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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minDedicatoria y propuesta
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minLibro I
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De los obispos de las grandes ciudades en el reinado de Constantino; y de cómo, por temor a Licinio, el cristianismo se profesaba con cautela en Oriente hasta Libia, mientras que en Occidente, gracias al favor de Constantino, se profesaba con libertad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del clero
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 12. De la organización de los monjes: su origen y fundadores
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 20. Tras haber dado audiencia a ambas partes, el emperador condenó a los seguidores de Arrio y los desterró
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 22. Acesio, obispo de los novacianos, es convocado por el emperador para estar presente en el Primer Concilio
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
  84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
  85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
  86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
  91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
  92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
  93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
  97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
  98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
  99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
  103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
  104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
  105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
  109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
  115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
  116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir

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    TEXTOS — SOZOMENO

    Índice de la obra

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF (Hartranft)43 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 19 · Capítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del cleroPublicado el Actualizado el Ref. ESC-SOZ-01

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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del clero
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 12. De la organización de los monjes: su origen y fundadores
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
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    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
    84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
    85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
    86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
    91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
    92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
    93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
    97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
    98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
    99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
    103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
    104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
    105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
    109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
    115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
    116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir

    Capítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del clero

    I, 9

    Había una antigua ley romana, por la cual los que no estaban casados a la edad de veinticinco años no eran admitidos a los mismos privilegios que los casados; entre otras cláusulas de esta ley, se especificaba que quienes no fueran los parientes más cercanos nada podían obtener de un testamento; y también, que los que no tenían hijos serían privados de la mitad de cualquier propiedad que se les legara. El objeto de esta antigua ley romana era aumentar la población de Roma y de los pueblos sometidos, la cual había quedado muy reducida por las guerras civiles, no mucho tiempo antes de esta ley. El emperador, percibiendo que esta disposición perjudicaba los intereses de quienes perseveraban en el celibato y permanecían sin hijos por amor de Dios, y considerando absurdo intentar la multiplicación de la especie humana mediante el cuidado y el celo del hombre (puesto que la naturaleza siempre recibe aumento o disminución según el decreto de lo alto), hizo una ley ordenando que los no casados y sin hijos tuvieran las mismas ventajas que los casados. Incluso otorgó privilegios peculiares a quienes abrazaban una vida de continencia y virginidad, y les permitió, contra la costumbre que prevalecía en todo el Imperio romano, hacer testamento antes de alcanzar la edad de la pubertad; pues creía que quienes se dedicaban al servicio de Dios y al cultivo de la filosofía juzgarían, en todos los casos, rectamente. Por una razón similar, los antiguos romanos permitían a las vírgenes vestales hacer testamento tan pronto como cumplían los seis años. Esa era la mayor prueba de la superior reverencia por la religión. Constantino eximió al clero en todas partes de los tributos, y permitió a los litigantes apelar a la decisión de los obispos si los preferían a los gobernantes del Estado. Decretó que su sentencia fuera válida, y tan superior a la de otros jueces como si la hubiera pronunciado el propio emperador; que los gobernadores y los oficiales militares subordinados se encargaran de la ejecución de estos decretos: y que las definiciones hechas por los sínodos fueran irrevocables.
    Habiendo llegado a este punto de mi historia, no sería justo omitir toda mención de las leyes aprobadas en favor de aquellos individuos de las iglesias que habían recibido su libertad. Debido a la rigidez de las leyes y a la renuencia de los amos, había muchas dificultades en el camino de la adquisición de esta libertad mejor; es decir, de la libertad de la ciudad de Roma. Por tanto, Constantino hizo tres leyes, decretando que todos aquellos individuos de las iglesias cuya libertad fuera atestiguada por los sacerdotes, recibieran la libertad de Roma.
    Los registros de estas piadosas disposiciones aún se conservan, pues era costumbre grabar en tablillas todas las leyes relativas a la manumisión. Tales fueron las promulgaciones de Constantino; en todo procuraba promover el honor de la religión; y la religión era valorada, no solo por sí misma, sino también a causa de la virtud de quienes entonces participaban en ella.

    Capítulo 10. Acerca de los grandes confesores que sobrevivieron

    I, 10

    Como la persecución había cesado recientemente, muchos excelentes cristianos y muchos de los confesores que habían sobrevivido adornaban las iglesias: entre ellos estaban Osius, obispo de Córdoba; Anfión, obispo de Epifanía en Cilicia; Máximo, que sucedió a Macario en la iglesia de Jerusalén; y Pafnucio, egipcio. Se dice que por medio de este último Dios obró muchos milagros, dominando demonios y dándole gracia para sanar diversas clases de enfermedades. Este Pafnucio y Máximo, a quien acabamos de mencionar, estaban entre el número de confesores a quienes Maximino condenó a trabajar en las minas, después de haberlos privado del ojo derecho y del uso de la pierna izquierda.

    Capítulo 11. Relato de san Espiridón: su modestia y firmeza

    I, 11

    [Espiridón, obispo de Trimythun en Chipre, floreció en este período. Para mostrar sus virtudes, creo que la fama que aún prevalece acerca de él es suficiente. Las obras maravillosas que hizo con la asistencia divina son, según parece, generalmente conocidas por quienes habitan en la misma región. No ocultaré los hechos que han llegado a mí.
    ]
    Era campesino, estaba casado y tenía hijos; no por ello carecía de adelantos espirituales. Se cuenta que una noche unos hombres malvados entraron en su redil y estaban en el acto de robar sus ovejas, cuando de repente quedaron atados, sin que nadie los atara. Al día siguiente, cuando fue al redil, los halló encadenados y los liberó de sus invisibles ataduras; pero los censuró por haber preferido robar lo que les era lícito ganar y tomar, y también por haberse esforzado tanto de noche. Sin embargo, sintió compasión de ellos y, deseoso de instruirlos para inducirlos a llevar una vida mejor, les dijo: «Id, y tomad este carnero con vosotros; pues estáis fatigados de velar, y no es justo que vuestro trabajo sea tan censurado que volváis con las manos vacías de mi redil.» Esta acción es muy digna de admiración, pero no menos lo es la que ahora contaré. Un individuo confió un depósito al cuidado de su hija, que era virgen y se llamaba Irene. Para mayor seguridad, ella lo enterró; y sucedió que murió poco después, sin mencionar la circunstancia a nadie. La persona a quien pertenecía el depósito vino a pedirlo. Espiridón no sabía qué respuesta darle, así que registró toda la casa en busca de él; pero al no poder hallarlo, el hombre lloró, se arrancó los cabellos y parecía a punto de expirar. Espiridón, movido a compasión, fue a la tumba y llamó a la muchacha por su nombre; y cuando ella respondió, le preguntó por el depósito. Después de obtener la información deseada, regresó, encontró el tesoro en el lugar que se le había indicado y lo entregó a su dueño. Puesto que he entrado en este asunto, no estará de más añadir también este incidente.
    Era costumbre de este Espiridón dar cierta porción de sus frutos a los pobres, y prestar otra porción a quienes la deseaban como gratificación; pero ni al dar ni al recibir distribuía o recibía él mismo jamás: simplemente señalaba el granero y decía a los que acudían a él que tomaran cuanto necesitaban, o que devolvieran lo que habían tomado prestado. Un hombre que había tomado prestado de esta manera, vino como si fuera a devolverlo, y cuando, como de costumbre, se le indicó que repusiera su préstamo en el granero, vio una oportunidad para una injusticia; imaginando que el asunto quedaría oculto, no liquidó la deuda, sino que, fingiendo fraudulentamente haber cumplido su obligación, se fue como si hubiera hecho la devolución. Esto, sin embargo, no pudo quedar oculto mucho tiempo. Después de algún tiempo, el hombre volvió otra vez a pedir prestado, y fue enviado al granero, con permiso para medir por sí mismo cuanto necesitara. Hallando el granero vacío, fue a informar a Espiridón, y este le dijo: «Me maravillo, oh hombre, de cómo tú solo has hallado el granero vacío y desprovisto de los artículos que requieres: reflexiona si devolviste el primer préstamo, puesto que tienes necesidad por segunda vez: si no fuera así, no te faltaría lo que buscas. Ve, confía, y hallarás.» El hombre sintió la reprensión y reconoció su error. La firmeza y la exactitud en la administración de los asuntos eclesiásticos por parte de este varón divino son dignas de admiración. Se dice que en una ocasión posterior, los obispos de Chipre se reunieron para consultar sobre cierta emergencia particular. Espiridón estaba presente, así como Trifilio, obispo de Ledri, hombre por lo demás elocuente, que por haberse dedicado a la práctica del derecho había vivido solo en Bérito.
    Cuando se hubo reunido una asamblea, habiendo sido rogado a dirigirse al pueblo, Trifilio tuvo ocasión, en medio de su discurso, de citar el texto, «Toma tu cama y anda,» [] y sustituyó la palabra «camilla» ([σκίμπους]), por la palabra «cama» ([κράββατος]). Espiridón se indignó y exclamó: «¿Eres tú mayor que el que pronunció la palabra 'cama', para que te avergüences de usar sus palabras?» Cuando hubo dicho esto, se volvió desde el trono del sacerdote y miró hacia el pueblo; con este acto les enseñó a mantener dentro de los límites al hombre orgulloso de su elocuencia, y era apto para hacer tal reprensión; pues era reverenciado e ilustrísimo por sus obras: al mismo tiempo era superior a aquel presbítero en edad y en el sacerdocio.
    La acogida que Espiridón daba a los extranjeros se verá por el siguiente incidente. En la Cuaresma, sucedió que un viajero llegó de camino a visitarlo en uno de aquellos días en que tenía costumbre de guardar un ayuno continuo con su casa, y en el día señalado para probar alimento, permanecía sin comer hasta el mediodía. Percibiendo que el extranjero estaba muy fatigado, Espiridón dijo a su hija: «Ven, lávale los pies y pon carne delante de él.» Respondiendo la virgen que no había ni pan ni comida de cebada en la casa, pues habría sido superfluo proveer tales cosas en el tiempo del ayuno, Espiridón primero oró y pidió perdón, y le mandó cocer un poco de carne de cerdo salada que por casualidad había en la casa. Cuando estuvo preparada, se sentó a la mesa con el extranjero, participó de la carne y le dijo que siguiera su ejemplo. Pero declinando el extranjero, con el pretexto de ser cristiano, le dijo: «Precisamente por esa razón no debes rehusar participar de la carne; pues la palabra divina muestra que para los puros todas las cosas son puras.» [] Tales son los detalles que debía relatar acerca de Espiridón.

    Capítulo 12. De la organización de los monjes: su origen y fundadores

    I, 12

    Los que en este período habían abrazado el monacato no fueron los que menos manifestaron a la iglesia como ilustrísima, y evidenciaron la verdad de sus doctrinas por su línea virtuosa de conducta. En efecto, lo más útil que el hombre ha recibido de Dios es su filosofía. Descuidan muchas ramas de las matemáticas y las tecnicalidades de la dialéctica, porque consideran tales estudios como superfluos y como un gasto inútil de tiempo, ya que no contribuyen en nada a la vida recta. Se aplican exclusivamente al cultivo de la ciencia natural y útil, a fin de mitigar, si no erradicar, el mal. Invariablemente se abstienen de considerar como bueno cualquier acción o principio que ocupe un lugar intermedio entre la virtud y el vicio, pues solo se deleitan en lo que es bueno. Consideran malvado a todo hombre que, aun absteniéndose del mal, no hace el bien. Pues no demuestran la virtud con argumentos, sino que la practican, y reputan como nada la gloria corriente entre los hombres. Someten varonilmente las pasiones del alma, sin ceder a las necesidades de la naturaleza ni sucumbir a la debilidad del cuerpo. Poseyendo el poder de la mente divina, miran siempre hacia el Creador del todo, adorándolo noche y día y aplacándolo con oraciones y súplicas. Por la pureza del alma y por una vida de buenas obras entraban sin culpa en las observancias religiosas, y despreciaban las purificaciones, los vasos lustrales y tales ceremoniales; pues piensan que solo los pecados son manchas. Son más grandes que las contingencias externas a las que estamos sujetos, y tienen, por así decirlo, todas las cosas bajo su control; y no se apartan, por tanto, del camino que han escogido, ni por los desastres ni por la necesidad que gobiernan la vida. No se afligen cuando son insultados, ni se defienden cuando padecen malicia; ni desmayan cuando los apremia la enfermedad o la falta de lo necesario, sino que más bien se regocijan en tales pruebas y las soportan con paciencia y mansedumbre. Se acostumbran durante toda la vida a contentarse con poco, y se aproximan a Dios tan cerca como es posible a la naturaleza humana. Consideran la vida presente solo como un viaje, y por eso no se afanan por adquirir riquezas, ni proveen para lo presente más allá de las necesidades urgentes. Admirando la belleza y la simplicidad de la naturaleza, su esperanza está puesta en el cielo y en la bienaventuranza futura. Absortos por completo en el culto de Dios, se alejaron del lenguaje obsceno; y como habían desterrado las malas prácticas, tampoco permitían que tales cosas se nombraran siquiera. Limitaban, en lo posible, las demandas de la naturaleza, y obligaban al cuerpo a contentarse con suministros moderados. Vencían la intemperancia con la templanza, la injusticia con la justicia y la falsedad con la verdad, y alcanzaban el justo medio en todas las cosas. Habitaban en armonía y compañerismo con sus vecinos. Proveían para sus amigos y para los extranjeros, daban a los necesitados según su necesidad y consolaban a los afligidos. Como eran diligentes en todas las cosas y celosos en buscar el sumo bien, sus instrucciones, aunque revestidas de modestia y prudencia y desprovistas de elocuencia vana y meretricia, poseían poder, como soberanas medicinas, para sanar las enfermedades morales de su auditorio; hablaban, además, con temor y reverencia, y evitaban toda contienda, burla e ira. En verdad, es razonable suprimir todas las emociones irracionales y subyugar las pasiones carnales y naturales. Elías el profeta y Juan el Bautista fueron los autores, según dicen algunos, de esta sublime filosofía. Filón el pitagórico relata que en su tiempo los más virtuosos de los hebreos se reunieron de todas las partes del mundo y se establecieron en una extensión de campo situada sobre una colina cerca del lago Mareotis, con el propósito de vivir como filósofos. Describe sus moradas, su régimen y sus costumbres, como semejantes a las que ahora encontramos entre los monjes de Egipto. Dice que desde el momento en que comenzaron a aplicarse al estudio de la filosofía, entregaron sus bienes a sus parientes, abandonaron los negocios y la sociedad, y habitaron fuera de los muros, en campos y jardines. Tenían también, nos informa, edificios sagrados llamados monasterios, en los cuales habitaban apartados y solos, ocupados en celebrar los santos misterios y en adorar a Dios asiduamente con salmos e himnos. Nunca probaban alimento antes de la puesta del sol, y algunos solo tomaban alimento cada tercer día, o incluso a intervalos más largos. Finalmente, dice que en ciertos días se acostaban en el suelo y se abstenían del vino y de la carne de animales; que su alimento era pan, sal e hisopo, y su bebida, agua; y que había entre ellos mujeres que habían vivido como vírgenes hasta la vejez, quienes, por amor a la filosofía y por su juicio voluntario, practicaban el celibato. En esta narración, Filón parece describir a ciertos judíos que habían abrazado el cristianismo y, sin embargo, retenían las costumbres de su nación; pues no se hallan vestigios de esta manera de vida en ninguna otra parte: y de ahí concluyo que esta filosofía floreció en Egipto desde este período. Otros, empero, afirman que este modo de vida se originó de las persecuciones por causa de la religión, que surgieron de tiempo en tiempo, y por las cuales muchos se vieron obligados a huir a las montañas, los desiertos y las selvas, y se acostumbraron a este tipo de vida.

    Capítulo 13. Acerca de Antonio el Grande y San Pablo el Simple

    I, 13

    Sea que los egipcios u otros hayan de ser considerados los fundadores de esta filosofía, todos admiten unánimemente que Antonio, el gran monje, llevó este género de vida, mediante costumbres y ejercicios adecuados, a la cumbre de la exactitud y la perfección. Su fama se extendió tan ampliamente por los desiertos de Egipto, que el emperador Constantino, a causa de la reputación de la virtud de aquel hombre, buscó su amistad, lo honró con correspondencia y lo instó a escribirle acerca de lo que pudiera necesitar. Era egipcio de raza y pertenecía a una ilustre familia de Coma, situada cerca de la Heraclea que está en los confines de Egipto. Aún era joven cuando perdió a sus padres; entregó la herencia paterna a sus convecinos, vendió el resto de sus posesiones y distribuyó lo obtenido entre los necesitados; pues sabía que la filosofía no consiste meramente en el abandono de los bienes, sino en su recta distribución. Obtuvo el trato de los varones consagrados de su tiempo y emuló las virtudes de todos. Creyendo que la práctica de la bondad se volvería deleitosa por la costumbre, aunque ardua al comienzo, reflexionaba sobre métodos más intensos de ascesis, y día tras día la acrecentaba con el dominio de sí, como si siempre estuviera recomenzando su empresa. Dominó la voluptuosidad del cuerpo con el trabajo, y contuvo las pasiones del alma con el auxilio de la sabiduría divina. Su alimento era pan y sal; su bebida, agua, y jamás rompía el ayuno antes de la puesta del sol. A menudo pasaba dos o más días sin comer. Velaba, por así decirlo, toda la noche y continuaba en oración hasta el amanecer. Si en algún momento se entregaba al sueño, era solo un poco sobre una estera corta; pero por lo general la tierra desnuda era su lecho. Rechazaba la práctica de ungirse con aceite, el uso de baños y de lujos semejantes, capaces de relajar la tensión del cuerpo por la humedad; y se dice que jamás, en momento alguno, se vio desnudo. No poseía ni admiraba el saber, sino que valoraba el buen entendimiento, por ser anterior a las letras y su verdadero descubridor. Era sumamente manso y filantrópico, prudente y varonil; alegre en la conversación y amigable en las discusiones, aun cuando otros convertían los temas controvertidos en ocasión de contienda. Con su costumbre y una suerte de inteligencia, calmaba la afición a disputar cuando crecía y la devolvía a la moderación; templaba asimismo el ardor de quienes conversaban con él y regulaba sus maneras. Aunque, por causa de sus extraordinarias virtudes, había llegado a estar lleno del divino conocimiento previo, no consideraba el conocimiento del futuro una virtud, ni aconsejaba a otros buscar temerariamente este don, pues estimaba que nadie sería castigado o recompensado según su ignorancia o conocimiento de lo venidero; porque la verdadera bienaventuranza consiste en el servicio de Dios y en la observancia de sus leyes. «Pero,» dijo, «si alguno desea conocer el futuro, purifíquese continuamente en el alma, pues entonces tendrá poder para andar en la luz y para comprender las cosas que han de suceder, porque Dios le revelará el futuro.» Jamás se permitía estar ocioso, sino que exhortaba a todos los que parecían dispuestos a llevar una vida buena a la diligencia en el trabajo, al examen de sí mismos y a la confesión del pecado ante Aquel que creó el día y la noche; y cuando erraban, los instaba a poner por escrito la transgresión, para que así se avergonzaran de sus pecados y temieran que alguien hallara las muchas cosas registradas; pues temería que, si el escrito se remontara a él, quedara expuesto ante los demás como un hombre depravado. Sobre todos los demás se adelantaba con ánimo y sumo celo en defensa de los agraviados, y en su causa acudía a menudo a las ciudades; pues muchos salían a su encuentro y lo obligaban a interceder por ellos ante los gobernantes y los poderosos. Todo el pueblo se sentía honrado al verlo, escuchaba con avidez sus discursos y asentía a sus argumentos; pero él prefería permanecer ignorado y oculto en los desiertos. Cuando se veía obligado a visitar una ciudad, jamás dejaba de volver a los desiertos tan pronto como había cumplido la obra que había emprendido; pues, decía, que así como los peces se alimentan en el agua, así el desierto es el mundo preparado para los monjes; y así como los peces mueren al ser arrojados a tierra seca, así los monásticos pierden su gravedad cuando entran en las ciudades. Se conducía obediente y afable con todos los que lo veían, y cuidaba de no tener, ni parecer tener, un natural altanero. He dado esta concisa relación de las costumbres de Antonio, a fin de que pueda formarse una idea de su filosofía, por analogía, a partir de la descripción de su conducta en el desierto.
    Tuvo muchos discípulos renombrados, de los cuales unos florecieron en Egipto y Libia, otros en Palestina, Siria y Arabia; no menos que su maestro, cada discípulo pasaba su vida con aquellos entre quienes moraba, ordenaba su conducta, instruía a muchos y los unía en virtudes y filosofía afines. Pero difícilmente podría alguien hallar a los compañeros de Antonio o a sus sucesores recorriendo cuidadosamente ciudades y aldeas para descubrirlos, pues buscaban el ocultamiento con más empeño que muchos hombres ambiciosos, por medio de la pompa y el boato, buscan ahora popularidad y renombre.
    Debemos referir, en orden cronológico, la historia de los más célebres discípulos de Antonio y, en particular, la de Pablo, apellidado el Simple. Se dice que habitaba en el campo, que estaba casado con una mujer hermosa y que, habiéndola sorprendido en adulterio, rió plácidamente y afirmó con juramento que no viviría más con ella; que la dejó con el adúltero y marchó de inmediato a reunirse con Antonio en el desierto. Se refiere además que era sumamente manso y paciente; y que, siendo anciano y no acostumbrado a la severidad monástica, Antonio puso a prueba su fortaleza con diversos ensayos, pues acababa de llegar, y no halló nada innoble; y que, habiendo dado prueba de perfecta filosofía, fue enviado a vivir solo, como quien ya no necesitaba maestro. Y Dios mismo confirmó el testimonio de Antonio; y demostró que aquel hombre era ilustrísimo por sus obras, y mayor incluso que su maestro en atormentar y expulsar demonios.

    Capítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo

    I, 14

    Fue por este período cuando Amón, el egipcio, abrazó la filosofía. Se dice que su familia lo obligó a casarse, pero que su esposa jamás lo conoció carnalmente; pues el día de su boda, cuando estaban solos y él, como esposo, la conducía como esposa al lecho, le dijo: «¡Oh mujer! Nuestro matrimonio, en efecto, se ha celebrado, pero no se ha consumado»; y luego le mostró por las Santas Escrituras que su mayor bien era permanecer virgen, y le rogó que vivieran separados. Ella quedó convencida por sus argumentos sobre la virginidad, pero se afligió mucho ante la idea de separarse de él; por ello, aunque ocupando un lecho separado, él vivió con ella durante dieciocho años, tiempo en el cual no descuidó los ejercicios monásticos. Al cabo de este período, la mujer, cuyo anhelo había sido fuertemente excitado por la virtud de su marido, se convenció de que no era justo que un hombre tal viviera, por causa de ella, en la esfera doméstica; y consideró necesario que cada uno, por amor de la filosofía, viviera apartado del otro; y así se lo suplicó a su marido. Él, pues, partió después de haber dado gracias a Dios por el consejo de su esposa, y le dijo: «Conserva tú esta casa, y yo me haré otra para mí.» Se retiró a un lugar desierto, al sur del lago Mareótide, entre Escitis y el monte llamado Nitria; y allí, durante veintidós años, se consagró a la filosofía y visitaba a su esposa dos veces cada año. Este varón divino fue el fundador de los monasterios de aquel lugar, y reunió en torno a sí muchos discípulos notables, como muestran los registros de sucesión. Le sucedieron muchos acontecimientos extraordinarios, que han sido fijados con exactitud por los monjes egipcios, quienes se esforzaron mucho por conmemorar cuidadosamente las virtudes de los ascetas más antiguos, conservadas en una sucesión de tradición no escrita. Referiré de entre ellos los que han llegado a nuestro conocimiento.
    Amón y su discípulo Teodoro tuvieron una vez ocasión de hacer un viaje a alguna parte, y en el camino hallaron necesario cruzar un canal llamado Lico. Amón ordenó a Teodoro pasar de espaldas, para no ser testigos de la desnudez del otro; y como él mismo se avergonzaba de verse desnudo, fue súbitamente arrebatado por un impulso divino, transportado y dejado en la orilla opuesta. Cuando Teodoro hubo cruzado el agua, advirtió que las ropas y los pies del anciano no estaban mojados, y preguntó la razón; no recibiendo respuesta, insistió enérgicamente sobre el asunto, y al fin Amón, después de estipular que no se mencionara mientras él viviera, confesó el hecho.
    Aquí sigue otro milagro de la misma naturaleza. Unos padres malvados, habiéndole traído un hijo que había sido mordido por un perro rabioso y estaba próximo a la muerte, le suplicaron entre lamentos que lo sanara. Él les dijo: «Vuestro hijo no necesita mi curación; pero si estáis dispuestos a devolver a vuestros amos el buey que habéis robado, sanará al instante.» Y el resultado fue tal como se había predicho; pues el buey fue devuelto y la enfermedad del niño desapareció. Se dice que, cuando murió Amón, Antonio vio su espíritu subir al cielo, pues las potencias celestiales lo conducían con canto de salmos; y como sus compañeros le preguntaran la causa de su evidente asombro, no les ocultó el asunto; porque se lo vio escudriñar el cielo atentamente, a causa de su admiración ante la vista del maravilloso espectáculo. Poco tiempo después llegaron de Escitis ciertas personas que, al anunciar la hora de la muerte de Amón, manifestaron la verdad de la predicción de Antonio. Así, como atestiguan todos los hombres buenos, cada uno de estos santos varones fue bendecido de manera especial: el uno, siendo liberado de esta vida; el otro, siendo considerado digno de presenciar un espectáculo tan milagroso como el que Dios le mostró; pues Antonio y Amón vivían a una distancia de muchos días de camino el uno del otro, y el incidente antedicho queda corroborado por quienes los conocieron personalmente a ambos.
    Estoy convencido de que fue asimismo durante este reinado cuando Eutiquiano abrazó la filosofía. Fijó su residencia en Bitinia, cerca del Olimpo. Pertenecía a la secta de los novatianos y participaba de la gracia divina; sanaba enfermedades y obraba milagros, y la fama de su vida virtuosa indujo a Constantino a mantener con él trato íntimo y amistad. Sucedió que, por este período, uno de la guardia real, sospechoso de conspirar contra el soberano, huyó y, tras ser buscado, fue apresado cerca del Olimpo. Los parientes del hombre rogaron a Eutiquiano que intercediera por él ante el emperador y que, entretanto, mandara que se aflojaran las cadenas del prisionero, no fuera que pereciera bajo su peso. Se cuenta que Eutiquiano envió en consecuencia a los oficiales que custodiaban al hombre, pidiéndoles que aflojaran las cadenas; y que, ante su negativa, fue él mismo a la prisión, donde las puertas, aunque cerradas, se abrieron por sí mismas, y las ataduras del prisionero cayeron. Eutiquiano acudió después al emperador, que residía entonces en Bizancio, y obtuvo fácilmente el perdón, pues Constantino no solía negarle lo que pedía, porque tenía a aquel hombre en grandísima honra.
    Acabo de dar en pocas palabras la historia de los más ilustres profesores de la filosofía monástica. Si alguien desea información más exacta acerca de estos varones, la hallará en las biografías que se han escrito de muchísimos de ellos.

    Capítulo 15. La herejía arriana, su origen, su progreso y la contienda que ocasionó entre los obispos

    I, 15

    Aunque, como hemos mostrado, la religión se hallaba en condición floreciente en este período, las iglesias fueron turbadas por graves contiendas; pues bajo el pretexto de la piedad y de buscar un conocimiento más perfecto de Dios, se agitaron ciertas cuestiones que hasta entonces no habían sido examinadas. Arrio fue el originador de estas disputas. Era presbítero de la iglesia de Alejandría, en Egipto, y al principio fue un pensador celoso en materia de doctrina y sostuvo las innovaciones de Melicio. Con el tiempo, sin embargo, abandonó esta última opinión y fue ordenado diácono por Pedro, obispo de Alejandría, quien después lo expulsó de la iglesia, porque cuando Pedro anatematizó a los celadores de Melicio y rechazó su bautismo, Arrio lo atacó por estos actos y no pudo ser refrenado en su quietud. Después del martirio de Pedro, Arrio pidió perdón a Aquillas y fue restituido a su oficio de diácono, y después elevado al presbiterado. Posteriormente, también Alejandro lo tuvo en gran estima, pues era un lógico sumamente experto; se decía, en efecto, que no carecía de tal saber. Cayó en discursos absurdos, hasta tener la audacia de predicar en la iglesia lo que nadie antes que él había sugerido jamás; a saber: que el Hijo de Dios fue hecho de aquello que no tenía existencia previa; que hubo un período de tiempo en el cual no existió; que, por poseer libre albedrío, era capaz de vicio y de virtud, y que fue creado y hecho. A estas proposiciones se añadieron muchas otras semejantes a medida que avanzaba en los argumentos y en los pormenores de la indagación. Quienes oyeron proponer estas doctrinas acusaron a Alejandro de no oponerse a las innovaciones contrarias a la doctrina. Pero este obispo consideró más aconsejable dejar a cada partido la libre discusión de los temas dudosos, para que, más por la persuasión que por la fuerza, cesaran en la contienda; por ello se sentó como juez con algunos de sus clérigos y condujo a ambas partes a una discusión. Pero sucedió en esta ocasión, como ocurre generalmente en una disputa de palabras, que cada parte se atribuyó la victoria. Arrio defendió sus aseveraciones, pero los otros sostenían que el Hijo es consustancial y coeterno con el Padre. El concilio se convocó por segunda vez y se debatieron los mismos puntos, pero no llegaron a acuerdo alguno entre sí. Durante el debate, Alejandro pareció inclinarse primero a un partido y luego al otro; finalmente, sin embargo, se declaró a favor de quienes afirmaban que el Hijo era consustancial y coeterno con el Padre, y mandó a Arrio recibir esta doctrina y rechazar sus opiniones anteriores. Arrio, con todo, no se dejó persuadir a la sumisión, y muchos de los obispos y del clero consideraron correcta su exposición de la doctrina. Alejandro, por tanto, lo expulsó de la iglesia, junto con los clérigos que coincidían con él en el sentir. Los de la parroquia de Alejandría que habían abrazado sus opiniones eran los presbíteros Aitalas, Aquillas, Carpones, Sarmates y Arrio, y los diáconos Euzoio, Macario, Julio, Menas y Heladio. Muchos del pueblo, asimismo, se pusieron de su parte: unos, porque imaginaban que sus doctrinas eran de Dios; otros, como sucede a menudo en casos semejantes, porque creían que habían sido maltratados e injustamente excomulgados. Siendo tal el estado de las cosas en Alejandría, los partidarios de Arrio, juzgando prudente buscar el favor de los obispos de otras ciudades, les enviaron legaciones; les enviaron una exposición escrita de sus doctrinas, rogándoles que, si consideraban tales sentimientos como de Dios, hicieran saber a Alejandro que no debía molestarlos; pero que, si desaprobaban las doctrinas, les enseñaran qué opiniones era necesario mantener. Esta precaución no les fue de poca ventaja; pues sus doctrinas quedaron así universalmente divulgadas, y las cuestiones que habían suscitado se convirtieron en materia de debate entre todos los obispos. Unos escribieron a Alejandro rogándole que no recibiera en comunión a los partidarios de Arrio a menos que repudiaran sus opiniones, mientras otros escribieron para instar una conducta contraria. Cuando Alejandro advirtió que muchos, venerables por la apariencia de buena conducta e influyentes por la persuasión de la elocuencia, estaban con el partido de Arrio, y en particular Eusebio, presidente de la iglesia de Nicomedia, varón de considerable erudición y tenido en gran estima en palacio, escribió a los obispos de todas las iglesias pidiéndoles que no tuvieran comunión con ellos. Esta medida encendió aún más el celo de cada partido y, como era de esperar, la contienda se agitó cada vez más. Eusebio y sus partidarios habían pedido muchas veces a Alejandro, pero no pudieron persuadirlo; de suerte que, considerándose insultados, se indignaron y se afirmaron más resueltamente en sostener la doctrina de Arrio. Habiéndose convocado un sínodo en Bitinia, escribieron a todos los obispos, pidiéndoles que tuvieran comunión con los arrianos, como con quienes hacían una verdadera confesión, y que exigieran a Alejandro tener comunión con ellos igualmente. Como no se podía arrancar de Alejandro tal conformidad, Arrio envió mensajeros a Paulino, obispo de Tiro, a Eusebio Pánfilo, que presidía la iglesia de Cesarea de Palestina, y a Patrofilo, obispo de Escitópolis, solicitando permiso para sí y para sus adherentes, puesto que ya antes habían alcanzado el rango de presbíteros, para constituir en iglesia al pueblo que estaba con ellos. Pues era costumbre en Alejandría, como lo es aún hoy, que todas las iglesias estuvieran bajo un solo obispo, pero que cada presbítero tuviera su propia iglesia, en la cual reunir al pueblo. Estos tres obispos, de acuerdo con otros que estaban reunidos en Palestina, concedieron la petición de Arrio y le permitieron reunir al pueblo como antes; pero le impusieron sumisión a Alejandro, y ordenaron a Arrio esforzarse sin cesar por ser restaurado a la paz y a la comunión con él.

    Capítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua

    I, 16

    Después de que se hubieran celebrado muchos sínodos en Egipto y de que la contienda hubiera seguido acrecentándose en violencia, la noticia de la disensión llegó a palacio, y Constantino quedó con ello sumamente turbado; pues justamente en este período, cuando la religión comenzaba a propagarse más ampliamente, muchos se veían disuadidos de abrazar el cristianismo por la diferencia de doctrinas. El emperador acusó abiertamente a Arrio y a Alejandro de haber originado este disturbio, y les escribió para reprenderlos por haber hecho pública una controversia que estaba en su poder haber ocultado, y por haber agitado con espíritu de disputa una cuestión que nunca debió haberse planteado o, al menos, sobre la cual su opinión debió haberse dado en silencio. Les dijo que no debían haberse separado de los demás a causa de una diferencia de parecer sobre ciertos puntos de doctrina.
    Pues, en lo que concierne a la Divina Providencia, los hombres deben necesariamente mantener una sola y misma creencia; mas las investigaciones minuciosas en este terreno, especialmente si no los conducen a una sola opinión, deben guardarse en secreto conforme a toda razón. Los exhortó a dejar de lado toda habladuría vana sobre tales puntos y a tener una sola mente; pues él se había afligido no poco, y por esta causa había renunciado a su intención de visitar las ciudades de Oriente. En este tono escribió a Alejandro y a Arrio, reprendiéndolos y exhortándolos a ambos.
    Constantino también se afligió profundamente por la diversidad de opiniones que prevalecía acerca de la celebración de la Pascua; pues algunas de las ciudades de Oriente discrepaban en este punto, aunque no por ello se negaban la comunión unas a otras; celebraban la fiesta más bien a la manera de los judíos, y, como era natural por esta divergencia, restaban esplendor al sacrificio festivo. El emperador se esforzó celosamente por eliminar de la iglesia ambas causas de disensión; y, creyendo poder suprimir el mal antes de que avanzara a mayores proporciones, envió a uno que era honrado por su fe, su vida virtuosa y muy aprobado en aquellos tiempos anteriores por sus confesiones acerca de esta doctrina, para reconciliar a los que estaban divididos a causa de la doctrina en Egipto y a los que en Oriente discrepaban sobre la Pascua. Este hombre era Osius, obispo de Córdoba.

    Capítulo 17. Del concilio convocado en Nicea por causa de Arrio

    I, 17

    Cuando se vio que el resultado no correspondía a las expectativas del emperador, sino que, por el contrario, la contienda era demasiado grande para la reconciliación, de modo que el que había sido enviado a hacer la paz regresó sin haber cumplido su misión, Constantino convocó un sínodo en Nicea, en Bitinia, y escribió a los varones más eminentes de las iglesias de todos los países, ordenándoles que estuvieran allí en un día señalado. De los que ocupaban las sedes apostólicas, participaron en esta conferencia los siguientes: Macario de Jerusalén, Eustatio, que ya presidía la iglesia de Antioquía del Orontes, y Alejandro de Alejandría, cerca del lago Mareotis. Julio, obispo de Roma, no pudo asistir a causa de su avanzada vejez; pero su lugar fue suplido por Vito y Vicentio, presbíteros de su iglesia. Muchos otros varones excelentes y buenos de diferentes naciones se congregaron allí, de los cuales algunos eran célebres por su erudición, su elocuencia y su conocimiento de los libros sagrados y de otras disciplinas; algunos por el tenor virtuoso de su vida, y otros por la combinación de todas estas cualidades. Estuvieron presentes unos trescientos veinte obispos, acompañados por una multitud de presbíteros y diáconos. Había, asimismo, hombres presentes hábiles en dialéctica y dispuestos a ayudar en las discusiones. Y, como suele ocurrir en tales ocasiones, muchos sacerdotes acudieron al concilio con el propósito de tramitar sus propios asuntos privados; pues consideraban esta una oportunidad favorable para reparar sus agravios, y cada uno presentaba al emperador un documento en el que anotaba las ofensas cometidas contra su persona según aquello en lo que hallaba culpa en los demás. Como este proceder se siguió día tras día, el emperador señaló un día determinado en el que todas las quejas debían presentarse ante él. Cuando llegó el momento señalado, tomó los memoriales que se le habían presentado y dijo: «Todas estas acusaciones se presentarán a su debido tiempo en el gran día del juicio, y allí serán juzgadas por el Gran Juez de todos los hombres; en cuanto a mí, no soy sino un hombre, y sería malo de mi parte tomar conocimiento de tales asuntos, viendo que el acusador y el acusado son sacerdotes; y los sacerdotes deben obrar de modo que nunca lleguen a ser sometidos al juicio de otros. Imitad, pues, el divino amor y la misericordia de Dios, y reconciliaos unos con otros; retirad vuestras acusaciones mutuas; dejaos persuadir, y dediquemos nuestra atención a los asuntos relacionados con la fe por causa de los cuales estamos reunidos.» Después de este discurso, para anular el documento de cada uno, el emperador mandó quemar los memoriales y luego señaló un día para resolver los puntos dudosos. Pero antes de que llegara el tiempo señalado, los obispos se reunieron y, habiendo convocado a Arrio para que compareciera, comenzaron a examinar los temas disputados, proponiendo cada uno su propia opinión. Sin embargo, como era de esperar, surgieron muchas cuestiones diferentes de la investigación: algunos de los obispos hablaron contra la introducción de novedades contrarias a la fe que se les había transmitido desde el principio. Y, especialmente, los que se habían adherido a la simplicidad de la doctrina argumentaban que la fe de Dios debía recibirse sin indagaciones curiosas; otros, en cambio, sostenían que las opiniones antiguas no debían seguirse sin examen. Muchos de los obispos entonces reunidos, y del clero que los acompañaba, notables por su habilidad dialéctica y ejercitados en tales métodos retóricos, se hicieron conspicuos y atrajeron la atención del emperador y de la corte. De ese número, Atanasio, que era entonces diácono de Alejandría y había acompañado a su obispo Alejandro, parecía tener la mayor parte en el consejo acerca de estos asuntos.

    Capítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión

    I, 18

    Mientras se desarrollaban estas discusiones, algunos de los filósofos paganos desearon tomar parte en ellas; unos, porque querían informarse acerca de la doctrina que se inculcaba; y otros, porque, sintiéndose irritados contra los cristianos a causa de la reciente supresión de la religión pagana, deseaban convertir la indagación sobre la doctrina en una contienda de palabras, a fin de introducir disensiones entre ellos y hacerlos aparecer como si sostuvieran opiniones contradictorias. Se cuenta que uno de estos filósofos, enorgulleciéndose de su reconocida superioridad en elocuencia, comenzó a ridiculizar a los sacerdotes, y con ello despertó la indignación de un sencillo anciano, muy estimado como confesor, el cual, aunque inexperto en refinamientos lógicos y verbosidad, se propuso oponérsele. Los menos serios de quienes conocían al confesor rieron a su costa por comprometerse en semejante empresa; pero los más reflexivos sintieron temor de que, al oponerse a un hombre tan elocuente, solo se hiciera ridículo; sin embargo, su influencia era tan grande y su reputación tan alta entre ellos, que no pudieron prohibirle que entrara en el debate; y, en consecuencia, se expresó en los siguientes términos: «En el nombre de Jesucristo, oh filósofo, escúchame. Hay un solo Dios, hacedor del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles. Todas las cosas las hizo por el poder del Verbo y las estableció por la santidad de su Espíritu. El Verbo, a quien llamamos Hijo de Dios, viendo que el hombre estaba sumido en el error y vivía como las bestias, se compadeció de él y se dignó nacer de mujer, tener trato con los hombres y morir por ellos. Y vendrá de nuevo a juzgar a cada uno de nosotros según las obras de esta vida presente. Creemos que estas cosas son verdaderas con toda simplicidad. No gastes, por tanto, tu trabajo en vano esforzándote por refutar hechos que solo pueden entenderse por la fe, o escudriñando la manera en que estas cosas acontecieron o no acontecieron. Respóndeme: ¿crees?» El filósofo, asombrado de lo ocurrido, respondió: «Creo»; y habiendo dado gracias al anciano por haberlo vencido en la argumentación, comenzó a enseñar las mismas doctrinas a otros. Exhortó a quienes aún mantenían sus antiguos sentimientos a adoptar las opiniones que él había abrazado, asegurándoles bajo juramento que había sido impulsado a abrazar el cristianismo por un cierto impulso inexplicable.
    Se dice que un milagro semejante fue realizado por Alejandro, que gobernaba la iglesia de Constantinopla. Cuando Constantino regresó a Bizancio, ciertos filósofos vinieron a él para quejarse de las innovaciones en la religión y, en particular, de que hubiera introducido una nueva forma de culto en el Estado, contraria a la seguida por sus antepasados y por todos los que antiguamente tuvieron el poder, ya entre los griegos, ya entre los romanos. Deseaban asimismo sostener una discusión sobre la doctrina con el obispo Alejandro; y este, aunque inexperto en tales contiendas argumentativas, y quizá persuadido por su vida, viendo que era varón excelente y bueno, aceptó el combate por mandato del emperador. Cuando los filósofos estuvieron reunidos, como cada uno deseaba intervenir en la discusión, pidió que se eligiera como portavoz a uno a quien consideraran digno, mientras los demás debían permanecer en silencio. Cuando uno de los filósofos comenzó a abrir el debate, Alejandro le dijo: «Te mando en el nombre de Jesucristo que no hables.» El hombre quedó silenciado al instante. Es justo considerar, pues, si es mayor milagro que un hombre, y además filósofo, sea silenciado tan fácilmente por una palabra, o que un muro de piedra sea hendido por el poder de una palabra, milagro que he oído atribuir a algunos a Juliano, apellidado el Caldeo. He entendido que estos sucesos acontecieron de la manera arriba narrada.

    Capítulo 19. Cuando el concilio estuvo reunido, el emperador pronunció un discurso público

    I, 19

    Los obispos tuvieron largas consultas; y, después de convocar a Arrio ante ellos, hicieron una prueba exacta de sus proposiciones; estuvieron atentamente en guardia para no llegar a votar en un sentido ni en otro. Cuando por fin llegó el día señalado en que se había decidido resolver los puntos dudosos, se reunieron en el palacio, porque el emperador había manifestado su intención de tomar parte en las deliberaciones. Cuando estuvo en el mismo lugar que los sacerdotes, pasó a la cabecera de la conferencia y se sentó en el trono que se le había preparado, y entonces se mandó al sínodo que tomara asiento; pues se habían dispuesto asientos a uno y otro lado a lo largo de las paredes de las salas palaciegas, ya que era la mayor y superaba a las demás cámaras.
    Después de que se hubieron sentado, Eusebio Pánfilo se levantó y pronunció un discurso en honor del emperador, dando gracias a Dios por su causa. Cuando hubo cesado de hablar y se restableció el silencio, el emperador se expresó con las siguientes palabras: «Doy gracias a Dios por todas las cosas, pero particularmente, ¡oh amigos!, por haberme sido permitido ver vuestra conferencia. Y el acontecimiento ha superado mi oración, en cuanto que tantos sacerdotes de Cristo han sido conducidos al mismo lugar; ahora bien, mi deseo es que seáis de una sola mente y participéis de un juicio concorde, pues considero la disensión en la Iglesia de Dios como más peligrosa que cualquier otro mal. Por tanto, cuando se me anunció —y entendí que estabais en discordia, cosa malsana de oír—, me dolió profundamente el alma; y en nada os aprovecha, ya que sois los conductores del culto divino y los árbitros de la paz. Por esta causa os he convocado en un santo sínodo, y siendo a la vez vuestro emperador y vuestro compañero en el arte de curar, busco para vosotros un favor que es aceptable a nuestro común Señor, y tan honorable para mí de recibir como para vosotros de conceder. El favor que busco es que examinéis las causas de la contienda y le pongáis un fin concorde y pacífico, para que pueda triunfar con vosotros sobre el demonio envidioso, que excitó esta revuelta interna porque se sintió provocado al ver a nuestros enemigos externos y tiranos bajo nuestros pies, y envidió nuestra buena condición.» El emperador pronunció este discurso en latín, y la interpretación fue suministrada por uno que estaba a su lado.

    Capítulo 20. Tras haber dado audiencia a ambas partes, el emperador condenó a los seguidores de Arrio y los desterró

    I, 20

    El siguiente debate de los sacerdotes versó sobre la doctrina. El emperador prestó paciente atención a los discursos de ambas partes; aplaudió a los que hablaban bien, reprendió a los que mostraban tendencia a la altercación, y, según lo que alcanzaba de lo que oía, pues no carecía del todo de práctica en la lengua griega, se dirigió con bondad a cada uno. Finalmente, todos los sacerdotes concordaron entre sí y concedieron que el Hijo es consustancial con el Padre. Al comienzo de la conferencia solo había diecisiete que alababan la opinión de Arrio, pero al final la mayoría de estos cedió su asentimiento a la opinión general. A este juicio se adhirió asimismo el emperador, pues consideró que la unanimidad de la conferencia era una aprobación divina; y ordenó que cualquiera que se mostrara rebelde a ello fuera enviado inmediatamente al destierro, como culpable de intentar derribar las definiciones divinas. Había pensado que era necesario reproducir el documento mismo sobre el asunto, como ejemplo de la verdad, para que la posteridad poseyera en forma fija y clara el símbolo de la fe que resultó pacificador en aquel tiempo; pero como algunos piadosos amigos, que entendían de tales materias, recomendaron que estas verdades solo debían ser dichas y oídas por los iniciados y sus iniciadores, convine con su consejo; pues no es inverosímil que algunos de los no iniciados lean este libro. Aunque he ocultado aquello del material prohibido que debo callar, no he dejado del todo ignorante al lector de las opiniones sostenidas por el sínodo.

    Capítulo 21. Qué determinó el concilio sobre Arrio; la condenación de sus seguidores; sus escritos han de ser quemados; ciertos pontífices disienten del concilio; la fijación de la Pascua

    I, 21

    Debe saberse que afirmaron que el Hijo es consustancial con el Padre; y que han de ser excomulgados y declarados extraños a la Iglesia Católica quienes aseveran que hubo un tiempo en que el Hijo no existía, y que antes de ser engendrado no era, y que fue hecho de lo que no tenía existencia, y que es de otra hipóstasis o sustancia que el Padre, y que está sujeto a cambio o mutación. Esta decisión fue sancionada por Eusebio, obispo de Nicomedia; por Teognis, obispo de Nicea; por Maris, obispo de Calcedonia; por Patrofilo, obispo de Escitópolis; y por Segundo, obispo de Ptolemaida en Libia. Eusebio Pánfilo, sin embargo, retuvo su asentimiento por un poco de tiempo, pero tras un examen ulterior asintió. El concilio excomulgó a Arrio y a sus adherentes, y le prohibió entrar en Alejandría. Las palabras en las que se expresaban sus opiniones fueron igualmente condenadas, como también una obra titulada «Talía,» que había escrito sobre el asunto. No he leído este libro, pero entiendo que es de carácter disoluto, parecido en licencia a Sotades. Debe saberse que, aunque Eusebio, obispo de Nicomedia, y Teognis, obispo de Nicea, asintieron al documento de esta fe expuesto por el concilio, ni estuvieron de acuerdo ni suscribieron la deposición de Arrio. El emperador castigó a Arrio con el destierro y despachó edictos a los obispos y pueblos de todos los países, denunciándolo a él y a sus adherentes como impíos, y mandando que sus libros fueran destruidos, para que no quedara recuerdo alguno de él ni de la doctrina que había divulgado. Quien fuera hallado ocultando sus escritos y no los quemara inmediatamente al ser acusado, sufriría la pena de muerte y padecería castigo capital. El emperador escribió cartas a cada ciudad contra Arrio y contra quienes habían recibido sus doctrinas, y mandó a Eusebio y a Teognis que abandonaran las ciudades de las que eran obispos; se dirigió en particular a la iglesia de Nicomedia, instándola a adherirse a la fe que había sido expuesta por el concilio, a elegir obispos ortodoxos, a obedecerlos y a dejar lo pasado en el olvido; y amenazó con castigo a quienes se atrevieran a hablar bien de los obispos desterrados o a adoptar sus sentimientos. En estas y en otras cartas, manifestó resentimiento contra Eusebio, porque anteriormente había adoptado las opiniones del tirano y había participado en sus maquinaciones. De acuerdo con los edictos imperiales, Eusebio y Teognis fueron expulsados de las iglesias que ocupaban, y Anfión recibió la de Nicomedia, y Cresto la de Nicea. Al terminar esta controversia doctrinal, el concilio decidió que la fiesta pascual se celebrara al mismo tiempo en todos los lugares.
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