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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minDedicatoria y propuesta
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minLibro I
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. De los obispos de las grandes ciudades en el reinado de Constantino; y de cómo, por temor a Licinio, el cristianismo se profesaba con cautela en Oriente hasta Libia, mientras que en Occidente, gracias al favor de Constantino, se profesaba con libertad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8. Lista de los beneficios que Constantino otorgó para la libertad de los cristianos y la edificación de iglesias; y otras obras para el bienestar público
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Constantino promulga una ley en favor de los célibes y del clero
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 12. De la organización de los monjes: su origen y fundadores
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 14. Relato de San Amón y Eutiquio del Olimpo
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. Constantino, al enterarse de la contienda de los obispos y de la divergencia de opinión acerca de la Pascua, se turba en gran manera y envía a Osius, español, obispo de Córdoba, a Alejandría, para abolir la disensión entre los obispos y zanjar la controversia sobre la Pascua
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 4 minCapítulo 20. Tras haber dado audiencia a ambas partes, el emperador condenó a los seguidores de Arrio y los desterró
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 22. Acesio, obispo de los novacianos, es convocado por el emperador para estar presente en el Primer Concilio
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
  84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
  85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
  86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
  91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
  92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
  93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
  97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
  98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
  99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
  103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
  104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
  105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
  109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
  115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
  116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir

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    TEXTOS — SOZOMENO

    Índice de la obra

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    Historia eclesiástica

    Siglo V · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF (Hartranft)41 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 19 · Capítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a JulioPublicado el Actualizado el Ref. ESC-SOZ-01

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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 5. Refutación de la afirmación de que Constantino se hizo cristiano a consecuencia del asesinato de su hijo Crispo
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    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 18. Dos filósofos son convertidos a la fe por la simplicidad de dos ancianos con quienes sostienen una discusión
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    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 22. Acesio, obispo de los novacianos, es convocado por el emperador para estar presente en el Primer Concilio
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro II
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2. Acerca de Helena, la madre del emperador; visitó Jerusalén, edificó templos en aquella ciudad y realizó otras obras piadosas: su muerte
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 4. Lo que Constantino el Grande efectuó acerca de la encina de Mamré; también edificó un templo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 6. La razón por la cual, bajo Constantino, el nombre de Cristo se extendió por todo el mundo
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 8. Cómo los armenios y los persas abrazaron el cristianismo
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 10. Cristianos muertos por Sapor en Persia
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11. Pusices, superintendente de los artesanos de Sapor
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. El martirio del obispo Miles y su conducta. Dieciséis mil hombres distinguidos sufren martirio en Persia bajo Sapor, además de individuos oscuros
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 17. Sobre la muerte de Alejandro, obispo de Alejandría; por su sugerencia, Atanasio recibe el trono; y un relato de su juventud; cómo fue un sacerdote autodidacta y amado por Antonio el Grande
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sínodo de Antioquía; deposición injusta de Eustacio; Eufronio recibe el trono; Constantino el Grande escribe al sínodo y a Eusebio Pánfilo, quien rechaza el obispado de Antioquía
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 22. Las vanas maquinaciones de los arrianos y melitianos contra San Atanasio
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 24. Algunas naciones indias recibieron el cristianismo por aquel tiempo por medio de dos cautivos, Frumencio y Edesio
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 25. Concilio de Tiro; deposición ilegal de San Atanasio
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 26. Construcción de un templo por Constantino el Grande en el Gólgota, en Jerusalén; su dedicación
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 28. Carta del emperador Constantino al Sínodo de Tiro y destierro de San Atanasio por maquinación de la facción arriana
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 30. Relato dado por el gran Atanasio sobre la muerte de Arrio
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 33. Marcelo, obispo de Ancira; su herejía y deposición
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 2. Regreso de Atanasio el Grande desde Roma; carta de Constantino César, hijo de Constantino el Grande; renovadas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio; Acacio de Berea; guerra entre Constante y Constantino
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 5. El concilio parcial de Antioquía; depuso a Atanasio; puso a Gregorio en su lugar; sus dos declaraciones de fe; los que estuvieron de acuerdo con ellas
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCapítulo 7. Pontífices de Roma y de Constantinopla; restauración de Pablo después de Eusebio; la matanza de Hermógenes, general del ejército; Constancio vino de Antioquía y expulsó a Pablo, y se mostró airado contra la ciudad; dejó a Macedonio en la incertidumbre y regresó a Antioquía
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sucesos de aquel período y progreso de la doctrina cristiana mediante los esfuerzos conjuntos de emperadores y sumos sacerdotes
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20. Atanasio restablecido de nuevo por carta de Constancio, y recibe su sede. Los archipresbíteros de Antioquía. Pregunta formulada por Constancio a Atanasio. La alabanza de Dios en himnos
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22. Epístola escrita por el Sínodo de Jerusalén en favor de Atanasio
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 2. Constancio expulsa de nuevo a Atanasio y destierra a quienes representaban la doctrina homoousiana. Muerte de Pablo, obispo de Constantinopla. Macedonio: su segunda usurpación de la sede y sus malas acciones
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 7. Muerte de los tiranos Magnencio y Silvano el Apóstata. Sedición de los judíos en Palestina. Galo César es asesinado, bajo sospecha de revolución
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 10. Diversas maquinaciones de los arrianos contra Atanasio, y su escape de diversos peligros por la divina interposición. Malvadas acciones perpetradas por Jorge en Egipto tras la expulsión de Atanasio
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 12. Eecio, el sirio, y Eudoxio, sucesor de Leocio en Antioquía. Acerca del término «consustancial»
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 15. El emperador Constancio se dirige a Sirmio, llama a Liberio y lo restituye a la iglesia de Roma; ordena asimismo que Félix asista a Liberio en el oficio sacerdotal
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 17. Actas del Concilio de Ariminum
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre los diputados del concilio y la carta del emperador; el acuerdo posterior de los partidarios de Ursacio y Valente con la carta presentada; el destierro de los arzobispos. Sobre el sínodo de Nicea y la razón por la cual el sínodo se celebró en Ariminum
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 11 minCapítulo 21. Actuaciones de Macedonio en Mantinio. Su destitución de su sede cuando intentó trasladar el féretro de Constantino el Grande. Juliano fue proclamado César
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 1 minCapítulo 22. Concilio de Seleucia
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 23. Acacio y Eecio; y cómo los diputados de los dos concilios de Arimino y de Seleucia fueron inducidos por el emperador a aceptar las mismas doctrinas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 25. Causas de la deposición de Cirilo, obispo de Jerusalén. Disensiones mutuas entre los obispos. Melecio es ordenado por los arrianos y suplanta a Eustacio en el obispado de Sebaste
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 28. Los arrianos, bajo la impresión de que el divino Melecio sostenía sus sentimientos, lo trasladan de Sebaste a Antioquía. Ante su valiente confesión de las doctrinas ortodoxas, quedaron confundidos, y después de haberlo depuesto colocaron a Euzoio en la sede. Melecio formó su propia iglesia; pero los que mantenían la consustancialidad se apartaron de él porque había sido ordenado por arrianos
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 11 minCapítulo 30. Jorge, obispo de Antioquía, y los sumos sacerdotes de Jerusalén. Tres sumos sacerdotes suceden sucesivamente a Cirilo; restauración de Cirilo en la sede de Jerusalén
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 3. Juliano, una vez establecido en el Imperio, comenzó silenciosamente a suscitar oposición al cristianismo y a introducir el paganismo con astucia
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 3 minCapítulo 4. Juliano causó males a los habitantes de Cesarea. Audaz fidelidad de Maris, obispo de Calcedonia
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juliano restituye la libertad a los cristianos para suscitar nuevas turbaciones en la Iglesia. Los malos tratos que urdió contra los cristianos
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 7.— Muerte violenta y triunfo de Jorge, obispo de Alejandría. Resultado de ciertos sucesos en el templo de Mitra. Carta de Juliano sobre esta circunstancia agravante
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 8 minCapítulo 10. Acerca de San Hilarión y de las vírgenes de Heliópolis que fueron destruidas por cerdos. Extraño martirio de Marcos, obispo de Aretusa
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 12. Acerca de Lucífero y Eusebio, obispos de Occidente. Eusebio, con Atanasio el Grande y otros obispos, reúne un concilio en Alejandría y confirma la fe nicena al definir la consubstancialidad del Espíritu con el Padre y el Hijo. Su decreto sobre la sustancia y la hipóstasis
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. Atanasio es desterrado de nuevo; acerca de Eleusio, obispo de Cícico, y Tito, obispo de Bostra; mención de los antepasados del autor
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 16. Esfuerzos de Juliano para establecer el paganismo y abolir nuestras costumbres. La epístola que envió a los sumos sacerdotes paganos
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 17. Para que no se le tuviera por tiránico, Juliano procede con artificio contra los cristianos. Abolición del signo de la cruz. Hace sacrificar a los soldados, aunque de mala gana
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 18. Prohibió a los cristianos los mercados, los asientos judiciales y la participación en la educación griega. Resistencia de Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Apolinario a este decreto. Traducen rápidamente la Escritura a los modos de expresión griegos. Apolinario y Gregorio Nacianceno hacen esto más que Basilio, aquel en vena retórica, el otro en estilo épico e imitación de todo poeta
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 20. A consecuencia del traslado, muchos de los cristianos son maltratados. Teodoro el Confesor. Templo de Apolo en Dafne destruido por el fuego caído del cielo
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 22. De cómo, por aversión a los cristianos, Juliano concedió permiso a los judíos para reedificar el templo de Jerusalén; en todo intento de poner manos a la obra, brotó fuego de lo alto y mató a muchos. Sobre el signo de la cruz que apareció en las vestiduras de quienes se habían afanado en esta obra
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VI
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 2. Pereció bajo la ira divina. Visiones de la muerte del emperador vistas por diversas personas. Respuesta del Hijo del Carpintero; Juliano lanzó su sangre al aire hacia Cristo. Calamidades que Juliano acarreó a los romanos
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 3. El reinado de Joviano; introdujo muchas leyes que aplicó en su gobierno
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 4 minCapítulo 6. Muerte de Joviano; vida de Valentiniano y su confianza en Dios; cómo fue elevado al trono y eligió a su hermano Valente para reinar con él; las diferencias de ambos
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 7. Nuevas turbaciones surgen en las iglesias, y se celebra el sínodo de Lámpsaco. Los arrianos que apoyaban a Eudoxio prevalecen y expulsan de las iglesias a los ortodoxos. Entre los expulsados está Melecio de Antioquía
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sufrimientos de quienes mantenían la fe de Nicea. Agelio, el jefe de los novatianos
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 12. Concilios de Sicilia y de Tiana. El sínodo que se esperaba celebrar en Cilicia es disuelto por Valente. La persecución en ese tiempo. Atanasio el Grande huye de nuevo y permanece oculto; por carta de Valente reaparece y gobierna las iglesias en Egipto
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 8 minCapítulo 13. Demófilo, arriano, fue nombrado obispo de Constantinopla tras Eudoxio. Los piadosos eligen a Evagrio. Relato de la persecución que siguió
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 17. Amistad de Basilio y de Gregorio, el Teólogo; siendo pares en sabiduría, defienden las doctrinas de Nicea
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 20. Persecución de los monjes egipcios y de los discípulos de San Antonio. Fueron encerrados en cierta isla a causa de su ortodoxia; los milagros que obraron
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 22. En aquel tiempo se agitó la doctrina del Espíritu Santo, y se decidió que ha de considerársele consustancial con el Padre y el Hijo
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 24. Sobre san Ambrosio y su elevación al sumo sacerdocio; cómo persuadió al pueblo a practicar la piedad. Los novatianos de Frigia y la Pascua
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 26. Eunomio y su maestro Eecio, sus asuntos y doctrinas. Fueron los primeros en proponer una sola inmersión para el bautismo
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 27. Relación dada por Gregorio el Teólogo, acerca de Apolinario y Eunomio, en una carta a Nectario. Su herejía se distinguió por la filosofía de los monjes que vivían entonces, pues la herejía de estos dos se extendió por casi todo el Oriente
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 11 minCapítulo 29. Acerca de los monjes de la Tebaida: Apolos, Doroteo; acerca de Piamón, Juan, Marcos, Macario, Apolodoro, Moisés, Pablo, que estaba en Ferma, Pacón, Esteban y Pior
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 30. Monjes de Escete: Orígenes, Dídimo, Cronión, Orsisio, Putubato, Arsión, Serapión, Amón, Eusebio y Dióscoro, los hermanos llamados Longos, y Evagrio el Filósofo
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 4 minCapítulo 32. Monjes de Palestina: Hesicas, Epifanio, que después estuvo en Chipre, Amonio y Silvano
    84. Sesión 84 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 34. Monjes de Edesa: Juliano, Efrén el Sirio, Barso y Eulogio; además, los monjes de Celesiria: Valentino, Teodoro, Merosas, Baso, Basonio; y los santos varones de Galacia y Capadocia, y de otros lugares; por qué aquellos santos fueron hasta hace poco longevos
    85. Sesión 85 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 36. Expedición contra los sármatas; muerte de Valentiniano en Roma; proclamación de Valentiniano el Joven; persecución de los sacerdotes; discurso del filósofo Temistio, a causa del cual Valente se dispuso a tratar con más humanidad a quienes diferían de él
    86. Sesión 86 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 38. Acerca de Mania, filarca de los sarracenos. Cuando se rompió el tratado con los romanos, Moisés, su obispo, que había sido ordenado por los cristianos, lo renovó. Relato acerca de los ismaelitas y los sarracenos, y de sus bienes; y de cómo comenzaron a ser cristianizados por medio de Zocomo, su filarca
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 39. Pedro, habiendo regresado de Roma, recupera las iglesias de Egipto, después de que Lucio cediera; expedición de Valente al Occidente contra los escitas
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 3. Sobre san Melecio y Paulino, obispo de Antioquía. Su juramento respecto a la sede episcopal
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 6. Acerca de los arrianos; y, además, el éxito de Eunomio. Audacia de San Anfiloquio ante el emperador
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 8. Elección de Nectario para la sede de Constantinopla; su lugar de nacimiento y educación
    91. Sesión 91 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Decretos del Segundo Concilio General. Máximo, el filósofo cínico
    92. Sesión 92 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Proyecto de Teodosio para unificar todas las herejías. Las proposiciones hechas por Agelio y Sisinio, los novatianos. En otro sínodo, el emperador recibió solo a quienes representaban la consubstancialidad; a quienes sostenían una opinión diferente los expulsó de las iglesias
    93. Sesión 93 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 14. Nacimiento de Honorio. Teodosio deja a Arcadio en Constantinopla y se dirige a Italia. Sucesión de los novatianos y de otros patriarcas. Audacia de los arrianos. Teodosio, tras destruir al tirano, celebra un magnífico triunfo en Roma
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera, y por qué causa, fueron abolidas las funciones del presbítero designado para presidir la imposición de la penitencia. Disertación sobre el modo de imponer la penitencia
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 18. Otra herejía, la de los sabatianos, es originada por los novatianos. Su sínodo en Sangaro. Relación más detallada de la fiesta de Pascua
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 19. Lista digna de estudio, dada por el historiador, de las costumbres entre diferentes naciones e iglesias
    97. Sesión 97 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 21. Descubrimiento de la venerada cabeza del Precursor de nuestro Señor, y los sucesos relacionados con ella
    98. Sesión 98 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 23. Exacción de tributo en Antioquía y demolición de las estatuas del emperador. Embajada encabezada por Flaviano, el sumo sacerdote
    99. Sesión 99 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 26. San Donato, obispo de Eurœa, y Teótimo, sumo sacerdote de Escitia
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 28. Acacio, obispo de Berea, Zenón y Áyax, varones distinguidos y renombrados por su virtud
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 2. Educación, formación, conducta y sabiduría del gran Juan Crisóstomo; su promoción a la sede; Teófilo, obispo de Alejandría, se convierte en su opositor declarado
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 3. Rápida promoción de Juan al obispado, y más vehemente combate con sus asuntos. Restablece la disciplina en las iglesias en todas partes. Enviando una embajada a Roma, abolió la hostilidad hacia Flaviano
    103. Sesión 103 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 5. Juan movía al pueblo con sus enseñanzas. Acerca de la mujer, seguidora de Macedonio, por causa de la cual el pan se convirtió en piedra
    104. Sesión 104 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 7. Acerca de Eutropio, jefe de los eunucos, y de la ley promulgada por él. Al ser apartado de la Iglesia, fue condenado a muerte. Murmuraciones contra Juan
    105. Sesión 105 · Parte 17 · ≈ 8 minCapítulo 10. Severiano, obispo de Gabales, y Antíoco, obispo de Tolemaida. Disputa entre Serapión y Severiano. Reconciliación entre ellos efectuada por la emperatriz
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 13. Estos cuatro acuden a Juan por su interés; por esta razón, Teófilo se enfureció y se dispone a luchar contra Juan
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 15. El hijo de la emperatriz y San Epifanio. Conferencia entre los «hermanos Longos» y Epifanio, y su reembarco hacia Chipre. Epifanio y Juan
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 18. Sedición del pueblo contra Teófilo; y difamaron a sus gobernantes. Juan fue llamado de nuevo y volvió a la sede
    109. Sesión 109 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo 20. La estatua de la emperatriz; lo que allí sucedió; la enseñanza de Juan; convocación de otro sínodo contra Juan; su deposición
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 21. Calamidades sufridas por el pueblo tras la expulsión de Juan. Las conjuras de asesinato contra él
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 8 minCapítulo 23. Arsacio es elegido para suceder a Juan. Los males causados contra los seguidores de Juan. Santa Nicareta
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 25. Puesto que estos males existían en la Iglesia, también los asuntos seculares cayeron en desorden. Los asuntos de Estilicón, el general de Honorio
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 4 minCapítulo 27. Los terribles sucesos que resultaron del trato dado a Juan. Muerte de la emperatriz Eudoxia. Muerte de Arsacio. Y además, sobre Ático, el patriarca, su lugar de nacimiento y su carácter
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 10 minLibro IX
    115. Sesión 115 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 3. Las virtudes de Pulqueria; sus hermanas
    116. Sesión 116 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 6. Alarico el godo. Asaltó Roma y la estrechó con la guerra
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minCapítulo 9. El disturbio que los griegos y cristianos tuvieron acerca de Atalo. El valiente Saros; Alarico, mediante un estratagema, obtiene posesión de Roma, y protegió el sagrado asilo del apóstol Pedro
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 13. Acerca de Geroncio, Máximo y las tropas de Honorio. Captura de Geroncio y de su esposa; su muerte
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 17. Descubrimiento de las reliquias del profeta Zacarías y de Esteban, el protomártir

    Capítulo 8. Llegada de los pontífices orientales a Roma; carta de Julio, obispo de Roma, acerca de ellos; por medio de las cartas de Julio, Pablo y Atanasio reciben sus propias sedes; contenido de la carta de los sumos sacerdotes de Oriente a Julio

    III, 8

    [Atanasio,] al salir de Alejandría, había huido a Roma. Pablo, obispo de Constantinopla, Marcelo, obispo de Ancira, y Asclepas, obispo de Gaza, se dirigieron allí al mismo tiempo. Asclepas, que se oponía a los arrianos y por ello había sido depuesto, después de haber sido acusado por algunos heterodoxos de haber derribado un altar; Quintiano había sido nombrado en su lugar para la Iglesia de Gaza. Lucio también, obispo de Adrianópolis, que había sido depuesto de la iglesia que estaba a su cargo por otra acusación, moraba en ese período en Roma. El obispo de Roma, al conocer la acusación contra cada individuo y al hallar que sostenían los mismos sentimientos acerca de los dogmas nicenos, los admitió a la comunión como de semejante ortodoxia; y como el cuidado de todos convenía a la dignidad de su sede, los restituyó a todos a sus propias iglesias. Escribió a los obispos de Oriente y los reprendió por haber juzgado injustamente a estos obispos y por hostigar a las iglesias al abandonar las doctrinas nicenas. Convocó a algunos de ellos a comparecer ante él en un día señalado, a fin de darle cuenta de la sentencia que habían dictado, y amenazó con no tolerarlos más si no cesaban de introducir innovaciones. Este era el tenor de sus cartas. Atanasio y Pablo fueron restablecidos en sus respectivas sedes y remitieron la carta de Julio a los obispos de Oriente. Los obispos apenas pudieron soportar tales documentos, y se reunieron en Antioquía y redactaron una respuesta a Julio, bellamente expresada y compuesta con gran habilidad jurídica, aunque llena de considerable ironía y pródiga en las más fuertes amenazas. Confesaron en esta epístola que la Iglesia de Roma tenía derecho al honor universal, porque era la escuela de los apóstoles y se había convertido en la metrópoli de la piedad desde el principio, aunque los introductores de la doctrina se habían establecido allí desde Oriente. Añadieron que no se les debía asignar el segundo lugar en cuanto al honor, porque no tenían la ventaja del tamaño o del número en sus iglesias; pues superaban a los romanos en virtud y determinación. Pidieron cuentas a Julio por haber admitido a los partidarios de Atanasio en la comunión, y expresaron su indignación contra él por haber insultado su sínodo y abrogado sus decretos, y atacaron sus actuaciones como injustas y discordantes con el derecho eclesiástico. Después de estas censuras y protestas contra tales agravios, pasaron a declarar que, si Julio reconocía la deposición de los obispos a quienes ellos habían expulsado y la sustitución de aquellos a quienes habían ordenado en su lugar, prometerían paz y comunión; pero que, si no accedía a estos términos, declararían abiertamente su oposición. Añadieron que los sacerdotes que los habían precedido en el gobierno de las iglesias orientales no habían ofrecido oposición alguna a la deposición de Novaciano por parte de la Iglesia de Roma. No hicieron en su carta alusión alguna a las desviaciones que habían manifestado respecto de las doctrinas del concilio de Nicea, sino que simplemente afirmaron que tenían diversas razones que alegar en justificación de la conducta que habían seguido, y que consideraban innecesario entrar en ese momento en defensa alguna de su proceder, puesto que se sospechaba que habían violado la justicia en todos los aspectos.

    Capítulo 9. Expulsión de Pablo y Atanasio; Macedonio es investido con el gobierno de la Iglesia de Constantinopla

    III, 9

    Después de haber escrito en este tono a Julio, los obispos de Oriente presentaron acusaciones contra aquellos a quienes habían depuesto ante el emperador Constancio. En consecuencia, el emperador, que se hallaba entonces en Antioquía, escribió a Filipo, prefecto de Constantinopla, ordenándole entregar la Iglesia a Macedonio y expulsar a Pablo de la ciudad. El prefecto temía la conmoción entre el pueblo, y antes de que la orden del emperador pudiera divulgarse, se dirigió al baño público llamado Zeuxipo, estructura conspicua y grande, y convocó a Pablo, como si deseara conversar con él sobre algunos asuntos de interés general; tan pronto como llegó, le mostró el edicto del emperador. Pablo fue, conforme a las órdenes, conducido secretamente a través del palacio contiguo al baño hasta la orilla del mar, y embarcado en una nave y enviado a Tesalónica, de donde, se dice, procedían originalmente sus antepasados. Se le prohibió estrictamente acercarse a las regiones orientales, pero no se le vedó visitar Iliria y las provincias más remotas.
    Al salir de la sala del tribunal, Filipo, acompañado por Macedonio, se dirigió a la iglesia. El pueblo, que entre tanto se había ido reuniendo en número incontable, llenó rápidamente la iglesia, y los dos partidos en que estaba dividido, a saber, los partidarios de la herejía arriana y los seguidores de Pablo respectivamente, se esforzaron por apoderarse del edificio. Cuando el prefecto y Macedonio llegaron a las puertas de la iglesia, los soldados se esforzaron por hacer retroceder al pueblo para abrir paso a estos dignatarios, pero, como estaban tan apiñados, les era imposible retroceder, pues estaban estrechamente apretados hasta el punto más lejano, o abrir paso; los soldados, en la creencia de que la multitud no quería retirarse, mataron a muchos con sus espadas, y un gran número murió pisoteado. El edicto del emperador se cumplió así, y Macedonio recibió las iglesias, mientras Pablo era expulsado inesperadamente de la Iglesia en Constantinopla.
    Atanasio, entre tanto, había huido y se ocultaba, temiendo la amenaza del emperador Constancio, pues este lo había amenazado con castigarlo con la muerte; porque los heterodoxos habían hecho creer al emperador que era persona sediciosa y que, a su regreso al obispado, había ocasionado la muerte de varias personas. Pero la ira del emperador se había excitado principalmente por la representación de que Atanasio había vendido las provisiones que el emperador Constantino había otorgado a los pobres de Alejandría y se había apropiado del precio.

    Capítulo 10. El obispo de Roma escribe a los obispos de Oriente en favor de Atanasio, y ellos envían una embajada a Roma que, con el obispo de Roma, ha de investigar las acusaciones contra los obispos orientales; esta delegación es despedida por Constante, el César

    III, 10

    Los obispos de Egipto, habiendo enviado una declaración por escrito de que estas alegaciones eran falsas, y habiendo sido informado Julio de que Atanasio distaba mucho de estar seguro en Egipto, lo mandó llamar a su propia ciudad. Al mismo tiempo respondió a la carta de los obispos que estaban reunidos en Antioquía, pues justo entonces había recibido su epístola, y los acusó de haber introducido clandestinamente innovaciones contrarias a los dogmas del concilio niceno y de haber violado las leyes de la Iglesia al descuidar invitarlo a unirse a su sínodo; pues alegó que existe un canon sacerdotal que declara que todo lo que se actúa en contra del juicio del obispo de Roma es nulo. También les reprochó haberse apartado de la justicia en todos sus procedimientos contra Atanasio, tanto en Tiro como en Mareotis, y afirmó que los decretos promulgados en la primera ciudad habían sido anulados a causa de la calumnia relativa a la mano de Arsenio, y en la segunda ciudad, a causa de la ausencia de Atanasio. Por último, reprendió el estilo arrogante de su epístola.
    Julio fue inducido por todas estas razones a emprender la defensa de Atanasio y de Pablo: este último había llegado a Italia no mucho antes y había lamentado amargamente estas calamidades. Cuando Julio percibió que lo que había escrito a quienes ostentaban la dignidad sacerdotal en Oriente no surtía efecto alguno, puso el asunto en conocimiento del emperador Constante. En consecuencia, Constante escribió a su hermano Constancio, pidiéndole que enviara a algunos de los obispos de Oriente para que explicaran la razón de los edictos de deposición que habían dictado. Se eligieron tres obispos con este propósito; a saber, Narciso, obispo de Irenópolis, en Cilicia; Teodoro, obispo de Heraclea, en Tracia; y Marcos, obispo de Aretusa, en Siria. A su llegada a Italia, se esforzaron por justificar sus acciones y persuadir al emperador de que la sentencia dictada por el sínodo oriental era justa. Al exigírseles que presentaran una declaración de su fe, ocultaron la fórmula que habían redactado en Antioquía y presentaron otra confesión escrita que era igualmente contraria a las doctrinas aprobadas en Nicea. Constante percibió que habían atrapado injustamente tanto a Pablo como a Atanasio, y que los habían expulsado de la comunión, no por acusaciones contra su conducta, como sostenían las deposiciones, sino simplemente por diferencias doctrinales; y en consecuencia despidió a la delegación sin dar crédito alguno a las representaciones para las cuales habían venido.

    Capítulo 11. El formulario largo y los decretos promulgados por el sínodo de Sárdica. Julio, obispo de Roma, y Osius, obispo español, depuestos por los obispos de Oriente, porque mantenían la comunión con Atanasio y los demás

    III, 11

    Tres años después, los obispos de Oriente enviaron a los de Occidente una fórmula de fe, que, por haber sido redactada con palabras y pensamientos que excedían a toda confesión anterior, fue llamada [μακρόστιχος ἔκθεσις]. En esta fórmula no mencionaban la sustancia de Dios, pero se excomulga a quienes sostienen que el Hijo surgió de lo que no tenía existencia previa, o que es de otra hipóstasis y no de Dios, o que hubo un tiempo o una edad en que no existió. Eudoxio, que era todavía obispo de Germanicia, Martirio y Macedonio llevaron este documento, pero los sacerdotes occidentales no lo aceptaron; pues declararon sentirse plenamente satisfechos con las doctrinas establecidas en Nicea y consideraban del todo innecesario ser tan curiosos acerca de tales puntos.
    Después de que el emperador Constante hubiese pedido a su hermano que restituyese a los partidarios de Atanasio en sus sedes, y de que su solicitud resultara inútil a causa de la influencia contraria de quienes abrazaban una herejía hostil; y cuando, además, el partido de Atanasio y Pablo rogó a Constante que convocara un sínodo a causa de las maquinaciones para abolir las doctrinas ortodoxas, ambos emperadores fueron de la opinión de que los obispos de Oriente y de Occidente se reunieran en un día determinado en Sárdica, ciudad de Iliria. Los obispos de Oriente, que ya antes se habían reunido en Filipópolis, ciudad de Tracia, escribieron a los obispos de Occidente, que ya estaban reunidos en Sárdica, que no se unirían a ellos, a menos que expulsaran de su asamblea y de la comunión con ellos a los partidarios de Atanasio, por haber sido depuestos. Después fueron a Sárdica, pero declararon que no entrarían en la iglesia mientras se admitiera allí a quienes ellos habían depuesto. Los obispos de Occidente respondieron que nunca los habían expulsado, y que no cederían ahora en esto, especialmente porque Julio, obispo de Roma, después de haber investigado el caso, no los había condenado, y que, además, estaban presentes y dispuestos a justificarse y a refutar de nuevo las ofensas que se les imputaban. Estas declaraciones, sin embargo, no sirvieron de nada; y como el tiempo que habían fijado para resolver sus diferencias, para lo cual se habían convocado, había expirado, finalmente se escribieron cartas unos a otros sobre estos puntos, y por ellas se vieron llevados a un aumento de su enemistad anterior. Y después de haberse reunido por separado, presentaron decisiones opuestas; pues los obispos orientales confirmaron las sentencias que ya habían promulgado contra Atanasio, Pablo, Marcelo y Asclepas, y depusieron a Julio, obispo de Roma, porque había sido el primero en admitir en la comunión a los condenados por ellos; y Osius, el confesor, fue depuesto también, en parte por la misma razón y en parte porque era amigo de Paulino y Eustatio, los dirigentes de la iglesia de Antioquía. Máximo, obispo de Tréveris, fue depuesto, porque había estado entre los primeros que recibieron a Pablo en la comunión, y había sido la causa de su regreso a Constantinopla, y porque había excluido de la comunión a los obispos orientales que se habían dirigido a la Galia. Además de los anteriores, depusieron asimismo a Protógenes, obispo de Sárdica, y a Gaudencio; el uno porque favorecía a Marcelo, aunque antes lo había condenado, y el otro porque había adoptado una conducta distinta de la de su predecesor Ciriaco, y había apoyado a muchos individuos entonces depuestos por ellos. Después de dictar estas sentencias, dieron a conocer a los obispos de todas las regiones que no debían mantener comunión con los depuestos, y que no debían escribirles ni recibir cartas suyas. Asimismo les ordenaron creer lo que se decía acerca de Dios en la fórmula que adjuntaban a su carta, y en la cual no se hacía mención del término «consustancial,» pero en la cual se excomulgaba a los que decían que hay tres dioses, o que Cristo no es Dios, o que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son lo mismo, o que el Hijo es ingénito, o que hubo un tiempo o una edad en que no existió.

    Capítulo 12. Los obispos del partido de Julio y Osius celebraron otra sesión y depusieron a los altos sacerdotes orientales, y también redactaron una fórmula de fe

    III, 12

    Los partidarios de Osius, entretanto, se reunieron y los declararon inocentes: a Atanasio, porque contra él se habían urdido maquinaciones injustas por parte de los que se habían reunido en Tiro; a Marcelo, porque no sostenía las opiniones de que se le acusaba; a Asclepas, porque había sido restablecido en su diócesis por el voto de Eusebio Pánfilo y de muchos otros jueces; que esto era verdad lo probaba con las actas del juicio; y, por último, a Lucio, porque sus acusadores habían huido. Escribieron a las parroquias de cada uno de los absueltos, ordenándoles recibir y reconocer a sus obispos. Declararon que Gregorio no había sido nombrado por ellos obispo de Alejandría; ni Basilio, obispo de Ancira; ni Quintiano, obispo de Gaza; y que no habían recibido a estos hombres en la comunión, y ni siquiera los tenían por cristianos. Depusieron del episcopado a Teodoro, obispo de Tracia; Narciso, obispo de Irenópolis; Acacio, obispo de Cesarea, en Palestina; Menofanto, obispo de Éfeso; Ursacio, obispo de Singiduno en Mesia; Valente, obispo de Mursia en Panonia; y Jorge, obispo de Laodicea, aunque este último no había asistido al sínodo con los obispos orientales. Expulsaron del sacerdocio y de la comunión a los individuos arriba nombrados, porque separaban al Hijo de la sustancia del Padre, y habían recibido a quienes anteriormente habían sido depuestos por sostener la herejía arriana y, además, los habían promovido a los más altos oficios en el servicio de Dios. Después de haberlos separado por estas perversiones y decretado que eran ajenos a la Iglesia Católica, escribieron luego a los obispos de todas las naciones, ordenándoles confirmar estos decretos y estar de una misma mente con ellos en cuestiones doctrinales. Asimismo compilaron otro documento de fe, que era más copioso que el de Nicea, aunque se conservaba cuidadosamente el mismo pensamiento y muy poco cambio se hacía en las palabras de aquel instrumento. Osius y Protógenes, que ocupaban el primer rango entre los obispos occidentales reunidos en Sárdica, temiendo tal vez que se sospechara que introducían innovaciones en las doctrinas del concilio niceno, escribieron a Julio, y testificaron que estaban firmemente adheridos a estas doctrinas, pero que, obligados por la necesidad de perspicuidad, habían tenido que desarrollar el pensamiento idéntico, a fin de que los arrianos no se aprovecharan de la brevedad del documento para arrastrar a los no versados en dialéctica a algún absurdo. Cuando lo que he relatado se hubo realizado por cada parte, la conferencia se disolvió, y los miembros regresaron a sus respectivas casas. Este sínodo se celebró durante el consulado de Rufino y Eusebio, unos once años después de la muerte de Constantino. Hubo alrededor de trescientos obispos de ciudades de Occidente, y más de setenta y seis obispos orientales, entre los cuales estaba Isquirión, que había sido nombrado obispo de Mareotis por los enemigos de Atanasio.

    Capítulo 13. Después del sínodo, Oriente y Occidente se separan; Occidente se adhiere noblemente a la fe del concilio de Nicea, mientras Oriente se ve perturbado por disputas aquí y allá sobre este dogma

    III, 13

    Después de este sínodo, las iglesias orientales y occidentales dejaron de mantener el trato que suele existir entre gentes de la misma fe, y se abstuvieron de tener comunión entre sí. Los cristianos de Occidente se separaron de todos hasta Tracia; los de Oriente, hasta Iliria. Este estado dividido de las iglesias se mezcló, como era de suponer, con opiniones discrepantes y calumnias. Aunque antes habían diferido en cuestiones doctrinales, el mal no había alcanzado gran altura, pues todavía mantenían comunión entre sí y solían tener sentimientos afines. La Iglesia en todo el Occidente en su totalidad se regulaba por las doctrinas de los Padres, y se mantenía alejada de todas las disputas y sutilezas acerca del dogma. Aunque Auxencio, que había llegado a ser obispo de Milán, y Valente y Ursacio, obispos de Panonia, habían intentado llevar a aquella parte del imperio a las doctrinas arrianas, sus esfuerzos habían sido cuidadosamente anticipados por el presidente de la sede romana y los demás sacerdotes, que cortaron de raíz las semillas de tan perturbadora herejía. En cuanto a la Iglesia oriental, aunque había estado atormentada por la disensión desde el tiempo del concilio de Antioquía, y aunque ya había diferido abiertamente de la forma de fe nicena, creo que es cierto que la opinión de la mayoría se unía en el mismo pensamiento, y confesaba que el Hijo era de la sustancia del Padre. Hubo algunos, sin embargo, que eran aficionados a la disputa y combatían contra el término «consustancial»; pues quienes se habían opuesto a la palabra al principio pensaban, según infiero, y como sucede a la mayoría, que sería una deshonra aparecer como vencidos. Otros fueron finalmente convencidos de la verdad de las doctrinas acerca de Dios por el hábito de la frecuente discusión sobre estos temas, y desde entonces continuaron firmemente adheridos a ellas. Otros, a su vez, conscientes de que no debían surgir disputas, se inclinaban hacia lo que resultaba grato a cada uno de los bandos, a causa de la influencia de la amistad o movidos por las varias causas que a menudo inducen a los hombres a abrazar lo que deberían rechazar y a actuar sin firmeza en circunstancias que exigen una convicción profunda. Muchos otros, considerando absurdo consumir su tiempo en altercados sobre palabras, adoptaron tranquilamente los sentimientos inculcados por el concilio de Nicea. Pablo, obispo de Constantinopla, Atanasio, obispo de Alejandría, la entera multitud de monjes, Antonio el Grande, que aún sobrevivía, sus discípulos y un gran número de egipcios y de otros lugares del territorio romano mantuvieron firme y abiertamente las doctrinas del concilio niceno en las demás regiones de Oriente. Como me he visto llevado a aludir a los monjes, mencionaré brevemente a los que florecieron durante el reinado de Constancio.

    Capítulo 14. De los santos varones que florecieron por este tiempo en Egipto, a saber: Antonio, los dos Macarios, Heraclio, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión, Piturión, Pacomio, Apolonio, Anuf, Hilarión, y una lista de muchos otros santos

    III, 14

    Comenzaré mi relato por Egipto y por los dos hombres llamados Macario, que fueron los célebres jefes de Escete y de la montaña vecina; el uno era natural de Egipto; el otro era llamado Politicus, porque era ciudadano y de origen alejandrino. Ambos estaban tan maravillosamente dotados de ciencia divina y de filosofía, que los demonios los miraban con terror, y realizaron muchas obras extraordinarias y curaciones milagrosas. El egipcio, según cuenta la historia, devolvió la vida a un muerto, para convencer a un hereje de la verdad de la resurrección de los muertos. Vivió unos noventa años, sesenta de los cuales pasó en los desiertos. Cuando en su juventud comenzó el estudio de la filosofía, progresó tan rápidamente, que los monjes le dieron el sobrenombre de «niño viejo,» y a la edad de cuarenta fue ordenado presbítero. El otro Macario llegó a ser presbítero en un período más tardío de su vida; era diestro en todos los ejercicios del ascetismo, algunos de los cuales ideó él mismo, y llevó a feliz término en todas sus formas los detalles que oía entre otros ascetas, de modo que, al resecársele completamente la piel, los pelos de su barba dejaron de crecer. Pambo, Heraclides, Cronio, Pafnucio, Putubasto, Arsisio, Serapión el Grande, Piturión, que habitaba cerca de Tebas, y Pacomio, el fundador de los monjes llamados tabenienses, florecieron en el mismo lugar y período. El atuendo y el gobierno de esta secta diferían en algunos aspectos de los de otros monjes. Sus miembros, sin embargo, estaban consagrados a la virtud, despreciaban las cosas de la tierra, excitaban el alma a la contemplación celestial y la preparaban para abandonar el cuerpo con gozo. Se vestían con pieles en memoria de Elías, según me parece, porque pensaban que así tendrían siempre en su memoria la virtud del profeta, y que podrían, como él, resistir varonilmente las seducciones de los placeres amorosos, dejarse llevar por un celo semejante e incitarse a la práctica de la sobriedad por la esperanza de una recompensa igual. Se dice que las vestiduras peculiares de estos monjes egipcios tenían referencia a algún secreto relacionado con su filosofía, y que no diferían de las de otros sin una causa adecuada. Llevaban sus túnicas sin mangas, para enseñar que las manos no deben estar dispuestas a cometer el mal presuntuoso. Llevaban sobre la cabeza una cubierta llamada capucha, para mostrar que debían vivir con la misma inocencia y pureza que los infantes que se alimentan de leche, y que llevan una cubierta de la misma forma. Su cíngulo y una especie de bufanda, que llevan cruzada sobre los lomos, los hombros y los brazos, les advierten que deben estar siempre dispuestos para el servicio y la obra de Dios. Soy consciente de que se han aducido otras razones para la peculiaridad de su atuendo, pero lo que he dicho me parece suficiente. Se dice que Pacomio al principio practicó la filosofía solo en una cueva, pero que un santo ángel se le apareció y le mandó reunir a algunos monjes jóvenes y vivir con ellos, pues había prosperado bien en el ejercicio de la filosofía en soledad, y debía adiestrarlos según las leyes que estaban a punto de serle entregadas, y ahora había de poseer y beneficiar a muchos como jefe de comunidades. Se le entregó entonces una tablilla, que todavía se conserva cuidadosamente. En esta tablilla estaban inscritos los preceptos por los cuales se le obligaba a permitir a cada uno comer, beber, trabajar y ayunar según sus capacidades para hacerlo; los que comían abundantemente debían ser sometidos a un trabajo arduo, y a los ascetas se les debían asignar tareas más fáciles; se le mandó erigir muchas celdas, en cada una de las cuales debían habitar tres monjes, que habían de tomar sus alimentos en un refectorio común en silencio, y sentarse a la mesa con un velo echado sobre el rostro, de modo que no pudieran verse unos a otros ni nada más que la mesa y lo que se les ponía delante; no debían admitir a extraños a comer con ellos, a excepción de los viajeros, a quienes debían mostrar hospitalidad; quienes deseaban vivir con ellos debían pasar primero una probación de tres años, durante la cual se les encomendarían las tareas más laboriosas y, por este método, podrían participar de su comunidad. Debían vestirse con pieles, y llevar tiaras de lana adornadas con clavos de púrpura, y túnicas de lino y cíngulos. Debían dormir con sus túnicas y vestiduras de piel, reclinados en largas sillas especialmente construidas, cerradas por cada lado, de modo que pudieran contener el material de cada lecho. En el primero y en el último día de la semana debían acercarse al altar para la comunión en los santos misterios, y entonces debían desatar sus cíngulos y quitarse las ropas de piel. Debían orar doce veces cada día y otras tantas durante la tarde, y ofrecer el mismo número de oraciones durante la noche. A la hora novena debían orar tres veces, y cuando se disponían a tomar alimento debían cantar un salmo antes de cada oración. Toda la comunidad debía dividirse en veinticuatro clases, cada una de las cuales debía distinguirse por una letra del alfabeto griego, de modo que cada una pudiera tener un sobrenombre adecuado al grado de su conducta y hábito. Así, el nombre de Iota se daba a los más simples, y el de Zeta o el de Xi a los torcidos, y los nombres de las demás letras se escogían según el propósito del orden respondía de la manera más adecuada a la forma de la letra.
    Estas eran las leyes con las que Pacomio gobernaba a sus propios discípulos. Era un hombre que amaba a los hombres y era amado por Dios, de modo que podía prever los acontecimientos futuros, y con frecuencia era admitido al trato con los santos ángeles. Residía en Tabenna, en la Tebaida, y de ahí el nombre de tabenienses, que aún continúa. Al adoptar estas reglas para su gobierno, se hicieron muy renombrados y con el tiempo aumentaron tanto que llegaron al número de siete mil hombres. Pero la comunidad de la isla de Tabenna, en la que vivía Pacomio, constaba de unos mil trescientos; los demás residían en la Tebaida y en el resto de Egipto. Todos observaban una misma regla de vida y poseían todo en común. Consideraban a la comunidad establecida en la isla de Tabenna como su madre, y a los que la gobernaban como sus padres y sus príncipes.
    Por el mismo período, Apolonio se hizo célebre por su profesión de la filosofía monástica. Se dice que desde los quince años se consagró a la filosofía en los desiertos, y que cuando llegó a la edad de cuarenta, por un mandato divino que recibió entonces, fue a habitar en regiones pobladas por hombres. Tenía asimismo una comunidad en la Tebaida. Era muy amado por Dios, y estaba dotado del poder de realizar curaciones milagrosas y obras notables. Era exacto en la observancia del deber, e instruía a otros en la filosofía con gran bondad y benignidad. Era tan acepto en sus oraciones, que nada de lo que pedía a Dios le era negado, pero era tan sabio que siempre profería peticiones prudentes y tales como el Ser Divino está siempre dispuesto a conceder.
    Creo que el divino Anuf vivió por este período. He sido informado de que desde el tiempo de la persecución, cuando confesó por primera vez su adhesión al cristianismo, nunca profirió una mentira ni deseó las cosas de la tierra. Todas sus oraciones y súplicas a Dios eran debidamente respondidas, y fue instruido por un santo ángel en toda virtud. Baste, sin embargo, con lo que hemos dicho de los monjes egipcios.
    La misma especie de filosofía se cultivaba por este tiempo en Palestina, después de haberse aprendido en Egipto, y el divino Hilarión adquirió entonces gran celebridad. Era natural de Tabata, aldea situada cerca de la ciudad de Gaza, hacia el sur, y junto a un torrente que desemboca en el mar y que recibía el mismo nombre que la aldea, por parte de la gente de aquel país. Cuando estudiaba gramática en Alejandría, salió al desierto a ver al monje Antonio el Grande, y en su compañía aprendió a adoptar una filosofía semejante. Después de pasar allí un breve tiempo, regresó a su propio país, porque no se le permitía estar tan tranquilo como deseaba, a causa de las multitudes que acudían en torno a Antonio. Al hallar muertos a sus padres, distribuyó su patrimonio entre sus hermanos y los pobres, y sin reservar absolutamente nada para sí, se fue a habitar a un desierto situado cerca del mar, a unos veinte estadios de su aldea natal. Su celda era una casita muy pequeña, construida con ladrillos, astillas y tejas rotas, y de tal anchura, altura y longitud que nadie podía estar de pie en ella sin doblar la cabeza, ni acostarse en ella sin encoger los pies; pues en todo se esforzaba por acostumbrarse a la dureza y a la sujeción de la comodidad lujosa. A ninguno de los que hemos conocido cedía en el alto alcance de su templanza sin jactancia y probada. Luchaba contra el hambre y la sed, el frío y el calor, y otras aflicciones del cuerpo y del alma. Era serio en la conducta, grave en el discurso, y poseía buena memoria y un conocimiento exacto de la Sagrada Escritura. Era tan amado por Dios, que aún ahora muchos afligidos y endemoniados son sanados en su tumba. Es notable que fue sepultado por primera vez en la isla de Chipre, pero que sus restos están ahora depositados en Palestina; pues sucedió que murió durante su residencia en Chipre, y fue enterrado por los habitantes con gran honor y respeto. Pero Hesychas, uno de los más renombrados de sus discípulos, robó el cuerpo, lo llevó a Palestina y lo sepultó en su propio monasterio. Desde aquel período, los habitantes celebraban cada año una fiesta pública y brillante; pues es costumbre en Palestina otorgar este honor a quienes entre ellos han alcanzado renombre por su bondad, tales como Aurelio, Anthedonio, Alexión, natural de Betagatón, y Alafión, natural de Asalea, quienes, durante el reinado de Constancio, vivieron religiosa y valerosamente en la práctica de la filosofía, y por sus virtudes personales causaron un aumento considerable de la fe entre las ciudades y aldeas que aún estaban bajo la superstición pagana.
    Por el mismo período, Juliano practicaba la filosofía cerca de Edesa; intentaba un método de vida muy severo e incorpóreo, de modo que parecía consistir en huesos y piel sin carne. La exposición de su historia se debe a Efraín, el escritor sirio, que escribió la historia de la vida de Juliano. Dios mismo confirmó la alta opinión que los hombres se habían formado de él; pues le concedió el poder de expulsar demonios y de curar toda clase de enfermedades, sin recurrir a drogas, sino simplemente mediante la oración.
    Además de los anteriores, muchos otros filósofos eclesiásticos florecieron en los territorios de Edesa y Amida, y en torno al monte llamado Gaugalio; entre estos estaban Daniel y Simeón. Pero por ahora no diré nada más de los monjes sirios; más adelante, si Dios quiere, los describiré con mayor amplitud.
    Se dice que Eustatio, que gobernaba la iglesia de Sebaste en Armenia, fundó una sociedad de monjes en Armenia, Paflagonia y el Ponto, y llegó a ser autor de una disciplina celosa, tanto en lo que se refiere a qué carnes debían comerse o evitarse, qué vestiduras debían llevarse y qué costumbres y qué exacta norma de conducta debían adoptarse. Algunos afirman que fue el autor de los tratados ascéticos comúnmente atribuidos a Basilio de Capadocia. Se dice que su gran exactitud lo llevó a ciertos excesos enteramente contrarios a las leyes de la Iglesia. Muchas personas, sin embargo, lo justifican de esta acusación y echan la culpa a algunos de sus discípulos, que condenaban el matrimonio, se negaban a orar a Dios en las casas de personas casadas, despreciaban a los presbíteros casados, ayunaban en los días del Señor, celebraban sus asambleas en casas privadas, denunciaban a los ricos como totalmente privados de parte en el reino de Dios y despreciaban a los que comían alimentos de origen animal. No conservaban las túnicas y estolas acostumbradas para su vestido, sino que usaban un atuendo extraño e insólito, e hicieron muchas otras innovaciones. Muchas mujeres fueron engañadas por ellos y abandonaron a sus maridos; pero, no pudiendo practicar la continencia, cayeron en adulterio. Otras mujeres, con el pretexto de la religión, se cortaban el cabello y se comportaban de un modo no adecuado a la mujer, vistiéndose con ropas de hombre. Los obispos de los alrededores de Gangra, la metrópoli de Paflagonia, se reunieron y declararon que todos los que abrazaran estas opiniones serían ajenos a la Iglesia Católica, a menos que, según las definiciones del sínodo, renunciaran a cada una de las dichas costumbres. Se dice que desde aquel tiempo Eustatio cambió su vestimenta por la estola, e hizo sus viajes vestido como los demás sacerdotes, demostrando así que no había introducido ni practicado estas novedades por obstinación, sino por causa de un ascetismo piadoso. Era tan renombrado por sus discursos como por la pureza de su vida. A decir verdad, no era elocuente, ni había estudiado jamás el arte de la elocuencia; sin embargo, tenía un sentido admirable y una gran capacidad de persuasión, de modo que indujo a varios hombres y mujeres que vivían en fornicación a entrar en un curso de vida sobrio y fervoroso. Se refiere que cierto hombre y cierta mujer, que, según la costumbre de la Iglesia, se habían consagrado a una vida de virginidad, fueron acusados de cohabitar juntos. Él se esforzó por hacer que cesaran en su trato; hallando que sus reconvenciones no producían efecto en ellos, suspiró profundamente y dijo que una mujer legalmente casada había oído en una ocasión su discurso sobre la ventaja de la continencia, y había quedado tan profundamente afectada que se abstuvo voluntariamente del trato legítimo con su propio marido, y que la debilidad de su poder de convicción quedaba, por otra parte, atestiguada por el hecho de que las personas arriba mencionadas persistían en su curso ilegal. Tales fueron los hombres que iniciaron la práctica de la disciplina monástica en las regiones arriba mencionadas.
    Aunque los tracios, los ilirios y las demás naciones europeas carecían todavía de experiencia en las comunidades monásticas, no les faltaban del todo hombres consagrados a la filosofía. Entre estos, Martín, descendiente de una familia noble de Saboria en Panonia, era el más ilustre. Originalmente fue un guerrero notable y comandante de ejércitos; pero, considerando el servicio de Dios como una profesión más honorable, abrazó una vida de filosofía y vivió, en primer lugar, en Iliria. Allí defendió con celo las doctrinas ortodoxas contra los ataques de los obispos arrianos, y después de ser objeto de maquinaciones y golpeado con frecuencia por el pueblo, fue expulsado del país. Luego se fue a Milán y habitó solo. Pronto, sin embargo, se vio obligado a abandonar su lugar de retiro a causa de las maquinaciones de Auxencio, obispo de aquella región, que no sostenía sanamente la fe nicena; y se fue a una isla llamada Gallenaria, donde permaneció durante algún tiempo, satisfaciéndose con raíces de plantas. Gallenaria es una isla pequeña y deshabitada situada en el mar Tirreno. Martín fue después nombrado obispo de la iglesia de Tarracina (Tours). Estaba tan ricamente dotado de dones milagrosos que devolvió la vida a un muerto y realizó otros prodigios tan maravillosos como los obrados por los apóstoles. Hemos oído que Hilario, varón divino en su vida y conversación, vivió por el mismo tiempo y en el mismo país; como Martín, se vio obligado a huir de su lugar de residencia, a causa de su celo en defensa de la fe.
    He relatado ya lo que he podido averiguar acerca de los individuos que practicaron la filosofía en la piedad y en los ritos eclesiásticos. Hubo muchos otros que fueron notables en las iglesias por el mismo período a causa de su gran elocuencia, y entre estos los más distinguidos fueron Eusebio, que administraba el oficio sacerdotal en Emesa; Tito, obispo de Bostra; Serapión, obispo de Tmuis; Basilio, obispo de Ancira; Eudoxio, obispo de Germanicia; Acacio, obispo de Cesarea; y Cirilo, que gobernaba la sede de Jerusalén. Una prueba de su educación está en los libros que escribieron y dejaron, y en las muchas cosas dignas de recuerdo.

    Capítulo 15. Dídimo el Ciego y Aecio el Hereje

    III, 15

    Dídimo, escritor eclesiástico y director de la escuela de sagrada erudición en Alejandría, floreció aproximadamente en la misma época. Conocía todas las ramas de la ciencia y estaba versado en poesía y retórica, en astronomía y geometría, en aritmética y en las diversas teorías de la filosofía. Había adquirido todo este saber mediante los esfuerzos de su propia mente, ayudado por el sentido del oído, pues quedó ciego durante su primer intento de aprender los rudimentos. Cuando llegó a la juventud, manifestó un ardiente deseo de adquirir elocuencia y formación, y con este fin frecuentaba a los maestros de estas disciplinas, aprendiendo solo de oído, con tan rápido progreso que en poco tiempo comprendía los difíciles teoremas de las matemáticas. Se dice que aprendió las letras del alfabeto por medio de tablillas en las que estaban grabadas, y que tocaba con los dedos; y que se familiarizó con las sílabas y las palabras por la fuerza de la atención y la memoria, escuchando atentamente los sonidos. Su caso era muy extraordinario, y muchas personas acudían a Alejandría con el expreso propósito de oírlo o, al menos, de verlo. Su firmeza en la defensa de las doctrinas del concilio de Nicea desagradaba sobremanera a los arrianos. Con facilidad convencía a sus oyentes más por persuasión que por fuerza de razonamiento, y hacía de cada uno juez de los puntos ambiguos. Era muy solicitado por los miembros de la Iglesia católica y alabado por las órdenes de monjes de Egipto y por Antonio el Grande.
    Se cuenta que cuando Antonio dejó el desierto y se dirigió a Alejandría para dar su testimonio en favor de las doctrinas de Atanasio, dijo a Dídimo: «No es cosa grave, ni digna de lamentarse, oh Dídimo, que estés privado de los órganos de la vista que poseen las ratas, los ratones y los animales más viles; antes bien es una gran bendición poseer ojos como los ángeles, con los que puedes contemplar con agudeza al Ser divino y ver con precisión el verdadero conocimiento.» En Italia y sus territorios, Eusebio e Hilario, a quienes ya he mencionado, se distinguieron por la fuerza en el uso de su lengua nativa, y se dice que sus tratados acerca de la fe y contra los heterodoxos circulaban con aprobación. Lucifer, según se cuenta, fue el fundador de una herejía que lleva su nombre y que floreció en esta época. Aecio gozaba asimismo de gran estima entre los heterodoxos; era dialéctico, diestro en el silogismo y hábil en la disputa, y estudiaba con diligencia tales formas, pero sin arte. Razonaba con tanta audacia acerca de la naturaleza de Dios, que muchos le dieron el nombre de «Ateo.» Se dice que originalmente era médico de Antioquía de Siria y que, como asistía con frecuencia a las reuniones de las iglesias y meditaba sobre las Sagradas Escrituras, trabó conocimiento con Galo, que entonces era César y que honraba mucho la religión y protegía a sus profesores. Parece verosímil que, al obtener Aecio la estima del César por medio de estas disputas, se dedicara con mayor asiduidad a tales estudios para progresar en el favor del emperador. Se dice que estaba versado en la filosofía de Aristóteles y que frecuentaba las escuelas donde se enseñaba en Alejandría.
    Además de los individuos arriba señalados, había muchos otros en las iglesias capaces de instruir al pueblo y de razonar acerca de las doctrinas de las Sagradas Escrituras. Sería tarea demasiado grande intentar nombrarlos a todos. No se tenga por extraño si he otorgado elogios a los líderes o entusiastas de las herejías antes mencionadas. Admiro su elocuencia y su fuerza persuasiva en el discurso. Dejo sus doctrinas para que sean juzgadas por quienes tienen derecho a ello. Pues no he sido dispuesto para registrar tales asuntos, ni corresponde a la historia; solo he de dar cuenta de los acontecimientos tal como sucedieron, sin añadir nada de mi propia cosecha. De los que en aquel tiempo llegaron a ser más distinguidos en instrucción y en elocuencia, y que usaban las lenguas romana y griega, he enumerado en la narración anterior a todos cuantos he recibido noticia.

    Capítulo 16. Acerca de San Efrén

    III, 16

    Efrén el Sirio era digno de los más altos honores y fue el mayor ornamento de la Iglesia católica. Era natural de Nísibis, o su familia era del territorio vecino. Consagró su vida a la filosofía monástica; y aunque no recibió instrucción, llegó a ser, contra toda expectativa, tan aventajado en la erudición y en la lengua de los sirios, que comprendía con facilidad los teoremas más abstrusos de la filosofía. Su estilo era tan rico en brillante elocuencia y en abundancia y moderación de pensamiento, que superaba a los más afamados escritores de Grecia. Si las obras de estos escritores se tradujeran al siriaco, o a cualquier otra lengua, despojadas, por así decirlo, de las bellezas de la lengua griega, poco conservarían de su elegancia y valor originales. Las producciones de Efrén no tienen este inconveniente: fueron traducidas al griego durante su vida, y aún ahora se hacen traducciones, y sin embargo conservan mucho de su fuerza original, de modo que sus obras no son menos admiradas cuando se leen en griego que cuando se leen en siriaco. Basilio, que fue posteriormente obispo de la metrópoli de Capadocia, era gran admirador de Efrén y estaba asombrado de su erudición. La opinión de Basilio, de quien todos confiesan que fue el hombre más elocuente de su época, es, a mi juicio, un testimonio más fuerte del mérito de Efrén que cuanto pudiera escribirse en su alabanza. Se dice que escribió trescientos mil versos y que tuvo muchos discípulos celosamente adheridos a sus doctrinas. Los más célebres de sus discípulos fueron Abbas, Zenobio, Abraham, Maras y Simeón, de quienes los sirios y cuantos entre ellos cultivaban un saber preciso hacen gran ostentación. Paulanas y Aranad son alabados por su discurso acabado, aunque se dice que se apartaron de la sana doctrina.
    No ignoro que hubo en otro tiempo en Osroena algunos varones muy doctos, como por ejemplo Bardesanes, que ideó una herejía designada con su nombre, y Harmonius, su hijo. Se cuenta que este último estaba profundamente versado en la erudición griega y fue el primero en someter su lengua nativa a metros y leyes musicales; estos versos los entregó a los coros, y aun ahora los sirios cantan con frecuencia, no las copias exactas de Harmonius, sino las mismas melodías. Pues como Harmonius no estaba del todo libre de los errores de su padre, y sostenía diversas opiniones acerca del alma, la generación y corrupción del cuerpo y la regeneración que enseñan los filósofos griegos, introdujo algunos de estos sentimientos en las canciones líricas que compuso. Cuando Efrén advirtió que los sirios estaban encantados con la elegancia de la dicción y el ritmo de la melodía, temió que absorbieran las mismas opiniones; y por eso, aunque ignoraba la erudición griega, se aplicó a comprender los metros de Harmonius y compuso poemas semejantes conforme a las doctrinas de la Iglesia, y trabajó también en himnos sagrados y en alabanzas de varones impasibles. Desde entonces los sirios cantaron las odas de Efrén según la ley de la oda establecida por Harmonius. La ejecución de esta obra basta por sí sola para atestiguar los dotes naturales de Efrén. Era tan célebre por las buenas acciones que realizaba como por el rigor de la disciplina que observaba. Amaba particularmente la tranquilidad. Era tan serio y tan cuidadoso en evitar dar ocasión a la calumnia, que se abstenía incluso de ver a las mujeres. Se cuenta que una mujer de vida descuidada, que deseaba tentarlo o que había sido sobornada para ello, se las arregló en una ocasión para encontrarse con él cara a cara y fijó en él sus ojos con insistencia; él la reprendió y le mandó bajar la vista al suelo. «¿Por qué habría de obedecer vuestro mandato» —respondió la mujer— «pues no nací de la tierra, sino de vos? Más justo sería que vos mirarais hacia la tierra de la que surgisteis, mientras yo os miro a vos, pues nací de vos.» Efrén, asombrado por aquella pequeña mujer, registró todo el suceso en un libro que la mayoría de los sirios consideran una de las mejores de sus producciones. Se dice también de él que, aunque era propenso por naturaleza a la pasión, no mostró jamás sentimiento de ira contra nadie desde que abrazó la vida monástica. Sucedió una vez que, después de haber ayunado varios días según su costumbre, su servidor, al presentarle algo de comida, dejó caer el plato en que estaba puesta. Efrén, viendo que estaba abrumado de vergüenza y temor, le dijo: «Ánimo; iremos a la comida, ya que la comida no viene a nosotros», y al punto se sentó junto a los fragmentos del plato y cenó. Lo que voy a referir bastará para mostrar que estaba totalmente exento del amor a la vanagloria. Fue designado obispo de cierta ciudad, y se intentó llevárselo para ordenarlo. Tan pronto como advirtió lo que se pretendía, corrió al mercado y se mostró como un loco, andando de modo desordenado, arrastrando sus vestiduras y comiendo en público. Al verlo en tal estado, los que habían venido a llevárselo para que fuera su obispo creyeron que estaba fuera de sí y se marcharon; y él, hallando ocasión para escapar, permaneció oculto hasta que otro fue ordenado en su lugar. Lo que he dicho de Efrén debe bastar, aunque sus propios compatriotas cuentan muchas otras anécdotas suyas. Sin embargo, su conducta en cierta ocasión, poco antes de su muerte, me parece tan digna de recuerdo que la consignaré aquí. Hallándose la ciudad de Edesa gravemente afligida por el hambre, abandonó la celda solitaria en que practicaba la filosofía y reprendió a los ricos por permitir que los pobres murieran a su alrededor, en vez de repartirles de sus sobras; y les representó por su filosofía que la riqueza que atesoraban con tanto cuidado se volvería para condenación de ellos y para ruina del alma, que vale más que todas las riquezas, que el cuerpo mismo y que todos los demás bienes, y demostró que no daban estima alguna a sus almas por causa de sus acciones. Los ricos, reverenciando al hombre y sus palabras, respondieron: «No pretendemos atesorar nuestras riquezas, pero no conocemos a nadie a quien podamos confiar la distribución de nuestros bienes, pues todos son propensos a buscar lucro y a traicionar la confianza que se deposita en ellos.» «¿Qué pensáis de mí?» —preguntó Efrén. Al admitir ellos que lo consideraban hombre eficaz, excelente y bueno, y digno, y que era exactamente lo que su fama confirmaba, se ofreció a encargarse de la distribución de sus limosnas. Tan pronto como recibió su dinero, mandó acondicionar unas trescientas camas en los pórticos públicos; y allí atendió a los enfermos y a los que sufrían los efectos del hambre, fueran extranjeros o naturales de la comarca circundante. Al cesar el hambre, volvió a la celda en que había morado antes; y, pasados pocos días, expiró. No alcanzó grado clerical más alto que el de diácono, aunque llegó a ser no menos famoso por su virtud que los que son ordenados al sacerdocio y son admirados por la conducta de una vida buena y por la erudición. He dado ya alguna cuenta de la virtud de Efrén. Se requeriría una mano más experimentada que la mía para ofrecer una descripción completa de su carácter y del de los demás varones ilustres que, por la misma época, se habían consagrado a una vida y carrera de filosofía; y para algunas cosas se necesitaría un escritor como él mismo era. La empresa supera mis fuerzas por la debilidad del lenguaje y por el desconocimiento de los propios hombres y de sus hazañas. Algunos se ocultaron en los desiertos. Otros, que vivían en el trato de las ciudades, se esforzaban por conservar una apariencia humilde y por parecer como si en nada se distinguieran de la multitud, obrando su virtud y ocultando la verdadera estima de sí mismos, para evitar las alabanzas ajenas. Pues como estaban atentos al intercambio de los bienes futuros, hacían de Dios el único testigo de sus pensamientos y no se preocupaban por la gloria exterior.
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