V, índice
Las siguientes son las materias del libro quinto de la Refutación de todas las herejías: —
Cuáles son las aserciones de los naasenos, que se denominan a sí mismos gnósticos, y que sostienen aquellas opiniones que los filósofos de los griegos propusieron anteriormente, así como las de quienes han transmitido los ritos místicos, de los cuales los naasenos, tomando ocasión, han construido sus herejías.
Y cuáles son las doctrinas de los peratas, y que su sistema no está construido por ellos a partir de las Sagradas Escrituras, sino del arte astrológica.
Cuál es la doctrina de los setianos, y que, hurtando sus teorías a los sabios entre los griegos, han remendado su propio sistema con jirones de opiniones tomadas de Museo, Lino y Orfeo.
Cuáles son las doctrinas de Justino, y que su sistema está construido por él, no a partir de las Sagradas Escrituras, sino de la relación de maravillas proporcionada por el historiador Heródoto.
Recapitulación; Características de la herejía; Origen del nombre de los naasenos; El sistema de los naasenos
V, 1
Creo que en los cuatro libros precedentes he explicado con suma diligencia las opiniones propuestas por todos los especuladores, tanto entre griegos como entre bárbaros, acerca de la naturaleza divina y de la creación del mundo; y ni siquiera he omitido la consideración de sus sistemas de magia. De modo que por mis lectores he soportado no poca fatiga, en mi afán de impulsar a muchos hacia el deseo de aprender y hacia la firmeza del conocimiento en lo que atañe a la verdad. Resta, pues, apresurarnos a la refutación de las herejías; mas con el propósito de suministrar esta (refutación) hemos expuesto ya las afirmaciones anteriormente hechas por nosotros. Pues tomando de los filósofos los heresiarcas sus puntos de partida, y remendando, como zapateros, según su propia interpretación particular, los desatinos de los antiguos, los han presentado como novedades a quienes son capaces de ser engañados, como probaremos en los libros siguientes. En lo restante (de nuestra obra), la ocasión nos invita a abordar el tratamiento de las materias propuestas, y a comenzar por aquellos que han presumido de celebrar a una serpiente, originadora del error (en cuestión), mediante ciertas expresiones ideadas por la energía de su propio (ingenio). Los sacerdotes, pues, y los campeones del sistema, han sido primero los que se han llamado naasenos, siendo así denominados a partir de la lengua hebrea, pues la serpiente se llama [naas] (en hebreo). Posteriormente, sin embargo, se han llamado a sí mismos gnósticos, alegando que ellos solos han sondeado las profundidades del conocimiento. Ahora bien, del sistema de estos (especuladores), muchos, desgajando partes, han construido una herejía que, aunque con varias subdivisiones, es esencialmente una, y explican precisamente las mismas (doctrinas); aunque transmitidas bajo la apariencia de opiniones diferentes, como demostrará la discusión que sigue, según vaya progresando.
Estos (naasenos), pues, según el sistema por ellos adelantado, engrandecen, (como la causa originante) de todas las demás cosas, a un hombre y a un hijo de hombre. Y este hombre es hermafrodita, y entre ellos es denominado Adán; y se le componen himnos muchos y variados. Los himnos, sin embargo —para ser breves— se expresan entre ellos en una forma como esta: «De ti (procede) padre, y por ti (procede) madre, dos nombres inmortales, progenitores de los Eones, oh morador del cielo, tú, hombre ilustre.» Pero lo dividen, como a Gerión, en tres partes. Pues, dicen, de este hombre una parte es racional, otra psíquica, otra terrenal. Y suponen que el conocimiento de él es el principio originante de la capacidad para el conocimiento de Dios, expresándose así: «El principio originante de la perfección es el conocimiento del hombre, mientras que el conocimiento de Dios es la perfección absoluta.» Todas estas cualidades, sin embargo —la racional, la psíquica y la terrenal—, dice (el naaseno), se han retirado y descendido a un solo hombre simultáneamente: Jesús, que nació de María. Y estos tres hombres, dice (el naaseno), acostumbran a hablar (a través de Jesús) al mismo tiempo juntos, cada uno desde sus propias sustancias a los que peculiarmente les son propios. Pues, según estos, hay tres clases de todas las cosas existentes: angélica, psíquica, terrenal; y hay tres iglesias: angélica, psíquica, terrenal; y los nombres de estas son elegidos, llamados, cautivos.
Los naasenos atribuyen su sistema, por medio de Mariamne, a Santiago, el hermano del Señor; realmente derivable de los antiguos misterios; su psicología según se da en el «Evangelio según Tomás;» teoría asiria del alma; comparación de los sistemas de los naasenos y de los asirios; apoyo tomado por los naasenos de los misterios frigios y egipcios; los misterios de Isis; estos misterios alegorizados por los naasenos
V, 2
Estos son los puntos principales de discursos muy numerosos que (el naaseno) afirma que Santiago, el hermano del Señor, entregó a Mariamne. Para que, pues, estos impíos (herejes) ya no desmientan a Mariamne ni a Santiago, ni al Salvador mismo, acudamos a los ritos místicos (de donde estos han derivado su ficción), — a una consideración, si parece bien, tanto de los (misterios) bárbaros como de los griegos— y veamos cómo estos (herejes), reuniendo los misterios secretos e inefables de todos los gentiles, profieren falsedades contra Cristo y engañan a quienes no conocen estas orgías de los gentiles. Pues siendo el fundamento de su doctrina el hombre Adán, y diciendo que acerca de él se ha escrito: «¿Quién declarará su generación?» [], aprended cómo, derivando en parte de los gentiles la generación indescubrible y diversificada del hombre, la aplican ficticiamente a Cristo.
«Ahora la tierra,» dicen los griegos, «dio a luz un hombre, (la tierra) llevando primero un hermoso don, queriendo ser madre no de plantas sin sentido, ni de bestias sin razón, sino de una criatura amable y muy favorecida.» «Es, sin embargo, difícil,» dice (el naaseno), «averiguar si Alalcomeneo, primero de los hombres, surgió sobre los beocios junto al lago Cefiso; o si fueron los Curetes ideos, raza divina; o los Coribantes frigios, a quienes primero el sol vio brotar a la manera del crecimiento de los árboles; o si Arcadia produjo a Pelasgo, de mayor antigüedad que la luna; o Eleusis (produjo) a Diaulo, habitante de Raria; o Lemnos engendró a Cabiro, hermoso hijo de secretas orgías; o Palene (produjo) al Alcioneo Flegreo, el más antiguo de los gigantes. Pero los libios afirman que Iarbas, el primogénito, al emerger de las áridas llanuras, comenzó a comer la dulce bellota de Júpiter. Pero el Nilo de los egipcios,» dice, «hasta el día de hoy fertilizando el lodo, (y por tanto) generando animales, devuelve cuerpos vivientes, que adquieren carne del vapor húmedo.» Los asirios, sin embargo, dicen que el comedor de peces Oannes fue (el primer hombre, y) producido entre ellos. Los caldeos, sin embargo, dicen que este Adán es el hombre al que sola la tierra dio a luz. Y que yacía inanimado, inmóvil, (y) quieto como una estatua; siendo imagen de aquel que está arriba, que es celebrado como el hombre Adán, habiendo sido engendrado por muchas potencias, acerca del cual individualmente se hace una más amplia discusión.
Para que, pues, finalmente el Gran Hombre de arriba pueda ser vencido, «del cual,» como dicen, toda la familia nombrada en la tierra y en los cielos ha sido formada, le fue dada también un alma, para que mediante el alma pudiera sufrir; y para que la imagen esclavizada sea castigada por el Gran y Gloriosísimo y Perfecto Hombre, pues así lo llaman. De nuevo, pues, preguntan qué es el alma, y de dónde, y de qué clase en su naturaleza, para que, viniendo al hombre y moviéndolo, esclavice y castigue la imagen del Hombre Perfecto. No instituyen, sin embargo, (sobre este punto) una investigación a partir de las Escrituras, sino que plantean esta (cuestión) también a partir de los (ritos) místicos. Y afirman que el alma es muy difícil de descubrir y ardua de comprender; pues no permanece en la misma figura o la misma forma invariablemente, ni en una sola condición pasiva, de modo que uno pudiera expresarla por un signo o comprenderla sustancialmente.
Pero tienen estos cambios variados (del alma) consignados en el evangelio titulado «según los egipcios.» Están, pues, en duda, como todos los demás hombres entre los gentiles, sobre si (el alma) procede en absoluto de algo preexistente, o si del autoproducido, o de un Caos difundido. Y primero se refugian en los misterios de los asirios, percibiendo la triple división del hombre; pues los asirios fueron los primeros en sostener la opinión de que el alma tiene tres partes, y sin embargo (es esencialmente) una. Pues del alma, dicen, toda naturaleza está deseosa, y cada una de manera diferente. Pues el alma es causa de todas las cosas hechas; todas las cosas que se nutren, dice (el naaseno), y que crecen, requieren alma. Pues no es posible, dice, obtener ningún alimento o crecimiento donde no está presente el alma. Pues incluso las piedras, afirma, están animadas, pues poseen lo que es capaz de aumento; pero el aumento nunca tendría lugar sin alimento, pues es por accesión como las cosas que aumentan crecen, y la accesión es el alimento de las cosas que se nutren. Toda naturaleza, pues, tanto la de las cosas celestiales como (dice el naaseno) la de las terrenales e infernales, desea un alma. Y a una entidad de esta descripción los asirios la llaman Adonis o Endimión; y cuando se la llama Adonis, Venus, dice, ama y desea el alma así llamada. Para ellos, Venus es la producción. Pero cuando Proserpina o Cora se enamora de Adonis, resulta, dice, cierta alma mortal separada de Venus (esto es, de la generación). Pero si la Luna cae en concupiscencia por Endimión, y en amor de su forma, la naturaleza, dice, de los seres superiores requiere asimismo un alma. Pero si, dice, la madre de los dioses emascula a Atis, y ella misma tiene a esta (persona) como objeto de afecto, la naturaleza bienaventurada, dice, de los seres supernos y eternos reclama para sí sola la potencia masculina del alma.
Pues, dice (el naaseno), existe el hombre hermafrodita. Según este relato de ellos, la unión de la mujer con el hombre se demuestra, conforme a tal enseñanza, como una práctica sumamente malvada y sucia. Pues, dice (el naaseno), Atis ha sido emasculado, es decir, ha pasado de las partes terrenales del mundo inferior a la sustancia eterna de arriba, donde, dice, no hay ni hembra ni varón, sino una criatura nueva, un hombre nuevo, que es hermafrodita. En cuanto al lugar, sin embargo, donde usan la expresión «arriba», lo mostraré cuando llegue al lugar apropiado (para tratar este asunto). Pero afirman que, según su relato, testifican que Rea no está absolutamente aislada, sino que es —por así decirlo— la criatura universal; y declaran que esto es lo afirmado por el Verbo. «Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas, de modo que no tienen excusa. Por lo cual, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; antes su necio corazón fue entenebrecido. Pues, profesando ser sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en imágenes a semejanza de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres trocaron el uso natural en el que es contra naturaleza.» Qué es, sin embargo, el uso natural, según ellos, lo declararemos después. «Y asimismo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, hombres con hombres cometiendo lo que es deshonesto» — ahora la expresión "lo que es deshonesto" significa, según estos (naasenos), la sustancia primera y bienaventurada, sin figura, la causa de todas las figuras para las cosas que son modeladas en formas— «y recibiendo en sí mismos la recompensa que era debida a su error.» [] Pues en estas palabras que Pablo ha dicho dicen que están comprendidos todo el secreto suyo y un misterio oculto de placer bienaventurado. Pues la promesa del lavamiento no es otra, según ellos, que la introducción de aquel que es lavado, según ellos, en el agua vivificante, y ungido con ungüento inefable (que su introducción) en la dicha inmarcesible.
Pero afirman que no sólo hay en favor de su doctrina testimonio que sacar de los misterios de los asirios, sino también de los de los frigios acerca de la naturaleza feliz —oculta, y sin embargo al mismo tiempo descubierta— de las cosas que han sido, que están viniendo a la existencia y que además serán— (naturaleza feliz) que, dice (el naaseno), es el reino de los cielos que ha de buscarse dentro del hombre. [] Y acerca de esta (naturaleza) transmiten un pasaje explícito, que se encuentra en el Evangelio titulado según Tomás, expresándose así: «El que me busca, me hallará en los niños de siete años; pues allí oculto, en la decimocuarta edad seré manifestado.» Esto, sin embargo, no es (enseñanza) de Cristo, sino de Hipócrates, que usa estas palabras: «Un niño de siete años es la mitad de un padre.» Y así es como estos (herejes), poniendo la naturaleza originativa del universo en la semilla causativa, (y) habiendo averiguado el (aforismo) de Hipócrates, de que un niño de siete años es la mitad de un padre, dicen que en catorce años, según Tomás, es manifestado. Esto es, entre ellos, el Logos inefable y místico. Afirman, pues, que los egipcios, que después de los frigios, está establecido, son de mayor antigüedad que todo el género humano, y que confesadamente fueron los primeros en proclamar a todos los demás hombres los ritos y las orgías de, al mismo tiempo, todos los dioses, así como las especies y energías (de las cosas), poseen los misterios sagrados y augustos, y para los no iniciados indecibles, de Isis. Estos, sin embargo, no son otra cosa que lo que por ella de los siete vestidos y del manto negro fue buscado y arrebatado, a saber, el pudendo de Osiris. Y dicen que Osiris es agua. Pero la naturaleza de siete velos, ceñida y revestida con siete mantos de textura etérea —pues así llaman a las estrellas planetarias, alegorizando y denominándolas mantos etéreos— es como la generación mudable, y es exhibida como la criatura transformada por el inefable e inexpresable, e inconcebible y sin figura. Y esto, dice (el naaseno), es lo declarado en la Escritura: «El justo caerá siete veces, y se levantará.» [] Pues estas caídas, dice, son los cambios de las estrellas, movidas por Aquel que pone todas las cosas en movimiento.
Afirman, pues, acerca de la sustancia de la semilla que es causa de todas las cosas existentes, que no es ninguna de estas, sino que produce y forma todas las cosas que son hechas, expresándose así: «Llego a ser lo que quiero, y soy lo que soy: por esto digo que lo que pone todas las cosas en movimiento está a su vez inmóvil. Pues lo que existe permanece formando todas las cosas, y ninguna de las cosas existentes es hecha.» Dice que este (uno) solo es bueno, y que lo dicho por el Salvador está declarado acerca de este (uno): «¿Por qué dices que soy bueno? Uno solo es bueno, mi Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre justos e injustos, y envía la lluvia sobre santos y pecadores.» [] Pero quiénes son los santos sobre quienes envía la lluvia, y los pecadores sobre quienes el mismo envía la lluvia, esto asimismo lo declararemos después con lo demás. Y este es el gran y secreto y desconocido misterio del universo, oculto y revelado entre los egipcios. Pues Osiris, dice (el naaseno), está en los templos delante de Isis; y su pudendo se alza expuesto, mirando hacia abajo, y coronado con todos sus propios frutos de las cosas hechas. Y afirma que tal se alza no sólo en los templos más santos, los principales de los ídolos, sino que también, para información de todos, es como una luz no puesta debajo del celemín, sino sobre el candelero, proclamando su mensaje sobre los terrados, en todas las encrucijadas, y todas las calles, y cerca de las moradas mismas, colocado al frente como cierto límite y término señalado de la morada, y que esto es denominado el (ente) bueno por todos. Pues llaman a esto productor de bien, no sabiendo lo que dicen. Y los griegos, derivando de los egipcios esta (expresión) mística, la conservan hasta el día de hoy. Pues vemos, dice (el naaseno), estatuas de Mercurio, de tal figura, honradas entre ellos.
Adorando, sin embargo, a Cilenio con especial distinción, lo llaman Logios. Pues Mercurio es el Logos, el cual, siendo intérprete y fabricador de las cosas que han sido hechas simultáneamente, y de las que están siendo producidas, y de las que existirán, se alza honrado entre ellos, modelado en una figura tal como es el pudendo de un hombre, teniendo una potencia impulsiva desde las partes de abajo hacia las de arriba. Y que esta (deidad) —esto es, un Mercurio de esta descripción— es, dice (el naaseno), un conjurador de los muertos, y un guía de los espíritus difuntos, y un originador de almas; y esto no escapa a la noticia de los poetas, que se expresan así:—
Hermes Cilenio también llamado
Las almas de los mortales pretendientes.
No los pretendientes de Penélope, dice, ¡oh desdichados!, sino (almas) despertadas y traídas al recuerdo de sí mismas,
«De tan gran honor, y de tan larga dicha.»
Es decir, del hombre bienaventurado de arriba, o del hombre primigenio o Adán, según les parece, almas han sido transportadas aquí abajo a una creación de barro, para que sirvan al Demiurgo de esta creación, Ialdabaot, dios ígneo, número cuarto; pues así llaman al Demiurgo y padre del mundo formal:—
Y en la mano sostenía una hermosa
Vara de oro que encanta los ojos humanos,
A quien quiere, y a los que dormitan despierta de nuevo.
Este, dice, es aquel que solo tiene poder de vida y muerte. Acerca de este, dice, se ha escrito: «Los regirás con vara de hierro.» El poeta, sin embargo, dice, deseando adornar la incomprensible (potencia) de la bienaventurada naturaleza del Logos, lo invistió no con vara de hierro, sino de oro. Y encanta los ojos de los muertos, como dice, y levanta de nuevo a los que dormitan, después de haber sido despertados del sueño, y después de haber sido pretendientes. Y acerca de estos, dice, habla la Escritura: «Despiértate, tú que duermes, y levántate, y Cristo te alumbrará.» []
Este es el Cristo que, dice, en todos los que han sido engendrados, es el Hijo del Hombre retratado a partir del Logos inexpresable. Este, dice, es el grande e indecible misterio de los ritos eleusinos, Hye, Cye. Y afirma que todas las cosas le han sido sometidas, y esto es lo que se ha dicho: «Su sonido salió por toda la tierra,» [] tal como concuerda con las expresiones: «Mercurio, agitando su vara, guía las almas, pero ellas lo siguen gorjeando.» Quiero decir que los espíritus incorpóreos siguen continuamente de la manera que el poeta describe con sus imágenes, usando estas palabras:—
Y como cuando en el fondo de la cueva mágica
Los murciélagos zumbando vuelan, y cuando uno cae
De la cresta de la roca, y cada uno al otro se aferra estrechamente.
La expresión «roca», dice, la usa de Adán. Este, afirma, es Adán: la principal piedra del ángulo hecha cabeza del ángulo. Pues en la cabeza la sustancia es el cerebro formativo del cual toda la familia es formada. [] «A quien», dice, «coloco como roca en los cimientos de Sión.» Alegorizando, dice, habla de la creación del hombre. La roca está interpuesta (dentro de) los dientes, como dice Homero, «cercado de dientes», es decir, un muro y fortaleza, en el cual existe el hombre interior, que allí ha caído de Adán, el hombre primigenio de arriba. Y ha sido «cortado sin manos para efectuar la división», y ha sido arrastrado hacia abajo a la imagen del olvido, siendo terrenal y arcilloso. Y afirma que los espíritus gorjeantes lo siguen, es decir, al Logos:—
Así estas, gorjeando, se juntaron: y luego las almas.
Es decir, él las guía;
El apacible Hermes las condujo por caminos anchamente extendidos.
Es decir, dice, a los lugares eternos separados de toda maldad. Pues, dice, ¿de dónde vinieron?—
Sobre las corrientes del océano vinieron, y el acantilado de Leuca,
Y por los portales del sol y la tierra de los sueños.
Este, dice, es el océano, «generación de dioses y generación de hombres», siempre arremolinado por los remolinos del agua, unas veces hacia arriba, otras hacia abajo. Pero dice que sobreviene una generación de hombres cuando el océano fluye hacia abajo; mas cuando fluye hacia arriba, hacia el muro y la fortaleza y el acantilado de Leucas, tiene lugar una generación de dioses. Esto, afirma, es aquello que se ha escrito: «Dije: Vosotros sois dioses, y todos hijos del Altísimo;» «Si os apresuráis a huir de Egipto y a pasar más allá del Mar Rojo al desierto,» es decir, de la unión terrena a la Jerusalén de arriba, la cual es madre de los vivientes; [] «Si, además, volvéis de nuevo a Egipto,» es decir, a la unión terrena, «moriréis como hombres.» Pues mortal, dice, es toda generación de abajo, pero inmortal la que es engendrada arriba, pues nace del agua solamente, y del espíritu, siendo espiritual, no carnal. Pero lo (nacido) abajo es carnal; esto es, dice, lo que está escrito. «Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es.» [] Esta, según ellos, es la generación espiritual. Este, dice, es el gran Jordán [] que, fluyendo (aquí) abajo e impidiendo que los hijos de Israel salieran de Egipto —quiero decir, de la unión terrena, pues Egipto es para ellos el cuerpo—, Jesús lo hizo retroceder y lo hizo fluir hacia arriba.
Exposición ulterior de la herejía de los naasenos; Profesan seguir a Homero; Reconocen una tríada de principios; Sus nombres técnicos de la tríada; Los apoyan en la autoridad de los poetas griegos; Alegorizan los milagros de nuestro Salvador; El misterio de los samotracios; Por qué el Señor eligió doce discípulos; El nombre Coribas, usado por tracios y frigios, explicado; Los naasenos profesan hallar su sistema en las Escrituras; Su interpretación de la visión de Jacob; Su idea del «Hombre Perfecto;» El «Hombre Perfecto» llamado «Papá» por los frigios; Los naasenos y los frigios sobre la Resurrección; El éxtasis de San Pablo; Los misterios de la religión a los que alude Cristo; Interpretación de la parábola del sembrador; Alegoría de la tierra prometida; Comparación del sistema de los frigios con las afirmaciones de las Escrituras; Exposición del significado de los misterios eleusinos superiores e inferiores; La Encarnación descubrible aquí según los naasenos
V, 3
Adoptando estas y parecidas (opiniones), estos maravillosísimos gnósticos, inventores de un arte gramatical novedoso, ensalzan a Homero como su profeta— como quien, (según ellos,) que, según el modo adoptado en los misterios, anuncia estas verdades; y se burlan de los que no están instruidos en las Sagradas Escrituras, traicionándolos a tales nociones. Hacen, empero, la siguiente afirmación: el que dice que todas las cosas reciben consistencia de uno, yerra; pero el que dice que son de tres, posee la verdad, y proporcionará una solución del universo. Pues hay, dice (el naaseno), una naturaleza bienaventurada del Hombre Bienaventurado, del que está arriba, (a saber) Adán; y hay una naturaleza mortal, la que está abajo; y hay una generación sin rey, que es engendrada arriba, donde, dice, está Mariam la buscada, e Iothor el poderoso sabio, y Sephora la que mira, y Moisés cuya generación no está en Egipto, pues le nacieron hijos en Madián; y ni siquiera esto, dice, ha escapado a la atención de los poetas.
Triple fue nuestra partición; cada uno obtuvo
Su debida recompensa de honor.
Pues, dice, es necesario que las magnitudes sean declaradas, y que así sean declaradas por todos en todas partes, «a fin de que oyendo no oigan, y viendo no vean.» [] Pues si, dice, las magnitudes no fueran declaradas, el mundo no habría podido obtener consistencia. Estas son las tres expresiones hinchadas (de estos herejes), Caulacau, Saulasu, Saulasu. Saulasu, es decir, Adán, que está en lo más alto; Saulasau, es decir, el mortal de abajo; Zeesar, es decir, el Jordán que fluye hacia arriba. Este, dice, es el hombre hermafrodita (presente) en todo. Pero los que lo ignoran lo llaman Gerión con el cuerpo triple— Gerión, es decir, como si (en el sentido de) fluyendo de la tierra— pero (al cual) los griegos por consentimiento común (llaman) «cuerno celeste de la luna,» porque mezcló y combinó todas las cosas en todas. «Pues todas las cosas,» dice, «fueron hechas por él, y ni siquiera una cosa fue hecha sin él, y lo que fue hecho en él es vida.» [] Esto, dice, es la vida, la generación inefable de los hombres perfectos, que no fue conocida por las generaciones precedentes. Pero el pasaje, «nada fue hecho sin él,» se refiere al mundo formal, pues fue creado sin su instrumentación por el tercero y el cuarto (de la cuaternidad arriba nombrada). Pues dice, esta es la copa «Condy, de la cual el rey, mientras bebe, extrae sus augurios.» [] Esto, dice, ha sido descubierto escondido en las hermosas semillas de Benjamín. Y los griegos igualmente, dice, hablan de esto en los siguientes términos:—
Agua a la boca enfurecida trae; tú, esclavo, trae vino;
Embriágame y sumérgeme en estupor.
Mi jarro me dice
La clase en que debo convertirme.
Esto, dice, era por sí solo suficiente para que los hombres lo comprendieran; (me refiero a) la copa de Anacreonte que declara, (aunque) mudamente, un misterio inefable. Pues muda, dice, es la copa de Anacreonte; y (sin embargo) Anacreonte afirma que le habla a sí mismo, en lenguaje mudo, en cuanto a qué clase debe convertirse— es decir, espiritual, no carnal— si escucha en silencio el misterio oculto. Y esta es el agua en aquellas hermosas bodas que Jesús, transformándola, hizo vino. Esto, dice, es el poderoso y verdadero comienzo de los milagros que Jesús realizó en Caná de Galilea, y (así) manifestó el reino de los cielos. Esto, dice, es el reino de los cielos que reposa dentro de nosotros como un tesoro, como levadura escondida en las tres medidas de harina.
Esto, dice, es el grande e inefable misterio de los samotracios, el cual, dice, solo a nosotros, que somos iniciados, nos es lícito conocer. Pues los samotracios expresamente transmiten, en los misterios que se celebran entre ellos, que (ese mismo) Adán es el hombre primigenio. Y habitualmente hay en el templo de los samotracios dos imágenes de hombres desnudos, con ambas manos extendidas hacia lo alto, hacia el cielo, y con sus pudenda erecta, como con la estatua de Mercurio en el monte Cilene. Y las antedichas imágenes son figuras del hombre primigenio, y de aquel espiritual que nace de nuevo, en todo respecto de la misma sustancia que aquel hombre. Esto, dice, es lo dicho por el Salvador: «Si no bebéis mi sangre y no coméis mi carne, no entraréis en el reino de los cielos; pero aunque,» Él dice, «bebáis de la copa de la que yo bebo, a donde yo voy, no podéis entrar allí.» Pues Él dice que sabía de qué naturaleza era cada uno de sus discípulos, y que era necesario que cada uno alcanzara su propia naturaleza peculiar. Pues Él dice que eligió doce discípulos de las doce tribus, y habló por medio de ellos a cada tribu. Por esta razón, Él dice, las predicaciones de los doce discípulos no todos las oyeron, ni, si las oyeron, pudieron recibirlas. Pues las cosas que no son según la naturaleza, son entre ellos contrarias a la naturaleza.
Esto, dice, los tracios que habitan en torno al Hemo, y los frigios de manera semejante a los tracios, lo denominan Coribas, porque, (aunque) derivando el inicio de su descenso de la cabeza de arriba y del cerebro inexpresado, y (aunque) permeando todos los principios del estado de cosas existente, (sin embargo) no percibimos cómo ni de qué manera desciende. Esto, dice, es lo que está dicho: «Hemos oído su voz, sin duda, pero no hemos visto su forma.» [] Pues la voz de aquel que es apartado y retratado se oye; pero (su) forma, que desciende de arriba, del inexpresado— cuál sea, nadie lo sabe. Reside, sin embargo, en un molde terrenal, aunque nadie lo reconoce. Esto, dice, es «el dios que habita sobre el diluvio,» según el Salterio, «y que habla y clama desde muchas aguas.» Las «muchas aguas,» dice, son la generación diversificada de los hombres mortales, desde la cual (generación) clama y vocifera al hombre inexpresado, diciendo, «Preserva a mi unigénito de los leones.» En respuesta a él, ha sido, dice, declarado, «Israel, eres mi hijo: no temas; aunque pases por ríos, no te anegarán; aunque pases por fuego, no te abrasará.» [] Por ríos quiere decir, dice, la sustancia húmeda de la generación, y por fuego el principio impulsivo y el deseo de generación. «Eres mío; no temas.» Y de nuevo, dice, «Si una madre olvida a sus hijos, hasta el punto de no apiadarse de ellos y darles alimento, yo también te olvidaré.» Adán, dice, habla a sus propios hombres: «Pero aunque una mujer olvide estas cosas, yo no te olvidaré. Te he pintado en mis manos.» En cuanto, sin embargo, a su ascensión, es decir, su regeneración, para que llegue a ser espiritual, no carnal, la Escritura, dice, habla (así): «Abrid las puertas, vosotros que sois vuestros gobernantes; y alzaos, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria,» es decir, un prodigio de prodigios. «Pues quién,» dice, «es este Rey de gloria? Un gusano, y no un hombre; un oprobio de los hombres, y un desechado del pueblo; él mismo es el Rey de gloria, y poderoso en la guerra.»
Y por guerra entiende la guerra que hay en el cuerpo, porque su armazón ha sido hecha de elementos hostiles; como está escrito, dice, «Acuérdate del conflicto que existe en el cuerpo.» Jacob, dice, vio esta entrada y esta puerta en su viaje a Mesopotamia, es decir, cuando de niño estaba convirtiéndose ya en joven y hombre; es decir, (la entrada y la puerta) le fueron dadas a conocer mientras viajaba a Mesopotamia. Pero Mesopotamia, dice, es la corriente del gran océano que fluye desde el medio del Hombre Perfecto; y se asombró de la puerta celeste, exclamando, «¡Qué terrible es este lugar! No es otra cosa que la casa de Dios, y esta (es) la puerta del cielo.» A causa de esto, dice, Jesús usa las palabras, «Yo soy la puerta verdadera.» [] Ahora bien, quien hace estas afirmaciones es, dice, el Hombre Perfecto que es imagen del inexpresado de arriba. El Hombre Perfecto, por tanto, no puede, dice, ser salvado, a menos que, entrando por esta puerta, nazca de nuevo. Pero este mismo, los frigios, dice, lo llaman también Papá, porque aquietó todas las cosas que, antes de su manifestación, se movían confusa y disonantemente. Pues el nombre, dice, de Papá pertenece simultáneamente a todas las criaturas —celestes, terrestres e infernales— que exclaman, Haz cesar, haz cesar la discordia del mundo, y haz «paz para los que están lejos,» es decir, para los seres materiales y terrestres; y «paz para los que están cerca,» [] es decir, para los hombres perfectos que son espirituales y dotados de razón. Pero los frigios denominan a este mismo también «cadáver» — sepultado en el cuerpo, por así decirlo, en un mausoleo y tumba. Esto, dice, es lo que está declarado, «Sois sepulcros blanqueados, llenos,» dice, «de huesos de muertos por dentro,» [] porque no está en vosotros el hombre viviente. Y de nuevo exclama, «Los muertos saltarán de las tumbas,» [] es decir, de los cuerpos terrenales, naciendo de nuevo espirituales, no carnales. Pues esta, dice, es la Resurrección que tiene lugar por la puerta del cielo, por la cual, dice, todos los que no entran permanecen muertos. Estos mismos frigios, sin embargo, dice, afirman de nuevo que este mismo (hombre), como consecuencia del cambio, (se convierte en) un dios. Pues, dice, se convierte en dios cuando, habiendo resucitado de entre los muertos, entrará en el cielo por una puerta de esta clase. Pablo el apóstol, dice, conoció esta puerta, abriéndola parcialmente en un misterio, y afirmando «que fue arrebatado por un ángel, y ascendió hasta el segundo y tercer cielo, hasta el paraíso mismo; y que vio visiones y oyó palabras indecibles que no es posible al hombre declarar.» []
Estos son, dice, los que por todos son llamados los misterios secretos, «los cuales (también hablamos), no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las enseñadas por el Espíritu, comparando cosas espirituales con cosas espirituales. Pero el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad.» [] Y estos son, dice, los inefables misterios del Espíritu, que solo nosotros conocemos. Acerca de estos, dice, el Salvador ha declarado, «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió.» [] Pues es muy difícil, dice, aceptar y recibir este grande e inefable misterio. Y de nuevo, está dicho, el Salvador ha declarado, «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.» [] Y es necesario que los que realizan esta (voluntad), no solamente oyéndola, entren en el reino de los cielos. Y de nuevo, dice, el Salvador ha declarado, «Los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de los cielos.» [] Pues «los publicanos,» dice, son los que reciben las rentas de todas las cosas; pero nosotros, dice, somos los publicanos, «a quienes han llegado los fines de los siglos.» Pues «los fines,» dice, son las semillas esparcidas desde el inexpresado sobre el mundo, mediante las cuales se completa todo el sistema cósmico; pues mediante estas también comenzó a existir. Y esto, dice, es lo que está declarado: «El sembrador salió a sembrar. Y una parte cayó junto al camino, y fue pisoteada; y otra en pedregales, y brotó,» dice, «y por no tener profundidad (de tierra), se marchitó y murió; y otra,» dice, «cayó en tierra buena y fértil, y produjo fruto, una parte al ciento, otra al sesenta, y otra al treinta por uno. El que tiene oídos,» dice, «para oír, oiga.» El significado de esto, dice, es el siguiente: que nadie llega a ser oyente de estos misterios, a no ser solo los gnósticos perfectos. Esta, dice, es la tierra buena y fértil de la que habla Moisés: «Os introduciré en una tierra buena y fértil, en una tierra que mana leche y miel.» Esta, dice, es la miel y la leche, gustando las cuales los que son perfectos llegan a ser sin rey, y participan del Pléroma. Este, dice, es el Pléroma, mediante el cual todas las cosas existentes que son producidas han sido, desde el ingénito, producidas y completadas.
Y este mismo es llamado también por los frigios «estéril.» Pues es estéril cuando es carnal, y causa el deseo de la carne. Esto, dice, es lo que está dicho: «Todo árbol que no produce buen fruto es cortado y echado al fuego.» Pues estos frutos, dice, son solo los hombres racionales vivientes, que entran por la tercera puerta. Dicen, en verdad, «Devoráis a los muertos, y hacéis a los vivos; (pero) si coméis a los vivos, ¿qué haréis?» Afirman, sin embargo, que los vivos «son facultades racionales y mentes, y hombres— perlas de aquel inexpresado arrojadas ante la criatura de abajo.» Esto, dice, es lo que (Jesús) afirma: «No arrojéis lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos.» Ahora alegan que la obra de los cerdos y de los perros es la relación de la mujer con el hombre. Y los frigios, dice, llaman a este mismo «cabrero» (Aipolis), no porque, dice, esté acostumbrado a apacentar cabras hembras y machos, como los (hombres) naturales usan el nombre, sino porque, dice, es «Aipolis» — es decir, siempre vagando— quien a la vez hace girar y lleva en torno todo el sistema cósmico con su movimiento revolucionario. Pues la palabra «Polein» significa girar y cambiar las cosas; de donde, dice, todos llaman a los dos centros del cielo polos (Poloi). Y el poeta dice:—
¿Qué sabio sin pecado, nacido del mar, viene aquí,
Inmortal Proteo egipcio?
No está deshecho, dice, sino que gira, por así decirlo, y da vueltas sobre sí mismo. Además, también las ciudades en las que habitamos, porque giramos y damos vueltas en ellas, son denominadas «Poleis.» De esta manera, dice, los frigios llaman a este «Aipolis,» en tanto que en todas partes incesantemente hace girar todas las cosas, y las cambia a sus propias (funciones) peculiares. Y los frigios lo llaman, dice, «muy fructífero» asimismo, «porque,» dice, «más numerosos son los hijos de la desolada, que los de aquella que tiene marido;» es decir, las cosas, al nacer de nuevo, se vuelven inmortales y permanecen para siempre en gran número, aunque las cosas producidas sean pocas; mientras que las cosas carnales, dice, son todas corruptibles, aunque se produzcan muchísimas cosas (de este tipo). Por esta razón, dice, «Raquel lloraba por sus hijos, y no quería,» dice (el profeta), «ser consolada; afligiéndose por ellos, pues sabía,» dice, «que no son.» Pero Jeremías igualmente profiere lamentación por la Jerusalén de abajo, no la ciudad de Fenicia, sino la generación corruptible de abajo. Pues Jeremías, dice, era consciente del Hombre Perfecto, de aquel que nace de nuevo— de agua y del Espíritu, no carnal. Al menos Jeremías mismo observó: «Es un hombre, ¿y quién lo conocerá?» De esta manera, (el naaseno) dice, el conocimiento del Hombre Perfecto es sumamente profundo y difícil de comprender. Pues, dice, el comienzo de la perfección es el conocimiento del hombre, mientras que el conocimiento de Dios es la perfección absoluta.
Los frigios, sin embargo, afirman, dice, que él es asimismo «una espiga verde de grano segada.» Y después de los frigios, los atenienses, al iniciar a la gente en los ritos eleusinos, asimismo muestran a los que están siendo admitidos al grado más alto en estos misterios, el poderoso, maravilloso y perfectísimo secreto adecuado para uno iniciado en las verdades místicas más altas: (me refiero a) una espiga de grano segada en silencio. Pero esta espiga de grano es también (considerada) entre los atenienses como la perfecta y enorme iluminación (que ha descendido) del inexpresado, tal como el Hierofante mismo (declara); no, ciertamente, emasculado como Atis, sino hecho eunuco por medio de la cicuta, y despreciando toda generación carnal. (Ahora bien) de noche en Eleusis, bajo un gran fuego, (el Celebrante) que representa los grandes y secretos misterios, vocifera y clama en alta voz, diciendo, «La augusta Brimo ha dado a luz a un hijo consagrado, Brimo;» es decir, una (madre) potente (ha dado a luz) a un hijo potente. Pero venerable, dice, es la generación que es espiritual, celestial, de arriba, y potente es el que así nace. Pues el misterio se llama «Eleusin» y «Anactorio.» «Eleusin,» porque, dice, nosotros, que somos espirituales, venimos fluyendo desde Adán de arriba; pues la palabra «[eleusesthai]» es, dice, de la misma significación que la expresión «venir.» Pero «Anactorio» es de la misma significación que la expresión «ascender hacia arriba.» Esto, dice, es lo que afirman los que han sido iniciados en los misterios de los eleusinos. Es, sin embargo, una disposición de ley, que los que han sido admitidos en los menores sean de nuevo iniciados en los Grandes Misterios. Pues los mayores destinos obtienen mayores porciones. Pero los misterios inferiores, dice, son los de Proserpina abajo; respecto de los cuales misterios, y del camino que conduce allí, que es ancho y espacioso, y conduce a los que perecen a Proserpina, el poeta asimismo dice:—
Mas bajo ella un temible camino se extiende,
Hueco, cenagoso, aunque óptima guía hacia
El ameno bosque de la muy honrada Afrodita.
Estos, dice, son los misterios inferiores, los que pertenecen a la generación carnal. Ahora bien, aquellos hombres que son iniciados en estos (misterios) inferiores deben detenerse, y (entonces) ser admitidos en los grandes (y) celestiales. Pues ellos, dice, que obtienen sus porciones (en este misterio), reciben mayores porciones. Pues esta, dice, es la puerta del cielo; y esta es una casa de Dios, donde mora solo la Deidad buena. Y en esta (puerta), dice, ninguna persona impura entrará, ni una que sea natural o carnal; sino que está reservada solo para los espirituales. Y los que vienen aquí deben despojarse de sus vestiduras, y convertirse todos ellos en esposos, emasculados mediante el espíritu virginal. Pues esta es la virgen que lleva en su seno y concibe y da a luz un hijo, no animal, no corpóreo, sino bendito para siempre. Acerca de esto, está dicho, el Salvador ha declarado expresamente que «estrecha y angosta es la vía que conduce a la vida, y pocos son los que entran por ella; mientras que ancha y espaciosa es la vía que conduce a la perdición, y muchos son los que pasan por ella.»
Otro uso del sistema de los Frigios; modo de celebrar los misterios; el misterio de la «Gran Madre»; estos misterios tienen un objeto de culto común con los Naasenos; los Naasenos alegorizan el relato escriturístico del jardín del Edén; la alegoría aplicada a la vida de Jesús
V, 4
Los Frigios, sin embargo, afirman además que el padre del universo es «Amígdalo», no un árbol, dice, sino que es «Amígdalo» el que existía antes; y él, teniendo en sí mismo el fruto perfecto, como palpitando y moviéndose en la profundidad, rasgó sus pechos y produjo a su hijo ahora invisible, sin nombre e inefable, acerca del cual hablaremos. Pues la palabra «Amyxai» significa, por así decir, reventar y cortar a través, como dice que sucede en el caso de los cuerpos inflamados que tienen en sí algún tumor; y cuando los médicos los sajan, lo llaman «Amychai». De esta manera, dice, los Frigios lo llaman «Amígdalo», del cual procedió y nació el Invisible (el Uno), «por quien todas las cosas fueron hechas, y nada fue hecho sin Él.» Y los Frigios dicen que lo que de allí ha sido producido es «Syrictas» (el flautista), porque el Espíritu que nace es armonioso. «Pues Dios,» dice, «es Espíritu; por lo cual,» afirma, «ni en este monte adoran los verdaderos adoradores, ni en Jerusalén, sino en espíritu. Porque la adoración de los perfectos,» dice, «es espiritual, no carnal.» El Espíritu, sin embargo, dice, está allí donde igualmente el Padre es nombrado, y el Hijo nace allí de este Padre. Este, dice, es el multinominal, de mil ojos, el Incomprensible, de quien toda naturaleza —cada una, empero, de modo diferente— está deseosa. Este, dice, es el Verbo de Dios, el cual, dice, es palabra de revelación de la Gran Potencia. Por lo cual será sellado, y oculto, y encubierto, yaciendo en la morada donde yace la base de la raíz del universo, a saber: Eones, Potencias, Inteligencias, Dioses, Ángeles, Espíritus delegados, Entidades, No-entidades, Generables, Ingenerables, Incomprensibles, Comprensibles, Años, Meses, Días, Horas, (y) Punto Invisible a partir del cual lo que es mínimo comienza a crecer gradualmente. Lo que es, dice, nada, y que consiste en nada, en cuanto es indivisible —me refiero a un punto— se convertirá mediante su propio poder reflexivo en una cierta magnitud incomprensible. Este, dice, es el reino de los cielos, el grano de mostaza, el punto que es indivisible en el cuerpo; y, dice, nadie conoce este (punto) salvo los espirituales solamente. Este, dice, es lo que ha sido dicho: «No hay habla ni lenguaje donde su voz no sea oída.»
De esta manera asumen temerariamente que cualesquiera cosas que hayan sido dichas y hechas por todos los hombres, (pueden hacerse armonizar) con su propia visión mental particular, alegando que todas las cosas se vuelven espirituales. De donde igualmente afirman que aquellos que se exhiben en los teatros —ni siquiera estos dicen o hacen algo sin premeditación. Por tanto, dice, cuando, al reunirse el pueblo en los teatros, alguno entra vestido con un manto notable, llevando una lira y tocando una melodía (en ella, acompañándola) con un canto de los grandes misterios, habla del modo siguiente, sin saber lo que dice: «Ya sea (que seas) la raza de Saturno o el feliz Júpiter, o la poderosa Rea, ¡Salve, Atis, lúgubre mutilación de Rea! Los asirios te llaman Adonis, tres veces anhelado, y todo Egipto (te llama) Osiris, cuerno celeste de la luna; los griegos te denominan Sabiduría; los samotracios, venerable Adán; los hemonios, Coribas; y los frigios (te nombran) a veces Papá, a veces Cadáver, o Dios, o Estéril, o Aipolos, o espiga verde de trigo que ha sido segada, o a quien el muy fértil Amígdalo produjo— un hombre, un músico.» Este, dice, es Atis multiforme, a quien mientras celebran en un himno, pronuncian estas palabras: «Cantaré himno a Atis, hijo de Rea, no con los zumbidos de las trompetas, ni de los flautistas ideos, que acuerdan con (las voces de) los Curetes; sino que mezclaré (mi canto) con la música de liras de Apolo, evoe, evan, en cuanto eres Pan, en cuanto eres Baco, en cuanto eres pastor de estrellas brillantes.»
Por estas y tales razones, estos asisten constantemente a los misterios llamados de la «Gran Madre», suponiendo especialmente que contemplan por medio de las ceremonias allí realizadas el misterio entero. Pues estos no tienen nada más que las ceremonias que allí se realizan, salvo que no son emasculados: meramente completan la obra de los emasculados. Pues con la mayor severidad y vigilancia ordenan (a sus devotos) abstenerse, como si estuvieran emasculados, de la unión con una mujer. El resto, sin embargo, del procedimiento (observado en estos misterios), como hemos declarado con cierta extensión, (lo siguen) exactamente como (si fueran) personas emasculadas. Y no adoran otro objeto sino a Naas, (de ahí) siendo llamados Naasenos. Pero Naas es la serpiente de la cual, es decir, de la palabra Naas, dice el naaseno, son todas las cosas bajo el cielo denominadas templos (Naos). Y afirma que a él solo —es decir, a Naas— está dedicado todo santuario y todo rito iniciático, y todo misterio; y, en general, que no podría descubrirse ceremonia religiosa alguna bajo el cielo en la que no exista un templo (Naos); y en el templo mismo está Naas, de quien ha recibido su denominación de templo (Naos). Y estos afirman que la serpiente es una sustancia húmeda, así como también Tales, el milesio, (habló del agua como principio originante,) y que nada de las cosas existentes, inmortales o mortales, animadas o inanimadas, podría en absoluto subsistir sin él. Y que todas las cosas le están sujetas, y que es bueno, y que tiene todas las cosas en sí mismo, como en el cuerno del toro de un solo cuerno; de modo que imparte belleza y lozanía a todas las cosas que existen según su propia naturaleza y peculiaridad, como si pasara a través de todas, así como «(el río) que procede del Edén, y se divide en cuatro brazos.»
Afirman, sin embargo, que el Edén es el cerebro, por así decir, atado y firmemente sujeto en envolturas circundantes, como (en) el cielo. Pero suponen que el hombre, en cuanto a la cabeza solamente, es el Paraíso, y por tanto que «este río que procede del Edén», es decir, del cerebro, «se divide en cuatro brazos, y que el nombre del primer río se llama Pisón; este es el que rodea toda la tierra de Havilat: allí hay oro, y el oro de aquella tierra es excelente, y allí hay bedelio y la piedra de ónice.» Este, dice, es el ojo, el cual, por su honor (entre los demás órganos corporales), y sus colores, presta testimonio de lo que se dice. «Pero el nombre del segundo río es Geón: este es el que rodea la tierra de Etiopía.» Este, dice, es el oído, puesto que Geón es (una corriente tortuosa), semejante a una especie de laberinto. «Y el nombre del tercero es Tigris. Este es el que fluye frente a (el país de) los asirios.» Este, dice, es el olfato, empleando la corriente sumamente rápida del río (como analogía de este sentido). Pero fluye frente a (el país de) los asirios, porque en todo acto de respiración que sigue a la espiración, el aliento aspirado desde la atmósfera externa entra con movimiento más veloz y mayor fuerza. Pues esta, dice, es la naturaleza de la respiración. «Pero el cuarto río es el Éufrates.» Este, afirman, es la boca, a través de la cual están el paso hacia afuera de la oración, y el paso hacia adentro del alimento. (La boca) alegra, y nutre y forma al Hombre Perfecto Espiritual. Este, dice, es «el agua que está sobre el firmamento», acerca de la cual, dice, el Salvador ha declarado: «Si conocieras quién es el que pide, le habrías pedido, y Él te habría dado a beber agua viva que brota.» En esta agua, dice, entra toda naturaleza, eligiendo sus propias sustancias; y su cualidad peculiar llega a cada naturaleza desde esta agua, dice, más que el hierro al imán, y el oro al espinazo del halcón marino, y la paja al ámbar.
Pero si alguno, dice, es ciego de nacimiento, y nunca ha contemplado la luz verdadera, «que alumbra a todo hombre que viene al mundo», que por nosotros recobre la vista, y contemple, por así decir, a través de algún paraíso plantado con toda descripción de árboles, y provisto de abundancia de frutos, agua que corre su camino a través de todos los árboles y frutos; y verá que de una misma agua la oliva elige para sí y extrae el aceite, y la vid el vino; (y así sucede con) el resto de las plantas, según cada género. Ese Hombre, sin embargo, dice, no tiene reputación en el mundo, pero sí fama ilustre en el cielo, siendo traicionado por los que son ignorantes (de sus perfecciones) a los que no lo conocen, siendo tenido por una gota de una cuba. Nosotros, sin embargo, dice, somos espirituales, quienes, del agua vivificante del Éufrates, que fluye por medio de Babilonia, elegimos nuestra propia cualidad peculiar al pasar por la puerta verdadera, que es el bienaventurado Jesús. Y de todos los hombres, solo nosotros los cristianos somos aquellos que en la tercera puerta celebran el misterio, y son ungidos allí con el crisma indecible de un cuerno, como David (fue ungido), no de vasija de barro, dice, como (fue) Saúl, quien conversó con el demonio maligno de la concupiscencia carnal.