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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

    Índice de la obra

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    Cipriano de Cartago · Clero de Roma · Confesores · Caldonio · Celerino · Luciano · Cornelio de Roma · Firmiliano de Cesarea · Mártires de las minas

    Cartas

    Texto base: versión inglesa de Ernest Wallis, Ante-Nicene Fathers, vol. 5 (1886), «The Epistles of Cyprian», epístolas 1 a 82

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Wallis; no del latín, y sin traductor humano

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué hace un obispo cuando la persecución le obliga a esconderse y, al volver, encuentra que los confesores perdonan en su nombre, que los renegados piden la comunión y que otro obispo, en Roma, dice lo contrario? Las respuestas de Cipriano están aquí, carta a carta: ochenta y dos epístolas, de 249 a 258, que son lo más parecido que conserva la Iglesia antigua a un archivo episcopal, y que acaban con su camino al martirio. Dieciséis son cartas que le escribieron a él; esas se leen con su autor propio.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de las epístolas de Cipriano que publicó en 1886 el volumen 5 de las Ante-Nicene Fathers (Fathers of the Third Century: Hippolytus, Cyprian, Caius, Novatian, Appendix), editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe, con la traducción de Ernest Wallis. New Advent da el nombre completo como Robert Ernest Wallis y reproduce la edición de Buffalo, Christian Literature Publishing Co.; la ficha de CCEL dice «el reverendo Ernest Wallis, Ph.D.». La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano. No se tradujo del latín de Cipriano, sino del inglés de Wallis.

    Ficha de la obra

    AutorCecilio Cipriano, obispo de Cartago desde 249. Las fuentes difieren en su nacimiento: el ANF da «200–258»; Wikipedia (en), hacia 210. Murió decapitado el 14 de septiembre de 258
    TítuloEpístolas (en inglés, Epistles)
    FechaEntre 249 y 258; el ANF fecha casi todas por año (250 para las epístolas 3–34; 251 para las 38–49; 257 para las 76–79) y deja sin fecha unas pocas
    GéneroCorrespondencia episcopal: cartas pastorales, sinodales, de consuelo y de polémica; con 16 cartas recibidas
    Extensión82 epístolas en la numeración del ANF. Wikipedia (en) habla de «unas sesenta» cartas suyas conservadas, además de algunas de las que recibió: los recuentos dependen de la edición y de si se cuenta la carta A Donato
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Wallis; no del latín
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 5 (1886), tal como lo recogen New Advent y CCEL

    Cómo leer estas cartas

    Las epístolas siguen el orden del ANF, que no es estrictamente cronológico: las 60, 61, 64 y 65 son de 249 según la edición y aparecen entre las de 253 y 254. Las grandes etapas se reconocen bien: la persecución de Decio y el problema de los caídos (epístolas 3 a 36, año 250); el cisma de Felicísimo en Cartago y el de Novaciano en Roma (37 a 55); las cuestiones de disciplina de 252 a 254 (56 a 68); la disputa con Esteban sobre el bautismo de los herejes (69 a 75); y el destierro y el martirio (76 a 82).
    Cronología de 249 a 258 con las epístolas agrupadas por año según el ANF
    Las epístolas por año, según las fechas que da el ANF; sin fecha en la edición quedan la 1, la 2, la 53, la 55, la 58 y la 73. El orden del volumen no coincide siempre con el del tiempo · Elaboración propia para Eusebeia · fechas del ANF vol. 5 (CCEL)

    La fuente y su traducción

    Numeración. Es la del ANF, que no es la de otras ediciones. Cada epístola lleva en el ANF una nota con su número en la edición de Oxford, y la primera, A Donato, figura en esa edición entre los tratados. Además, desde la epístola 23 el ANF corrige un error tipográfico de la edición de Migne, de modo que a partir de ahí sus números quedan una unidad por debajo de los de Migne. Antes de citar en un trabajo académico conviene comprobar la numeración de la edición que se use.
    Lo que viene de la edición. Cada epístola abre con un «Argumento» de la edición inglesa, que no es de Cipriano y aquí se reproduce como texto de la edición, aparte de la carta. Las epístolas de otros autores —del clero de Roma, de los confesores, de Cornelio, de Firmiliano, de los mártires de las minas, de Caldonio, de Celerino y de Luciano— llevan un aviso y su autor propio; el título de cada una dice quién escribe. Los números de sección son los de la edición inglesa: la traducción castellana perdió 31 de ellos y los localizadores los conservan sin cambiar el texto. Las referencias bíblicas son las que el epub trae a continuación de las citas.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El encabezado de la epístola 60 salió sin título en el epub (el ANF la titula «A Euquracio, sobre un actor»). El argumento de la epístola 55 empieza «Cipriano primero de todo se excusa», calco de Cyprian first of all excuses himself. En los argumentos de las epístolas 55 a 57, el epub trae las primeras palabras en versalitas y sin la palabra «Argumento»; aquí se pasan a minúscula. Tres referencias bíblicas no se enlazan y quedan como texto: «Tobías 4:10» no se resuelve contra la Biblia del lector, y «Deuteronomio 24:26» y «Lucas 4:56» son números que no existen en ella (el inglés de Wallis trae también «Luke 4:56»; la cita de Lucas corresponde por su texto a Lucas 9:56, pero la edición no lo dice). El cotejo con el inglés da los mismos párrafos en las 82 epístolas y un largo de 0,99 veces el original.

    Epístola 1. A Donato

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 1, argumento
    Argumento. Cipriano había prometido a Donato que tendría un discurso con él sobre las cosas divinas, y ahora, recordado de su promesa, la cumple. Encomiando largamente la gracia de Dios conferida en el bautismo, declara cómo había sido cambiado por ella; y, finalmente, señalando los errores del mundo, exhorta al desprecio del mismo y a la lectura y a la oración.

    Epístola 1, § 1

    1. Cecilio Cipriano a Donato, salud. Con razón me recuerdas, queridísimo Donato, pues no solo recuerdo mi promesa, sino que confieso que este es el tiempo oportuno para su cumplimiento, cuando la fiesta de la vendimia invita al ánimo a descansar en el reposo y a gozar del anual y señalado respiro del año que declina. Además, el lugar está en armonía con la estación, y el aspecto agradable de los jardines concuerda con las suaves brisas de un otoño templado para calmar y alegrar los sentidos. En un lugar como este es delicioso pasar el día en conversación y, mediante el (estudio de las sagradas) parábolas, adiestrar la conciencia del pecho para la aprehensión de los divinos preceptos. Y para que ningún intruso profano interrumpa nuestra conversación, ni ningún desenfrenado estrépito de una casa ruidosa la turbe, busquemos este emparrado. Los matorrales vecinos nos aseguran soledad, y los errantes sarmientos de las ramas de la vid, que se arrastran en laberintos colgantes entre las cañas que los sostienen, nos han hecho un pórtico de vides y un cobijo frondoso. Aquí, agradablemente, revestimos nuestros pensamientos de palabras; y mientras deleitamos nuestros ojos con la agradable vista de árboles y vides, la mente es a la vez instruida por lo que oímos y alimentada por lo que vemos, aunque en este momento tu único placer y tu único interés está en nuestra conversación. Despreciando los placeres de la vista, tu mirada está ahora fija en mí. Con tu mente y también con tus oídos eres enteramente un oyente; y un oyente, además, con un afán proporcionado a tu afecto.

    Epístola 1, § 2

    2. Y sin embargo, ¿de qué clase o de qué cuantía es lo que mi mente probablemente comunicará a la tuya? La pobre mediocridad de mi entendimiento superficial produce una cosecha muy limitada y no enriquece el suelo con depósitos fructíferos. No obstante, con las fuerzas que tengo, emprenderé el asunto; porque el propio tema del que voy a hablar me asistirá. En los tribunales de justicia, en la asamblea pública, en el debate político, una elocuencia copiosa puede ser la gloria de una ambición locuaz; pero al hablar del Señor Dios, una casta sencillez de expresión busca la convicción de la fe más con la sustancia que con los poderes de la elocuencia. Por tanto, acepta de mí cosas no ingeniosas sino graves, palabras no adornadas para encantar a un auditorio popular con retórica cultivada, sino sencillas y adecuadas por su verdad sin barniz para la proclamación de la divina misericordia. Acepta lo que se siente antes de ser hablado, lo que no ha sido acumulado con tardío afán durante el paso de los años, sino que ha sido inhalado en un solo aliento de gracia que madura.

    Epístola 1, § 3

    3. Mientras yo yacía aún en tinieblas y en noche sombría, vacilando de un lado a otro, zarandeado sobre la espuma de esta edad jactanciosa, e incierto en mis pasos errantes, sin conocer nada de mi verdadera vida y alejado de la verdad y de la luz, solía considerar como cosa difícil, y especialmente difícil respecto de mi carácter de entonces, que un hombre fuera capaz de nacer de nuevo —verdad que la divina misericordia había anunciado para mi salvación—, y que un hombre, vivificado a una nueva vida en el baño del agua salvadora, pudiera despojarse de lo que antes había sido; y que, conservando toda su estructura corporal, fuera él mismo cambiado en corazón y alma. "¿Cómo —decía yo— va a ser posible tal conversión? ¿Cómo despojarse de golpe, de modo súbito y rápido, de todo lo que, innato en nosotros, se ha endurecido en la corrupción de nuestra naturaleza material, o, adquirido, se ha hecho inveterado por el largo uso acostumbrado? Estas cosas se han grabado profunda y radicalmente en nosotros. ¿Cuándo aprende la frugalidad quien está acostumbrado a banquetes espléndidos y festines suntuosos? Y quien ha resplandecido en oro y púrpura, célebre por su costosa vestidura, ¿cuándo se reduce a la ropa ordinaria y sencilla? Quien ha sentido el encanto de las fasces y de los honores cívicos se resiste a convertirse en un simple ciudadano privado y sin gloria. El hombre a quien acompaña una multitud de clientes y a quien dignifica el numeroso cortejo de una comitiva servicial considera un castigo estar solo. Es inevitable, como siempre lo ha sido, que el amor al vino seduzca, la soberbia infle, la ira inflame, la codicia inquiete, la crueldad estimule, la ambición deleite, la lujuria apresure a la ruina, con halagos que no sueltan su presa."

    Epístola 1, § 4

    4. Estos eran mis frecuentes pensamientos. Pues, como yo mismo estaba preso en las cadenas de los innumerables errores de mi vida anterior, de los cuales no creía que pudiera ser librado por posibilidad alguna, así estaba dispuesto a resignarme a mis vicios adheridos; y porque desesperaba de cosas mejores, solía complacer mis pecados como si fueran realmente partes de mí y connaturales a mí. Pero después de que, con la ayuda del agua del nuevo nacimiento, la mancha de los años anteriores fue lavada, y una luz de lo alto, serena y pura, se infundió en mi corazón reconciliado —después de que, por la acción del Espíritu soplado desde el cielo, un segundo nacimiento me restauró a un hombre nuevo—, entonces, de manera maravillosa, las cosas dudosas comenzaron al punto a afirmárseme, las ocultas a revelarse, las oscuras a iluminarse; lo que antes parecía difícil comenzó a sugerir un medio de realización, y lo que se había tenido por imposible, a ser capaz de lograrse; de modo que pude reconocer que lo que antes, nacido de la carne, había estado viviendo en la práctica de pecados, era de la tierra terreno, pero ahora había comenzado a ser de Dios y estaba animado por el Espíritu de santidad. Tú mismo sabes y recuerdas tan bien como yo lo que nos fue quitado y lo que nos fue dado por aquella muerte del mal y aquella vida de virtud. Tú mismo lo sabes sin que yo te lo informe. Cualquier cosa parecida a la jactancia en la propia alabanza es odiosa, aunque no podemos en realidad jactarnos, sino solo ser agradecidos por todo lo que no atribuimos a la virtud del hombre, sino que declaramos ser don de Dios; de modo que el que ahora no pequemos es el comienzo de la obra de la fe, mientras que el que antes pecáramos fue resultado del error humano. Todo nuestro poder es de Dios; lo digo, de Dios. De Él tenemos la vida, de Él tenemos la fuerza; por el poder derivado y concebido de Él hacemos, mientras aún estamos en este mundo, prever los indicios de las cosas venideras. Solo que el temor sea el guardián de la inocencia, para que el Señor, que por su misericordia ha fluido a nuestros corazones en el acceso de la gracia celestial, sea guardado por la justa sumisión en la posada de un ánimo agradecido, para que la seguridad alcanzada no engendre descuido, y así el antiguo enemigo se deslice de nuevo sobre nosotros.

    Epístola 1, § 5

    5. Pero si guardas el camino de la inocencia, el camino de la justicia, si caminas con paso firme y constante, si, dependiendo de Dios con toda tu fuerza y con todo tu corazón, solo seas lo que has comenzado a ser, se te da libertad y poder de obrar en proporción al aumento de tu gracia espiritual. Pues no hay, como sucede con los beneficios terrenales, medida ni escasez en la dispensación del don celestial. El Espíritu que fluye libremente no es refrenado por límites, ni detenido por barreras cerradas dentro de ciertos espacios acotados; fluye perpetuamente, es exuberante en su afluencia. Que nuestro corazón solo tenga sed y esté pronto a recibir: en la medida en que le aportemos una fe amplia, en esa medida sacamos de él una gracia desbordante. De allí se da un poder, con modesta castidad, con mente sana, con voz sencilla, con virtud sin mancha, capaz de apagar el veneno de los tóxicos para la curación de los enfermos, de purgar las manchas de las almas necias con la salud restaurada, de ordenar la paz a los que están en enemistad, el reposo a los violentos, la mansedumbre a los ingobernables —de obligar, con amenazas espantosas, a confesarse a los espíritus impuros y vagabundos que se han metido en los cuerpos de los hombres a quienes pretenden destruir, de expulsarlos con fuertes golpes para que salgan de ellos, de tenderlos forcejeando, aullando, gimiendo con aumento de dolor constantemente renovado, de azotarlos con flagelos, de asarlos con fuego: el asunto se lleva a cabo allí, pero no se ve; los golpes infligidos están ocultos, pero la pena es manifiesta. Así, en lo que respecta a lo que ya hemos comenzado a ser, el Espíritu que hemos recibido posee su propia libertad de acción; mientras que, en lo que aún no hemos cambiado nuestro cuerpo y miembros, la mirada carnal está todavía oscurecida por las nubes de este mundo. ¡Cuán grande es este imperio de la mente, y qué poder tiene, no solo porque ella misma se retira de las perniciosas compañías del mundo, ya que quien está purificado y puro no puede sufrir mancha de irrupción hostil alguna, sino porque se hace aún mayor y más fuerte en su poder, de modo que puede dominar con su dominio a toda la hueste imperiosa del adversario que ataca!

    Epístola 1, § 6

    6. Pero para que los caracteres de lo divino brillen más claramente por el desarrollo de la verdad, te daré luz para aprehenderla, una vez borrada la oscuridad causada por el pecado. Apartaré el velo de las tinieblas de este mundo oculto. Por un breve espacio, figúrate transportado a uno de los picos más altos de alguna montaña inaccesible; desde allí contempla las apariencias de las cosas que yacen debajo de ti y, con los ojos vueltos en diversas direcciones, mira los remolinos del mundo ondulante, mientras tú mismo estás apartado de los contactos terrenales: al punto comenzarás a sentir compasión por el mundo, y con recogimiento de ti mismo y creciente gratitud a Dios, te regocijarás con tanto mayor gozo cuanto que has escapado de él. Considera los caminos bloqueados por ladrones, los mares asediados por piratas, las guerras esparcidas por toda la tierra con el sangriento horror de los campamentos. El mundo entero está empapado en sangre mutua; y el homicidio, que en el caso de un individuo se reconoce como crimen, es llamado virtud cuando se comete en masa. Se reclama impunidad para las malas acciones, no con el pretexto de que sean inocentes, sino porque la crueldad se perpetra a gran escala.

    Epístola 1, § 7

    7. Y ahora, si vuelves tus ojos y tus miradas a las ciudades mismas, contemplarás un concurso más cargado de tristeza que cualquier soledad. Se preparan los juegos de gladiadores para que la sangre alegre la lascivia de ojos crueles. El cuerpo es cebado con alimentos más fuertes, y la vigorosa masa de los miembros es enriquecida con músculo y carne, para que el miserable engordado para el castigo muera una muerte más dura. Se degüella al hombre para que el hombre sea complacido, y la destreza que mejor sabe matar es un ejercicio y un arte. El crimen no solo se comete, sino que se enseña. ¿Qué puede decirse más inhumano? ¿Qué más repulsivo? Se sufre entrenamiento para adquirir el poder de asesinar, y el logro del asesinato es su gloria. ¿Qué estado de cosas, te lo ruego, puede ser ese, y a qué puede parecerse, en el que hombres a quienes nadie ha condenado se ofrecen a las fieras —hombres de edad madura, de persona suficientemente hermosa, vestidos con costosas vestiduras? Vivos, son adornados para una muerte voluntaria; miserables, se jactan de sus propias miserias. Luchan con las fieras, no por su crimen, sino por su locura. Los padres miran a sus propios hijos; un hermano está en la arena, y su hermana está cerca; y aunque una exhibición más grandiosa de pompa aumenta el precio del espectáculo, sin embargo, ¡oh vergüenza! incluso la madre pagará el aumento para estar presente en sus propias miserias. Y al mirar escenas tan espantosas, tan impías y tan mortíferas, no parecen darse cuenta de que son parricidas con los ojos.

    Epístola 1, § 8

    8. De ahí vuelve tus miradas a las abominaciones, no menos deplorables, de otro género de espectáculo. También en los teatros contemplarás lo que con razón puede causarte dolor y vergüenza. Es el coturno trágico el que relata en verso los crímenes de los días antiguos. Los viejos horrores del parricidio y del incesto se despliegan en una acción calculada para expresar la imagen de la verdad, de modo que, al pasar los siglos, cualquier crimen que antes se cometió no sea olvidado. Cada generación es recordada por lo que oye: que todo lo que una vez se ha hecho puede hacerse de nuevo. Los crímenes nunca mueren por el paso de los siglos; la maldad nunca es abolida por el proceso del tiempo; la impiedad nunca es enterrada en el olvido. Las cosas que ahora han dejado de ser actos reales de vicio se convierten en ejemplos. Además, en los mimos, mediante la enseñanza de infamias, el espectador es atraído a reconsiderar lo que puede haber hecho en secreto o a oír lo que puede hacer. El adulterio se aprende mientras se ve; y mientras el mal, con autoridad pública, alcahuetea los vicios, la matrona que quizá había ido al espectáculo mujer modesta, vuelve de él inmodesta. Aún más, ¡qué degradación de las costumbres es, qué estímulo para hechos abominables, qué alimento para el vicio, el ser contaminado por gestos histriónicos, contra el pacto y la ley del propio nacimiento, el contemplar en detalle la representación de abominaciones incestuosas! Los hombres son castrados, y todo el orgullo y vigor de su sexo es afeminado en la deshonra de su cuerpo enervado; y es allí más agradable aquel que más completamente ha derribado al hombre en la mujer. Crece en alabanza en virtud de su crimen; y cuanto más degradado está, más hábil se le considera. A tal criatura se la mira —¡oh vergüenza!— y se la mira con placer. ¿Y qué no puede sugerir semejante criatura? Inflama los sentidos, halaga los afectos, expulsa la conciencia más vigorosa de un pecho virtuoso; y no falta autoridad para la seductora abominación, para que el mal se deslice sobre las gentes con un acercamiento menos perceptible. Representan a Venus inmodesta, a Marte adúltero; y a su Júpiter, no más supremo en el dominio que en el vicio, inflamado de amor terreno en medio de sus propios truenos, ya blanqueando en las plumas de un cisne, ya derramándose en lluvia de oro, ya irrumpiendo con la ayuda de las aves para violar la pureza de los muchachos. Y ahora plantea la cuestión: ¿Puede quien mira tales cosas ser de mente sana o modesto? Los hombres imitan a los dioses que adoran, y para tan miserables seres sus crímenes se convierten en su religión.

    Epístola 1, § 9

    9. ¡Oh, si colocado en aquella elevada atalaya pudieras mirar en los lugares secretos —si pudieras abrir las puertas cerradas de las cámaras dormidas y traer sus oscuros rincones a la percepción de la vista—, contemplarías cosas hechas por personas inmodestas que ningún ojo casto podría mirar; verías lo que incluso ver es un crimen; verías lo que gentes embrutecidas por la locura del vicio niegan haber hecho y, sin embargo, se apresuran a hacer —hombres con lujurias frenéticas abalanzándose sobre hombres, haciendo cosas que no proporcionan gratificación alguna ni siquiera a quienes las hacen. Me engaño si el hombre culpable de tales cosas no acusa a otros de ellas. El depravado difama al depravado y piensa que él mismo, aunque consciente de la culpa, ha escapado, como si la conciencia no fuera condenación suficiente. Las mismas personas que son acusadores en público son criminales en privado, condenándose a sí mismas al mismo tiempo que condenan a los culpables; denuncian fuera lo que cometen en casa, haciendo de buen grado lo que, una vez hecho, acusan —una osadía que ciertamente está bien emparejada con el vicio, y una impudencia muy conforme con gente desvergonzada. Y te ruego que no te asombres de las cosas que personas de esta clase dicen: la ofensa de sus bocas en palabras es lo menos de lo que son culpables.

    Epístola 1, § 10

    Y después de considerar los caminos públicos llenos de asechanzas, tras las batallas de muchos géneros esparcidas por todo el mundo, tras las exhibiciones ora sangrientas ora infames, tras las abominaciones de la lujuria, ya expuestas a la venta en los lupanares, ya ocultas dentro de los muros domésticos —abominaciones cuya audacia es tanto mayor cuanto más secreto es el crimen—, quizá pienses que el Foro al menos está libre de tales cosas, que ni está expuesto a ultrajes que exasperan ni contaminado por la compañía de criminales. Entonces vuelve tu mirada hacia aquel lado: allí descubrirás cosas más odiosas que nunca, de modo que desearás apartar los ojos, aunque las leyes estén grabadas en doce tablas y los estatutos estén prescritos públicamente en tablillas de bronce. Sin embargo, se comete la injusticia en medio de las mismas leyes; se perpetra la maldad ante la faz misma de los estatutos; la inocencia no se preserva ni siquiera en el lugar donde es defendida. Por turnos brama el rencor de los litigantes; y, rota la paz entre las togas, el Foro resuena con la locura de la disputa. Allí, muy cerca, están la lanza y la espada, y también el verdugo; allí la garra que desgarra, el potro que estira, el fuego que consume —más tormentos para un pobre cuerpo humano que miembros tiene. Y en tales casos, ¿quién hay que ayude? ¿Su patrono? Hace una finta y engaña. ¿El juez? Vende su sentencia. Quien se sienta a vengar los crímenes los comete, y el juez se convierte en reo, para que el acusado perezca inocente. Los crímenes son en todas partes comunes; y en todas partes, en el carácter multiforme del pecado, el veneno pernicioso actúa por medio de mentes degradadas. Uno falsifica un testamento, otro con un fraude capital hace una declaración falsa; de un lado, se defrauda a los hijos de sus herencias; de otro, se dota a extraños con sus bienes. El adversario presenta su acusación, el acusador falso ataca, el testigo difama, por todos lados la impudencia venal de voces asalariadas se ocupa en falsificar cargos, mientras tanto los culpables ni siquiera perecen con los inocentes. No hay temor de las leyes; ninguna preocupación por el inquisidor ni por el juez; cuando la sentencia puede comprarse con dinero, no se le presta atención. Es ya un crimen entre los culpables ser inocente; quien no imita a los malvados es una ofensa para ellos. Las leyes se han avenido con los crímenes, y cuanto es público ha comenzado a ser permitido. ¿Qué pudor, qué integridad puede prevalecer allí, donde no hay nadie que condene a los malvados, y solo se encuentra con quienes deberían ser condenados?

    Epístola 1, § 11

    Pero para que no parezca quizá que escogemos casos extremos, y con ánimo de desacreditar tratamos de atraer tu atención hacia cosas cuya vista triste y repugnante puede ofender la mirada de una conciencia mejor, ahora te dirigiré a cosas tales como las que el mundo en su ignorancia tiene por buenas. También entre ellas verás cosas que te escandalizarán. En cuanto a lo que tú consideras honores, a lo que juzgas las fasces, a lo que cuentas opulencia en riquezas, a lo que piensas poder en el campamento, la gloria de la púrpura en el cargo magistral, el poder del desenfreno en el mando supremo —allí se oculta el virus de un mal enredador, y una apariencia de maldad sonriente, gozosa ciertamente, pero el engaño traicionero de una calamidad oculta. Así como cierto veneno, en el que el sabor, mezclado con dulzura, se une astutamente a sus jugos mortíferos, parece, al beberse, una poción ordinaria, pero, una vez apurado, la destrucción que has tragado te asalta. Ves, por cierto, a aquel hombre distinguido por su brillante vestido, resplandeciente, según piensa, en su púrpura. ¡Pero con qué bajeza ha comprado ese brillo! ¡Qué desprecios de los soberbios tuvo que soportar primero! ¡Qué umbrales altaneros, como cortesano madrugador, asedió! ¡Cuántos pasos desdeñosos de hombres arrogantes y grandes hubo de preceder, apretado en la turba de clientes, para que luego una procesión semejante lo atendiera y precediera con salutaciones —una comitiva que sirve no a su persona, sino a su poder! Pues no tiene título para ser considerado por su carácter, sino por sus fasces. De estas, finalmente, puedes ver el fin degradante, cuando el adulador servil se ha ido, y el parásito, abandonándolas, ha manchado el costado expuesto del hombre que se ha retirado a condición privada. Entonces los daños hechos al patrimonio familiar dilapidado golpean la conciencia; entonces se conocen las pérdidas que han agotado la fortuna —gastos con que se compró el favor del populacho, y se pidió el aliento del pueblo con súplicas veleidosas y vacías. Ciertamente fue vana y necia jactancia haber querido ofrecer, en la gratificación de un espectáculo decepcionante, lo que el pueblo no recibiría y lo que arruinaría a los magistrados.

    Epístola 1, § 12

    Pero, además, aquellos a quienes consideras ricos, que añaden bosques a bosques y, excluyendo a los pobres de su vecindad, extienden sus campos a lo ancho y a lo lejos sin límite alguno, que poseen inmensos montones de plata y oro y grandes sumas de dinero, ya en montones amontonados, ya en tesoros enterrados —aun en medio de sus riquezas son desgarrados por la ansiedad de un pensamiento vago, no sea que el ladrón los despoje, no sea que el asesino los ataque, no sea que la envidia de algún vecino más rico se torne hostil y los hostigue con pleitos maliciosos. Tal hombre no goza de seguridad ni en la comida ni en el sueño. En medio del banquete suspira, aunque bebe de una copa enjoyada; y cuando su lujoso lecho ha envuelto su cuerpo, lánguido de festines, en su seno acogedor, yace desvelado en medio del plumón; y no percibe, pobre desdichado, que estas cosas no son más que tormentos dorados, que está retenido en servidumbre por su oro, y que es esclavo de su lujo y riqueza más que dueño de ellos. ¡Y oh la odiosa ceguera de la percepción, y la profunda oscuridad de la codicia insensata! Aunque podría aliviarse y deshacerse de la carga, sigue más bien rumiando su riqueza vejatoria —sigue aferrándose obstinadamente a sus tesoros atormentadores. De él no hay liberalidad para con los dependientes, no hay comunicación para con los pobres. Y, sin embargo, tales gentes llaman suyo a ese dinero, que guardan con celoso trabajo, encerrado en casa como si fuera ajeno, y del cual no sacan provecho ni para sus amigos, ni para sus hijos, ni, en fin, para sí mismos. Su posesión se reduce a esto: que pueden impedir que otros lo posean; y ¡oh qué maravillosa perversión de nombres! Llaman bienes a aquellas cosas que no emplean absolutamente sino en malos usos.

    Epístola 1, § 13

    ¿O piensas que aun aquellos están seguros —que al menos aquellos están a salvo con alguna permanencia estable entre las coronas de honor y las vastas riquezas, a quienes, en el brillo de los palacios reales, rodea la salvaguardia de armas vigilantes? Tienen mayor temor que los demás. Un hombre es constreñido a temer no menos de lo que es temido. La exaltación exige sus penas igualmente de los más poderosos, aunque esté cercado de bandas de satélites, y guarde su persona con el recinto y la protección de un numeroso séquito. Así como no permite que sus inferiores sientan seguridad, es inevitable que él mismo carezca del sentido de seguridad. El poder de aquellos a quienes el poder hace terribles para otros es, ante todo, terrible para sí mismos. Sonríe para enfurecerse, halaga para engañar, atrae para matar, levanta para derribar. Con cierta usura de mal, cuanto mayor es la altura de dignidad y honores alcanzados, mayor es el interés de pena exigido.

    Epístola 1, § 14

    De ahí, pues, la única tranquilidad pacífica y confiable, la única seguridad sólida, firme y constante, es esta: retirarse de estos remolinos de un mundo que distrae y, anclado en el fondo del puerto de la salvación, levantar los ojos de la tierra al cielo; y, habiendo sido admitido al don de Dios, y estando ya muy cerca de su Dios en la mente, poder gloriarse de que cuanto en los asuntos humanos otros estiman alto y grande, queda totalmente por debajo de su conocimiento. Quien es realmente mayor que el mundo nada puede anhelar, nada puede desear, del mundo. ¡Cuán estable, cuán libre de toda sacudida es esa salvaguardia; cuán celestial la protección en sus bendiciones perennes, —ser desatado de las redes de este mundo enredador, y ser purgado de las heces terrenales, y ser apto para la luz de la inmortalidad eterna! Verá qué astuto mal del enemigo que antes nos atacaba ha estado en marcha contra nosotros. Somos constreñidos a tener más amor por lo que seremos, al permitírsenos conocer y condenar lo que fuimos. Ni para esto es necesario pagar precio alguno, sea por soborno o por trabajo; de modo que la elevación o dignidad o poder del hombre se engendre en él con esfuerzo elaborado; sino que es un don gratuito de Dios, y es accesible a todos. Como el sol brilla espontáneamente, como el día da luz, como la fuente fluye, como la lluvia produce humedad, así el Espíritu celestial se infunde en nosotros. Cuando el alma, en su contemplación del cielo, ha reconocido a su Autor, se eleva por encima del sol, y trasciende con mucho todo este poder terreno, y comienza a ser aquello que cree ser.

    Epístola 1, § 15

    Tú, empero, a quien la milicia celestial ha alistado en el campamento espiritual, observa solo una disciplina incorrupta y castigada en las virtudes de la religión. Sé constante tanto en la oración como en la lectura; ahora habla con Dios, ahora deja que Dios hable contigo, que Él te instruya en sus preceptos, que Él te dirija. A quien Él ha hecho rico, nadie lo hará pobre; pues, en efecto, no puede haber pobreza para aquel cuyo pecho ha sido abastecido una vez con el alimento celestial. Los techos enriquecidos con oro y las casas adornadas con mosaicos de mármol costoso te parecerán mezquinos, ahora que sabes que eres tú mismo quien más bien ha de ser perfeccionado, tú quien más bien ha de ser adornado, y que aquella morada en la que Dios ha habitado como en un templo, en la que el Espíritu Santo ha comenzado a hacer su morada, es de más importancia que todas las demás. Embellezcamos esta casa con los colores de la inocencia, iluminémosla con la luz de la justicia: esta nunca caerá en decadencia por el desgaste de la edad, ni será mancillada por el deslustre de los colores de sus muros, ni de su oro. Todo lo que es embellecido artificialmente perece; y tales cosas que no contienen la realidad de la posesión no ofrecen a sus poseedores seguridad duradera. Pero esta permanece en una belleza perpetuamente viva, en perfecto honor, en esplendor permanente. No puede decaer ni ser destruida; solo puede ser modelada hacia mayor perfección cuando el cuerpo regrese a ella.

    Epístola 1, § 16

    Estas cosas, queridísimo Donato, brevemente por ahora. Pues aunque lo que oyes provechosamente deleita tu paciencia, indulgente en su bondad, tu mente bien equilibrada y tu fe asegurada —y nada es tan agradable a tus oídos como lo que te es agradable en Dios—, sin embargo, como estamos asociados como vecinos y es probable que hablemos juntos con frecuencia, debemos tener alguna moderación en nuestra conversación; y puesto que este es un descanso festivo y un tiempo de ocio, lo que queda del día, ahora que el sol se inclina hacia la tarde, pasémoslo en alegría, y que ni siquiera la hora del banquete esté sin gracia celestial. Que la comida sobria resuene con salmos; y como tu memoria es tenaz y tu voz musical, emprende este oficio, como es tu costumbre. Proporcionarás un entretenimiento mejor a tus amigos queridísimos si, mientras tenemos algo espiritual que escuchar, la dulzura de la música religiosa encanta nuestros oídos.
    Comentario editorial · Una carta que es casi un tratado
    La primera epístola no es de gobierno: es un monólogo dirigido a un amigo, Donato, en el que Cipriano cuenta cómo cambió su vida con el bautismo y denuncia los vicios del mundo. Wikipedia la cuenta entre sus primeras obras y resume su contenido como la historia de su conversión, la corrupción del poder romano y los espectáculos de gladiadores. El propio ANF avisa en nota de que la edición de Oxford la imprime entre los tratados, y por eso su número aquí no coincide con el de otras ediciones.

    Epístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 2, argumento
    Argumento. El clero romano había sabido por Crementio el subdiácono que en tiempo de persecución Cipriano se había retirado. Por tanto, con su acostumbrado celo por la fe, recuerdan al clero cartaginés su deber y les instruyen qué hacer en el caso de los caídos, durante el intervalo de la ausencia del obispo.

    Epístola 2, § 1

    Hemos sido informados por Crementio el subdiácono, que vino a nosotros desde vosotros, de que el bienaventurado padre Cipriano se ha retirado por cierta razón; "en lo cual obró muy rectamente, porque es persona de eminencia y porque se avecina un conflicto", que Dios ha permitido en el mundo, para cooperar con sus siervos en su lucha contra el adversario, y quiso además que este conflicto mostrara a ángeles y a hombres que el vencedor será coronado, mientras que el vencido recibirá en sí mismo la condenación que se nos ha manifestado. Puesto que, además, nos incumbe a nosotros, que parecemos estar colocados en lo alto, en lugar de pastor, velar por el rebaño; si se nos hallara negligentes, se nos dirá, como se dijo también a nuestros predecesores, los cuales, negligentes de igual modo, habían sido puestos al cargo, que "no hemos buscado lo que estaba perdido, ni corregido al descarriado, ni vendado lo que estaba roto, sino que hemos comido su leche y nos hemos vestido con su lana"; y luego también el Señor mismo, cumpliendo lo que estaba escrito en la ley y los profetas, enseña diciendo: "Yo soy el buen pastor, que doy mi vida por las ovejas. Pero el asalariado, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y abandona las ovejas y huye, y el lobo las dispersa". A Simón también le habla así: "¿Me amas? Respondió: Te amo. Le dice: Apacienta mis ovejas". Sabemos que este dicho surgió de la circunstancia misma de su retiro, y los demás discípulos hicieron lo mismo.

    Epístola 2, § 2

    No queremos, por tanto, hermanos amados, que seáis hallados asalariados, sino que deseamos que seáis buenos pastores, ya que sabéis que no os amenaza un peligro pequeño si no exhortáis a nuestros hermanos a permanecer firmes en la fe, de modo que la fraternidad no sea completamente desarraigada, como los que se precipitan de cabeza a la idolatría. Y no es solo de palabra como os exhortamos a esto; sino que podréis comprobarlo por muchísimos que vienen a vosotros de parte nuestra, que, con la bendición de Dios, nosotros mismos hemos hecho y seguimos haciendo todas estas cosas con toda ansiedad y riesgo mundano, teniendo ante los ojos más bien el temor de Dios y los sufrimientos eternos que el temor de los hombres y una incomodidad pasajera, no abandonando a los hermanos, sino exhortándolos a permanecer firmes en la fe y a estar prontos a partir con el Señor. E incluso hemos hecho volver a los que iban a hacer aquello a lo que eran constreñidos. La Iglesia permanece en la fe, a pesar de que algunos han sido empujados a caer por el mismo terror, ya sea que fueran personas de eminencia, o que temieran, al ser apresados, el temor del hombre: a estos, sin embargo, no los abandonamos, aunque estaban separados de nosotros, sino que los exhortamos, y los exhortamos a arrepentirse, si de algún modo pueden recibir el perdón de Aquel que puede concederlo; no sea que acaso, si fueran abandonados por nosotros, se hicieran peores.

    Epístola 2, § 3

    Veis, pues, hermanos, que vosotros también debéis hacer lo mismo, de modo que aun aquellos que han caído puedan enmendar su mente por vuestra exhortación; y si son apresados una vez más, confiesen y reparen así su pecado anterior. Y hay otros asuntos que os incumben, que también hemos añadido aquí, como que si alguno de los que han caído en esta tentación comienza a ser atacado por la enfermedad, y se arrepiente de lo que ha hecho, y desea la comunión, se le conceda de cualquier modo. O si tenéis viudas o personas postradas en cama que no pueden sostenerse, o a los que están en prisiones o excluidos de sus propias moradas, estos deben tener en todo caso a alguien que les sirva. Además, a los catecúmenos, cuando son atacados por la enfermedad, no se les debe engañar, sino que ha de prestárseles ayuda. Y, como asunto de la mayor importancia, si los cuerpos de los mártires y de otros no son sepultados, se incurre en un riesgo considerable por parte de aquellos cuyo deber es desempeñar este oficio. Por cualquiera de vosotros, pues, y en cualquier ocasión en que este deber se haya cumplido, estamos seguros de que es tenido por buen siervo —como quien ha sido fiel en lo poco y será puesto por gobernante sobre diez ciudades. Que Dios, empero, que da todas las cosas a los que esperan en Él, nos conceda que todos seamos hallados en estas obras. Los hermanos que están en cadenas os saludan, como también los presbíteros y toda la Iglesia, que también ella misma con la más profunda ansiedad vela sobre todos los que invocan el nombre del Señor. Y asimismo os rogamos que, a vuestro turno, nos tengáis en memoria. Sabed, además, que Basiano ha venido a nosotros; y os pedimos a los que tenéis celo por Dios, que enviéis copia de esta carta a quienes podáis, según se presenten las ocasiones, o que os hagáis vuestras propias oportunidades, o enviéis un mensaje, para que permanezcan firmes y constantes en la fe. Os despedimos, hermanos amados, cordialmente en el Señor.
    Comentario editorial · Por qué se escondió Cipriano
    El edicto de Decio, de principios de 250, ordenaba sacrificar a los dioses ante un magistrado y obtener un certificado; el papa Fabián murió el 20 de enero de ese año (Wikipedia). Cipriano optó por esconderse. Según Wikipedia, algunos clérigos lo tomaron por cobardía, y él se defendió diciendo que había huido para no dejar a los fieles sin pastor. Esta epístola es del clero de Roma, que según su texto se ha enterado por el subdiácono Crementio de que Cipriano «se ha retirado»; su respuesta es exhortar al clero cartaginés a no actuar como «asalariados».

    Epístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 3, argumento
    Argumento. Esta es una epístola familiar y amistosa; por lo tanto no requiere argumento formal, especialmente porque puede deducirse suficientemente del título mismo. Falta la carta del clero romano a la que Cipriano responde.

    Epístola 3, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, hermanos que moráis en Roma, salud. Cuando la noticia de la partida del excelente varón, mi colega, era aún incierta entre nosotros, hermanos amadísimos, y yo vacilaba dudosamente en mi opinión sobre el asunto, recibí una carta que me enviasteis por medio de Crementio el subdiácono, en la cual se me informaba abundantísimamente de su fin glorioso; y me regocijé grandemente de que, en armonía con la integridad de su administración, le acompañara también una consumación honrosa. En lo cual, además, os felicito grandemente, porque honráis su memoria con un testimonio tan público y tan ilustre, de modo que por vuestro medio se me da a conocer no solo lo que es glorioso para vosotros en relación con la memoria de vuestro obispo, sino lo que debe ofrecerme también a mí un ejemplo de fe y virtud. Pues en la misma medida en que la caída de un obispo es un acontecimiento que tiende ruinosamente a la caída de sus seguidores, así, por el contrario, es cosa útil y provechosa cuando un obispo, por la firmeza de su fe, se propone a sus hermanos como objeto de imitación.

    Epístola 3, § 2

    2. He leído, además, otra epístola en la cual ni la persona que la escribió ni las personas a quienes fue escrita estaban claramente declaradas; y como en la misma carta tanto la escritura como el contenido, e incluso el propio papel, me dieron la idea de que algo había sido sustraído o alterado del original, os he devuelto la epístola tal como llegó a mis manos, para que examinéis si es exactamente la misma que entregasteis a Crementio el subdiácono para que la llevara. Pues es cosa gravísima si la verdad de una carta clerical es corrompida por alguna falsedad o engaño. Para que, pues, sepamos esto, comprobad si la escritura y la firma son vuestras, y escribidme de nuevo cuál es la verdad del asunto. Os despedimos, hermanos carísimos, cordialmente en el Señor.

    Epístola 4. A los presbíteros y diáconos

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 4, argumento
    Argumento. Cipriano exhorta desde su retiro a su clero, para que en su ausencia estén unidos; para que nada falte a los presos ni a los demás pobres; y además, para que mantengan al pueblo en quietud, no sea que, si acuden en tropel a visitar a los mártires en la cárcel, se les prohíba al fin este privilegio. A.D. 250.

    Epístola 4, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos amadísimos, salud. Estando, por la gracia de Dios, a salvo, hermanos carísimos, os saludo, gozándome de estar informado de la prosperidad de todas las cosas también en lo que respecta a vuestra seguridad; y como la condición del lugar no me permite estar ahora con vosotros, os ruego, por vuestra fe y vuestra religión, que desempeñéis allí tanto vuestro oficio como el mío, para que nada falte ni a la disciplina ni a la diligencia. En cuanto a los medios, además, para hacer frente a los gastos, ya sea para aquellos que, habiendo confesado a su Señor con voz gloriosa, han sido encarcelados, o para aquellos que trabajan en pobreza y necesidad y permanecen firmes en el Señor, os suplico que nada falte, puesto que toda la pequeña suma que allí se recogió fue distribuida entre el clero para casos de esa índole, a fin de que muchos tuvieran medios con los cuales pudieran socorrer las necesidades y cargas de cada uno.

    Epístola 4, § 2

    2. Os ruego también que no falte de vuestra parte sabiduría y cuidado para conservar la paz. Pues aunque por su afecto los hermanos están deseosos de acercarse y visitar a aquellos buenos confesores, sobre quienes por sus gloriosos comienzos la consideración divina ya ha derramado un resplandor, pienso, sin embargo, que este deseo debe satisfacerse con cautela, y no en multitudes —no en números reunidos a la vez—, no sea que por esto mismo se suscite malquerencia y se niegue el medio de acceso, y así, mientras insaciablemente deseamos para todos, lo perdamos todo. Tomad consejo, pues, y procurad que esto se gestione con más seguridad y moderación, de modo que también los presbíteros que allí ofrecen con los confesores se turnen uno a uno con los diáconos individualmente; porque, al cambiar así las personas y variar la gente que se reúne, se disminuye la sospecha. Pues, mansos y humildes en todas las cosas, como conviene a los siervos de Dios, debemos acomodarnos a los tiempos, proveer a la quietud y tener consideración al pueblo. Os despedimos, hermanos amados y muy anhelados, cordialmente en el Señor; y tenedme en memoria. Saludad a toda la fraternidad. El diácono Víctor, y los que están conmigo, os saludan. ¡Adiós!

    Epístola 5. A los presbíteros y diáconos

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 5, argumento
    Argumento. El argumento de esta carta es casi el mismo que el de la anterior, salvo que el autor ordena que los confesores sean también amonestados por el clero acerca de su deber, que atiendan a la humildad y obedezcan a los presbíteros y diáconos. Su propio retiro ofrece incidentalmente una ocasión para esto.

    Epístola 5, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. Había deseado, en verdad, hermanos amadísimos, saludar con esta carta a todo mi clero en salud y seguridad. Pero puesto que el tiempo borrascoso que en gran medida ha abrumado a mi pueblo ha añadido, además, este aumento a mis dolores, que ha tocado con su desolación incluso a una parte del clero, ruego al Señor que, por la divina misericordia, pueda en adelante saludaros al menos a vosotros como salvos, quienes, según he sabido, permanecéis firmes tanto en la fe como en la virtud. Y aunque algunas razones podrían parecer impulsarme al deber de apresurarme yo mismo a ir a vosotros, en primer lugar, por ejemplo, por mi ansia y deseo de vosotros, que es la consideración principal en mis oraciones, y luego, para que pudiéramos consultar juntos sobre aquellas cuestiones que son requeridas por el bien común, en lo que respecta al gobierno de la Iglesia, y habiéndolas examinado cuidadosamente con abundante consejo, pudiéramos disponerlas sabiamente —sin embargo, me pareció mejor conservar todavía mi retiro y mi quietud por un tiempo, con miras a otras ventajas relacionadas con la paz y la seguridad de todos nosotros—: ventajas de las que os dará cuenta nuestro amado hermano Tértulo, quien, además de su otro cuidado que con celo dedica a los trabajos divinos, fue, además, el autor de este consejo: que yo fuera cauto y moderado, y no me expusiera temerariamente a la vista del público; y especialmente que me guardara de aquel lugar donde tan a menudo se me había buscado e inquirido.

    Epístola 5, § 2

    2. Confiando, pues, en vuestro amor y vuestra piedad, que he conocido abundantemente, en esta carta os exhorto y os mando que aquellos de vosotros cuya presencia allí sea menos sospechosa y menos peligrosa desempeñen en mi lugar mi deber, en lo que respecta a hacer aquellas cosas que se requieren para la administración religiosa. Entretanto, cuídese de los pobres tanto y tan bien como sea posible; pero especialmente de aquellos que se han mantenido con fe inquebrantable y no han abandonado el rebaño de Cristo, para que, por vuestra diligencia, se les suministren medios que les permitan soportar su pobreza, de modo que lo que el tiempo turbulento no ha logrado en cuanto a su fe, no lo lleve a cabo la necesidad en cuanto a sus aflicciones. Préstese, además, un cuidado más solícito a los gloriosos confesores. Y aunque sé que muchísimos de ellos han sido sostenidos por el voto y por el amor de los hermanos, con todo, si hay algunos que carecen de vestido o de sustento, provéaseles de todas las cosas necesarias, como os escribí anteriormente, mientras aún se les mantenía en prisión — solo haced que sepan de vosotros y sean instruidos, y aprendan lo que, según la autoridad de la Escritura, la disciplina de la Iglesia exige de ellos: que deben ser humildes, modestos y pacíficos, que deben mantener el honor de su nombre, para que aquellos que han alcanzado gloria por lo que han testificado, alcancen también gloria por sus costumbres, y buscando en todas las cosas la aprobación del Señor, se muestren dignos, en la consumación de su alabanza, de alcanzar la corona celestial. Pues queda todavía más de lo que se ve cumplido, ya que está escrito: "No alabes a nadie antes de su muerte"; y de nuevo: "Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida". . Y dice también el Señor: "El que persevere hasta el fin, ese se salvará". . Imiten al Señor, que en el momento mismo de su pasión no fue más orgulloso, sino más humilde. Pues entonces lavó los pies a sus discípulos, diciendo: "Si yo, vuestro Señor y Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que hagáis como yo he hecho con vosotros". Sigan también el ejemplo del apóstol Pablo, quien, después de prisiones a menudo repetidas, después de azotes, después de ser expuesto a las fieras, continuó en todo manso y humilde; y aun después de su arrebatamiento al tercer cielo y al paraíso, no se arrogó nada con orgullo cuando dijo: "Ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga noche y día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros".

    Epístola 5, § 3

    3. Estas diversas cosas, os ruego, sugeridlas a nuestros hermanos. Y como "el que se humilla será ensalzado", , ahora es el tiempo en que deben más bien temer al adversario que tiende lazos, el cual ataca con más ansia al hombre más fuerte, y volviéndose más virulento, por la misma razón de haber sido vencido, se esfuerza en vencer a su vencedor. Conceda el Señor que pronto pueda verlos de nuevo y, con exhortación saludable, confirmar sus mentes para conservar su gloria. Pues me aflijo cuando oigo que algunos de ellos andan de acá para allá con maldad y soberbia, y se entregan a locuras o a discordias; que miembros de Cristo, e incluso miembros que han confesado a Cristo, son manchados por concubinato ilícito, y no pueden ser gobernados ni por los diáconos ni por los presbíteros, sino que causan que, por las malvadas y perversas costumbres de unos pocos, las honrosas glorias de muchos y buenos confesores queden empañadas; a quienes ellos deben temer, no sea que, condenados por su testimonio y juicio, sean excluidos de su comunión. Ese, finalmente, es el confesor ilustre y verdadero, de quien después la Iglesia no se avergüenza, sino que se gloría.

    Epístola 5, § 4

    4. En cuanto a lo que nuestros copresbíteros, Donato y Fortunato, Novato y Gordio, me escribieron, no he podido responderles por mí mismo, ya que, desde el primer comienzo de mi episcopado, me propuse no hacer nada por mi opinión privada, sin vuestro consejo y sin el consentimiento del pueblo. Pero tan pronto como, por la gracia de Dios, haya ido a vosotros, discutiremos en común, según lo requiere nuestra respectiva dignidad, aquellas cosas que se han hecho o se han de hacer. Os despedimos, hermanos amados y muy anhelados, cordialmente en el Señor, y acordaos de mí. Saludad de mi parte con afecto a la fraternidad que está con vosotros, y decidles que se acuerden de mí. Adiós.
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