Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
«Dedicatoria al emperador Teodosio por Salaminio Hermias Sozomeno, y propuesta de una Historia Eclesiástica»: así se titula la carta con que abre esta obra, la historia de la Iglesia que un abogado de Constantinopla, nacido cerca de Gaza, ofreció al emperador en los años cuarenta del siglo V. Son nueve libros que empiezan con la conversión de Constantino, pasan por Nicea y por sesenta años de disputas arrianas, siguen a los monjes de Egipto, Palestina y Siria, y llegan, inconclusos, hacia 425. Su autor, formado entre monjes, quiso hacer del monacato un rasgo de su historia (Hartranft).
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que imprimió en 1890 el volumen 2 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), el volumen «Socrates & Sozomenus», bajo la supervisión editorial de Philip Schaff y Henry Wace. En su portada la Historia de Sozomeno figura como «traducida del griego» y «revisada por Chester D. Hartranft», del Hartford Theological Seminary; New Advent la da como «traducida por Chester D. Hartranft» (Christian Literature Publishing Co., Buffalo, 1890). La versión castellana es automática (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) y no se atribuye a ningún traductor humano.
| Autor | Salaminio Hermias Sozomeno (NPNF); Wikipedia: Salamanes Hermias Sozomenos, c. 400 – c. 450. Abogado en Constantinopla; familia cristiana de Betelia, cerca de Gaza |
| Título | Historia eclesiástica (en inglés, Ecclesiastical History); dedicada al emperador Teodosio II |
| Fecha | Las fuentes no coinciden (ver «El libro y su plan»): Wikipedia la sitúa hacia 440–443; Hartranft, después de junio de 443 y antes de 450 |
| Alcance | El título del NPNF dice «desde el año 323 hasta el 425»; Sozomeno se proponía llegar a 439 y lo conservado termina hacia 425 |
| Estructura | Dedicatoria y nueve libros, con 249 capítulos |
| Transmisión | Manuscritos griegos; la primera edición impresa es la de Robert Estienne (París, 1544); en latín circuló sobre todo en la Historia tripartita de Casiodoro (Hartranft) |
| Extensión | Unas 150 000 palabras en esta edición |
| Traducción | Castellana, automática y directa del inglés del NPNF; no del griego |
| Fuente | Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 2 (1890), tal como lo recoge CCEL con su introducción y sus notas |
La obra va por reinados, y cada libro cubre aproximadamente el de uno o varios emperadores (los períodos son los que da Wikipedia; los asuntos, los de los títulos de capítulo de la edición inglesa).
| Libro | Capítulos | De qué trata |
|---|---|---|
| I | 1–25 | Conversión de Constantino; los monjes; el origen del arrianismo; el concilio de Nicea (312–325) |
| II | 1–34 | El hallazgo de la cruz; los mártires de Persia; Atanasio; el concilio de Tiro; muerte de Arrio y de Constantino (325–337) |
| III | 1–24 | Los hijos de Constantino; el sínodo de Sárdica; monjes de Egipto; Dídimo y Efrén (337–350) |
| IV | 1–30 | Constancio; Rímini y Seleucia; los macedonianos; la deposición de Cirilo de Jerusalén (350–361) |
| V | 1–22 | Juliano el Apóstata; mártires de Gaza; el intento de reedificar el templo de Jerusalén (361–363) |
| VI | 1–40 | Joviano y Valente; Basilio y Gregorio; el Espíritu Santo; monjes de Egipto, Palestina, Siria y Edesa (363–378) |
| VII | 1–29 | Teodosio I; el segundo concilio general; Ambrosio; el fin de los templos paganos (378–395) |
| VIII | 1–28 | Juan Crisóstomo y su destierro; Teófilo de Alejandría y los monjes origenistas (395–408) |
| IX | 1–17 | Teodosio II y Pulqueria; los bárbaros y Roma; las reliquias de los cuarenta mártires, de Zacarías y de Esteban (408–425) |
Cuándo y hasta dónde. Sozomeno anuncia en la dedicatoria que llegará al 17.º consulado de Teodosio II, es decir, a 439, pero la narración continua se detiene hacia 425, con la subida de Valentiniano III. Wikipedia dice que escribió la obra en Constantinopla entre 440 y 443; Hartranft razona que es posterior a junio de 443 (un viaje imperial a Heraclea que Sozomeno llama reciente) y anterior a 450, y concluye que quedó inacabada, sin que se haya perdido nada. Wikipedia dice lo contrario: que la mayoría de los estudiosos cree que Sozomeno sí llegó hasta 439 y que el final se ha perdido; recoge además la tesis de Güldenpenning, según la cual el propio Sozomeno lo suprimió por una mención de la emperatriz Eudocia, caída luego en desgracia. Tampoco coinciden en cuándo nació: Hartranft lo hace nacer entre 370 y 380, Wikipedia hacia 400, y el «Memoir» de Walford que el NPNF reimprime, a comienzos del siglo V.
Sus fuentes. Según Wikipedia, tres cuartas partes de su material siguen a Sócrates Escolástico, aunque Sozomeno vuelve a las fuentes de este y añade; usa además a Rufino, a Atanasio, las actas sinodales de Sabino, la tradición oral de Palestina y, para el libro IX, a Olimpiodoro de Tebas. Menciona un trabajo anterior suyo, hoy perdido, que según Wikipedia iba de la Ascensión a 323 en doce libros. La nota que sigue a la dedicatoria resume cómo se relaciona con Sócrates.
Este texto sale del volumen 2 de la segunda serie del NPNF, Socrates Scholasticus, Sozomenus: Church Histories, publicado con la supervisión de Schaff y Wace (la portada de CCEL lleva el pie de T&T Clark, Edimburgo, y Eerdmans, Grand Rapids; New Advent da Buffalo, 1890). La portada de la Historia de Sozomeno dice «traducida del griego» y «revisada por Chester D. Hartranft». La introducción de Hartranft enumera, entre las traducciones inglesas anteriores, la de Edward Walford (Londres, 1846; reimpresa en la Biblioteca Eclesiástica de Bohn en 1855), y el NPNF reimprime el «Memoir of Sozomen» y la «Address» de esa versión. Hartranft cita, entre las ediciones del griego, la de Robert Estienne (París, 1544), la de Valesio con las notas de Reading (Cambridge, 1720) y la de Robert Hussey (Oxford, 1860).
Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir del inglés de la edición; no se atribuye a ningún traductor humano. Se cotejó con ese inglés: tiene los mismos 260 encabezados y los mismos 668 párrafos, y el castellano tiene un 98,6 % del largo del inglés; no se vio texto sin traducir.
Lo que viene de la edición. La dedicatoria, los nueve libros, su división en capítulos numerados y los títulos de capítulo son los de la edición inglesa; los capítulos no llevan numeración de secciones, y por eso los localizadores son «libro, capítulo» (I, 23). El epub rotula dos veces «Libro II» y el primero de ellos es en realidad el Libro I (CCEL lo confirma: la numeración continúa I, II, III…); aquí el primero se titula Libro I. El epub no trae el prefacio de Schaff, la introducción de Hartranft, el «Memoir» de Walford ni las notas de la edición, y termina con un texto ajeno sobre Sulpicio Severo que no es de Sozomeno y no se reproduce. Las referencias bíblicas entre corchetes son las que trae el epub; las que no son versículos reconocibles quedan como texto («Génesis xviii», I, 1, sin versículo).
Dedicatoria
Dedicatoria al emperador Teodosio por Salaminio Hermias Sozomeno, y propuesta de una Historia Eclesiástica
Cuenta la sabiduría popular que los emperadores de antaño se aplicaban a alguna cosa útil, cada uno según su inclinación: quienes amaban los ornamentos cuidaban de la púrpura real, de la corona y de cuanto se le asemeja; quienes eran estudiosos de las letras, componían alguna obra fabulosa o tratado capaz de fascinar a sus lectores; y los diestros en la guerra se ejercitaban en dirigir el arma justo al blanco, en acertar a las fieras, en arrojar la lanza o en saltar sobre el caballo. Todo aquel que se consagraba a un oficio grato a los soberanos se presentaba en palacio. Uno trae una piedra preciosa que no se deja pulir fácilmente; otro se compromete a preparar un color más brillante que la púrpura real; uno dedica un poema o un tratado; otro introduce una armadura de factura extraña y singular.
Se considera la más grande y regia cosa que el soberano de todo un pueblo posea, al menos, una de las virtudes comunes; pero no se ha hecho tan gran estima de la piedad, que es, después de todo, el verdadero adorno del imperio. Tú, empero, ¡oh poderosísimo emperador Teodosio!, has cultivado, en una palabra, con el auxilio de Dios, toda virtud. Ceñido con la púrpura y la corona, símbolo de tu dignidad ante los ojos de los que te contemplan, llevas siempre dentro el verdadero adorno del imperio: la piedad y la filantropía. De donde sucede que poetas y escritores, y la mayor parte de tus oficiales, así como los demás de tus súbditos, se ocupan en toda ocasión de ti y de tus hazañas. Y cuando presides como juez de los certámenes y árbitro de los discursos, no te dejas arrebatar la exactitud por ningún artificio de sonido o de forma, sino que otorgas el premio con sinceridad, observando si la dicción conviene al designio de la composición; lo mismo respecto a la forma de las palabras, a las divisiones, al orden, a la unidad, a la fraseología, a la construcción, a los argumentos, al pensamiento y a la narración. Recompensas a los oradores con tu juicio favorable y aplauso, así como con imágenes de oro, erección de estatuas, dones y toda clase de honores. Muestras mayor favor personal hacia los oradores que el que mostraron los antiguos cretenses hacia el tan celebrado Homero; o los Alevadas a Simónides; o Dionisio, el tirano de Sicilia, a Platón, el compañero de Sócrates; o Filipo el Macedonio, a Teopompo el historiador; o el emperador Severo a Opiano, que relató en verso las clases, la naturaleza y la pesca de los peces. Pues, después que los cretenses recompensaron a Homero con mil nummi, inscribieron la suma del don en una columna pública, como para jactarse de su excesiva munificencia. Los Alevadas, Dionisio y Filipo no fueron más reservados que los cretenses, que se jactaban de su gobierno modesto y filosófico, sino que imitaron pronto su columna, para no ser inferiores en sus donativos. Pero cuando Severo otorgó a Opiano un don de oro por cada verso de su moderado poema, asombró de tal modo a todos con su liberalidad, que los poemas de Opiano se llaman popularmente palabras de oro hasta el día de hoy. Tales fueron las donaciones de los antiguos amantes del saber y de los discursos. Pero tú, oh emperador, superas a cualquiera de los antiguos en tu liberalidad para con las letras, y me parece que no haces esto sin razón. Pues mientras te esfuerzas por vencer a todos con tus virtudes, conduces también con éxito tus propios asuntos, conforme a tu conocimiento profundo de la historia de aquellos asuntos antiguos, tan prósperamente dirigidos por griegos y romanos. Dice la fama que durante el día te ejercitas en lo militar y corporal, y ordenas los asuntos del Estado dando decisiones judiciales, tomando nota de lo necesario y observando, tanto en público como en privado, las cosas que deben hacerse; y que por la noche te ocupas de los libros. Se dice que te sirve, para el estudio de estas obras, una lámpara que hace fluir el aceite automáticamente a la mecha por medio de algún mecanismo, para que ninguno de los servidores de palacio se vea obligado a pagar tributo a tus labores y a violentar la naturaleza luchando contra el sueño. Así eres humano y apacible, tanto con los cercanos como con todos, pues imitas al Rey celestial que es tu modelo; en que Él ama enviar la lluvia, y hace salir el sol sobre justos e injustos, así como conceder otras bendiciones sin mezquindad. Como es natural, oigo también que por tu variada erudición no eres menos versado en la naturaleza de las piedras, en las virtudes de las raíces y en las fuerzas de los remedios, que Salomón, el más sabio hijo de David; pero lo superas en virtud; porque Salomón se hizo esclavo de sus placeres y no conservó hasta el fin aquella piedad que había sido para él fuente de prosperidad y sabiduría. Pero tú, poderosísimo emperador, porque pones tu razón refrenadora en orden contra la ligereza, no eres solamente autócrata de los hombres, sino también de las pasiones del alma y del cuerpo, como naturalmente se supondría. Y esto también ha de señalarse: entiendo que vences el deseo de todo alimento y bebida; ni los higos más dulces, por decirlo poéticamente, ni ninguna otra clase de fruta en sazón, pueden cautivarte, salvo lo poco que tocas y pruebas, después de haber dado gracias al Hacedor de todas las cosas. Sueles vencer la sed, el calor sofocante y el frío con tu ejercicio diario, de modo que pareces tener el dominio de ti mismo como una segunda naturaleza. Hace poco, como es bien sabido, deseabas visitar la ciudad de Heraclea del Ponto y restaurarla, postrada por el tiempo, y emprendiste el camino en la estación estival a través de Bitinia. Cuando el sol, hacia el mediodía, era muy ardiente, uno de la guardia personal te vio, acalorado con mucho sudor y nubes de polvo, y, como para hacerte un favor, te ofreció anticipadamente una copa que reflejaba brillantemente los rayos del sol; echó en ella una bebida dulce y añadió agua fría. Pero tú, poderosísimo emperador, la recibiste, alabaste al hombre por su buena voluntad y diste a entender que pronto le recompensarías por su bien ejecutada acción con munificencia real. Pero cuando todos los soldados admiraban con la boca abierta el plato y tenían por dichoso al que había de beber, tú, oh noble emperador, devolviste la bebida al hombre y le ordenaste que la usara como quisiera. De modo que me parece que Alejandro, el hijo de Filipo, fue superado por tu virtud; de quien cuentan sus admiradores que, pasando con los macedonios por un lugar sin agua, un soldado ansioso halló agua, la sacó y la ofreció a Alejandro; él no quiso beberla, sino que derramó la bebida. Por tanto, en una palabra, es apropiado llamarte, según Homero, más regio que los reyes que te precedieron; pues hemos oído de algunos que no adquirieron nada digno de admiración, y de otros que adornaron su reinado apenas con una o dos hazañas. Pero tú, oh poderosísimo emperador, has reunido todas las virtudes y has superado a todos en piedad, filantropía, valor, prudencia, justicia, munificencia y una magnanimidad digna de la dignidad real. Y toda edad se gloriará de tu gobierno como el único sin mancha y puro de sangre, por encima de todos los gobiernos que jamás existieron. Enseñas a tus súbditos a buscar las cosas serias con placer, de modo que muestran celo por ti y por los asuntos públicos, con buena voluntad y respeto. De manera que, por todas estas razones, me ha parecido necesario, como escritor de Historia Eclesiástica, dirigirme a ti. Pues ¿a quién puedo hacerlo más apropiadamente, cuando estoy por relatar la virtud de muchos varones consagrados y los acontecimientos de la Iglesia Católica; y cuando sus conflictos con tantos enemigos me conducen a tu umbral y al de tus padres? Ven tú, que conoces todas las cosas y posees toda virtud, especialmente aquella piedad, que la Palabra divina dice es el principio de la sabiduría, recibe de mí este escrito, ordena sus hechos y purifícalo con tus labores, a partir de tu conocimiento exacto, ya por adición, ya por eliminación. Pues cualquier curso que te parezca agradable, ese será enteramente ventajoso y brillante para los lectores, y nadie pondrá mano en él después de tu aprobación. Mi historia comienza con el tercer consulado de los Césares Crispo y Constantino, y se extiende hasta tu decimoséptimo consulado. Juzgué conveniente dividir toda la obra en nueve partes: los libros primero y segundo comprenderán los asuntos eclesiásticos bajo Constantino; el tercero y el cuarto, los de sus hijos; el quinto y el sexto, los de Juliano, primo de los hijos del gran Constantino, y Joviano, y, además, de Valentiniano y Valente; los libros séptimo y octavo, oh poderosísimo emperador, expondrán los asuntos bajo los hermanos Graciano y Valentiniano, hasta la proclamación de Teodosio, tu divino abuelo, y hasta que tu celebrado padre Arcadio, junto con tu tío, el piadosísimo y amado de Dios Honorio, recibieron el gobierno paterno y participaron en la ordenación del mundo romano; el libro noveno lo he dedicado a tu amante de Cristo e inocentísima majestad, a la que Dios conserve siempre en inquebrantable buena voluntad, triunfando grandemente sobre los enemigos, teniendo todas las cosas bajo tus pies y transmitiendo el santo imperio a los hijos de tus hijos con la aprobación de Cristo, por quien y con quien sea la gloria a Dios, y al Padre, con el Espíritu Santo, por siempre. Amén.
Comentario editorial · Sozomeno y Sócrates
Sozomeno escribe después de Sócrates Escolástico y lo usa mucho. Según Wikipedia, de Sócrates sale cerca de tres cuartas partes de su material, y Hussey y Güldenpenning lo han demostrado cotejando pasajes: en una anécdota (Sócrates, I, 10) este avisa de que ni Eusebio ni otro autor la cuenta, y Sozomeno la repite (I, 22) con el mismo vocabulario. Pero Wikipedia añade que Sozomeno no copia sin más: vuelve a las fuentes que Sócrates usó (Rufino, Atanasio, las actas de Sabino) y a veces da más de ellas, y recoge tradición oral, sobre todo de Palestina. Para el libro IX sigue a Olimpiodoro de Tebas. Al leerlo conviene, pues, tener presente que dos de los «testimonios» de la época pueden ser uno solo.
Capítulo 1. Prefacio del libro, en el que se investiga la historia de la nación judía; mención de quienes comenzaron tal obra; cómo y de qué fuentes recogió su historia; cómo se consagró a la verdad, y qué otros detalles contendrá la historia
I, 1
A menudo se ha ejercitado mi mente en indagar cómo es que los demás hombres están muy prontos a creer en Dios Verbo, mientras que los judíos son tan incrédulos, aunque a ellos fue, desde el principio, impartida por los profetas la instrucción acerca de las cosas de Dios, quienes además les dieron a conocer los acontecimientos que acompañarían la venida de Cristo, antes de que sucedieran. Además, Abraham, el fundador de su nación y de la circuncisión, fue considerado digno de ser testigo ocular y huésped del Hijo de Dios [Génesis xviii]. E Isaac, su hijo, fue honrado como figura del sacrificio en la cruz, pues fue llevado atado al altar por su padre y, como afirman los estudiosos exactos de las sagradas Escrituras, los padecimientos de Cristo acontecieron de manera semejante. Jacob predijo que la expectación de las naciones sería puesta en Cristo, como ahora lo es; y asimismo anunció el tiempo en que vino, cuando dijo «los gobernantes de los hebreos de la tribu de Judá, el caudillo tribal, faltarán.» []
Esto se refería claramente al reinado de Herodes, que era idumeo por parte de padre y árabe por parte de madre, y la nación judía le fue entregada por el senado romano y Augusto César. Y del resto de los profetas, unos declararon de antemano el nacimiento de Cristo, su inefable concepción, permaneciendo virgen la madre después de su nacimiento, su pueblo y su patria. Unos predijeron sus divinas y maravillosas obras, mientras otros anunciaron sus padecimientos, su resurrección de entre los muertos, su ascensión a los cielos y los acontecimientos que acompañaron a cada cosa. Pero si alguien ignora estos hechos, no le es difícil conocerlos leyendo los libros sagrados. Josefo, hijo de Matías, que era sacerdote y fue distinguidísimo entre judíos y romanos, puede considerarse testigo notable de la verdad acerca de Cristo; pues duda en llamarlo hombre, ya que realizó obras maravillosas y fue maestro de doctrinas verdaderas, pero abiertamente lo llama Cristo; dice que fue condenado a muerte de cruz y que apareció vivo al tercer día. Ni ignoraba Josefo otros innumerables y admirables vaticinios pronunciados de antemano por los santos profetas acerca de Cristo. Atestigua además que Cristo atrajo a sí a muchos, tanto griegos como judíos, que continuaron amándolo, y que el pueblo nombrado por él no se había extinguido. Me parece que, al narrar estas cosas, casi proclama que Cristo, por comparación de obras, es Dios. Como herido por el milagro, siguió de algún modo un camino intermedio, no atacando de ninguna manera a los que creían en Jesús, sino más bien coincidiendo con ellos.
Cuando considero este asunto, me parece razonablemente notable que los hebreos no se anticiparan y, antes que los demás hombres, se volvieran inmediatamente al cristianismo; pues aunque la Sibila y algunos oráculos anunciaron de antemano el futuro de los acontecimientos relativos a Cristo, no por eso hemos de atribuir incredulidad a todos los griegos. Porque eran pocos los que, mostrándose superiores en educación, podían comprender tales profecías, que en su mayor parte estaban en verso y se comunicaban al pueblo con palabras más recónditas. Por tanto, a mi juicio, fue resultado de la presciencia celestial, en aras de la concordancia de los acontecimientos futuros, que los hechos venideros habían de darse a conocer no solo por sus propios profetas, sino en parte también por extraños. Así como un músico, bajo la presión de una melodía extraña, puede pulsar ligeramente con su plectro los tonos superfluos de las cuerdas, o añadir otros a los ya existentes.
Habiendo mostrado ya que los hebreos, aunque poseían numerosas y más claras profecías acerca de la venida de Cristo, estuvieron menos dispuestos que los griegos a abrazar la fe que hay en Él, baste lo dicho sobre el asunto. Mas en modo alguno se tenga por contrario a la razón que la Iglesia haya sido edificada principalmente por la conversión de otras naciones; pues, en primer lugar, es evidente que, en las cosas divinas y grandes, Dios se complace en producir cambios de manera maravillosa; y, en segundo lugar, recuérdese que fue por el ejercicio de virtudes nada comunes como quienes, desde el comienzo mismo, estuvieron al frente de los asuntos religiosos mantuvieron su influjo. Si no poseían, ciertamente, un lenguaje aguzado para la expresión o para la belleza de la dicción, ni el poder de convencer a sus oyentes por medio de frases o de demostraciones matemáticas, no por ello dejaron de cumplir la obra que habían emprendido. Renunciaron a sus bienes, desatendieron a sus parientes, fueron extendidos en una cruz y, como dotados de cuerpos que no eran suyos, sufrieron muchos y atroces tormentos; ni seducidos por la adulación del pueblo y de los gobernantes de ciudad alguna, ni aterrados por sus amenazas, evidenciaron claramente con su conducta que los sostenía en la lucha la esperanza de una alta recompensa. De modo que, en realidad, no necesitaron recurrir a argumentos verbales; pues sin esfuerzo alguno de su parte, sus mismas obras constriñeron a los habitantes de cada casa y de cada ciudad a dar crédito a su testimonio, incluso antes de saber en qué consistía.
Puesto que, entonces, se ha producido en las circunstancias de los hombres un cambio tan divino y maravilloso que los antiguos cultos y las leyes nacionales han caído en desprecio; y puesto que muchos de los más célebres escritores griegos han ejercitado su elocuencia en describir el jabalí de Calidón, el toro de Maratón y otros prodigios semejantes, que en verdad han ocurrido en países o ciudades, o tienen un origen místico, ¿por qué no he de elevarme por encima de mí mismo y escribir una historia de la Iglesia? Pues estoy persuadido de que, como el asunto no son las hazañas de los hombres, puede parecer casi increíble que tal historia sea escrita por mí; pero, con Dios, nada es imposible.
Al principio me sentí fuertemente inclinado a trazar el curso de los acontecimientos desde el comienzo mismo; pero al reflexionar que registros semejantes del pasado hasta su propio tiempo habían sido compilados por aquellos sapientísimos varones, Clemente y Hegesipo, sucesores de los apóstoles, por el historiador Africano y por Eusebio, apellidado Pánfilo, hombre íntimamente versado en las sagradas Escrituras y en los escritos de los poetas e historiadores griegos, me limito a redactar un epítome en dos libros de todo cuanto se registra que sucedió a las iglesias, desde la ascensión de Cristo hasta la deposición de Licinio. Ahora, empero, con la ayuda de Dios, me esforzaré por relatar también los acontecimientos subsiguientes.
Registraré los hechos con los que he estado vinculado, y también aquellos de los que he oído hablar a personas que conocieron o vieron los sucesos en nuestros propios días o antes de nuestra generación. Pero he buscado registros de acontecimientos más antiguos entre las leyes establecidas relativas a la religión, entre las actas de los sínodos de la época, entre las innovaciones que surgieron y en las epístolas de reyes y sacerdotes. Algunos de estos documentos se conservan en palacios e iglesias, y otros están dispersos y en posesión de los doctos. Pensé con frecuencia en transcribirlos todos, pero, tras mayor reflexión, juzgué mejor, a causa de la masa de documentos, ofrecer solamente una breve sinopsis de su contenido; sin embargo, cuando se introduzcan temas controvertidos, transcribiré con gusto y libremente de cualquier obra que tienda a la elucidación de la verdad. Si alguien que ignora los acontecimientos pasados concluyera que mi historia es falsa porque encuentra afirmaciones contradictorias en otros escritos, sepa que, desde que se divulgaron los dogmas de Arrio y otras hipótesis más recientes, los gobernantes de las iglesias, discrepando entre sí, han transmitido por escrito sus propias opiniones particulares en beneficio de sus respectivos seguidores; y además, recuérdese, estos gobernantes convocaron concilios y expidieron los decretos que quisieron, condenando a menudo sin oírlos a aquellos cuya fe era distinta de la suya, y esforzándose al máximo por inducir al príncipe reinante y a los nobles del momento a ponerse de su lado. Empeñados en mantener la ortodoxia de sus propios dogmas, los partidarios de cada secta formaron respectivamente una colección de las epístolas que favorecían su propia herejía, omitiendo todos los documentos de tendencia contraria. ¡Tales son los obstáculos que nos acosan en nuestros esfuerzos por llegar a una conclusión sobre este asunto! Aun así, como es requisito, para mantener la exactitud histórica, prestar la más estricta atención a los medios de sacar a luz la verdad, me sentí obligado a examinar todos los escritos de esta clase según mi capacidad.
No se me impute un espíritu impertinente o maligno por haberme detenido en las disputas de los eclesiásticos entre sí acerca de la primacía y la preeminencia de su propia herejía. En primer lugar, como ya he dicho, un historiador debe considerar todo como secundario en importancia respecto de la verdad; además, la doctrina de la Iglesia Católica se muestra especialmente la más genuina, puesto que ha sido puesta a prueba con frecuencia por las asechanzas de pensadores opuestos; y sin embargo, siendo de Dios la disposición de la suerte, la Iglesia Católica ha mantenido su propia preponderancia, ha reasumido su propio poder y ha conducido a todas las iglesias y a los pueblos a la recepción de su propia verdad.
He tenido que deliberar si debía limitarme a la narración de los sucesos relacionados con la Iglesia bajo el gobierno romano; pero me pareció más aconsejable incluir, en la medida de lo posible, el registro de los hechos relativos a la religión entre los persas y los bárbaros. Ni es ajeno a la historia eclesiástica introducir en esta obra un relato de quienes fueron padres y originadores de lo que se denomina monacato, y de sus sucesores inmediatos, cuya celebridad nos es bien conocida por observación o por fama. Pues no querría ser considerado desagradecido con ellos, ni estar dispuesto a consignar su virtud al olvido, ni que se me creyera ignorante de su historia; sino que desearía dejar tras de mí un registro tal de su manera de vivir que otros, guiados por su ejemplo, pudieran alcanzar un fin bendito y feliz. A medida que avance la obra, se tratarán estos asuntos en lo posible.
Invocando la ayuda y la propiciación de Dios, procedo ahora a la narración de los acontecimientos; la presente historia tendrá su comienzo desde este punto.
Capítulo 2. De los obispos de las grandes ciudades en el reinado de Constantino; y de cómo, por temor a Licinio, el cristianismo se profesaba con cautela en Oriente hasta Libia, mientras que en Occidente, gracias al favor de Constantino, se profesaba con libertad
I, 2
Durante el consulado de Constantino César y Crispo César, Silvestre gobernaba la Iglesia de Roma; Alejandro, la de Alejandría; y Macario, la de Jerusalén. Ninguno, desde Romano, había sido designado para la Iglesia de Antioquía del Orontes; pues la persecución, al parecer, había impedido que la ceremonia de ordenación tuviera lugar. Los obispos reunidos en Nicea no mucho después, sin embargo, tuvieron tan clara conciencia de la pureza de vida y doctrina de Eustatio, que lo juzgaron digno de ocupar la sede apostólica; y aunque entonces era obispo de la vecina Berea, lo trasladaron a Antioquía.
Los cristianos de Oriente, hasta Libia en los confines de Egipto, no se atrevían a reunirse abiertamente como iglesia; pues Licinio les había retirado su favor; pero los cristianos de Occidente, los griegos, los macedonios y los ilirios, se reunían para el culto con seguridad gracias a la protección de Constantino, que estaba entonces al frente del Imperio romano.
Capítulo 3. Por la visión de la cruz y por la aparición de Cristo, Constantino es llevado a abrazar el cristianismo.— Recibe instrucción religiosa de nuestros hermanos
I, 3
Se nos ha informado de que Constantino fue llevado a honrar la religión cristiana por la concurrencia de varios acontecimientos diferentes, particularmente por la aparición de una señal del cielo.
Cuando por primera vez tomó la resolución de entrar en guerra contra Majencio, se vio asaltado por dudas respecto a los medios de llevar adelante sus operaciones militares y respecto a la fuente de donde podía esperar auxilio. En medio de su perplejidad, vio, en una visión, la vista de la cruz resplandeciendo en el cielo. Quedó asombrado ante el espectáculo, pero unos santos ángeles que estaban cerca exclamaron: «¡Oh, Constantino! ¡Por este símbolo, vence!» Y se dice que Cristo mismo se le apareció, le mostró el símbolo de la cruz y le ordenó construir uno semejante, y retenerlo como su auxilio en la batalla, pues le aseguraría la victoria.
Eusebio, de sobrenombre Pánfilo, afirma que oyó al emperador declarar bajo juramento que, cuando el sol estaba a punto de inclinarse hacia la mitad del día, él y los soldados que estaban con él vieron en el cielo el trofeo de la cruz compuesto de luz y rodeado por las siguientes palabras: «Por este signo, vence.»
Esta visión le salió al encuentro en el camino, cuando estaba perplejo sobre adónde debía conducir su ejército. Mientras reflexionaba sobre lo que aquello podía significar, llegó la noche; y cuando se durmió, Cristo se le apareció con la señal que había visto en el cielo, y le ordenó construir una representación del símbolo y usarla como auxilio en los encuentros hostiles. No había nada más que dilucidar; pues el emperador comprendió claramente la necesidad de servir a Dios.
Al amanecer, reunió a los sacerdotes de Cristo y les preguntó acerca de sus doctrinas. Ellos abrieron las sagradas Escrituras, expusieron las verdades relativas a Cristo y le mostraron por los profetas cómo las señales que habían sido predichas se habían cumplido. La señal que se le había aparecido era, dijeron, el símbolo de la victoria sobre el infierno; pues Cristo vino entre los hombres, fue extendido sobre la cruz, murió y volvió a la vida al tercer día. Por esta razón, dijeron, había esperanza de que, al final de la presente dispensación, habría una resurrección general de los muertos y entrada en la inmortalidad, cuando los que habían llevado una buena vida recibirían según correspondiera, y los que habían hecho el mal serían castigados. Sin embargo, continuaron, están provistos los medios de salvación y de purificación del pecado; a saber, para los no iniciados, la iniciación según los cánones de la iglesia; y para los iniciados, la abstinencia de pecados renovados. Pero como pocos, incluso entre los hombres santos, son capaces de cumplir esta última condición, se expone otro método de purificación, a saber, el arrepentimiento; pues Dios, en su amor hacia el hombre, otorga el perdón a los que han caído en pecado, con su arrepentimiento y la confirmación de su arrepentimiento mediante buenas obras.
Capítulo 4. Constantino ordena que el signo de la cruz sea llevado delante de él en la batalla; una narración extraordinaria sobre los portadores del signo de la cruz
I, 4
El emperador, asombrado por las profecías acerca de Cristo que le fueron expuestas por los sacerdotes, mandó llamar a algunos artesanos hábiles y les ordenó remodelar el estandarte llamado por los romanos Lábaro, para convertirlo en una representación de la cruz y adornarlo con oro y piedras preciosas. Este trofeo guerrero era estimado por encima de todos los demás; pues solía ser llevado siempre delante del emperador y era venerado por la soldadesca. Pienso que Constantino cambió el símbolo más honorable del poder romano en el signo de Cristo, principalmente para que, por la costumbre de tenerlo siempre a la vista y de venerarlo, los soldados pudieran ser inducidos a abandonar sus antiguas formas de superstición y a reconocer al verdadero Dios, a quien el emperador adoraba, como su caudillo y su auxilio en la batalla; pues este símbolo se llevaba siempre delante de sus propias tropas y, por orden del emperador, era llevado entre las falanges en lo más reñido del combate por una ilustre banda de lanceros, de los cuales cada uno, por turno, tomaba el estandarte sobre sus hombros y lo paseaba por las filas. Se dice que, en una ocasión, ante un movimiento inesperado de las fuerzas hostiles, el hombre que sostenía el estandarte, aterrorizado, lo puso en manos de otro y huyó secretamente de la batalla. Cuando estuvo fuera del alcance de las armas del enemigo, recibió de repente una herida y cayó, mientras que el hombre que había permanecido junto al símbolo divino quedó ileso, aunque muchas armas se dirigían contra él; pues los proyectiles del enemigo, maravillosamente dirigidos por la agencia divina, caían sobre el estandarte, y el portador del mismo, aunque en medio del peligro, fue preservado.
Se afirma también que ningún soldado que llevaba este estandarte en la batalla cayó jamás por ninguna calamidad oscura, como suele acontecer a la soldadesca en la guerra, ni fue herido ni hecho prisionero.
Capítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
I, 5
Soy consciente de que los paganos cuentan que Constantino, después de matar a algunos de sus parientes más cercanos, y particularmente después de consentir en el asesinato de su propio hijo Crispo, se arrepintió de sus malas acciones y preguntó a Sópater, el filósofo, que era entonces director de la escuela de Plotino, acerca de los medios de purificación de la culpa. El filósofo — según se cuenta — respondió que tal mancha moral no podía admitir purificación alguna. El emperador se afligió por este rechazo, pero al encontrarse casualmente con algunos obispos que le dijeron que sería limpiado del pecado con el arrepentimiento y con someterse al bautismo, se deleitó con sus explicaciones, admiró sus doctrinas, se hizo cristiano y condujo a sus súbditos a la misma fe. Me parece que esta historia fue invención de personas que deseaban vilipendiar la religión cristiana. Crispo, por cuya causa, se dice, Constantino requería purificación, no murió hasta el vigésimo año del reinado de su padre; ocupaba el segundo lugar en el imperio y llevaba el nombre de César, y aún se conservan muchas leyes, promulgadas con su sanción en favor del cristianismo. Que esto fue así puede probarse remitiéndose a las fechas fijadas en esas leyes y a las listas de los legisladores. No parece probable que Sópater tuviera trato alguno con Constantino, cuyo gobierno estaba entonces centrado en las regiones cercanas al océano y al Rin; pues su disputa con Majencio, el gobernador de Italia, había creado tanta disensión en los dominios romanos, que entonces no era fácil residir en la Galia, en Britania o en los países vecinos, en los cuales se admite universalmente que Constantino abrazó la religión de los cristianos antes de su guerra con Majencio y antes de su regreso a Roma e Italia: y esto lo evidencian las fechas de las leyes que promulgó en favor de la religión. Pero aun concediendo que Sópater se encontrara casualmente con el emperador, o que mantuviera correspondencia epistolar con él, no se puede imaginar que el filósofo ignorara que Hércules, hijo de Alcmena, obtuvo la purificación en Atenas mediante la celebración de los misterios de Ceres después del asesinato de sus hijos y de Ífito, su huésped y amigo. Que los griegos sostenían que podía obtenerse purificación de una culpa de esta naturaleza es obvio por el ejemplo que acabo de alegar, y es un falso calumniador quien representa que Sópater enseñaba lo contrario.
No puedo admitir la posibilidad de que el filósofo hubiera ignorado estos hechos; pues en aquella época era estimado como el hombre más sabio de Grecia.
Capítulo 6. El padre de Constantino permite que el nombre de Cristo se extienda; Constantino el Grande lo preparó para que penetrara por todas partes
I, 6
Bajo el gobierno de Constantino las iglesias florecieron y aumentaron en número día a día, ya que eran honradas por las buenas obras de un emperador benévolo y bien dispuesto, y además Dios las preservó de las persecuciones y hostigamientos que habían padecido anteriormente. Cuando las iglesias sufrían persecución en otras partes del mundo, solo Constancio, el padre de Constantino, concedió a los cristianos el derecho de adorar a Dios sin temor. Conozco una cosa extraordinaria hecha por él, digna de ser registrada. Quiso poner a prueba la fidelidad de ciertos cristianos, hombres excelentes y buenos, que estaban adscritos a sus palacios. Los reunió a todos y les dijo que, si sacrificaban a los ídolos además de servir a Dios, permanecerían a su servicio y conservarían sus cargos; pero que, si rehusaban acceder a sus deseos, serían expulsados de los palacios y apenas escaparían a su venganza. Cuando la diferencia de pareceres los dividió en dos partidos, separando a los que consentían en abandonar su religión de los que preferían el honor de Dios a su bienestar presente, el emperador determinó retener como amigos y consejeros a los que habían permanecido fieles a su fe; pero se apartó de los otros, a quienes consideraba afeminados e impostores, y los expulsó de su presencia, juzgando que quienes tan fácilmente habían traicionado a su Dios nunca podrían ser leales a su rey. De ahí que sea probable que, mientras Constancio vivía, no pareciera contrario a las leyes que los habitantes de los países más allá de Italia profesaran el cristianismo, es decir, en la Galia, en Britania o en la región de los montes Pirineos hasta el océano Occidental. Cuando Constantino sucedió en el mismo gobierno, los asuntos de las iglesias se hicieron aún más brillantes; pues cuando Majencio, hijo de Hercúleo, fue muerto, su parte también recayó en Constantino; y las naciones que habitaban junto al río Tíber y al Erídano, al que los nativos llaman Pado, las que habitaban junto al Aquilis, adonde, se dice, fue arrastrada el Argo, y los habitantes de las costas del mar Tirreno pudieron ejercer su religión sin molestia.
Cuando los argonautas huyeron de Aetes, regresaron a casa por una ruta diferente, cruzaron el mar de Escitia, navegaron por algunos de los ríos de allí, y así alcanzaron las costas de Italia, donde pasaron el invierno y construyeron una ciudad, a la que llamaron Emona. Al verano siguiente, con la ayuda de los habitantes del país, arrastraron el Argo, por medio de maquinaria, a lo largo de cuatrocientos estadios, y así llegaron al Aquilis, un río que desemboca en el Erídano: el propio Erídano desemboca en el mar Itálico.
Después de la batalla de Cibalis, los dardanios y los macedonios, los habitantes de las riberas del Istro, de la Hélade y toda la nación de Iliria quedaron sometidos a Constantino.
Capítulo 7. Acerca de la disputa entre Constantino y Licinio, su cuñado, sobre los cristianos, y de cómo Licinio fue vencido por la fuerza y condenado a muerte
I, 7
Después de este revés, Licinio, que antes había respetado a los cristianos, cambió de opinión y maltrató a muchos de los sacerdotes que vivían bajo su gobierno; persiguió también a multitud de otras personas, pero especialmente a los soldados. Estaba profundamente irritado contra los cristianos a causa de su desavenencia con Constantino, y pensaba herirlo mediante los sufrimientos de ellos por la religión; además, sospechaba que las iglesias oraban y deseaban con celo que Constantino solo disfrutara del gobierno soberano. A todo esto se añadía que, en vísperas de otra batalla con Constantino, Licinio, como solía hacerse, hizo un pronóstico de la guerra esperada mediante sacrificios y oráculos y, engañado por promesas de victoria, volvió a la religión de los paganos.
Los propios paganos cuentan también que por este tiempo consultó el oráculo de Apolo Didimeo en Mileto y recibió del demonio una respuesta sobre el resultado de la guerra, expresada en los siguientes versos de Homero:
Mucho, anciano, te acosan los jóvenes, guerreando contra ti.
Débil se ha vuelto tu fuerza, pero tu vejez aún será robusta.
Por muchos hechos me ha parecido a menudo que la enseñanza de los cristianos es sostenida, y su avance asegurado, por la providencia de Dios; y no menos por lo que entonces ocurrió; pues en el momento mismo en que Licinio estaba a punto de perseguir a todas las iglesias bajo su mando, estalló la guerra en Bitinia, que terminó en una guerra entre él y Constantino, y en la que Constantino fue tan fortalecido por el auxilio divino que resultó vencedor sobre sus enemigos por tierra y por mar. Tras la destrucción de su flota y de su ejército, Licinio se refugió en Nicomedia, residió durante algún tiempo en Tesalónica como particular y finalmente fue muerto allí. Tal fue el fin de uno que, al comienzo de su reinado, se había distinguido en la guerra y en la paz, y que había sido honrado al recibir por esposa a la hermana de Constantino.
Capítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público
I, 8
Tan pronto como el gobierno único del Imperio romano recayó en Constantino, publicó un decreto público ordenando a todos sus súbditos de Oriente honrar la religión cristiana, adorar cuidadosamente al Ser Divino y reconocer como divino solo aquello que también es esencialmente divino y que posee el poder que perdura por los siglos de los siglos: pues él se complace en dar todas las cosas buenas sin mezquindad a quienes abrazan celosamente la verdad; acompaña sus empresas con las mejores esperanzas, mientras que las desgracias, sea en la paz o en la guerra, sea en la vida pública o privada, sobrevienen a los transgresores. Constantino añadió entonces, pero sin vana jactancia, que, habiéndolo considerado Dios como un servidor apto, digno de reinar, había sido conducido desde el mar de Britania hasta las provincias orientales para que la religión cristiana se extendiera, y para que quienes, a causa del culto de Dios, habían permanecido firmes en confesiones o martirios, fueran promovidos a honores públicos. Después de hacer estas declaraciones, entró en una miríada de otros detalles con los que pensaba que sus súbditos podían ser atraídos a la religión. Decretó que todos los actos y sentencias pronunciados por los perseguidores de la iglesia contra el cristianismo fueran revocados; y ordenó que todos aquellos que, a causa de su confesión de Cristo, habían sido enviados al destierro — ya fuera a las islas o a otros lugares, contra su propia inclinación — y todos los que habían sido condenados a trabajar en las minas, en las obras públicas, en los harenes, en las fábricas de lino, o habían sido inscritos como funcionarios públicos, fueran restituidos a la libertad. Quitó el estigma de la deshonra a aquellos sobre quienes había recaído, y permitió que quienes habían sido privados de altos cargos en el ejército, o bien reasumieran su antiguo puesto, o bien, con una licencia honorable, disfrutaran de un ocio liberal según su propia elección; y cuando hubo devuelto a todos al disfrute de sus antiguas libertades y honores acostumbrados, les restituyó igualmente sus posesiones. En el caso de los que habían sido muertos, y cuyos bienes habían sido confiscados, dispuso que la herencia se transfiriera a los parientes más próximos o, a falta de herederos, a la iglesia perteneciente a la localidad donde se hallaba la finca; y cuando la herencia había pasado a otras manos, y se había convertido en propiedad privada o nacional, ordenó que fuera restituida. Asimismo prometió recurrir a los arreglos más adecuados y mejores posibles cuando los bienes hubieran sido comprados por el fisco, o recibidos de este como donación. Estas medidas, como se ha dicho, habiendo sido promulgadas por el emperador y ratificadas por ley, se pusieron inmediatamente en ejecución. Los cristianos fueron así colocados en casi todos los principales puestos del gobierno romano; el culto a los falsos dioses fue prohibido universalmente; y las artes de la adivinación, la dedicación de estatuas y la celebración de festivales paganos fueron interdictadas. Muchas de las costumbres más antiguas observadas en las ciudades cayeron en desuso: y entre los egipcios, la medida que indicaba el aumento de las aguas del Nilo ya no se llevaba a los templos paganos, sino a las iglesias. El espectáculo de los gladiadores fue entonces prohibido entre los romanos; y la costumbre que prevalecía entre los fenicios del Líbano y de Heliópolis de prostituir a las vírgenes antes del matrimonio, las cuales solían cohabitar en matrimonio legítimo después de una primera prueba de relación ilícita, fue abolida. De las casas de oración, el emperador reparó algunas que eran de magnitud suficiente; otras fueron brillantemente restauradas añadiéndoles longitud y anchura, y erigió nuevos edificios en lugares donde antes no había existido ningún edificio de este tipo. Suministró los recursos necesarios del tesoro imperial, y escribió a los obispos de las ciudades y a los gobernadores de las provincias, deseando que contribuyeran con todo lo que se deseara, e imponiendo sumisión y obediencia celosa a los sacerdotes.
La prosperidad de la religión marchó al mismo paso que la creciente prosperidad del imperio. Después de la guerra con Licinio, el emperador tuvo éxito en las batallas contra naciones extranjeras; conquistó a los sármatas y al pueblo llamado godos, y concluyó un tratado ventajoso con ellos. Estos pueblos habitaban a orillas del Istro; y como eran muy belicosos y siempre estaban dispuestos a las armas, tanto por la multitud como por la magnitud de sus cuerpos, mantenían atemorizadas a las demás tribus de bárbaros, y solo hallaban antagonistas en los romanos. Se dice que, durante esta guerra, Constantino percibió claramente, por medio de señales y sueños, que la protección especial de la Divina Providencia se le había extendido. Por ello, cuando hubo vencido a todos los que se levantaron en batalla contra él, manifestó su gratitud a Cristo mediante una atención celosa a los asuntos de la religión, y exhortó a los gobernadores a reconocer la única fe verdadera y el camino de la salvación. Dispuso que parte de los fondos recaudados de los países tributarios fuera enviada por las diversas ciudades a los obispos y al clero, dondequiera que estuvieran domiciliados, y ordenó que la ley que imponía esta donación fuera un estatuto para siempre. Para acostumbrar a los soldados a adorar a Dios como él lo hacía, hizo marcar sus armas con el símbolo de la cruz, y erigió una casa de oración en el palacio. Cuando entraba en guerra, hacía llevar delante de él una tienda, construida en forma de iglesia, de modo que, en caso de que él o su ejército fueran conducidos al desierto, tuvieran un edificio sagrado en el que alabar y adorar a Dios, y participar en los misterios. Sacerdotes y diáconos seguían la tienda, y cumplían las órdenes sobre estos asuntos, según la ley de la iglesia. Desde ese período, las legiones romanas, que ya entonces eran designadas por su número, proveían cada una su propia tienda, con sacerdotes y diáconos asistentes. También ordenó la observancia del día llamado el día del Señor, que los judíos llaman el primer día de la semana y que los paganos dedican al sol, así como el día anterior al séptimo, y mandó que no se tramitaran en esos días asuntos judiciales ni otros negocios, sino que se sirviera a Dios con oraciones y súplicas. Honró el día del Señor porque en él Cristo resucitó de entre los muertos, y el día arriba mencionado porque en él fue crucificado. Consideró la cruz con reverencia peculiar, tanto por el poder que le había transmitido en las batallas contra sus enemigos como por la manera divina en que el símbolo se le había aparecido. Abolió por ley la crucifixión acostumbrada entre los romanos, del uso de los tribunales. Ordenó que este símbolo divino fuera siempre inscrito y estampado cuando se acuñaran monedas e imágenes, y sus imágenes, que existen en esta misma forma, aún atestiguan esta orden. Y en verdad se esforzó en todo, particularmente en la promulgación de leyes, por servir a Dios. Parece, también, que prohibió muchas uniones infames y licenciosas, que hasta ese período no habían sido prohibidas; como cualquiera que se interese por ello puede ver de un vistazo por estos pocos ejemplos cuáles fueron las leyes que estableció sobre estos puntos; me parece irrazonable tratarlas ahora exhaustivamente. Considero necesario, sin embargo, mencionar las leyes promulgadas para el honor y la consolidación de la religión, ya que constituyen una porción considerable de la historia eclesiástica. Por tanto, procederé a la narración.