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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 13 de 14 · Epístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 75, argumento
    Argumento. La primera parte de esta carta es del mismo tenor que las anteriores, salvo que inculca acerca de los novacianos lo que en sustancia había dicho acerca de todos los herejes; insinuando además de paso que la legítima sucesión de Cornelio en Roma es conocida, como la Iglesia puede ser conocida. En la segunda parte (la cual hasta ahora, como suficientemente indica el título, ha sido erróneamente publicada como carta separada) enseña que es verdadero bautismo aquel en que uno es bautizado por aspersión en el lecho de enfermo, como también por inmersión en la Iglesia.

    Epístola 75, § 1

    1. Cipriano a Magno, su hijo, salud. Con tu acostumbrada diligencia religiosa, has consultado mi pobre inteligencia, hijo carísimo, sobre si, entre otros herejes, también los que vienen de Novaciano deben, después de su profano lavado, ser bautizados y santificados en la Iglesia Católica con el bautismo legítimo, verdadero y único de la Iglesia. Sobre este asunto, en cuanto la capacidad de mi fe y la santidad y verdad de las divinas Escrituras lo sugieren, respondo que ningún hereje ni cismático tiene poder o derecho alguno. Por lo cual Novaciano ni debe ni puede ser esperado, puesto que también está fuera de la Iglesia y obra en oposición a la paz y al amor de Cristo, para ser contado entre los adversarios y anticristos. Pues nuestro Señor Jesucristo, cuando atestiguó en su Evangelio que los que no estaban con Él eran sus adversarios, no señaló especie alguna de herejía, sino que mostró que todos cuantos no estaban con Él, y que, no recogiendo con Él, dispersaban su rebaño, eran sus adversarios; diciendo: "El que no está conmigo, contra mí está; y el que no recoge conmigo, desparrama". Además, el bienaventurado apóstol Juan mismo no distinguió herejía o cisma alguno, ni estableció a nadie como especialmente separado; sino que llamó anticristos a todos los que habían salido de la Iglesia y que obraban en oposición a la Iglesia, diciendo: "Habéis oído que el Anticristo viene, y ya han venido muchos anticristos; por lo cual sabemos que esta es la última hora. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros". De donde aparece que todos son adversarios del Señor y anticristos, los que se sabe que se han apartado de la caridad y de la unidad de la Iglesia Católica. Además, el Señor lo establece en su Evangelio, y dice: "Pero si no oyere a la Iglesia, tenlo por gentil y publicano". Ahora bien, si los que desprecian a la Iglesia son tenidos por gentiles y publicanos, mucho más ciertamente es necesario que los rebeldes y enemigos, que forjan altares falsos, y sacerdocios ilegítimos, y sacrificios sacrílegos, y nombres corrompidos, sean contados entre gentiles y publicanos; puesto que los que pecan menos, y solo son despreciadores de la Iglesia, son juzgados por la sentencia del Señor como gentiles y publicanos.

    Epístola 75, § 2

    2. Pero que la Iglesia es una, lo declara el Espíritu Santo en el Cantar de los Cantares, diciendo, en la persona de Cristo: "Mi paloma, mi inmaculada, es una; es la única de su madre, es la escogida de la que la engendró". Sobre lo cual dice también de nuevo: "Huerto cerrado es mi hermana, mi esposa; fuente sellada, pozo de agua viva". Pero si la esposa de Cristo, que es la Iglesia, es un huerto cerrado, una cosa que está cerrada no puede estar abierta a extraños y profanos. Y si es una fuente sellada, el que, estando fuera, no tiene acceso al manantial, no puede beber de allí ni ser sellado. Y el pozo de agua viva, si es uno y el mismo dentro, el que está fuera no puede ser vivificado y santificado de aquella agua de la que solo se concede a los que están dentro hacer uso alguno, o beber. Pedro también, mostrando esto, expuso que la Iglesia es una, y que solo los que están en la Iglesia pueden ser bautizados; y dijo: "En el arca de Noé, pocos, es decir, ocho almas, fueron salvadas por agua; a la figura de la cual corresponde el bautismo que ahora os salva"; probando y atestiguando que la única arca de Noé era tipo de la única Iglesia. Si, pues, en aquel bautismo del mundo así expiado y purificado, el que no estaba en el arca de Noé pudo salvarse por agua, el que no está en la Iglesia, a la cual sola se concede el bautismo, puede también ahora ser vivificado por el bautismo. Además, el apóstol Pablo, manifestando esto mismo aún más abierta y claramente, escribe a los Efesios, y dice: "Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla y limpiarla con el lavado del agua". Pero si la Iglesia es una, la cual es amada por Cristo, y es la sola limpiada por su lavado, ¿cómo puede el que no está en la Iglesia ser amado por Cristo, o lavado y limpiado por su lavado?

    Epístola 75, § 3

    3. Por lo cual, puesto que solo la Iglesia tiene el agua viva y el poder de bautizar y limpiar al hombre, el que dice que alguno puede ser bautizado y santificado por Novaciano debe primero mostrar y enseñar que Novaciano está en la Iglesia o preside la Iglesia. Pues la Iglesia es una, y siendo una, no puede estar a la vez dentro y fuera. Porque si está con Novaciano, no estaba con Cornelio. Pero si estaba con Cornelio, que sucedió al obispo Fabiano por ordenación legítima, y a quien, además del honor del sacerdocio, el Señor glorificó también con el martirio, Novaciano no está en la Iglesia; ni puede ser tenido por obispo quien, no sucediendo a nadie, y despreciando la tradición evangélica y apostólica, brotó de sí mismo. Pues el que no ha sido ordenado en la Iglesia no puede ni tener ni retener a la Iglesia de modo alguno.

    Epístola 75, § 4

    4. Pues la fe de la sagrada Escritura expone que la Iglesia no está fuera, ni puede ser separada ni dividida contra sí misma, sino que mantiene la unidad de una casa inseparable e indivisa; ya que está escrito acerca del sacramento de la pascua, y del cordero, el cual Cordero designaba a Cristo: "En una casa se comerá; no sacarás la carne fuera de la casa". Lo cual también vemos expresado acerca de Rahab, que también ella misma llevaba el tipo de la Iglesia, quien recibió el mandato que decía: "Traerás a tu padre, y a tu madre, y a tus hermanos, y toda la casa de tu padre contigo a tu casa; y cualquiera que saliere de las puertas de tu casa a la calle, su sangre será sobre él". En cuyo misterio se declara que los que quieran vivir y escapar de la destrucción del mundo deben ser congregados en una sola casa, es decir, en la Iglesia; pero cualquiera de los así congregados que saliere fuera, es decir, si alguno, aunque haya obtenido gracia en la Iglesia, se apartare y saliere de la Iglesia, que su sangre será sobre él; es decir, que él mismo debe imputarse a sí el que perezca; lo cual el apóstol Pablo explica, enseñando y mandando que el hereje debe ser evitado, como perverso, y pecador, y como condenado por sí mismo. Pues aquel hombre será culpable de su propia ruina, quien, no siendo echado por el obispo, sino desertando de la Iglesia por su propia voluntad, es condenado por sí mismo por presunción herética.

    Epístola 75, § 5

    5. Y por tanto el Señor, sugiriéndonos una unidad que viene de la autoridad divina, la establece, diciendo: "Yo y mi Padre somos uno". A cuya unidad reduciendo su Iglesia, dice de nuevo: "Y habrá un solo rebaño, y un solo pastor". Pero si el rebaño es uno, ¿cómo puede ser contado entre el rebaño el que no está en el número del rebaño? ¿O cómo puede ser estimado pastor, quien — mientras el verdadero pastor permanece y preside la Iglesia de Dios por sucesiva ordenación — no sucediendo a nadie, y comenzando por sí mismo, se hace extraño y profano, enemigo de la paz del Señor y de la unidad divina, no morando en la casa de Dios, es decir, en la Iglesia de Dios, en la cual nadie mora sino los que son de un solo corazón y una sola alma, puesto que el Espíritu Santo habla en los Salmos, y dice: "Es Dios quien hace a los hombres morar de un solo ánimo en una casa"?

    Epístola 75, § 6

    6. Además, aun los mismos sacrificios del Señor declaran que la unanimidad cristiana está enlazada consigo misma por una caridad firme e inseparable. Pues cuando el Señor llama al pan, que está compuesto por la unión de muchos granos, su cuerpo, indica a nuestro pueblo, al que llevaba como unido; y cuando llama al vino, que es exprimido de muchas uvas y racimos y recogido junto, su sangre, también significa nuestro rebaño enlazado por la mezcla de una multitud unida. Si Novaciano está unido a este pan del Señor, si también está mezclado con este cáliz de Cristo, puede también parecer que puede tener la gracia del único bautismo de la Iglesia, si es manifiesto que mantiene la unidad de la Iglesia. En fin, cuán inseparable es el sacramento de la unidad, y cuán desesperados están, y qué ruina excesiva ganan para sí de la indignación de Dios, los que hacen un cisma y, abandonando a su obispo, se nombran para sí otro falso obispo fuera — lo declara la Sagrada Escritura en los libros de los Reyes; donde diez tribus fueron divididas de la tribu de Judá y Benjamín, y, abandonando a su rey, se nombraron para sí otro fuera. Dice: "Y el Señor se airó en gran manera contra toda la simiente de Israel, y los quitó de delante, y los entregó en mano de saqueadores, hasta que los echó de su presencia; porque Israel fue esparcido de la casa de David, y se hicieron rey a Jeroboam hijo de Nabat". Dice que el Señor se airó en gran manera, y los entregó a la perdición, porque se esparcieron de la unidad, y se habían hecho otro rey para sí. Y tan grande fue la indignación del Señor contra los que habían hecho el cisma, que aun cuando el hombre de Dios fue enviado a Jeroboam, para echarle en cara sus pecados y predecir la venganza futura, le fue prohibido comer pan o beber agua con ellos. Y cuando no observó esto, y tomó comida contra el mandato de Dios, fue inmediatamente herido por la majestad del juicio divino, de modo que volviendo de allí fue muerto en el camino por las fauces de un león que le atacó. ¿Y se atreve alguien a decir que el agua salvadora del bautismo y la gracia celestial pueden ser comunes con los cismáticos, con quienes ni el alimento terreno ni la bebida mundana deben ser comunes? Además, el Señor nos satisface en su Evangelio, y muestra una luz aún mayor de inteligencia, que las mismas personas que entonces se habían dividido de la tribu de Judá y Benjamín, y abandonando Jerusalén se habían separado a Samaria, debían ser contadas entre profanos y gentiles. Pues cuando primero envió a sus discípulos al ministerio de la salvación, les mandó, diciendo: "No vayáis por camino de gentiles, y en ciudad de samaritanos no entréis". Enviando primero a los judíos, manda que los gentiles sean aún pasados por alto; pero añadiendo que aun la ciudad de los samaritanos debía ser omitida, donde había cismáticos, muestra que los cismáticos debían ser puestos al mismo nivel que los gentiles.

    Epístola 75, § 7

    7. Pero si alguno objeta, diciendo que Novaciano guarda la misma ley que guarda la Iglesia Católica, bautiza con el mismo símbolo con que nosotros bautizamos, conoce al mismo Dios y Padre, al mismo Cristo el Hijo, al mismo Espíritu Santo, y que por esta razón puede reclamar el poder de bautizar, a saber, que parece no diferir de nosotros en el interrogatorio bautismal; sepa cualquiera que piense que esto puede objetarse, primero de todo, que no hay una sola ley del Credo, ni el mismo interrogatorio común a nosotros y a los cismáticos. Pues cuando dicen: "¿Crees en la remisión de los pecados y la vida eterna por la santa Iglesia?" mienten en su interrogatorio, ya que no tienen la Iglesia. Luego, además, con su propia voz confiesan ellos mismos que la remisión de los pecados no puede darse sino por la santa Iglesia; y no teniendo esta, muestran que los pecados no pueden ser remitidos entre ellos.

    Epístola 75, § 8

    8. Pero que se diga que tienen al mismo Dios Padre que nosotros, que conocen al mismo Cristo el Hijo, al mismo Espíritu Santo, no puede aprovechar a tales. Pues aun Coré, Datán y Abirán conocían al mismo Dios que el sacerdote Aarón y Moisés. Viviendo bajo la misma ley y religión, invocaban al único y verdadero Dios, que debía ser invocado y adorado; sin embargo, porque transgredieron el ministerio de su oficio en oposición al sacerdote Aarón, que había recibido el sacerdocio legítimo por la condescendencia de Dios y la ordenación del Señor, y reclamaron para sí el poder de sacrificar, divinamente heridos, sufrieron inmediatamente castigo por sus empeños ilícitos; y los sacrificios ofrecidos irreligiosa e ilegalmente, contra el derecho de la disposición divina, no pudieron ser aceptados, ni aprovecharles. Aun aquellos mismos incensarios en que se había ofrecido incienso ilegalmente, para que no fueran ya más usados por los sacerdotes, sino que más bien exhibieran un memorial de la venganza e indignación divinas para corrección de sus sucesores, siendo por mandato del Señor fundidos y purgados por fuego, fueron batidos en láminas flexibles, y fijados a los altares, según lo que dice la Sagrada Escritura: "para que sean", dice, "un memorial a los hijos de Israel, para que ningún extraño que no sea de la simiente de Aarón se acerque a ofrecer incienso delante del Señor, y no sea como Coré". Y sin embargo, aquellos hombres no habían hecho un cisma, ni habían salido fuera, y en oposición a los sacerdotes de Dios se rebelaron desvergonzadamente y con hostilidad; pero esto hacen ahora los que dividen la Iglesia y, como rebeldes contra la paz y la unidad de Cristo, intentan establecer un trono para sí, y asumir la primacía, y reclamar el derecho de bautizar y de ofrecer. ¿Cómo pueden completar lo que hacen, u obtener algo por empeños ilícitos de Dios, viendo que se empeñan contra Dios en lo que no les es lícito? Por lo cual los que patrocinan a Novaciano u otros cismáticos de ese género, contienden en vano que alguno pueda ser bautizado y santificado con bautismo salvador entre ellos, cuando es claro que el que bautiza no tiene el poder de bautizar.

    Epístola 75, § 9

    9. Y, además, para que mejor se entienda cuál es el juicio divino contra audacia de semejante género, hallamos que en tal maldad, no solo los jefes y originadores, sino también los partícipes, están destinados al castigo, a menos que se hayan separado de la comunión de los malvados; como el Señor por Moisés manda, y dice: "Separaos de las tiendas de estos hombres endurecidos, y no toquéis nada de ellos, no sea que seáis consumidos en sus pecados". Y lo que el Señor había amenazado por Moisés lo cumplió, que cualquiera que no se hubiera separado de Coré, Datán y Abirán, sufrió inmediatamente castigo por su impía comunión. Con cuyo ejemplo se muestra y prueba que todos serán reos de culpa así como de su castigo, los que con religiosa audacia se mezclan con cismáticos en oposición a los prelados y sacerdotes; así como también por el profeta Oseas el Espíritu Santo atestigua, y dice: Sus sacrificios les serán como pan de duelo; todo lo que de ellos fuere será contaminado; enseñando, sin duda, y mostrando que todos están absolutamente unidos con los jefes en el castigo, los que han sido contaminados por su crimen.

    Epístola 75, § 10

    ¿Qué méritos, pues, pueden tener ante Dios aquellos sobre quienes caen divinas amenazas de castigo? O ¿cómo pueden justificar y santificar a los bautizados quienes, siendo enemigos de los sacerdotes, se esfuerzan por usurpar lo ajeno e ilícito, y que de ningún derecho se les ha concedido? Y sin embargo no nos asombra que, conforme a su maldad, contiendan por tales cosas. Porque es necesario que cada uno defienda lo que hace; y aun vencidos, no cederán fácilmente, aunque sepan que no es lícito lo que hacen. Lo que hay que admirar, o más bien indignarse y dolerse, es que los cristianos apoyen a los anticristos; y que los prevaricadores de la fe y traidores de la Iglesia sigan dentro de la Iglesia misma. Y estos, aunque por lo demás obstinados e indóciles, sin embargo al menos confiesan esto: que todos, ya herejes o cismáticos, están sin el Espíritu Santo, y por tanto pueden ciertamente bautizar, pero no conferir el Espíritu Santo; y precisamente en este punto los retenemos, puesto que mostramos que quienes no tienen el Espíritu Santo no pueden bautizar en absoluto.

    Epístola 75, § 11

    Pues como en el bautismo a cada uno se le perdonan sus propios pecados, el Señor prueba y declara en su Evangelio que los pecados solo pueden ser perdonados por quienes tienen el Espíritu Santo. Porque después de su resurrección, enviando a sus discípulos, les habla y dice: "Como el Padre me envió, así os envío yo. Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengáis, les serán retenidos." . En lo cual muestra que solo puede bautizar y dar remisión de los pecados quien tiene el Espíritu Santo. Además, Juan, que había de bautizar al mismo Cristo nuestro Señor, recibió antes el Espíritu Santo estando aún en el seno de su madre, para que fuese cierto y manifiesto que nadie puede bautizar sino quienes tienen el Espíritu Santo. Por tanto, quienes favorecen a los herejes o cismáticos deben respondernos si tienen o no el Espíritu Santo. Si lo tienen, ¿por qué se imponen las manos a los bautizados entre ellos cuando vienen a nosotros, para que reciban el Espíritu Santo, si ciertamente debió ser recibido allí, donde, si estaba, podía ser dado? Pero si los herejes y cismáticos bautizados fuera no tienen el Espíritu Santo, y por eso se les imponen las manos entre nosotros, para que aquí se reciba lo que allí ni existe ni puede darse; es claro, asimismo, que la remisión de los pecados no puede ser dada por quienes, es cierto, no tienen el Espíritu Santo. Y por tanto, para que, según la disposición divina y la verdad evangélica, puedan obtener la remisión de los pecados, ser santificados y llegar a ser templos de Dios, todos los que vienen de los adversarios y anticristos a la Iglesia de Cristo deben absolutamente ser bautizados con el bautismo de la Iglesia.

    Epístola 75, § 12

    Me has preguntado también, hijo carísimo, qué pienso de los que obtienen la gracia de Dios en la enfermedad y en la debilidad, si han de ser tenidos por cristianos legítimos, porque no son lavados, sino rociados, con el agua salvadora. En este punto, mi cortedad y modestia no prejuzga a nadie, como para impedir que cada uno sienta lo que juzga recto y haga lo que siente que es recto. En cuanto lo alcanza mi pobre entendimiento, pienso que los beneficios divinos en ningún aspecto pueden ser mutilados ni debilitados; ni puede darse nada menor en aquel caso en que, con fe plena y entera tanto del que da como del que recibe, se acepta lo que se saca de los dones divinos. Porque en el sacramento de la salvación el contagio de los pecados no se lava de la misma manera que la suciedad de la piel y del cuerpo se lava en el lavado carnal y ordinario, de modo que hagan falta también nitro y otros instrumentos, y una bañera y una jofaina con que lavar y purificar este vil cuerpo. De otro modo es lavado el pecho del creyente; de otro modo es purificada la mente del hombre por el mérito de la fe. En los sacramentos de la salvación, cuando la necesidad apremia y Dios otorga su misericordia, los medios divinos confieren todo el beneficio a los creyentes; ni debe inquietar a nadie que los enfermos parezcan ser rociados o aspergidos, cuando alcanzan la gracia del Señor, pues la Sagrada Escritura habla por boca del profeta Ezequiel y dice: "Entonces os rociaré con agua limpia, y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros." . También en Números: "Y el hombre que esté impuro hasta la tarde será purificado al tercer día, y al séptimo día será limpio; pero si no se purifica al tercer día, al séptimo día no será limpio. Y aquella alma será extirpada de Israel, porque no ha sido rociada sobre él el agua de la aspersión." Y otra vez: "Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Toma a los levitas de entre los hijos de Israel y purifícalos. Y así harás con ellos para purificarlos: los rociarás con el agua de purificación." . Y otra vez: "El agua de aspersión es una purificación." . De donde se ve que la aspersión del agua prevalece igualmente con el lavado de salvación; y que cuando esto se hace en la Iglesia, donde la fe tanto del que recibe como del que da es sana, todas las cosas se mantienen y pueden ser consumadas y perfeccionadas por la majestad del Señor y por la verdad de la fe.

    Epístola 75, § 13

    Pero además, en cuanto a que algunos llaman a los que han alcanzado la paz de Cristo por el agua salvadora y por la fe legítima, no cristianos, sino clínicos, no encuentro de dónde toman este nombre, a no ser que acaso, habiendo leído más y de un género más recóndito, hayan tomado estos clínicos de Hipócrates o de Sorano. Pues yo, que conozco a un clínico en el Evangelio, sé que a aquel paralítico y enfermo que yacía en su lecho durante el largo curso de su vida, su enfermedad no le presentó obstáculo para alcanzar en plenitud la fuerza celestial. Y no solo fue levantado de su lecho por la divina indulgencia, sino que también tomó el lecho mismo con sus fuerzas restauradas y aumentadas. Y por tanto, en cuanto me es permitido concebir y pensar por la fe, esta es mi opinión: que debe ser estimado cristiano legítimo todo aquel que por la ley y el derecho de la fe haya alcanzado la gracia de Dios en la Iglesia. O si alguien piensa que nada han ganado aquellos que solo han sido rociados con el agua salvadora, sino que están aún vacíos y vanos, no se engañen, de modo que si escapan del mal de su enfermedad y se recobran, deban buscar ser bautizados. Pero si no pueden ser bautizados quienes ya han sido santificados por el bautismo eclesiástico, ¿por qué se ofenden en lo que toca a su fe y a la misericordia del Señor? ¿Acaso han obtenido ciertamente el favor divino, pero en una medida más corta y limitada del don divino y del Espíritu Santo, de modo que se les estime cristianos, pero no se les cuente iguales a los demás?

    Epístola 75, § 14

    No, en verdad, el Espíritu Santo no se da por medida, sino que se derrama por entero sobre el creyente. Porque si el día amanece por igual para todos, y si el sol se difunde con luz semejante e igual sobre todos, ¡cuánto más Cristo, que es el verdadero sol y el verdadero día, otorga en su Iglesia la luz de la vida eterna con igualdad semejante! De esta igualdad vemos celebrado el sacramento en el Éxodo, cuando el maná descendió del cielo y, prefigurando lo venidero, mostró el alimento del pan celestial y el sustento del Cristo que había de venir. Pues allí, sin distinción de sexo ni de edad, cada uno recogió por igual un gomor. De donde se veía que la misericordia de Cristo, y la gracia celestial que después seguiría, se dividía por igual entre todos; sin diferencia de sexo, sin distinción de años, sin acepción de personas, sobre todo el pueblo de Dios se derramaba el don de la gracia espiritual. Y ciertamente, la misma gracia espiritual que se recibe por igual en el bautismo por los creyentes, después se aumenta o se disminuye en nuestra conducta y costumbres; como en el Evangelio la semilla del Señor se siembra por igual, pero, según la variedad del terreno, una parte se pierde, y otra crece en abundante variedad, con fruto exuberante del treinta, del sesenta o del ciento por uno. Mas, una vez más, cuando cada uno fue llamado a recibir un denario, ¿por qué lo que Dios distribuye por igual habría de ser disminuido por interpretación humana?

    Epístola 75, § 15

    Pero si alguien se conmueve por esto, de que algunos de los bautizados en la enfermedad son todavía tentados por los espíritus inmundos, sepa que la obstinada maldad del diablo prevalece aun hasta el agua salvadora, pero que en el bautismo pierde todo el veneno de su maldad. Un ejemplo de esto vemos en el rey Faraón, que, habiendo resistido largo tiempo y demorado en su perfidia, pudo oponerse y prevalecer hasta que llegó al agua; pero cuando hubo llegado allí, fue vencido y destruido. Y que aquel mar fue sacramento del bautismo, lo declara el bienaventurado apóstol Pablo, diciendo: "Hermanos, no quiero que ignoréis que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, y todos atravesaron el mar, y en la nube y en el mar todos fueron bautizados en Moisés"; y añadió, diciendo: "Y todas estas cosas nos servían de ejemplo." Y esto también se hace en el día de hoy, en que el diablo es azotado, quemado y atormentado por los exorcistas, por la voz humana y por el poder divino; y aunque a menudo dice que va a salir y dejará a los hombres de Dios, sin embargo en lo que dice engaña, y pone en práctica lo que antes hizo Faraón con el mismo obstinado y fraudulento engaño. Cuando, sin embargo, llegan al agua de la salvación y a la santificación del bautismo, debemos saber y confiar que allí el diablo es abatido, y el hombre, consagrado a Dios, es liberado por la divina misericordia. Porque como los escorpiones y las serpientes, que prevalecen en tierra seca, cuando se arrojan al agua no pueden prevalecer ni retener su veneno; así también los espíritus malos, que son llamados escorpiones y serpientes, y sin embargo son pisoteados por nosotros por el poder dado por el Señor, no pueden permanecer más tiempo en el cuerpo de un hombre en quien, bautizado y santificado, el Espíritu Santo comienza a morar.

    Epístola 75, § 16

    Esto, finalmente, lo experimentamos también de hecho: que quienes son bautizados por urgente necesidad en la enfermedad, y obtienen la gracia, quedan libres del espíritu inmundo por el que antes eran movidos, y viven en la Iglesia en alabanza y honor, y día a día avanzan más y más en el aumento de la gracia celestial por el crecimiento de su fe. Y, por otra parte, algunos de los bautizados en salud, si después comienzan a pecar, son sacudidos por el retorno del espíritu inmundo, de modo que es manifiesto que el diablo es expulsado en el bautismo por la fe del creyente, y vuelve si después falta la fe. A no ser, ciertamente, que a algunos les parezca justo que quienes, fuera de la Iglesia, entre adversarios y anticristos, son contaminados con agua profana, deban ser juzgados bautizados; mientras que se piensa que los bautizados en la Iglesia han alcanzado menos de la divina misericordia y gracia; y se tenga tan gran consideración a los herejes, que a los que vienen de la herejía no se les pregunte si son lavados o rociados, si son clínicos o peripatéticos; mientras que entre nosotros se menosprecia la sana verdad de la fe, y en el bautismo eclesiástico su majestad y santidad sufren menoscabo.

    Epístola 75, § 17

    He respondido, hijo carísimo, a tu carta, en la medida en que mi pobre talento lo ha permitido; y he mostrado, en cuanto he podido, lo que pienso; sin prescribir nada a nadie, como para impedir que cualquier prelado determine lo que juzga recto, puesto que dará cuenta de sus propias acciones al Señor, según lo que el bienaventurado apóstol Pablo escribe y dice en su Epístola a los Romanos: "Cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo: no nos juzguemos, pues, unos a otros." . Te despido cordialmente en el Señor, hijo carísimo.

    Epístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 76, argumento
    Argumento. Ensalza con maravillosos elogios a los mártires en las minas, oponiendo, en una hermosa antítesis, a los tormentos de cada uno, los consuelos de cada uno.

    Epístola 76, § 1

    1. Cipriano a Nemesiano, Félix, Lucio, otro Félix, Liteo, Poliano, Víctor, Jader y Dativo, sus coobispos, y también a sus copresbíteros y diáconos, y a los demás hermanos en las minas, mártires de Dios Padre Todopoderoso, y de Jesucristo nuestro Señor, y de Dios nuestro preservador, eterna salud. Vuestra gloria, ciertamente, exigiría, hermanos bienaventurados y amadísimos, que yo mismo viniera a veros y a abrazaros, si no me lo impidieran los límites del lugar que me ha sido asignado, desterrado como estoy por causa de la confesión del Nombre. Pero del modo que puedo, me hago presente ante vosotros; y aunque no me sea permitido venir a vosotros en cuerpo y en movimiento, sin embargo en amor y en espíritu vengo, expresando mi ánimo en mi carta; ánimo en el cual gozosamente me regocijo en vuestras virtudes y alabanzas, contándome partícipe con vosotros, aunque no en el sufrimiento corporal, sí en la comunidad del amor. ¿Podría callar y refrenar mi voz en silencio, cuando se me hacen saber tantas y tan gloriosas cosas acerca de mis carísimos amigos, cosas con las que la divina condescendencia os ha honrado, de modo que parte de vosotros ya han partido antes por la consumación de su martirio para recibir de su Señor la corona de sus merecimientos? Parte permanecen aún en las mazmorras de la cárcel, o en las minas y en las cadenas, ofreciendo con las mismas demoras de sus castigos mayores ejemplos para fortalecer y armar a los hermanos, avanzando por la lentitud de sus tormentos a títulos más amplios de mérito, para recibir tantos pagos en recompensas celestiales cuantos días se cuentan ahora en sus castigos. No me maravillo, hermanos valentísimos y bienaventurados, de que estas cosas os hayan sucedido en consideración al mérito de vuestra religión y de vuestra fe; de que el Señor os haya elevado así a la altísima cumbre de la gloria por el honor de su glorificación, puesto que siempre habéis florecido en su Iglesia, guardando el tenor de la fe, manteniendo firmemente los mandamientos del Señor; en la sencillez, la inocencia; en la caridad, la concordia; modestia en la humildad, diligencia en la administración, vigilancia en ayudar a los que sufren, misericordia en cuidar a los pobres, constancia en defender la verdad, juicio en la severidad de la disciplina. Y para que nada faltara al ejemplo de las buenas obras en vosotros, aun ahora, en la confesión de vuestra voz y en el sufrimiento de vuestro cuerpo, provocáis las mentes de vuestros hermanos al divino martirio, mostrándoos como guías de la virtud, para que, mientras el rebaño sigue a sus pastores, e imita lo que ve hacer a quienes están puestos sobre él, sea coronado por el Señor con méritos semejantes de obediencia.

    Epístola 76, § 2

    Mas el que, habiendo sido primero severamente golpeados con garrotes y maltratados, hayáis comenzado por sufrimientos de esta clase, las primicias gloriosas de vuestra confesión, no es cosa que deba ser execrada por nosotros. Porque un cuerpo cristiano no se aterra mucho ante los garrotes, viendo que toda su esperanza está en el Leño. El siervo de Cristo reconoce el sacramento de su salvación: redimido por el leño para la vida eterna, es elevado por el leño a la corona. Mas ¿qué maravilla si, como vasos de oro y plata, habéis sido entregados a la mina que es morada del oro y de la plata, salvo que ahora la naturaleza de las minas ha cambiado, y los lugares que antes solían producir oro y plata han comenzado a recibirlos? Además, han puesto grillos en vuestros pies, y han atado vuestros benditos miembros y los templos de Dios con cadenas infamantes, como si también el espíritu pudiera ser atado con el cuerpo, o vuestro oro pudiera mancharse con el contacto del hierro. Para los hombres consagrados a Dios, y que atestiguan su fe con religioso valor, tales cosas son ornamentos, no cadenas; ni atan los pies de los cristianos para infamia, sino que los glorifican para una corona. ¡Oh pies dichosamente atados, que sois desatados no por el herrero, sino por el Señor! ¡Oh pies dichosamente atados, que sois guiados al paraíso por el camino de la salvación! ¡Oh pies atados por ahora en el mundo, para que estén siempre libres con el Señor! ¡Oh pies, que os demoráis por un tiempo entre grillos y barras, pero para correr pronto a Cristo por un camino glorioso! Que la crueldad, ya envidiosa, ya maligna, os retenga aquí en sus ataduras y cadenas cuanto quiera; de esta tierra y de estos sufrimientos llegaréis pronto al reino de los cielos. El cuerpo no es cuidado en las minas con lechos y cojines, sino que es cuidado con el refrigerio y el consuelo de Cristo. El cuerpo cansado por los trabajos yace postrado en tierra, mas no es castigo yacer con Cristo. Vuestros miembros sin lavar están sucios y desfigurados por la inmundicia y la suciedad; mas por dentro están espiritualmente limpios, aunque por fuera la carne esté manchada. Allí el pan escasea; mas no solo de pan vive el hombre, sino de la palabra de Dios. Temblando, carecéis de vestido; mas quien se reviste de Cristo queda a la vez abundantemente vestido y adornado. El cabello de vuestra cabeza a medio rapar parece repulsivo; mas, puesto que Cristo es la cabeza del hombre, necesariamente conviene todo a aquella cabeza que es ilustre por causa del nombre de Cristo. Toda aquella deformidad, detestable e inmunda para los gentiles, ¡con qué esplendor será recompensada! Este sufrimiento temporal y breve, ¡cómo será trocado por la recompensa de un honor resplandeciente y eterno, cuando, según la palabra del bienaventurado apóstol, "el Señor trasformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea hecho semejante al cuerpo de su resplandor"! .

    Epístola 76, § 3

    Mas no puede sentirse pérdida alguna ni de la religión ni de la fe, hermanos amadísimos, por el hecho de que ahora no se ofrezca allí oportunidad a los sacerdotes de Dios de ofrecer y celebrar los divinos sacrificios; antes bien, celebráis y ofrecéis a Dios un sacrificio igualmente precioso y glorioso, y que os aprovechará grandemente para la retribución de las recompensas celestiales, pues la sagrada Escritura habla, diciendo: "El sacrificio de Dios es un espíritu quebrantado; un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia." Ofrecéis este sacrificio a Dios; celebráis este sacrificio sin intermisión día y noche, hechos víctimas para Dios, y mostrándoos como ofrendas santas e inmaculadas, como exhorta y dice el apóstol: "Os ruego, pues, hermanos, por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Y no os conforméis a este mundo; sino transformaos por la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios." .

    Epístola 76, § 4

    Pues esto es lo que especialmente agrada a Dios; en esto es en lo que nuestras obras, con mayores méritos, logran ganar la benevolencia de Dios; esto es lo único que la obediencia de nuestra fe y devoción puede ofrecer al Señor por sus grandes y salvadores beneficios, como el Espíritu Santo declara y atestigua en los Salmos: "¿Qué pagaré —dice— al Señor por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre del Señor. Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos." ¿Quién no recibiría de buen grado y con prontitud la copa de la salvación? ¿Quién no desearía con gozo y alegría aquello en lo que él mismo también puede dar algo a su Señor? ¿Quién no recibiría con valentía y sin vacilar una muerte preciosa a los ojos del Señor, para agradar a sus ojos, quien, mirando desde lo alto a nosotros, puestos en el certamen por su nombre, aprueba a los que quieren, ayuda a los que luchan, corona a los que vencen con la recompensa de la paciencia, la bondad y el afecto, premiando en nosotros aquello mismo que Él nos ha concedido, y honrando lo que Él ha llevado a cabo?

    Epístola 76, § 5

    Pues que es obra suya el que venzamos, y que alcancemos, mediante el sometimiento del adversario, la palma del mayor certamen, lo declara y enseña el Señor en su Evangelio, diciendo: "Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquella misma hora se os dará lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros." Y otra vez: "Poned, pues, en vuestros corazones no premeditar cómo habéis de responder; porque yo os daré boca y sabiduría, a la cual no podrán resistir vuestros adversarios." . En lo cual, ciertamente, se halla tanto la gran confianza de los creyentes, como la gravísima culpa de los infieles, que no confían en Aquel que promete dar su ayuda a los que lo confiesan, y, por otra parte, no temen a Aquel que amenaza con castigo eterno a los que lo niegan.

    Epístola 76, § 6

    Todas estas cosas, valentísimos y fieles soldados de Cristo, las habéis sugerido a vuestros hermanos, cumpliendo en las obras lo que antes habéis enseñado de palabra, y habiendo de ser los mayores en el reino de los cielos, como el Señor promete y dice: "Cualquiera que así haga y enseñe, será llamado grande en el reino de los cielos." . Además, una multiforme porción del pueblo, siguiendo vuestro ejemplo, ha confesado juntamente con vosotros, y juntamente ha sido coronada, unida a vosotros en el vínculo de la más fuerte caridad, y no separada de sus prelados ni por la cárcel ni por las minas; en cuyo número tampoco faltan vírgenes en quienes el ciento por uno se añade al fruto del sesenta, y a quienes una doble gloria ha elevado a la corona celestial. También en los niños un valor mayor que su edad ha superado sus años en la alabanza de su confesión, de modo que todo sexo y toda edad adornen el bendito rebaño de vuestro martirio.

    Epístola 76, § 7

    ¡Cuál no debe ser ahora, amados hermanos, el vigor de vuestra conciencia victoriosa, cuál la alteza de vuestra mente, cuál la exultación en el sentimiento, cuál el triunfo en vuestro pecho, cuando cada uno de vosotros está cerca de la prometida recompensa de Dios, está seguro del juicio de Dios, camina por las minas con el cuerpo ciertamente cautivo, pero con el corazón reinando, y sabe que Cristo está presente con vosotros, regocijándose en la paciencia de sus siervos, que ascienden por sus huellas y por sus sendas a los reinos eternos! Esperáis cada día con gozo el día salvador de vuestra partida; y ya a punto de retiraros del mundo, os apresuráis a las recompensas del martirio y a las moradas divinas, para contemplar después de esta oscuridad del mundo la luz purísima, y recibir una gloria mayor que todos los sufrimientos y certámenes, como el apóstol atestigua y dice: "Los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que ha de revelarse en nosotros." . Y porque ahora vuestra palabra es más eficaz en las oraciones, y la súplica es más pronta para obtener lo que se busca en las aflicciones, buscad con más empeño, y pedid que la divina condescendencia consuma la confesión de todos nosotros; que de esta oscuridad y de estos lazos del mundo nos libre Dios también a nosotros, sanos y gloriosos, juntamente con vosotros; para que nosotros, que aquí estamos unidos en el vínculo de la caridad y de la paz, y hemos resistido juntos a las injurias de los herejes y a las opresiones de los paganos, nos regocijemos juntos en el reino celestial. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos bienaventurados y amadísimos, y acordaos siempre y en todo lugar de mí.
    Comentario editorial · Escrita desde el destierro
    Dirigida a los mártires condenados a las minas, esta carta lleva en el ANF la fecha de 257. Una nota de la edición deduce de unas palabras de la carta que Cipriano estaba ya desterrado («si los límites del lugar que se me ha asignado no me retuvieran, desterrado como estoy a causa de la confesión del Nombre»; traducido aquí del inglés de la nota). Wikipedia sitúa su comparecencia ante el procónsul Aspasio Paterno el 30 de agosto de 257 y su destierro a Curubis, y data la nueva persecución, bajo Valeriano, a finales de 256. Las epístolas 77 a 79 son las respuestas de los condenados.

    Epístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 77, argumento
    Argumento. Esta epístola y las dos siguientes no contienen otra cosa que respuestas a la anterior, por cuanto contienen la acción de gracias tanto por el consuelo transmitido por la carta como por el socorro enviado con ella. Pero del hecho de que se envíen tres cartas distintas en respuesta a la única de Cipriano, hemos de colegir que los obispos que las escribieron estaban situados en distintos departamentos de las minas.

    Epístola 77, § 1

    1. Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a su hermano Cipriano, eterna salvación en el Señor. Habláis, muy amado Cipriano, en vuestras cartas siempre con profundo sentido, como conviene a la condición del tiempo; por la lectura asidua de las cuales tanto los perversos son corregidos como los hombres de buena fe son confirmados. Porque, mientras no cesáis en vuestros escritos de poner al descubierto los misterios ocultos, de este modo nos hacéis crecer en la fe, y a los hombres del mundo acercarse a la creencia. Pues por los bienes que habéis introducido en vuestros muchos libros, inconscientemente os habéis descrito vos mismo a nosotros. Porque sois mayor que todos los hombres en el discurso, más elocuente en la palabra, más sabio en el consejo, más sencillo en la paciencia, más abundante en obras, más santo en la abstinencia, más humilde en la obediencia y más inocente en las buenas obras. Y vos mismo sabéis, amado, que nuestro ardiente deseo era veros a vos, maestro y amado nuestro, alcanzar la corona de una gran confesión.

    Epístola 77, § 2

    2. Porque, en las actuaciones ante el procónsul, como maestro bueno y verdadero pronunciasteis primero aquello que nosotros, vuestros discípulos, siguiéndoos, debíamos decir ante el presidente. Y, como trompeta sonora, habéis movido a los soldados de Dios, provistos de armas celestiales, al combate cuerpo a cuerpo; y, peleando en primera fila, habéis dado muerte al diablo con espada espiritual: también habéis ordenado con vuestras palabras las tropas de los hermanos, por un lado y por otro, de modo que se tendieron lazos por todas partes al enemigo, y los tendones cortados de la misma carcasa del enemigo público fueron pisoteados. Creednos, carísimo, que vuestro espíritu inocente no está lejos del céntuplo galardón, puesto que no ha temido los primeros embates del mundo, ni ha rehuido marchar al destierro, ni ha vacilado en dejar la ciudad, ni ha temido morar en un lugar desierto; y puesto que proporcionó a muchos ejemplo de confesión, él mismo habló primero el testimonio del mártir. Porque provocó a otros a los actos de martirio con su propio ejemplo; y no solo comenzó a ser compañero de los mártires que ya partían del mundo, sino que vinculó una amistad celestial con los que habrían de serlo.

    Epístola 77, § 3

    3. Por tanto, los que fueron condenados con nosotros os dan ante Dios las mayores gracias, amado Cipriano, porque en vuestra carta habéis refrescado sus pechos sufrientes; habéis sanado sus miembros heridos con garrotes; habéis desatado sus pies atados con cadenas; habéis alisado el cabello de su cabeza a medio rapar; habéis iluminado la oscuridad de la mazmorra; habéis rebajado las montañas de la mina hasta una superficie lisa; habéis incluso puesto flores fragantes ante sus narices, y habéis excluido el fétido olor del humo. Además, vuestros continuos dones, y los de nuestro amado Quirino, que enviasteis para que fueran distribuidos por el subdiácono Hereniano, y Luciano, y Máximo, y los acólitos Amancio, proveyeron un suministro de cuanto había faltado para las necesidades de sus cuerpos. Seamos, pues, en nuestras oraciones ayudadores unos de otros; y pidamos, como nos lo habéis mandado, que tengamos a Dios y a Cristo y a los ángeles como protectores en todas nuestras acciones. Os despedimos cordialmente en el Señor, señor y hermano, y tenednos en mente. Saludad a todos los que están con vos. Todos los nuestros que están con nosotros os aman, os saludan y desean veros.

    Epístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 78, argumento
    Argumento. El argumento de la presente carta es, en sustancia, el mismo que el de la precedente; y por tanto no es carta de Lucio, obispo romano, sino de Lucio, obispo africano y mártir.

    Epístola 78, § 1

    1. A Cipriano, nuestro hermano y colega, Lucio y todos los hermanos que están conmigo en el Señor, salud. Vuestra carta nos llegó, hermano carísimo, cuando nos regocijábamos y alegrábamos en Dios de que nos hubiera armado para la lucha y nos hubiera hecho por su condescendencia vencedores en la batalla; la carta, a saber, que nos enviasteis por el subdiácono Hereniano, Luciano, Máximo y los acólitos Amancio, la cual al leerla recibimos un alivio en nuestras cadenas, un consuelo en nuestra aflicción y un apoyo en nuestra necesidad; y fuimos despertados y más vigorosamente animados a soportar cuanto más de castigo pudiera esperarnos. Porque antes de nuestro sufrimiento fuimos llamados por vos a la gloria, vos que primero nos disteis guía para la confesión del nombre de Cristo. Nosotros, en verdad, que seguimos las huellas de vuestra confesión, esperamos una gracia igual con vos. Porque el que es primero en la carrera es primero también para la recompensa; y vos, que primero ocupasteis el curso, de ahí nos comunicasteis esto desde lo que comenzasteis, mostrando sin duda el amor indiviso con que siempre nos habéis amado, para que nosotros, que teníamos un solo Espíritu en el vínculo de la paz, tuviéramos la gracia de vuestras oraciones y una sola corona de confesión.

    Epístola 78, § 2

    2. Pero en vuestro caso, hermano carísimo, a la corona de la confesión se añade la recompensa de vuestros trabajos: medida abundante que recibiréis del Señor en el día de la retribución, vos que por vuestra carta os habéis presentado a nosotros, como nos manifestasteis aquel pecho cándido y bienaventurado vuestro que siempre hemos conocido, y conforme a su largueza habéis proferido alabanzas a Dios con nosotros, no tanto como merecemos oír, sino cuanto sois capaz de proferir. Porque con vuestras palabras habéis adornado a la vez aquellas cosas que en nosotros estaban menos instruidas, y nos habéis fortalecido para soportar los sufrimientos que llevamos, estando ciertos de las recompensas celestiales, de la corona del martirio y del reino de Dios, por la profecía que, llenos del Espíritu Santo, nos habéis prometido en vuestra carta. Todo esto sucederá, amado, si nos tenéis en mente en vuestras oraciones, lo cual confío que hacéis así como ciertamente lo hacemos nosotros.

    Epístola 78, § 3

    3. Y así, oh hermano muy anhelado, hemos recibido lo que nos enviasteis de Quirino y de vos mismo, un sacrificio de toda cosa limpia. Así como Noé ofreció a Dios, y Dios se agradó del suave olor y miró con respeto su ofrenda, así también mire con respeto la vuestra, y se digne devolveros la recompensa de esta tan buena obra. Pero ruego que mandéis que sea enviada la carta que hemos escrito a Quirino. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermano carísimo y ardientemente deseado, y acordaos de nosotros. Saludad a todos los que están con vos. Adiós.
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