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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minDedicatoria y propuesta
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minLibro I
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De los obispos de las grandes ciudades en el reinado de Constantino; y de cómo, por temor a Licinio, el cristianismo se profesaba con cautela en Oriente hasta Libia, mientras que en Occidente, gracias al favor de Constantino, se profesaba con libertad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del clero
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 12. De la organización de los monjes: su origen y fundadores
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 20. Tras haber dado audiencia a ambas partes, el emperador condenó a los seguidores de Arrio y los desterró
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 22. Acesio, obispo de los novacianos, es convocado por el emperador para estar presente en el Primer Concilio
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
  84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
  85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
  86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
  91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
  92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
  93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
  97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
  98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
  99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
  103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
  104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
  105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
  109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
  115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
  116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir

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    TEXTOS — SOZOMENO

    Índice de la obra

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    Sozomeno

    Historia eclesiástica

    Texto base: versión inglesa traducida del griego y revisada por Chester D. Hartranft, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 2 («Socrates & Sozomenus», 1890) · la dedicatoria a Teodosio II y los nueve libros

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura por partes · ≈ 43 min · Comentarios editoriales opcionales

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    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
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    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 22. Acesio, obispo de los novacianos, es convocado por el emperador para estar presente en el Primer Concilio
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
    84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
    85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
    86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
    91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
    92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
    93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
    97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
    98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
    99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
    103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
    104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
    105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
    109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
    115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
    116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Dedicatoria al emperador Teodosio por Salaminio Hermias Sozomeno, y propuesta de una Historia Eclesiástica»: así se titula la carta con que abre esta obra, la historia de la Iglesia que un abogado de Constantinopla, nacido cerca de Gaza, ofreció al emperador en los años cuarenta del siglo V. Son nueve libros que empiezan con la conversión de Constantino, pasan por Nicea y por sesenta años de disputas arrianas, siguen a los monjes de Egipto, Palestina y Siria, y llegan, inconclusos, hacia 425. Su autor, formado entre monjes, quiso hacer del monacato un rasgo de su historia (Hartranft).
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que imprimió en 1890 el volumen 2 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), el volumen «Socrates & Sozomenus», bajo la supervisión editorial de Philip Schaff y Henry Wace. En su portada la Historia de Sozomeno figura como «traducida del griego» y «revisada por Chester D. Hartranft», del Hartford Theological Seminary; New Advent la da como «traducida por Chester D. Hartranft» (Christian Literature Publishing Co., Buffalo, 1890). La versión castellana es automática (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) y no se atribuye a ningún traductor humano.

    Ficha de la obra

    AutorSalaminio Hermias Sozomeno (NPNF); Wikipedia: Salamanes Hermias Sozomenos, c. 400 – c. 450. Abogado en Constantinopla; familia cristiana de Betelia, cerca de Gaza
    TítuloHistoria eclesiástica (en inglés, Ecclesiastical History); dedicada al emperador Teodosio II
    FechaLas fuentes no coinciden (ver «El libro y su plan»): Wikipedia la sitúa hacia 440–443; Hartranft, después de junio de 443 y antes de 450
    AlcanceEl título del NPNF dice «desde el año 323 hasta el 425»; Sozomeno se proponía llegar a 439 y lo conservado termina hacia 425
    EstructuraDedicatoria y nueve libros, con 249 capítulos
    TransmisiónManuscritos griegos; la primera edición impresa es la de Robert Estienne (París, 1544); en latín circuló sobre todo en la Historia tripartita de Casiodoro (Hartranft)
    ExtensiónUnas 150 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés del NPNF; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 2 (1890), tal como lo recoge CCEL con su introducción y sus notas

    El libro y su plan

    La obra va por reinados, y cada libro cubre aproximadamente el de uno o varios emperadores (los períodos son los que da Wikipedia; los asuntos, los de los títulos de capítulo de la edición inglesa).
    LibroCapítulosDe qué trata
    I1–25Conversión de Constantino; los monjes; el origen del arrianismo; el concilio de Nicea (312–325)
    II1–34El hallazgo de la cruz; los mártires de Persia; Atanasio; el concilio de Tiro; muerte de Arrio y de Constantino (325–337)
    III1–24Los hijos de Constantino; el sínodo de Sárdica; monjes de Egipto; Dídimo y Efrén (337–350)
    IV1–30Constancio; Rímini y Seleucia; los macedonianos; la deposición de Cirilo de Jerusalén (350–361)
    V1–22Juliano el Apóstata; mártires de Gaza; el intento de reedificar el templo de Jerusalén (361–363)
    VI1–40Joviano y Valente; Basilio y Gregorio; el Espíritu Santo; monjes de Egipto, Palestina, Siria y Edesa (363–378)
    VII1–29Teodosio I; el segundo concilio general; Ambrosio; el fin de los templos paganos (378–395)
    VIII1–28Juan Crisóstomo y su destierro; Teófilo de Alejandría y los monjes origenistas (395–408)
    IX1–17Teodosio II y Pulqueria; los bárbaros y Roma; las reliquias de los cuarenta mártires, de Zacarías y de Esteban (408–425)
    Cuándo y hasta dónde. Sozomeno anuncia en la dedicatoria que llegará al 17.º consulado de Teodosio II, es decir, a 439, pero la narración continua se detiene hacia 425, con la subida de Valentiniano III. Wikipedia dice que escribió la obra en Constantinopla entre 440 y 443; Hartranft razona que es posterior a junio de 443 (un viaje imperial a Heraclea que Sozomeno llama reciente) y anterior a 450, y concluye que quedó inacabada, sin que se haya perdido nada. Wikipedia dice lo contrario: que la mayoría de los estudiosos cree que Sozomeno sí llegó hasta 439 y que el final se ha perdido; recoge además la tesis de Güldenpenning, según la cual el propio Sozomeno lo suprimió por una mención de la emperatriz Eudocia, caída luego en desgracia. Tampoco coinciden en cuándo nació: Hartranft lo hace nacer entre 370 y 380, Wikipedia hacia 400, y el «Memoir» de Walford que el NPNF reimprime, a comienzos del siglo V.
    Sus fuentes. Según Wikipedia, tres cuartas partes de su material siguen a Sócrates Escolástico, aunque Sozomeno vuelve a las fuentes de este y añade; usa además a Rufino, a Atanasio, las actas sinodales de Sabino, la tradición oral de Palestina y, para el libro IX, a Olimpiodoro de Tebas. Menciona un trabajo anterior suyo, hoy perdido, que según Wikipedia iba de la Ascensión a 323 en doce libros. La nota que sigue a la dedicatoria resume cómo se relaciona con Sócrates.

    La fuente y su traducción

    Este texto sale del volumen 2 de la segunda serie del NPNF, Socrates Scholasticus, Sozomenus: Church Histories, publicado con la supervisión de Schaff y Wace (la portada de CCEL lleva el pie de T&T Clark, Edimburgo, y Eerdmans, Grand Rapids; New Advent da Buffalo, 1890). La portada de la Historia de Sozomeno dice «traducida del griego» y «revisada por Chester D. Hartranft». La introducción de Hartranft enumera, entre las traducciones inglesas anteriores, la de Edward Walford (Londres, 1846; reimpresa en la Biblioteca Eclesiástica de Bohn en 1855), y el NPNF reimprime el «Memoir of Sozomen» y la «Address» de esa versión. Hartranft cita, entre las ediciones del griego, la de Robert Estienne (París, 1544), la de Valesio con las notas de Reading (Cambridge, 1720) y la de Robert Hussey (Oxford, 1860).
    Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir del inglés de la edición; no se atribuye a ningún traductor humano. Se cotejó con ese inglés: tiene los mismos 260 encabezados y los mismos 668 párrafos, y el castellano tiene un 98,6 % del largo del inglés; no se vio texto sin traducir.
    Lo que viene de la edición. La dedicatoria, los nueve libros, su división en capítulos numerados y los títulos de capítulo son los de la edición inglesa; los capítulos no llevan numeración de secciones, y por eso los localizadores son «libro, capítulo» (I, 23). El epub rotula dos veces «Libro II» y el primero de ellos es en realidad el Libro I (CCEL lo confirma: la numeración continúa I, II, III…); aquí el primero se titula Libro I. El epub no trae el prefacio de Schaff, la introducción de Hartranft, el «Memoir» de Walford ni las notas de la edición, y termina con un texto ajeno sobre Sulpicio Severo que no es de Sozomeno y no se reproduce. Las referencias bíblicas entre corchetes son las que trae el epub; las que no son versículos reconocibles quedan como texto («Génesis xviii», I, 1, sin versículo).

    Dedicatoria y propuesta

    Dedicatoria

    Dedicatoria al emperador Teodosio por Salaminio Hermias Sozomeno, y propuesta de una Historia Eclesiástica
    Cuenta la sabiduría popular que los emperadores de antaño se aplicaban a alguna cosa útil, cada uno según su inclinación: quienes amaban los ornamentos cuidaban de la púrpura real, de la corona y de cuanto se le asemeja; quienes eran estudiosos de las letras, componían alguna obra fabulosa o tratado capaz de fascinar a sus lectores; y los diestros en la guerra se ejercitaban en dirigir el arma justo al blanco, en acertar a las fieras, en arrojar la lanza o en saltar sobre el caballo. Todo aquel que se consagraba a un oficio grato a los soberanos se presentaba en palacio. Uno trae una piedra preciosa que no se deja pulir fácilmente; otro se compromete a preparar un color más brillante que la púrpura real; uno dedica un poema o un tratado; otro introduce una armadura de factura extraña y singular.
    Se considera la más grande y regia cosa que el soberano de todo un pueblo posea, al menos, una de las virtudes comunes; pero no se ha hecho tan gran estima de la piedad, que es, después de todo, el verdadero adorno del imperio. Tú, empero, ¡oh poderosísimo emperador Teodosio!, has cultivado, en una palabra, con el auxilio de Dios, toda virtud. Ceñido con la púrpura y la corona, símbolo de tu dignidad ante los ojos de los que te contemplan, llevas siempre dentro el verdadero adorno del imperio: la piedad y la filantropía. De donde sucede que poetas y escritores, y la mayor parte de tus oficiales, así como los demás de tus súbditos, se ocupan en toda ocasión de ti y de tus hazañas. Y cuando presides como juez de los certámenes y árbitro de los discursos, no te dejas arrebatar la exactitud por ningún artificio de sonido o de forma, sino que otorgas el premio con sinceridad, observando si la dicción conviene al designio de la composición; lo mismo respecto a la forma de las palabras, a las divisiones, al orden, a la unidad, a la fraseología, a la construcción, a los argumentos, al pensamiento y a la narración. Recompensas a los oradores con tu juicio favorable y aplauso, así como con imágenes de oro, erección de estatuas, dones y toda clase de honores. Muestras mayor favor personal hacia los oradores que el que mostraron los antiguos cretenses hacia el tan celebrado Homero; o los Alevadas a Simónides; o Dionisio, el tirano de Sicilia, a Platón, el compañero de Sócrates; o Filipo el Macedonio, a Teopompo el historiador; o el emperador Severo a Opiano, que relató en verso las clases, la naturaleza y la pesca de los peces. Pues, después que los cretenses recompensaron a Homero con mil nummi, inscribieron la suma del don en una columna pública, como para jactarse de su excesiva munificencia. Los Alevadas, Dionisio y Filipo no fueron más reservados que los cretenses, que se jactaban de su gobierno modesto y filosófico, sino que imitaron pronto su columna, para no ser inferiores en sus donativos. Pero cuando Severo otorgó a Opiano un don de oro por cada verso de su moderado poema, asombró de tal modo a todos con su liberalidad, que los poemas de Opiano se llaman popularmente palabras de oro hasta el día de hoy. Tales fueron las donaciones de los antiguos amantes del saber y de los discursos. Pero tú, oh emperador, superas a cualquiera de los antiguos en tu liberalidad para con las letras, y me parece que no haces esto sin razón. Pues mientras te esfuerzas por vencer a todos con tus virtudes, conduces también con éxito tus propios asuntos, conforme a tu conocimiento profundo de la historia de aquellos asuntos antiguos, tan prósperamente dirigidos por griegos y romanos. Dice la fama que durante el día te ejercitas en lo militar y corporal, y ordenas los asuntos del Estado dando decisiones judiciales, tomando nota de lo necesario y observando, tanto en público como en privado, las cosas que deben hacerse; y que por la noche te ocupas de los libros. Se dice que te sirve, para el estudio de estas obras, una lámpara que hace fluir el aceite automáticamente a la mecha por medio de algún mecanismo, para que ninguno de los servidores de palacio se vea obligado a pagar tributo a tus labores y a violentar la naturaleza luchando contra el sueño. Así eres humano y apacible, tanto con los cercanos como con todos, pues imitas al Rey celestial que es tu modelo; en que Él ama enviar la lluvia, y hace salir el sol sobre justos e injustos, así como conceder otras bendiciones sin mezquindad. Como es natural, oigo también que por tu variada erudición no eres menos versado en la naturaleza de las piedras, en las virtudes de las raíces y en las fuerzas de los remedios, que Salomón, el más sabio hijo de David; pero lo superas en virtud; porque Salomón se hizo esclavo de sus placeres y no conservó hasta el fin aquella piedad que había sido para él fuente de prosperidad y sabiduría. Pero tú, poderosísimo emperador, porque pones tu razón refrenadora en orden contra la ligereza, no eres solamente autócrata de los hombres, sino también de las pasiones del alma y del cuerpo, como naturalmente se supondría. Y esto también ha de señalarse: entiendo que vences el deseo de todo alimento y bebida; ni los higos más dulces, por decirlo poéticamente, ni ninguna otra clase de fruta en sazón, pueden cautivarte, salvo lo poco que tocas y pruebas, después de haber dado gracias al Hacedor de todas las cosas. Sueles vencer la sed, el calor sofocante y el frío con tu ejercicio diario, de modo que pareces tener el dominio de ti mismo como una segunda naturaleza. Hace poco, como es bien sabido, deseabas visitar la ciudad de Heraclea del Ponto y restaurarla, postrada por el tiempo, y emprendiste el camino en la estación estival a través de Bitinia. Cuando el sol, hacia el mediodía, era muy ardiente, uno de la guardia personal te vio, acalorado con mucho sudor y nubes de polvo, y, como para hacerte un favor, te ofreció anticipadamente una copa que reflejaba brillantemente los rayos del sol; echó en ella una bebida dulce y añadió agua fría. Pero tú, poderosísimo emperador, la recibiste, alabaste al hombre por su buena voluntad y diste a entender que pronto le recompensarías por su bien ejecutada acción con munificencia real. Pero cuando todos los soldados admiraban con la boca abierta el plato y tenían por dichoso al que había de beber, tú, oh noble emperador, devolviste la bebida al hombre y le ordenaste que la usara como quisiera. De modo que me parece que Alejandro, el hijo de Filipo, fue superado por tu virtud; de quien cuentan sus admiradores que, pasando con los macedonios por un lugar sin agua, un soldado ansioso halló agua, la sacó y la ofreció a Alejandro; él no quiso beberla, sino que derramó la bebida. Por tanto, en una palabra, es apropiado llamarte, según Homero, más regio que los reyes que te precedieron; pues hemos oído de algunos que no adquirieron nada digno de admiración, y de otros que adornaron su reinado apenas con una o dos hazañas. Pero tú, oh poderosísimo emperador, has reunido todas las virtudes y has superado a todos en piedad, filantropía, valor, prudencia, justicia, munificencia y una magnanimidad digna de la dignidad real. Y toda edad se gloriará de tu gobierno como el único sin mancha y puro de sangre, por encima de todos los gobiernos que jamás existieron. Enseñas a tus súbditos a buscar las cosas serias con placer, de modo que muestran celo por ti y por los asuntos públicos, con buena voluntad y respeto. De manera que, por todas estas razones, me ha parecido necesario, como escritor de Historia Eclesiástica, dirigirme a ti. Pues ¿a quién puedo hacerlo más apropiadamente, cuando estoy por relatar la virtud de muchos varones consagrados y los acontecimientos de la Iglesia Católica; y cuando sus conflictos con tantos enemigos me conducen a tu umbral y al de tus padres? Ven tú, que conoces todas las cosas y posees toda virtud, especialmente aquella piedad, que la Palabra divina dice es el principio de la sabiduría, recibe de mí este escrito, ordena sus hechos y purifícalo con tus labores, a partir de tu conocimiento exacto, ya por adición, ya por eliminación. Pues cualquier curso que te parezca agradable, ese será enteramente ventajoso y brillante para los lectores, y nadie pondrá mano en él después de tu aprobación. Mi historia comienza con el tercer consulado de los Césares Crispo y Constantino, y se extiende hasta tu decimoséptimo consulado. Juzgué conveniente dividir toda la obra en nueve partes: los libros primero y segundo comprenderán los asuntos eclesiásticos bajo Constantino; el tercero y el cuarto, los de sus hijos; el quinto y el sexto, los de Juliano, primo de los hijos del gran Constantino, y Joviano, y, además, de Valentiniano y Valente; los libros séptimo y octavo, oh poderosísimo emperador, expondrán los asuntos bajo los hermanos Graciano y Valentiniano, hasta la proclamación de Teodosio, tu divino abuelo, y hasta que tu celebrado padre Arcadio, junto con tu tío, el piadosísimo y amado de Dios Honorio, recibieron el gobierno paterno y participaron en la ordenación del mundo romano; el libro noveno lo he dedicado a tu amante de Cristo e inocentísima majestad, a la que Dios conserve siempre en inquebrantable buena voluntad, triunfando grandemente sobre los enemigos, teniendo todas las cosas bajo tus pies y transmitiendo el santo imperio a los hijos de tus hijos con la aprobación de Cristo, por quien y con quien sea la gloria a Dios, y al Padre, con el Espíritu Santo, por siempre. Amén.
    Comentario editorial · Sozomeno y Sócrates
    Sozomeno escribe después de Sócrates Escolástico y lo usa mucho. Según Wikipedia, de Sócrates sale cerca de tres cuartas partes de su material, y Hussey y Güldenpenning lo han demostrado cotejando pasajes: en una anécdota (Sócrates, I, 10) este avisa de que ni Eusebio ni otro autor la cuenta, y Sozomeno la repite (I, 22) con el mismo vocabulario. Pero Wikipedia añade que Sozomeno no copia sin más: vuelve a las fuentes que Sócrates usó (Rufino, Atanasio, las actas de Sabino) y a veces da más de ellas, y recoge tradición oral, sobre todo de Palestina. Para el libro IX sigue a Olimpiodoro de Tebas. Al leerlo conviene, pues, tener presente que dos de los «testimonios» de la época pueden ser uno solo.

    Libro I

    Capítulo 1. Prefacio del libro, en el que se investiga la historia de la nación judía; mención de quienes comenzaron tal obra; cómo y de qué fuentes recogió su historia; cómo se consagró a la verdad, y qué otros detalles contendrá la historia

    I, 1

    A menudo se ha ejercitado mi mente en indagar cómo es que los demás hombres están muy prontos a creer en Dios Verbo, mientras que los judíos son tan incrédulos, aunque a ellos fue, desde el principio, impartida por los profetas la instrucción acerca de las cosas de Dios, quienes además les dieron a conocer los acontecimientos que acompañarían la venida de Cristo, antes de que sucedieran. Además, Abraham, el fundador de su nación y de la circuncisión, fue considerado digno de ser testigo ocular y huésped del Hijo de Dios [Génesis xviii]. E Isaac, su hijo, fue honrado como figura del sacrificio en la cruz, pues fue llevado atado al altar por su padre y, como afirman los estudiosos exactos de las sagradas Escrituras, los padecimientos de Cristo acontecieron de manera semejante. Jacob predijo que la expectación de las naciones sería puesta en Cristo, como ahora lo es; y asimismo anunció el tiempo en que vino, cuando dijo «los gobernantes de los hebreos de la tribu de Judá, el caudillo tribal, faltarán.» []
    Esto se refería claramente al reinado de Herodes, que era idumeo por parte de padre y árabe por parte de madre, y la nación judía le fue entregada por el senado romano y Augusto César. Y del resto de los profetas, unos declararon de antemano el nacimiento de Cristo, su inefable concepción, permaneciendo virgen la madre después de su nacimiento, su pueblo y su patria. Unos predijeron sus divinas y maravillosas obras, mientras otros anunciaron sus padecimientos, su resurrección de entre los muertos, su ascensión a los cielos y los acontecimientos que acompañaron a cada cosa. Pero si alguien ignora estos hechos, no le es difícil conocerlos leyendo los libros sagrados. Josefo, hijo de Matías, que era sacerdote y fue distinguidísimo entre judíos y romanos, puede considerarse testigo notable de la verdad acerca de Cristo; pues duda en llamarlo hombre, ya que realizó obras maravillosas y fue maestro de doctrinas verdaderas, pero abiertamente lo llama Cristo; dice que fue condenado a muerte de cruz y que apareció vivo al tercer día. Ni ignoraba Josefo otros innumerables y admirables vaticinios pronunciados de antemano por los santos profetas acerca de Cristo. Atestigua además que Cristo atrajo a sí a muchos, tanto griegos como judíos, que continuaron amándolo, y que el pueblo nombrado por él no se había extinguido. Me parece que, al narrar estas cosas, casi proclama que Cristo, por comparación de obras, es Dios. Como herido por el milagro, siguió de algún modo un camino intermedio, no atacando de ninguna manera a los que creían en Jesús, sino más bien coincidiendo con ellos.
    Cuando considero este asunto, me parece razonablemente notable que los hebreos no se anticiparan y, antes que los demás hombres, se volvieran inmediatamente al cristianismo; pues aunque la Sibila y algunos oráculos anunciaron de antemano el futuro de los acontecimientos relativos a Cristo, no por eso hemos de atribuir incredulidad a todos los griegos. Porque eran pocos los que, mostrándose superiores en educación, podían comprender tales profecías, que en su mayor parte estaban en verso y se comunicaban al pueblo con palabras más recónditas. Por tanto, a mi juicio, fue resultado de la presciencia celestial, en aras de la concordancia de los acontecimientos futuros, que los hechos venideros habían de darse a conocer no solo por sus propios profetas, sino en parte también por extraños. Así como un músico, bajo la presión de una melodía extraña, puede pulsar ligeramente con su plectro los tonos superfluos de las cuerdas, o añadir otros a los ya existentes.
    Habiendo mostrado ya que los hebreos, aunque poseían numerosas y más claras profecías acerca de la venida de Cristo, estuvieron menos dispuestos que los griegos a abrazar la fe que hay en Él, baste lo dicho sobre el asunto. Mas en modo alguno se tenga por contrario a la razón que la Iglesia haya sido edificada principalmente por la conversión de otras naciones; pues, en primer lugar, es evidente que, en las cosas divinas y grandes, Dios se complace en producir cambios de manera maravillosa; y, en segundo lugar, recuérdese que fue por el ejercicio de virtudes nada comunes como quienes, desde el comienzo mismo, estuvieron al frente de los asuntos religiosos mantuvieron su influjo. Si no poseían, ciertamente, un lenguaje aguzado para la expresión o para la belleza de la dicción, ni el poder de convencer a sus oyentes por medio de frases o de demostraciones matemáticas, no por ello dejaron de cumplir la obra que habían emprendido. Renunciaron a sus bienes, desatendieron a sus parientes, fueron extendidos en una cruz y, como dotados de cuerpos que no eran suyos, sufrieron muchos y atroces tormentos; ni seducidos por la adulación del pueblo y de los gobernantes de ciudad alguna, ni aterrados por sus amenazas, evidenciaron claramente con su conducta que los sostenía en la lucha la esperanza de una alta recompensa. De modo que, en realidad, no necesitaron recurrir a argumentos verbales; pues sin esfuerzo alguno de su parte, sus mismas obras constriñeron a los habitantes de cada casa y de cada ciudad a dar crédito a su testimonio, incluso antes de saber en qué consistía.
    Puesto que, entonces, se ha producido en las circunstancias de los hombres un cambio tan divino y maravilloso que los antiguos cultos y las leyes nacionales han caído en desprecio; y puesto que muchos de los más célebres escritores griegos han ejercitado su elocuencia en describir el jabalí de Calidón, el toro de Maratón y otros prodigios semejantes, que en verdad han ocurrido en países o ciudades, o tienen un origen místico, ¿por qué no he de elevarme por encima de mí mismo y escribir una historia de la Iglesia? Pues estoy persuadido de que, como el asunto no son las hazañas de los hombres, puede parecer casi increíble que tal historia sea escrita por mí; pero, con Dios, nada es imposible.
    Al principio me sentí fuertemente inclinado a trazar el curso de los acontecimientos desde el comienzo mismo; pero al reflexionar que registros semejantes del pasado hasta su propio tiempo habían sido compilados por aquellos sapientísimos varones, Clemente y Hegesipo, sucesores de los apóstoles, por el historiador Africano y por Eusebio, apellidado Pánfilo, hombre íntimamente versado en las sagradas Escrituras y en los escritos de los poetas e historiadores griegos, me limito a redactar un epítome en dos libros de todo cuanto se registra que sucedió a las iglesias, desde la ascensión de Cristo hasta la deposición de Licinio. Ahora, empero, con la ayuda de Dios, me esforzaré por relatar también los acontecimientos subsiguientes.
    Registraré los hechos con los que he estado vinculado, y también aquellos de los que he oído hablar a personas que conocieron o vieron los sucesos en nuestros propios días o antes de nuestra generación. Pero he buscado registros de acontecimientos más antiguos entre las leyes establecidas relativas a la religión, entre las actas de los sínodos de la época, entre las innovaciones que surgieron y en las epístolas de reyes y sacerdotes. Algunos de estos documentos se conservan en palacios e iglesias, y otros están dispersos y en posesión de los doctos. Pensé con frecuencia en transcribirlos todos, pero, tras mayor reflexión, juzgué mejor, a causa de la masa de documentos, ofrecer solamente una breve sinopsis de su contenido; sin embargo, cuando se introduzcan temas controvertidos, transcribiré con gusto y libremente de cualquier obra que tienda a la elucidación de la verdad. Si alguien que ignora los acontecimientos pasados concluyera que mi historia es falsa porque encuentra afirmaciones contradictorias en otros escritos, sepa que, desde que se divulgaron los dogmas de Arrio y otras hipótesis más recientes, los gobernantes de las iglesias, discrepando entre sí, han transmitido por escrito sus propias opiniones particulares en beneficio de sus respectivos seguidores; y además, recuérdese, estos gobernantes convocaron concilios y expidieron los decretos que quisieron, condenando a menudo sin oírlos a aquellos cuya fe era distinta de la suya, y esforzándose al máximo por inducir al príncipe reinante y a los nobles del momento a ponerse de su lado. Empeñados en mantener la ortodoxia de sus propios dogmas, los partidarios de cada secta formaron respectivamente una colección de las epístolas que favorecían su propia herejía, omitiendo todos los documentos de tendencia contraria. ¡Tales son los obstáculos que nos acosan en nuestros esfuerzos por llegar a una conclusión sobre este asunto! Aun así, como es requisito, para mantener la exactitud histórica, prestar la más estricta atención a los medios de sacar a luz la verdad, me sentí obligado a examinar todos los escritos de esta clase según mi capacidad.
    No se me impute un espíritu impertinente o maligno por haberme detenido en las disputas de los eclesiásticos entre sí acerca de la primacía y la preeminencia de su propia herejía. En primer lugar, como ya he dicho, un historiador debe considerar todo como secundario en importancia respecto de la verdad; además, la doctrina de la Iglesia Católica se muestra especialmente la más genuina, puesto que ha sido puesta a prueba con frecuencia por las asechanzas de pensadores opuestos; y sin embargo, siendo de Dios la disposición de la suerte, la Iglesia Católica ha mantenido su propia preponderancia, ha reasumido su propio poder y ha conducido a todas las iglesias y a los pueblos a la recepción de su propia verdad.
    He tenido que deliberar si debía limitarme a la narración de los sucesos relacionados con la Iglesia bajo el gobierno romano; pero me pareció más aconsejable incluir, en la medida de lo posible, el registro de los hechos relativos a la religión entre los persas y los bárbaros. Ni es ajeno a la historia eclesiástica introducir en esta obra un relato de quienes fueron padres y originadores de lo que se denomina monacato, y de sus sucesores inmediatos, cuya celebridad nos es bien conocida por observación o por fama. Pues no querría ser considerado desagradecido con ellos, ni estar dispuesto a consignar su virtud al olvido, ni que se me creyera ignorante de su historia; sino que desearía dejar tras de mí un registro tal de su manera de vivir que otros, guiados por su ejemplo, pudieran alcanzar un fin bendito y feliz. A medida que avance la obra, se tratarán estos asuntos en lo posible.
    Invocando la ayuda y la propiciación de Dios, procedo ahora a la narración de los acontecimientos; la presente historia tendrá su comienzo desde este punto.

    Capítulo 2. De los obispos de las grandes ciudades en el reinado de Constantino; y de cómo, por temor a Licinio, el cristianismo se profesaba con cautela en Oriente hasta Libia, mientras que en Occidente, gracias al favor de Constantino, se profesaba con libertad

    I, 2

    Durante el consulado de Constantino César y Crispo César, Silvestre gobernaba la Iglesia de Roma; Alejandro, la de Alejandría; y Macario, la de Jerusalén. Ninguno, desde Romano, había sido designado para la Iglesia de Antioquía del Orontes; pues la persecución, al parecer, había impedido que la ceremonia de ordenación tuviera lugar. Los obispos reunidos en Nicea no mucho después, sin embargo, tuvieron tan clara conciencia de la pureza de vida y doctrina de Eustatio, que lo juzgaron digno de ocupar la sede apostólica; y aunque entonces era obispo de la vecina Berea, lo trasladaron a Antioquía.
    Los cristianos de Oriente, hasta Libia en los confines de Egipto, no se atrevían a reunirse abiertamente como iglesia; pues Licinio les había retirado su favor; pero los cristianos de Occidente, los griegos, los macedonios y los ilirios, se reunían para el culto con seguridad gracias a la protección de Constantino, que estaba entonces al frente del Imperio romano.

    Capítulo 3. Por la visión de la cruz y por la aparición de Cristo, Constantino es llevado a abrazar el cristianismo.— Recibe instrucción religiosa de nuestros hermanos

    I, 3

    Se nos ha informado de que Constantino fue llevado a honrar la religión cristiana por la concurrencia de varios acontecimientos diferentes, particularmente por la aparición de una señal del cielo.
    Cuando por primera vez tomó la resolución de entrar en guerra contra Majencio, se vio asaltado por dudas respecto a los medios de llevar adelante sus operaciones militares y respecto a la fuente de donde podía esperar auxilio. En medio de su perplejidad, vio, en una visión, la vista de la cruz resplandeciendo en el cielo. Quedó asombrado ante el espectáculo, pero unos santos ángeles que estaban cerca exclamaron: «¡Oh, Constantino! ¡Por este símbolo, vence!» Y se dice que Cristo mismo se le apareció, le mostró el símbolo de la cruz y le ordenó construir uno semejante, y retenerlo como su auxilio en la batalla, pues le aseguraría la victoria.
    Eusebio, de sobrenombre Pánfilo, afirma que oyó al emperador declarar bajo juramento que, cuando el sol estaba a punto de inclinarse hacia la mitad del día, él y los soldados que estaban con él vieron en el cielo el trofeo de la cruz compuesto de luz y rodeado por las siguientes palabras: «Por este signo, vence.»
    Esta visión le salió al encuentro en el camino, cuando estaba perplejo sobre adónde debía conducir su ejército. Mientras reflexionaba sobre lo que aquello podía significar, llegó la noche; y cuando se durmió, Cristo se le apareció con la señal que había visto en el cielo, y le ordenó construir una representación del símbolo y usarla como auxilio en los encuentros hostiles. No había nada más que dilucidar; pues el emperador comprendió claramente la necesidad de servir a Dios.
    Al amanecer, reunió a los sacerdotes de Cristo y les preguntó acerca de sus doctrinas. Ellos abrieron las sagradas Escrituras, expusieron las verdades relativas a Cristo y le mostraron por los profetas cómo las señales que habían sido predichas se habían cumplido. La señal que se le había aparecido era, dijeron, el símbolo de la victoria sobre el infierno; pues Cristo vino entre los hombres, fue extendido sobre la cruz, murió y volvió a la vida al tercer día. Por esta razón, dijeron, había esperanza de que, al final de la presente dispensación, habría una resurrección general de los muertos y entrada en la inmortalidad, cuando los que habían llevado una buena vida recibirían según correspondiera, y los que habían hecho el mal serían castigados. Sin embargo, continuaron, están provistos los medios de salvación y de purificación del pecado; a saber, para los no iniciados, la iniciación según los cánones de la iglesia; y para los iniciados, la abstinencia de pecados renovados. Pero como pocos, incluso entre los hombres santos, son capaces de cumplir esta última condición, se expone otro método de purificación, a saber, el arrepentimiento; pues Dios, en su amor hacia el hombre, otorga el perdón a los que han caído en pecado, con su arrepentimiento y la confirmación de su arrepentimiento mediante buenas obras.

    Capítulo 4. Constantino ordena que el signo de la cruz sea llevado delante de él en la batalla; una narración extraordinaria sobre los portadores del signo de la cruz

    I, 4

    El emperador, asombrado por las profecías acerca de Cristo que le fueron expuestas por los sacerdotes, mandó llamar a algunos artesanos hábiles y les ordenó remodelar el estandarte llamado por los romanos Lábaro, para convertirlo en una representación de la cruz y adornarlo con oro y piedras preciosas. Este trofeo guerrero era estimado por encima de todos los demás; pues solía ser llevado siempre delante del emperador y era venerado por la soldadesca. Pienso que Constantino cambió el símbolo más honorable del poder romano en el signo de Cristo, principalmente para que, por la costumbre de tenerlo siempre a la vista y de venerarlo, los soldados pudieran ser inducidos a abandonar sus antiguas formas de superstición y a reconocer al verdadero Dios, a quien el emperador adoraba, como su caudillo y su auxilio en la batalla; pues este símbolo se llevaba siempre delante de sus propias tropas y, por orden del emperador, era llevado entre las falanges en lo más reñido del combate por una ilustre banda de lanceros, de los cuales cada uno, por turno, tomaba el estandarte sobre sus hombros y lo paseaba por las filas. Se dice que, en una ocasión, ante un movimiento inesperado de las fuerzas hostiles, el hombre que sostenía el estandarte, aterrorizado, lo puso en manos de otro y huyó secretamente de la batalla. Cuando estuvo fuera del alcance de las armas del enemigo, recibió de repente una herida y cayó, mientras que el hombre que había permanecido junto al símbolo divino quedó ileso, aunque muchas armas se dirigían contra él; pues los proyectiles del enemigo, maravillosamente dirigidos por la agencia divina, caían sobre el estandarte, y el portador del mismo, aunque en medio del peligro, fue preservado.
    Se afirma también que ningún soldado que llevaba este estandarte en la batalla cayó jamás por ninguna calamidad oscura, como suele acontecer a la soldadesca en la guerra, ni fue herido ni hecho prisionero.

    Capítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo

    I, 5

    Soy consciente de que los paganos cuentan que Constantino, después de matar a algunos de sus parientes más cercanos, y particularmente después de consentir en el asesinato de su propio hijo Crispo, se arrepintió de sus malas acciones y preguntó a Sópater, el filósofo, que era entonces director de la escuela de Plotino, acerca de los medios de purificación de la culpa. El filósofo — según se cuenta — respondió que tal mancha moral no podía admitir purificación alguna. El emperador se afligió por este rechazo, pero al encontrarse casualmente con algunos obispos que le dijeron que sería limpiado del pecado con el arrepentimiento y con someterse al bautismo, se deleitó con sus explicaciones, admiró sus doctrinas, se hizo cristiano y condujo a sus súbditos a la misma fe. Me parece que esta historia fue invención de personas que deseaban vilipendiar la religión cristiana. Crispo, por cuya causa, se dice, Constantino requería purificación, no murió hasta el vigésimo año del reinado de su padre; ocupaba el segundo lugar en el imperio y llevaba el nombre de César, y aún se conservan muchas leyes, promulgadas con su sanción en favor del cristianismo. Que esto fue así puede probarse remitiéndose a las fechas fijadas en esas leyes y a las listas de los legisladores. No parece probable que Sópater tuviera trato alguno con Constantino, cuyo gobierno estaba entonces centrado en las regiones cercanas al océano y al Rin; pues su disputa con Majencio, el gobernador de Italia, había creado tanta disensión en los dominios romanos, que entonces no era fácil residir en la Galia, en Britania o en los países vecinos, en los cuales se admite universalmente que Constantino abrazó la religión de los cristianos antes de su guerra con Majencio y antes de su regreso a Roma e Italia: y esto lo evidencian las fechas de las leyes que promulgó en favor de la religión. Pero aun concediendo que Sópater se encontrara casualmente con el emperador, o que mantuviera correspondencia epistolar con él, no se puede imaginar que el filósofo ignorara que Hércules, hijo de Alcmena, obtuvo la purificación en Atenas mediante la celebración de los misterios de Ceres después del asesinato de sus hijos y de Ífito, su huésped y amigo. Que los griegos sostenían que podía obtenerse purificación de una culpa de esta naturaleza es obvio por el ejemplo que acabo de alegar, y es un falso calumniador quien representa que Sópater enseñaba lo contrario.
    No puedo admitir la posibilidad de que el filósofo hubiera ignorado estos hechos; pues en aquella época era estimado como el hombre más sabio de Grecia.

    Capítulo 6. El padre de Constantino permite que el nombre de Cristo se extienda; Constantino el Grande lo preparó para que penetrara por todas partes

    I, 6

    Bajo el gobierno de Constantino las iglesias florecieron y aumentaron en número día a día, ya que eran honradas por las buenas obras de un emperador benévolo y bien dispuesto, y además Dios las preservó de las persecuciones y hostigamientos que habían padecido anteriormente. Cuando las iglesias sufrían persecución en otras partes del mundo, solo Constancio, el padre de Constantino, concedió a los cristianos el derecho de adorar a Dios sin temor. Conozco una cosa extraordinaria hecha por él, digna de ser registrada. Quiso poner a prueba la fidelidad de ciertos cristianos, hombres excelentes y buenos, que estaban adscritos a sus palacios. Los reunió a todos y les dijo que, si sacrificaban a los ídolos además de servir a Dios, permanecerían a su servicio y conservarían sus cargos; pero que, si rehusaban acceder a sus deseos, serían expulsados de los palacios y apenas escaparían a su venganza. Cuando la diferencia de pareceres los dividió en dos partidos, separando a los que consentían en abandonar su religión de los que preferían el honor de Dios a su bienestar presente, el emperador determinó retener como amigos y consejeros a los que habían permanecido fieles a su fe; pero se apartó de los otros, a quienes consideraba afeminados e impostores, y los expulsó de su presencia, juzgando que quienes tan fácilmente habían traicionado a su Dios nunca podrían ser leales a su rey. De ahí que sea probable que, mientras Constancio vivía, no pareciera contrario a las leyes que los habitantes de los países más allá de Italia profesaran el cristianismo, es decir, en la Galia, en Britania o en la región de los montes Pirineos hasta el océano Occidental. Cuando Constantino sucedió en el mismo gobierno, los asuntos de las iglesias se hicieron aún más brillantes; pues cuando Majencio, hijo de Hercúleo, fue muerto, su parte también recayó en Constantino; y las naciones que habitaban junto al río Tíber y al Erídano, al que los nativos llaman Pado, las que habitaban junto al Aquilis, adonde, se dice, fue arrastrada el Argo, y los habitantes de las costas del mar Tirreno pudieron ejercer su religión sin molestia.
    Cuando los argonautas huyeron de Aetes, regresaron a casa por una ruta diferente, cruzaron el mar de Escitia, navegaron por algunos de los ríos de allí, y así alcanzaron las costas de Italia, donde pasaron el invierno y construyeron una ciudad, a la que llamaron Emona. Al verano siguiente, con la ayuda de los habitantes del país, arrastraron el Argo, por medio de maquinaria, a lo largo de cuatrocientos estadios, y así llegaron al Aquilis, un río que desemboca en el Erídano: el propio Erídano desemboca en el mar Itálico.
    Después de la batalla de Cibalis, los dardanios y los macedonios, los habitantes de las riberas del Istro, de la Hélade y toda la nación de Iliria quedaron sometidos a Constantino.

    Capítulo 7. Acerca de la disputa entre Constantino y Licinio, su cuñado, sobre los cristianos, y de cómo Licinio fue vencido por la fuerza y condenado a muerte

    I, 7

    Después de este revés, Licinio, que antes había respetado a los cristianos, cambió de opinión y maltrató a muchos de los sacerdotes que vivían bajo su gobierno; persiguió también a multitud de otras personas, pero especialmente a los soldados. Estaba profundamente irritado contra los cristianos a causa de su desavenencia con Constantino, y pensaba herirlo mediante los sufrimientos de ellos por la religión; además, sospechaba que las iglesias oraban y deseaban con celo que Constantino solo disfrutara del gobierno soberano. A todo esto se añadía que, en vísperas de otra batalla con Constantino, Licinio, como solía hacerse, hizo un pronóstico de la guerra esperada mediante sacrificios y oráculos y, engañado por promesas de victoria, volvió a la religión de los paganos.
    Los propios paganos cuentan también que por este tiempo consultó el oráculo de Apolo Didimeo en Mileto y recibió del demonio una respuesta sobre el resultado de la guerra, expresada en los siguientes versos de Homero:
    Mucho, anciano, te acosan los jóvenes, guerreando contra ti.
    Débil se ha vuelto tu fuerza, pero tu vejez aún será robusta.
    Por muchos hechos me ha parecido a menudo que la enseñanza de los cristianos es sostenida, y su avance asegurado, por la providencia de Dios; y no menos por lo que entonces ocurrió; pues en el momento mismo en que Licinio estaba a punto de perseguir a todas las iglesias bajo su mando, estalló la guerra en Bitinia, que terminó en una guerra entre él y Constantino, y en la que Constantino fue tan fortalecido por el auxilio divino que resultó vencedor sobre sus enemigos por tierra y por mar. Tras la destrucción de su flota y de su ejército, Licinio se refugió en Nicomedia, residió durante algún tiempo en Tesalónica como particular y finalmente fue muerto allí. Tal fue el fin de uno que, al comienzo de su reinado, se había distinguido en la guerra y en la paz, y que había sido honrado al recibir por esposa a la hermana de Constantino.

    Capítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público

    I, 8

    Tan pronto como el gobierno único del Imperio romano recayó en Constantino, publicó un decreto público ordenando a todos sus súbditos de Oriente honrar la religión cristiana, adorar cuidadosamente al Ser Divino y reconocer como divino solo aquello que también es esencialmente divino y que posee el poder que perdura por los siglos de los siglos: pues él se complace en dar todas las cosas buenas sin mezquindad a quienes abrazan celosamente la verdad; acompaña sus empresas con las mejores esperanzas, mientras que las desgracias, sea en la paz o en la guerra, sea en la vida pública o privada, sobrevienen a los transgresores. Constantino añadió entonces, pero sin vana jactancia, que, habiéndolo considerado Dios como un servidor apto, digno de reinar, había sido conducido desde el mar de Britania hasta las provincias orientales para que la religión cristiana se extendiera, y para que quienes, a causa del culto de Dios, habían permanecido firmes en confesiones o martirios, fueran promovidos a honores públicos. Después de hacer estas declaraciones, entró en una miríada de otros detalles con los que pensaba que sus súbditos podían ser atraídos a la religión. Decretó que todos los actos y sentencias pronunciados por los perseguidores de la iglesia contra el cristianismo fueran revocados; y ordenó que todos aquellos que, a causa de su confesión de Cristo, habían sido enviados al destierro — ya fuera a las islas o a otros lugares, contra su propia inclinación — y todos los que habían sido condenados a trabajar en las minas, en las obras públicas, en los harenes, en las fábricas de lino, o habían sido inscritos como funcionarios públicos, fueran restituidos a la libertad. Quitó el estigma de la deshonra a aquellos sobre quienes había recaído, y permitió que quienes habían sido privados de altos cargos en el ejército, o bien reasumieran su antiguo puesto, o bien, con una licencia honorable, disfrutaran de un ocio liberal según su propia elección; y cuando hubo devuelto a todos al disfrute de sus antiguas libertades y honores acostumbrados, les restituyó igualmente sus posesiones. En el caso de los que habían sido muertos, y cuyos bienes habían sido confiscados, dispuso que la herencia se transfiriera a los parientes más próximos o, a falta de herederos, a la iglesia perteneciente a la localidad donde se hallaba la finca; y cuando la herencia había pasado a otras manos, y se había convertido en propiedad privada o nacional, ordenó que fuera restituida. Asimismo prometió recurrir a los arreglos más adecuados y mejores posibles cuando los bienes hubieran sido comprados por el fisco, o recibidos de este como donación. Estas medidas, como se ha dicho, habiendo sido promulgadas por el emperador y ratificadas por ley, se pusieron inmediatamente en ejecución. Los cristianos fueron así colocados en casi todos los principales puestos del gobierno romano; el culto a los falsos dioses fue prohibido universalmente; y las artes de la adivinación, la dedicación de estatuas y la celebración de festivales paganos fueron interdictadas. Muchas de las costumbres más antiguas observadas en las ciudades cayeron en desuso: y entre los egipcios, la medida que indicaba el aumento de las aguas del Nilo ya no se llevaba a los templos paganos, sino a las iglesias. El espectáculo de los gladiadores fue entonces prohibido entre los romanos; y la costumbre que prevalecía entre los fenicios del Líbano y de Heliópolis de prostituir a las vírgenes antes del matrimonio, las cuales solían cohabitar en matrimonio legítimo después de una primera prueba de relación ilícita, fue abolida. De las casas de oración, el emperador reparó algunas que eran de magnitud suficiente; otras fueron brillantemente restauradas añadiéndoles longitud y anchura, y erigió nuevos edificios en lugares donde antes no había existido ningún edificio de este tipo. Suministró los recursos necesarios del tesoro imperial, y escribió a los obispos de las ciudades y a los gobernadores de las provincias, deseando que contribuyeran con todo lo que se deseara, e imponiendo sumisión y obediencia celosa a los sacerdotes.
    La prosperidad de la religión marchó al mismo paso que la creciente prosperidad del imperio. Después de la guerra con Licinio, el emperador tuvo éxito en las batallas contra naciones extranjeras; conquistó a los sármatas y al pueblo llamado godos, y concluyó un tratado ventajoso con ellos. Estos pueblos habitaban a orillas del Istro; y como eran muy belicosos y siempre estaban dispuestos a las armas, tanto por la multitud como por la magnitud de sus cuerpos, mantenían atemorizadas a las demás tribus de bárbaros, y solo hallaban antagonistas en los romanos. Se dice que, durante esta guerra, Constantino percibió claramente, por medio de señales y sueños, que la protección especial de la Divina Providencia se le había extendido. Por ello, cuando hubo vencido a todos los que se levantaron en batalla contra él, manifestó su gratitud a Cristo mediante una atención celosa a los asuntos de la religión, y exhortó a los gobernadores a reconocer la única fe verdadera y el camino de la salvación. Dispuso que parte de los fondos recaudados de los países tributarios fuera enviada por las diversas ciudades a los obispos y al clero, dondequiera que estuvieran domiciliados, y ordenó que la ley que imponía esta donación fuera un estatuto para siempre. Para acostumbrar a los soldados a adorar a Dios como él lo hacía, hizo marcar sus armas con el símbolo de la cruz, y erigió una casa de oración en el palacio. Cuando entraba en guerra, hacía llevar delante de él una tienda, construida en forma de iglesia, de modo que, en caso de que él o su ejército fueran conducidos al desierto, tuvieran un edificio sagrado en el que alabar y adorar a Dios, y participar en los misterios. Sacerdotes y diáconos seguían la tienda, y cumplían las órdenes sobre estos asuntos, según la ley de la iglesia. Desde ese período, las legiones romanas, que ya entonces eran designadas por su número, proveían cada una su propia tienda, con sacerdotes y diáconos asistentes. También ordenó la observancia del día llamado el día del Señor, que los judíos llaman el primer día de la semana y que los paganos dedican al sol, así como el día anterior al séptimo, y mandó que no se tramitaran en esos días asuntos judiciales ni otros negocios, sino que se sirviera a Dios con oraciones y súplicas. Honró el día del Señor porque en él Cristo resucitó de entre los muertos, y el día arriba mencionado porque en él fue crucificado. Consideró la cruz con reverencia peculiar, tanto por el poder que le había transmitido en las batallas contra sus enemigos como por la manera divina en que el símbolo se le había aparecido. Abolió por ley la crucifixión acostumbrada entre los romanos, del uso de los tribunales. Ordenó que este símbolo divino fuera siempre inscrito y estampado cuando se acuñaran monedas e imágenes, y sus imágenes, que existen en esta misma forma, aún atestiguan esta orden. Y en verdad se esforzó en todo, particularmente en la promulgación de leyes, por servir a Dios. Parece, también, que prohibió muchas uniones infames y licenciosas, que hasta ese período no habían sido prohibidas; como cualquiera que se interese por ello puede ver de un vistazo por estos pocos ejemplos cuáles fueron las leyes que estableció sobre estos puntos; me parece irrazonable tratarlas ahora exhaustivamente. Considero necesario, sin embargo, mencionar las leyes promulgadas para el honor y la consolidación de la religión, ya que constituyen una porción considerable de la historia eclesiástica. Por tanto, procederé a la narración.
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