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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minDedicatoria y propuesta
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minLibro I
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De los obispos de las grandes ciudades en el reinado de Constantino; y de cómo, por temor a Licinio, el cristianismo se profesaba con cautela en Oriente hasta Libia, mientras que en Occidente, gracias al favor de Constantino, se profesaba con libertad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del clero
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 12. De la organización de los monjes: su origen y fundadores
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 20. Tras haber dado audiencia a ambas partes, el emperador condenó a los seguidores de Arrio y los desterró
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 22. Acesio, obispo de los novacianos, es convocado por el emperador para estar presente en el Primer Concilio
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
  84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
  85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
  86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
  91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
  92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
  93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
  97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
  98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
  99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
  103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
  104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
  105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
  109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
  115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
  116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir

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    TEXTOS — SOZOMENO

    Índice de la obra

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF (Hartranft)42 minPosición: 0% de esta parteParte 17 de 19 · Capítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedraPublicado el Actualizado el Ref. ESC-SOZ-01

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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del clero
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 12. De la organización de los monjes: su origen y fundadores
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
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    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
    84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
    85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
    86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
    91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
    92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
    93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
    97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
    98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
    99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
    103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
    104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
    105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
    109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
    115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
    116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir

    Capítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra

    VIII, 5

    Juan gobernó la iglesia de Constantinopla con prudencia ejemplar e indujo a muchos de los paganos y de los herejes a unirse con él. Multitudes de gente acudían a él diariamente; unos con el propósito de ser edificados escuchando sus discursos, y otros con la intención de tentarlo. Él, sin embargo, agradaba y atraía a todas las clases, y las llevaba a abrazar los mismos sentimientos religiosos que él mismo. Como el pueblo se apretujaba en torno a él y no se saciaba de sus palabras, de modo que, empujados de aquí para allá y apretándose unos a otros, incurrían en peligro; y cada uno forcejeaba por avanzar más, para que, estando cerca, pudiera oír con mayor precisión lo que Juan decía, él se colocó en medio de ellos sobre la plataforma de los lectores y, habiendo tomado asiento, enseñaba a la multitud. Me parece que este es un lugar adecuado en mi historia para insertar el relato de un milagro que se realizó durante la vida de Juan. Un hombre de la herejía macedoniana vivía con una esposa de la misma creencia; aconteció que oyó a Juan disertar acerca de la opinión que se debe tener sobre la naturaleza divina; quedó convencido por el argumento que oyó exponer, y se esforzó por persuadir a su esposa a abrazar los mismos sentimientos. Sus hábitos mentales anteriores y la conversación de otras mujeres de su conocimiento la disuadían de acceder a sus deseos; y, cuando él vio que todos sus esfuerzos por convencerla eran inútiles, le dijo que, a menos que estuviera de acuerdo con él en las cosas divinas, no continuaría viviendo con ella. La mujer, por tanto, prometió hacer lo que se le pedía; pero, al mismo tiempo, dio a conocer el asunto a una de sus criadas, en cuya fidelidad confiaba, y la usó como instrumento para engañar a su marido. En la estación de la celebración de los misterios (los iniciados entenderán lo que quiero decir), esta mujer guardó lo que se le dio y bajó la cabeza como si estuviera orando. Su criada, que estaba de pie detrás de ella, puso en su mano un trozo de pan que había traído consigo; pero, tan pronto como ella lo puso entre sus dientes, se convirtió en piedra. Como tal suceso divino le había ocurrido, temió mucho que le sobreviniera alguna calamidad mayor, corrió al obispo y confesó contra sí misma. Le mostró la piedra, que llevaba las marcas de sus dientes; estaba compuesta de una sustancia desconocida y marcada por un color muy extraño. Imploró perdón con lágrimas y, en adelante, continuó sosteniendo las mismas creencias religiosas que su marido. Si alguien considera increíble este relato, puede inspeccionar la piedra en cuestión; pues todavía se conserva en el tesoro de la iglesia de Constantinopla.

    Capítulo 6. Actuaciones de Juan en Asia y Frigia. Heráclides, obispo de Éfeso, y Geroncio, obispo de Nicomedia

    VIII, 6

    Juan, habiendo sido informado de que las iglesias de Asia y de los alrededores estaban gobernadas por personas indignas, y de que traficaban con el sacerdocio por las rentas y los dones recibidos, o concedían aquella dignidad por favor privado, se dirigió a Éfeso y depuso a trece obispos, unos en Licia y Frigia, y otros en la propia Asia, y nombró a otros en su lugar. El obispo de Éfeso había muerto, y por ello ordenó a Heráclides sobre aquella iglesia. Heráclides era natural de Chipre y uno de los diáconos de Juan; anteriormente se había unido a los monjes de Escete y había sido discípulo del monje Evagrio. Juan expulsó también a Geroncio, obispo de la iglesia de Nicomedia. Este último era diácono bajo Ambrosio, de la iglesia de Milán; declaró, no sé por qué, ya con la intención de inventar un milagro, o porque él mismo había sido engañado por el arte y los fantasmas de un demonio, que había cogido de noche algo parecido a un asno (ὀ] [νοσκελίς]), le había cortado la cabeza y la había arrojado a un molino. Ambrosio consideró este modo de hablar indigno de un diácono de Dios, y ordenó a Geroncio permanecer en reclusión hasta que hubiera expiado su falta con penitencia. Geroncio, sin embargo, era médico muy hábil; era elocuente y persuasivo, y sabía bien ganarse amigos; por ello ridiculizó la orden de Ambrosio y se dirigió a Constantinopla. En poco tiempo obtuvo la amistad de algunos de los hombres más poderosos de la corte; y, no mucho después, fue elevado al obispado de Nicomedia. Fue ordenado por Heladio, obispo de Cesarea de Capadocia, quien desempeñó este oficio con tanta mayor prontitud para él, porque Geroncio había sido instrumento, por su influencia en la corte, para obtener un alto cargo en el ejército para el hijo de aquel funcionario. Cuando Ambrosio oyó esta ordenación, escribió a Nectario, presidente de la iglesia de Constantinopla, pidiéndole que expulsara a Geroncio del sacerdocio y no permitiera que él y el orden eclesiástico fueran tan ultrajados. Por mucho que Nectario deseara obedecer este mandato, nunca pudo llevarlo a efecto, debido a la decidida resistencia del pueblo de Nicomedia. Juan depuso a Geroncio y ordenó a Pansofio, que antes había sido preceptor de la esposa del emperador, y que, aunque era hombre de decidida piedad y de carácter apacible y suave, no era querido por los nicomedios. Estos se levantaron en frecuentes sediciones, y enumeraron pública y privadamente la beneficencia de Geroncio, y la liberal ventaja que se derivaba de su ciencia, y su uso generoso y activo tanto para ricos como para pobres; y, como suele ocurrir cuando aplaudimos a los que amamos, le atribuyeron muchas otras virtudes. Recorrieron las calles de su propia ciudad y de Constantinopla como si hubiera ocurrido algún terremoto, o pestilencia, u otra visitación de la ira divina, y cantaron salmos, y ofrecieron súplicas para poder tener a Geroncio por obispo. Al fin se vieron obligados a ceder a la necesidad, y se separaron con dolor y gemidos de Geroncio, recibiendo en su lugar a un obispo al que miraban con temor y aversión. Los obispos que habían sido depuestos y todos sus partidarios declamaron contra Juan, como jefe de una revolución en las iglesias, y como alterador de los derechos de los ordenados, contra las leyes ancestrales; y bajo el influjo de su agravio, condenaron hechos realizados por él, que eran dignos de alabanza según la opinión de la mayoría. Entre otras cosas, le reprocharon los procedimientos que se habían tomado contra Eutropio.

    Capítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan

    VIII, 7

    Eutropio fue originalmente el jefe de los eunucos, y fue la primera y única persona de ese rango de la que hemos sabido u oído que alcanzara la dignidad consular y patricia. Cuando fue elevado al poder actual, no pensó en el futuro ni en la inestabilidad de los asuntos humanos, sino que hizo expulsar a quienes buscaban asilo en las iglesias. Trató de esta manera a Pentadia, la esposa de Timasio. Timasio era general del ejército, hombre capaz y muy temido; pero Eutropio consiguió un edicto para desterrarlo a Pasis, en Egipto, con el pretexto de que aspiraba a la tiranía. He sido informado de que Timasio fue víctima de la sed o, temiendo que le aguardara algo peor, fue sorprendido por las arenas de aquel lugar y hallado muerto. Eutropio promulgó una ley que disponía que nadie buscara refugio en las iglesias y que quienes ya se hubieran refugiado en ellas fueran expulsados. Sin embargo, fue el primero en transgredir esta ley; pues no mucho después de su promulgación, ofendió a la emperatriz y, al punto, abandonó el palacio y huyó a la Iglesia como suplicante. Mientras yacía debajo de la mesa, Juan pronunció un discurso en el que reprendió la soberbia del poder y dirigió la atención del pueblo hacia la inestabilidad de la grandeza humana. Los enemigos de Juan tomaron de ello ocasión para reprocharle, porque había reprendido, en lugar de compadecer, a quien sufría las calamidades de la fortuna adversa. Poco después, Eutropio pagó la pena de su impío designio y fue decapitado; y la ley que había promulgado fue borrada de las inscripciones públicas. Habiendo recaído así prontamente la ira de Dios sobre la injusticia perpetrada contra la Iglesia, le fue restituida la prosperidad y aumentó el culto divino. El pueblo de Constantinopla se mostró entonces más asiduo que antes en asistir al canto de los himnos de la mañana y de la tarde.

    Capítulo 8. Himnos antifonales contra los arrianos introducidos por Juan. Los intereses de los ortodoxos se acrecientan mucho con las enseñanzas de Juan, mientras los ricos se encolerizan cada vez más

    VIII, 8

    Los arrianos, habiendo sido privados de sus iglesias en Constantinopla durante el reinado de Teodosio, tenían sus iglesias fuera de las murallas de la ciudad. Antes se reunían de noche en los pórticos públicos y se dividían en grupos, de modo que cantaban antifonalmente, pues habían compuesto ciertos estribillos que reflejaban su propio dogma, y al rayar el alba marchaban en procesión, cantando estos himnos, hacia los lugares donde tenían sus iglesias. Procedían de esta manera en todas las fiestas solemnes y en el primero y el último día de la semana. Los sentimientos expuestos en estas odas eran tales que probablemente engendraban disputas; como, por ejemplo, la siguiente: «¿Dónde están los que dicen que las Tres Personas constituyen una sola Potestad?» Otras observaciones acrimoniosas semejantes se intercalaban a lo largo de sus composiciones. Juan temía que algunos de los fieles de su propia iglesia se extraviaran al presenciar estas manifestaciones, y por eso les mandó cantar himnos de la misma manera. Los ortodoxos se hicieron más distinguidos y, en poco tiempo, superaron a los herejes contrarios en número y en procesiones; pues llevaban ante sí cruces de plata y cirios de cera encendidos. Fue designado el eunuco de la emperatriz para regular estas procesiones, pagar el costo de cuanto se requiriera y preparar himnos. De ahí que los arrianos, impulsados ya por celos, ya por venganza, atacaran a los miembros de la Iglesia Católica. Se produjo mucho derramamiento de sangre por ambas partes. Briso (pues este era el nombre del eunuco imperial) fue herido en la frente por una piedra que le arrojaron. Se encendió la ira del emperador, y puso fin a las asambleas arrianas. Habiendo comenzado la costumbre de cantar himnos de la manera y por la causa antes dichas, los miembros de la Iglesia Católica no abandonaron la práctica, sino que la han conservado hasta el día de hoy. La institución de estas procesiones y sus servicios en la Iglesia granjearon a Juan el afecto del pueblo; pero el clero y los poderosos lo odiaban por su libre audacia, pues jamás dejaba de reprender al clero cuando lo sorprendía en actos de injusticia, ni de exhortar a los poderosos a volver a la práctica de la virtud cuando abusaban de sus riquezas, cometían impiedad o se entregaban a la voluptuosidad.

    Capítulo 9. Serapión, el archidiácono, y santa Olimpia. Algunos hombres célebres se abalanzan con insolencia contra Juan, tachándolo de intratable y apasionado

    VIII, 9

    La enemistad del clero contra Juan fue grandemente aumentada por Serapión, su archidiácono. Era egipcio, propenso por naturaleza a la ira y siempre dispuesto a insultar a sus adversarios. Los sentimientos de hostilidad fueron fomentados además por el consejo que Olimpia recibió de Juan. Olimpia era de ilustrísimo linaje y, aunque había enviudado siendo joven y estaba celosamente entregada a los ejercicios de la filosofía monástica según las leyes de la Iglesia, Nectario la había ordenado diaconisa. Juan, viendo que repartía liberalmente sus bienes a cualquiera que se los pidiera y que despreciaba todo salvo el servicio de Dios, le dijo: «Aplaudo vuestras intenciones; pero quiero que sepáis que quienes aspiran a la perfección de la virtud según Dios deben distribuir sus riquezas con economía. Vos, sin embargo, habéis estado dando riquezas a los ricos, lo cual es tan inútil como si las hubierais arrojado al mar. ¿No sabéis que voluntariamente, por amor de Dios, habéis consagrado todas vuestras posesiones al alivio de los pobres? Debéis, por tanto, considerar vuestra riqueza como perteneciente a vuestro Dueño y recordar que habéis de rendir cuenta de su distribución. Si os dejáis persuadir por mí, en adelante regularéis vuestras donaciones según las necesidades de quienes solicitan socorro. Así podréis extender la esfera de vuestra beneficencia, y vuestra misericordia y diligentísimo cuidado recibirán recompensa de Dios.»
    Juan tuvo varias disputas con muchos monjes, en particular con Isaac. Elogiaba grandemente a quienes permanecían en quietud en los monasterios y practicaban allí la filosofía; los protegía de toda injusticia y proveía con solicitud cuantas necesidades pudieran tener. Pero a los monjes que salían de puertas afuera y se dejaban ver en las ciudades, los reprendía y consideraba que ultrajaban la filosofía. Por estas causas incurrió en el odio del clero y de muchos monjes, que lo llamaban hombre duro, apasionado, moroso y arrogante. Intentaron, por tanto, desacreditar públicamente su vida afirmando con confianza, como si fuera verdad, que no comía con nadie y que rechazaba toda invitación a una comida que se le ofrecía. No conozco pretexto alguno que pudiera haber dado lugar a esta aseveración, salvo que, según me ha asegurado un hombre de indudable veracidad, Juan, por su riguroso ascetismo, se había vuelto propenso a dolores de cabeza y de estómago, y esto le impedía asistir a algunos de los más selectos simposios. De ahí, sin embargo, se originó la mayor acusación que jamás se urdió contra él.

    Capítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz

    VIII, 10

    Juan incurrió asimismo en la enemistad de la emperatriz por las maquinaciones de Severiano, obispo de Gabales, en Siria. Severiano y Antíoco, obispo de Tolemaida, ciudad de Fenicia, eran ambos varones doctos y muy capacitados para enseñar en las iglesias. Antíoco tenía una voz y una elocución tan buenas que algunos lo apellidaron Crisóstomo. Severiano, en cambio, tenía la aspereza de los sirios en el habla; pero, en punto a conocimiento y a las pruebas de las Escrituras, era considerado superior a Antíoco. Parece que Antíoco fue el primero en visitar Constantinopla; ganó gran aplauso con sus discursos, amasó algunos bienes y luego regresó a su propia ciudad. Severiano siguió su ejemplo y fue a Constantinopla. Trabó intimidad con Juan, predicó con frecuencia en las iglesias y fue admirado. Gozaba de honor y llegó a ser bien conocido de muchos de los poderosos, así como del emperador y de la emperatriz. Cuando Juan marchó a Asia, encomendó a su cuidado la Iglesia; pues se dejó engañar de tal modo por la adulación de Severiano que llegó a imaginarlo su celoso amigo. Severiano, sin embargo, solo pensaba en complacer a sus oyentes y en agradar al pueblo con sus discursos. Cuando Juan fue informado de ello, se llenó de celos; y su resentimiento se encendió más, según se dice, por las representaciones de Serapión. Después del regreso de Juan de Asia, Serapión vio por casualidad pasar a Severiano; pero, en lugar de levantarse para saludarlo, permaneció sentado, a fin de mostrar su total desprecio por aquel hombre. Severiano se ofendió por aquella muestra de falta de respeto y exclamó: «Si Serapión muere siendo clérigo, entonces Cristo no se encarnó.» Serapión refirió estas palabras; y Juan, en consecuencia, expulsó a Severiano de la ciudad por insolente y blasfemo contra Dios; pues se presentaron testigos para atestiguar que aquellas palabras habían sido realmente pronunciadas por él. Algunos amigos de Serapión llegaron incluso a suprimir parte del discurso de Severiano y a afirmar que había declarado que Cristo no se había encarnado. Juan reprendió también a Severiano preguntándole si, «¿Si Serapión no muriera entre el clero, se seguiría que Cristo no se había encarnado?» En cuanto la esposa del emperador fue informada por los amigos de Severiano de lo ocurrido, envió al punto a buscarlo desde Calcedonia. Juan, a pesar de todas las reconvenciones de ella, se negó rotundamente a tener trato alguno con él, hasta que la emperatriz puso a su hijo Teodosio sobre sus rodillas en la iglesia llamada de los Apóstoles; entonces le rogó con insistencia y le conjuró repetidas veces, hasta que Juan consintió de mala gana en recibir a Severiano en su amistad. Tales son los relatos que he recibido de aquellos sucesos.

    Capítulo 11. Cuestión agitada en Egipto, sobre si Dios tiene forma corpórea. Teófilo, obispo de Alejandría, y los libros de Orígenes

    VIII, 11

    Se agitó en aquel tiempo en Egipto una cuestión que había sido propuesta poco antes, a saber, si es recto creer que Dios es antropomorfo. Debido a que se aferraban a las palabras sagradas con sencillez y sin cuestionamiento alguno, la mayoría de los monjes de aquella parte del mundo era de esta opinión; y suponía que Dios poseía ojos, rostro y manos, y otros miembros de la organización corporal. Pero quienes indagaban el sentido oculto de los términos de la Escritura sostenían lo contrario; y mantenían que quienes negaban la incorporeidad de Dios eran culpables de blasfemia. Esta última opinión fue abrazada por Teófilo y predicada por él en la iglesia; y en la epístola que, según la costumbre, escribió acerca de la celebración de la Pascua, aprovechó la ocasión para afirmar que Dios debía ser considerado incorpóreo, ajeno a la forma humana. Cuando se comunicó a los monjes egipcios que Teófilo había expuesto estos sentimientos, fueron a Alejandría, reunieron al pueblo en un solo lugar, promovieron un tumulto y decidieron matar al obispo por impío. Teófilo, sin embargo, se presentó al punto ante los amotinados y les dijo: «Cuando os miro, es como si contemplara el rostro de Dios.» Esta respuesta ablandó suficientemente a aquellos hombres; deponiendo su ira, replicaron: «¿Por qué, entonces, si verdaderamente sostenéis doctrinas ortodoxas, no denunciáis los libros de Orígenes, puesto que quienes los leen son llevados a tales opiniones?» «Tal ha sido desde hace mucho mi intención,» respondió él, «y haré lo que aconsejáis; pues no culpo menos que vosotros a todos cuantos siguen las doctrinas de Orígenes.» Con estos medios engañó a los hermanos y disolvió la sedición.

    Capítulo 12. Acerca de los cuatro hermanos, llamados «los Longos», que eran ascetas y de quienes Teófilo era enemigo; sobre Isidoro y los sucesos que sobrevinieron por causa de estos cuatro

    VIII, 12

    La controversia muy probablemente habría terminado, de no haberla renovado el propio Teófilo por sentimientos de hostilidad contra Amonio, Dioscoro, Eusebio y Eutimio, que eran llamados «los longos». Eran hermanos; y, como ya hemos dicho antes, se hicieron conspicuos entre los filósofos de Scetis. En un tiempo fueron amados por Teófilo por encima de todos los demás monjes de Egipto; buscaba su compañía y con frecuencia moraba con ellos. Incluso confirió a Dioscoro el obispado de Hermópolis. Se confirmó en su odio hacia ellos a causa de su enemistad con Isidoro, a quien había intentado ordenar en Constantinopla después de Nectario. Algunos dicen que una mujer, perteneciente a la herejía maniquea, se había convertido a la fe de la Iglesia Católica; Teófilo reprendió al arcipreste (contra quien albergaba resentimiento por otras razones) porque la había admitido a participar en los sagrados misterios antes de que hubiera abjurado de su antigua herejía. Pedro, pues este era el nombre del arcipreste, sostuvo que había recibido a la mujer en comunión según las leyes de la Iglesia y con el consentimiento de Teófilo; y remitió a Isidoro como testigo de la verdad de lo que había declarado. Isidoro se hallaba entonces en Roma en una embajada; pero, a su regreso, testificó que las afirmaciones de Pedro eran verdaderas. Teófilo resintió esta declaración como una calumnia, y expulsó de la Iglesia tanto a él como a Pedro. Tal es el relato que algunas personas hacen de aquel suceso. Sin embargo, he oído alegar, por un hombre de indudable veracidad y muy íntimo de los monjes arriba mencionados, que la enemistad de Teófilo hacia Isidoro se originó por dos causas. Una de ellas era idéntica a la señalada por el presbítero Pedro, a saber, que se había negado a atestiguar la existencia de un testamento en el que la herencia recaía en la hermana de Teófilo; la otra causa alegada por este individuo era que Isidoro se negó a entregar ciertos dineros que se le habían confiado para el socorro de los pobres y que Teófilo quería destinar a la edificación de iglesias; diciendo que es mejor restaurar los cuerpos de los que sufren, los cuales con más razón han de considerarse templos de Dios, y para cuyo fin se había proporcionado el dinero, que construir muros. Pero sea cual fuere la causa de la enemistad de Teófilo, Isidoro, inmediatamente después de su excomunión, se unió a sus antiguos compañeros, los monjes de Scetis. Amonio, con algunos otros, acudió entonces a Teófilo y le rogó que restituyera a Isidoro a la comunión. Teófilo prometió de buen grado hacer lo que pedían; pero, como pasaba el tiempo sin que se efectuara nada más en favor de ellos y se hacía evidente que Teófilo fingía, volvieron a acudir a él, renovaron sus ruegos y le instaron a ser fiel a su compromiso. En lugar de acceder, Teófilo metió a uno de los monjes en prisión, con el propósito de intimidar a los demás. Pero en esto se equivocó. Amonio y todos los monjes que lo acompañaban fueron entonces a la prisión, donde el carcelero los admitió de buen grado, imaginando que habían venido a traer provisiones al preso; pero, una vez conseguida la entrada, se negaron a salir de la cárcel. Cuando Teófilo se enteró de su voluntario encierro, envió a pedirles que acudieran a él. Respondieron que primero debía sacarlos él mismo de la prisión, pues no era justo que, tras haber sido sometidos a pública indignidad, fueran liberados en secreto de su encierro. Al fin, sin embargo, cedieron y acudieron a él. Teófilo se disculpó por lo ocurrido y los despidió como si no tuviera intención alguna de seguir molestándolos; pero, a solas, se mordía y se irritaba, y determinó hacerles mal. No obstante, dudaba de cómo podría maltratarlos, pues no tenían posesiones y despreciaban todo salvo la filosofía, hasta que se le ocurrió perturbar la paz de su retiro. Por su trato anterior con ellos había colegido que censuraban a quienes creen que Dios tiene forma humana y que se adherían a las opiniones de Orígenes; los puso en colisión con la multitud de monjes que sostenían la otra opinión. Prevaleció entre los monjes una contienda terrible, pues no consideraban que valiera la pena persuadirse unos a otros con argumentos encendidos de manera ordenada, sino que se asentaron en los insultos. Dieron el nombre de origenistas a quienes sostenían la incorporeidad de la Deidad, mientras que a quienes mantenían la opinión contraria se los llamó antropomorfistas.

    Capítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan

    VIII, 13

    [Dioscoro], Amonio y los demás monjes, habiendo descubierto las maquinaciones de Teófilo, se retiraron a Jerusalén, y de allí pasaron a Escitópolis; pues pensaron que aquella sería residencia ventajosa para ellos por las muchas palmeras, cuyas hojas emplean los monjes en sus trabajos acostumbrados. A Dioscoro y Amonio los acompañaron hasta allí unos ochenta monjes más. Entretanto, Teófilo envió mensajeros a Constantinopla para presentar quejas contra ellos y oponerse a cualesquiera peticiones que pudieran elevar ante el emperador. Informados de esto, Amonio y los monjes se embarcaron para Constantinopla, llevando consigo a Isidoro; y pidieron que su causa fuese juzgada en presencia del emperador y del obispo; pues pensaban que, merced a su audacia, Juan, que cuidaba de obrar rectamente, podría ayudarles en sus derechos. Juan, aunque los recibió con bondad y los trató con honor, y no les prohibió orar en la iglesia, se negó a admitirlos a la participación en los misterios, pues no era lícito hacerlo antes de la investigación. Escribió a Teófilo, deseando que los recibiera de nuevo en la comunión, porque sus sentimientos acerca de la naturaleza divina eran ortodoxos; rogándole que, si consideraba dudosa su ortodoxia, enviara a alguien que actuara como acusador de ellos. Teófilo no respondió nada a esta epístola. Algún tiempo después, Amonio y sus compañeros se presentaron ante la esposa del emperador, cuando ella salía a pasear en carro, y se quejaron de las maquinaciones de Teófilo contra ellos. Ella sabía lo que se había tramado contra ellos; se puso de pie en honor de ellos; e, inclinándose hacia adelante desde su carro real, hizo una señal con la cabeza y les dijo: «Orad por el emperador, por mí, por nuestros hijos y por el imperio. Por mi parte, pronto haré convocar un concilio, al que será citado Teófilo.» Habiendo prevalecido en Alejandría un falso rumor de que Juan había recibido en la comunión a Dioscoro y a sus compañeros, y les había prestado toda la ayuda y ánimo que estuvo en su poder, Teófilo empezó a reflexionar sobre qué medidas sería posible adoptar para expulsar a Juan de su episcopado.

    Capítulo 14. Perversidad de Teófilo. San Epifanio: su residencia en Constantinopla y preparación para incitar al pueblo contra Juan

    VIII, 14

    Teófilo mantuvo lo más secretos posible sus designios contra Juan; y escribió a los obispos de cada ciudad condenando los libros de Orígenes. Se le ocurrió también que sería ventajoso ganarse a Epifanio, obispo de Salamina, en Chipre, hombre venerado por su vida y el más distinguido de sus contemporáneos; y así entabló amistad con él, aunque anteriormente lo había censurado por afirmar que Dios poseía forma humana. Como arrepentido de haber tenido jamás otro sentimiento, Teófilo escribió a Epifanio para hacerle saber que ahora sostenía las mismas opiniones que él, y para mover ataques contra los libros de Orígenes, como fuente de tan nefandos dogmas. Epifanio había mirado desde hacía tiempo con peculiar aversión los escritos de Orígenes, y por ello se dejó llevar fácilmente a dar crédito a la epístola de Teófilo. Poco después reunió a los obispos de Chipre y prohibió el examen de los libros de Orígenes. Escribió también a los demás obispos, y entre ellos al obispo de Constantinopla, exhortándolos a convocar sínodos y a tomar la misma decisión. Teófilo, viendo que no podía haber peligro en seguir el ejemplo de Epifanio, que era objeto de alabanza popular y admirado por la virtud de su vida, cualquiera que fuese su opinión, aprobó un decreto semejante al de Epifanio, con el asentimiento de los obispos bajo su jurisdicción. Juan, por su parte, prestó poca atención a las cartas de Epifanio y de Teófilo. Aquellos entre los poderosos y el clero que se le oponían, advirtiendo que los designios de Teófilo tendían a su expulsión del obispado, se esforzaron por conseguir la convocación de un concilio en Constantinopla, a fin de llevar a efecto esta medida. Teófilo, sabiéndolo, se esforzó al máximo en convocar este concilio. Ordenó a los obispos de Egipto ir por mar a Constantinopla; escribió para pedir a Epifanio y a los demás obispos orientales que se dirigieran a aquella ciudad con la menor demora posible, y él mismo emprendió el viaje por tierra. Epifanio fue el primero en zarpar de Chipre; desembarcó en el Hebdomón, un suburbio de Constantinopla; y después de orar en la iglesia erigida en aquel lugar, entró en la ciudad. Para honrarlo, Juan salió con todo su clero a recibirlo. Epifanio, sin embargo, demostró claramente con su conducta que creía las acusaciones contra Juan; pues, aunque fue invitado a residir en las moradas eclesiásticas, no quiso permanecer allí, y se negó a reunirse con Juan en ellas. Reunió también en privado a todos los obispos que residían en Constantinopla y les mostró los decretos que había promulgado contra los discursos de Orígenes. Persuadió a algunos de los obispos a aprobar estos decretos, mientras que otros se opusieron. Teótimo, obispo de Escitia, se opuso enérgicamente a las gestiones de Epifanio, y le dijo que no era justo arrojar insulto sobre la memoria de quien durante mucho tiempo había sido contado entre los muertos; ni era sin blasfemia atacar la conclusión a la que los antiguos habían llegado sobre el asunto, y anular sus decisiones. Mientras razonaba de este modo, sacó un libro de Orígenes que había traído consigo; y, tras leer en voz alta un pasaje conducente a la educación de la Iglesia, observó que quienes condenaban tales sentimientos obraban absurdamente, pues corrían peligro de insultar los asuntos mismos de que trataban aquellas palabras. Juan todavía respetaba a Epifanio, y lo invitó a participar en las reuniones de su iglesia y a habitar con él. Pero Epifanio declaró que ni residiría con Juan ni oraría con él públicamente, a menos que denunciara las obras de Orígenes y expulsara a Dioscoro y a sus compañeros. No considerando justo obrar del modo propuesto hasta que se hubiera juzgado la causa, Juan intentó diferir el asunto. Cuando la asamblea estaba a punto de celebrarse en la Iglesia de los Apóstoles, los mal dispuestos contra Juan planearon que Epifanio se adelantase y denunciara públicamente al pueblo los libros de Orígenes, y a Dioscoro y a sus compañeros como partidarios de este escritor; y atacase también al obispo de la ciudad como instigador de aquellos herejes. Y algunos se ocuparon de esto; pues por este medio se suponía que los afectos del pueblo se apartarían de su obispo. Al día siguiente, cuando Epifanio estaba a punto de entrar en la iglesia para llevar a efecto su designio, fue detenido por Serapión, por orden de Juan, que había recibido aviso de la trama. Serapión probó a Epifanio que, aunque el proyecto que había ideado era injusto en sí mismo, no podía reportarle ventaja personal alguna; pues si suscitaba una insurrección popular, se le consideraría responsable de los ultrajes que pudieran seguirse. Con estos argumentos Epifanio fue inducido a renunciar a su ataque.

    Capítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan

    VIII, 15

    Por este tiempo, el hijo de la emperatriz fue atacado por una peligrosa enfermedad, y la madre, temerosa de las consecuencias, envió a suplicar a Epifanio que orara por él. Epifanio respondió que el enfermo viviría, con tal de que ella evitara todo trato con el hereje Dioscoro y sus compañeros. A este mensaje la emperatriz replicó como sigue: «Si es la voluntad de Dios llevar a mi hijo, hágase Su voluntad. El Señor que me dio a mi hijo puede tomarlo de nuevo. Vos no tenéis poder para resucitar a los muertos; de lo contrario, vuestro arcediano no habría muerto.» Aludía a Crispión, el arcediano, que había muerto poco tiempo antes. Era hermano de Fuscón y Salamano, monjes a quienes tuve ocasión de mencionar al detallar la historia de los sucesos bajo el reinado de Valente; había sido compañero de Epifanio y había sido nombrado arcediano suyo. Amonio y sus compañeros fueron a ver a Epifanio con permiso de la emperatriz. Epifanio preguntó quiénes eran, y Amonio respondió: «Somos, oh padre, los hermanos Longos; venimos respetuosamente a saber si habéis leído algunas de nuestras obras o las de nuestros discípulos.» Al responder Epifanio que no las había visto, continuó: «¿Cómo es, pues, que nos consideráis herejes, cuando no tenéis prueba alguna de qué sentimientos podamos sostener?» Epifanio dijo que había formado su juicio por los informes que había oído sobre el asunto; y Amonio replicó: «Hemos seguido una línea de conducta muy distinta de la vuestra. Hemos conversado con vuestros discípulos y leído vuestras obras con frecuencia, y entre otras la titulada 'El Ancorado'. Cuando nos hemos encontrado con personas que han ridiculizado vuestras opiniones y afirmado que vuestros escritos están repletos de herejía, hemos contendido por vos y os hemos defendido como a nuestro padre. ¿Debéis, pues, condenar a los ausentes por mero rumor, de quienes nada sabéis con certeza segura, o devolver tal trato a quienes han hablado bien de vos?» Epifanio quedó medianamente convencido y los despidió. Poco después se embarcó para Chipre, ya fuera porque reconoció la inutilidad de su viaje a Constantinopla, o porque, como hay razón para creer, Dios le había revelado su muerte próxima; pues murió durante su viaje de regreso a Chipre. Se cuenta que dijo a los obispos que lo habían acompañado al lugar de embarque: «Os dejo la ciudad, el palacio y el escenario, pues pronto partiré.» He sido informado por varias personas de que Juan predijo que Epifanio moriría en el mar, y de que este último predijo la deposición de Juan. Pues parece que cuando la disputa entre ellos estaba en su apogeo, Epifanio dijo a Juan: «Espero que no morirás obispo,» y que Juan respondió: «Espero que nunca volverás a tu obispado.»

    Capítulo 16. La disputa entre la emperatriz y Juan. Llegada de Teófilo desde Egipto. Cirino, obispo de Calcedonia

    VIII, 16

    Después de la partida de Epifanio, Juan, predicando en la iglesia como de costumbre, se puso por casualidad a invectivar contra los vicios a los que las mujeres son particularmente propensas. El pueblo imaginó que sus censuras se dirigían enigmáticamente contra la esposa del emperador. Los enemigos del obispo no dejaron de referir su discurso en este sentido a la emperatriz; y ella, considerándose insultada, se quejó al emperador y urgió la necesidad de la pronta presencia de Teófilo y de la convocación de un concilio. Severiano, obispo de Gabala, que todavía no había depuesto su antiguo resentimiento contra Juan, cooperó en la promoción de estas medidas. No dispongo de datos suficientes para determinar si había algo de verdad en el rumor corriente de que Juan pronunció el discurso arriba mencionado con alusión expresa a la emperatriz, porque sospechaba que ella había excitado a Epifanio contra él. Teófilo llegó poco después a Calcedonia, en Bitinia, seguido allí por muchos obispos. Algunos obispos se le unieron accediendo a su propia invitación, y otros en obediencia a las órdenes del emperador. Los obispos a quienes Juan había depuesto en Asia acudieron a Calcedonia con la mayor presteza, así como todos los que abrigaban sentimientos de hostilidad contra él. Los barcos que Teófilo esperaba de Egipto ya habían llegado a Calcedonia. Cuando se reunieron de nuevo en el mismo lugar, y deliberaron sobre cómo podría adelantarse juiciosamente el atentado contra Juan, Cirino, dirigente de la iglesia de Calcedonia, que era egipcio y pariente de Teófilo, y que además tenía algunas otras desavenencias con Juan, habló muy injuriosamente de él. La justicia, sin embargo, pareció seguirlo con rapidez; pues Marutas, natural de Mesopotamia, que había acompañado a los obispos, pisó por casualidad su pie; y Cirino sufrió tan gravemente a causa de este accidente que no pudo trasladarse con los demás obispos a Constantinopla, aunque su ayuda era necesaria para la ejecución de los designios que se habían formado contra Juan. La herida tomó un aspecto tan alarmante que los cirujanos se vieron obligados a practicar varias operaciones en la pierna; y al fin sobrevino la mortificación, que se extendió por todo el cuerpo e incluso alcanzó el otro pie. Expiró poco después en medio de grandes dolores.

    Capítulo 17. Concilio celebrado por Teófilo y los acusadores de Juan en Rufinianas. Juan es citado a comparecer y, no estando presente, fue depuesto por ellos

    VIII, 17

    Cuando Teófilo entró en Constantinopla, ningún miembro del clero salió a recibirlo; pues su enemistad contra el obispo se había hecho públicamente conocida. Algunos marineros de Alejandría, sin embargo, que por casualidad estaban en la orilla, tanto de las naves de grano como de otros barcos, se reunieron y lo recibieron con grandes aclamaciones de alegría. Pasando de largo ante la iglesia, se dirigió directamente al palacio, donde se había preparado un alojamiento para su acomodo. Pronto percibió que muchas personas de la ciudad estaban fuertemente predispuestas contra Juan y dispuestas a presentar acusaciones contra él; y tomando sus medidas en consecuencia, se trasladó a un lugar llamado «el Soto,» en los suburbios de Calcedonia. Este lugar lleva ahora el nombre de Rufino; pues fue cónsul, y erigió aquí un magnífico palacio y una gran iglesia en honor de los apóstoles Pedro y Pablo, y por eso la llamó el Apostolio; y designó una congregación de monjes para desempeñar los oficios clericales en la iglesia. Cuando Teófilo y los demás obispos se reunieron a deliberar en este lugar, juzgó conveniente no hacer más alusión a las obras de Orígenes, y llamó a los monjes de Escete al arrepentimiento, prometiendo que no habría recuerdo de agravios ni imposición de mal alguno. Sus partidarios secundaron celosamente sus esfuerzos y les dijeron que debían pedir a Teófilo que perdonara su conducta; y como todos los miembros de la asamblea concurrieron en esta petición, los monjes se turbaron, y creyendo que era necesario hacer lo que tantos obispos deseaban, usaron las palabras que solían usar aun cuando eran agraviados, y dijeron «perdónanos.» Teófilo los recibió de buen grado en su favor y los restituyó a la comunión; y la cuestión relativa a las injurias hechas a los monjes de Escete quedó terminada. Estoy convencido de que este asunto no se habría resuelto tan rápidamente si Dioscoro y Amonio hubieran estado presentes con los otros monjes. Pero Dioscoro había muerto algún tiempo antes y había sido sepultado en la iglesia dedicada a san Mocio, el mártir. También Amonio había enfermado en el preciso momento en que se hacían los preparativos para la convocación del concilio; y aunque insistió en trasladarse a «el Soto,» su mal se agravó mucho con ello: murió poco después del viaje, y tuvo un espléndido sepulcro entre los monjes de aquella vecindad, y allí yace. Teófilo, se dice, derramó lágrimas al saber su muerte, y declaró que, aunque había sido causa de mucha perplejidad, no se podía hallar un monje de carácter más excelso que Amonio. Debe admitirse, sin embargo, que la muerte de este monje contribuyó mucho a promover el éxito de los designios de Teófilo.
    Los miembros del concilio convocaron a todo el clero de Constantinopla a comparecer ante ellos, y amenazaron con deponer a quienes no obedecieran la citación. Citaron a Juan a comparecer y responder; asimismo a Serapión, a Tigrio, presbítero, y a Pablo, lector. Juan les informó, por medio de Demetrio, obispo de Pisino, y de algunos otros clérigos que eran amigos suyos, de que no rehuiría la investigación, sino que estaba dispuesto, si se le daban a conocer los nombres de sus acusadores y el asunto de las acusaciones, a justificar su proceder ante un concilio más numeroso; pues no quería ser considerado insensato y reconocer como jueces a sus enemigos manifiestos. Los obispos mostraron tanta indignación por la incomparecencia de Juan, que algunos de los clérigos que él había enviado al concilio se amedrentaron y no regresaron a él. Demetrio, y quienes preferían los intereses de Juan a toda otra consideración, abandonaron el concilio y volvieron a él. El mismo día, un correo y un taquígrafo fueron despachados desde el palacio para ordenar a Juan que acudiera a los obispos, y para instar a los obispos a decidir su causa sin más demora. Después de que Juan hubo sido citado cuatro veces, y de apelar a un concilio general, no pudo sustanciarse contra él otra acusación, salvo su negativa a obedecer la citación del concilio; y sobre este fundamento lo depusieron.
    Comentario editorial · «La Encina»: el sínodo que depuso a Crisóstomo
    Sozomeno cuenta que Teófilo de Alejandría, llegado a Constantinopla, se trasladó con los demás obispos a un lugar llamado «el Soto», en los suburbios de Calcedonia, que lleva ahora el nombre de Rufino; su título de capítulo lo llama Rufinianas. Wikipedia lo conoce como sínodo de la Encina (Drys): reunido en julio de 403 en una villa cercana a Constantinopla, presidido por Teófilo, con un gran número de acusaciones contra Crisóstomo, que se negó a reconocer a unos jueces que eran sus enemigos; fue depuesto, pero la emperatriz, asustada por un accidente en palacio, ordenó su regreso. Un segundo destierro sigue el 24 de junio de 404 (Wikipedia). El origen del conflicto, los monjes llamados «los Largos» perseguidos como origenistas por Teófilo, lo cuenta el propio Sozomeno en VIII, 11–14.

    Capítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede

    VIII, 18

    Al anochecer, el pueblo de Constantinopla tuvo conocimiento del decreto del concilio, y de inmediato se sublevó en sedición. Al amanecer corrieron a la iglesia y gritaron, entre otras muchas propuestas, que debía convocarse un concilio más numeroso para examinar el asunto; e impidieron a los oficiales que el emperador había enviado para conducir a Juan al destierro ejecutar el edicto. Juan, temiendo que se presentara contra él otra acusación, bajo el pretexto de que había desobedecido el mandato del emperador o de que había incitado una insurrección entre el pueblo, cuando la muchedumbre se dispersó, escapó secretamente de la iglesia al mediodía, tres días después de su deposición. Cuando el pueblo se dio cuenta de que había partido al exilio, la sedición se agravó, y se pronunciaron muchos discursos injuriosos contra el emperador y el concilio, y particularmente contra Teófilo y Severiano, a quienes se consideraba los instigadores de la trama. Severiano se hallaba enseñando en la iglesia en el preciso momento en que ocurrían estos sucesos; y aprovechó la ocasión para elogiar la deposición de Juan, y afirmó que, aun suponiéndolo inocente de otros crímenes, Juan merecía ser depuesto por su soberbia; porque, mientras Dios perdona de buen grado a los hombres todos los demás pecados, resiste a los soberbios. Ante este discurso, el pueblo se inquietó por la injusticia, renovó su ira y cayó en una revuelta incontenible. Corrieron a las iglesias, a las plazas e incluso al palacio del emperador, y con gritos y gemidos exigieron el regreso de Juan. La emperatriz, vencida al fin por su importunidad, persuadió a su esposo de ceder a los deseos del pueblo. Envió rápidamente a un eunuco llamado Briso, en quien confiaba, para traer de vuelta a Juan desde Preneto, ciudad de Bitinia; y protestó que no había tomado parte en las maquinaciones que se habían urdido contra él, sino que, por el contrario, siempre lo había respetado como sacerdote e iniciador de sus hijos.
    Cuando Juan, en su camino de regreso, llegó a los suburbios que pertenecían a la emperatriz, se detuvo cerca de Anaplo y se negó a entrar de nuevo en la ciudad hasta que la injusticia de su deposición fuera reconocida por un sínodo más numeroso de obispos; pero, como esta negativa tendía a aumentar la excitación popular y daba lugar a muchas declamaciones públicas contra el emperador y la emperatriz, se dejó persuadir de entrar en la ciudad. El pueblo salió a su encuentro cantando salmos compuestos para las circunstancias; muchos llevaban velas de cera encendidas. Lo condujeron a la iglesia; y, aunque él se resistía y repetía con frecuencia que quienes lo habían condenado debían primero reconsiderar su voto, lo obligaron a ocupar el trono episcopal y a dar la paz al pueblo según la costumbre de los sacerdotes. Pronunció entonces un discurso improvisado, en el que, con una agradable figura retórica, declaró que Teófilo había meditado un daño contra su iglesia, así como el rey de Egipto había contemplado la violación de Sara, esposa del patriarca Abraham, según se narra en los libros de los hebreos; luego pasó a encomiar el celo del pueblo y a ensalzar al emperador y a la emperatriz por su buena voluntad hacia él; movió al pueblo a grandes aplausos y aclamaciones para el emperador y su esposa, de modo que hubo de dejar el discurso a medio terminar.

    Capítulo 19. Obstinación de Teófilo. Enemistad entre los egipcios y los ciudadanos de Constantinopla. Huida de Teófilo. Nilamón el asceta. El sínodo acerca de Juan

    VIII, 19

    Aunque Teófilo habría deseado presentar una acusación contra Juan, con el pretexto de que se había reinstalado ilegalmente en su obispado, se abstuvo de hacerlo por temor a ofender al emperador, quien se había visto obligado a llamar de nuevo a Juan como medio para sofocar la insurrección popular. Sin embargo, Teófilo recibió una acusación contra Heráclides en ausencia del acusado, con la esperanza de autorizar así la sentencia de condena que se había dictado contra Juan. Pero los amigos de Heráclides intervinieron y declararon que era injusto, y contrario a las leyes eclesiásticas, condenar a un ausente. Teófilo y sus partidarios sostuvieron lo contrario: el pueblo de Alejandría y de Egipto se puso de su lado, y se le opusieron los ciudadanos de Constantinopla. La contienda entre los dos partidos llegó a ser tan vehemente que se derramó sangre; muchos resultaron heridos y otros muertos en la refriega. Severiano, y todos los obispos de Constantinopla que no apoyaban la causa de Juan, temieron por su seguridad personal y abandonaron apresuradamente la ciudad. Teófilo también huyó de la ciudad al comienzo del invierno y, en compañía del monje Isaac, zarpó hacia Alejandría. Se levantó un viento que empujó la nave a Gera, pequeña ciudad a unos cincuenta estadios de Pelusio. El obispo de esta ciudad murió, y los habitantes, según me han informado, eligieron a Nilamón para presidir su iglesia; era un hombre bueno y había alcanzado la cumbre de la filosofía monástica. Vivía fuera de la ciudad, en una celda cuya puerta estaba tapiada con piedras. Se negó a aceptar la dignidad del sacerdocio; por ello, Teófilo lo visitó personalmente para exhortarlo a recibir la ordenación de sus manos. Nilamón rechazó repetidamente el honor; pero, como Teófilo no admitía negativas, le dijo: «Mañana, padre mío, obrarás como te plazca; hoy es preciso que arregle mis asuntos.» Teófilo se presentó al día siguiente en la celda del monje y mandó abrir la puerta; pero Nilamón exclamó: «Entreguémonos primero a la oración.» Teófilo accedió y comenzó a orar. Nilamón oró asimismo dentro de su celda, y en el acto de orar expiró. Teófilo, y los que estaban con él fuera de la celda, nada supieron en aquel momento de lo ocurrido; pero, cuando había pasado la mayor parte del día y el nombre de Nilamón había sido repetido en voz alta sin que respondiera, se quitaron las piedras de la puerta y se halló muerto al monje. Lo honraron con una sepultura pública después de vestirlo con los ornamentos necesarios, y los habitantes edificaron una casa de oración junto a su tumba; y celebran el día de su muerte, de manera muy señalada, hasta hoy. Así murió Nilamón, si es que puede llamarse muerte abandonar esta vida por otra —antes que aceptar un obispado del que, con extraordinaria modestia, se consideraba indigno.
    Tras su regreso a Constantinopla, Juan parecía ser más amado que nunca por el pueblo. Sesenta obispos se reunieron en esa ciudad y anularon todos los decretos del concilio de «El Soto». Confirmaron a Juan en la posesión del obispado y dispusieron que oficiara como sacerdote, confiriera órdenes y desempeñara todos los deberes de la Iglesia que suelen corresponder al presidente. En este tiempo, Serapión fue nombrado obispo de Heraclea de Tracia.

    Capítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición

    VIII, 20

    No mucho después de estos sucesos, la estatua de plata de la emperatriz, que aún puede verse al sur de la iglesia, frente a la gran sala del concilio, fue colocada sobre una columna de pórfido en una alta plataforma, y el acontecimiento se celebró allí con aplausos y espectáculos populares de danzas y mimos, como era entonces costumbre en la erección de las estatuas de los emperadores. En un discurso público al pueblo, Juan afirmó que tales actos reflejaban deshonra para la Iglesia. Esta observación trajo a la memoria de la emperatriz agravios anteriores, y la irritó tan extremadamente por la injuria que decidió convocar otro concilio. Él no cedió, sino que añadió leña a su indignación al declamar aún más abiertamente contra ella en la iglesia; y fue en este tiempo cuando pronunció el memorable discurso que comienza con estas palabras: «De nuevo se enfurece Herodías; de nuevo danza; de nuevo busca tener la cabeza de Juan en una bandeja.»
    Poco después llegaron a Constantinopla varios obispos, y entre ellos Leocio, obispo de Ancira, y Acacio, obispo de Berea. Se acercaba entonces la fiesta de la Natividad de nuestro Señor, y el emperador, en lugar de acudir a la iglesia como de costumbre, envió a decir a Juan que no podía comulgar con él hasta que se hubiera exculpado de los cargos. Juan respondió enérgicamente que estaba dispuesto a probar su inocencia; y esto intimidó tanto a sus acusadores que no se atrevieron a proseguir con los cargos. Los jueces decidieron que, habiendo sido depuesto una vez, no debía admitírsele a un segundo juicio. Pero pidieron a Juan que se defendiera únicamente sobre este punto: que, después de haber sido depuesto, se había sentado en el trono episcopal antes de que un sínodo lo hubiera restablecido. En su defensa apeló a la decisión de los obispos que, con posterioridad al concilio de «El Soto», habían comulgado con él. Los jueces desestimaron este argumento, con el pretexto de que quienes habían comulgado con Juan eran inferiores en número a quienes lo habían depuesto, y de que estaba en vigor un canon por el cual quedaba condenado. Bajo este pretexto, por tanto, lo depusieron, aunque la ley en cuestión había sido promulgada por herejes; pues los arrianos, después de haberse valido de diversas calumnias para expulsar a Atanasio de la iglesia de Alejandría, promulgaron esta ley por temor a un cambio en los asuntos públicos, ya que se esforzaban por que las decisiones contra él quedaran sin investigar.
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