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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)50 minPosición: 0% de esta parteParte 12 de 14 · Epístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejesPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 73, argumento
    Argumento. El propósito de esta epístola se da en el "Contra Donatistas" de San Agustín, Lib. V. ca. Dice allí: "Cipriano, además, escribe a Pompeyo sobre el mismo asunto, donde claramente significa que Esteban, quien, según sabemos, era entonces obispo de la Iglesia romana, no solo no estaba de acuerdo con él en esos puntos, sino que incluso había escrito y mandado en contra de él."

    Epístola 73, § 1

    1. Cipriano a su hermano Pompeyo, salud. Aunque he comprendido plenamente lo que ha de decirse acerca del bautismo de los herejes en las cartas de las que te envié copias, hermano carísimo, sin embargo, ya que has deseado que lo que Esteban, nuestro hermano, respondió a mis cartas sea traído a tu conocimiento, te he enviado una copia de su respuesta; al leerla, observarás más y más su error al esforzarse por mantener la causa de los herejes contra los cristianos, y contra la Iglesia de Dios. Pues entre otras cosas, que o bien fueron asumidas arrogantemente, o no pertenecían al asunto, o eran contradictorias con su propia opinión, las cuales escribió sin habilidad y sin previsión, añadió además esta frase: "Si alguien, por tanto, viene a vosotros de cualquier herejía, no se innove (o haga) nada que no haya sido transmitido, a saber, que se le impongan las manos para la penitencia; puesto que los mismos herejes, en su propio carácter, no bautizan a los que vienen a ellos de unos a otros, sino que solo los admiten a la comunión."

    Epístola 73, § 2

    2. Prohibió que uno que viniera de cualquier herejía fuera bautizado en la Iglesia; es decir, juzgó que el bautismo de todos los herejes era justo y lícito. Y aunque las herejías particulares tienen bautismos particulares y pecados diferentes, él, manteniendo comunión con el bautismo de todos, recogió los pecados de todos, amontonados en su propio seno. Y mandó que no se innovara nada excepto lo que había sido transmitido; como si él fuera un innovador, quien, manteniendo la unidad, reclama para la única Iglesia un solo bautismo; y no manifiestamente aquel que, olvidando la unidad, adopta las mentiras y los contagios de un lavado profano. Que no se innove nada, dice él, nada se mantenga, excepto lo que ha sido transmitido. ¿De dónde es esa tradición? ¿Acaso desciende de la autoridad del Señor y del Evangelio, o proviene de los mandatos y las epístolas de los apóstoles? Pues que aquellas cosas que están escritas deben hacerse, Dios lo atestigua y advierte, diciendo a Josué, hijo de Nun: "El libro de esta ley no se apartará de tu boca; sino que meditarás en él día y noche, para que observes hacer conforme a todo lo que está escrito en él." También el Señor, enviando a sus apóstoles, manda que las naciones sean bautizadas, y enseñadas a observar todas las cosas que Él mandó. Si, por tanto, está prescrito en el Evangelio, o contenido en las epístolas o Hechos de los Apóstoles, que aquellos que vienen de cualquier herejía no deben ser bautizados, sino solo que se les impongan las manos para la penitencia, obsérvese esta divina y santa tradición. Pero si en todas partes los herejes son llamados nada más que adversarios y anticristos, si son declarados pueblo a evitar, y pervertidos y condenados por sí mismos, ¿por qué no han de ser considerados dignos de ser condenados por nosotros, ya que es evidente por el testimonio apostólico que están condenados por sí mismos? De modo que nadie debe difamar a los apóstoles como si hubieran aprobado los bautismos de los herejes, o hubieran comulgado con ellos sin el bautismo de la Iglesia, cuando ellos, los apóstoles, escribieron tales cosas de los herejes. Y esto, además, cuando aún no habían estallado las plagas más terribles de la herejía; mientras que Marción del Ponto aún no había emergido del Ponto, cuyo maestro Cerdón vino a Roma — cuando Higinio era todavía obispo, que fue el noveno obispo en aquella ciudad — a quien Marción siguió, y con mayor impudencia añadiendo otras mejoras a su crimen, y más audazmente se dispuso a blasfemar contra Dios Padre, el Creador, y armó con armas sacrílegas la locura herética que se rebelaba contra la Iglesia con mayor maldad y determinación.

    Epístola 73, § 3

    3. Pero si es evidente que posteriormente las herejías se hicieron más numerosas y peores; y si, en el tiempo pasado, nunca se prescribió ni se escribió que solo se impusieran las manos a un hereje para la penitencia, y que así se le admitiera a la comunión; y si hay un solo bautismo, que está con nosotros, y está dentro, y es concedido por la condescendencia divina solo a la Iglesia, ¿qué obstinación es esa, o qué presunción, preferir la tradición humana a la ordenanza divina, y no observar que Dios se indigna y se enoja cada vez que la tradición humana relaja y pasa por alto los preceptos divinos, como Él clama, y dice por el profeta Isaías: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Pero en vano me adoran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres." También el Señor en el Evangelio, reprendiendo y reprobando de manera similar, pronuncia y dice: "Rechazáis el mandamiento de Dios, para guardar vuestra propia tradición." Recordando este precepto, el bienaventurado apóstol Pablo también advierte e instruye, diciendo: "Si alguno enseña otra cosa, y no consiente a las palabras saludables de nuestro Señor Jesucristo, y a su doctrina, es orgulloso, nada sabe: de tal apártate."

    Epístola 73, § 4

    4. ¡Ciertamente una excelente y lícita tradición se nos presenta por la enseñanza de nuestro hermano Esteban, que puede proporcionarnos una autoridad adecuada! Pues en el mismo lugar de su epístola ha añadido y continuado: "Puesto que aquellos que son especialmente herejes no bautizan a los que vienen a ellos de unos a otros, sino que solo los reciben a la comunión." ¡A tal punto de mal ha llegado la Iglesia de Dios y esposa de Cristo, que sigue los ejemplos de los herejes; que para celebrar los sacramentos celestiales, la luz debe tomar prestada su disciplina de las tinieblas, y los cristianos deben hacer lo que hacen los anticristos! ¿Pero qué ceguera de alma es esa, qué degradación de la fe, negarse a reconocer la unidad que proviene de Dios Padre, y de la tradición de Jesucristo el Señor y nuestro Dios! Pues si la Iglesia no está con los herejes, por tanto, porque es una, y no puede ser dividida; y si así el Espíritu Santo no está allí, porque es uno, y no puede estar entre personas profanas, y aquellos que están fuera; ciertamente también el bautismo, que consiste en la misma unidad, no puede estar entre los herejes, porque no puede ser separado ni de la Iglesia ni del Espíritu Santo.

    Epístola 73, § 5

    5. O si atribuyen el efecto del bautismo a la majestad del nombre, de modo que aquellos que son bautizados en cualquier lugar y de cualquier manera, en el nombre de Jesucristo, sean juzgados renovados y santificados; ¿por qué, en el nombre del mismo Cristo, no se imponen las manos sobre los bautizados entre ellos, para la recepción del Espíritu Santo? ¿Por qué no vale la misma majestad del mismo nombre en la imposición de manos, la cual, sostienen, valió en la santificación del bautismo? Pues si alguien nacido fuera de la Iglesia puede convertirse en templo de Dios, ¿por qué no puede también el Espíritu Santo ser derramado sobre el templo? Pues aquel que ha sido santificado, habiendo sido borrados sus pecados en el bautismo, y ha sido espiritualmente reformado en un hombre nuevo, se ha vuelto apto para recibir el Espíritu Santo; ya que dice el apóstol: "Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos." Aquel que, habiendo sido bautizado entre los herejes, puede revestirse de Cristo, mucho más puede recibir el Espíritu Santo a quien Cristo envió. De lo contrario, Aquel que es enviado será mayor que Aquel que envía; de modo que uno bautizado fuera puede comenzar ciertamente a revestirse de Cristo, pero no puede recibir el Espíritu Santo, como si Cristo pudiera revestirse sin el Espíritu, o el Espíritu separarse de Cristo. Además, es necio decir que, aunque el segundo nacimiento es espiritual, por el cual nacemos en Cristo mediante el lavado de la regeneración, uno puede nacer espiritualmente entre los herejes, donde dicen que el Espíritu no está. Pues el agua sola no puede limpiar los pecados, y santificar al hombre, a menos que tenga también el Espíritu Santo. Por lo cual es necesario que concedan que el Espíritu Santo está allí, donde dicen que el bautismo está; o de lo contrario no hay bautismo donde no está el Espíritu Santo, porque no puede haber bautismo sin el Espíritu.

    Epístola 73, § 6

    6. ¡Pero qué cosa es afirmar y sostener que aquellos que no nacen en la Iglesia pueden ser hijos de Dios! Pues el bienaventurado apóstol expone y prueba que el bautismo es aquello en lo que el hombre viejo muere y el hombre nuevo nace, diciendo: "Él nos salvó por el lavamiento de la regeneración." Pero si la regeneración está en el lavamiento, es decir, en el bautismo, ¿cómo puede la herejía, que no es la esposa de Cristo, engendrar hijos para Dios por Cristo? Pues es solo la Iglesia la que, unida y conjunta con Cristo, espiritualmente da a luz hijos; como dice de nuevo el mismo apóstol: "Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, limpiándola con el lavamiento del agua." Si, entonces, ella es la amada y esposa que sola es santificada por Cristo, y sola es limpiada por su lavamiento, es manifiesto que la herejía, que no es la esposa de Cristo, ni puede ser limpiada ni santificada por su lavamiento, no puede dar a luz hijos para Dios.

    Epístola 73, § 7

    7. Pero además, uno no nace por la imposición de manos cuando recibe el Espíritu Santo, sino en el bautismo, para que, habiendo ya nacido, pueda recibir el Espíritu Santo, como sucedió en el primer hombre Adán. Pues primero Dios lo formó, y luego sopló en sus narices el aliento de vida. Pues el Espíritu no puede ser recibido, a menos que el que lo recibe tenga primero existencia. Pero como el nacimiento de los cristianos está en el bautismo, mientras que la generación y santificación del bautismo están solo con la esposa de Cristo, quien puede espiritualmente concebir y dar a luz hijos para Dios, ¿dónde y de quién y para quién nace aquel que no es hijo de la Iglesia, de modo que tenga a Dios por Padre, antes de haber tenido a la Iglesia por Madre? Pero como ninguna herejía en absoluto, e igualmente ningún cisma, estando fuera, puede tener la santificación del bautismo salvador, ¿por qué ha estallado la amarga obstinación de nuestro hermano Esteban hasta tal punto, como para sostener que los hijos nacen para Dios del bautismo de Marción; además, de Valentín y Apeles, y de otros que blasfeman contra Dios Padre; y para decir que la remisión de los pecados se concede en el nombre de Jesucristo donde se profiere blasfemia contra el Padre y contra Cristo el Señor Dios?

    Epístola 73, § 8

    8. En este punto, hermano carísimo, debemos considerar, por causa de la fe y la religión del oficio sacerdotal que desempeñamos, si la cuenta puede ser satisfactoria en el día del juicio para un sacerdote de Dios, que mantiene, aprueba y consiente en el bautismo de blasfemos, cuando el Señor amenaza, y dice: "Y ahora, oh sacerdotes, este mandamiento es para vosotros: si no escucháis, y si no ponéis corazón para dar gloria a mi nombre, dice el Señor Todopoderoso, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones." ¿Da gloria a Dios quien comulga con el bautismo de Marción? ¿Da gloria a Dios quien juzga que la remisión de los pecados se concede entre aquellos que blasfeman contra Dios? ¿Da gloria a Dios quien afirma que los hijos nacen para Dios fuera, de un adúltero y una ramera? ¿Da gloria a Dios quien no mantiene la unidad y la verdad que surgen de la ley divina, sino que mantiene herejías contra la Iglesia? ¿Da gloria a Dios quien, amigo de los herejes y enemigo de los cristianos, piensa que los sacerdotes de Dios, que sostienen la verdad de Cristo y la unidad de la Iglesia, han de ser excomulgados? Si así se da gloria a Dios, si así se preserva el temor y la disciplina de Dios por sus adoradores y sus sacerdotes, arrojemos nuestras armas; entreguémonos a la cautividad; entreguemos al diablo la ordenación del Evangelio, el nombramiento de Cristo, la majestad de Dios; que los sacramentos de la guerra divina sean desatados; que los estandartes del campamento celestial sean traicionados; y que la Iglesia sucumba y ceda ante los herejes, la luz a las tinieblas, la fe a la perfidia, la esperanza a la desesperación, la razón al error, la inmortalidad a la muerte, el amor al odio, la verdad a la falsedad, ¡Cristo al Anticristo! Merecidamente así surgen día a día las herejías y los cismas, crecen más frecuente y fructíferamente, y con cabellos de serpiente disparan y arrojan contra la Iglesia de Dios con mayor fuerza el veneno de su ponzoña; mientras, por la defensa de algunos, se les proporciona autoridad y apoyo; mientras se defiende su bautismo, mientras se traiciona la fe, mientras se traiciona la verdad; mientras lo que se hace fuera contra la Iglesia se defiende dentro en la misma Iglesia.

    Epístola 73, § 9

    9. Pero si hay entre nosotros, hermano amadísimo, temor de Dios, si prevalece el mantenimiento de la fe, si guardamos los preceptos de Cristo, si guardamos la santidad incorrupta e inviolada de su esposa, si las palabras del Señor permanecen en nuestros pensamientos y corazones, cuando dice: "¿Pensáis que cuando venga el Hijo del hombre, hallará fe en la tierra?" entonces, porque somos fieles soldados de Dios, que guerrean por la fe y la religión sincera de Dios, guardemos con fiel valor el campamento que Dios nos ha confiado. Ni la costumbre, que se había infiltrado entre algunos, debe impedir que la verdad prevalezca y venza; porque la costumbre sin verdad es la antigüedad del error. Por lo cual, abandonemos el error y sigamos la verdad, sabiendo que en Esdras también la verdad vence, como está escrito: "La verdad permanece y se fortalece para la eternidad, y vive y prevalece por los siglos de los siglos. Con ella no hay acepción de personas ni distinciones; sino que hace lo que es justo: ni en sus juicios hay injusticia, sino la fuerza, y el reino, y la majestad, y el poder de todas las edades. Bendito sea el Señor Dios de la verdad!" Esta verdad Cristo nos mostró en su Evangelio, y dijo: "Yo soy la verdad." Por lo cual, si estamos en Cristo, y tenemos a Cristo en nosotros, si permanecemos en la verdad, y la verdad permanece en nosotros, guardemos firmemente aquellas cosas que son verdaderas.

    Epístola 73, § 10

    10. Pero sucede, por amor a la presunción y a la obstinación, que uno prefiere mantener su propia posición mala y falsa, antes que estar de acuerdo con lo correcto y verdadero que pertenece a otro. Mirando a esto, el bienaventurado apóstol Pablo escribe a Timoteo, y le advierte que un obispo no debe ser "litigioso, ni contencioso, sino manso y dócil." Ahora bien, es dócil aquel que es manso y amable para la paciencia del aprendizaje. Pues conviene a un obispo no solo enseñar, sino también aprender; porque enseña mejor aquel que diariamente aumenta y avanza aprendiendo mejor; lo cual mismo, además, enseña el mismo apóstol Pablo, cuando amonesta: "que si algo mejor es revelado a uno que está sentado, el primero calle." Pero hay un camino breve para las mentes religiosas y simples, tanto para apartar el error, como para encontrar y sacar a la luz la verdad. Pues si volvemos a la cabeza y fuente de la tradición divina, el error humano cesa; y habiendo visto la razón de los sacramentos celestiales, lo que yacía oculto en la oscuridad bajo la penumbra y nube de tinieblas, se abre a la luz de la verdad. Si un canal que suministra agua, que antes fluía abundante y libremente, de repente falla, ¿no vamos a la fuente, para que allí se averigüe la razón del fallo, si por el secado de los manantiales el agua ha fallado en el nacimiento, o si, fluyendo de allí libre y llena, ha fallado en medio de su curso; de modo que, si ha sido causado por la culpa de un canal interrumpido o con fugas, que la corriente constante no fluye ininterrumpida y continuamente, entonces, reparado y fortalecido el canal, el agua recogida pueda ser suministrada para el uso y la bebida de la ciudad, con la misma fertilidad y abundancia con que brota del manantial? Y esto conviene que hagan ahora los sacerdotes de Dios, si quieren guardar los preceptos divinos, que si en algún aspecto la verdad ha vacilado y titubeado, volvamos a nuestro original y Señor, y a la tradición evangélica y apostólica; y de allí surja el fundamento de nuestra acción, de donde ha tomado origen tanto nuestro orden como nuestro origen.

    Epístola 73, § 11

    11. Pues se nos ha entregado que hay un solo Dios, y un solo Cristo, y una sola esperanza, y una sola fe, y una sola Iglesia, y un solo bautismo ordenado solo en la única Iglesia, de cuya unidad cualquiera que se aparte necesariamente ha de ser hallado con los herejes; y mientras los sostiene contra la Iglesia, impugna el sacramento de la tradición divina. El sacramento de esta unidad lo vemos expresado también en los Cantares, en la persona de Cristo, que dice: "Huerto cerrado es mi hermana, mi esposa, fuente sellada, pozo de agua viva, huerto con fruto de manzanas." Pero si su Iglesia es un huerto cerrado, y una fuente sellada, ¿cómo puede quien no está en la Iglesia entrar en el mismo huerto, o beber de su fuente? Además, Pedro mismo, mostrando y vindicando la unidad, ha mandado y advertido que no podemos ser salvos, sino por el único bautismo de una sola Iglesia. "En el arca", dice él, "de Noé, pocos, es decir, ocho almas, fueron salvados por agua, como también el bautismo os salvará a vosotros de manera semejante." ¡En qué breve y espiritual resumen ha expuesto el sacramento de la unidad! Pues como, en aquel bautismo del mundo en el que su antigua iniquidad fue purgada, aquel que no estaba en el arca de Noé no pudo ser salvado por agua, así tampoco puede parecer salvo por el bautismo aquel que no ha sido bautizado en la Iglesia que está establecida en la unidad del Señor según el sacramento de la única arca.

    Epístola 73, § 12

    12. Por tanto, hermano carísimo, habiendo explorado y visto la verdad; es observado y mantenido por nosotros, que todos los que se convierten de cualquier herejía a la Iglesia deben ser bautizados por el único y lícito bautismo de la Iglesia, con excepción de aquellos que habían sido previamente bautizados en la Iglesia, y así habían pasado a los herejes. Pues conviene a estos, cuando regresan, habiéndose arrepentido, ser recibidos solo por la imposición de manos, y ser restaurados por el pastor al redil del que se habían extraviado. Te despido cordialmente en el Señor, hermano carísimo.

    Epístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 74, argumento
    Argumento. El argumento de esta carta es exactamente el mismo que el de la anterior, pero escrito con un poco más de vehemencia y acrimonia de la que conviene a un obispo, principalmente por la razón, como cabe sospechar, de que Esteban había escrito también otra carta a Firmiliano, Heleno y otros obispos de aquellas regiones.

    Epístola 74, § 1

    1. A Cipriano, su hermano en el Señor, salud. Hemos recibido por medio de Rogaciano, nuestro amado diácono, la carta que nos enviaste y que nos escribiste, hermano muy amado; y dimos gracias muy grandes al Señor, porque ha sucedido que quienes estamos separados en el cuerpo estamos así unidos en espíritu, como si no solo ocupáramos una misma patria, sino habitáramos juntos una misma y única casa. Lo cual también conviene que digamos, porque, en verdad, la casa espiritual de Dios es una. "Sucederá en los últimos días —dice el profeta— que el monte del Señor será manifiesto, y la casa de Dios por encima de las cumbres de los montes." Quienes se reúnen en esta casa son unidos con gozo, conforme a lo que se pide al Señor en el salmo: habitar en la casa del Señor todos los días de la vida. De donde también en otro lugar se manifiesta que entre los santos hay grande y deseoso amor por congregarse. "Mirad —dice— cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos habiten juntos en unidad."

    Epístola 74, § 2

    2. Porque la unidad, la paz y la concordia producen el mayor placer no solo a los hombres que creen y conocen la verdad, sino también a los propios ángeles celestiales, a quienes la palabra divina dice que es gozo cuando un pecador hace penitencia y vuelve al vínculo de la unidad. Pero ciertamente esto no se diría de los ángeles, que moran en el cielo, a menos que ellos mismos estuvieran también unidos a nosotros, que se gozan en nuestra unidad; así como, por otra parte, ellos ciertamente se entristecen cuando ven las mentes diversas y las voluntades divididas de algunos, como si no solo no invocaran juntos a un solo y mismo Dios, sino como si, separados y divididos unos de otros, no pudieran tener ni una común convivencia ni trato. Salvo que en este asunto podemos dar gracias a Esteban, porque ha sucedido ahora, por su falta de caridad, que recibimos la prueba de vuestra fe y sabiduría. Pero aunque por causa de Esteban hemos recibido el favor de este beneficio, ciertamente Esteban no ha hecho nada digno de benevolencia ni de gracias. Pues tampoco Judas puede ser tenido por digno, por su perfidia y traición con que obró inicuamente respecto del Salvador, como si él hubiera sido causa de tan grandes ventajas, de modo que por él el mundo y el pueblo de los gentiles fueran liberados por la pasión del Señor.

    Epístola 74, § 3

    3. Pero dejemos pasar por ahora lo que hizo Esteban, no sea que, al recordar su audacia y soberbia, nos acarree una tristeza más duradera por lo que él ha obrado inicuamente. Y sabiendo, en lo que a vos respecta, que habéis resuelto este asunto, sobre el que ahora se cuestiona, conforme a la regla de la verdad y a la sabiduría de Cristo, nos hemos regocijado con gran gozo y hemos dado gracias a Dios de haber hallado en hermanos tan distantes tal unanimidad de fe y de verdad con nosotros. Pues la gracia de Dios es poderosa para asociar y unir en el vínculo de la caridad y de la unidad incluso aquellas cosas que parecen separadas por un considerable espacio de tierra, conforme a aquel modo con que antiguamente también el poder divino asoció en el vínculo de la unanimidad a Ezequiel y Daniel, aunque posteriores en su edad y separados de ellos por un largo espacio de tiempo, con Job y Noé, que estuvieron entre los primeros; de modo que, aunque estaban separados por largos períodos, sin embargo por inspiración divina sintieron las mismas verdades. Y esto también lo observamos ahora en vos: que vos, a quien tan extensas regiones nos separan, os mostráis, no obstante, unido a nosotros en mente y espíritu. Todo lo cual nace de la unidad divina. Pues así como el Señor que habita en nosotros es uno y el mismo, Él en todas partes une y junta a su pueblo en el vínculo de la unidad, de donde su sonido ha salido por toda la tierra; ellos son enviados por el Señor corriendo velozmente en el espíritu de la unidad; como, por el contrario, de nada aprovecha que algunos estén muy cerca y unidos corporalmente, si difieren en espíritu y mente, pues de ningún modo pueden unirse las almas que se apartan de la unidad de Dios. "Porque, he aquí —dice—, los que se alejan de ti perecerán." Mas tales sufrirán el juicio de Dios conforme a su merecido, por apartarse de las palabras de Aquel que ruega al Padre por la unidad, y dice: "Padre, concédeles que, como tú y yo somos uno, así también ellos sean uno en nosotros."

    Epístola 74, § 4

    4. Pero recibimos lo que habéis escrito como si fuera nuestro; y no lo leemos de pasada, sino que, con la repetición frecuente, lo hemos confiado a la memoria. Ni impide la utilidad salvadora repetir las mismas cosas para la confirmación de la verdad ni, además, añadir algunas para acumular pruebas. Y si algo hemos añadido nosotros, no se añade como si vos hubierais dicho demasiado poco; sino que, puesto que el discurso divino supera la naturaleza humana, y el alma no puede concebir ni abarcar la palabra entera y perfecta, por eso también es tan grande el número de los profetas, para que la sabiduría divina, en su multiplicidad, sea distribuida por muchos. De donde también el que primero habla en profecía recibe el mandato de callar si a un segundo se le hace una revelación. Por lo cual sucede necesariamente entre nosotros que, año tras año, nosotros, los presbíteros y prelados, nos reunimos para ordenar aquellos asuntos que están encomendados a nuestro cuidado, de modo que, si algo es más grave, sea dirigido por el común consejo. Además, hacemos esto para que se busque para los hermanos caídos y para los heridos por el diablo después del baño salvador algún remedio por la penitencia; no como si obtuvieran de nosotros la remisión de los pecados, sino para que, por nuestro medio, sean convertidos al conocimiento de sus pecados y sean compelidos a dar más plena satisfacción al Señor.

    Epístola 74, § 5

    5. Pero como el mensajero enviado por vos tenía prisa por volver a vosotros, y la estación invernal apremiaba, respondimos a vuestra carta lo que pudimos. Y en verdad, en cuanto a lo que Esteban ha dicho, como si los apóstoles hubieran prohibido que se bautizara a los que vienen de la herejía y hubieran entregado esto para que sus sucesores lo observaran, habéis respondido con gran abundancia que nadie es tan necio como para creer que los apóstoles entregaron esto, cuando es bien sabido que esas mismas herejías, execrables y detestables como son, surgieron después; cuando incluso se halla que Marción, el discípulo de Cerdón, introdujo su sacrílega tradición contra Dios mucho después de los apóstoles, y pasado largo tiempo desde ellos. Apeles, consintiendo a su blasfemia, añadió muchas otras cosas nuevas y más importantes hostiles a la fe y a la verdad. Pero también es manifiesto el tiempo de Valentín y Basílides, que también ellos, después de los apóstoles y tras largo tiempo, se rebelaron contra la Iglesia de Dios con sus perversas mentiras. Es claro que los demás herejes, también, introdujeron después sus sectas malvadas y sus invenciones perversas, según cada uno era llevado por el error; todos los cuales, es evidente, se condenaron a sí mismos, y han pronunciado contra sí una sentencia inevitable antes del día del juicio; y el que confirma el bautismo de estos, ¿qué otra cosa hace sino juzgarse a sí mismo con ellos y condenarse, haciéndose partícipe de tales?

    Epístola 74, § 6

    6. Pero que los que están en Roma no observan en todos los casos todo lo que ha sido transmitido desde el principio, y en vano pretenden la autoridad de los apóstoles, cualquiera puede conocerlo también por el hecho de que, en cuanto a la celebración de la Pascua, y en cuanto a muchos otros sacramentos de las cosas divinas, puede ver que hay entre ellos algunas diversidades, y que no todas las cosas se observan entre ellos de la misma manera que se observan en Jerusalén; así como también en muchísimas otras provincias muchas cosas varían por la diferencia de los lugares y de los nombres. Y, sin embargo, por esta causa no se produce apartamiento alguno de la paz y de la unidad de la Iglesia Católica, como el que Esteban se ha atrevido ahora a hacer; rompiendo contra vos la paz que sus predecesores han guardado siempre con vosotros en mutua caridad y honor, difamando con ello a Pedro y a Pablo, los bienaventurados apóstoles, como si aquellos mismos varones hubieran entregado esto; los cuales en sus epístolas execraron a los herejes y nos advirtieron que los evitáramos. De donde se desprende que es tradición de hombres esta que sostiene a los herejes y afirma que tienen el bautismo, que pertenece solo a la Iglesia.

    Epístola 74, § 7

    7. Pero, además, habéis respondido bien a aquella parte en que Esteban decía en su carta que los propios herejes, también, son de un mismo sentir respecto del bautismo, y que no bautizan a quienes vienen a ellos de unos a otros, sino que solo comulgan con ellos; como si también nosotros debiéramos hacer eso. En lo cual, aunque ya habéis probado que es suficientemente ridículo que alguien siga a los que están en el error, añadimos además, sobre ello, que no es de admirar que los herejes obren así, pues, aunque difieren en algunas cosas menores, sin embargo en lo más grande mantienen un solo y mismo acuerdo para blasfemar del Creador, figurándose ciertos sueños y fantasmas de un Dios desconocido. Ciertamente es natural que estos convengan en tener un bautismo irreal, del mismo modo que convienen en repudiar la verdad de la divinidad. De los cuales, puesto que es tedioso responder a cada una de sus afirmaciones, ya perversas, ya necias, basta decir brevemente, en suma, que quienes no mantienen al verdadero Señor Padre no pueden mantener la verdad ni del Hijo ni del Espíritu Santo; según lo cual también los que son llamados catafrigios, y se esfuerzan por reclamar para sí nuevas profecías, no pueden tener ni al Padre, ni al Hijo, ni al Espíritu Santo; de los cuales, si preguntamos qué Cristo anuncian, responderán que predican a Aquel que envió al Espíritu que habla por Montano y Prisca. Y en estos, cuando observamos que no ha habido espíritu de verdad, sino de error, sabemos que quienes mantienen su falsa profecía contra la fe de Cristo no pueden tener a Cristo. Además, todos los demás herejes, si se han separado de la Iglesia de Dios, no pueden tener nada de poder ni de gracia, puesto que todo poder y gracia están establecidos en la Iglesia donde presiden los presbíteros, que poseen el poder tanto de bautizar como de imponer las manos y de ordenar. Pues así como un hereje no puede ordenar lícitamente ni imponer las manos, tampoco puede bautizar, ni hacer cosa alguna santa o espiritual, pues es ajeno a la santidad espiritual y deificante. Todo lo cual confirmamos hace algún tiempo en Iconio, lugar de Frigia, cuando nos reunimos con los que se habían congregado de Galacia y Cilicia y de otras regiones vecinas, para que se mantuviera y se vindicara firmemente contra los herejes, cuando había alguna duda en ciertas mentes acerca de aquel asunto.

    Epístola 74, § 8

    8. Y como Esteban y los que con él convienen sostienen que la remisión de los pecados y el segundo nacimiento pueden resultar del bautismo de los herejes, entre quienes ellos mismos confiesan que no está el Espíritu Santo, consideren y entiendan que el nacimiento espiritual no puede existir sin el Espíritu; conforme a lo cual también el bienaventurado apóstol Pablo bautizó de nuevo con un bautismo espiritual a quienes ya habían sido bautizados por Juan antes de que el Espíritu Santo fuera enviado por el Señor, y así les impuso las manos para que recibieran el Espíritu Santo. Pero ¿qué clase de cosa es que, viendo que Pablo, después del bautismo de Juan, bautizó de nuevo a sus discípulos, nosotros dudemos en bautizar a los que vienen a la Iglesia desde la herejía después de su impía y profana inmersión? A no ser, acaso, que Pablo fuera inferior a los obispos de estos tiempos, de modo que estos sí puedan, solo con la imposición de manos, dar el Espíritu Santo a los herejes que vienen (a la Iglesia), mientras que Pablo no era idóneo para dar el Espíritu Santo por la imposición de manos a los que habían sido bautizados por Juan, a no ser que primero los hubiera bautizado también con el bautismo de la Iglesia.

    Epístola 74, § 9

    9. Es además absurdo que no piensen que ha de preguntarse quién fue la persona que bautizó, por la razón de que el bautizado pudo obtener gracia por la invocación de la Trinidad, de los nombres del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Entonces esta será la sabiduría que Pablo escribe que hay en los perfectos. Pero ¿quién hay en la Iglesia perfecto y sabio que pueda defender o creer esto: que la mera invocación de los nombres basta para la remisión de los pecados y la santificación del bautismo?; pues estas cosas solo entonces aprovechan, cuando tanto el que bautiza tiene el Espíritu Santo, como el bautismo mismo tampoco se ordena sin el Espíritu. Pero, dicen, el que de cualquier manera es bautizado fuera puede obtener la gracia del bautismo por su disposición y fe; lo cual sin duda es ridículo en sí mismo, como si una disposición perversa pudiera atraer hacia sí desde el cielo la santificación de los justos, o una fe falsa la verdad de los creyentes. Y que no todos los que invocan el nombre de Cristo son escuchados, y que su invocación no puede obtener gracia alguna, lo manifiesta el Señor mismo, diciendo: "Muchos vendrán en mi nombre, diciendo: "Yo soy Cristo", y engañarán a muchos." . Porque no hay diferencia entre un falso profeta y un hereje. Pues así como aquel engaña en el nombre de Dios o de Cristo, así este engaña en el sacramento del bautismo. Ambos se esfuerzan por engañar con la falsedad las voluntades de los hombres.

    Epístola 74, § 10

    10. Pero quiero contaros algunos hechos acerca de una circunstancia acaecida entre nosotros, que atañe a este mismo asunto. Hace unos veintidós años, en torno al año veinte después del emperador Alejandro, ocurrieron en estas regiones muchas luchas y dificultades, ya para todos los hombres en general, ya en particular para los cristianos. Además, hubo muchos y frecuentes terremotos, de modo que muchos lugares fueron derribados por toda Capadocia y el Ponto; incluso ciertas ciudades, arrastradas al abismo, fueron tragadas por la abertura de la tierra. De suerte que también de esto surgió contra nosotros una persecución severa por causa del nombre cristiano; y esta, tras la larga paz de la edad anterior, surgió de pronto y, con sus males desacostumbrados, se hizo más terrible para la perturbación de nuestro pueblo. Sereniano era entonces gobernador de nuestra provincia, perseguidor cruel y terrible. Mas hallándose los fieles en este estado de perturbación, y huyendo aquí y allá por miedo a la persecución, dejando su patria y pasando a otras regiones —pues había oportunidad de pasar, por no ser aquella persecución sobre todo el mundo, sino local—, surgió entre nosotros de pronto cierta mujer que, en estado de éxtasis, se anunciaba como profetisa y obraba como si estuviera llena del Espíritu Santo. Y fue tan impelida por el ímpetu de los demonios principales, que por largo tiempo inquietó y engañó a la fraternidad, obrando cosas maravillosas y portentosas, y prometiendo que haría temblar la tierra. No que el poder del demonio fuera tan grande que pudiera llegar a hacer temblar la tierra o a perturbar los elementos; sino que a veces un espíritu malvado, que prevé y percibe que habrá un terremoto, finge que hará lo que ve que sucederá. Con estas mentiras y jactancias había subyugado de tal modo las mentes de los individuos, que le obedecían y lo seguían adondequiera que mandaba y conducía. Hacía también que aquella mujer caminara en el crudo invierno con los pies descalzos sobre la nieve helada, sin que aquella caminata la inquietara o dañara en modo alguno. Además, decía que se apresuraba a Judea y a Jerusalén, fingiendo como si hubiera venido de allí. Allí también engañó a uno de los presbíteros, hombre del campo, y a otro, diácono, de modo que tuvieron relación carnal con aquella misma mujer, lo cual fue descubierto poco después. Pues de pronto se presentó ante ella uno de los exorcistas, varón aprobado y siempre de buena conducta en punto a la disciplina religiosa; quien, animado también por la exhortación de muchísimos hermanos, fuertes y dignos de alabanza en la fe, se levantó contra aquel espíritu malvado para vencerlo; el cual, además, con su sutil falacia, había predicho poco antes que vendría cierto tentador adverso e incrédulo. Mas aquel exorcista, inspirado por la gracia de Dios, resistió valientemente y mostró que aquello que antes se tenía por santo era en verdad un espíritu malvadísimo. Pero aquella mujer, que antes, por los engaños y falacias del demonio, intentaba muchas cosas para engañar a los fieles, entre otras cosas con que había engañado a muchos, también se había atrevido frecuentemente a esto: fingir que, con una invocación no despreciable, santificaba el pan y celebraba la Eucaristía, y ofrecía el sacrificio al Señor, no sin el sacramento de la acostumbrada fórmula; y también a bautizar a muchos, empleando las usuales y legítimas palabras de la interrogación, para que nada pareciera ser distinto de la regla eclesiástica.

    Epístola 74, § 11

    11. ¿Qué diremos, pues, sobre el bautismo de esta mujer, mediante el cual un demonio malvadísimo bautizó por medio de una mujer? ¿Aprueban también esto Esteban y los que con él están de acuerdo, especialmente cuando no le faltó ni el símbolo de la Trinidad ni el legítimo y eclesiástico interrogatorio? ¿Puede creerse que se dio la remisión de los pecados, o que se completó debidamente la regeneración del baño salvador, cuando todas las cosas, aunque a imagen de la verdad, fueron hechas por un demonio? A no ser, acaso, que quienes defienden el bautismo de los herejes sostengan que el demonio también confirió la gracia del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Entre ellos, sin duda, hay el mismo error: es el mismo engaño de los demonios, puesto que entre ellos el Espíritu Santo no está en absoluto.

    Epístola 74, § 12

    12. Además, ¿qué significa lo que Esteban afirmaría, que la presencia y la santidad de Cristo está con los que son bautizados entre los herejes? Pues si el apóstol no dice falsedad cuando afirma: "Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos", , ciertamente quien ha sido bautizado entre ellos en Cristo, de Cristo está revestido. Pero si de Cristo está revestido, también podría recibir el Espíritu Santo, que fue enviado por Cristo, y vanamente se le imponen las manos a quien viene a nosotros para recibir el Espíritu; a no ser, acaso, que no se haya revestido del Espíritu que procede de Cristo, de modo que ciertamente Cristo pueda estar con los herejes, pero no el Espíritu Santo con ellos.

    Epístola 74, § 13

    13. Pero recorramos también brevemente las demás cuestiones, que fueron tratadas por ti abundante y plenísimamente, sobre todo porque Rogaciano, nuestro amadísimo diácono, se apresura hacia ti. Pues se sigue que han de ser preguntados por nosotros, cuando defienden a los herejes, si su bautismo es carnal o espiritual. Porque si es carnal, en nada se diferencian del bautismo de los judíos, que usan de tal manera que en él, como en un lavatorio común y vulgar, solo se lava la suciedad externa. Pero si es espiritual, ¿cómo puede ser espiritual el bautismo entre aquellos en quienes no está el Espíritu Santo? Y así, el agua con que son lavados es para ellos solo un lavado carnal, no un sacramento del bautismo.

    Epístola 74, § 14

    14. Pero si el bautismo de los herejes puede tener la regeneración del segundo nacimiento, los que son bautizados entre ellos han de ser contados no como herejes, sino como hijos de Dios. Pues el segundo nacimiento, que ocurre en el bautismo, engendra hijos de Dios. Pero si una sola es la esposa de Cristo, que es la Iglesia Católica, es ella misma la única que engendra hijos de Dios. Pues no hay muchas esposas de Cristo, ya que el apóstol dice: "Os he desposado para presentaros como una virgen pura a Cristo"; y: "Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida también tu pueblo, porque el Rey ha deseado grandemente tu hermosura"; y: "Ven conmigo, esposa mía, desde el Líbano; vendrás, y pasarás más allá de la fuente de tu fe"; y: "He venido a mi huerto, hermana mía, esposa mía". Vemos que en todas partes se presenta una sola persona, porque también una sola es la esposa. Pero la sinagoga de los herejes no es una con nosotros, porque la esposa no es adúltera ni ramera. Por lo cual tampoco puede engendrar hijos de Dios; a no ser que, como le parece a Esteban, la herejía ciertamente los da a luz y los expone, mientras que la Iglesia los recoge cuando son expuestos, y alimenta como suyos a los que no ha engendrado, aunque no puede ser madre de hijos ajenos. Y por eso Cristo nuestro Señor, al proclamar que su esposa es una sola, y al declarar el sacramento de su unidad, dice: "El que no está conmigo, contra mí está; y el que no recoge conmigo, desparrama". Pues si Cristo está con nosotros, pero los herejes no están con nosotros, ciertamente los herejes están en oposición a Cristo; y si nosotros recogemos con Cristo, pero los herejes no recogen con nosotros, sin duda ellos desparraman.

    Epístola 74, § 15

    15. Pero tampoco debemos pasar por alto lo que necesariamente has observado: que la Iglesia, según el Cantar de los Cantares, es un huerto cerrado y una fuente sellada, un paraíso con frutos de manzanas. Quienes nunca han entrado en este huerto, y no han visto el paraíso plantado por Dios Creador, ¿cómo podrán ofrecer a otro el agua viva del baño salvador de la fuente que está encerrada dentro y sellada con un sello divino? Y como el arca de Noé no era otra cosa que el sacramento de la Iglesia de Cristo, la cual entonces, mientras todos los de fuera perecían, mantuvo a salvo solo a los que estaban dentro del arca, se nos instruye manifiestamente a atender a la unidad de la Iglesia. Así también lo estableció el apóstol Pedro, diciendo: "Así también el bautismo os salvará de manera semejante"; mostrando que, así como los que no estaban en el arca con Noé no solo no fueron purificados y salvados por el agua, sino que al punto perecieron en aquel diluvio; así también ahora, quienes no están en la Iglesia con Cristo perecerán fuera, a no ser que se conviertan por la penitencia al único y salvador baño de la Iglesia.

    Epístola 74, § 16

    16. Pero cuán grande es su error, y cuán profunda su ceguera, quien dice que la remisión de los pecados puede concederse en las sinagogas de los herejes, y no permanece sobre el fundamento de la única Iglesia que una vez fue fundada por Cristo sobre la roca, puede percibirse de esto: que Cristo dijo a Pedro solo: "Todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo". Y de nuevo, en el Evangelio, cuando Cristo sopló sobre los apóstoles solos, diciendo: "Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos". Por tanto, el poder de remitir los pecados fue dado a los apóstoles, y a las iglesias que ellos, enviados por Cristo, establecieron, y a los obispos que les sucedieron por ordenación vicaria. Pero los enemigos de la única Iglesia Católica en la que estamos, y los adversarios de nosotros que hemos sucedido a los apóstoles, al reclamar para sí, en contra nuestra, sacerdocios ilícitos, y al levantar altares profanos, ¿qué otra cosa son sino Coré, Datán y Abirón, profanos con una maldad semejante, y a punto de sufrir los mismos castigos que ellos sufrieron, así como también quienes están de acuerdo con ellos, así como sus socios y cómplices perecieron con una muerte semejante a la de ellos?

    Epístola 74, § 17

    17. Y en este respecto me indigno con justicia ante esta necedad tan abierta y manifiesta de Esteban: que quien tanto se jacta del lugar de su episcopado, y sostiene que tiene la sucesión de Pedro, sobre quien fueron puestos los fundamentos de la Iglesia, introduzca muchas otras rocas y levante nuevos edificios de muchas iglesias; manteniendo que en ellas hay bautismo por su autoridad. Pues los que son bautizados, sin duda, llenan el número de la Iglesia. Pero quien aprueba su bautismo sostiene, respecto de los bautizados, que la Iglesia también está con ellos. Y no entiende que la verdad de la Roca cristiana queda oscurecida, y en cierto modo abolida, por él cuando así traiciona y abandona la unidad. El apóstol reconoce que los judíos, aunque cegados por la ignorancia y atados por la más crasa maldad, tienen sin embargo celo por Dios. Esteban, que anuncia que tiene por sucesión el trono de Pedro, no se mueve con celo alguno contra los herejes, cuando les concede, no un poder moderado, sino el poder más grande de la gracia: hasta el punto de decir y afirmar que, por el sacramento del bautismo, la inmundicia del hombre viejo es lavada por ellos, que perdonan los pecados mortales anteriores, que hacen hijos de Dios por la regeneración celestial, y renuevan para la vida eterna por la santificación del baño divino. Quien de este modo concede y entrega a los herejes los grandes y celestiales dones de la Iglesia, ¿qué otra cosa hace sino comulgar con aquellos para quienes mantiene y reclama tanta gracia? Y ahora duda en vano en consentir con ellos, y en ser partícipe con ellos también en otras cosas, en reunirse con ellos, y en mezclar igualmente con ellos sus oraciones, y en designar un altar y sacrificio común.

    Epístola 74, § 18

    18. Pero, dice él, el nombre de Cristo es de gran provecho para la fe y la santificación del bautismo; de modo que quienquiera que sea bautizado en cualquier parte en el nombre de Cristo, al punto obtiene la gracia de Cristo: aunque esta posición puede ser brevemente rebatida y respondida, que si el bautismo fuera de la Iglesia en el nombre de Cristo valiera para la purificación del hombre, en el nombre del mismo Cristo, la imposición de manos podría valer también para la recepción del Espíritu Santo; y también las demás cosas que se hacen entre los herejes comenzarán a parecer justas y lícitas cuando se hacen en el nombre de Cristo; como tú has sostenido en tu carta que el nombre de Cristo no podía valer de nada sino solo en la Iglesia, a la cual sola Cristo ha concedido el poder de la gracia celestial.

    Epístola 74, § 19

    19. Pero en cuanto a la refutación de la costumbre que parecen oponer a la verdad, ¿quién es tan necio como para preferir la costumbre a la verdad, o, cuando ve la luz, no abandonar las tinieblas? — a no ser que la costumbre antiquísima les valga de algo a los judíos en la venida de Cristo, es decir, de la Verdad, al permanecer en su antiguo uso y abandonar el nuevo camino de la verdad. Y esto ciertamente vosotros, los africanos, podéis decirlo contra Esteban: que cuando conocisteis la verdad, abandonasteis el error de la costumbre. Pero nosotros unimos la costumbre a la verdad, y a la costumbre de los romanos oponemos costumbre, pero la costumbre de la verdad; manteniendo desde el principio lo que fue entregado por Cristo y los apóstoles. Ni recordamos que esto haya comenzado alguna vez entre nosotros, puesto que siempre se ha observado aquí que no conocíamos sino una sola Iglesia de Dios, y no teníamos por santo ningún bautismo sino el de la santa Iglesia. Ciertamente, como algunos dudaban acerca del bautismo de aquellos que, aunque reciben a los nuevos profetas, sin embargo parecen reconocer al mismo Padre e Hijo que nosotros; muchísimos de nosotros, reunidos en Iconio, examinamos el asunto con mucho cuidado, y decidimos que todo bautismo que se celebra fuera de la Iglesia debía ser rechazado por completo.

    Epístola 74, § 20

    20. Pero a lo que alegan y dicen en favor de los herejes, que el apóstol dijo: "Ya sea por pretexto, ya sea por verdad, Cristo es anunciado", , es ocioso responder; pues es manifiesto que el apóstol, en su epístola en la que dijo esto, no hizo mención ni de los herejes ni del bautismo de los herejes, sino que habló solo de hermanos, ya sea que hablaran pérfidamente de acuerdo consigo mismos, o que perseveraran en la fe sincera; y no es necesario discutir esto en un largo argumento, sino que basta leer la epístola misma, y recoger del propio apóstol lo que el apóstol dijo.

    Epístola 74, § 21

    21. ¿Qué será, entonces, dicen ellos, de aquellos que, viniendo de los herejes, han sido recibidos sin el bautismo de la Iglesia? Si han partido de esta vida, se cuentan en el número de los que ciertamente han sido catecúmenos entre nosotros, pero han muerto antes de ser bautizados — no pequeña ventaja de la verdad y de la fe, a la que habían llegado abandonando el error, aunque, impedidos por la muerte, no habían alcanzado la consumación de la gracia. Pero los que todavía permanecen en vida deben ser bautizados con el bautismo de la Iglesia, para que obtengan la remisión de los pecados, no sea que por la presunción de otros permanezcan en su antiguo error y mueran sin la consumación de la gracia. Pero qué crimen es, por una parte, el de los que reciben, y por otra, el de los que son recibidos, que, no siendo lavada su inmundicia por el baño de la Iglesia, ni quitados sus pecados, al apoderarse temerariamente de la comunión, tocan el cuerpo y la sangre del Señor, aunque está escrito: "Quien comiere el pan o bebiere la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor".

    Epístola 74, § 22

    22. Hemos juzgado que también aquellos a quienes bautizaron quienes antes habían sido obispos en la Iglesia Católica, y después se habían arrogado para sí el poder de la ordenación clerical, han de ser considerados como no bautizados. Y esto se observa entre nosotros: que quienesquiera que, inmersos por ellos, vienen a nosotros, son bautizados entre nosotros como extraños y como quienes nada han obtenido, con el único y verdadero bautismo de la Iglesia Católica, y obtienen la regeneración del baño de la vida. Y sin embargo hay una gran diferencia entre quien, de mala gana y constreñido por la necesidad de la persecución, ha cedido, y quien con voluntad profana se rebela audazmente contra la Iglesia, o con voz impía blasfema contra el Padre y Dios de Cristo y Creador del mundo entero. Y Esteban no se avergüenza de afirmar y decir que la remisión de los pecados puede ser concedida por quienes están ellos mismos atrapados en toda clase de pecados, como si en la casa de la muerte pudiera haber el baño de la salvación.

    Epístola 74, § 23

    23. ¿Qué se ha de hacer, entonces, con lo que está escrito: "Apártate del agua extraña, y no bebas de fuente extraña", si, dejando la fuente sellada de la Iglesia, tomas para ti el agua extraña y contaminas a la Iglesia con fuentes no santificadas? Pues cuando comulgas con el bautismo de los herejes, ¿qué otra cosa haces sino beber de su ciénaga y de su lodo; y mientras tú mismo eres purificado con la santificación de la Iglesia, te ensucias con el contacto de la inmundicia de otros? ¿Y no temes el juicio de Dios cuando das testimonio a los herejes en contra de la Iglesia, aunque está escrito: "El testigo falso no quedará sin castigo"? Pero en verdad eres peor que todos los herejes. Pues cuando muchos, tan pronto como se conoce su error, vienen a ti desde ellos para recibir la verdadera luz de la Iglesia, tú ayudas los errores de los que vienen, y, oscureciendo la luz de la verdad eclesiástica, amontonas las tinieblas de la noche herética; y aunque confiesan que están en pecados, y no tienen gracia, y por eso vienen a la Iglesia, tú les quitas la remisión de los pecados, que se da en el bautismo, diciendo que ya están bautizados y han obtenido la gracia de la Iglesia fuera de la Iglesia, y no percibes que sus almas te serán reclamadas de tus manos cuando venga el día del juicio, por haber negado a los sedientos la bebida de la Iglesia, y por haber sido ocasión de muerte para los que deseaban vivir. ¡Y, después de todo esto, te indignas!

    Epístola 74, § 24

    24. Considera con qué falta de juicio te atreves a censurar a quienes luchan por la verdad contra la falsedad. Pues ¿quién debería con más justicia indignarse contra el otro? — ¿acaso el que apoya a los enemigos de Dios, o el que, oponiéndose al que apoya a los enemigos de Dios, se une con nosotros en favor de la verdad de la Iglesia? — a no ser que sea evidente que los ignorantes también se excitan y se enojan, porque por la falta de consejo y de discurso fácilmente se dejan llevar a la ira; de modo que de nadie más que de ti dice la Escritura divina: "El hombre iracundo suscita contiendas, y el furioso amontona pecados". Pues ¡cuántas contiendas y disensiones has suscitado por las iglesias de todo el mundo! Además, ¡cuán grande pecado has amontonado para ti mismo, cuando te has separado de tantos rebaños! Pues es a ti mismo a quien has separado. No te engañes, ya que realmente es cismático quien se ha hecho apóstata de la comunión de la unidad eclesiástica. Pues mientras piensas que todos pueden ser excomulgados por ti, te has excomulgado a ti mismo solo de todos; y ni siquiera los preceptos de un apóstol han podido moldear tu conducta según la regla de la verdad y de la paz, aunque él advirtió y dijo: "Yo, pues, prisionero del Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, soportándoos unos a otros en amor; procurando guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como fuisteis llamados en una sola esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo; un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, y por todos, y en todos nosotros."

    Epístola 74, § 25

    25. ¡Con cuánto cuidado ha cumplido Esteban estos saludables mandatos y advertencias del apóstol, guardando en primer lugar la humildad de ánimo y la mansedumbre! Pues ¿qué hay más humilde o manso que haber disentido de tantos obispos en todo el mundo, rompiendo la paz con cada uno de ellos en diversos géneros de discordia: unas veces con las iglesias orientales, como estamos seguros de que sabéis; otras veces con vosotros que estáis en el sur, de quienes recibió obispos como mensajeros con bastante paciencia y mansedumbre para no recibirlos ni siquiera a la conversación de una conferencia ordinaria; y aun más, tan acordado del amor y de la caridad como para mandar a toda la fraternidad que nadie los recibiera en su casa, de modo que no solo la paz y la comunión, sino también el albergue y la hospitalidad, les fueron negados cuando llegaron! ¡Esto es haber guardado la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, cortarse a sí mismo de la unidad del amor, hacerse extraño en todo respecto de sus hermanos, y rebelarse contra el sacramento y la fe con la locura de una discordia contumaz! ¿Con tal hombre puede haber un solo Espíritu y un solo cuerpo, en quien acaso no hay ni siquiera una sola mente, tan resbaladiza, tan movediza e incierta es?

    Epístola 74, § 26

    26. Pero en cuanto a él, dejémosle; tratemos más bien de aquello sobre lo que versa la cuestión principal. Los que sostienen que las personas bautizadas entre los herejes deben ser recibidas como si hubieran obtenido la gracia del bautismo legítimo, dicen que el bautismo es uno y el mismo para ellos y para nosotros, y que en nada difiere. Pero ¿qué dice el apóstol Pablo? "Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios". Si el bautismo de los herejes es uno y el mismo que el nuestro, sin duda también su fe es una; pero si nuestra fe es una, ciertamente también tenemos un solo Señor; si hay un solo Señor, se sigue que decimos que Él es uno. Pero si esta unidad que no puede en modo alguno separarse ni dividirse, está también entre los herejes, ¿por qué contendemos más? ¿Por qué los llamamos herejes y no cristianos? Además, puesto que nosotros y los herejes no tenemos un solo Dios, ni un solo Señor, ni una sola Iglesia, ni una sola fe, ni siquiera un solo Espíritu, ni un solo cuerpo, es manifiesto que tampoco puede ser común a nosotros con los herejes el bautismo, ya que entre nosotros no hay nada en absoluto en común. Y sin embargo, Esteban no se avergüenza de conceder patrocinio a tales en oposición a la Iglesia, y por mantener a los herejes dividir la fraternidad y, además, llamar a Cipriano "un falso Cristo y un falso apóstol, y un obrero engañoso". Y él, consciente de que todos estos caracteres están en sí mismo, se ha anticipado a vosotros, objetando falsamente a otro lo que él mismo debería oír merecidamente. Todos os deseamos, por todos nosotros, con todos los obispos que están en África, y todo el clero, y toda la fraternidad, que os vaya bien; para que, constantemente de un solo ánimo, y pensando lo mismo, os hallemos unido a nosotros aunque de lejos.
    Comentario editorial · Firmiliano de Cesarea
    Es la única carta de Firmiliano que se conserva, y está entre las de Cipriano. Según Wikipedia, fue obispo de Cesarea de Capadocia desde c. 232, discípulo de Orígenes y excomulgado por Esteban por su postura sobre el rebautismo. Cipriano le envió a finales del verano de 256 al diácono Rogaciano con las cartas del papa, las suyas y el tratado Sobre la unidad de la Iglesia, para buscar apoyo en Oriente. El Argumento de la edición dice que el tema es el mismo que el de la epístola anterior, «escrito con un poco más de vehemencia» de lo que conviene a un obispo.
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