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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minUn presbítero que escribía por Roma
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minDos elegidos en 251
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  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minFuera de Roma: Cartago, Arlés y el segundo bautismo
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minLo que quedó fijado y lo que sigue discutido

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    HEREJÍAS Y DEBATES — PENITENCIA Y UNIDAD

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    Novacianismo: el cisma de quienes no readmitían a los caídos

    250–siglo VII · Novaciano, Cornelio, Cipriano y sus adversarios41 minPosición: 0% de esta partePublicado el Actualizado el Ref. HER-NOV-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minUn presbítero que escribía por Roma
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    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minLo que quedó fijado y lo que sigue discutido

    Premisa central

    Se llama novacianismo a la Iglesia que, desde 251, se negó a readmitir a la comunión a quienes habían renegado de la fe en la persecución de Decio. Tomó su nombre del presbítero romano Novaciano, consagrado obispo frente a Cornelio, y sus miembros se llamaban a sí mismos «puros» (katharoí). Los obispos que lo combatieron lo trataron sobre todo como un cisma: para Cipriano, quien enseña fuera de la unidad ya no es cristiano, enseñe lo que enseñe. Qué negaba Novaciano, si solo el perdón de la Iglesia o también el de Dios, es lo que las fuentes cuentan de dos maneras.
    En 251 Cipriano de Cartago escribió a un obispo númida, Antoniano, para que no se dejara arrastrar por las cartas de Novaciano. Quería probarle que su propia política con los caídos no había cambiado a la ligera, y le citó una carta de Roma con el nombre de quien la había escrito: «escribiendo entonces Novaciano, y recitando con su propia voz lo que había escrito» (carta 51, 5). Según Cipriano, pues, la posición que Roma y Cartago habían mantenido juntas en 250 la había puesto por escrito el hombre que meses después sería obispo rival de Cornelio.
    Mientras Roma no tuvo obispo, Novaciano fue el presbítero que hablaba por su Iglesia; después fue el jefe de una Iglesia aparte que duró siglos. Entre una cosa y otra hay una elección disputada y una pregunta sobre qué cabe perdonar después del bautismo, que Cartago y Roma resolvieron de un modo y Novaciano de otro.
    Casi todo lo que se sabe de aquel año llega por los adversarios: la carta de Cornelio a Fabio de Antioquía, las de Cipriano, la de Dionisio de Alejandría. De Novaciano mismo quedan dos cartas escritas antes del cisma, a nombre del clero romano, y el tratado Sobre la Trinidad. Los estudios modernos de la biblioteca difieren en puntos centrales, y el artículo nombra a cada autor donde difieren.

    Un presbítero que escribía por Roma

    El edicto de Decio, de diciembre de 249 según Papandrea, mandaba sacrificar a los dioses del Imperio. Unos cristianos murieron o fueron torturados. Muchos sacrificaron; otros ofrecieron solo incienso, y otros compraron un certificado (libellus) que decía que habían sacrificado sin haberlo hecho (Vogt). A todos se les llamó caídos. Al acabar la persecución quedaba por decidir si la Iglesia podía readmitirlos y a qué precio. Según Papandrea, un bando quería perdonar de inmediato y sin penitencia, y el otro, el rigorista, negaba que la Iglesia pudiera perdonar; cada uno creía que el contrario usurpaba una prerrogativa de Dios, la de juzgar o la de perdonar.
    Fabián, obispo de Roma, murió en prisión el 20 de enero de 250 (Vogt, que cita el Catalogus Liberianus), y la persecución impidió elegir sucesor. Roma quedó gobernada por su clero. Según Vogt, los diáconos recurrieron a Novaciano, que vivía retirado, para que asumiera responsabilidades; Papandrea lo presenta como cabeza del colegio de presbíteros durante la vacante. Cipriano, escondido, había recibido de Roma una carta que censuraba su fuga (Vogt, Gülzow). Se justificó ante el clero romano y le expuso su línea: no decidir nada sobre los caídos hasta que un concilio de obispos lo hiciera (Gülzow; Cipriano, 51, 4-5). La respuesta que se conserva con el número 30 (la numeración es la de la edición ANF que sigue el sitio; véase la nota) le daba la razón, y con más severidad de la que Cipriano aplicaría después.
    Texto de la fuenteClero de Roma (redactada por Novaciano) · Cartas · Epístola 30, § 3 (extracto)Consultar la referencia
    Lejos esté de la Iglesia romana el aflojar su vigor con tan profana facilidad y soltar los nervios de su severidad derribando la majestad de la fe; de modo que, cuando los restos de vuestros hermanos arruinados no solo yacen todavía, sino que caen en torno, se ofrezcan para la comunión remedios de índole demasiado apresurada y ciertamente no eficaces; y por una falsa misericordia se impriman nuevas heridas sobre las viejas heridas de su transgresión; de modo que incluso la penitencia sea arrebatada a estos miserables, para su mayor ruina. Pues ¿dónde puede aprovechar la medicina de la indulgencia, si incluso el médico mismo, interceptando la penitencia, abre camino fácil a nuevos peligros, si solo oculta la herida y no permite que el necesario remedio del tiempo cierre la cicatriz? Esto no es curar, sino, si queremos decir la verdad, matar.
    La carta equipara con quienes sacrificaron a los que obtuvieron un certificado (30, 3). Admite, con condiciones, una excepción:
    Texto de la fuenteClero de Roma (redactada por Novaciano) · Cartas · Epístola 30, § 8 (extracto)Consultar la referencia
    hemos pensado que nada nuevo debía hacerse antes del nombramiento de un obispo; pero creemos que la causa de los caídos debe tratarse con moderación, de modo que, entre tanto, mientras Dios nos retiene la concesión de un obispo, la causa de los que pueden soportar las dilaciones de la postergación se mantenga en suspenso; pero a los que la muerte inminente no les permite soportar la dilación, habiéndose arrepentido y profesado con frecuencia la detestación de sus hechos; si con lágrimas, si con gemidos, si con llanto han mostrado las señales de un espíritu afligido y verdaderamente penitente, cuando no queda, en cuanto el hombre puede saber, esperanza alguna de vivir; a estos, finalmente, se les debe administrar una ayuda tan cauta y cuidadosa, sabiendo Dios mismo lo que hará con tales y de qué modo examinará la balanza de su juicio;
    Cipriano cita la carta en la 51: copia unas líneas de la 30 (§ 5), recuerda lo que se añadía después (§ 8) y aclara quién la había escrito.
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Cartas · Epístola 51, § 5Consultar la referencia
    5. Y esto también lo escribí muy por extenso a Roma, al clero que entonces aún actuaba sin obispo, y a los confesores, Máximo el presbítero, y los demás que entonces estaban encerrados en la cárcel, pero ahora están en la Iglesia, unidos con Cornelio. Puedes saber que escribí esto por su respuesta, pues en su carta escribieron así: "Sin embargo, lo que tú mismo has declarado también en asunto tan importante nos es satisfactorio: que primero debe mantenerse la paz de la Iglesia; luego, que, reunida una asamblea de consejo, con obispo, presbíteros, diáconos y confesores, así como con los laicos que permanecen firmes, tratemos el caso de los caídos". Se añadió también —escribiendo entonces Novaciano, y recitando con su propia voz lo que había escrito, y el presbítero Moisés, entonces todavía confesor, pero ahora mártir, suscribiendo— que debía concederse la paz a los caídos que estaban enfermos y a punto de partir. Carta que fue enviada por todo el mundo y llevada al conocimiento de todas las iglesias y de todos los hermanos.
    Vogt, Gülzow y Papandrea aceptan que la carta es de Novaciano, y Vogt y Gülzow añaden que la segunda carta romana (la 36 de Gredos, la 29 del sitio) solo puede ser suya por su estilo y su contenido. Moisés, el presbítero confesor que suscribió el escrito, murió mártir; según Cornelio, se había negado a comulgar con Novaciano (Eusebio VI, 43). Gülzow ve en la correspondencia romano-cartaginesa de 250 el origen de las dos posiciones que llama episcopalismo y papalismo, y hace notar que en Roma habló un presbítero, mientras en Cartago un obispo reclamaba autoridad indiscutida sobre sus colegas y defendía a la vez la colegialidad de todos los obispos. Papandrea supone que Novaciano se sintió traicionado cuando Cipriano, de vuelta en Cartago, adoptó una línea más blanda. Cipriano mismo admite en la 51 que a algunos les parecía haber aflojado su severidad anterior, y dedica el resto de la carta a explicar por qué no (51, 3).
    Nota de lectura · Dos numeraciones de las cartas de Cipriano
    Las cartas de Cipriano se citan con dos numeraciones. El sitio sigue la de la edición ANF de Wallis, y de ella vienen los números de este artículo. Gredos (la edición de Hartel y Bayard) y casi todos los estudios modernos (Benson, Gülzow, Vogt, Papandrea) usan la otra. Coinciden hasta la 30 y se separan desde la 40. Las que cita este artículo: la 29 del sitio es la 36 de Gredos (la segunda carta romana, también de Novaciano); la 40 es la 44; la 43, la 46; la 45, la 49; la 46, la 51; la 47, la 50; la 48, la 52; la 51, la 55 (a Antoniano); la 54, la 59; la 66, la 68 (sobre Marciano de Arlés); la 75, la 69 (a Magno). Cuando un estudio moderno dice «carta 55», hay que leer la 51 del sitio.

    Dos elegidos en 251

    A principios de 251 Decio salió de Roma para enfrentarse a dos rivales (DeSimone; Benson) y la persecución se aflojó lo bastante para que los obispos se reunieran. Cornelio fue elegido, dice Cipriano, «por muchísimos de nuestros colegas que estaban entonces presentes en la ciudad de Roma» (51, 8), y en otro lugar precisa que por dieciséis obispos (51, 24). Papandrea advierte que la cifra de dieciséis, que también da Eusebio, quizá proyecta sobre el siglo III la práctica del IV, y supone una elección por el presbiterio romano y una consagración por obispos de las ciudades vecinas. La fecha tampoco es segura. DeSimone, Papandrea y Benson dan marzo de 251; Benson llega a él por el tiempo que reinó Lucio, sucesor de Cornelio, y discute el 4 de junio, la «fecha común», porque desordena la cronología de Decio.
    Novaciano no aceptó la elección y se hizo consagrar obispo. Lo que se sabe de cómo ocurrió viene de una carta de Cornelio a Fabio, obispo de Antioquía, a quien Eusebio describe como inclinado «en algo» hacia el cisma (VI, 44). Vogt advierte que no hay un relato romano contemporáneo de la elección de Cornelio ni de la consagración de Novaciano, y que la carta, tal como la conserva Eusebio, no tiene interés cronológico y busca quitarle fuerza a Novaciano. DeSimone y Papandrea juzgan que muchas de sus acusaciones parecen rumor. Con esa reserva, así lo cuenta Cornelio:
    Texto de la fuenteCornelio de Roma, citado por Eusebio de Cesarea · Historia eclesiástica · VI, 43 (extracto)Consultar la referencia
    Pues este dogmatista, este defensor de la doctrina de la Iglesia, al intentar arrebatar y apoderarse del episcopado, que no le había sido dado desde lo alto, eligió a dos de sus compañeros que habían renunciado a su propia salvación. Y los envió a un rincón pequeño e insignificante de Italia, para que allí, con algún argumento falsificado, engañara a tres obispos, hombres rústicos y muy simples. Y ellos afirmaron positiva y enérgicamente que era necesario que vinieran rápidamente a Roma, a fin de que toda la disensión que había surgido allí pudiera apaciguarse mediante su mediación, junto con otros obispos.
    Cuando llegaron, siendo, como hemos dicho, muy simples en cuanto a la astucia y el artificio de los malvados, fueron encerrados con ciertos hombres escogidos como él. Y hacia la hora décima, cuando ya estaban ebrios y enfermos, los obligó por la fuerza a conferirle el episcopado mediante una imposición de manos fingida y vana. Como no le había llegado, se vengó con astucia y traición.
    Poco después, uno de estos obispos volvió a la Iglesia, lamentándose y confesando su transgresión. Y tuvimos comunión con él como con un laico, intercediendo por él todo el pueblo presente. Y ordenamos sucesores de los otros obispos y los enviamos a los lugares donde estaban.
    Cipriano confirma el hecho de la consagración con otras palabras. Habla de Novato, el presbítero cartaginés que, según él, había llevado a Roma su espíritu de facción: «quien en un lugar había hecho un diácono contra la Iglesia, en el otro hizo un obispo» (48, 2). De ese Novato, que es otro hombre, viene la confusión de nombres: Eusebio llama Novato a Novaciano, y Jerónimo escribe que el autor de la doctrina fue Novato, «presbítero de Cipriano» (Varones ilustres, 70). DeSimone la resuelve por el nombre latino, Novatianus, que dan Cipriano, Dionisio, Ambrosio y el propio Jerónimo.
    Pacian, obispo de Barcelona, cuenta el comienzo de otra manera. En la traducción de Hanson (FOTC 99), dice a su corresponsal novaciano que a Novaciano lo hizo obispo una carta de quienes se fingían confesores, estando él ausente, y que la sede lo recibió sin consagración alguna (carta 2, 3 y 7; carta 3, 6). La versión de Cornelio, con tres obispos y una imposición de manos «fingida y vana», no encaja del todo con esa, y la biblioteca no permite decidir entre ambas.
    Otro punto del relato, que Cornelio presenta como la peor de las ofensas de Novaciano, es el juramento en la comunión:
    Texto de la fuenteCornelio de Roma, citado por Eusebio de Cesarea · Historia eclesiástica · VI, 43 (extracto)Consultar la referencia
    Pues cuando ha hecho las ofrendas y ha distribuido una parte a cada uno, al dársela obliga al desdichado a jurar en lugar de la bendición. Sosteniendo sus manos con ambas suyas, no lo suelta hasta que haya jurado de esta manera (pues daré sus propias palabras):
    'Júrame por el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo que nunca me abandonarás ni te volverás a Cornelio.'
    Y el desdichado no prueba nada hasta haber invocado imprecaciones sobre sí mismo; y en lugar de decir Amén, al tomar el pan, dice: Nunca volveré a Cornelio.
    Estos detalles los da solo Cornelio, y con el mismo filtro hay que leer lo que Cornelio cuenta del bautismo de Novaciano: que lo recibió en cama, por afusión, durante una enfermedad grave, y que por eso el clero y muchos laicos se oponían a su ordenación. DeSimone nota que el bautismo clínico era válido, aunque irregular para ordenar, y cita el canon 12 del concilio de Neocesarea (entre 314 y 325), que lo excluye del presbiterado. Es una regla posterior, y DeSimone, siguiendo a Weyer, juzga poco creíble que Novaciano fuera ordenado contra la oposición general. Cornelio, que lo pinta con tanta hostilidad, le concede en la misma carta, con sarcasmo, los títulos de «dogmatista» y de «defensor de la doctrina de la Iglesia».
    El cisma tuvo un frente práctico en los confesores romanos. Cornelio nombra a cuatro que primero siguieron a Novaciano y volvieron: Máximo, Urbano, Sidonio y Celerino (VI, 43). Cipriano escribió a los que se habían quedado, Máximo y Nicóstrato, para pedirles que volvieran a la Iglesia, su Madre (carta 43), y se alegró cuando lo hicieron (46). Cornelio pone también a la vista el tamaño de la Iglesia romana, para probar que en ella caben muchos clérigos pero un solo obispo: cuarenta y seis presbíteros, siete diáconos, siete subdiáconos, cuarenta y dos acólitos y más de mil quinientas viudas y necesitados (VI, 43).
    En Roma se reunió además un sínodo «muy numeroso, de sesenta obispos y muchos más presbíteros y diáconos», que dispuso que Novaciano y quienes lo seguían fueran tenidos por extraños a la Iglesia y que a los caídos se los atendiera «con las medicinas del arrepentimiento» (VI, 43). Papandrea sitúa ese sínodo en mayo de 251, y Hefele en el otoño. En África Cipriano había recibido a los enviados de Novaciano, Máximo, Augendo, Macaeo y Longino, y los había rechazado: cuando un obispo ha sido elegido y aprobado por sus colegas y por el pueblo, «de ningún modo se puede nombrar otro» (40, 2).

    Lo que Novaciano negaba

    De lo que Novaciano sostuvo después del cisma no se conserva ningún texto suyo que lo exponga. Las dos cartas romanas son anteriores, el tratado Sobre la Trinidad no menciona a los caídos, y los tres escritos breves que Papandrea y Vogt le atribuyen, sobre los alimentos judíos, los espectáculos y la pureza, circularon bajo otros nombres. Lo que se sabe sale de sus adversarios y de un historiador, Sócrates, que los trata con simpatía (DeSimone). En lo básico coinciden: Novaciano no distinguía entre quienes habían sacrificado y quienes habían comprado un certificado (Cipriano, 51, 13-14; la carta 30, 3, ya lo decía). En lo demás hay tres preguntas abiertas.
    La primera es si negaba solo la paz de la Iglesia o también el perdón de Dios. Sócrates lo cuenta así:
    Texto de la fuenteSócrates Escolástico · Historia eclesiástica · IV, 28 (extracto)Consultar la referencia
    Novato, presbítero de la Iglesia romana, se separó de ella porque el obispo Cornelio recibió en la comunión a creyentes que habían sacrificado durante la persecución que el emperador Decio había levantado contra la Iglesia. Habiéndose separado por esta causa, y siendo después elevado al episcopado por obispos que abrigaban sentimientos semejantes, escribió a todas las iglesias "que no debían admitir a los sagrados misterios a quienes habían sacrificado; sino que, exhortándolos a la penitencia, dejaran el perdón de su ofensa a Dios, que tiene poder para perdonar todo pecado". Al recibir tales cartas, las partes en las diversas provincias a las que iban dirigidas actuaron según sus diversas disposiciones y juicios. Como pedía que no se recibiera a los sacramentos a quienes después del bautismo hubieran cometido algún pecado mortal [], esto pareció a algunos un proceder cruel y despiadado; mas otros recibieron la regla como justa y conducente al mantenimiento de la disciplina y al fomento de una mayor devoción de vida.
    Según esto, Novaciano (a quien Sócrates llama Novato) exhortaba a los caídos a la penitencia y dejaba el perdón a Dios. Papandrea y DeSimone aceptan esa versión. Dionisio de Alejandría, en su cuarta carta sobre el bautismo, dirigida a Dionisio de Roma, entonces presbítero, dice otra cosa:
    Texto de la fuenteDionisio de Alejandría, citado por Eusebio de Cesarea · Historia eclesiástica · VII, 8Consultar la referencia
    Pues con razón sentimos odio hacia Novaciano, que ha desgarrado la Iglesia y arrastrado a algunos de los hermanos a la impiedad y la blasfemia, y ha introducido una enseñanza impía acerca de Dios, y ha calumniado a nuestro compasivo Señor Jesucristo tachándolo de despiadado. Y además de todo esto rechaza el santo bautismo, y derriba la fe y la confesión que lo preceden, y destierra enteramente de ellos al Espíritu Santo, si es que en verdad había esperanza de que permaneciera o volviera a ellos.
    Cipriano dice algo parecido de Marciano de Arlés, que se había unido a Novaciano: sostiene, escribe, que los consuelos del amor divino «están cerrados a los siervos de Dios que se arrepienten, y lloran, y llaman a la puerta de la Iglesia» (66, 1). Pero en la carta 51 los pinta como quienes tratan de «exhortar al arrepentimiento de la expiación, y quitar la curación de la expiación»:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Cartas · Epístola 51, § 28 (extracto)Consultar la referencia
    ¡Oh, ineficaz e inútil tradición de la institución herética! ¡Exhortar al arrepentimiento de la expiación, y quitar la curación de la expiación; decir a nuestros hermanos: "Llorad y derramad lágrimas, y gemid día y noche, y trabajad mucho y con frecuencia para lavar y limpiar vuestro pecado; pero, después de todo esto, moriréis fuera del recinto de la Iglesia. ¡Haréis todo cuanto es necesario para la paz, pero ninguna de esa paz que buscáis recibiréis!" ¿Quién no perecería al instante? ¿Quién no caería, por pura desesperación? ¿Quién no apartaría su mente de todo designio de lamentación?
    Ambrosio, hacia 384 en Milán, atribuye a los herejes que combate el argumento bíblico de que no hay segunda renovación después de caer, tomado de la carta a los Hebreos ():
    Texto de la fuenteAmbrosio de Milán · Sobre la penitencia · II, 2, § 6Consultar la referencia
    6. Siendo entonces refutados por el claro ejemplo del Apóstol y por sus escritos, los herejes se esfuerzan aún por resistir más, y dicen que su opinión está apoyada por la autoridad apostólica, presentando el pasaje de la Epístola a los Hebreos: «Porque es imposible que aquellos que una vez fueron iluminados, y gustaron el don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y gustaron la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero, si cayeran, sean renovados de nuevo para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a la ignominia pública».
    Pacian de Barcelona respondió a un novaciano español, Simproniano, que le había enviado un tratado novaciano. Según la introducción de Hanson a su traducción (FOTC 99), Pacian resume en él tres tesis: no cabe penitencia después del bautismo, la Iglesia no puede remitir el pecado mortal y, al admitir pecadores, la Iglesia se condena a sí misma y perece. Entre los textos bíblicos del tratado están , y . Es una forma de rigor más extrema que la que describe Sócrates: aquí ni siquiera hay penitencia.
    Vogt estudia el problema con detalle. Compara la fórmula de Sócrates (el perdón queda en manos de Dios, «que tiene poder para perdonar todo pecado») con lo que Acesio dice en Nicea según el mismo Sócrates (I, 10) y con la versión de Sozomeno (I, 22), que pone en boca de Acesio una frase distinta. Observa que Constantino no contesta a esa objeción en el diálogo, y que las citas de Dionisio, de Ambrosio y de Pacian de Barcelona (que escribe contra un corresponsal novaciano, Simproniano) suponen que Novaciano dudaba también del perdón divino. Concluye que lo más probable es que esa duda fuera su doctrina original y que la Iglesia novaciana de Oriente, con el tiempo, dejó de pronunciarse sobre ella y se quedó con la negativa a reconciliar.
    La segunda pregunta es si el rigor alcanzaba solo a la apostasía o a todos los pecados mortales. Los novacianos posteriores los incluyeron todos, según Ambrosio, el Ambrosiaster, Pacian y Sozomeno (así los reúne Vogt), y Papandrea dice que con los años alargaron la lista. Ambrosio atribuye esa igualación de los pecados al estoicismo: «como a la manera de los estoicos, piensan que todos los pecados son iguales en gravedad» (I, 2, 5). La objeción que Cipriano les hacía es otra: si la idolatría de uno contamina a quien comulga con él, los novacianos deberían apartar también de su lado a los adúlteros y estafadores (51, 26-27). DeSimone lee ese pasaje como prueba de que Novaciano toleraba adúlteros y estafadores en su Iglesia. Vogt lo lee al revés: los que Cipriano tiene a la vista son Novato y Nicóstrato, acusados por Cornelio de fraude y de deshonestidad, que estaban a su lado y a quienes Novaciano, supone Vogt, tenía por hombres honrados, y no penitentes admitidos.
    La tercera es si Novaciano cambió de parecer. La carta 30 admite ayudar a los moribundos que se hayan arrepentido, y después, dicen DeSimone y Papandrea, la Iglesia novaciana negó la reconciliación incluso en la hora de la muerte. DeSimone habla de contradicción. Papandrea sostiene que en la carta Novaciano hablaba por el colegio de presbíteros y no con libertad para decir lo que pensaba. Pacian ya le reprochaba ese cambio. Cita la carta 51, 5 de Cipriano para mostrar que Novaciano, antes de la elección de Cornelio, había escrito y leído en voz alta que se diera la paz a los caídos enfermos, y lo explica por la ambición: Novaciano esperaba el episcopado para sí (carta 3, 5-6).
    ¿De dónde venía esa postura? Se han propuesto tres explicaciones, que no se excluyen. Una es la tradición rigorista de Roma y de África: Papandrea sitúa a Novaciano tras Tertuliano e Hipólito, y DeSimone, con Daniélou, ve en el novacianismo un nuevo capítulo del conflicto entre Hipólito y Calixto. El autor de la Refutación, que el sitio atribuye a Hipólito con la salvedad de que la atribución se discute, cuenta de Calixto que «inventó el artificio de mostrarse indulgente con los hombres en sus placeres sensuales, diciendo que todos recibían de él el perdón de sus pecados» (IX, 7). Otra es el estoicismo: Cipriano habla del «principio de los filósofos y de los estoicos» (51, 16), y Vogt y Papandrea notan que Novaciano había leído a Séneca. La tercera, que Vogt cita de Koch para rechazarla, es que Novaciano defendía la concepción cristiana primitiva de una Iglesia de salvación frente a la Iglesia de los sacramentos y del sacerdocio que defendía Cipriano. Para Vogt, Novaciano fue un pensador muy personal y no el representante de una tradición.

    Cipriano y el argumento de la unidad

    La respuesta de Cipriano a Antoniano combina tres líneas. La primera es práctica. En el concilio de Cartago, dice, los obispos acordaron que no se negara del todo a los caídos la esperanza de comunión, para que no desesperaran y vivieran «como paganos», ni tampoco se relajara el rigor del Evangelio: «la penitencia se prolongara largamente» y se examinaran los casos de uno en uno (51, 6). Los que tenían un certificado serían admitidos de momento y los que habían sacrificado, asistidos en la muerte (51, 17). A quien pidiera la paz solo por miedo a morir, y no por haberse arrepentido, se la negaban incluso entonces (51, 23). Cipriano defiende que cada paso respondía a un tiempo: la persecución primero, la paz después (51, 4 y 7).
    La segunda línea es bíblica y pastoral. Quien niega la penitencia es un médico que solo cura a los sanos (51, 16), el sacerdote y el levita que pasan de largo ante el herido (51, 19), el que pretende separar el trigo de la cizaña antes del día del Señor (51, 25). La tercera es el argumento de la unidad, y es la que más pesa. En África, recuerda Cipriano, algunos obispos anteriores negaron la paz a los adúlteros sin romper por eso con sus colegas:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Cartas · Epístola 51, § 21Consultar la referencia
    21. Y, en verdad, entre nuestros predecesores, algunos de los obispos aquí en nuestra provincia pensaron que no se debía conceder la paz a los adúlteros, y cerraron por completo la puerta de la penitencia al adulterio. Sin embargo, no se retiraron de la asamblea de sus coobispos, ni rompieron la unidad de la Iglesia Católica por la pertinacia de su severidad o censura; de modo que, porque por algunos se concedía la paz a los adúlteros, el que no la concedía debió ser separado de la Iglesia. Mientras permanece el vínculo de la concordia, y subsiste el sacramento indiviso de la Iglesia Católica, cada obispo dispone y dirige sus propios actos, y habrá de dar cuenta de sus propósitos al Señor.
    Lo que hace del novacianismo un cisma, para Cipriano, es el modo de separarse y no la severidad. Así contesta a la pregunta de Antoniano sobre qué herejía había introducido Novaciano:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Cartas · Epístola 51, § 24 (extracto)Consultar la referencia
    En lo que respecta, sin embargo, al carácter de Novaciano, hermano carísimo, de quien deseabas que se te escribiera qué herejía había introducido; sabe que, en primer lugar, ni siquiera deberíamos preguntarnos qué enseña, mientras enseña fuera del recinto de la unidad. Quienquiera que sea, y sea lo que sea, el que no está en la Iglesia de Cristo no es cristiano. Aunque se jacte, y anuncie su filosofía o elocuencia con palabras altivas, aquel que no ha mantenido el amor fraterno ni la unidad eclesiástica ha perdido incluso lo que antes había sido.
    […]
    Pero no podría retener el episcopado, aun si antes hubiera sido hecho obispo, puesto que se ha cortado a sí mismo del cuerpo de sus coobispos, y de la unidad de la Iglesia; puesto que el apóstol nos amonesta a que nos sostengamos mutuamente unos a otros, y no nos apartemos de la unidad que Dios ha designado, y dice: "Soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". Aquel, pues, que no mantiene ni la unidad del Espíritu ni el vínculo de la paz, y se separa a sí mismo del vínculo de la Iglesia y de la asamblea de los sacerdotes, no puede tener ni el poder ni el honor de un obispo, puesto que ha rehusado mantener o la unidad o la paz del episcopado.
    La carta 75 añade la fórmula de la sucesión: Novaciano, «no sucediendo a nadie», «brotó de sí mismo» (75, 3). Sobre la unidad de la Iglesia (6) condensa el principio: «ya no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre». Vogt observa que Cipriano justifica con las circunstancias de cada momento tanto su indulgencia como su severidad anterior, y que no invoca la tradición para ninguna de las dos. Papandrea resume lo que compartían las dos partes: que no hay salvación fuera de la Iglesia y que los impuros no deben permanecer en ella. Discrepaban sobre quiénes eran los impuros, y Hefele recuerda que la Iglesia católica era entonces muy inclinada a la severidad y concedía la penitencia una sola vez.

    Dionisio de Alejandría: un martirio por la unidad

    Dionisio escribió sobre el asunto a varios corresponsales. A Fabio de Antioquía le contó el caso de Serapión, un anciano caído que pedía en vano la reconciliación y que, al borde de la muerte, recibió por mano de su nieto unas gotas de una porción de la eucaristía (VI, 44). Dionisio había ordenado que los moribundos que lo pidieran fueran absueltos, y el caso muestra que en Alejandría la penitencia de los caídos podía acabar en la comunión.
    A Novaciano le escribió una carta breve, que Eusebio transcribe entera y que Kidd, con una interrogación, supone respuesta a la que anunciaba su elección:
    Texto de la fuenteDionisio de Alejandría, citado por Eusebio de Cesarea · Historia eclesiástica · VI, 45Consultar la referencia
    Pero veamos cómo se dirigió el mismo hombre a Novato cuando éste perturbaba a la hermandad romana. Como pretendía que algunos de los hermanos habían sido la ocasión de su apostasía y cisma, como si ellos lo hubieran forzado a proceder como lo hizo, observa de qué manera le escribe:
    2. «Dionisio a su hermano Novato, saludo. Si, como dices, has sido conducido contra tu voluntad, lo demostrarás si te retiras de buen grado. Pues sería mejor sufrirlo todo antes que dividir la Iglesia de Dios. Incluso el martirio para impedir la división no sería menos glorioso que el de negarse a adorar ídolos. Es más, a mí me parece mayor. Pues en un caso un hombre sufre el martirio por su propia alma; en el otro, en favor de toda la Iglesia. Y ahora, si puedes persuadir o inducir a los hermanos a la unanimidad, tu rectitud será mayor que tu error, y éste no será tenido en cuenta, sino que aquélla será alabada. Pero si no puedes prevalecer sobre los desobedientes, salva al menos tu propia alma. Ruego que te vaya bien, manteniendo la paz en el Señor.» Esto escribió a Novato.
    Jerónimo la resume como una carta «tratando de su pretensión de que Novaciano había sido ordenado obispo de Roma contra su voluntad» (Varones ilustres, 69). El tono es otro que el de Cornelio a Fabio, y muestra que el asunto no se vio igual en todas partes. Eusebio cuenta que Dionisio recibió de Cornelio una carta contra Novaciano y que Heleno de Tarso, Firmiliano y Teoctisto lo invitaron a un sínodo en Antioquía «donde algunas personas intentaban establecer el cisma de Novato» (VI, 46). Hefele menciona ese sínodo antioqueno de 251, citando el Libellus synodicus, y avisa de que esa fuente, sola, no basta. Después de la muerte de Fabio y del nombramiento de Demetriano, Dionisio escribió además a los confesores romanos que todavía mantenían «la opinión de Novato», y envió otras dos cartas cuando volvieron (VI, 46).

    Fuera de Roma: Cartago, Arlés y el segundo bautismo

    La Iglesia novaciana no se quedó en Roma. En Cartago, según Cipriano, una tercera embajada con Novato, Evaristo y otros llegó un día antes de que Cornelio avisara de ella (48, 1), y en 252 los novacianos de la ciudad tenían un obispo propio, Máximo (Hefele; Papandrea). Cipriano combatía al mismo tiempo al otro bando, el de Felicísimo y Fortunato, que lo acusaba de severidad con los caídos. En mayo de 252, según Hefele, un concilio de sesenta y seis obispos decidió reconciliar a todos los que mostraran arrepentimiento, para armarlos ante la persecución que se acercaba, y los laxistas dieron entonces el episcopado de Cartago a Fortunato. Papandrea fecha ese concilio en 253. Para Cipriano, Novato estaba detrás de los dos movimientos (48, 2).
    El cisma llegó pronto a la Galia. Cipriano escribió a Esteban, obispo de Roma, que Marciano de Arlés se había asociado con Novaciano, según le informaba Faustino de Lyon, y le pidió que escribiera a los obispos de la provincia para que Marciano fuese excomulgado y se pusiera otro en su lugar: «para no sufrir por más tiempo que Marciano, perverso y soberbio […], insulte a nuestra asamblea, porque no parece aún estar excomulgado por nosotros» (66, 2). La carta muestra que Cipriano tenía que pedir a Roma que actuara, y que la Galia no había apartado todavía a su obispo.
    También el bautismo estaba en juego. Un obispo, Magno, preguntó a Cipriano si quienes venían de Novaciano debían ser bautizados de nuevo al entrar en la Iglesia. Cipriano contestó que sí: Novaciano está fuera de la Iglesia, y fuera de ella no hay bautismo (75, 1-3). Dionisio, por su parte, acusa a Novaciano de rechazar «el santo bautismo» (VII, 8). Ambrosio, al responder a Hebreos 6, sostiene que el pasaje trata del bautismo, que no se repite, y que de ahí no se sigue que el pecado posterior no pueda perdonarse (II, 2, 7-8). Papandrea concluye que los novacianos rebautizaban, con una cautela: no podían rebautizar a quienes se habían bautizado antes de la persecución, y no queda claro si Novaciano mismo sostenía esa práctica o la adoptaron sus seguidores.

    Nicea y la Iglesia de los puros

    Del propio Novaciano después del cisma casi no hay noticias. DeSimone señala que ninguna de sus obras llegó con su nombre: Sobre la Trinidad y Sobre los alimentos judíos se copiaron entre los escritos de Tertuliano, y los dos tratados sobre los espectáculos y la pureza, entre los de Cipriano. Goodspeed, que DeSimone cita, lo explica así: los antiguos los encontraban demasiado valiosos para no copiarlos y no podían atribuirlos al célebre cismático romano. Jerónimo dice que Sobre la Trinidad es «una especie de epítome» de la obra de Tertuliano que muchos atribuyen erróneamente a Cipriano (Varones ilustres, 70). Papandrea la juzga ortodoxa y anterior a la persecución. En el capítulo 29 el tratado atribuye al Espíritu los dones de la Iglesia, entre ellos los «poderes de gobierno», y cita en ese pasaje : «a quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados».
    Sobre su final, Sócrates dice que Novaciano murió mártir bajo Valeriano (IV, 28), y DeSimone advierte que Sócrates simpatizaba con los novacianos. En 1932 se halló en un cementerio junto a San Lorenzo, en Roma, una tumba con la inscripción «A Novaciano, beatísimo mártir», puesta por el diácono Gaudencio. DeSimone dice que es muy discutido si se refiere al Novaciano del cisma; Papandrea, que no se puede saber, aunque lo juzga probable.
    La Iglesia novaciana, en cambio, tiene historia. En Nicea, en 325, estuvo Acesio, su obispo en Constantinopla, a quien Constantino honraba por la austeridad de su vida (Hefele). Sócrates cuenta el diálogo. Dice que lo oyó de un anciano, hombre de ningún modo propenso a la falsedad, que lo refería de pasada, y observa que ni Eusebio ni nadie más lo mencionó:
    Texto de la fuenteSócrates Escolástico · Historia eclesiástica · I, 10Consultar la referencia
    La diligencia del emperador me induce a mencionar otra circunstancia expresiva de su ánimo, que sirve para mostrar cuánto deseaba la paz. Pues aspirando a la armonía eclesiástica, convocó al concilio también a Acesio, obispo de la secta de los novacianos. Ahora bien, cuando la declaración de fe hubo sido escrita y suscrita por el sínodo, el emperador preguntó a Acesio si también él estaría de acuerdo con este credo y con la fijación del día en que debía observarse la Pascua. Respondió: "El sínodo no ha determinado nada nuevo, príncipe mío; pues así, desde el principio, desde los tiempos de los apóstoles, he recibido por tradición la definición de la fe y el tiempo de la celebración de la Pascua." Como el emperador le preguntara además: "¿Por qué razón, entonces, te separas tú de la comunión con el resto de la Iglesia?", él refirió lo que había tenido lugar durante la persecución bajo Decio, y aludió a la rigidez de aquel canon austero que declara que no es justo que las personas que después del bautismo han cometido un pecado, al cual las sagradas Escrituras llaman 'un pecado de muerte' [], sean consideradas dignas de participar en los sacramentos; que, en verdad, deben ser exhortadas al arrepentimiento, pero que no han de esperar la remisión del sacerdote, sino de Dios, que puede y tiene autoridad para perdonar los pecados. Cuando Acesio hubo hablado así, el emperador le dijo: "Pon una escalera, Acesio, y sube solo al cielo." Ni Eusebio Pánfilo ni ningún otro ha mencionado jamás estas cosas; pero yo las oí de un hombre de ningún modo propenso a la falsedad, que era muy anciano y que simplemente refería lo que había tenido lugar en el concilio en el curso de una narración. De lo cual conjeturo que quienes han pasado por alto este suceso en silencio fueron movidos por motivos que han influido en muchos otros historiadores; pues con frecuencia suprimen hechos importantes, ya por prejuicio contra algunos, ya por parcialidad hacia otros.
    El concilio no nombra a Novaciano, pero Vogt considera claro que los «Cátaros» del canon 8 son los novacianos, y observa que el canon evita cualquier calificativo contra ellos:
    Texto de la fuentePrimer Concilio de Nicea · Credo, cánones y carta sinodal · Nicea I, Canon 8Consultar la referencia
    Acerca de los que se llaman a sí mismos Cátaros, si se pasan a la Iglesia Católica y Apostólica, el grande y santo Sínodo decreta que los que están ordenados continúen como están en el clero. Pero ante todas las cosas es necesario que profesen por escrito que observarán y seguirán los dogmas de la Iglesia Católica y Apostólica; en particular, que comulgarán con personas que se han casado dos veces, y con aquellos que, habiendo caído en la persecución, han tenido un período [de penitencia] impuesto y un tiempo [de restauración] fijado, de modo que en todas las cosas seguirán los dogmas de la Iglesia Católica. Dondequiera, pues, ya sea en aldeas o en ciudades, se hallare que todos los ordenados son de estos solamente, permanezcan en el clero, y en el mismo rango en que se encuentren. Pero si se pasan a donde hay un obispo o presbítero de la Iglesia Católica, es manifiesto que el Obispo de la Iglesia debe tener la dignidad episcopal; y el que fue llamado obispo por los que se llaman Cátaros tendrá el rango de presbítero, a menos que parezca conveniente al Obispo admitirlo a participar en el honor del título. O, si esto no fuere satisfactorio, entonces el obispo le proveerá un lugar como Corepíscopo, o presbítero, a fin de que sea evidentemente visto como parte del clero, y de que no haya dos obispos en la ciudad.
    Las condiciones de vuelta son dos: comulgar con los casados dos veces y con los caídos que han hecho su penitencia. El sentido de la imposición de manos (cheirothetoumenous) es discutido. Hefele la entiende como el gesto que Nicea pide también a los clérigos melecianos, y recuerda que Beveridge y Van Espen la leían de otro modo: los ordenados entre los novacianos seguirían simplemente en su orden. Vogt discute la hipótesis de Greenslade, que ve en el gesto una nueva ordenación, y concluye que es un rito de reconciliación, por el vocabulario del siglo IV y porque el concilio no cuestiona el bautismo novaciano. Hefele añade que la templanza del canon no apagó el cisma, y recuerda que Sozomeno sugiere que Acesio fue muy útil a su partido y que suele creerse que el canon es tan templado por respeto a él. Papandrea saca una consecuencia más amplia: Nicea trató a los novacianos como cristianos ortodoxos, aunque no católicos.
    Eusebio recoge además, en la Vida de Constantino (III, 64-65), un edicto dirigido primero a «novacianos, valentinianos, marcionitas, paulianos, los que sois llamados catafrigios», que ordena privarlos de «todas las casas en las que soléis celebrar vuestras asambleas». Vogt dice que, aunque el texto fuera inauténtico, muestra la importancia que su autor daba a los novacianos en tiempos de Constantino.
    Casi todo lo que se sabe de los siglos IV y V viene de Sócrates. Los novacianos de Frigia cambiaron la fecha de la Pascua en un sínodo de Pazum (IV, 28), y esa disputa dividió después a la Iglesia novaciana de Constantinopla, con el presbítero Sabacio (V, 21). Valente cerró sus iglesias y desterró a su obispo Agelio, hasta que Marciano, un presbítero que enseñaba gramática a las hijas del emperador, consiguió que se reabrieran (IV, 9). Teodosio, tras la conferencia de 383, «promulgó una ley que les aseguraba la posesión pacífica de sus propios edificios eclesiásticos» (V, 10). El concilio de Constantinopla de 381 manda recibir a los novacianos, tras una renuncia escrita a todo lo que no concuerde con la Iglesia católica, con una unción y no con un bautismo (canon 5 en el sitio, 7 en el volumen de Percival). La presión de los obispos vino después, y Sócrates la lamenta:
    Texto de la fuenteSócrates Escolástico · Historia eclesiástica · VII, 11 (extracto)Consultar la referencia
    Y este Celestino arrebató también las iglesias a los novacianos en Roma, y obligó a Rustícula, su obispo, a celebrar sus reuniones en secreto en casas particulares. Hasta este tiempo los novacianos habían florecido extraordinariamente en Roma, poseyendo allí muchas iglesias, a las que asistían grandes congregaciones. Pero la envidia los atacó también a ellos, tan pronto como el episcopado romano, al igual que el de Alejandría, se extendió más allá de los límites de la jurisdicción eclesiástica y degeneró en su estado actual de dominación secular. Pues a partir de entonces los obispos no permitieron ni siquiera a aquellos que concordaban con ellos en materia de fe gozar del privilegio de reunirse en paz, sino que los despojaron de todo lo que poseían, alabándolos meramente por esa concordia en la fe. Los obispos de Constantinopla se mantuvieron libres de esta [clase de conducta]; pues además de tolerarlos y permitirles celebrar sus asambleas dentro de la ciudad, como ya he señalado, los trataron con toda muestra de consideración cristiana.
    Antes, Inocencio había sido «el primer perseguidor de los novacianos en Roma» (VII, 9), y Cirilo, al llegar al episcopado de Alejandría en 412, cerró sus iglesias y se apoderó de sus vasos sagrados (VII, 7). Papandrea añade que en Occidente casi desaparecieron en el siglo V y que en Oriente algunos grupos duraron hasta el VII. A fines del VI Eulogio de Alejandría todavía escribía contra ellos.

    Lo que quedó fijado y lo que sigue discutido

    Quedó fijado que la Iglesia puede readmitir a los caídos tras una penitencia proporcionada. Así lo decidieron Cartago y Roma en 251, y eso mismo exige Nicea a los «puros» que vuelven: comulgar con los caídos que han hecho su penitencia. Quedó también que lo grave es separarse. Cipriano recuerda que el obispo africano que negaba la paz a los adúlteros seguía en la unidad (51, 21). Y quedó el argumento de Ambrosio, que lee Hebreos 6 como una norma sobre el bautismo y no sobre la penitencia (II, 2, 7-8).
    Lo que Novaciano pensaba sigue discutido. Papandrea y DeSimone leen a Sócrates y ven en él a un rigorista que dejaba el perdón a Dios; Vogt lee a Dionisio, a Ambrosio y a Pacian, y ve a alguien que dudaba también del perdón divino. Tampoco hay acuerdo en si defendía una tradición o inventaba una posición propia: Koch lo cree lo primero, Vogt lo niega, y Daniélou, citado por DeSimone, lo une al conflicto anterior entre Hipólito y Calixto. Cipriano lo trata como cisma, Dionisio y Ambrosio como doctrina equivocada, y Nicea como una Iglesia que puede recibirse con condiciones. Los hechos de 251 siguen en sombra, porque casi todas las fuentes son de parte. Papandrea hace un juicio de conjunto: la eclesiología pesó más que la teología, y Roma eligió al pastor y no al teólogo.

    Dónde seguir

    Los textos de Cipriano sobre la crisis están en Sobre los caídos, Sobre la unidad de la Iglesia y las Cartas, donde se leen las 29, 30, 40 a 51, 66 y 75 de las que habla este artículo; su perfil está en Cipriano de Cartago. De Novaciano está Sobre la Trinidad. Eusebio da la carta de Cornelio y las de Dionisio en la Historia eclesiástica (VI, 43 a 46 y VII, 8), y los demás escritos de Dionisio están en sus Epístolas y fragmentos. Sócrates y Sozomeno cuentan a Acesio y a los novacianos de Constantinopla (Sócrates; Sozomeno), y los cánones 8 de Nicea y 5 de Constantinopla están en los concilios ecuménicos. Ambrosio escribió contra los novacianos Sobre la penitencia, y el rigorismo romano anterior, en su pleito con Calixto, está en la Refutación. Para la persecución de Decio, véanse Persecución y martirio y El cristianismo del siglo III; para el episcopado y la unidad, Autoridad y ministerio.
    Nota de lectura · Fuentes de este artículo y sus límites
    Primarios. Los textos de Cipriano (Cartas 29, 30, 40 a 51, 66 y 75; Sobre la unidad de la Iglesia), de Eusebio (Historia eclesiástica VI, 43 a 46 y VII, 8; Vida de Constantino III, 64 y 65), de Sócrates (I, 10; IV, 9 y 28; V, 10 y 21; VII, 7, 9 y 11), de Sozomeno (I, 22), de Ambrosio (Sobre la penitencia), de Hipólito (Refutación IX, 7), de Jerónimo (Varones ilustres, 69 y 70) y de Novaciano (Sobre la Trinidad, cap. 29), y los cánones 8 de Nicea y 5 de Constantinopla I, son los que el sitio publica en sus escritos y se copian tal como allí están: una traducción automática al castellano, hecha de las versiones inglesas de Ante-Nicene Fathers y Nicene and Post-Nicene Fathers y no de los originales, como declara cada escrito. Las cartas de Cipriano son la versión inglesa de Wallis (ANF 5), y su numeración es la de esa edición (véase la nota); se cotejó con la de Gredos (Biblioteca Clásica Gredos 255, trad. de M.ª Luisa García Sanchidrián) y con las citas de Benson, Vogt, Gülzow y Papandrea. Las dos cartas de Novaciano al clero romano son la 30 y la 29 del sitio. De la edición de DeSimone (The Trinity, The Spectacle, Jewish Foods, In Praise of Purity, Letters, Fathers of the Church 67, con derechos) se leyó la introducción general y se resumen sus datos con su nombre. De Pacian de Barcelona se parafrasea la traducción de Hanson (FOTC 99, con derechos). Kidd, Documents Illustrative of the History of the Church, vol. 1 (1920), que da en inglés pasajes de las cartas 48 y 51 de Cipriano y las dos de Dionisio, sirvió para comprobar su sentido y es la fuente de la conjetura sobre la ocasión de la carta de Dionisio a Novaciano.
    Estudios. James L. Papandrea, Novatian of Rome and the Culmination of Pre-Nicene Orthodoxy (Pickwick, 2012). Hermann Josef Vogt, Coetus sanctorum: Der Kirchenbegriff des Novatian und die Geschichte seiner Sonderkirche (Bonn, 1968, en alemán). Henneke Gülzow, Cyprian und Novatian: Der Briefwechsel zwischen den Gemeinden in Rom und Karthago zur Zeit der Verfolgung des Kaisers Decius (Tubinga, 1975, en alemán). Edward White Benson, Cyprian: His Life, His Times, His Work (1897). Charles Joseph Hefele, A History of the Christian Councils, vol. 1 (trad. de William R. Clark, 1871). Cada afirmación de estos autores lleva su nombre en el texto. Lo que se toma de Koch, de Daniélou, de Greenslade, de Weyer o de Goodspeed viene a través de Vogt o de DeSimone y se dice así.
    Límites. No se leyó Allen Brent, Cyprian and Roman Carthage, que está en la biblioteca como PDF sin capa de texto. De Vogt se leyeron la crisis de 251, el resumen de su parte doctrinal, la doctrina penitencial de Novaciano y la cuestión de Nicea; no se leyeron su análisis de la doctrina de la Iglesia en el conjunto de la obra, el capítulo sobre sus adversarios literarios, la historia de los novacianos de Oriente ni lo que dice sobre las leyes de Constantino. De Gülzow solo las partes sobre la autoría de las cartas romanas, y de Benson los capítulos sobre la vacante de Roma y sobre el avance del novacianismo. Papandrea cita Hebreos 6, 4-6 como apoyo de la segunda carta romana (la 36 de Gredos, la 29 del sitio); en el texto de esa carta que se leyó no está, y aquí no se usa. FOTC 67 cuenta tres cartas de Novaciano (30, 31 y 36 de Gredos); Gülzow atribuye la 31 a los confesores romanos. Del ANF 5 suelto no se hizo lectura aparte, porque los escritos del sitio ya reproducen su texto. De Pacian, en la traducción de Craig L. Hanson (Iberian Fathers, vol. 3, FOTC 99, 1999, con derechos), se leyeron la introducción, la carta 2 y los párrafos 5 a 7 de la carta 3; el resto de las cartas a Simproniano, el Contra Novaciano y la Refutación de Eulogio de Alejandría (en Focio) se conocen por Vogt, Papandrea y DeSimone. Tampoco las leyes de Constantino ni el canon 12 de Neocesarea. Ninguna cita se comparó con el griego ni con el latín. En el comentario al canon 8, Hefele escribe «Cecilian» donde se esperaría Cornelio; no se usó ese dato. Las fechas dependen del autor: la elección de Cornelio es de marzo de 251 para DeSimone, Papandrea y Benson, y de junio para la tradición que Benson discute; el concilio de Cartago, de abril, mayo o junio de 251; el sínodo de Roma, de mayo u otoño; el concilio cartaginés que reconcilia a los penitentes, de 252 o 253; y la muerte de Novaciano, que Sócrates sitúa bajo Valeriano, no está probada.
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