el momento (lo que pertenecía a otro), no obstante, a su debido tiempo devolvió a cada uno (de los elementos) lo que peculiarmente les pertenecía. Y así fue que, después de que una vez más soltó las cadenas de su cuerpo, devolvió el calor a lo caliente, el frío a lo frío, la humedad a lo húmedo, (y) la sequedad a lo seco. Y en esta condición (nuestro Señor) partió hacia el Padre bueno, dejando la semilla de vida en el mundo para aquellos que por medio de sus discípulos habrían de creer en él.
Nos parece que estas (doctrinas) han sido suficientemente explicadas. Mas, puesto que hemos determinado no dejar sin refutar ninguna de aquellas opiniones que han sido aducidas por alguno (de los herejes), veamos qué (sistema) también han inventado los Docetas.