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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 14 · Epístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirioPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 55, argumento
    Cipriano primero de todo se excusa ante los thibaritenses por no haber ido a visitarlos, y les advierte de la persecución inminente; luego les ofrece incentivos para sufrir prontamente el martirio.

    Epístola 55, § 1

    1. Cipriano al pueblo que mora en Thibaris, salud. Ciertamente había pensado, hermanos amadísimos, y con oración deseado —si el estado de las cosas y la condición de los tiempos lo permitía, conforme a lo que vosotros con frecuencia deseabais—, ir yo mismo a vosotros; y, estando presente entre vosotros, fortalecer entonces a la fraternidad con las moderadas fuerzas de exhortación que poseo. Pero como estoy retenido por asuntos tan urgentes, que no tengo poder para viajar lejos de este lugar y ausentarme largo tiempo del pueblo sobre el cual, por la misericordia divina, estoy puesto, he escrito entretanto esta carta, para que esté en mi lugar entre vosotros. Pues como, por la condescendencia del Señor que me instruye, soy muy a menudo instigado y advertido, debo llevar también a vuestra conciencia la ansiedad de mi advertencia. Porque debéis saber y creer, y tener por cierto, que el día de la aflicción ha comenzado a cernirse sobre nuestras cabezas, y que el fin del mundo y el tiempo del Anticristo se acercan, de modo que todos debemos estar preparados para la batalla; y no considerar sino la gloria de la vida eterna y la corona de la confesión del Señor; y no mirar lo que viene como si fuera tal como lo que ha pasado. Una lucha más severa y más fiera amenaza ahora, para la cual los soldados de Cristo deben prepararse con fe incorrupta y valor robusto, considerando que beben diariamente el cáliz de la sangre de Cristo, precisamente para que ellos también puedan derramar su sangre por Cristo. Porque esto es querer ser hallado con Cristo: imitar aquello que Cristo enseñó e hizo, según el apóstol Juan, que dijo: "El que dice que permanece en Cristo, debe también él mismo andar así como Él anduvo". Además, el bienaventurado apóstol Pablo exhorta y enseña, diciendo: "Somos hijos de Dios; pero si hijos, entonces herederos de Dios y coherederos con Cristo; si es que padecemos con Él, para que también seamos glorificados juntamente".

    Epístola 55, § 2

    2. Todas estas cosas deben ser consideradas ahora por nosotros, para que nadie desee algo del mundo que ya muere, sino que siga a Cristo, que vive para siempre y vivifica a sus siervos, los cuales están establecidos en la fe de su nombre. Porque viene el tiempo, hermanos amadísimos, que nuestro Señor predijo hace tiempo y nos enseñó que se acercaba, diciendo: "Viene el tiempo en que cualquiera que os mate pensará que presta servicio a Dios. Y esto os harán, porque no han conocido al Padre ni a mí. Pero os he dicho estas cosas, para que cuando venga el tiempo, os acordéis de que os las dije". Ni se admire nadie de que seamos acosados con persecuciones constantes, y probados continuamente con aflicciones crecientes, cuando el Señor predijo antes que estas cosas sucederían en los últimos tiempos, y nos ha instruido para la guerra con la enseñanza y la exhortación de sus palabras. Pedro también, su apóstol, ha enseñado que las persecuciones ocurren para que seamos probados, y que nosotros también debemos, por el ejemplo de los justos que nos han precedido, unirnos al amor de Dios por la muerte y los sufrimientos. Pues escribió en su epístola, y dijo: "Amados, no os parezca extraña la prueba de fuego que os ha sobrevenido; sino, cuantas veces participáis en los padecimientos de Cristo, alegraos en todo, para que cuando su gloria sea revelada, os gocéis también con gozo extraordinario. Si sois vituperados en el nombre de Cristo, bienaventurados sois; porque el nombre de la majestad y del poder del Señor reposa sobre vosotros, el cual ciertamente por parte de ellos es blasfemado, mas por nuestra parte es glorificado". Ahora bien, los apóstoles nos enseñaron aquellas cosas que ellos mismos aprendieron de los preceptos del Señor y de los mandatos celestiales, fortaleciéndonos el Señor mismo, y diciendo: "No hay hombre que haya dejado casa, o tierra, o padres, o hermanos, o hermanas, o mujer, o hijos, por causa del reino de Dios, que no reciba siete veces más en este tiempo presente, y en el mundo venidero la vida eterna". Y de nuevo dice: "Bienaventurados sois cuando los hombres os aborrezcan, y os aparten de su compañía, y os echen fuera, y vituperen vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre. Alegraos en aquel día, y saltad de gozo; porque he aquí vuestro galardón es grande en el cielo".

    Epístola 55, § 3

    3. El Señor quiso que nos alegráramos y saltáramos de gozo en las persecuciones, porque, cuando ocurren las persecuciones, entonces se dan las coronas de la fe, entonces son probados los soldados de Dios, entonces se abren los cielos a los mártires. Pues no hemos dado nuestro nombre a la milicia de tal modo que debamos pensar solo en la paz y apartarnos y rehusar la guerra, cuando en esta misma guerra el Señor caminó primero —el Maestro de la humildad, de la paciencia y del sufrimiento—, de modo que lo que enseñó que se hiciera, Él primero lo hizo, y lo que exhorta a sufrir, Él mismo lo sufrió primero por nosotros. Tened ante vuestros ojos, hermanos amadísimos, que Aquel que solo recibió todo juicio del Padre, y que vendrá a juzgar, ya ha declarado el decreto de su juicio y de su futuro reconocimiento, prediciendo y testificando que confesará ante su Padre a los que le confiesen, y negará a los que le nieguen. Si pudiéramos escapar de la muerte, razonablemente temeríamos morir. Pero como, por otra parte, es necesario que el hombre mortal muera, debemos abrazar la ocasión que viene por la promesa y la condescendencia divinas, y cumplir el fin dispuesto por la muerte con el premio de la inmortalidad; ni temer ser muertos, ya que estamos seguros de que, al ser muertos, seremos coronados.

    Epístola 55, § 4

    4. Ni nadie, hermanos amadísimos, cuando vea a nuestro pueblo expulsado y disperso por el miedo a la persecución, se turbe al ver que la fraternidad no se congrega, ni que los obispos no disertan. No todos pueden estar allí juntos, no los que pueden matar, sino los que han de ser muertos. Dondequiera que, en aquellos días, cada uno de los hermanos sea separado del rebaño por un tiempo, por la necesidad de la estación, en el cuerpo, no en el espíritu, que no se conmueva por el terror de aquella huida; ni, si se retira y se oculta, se alarme por la soledad del lugar desierto. No está solo aquel cuyo compañero de huida es Cristo; no está solo quien, guardando el templo de Dios dondequiera que esté, no está sin Dios. Y si un ladrón te asaltara, fugitivo en la soledad o en los montes; si una bestia salvaje te atacara; si el hambre, la sed o el frío te afligieran, o la tempestad y la tormenta te abrumaran mientras te apresuras en rápida travesía por los mares, Cristo en todas partes mira a su soldado que lucha; y por causa de la persecución, por el honor de su nombre, le da premio cuando muere, como ha prometido que le dará en la resurrección. Ni es menor la gloria del martirio porque no haya perecido públicamente y ante muchos, ya que la causa de perecer es perecer por Cristo. Aquel Testigo que prueba a los mártires y los corona basta para el testimonio de su martirio.

    Epístola 55, § 5

    5. Imitemos, hermanos amadísimos, al justo Abel, que inauguró los martirios, siendo él el primero en ser muerto por causa de la justicia. Imitemos a Abraham, el amigo de Dios, que no tardó en ofrecer a su hijo como víctima con sus propias manos, obedeciendo a Dios con fe de devoción. Imitemos a los tres jóvenes Ananías, Azarías y Misael, quienes, ni atemorizados por su edad juvenil ni quebrantados por el cautiverio, conquistada Judea y tomada Jerusalén, vencieron al rey por el poder de la fe en su propio reino; los cuales, cuando se les mandó adorar la imagen que había hecho el rey Nabucodonosor, se mantuvieron firmes, más fuertes que las amenazas del rey y que las llamas, clamando y atestiguando su fe con estas palabras: "Oh rey Nabucodonosor, no tenemos cuidado de responderte sobre este asunto. Porque el Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiente; y Él nos librará de tus manos, oh rey. Y si no, sábete que no servimos a tus dioses, ni adoramos la imagen de oro que has levantado". Ellos creyeron que podrían escapar según su fe, pero añadieron "y si no", para que el rey supiera que también podían morir por el Dios a quien adoraban. Porque esta es la fuerza del valor y de la fe: creer y saber que Dios puede librar de la muerte presente, y sin embargo no temer la muerte ni ceder, para que la fe sea probada más poderosamente. El poder incorrupto e invicto del Espíritu Santo brotó por su boca, de modo que se ve que son verdaderas las palabras que el Señor habló en su Evangelio: "Mas cuando os prendan, no os preocupéis de lo que habéis de hablar; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros". Dijo que lo que podemos hablar y responder nos es dado en aquella hora desde el cielo, y suministrado; y que entonces no somos nosotros los que hablamos, sino el Espíritu de Dios nuestro Padre, quien, como no se aparta ni se separa de los que le confiesan, Él mismo habla y es coronado en nosotros. Así también Daniel, cuando se le exigió adorar al ídolo Bel, que entonces adoraban el pueblo y el rey, al afirmar el honor de su Dios, prorrumpió con plena fe y libertad, diciendo: "No adoro sino al Señor mi Dios, que creó el cielo y la tierra".

    Epístola 55, § 6

    6. ¿Qué diremos de los crueles tormentos de los bienaventurados mártires de los Macabeos, y de los multiformes sufrimientos de los siete hermanos, y de la madre que consolaba a sus hijos en sus agonías, y que ella misma moría también con sus hijos? ¿No dan testimonio de las pruebas de gran valor y fe, y nos exhortan con sus sufrimientos a los triunfos del martirio? ¿Qué decir de los profetas a quienes el Espíritu Santo vivificó para el conocimiento anticipado de los acontecimientos futuros? ¿Qué de los apóstoles a quienes el Señor eligió? Puesto que estos justos fueron muertos por causa de la justicia, ¿no nos han enseñado también a morir? El nacimiento de Cristo presenció al punto el martirio de los infantes, de modo que los de dos años o menos fueron muertos por causa de su nombre. Una edad no apta todavía para la batalla pareció apta para la corona. Para que fuera manifiesto que son inocentes los que son muertos por causa de Cristo, la infancia inocente fue entregada a la muerte por causa de su nombre. Se muestra que nadie está libre del peligro de la persecución, cuando aun estos consumaron martirios. Pero ¡cuán grave es el caso del hombre cristiano, si él, siendo siervo, no quiere sufrir, cuando su Maestro sufrió primero; y que no queramos sufrir por nuestros propios pecados, cuando Aquel que no tenía pecado propio sufrió por nosotros! ¡El Hijo de Dios sufrió para hacernos hijos de Dios, y el hijo del hombre no quiere sufrir para continuar siendo hijo de Dios! Si sufrimos por el odio del mundo, Cristo soportó primero el odio del mundo. Si sufrimos vituperios en este mundo, si destierro, si tormentos, el Hacedor y Señor del mundo experimentó cosas más duras que estas, y Él también nos advierte, diciendo: "Si el mundo os aborrece, acordaos de que me aborreció a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que os dije: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán". Todo lo que nuestro Señor y Dios enseñó, también lo hizo, para que el discípulo no sea excusado si aprende y no lo hace.

    Epístola 55, § 7

    7. Ni ninguno de vosotros, hermanos amadísimos, se aterrorice tanto por el miedo a la persecución futura, o por la venida del Anticristo amenazador, que no sea hallado armado para todas las cosas por las exhortaciones y preceptos evangélicos, y por las advertencias celestiales. El Anticristo viene, pero por encima de él viene también Cristo. El enemigo ronda y ruge, pero en seguida el Señor viene a vengar nuestros sufrimientos y nuestras heridas. El adversario se enfurece y amenaza, pero hay Uno que puede librarnos de sus manos. Ha de temerse a Aquel de cuya ira nadie puede escapar, como Él mismo previene, y dice: "No temáis a los que matan el cuerpo, y no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede destruir el cuerpo y el alma en el infierno". Y otra vez: "El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna". Y en el Apocalipsis instruye y previene, diciendo: "Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe su marca en su frente o en su mano, el tal también beberá del vino de la ira de Dios, mezclado en la copa de su indignación, y será atormentado con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles, y en presencia del Cordero; y el humo de sus tormentos subirá por los siglos de los siglos; y no tendrán reposo ni de día ni de noche los que adoran a la bestia y a su imagen".

    Epístola 55, § 8

    8. Para el certamen secular se entrenan y preparan los hombres, y lo tienen por gran gloria de su honor si les acontece ser coronados a la vista del pueblo y en presencia del emperador. He aquí un certamen excelso y grande, glorioso también con la recompensa de una corona celestial, por cuanto Dios nos mira mientras luchamos, y, extendiendo su mirada sobre aquellos a quienes se dignó hacer sus hijos, goza del espectáculo de nuestro certamen. Dios nos mira en la guerra, y en la lucha del combate de la fe; sus ángeles nos miran, y Cristo nos mira. ¡Cuán grande es la dignidad, y cuán grande la dicha de la gloria, de contender en la presencia de Dios y ser coronados, teniendo a Cristo por juez! Armémonos, hermanos amadísimos, con todas nuestras fuerzas, y preparémonos para la lucha con mente incorrupta, con fe sana, con valor devoto. Que el campamento de Dios salga al campo de batalla que nos está señalado. Que se armen los sanos, no sea que el sano pierda la ventaja de haberse mantenido firme poco antes; que se armen también los caídos, para que aun el caído recupere lo que ha perdido: que el honor provoque a todos; que el dolor provoque a los caídos a la batalla. El apóstol Pablo nos enseña a estar armados y preparados, diciendo: "No luchamos contra carne y sangre, sino contra potestades, y contra los príncipes de este mundo y de estas tinieblas, contra espíritus de maldad en las alturas. Por tanto, vestíos de toda la armadura, para que podáis resistir en el día malo, para que, habiendo hecho todo, podáis estar firmes; ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestida la coraza de justicia; y calzados vuestros pies con la preparación del Evangelio de la paz; tomando el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno; y el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios".

    Epístola 55, § 9

    9. Tomemos estas armas, fortifiquémonos con estas salvaguardas espirituales y celestiales, para que en el día más malo podamos resistir, y hacer frente a las amenazas del diablo: vistámonos la coraza de justicia, para que nuestro pecho esté fortificado y seguro contra los dardos del enemigo: calcemos nuestros pies con la enseñanza evangélica, y armados, para que cuando la serpiente comience a ser hollada y aplastada por nosotros, no pueda mordernos y hacernos tropezar: llevemos valientemente el escudo de la fe, con cuya protección todo lo que el enemigo nos arroje quede extinguido: tomemos también para protección de nuestra cabeza el yelmo de la salvación, para que nuestros oídos estén guardados de escuchar los edictos mortíferos; para que nuestros ojos estén fortificados, de modo que no vean las imágenes odiosas; para que nuestra frente esté fortificada, de modo que conserve a salvo el signo de Dios; para que nuestra boca esté fortificada, para que la lengua vencedora confiese a Cristo su Señor: armemos también la mano derecha con la espada del Espíritu, para que rechace valientemente los sacrificios mortíferos; para que, acordándose de la Eucaristía, la mano que ha recibido el cuerpo del Señor abrace al Señor mismo, para recibir de aquí en adelante del Señor el premio de las coronas celestiales.

    Epístola 55, § 10

    10. ¡Oh, qué y cuán grande será aquel día en su venida, hermanos amadísimos, cuando el Señor comience a contar a su pueblo, y a reconocer los merecimientos de cada uno por la inspección de su conocimiento divino, a enviar a los culpables a la Gehena, y a encender a nuestros perseguidores con el ardor perpetuo de un fuego penal, y a pagarnos el premio de nuestra fe y devoción! ¿Cuál será la gloria y cuán grande el gozo de ser admitidos a ver a Dios, de ser honrados recibiendo con Cristo, vuestro Señor y Dios, el gozo de la salvación y de la luz eternas —de saludar a Abraham, e Isaac, y Jacob, y a todos los patriarcas, y profetas, y apóstoles, y mártires—, de regocijarnos con los justos y los amigos de Dios en el reino de los cielos, con el deleite de la inmortalidad que se nos da, de recibir allí lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha entrado en el corazón del hombre! Pues el apóstol anuncia que recibiremos cosas mayores que todo lo que aquí hacemos o sufrimos, diciendo: "Los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria venidera que ha de revelarse en nosotros". Cuando venga aquella revelación, cuando aquella gloria de Dios resplandezca sobre nosotros, seremos tan felices y gozosos, honrados con la condescendencia de Dios, como aquellos permanecerán culpables y miserables, los que, ya como desertores de Dios ya como rebeldes contra Él, han hecho la voluntad del diablo, de modo que es necesario que sean atormentados con el diablo mismo en fuego inextinguible.

    Epístola 55, § 11

    11. Que estas cosas, hermanos amadísimos, se apoderen de nuestros corazones; que esta sea la preparación de nuestras armas, esta nuestra meditación diaria y nocturna: tener ante nuestros ojos y hacer girar siempre en nuestros pensamientos y sentimientos los castigos de los malvados y los premios y merecimientos de los justos: lo que el Señor amenaza como castigo contra los que le niegan; lo que, por otra parte, promete como gloria a los que le confiesan. Si, mientras pensamos y meditamos en estas cosas, nos sobreviene un día de persecución, el soldado de Cristo instruido en sus preceptos y advertencias no teme la batalla, sino que está preparado para la corona. Os despedimos, hermanos carísimos, cordialmente siempre en el Señor.

    Epístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 56, argumento
    Cipriano alaba en Cornelio y su pueblo su confesión del nombre de Cristo hasta el destierro; y los exhorta a la constancia y a la oración mutua de unos por otros, así en vista del día que se acerca de la lucha en esta vida, como después de la muerte.

    Epístola 56, § 1

    1. Cipriano a Cornelio su hermano, salud. Hemos sido informados, hermano carísimo, de los gloriosos testimonios de tu fe y de tu valor, y hemos recibido con tal exultación el honor de tu confesión, que también nosotros nos contamos como partícipes y compañeros de tus méritos y alabanzas. Pues como tenemos una sola Iglesia, una mente unida y una concordia indivisa, ¿qué sacerdote no se congratula de las alabanzas de su copresbítero como si fueran propias? ¿O qué fraternidad no se gozaría en el gozo de sus hermanos? No se puede declarar suficientemente cuán grande fue la exultación y cuán grande el gozo aquí, cuando oímos de tu éxito y tu valentía, que te habías erguido como guía de la confesión para los hermanos de allí; y, además, que la confesión del guía había aumentado por el consentimiento de los hermanos; de modo que, mientras los precedes a la gloria, has hecho a muchos tus compañeros en la gloria, y has persuadido al pueblo a hacerse confesor al estar tú preparado primero para confesar en nombre de todos; de modo que no sabemos qué debemos encomiar primero en ti: si tu fe pronta y decidida, o el amor inseparable de los hermanos. Entre vosotros se ha probado públicamente el valor del obispo que va delante, y se ha mostrado la unión de la fraternidad que le sigue. Como entre vosotros hay una sola mente y una sola voz, toda la Iglesia Romana ha confesado.

    Epístola 56, § 2

    2. La fe, hermanos carísimos, que el bienaventurado apóstol encomió en vosotros, ha resplandecido brillantemente. Él ya entonces, en espíritu, preveía esta alabanza de valor y de firmeza de fuerza; y, atestiguando vuestros méritos con la encomienda de vuestras acciones futuras, al alabar a los padres provoca a los hijos. Mientras sois tan unánimes, mientras sois tan valientes, habéis dado grandes ejemplos tanto de unanimidad como de valentía al resto de los hermanos. Les habéis enseñado profundamente a temer a Dios, firmemente a adherirse a Cristo; que el pueblo debe asociarse con los sacerdotes en el peligro; que los hermanos no deben separarse de los hermanos en la persecución; que una concordia, una vez establecida, no puede de ningún modo ser vencida; que todo lo que es buscado al mismo tiempo por todos, el Dios de la paz lo concederá a los pacíficos. El adversario se había lanzado para perturbar el campamento de Cristo con terror violento; pero, con la misma impetuosidad con que había venido, fue rechazado y vencido; y tanto miedo y terror como había traído, tanta valentía y fuerza encontró también. Había pensado que podía derribar de nuevo a los siervos de Dios, y agitarlos de su manera acostumbrada, como si fueran novicios e inexpertos — como si poco preparados y poco cautos. Atacó primero a uno, como un lobo había intentado separar la oveja del rebaño, como un halcón separar la paloma del bando que vuela; pues el que no tiene fuerza suficiente contra todos, busca obtener ventaja de la soledad de los individuos. Pero cuando fue rechazado tanto por la fe como por el vigor del ejército unido, percibió que los soldados de Cristo están ahora vigilando, y permanecen sobrios y armados para la batalla; que no pueden ser vencidos, sino que pueden morir; y que por este mismo hecho son invencibles, porque no temen la muerte; que no asaltan a su vez a sus asaltantes, ya que no es lícito que los inocentes maten incluso a los culpables; sino que entregan prontamente tanto sus vidas como su sangre; para que, puesto que tal malicia y crueldad rabia en el mundo, puedan retirarse más rápidamente del mal y de los crueles. ¡Qué espectáculo tan glorioso fue aquel bajo los ojos de Dios! ¡Qué gozo de su Iglesia ante la vista de Cristo, que no soldados sueltos, sino todo el campamento, salió de una vez a la batalla que el enemigo había intentado comenzar! Pues es claro que todos habrían venido si hubieran podido oír, ya que quien oyó corrió apresuradamente y vino. ¡Cuántos caídos fueron allí restaurados por una confesión gloriosa! Se mantuvieron valientemente, y por el mismo sufrimiento de la penitencia se hicieron más valientes para la batalla, para que pareciera que últimamente habían sido tomados desprevenidos, y habían temblado ante el miedo de una cosa nueva y desacostumbrada, pero que después habían vuelto a sí mismos; que la verdadera fe y su fuerza, recogida del temor de Dios, los había fortalecido constante y firmemente para toda resistencia; y que ahora no están en pie para el perdón de su crimen, sino para la corona de su sufrimiento.

    Epístola 56, § 3

    3. ¿Qué dice Novaciano a estas cosas, hermano carísimo? ¿Ha dejado ya de lado su error? ¿O, más bien, como es costumbre de los necios, se siente más impulsado a la furia por nuestros mismos beneficios y prosperidad; y en la medida en que la gloria del amor y de la fe crece aquí más y más, estalla de nuevo allí la locura de la disensión y de la envidia? ¿No cura el desdichado su propia herida, sino que se hiere a sí mismo y a sus amigos aún más gravemente, clamando con su lengua para ruina de los hermanos, y arrojando dardos de elocuencia venenosa, más severos según la maldad de una filosofía secular que pacíficos con la mansedumbre de la sabiduría del Señor, — desertor de la Iglesia, enemigo de la misericordia, destructor de la penitencia, maestro de arrogancia, corruptor de la verdad, asesino del amor? ¿Reconoce ahora quién es el sacerdote de Dios; cuál es la Iglesia y la casa de Cristo; quiénes son los siervos de Dios, a quienes el diablo molesta; quiénes los cristianos, a quienes ataca el Anticristo? Pues ni busca a aquellos a quienes ya ha subyugado, ni se toma la molestia de derribar a aquellos a quienes ya ha hecho suyos. El enemigo y adversario de la Iglesia desprecia y pasa de largo a aquellos a quienes ha alejado de la Iglesia, y llevado fuera como cautivos y vencidos; sigue acosando a aquellos en quienes ve que Cristo habita.

    Epístola 56, § 4

    4. Aunque alguno de tales hubiera sido apresado, no hay razón para que se halague a sí mismo, como si en la confesión del nombre; puesto que es manifiesto que, si personas de esta clase fueran muertas fuera de la Iglesia, no es corona de fe, sino más bien castigo de traición. Ni habitarán en la casa de Dios entre los que son de una misma mente, aquellos a quienes vemos haberse retirado por la locura de la discordia del hogar pacífico y divino.

    Epístola 56, § 5

    5. Exhortamos encarecidamente cuanto podemos, hermano carísimo, por el amor mutuo con el que estamos unidos unos a otros, para que, puesto que somos instruidos por la providencia del Señor, que nos advierte, y amonestados por los saludables consejos de la misericordia divina, que el día de nuestro certamen y de nuestra lucha ya se acerca, no cesemos de insistir con todo el pueblo en ayunos, en vigilias, en oraciones. Seamos urgentes, con constantes gemidos y frecuentes oraciones. Pues estas son nuestras armas celestiales, que nos hacen mantenernos firmes y perseverar valientemente. Estas son las defensas espirituales y las armas divinas que nos defienden. Recordémonos unos a otros en concordia y unanimidad. Oremos siempre unos por otros de ambas partes. Aliviemos las cargas y las aflicciones por el amor mutuo, para que si alguno de nosotros, por la rapidez de la condescendencia divina, partiera de aquí primero, nuestro amor continúe en la presencia del Señor, y nuestras oraciones por nuestros hermanos y hermanas no cesen en la presencia de la misericordia del Padre. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.

    Epístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 57, argumento
    Cipriano, con sus Colegas, felicita a Lucio por su regreso del destierro, recordándole que el martirio diferido no disminuye la gloria. Luego, señalando que el martirio de Cornelio y el destierro de Lucio habían sucedido por dirección divina, para confusión de los novacianos, le predice su propio martirio inminente, ordenándolo Dios de modo que se consumara no lejos de su casa, sino entre su propio pueblo.

    Epístola 57, § 1

    1. Cipriano, con sus colegas, a Lucio su hermano, salud. Últimamente también te habíamos felicitado, ciertamente, hermano carísimo, cuando la divina condescendencia, por un doble honor, te designó en la administración de la Iglesia de Dios, tanto confesor como sacerdote. Pero ahora también no menos te felicitamos a ti y a tus compañeros, y a toda la fraternidad, porque la benigna y liberal protección del Señor os ha traído de nuevo a los suyos con la misma gloria, y con alabanzas para ti; para que así el pastor fuera restaurado para apacentar su rebaño, y el piloto para gobernar la nave, y el gobernante para regir al pueblo; y para que pareciera que tu destierro fue tan divinamente dispuesto, no para que el obispo desterrado y expulsado faltara a la Iglesia, sino para que volviera a la Iglesia mayor de lo que la había dejado.

    Epístola 57, § 2

    2. Pues la dignidad del martirio no fue menor en el caso de los tres jóvenes, porque, frustrada su muerte, salieron sanos del horno de fuego; ni Daniel se presentó incompleto en la alabanza que merecía, porque, habiendo sido enviado a los leones como presa, fue protegido por el Señor, y vivió para gloria. Entre los confesores de Cristo, los martirios diferidos no disminuyen los méritos de la confesión, sino que muestran la grandeza de la protección divina. Vemos representado en ti lo que los valientes e ilustres jóvenes anunciaron ante el rey: que ciertamente estaban preparados para ser quemados en las llamas, para no servir a sus dioses, ni adorar la imagen que él había hecho; pero que el Dios a quien adoraban, y a quien también nosotros adoramos, era capaz incluso de rescatarlos del horno de fuego, y de librarlos de las manos del rey, y de los sufrimientos inminentes. Esto lo encontramos ahora realizado en la fe de tu confesión, y en la protección del Señor sobre ti; de modo que, mientras estabas preparado y dispuesto a sufrir todo castigo, sin embargo el Señor te retiró del castigo, y te preservó para la Iglesia. En tu regreso no se ha abreviado la dignidad de su confesión en el obispo, sino que más bien ha aumentado la autoridad sacerdotal; de modo que un sacerdote asiste al altar de Dios, que exhorta al pueblo a tomar las armas de la confesión, y a someterse al martirio, que el Anticristo está cerca, prepara a los soldados para la batalla, no solo por la urgencia de su discurso y de sus palabras, sino por el ejemplo de su fe y de su valor.

    Epístola 57, § 3

    3. Entendemos, hermano carísimo, y percibimos con toda la luz de nuestro corazón, los saludables y santos planes de la divina majestad, de donde surgió últimamente allí la repentina persecución — de donde el poder secular estalló de repente contra la Iglesia de Cristo y el obispo Cornelio, el bienaventurado mártir, y todos vosotros; para que, para confusión y derribo de los herejes, el Señor mostrara cuál era la Iglesia — cuál es su único obispo elegido por designación divina — cuáles presbíteros están asociados con el obispo en honor sacerdotal — cuál es el pueblo unido y verdadero de Cristo, vinculado en el amor del rebaño del Señor — quiénes eran los que el enemigo acosaría; a quiénes, por el contrario, el diablo perdonaría como suyos. Pues el adversario de Cristo no persigue ni ataca sino al campamento y a los soldados de Cristo; a los herejes, una vez postrados y hechos suyos, los desprecia y pasa de largo. Busca derribar a aquellos a quienes ve en pie.

    Epístola 57, § 4

    4. Y deseo, hermano carísimo, que se nos diera ahora el poder de estar contigo allí a tu regreso, para que nosotros mismos, que te amamos con amor mutuo, pudiéramos, estando presentes con los demás, recibir también el fruto gozosísimo de tu venida. ¡Qué exultación entre todos los hermanos de allí; qué correr juntos y abrazarse cada uno al llegar! Apenas puedes satisfacerte con los besos de los que se aferran a ti; apenas los rostros y los ojos del pueblo pueden saciarse de mirar. Con el gozo de tu venida la fraternidad de allí ha comenzado a reconocer qué y cuán grande gozo seguirá cuando Cristo venga. Pues porque su advenimiento se acercará pronto, una especie de representación ha precedido ahora en ti; para que, así como Juan, su precursor y preparador de su camino, vino y predicó que Cristo había venido, así, ahora que un obispo regresa como confesor del Señor, y su sacerdote, parece que el Señor también está regresando. Pero yo y mis colegas, y toda la fraternidad, te enviamos esta carta en lugar de nosotros, hermano carísimo; y exponiéndote por nuestra carta nuestro gozo, expresamos la inclinación fiel de nuestro amor también aquí en nuestros sacrificios y oraciones, no cesando de dar gracias a Dios Padre, y a Cristo su Hijo nuestro Señor; y tanto de orar como de suplicar, que Aquel que es perfecto, y hace perfectos, guarde y perfeccione en ti la gloriosa corona de tu confesión, quien quizá te ha llamado de vuelta para este propósito, para que tu gloria no quedara oculta, si el martirio de tu confesión se consumara lejos de casa. Pues la víctima que ofrece un ejemplo a la fraternidad tanto de valor como de fe, debe ser ofrecida cuando los hermanos están presentes. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.

    Epístola 58. A Fido, sobre el bautismo de los infantes

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 58, argumento
    Argumento. En esta carta Cipriano no establece ningún nuevo decreto; sino que, manteniendo con suma firmeza la fe de la Iglesia, para corrección de los que pensaban que un infante no debía ser bautizado antes del octavo día después de su nacimiento, decretó con algunos de sus coobispos que, tan pronto como naciera, pudiera propiamente ser bautizado. Aprovecha la ocasión, sin embargo, para negarse a revocar la paz que había sido concedida a un tal Víctor, aunque había sido concedida contra los decretos de los sínodos acerca de los caídos; pero prohíbe al obispo Terapio hacerlo en otros casos.

    Epístola 58, § 1

    1. Cipriano, y otros sus colegas que estaban presentes en el concilio, en número de sesenta y seis, a Fido su hermano, salud. Hemos leído tu carta, hermano carísimo, en la que insinuabas acerca de Víctor, antes presbítero, que nuestro colega Terapio, temerariamente en una estación demasiado temprana, y con apresuramiento excesivamente ansioso, le concedió la paz antes de que hubiera hecho plena penitencia, y hubiera satisfecho al Señor Dios, contra quien había pecado; cosa que más bien nos perturbó, que fuera una desviación de la autoridad de nuestro decreto, que se le concediera la paz antes del tiempo legítimo y pleno de satisfacción, y sin la petición y el conocimiento del pueblo — sin que ninguna enfermedad lo hiciera urgente, y sin que ninguna necesidad lo obligara. Pero, habiendo sido sopesado el juicio largamente entre nosotros, se consideró suficiente reprender a nuestro colega Terapio por haber hecho esto temerariamente, y haberle instruido que no hiciera lo mismo con ningún otro. Sin embargo, no pensamos que la paz una vez concedida de cualquier modo por un sacerdote de Dios debía ser retirada, y por esta razón hemos permitido que Víctor se aproveche de la comunión que se le ha concedido.

    Epístola 58, § 2

    2. Pero en cuanto al caso de los infantes, que dices que no deben ser bautizados dentro del segundo o tercer día después de su nacimiento, y que debe observarse la ley de la antigua circuncisión, de modo que piensas que uno que acaba de nacer no debe ser bautizado y santificado dentro del octavo día, todos pensamos muy diferente en nuestro concilio. Pues en este camino que pensabas que debía tomarse, nadie estuvo de acuerdo; sino que todos juzgamos más bien que la misericordia y la gracia de Dios no deben negarse a ningún nacido de hombre. Pues como dice el Señor en su Evangelio: "El Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas" (Lucas 4:56), en cuanto podemos, debemos esforzarnos para que, si es posible, ninguna alma se pierda. Pues ¿qué le falta a aquel que una vez ha sido formado en el vientre por la mano de Dios? A nosotros, ciertamente, y a nuestros ojos, según el curso mundano de los días, los que nacen parecen recibir un aumento. Pero todo lo que es hecho por Dios, es completado por la majestad y la obra de Dios su Hacedor.

    Epístola 58, § 3

    3. Además, la creencia en la divina Escritura nos declara que entre todos, ya sean infantes o mayores, hay la misma igualdad del don divino. Eliseo, suplicando a Dios, se tendió así sobre el hijo infante de la viuda, que yacía muerto, de modo que su cabeza se aplicó a su cabeza, y su rostro a su rostro, y los miembros de Eliseo se extendieron sobre y se unieron a cada uno de los miembros del niño, y sus pies a sus pies. Si esto se considera con respecto a la desigualdad de nuestro nacimiento y de nuestro cuerpo, un infante no podría ser hecho igual con una persona crecida y madura, ni sus pequeños miembros podrían ajustarse y ser iguales a los miembros más grandes de un hombre. Pero en aquello se expresa la igualdad divina y espiritual, que todos los hombres son semejantes e iguales, puesto que una vez han sido hechos por Dios; y nuestra edad puede tener una diferencia en el aumento de nuestros cuerpos, según el mundo, pero no según Dios; a menos que también aquella misma gracia que se da a los bautizados se dé menos o más, según la edad de los que la reciben, mientras que el Espíritu Santo no se da con medida, sino por el amor y la misericordia del Padre igualmente a todos. Pues Dios, así como no acepta la persona, tampoco acepta la edad; puesto que se muestra Padre de todos con igualdad bien ponderada para la obtención de la gracia celestial.

    Epístola 58, § 4

    4. Pues, con respecto a lo que dices, que el aspecto de un infante en los primeros días después de su nacimiento no es puro, de modo que cualquiera de nosotros se estremecería aún al besarlo, no pensamos que esto deba alegarse como impedimento alguno para la gracia celestial. Pues está escrito: "Para los puros todas las cosas son puras" (). Ni debe ninguno de nosotros estremecerse ante aquello que Dios se ha dignado hacer. Pues aunque el infante todavía está fresco de su nacimiento, sin embargo no es tal que cualquiera deba estremecerse al besarlo al dar la gracia y al hacer la paz; puesto que en el beso de un infante cada uno de nosotros debe, por su misma religión, considerar las mismas manos recientes de Dios, que en cierto modo estamos besando, en el hombre recién formado y recién nacido, cuando abrazamos aquello que Dios ha hecho. Pues en cuanto a la observancia del octavo día en la circuncisión judía de la carne, se dio de antemano un sacramento en sombra y en uso; pero cuando vino Cristo, se cumplió en verdad. Pues porque el octavo día, es decir, el primer día después del sábado, había de ser aquel en el que el Señor resucitaría, y nos vivificaría, y nos daría la circuncisión del espíritu, el octavo día, es decir, el primer día después del sábado, y el día del Señor, fue delante en la figura; figura que cesó cuando en seguida vino la verdad, y se nos dio la circuncisión espiritual.

    Epístola 58, § 5

    5. Por cuya razón pensamos que nadie debe ser impedido de obtener la gracia por aquella ley que ya estaba ordenada, y que la circuncisión espiritual no debe ser impedida por la circuncisión carnal, sino que absolutamente todo hombre debe ser admitido a la gracia de Cristo, puesto que también Pedro en los Hechos de los Apóstoles habla, y dice: "El Señor me ha dicho que no llame a ningún hombre común o inmundo" (). Pero si algo pudiera impedir a los hombres obtener la gracia, sus pecados más atroces podrían más bien impedir a los maduros y crecidos y mayores. Pero de nuevo, si incluso a los mayores pecadores, y a los que habían pecado mucho contra Dios, cuando posteriormente creyeron, se les concede la remisión de los pecados — y nadie es impedido del bautismo y de la gracia — cuánto más debemos evitar impedir a un infante, que, recién nacido, no ha pecado, excepto en que, habiendo nacido según la carne según Adán, ha contraído el contagio de la muerte antigua en su primer nacimiento, y que se acerca más fácilmente por esta misma razón a la recepción del perdón de los pecados — que a él se le remiten, no sus propios pecados, sino los pecados de otro.

    Epístola 58, § 6

    6. Y por lo tanto, hermano carísimo, esta fue nuestra opinión en el concilio, que por nosotros nadie debe ser impedido del bautismo y de la gracia de Dios, que es misericordioso y benigno y amoroso con todos. Lo cual, puesto que ha de observarse y mantenerse con respecto a todos, pensamos que ha de observarse aún más con respecto a los infantes y a los recién nacidos, que por esta misma razón merecen más de nuestra ayuda y de la misericordia divina, que inmediatamente, en el comienzo mismo de su nacimiento, lamentándose y llorando, no hacen otra cosa sino suplicar. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.
    Comentario editorial · Bautizar al niño antes del octavo día
    Fido pensaba que un recién nacido no debía bautizarse antes del octavo día, como la circuncisión. Cipriano responde en nombre de sesenta y seis colegas reunidos en concilio (§ 1) que «todos pensamos muy diferente»: la misericordia y la gracia de Dios no se niegan a nadie (§ 2), y el octavo día de la circuncisión era una figura que Cristo cumplió (§ 4). El Argumento de la edición subraya que Cipriano «no establece ningún nuevo decreto». Wikipedia dice que hacia 250 el bautismo de niños era ya común y que Cipriano lo defendió; la carta no está fechada en la edición.

    Epístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 59, argumento
    Argumento. Cipriano comienza deplorando el cautiverio de los hermanos, del cual ha oído por los obispos númidas, y dice que les envía cien mil sestercios, aportados por hermanos y hermanas y colegas.

    Epístola 59, § 1

    1. Cipriano a Januario, Máximo, Próculo, Víctor, Modiano, Nemesiano, Námpulo y Honorato, sus hermanos, salud. Con excesivo dolor de ánimo, y no sin lágrimas, hermanos carísimos, he leído vuestra carta que me habéis escrito con la solicitud de vuestro amor, acerca del cautiverio de nuestros hermanos y hermanas. Pues ¿quién no se dolería ante desgracias de ese género, o quién no consideraría propio el dolor de su hermano, puesto que el apóstol Pablo dice: "Si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; o si un miembro se regocija, todos los miembros se regocijan con él"; y en otro lugar dice: "¿Quién enferma, y yo no enfermo?" . Por lo cual, también ahora el cautiverio de nuestros hermanos debe ser tenido por nuestro cautiverio, y el dolor de los que están en peligro debe ser estimado como nuestro dolor, puesto que en verdad hay un solo cuerpo de nuestra unión; y no solo el amor, sino también la religión, debe instigarnos y fortalecernos para redimir a los miembros de los hermanos.

    Epístola 59, § 2

    2. Pues, por cuanto el apóstol Pablo dice de nuevo: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" — aun cuando el amor nos urgiera menos a llevar ayuda a los hermanos, sin embargo en este lugar debimos considerar que eran templos de Dios los que fueron llevados cautivos, y que no debíamos, por larga inacción y descuido de su sufrimiento, permitir que los templos de Dios estuvieran largo tiempo cautivos, sino esforzarnos con todas las fuerzas que podamos, y obrar con prontitud por nuestra obediencia, para merecer bien de Cristo nuestro Juez y Señor y Dios. Pues como dice el apóstol Pablo: "Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos" , Cristo debe ser contemplado en nuestros hermanos cautivos, y debe ser redimido del peligro del cautiverio el que nos redimió del peligro de la muerte; de modo que Aquel que nos sacó de las fauces del diablo, que mora y habita en nosotros, pueda ahora Él mismo ser rescatado y redimido de las manos de los bárbaros por una suma de dinero — el que nos redimió por su cruz y su sangre — el que permite que estas cosas sucedan por esta razón, para que nuestra fe sea probada, si cada uno de nosotros hará por otro lo que desearía que se hiciera por él mismo, si él mismo estuviera cautivo entre bárbaros. Pues ¿quién, acordándose de la humanidad y movido por el amor mutuo, si es padre, no considerará ahora que sus hijos están allí; si es esposo, no pensará que su esposa está allí cautiva, con tanto dolor como vergüenza por el vínculo matrimonial? Pero ¡cuán grande es el dolor general entre todos nosotros, y el sufrimiento por el peligro de las vírgenes que están allí retenidas, por las cuales debemos lamentar no solo la pérdida de la libertad, sino de la honestidad; y debemos llorar menos las cadenas de los bárbaros que la violencia de los seductores y de los lugares abominables, no sea que los miembros consagrados a Cristo, y dedicados para siempre en honor de la continencia por una virtud modesta, sean mancillados por la lujuria y el contagio del ultrajador.

    Epístola 59, § 3

    3. Nuestra fraternidad, considerando todas estas cosas según vuestra carta, y examinándolas con dolor, ha reunido todos pronta, voluntaria y liberalmente provisiones de dinero para los hermanos, estando siempre, en verdad, según la fortaleza de su fe, inclinada a la obra de Dios, pero ahora aún más estimulada a obras saludables por la consideración de tan gran sufrimiento. Pues, puesto que el Señor dice en su Evangelio: "Estuve enfermo, y me visitasteis" , ¡con cuánto mayor premio para nuestra obra dirá ahora: "Estuve cautivo, y me redimisteis"! Y puesto que de nuevo dice: "Estuve en la cárcel, y vinisteis a mí", ¡cuánto más será cuando comience a decir: "Estuve en el calabozo del cautiverio, y yací encerrado y atado entre bárbaros, y de aquella prisión de esclavitud me librasteis"!, estando a punto de recibir el premio del Señor cuando llegue el día del juicio. Finalmente, os damos las más calurosas gracias porque habéis querido hacernos partícipes de vuestra ansiedad y de una obra tan grande y necesaria — porque nos habéis ofrecido campos fructíferos en los cuales pudiéramos sembrar las semillas de nuestra esperanza, con la expectativa de una cosecha de los frutos más abundantes que procederá de esta operación celestial y salvadora. Os hemos enviado, pues, una suma de cien mil sestercios, que han sido recogidos aquí en la Iglesia sobre la cual, por la misericordia del Señor, presidimos, por las contribuciones del clero y del pueblo establecido con nosotros, la cual dispensaréis allí con la diligencia que podáis.

    Epístola 59, § 4

    4. Y deseamos, en verdad, que nada de tal género vuelva a suceder, y que nuestros hermanos, protegidos por la majestad del Señor, sean preservados a salvo de peligros de este tipo. Sin embargo, si para la prueba del amor de nuestra mente y para el examen de la fe de nuestro corazón, aconteciera algo semejante, no tardéis en hacérnoslo saber en vuestras cartas, teniendo por cierto que nuestra iglesia y toda la fraternidad de aquí ruegan con sus oraciones que estas cosas no vuelvan a suceder; pero si suceden, que prestarán ayuda voluntaria y liberalmente. Mas para que tengáis presentes en vuestras oraciones a nuestros hermanos y hermanas que han trabajado tan pronta y liberalmente para esta obra necesaria, a fin de que trabajen siempre; y para que, en recompensa de su buena obra, los presentéis en vuestros sacrificios y oraciones, he añadido los nombres de cada uno; y además he añadido también los nombres de mis colegas y compañeros sacerdotes, quienes también, estando presentes, contribuyeron con algo según sus fuerzas, en sus propios nombres y en el nombre de su pueblo. Y además de nuestra propia suma, he indicado y enviado sus pequeñas cantidades, a todos los cuales, conforme a las exigencias de la fe y de la caridad, debéis recordar en vuestras súplicas y oraciones. Os despedimos, hermanos carísimos, cordialmente en el Señor, y acordaos de nosotros.
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