10. Pero quiero contaros algunos hechos acerca de una circunstancia acaecida entre nosotros, que atañe a este mismo asunto. Hace unos veintidós años, en torno al año veinte después del emperador Alejandro, ocurrieron en estas regiones muchas luchas y dificultades, ya para todos los hombres en general, ya en particular para los cristianos. Además, hubo muchos y frecuentes terremotos, de modo que muchos lugares fueron derribados por toda Capadocia y el Ponto; incluso ciertas ciudades, arrastradas al abismo, fueron tragadas por la abertura de la tierra. De suerte que también de esto surgió contra nosotros una persecución severa por causa del nombre cristiano; y esta, tras la larga paz de la edad anterior, surgió de pronto y, con sus males desacostumbrados, se hizo más terrible para la perturbación de nuestro pueblo. Sereniano era entonces gobernador de nuestra provincia, perseguidor cruel y terrible. Mas hallándose los fieles en este estado de perturbación, y huyendo aquí y allá por miedo a la persecución, dejando su patria y pasando a otras regiones —pues había oportunidad de pasar, por no ser aquella persecución sobre todo el mundo, sino local—, surgió entre nosotros de pronto cierta mujer que, en estado de éxtasis, se anunciaba como profetisa y obraba como si estuviera llena del Espíritu Santo. Y fue tan impelida por el ímpetu de los demonios principales, que por largo tiempo inquietó y engañó a la fraternidad, obrando cosas maravillosas y portentosas, y prometiendo que haría temblar la tierra. No que el poder del demonio fuera tan grande que pudiera llegar a hacer temblar la tierra o a perturbar los elementos; sino que a veces un espíritu malvado, que prevé y percibe que habrá un terremoto, finge que hará lo que ve que sucederá. Con estas mentiras y jactancias había subyugado de tal modo las mentes de los individuos, que le obedecían y lo seguían adondequiera que mandaba y conducía. Hacía también que aquella mujer caminara en el crudo invierno con los pies descalzos sobre la nieve helada, sin que aquella caminata la inquietara o dañara en modo alguno. Además, decía que se apresuraba a Judea y a Jerusalén, fingiendo como si hubiera venido de allí. Allí también engañó a uno de los presbíteros, hombre del campo, y a otro, diácono, de modo que tuvieron relación carnal con aquella misma mujer, lo cual fue descubierto poco después. Pues de pronto se presentó ante ella uno de los exorcistas, varón aprobado y siempre de buena conducta en punto a la disciplina religiosa; quien, animado también por la exhortación de muchísimos hermanos, fuertes y dignos de alabanza en la fe, se levantó contra aquel espíritu malvado para vencerlo; el cual, además, con su sutil falacia, había predicho poco antes que vendría cierto tentador adverso e incrédulo. Mas aquel exorcista, inspirado por la gracia de Dios, resistió valientemente y mostró que aquello que antes se tenía por santo era en verdad un espíritu malvadísimo. Pero aquella mujer, que antes, por los engaños y falacias del demonio, intentaba muchas cosas para engañar a los fieles, entre otras cosas con que había engañado a muchos, también se había atrevido frecuentemente a esto: fingir que, con una invocación no despreciable, santificaba el pan y celebraba la Eucaristía, y ofrecía el sacrificio al Señor, no sin el sacramento de la acostumbrada fórmula; y también a bautizar a muchos, empleando las usuales y legítimas palabras de la interrogación, para que nada pareciera ser distinto de la regla eclesiástica.