Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 86 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1. Tales; su física y teología; fundador de la astronomía griega
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 3. Empédocles; Su doble causa; Doctrina de la transmigración
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7. Anaxágoras; Su teoría de la mente; Reconoce una causa eficiente; Su cosmogonía y astronomía
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. Parménides; su teoría de la «Unidad;» su escatología
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 14. Hipón; su dualidad de principios; su psicología
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 17
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 20. Los académicos; diferencia de opinión entre ellos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minLibro IV
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 4. Imposibilidad de fijar el horóscopo; fracaso de un intento de hacerlo en el momento del nacimiento
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. Influencia zodiacal; origen de los nombres siderales
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Otros cálculos astronómicos
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13. Mención del hereje Colarbaso; alianza entre la herejía y la filosofía pitagórica
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 15
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 22. Tipo de los nacidos bajo Escorpio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28. — Sistema de los magos; encantamientos de demonios; ritos mágicos secretos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Exhibición de distintos huevos
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 34. La ilusión de las cartas selladas; objeto de detallar estas prestidigitaciones
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 38. Aparición ilusoria de las estrellas
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 44. Teoría egipcia de la naturaleza; sus amuletos
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 48
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 49. Símbolo de la criatura; y del espíritu; y de los diferentes órdenes de animales
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minLibro V
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 2
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 3
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 5. Explicación del sistema de los Naasenos tomada de uno de sus himnos
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sistema de los peratas explicado a partir de uno de sus propios libros
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 12. Exposición compendiosa de las doctrinas de los peratas
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 16
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 17. Las doctrinas setitas que han de aprenderse de la «Paráfrasis de Set»
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 22. Juramento empleado por los herejes justinianos; el libro de Baruc; el repertorio de su sistema
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 7. El sistema de Simón de una emanación triple por pares
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 10. Explicación que da Simón de los dos primeros libros de Moisés
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. Su doctrina de la emanación ulteriormente expandida
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 15
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. La dualidad de sustancias de Pitágoras; sus «Categorías»
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las «Sentencias» de Pitágoras
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. La doctrina de la díada puesta como fundamento del sistema de emanación de los Eones de Valentín
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 27. Explicación de Valentín sobre la existencia de Jesús; el poder de Jesús sobre la humanidad
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 30
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 32. Valentín convicto de plagios tomados de Platón
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 34. Sistema de Marcos; un mero impostor; sus perversos artificios con la copa eucarística
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 37
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 39. La Tétrada exhibe «la Verdad.»
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 43. Las letras, símbolos de los cielos
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 47
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 49. La obra del Demiurgo es perecedera
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro VII
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. La sustancia, según Aristóteles; los predicados
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Basílides e Isidoro alegan sanción apostólica para sus sistemas; en realidad siguen a Aristóteles
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. El «Gran Arconte» de Basílides
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. Explicación ulterior de la «Filiación.»
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 15
  61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 16. El sistema de Saturnino
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Fuente del marcionismo; Empédocles reafirmado como el sugeridor de la herejía
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. La herejía de Prepón; sigue a Empédocles; Marción rechaza la generación del Salvador
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 21. El sistema de Cerinto acerca de Cristo
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 9 minLibro VIII
  66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 4. Doctrina docética derivada de los sofistas griegos
  68. Sesión 68 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 8
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 13. Las doctrinas de los encratitas
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro IX
  71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 5
  72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 14 minCapítulo 6
  73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Secta de los Elchasaitas; Oposición de Hipólito a Ella
  74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 11. Preceptos de Elchasai
  75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 15. Los Principios de los Esenios Continuados
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 19. Las doctrinas de los esenios (continuación)
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 23. Otra secta de los esenios: los fariseos
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 26. Conclusión de la obra explicada
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro X
  80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 4. Resumen de las opiniones de los filósofos (continuación)
  81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 8. Simón Mago
  82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 11. Justino
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 14. Tatiano
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. Los Frigios o Montanistas. Continuación
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 11 minCapítulo 27. Cronología judía. Continuación
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 30. Alocución final del autor

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — HIPÓLITO DE ROMA

    Índice de la obra

    Estás en la parte 2. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Refutación de todas las herejías

    Siglo III · Traducción castellana directa de la versión inglesa de MacMahon (Ante-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 12 · Libro IVPublicado el Actualizado el Ref. ESC-HIP-02

    Leer por sesiones · 86 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 1. Tales; su física y teología; fundador de la astronomía griega
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 3. Empédocles; Su doble causa; Doctrina de la transmigración
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 7. Anaxágoras; Su teoría de la mente; Reconoce una causa eficiente; Su cosmogonía y astronomía
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. Parménides; su teoría de la «Unidad;» su escatología
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 14. Hipón; su dualidad de principios; su psicología
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 17
    9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 20. Los académicos; diferencia de opinión entre ellos
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minLibro IV
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 4. Imposibilidad de fijar el horóscopo; fracaso de un intento de hacerlo en el momento del nacimiento
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. Influencia zodiacal; origen de los nombres siderales
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 9. Otros cálculos astronómicos
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 13. Mención del hereje Colarbaso; alianza entre la herejía y la filosofía pitagórica
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 15
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 22. Tipo de los nacidos bajo Escorpio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28. — Sistema de los magos; encantamientos de demonios; ritos mágicos secretos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Exhibición de distintos huevos
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 34. La ilusión de las cartas selladas; objeto de detallar estas prestidigitaciones
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 38. Aparición ilusoria de las estrellas
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 44. Teoría egipcia de la naturaleza; sus amuletos
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 48
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 49. Símbolo de la criatura; y del espíritu; y de los diferentes órdenes de animales
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minLibro V
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 11 minCapítulo 2
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 3
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 3
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 4
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 5. Explicación del sistema de los Naasenos tomada de uno de sus himnos
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sistema de los peratas explicado a partir de uno de sus propios libros
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 12. Exposición compendiosa de las doctrinas de los peratas
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 15
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 16
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 17. Las doctrinas setitas que han de aprenderse de la «Paráfrasis de Set»
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 21
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 22. Juramento empleado por los herejes justinianos; el libro de Baruc; el repertorio de su sistema
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 4
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 7. El sistema de Simón de una emanación triple por pares
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 10. Explicación que da Simón de los dos primeros libros de Moisés
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 13. Su doctrina de la emanación ulteriormente expandida
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 15
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. La dualidad de sustancias de Pitágoras; sus «Categorías»
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las «Sentencias» de Pitágoras
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. La doctrina de la díada puesta como fundamento del sistema de emanación de los Eones de Valentín
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 27. Explicación de Valentín sobre la existencia de Jesús; el poder de Jesús sobre la humanidad
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 5 minCapítulo 30
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 32. Valentín convicto de plagios tomados de Platón
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 34. Sistema de Marcos; un mero impostor; sus perversos artificios con la copa eucarística
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 37
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 39. La Tétrada exhibe «la Verdad.»
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 43. Las letras, símbolos de los cielos
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 47
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 49. La obra del Demiurgo es perecedera
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 6 minLibro VII
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 6. La sustancia, según Aristóteles; los predicados
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Basílides e Isidoro alegan sanción apostólica para sus sistemas; en realidad siguen a Aristóteles
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 11. El «Gran Arconte» de Basílides
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 13. Explicación ulterior de la «Filiación.»
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 15
    61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 16. El sistema de Saturnino
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 18. Fuente del marcionismo; Empédocles reafirmado como el sugeridor de la herejía
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 19. La herejía de Prepón; sigue a Empédocles; Marción rechaza la generación del Salvador
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 21. El sistema de Cerinto acerca de Cristo
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 9 minLibro VIII
    66. Sesión 66 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 4. Doctrina docética derivada de los sofistas griegos
    68. Sesión 68 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 8
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 2 minCapítulo 13. Las doctrinas de los encratitas
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro IX
    71. Sesión 71 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 5
    72. Sesión 72 · Parte 11 · ≈ 14 minCapítulo 6
    73. Sesión 73 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 8. Secta de los Elchasaitas; Oposición de Hipólito a Ella
    74. Sesión 74 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 11. Preceptos de Elchasai
    75. Sesión 75 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 15. Los Principios de los Esenios Continuados
    76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 19. Las doctrinas de los esenios (continuación)
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 23. Otra secta de los esenios: los fariseos
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 2 minCapítulo 26. Conclusión de la obra explicada
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 6 minLibro X
    80. Sesión 80 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 4. Resumen de las opiniones de los filósofos (continuación)
    81. Sesión 81 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 8. Simón Mago
    82. Sesión 82 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 11. Justino
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 14. Tatiano
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. Los Frigios o Montanistas. Continuación
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 11 minCapítulo 27. Cronología judía. Continuación
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 30. Alocución final del autor

    Libro IV

    Capítulo 1. Sistema de los astrólogos; influencia sideral; configuración de las estrellas

    IV, 1

    Pero en cada signo zodiacal llaman límites de los astros a aquellos en los que cada uno de los astros, de cualquier cuadrante a otro, puede ejercer la mayor cantidad de influencia; acerca de lo cual no hay entre ellos, según sus escritos, una mera divergencia casual de opinión. Pero dicen que los astros están asistidos como por satélites cuando se hallan en medio de otros astros, en continuidad con los signos del Zodíaco; como si, cuando un astro particular hubiere ocupado las primeras porciones del mismo signo del Zodíaco, y otro las últimas, y otro las porciones del medio, aquel que está en el medio se dice que es custodiado por los que ocupan las porciones de los extremos. Y se dice que se miran mutuamente, y que están en conjunción unos con otros, como si aparecieran en figura triangular o cuadrangular. Asumen, por tanto, la figura de un triángulo, y se miran mutuamente, aquellos que tienen una distancia intermedia que se extiende por tres signos zodiacales; y asumen la figura de un cuadrado aquellos que tienen un intervalo que se extiende por dos signos. Pero así como las partes subyacentes simpatizan con la cabeza, y la cabeza con las partes subyacentes, así también las cosas terrestres con los objetos superlunares. Pero hay entre estas una cierta diferencia y falta de simpatía, de modo que no implican uno y el mismo punto de conjunción.

    Capítulo 2. Doctrinas acerca de los Eones; la astrología caldea; herejía derivable de ella

    IV, 2

    Empleando estas (como analogías), Éufrates el Perático, y Acembes el Caristio, y el resto de la multitud de estos (especuladores), imponiendo nombres distintos de la doctrina de la verdad, hablan de una sedición de Eones, y de una revuelta de las potencias buenas hacia las malas, y de la concordia de los Eones buenos con los malvados, llamándolos Toparcas y Proastios, y muchísimos otros nombres. Pero la totalidad de esta herejía, tal como ellos la intentan, la explicaré y refutaré cuando lleguemos a tratar el asunto de estos (Eones). Pero ahora, para que nadie suponga que las opiniones propuestas por los caldeos respecto de la doctrina astrológica son dignas de confianza y seguras, no vacilaremos en ofrecer una breve refutación de las mismas, estableciendo que el arte fútil está calculado tanto para engañar y cegar al alma que se entrega a vanas expectativas, como para no aprovecharla. Y defendemos nuestro caso contra estos, no según experiencia alguna del arte, sino a partir de un conocimiento fundado en principios prácticos. Quienes han cultivado el arte, haciéndose discípulos de los caldeos, y comunicando misterios como si fueran extraños y asombrosos para los hombres, habiendo cambiado (meramente) los nombres, han urdido de esta fuente su herejía. Pero ya que, estimando el arte astrológico como potente, y valiéndose de los testimonios aducidos por sus patronos, desean ganar crédito para sus propias conclusiones intentadas, probaremos por el momento, como ha parecido conveniente, que el arte astrológico es insostenible, como nuestra intención es luego invalidar también el sistema perático, como rama que crece de una raíz inestable.

    Capítulo 3

    El horóscopo, fundamento de la astrología; imposibilidad de descubrir el horóscopo; por tanto, futilidad del arte caldeo

    IV, 3

    El principio originante y, por así decirlo, fundamento de todo el arte, es fijar el horóscopo. Pues de este se derivan los restantes puntos cardinales, así como las declinaciones y ascensiones, los triángulos y cuadrados, y las configuraciones de las estrellas de conformidad con estos; y de todos estos se toman las predicciones. Por lo cual, si se suprime el horóscopo, se sigue necesariamente que ni siquiera se reconoce objeto celeste alguno en el meridiano, ni en el horizonte, ni en el punto del cielo opuesto al meridiano; y si estos no se comprenden, todo el sistema de los caldeos se desvanece junto con ellos. Pero que el signo del horóscopo es para ellos imposible de descubrir, podemos mostrarlo con variedad de argumentos. Pues para que este (horóscopo) pueda hallarse, se requiere primero que el (momento del) nacimiento de la persona sometida a examen esté firmemente fijado; segundo, que el horóscopo que ha de significarlo sea infalible; y tercero, que la ascensión del signo zodiacal se observe con exactitud. Porque desde (el momento) del nacimiento debe vigilarse de cerca la ascensión del signo zodiacal que se levanta en el cielo, puesto que los caldeos, determinando (a partir de esto) el horóscopo, forman la configuración de las estrellas conforme a la ascensión (del signo); y a esto lo llaman disposición, conforme a la cual urden sus predicciones. Pero ni es posible tomar el nacimiento de las personas sometidas a consideración, como explicaré, ni es infalible el horóscopo, ni se aprehende con exactitud el signo zodiacal naciente.
    Cómo es, pues, que el sistema de los caldeos es inestable, declarémoslo ahora. Habiéndolo, pues, señalado previamente para investigación, deducen el nacimiento de las personas sometidas a consideración, sin duda, del depósito de la semilla, y de la concepción o del parto. Y si se intenta tomar (el horóscopo) de la concepción, la cuenta exacta de esto es incomprensible, porque el tiempo (empleado) pasa velozmente, y naturalmente es así. Pues no podemos decir si la concepción tiene lugar en el momento de la transferencia de la semilla o no. Porque esto puede suceder tan rápido como el pensamiento, al igual que la levadura, cuando se echa en tinajas calientes, se reduce inmediatamente a un estado glutinoso. Pero la concepción puede también tener lugar tras un lapso de tiempo. Pues habiendo un intervalo desde la boca de la matriz hasta el orificio, donde los médicos dicen que ocurren las concepciones, es enteramente propio de la naturaleza de la semilla depositada emplear algún tiempo en recorrer este intervalo. Los caldeos, por tanto, ignorando con precisión la cantidad de duración, jamás comprenderán el (momento de) la concepción; porque la semilla en un momento es inyectada en línea recta, y cae en un punto sobre las partes mismas de la matriz bien dispuestas para la concepción, y en otro momento cae en ella dispersamente, y es recogida en un solo lugar por las energías uterinas. Ahora bien, mientras estas cosas son desconocidas —a saber, cuándo tiene lugar lo primero, y cuándo lo segundo, y cuánto tiempo se emplea en aquella concepción particular, y cuánto en esta—; mientras, digo, prevalece la ignorancia de estos puntos por parte de estos (astrólogos), queda fuera de cuestión una comprensión exacta de la concepción. Y si, como han afirmado algunos filósofos naturales, la semilla, permaneciendo primero quieta y experimentando alteración en la matriz, entra luego en los vasos sanguíneos abiertos (de la matriz), como las semillas de la tierra se hunden en el suelo; de esto se seguirá que quienes no conocen la cantidad de tiempo empleada por el cambio tampoco estarán al tanto del momento preciso de la concepción. Y, además, así como las mujeres difieren unas de otras en las demás partes del cuerpo, tanto en cuanto a energía como en otros respectos, así también (es razonable suponer que difieren unas de otras) en cuanto a la energía de la matriz, concibiendo unas más pronto, y otras más lentamente. Y esto no es extraño, puesto que también las mujeres, comparadas consigo mismas, se observa a veces que tienen una fuerte disposición hacia la concepción, pero a veces ninguna tendencia tal. Y siendo esto así, es imposible decir con exactitud cuándo la semilla depositada se coagula, para que desde ese momento los caldeos puedan fijar el horóscopo del nacimiento.

    Capítulo 4. Imposibilidad de fijar el horóscopo; fracaso de un intento de hacerlo en el momento del nacimiento

    IV, 4

    Por esta razón es imposible fijar el horóscopo desde el (período de la) concepción. Pero tampoco puede hacerse esto desde el (período del) nacimiento. Pues, en primer lugar, existe la dificultad de cuándo puede declararse que hay un nacimiento; si es cuando el feto comienza a inclinarse hacia el orificio, o cuando asoma un poco, o cuando es llevado al suelo. Y en ninguno de estos casos es posible comprender el momento preciso del parto, ni definir el tiempo. Pues también a causa de la disposición del alma, y a causa de la aptitud del cuerpo, y a causa de la elección de las partes, y a causa de la experiencia de la partera, y de otras infinitas causas, no es el mismo el tiempo en que el feto se inclina hacia el orificio, cuando se rompen las membranas, o cuando asoma un poco, o es depositado en el suelo; sino que el período es distinto en el caso de distintos individuos. Y cuando los caldeos no son capaces de calcular esto con definición y exactitud, fracasarán, como es debido, en determinar el período de la salida.
    Que los caldeos, pues, profesan conocer el horóscopo en los momentos del nacimiento, pero en realidad no lo conocen, es evidente por estas consideraciones. Pero que tampoco su horóscopo es infalible, es fácil concluirlo. Pues cuando alegan que la persona sentada junto a la mujer en trance de parto en el momento del alumbramiento da, golpeando un aro metálico, una señal al caldeo, que desde un lugar elevado contempla las estrellas, y este, mirando hacia el cielo, anota el signo zodiacal que asciende; en primer lugar, les probaremos que, cuando el parto sucede de modo indefinido, como hemos mostrado poco antes, tampoco es fácil significar este (nacimiento) golpeando el aro metálico. Sin embargo, concédase que el nacimiento es comprensible; aun así, tampoco es posible significarlo en el tiempo exacto; porque así como el ruido de la placa metálica es susceptible de dividirse en un tiempo más largo y prolongado, en lo que respecta a la percepción, sucede que el sonido es llevado a la altura (con demora proporcional). Y la siguiente prueba puede observarse en el caso de quienes talan madera a distancia. Pues durante un tiempo suficientemente largo después del descenso del hacha se oye el sonido del golpe, de modo que tarda más tiempo en llegar al oyente. Y por esta razón, por tanto, no es posible que los caldeos tomen con exactitud el tiempo del signo zodiacal ascendente, y, en consecuencia, el tiempo en que uno puede hacer el horóscopo con verdad. Y no solo parece transcurrir más tiempo después del parto, cuando el que está sentado junto a la parturienta golpea la placa metálica, y después de que el sonido llega al oyente, es decir, a la persona que ha subido al lugar elevado; sino también, mientras este va dirigiendo la mirada y mirando para cerciorarse en cuál de los signos zodiacales se halla la luna, y en cuál aparece cada una de las demás estrellas, se sigue necesariamente que hay una posición distinta respecto de las estrellas, arrebatándolas el movimiento del polo con velocidad incalculable, antes de que lo que se ve en los cielos se ajuste con cuidado al momento en que nace la persona.

    Capítulo 5

    Otro método de fijar el horóscopo al nacer; igualmente fútil; uso de la clepsidra en astrología; no se verifican las predicciones de los caldeos

    IV, 5

    De este modo, se mostrará que el arte practicado por los caldeos es inestable. Si alguno, sin embargo, alega que, mediante preguntas hechas a quien consulta a los caldeos, puede averiguarse el nacimiento, ni siquiera por este plan es posible llegar al período preciso. Pues si, suponiendo que esté registrada alguna atención tal por parte de ellos con respecto a su arte, ni siquiera estos alcanzan —como hemos probado— exactitud alguna, ¿cómo, preguntamos, puede un individuo no sofisticado comprender con precisión el tiempo del parto, a fin de que el caldeo, adquiriendo de esta persona la información requerida, pueda fijar correctamente el horóscopo? Pero tampoco por la apariencia del horizonte parecerá la estrella naciente la misma en todas partes; sino que en un lugar se supondrá que su declinación es el horóscopo, y en otro se pensará que la ascensión es el horóscopo, según como los lugares se presenten a la vista, siendo más bajos o más altos. Por lo cual, también desde este lado no aparecerá una predicción exacta, puesto que muchos pueden nacer por todo el mundo a la misma hora, observando cada uno las estrellas desde una dirección distinta.
    Pero la supuesta comprensión (del período del parto) por medio de clepsidras es igualmente fútil. Pues el contenido de la tinaja no saldrá en el mismo tiempo cuando está llena que cuando está medio vacía; sin embargo, según su propio relato, el polo mismo por un solo impulso es arrebatado con velocidad uniforme. Si, empero, esquivando el argumento, afirmaran que no toman el tiempo con precisión, sino tal como acontece en una latitud particular, serán refutados casi por las propias influencias siderales. Pues quienes han nacido al mismo tiempo no pasan la misma vida, sino que algunos, por ejemplo, han sido hechos reyes, y otros han envejecido entre cadenas. No ha nacido ninguno igual, en todo caso, a Alejandro el Macedonio, aunque muchos fueron traídos al mundo junto con él por toda la tierra; (y) ninguno igual al filósofo Platón. Por lo cual, el caldeo, examinando el tiempo del nacimiento en una latitud particular, no podrá decir con exactitud si una persona nacida en este tiempo será próspera. Muchos, a mi parecer, nacidos en este tiempo, han sido desdichados, de modo que la semejanza según las disposiciones es fútil.
    Habiendo, pues, refutado con distintas razones y variados métodos el modo ineficaz de examen adoptado por los caldeos, tampoco omitiremos esto, a saber, mostrar que sus predicciones vendrán a parar en dificultades inexplicables. Pues si, como afirman los matemáticos, es necesario que quien nace bajo la punta de la flecha de Sagitario tenga una muerte violenta, ¿cómo fue que tantas miríadas de los bárbaros que lucharon contra los griegos en Maratón o Salamina fueran degollados simultáneamente? Pues, sin duda, no hubo el mismo horóscopo en el caso, al menos, de todos ellos. Y, de nuevo, se dice que quien nace bajo la urna de Acuario sufrirá naufragio: (pero) ¿cómo es que tantos de los griegos que regresaron de Troya fueron abrumados en el abismo alrededor de las escarpadas costas de Eubea? Pues es increíble que todos, distantes entre sí por un largo intervalo de duración, hayan nacido bajo la urna de Acuario. Pues no es razonable decir que, con frecuencia, por uno cuyo destino era ser destruido en el mar, todos los que con él estaban en la misma nave deban perecer. Pues ¿por qué habría el hado de este hombre de subyugar los (destinos) de todos? Y más aún, ¿por qué, a causa de uno a quien estaba asignado morir en tierra, no habrían de salvarse todos?

    Capítulo 6. Influencia zodiacal; origen de los nombres siderales

    IV, 6

    Pero puesto que también urden un relato acerca de la acción de los signos zodiacales, a los cuales dicen que se asimilan las criaturas procreadas, tampoco omitiremos esto: como, por ejemplo, que quien nace en Leo será valiente; y que quien nace en Virgo tendrá cabello largo y lacio, será de tez clara, sin hijos, modesto. Estas afirmaciones, sin embargo, y otras semejantes a ellas, son más dignas de risa que de consideración seria. Pues, según ellos, es posible que ningún etíope nazca en Virgo; de lo contrario, habría de admitir que tal persona es blanca, de cabello largo y lacio y lo demás. Pero yo soy más bien de la opinión de que los antiguos impusieron los nombres de animales conocidos a ciertas estrellas determinadas, con el fin de conocerlas mejor, no por semejanza alguna de naturaleza; pues ¿qué tienen las siete estrellas, distantes unas de otras, en común con una osa, o las cinco estrellas con la cabeza de un dragón?— acerca de lo cual dice Arato:—
    Mas dos sus sienes, y dos sus ojos, y una por debajo
    Alcanza el fin de la ley del monstruo enorme.

    Capítulo 7. Absurdidad práctica del arte caldaico; desarrollo del arte

    IV, 7

    De esta manera también, que estos puntos no merecen tanto trabajo, resulta evidente a quienes prefieren pensar rectamente y no atienden a la altisonancia de los caldeos, los cuales hunden a los monarcas en total oscuridad, perfeccionando en ellos la cobardía, e incitan a simples particulares a atreverse a grandes hazañas. Mas si alguno, entregándose al mal, incurre en delito, el que así ha sido engañado no se convierte en maestro para todos aquellos a quienes los caldeos están inclinados a extraviar con sus errores. Lejos de ello, estos astrólogos impulsan las mentes de sus víctimas engañadas, como ellos querrían, a una perturbación sin fin, cuando afirman que una configuración de las mismas estrellas no podría volver a una posición semejante, sino por la renovación del Gran Año, a través de un espacio de siete mil setecientos setenta y siete años. ¿Cómo, entonces, pregunto, podrá la observación humana de un solo nacimiento armonizar con tantas edades; y esto no una vez, sino muchas, cuando una destrucción del mundo, como algunos han afirmado, interrumpiría el curso de este Gran Año; o una convulsión terrestre, aunque parcial, quebraría por completo la continuidad de la tradición histórica? El arte caldaica debe ser refutada necesariamente con un mayor número de argumentos, aunque la hemos estado trayendo a la memoria de nuestros lectores por causa de otras circunstancias, no particularmente por causa del arte misma.
    Puesto que, sin embargo, hemos decidido no omitir ninguna de las opiniones adelantadas por los filósofos gentiles, a causa de la notoria pícarería de los herejes, veamos qué dicen también aquellos que han intentado proponer doctrinas acerca de las magnitudes; los cuales, observando el trabajo infructuoso de la mayoría de los especuladores, donde cada uno, de manera distinta, acuñó sus propias falsedades y alcanzó celebridad, se han atrevido a hacer alguna afirmación más grande, a fin de ser en gran manera ensalzados por quienes poderosamente ensalzan sus despreciables mentiras. Estos suponen la existencia de círculos, y medidas, y triángulos, y cuadrados, tanto en doble como en triple disposición. Su argumentación, empero, respecto de esta materia, es extensa; mas no es necesaria en referencia al asunto que hemos tomado entre manos.

    Capítulo 8

    Prodigios de los astrólogos; sistema de los astrónomos; doctrina caldea de los círculos; distancias de los cuerpos celestes

    IV, 8

    Juzgo, pues, suficiente declarar los prodigios detallados por estos hombres. Por lo cual, sirviéndome de relatos condensados de lo que afirman, volveré mi atención a los demás puntos que quedan por considerar. Ahora bien, hacen las siguientes afirmaciones. El Creador comunicó poder preeminente al movimiento orbital del círculo idéntico y semejante, pues permitió que la revolución de este fuera una e indivisible; pero después de dividirlo internamente en seis partes, y habiendo formado así siete círculos desiguales, según cada intervalo de una dimensión doble y triple, mandó, puesto que había tres de cada clase, que los círculos recorrieran órbitas contrarias unos a otros; tres, en efecto, de entre el conjunto de siete, son arrastrados con velocidad igual, y cuatro de ellos con una rapidez desemejante entre sí y respecto de los tres restantes, aunque todos según un principio definido. Pues afirma que la maestría fue comunicada al movimiento orbital de ese mismo círculo, no solo porque abraza el movimiento de los otros, es decir, de los astros errantes, sino porque posee también tan gran maestría, esto es, tan gran poder, que incluso conduce en derredor, consigo mismo, por una fuerza peculiar suya, a aquellos cuerpos celestes— es decir, a los astros errantes— que son arrastrados en direcciones contrarias, de occidente a oriente y, de la misma manera, de oriente a occidente.
    Y afirma que este movimiento fue hecho uno e indivisible, en primer lugar, en cuanto que las revoluciones de todas las estrellas fijas se cumplían en períodos iguales de tiempo, y no se distinguían según mayores o menores porciones de duración. En segundo lugar, todas presentan la misma fase que corresponde al movimiento más externo; mientras que los astros errantes han sido distribuidas en períodos mayores y variables para la realización de sus movimientos, y en distancias desiguales respecto de la tierra. Y afirma que el movimiento en seis partes de lo otro ha sido distribuido probablemente en siete círculos. Pues cuantas son las secciones de cada círculo— aludo a las monadas de las secciones— se convierten en segmentos; por ejemplo, si la división se hace por una sección, habrá dos segmentos; si por dos, tres segmentos; y así, si algo se corta en seis partes, habrá siete segmentos. Y dice que las distancias de estos están alternativamente dispuestas tanto en orden doble como triple, habiendo tres de cada uno— principio que, ha intentado probar, vale asimismo para la composición del alma, en cuanto depende de los siete números. Pues entre ellos hay desde la monada tres números dobles, a saber, 2, 4, 8, y tres triples, a saber, 3, 9, 27. Mas el diámetro de la Tierra es de 80, 108 estadios; y el perímetro de la Tierra, de 250, 543 estadios; y la distancia también desde la superficie de la Tierra hasta el círculo lunar, Aristarco el Samio la computa en 8, 000, 178 estadios, pero Apolonio en 5, 000, 000, mientras que Arquímedes la computa en 5, 544, 1300. Y desde el círculo lunar hasta el solar, según esta última autoridad, hay 50, 262, 065 estadios; y desde este hasta el círculo de Venus, 20, 272, 065 estadios; y desde este hasta el círculo de Mercurio, 50, 817, 165 estadios; y desde este hasta el círculo de Marte, 40, 541, 108 estadios; y desde este hasta el círculo de Júpiter, 20, 275, 065 estadios; y desde este hasta el círculo de Saturno, 40, 372, 065 estadios; y desde este hasta el Zodíaco y la periferia más lejana, 20, 082, 005 estadios.

    Capítulo 9. Otros cálculos astronómicos

    IV, 9

    Las distancias mutuas de los círculos y de las esferas, y las profundidades, son dadas por Arquímedes. Él toma el perímetro del Zodíaco en 447, 310, 000 estadios; de suerte que se sigue que una línea recta desde el centro de la Tierra hasta la superficie más exterior sería la sexta parte del número antedicho, y que la línea desde la superficie de la Tierra sobre la cual caminamos hasta el Zodíaco sería la sexta parte del número antedicho, menos cuatro miríadas de estadios, que es la distancia desde el centro de la Tierra hasta su superficie. Y desde el círculo de Saturno hasta la Tierra, dice que la distancia es de 2, 226, 912, 711 estadios; y desde el círculo de Júpiter hasta la Tierra, 502, 770, 646 estadios; y desde el círculo de Marte hasta la Tierra, 132, 418, 581. Desde el Sol hasta la Tierra, 121, 604, 454; y desde Mercurio hasta la Tierra, 526, 882, 259; y desde Venus hasta la Tierra, 50, 815, 160.

    Capítulo 10. Teoría del movimiento y de la distancia estelares en conformidad con la armonía

    IV, 10

    Acerca de la Luna, sin embargo, ya se ha hecho antes una declaración. Las distancias y profundidades de las esferas las da así Arquímedes; pero una declaración diferente acerca de ellas ha sido hecha por Hiparco; y otra distinta aún por Apolonio el matemático. Nos basta, empero, siguiendo la opinión platónica, suponer distancias dobles y triples de unos a otros de los astros errantes; pues así se conserva la doctrina de la composición del universo a partir de la armonía, según principios concordantes en conformidad con estas distancias. Los números, empero, aducidos por Arquímedes, y las cuentas dadas por los demás acerca de las distancias, si no se hallan según principios de sinfonía— esto es, las distancias dobles y triples de que habla Platón—, sino que se descubren independientes de las armonías, no conservarían la doctrina de la formación del universo según armonía. Pues no es ni creíble ni posible que las distancias de estos sean a la vez contrarias a algún plan razonable e independientes de principios armónicos y proporcionales, salvo acaso solamente la Luna, a causa de sus menguantes y de la sombra de la Tierra, en cuanto también a la distancia de la cual sola— es decir, la del astro lunar respecto de la tierra— se puede confiar en Arquímedes. Será, sin embargo, fácil para quienes, según el dogma platónico mismo, adopten esta distancia comprender por cálculo numérico los intervalos según lo doble y lo triple, como Platón requiere, y las restantes distancias. Si, pues, según Arquímedes, la Luna dista de la superficie de la Tierra 5, 544, 130 estadios, aumentando estos números al doble y al triple, será fácil hallar también las distancias de los restantes, como si se sustrajera una parte del número de estadios en que la Luna dista de la Tierra.
    Mas, puesto que los demás números— los alegados por Arquímedes acerca de la distancia de los astros errantes— no se fundan en principios de concordia, es fácil comprender— es decir, para quienes atienden al asunto— cómo los números se relacionan mutuamente y en qué principios se apoyan. Que, sin embargo, no estén en armonía y sinfonía— me refiero a los que son partes del mundo que consiste según armonía— eso es imposible. Puesto que, por tanto, el primer número en que la Luna dista de la tierra es 5, 544, 130, el segundo número en que el Sol dista de la Luna, siendo 50, 272, 065, subsiste por un cómputo mayor que el nónuplo. Pero el número superior en referencia a este, siendo 20, 272, 065, está comprendido en un cómputo mayor que la mitad. El número, empero, superior a este, que es 50, 817, 165, está contenido en un cómputo mayor que la mitad. Mas el número superior a este, que es 40, 541, 108, está contenido en un cómputo menor que dos quintos. Pero el número superior a este, que es 20, 275, 065, está contenido en un cómputo mayor que la mitad. El número final, empero, que es 40, 372, 065, está comprendido en un cómputo menor que el doble.

    Capítulo 11. Teoría del tamaño de los cuerpos celestes en conformidad con las armonías numéricas

    IV, 11

    Estas relaciones numéricas, por tanto, la mayor que el nónuplo, y menor que la mitad, y mayor que el doble, y menor que dos quintos, y mayor que la mitad, y menor que el doble, están más allá de todas las sinfonías, de las cuales no podría producirse sistema alguno proporcionado o armónico. Mas el mundo entero, y las partes de él, están en todos los respectos semejantemente formados en conformidad con la proporción y la armonía. Las relaciones proporcionadas y armónicas, empero, se conservan— como antes hemos dicho— por intervalos dobles y triples. Si, por tanto, consideramos fiable a Arquímedes en el caso de solo la primera distancia, la que va de la Luna a la Tierra, es fácil también hallar las restantes, multiplicándolas por el doble y el triple. Sea, pues, la distancia, según Arquímedes, de la Tierra a la Luna de 5, 544, 130 estadios; habrá, por tanto, el doble de este número de estadios en que el Sol dista de la Luna, a saber, 11, 088, 260. Mas el Sol dista de la Tierra 16, 632, 390 estadios; y Venus dista asimismo del Sol 16, 632, 390 estadios, pero de la Tierra 33, 264, 780 estadios; y Mercurio dista de Venus 22, 176, 520 estadios, pero de la Tierra 55, 441, 300 estadios; y Marte dista de Mercurio 49, 897, 170 estadios, y de la Tierra 105, 338, 470 estadios; y Júpiter dista de Marte 44, 353, 040 estadios, pero de la Tierra 149, 691, 510 estadios; Saturno dista de Júpiter 149, 691, 510 estadios, pero de la Tierra 299, 383, 020 estadios.

    Capítulo 12. Derroche de energía mental en los sistemas de los astrólogos

    IV, 12

    ¿Quién no sentirá asombro ante el esfuerzo de tan profundo pensamiento con tanto trabajo? Este Ptolomeo, empero— cuidadoso investigador de estas materias— no me parece inútil; mas solo esto apena, que, habiendo nacido recientemente, no pudo ser de servicio a los hijos de los gigantes, quienes, ignorando estas medidas y suponiendo que las alturas del cielo estaban cercanas, se esforzaron en vano por construir una torre. Y así, si en aquel tiempo él hubiera estado presente para explicarles estas medidas, no habrían hecho inútilmente el atrevido intento. Mas si alguno profesa no tener confianza en estos cálculos del astrónomo, sea persuadido midiendo por sí mismo; pues respecto de los incrédulos sobre el punto, no se puede tener una prueba más manifiesta que esta. ¡Oh soberbia del alma que se afana en vano, y creencia increíble, que Ptolomeo sea considerado eminentemente sabio entre quienes han cultivado sabiduría semejante!

    Capítulo 13. Mención del hereje Colarbaso; alianza entre la herejía y la filosofía pitagórica

    IV, 13

    Algunos, adhiriéndose en parte a estas cosas, como si hubieran propuesto grandes conclusiones y cosas supuestas dignas de razón, han fraguado herejías enormes e interminables; y una de ellas es Colarbaso, quien intenta explicar la religión por medidas y números. Y hay otros que obran de igual manera, cuyas doctrinas explicaremos cuando comencemos a hablar de lo que concierne a quienes prestan oído al cálculo pitagórico como posible; y profiriendo vanas profecías, asumen apresuradamente como segura la filosofía por números y elementos. Ahora bien, ciertos especuladores, apropiándose raciocinios semejantes de estos, engañan a individuos no sofisticados, alegando estar dotados de previsión; a veces, después de proferir muchas predicciones, aciertan en un solo cumplimiento, y no se avergüenzan por los muchos fracasos, sino que hacen su gloria en ese único. Tampoco pasaré por alto la filosofía insensata de estos hombres; antes, después de explicarla, probaré que quienes intentan formar un sistema de religión a partir de estos elementos antedichos, son discípulos de una escuela débil y llena de pícarería.

    Capítulo 14

    Sistema de los aritméticos; predicciones mediante cálculos; raíces numéricas; transferencia de estas doctrinas a las letras; ejemplos en nombres particulares; diferentes métodos de cálculo; la presciencia posible por estos

    IV, 14

    Aquellos, pues, que suponen que profetizan por medio de cálculos y números, y elementos y nombres, constituyen el origen de su intentado sistema del modo siguiente. Afirman que hay una raíz de cada uno de los números; en el caso de los millares, tantas monadas cuantos millares hay: por ejemplo, la raíz de seis mil, seis monadas; de siete mil, siete monadas; de ocho mil, ocho monadas; y en el caso de los demás, de igual modo, según la misma proporción. Y en el caso de las centenas, cuantas centenas hay, tantas monadas son la raíz de ellas: por ejemplo, de setecientas hay siete centenas; la raíz de estas es siete monadas; de seiscientas, seis centenas; la raíz de estas, seis monadas. Y es semejante respecto de las decenas: pues de ochenta, la raíz es ocho monadas; y de sesenta, seis monadas; de cuarenta, cuatro monadas; de diez, una monada. Y en el caso de las monadas, las monadas mismas son una raíz: por ejemplo, de nueve, nueve; de ocho, ocho; de siete, siete. De esta manera, también, debemos por tanto obrar en el caso de los elementos de las palabras, pues cada letra ha sido dispuesta según un cierto número: por ejemplo, la letra n según cincuenta monadas; pero de cincuenta monadas, cinco es la raíz, y la raíz de la letra n es, por tanto, cinco. Concédase que de algún nombre tomamos ciertas raíces de él. Por ejemplo, del nombre Agamenón, hay de la a, una monada; y de la g, tres monadas; y de la otra a, una monada; de la m, cuatro monadas; de la e, cinco monadas; de la m, cuatro monadas; de la n, cinco monadas; de la o (larga), ocho monadas; de la n, cinco monadas; las cuales, reunidas en una sola serie, serán 1, 3, 1, 4, 5, 4, 5, 8, 5; y estas sumadas hacen 36 monadas. De nuevo, toman las raíces de estas, y se convierten en tres en el caso del número treinta, pero realmente en seis en el caso del número seis. El tres y el seis, pues, sumados, constituyen nueve; mas la raíz de nueve es nueve: por tanto, el nombre Agamenón termina en la raíz nueve.
    Hagamos lo mismo con otro nombre, Héctor. El nombre (H)ector tiene cinco letras: la e, la k, la t, la o y la r. Las raíces de estas son 5, 2, 3, 8, 1; y estas sumadas hacen 19 monadas. De nuevo, del diez la raíz es uno; y del nueve, nueve; las cuales sumadas hacen diez: la raíz de diez es una monada. El nombre Héctor, por tanto, cuando se le somete a cómputo, ha formado una raíz, a saber, una monada. Sería, empero, más fácil conducir el cálculo así: divide las raíces averiguadas de las letras— como ahora en el caso del nombre Héctor hemos hallado diecinueve monadas— por nueve, y trata lo que resta como raíces. Por ejemplo, si divido 19 entre 9, el resto es 1, pues 9 veces 2 son 18, y queda una monada: pues si resto 18 de 19, queda una monada; de modo que la raíz del nombre Héctor será una monada. De nuevo, del nombre Patroclo estos números son raíces: 8, 1, 3, 1, 7, 2, 3, 7, 2; sumados, hacen 34 monadas. Y de estas el resto es 7 monadas: de las 30, 3; y de las 4, 4. Siete monadas, por tanto, son la raíz del nombre Patroclo.
    Aquellos, pues, que conducen sus cálculos según la regla del número nueve, toman la novena parte del número agregado de raíces, y definen lo que queda como la suma de las raíces. Ellos, por otra parte, que conducen sus cálculos según la regla del número siete, toman la séptima parte del número agregado de raíces; por ejemplo, en el caso del nombre Patroclo, el agregado en materia de raíces es de 34 monadas. Esto, dividido en siete partes, hace cuatro, las cuales, multiplicadas entre sí, son 28. Quedan seis monadas; de suerte que el que usa este método dice, según la regla del número siete, que seis monadas son la raíz del nombre Patroclo. Si, empero, fuese 43, seis tomado siete veces, dice, son 42, pues siete veces seis son 42, y uno es el resto. Una monada, por tanto, es la raíz del número 43, según la regla del número siete. Mas uno debe observar si el número supuesto, al dividirse, no tiene resto; por ejemplo, si de algún nombre, después de haber sumado las raíces, hallo, por poner un caso, 36 monadas. Pero el número 36 dividido entre nueve hace exactamente 4 enéadas; pues nueve veces 4 son 36, y nada sobra. Resulta evidente, pues, que la raíz real es 9. Y de nuevo, dividiendo el número cuarenta y cinco, hallamos nueve y nada sobra— pues nueve veces cinco son cuarenta y cinco, y nada queda; por lo cual, en el caso de tales, afirman que la raíz misma es nueve. Y en cuanto al número siete, el caso es semejante: si, por ejemplo, dividimos 28 entre 7, nada nos sobra; pues siete veces cuatro son 28, y nada queda; por lo cual dicen que siete es la raíz. Mas cuando uno computa nombres, y halla la misma letra que ocurre dos veces, la calcula una sola vez; por ejemplo, el nombre Patroclo tiene la pa dos veces, y la o dos veces: por tanto, calculan la a una vez y la o una vez. Según esto, pues, las raíces serán 8, 1, 3, 1, 7, 2, 3, 2, y sumadas hacen 27 monadas; y la raíz del nombre será, según la regla del número nueve, nueve mismo, pero según la regla del número siete, seis.
    De la misma manera, el nombre Sarpedón, cuando se le somete a cálculo, produce como raíz, según la regla del número nueve, dos monadas. Patroclo, empero, produce nueve monadas; Patroclo obtiene la victoria. Pues cuando un número es impar, pero el otro par, el número impar, si es mayor, prevalece. Mas de nuevo, cuando hay un número par, ocho, y cinco un número impar, el ocho prevalece, pues es mayor. Si, empero, hubiera dos números, por ejemplo, ambos pares o ambos impares, el menor prevalece. Pero ¿cómo el nombre Sarpedón, según la regla del número nueve, hace dos monadas, puesto que la letra o (larga) se omite? Pues cuando puede haber en un nombre la letra o (larga) y la e (larga), dejan fuera la o (larga), usando una sola letra, porque dicen que ambas son equipolentes; y lo mismo no debe computarse dos veces, como ya se ha declarado arriba. De nuevo, el nombre Áyax hace cuatro monadas; mas el nombre Héctor, según la regla del número nueve, hace una monada. Y la tetrada es par, mientras que la monada es impar. Y en el caso de tales, decimos, prevalece el mayor— Áyax obtiene la victoria. De nuevo, Alejandro y Menelao pueden aducirse como ejemplos. Alejandro tiene un nombre propio, Paris. Pero Paris, según la regla del número nueve, hace cuatro monadas; y Menelao, según la regla del número nueve, hace nueve monadas. Los nueve, empero, vencen a las cuatro monadas: pues se ha declarado que, cuando un número es impar y el otro par, prevalece el mayor; mas cuando ambos son pares o ambos impares, prevalece el menor. De nuevo, Amico y Polideuces pueden aducirse como ejemplos. Amico, según la regla del número nueve, hace dos monadas, y Polideuces, empero, siete: Polideuces obtiene la victoria. Áyax y Odiseo contendieron en los juegos fúnebres. Áyax, según la regla del número nueve, hace cuatro monadas; Odiseo, según la regla del número nueve, hace ocho. ¿No hay, pues, ningún nombre anexo, y no hay un nombre propio para Odiseo? Pues él ha obtenido la victoria. Según los números, sin duda, Áyax es vencedor, pero la historia transmite el nombre de Odiseo como el conquistador. Aquiles y Héctor pueden aducirse como ejemplos. Aquiles, según la regla del número nueve, hace cuatro monadas; Héctor una: Aquiles obtiene la victoria. De nuevo, Aquiles y Asteropeo son ejemplos. Aquiles hace cuatro monadas, Asteropeo tres: Aquiles vence. De nuevo, Menelao y Euforbo pueden aducirse como ejemplos. Menelao tiene nueve monadas, Euforbo ocho: Menelao obtiene la victoria.
    Algunos, empero, según la regla del número siete, emplean solamente las vocales; mas otros distinguen por sí las vocales, y por sí las semivocales, y por sí las mudas; y, habiendo formado tres órdenes, toman las raíces por sí de las vocales, y por sí de las semivocales, y por sí de las mudas, y comparan cada una por separado. Otros, empero, no emplean ni siquiera estos números acostumbrados, sino otros diferentes: por ejemplo, a modo de ejemplo, no quieren permitir que la letra p tenga como raíz 8 monadas, sino 5, y que la letra x (si) tenga como raíz cuatro monadas; y dando vueltas en todas direcciones, no descubren nada sólido. Cuando, empero, contienden acerca de la segunda letra, de cada nombre quitan la primera letra; mas cuando contienden acerca de la tercera, quitan dos letras de cada nombre, y calculando las restantes, las comparan.

    Capítulo 15

    Argucia de los teóricos numéricos; el arte de los fisiognomistas (fisiognomía); conexión de este arte con la astrología; tipo de los nacidos bajo Aries

    IV, 15

    Creo que ha quedado claramente expuesta la mente de los aritméticos, quienes, por medio de números y de nombres, pretenden interpretar la vida. Ahora percibo que estos, gozando de ocio y adiestrados en el cálculo, han deseado que, mediante el arte que les fue transmitido desde la infancia, adquiriendo celebridad, sean llamados profetas. Y ellos, midiendo las letras hacia arriba y hacia abajo, han ido a parar en futilidades. Pues si fracasan, dicen, al plantear la dificultad: acaso este nombre no era de familia, sino impuesto, como también se advierte en el caso de (los nombres) Odiseo y Áyax. ¿Quién, tomando ocasión de esta asombrosa filosofía y deseoso de ser llamado «heresiarca,» no será ensalzado?
    Pero puesto que existe, además, otro arte más profundo entre los sapientísimos especuladores de los griegos —a los cuales los individuos heréticos se jactan de adherirse como discípulos, a causa de emplear las opiniones de estos (antiguos filósofos) en referencia a las doctrinas que ellos mismos tientan (por establecer), como poco después se demostrará—; y este es un arte de adivinación, por el examen de la frente, o más bien, diría yo, es una locura: no guardaremos silencio respecto de este (sistema). Hay quienes atribuyen a las estrellas figuras que modelan las ideas y disposiciones de los hombres, asignando la razón de esto a los nacimientos (que han tenido lugar) bajo estrellas particulares; se expresan así: los que nacen bajo Aries serán de la siguiente índole: cabeza alargada, cabello rojo, cejas contraídas, frente puntiaguda, ojos grises y vivaces, mejillas enjutas, nariz larga, narinas dilatadas, labios delgados, barbilla afilada, boca ancha. Estos, dice, participarán de la siguiente naturaleza: cautos, sutiles, perspicuos, prudentes, indulgentes, apacibles, sobresolicitados, personas de resoluciones secretas aptas para toda empresa, que vencen más por prudencia que por fuerza, burlones por el momento, estudiosos, dignos de confianza, contenciosos, camorristas en la pelea, concupiscentes, inflamados de lujuria contra natura, reflexivos, extrañados de sus propios hogares, que causan descontento en todo, acusadores, como locos en la embriaguez, escarnecedores, que año tras año pierden algo provechoso en la amistad por su bondad; estos, en la mayoría de los casos, terminan sus días en tierra extraña.

    Capítulo 16. Tipo de los nacidos bajo Tauro

    IV, 16

    Los que nacen en Tauro serán, sin embargo, de la siguiente descripción: cabeza redonda, cabello espeso, frente ancha, ojos cuadrados y cejas negras y grandes; en un hombre blanco, venas delgadas, sanguíneo, párpados largos, orejas toscas y enormes, boca redonda, nariz gruesa, narinas redondas, labios gruesos, fuertes en las partes superiores, formados derechos desde las piernas. Los mismos son por naturaleza agradables, reflexivos, de hermosa disposición, devotos, justos, toscos, complacientes, trabajadores desde los doce años, pendencieros, torpes. El estómago de estos es pequeño, se llenan pronto, forman muchos designios, prudentes, mezquinos consigo mismos, liberales con los demás, benéficos, de cuerpo lento: son en parte tristes, negligentes en cuanto a la amistad, útiles por su mente, desafortunados.

    Capítulo 17. Tipo de los nacidos bajo Géminis

    IV, 17

    Los que nacen en Géminis serán de la siguiente descripción: rostro rojizo, tamaño no muy grande, miembros proporcionados uniformemente, ojos negros como ungidos con aceite, mejillas caídas, y boca grande, cejas contraídas; vencen todas las cosas, retienen cuantas posesiones adquieren, son extremadamente ricos, avaros, mezquinos de lo que es peculiarmente suyo, pródigos en los placeres de las mujeres, equitativos, musicales, mentirosos. Y los mismos son por naturaleza doctos, reflexivos, inquisitivos, que llegan a sus propias decisiones, concupiscentes, moderados con lo que les pertenece, liberales, tranquilos, prudentes, astutos, forman muchos designios, calculadores, acusadores, importunos, no prósperos, son amados por el bello sexo, mercaderes; en cuanto a la amistad, no útiles en medida considerable.

    Capítulo 18. Tipo de los nacidos bajo Cáncer

    IV, 18

    Los nacidos en Cáncer son de la siguiente descripción: tamaño no grande, cabello como de perro, de color rojizo, boca pequeña, cabeza redonda, frente puntiaguda, ojos grises, suficientemente hermosos, miembros algo desiguales. Los mismos son por naturaleza malvados, astutos, diestros en planes, insaciables, tacaños, desabridos, poco liberales, inútiles, olvidadizos; no restituyen lo ajeno, ni reclaman lo que es suyo; en cuanto a la amistad, útiles.

    Capítulo 19. Tipo de los nacidos bajo Leo

    IV, 19

    Los nacidos en Leo son de la siguiente descripción: cabeza redonda, cabello rojizo, frente enorme y arrugada, orejas toscas, gran desarrollo del cuello, parcialmente calvos, tez roja, ojos grises, quijadas grandes, boca tosca, gruesos en las partes superiores, pecho enorme, los miembros inferiores adelgazados. Los mismos son por naturaleza personas que no permiten que nada interfiera con su propia decisión, que se complacen a sí mismos, irascibles, apasionados, escarnecedores, obstinados, que no forman designio alguno, no locuaces, indolentes, que hacen uso indebido del ocio, familiares, enteramente entregados a los placeres de las mujeres, adúlteros, inmodestos, infieles en la fe, importunos, atrevidos, avaros, expoliadores, notables; en cuanto a la compañía, útiles; en cuanto a la amistad, inútiles.

    Capítulo 20. Tipo de los nacidos bajo Virgo

    IV, 20

    Los nacidos en Virgo son de la siguiente descripción: aspecto hermoso, ojos no grandes, fascinantes, oscuros, cejas compactas, alegres, nadadores; son, sin embargo, de complexión delicada, bellos de aspecto, con cabello pulcramente arreglado, frente grande, nariz prominente. Los mismos son por naturaleza dóciles, moderados, inteligentes, juguetones, racionales, lentos para hablar, que forman muchos planes; en cuanto a un favor, importunos; que observan todo con agrado; y discípulos bien dispuestos, dominan cuanto aprenden; moderados, escarnecedores, víctimas de lujurias contra natura, sociables, de alma noble, despreciadores, descuidados en asuntos prácticos, atentos a la instrucción, más honrosos en lo que concierne a los demás que en lo que se relaciona con ellos mismos; en cuanto a la amistad, útiles.

    Capítulo 21. Tipo de los nacidos bajo Libra

    IV, 21

    Los nacidos en Libra serán de la siguiente descripción: cabello fino, caído, rojizo y algo largo, frente puntiaguda (y) arrugada, cejas hermosas y compactas, ojos bellos, pupilas oscuras, orejas largas y delgadas, cabeza inclinada, boca ancha. Los mismos son por naturaleza inteligentes, temerosos de Dios, comunicativos entre sí, comerciantes, afanosos, que no retienen ganancia, mentirosos, no de disposición amable, veraces en los negocios o en los principios, de hablar libre, benéficos, iletrados, engañadores, amistosos, descuidados, (a quienes no les es provechoso cometer acto alguno de injusticia); son escarnecedores, burlones, satíricos, ilustres, oyentes, y nada les sale bien; en cuanto a la amistad, útiles.

    Capítulo 22. Tipo de los nacidos bajo Escorpio

    IV, 22

    Los nacidos en Escorpio son de la siguiente descripción: rostro de doncella, agraciado, picante, cabello negruzco, ojos bien formados, frente no ancha, y fosas nasales afiladas, orejas pequeñas y contraídas, frentes arrugadas, cejas estrechas, mejillas hundidas. Los mismos son por naturaleza astutos, diligentes, mentirosos, que no comunican a nadie sus designios particulares, de espíritu engañoso, malvados, escarnecedores, víctimas del adulterio, bien desarrollados, dóciles; en cuanto a la amistad, inútiles.

    Capítulo 23. Tipo de los nacidos bajo Sagitario

    IV, 23

    Los nacidos en Sagitario serán de la siguiente descripción: gran estatura, frente cuadrada, cejas abundantes, indicativas de fuerza, proyección bien ordenada del cabello, rojizos (en la tez). Los mismos son por naturaleza graciosos, como personas educadas, simples, benéficos; dados a lujurias contra natura, sociables, agotados por el trabajo, amantes, amados, joviales en sus copas, limpios, apasionados, descuidados, malvados; en cuanto a la amistad, inútiles; escarnecedores, de almas nobles, insolentes, astutos; para la compañía, útiles.

    Capítulo 24. Tipo de los nacidos bajo Capricornio

    IV, 24

    Los nacidos en Capricornio serán de la siguiente descripción: cuerpo rojizo, proyección de cabello grisáceo, boca redonda, ojos como de águila, cejas contraídas, frente despejada, algo calvos, en las partes superiores del cuerpo dotados de mayor fuerza. Los mismos son por naturaleza filósofos, escarnecedores, y burlones del estado existente de las cosas, apasionados, personas que pueden hacer concesiones, honrosos, benéficos, amantes de la práctica de la música, apasionados en sus copas, joviales, familiares, habladores, dados a lujurias contra natura, afables, amables, amantes pendencieros, bien dispuestos para la compañía.

    Capítulo 25. Tipo de los nacidos bajo Acuario

    IV, 25

    Los nacidos en Acuario serán de la siguiente descripción: cuadrados de tamaño, de cuerpo diminuto; ojos agudos, pequeños, feroces; imperiosos, desabridos, severos, prontos en adquirir, bien dispuestos para la amistad y la compañía; además, para las empresas marítimas hacen viajes, y perecen. Los mismos son por naturaleza taciturnos, modestos, sociables, adúlteros, avaros, ejercitados en los negocios, tumultuosos, puros, bien dispuestos, honrosos, de cejas grandes; frecuentemente nacen en medio de acontecimientos fútiles, pero (después en la vida) siguen una ocupación diferente; aunque hayan mostrado bondad a alguien, nadie les da las gracias.

    Capítulo 26. Tipo de los nacidos bajo Piscis

    IV, 26

    Los nacidos en Piscis serán de la siguiente descripción: de dimensiones moderadas, frente puntiaguda como los peces, cabello hirsuto, frecuentemente encanecen pronto. Los mismos son por naturaleza de alma excelsa, simples, apasionados, avaros, habladores; en el primer período de la vida serán soñolientos; desean administrar los negocios por sí mismos, de alta reputación, emprendedores, émulos, acusadores, que cambian de lugar, amantes, danzantes; para la amistad, útiles.

    Capítulo 27. Futilidad de esta teoría de la influencia estelar

    IV, 27

    Puesto que, por tanto, hemos explicado la asombrosa sabiduría de estos hombres, y no hemos ocultado su recargado arte de adivinación por medio de la contemplación, tampoco guardaré silencio acerca de (las empresas) en cuyo caso los que son engañados obran neciamente. Pues, comparando las formas y disposiciones de los hombres con los nombres de las estrellas, ¡cuán impotente es su sistema! Porque sabemos que aquellos que originalmente se ocuparon de tales investigaciones llamaron a las estrellas con nombres dados en referencia a la propiedad del significado y a la facilidad para el reconocimiento futuro. Pues ¿qué semejanza hay entre estos (cuerpos celestes) y la figura de los animales, o qué comunidad de naturaleza en cuanto a conducta y energía (hay en los dos casos), para que uno alegue que una persona nacida en Leo ha de ser irascible, y una nacida en Virgo moderada, o una nacida en Cáncer malvada, sino que los nacidos en...
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 2 de 12