I, 9
Había una antigua ley romana, por la cual los que no estaban casados a la edad de veinticinco años no eran admitidos a los mismos privilegios que los casados; entre otras cláusulas de esta ley, se especificaba que quienes no fueran los parientes más cercanos nada podían obtener de un testamento; y también, que los que no tenían hijos serían privados de la mitad de cualquier propiedad que se les legara. El objeto de esta antigua ley romana era aumentar la población de Roma y de los pueblos sometidos, la cual había quedado muy reducida por las guerras civiles, no mucho tiempo antes de esta ley. El emperador, percibiendo que esta disposición perjudicaba los intereses de quienes perseveraban en el celibato y permanecían sin hijos por amor de Dios, y considerando absurdo intentar la multiplicación de la especie humana mediante el cuidado y el celo del hombre (puesto que la naturaleza siempre recibe aumento o disminución según el decreto de lo alto), hizo una ley ordenando que los no casados y sin hijos tuvieran las mismas ventajas que los casados. Incluso otorgó privilegios peculiares a quienes abrazaban una vida de continencia y virginidad, y les permitió, contra la costumbre que prevalecía en todo el Imperio romano, hacer testamento antes de alcanzar la edad de la pubertad; pues creía que quienes se dedicaban al servicio de Dios y al cultivo de la filosofía juzgarían, en todos los casos, rectamente. Por una razón similar, los antiguos romanos permitían a las vírgenes vestales hacer testamento tan pronto como cumplían los seis años. Esa era la mayor prueba de la superior reverencia por la religión. Constantino eximió al clero en todas partes de los tributos, y permitió a los litigantes apelar a la decisión de los obispos si los preferían a los gobernantes del Estado. Decretó que su sentencia fuera válida, y tan superior a la de otros jueces como si la hubiera pronunciado el propio emperador; que los gobernadores y los oficiales militares subordinados se encargaran de la ejecución de estos decretos: y que las definiciones hechas por los sínodos fueran irrevocables.
Habiendo llegado a este punto de mi historia, no sería justo omitir toda mención de las leyes aprobadas en favor de aquellos individuos de las iglesias que habían recibido su libertad. Debido a la rigidez de las leyes y a la renuencia de los amos, había muchas dificultades en el camino de la adquisición de esta libertad mejor; es decir, de la libertad de la ciudad de Roma. Por tanto, Constantino hizo tres leyes, decretando que todos aquellos individuos de las iglesias cuya libertad fuera atestiguada por los sacerdotes, recibieran la libertad de Roma.
Los registros de estas piadosas disposiciones aún se conservan, pues era costumbre grabar en tablillas todas las leyes relativas a la manumisión. Tales fueron las promulgaciones de Constantino; en todo procuraba promover el honor de la religión; y la religión era valorada, no solo por sí misma, sino también a causa de la virtud de quienes entonces participaban en ella.
I, 10
Como la persecución había cesado recientemente, muchos excelentes cristianos y muchos de los confesores que habían sobrevivido adornaban las iglesias: entre ellos estaban Osius, obispo de Córdoba; Anfión, obispo de Epifanía en Cilicia; Máximo, que sucedió a Macario en la iglesia de Jerusalén; y Pafnucio, egipcio. Se dice que por medio de este último Dios obró muchos milagros, dominando demonios y dándole gracia para sanar diversas clases de enfermedades. Este Pafnucio y Máximo, a quien acabamos de mencionar, estaban entre el número de confesores a quienes Maximino condenó a trabajar en las minas, después de haberlos privado del ojo derecho y del uso de la pierna izquierda.
I, 11
[Espiridón, obispo de Trimythun en Chipre, floreció en este período. Para mostrar sus virtudes, creo que la fama que aún prevalece acerca de él es suficiente. Las obras maravillosas que hizo con la asistencia divina son, según parece, generalmente conocidas por quienes habitan en la misma región. No ocultaré los hechos que han llegado a mí.
]
Era campesino, estaba casado y tenía hijos; no por ello carecía de adelantos espirituales. Se cuenta que una noche unos hombres malvados entraron en su redil y estaban en el acto de robar sus ovejas, cuando de repente quedaron atados, sin que nadie los atara. Al día siguiente, cuando fue al redil, los halló encadenados y los liberó de sus invisibles ataduras; pero los censuró por haber preferido robar lo que les era lícito ganar y tomar, y también por haberse esforzado tanto de noche. Sin embargo, sintió compasión de ellos y, deseoso de instruirlos para inducirlos a llevar una vida mejor, les dijo: «Id, y tomad este carnero con vosotros; pues estáis fatigados de velar, y no es justo que vuestro trabajo sea tan censurado que volváis con las manos vacías de mi redil.» Esta acción es muy digna de admiración, pero no menos lo es la que ahora contaré. Un individuo confió un depósito al cuidado de su hija, que era virgen y se llamaba Irene. Para mayor seguridad, ella lo enterró; y sucedió que murió poco después, sin mencionar la circunstancia a nadie. La persona a quien pertenecía el depósito vino a pedirlo. Espiridón no sabía qué respuesta darle, así que registró toda la casa en busca de él; pero al no poder hallarlo, el hombre lloró, se arrancó los cabellos y parecía a punto de expirar. Espiridón, movido a compasión, fue a la tumba y llamó a la muchacha por su nombre; y cuando ella respondió, le preguntó por el depósito. Después de obtener la información deseada, regresó, encontró el tesoro en el lugar que se le había indicado y lo entregó a su dueño. Puesto que he entrado en este asunto, no estará de más añadir también este incidente.
Era costumbre de este Espiridón dar cierta porción de sus frutos a los pobres, y prestar otra porción a quienes la deseaban como gratificación; pero ni al dar ni al recibir distribuía o recibía él mismo jamás: simplemente señalaba el granero y decía a los que acudían a él que tomaran cuanto necesitaban, o que devolvieran lo que habían tomado prestado. Un hombre que había tomado prestado de esta manera, vino como si fuera a devolverlo, y cuando, como de costumbre, se le indicó que repusiera su préstamo en el granero, vio una oportunidad para una injusticia; imaginando que el asunto quedaría oculto, no liquidó la deuda, sino que, fingiendo fraudulentamente haber cumplido su obligación, se fue como si hubiera hecho la devolución. Esto, sin embargo, no pudo quedar oculto mucho tiempo. Después de algún tiempo, el hombre volvió otra vez a pedir prestado, y fue enviado al granero, con permiso para medir por sí mismo cuanto necesitara. Hallando el granero vacío, fue a informar a Espiridón, y este le dijo: «Me maravillo, oh hombre, de cómo tú solo has hallado el granero vacío y desprovisto de los artículos que requieres: reflexiona si devolviste el primer préstamo, puesto que tienes necesidad por segunda vez: si no fuera así, no te faltaría lo que buscas. Ve, confía, y hallarás.» El hombre sintió la reprensión y reconoció su error. La firmeza y la exactitud en la administración de los asuntos eclesiásticos por parte de este varón divino son dignas de admiración. Se dice que en una ocasión posterior, los obispos de Chipre se reunieron para consultar sobre cierta emergencia particular. Espiridón estaba presente, así como Trifilio, obispo de Ledri, hombre por lo demás elocuente, que por haberse dedicado a la práctica del derecho había vivido solo en Bérito.
Cuando se hubo reunido una asamblea, habiendo sido rogado a dirigirse al pueblo, Trifilio tuvo ocasión, en medio de su discurso, de citar el texto, «Toma tu cama y anda,» [] y sustituyó la palabra «camilla» ([σκίμπους]), por la palabra «cama» ([κράββατος]). Espiridón se indignó y exclamó: «¿Eres tú mayor que el que pronunció la palabra 'cama', para que te avergüences de usar sus palabras?» Cuando hubo dicho esto, se volvió desde el trono del sacerdote y miró hacia el pueblo; con este acto les enseñó a mantener dentro de los límites al hombre orgulloso de su elocuencia, y era apto para hacer tal reprensión; pues era reverenciado e ilustrísimo por sus obras: al mismo tiempo era superior a aquel presbítero en edad y en el sacerdocio.
La acogida que Espiridón daba a los extranjeros se verá por el siguiente incidente. En la Cuaresma, sucedió que un viajero llegó de camino a visitarlo en uno de aquellos días en que tenía costumbre de guardar un ayuno continuo con su casa, y en el día señalado para probar alimento, permanecía sin comer hasta el mediodía. Percibiendo que el extranjero estaba muy fatigado, Espiridón dijo a su hija: «Ven, lávale los pies y pon carne delante de él.» Respondiendo la virgen que no había ni pan ni comida de cebada en la casa, pues habría sido superfluo proveer tales cosas en el tiempo del ayuno, Espiridón primero oró y pidió perdón, y le mandó cocer un poco de carne de cerdo salada que por casualidad había en la casa. Cuando estuvo preparada, se sentó a la mesa con el extranjero, participó de la carne y le dijo que siguiera su ejemplo. Pero declinando el extranjero, con el pretexto de ser cristiano, le dijo: «Precisamente por esa razón no debes rehusar participar de la carne; pues la palabra divina muestra que para los puros todas las cosas son puras.» [] Tales son los detalles que debía relatar acerca de Espiridón.
I, 12
Los que en este período habían abrazado el monacato no fueron los que menos manifestaron a la iglesia como ilustrísima, y evidenciaron la verdad de sus doctrinas por su línea virtuosa de conducta. En efecto, lo más útil que el hombre ha recibido de Dios es su filosofía. Descuidan muchas ramas de las matemáticas y las tecnicalidades de la dialéctica, porque consideran tales estudios como superfluos y como un gasto inútil de tiempo, ya que no contribuyen en nada a la vida recta. Se aplican exclusivamente al cultivo de la ciencia natural y útil, a fin de mitigar, si no erradicar, el mal. Invariablemente se abstienen de considerar como bueno cualquier acción o principio que ocupe un lugar intermedio entre la virtud y el vicio, pues solo se deleitan en lo que es bueno. Consideran malvado a todo hombre que, aun absteniéndose del mal, no hace el bien. Pues no demuestran la virtud con argumentos, sino que la practican, y reputan como nada la gloria corriente entre los hombres. Someten varonilmente las pasiones del alma, sin ceder a las necesidades de la naturaleza ni sucumbir a la debilidad del cuerpo. Poseyendo el poder de la mente divina, miran siempre hacia el Creador del todo, adorándolo noche y día y aplacándolo con oraciones y súplicas. Por la pureza del alma y por una vida de buenas obras entraban sin culpa en las observancias religiosas, y despreciaban las purificaciones, los vasos lustrales y tales ceremoniales; pues piensan que solo los pecados son manchas. Son más grandes que las contingencias externas a las que estamos sujetos, y tienen, por así decirlo, todas las cosas bajo su control; y no se apartan, por tanto, del camino que han escogido, ni por los desastres ni por la necesidad que gobiernan la vida. No se afligen cuando son insultados, ni se defienden cuando padecen malicia; ni desmayan cuando los apremia la enfermedad o la falta de lo necesario, sino que más bien se regocijan en tales pruebas y las soportan con paciencia y mansedumbre. Se acostumbran durante toda la vida a contentarse con poco, y se aproximan a Dios tan cerca como es posible a la naturaleza humana. Consideran la vida presente solo como un viaje, y por eso no se afanan por adquirir riquezas, ni proveen para lo presente más allá de las necesidades urgentes. Admirando la belleza y la simplicidad de la naturaleza, su esperanza está puesta en el cielo y en la bienaventuranza futura. Absortos por completo en el culto de Dios, se alejaron del lenguaje obsceno; y como habían desterrado las malas prácticas, tampoco permitían que tales cosas se nombraran siquiera. Limitaban, en lo posible, las demandas de la naturaleza, y obligaban al cuerpo a contentarse con suministros moderados. Vencían la intemperancia con la templanza, la injusticia con la justicia y la falsedad con la verdad, y alcanzaban el justo medio en todas las cosas. Habitaban en armonía y compañerismo con sus vecinos. Proveían para sus amigos y para los extranjeros, daban a los necesitados según su necesidad y consolaban a los afligidos. Como eran diligentes en todas las cosas y celosos en buscar el sumo bien, sus instrucciones, aunque revestidas de modestia y prudencia y desprovistas de elocuencia vana y meretricia, poseían poder, como soberanas medicinas, para sanar las enfermedades morales de su auditorio; hablaban, además, con temor y reverencia, y evitaban toda contienda, burla e ira. En verdad, es razonable suprimir todas las emociones irracionales y subyugar las pasiones carnales y naturales. Elías el profeta y Juan el Bautista fueron los autores, según dicen algunos, de esta sublime filosofía. Filón el pitagórico relata que en su tiempo los más virtuosos de los hebreos se reunieron de todas las partes del mundo y se establecieron en una extensión de campo situada sobre una colina cerca del lago Mareotis, con el propósito de vivir como filósofos. Describe sus moradas, su régimen y sus costumbres, como semejantes a las que ahora encontramos entre los monjes de Egipto. Dice que desde el momento en que comenzaron a aplicarse al estudio de la filosofía, entregaron sus bienes a sus parientes, abandonaron los negocios y la sociedad, y habitaron fuera de los muros, en campos y jardines. Tenían también, nos informa, edificios sagrados llamados monasterios, en los cuales habitaban apartados y solos, ocupados en celebrar los santos misterios y en adorar a Dios asiduamente con salmos e himnos. Nunca probaban alimento antes de la puesta del sol, y algunos solo tomaban alimento cada tercer día, o incluso a intervalos más largos. Finalmente, dice que en ciertos días se acostaban en el suelo y se abstenían del vino y de la carne de animales; que su alimento era pan, sal e hisopo, y su bebida, agua; y que había entre ellos mujeres que habían vivido como vírgenes hasta la vejez, quienes, por amor a la filosofía y por su juicio voluntario, practicaban el celibato. En esta narración, Filón parece describir a ciertos judíos que habían abrazado el cristianismo y, sin embargo, retenían las costumbres de su nación; pues no se hallan vestigios de esta manera de vida en ninguna otra parte: y de ahí concluyo que esta filosofía floreció en Egipto desde este período. Otros, empero, afirman que este modo de vida se originó de las persecuciones por causa de la religión, que surgieron de tiempo en tiempo, y por las cuales muchos se vieron obligados a huir a las montañas, los desiertos y las selvas, y se acostumbraron a este tipo de vida.
I, 13
Sea que los egipcios u otros hayan de ser considerados los fundadores de esta filosofía, todos admiten unánimemente que Antonio, el gran monje, llevó este género de vida, mediante costumbres y ejercicios adecuados, a la cumbre de la exactitud y la perfección. Su fama se extendió tan ampliamente por los desiertos de Egipto, que el emperador Constantino, a causa de la reputación de la virtud de aquel hombre, buscó su amistad, lo honró con correspondencia y lo instó a escribirle acerca de lo que pudiera necesitar. Era egipcio de raza y pertenecía a una ilustre familia de Coma, situada cerca de la Heraclea que está en los confines de Egipto. Aún era joven cuando perdió a sus padres; entregó la herencia paterna a sus convecinos, vendió el resto de sus posesiones y distribuyó lo obtenido entre los necesitados; pues sabía que la filosofía no consiste meramente en el abandono de los bienes, sino en su recta distribución. Obtuvo el trato de los varones consagrados de su tiempo y emuló las virtudes de todos. Creyendo que la práctica de la bondad se volvería deleitosa por la costumbre, aunque ardua al comienzo, reflexionaba sobre métodos más intensos de ascesis, y día tras día la acrecentaba con el dominio de sí, como si siempre estuviera recomenzando su empresa. Dominó la voluptuosidad del cuerpo con el trabajo, y contuvo las pasiones del alma con el auxilio de la sabiduría divina. Su alimento era pan y sal; su bebida, agua, y jamás rompía el ayuno antes de la puesta del sol. A menudo pasaba dos o más días sin comer. Velaba, por así decirlo, toda la noche y continuaba en oración hasta el amanecer. Si en algún momento se entregaba al sueño, era solo un poco sobre una estera corta; pero por lo general la tierra desnuda era su lecho. Rechazaba la práctica de ungirse con aceite, el uso de baños y de lujos semejantes, capaces de relajar la tensión del cuerpo por la humedad; y se dice que jamás, en momento alguno, se vio desnudo. No poseía ni admiraba el saber, sino que valoraba el buen entendimiento, por ser anterior a las letras y su verdadero descubridor. Era sumamente manso y filantrópico, prudente y varonil; alegre en la conversación y amigable en las discusiones, aun cuando otros convertían los temas controvertidos en ocasión de contienda. Con su costumbre y una suerte de inteligencia, calmaba la afición a disputar cuando crecía y la devolvía a la moderación; templaba asimismo el ardor de quienes conversaban con él y regulaba sus maneras. Aunque, por causa de sus extraordinarias virtudes, había llegado a estar lleno del divino conocimiento previo, no consideraba el conocimiento del futuro una virtud, ni aconsejaba a otros buscar temerariamente este don, pues estimaba que nadie sería castigado o recompensado según su ignorancia o conocimiento de lo venidero; porque la verdadera bienaventuranza consiste en el servicio de Dios y en la observancia de sus leyes. «Pero,» dijo, «si alguno desea conocer el futuro, purifíquese continuamente en el alma, pues entonces tendrá poder para andar en la luz y para comprender las cosas que han de suceder, porque Dios le revelará el futuro.» Jamás se permitía estar ocioso, sino que exhortaba a todos los que parecían dispuestos a llevar una vida buena a la diligencia en el trabajo, al examen de sí mismos y a la confesión del pecado ante Aquel que creó el día y la noche; y cuando erraban, los instaba a poner por escrito la transgresión, para que así se avergonzaran de sus pecados y temieran que alguien hallara las muchas cosas registradas; pues temería que, si el escrito se remontara a él, quedara expuesto ante los demás como un hombre depravado. Sobre todos los demás se adelantaba con ánimo y sumo celo en defensa de los agraviados, y en su causa acudía a menudo a las ciudades; pues muchos salían a su encuentro y lo obligaban a interceder por ellos ante los gobernantes y los poderosos. Todo el pueblo se sentía honrado al verlo, escuchaba con avidez sus discursos y asentía a sus argumentos; pero él prefería permanecer ignorado y oculto en los desiertos. Cuando se veía obligado a visitar una ciudad, jamás dejaba de volver a los desiertos tan pronto como había cumplido la obra que había emprendido; pues, decía, que así como los peces se alimentan en el agua, así el desierto es el mundo preparado para los monjes; y así como los peces mueren al ser arrojados a tierra seca, así los monásticos pierden su gravedad cuando entran en las ciudades. Se conducía obediente y afable con todos los que lo veían, y cuidaba de no tener, ni parecer tener, un natural altanero. He dado esta concisa relación de las costumbres de Antonio, a fin de que pueda formarse una idea de su filosofía, por analogía, a partir de la descripción de su conducta en el desierto.
Tuvo muchos discípulos renombrados, de los cuales unos florecieron en Egipto y Libia, otros en Palestina, Siria y Arabia; no menos que su maestro, cada discípulo pasaba su vida con aquellos entre quienes moraba, ordenaba su conducta, instruía a muchos y los unía en virtudes y filosofía afines. Pero difícilmente podría alguien hallar a los compañeros de Antonio o a sus sucesores recorriendo cuidadosamente ciudades y aldeas para descubrirlos, pues buscaban el ocultamiento con más empeño que muchos hombres ambiciosos, por medio de la pompa y el boato, buscan ahora popularidad y renombre.
Debemos referir, en orden cronológico, la historia de los más célebres discípulos de Antonio y, en particular, la de Pablo, apellidado el Simple. Se dice que habitaba en el campo, que estaba casado con una mujer hermosa y que, habiéndola sorprendido en adulterio, rió plácidamente y afirmó con juramento que no viviría más con ella; que la dejó con el adúltero y marchó de inmediato a reunirse con Antonio en el desierto. Se refiere además que era sumamente manso y paciente; y que, siendo anciano y no acostumbrado a la severidad monástica, Antonio puso a prueba su fortaleza con diversos ensayos, pues acababa de llegar, y no halló nada innoble; y que, habiendo dado prueba de perfecta filosofía, fue enviado a vivir solo, como quien ya no necesitaba maestro. Y Dios mismo confirmó el testimonio de Antonio; y demostró que aquel hombre era ilustrísimo por sus obras, y mayor incluso que su maestro en atormentar y expulsar demonios.
I, 14
Fue por este período cuando Amón, el egipcio, abrazó la filosofía. Se dice que su familia lo obligó a casarse, pero que su esposa jamás lo conoció carnalmente; pues el día de su boda, cuando estaban solos y él, como esposo, la conducía como esposa al lecho, le dijo: «¡Oh mujer! Nuestro matrimonio, en efecto, se ha celebrado, pero no se ha consumado»; y luego le mostró por las Santas Escrituras que su mayor bien era permanecer virgen, y le rogó que vivieran separados. Ella quedó convencida por sus argumentos sobre la virginidad, pero se afligió mucho ante la idea de separarse de él; por ello, aunque ocupando un lecho separado, él vivió con ella durante dieciocho años, tiempo en el cual no descuidó los ejercicios monásticos. Al cabo de este período, la mujer, cuyo anhelo había sido fuertemente excitado por la virtud de su marido, se convenció de que no era justo que un hombre tal viviera, por causa de ella, en la esfera doméstica; y consideró necesario que cada uno, por amor de la filosofía, viviera apartado del otro; y así se lo suplicó a su marido. Él, pues, partió después de haber dado gracias a Dios por el consejo de su esposa, y le dijo: «Conserva tú esta casa, y yo me haré otra para mí.» Se retiró a un lugar desierto, al sur del lago Mareótide, entre Escitis y el monte llamado Nitria; y allí, durante veintidós años, se consagró a la filosofía y visitaba a su esposa dos veces cada año. Este varón divino fue el fundador de los monasterios de aquel lugar, y reunió en torno a sí muchos discípulos notables, como muestran los registros de sucesión. Le sucedieron muchos acontecimientos extraordinarios, que han sido fijados con exactitud por los monjes egipcios, quienes se esforzaron mucho por conmemorar cuidadosamente las virtudes de los ascetas más antiguos, conservadas en una sucesión de tradición no escrita. Referiré de entre ellos los que han llegado a nuestro conocimiento.
Amón y su discípulo Teodoro tuvieron una vez ocasión de hacer un viaje a alguna parte, y en el camino hallaron necesario cruzar un canal llamado Lico. Amón ordenó a Teodoro pasar de espaldas, para no ser testigos de la desnudez del otro; y como él mismo se avergonzaba de verse desnudo, fue súbitamente arrebatado por un impulso divino, transportado y dejado en la orilla opuesta. Cuando Teodoro hubo cruzado el agua, advirtió que las ropas y los pies del anciano no estaban mojados, y preguntó la razón; no recibiendo respuesta, insistió enérgicamente sobre el asunto, y al fin Amón, después de estipular que no se mencionara mientras él viviera, confesó el hecho.
Aquí sigue otro milagro de la misma naturaleza. Unos padres malvados, habiéndole traído un hijo que había sido mordido por un perro rabioso y estaba próximo a la muerte, le suplicaron entre lamentos que lo sanara. Él les dijo: «Vuestro hijo no necesita mi curación; pero si estáis dispuestos a devolver a vuestros amos el buey que habéis robado, sanará al instante.» Y el resultado fue tal como se había predicho; pues el buey fue devuelto y la enfermedad del niño desapareció. Se dice que, cuando murió Amón, Antonio vio su espíritu subir al cielo, pues las potencias celestiales lo conducían con canto de salmos; y como sus compañeros le preguntaran la causa de su evidente asombro, no les ocultó el asunto; porque se lo vio escudriñar el cielo atentamente, a causa de su admiración ante la vista del maravilloso espectáculo. Poco tiempo después llegaron de Escitis ciertas personas que, al anunciar la hora de la muerte de Amón, manifestaron la verdad de la predicción de Antonio. Así, como atestiguan todos los hombres buenos, cada uno de estos santos varones fue bendecido de manera especial: el uno, siendo liberado de esta vida; el otro, siendo considerado digno de presenciar un espectáculo tan milagroso como el que Dios le mostró; pues Antonio y Amón vivían a una distancia de muchos días de camino el uno del otro, y el incidente antedicho queda corroborado por quienes los conocieron personalmente a ambos.
Estoy convencido de que fue asimismo durante este reinado cuando Eutiquiano abrazó la filosofía. Fijó su residencia en Bitinia, cerca del Olimpo. Pertenecía a la secta de los novatianos y participaba de la gracia divina; sanaba enfermedades y obraba milagros, y la fama de su vida virtuosa indujo a Constantino a mantener con él trato íntimo y amistad. Sucedió que, por este período, uno de la guardia real, sospechoso de conspirar contra el soberano, huyó y, tras ser buscado, fue apresado cerca del Olimpo. Los parientes del hombre rogaron a Eutiquiano que intercediera por él ante el emperador y que, entretanto, mandara que se aflojaran las cadenas del prisionero, no fuera que pereciera bajo su peso. Se cuenta que Eutiquiano envió en consecuencia a los oficiales que custodiaban al hombre, pidiéndoles que aflojaran las cadenas; y que, ante su negativa, fue él mismo a la prisión, donde las puertas, aunque cerradas, se abrieron por sí mismas, y las ataduras del prisionero cayeron. Eutiquiano acudió después al emperador, que residía entonces en Bizancio, y obtuvo fácilmente el perdón, pues Constantino no solía negarle lo que pedía, porque tenía a aquel hombre en grandísima honra.
Acabo de dar en pocas palabras la historia de los más ilustres profesores de la filosofía monástica. Si alguien desea información más exacta acerca de estos varones, la hallará en las biografías que se han escrito de muchísimos de ellos.
Capítulo 15. La herejía arriana, su origen, su progreso y la contienda que ocasionó entre los obispos
I, 15
Aunque, como hemos mostrado, la religión se hallaba en condición floreciente en este período, las iglesias fueron turbadas por graves contiendas; pues bajo el pretexto de la piedad y de buscar un conocimiento más perfecto de Dios, se agitaron ciertas cuestiones que hasta entonces no habían sido examinadas. Arrio fue el originador de estas disputas. Era presbítero de la iglesia de Alejandría, en Egipto, y al principio fue un pensador celoso en materia de doctrina y sostuvo las innovaciones de Melicio. Con el tiempo, sin embargo, abandonó esta última opinión y fue ordenado diácono por Pedro, obispo de Alejandría, quien después lo expulsó de la iglesia, porque cuando Pedro anatematizó a los celadores de Melicio y rechazó su bautismo, Arrio lo atacó por estos actos y no pudo ser refrenado en su quietud. Después del martirio de Pedro, Arrio pidió perdón a Aquillas y fue restituido a su oficio de diácono, y después elevado al presbiterado. Posteriormente, también Alejandro lo tuvo en gran estima, pues era un lógico sumamente experto; se decía, en efecto, que no carecía de tal saber. Cayó en discursos absurdos, hasta tener la audacia de predicar en la iglesia lo que nadie antes que él había sugerido jamás; a saber: que el Hijo de Dios fue hecho de aquello que no tenía existencia previa; que hubo un período de tiempo en el cual no existió; que, por poseer libre albedrío, era capaz de vicio y de virtud, y que fue creado y hecho. A estas proposiciones se añadieron muchas otras semejantes a medida que avanzaba en los argumentos y en los pormenores de la indagación. Quienes oyeron proponer estas doctrinas acusaron a Alejandro de no oponerse a las innovaciones contrarias a la doctrina. Pero este obispo consideró más aconsejable dejar a cada partido la libre discusión de los temas dudosos, para que, más por la persuasión que por la fuerza, cesaran en la contienda; por ello se sentó como juez con algunos de sus clérigos y condujo a ambas partes a una discusión. Pero sucedió en esta ocasión, como ocurre generalmente en una disputa de palabras, que cada parte se atribuyó la victoria. Arrio defendió sus aseveraciones, pero los otros sostenían que el Hijo es consustancial y coeterno con el Padre. El concilio se convocó por segunda vez y se debatieron los mismos puntos, pero no llegaron a acuerdo alguno entre sí. Durante el debate, Alejandro pareció inclinarse primero a un partido y luego al otro; finalmente, sin embargo, se declaró a favor de quienes afirmaban que el Hijo era consustancial y coeterno con el Padre, y mandó a Arrio recibir esta doctrina y rechazar sus opiniones anteriores. Arrio, con todo, no se dejó persuadir a la sumisión, y muchos de los obispos y del clero consideraron correcta su exposición de la doctrina. Alejandro, por tanto, lo expulsó de la iglesia, junto con los clérigos que coincidían con él en el sentir. Los de la parroquia de Alejandría que habían abrazado sus opiniones eran los presbíteros Aitalas, Aquillas, Carpones, Sarmates y Arrio, y los diáconos Euzoio, Macario, Julio, Menas y Heladio. Muchos del pueblo, asimismo, se pusieron de su parte: unos, porque imaginaban que sus doctrinas eran de Dios; otros, como sucede a menudo en casos semejantes, porque creían que habían sido maltratados e injustamente excomulgados. Siendo tal el estado de las cosas en Alejandría, los partidarios de Arrio, juzgando prudente buscar el favor de los obispos de otras ciudades, les enviaron legaciones; les enviaron una exposición escrita de sus doctrinas, rogándoles que, si consideraban tales sentimientos como de Dios, hicieran saber a Alejandro que no debía molestarlos; pero que, si desaprobaban las doctrinas, les enseñaran qué opiniones era necesario mantener. Esta precaución no les fue de poca ventaja; pues sus doctrinas quedaron así universalmente divulgadas, y las cuestiones que habían suscitado se convirtieron en materia de debate entre todos los obispos. Unos escribieron a Alejandro rogándole que no recibiera en comunión a los partidarios de Arrio a menos que repudiaran sus opiniones, mientras otros escribieron para instar una conducta contraria. Cuando Alejandro advirtió que muchos, venerables por la apariencia de buena conducta e influyentes por la persuasión de la elocuencia, estaban con el partido de Arrio, y en particular Eusebio, presidente de la iglesia de Nicomedia, varón de considerable erudición y tenido en gran estima en palacio, escribió a los obispos de todas las iglesias pidiéndoles que no tuvieran comunión con ellos. Esta medida encendió aún más el celo de cada partido y, como era de esperar, la contienda se agitó cada vez más. Eusebio y sus partidarios habían pedido muchas veces a Alejandro, pero no pudieron persuadirlo; de suerte que, considerándose insultados, se indignaron y se afirmaron más resueltamente en sostener la doctrina de Arrio. Habiéndose convocado un sínodo en Bitinia, escribieron a todos los obispos, pidiéndoles que tuvieran comunión con los arrianos, como con quienes hacían una verdadera confesión, y que exigieran a Alejandro tener comunión con ellos igualmente. Como no se podía arrancar de Alejandro tal conformidad, Arrio envió mensajeros a Paulino, obispo de Tiro, a Eusebio Pánfilo, que presidía la iglesia de Cesarea de Palestina, y a Patrofilo, obispo de Escitópolis, solicitando permiso para sí y para sus adherentes, puesto que ya antes habían alcanzado el rango de presbíteros, para constituir en iglesia al pueblo que estaba con ellos. Pues era costumbre en Alejandría, como lo es aún hoy, que todas las iglesias estuvieran bajo un solo obispo, pero que cada presbítero tuviera su propia iglesia, en la cual reunir al pueblo. Estos tres obispos, de acuerdo con otros que estaban reunidos en Palestina, concedieron la petición de Arrio y le permitieron reunir al pueblo como antes; pero le impusieron sumisión a Alejandro, y ordenaron a Arrio esforzarse sin cesar por ser restaurado a la paz y a la comunión con él.
Capítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
I, 16
Después de que se hubieran celebrado muchos sínodos en Egipto y de que la contienda hubiera seguido acrecentándose en violencia, la noticia de la disensión llegó a palacio, y Constantino quedó con ello sumamente turbado; pues justamente en este período, cuando la religión comenzaba a propagarse más ampliamente, muchos se veían disuadidos de abrazar el cristianismo por la diferencia de doctrinas. El emperador acusó abiertamente a Arrio y a Alejandro de haber originado este disturbio, y les escribió para reprenderlos por haber hecho pública una controversia que estaba en su poder haber ocultado, y por haber agitado con espíritu de disputa una cuestión que nunca debió haberse planteado o, al menos, sobre la cual su opinión debió haberse dado en silencio. Les dijo que no debían haberse separado de los demás a causa de una diferencia de parecer sobre ciertos puntos de doctrina.
Pues, en lo que concierne a la Divina Providencia, los hombres deben necesariamente mantener una sola y misma creencia; mas las investigaciones minuciosas en este terreno, especialmente si no los conducen a una sola opinión, deben guardarse en secreto conforme a toda razón. Los exhortó a dejar de lado toda habladuría vana sobre tales puntos y a tener una sola mente; pues él se había afligido no poco, y por esta causa había renunciado a su intención de visitar las ciudades de Oriente. En este tono escribió a Alejandro y a Arrio, reprendiéndolos y exhortándolos a ambos.
Constantino también se afligió profundamente por la diversidad de opiniones que prevalecía acerca de la celebración de la Pascua; pues algunas de las ciudades de Oriente discrepaban en este punto, aunque no por ello se negaban la comunión unas a otras; celebraban la fiesta más bien a la manera de los judíos, y, como era natural por esta divergencia, restaban esplendor al sacrificio festivo. El emperador se esforzó celosamente por eliminar de la iglesia ambas causas de disensión; y, creyendo poder suprimir el mal antes de que avanzara a mayores proporciones, envió a uno que era honrado por su fe, su vida virtuosa y muy aprobado en aquellos tiempos anteriores por sus confesiones acerca de esta doctrina, para reconciliar a los que estaban divididos a causa de la doctrina en Egipto y a los que en Oriente discrepaban sobre la Pascua. Este hombre era Osius, obispo de Córdoba.
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Cuando se vio que el resultado no correspondía a las expectativas del emperador, sino que, por el contrario, la contienda era demasiado grande para la reconciliación, de modo que el que había sido enviado a hacer la paz regresó sin haber cumplido su misión, Constantino convocó un sínodo en Nicea, en Bitinia, y escribió a los varones más eminentes de las iglesias de todos los países, ordenándoles que estuvieran allí en un día señalado. De los que ocupaban las sedes apostólicas, participaron en esta conferencia los siguientes: Macario de Jerusalén, Eustatio, que ya presidía la iglesia de Antioquía del Orontes, y Alejandro de Alejandría, cerca del lago Mareotis. Julio, obispo de Roma, no pudo asistir a causa de su avanzada vejez; pero su lugar fue suplido por Vito y Vicentio, presbíteros de su iglesia. Muchos otros varones excelentes y buenos de diferentes naciones se congregaron allí, de los cuales algunos eran célebres por su erudición, su elocuencia y su conocimiento de los libros sagrados y de otras disciplinas; algunos por el tenor virtuoso de su vida, y otros por la combinación de todas estas cualidades. Estuvieron presentes unos trescientos veinte obispos, acompañados por una multitud de presbíteros y diáconos. Había, asimismo, hombres presentes hábiles en dialéctica y dispuestos a ayudar en las discusiones. Y, como suele ocurrir en tales ocasiones, muchos sacerdotes acudieron al concilio con el propósito de tramitar sus propios asuntos privados; pues consideraban esta una oportunidad favorable para reparar sus agravios, y cada uno presentaba al emperador un documento en el que anotaba las ofensas cometidas contra su persona según aquello en lo que hallaba culpa en los demás. Como este proceder se siguió día tras día, el emperador señaló un día determinado en el que todas las quejas debían presentarse ante él. Cuando llegó el momento señalado, tomó los memoriales que se le habían presentado y dijo: «Todas estas acusaciones se presentarán a su debido tiempo en el gran día del juicio, y allí serán juzgadas por el Gran Juez de todos los hombres; en cuanto a mí, no soy sino un hombre, y sería malo de mi parte tomar conocimiento de tales asuntos, viendo que el acusador y el acusado son sacerdotes; y los sacerdotes deben obrar de modo que nunca lleguen a ser sometidos al juicio de otros. Imitad, pues, el divino amor y la misericordia de Dios, y reconciliaos unos con otros; retirad vuestras acusaciones mutuas; dejaos persuadir, y dediquemos nuestra atención a los asuntos relacionados con la fe por causa de los cuales estamos reunidos.» Después de este discurso, para anular el documento de cada uno, el emperador mandó quemar los memoriales y luego señaló un día para resolver los puntos dudosos. Pero antes de que llegara el tiempo señalado, los obispos se reunieron y, habiendo convocado a Arrio para que compareciera, comenzaron a examinar los temas disputados, proponiendo cada uno su propia opinión. Sin embargo, como era de esperar, surgieron muchas cuestiones diferentes de la investigación: algunos de los obispos hablaron contra la introducción de novedades contrarias a la fe que se les había transmitido desde el principio. Y, especialmente, los que se habían adherido a la simplicidad de la doctrina argumentaban que la fe de Dios debía recibirse sin indagaciones curiosas; otros, en cambio, sostenían que las opiniones antiguas no debían seguirse sin examen. Muchos de los obispos entonces reunidos, y del clero que los acompañaba, notables por su habilidad dialéctica y ejercitados en tales métodos retóricos, se hicieron conspicuos y atrajeron la atención del emperador y de la corte. De ese número, Atanasio, que era entonces diácono de Alejandría y había acompañado a su obispo Alejandro, parecía tener la mayor parte en el consejo acerca de estos asuntos.
Capítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
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Mientras se desarrollaban estas discusiones, algunos de los filósofos paganos desearon tomar parte en ellas; unos, porque querían informarse acerca de la doctrina que se inculcaba; y otros, porque, sintiéndose irritados contra los cristianos a causa de la reciente supresión de la religión pagana, deseaban convertir la indagación sobre la doctrina en una contienda de palabras, a fin de introducir disensiones entre ellos y hacerlos aparecer como si sostuvieran opiniones contradictorias. Se cuenta que uno de estos filósofos, enorgulleciéndose de su reconocida superioridad en elocuencia, comenzó a ridiculizar a los sacerdotes, y con ello despertó la indignación de un sencillo anciano, muy estimado como confesor, el cual, aunque inexperto en refinamientos lógicos y verbosidad, se propuso oponérsele. Los menos serios de quienes conocían al confesor rieron a su costa por comprometerse en semejante empresa; pero los más reflexivos sintieron temor de que, al oponerse a un hombre tan elocuente, solo se hiciera ridículo; sin embargo, su influencia era tan grande y su reputación tan alta entre ellos, que no pudieron prohibirle que entrara en el debate; y, en consecuencia, se expresó en los siguientes términos: «En el nombre de Jesucristo, oh filósofo, escúchame. Hay un solo Dios, hacedor del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles. Todas las cosas las hizo por el poder del Verbo y las estableció por la santidad de su Espíritu. El Verbo, a quien llamamos Hijo de Dios, viendo que el hombre estaba sumido en el error y vivía como las bestias, se compadeció de él y se dignó nacer de mujer, tener trato con los hombres y morir por ellos. Y vendrá de nuevo a juzgar a cada uno de nosotros según las obras de esta vida presente. Creemos que estas cosas son verdaderas con toda simplicidad. No gastes, por tanto, tu trabajo en vano esforzándote por refutar hechos que solo pueden entenderse por la fe, o escudriñando la manera en que estas cosas acontecieron o no acontecieron. Respóndeme: ¿crees?» El filósofo, asombrado de lo ocurrido, respondió: «Creo»; y habiendo dado gracias al anciano por haberlo vencido en la argumentación, comenzó a enseñar las mismas doctrinas a otros. Exhortó a quienes aún mantenían sus antiguos sentimientos a adoptar las opiniones que él había abrazado, asegurándoles bajo juramento que había sido impulsado a abrazar el cristianismo por un cierto impulso inexplicable.
Se dice que un milagro semejante fue realizado por Alejandro, que gobernaba la iglesia de Constantinopla. Cuando Constantino regresó a Bizancio, ciertos filósofos vinieron a él para quejarse de las innovaciones en la religión y, en particular, de que hubiera introducido una nueva forma de culto en el Estado, contraria a la seguida por sus antepasados y por todos los que antiguamente tuvieron el poder, ya entre los griegos, ya entre los romanos. Deseaban asimismo sostener una discusión sobre la doctrina con el obispo Alejandro; y este, aunque inexperto en tales contiendas argumentativas, y quizá persuadido por su vida, viendo que era varón excelente y bueno, aceptó el combate por mandato del emperador. Cuando los filósofos estuvieron reunidos, como cada uno deseaba intervenir en la discusión, pidió que se eligiera como portavoz a uno a quien consideraran digno, mientras los demás debían permanecer en silencio. Cuando uno de los filósofos comenzó a abrir el debate, Alejandro le dijo: «Te mando en el nombre de Jesucristo que no hables.» El hombre quedó silenciado al instante. Es justo considerar, pues, si es mayor milagro que un hombre, y además filósofo, sea silenciado tan fácilmente por una palabra, o que un muro de piedra sea hendido por el poder de una palabra, milagro que he oído atribuir a algunos a Juliano, apellidado el Caldeo. He entendido que estos sucesos acontecieron de la manera arriba narrada.
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Los obispos tuvieron largas consultas; y, después de convocar a Arrio ante ellos, hicieron una prueba exacta de sus proposiciones; estuvieron atentamente en guardia para no llegar a votar en un sentido ni en otro. Cuando por fin llegó el día señalado en que se había decidido resolver los puntos dudosos, se reunieron en el palacio, porque el emperador había manifestado su intención de tomar parte en las deliberaciones. Cuando estuvo en el mismo lugar que los sacerdotes, pasó a la cabecera de la conferencia y se sentó en el trono que se le había preparado, y entonces se mandó al sínodo que tomara asiento; pues se habían dispuesto asientos a uno y otro lado a lo largo de las paredes de las salas palaciegas, ya que era la mayor y superaba a las demás cámaras.
Después de que se hubieron sentado, Eusebio Pánfilo se levantó y pronunció un discurso en honor del emperador, dando gracias a Dios por su causa. Cuando hubo cesado de hablar y se restableció el silencio, el emperador se expresó con las siguientes palabras: «Doy gracias a Dios por todas las cosas, pero particularmente, ¡oh amigos!, por haberme sido permitido ver vuestra conferencia. Y el acontecimiento ha superado mi oración, en cuanto que tantos sacerdotes de Cristo han sido conducidos al mismo lugar; ahora bien, mi deseo es que seáis de una sola mente y participéis de un juicio concorde, pues considero la disensión en la Iglesia de Dios como más peligrosa que cualquier otro mal. Por tanto, cuando se me anunció —y entendí que estabais en discordia, cosa malsana de oír—, me dolió profundamente el alma; y en nada os aprovecha, ya que sois los conductores del culto divino y los árbitros de la paz. Por esta causa os he convocado en un santo sínodo, y siendo a la vez vuestro emperador y vuestro compañero en el arte de curar, busco para vosotros un favor que es aceptable a nuestro común Señor, y tan honorable para mí de recibir como para vosotros de conceder. El favor que busco es que examinéis las causas de la contienda y le pongáis un fin concorde y pacífico, para que pueda triunfar con vosotros sobre el demonio envidioso, que excitó esta revuelta interna porque se sintió provocado al ver a nuestros enemigos externos y tiranos bajo nuestros pies, y envidió nuestra buena condición.» El emperador pronunció este discurso en latín, y la interpretación fue suministrada por uno que estaba a su lado.
Capítulo 20. Tras haber dado audiencia a ambas partes, el emperador condenó a los seguidores de Arrio y los desterró
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El siguiente debate de los sacerdotes versó sobre la doctrina. El emperador prestó paciente atención a los discursos de ambas partes; aplaudió a los que hablaban bien, reprendió a los que mostraban tendencia a la altercación, y, según lo que alcanzaba de lo que oía, pues no carecía del todo de práctica en la lengua griega, se dirigió con bondad a cada uno. Finalmente, todos los sacerdotes concordaron entre sí y concedieron que el Hijo es consustancial con el Padre. Al comienzo de la conferencia solo había diecisiete que alababan la opinión de Arrio, pero al final la mayoría de estos cedió su asentimiento a la opinión general. A este juicio se adhirió asimismo el emperador, pues consideró que la unanimidad de la conferencia era una aprobación divina; y ordenó que cualquiera que se mostrara rebelde a ello fuera enviado inmediatamente al destierro, como culpable de intentar derribar las definiciones divinas. Había pensado que era necesario reproducir el documento mismo sobre el asunto, como ejemplo de la verdad, para que la posteridad poseyera en forma fija y clara el símbolo de la fe que resultó pacificador en aquel tiempo; pero como algunos piadosos amigos, que entendían de tales materias, recomendaron que estas verdades solo debían ser dichas y oídas por los iniciados y sus iniciadores, convine con su consejo; pues no es inverosímil que algunos de los no iniciados lean este libro. Aunque he ocultado aquello del material prohibido que debo callar, no he dejado del todo ignorante al lector de las opiniones sostenidas por el sínodo.
Capítulo 21. Qué determinó el concilio sobre Arrio; la condenación de sus seguidores; sus escritos han de ser quemados; ciertos pontífices disienten del concilio; la fijación de la Pascua
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Debe saberse que afirmaron que el Hijo es consustancial con el Padre; y que han de ser excomulgados y declarados extraños a la Iglesia Católica quienes aseveran que hubo un tiempo en que el Hijo no existía, y que antes de ser engendrado no era, y que fue hecho de lo que no tenía existencia, y que es de otra hipóstasis o sustancia que el Padre, y que está sujeto a cambio o mutación. Esta decisión fue sancionada por Eusebio, obispo de Nicomedia; por Teognis, obispo de Nicea; por Maris, obispo de Calcedonia; por Patrofilo, obispo de Escitópolis; y por Segundo, obispo de Ptolemaida en Libia. Eusebio Pánfilo, sin embargo, retuvo su asentimiento por un poco de tiempo, pero tras un examen ulterior asintió. El concilio excomulgó a Arrio y a sus adherentes, y le prohibió entrar en Alejandría. Las palabras en las que se expresaban sus opiniones fueron igualmente condenadas, como también una obra titulada «Talía,» que había escrito sobre el asunto. No he leído este libro, pero entiendo que es de carácter disoluto, parecido en licencia a Sotades. Debe saberse que, aunque Eusebio, obispo de Nicomedia, y Teognis, obispo de Nicea, asintieron al documento de esta fe expuesto por el concilio, ni estuvieron de acuerdo ni suscribieron la deposición de Arrio. El emperador castigó a Arrio con el destierro y despachó edictos a los obispos y pueblos de todos los países, denunciándolo a él y a sus adherentes como impíos, y mandando que sus libros fueran destruidos, para que no quedara recuerdo alguno de él ni de la doctrina que había divulgado. Quien fuera hallado ocultando sus escritos y no los quemara inmediatamente al ser acusado, sufriría la pena de muerte y padecería castigo capital. El emperador escribió cartas a cada ciudad contra Arrio y contra quienes habían recibido sus doctrinas, y mandó a Eusebio y a Teognis que abandonaran las ciudades de las que eran obispos; se dirigió en particular a la iglesia de Nicomedia, instándola a adherirse a la fe que había sido expuesta por el concilio, a elegir obispos ortodoxos, a obedecerlos y a dejar lo pasado en el olvido; y amenazó con castigo a quienes se atrevieran a hablar bien de los obispos desterrados o a adoptar sus sentimientos. En estas y en otras cartas, manifestó resentimiento contra Eusebio, porque anteriormente había adoptado las opiniones del tirano y había participado en sus maquinaciones. De acuerdo con los edictos imperiales, Eusebio y Teognis fueron expulsados de las iglesias que ocupaban, y Anfión recibió la de Nicomedia, y Cresto la de Nicea. Al terminar esta controversia doctrinal, el concilio decidió que la fiesta pascual se celebrara al mismo tiempo en todos los lugares.