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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)48 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 14 · Epístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejesPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 69, argumento
    Argumento. El argumento de esta carta y de la siguiente se halla en una epístola posterior a Esteban: "Que lo que usan los herejes no es bautismo; y que ninguno de ellos puede recibir beneficio por la gracia de Cristo, quienes se oponen a Cristo; ha sido expresado recientemente con cuidado en una carta escrita sobre ese asunto a Quinto, nuestro colega, establecido en Mauritania; como también en una carta que nuestros colegas escribieron antes a los obispos que presiden en Numidia; de ambas cartas he añadido copias."

    Epístola 69, § 1

    1. Cipriano, Liberal, Caldonio, Junio, Primo, Cecilio, Policarpo, Nicomedes, Félix, Marrucio, Suceso, Luciano, Honorato, Fortunato, Víctor, Donato, Lucio, Herculano, Pomponio, Demetrio, Quinto, Saturnino Januario, Marcos, otro Saturnino, otro Donato, Rogaciano, Sedato, Tértulo, Hortensiano, aún otro Saturnino, Satio, a sus hermanos Januario, Saturnino, Máximo, Víctor, otro Víctor, Casio, Próculo, Modiano, Citino, Gargilio, Eutiquiano, otro Gargilio, otro Saturnino, Nemesiano, Nampulo, Antoniano, Rogaciano, Honorato, salud. Estando juntos en concilio, hermanos carísimos, leímos vuestra carta que nos escribisteis acerca de los que parecen ser bautizados por herejes y cismáticos, preguntando si, cuando vengan a la Iglesia Católica, que es una, deben ser bautizados. Sobre esta cuestión, aunque vosotros mismos tenéis ahí la verdad y la certeza de la regla católica, sin embargo, puesto que habéis pensado que por nuestro mutuo amor debíamos ser consultados, exponemos nuestro parecer, no como nuevo, sino que nos unimos a vosotros en igual acuerdo, en un parecer decretado desde hace tiempo por nuestros predecesores y observado por nosotros; juzgando, a saber, y teniendo por cierto que nadie puede ser bautizado fuera, fuera de la Iglesia, puesto que hay un solo bautismo establecido en la santa Iglesia. Y está escrito en las palabras del Señor: "Me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, y se cavaron cisternas rotas, que no pueden retener agua" (). Y de nuevo la sagrada Escritura advierte y dice: "Guárdate del agua extraña, y no bebas de fuente de agua extraña". Se requiere, pues, que el agua sea primero purificada y santificada por el sacerdote, para que lave con su bautismo los pecados del hombre que es bautizado; porque dice el Señor por el profeta Ezequiel: "Entonces rociaré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de toda vuestra inmundicia; y de todos vuestros ídolos os limpiaré; y os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros" (). Pero ¿cómo puede limpiar y santificar el agua quien es él mismo impuro, y en quien no está el Espíritu Santo? Puesto que dice el Señor en el libro de los Números: "Y todo lo que toque la persona impura será impuro" (). ¿O cómo puede el que bautiza dar a otro remisión de pecados, quien, estando él mismo fuera de la Iglesia, no puede quitar sus propios pecados?

    Epístola 69, § 2

    2. Pero, además, la misma interrogación que se hace en el bautismo es un testimonio de la verdad. Pues cuando decimos: "¿Crees en la vida eterna y en la remisión de los pecados por la santa Iglesia?", queremos decir que la remisión de los pecados no se concede sino en la Iglesia, y que entre los herejes, donde no hay Iglesia, los pecados no pueden ser quitados. Por tanto, quienes afirman que los herejes pueden bautizar, deben o cambiar la interrogación o mantener la verdad; a no ser que atribuyan también una iglesia a aquellos que, según sostienen, tienen bautismo. Es necesario también que sea ungido el que es bautizado; para que, habiendo recibido el crisma, es decir, la unción, sea ungido de Dios y tenga en sí la gracia de Cristo. Además, es la Eucaristía de donde los bautizados son ungidos con el óleo santificado sobre el altar. Pero no puede santificar la criatura del aceite quien no tiene ni altar ni iglesia; por lo cual tampoco puede haber unción espiritual entre los herejes, puesto que es manifiesto que el aceite no puede ser santificado ni la Eucaristía celebrada en absoluto entre ellos. Pero debemos saber y recordar que está escrito: "No unja mi cabeza el óleo del pecador", lo cual el Espíritu Santo anunció de antemano en los Salmos, para que nadie que se salga del camino y ande errante fuera de la senda de la verdad sea ungido por herejes y adversarios de Cristo. Además, ¿qué oración puede ofrecer por un bautizado un sacerdote impío y pecador? Puesto que está escrito: "Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es adorador de Dios y hace su voluntad, a ese oye" (). ¿Quién, además, puede dar lo que él mismo no tiene? ¿O cómo puede desempeñar funciones espirituales quien ha perdido el Espíritu Santo? Y por tanto debe ser bautizado y renovado el que viene a la Iglesia sin instrucción, para que sea santificado dentro por los santos, puesto que está escrito: "Sed santos, porque yo soy santo, dice el Señor" (). De modo que quien ha sido seducido al error, y bautizado fuera de la Iglesia, debe deponer incluso esto mismo en el bautismo verdadero y eclesiástico, a saber, que un hombre que viene a Dios, mientras busca a un sacerdote, cayó por el engaño del error sobre uno profano.

    Epístola 69, § 3

    3. Pero aprobar el bautismo de los herejes y cismáticos es admitir que ellos han bautizado verdaderamente. Pues en él no puede una parte ser vana y otra válida. Si uno puede bautizar, puede también dar el Espíritu Santo. Pero si no puede dar el Espíritu Santo, porque el que es nombrado fuera no está dotado del Espíritu Santo, no puede bautizar a los que vienen; puesto que uno es el bautismo y uno el Espíritu Santo, y una también la Iglesia fundada por Cristo el Señor sobre Pedro, por una fuente y principio de unidad. De aquí resulta que, puesto que entre ellos todo es vano y falso, nada de lo que han hecho debe ser aprobado por nosotros. Pues ¿qué puede ser ratificado y establecido por Dios de lo que hacen aquellos a quienes el Señor llama sus enemigos y adversarios? Declarando en su Evangelio: "El que no está conmigo, contra mí está; y el que no recoge conmigo, desparrama" (). Y el bienaventurado apóstol Juan también, guardando los mandamientos y preceptos del Señor, lo ha establecido en su epístola, y dijo: "Habéis oído que el Anticristo ha de venir; aun ahora hay muchos anticristos; por lo cual conocemos que es la última hora. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros" (). De donde también nosotros debemos deducir y considerar si aquellos que son adversarios del Señor, y son llamados anticristos, pueden dar la gracia de Cristo. Por lo cual nosotros, que estamos con el Señor y mantenemos la unidad del Señor, y según su condescendencia administramos su sacerdocio en la Iglesia, debemos repudiar y rechazar y considerar como profano todo lo que hacen sus adversarios y los anticristos; y a quienes, saliendo del error y de la maldad, reconocen la verdadera fe de la única Iglesia, debemos darles la verdad tanto de la unidad como de la fe, por medio de todos los sacramentos de la gracia divina. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos carísimos.

    Epístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 70, argumento
    Argumento. Se da respuesta a Quinto, obispo en Mauritania, que ha pedido consejo acerca del bautismo de los herejes.

    Epístola 70, § 1

    1. Cipriano a su hermano Quinto, salud. Luciano, nuestro copresbítero, me ha informado, hermano carísimo, que deseas que te declare qué pienso acerca de aquellos que parecen haber sido bautizados por herejes y cismáticos; sobre cuyo asunto, para que sepas lo que varios de nosotros, obispos colegas, con los hermanos presbíteros presentes, determinamos recientemente en concilio, te he enviado una copia de la misma epístola. Pues no sé con qué presunción se dejan llevar algunos de nuestros colegas a pensar que quienes han sido sumergidos por herejes no deben ser bautizados cuando vienen a nosotros, por la razón de que dicen que hay un solo bautismo, que ciertamente es por tanto uno, porque la Iglesia es una, y no puede haber bautismo alguno fuera de la Iglesia. Pues como no puede haber dos bautismos, si los herejes bautizan verdaderamente, ellos mismos tienen este bautismo. Y quien por su propia autoridad les concede esta ventaja, cede y consiente ante ellos, de modo que el enemigo y adversario de Cristo parezca tener el poder de lavar, purificar y santificar a un hombre. Pero nosotros decimos que los que vienen de allá no son rebautizados entre nosotros, sino bautizados. Pues ciertamente no reciben nada allí, donde nada hay; sino que vienen a nosotros, para que aquí reciban donde hay gracia y toda verdad, porque la gracia y la verdad son una. Mas de nuevo algunos de nuestros colegas prefieren honrar a los herejes antes que estar de acuerdo con nosotros; y mientras, por la afirmación de un solo bautismo, no quieren bautizar a los que vienen, de este modo o bien hacen ellos mismos dos bautismos al decir que hay un bautismo entre los herejes; o ciertamente, lo que es de mayor importancia, se esfuerzan por anteponer y preferir el lavado sórdido y profano de los herejes al verdadero, único y legítimo bautismo de la Iglesia Católica, no considerando que está escrito: "El que es bautizado por un muerto, ¿de qué le aprovecha su lavado?" Ahora bien, es manifiesto que quienes no están en la Iglesia de Cristo son contados entre los muertos; y no puede ser vivificado por quien no está vivo, puesto que hay una sola Iglesia que, habiendo alcanzado la gracia de la vida eterna, vive para siempre y vivifica al pueblo de Dios.

    Epístola 70, § 2

    2. Y dicen que en este asunto siguen la costumbre antigua; aunque entre los antiguos estos eran aún los primeros comienzos de las herejías y cismas, de modo que estaban envueltos en ellos quienes se apartaron de la Iglesia, habiendo sido bautizados primero en ella; y por tanto, cuando volvían a la Iglesia y se arrepentían, no era necesario bautizarlos. Lo cual también observamos en el día de hoy: que es suficiente imponer las manos para la penitencia sobre aquellos que se sabe que fueron bautizados en la Iglesia, y que se pasaron de nosotros a los herejes, si, reconociendo posteriormente su pecado y abandonando su error, vuelven a la verdad y a su madre; de modo que, porque había sido oveja, el Pastor reciba en su redil a la oveja extraviada y vagabunda. Pero si el que viene de los herejes no ha sido bautizado previamente en la Iglesia, sino que viene como extraño y completamente profano, debe ser bautizado, para que se convierta en oveja, porque en la santa Iglesia está la única agua que hace ovejas. Y por tanto, porque no puede haber nada común entre la falsedad y la verdad, entre las tinieblas y la luz, entre la muerte y la inmortalidad, entre el Anticristo y Cristo, debemos por todos los medios mantener la unidad de la Iglesia Católica, y no ceder en ningún respecto a los enemigos de la fe y de la verdad.

    Epístola 70, § 3

    3. Ni debemos prescribir esto a partir de la costumbre, sino vencer la costumbre opuesta por la razón. Pues ni Pedro, a quien primeramente eligió el Señor, y sobre quien edificó su Iglesia, cuando Pablo disputó con él después acerca de la circuncisión, reclamó nada para sí con insolencia, ni asumió arrogantemente nada; como para decir que él tenía la primacía, y que debía ser obedecido por los novicios y los recién llegados. Ni despreció a Pablo porque antes había sido perseguidor de la Iglesia, sino que admitió el consejo de la verdad, y cedió fácilmente a la razón legítima que Pablo afirmaba, dándonos así un ejemplo de concordia y de paciencia, de que no debemos amar obstinadamente nuestras propias opiniones, sino más bien adoptar como propias aquellas que en algún momento son útil y saludablemente sugeridas por nuestros hermanos y colegas, si son verdaderas y legítimas. Además, Pablo, mirando hacia esto, y consultando fielmente por la concordia y la paz, ha establecido en su epístola esta regla: "Además, hablen los profetas dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le es revelado a otro que está sentado, calle el primero." En cuyo lugar ha enseñado y mostrado que muchas cosas son reveladas a individuos para lo mejor, y que cada uno no debe contender obstinadamente por aquello que una vez había bebido y sostenido; sino que, si algo ha parecido mejor y más útil, debe abrazarlo con gusto. Pues no somos vencidos cuando se nos presentan cosas mejores, sino que somos instruidos, especialmente en aquellas cosas que pertenecen a la unidad de la Iglesia y a la verdad de nuestra esperanza y fe; de modo que nosotros, sacerdotes de Dios y prelados de su Iglesia, por su condescendencia, sepamos que la remisión de los pecados no puede darse sino en la Iglesia, ni los adversarios de Cristo pueden reclamar para sí nada que pertenezca a su gracia.

    Epístola 70, § 4

    4. Lo cual, ciertamente, también decretó Agripino, varón de digna memoria, con sus demás obispos colegas, que en aquel tiempo gobernaban la Iglesia del Señor en la provincia de África y Numidia, y lo estableció por el bien ponderado examen del concilio común: cuya opinión, por ser religiosa, legítima y saludable, y en armonía con la fe y la Iglesia católicas, también nosotros hemos seguido. Y para que sepas qué clase de cartas hemos escrito sobre este asunto, te he transmitido, por nuestro mutuo amor, una copia de ellas, tanto para tu propia información como para la de nuestros colegas obispos que están en aquellas partes. Te despedimos cordialmente en el Señor, hermano carísimo.

    Epístola 71. A Esteban, sobre un concilio

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 71, argumento
    Argumento. Cipriano con sus colegas en cierto concilio dice a Esteban, obispo de Roma, que por ellos había sido decretado, tanto que los que regresaban de la herejía a la Iglesia debían ser bautizados, como que los obispos o presbíteros procedentes de los herejes debían ser recibidos con ninguna otra condición, sino que debían comulgar como laicos. A.D. 255.

    Epístola 71, § 1

    1. Cipriano y otros, a su hermano Esteban, salud. Hemos creído necesario, para la ordenación de ciertos asuntos, hermano carísimo, y para su investigación mediante el examen de un concilio común, reunirnos y celebrar un concilio, en el que se congregaron a la vez muchos sacerdotes; en el cual, además, se presentaron y trataron muchas cosas. Pero el asunto sobre el cual teníamos principalmente que escribirte, y conferir con tu gravedad y sabiduría, es uno que pertenece especialmente tanto a la autoridad sacerdotal como a la unidad, así como a la dignidad, de la Iglesia Católica, que surgen de la ordenación del divino designio; a saber, que aquellos que han sido sumergidos fuera, fuera de la Iglesia, y han sido manchados entre herejes y cismáticos con la mancha del agua profana, cuando vienen a nosotros y a la Iglesia que es una, deben ser bautizados, por la razón de que es poca cosa "imponerles las manos para que reciban el Espíritu Santo", a menos que reciban también el bautismo de la Iglesia. Pues entonces finalmente pueden ser plenamente santificados, y ser hijos de Dios, si nacen de cada sacramento; ya que está escrito: "A menos que un hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios." Pues hallamos también, en los Hechos de los Apóstoles, que esto es mantenido por los apóstoles, y guardado en la verdad de la fe salvadora, de modo que cuando, en la casa de Cornelio el centurión, el Espíritu Santo descendió sobre los gentiles que estaban allí, fervorosos en el calor de su fe, y creyendo en el Señor con todo su corazón; y cuando, llenos del Espíritu, bendijeron a Dios en diversas lenguas, no obstante, el bienaventurado apóstol Pedro, consciente del precepto divino y del Evangelio, mandó que fueran bautizados aquellos mismos hombres que ya habían sido llenos del Espíritu Santo, para que nada pareciera descuidarse en la observancia, por la instrucción apostólica, de todas las cosas de la ley del precepto divino y del Evangelio. Pero que no es bautismo el que usan los herejes; y que ninguno de los que se oponen a Cristo puede aprovecharse de la gracia de Cristo; se ha expuesto recientemente con cuidado en la carta que se escribió sobre ese asunto a Quinto, nuestro colega, establecido en Mauritania; como también en una carta que nuestros colegas escribieron previamente a nuestros compañeros obispos que presiden en Numidia, de cuyas dos cartas he adjuntado copias.

    Epístola 71, § 2

    2. Añadimos, sin embargo, y unimos a lo que hemos dicho, hermano carísimo, con consentimiento y autoridad común, que si, de nuevo, algunos presbíteros o diáconos, que o bien fueron ordenados antes en la Iglesia Católica, y posteriormente se mostraron como traidores y rebeldes contra la Iglesia, o que fueron promovidos entre los herejes por una ordenación profana por manos de falsos obispos y anticristos, contraria al designio de Cristo, e intentaron ofrecer, en oposición al único y divino altar, sacrificios falsos y sacrílegos fuera, que estos también sean recibidos cuando regresen, con esta condición, que comulguen como laicos, y tengan por suficiente que se les reciba a la paz, después de haberse mostrado como enemigos de la paz; y que no deben, al regresar, retener aquellas armas de la ordenación y del honor con las cuales se rebelaron contra nosotros. Pues conviene que los sacerdotes y ministros, que sirven al altar y a los sacrificios, sean sanos e inmaculados; ya que el Señor Dios habla en el Levítico, y dice: "Ningún hombre que tenga mancha o defecto se acercará para ofrecer dones al Señor." Además, en el Éxodo, prescribe lo mismo, y dice: "Y los sacerdotes que se acercan al Señor Dios santifíquense, no sea que el Señor los abandone." Y de nuevo: "Y cuando se acerquen a ministrar en el altar del lugar santo, no llevarán iniquidad sobre sí, no sea que mueran." Pero ¿qué iniquidad mayor puede haber, o qué mancha más odiosa, que haberse opuesto a Cristo; que haber dispersado su Iglesia, que Él compró y fundó con su sangre; que, olvidados de la paz y el amor evangélicos, haber luchado con la locura de la discordia hostil contra el pueblo unánime y concordante de Dios? Estos tales, aunque ellos mismos regresen a la Iglesia, todavía no pueden restaurar ni volver a llamar consigo a aquellos que, seducidos por ellos, y arrebatados por la muerte fuera, perecieron fuera de la Iglesia sin comunión y sin paz; cuyas almas en el día del juicio les serán reclamadas de las manos de aquellos que se presentaron como autores y líderes de su ruina. Y por tanto, a tales, cuando regresen, es suficiente que se les conceda el perdón; ya que la perfidia ciertamente no debe recibir promoción en la casa de la fe. Pues ¿qué reservamos para los buenos e inocentes, y para los que no se apartan de la Iglesia, si honramos a quienes se apartaron de nosotros, y se opusieron a la Iglesia?

    Epístola 71, § 3

    3. Te hemos dado a conocer estas cosas, hermano carísimo, en aras de nuestro mutuo honor y sincero afecto; creyendo que, según la verdad de tu religión y fe, serán aprobadas por ti aquellas cosas que no son menos religiosas que verdaderas. Pero sabemos que algunos no dejarán de lado lo que una vez han bebido, y no cambian fácilmente su propósito; sino que, manteniendo firme el vínculo de la paz y de la concordia entre sus colegas, retienen ciertas cosas propias, que una vez fueron adoptadas entre ellos. En cuyo asunto no hacemos violencia a nadie, ni imponemos ley a nadie, ya que cada prelado tiene en la administración de la Iglesia el ejercicio de su voluntad libre, como dará cuenta de su conducta al Señor. Te despedimos cordialmente en el Señor, hermano carísimo.
    Comentario editorial · La disputa del bautismo de los herejes
    Esteban, obispo de Roma de 254 a 257, sostenía que quienes habían sido bautizados por cismáticos no necesitaban un nuevo bautismo; Cipriano y varios obispos de África lo juzgaban necesario para admitirlos a la Eucaristía (Wikipedia). Según Wikipedia, dos sínodos de Cartago, en 255 y 256, se pronunciaron contra la validez del bautismo hereje, Esteban los rechazó y un tercero, en septiembre de 256, reafirmó la posición africana. La postura de Esteban acabó imponiéndose en la Iglesia latina. Las epístolas 69 a 75 son el expediente cartaginés de esa disputa.

    Epístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 72, argumento
    Argumento. Cipriano refuta una carta que le remitió Jubaiano, y con el mayor cuidado recoge cuanto cree que aprovechará para la defensa de su causa. Además, envía a Jubaiano una copia de la carta a los numidios y a Quinto, y probablemente los decretos del último sínodo.

    Epístola 72, § 1

    1. Cipriano a su hermano Jubaiano, salud. Me has escrito, hermano carísimo, deseando que se te manifieste la impresión de mi mente, sobre lo que pienso acerca del bautismo de los herejes; quienes, colocados fuera, y establecidos fuera de la Iglesia, se arrogan un asunto que no está dentro de su derecho ni de su poder. Este bautismo no podemos considerarlo válido ni legítimo, ya que es manifiestamente ilícito entre ellos; y ya que hemos expresado antes en nuestras cartas lo que pensábamos sobre este asunto, te he enviado, como método compendioso, una copia de las mismas cartas, de lo que decidimos en concilio cuando estábamos presentes muchísimos de nosotros, y de lo que, además, escribí posteriormente a Quinto, nuestro colega, cuando preguntó sobre lo mismo. Y ahora también, cuando nos habíamos reunido, tanto obispos de la provincia de África como de Numidia, en número de setenta y uno, establecimos una vez más este mismo asunto por nuestro juicio, decidiendo que hay un solo bautismo que está establecido en la Iglesia Católica; y que por este no son rebautizados, sino bautizados por nosotros, aquellos que en cualquier momento vienen del agua adúltera y profana para ser lavados y santificados por la verdad del agua salvadora.

    Epístola 72, § 2

    2. Ni nos perturba, hermano carísimo, lo que has descrito en tus cartas, que los novacianos rebautizan a aquellos a quienes seducen de nosotros, ya que de ninguna manera nos importa lo que hacen los enemigos de la Iglesia, mientras nosotros mismos mantengamos consideración por nuestro poder, y la firmeza de la razón y de la verdad. Pues Novaciano, a la manera de los simios —que, aunque no son hombres, imitan las acciones humanas—, quiere reclamar para sí la autoridad y la verdad de la Iglesia Católica, mientras que él mismo no está en la Iglesia; es más, hasta ahora se ha mostrado como rebelde y enemigo contra la Iglesia. Pues, sabiendo que hay un solo bautismo, se arroga este uno, para poder decir que la Iglesia está con él, y hacernos herejes. Pero nosotros, que sostenemos la cabeza y la raíz de la única Iglesia, sabemos y confiamos con certeza que nada es lícito allí fuera de la Iglesia, y que el bautismo que es uno está entre nosotros, donde él mismo también fue bautizado en otro tiempo, cuando mantenía la sabiduría y la verdad de la divina unidad. Pero si Novaciano piensa que aquellos que han sido bautizados en la Iglesia deben ser rebautizados fuera —sin la Iglesia—, debe comenzar por sí mismo, para ser él primero rebautizado con un bautismo extraño y herético, ya que piensa que después de la Iglesia, e incluso contra la Iglesia, las gentes deben ser bautizadas fuera. Pero ¿qué clase de cosa es esta, que, porque Novaciano se atreve a hacer esto, debamos pensar que nosotros no debemos hacerlo? ¿Pues qué? Porque Novaciano también usurpa el honor del trono sacerdotal, ¿debemos por tanto renunciar a nuestro trono? O porque Novaciano se esfuerza injustamente por erigir un altar y ofrecer sacrificios, ¿nos conviene apartarnos de nuestro altar y de nuestros sacrificios, no sea que parezcamos celebrar lo mismo o cosas semejantes a las suyas? Es totalmente vano y necio que, porque Novaciano se arroga fuera de la Iglesia la imagen de la verdad, nosotros abandonemos la verdad de la Iglesia.

    Epístola 72, § 3

    3. Pero entre nosotros no es cosa nueva ni repentina juzgar que deben ser bautizados quienes vienen a la Iglesia de entre los herejes, ya que hace ya muchos años y mucho tiempo, que, bajo Agripino —varón de digna memoria—, muchísimos obispos reunidos decidieron esto; y desde entonces hasta el día de hoy, tantos miles de herejes en nuestras provincias se han convertido a la Iglesia, y no han despreciado ni demorado, es más, han abrazado razonable y gustosamente la oportunidad de alcanzar la gracia del baño vivificante y del bautismo salvador. Pues no es difícil para un maestro insinuar cosas verdaderas y legítimas en su mente, quien, habiendo condenado la pravedad herética, y descubierto la verdad de la Iglesia, viene con este propósito, para aprender, y aprende para vivir. No debemos aumentar la estolidez de los herejes con el patrocinio de nuestro consentimiento, cuando ellos obedecen la verdad gustosa y prontamente.

    Epístola 72, § 4

    4. Ciertamente, como encontré en la carta, cuya copia me transmitiste, que estaba escrito: "Que no se pregunte quién bautizó, ya que el que es bautizado puede recibir la remisión de los pecados según lo que creyó," pensé que este tema no debía pasarse por alto, especialmente porque observé en la misma epístola que también se hacía mención de Marción, diciendo que "incluso los que venían de él no necesitaban ser bautizados, porque parecían haber sido ya bautizados en el nombre de Jesucristo." Por tanto debemos considerar la fe de quienes creen fuera, si en cuanto a la misma fe pueden obtener alguna gracia. Pues si nosotros y los herejes tenemos una misma fe, también podemos tener una misma gracia. Si los patripasianos, antropianos, valentinianos, apeletianos, ofitas, marcionitas, y otras pestes, y espadas, y venenos de herejes para subvertir la verdad, confiesan al mismo Padre, al mismo Hijo, al mismo Espíritu Santo, a la misma Iglesia que nosotros, también pueden tener un solo bautismo si tienen también una sola fe.

    Epístola 72, § 5

    5. Y para que no sea tedioso recorrer todas las herejías, y enumerar las locuras o las locuras de cada una de ellas, porque no es placer hablar de aquello que uno teme o se avergüenza de conocer, examinemos por ahora acerca de Marción solamente, de quien se ha hecho mención en la carta que nos transmitiste, si el fundamento de su bautismo puede hacerse bueno. Pues el Señor, después de su resurrección, enviando a sus discípulos, los instruyó y enseñó de qué manera debían bautizar, diciendo: "Todo poder me es dado en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo." Él sugiere la Trinidad, en cuyo sacramento las naciones debían ser bautizadas. ¿Acaso Marción mantiene la Trinidad? ¿Acaso afirma al mismo Padre, el Creador, como nosotros? ¿Conoce al mismo Hijo, Cristo nacido de la Virgen María, que como Verbo se hizo carne, que llevó nuestros pecados, que venció la muerte muriendo, que por sí mismo primeramente originó la resurrección de la carne, y mostró a sus discípulos que había resucitado en la misma carne? Muy diferente es la fe con Marción, y, además, con los otros herejes; es más, con ellos no hay nada sino perfidia, y blasfemia, y contención, que es hostil a la santidad y a la verdad. ¿Cómo entonces puede uno que es bautizado entre ellos parecer haber obtenido la remisión de los pecados, y la gracia de la divina misericordia, por su fe, cuando no tiene la verdad de la fe misma? Pues si, como algunos suponen, uno pudiera recibir algo fuera de la Iglesia según su fe, ciertamente ha recibido lo que creyó; pero si cree lo falso, no pudo recibir lo verdadero; sino más bien ha recibido cosas adúlteras y profanas, según lo que creyó.

    Epístola 72, § 6

    6. Este asunto del bautismo profano y adúltero lo reprende claramente el profeta Jeremías, diciendo: "¿Por qué prevalecen los que me afligen? Mi herida es dura; ¿de dónde seré sanado? Mientras que se ha vuelto para mí como agua engañosa que no tiene fidelidad." El Espíritu Santo hace mención por el profeta del agua engañosa que no tiene fidelidad. ¿Qué es esta agua engañosa e infiel? Ciertamente aquella que finge falsamente la semejanza del bautismo, y frustra la gracia de la fe con una pretensión sombría. Pero si, según una fe pervertida, uno pudiera ser bautizado fuera, y obtener la remisión de los pecados, según la misma fe podría también alcanzar el Espíritu Santo; y no hay necesidad de que se le impongan las manos cuando viene, para que obtenga el Espíritu Santo, y sea sellado. O podría obtener ambos privilegios fuera por su fe, o el que ha estado fuera no ha recibido ni uno ni otro.

    Epístola 72, § 7

    7. Pero es manifiesto dónde y por quién puede darse la remisión de los pecados; a saber, la que se da en el bautismo. Pues primeramente el Señor dio ese poder a Pedro, sobre quien edificó la Iglesia, y de donde designó y mostró la fuente de la unidad —el poder, a saber, de que todo lo que él desatara en la tierra sería desatado en el cielo—. Y después de la resurrección, también habla a los apóstoles, diciendo: "Como el Padre me envió, así también yo os envío. Y cuando hubo dicho esto, sopló sobre ellos, y les dice: Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos." De donde percibimos que sólo a los que están puestos al frente de la Iglesia y establecidos en la ley evangélica, y en la ordenanza del Señor, se les permite bautizar y dar la remisión de los pecados; pero que fuera, nada puede ser atado ni desatado, donde no hay nadie que pueda atar o desatar nada.

    Epístola 72, § 8

    8. Ni proponemos esto, hermano carísimo, sin la autoridad de la divina Escritura, cuando decimos que todas las cosas están dispuestas por la dirección divina por cierta ley y por especial ordenanza, y que nadie puede usurpar para sí, en oposición a los obispos y sacerdotes, nada que no sea de su propio derecho y poder. Pues Coré, Datán y Abirón intentaron usurpar, en oposición a Moisés y Aarón el sacerdote, el poder de sacrificar; y no hicieron sin castigo lo que ilegalmente se atrevieron. También los hijos de Aarón, que pusieron fuego extraño sobre el altar, fueron consumidos al instante a la vista de un Señor airado; castigo que permanece para aquellos que introducen agua extraña por un falso bautismo, para que la venganza divina vengue y castigue cuando los herejes hacen, en oposición a la Iglesia, lo que sólo a la Iglesia le está permitido hacer.

    Epístola 72, § 9

    9. Pero en cuanto a la afirmación de algunos acerca de aquellos que habían sido bautizados en Samaria, de que cuando vinieron los apóstoles Pedro y Juan, sólo se les impusieron las manos, para que recibieran el Espíritu Santo, pero que no fueron rebautizados; vemos que ese lugar no toca, hermano carísimo, el caso presente. Pues los que habían creído en Samaria habían creído con fe verdadera; y dentro, en la Iglesia que es una, y a la cual sola se le concede otorgar la gracia del bautismo y remitir los pecados, habían sido bautizados por Felipe el diácono, a quien los mismos apóstoles habían enviado. Y por tanto, porque habían obtenido un bautismo legítimo y eclesiástico, no había necesidad de que fueran bautizados más, sino que sólo se realizó lo que era necesario por Pedro y Juan; a saber, que, hecha oración por ellos, e impuestas las manos, el Espíritu Santo fuera invocado y derramado sobre ellos, lo cual también ahora se hace entre nosotros, de modo que los que son bautizados en la Iglesia son llevados a los prelados de la Iglesia, y por nuestras oraciones y por la imposición de manos obtienen el Espíritu Santo, y son perfeccionados con el sello del Señor.

    Epístola 72, § 10

    10. No hay fundamento, por tanto, hermano carísimo, para pensar que debamos ceder a los herejes hasta el punto de contemplar la entrega a ellos de ese bautismo, que sólo se concede a la única y sola Iglesia. Es deber de un buen soldado defender el campamento de su general contra rebeldes y enemigos. Es deber de un líder ilustre guardar los estandartes que se le han confiado. Está escrito: "El Señor vuestro Dios es un Dios celoso." Nosotros, que hemos recibido el Espíritu de Dios, debemos tener celo por la fe divina; con tal celo como aquel con el que Fineés agradó a Dios y aplacó justamente su ira cuando estaba airado, y el pueblo perecía. ¿Por qué recibimos como permitida una iglesia adúltera y extraña, enemiga de la unidad divina, cuando conocemos sólo a un Cristo y a su única Iglesia? La Iglesia, presentando la semejanza del paraíso, incluye dentro de sus muros árboles frutales, de los cuales el que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Estos árboles los riega con cuatro ríos, es decir, con los cuatro Evangelios, con los cuales, por una inundación celestial, otorga la gracia del bautismo salvador. ¿Puede alguien regar de las fuentes de la Iglesia quien no está dentro de la Iglesia? ¿Puede impartir esos tragos saludables y salvadores del paraíso a alguien si él mismo está pervertido, y de sí mismo condenado, y desterrado fuera de las fuentes del paraíso, y se ha secado y agotado con la sequedad de una sed eterna?

    Epístola 72, § 11

    11. El Señor clama en voz alta, que "todo el que tenga sed, venga y beba de los ríos de agua viva que brotaron de su seno." ¿A dónde ha de venir el que tiene sed? ¿Vendrá a los herejes, donde no hay fuente ni río de agua viva en absoluto; o a la Iglesia que es una, y está fundada sobre uno que ha recibido las llaves de ella por la voz del Señor? Es ella quien posee y tiene sola todo el poder de su esposo y Señor. En ella presidimos; por su honor y unidad luchamos; su gracia, así como su gloria, defendemos con fiel devoción. Nosotros, por permiso divino, regamos al pueblo sediento de Dios; guardamos los límites de las fuentes vivas. Si, por tanto, sostenemos el derecho de nuestra posesión, si reconocemos el sacramento de la unidad, ¿por qué somos considerados prevaricadores contra la verdad? ¿Por qué somos juzgados traidores de la unidad? El agua fiel, salvadora y santa de la Iglesia no puede ser corrompida ni adulterada, como la Iglesia misma tampoco es incorrupta, y casta, y modesta. Si los herejes están dedicados a la Iglesia y establecidos en la Iglesia, pueden usar tanto su bautismo como sus otros beneficios salvadores. Pero si no están en la Iglesia, es más, si actúan contra la Iglesia, ¿cómo pueden bautizar con el bautismo de la Iglesia?

    Epístola 72, § 12

    12. Pues no es asunto pequeño e insignificante el que se concede a los herejes, cuando su bautismo es reconocido por nosotros; ya que de allí brota todo el origen de la fe y el acceso salvador a la esperanza de la vida eterna, y la divina condescendencia para purificar y vivificar a los siervos de Dios. Pues si alguien pudiera ser bautizado entre los herejes, ciertamente podría también obtener la remisión de los pecados. Si alcanzó la remisión de los pecados, también fue santificado. Si fue santificado, también fue hecho templo de Dios. Pregunto, ¿de qué Dios? Si del Creador; no pudo ser, porque no ha creído en Él. Si de Cristo; no pudo hacerse su templo, ya que niega que Cristo sea Dios. Si del Espíritu Santo; puesto que los tres son uno, ¿cómo puede el Espíritu Santo estar en paz con quien es enemigo del Hijo o del Padre?

    Epístola 72, § 13

    13. Por tanto es en vano que algunos que son vencidos por la razón nos opongan la costumbre, como si la costumbre fuera mayor que la verdad; o como si no debiera buscarse en las cosas espirituales aquello que ha sido revelado como lo mejor por el Espíritu Santo. Pues quien yerra por simplicidad puede ser perdonado, como dice de sí el bienaventurado apóstol Pablo: "Yo, que al principio era blasfemo, y perseguidor, e injuriador; pero obtuve misericordia, porque lo hice por ignorancia." Pero después de la inspiración y la revelación que se le hicieron, quien inteligente y conocedor persevera en aquel curso en el que había errado, peca sin perdón por su ignorancia. Pues resiste con cierta presunción y obstinación, cuando es vencido por la razón. Ni diga nadie: "Seguimos lo que hemos recibido de los apóstoles," cuando los apóstoles sólo entregaron una Iglesia, y un solo bautismo, que no está ordenado sino en la misma Iglesia. Y no podemos encontrar que nadie, cuando había sido bautizado por herejes, fuera recibido por los apóstoles en el mismo bautismo, y comulgara de tal manera que los apóstoles parecieran haber aprobado el bautismo de los herejes.

    Epístola 72, § 14

    14. Pues en cuanto a lo que algunos dicen, como si favoreciera a los herejes, que el apóstol Pablo declaró: "De todos modos, sea por pretexto o en verdad, sea Cristo predicado", , hallamos que tampoco esto puede aprovechar en nada a quienes apoyan y aplauden a los herejes. Porque Pablo, en su epístola, no hablaba de los herejes ni de su bautismo, de modo que pueda mostrarse que se alegó algo perteneciente a este asunto. Hablaba de los hermanos, ya fuera que anduvieran desordenadamente y contra la disciplina de la Iglesia, ya que guardaran la verdad del Evangelio con el temor de Dios. Y decía que algunos de ellos hablaban la palabra de Dios con constancia y valor, pero que algunos obraban con envidia y disensión; que algunos le profesaban un amor benévolo, pero que otros se entregaban a un espíritu malévolo de disensión; y sin embargo, que él soportaba todo con paciencia, con tal de que, sea en verdad o en pretexto, el nombre de Cristo que Pablo predicaba llegara al conocimiento de muchos, y la siembra de la palabra, que hasta entonces había sido nueva e irregular, aumentara por la predicación de los que hablaban. Además, una cosa es que los que están dentro de la Iglesia hablen acerca del nombre de Cristo; otra es que los que están fuera y obran en contra de la Iglesia bauticen en el nombre de Cristo. Por tanto, no aduzcan los que favorecen a los herejes lo que Pablo dijo acerca de los hermanos, sino muestren si él pensó que algo debía concederse al hereje, o si aprobó su fe o su bautismo, o si dispuso que hombres pérfidos y blasfemos pudieran recibir la remisión de los pecados fuera de la Iglesia.

    Epístola 72, § 15

    15. Pero si consideramos lo que los apóstoles pensaron acerca de los herejes, hallaremos que ellos, en todas sus epístolas, execraron y detestaron la sacrílega maldad de los herejes. Pues cuando dicen que "su palabra cunde como gangrena", , ¿cómo puede una palabra tal dar remisión de los pecados, la que se extiende como gangrena a los oídos de los oyentes? Y cuando dicen que no puede haber sociedad entre la justicia y la injusticia, ni comunión entre la luz y las tinieblas, , ¿cómo pueden las tinieblas iluminar, o la injusticia justificar? Y cuando dicen que "no son de Dios, sino que son del espíritu del Anticristo", , ¿cómo pueden llevar a cabo asuntos espirituales y divinos quienes son enemigos de Dios, y cuyos corazones ha poseído el espíritu del Anticristo? Por tanto, si, dejando a un lado los errores de la disputa humana, volvemos con fe sincera y religiosa a la autoridad evangélica y a la tradición, percibiremos que nada pueden hacer para conferir la gracia eclesiástica y salvadora quienes, dispersando y atacando a la Iglesia de Cristo, son llamados adversarios por Cristo mismo, pero por sus apóstoles, Anticristos.

    Epístola 72, § 16

    16. Además, no hay fundamento para que nadie, para burlar la verdad cristiana, nos oponga el nombre de Cristo, diciendo: "Todos los que son bautizados en cualquier lugar y de cualquier manera en el nombre de Jesucristo han obtenido la gracia del bautismo", cuando Cristo mismo habla y dice: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos." . Y de nuevo, previene e instruye para que nadie sea fácilmente engañado por los falsos profetas y falsos cristos en su nombre. "Muchos", dice, "vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy Cristo, y engañarán a muchos". Y después añadió: "Pero mirad; he aquí que os lo he predicho todo." . De donde aparece que no deben ser recibidas y aceptadas de inmediato todas las cosas que se precian en el nombre de Cristo, sino solo aquellas que se hacen en la verdad de Cristo.

    Epístola 72, § 17

    17. Porque, si bien en los Evangelios y en las epístolas de los apóstoles se alega el nombre de Cristo para la remisión de los pecados, no es de modo que el Hijo solo, sin el Padre o contra el Padre, pueda aprovechar a alguien; sino para que se mostrara a los judíos, que se jactaban de tener al Padre, que el Padre de nada les aprovecharía si no creían en el Hijo que Él había enviado. Pues quienes conocen a Dios Padre, el Creador, deben conocer también a Cristo el Hijo, no sea que se halaguen y aplaudan a sí mismos acerca del Padre solo, sin el reconocimiento de su Hijo, el cual también dijo: "Nadie viene al Padre sino por mí." . Pero Él mismo expone que es el conocimiento de los dos lo que salva, cuando dice: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." . Así pues, como por la predicación y el testimonio de Cristo mismo debe ser conocido primero el Padre que envió, y después Cristo, que fue enviado, y no puede haber esperanza de salvación sino conociendo a los dos juntamente, ¿cómo, cuando Dios Padre no es conocido, más aún, es incluso blasfemado, pueden los que entre los herejes se dice que son bautizados en el nombre de Cristo ser juzgados como que han obtenido la remisión de los pecados? Porque una era la situación de los judíos bajo los apóstoles, y otra es la condición de los gentiles. Los primeros, porque ya habían alcanzado el antiquísimo bautismo de la ley y de Moisés, debían ser bautizados también en el nombre de Jesucristo, conforme a lo que Pedro les dice en los Hechos de los Apóstoles: "Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre del Señor Jesucristo para remisión de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamare." . Pedro menciona a Jesucristo, no como para omitir al Padre, sino para que el Hijo también se uniera al Padre.

    Epístola 72, § 18

    18. Finalmente, cuando, después de la resurrección, los apóstoles son enviados por el Señor a los gentiles, se les ordena bautizar a los gentiles "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". ¿Cómo, pues, dicen algunos que un gentil bautizado fuera, fuera de la Iglesia, y aun en oposición a la Iglesia, con tal de que sea solo en el nombre de Jesucristo, en cualquier lugar y de cualquier manera, puede obtener la remisión del pecado, cuando Cristo mismo manda que los gentiles sean bautizados en la plena y unida Trinidad? A no ser que, mientras quien niega a Cristo es negado por Cristo, quien niega a su Padre, al que Cristo mismo confesó, no sea negado; y quien blasfema contra Aquel a quien Cristo llamó su Señor y su Dios, sea recompensado por Cristo, y obtenga remisión de los pecados y la santificación del bautismo. Pero ¿con qué poder puede quien niega a Dios el Creador, el Padre de Cristo, obtener en el bautismo la remisión de los pecados, si Cristo recibió ese mismo poder con el que somos bautizados y santificados de aquel mismo Padre, a quien llamó "mayor" que Él, por quien deseó ser glorificado, cuya voluntad cumplió hasta la obediencia de beber el cáliz y de sufrir la muerte? ¿Qué otra cosa es, entonces, sino hacerse partícipe con los herejes blasfemos, querer mantener y afirmar que quien blasfema y gravemente peca contra el Padre y el Señor y Dios de Cristo, puede recibir la remisión de los pecados en el nombre de Cristo? ¿Qué es, además, eso, y de qué clase, que quien niega al Hijo de Dios no tiene al Padre, y que se piense que quien niega al Padre tiene al Hijo, aunque el Hijo mismo testifica y dice: "Nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concediere"? . De modo que es evidente que no puede recibirse en el bautismo remisión alguna de los pecados del Hijo, la cual no es claro que el Padre haya concedido. Especialmente, puesto que Él repite además y dice: "Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada." .

    Epístola 72, § 19

    19. Pero si los discípulos de Cristo no quieren aprender de Cristo qué veneración y honor se debe al nombre del Padre, aprendan al menos de los ejemplos terrenos y seculares, y sepan que Cristo ha declarado, no sin la más enérgica reprensión: "Los hijos de este mundo son más sabios en su generación que los hijos de la luz." . En este mundo nuestro, si alguno ha inferido una injuria al padre de otro; si con maldad y perversidad ha herido su reputación y su honor con lengua malévola, el hijo se indigna y se enfurece, y con cuantos medios puede se esfuerza por vengar la afrenta de su padre injuriado. ¿Pensáis que Cristo concede impunidad a los impíos y profanos, y a los blasfemos de su Padre, y que quita sus pecados en el bautismo, cuando es evidente que, aun bautizados, amontonan malas palabras sobre la persona del Padre y pecan con la incesante maldad de una lengua blasfema? ¿Puede un cristiano, puede un siervo de Dios, concebir esto en su mente, creerlo en su fe, o proponerlo en su discurso? ¿Y qué será de los preceptos de la ley divina, que dicen: "Honra a tu padre y a tu madre"? . Si el nombre de padre, que en el hombre se manda honrar, es violado impunemente en Dios, ¿qué será de lo que Cristo mismo establece en el Evangelio, y dice: "El que maldijere al padre o a la madre, muera de muerte"? , si Aquel que ordena que quienes maldicen a sus padres según la carne sean castigados y muertos, Él mismo vivifica a quienes ultrajan a su Padre celestial y espiritual, y son hostiles a la Iglesia, su Madre? Algunos afirman de hecho cosa execrable y detestable: que Aquel que amenaza al hombre que blasfema contra el Espíritu Santo, que será reo de pecado eterno, Él mismo se digna santificar con el bautismo salvador a quienes blasfeman contra Dios Padre. Y así, quienes piensan que deben comunicarse con los que vienen a la Iglesia sin bautismo, no consideran que se hacen partícipes de pecados ajenos, más aún, de pecados eternos, cuando admiten sin bautismo a quienes no pueden, salvo en el bautismo, despojarse de los pecados de sus blasfemias.

    Epístola 72, § 20

    20. Además, ¡qué cosa tan vana y perversa es que, cuando los herejes mismos, habiendo repudiado y abandonado o el error o la maldad en que antes habían estado, reconocen la verdad de la Iglesia, nosotros mutilemos los derechos y el sacramento de esa misma verdad, y digamos a quienes vienen a nosotros y se arrepienten que habían obtenido la remisión de los pecados, cuando confiesan que han pecado y por eso vienen a buscar el perdón de la Iglesia! Por tanto, hermano carísimo, debemos por una parte mantener firmemente la fe y la verdad de la Iglesia católica, y por otra enseñar, y exponer con todos los preceptos evangélicos, el plan de la dispensación y de la unidad divinas.

    Epístola 72, § 21

    21. ¿Puede el poder del bautismo ser mayor o de más provecho que la confesión, que el sufrimiento, cuando uno confiesa a Cristo ante los hombres y es bautizado en su propia sangre? Y sin embargo, ni aun este bautismo aprovecha a un hereje, aunque haya confesado a Cristo y haya sido muerto fuera de la Iglesia, a no ser que los patronos y abogados de los herejes declaren que los herejes que son muertos en una falsa confesión de Cristo son mártires, y les asignen la gloria y la corona del martirio contra el testimonio del apóstol, que dice que de nada les aprovechará aunque fueren quemados y muertos. . Pero si ni siquiera el bautismo de una confesión pública y de sangre puede aprovechar a un hereje para la salvación, porque no hay salvación fuera de la Iglesia, ¿cuánto menos le aprovechará si en un escondite y en una cueva de ladrones, manchado con el contagio de agua adúltera, no solo no se ha despojado de sus antiguos pecados, sino que más bien ha amontonado otros aún nuevos y mayores! Por tanto, el bautismo no puede ser común a nosotros y a los herejes, a quienes ni Dios Padre, ni Cristo el Hijo, ni el Espíritu Santo, ni la fe, ni la Iglesia misma, es común. Y por eso conviene que sean bautizados los que vienen de la herejía a la Iglesia, para que así, los que están preparados, en el lícito, verdadero y único bautismo de la santa Iglesia, por la regeneración divina, para el reino de Dios, puedan nacer de ambos sacramentos, porque está escrito: "Si un hombre no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios."

    Epístola 72, § 22

    22. Sobre este lugar algunos, como si por razonamiento humano pudieran anular la verdad de la declaración evangélica, nos objetan el caso de los catecúmenos; preguntando si alguno de estos, antes de ser bautizado en la Iglesia, fuera apresado y muerto por la confesión del nombre, perdería la esperanza de la salvación y la recompensa de la confesión, por no haber renacido antes del agua. Sepan, pues, los hombres de esta clase, que son ayudadores y favorecedores de los herejes, primero, que esos catecúmenos mantienen la fe sana y la verdad de la Iglesia, y avanzan desde el campamento divino a combatir con el diablo, con pleno y sincero conocimiento de Dios Padre, y de Cristo, y del Espíritu Santo; luego, que ciertamente no son privados del sacramento del bautismo quienes son bautizados con el más glorioso y más grande bautismo de sangre, acerca del cual dijo también el Señor que tenía "otro bautismo con que ser bautizado". Mas el mismo Señor declara en el Evangelio, que los que son bautizados en su propia sangre y santificados por el sufrimiento, son perfeccionados y obtienen la gracia de la promesa divina, cuando habla al ladrón que creía y confesaba en su misma pasión, y le promete que estaría consigo en el paraíso. Por tanto, nosotros, que estamos al frente de la fe y de la verdad, no debemos engañar ni extraviar a los que vienen a la fe y a la verdad, y se arrepienten, y ruegan que se les perdonen sus pecados; sino instruirlos, una vez corregidos por nosotros y reformados para el reino de los cielos por la disciplina celestial.

    Epístola 72, § 23

    23. Pero alguien dice: "¿Qué será, entonces, de aquellos que en tiempos pasados, viniendo de la herejía a la Iglesia, fueron recibidos sin bautismo?" El Señor es poderoso para, por su misericordia, conceder indulgencia, y para no separar de los dones de su Iglesia a quienes por simplicidad fueron admitidos en la Iglesia, y en la Iglesia han dormido. No obstante, no se sigue que, porque hubo error una vez, deba haberlo siempre; pues es más propio de hombres sabios y temerosos de Dios obedecer con gusto y sin demora a la verdad, una vez puesta al descubierto y percibida, que luchar pertinaz y obstinadamente contra hermanos y colegas en el sacerdocio en favor de los herejes.

    Epístola 72, § 24

    24. Y nadie piense que, porque se les proponga el bautismo, los herejes serán retenidos de venir a la Iglesia, como ofendidos por el nombre de un segundo bautismo; antes bien, por esto mismo son más bien empujados a la necesidad de venir por el testimonio de la verdad que se les muestra y prueba. Porque si vieren que por nuestro juicio y sentencia está determinado y decretado que el bautismo con que allí son bautizados se considera justo y legítimo, pensarán que también poseen justa y legítimamente la Iglesia y los demás dones de la Iglesia; y no habrá razón alguna para que vengan a nosotros, cuando, teniendo el bautismo, parecen tener también lo demás. Mas además, cuando sepan que no hay bautismo fuera, y que no puede darse remisión de los pecados fuera de la Iglesia, con más ansia y prontitud se apresuran a nosotros, e imploran los dones y beneficios de la Iglesia nuestra Madre, seguros de que en modo alguno pueden alcanzar la verdadera promesa de la gracia divina si no vienen primero a la verdad de la Iglesia. Ni rehusarán los herejes ser bautizados entre nosotros con el lícito y verdadero bautismo de la Iglesia, cuando hayan aprendido de nosotros que también ellos fueron bautizados por Pablo, quien ya había sido bautizado con el bautismo de Juan, como leemos en los Hechos de los Apóstoles.

    Epístola 72, § 25

    Y ahora, por algunos de nosotros, se afirma que el bautismo de los herejes ocupa el (mismo) terreno, y, como por cierto disgusto de rebautizar, se cuenta como ilícito bautizar después de los enemigos de Dios. Y esto, aunque hallamos que fueron bautizados aquellos a quienes Juan bautizó: Juan, considerado el más grande entre los profetas; Juan, lleno de gracia divina aun en el vientre de su madre; que fue sustentado con el espíritu y el poder de Elías; que no fue adversario del Señor, sino su precursor y anunciador; que no solo anunció a nuestro Señor de palabra, sino que lo mostró a los ojos; que bautizó al mismo Cristo por quien los demás son bautizados. Pero si por esa razón un hereje pudiera obtener el derecho del bautismo, porque él bautizó primero, entonces el bautismo no pertenecerá a la persona que lo tiene, sino a la persona que se apodera de él. Y ya que el bautismo y la Iglesia de ninguna manera pueden ser separados el uno del otro, y divididos, el que primero ha podido apoderarse del bautismo, igualmente se ha apoderado también de la Iglesia; y comienzas a parecerle a él como hereje, cuando tú, siendo anticipado, has comenzado a ser el último, y cediendo y dando lugar has abandonado el derecho que habías recibido. Cuán peligroso es en las cosas divinas que alguien se aparte de su derecho y poder, lo declara la Sagrada Escritura cuando, en el Génesis, Esaú perdió entonces su primogenitura, ni pudo después recobrar lo que una vez había cedido.

    Epístola 72, § 26

    Estas cosas, hermano carísimo, te he escrito brevemente según mis capacidades, sin prescribir a nadie ni prejuzgar a nadie, para impedir que alguno de los obispos haga lo que le parezca bien, teniendo el libre ejercicio de su juicio. Nosotros, en cuanto en nosotros está, no contendemos a favor de los herejes con nuestros colegas y coobispos, con quienes mantenemos una concordia divina y la paz del Señor; especialmente porque dice el apóstol: "Si alguno, sin embargo, es tenido por contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni la Iglesia de Dios". La caridad de espíritu, el honor de nuestro colegio, el vínculo de la fe y la concordia sacerdotal, son mantenidos por nosotros con paciencia y mansedumbre. Por esta razón, además, con lo mejor de nuestras pobres capacidades, con el permiso y la inspiración del Señor, hemos escrito un tratado sobre el "Beneficio de la paciencia", el cual, por causa de nuestro mutuo amor, os hemos transmitido. Te despido cordialmente en el Señor, hermano carísimo.
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