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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)50 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 14 · Epístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 52, argumento
    Argumento. Cipriano, consultado por sus colegas, sobre si ciertos caídos que habían sido dominados por la tortura debían ser admitidos a la comunión, responde que, en tanto que ya se habían arrepentido durante el espacio de tres años, pensaba que debían ser recibidos; pero como después de la fiesta de Pascua habría un concilio de obispos con él, entonces consideraría el asunto con ellos.

    Epístola 52, § 1

    1. Cipriano a Fortunato, Ahimno, Optato, Privaciano, Donátulo y Félix, sus hermanos, salud. Me habéis escrito, hermanos carísimos, que cuando estabais en la ciudad de Capsa con el propósito de ordenar un obispo, Superio, nuestro hermano y colega, os presentó que Nino, Clementiano y Floro, nuestros hermanos, que habían sido apresados anteriormente en la persecución, y confesando el nombre del Señor, habían vencido la violencia de la magistratura, y el ataque de un populacho furioso, después, cuando fueron torturados ante el procónsul con graves sufrimientos, fueron vencidos por la agudeza de los tormentos, y cayeron, a través de sus prolongadas agonías, del grado de gloria al que en la plena virtud de la fe se encaminaban, y después de esta grave caída, incurrida no voluntariamente sino por necesidad, aún no habían cesado en su arrepentimiento por el espacio de tres años: sobre los cuales pensasteis que era justo consultar si era bueno recibirlos ahora a la comunión.

    Epístola 52, § 2

    2. Y ciertamente, en cuanto a mi propia opinión, pienso que la misericordia del Señor no faltará a aquellos que se sabe que han estado en las filas de la batalla, han confesado el nombre, han vencido la violencia de los magistrados y el empuje del populacho furioso con la persistencia de una fe inquebrantable, han sufrido la prisión, han resistido largo tiempo, en medio de las amenazas del procónsul y de la guerra de la gente circundante, tormentos que los retorcieron y desgarraron con repetición prolongada; de modo que en el último momento haber sido vencidos por la debilidad de la carne, pueda ser atenuado por el alegato de los méritos precedentes. Y puede ser suficiente para tales el haber perdido su gloria, pero que no debemos, además, cerrarles el lugar del perdón, y privarlos del amor de su Padre y de nuestra comunión; a quienes pensamos que puede ser suficiente para implorar la misericordia del Señor, que durante tres años continua y dolorosamente, como escribís, se han lamentado con excesivo llanto penitencial. Ciertamente no pienso que la paz sea concedida incauta y apresuradamente a aquellos, que por la valentía de su milicia, no han faltado, vemos, previamente a la batalla; y quienes, si la lucha comenzara de nuevo, podrían recuperar su gloria. Pues cuando se decidió en el concilio que los penitentes en peligro de enfermedad debían ser asistidos, y que se les concediera la paz, ciertamente aquellos deben preceder en recibir la paz a quienes vemos que no han caído por debilidad de mente, sino que, habiendo entrado en el conflicto, y siendo heridos, no han podido sostener la corona de su confesión por debilidad de la carne; especialmente puesto que, en su deseo de morir, no se les permitió ser muertos, sino que los tormentos retorcieron sus cuerpos cansados lo bastante, no para vencer su fe, que es invencible, sino para agotar la carne, que es débil.

    Epístola 52, § 3

    3. Puesto que, sin embargo, me habéis escrito para que dé plena consideración a este asunto con muchos de mis colegas; y un asunto tan grande reclama un consejo mayor y más cuidadoso de la conferencia de muchos; y como ahora casi todos, durante las primeras celebraciones de Pascua, están morando en casa con sus hermanos: cuando hayan completado la solemnidad que ha de celebrarse entre su propio pueblo, y hayan comenzado a venir a mí, lo consideraré más por extenso con cada uno, de modo que una opinión decidida, pesada en el concilio de muchos sacerdotes, sobre el asunto por el que me habéis consultado, sea establecida entre nosotros, y os sea escrita. Os saludo, hermanos carísimos, cordialmente siempre en el Señor.

    Epístola 53. A Cornelio, sobre la concesión de la paz a los caídos

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 53, argumento
    Argumento. Cipriano anuncia este decreto de los obispos en nombre de todo el sínodo al padre Cornelio; y por tanto esta carta no es tanto la carta de Cipriano mismo, como la de todo el sínodo africano.

    Epístola 53

    Cipriano, Liberalis, Caldonius, Nicomedes, Caecilius, Junius, Marrutius, Felix, Successus, Faustinus, Fortunatus, Victor, Saturninus, otro Saturninus, Rogatianus, Tertullus, Lucianus, Eutyches, Amplus, Sattius, Secundinus, otro Saturninus, Aurelius, Priscus, Herculanus, Victoricus, Quintus, Honoratus, Montanus, Hortensianus, Verianus, Iambus, Donatus, Pompeius, Polycarpus, Demetrius, otro Donatus, Privatianus, otro Fortunatus, Rogatus y Monulus, a Cornelio su hermano, salud.

    Epístola 53, § 1

    1. Hacía ya algún tiempo que habíamos decidido, hermano carísimo, habiendo tomado consejo mutuamente unos con otros, que aquellos que, en la fiereza de la persecución, habían sido derribados por el adversario, y habían caído, y se habían contaminado con sacrificios ilícitos, debían someterse a una larga y plena penitencia; y si el riesgo de enfermedad fuera urgente, debían recibir la paz en el mismo momento de la muerte. Pues no era justo, ni el amor del Padre ni la divina misericordia lo permitían, que la Iglesia se cerrara a los que llaman, o que la ayuda de la esperanza de salvación se negara a los que lloran e imploran, de modo que cuando pasen de este mundo, sean despedidos a su Señor sin comunión y sin paz; puesto que Aquel mismo que dio la ley, de que las cosas que fueran atadas en la tierra también fueran atadas en el cielo, permitió, además, que pudieran ser desatadas allí las cosas que aquí primero fueron desatadas en la Iglesia. Pero ahora, cuando vemos que el día de otra tribulación comienza de nuevo a acercarse, y somos amonestados por frecuentes y repetidas intimaciones a estar preparados y armados para la lucha que el enemigo nos anuncia, y a preparar también al pueblo que se nos ha confiado por la condescendencia divina, mediante nuestras exhortaciones, y reunir de todas partes a todos los soldados de Cristo que desean las armas, y están ansiosos por la batalla dentro del campamento del Señor: bajo la compulsión de esta necesidad, hemos decidido que se dé la paz a aquellos que no se han apartado de la Iglesia del Señor, sino que no han cesado desde el primer día de su caída de arrepentirse, de lamentarse y de suplicar al Señor; y hemos decidido que deben ser armados y equipados para la batalla que está cerca.

    Epístola 53, § 2

    2. Pues debemos cumplir con las intimaciones y amonestaciones convenientes, para que las ovejas no sean abandonadas en el peligro por los pastores, sino que todo el rebaño sea reunido en un solo lugar, y el ejército del Señor sea preparado para el certamen de la milicia celestial. Pues el arrepentimiento de los que lloran fue razonablemente prolongado por un tiempo más extenso, ayudándose solo a los enfermos en su partida, mientras prevalecían la paz y la tranquilidad, que permitían la larga postergación de las lágrimas de los que lloran, y la asistencia tardía en la enfermedad a los moribundos. Pero ahora ciertamente la paz es necesaria, no para los enfermos, sino para los fuertes; ni la comunión ha de ser concedida por nosotros a los moribundos, sino a los vivos, para que no dejemos a aquellos a quienes incitamos y exhortamos a la batalla desarmados y desnudos, sino que los fortifiquemos con la protección del cuerpo y de la sangre de Cristo. Y, como la Eucaristía está instituida precisamente para esto, para que sea salvaguarda de los que la reciben, es necesario que armemos a aquellos a quienes deseamos que estén seguros contra el adversario con la protección de la abundancia del Señor. Pues ¿cómo les enseñamos o provocamos a derramar su sangre en la confesión de Su nombre, si negamos a los que están a punto de entrar en la milicia la sangre de Cristo? ¿O cómo los hacemos aptos para el cáliz del martirio, si no los admitimos primero a beber, en la Iglesia, el cáliz del Señor por el derecho de la comunión?

    Epístola 53, § 3

    3. Debemos hacer una distinción, hermano carísimo, entre aquellos que o bien han apostatado, y, habiendo vuelto al mundo que han renunciado, viven vidas paganas, o bien, habiéndose convertido en desertores a los herejes, toman diariamente armas parricidas contra la Iglesia; y aquellos que no se apartan del umbral de la Iglesia, y, constante y dolorosamente implorando el consuelo divino y paternal, profesan que están ahora preparados para la batalla, y dispuestos a mantenerse firmes y luchar valientemente por el nombre de su Señor y por su propia salvación. En estos tiempos concedemos la paz, no a los que duermen, sino a los que velan. Concedemos la paz, no en medio de indulgencias, sino en medio de las armas. Concedemos la paz, no para el descanso, sino para el campo de batalla. Si, según lo que oímos, deseamos y creemos de ellos, se mantienen valientemente, y derriban al adversario con nosotros en el encuentro, no nos arrepentiremos de haber concedido la paz a hombres tan valientes. Sí, es el gran honor y gloria de nuestro episcopado haber concedido la paz a los mártires, de modo que nosotros, como sacerdotes, que diariamente celebramos los sacrificios de Dios, podamos preparar ofrendas y víctimas para Dios. Pero si —lo que el Señor aparte de nuestros hermanos— alguno de los caídos engañara, buscando la paz con astucia, y en el momento de la lucha inminente recibiera la paz sin todo propósito de combatir, se traiciona y se engaña a sí mismo, ocultando una cosa en su corazón y pronunciando otra con su voz. Nosotros, en cuanto se nos permite ver y juzgar, miramos el rostro de cada uno; no somos capaces de escudriñar el corazón y de inspeccionar la mente. Sobre estos juzga el Discernidor y Escudriñador de lo oculto, y Él vendrá rápidamente y juzgará de los secretos y de las cosas ocultas del corazón. Pero el mal no debe estorbar al bien, sino más bien el mal debe ser ayudado por el bien. Ni la paz, por tanto, ha de ser negada a los que están a punto de sufrir el martirio, porque haya algunos que la rehusarán, puesto que para este propósito la paz debe ser concedida a todos los que están a punto de entrar en la milicia, para que por nuestra ignorancia no sea el primero en ser pasado por alto aquel que en la lucha ha de ser coronado.

    Epístola 53, § 4

    4. Ni diga nadie, "que el que acepta el martirio es bautizado en su propia sangre, y no le es necesaria la paz del obispo, puesto que está a punto de tener la paz de su propia gloria, y de recibir una recompensa mayor de la condescendencia del Señor." Ante todo, no puede estar dispuesto para el martirio quien no está armado para el certamen por la Iglesia; y su espíritu es deficiente si la Eucaristía recibida no lo levanta y estimula. Pues el Señor dice en Su Evangelio: "Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué hablaréis; porque os será dado en aquella hora lo que habléis. Pues no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros". Ahora bien, puesto que dice que el Espíritu del Padre habla en aquellos que son entregados y puestos en la confesión de Su nombre, ¿cómo puede hallarse preparado o apto para esa confesión quien no ha recibido primero, en la recepción de la paz, el Espíritu del Padre, quien, dando fuerza a Sus siervos, habla y confiesa Él mismo en nosotros? Luego, además —si, habiendo abandonado todo lo que tiene, un hombre huye, y morando en escondrijos y en soledad, cae por casualidad entre ladrones, o muere de fiebre y de debilidad, ¿no se nos imputará que tan buen soldado, que ha abandonado todo lo que tiene, y despreciando su casa, y a sus padres, y a sus hijos, ha preferido seguir a su Señor, muere sin paz y sin comunión? ¿No se nos atribuirá en el día del juicio negligencia inactiva o dureza cruel, que, siendo pastores, no hemos querido ni cuidar en paz de las ovejas confiadas y encomendadas a nosotros, ni armarlas en la batalla? ¿No se nos presentaría la acusación que el Señor, por Su profeta, expresa y dice? "He aquí, consumís la leche, y os vestís con la lana, y matáis las que están cebadas; mas no apacentáis mi rebaño. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma, ni vendasteis la perniquebrada, ni volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, y a la fuerte quebrantasteis con trabajo. Y se dispersaron mis ovejas, porque no había pastores: y fueron hechas presa de todas las bestias del campo; y no hubo quien las buscara, ni las volviera. Por tanto, así dice el Señor: He aquí, yo estoy contra los pastores; y requeriré mis ovejas de su mano, y haré que dejen de apacentar mis ovejas; ni las apacentarán más: y libraré mis ovejas de su boca, y las apacentaré con juicio."

    Epístola 53, § 5

    5. Para que, pues, las ovejas que nos han sido confiadas por el Señor no sean reclamadas de nuestra boca, con las cuales negamos la paz, con las cuales les oponemos más bien la severidad de la crueldad humana que la benignidad del amor divino y paternal; hemos determinado por la sugerencia del Espíritu Santo y la amonestación del Señor, transmitida por muchas y manifiestas visiones, porque el enemigo está predicho y mostrado como cercano, reunir dentro del campamento a los soldados de Cristo, examinar los casos de cada uno, y conceder la paz a los caídos, sí, más bien proporcionar armas a los que están a punto de luchar. Y esto, confiamos, os agradará en contemplación de la misericordia paternal. Pero si hay alguno de nuestros colegas que, ahora que el certamen urge, piensa que no debe concederse la paz a nuestros hermanos y hermanas, dará cuenta al Señor en el día del juicio, ya de su grave rigor, ya de su inhumana dureza. Nosotros, como convenía a nuestra fe, caridad y solicitud, os hemos expuesto lo que estaba en nuestra propia mente, a saber, que el día del certamen se ha acercado, que un enemigo violento se levantará pronto contra nosotros, que se avecina una lucha, no tal como ha sido, sino mucho más grave y fiera. Esto se nos muestra con frecuencia desde lo alto; sobre esto somos a menudo amonestados por la providencia y misericordia del Señor, de cuyo auxilio y amor podemos estar seguros los que confiamos en Él, porque Aquel que en paz predice a Sus soldados que vendrá la batalla, les dará cuando estén guerreando la victoria en el encuentro. Os saludo, hermanos carísimos, cordialmente siempre en el Señor.

    Epístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 54, argumento
    Argumento. Cipriano principalmente advierte a Cornelio en esta carta que no oiga las calumnias de Felicísimo y Fortunato contra él, y que no se asuste por sus amenazas, sino que tenga un ánimo valeroso, como corresponde a los sacerdotes de Dios en oposición a los herejes; es decir, a aquellos que, según la costumbre que prevalece entre los herejes, comenzaron su herejía y sus cismas con el desprecio de un solo obispo en la Iglesia.

    Epístola 54, § 1

    1. He leído tu carta, hermano carísimo, que enviaste por medio de Saturno, nuestro hermano el acólito, llena en abundancia de amor fraterno, de disciplina eclesiástica y de reprensión sacerdotal; en ella me significabas que Felicísimo, no nuevo enemigo de Cristo, sino excomulgado hace tiempo por sus muchísimos y graves crímenes, y condenado no solo por mi juicio, sino también por el de muchísimos de mis coobispos, ha sido rechazado por ti allí, y que, habiendo llegado acompañado de una banda y facción de desesperados, fue expulsado de la Iglesia con todo el rigor con que conviene obrar a un obispo. De esta Iglesia había sido expulsado hace tiempo, con otros semejantes a él, por la majestad de Dios y la severidad de Cristo, nuestro Señor y Juez; para que el autor del cisma y de la discordia, el fraudulento administrador del dinero a él confiado, el violador de vírgenes, el destructor y corruptor de muchos matrimonios, no violara más, con la deshonra de su presencia y su contacto inmodesto e incestuoso, a la esposa de Cristo, hasta ahora incorrupta, santa, modesta.

    Epístola 54, § 2

    2. Pero, sin embargo, cuando leí tu otra carta, hermano, que añadiste a la primera, me sorprendí considerablemente al observar que estabas en cierto grado turbado por las amenazas y terrores de los que habían llegado, cuando, según lo que escribiste, te habían atacado y amenazado con la mayor desesperación, diciendo que, si no recibías las cartas que traían, las leerían públicamente y proferirían muchas cosas viles y vergonzosas, y tales como eran dignas de su boca. Pero si la cosa es así, hermano carísimo, que se ha de temer la audacia de los hombres más malvados, y que lo que los malvados no pueden hacer recta y equitativamente, lo pueden lograr por la osadía y la desesperación, entonces se acaba el vigor del episcopado y el sublime y divino poder de gobernar la Iglesia; ni podemos continuar ya, ni en verdad ser ahora cristianos, si se ha llegado a esto: que hemos de temer las amenazas o las asechanzas de los proscritos. Pues amenazan tanto los gentiles como los judíos, y los herejes y todos aquellos de cuyos corazones y mentes se ha apoderado el diablo dan cada día testimonio de su venenosa locura con voz furiosa. No hemos, pues, de ceder porque amenacen; ni por eso es el adversario y enemigo mayor que Cristo, porque se arroga y asume tanto en el mundo. Debe permanecer entre nosotros, hermano carísimo, una fuerza inmóvil de fe; y contra todas las irrupciones y embates de las olas que braman contra nosotros, un ánimo firme e inconmovible debe plantarse como con la fortaleza y la mole de una roca que resiste. Ni importa de dónde venga el terror o el peligro a un obispo, que vive sujeto a terrores y peligros, y sin embargo es hecho glorioso por esos mismos terrores y peligros. Pues no debemos considerar y mirar las meras amenazas de los gentiles o de los judíos, cuando vemos que el Señor mismo fue abandonado por sus hermanos, y fue traicionado por aquel a quien Él mismo había elegido entre sus apóstoles; que también en el principio del mundo no fue otro que un hermano quien mató al justo Abel, y un hermano airado persiguió al fugitivo Jacob, y el joven José fue vendido por obra de sus hermanos. En el Evangelio también leemos que fue predicho que nuestros enemigos serían más bien los de nuestra propia casa, y que quienes primero han estado asociados en el sacramento de la unidad serán los que se traicionen unos a otros. No importa quién entrega ni quién se enfurece, puesto que Dios permite que sean entregados aquellos a quienes destina a ser coronados. Pues no es ignominia para nosotros sufrir de nuestros hermanos lo que Cristo sufrió, ni es gloria para ellos hacer lo que hizo Judas. Pero ¡qué insolencia hay en ellos, qué hinchada e inflada y vana jactancia de parte de estos amenazadores, allí amenazarme a mí en mi ausencia, cuando aquí me tienen presente en su poder! No temo sus reproches con los que diariamente se hieren a sí mismos y a su propia vida; no tiemblo ante sus palos y piedras y espadas, que blanden con palabras parricidas: en cuanto está en su poder, tales hombres son homicidas ante Dios. Sin embargo, no pueden matar a menos que el Señor les haya permitido matar; y aunque yo deba morir solo una vez, ellos me matan diariamente con su odio, con sus palabras y con sus villanías.

    Epístola 54, § 3

    3. Pero, hermano carísimo, no por eso ha de abandonarse la disciplina eclesiástica, ni ha de relajarse la censura sacerdotal, porque nos turben los reproches o nos sacudan los terrores; pues la Sagrada Escritura sale a nuestro encuentro y nos advierte, diciendo: "Pero el que presume y es soberbio, el hombre que se jacta de sí mismo, que ha ensanchado su alma como el infierno, nada logrará." Y de nuevo: "Y no temáis las palabras de un hombre pecador, pues su gloria será estiércol y gusanos. Hoy es ensalzado, y mañana no será hallado, porque se ha convertido en su tierra, y su pensamiento perecerá." Y de nuevo: "He visto al impío exaltado, y elevado por encima de los cedros del Líbano: pasé, y he aquí, ya no estaba; sí, lo busqué, y no fue hallado su lugar." La exaltación, y la hinchazón, y la jactancia arrogante y soberbia, no brotan de la enseñanza de Cristo, que enseña la humildad, sino del espíritu del Anticristo, a quien el Señor reprende por su profeta, diciendo: "Porque has dicho en tu corazón: Subiré al cielo, pondré mi trono sobre las estrellas de Dios: me sentaré en un monte elevado, sobre los montes elevados al norte: subiré por encima de las nubes; seré semejante al Altísimo." Y añadió, diciendo: "Sin embargo, descenderás al infierno, a los cimientos de la tierra; y los que te vean se asombrarán de ti." De donde también la divina Escritura amenaza con semejante castigo a tales en otro lugar, y dice: "Porque el día del Señor de los ejércitos vendrá sobre todo soberbio y altivo, y sobre todo el que se enaltece, y se ensalza." Por su boca, por tanto, y por sus palabras, es cada uno al punto traicionado; y si tiene a Cristo en su corazón, o al Anticristo, se discierne en su hablar, según lo que el Señor dice en su Evangelio: "¡Oh generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar cosas buenas, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro saca cosas malas." De donde también aquel rico pecador que implora ayuda de Lázaro, recostado entonces en el seno de Abrahán, y establecido en un lugar de consuelo, mientras él, retorciéndose en tormentos, es consumido por los ardores de la llama ardiente, sufre el mayor castigo de todas las partes de su cuerpo en su boca y en su lengua, porque sin duda en su boca y en su lengua había pecado más.

    Epístola 54, § 4

    4. Pues puesto que está escrito: "Ni los maldicientes heredarán el reino de Dios," y de nuevo dice el Señor en su Evangelio: "Cualquiera que diga a su hermano: Necio; y cualquiera que diga: Raca, estará en peligro de la Gehena de fuego," ¿cómo pueden evadir el reproche del Señor vengador los que acumulan tales expresiones, no solo contra sus hermanos, sino también contra los sacerdotes, a quienes se concede tal honor de la condescendencia de Dios, que cualquiera que no obedeciera a su sacerdote, y al que juzga aquí por el tiempo, debía ser muerto inmediatamente? En el Deuteronomio habla el Señor Dios, diciendo: "Y el hombre que obre con presunción, y no escuche al sacerdote o al juez, quienquiera que sea en aquellos días, ese hombre morirá; y todo el pueblo, cuando lo oiga, temerá, y no obrará más inicuamente." Además, a Samuel, cuando era despreciado por los judíos, le dice Dios: "No te han despreciado a ti, sino que me han despreciado a mí." Y el Señor también dice en el Evangelio: "El que os oye, me oye a mí, y al que me envió; y el que os rechaza, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió." Y cuando hubo limpiado al leproso, dijo: "Ve, muéstrate al sacerdote." Y cuando después, en el tiempo de su Pasión, hubo recibido una bofetada de un criado del sacerdote, y el criado le dijo: "¿Así respondes al sumo sacerdote?", el Señor nada dijo injuriosamente contra el sumo sacerdote, ni restó nada al honor del sacerdote; sino que más bien afirmando su propia inocencia, y mostrándola, dice: "Si he hablado mal, da testimonio del mal; pero si bien, ¿por qué me hieres?" También después, en los Hechos de los Apóstoles, el bienaventurado apóstol Pablo, cuando se le dijo: "¿Injurias al sacerdote de Dios?", —aunque habían comenzado a ser sacrílegos, e impíos, y sanguinarios, estando ya crucificado el Señor, y ya no retenían nada del honor y la autoridad sacerdotal—, sin embargo Pablo, considerando el nombre mismo, por vacío que fuera, y la sombra, por así decir, del sacerdote, dijo: "No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote: pues está escrito: No hablarás mal del príncipe de tu pueblo."

    Epístola 54, § 5

    5. Cuando, pues, ejemplos tan grandes y tantos otros son precedentes por los cuales queda establecida la autoridad y el poder sacerdotal por la condescendencia divina, ¿qué clase de gente son, piensas tú, los que, enemigos de los sacerdotes y rebeldes contra la Iglesia Católica, no se asustan ni por la amenaza del Señor que previene, ni por la venganza del juicio venidero? Pues ni han surgido herejías, ni se han originado cismas, de otra fuente que de esta: que no se obedece al sacerdote de Dios; ni consideran que hay una persona por el tiempo sacerdote en la Iglesia, y por el tiempo juez en lugar de Cristo; a quien, si, según la enseñanza divina, obedeciera toda la fraternidad, nadie movería nada contra el colegio de los sacerdotes; nadie, después del juicio divino, después del sufragio del pueblo, después del consentimiento de los coobispos, se haría juez, no ya del obispo, sino de Dios. Nadie desgarraría la Iglesia por una división de la unidad de Cristo. Nadie, complaciéndose a sí mismo e hinchado de arrogancia, fundaría una herejía nueva, separada y de fuera, a no ser que alguien sea de tan sacrílega osadía y de mente tan abandonada, que piense que un sacerdote es hecho sin el juicio de Dios, cuando el Señor dice en su Evangelio: "¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Y uno de ellos no cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre." Cuando Él dice que ni las cosas más pequeñas se hacen sin la voluntad de Dios, ¿piensa alguien que las cosas más altas y grandes se hacen en la Iglesia de Dios sin el conocimiento o permiso de Dios, y que los sacerdotes —es decir, sus administradores— no son ordenados por su decreto? Esto es no tener fe, por la cual vivimos; esto es no dar honor a Dios, por cuya dirección y decisión sabemos y creemos que todas las cosas son regidas y gobernadas. Indudablemente hay obispos hechos, no por la voluntad de Dios, pero son tales como los que son hechos fuera de la Iglesia —tales como los que son hechos contra la ordenanza y la tradición del Evangelio, como el Señor mismo en los doce profetas afirma, diciendo: "Se han establecido un rey para sí, y no por mí." Y de nuevo: "Sus sacrificios son como el pan de duelo; todos los que coman de él serán contaminados." Y el Espíritu Santo también clama por Isaías, y dice: "¡Ay de vosotros, hijos desertores! Así dice el Señor: Habéis tomado consejo, pero no de mí; y habéis hecho un pacto, pero no de mi Espíritu, para añadir pecado a pecado."

    Epístola 54, § 6

    6. Pero —te hablo como provocado; hablo como afligido; hablo como forzado— cuando un obispo es nombrado para el lugar de un difunto, cuando es elegido en tiempo de paz por el sufragio de todo un pueblo, cuando es protegido por la ayuda de Dios en la persecución, fielmente unido con todos sus colegas, aprobado ante su pueblo por ya cuatro años de experiencia en su episcopado; observante de la disciplina en tiempo de paz; en tiempo de turbación, proscrito con el nombre de su episcopado aplicado y adherido a él; pedido tantas veces en el circo "para los leones"; en el anfiteatro, honrado con el testimonio de la divina condescendencia; aun en estos mismos días en que te he escrito esta carta, a causa de los sacrificios que, por edicto proclamado, se mandaba al pueblo celebrar, pedido de nuevo en el circo "para los leones" por el clamor de la muchedumbre —cuando a tal, hermano carísimo, se ve asaltado por algunos hombres desesperados y temerarios, y por aquellos que tienen su lugar fuera de la Iglesia, es manifiesto quién lo asalta: no ciertamente Cristo, que o nombra o protege a sus sacerdotes; sino aquel que, como adversario de Cristo y enemigo de su Iglesia, para este fin persigue con su malicia al gobernante de la Iglesia, para que, quitado el piloto, pueda enfurecerse más atroz y más violentamente con miras a la dispersión de la Iglesia.

    Epístola 54, § 7

    7. Ni debe, hermano mío carísimo, turbar a nadie que sea fiel y tenga presente el Evangelio, y guarde los mandatos del apóstol que nos previene, el que en los últimos días ciertas personas, soberbias, contumaces y enemigas de los sacerdotes de Dios, o se aparten de la Iglesia o actúen contra la Iglesia, puesto que tanto el Señor como sus apóstoles han predicho antes que habría tales. Ni se admire nadie de que el siervo puesto sobre ellos sea abandonado por algunos, cuando los propios discípulos abandonaron al Señor mismo, que realizaba obras tan grandes y maravillosas, e ilustraba los atributos de Dios Padre con el testimonio de sus hechos. Y sin embargo no los reprendió cuando se fueron, ni siquiera los amenazó severamente; sino más bien, volviéndose a sus apóstoles, dijo: "¿Queréis iros también vosotros?", observando manifiestamente la ley por la cual el hombre, dejado a su propia libertad y establecido en su propia elección, desea para sí mismo o la muerte o la salvación. No obstante, Pedro, sobre quien por el mismo Señor había sido edificada la Iglesia, hablando uno por todos y respondiendo con la voz de la Iglesia, dice: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y creemos, y estamos seguros de que Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo", significando, sin duda, y mostrando que los que se apartaron de Cristo perecieron por su propia culpa, pero que la Iglesia que cree en Cristo, y guarda lo que una vez ha aprendido, nunca se aparta de Él en absoluto, y que son la Iglesia los que permanecen en la casa de Dios; pero que, por otra parte, no son la plantación plantada por Dios Padre los que vemos no estar establecidos con la estabilidad del trigo, sino ser zarandeados como paja por el soplo del enemigo que los dispersa, de los cuales también Juan en su epístola dice: "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros." También Pablo nos advierte, cuando los malos perecen fuera de la Iglesia, que no nos turbemos, ni dejemos que nuestra fe sea reducida por la partida de los infieles. "Pues ¿qué", dice, "si algunos de ellos se han apartado de la fe? ¿Acaso su incredulidad ha hecho sin efecto la fe de Dios? ¡Dios no lo quiera! Porque Dios es veraz, y todo hombre mentiroso."

    Epístola 54, § 8

    Por nuestra parte, conviene a nuestra conciencia, hermano carísimo, esforzarnos para que nadie perezca saliendo de la Iglesia por culpa nuestra; pero si alguno, por su propia voluntad y por su propio pecado, pereciera y no quisiera arrepentirse y volver a la Iglesia, que nosotros, que estamos ansiosos por su bien, seamos irreprensibles en el día del juicio, y que solo ellos permanezcan en el castigo, los que rehusaron ser sanados por la salud de nuestro consejo. Ni deben las injurias de los perdidos movernos en grado alguno a apartarnos del camino recto y de la regla segura, puesto que también el apóstol nos instruye diciendo: "Si agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo." Gran diferencia hay entre desear granjearse el favor de los hombres o el de Dios. Si procuramos agradar a los hombres, el Señor se ofende. Pero si nos esforzamos y trabajamos por agradar a Dios, debemos despreciar las injurias y los ultrajes humanos.

    Epístola 54, § 9

    En cuanto a no haberte escrito inmediatamente, hermano carísimo, acerca de Fortunato, ese pseudoobispo constituido por unos pocos, y estos herejes inveterados, el asunto no era tal que debiera llevarse a tu conocimiento de una vez y con precipitación, como si fuera grande o temible; especialmente porque ya conoces bastante bien el nombre de Fortunato, que es uno de los cinco presbíteros que hace algún tiempo desertaron de la Iglesia y fueron excomulgados recientemente por el juicio de nuestros coobispos, varones numerosos y dignos del mayor respeto, que sobre este asunto te escribieron el año pasado. También reconocerías a Felicísimo, el abanderado de la sedición, que asimismo está comprendido en aquellas mismas cartas que hace tiempo te escribieron nuestros coobispos, y que no solo fue excomulgado por ellos aquí, sino que además fue expulsado últimamente de la Iglesia por ti allí. Como confiaba en que estas cosas estaban en tu conocimiento, y sabía con certeza que permanecían en tu memoria y en tu disciplina, no juzgué necesario que las locuras de los herejes se te comunicaran aprisa y con urgencia. Pues, en efecto, no debe corresponder a la majestad ni a la dignidad de la Iglesia Católica ocuparse de lo que la audacia de herejes y cismáticos pueda intentar entre sí. Pues se dice también que el partido de Novaciano ha hecho ahora a Máximo el presbítero —que fue enviado últimamente a nosotros como embajador de Novaciano, y rechazado de la comunión con nosotros— su falso obispo en aquel lugar; y sin embargo no te había escrito sobre esto, puesto que todas estas cosas son menospreciadas por nosotros; y te había enviado últimamente los nombres de los obispos nombrados allí, que con saludable y sana disciplina gobiernan a los hermanos en la Iglesia Católica. Y ciertamente, por esto, se decidió por consejo de todos nosotros escribirte, para que se hallara un método breve de destruir el error y de averiguar la verdad, para que tú y nuestros colegas supierais a quién escribir, y recíprocamente, de quiénes os convenía recibir cartas; pero si alguno, fuera de los que hemos comprendido en nuestra carta, se atreviera a escribirte, sabrías o que estaba manchado por el sacrificio, o por haber recibido un certificado, o que era uno de los herejes, y por tanto pervertido y profano. No obstante, habiendo hallado ocasión, por medio de un muy grande amigo y de un clérigo, te he escrito por Feliciano el acólito, a quien habías enviado con Perseo nuestro colega, entre otros asuntos que debían llevarse a tu conocimiento de parte de su partido, también acerca de aquel Fortunato. Pero mientras nuestro hermano Feliciano es retenido allí por el viento o detenido al recibir otras cartas de nosotros, se le ha anticipado Felicísimo apresurándose hacia ti. Pues así la maldad se apresura siempre, como si con su rapidez pudiera prevalecer contra la inocencia.

    Epístola 54, § 10

    10. Pero te di a conocer, hermano mío, por medio de Feliciano, que había llegado a Cartago Privato, viejo hereje en la colonia de Lambesa, condenado hace muchos años por muchos y graves crímenes por el juicio de noventa obispos, y severamente censurado en las cartas de Fabián y Donato, también predecesores nuestros, como no se oculta a tu conocimiento; el cual, cuando dijo que deseaba defender su causa ante nosotros en el concilio que celebramos en los idus de mayo ya pasados, y no se le permitió, se hizo a sí mismo aquel Fortunato, un pretendido obispo, digno de su colegio. Y había venido también con él un cierto Félix, a quien él mismo había nombrado anteriormente pseudoobispo fuera de la Iglesia, en la herejía. Pero también Jovino y Máximo se presentaron como compañeros del hereje convicto, condenados por impíos sacrificios y crímenes probados contra ellos por el juicio de nueve obispos, colegas nuestros, y excomulgados además de nuevo por muchos de nosotros el año pasado en un concilio. Y a estos cuatro se unió también Reposto de Suturnica, que no solo cayó él mismo en la persecución, sino que derribó, por persuasión sacrílega, a la mayor parte de su pueblo. Estos cinco, con unos pocos que o habían sacrificado o tenían malas conciencias, concurrieron en desear a Fortunato como falso obispo para sí, de modo que, concordando sus crímenes, el gobernante fuera tal como los gobernados.

    Epístola 54, § 11

    11. De aquí también, hermano carísimo, puedes conocer ahora las otras falsedades que hombres desesperados y abandonados han difundido allí: que, aunque de los que han sacrificado, o de los herejes, no había más de cinco falsos obispos que vinieran a Cartago y nombraran a Fortunato como el asociado de su locura; sin embargo, ellos, como hijos del diablo y llenos de mentiras, se atrevieron, según escribes, a jactarse de que estaban presentes veinticinco obispos; falsedad de la que también se jactaron antes aquí entre nuestros hermanos, diciendo que vendrían veinticinco obispos de Numidia para hacerles un obispo. Después de ser descubiertos y desbaratados en esta su mentira (pues vinieron juntos solo cinco que habían naufragado, y estos excomulgados por nosotros), embarcaron hacia Roma con el premio de sus mentiras, como si la verdad no pudiera zarpar tras ellos y refutar con la certeza sus lenguas mentirosas. Y esto, hermano mío, es verdadera locura: no pensar ni saber que las mentiras no engañan mucho tiempo, que la noche no dura más que hasta que despunta el día; sino que cuando el día es claro y el sol se ha levantado, las tinieblas y la oscuridad ceden el lugar a la luz, y cesan los robos que se perpetraban durante la noche. En fin, si les pidieras los nombres, no tendrían ninguno que pudieran dar ni aun falsamente. Pues tal es entre ellos la penuria aun de hombres malvados, que ni de los que han sacrificado ni de los herejes pueden reunirse veinticinco para ellos; y sin embargo, para engañar los oídos de los simples y de los ausentes, el número es exagerado por una mentira, como si, aun cuando ese número fuera verdadero, o la Iglesia hubiera de ser vencida por los herejes, o la justicia por los injustos.

    Epístola 54, § 12

    12. Ni me conviene, hermano carísimo, hacer cosas semejantes a las suyas, y repasar en mi discurso las cosas que ellos han cometido y todavía cometen, pues hemos de considerar qué conviene que digan y escriban los sacerdotes de Dios. Ni debe hablar entre nosotros tanto el dolor como la vergüenza, y no debo parecer provocado más a amontonar reproches que crímenes y pecados. Por tanto, callo sobre los engaños practicados en la Iglesia. Paso por alto las conspiraciones y los adulterios, y las diversas clases de crímenes. Aquel solo punto, sin embargo, de su maldad, en el cual la causa no es mía ni del hombre, sino de Dios, no creo que deba callarse: que desde el primer día de la persecución, mientras los recientes crímenes de los culpables estaban aún calientes, y no solo los altares del diablo, sino las mismas manos y bocas de los caídos, humeaban todavía con los abominables sacrificios, no cesaron de comunicar con los caídos y de estorbar su penitencia. Dios clama: "El que sacrifica a dioses, fuera solo del Señor, será extirpado." Y en el Evangelio dice el Señor: "Al que me negare, yo también le negaré." Y en otro lugar no callan la indignación y la ira divinas, diciendo: "A ellos habéis derramado libación, y a ellos habéis ofrecido oblación. ¿No me he de airar por estas cosas?, dice el Señor." Y ellos se interponen para que no se ruegue a Dios, que Él mismo declara que está airado; se interponen para que no se suplique a Cristo con oraciones y satisfacciones, quien confiesa que al que le niega, Él le negará.

    Epístola 54, § 13

    13. En el tiempo mismo de la persecución escribimos cartas sobre este asunto, pero no se nos hizo caso. Celebrado un concilio pleno, decretamos, no solo con nuestro consentimiento, sino también con nuestra amenaza, que los hermanos hicieran penitencia, y que nadie concediera temerariamente la paz a quienes no hicieran penitencia. Y aquellos sacrílegos se arrojan con impía locura contra los sacerdotes de Dios, apartándose de la Iglesia; y alzando sus armas parricidas contra la Iglesia, para que la malicia del diablo consume su obra, se afanan en que la clemencia divina no sane a los heridos en su Iglesia. Corrompen la penitencia de los miserables con el engaño de sus mentiras, para que no satisfaga a un Dios ofendido; para que el que antes se avergonzó o temió ser cristiano, no busque después a Cristo su Señor, ni vuelva a la Iglesia el que de la Iglesia se había apartado. Se hacen esfuerzos para que los pecados no sean expiados con justas satisfacciones y lamentaciones, para que las heridas no sean lavadas con lágrimas. La verdadera paz queda suprimida por la falsedad de una paz falsa; el seno saludable de una madre queda cerrado por la intromisión de la madrastra, para que no se oigan el llanto y el gemido del pecho y de los labios de los caídos. Y además de esto, los caídos son compelidos con sus lenguas y sus labios, en el Capitolio donde antes habían pecado, a injuriar a los sacerdotes; a asaltar con contumelias y con palabras afrentosas a los confesores y a las vírgenes, y a aquellos varones justos que son los más eminentes por la alabanza de la fe y los más gloriosos en la Iglesia. Con lo cual, en verdad, no es tanto el pudor, la humildad y la vergüenza de nuestro pueblo lo que se hiere, cuanto su propia esperanza y su vida lo que se lacera. Pues ni es el que oye, sino el que profiere el reproche, el desdichado; ni es el que es herido por su hermano, sino el que hiere a un hermano, el que es pecador bajo la ley; y cuando los culpables hacen mal a los inocentes, sufren la injuria los que piensan que la hacen. Finalmente, su mente es herida por estas cosas, y su espíritu se embota, y su sentido del bien se extravía: es la ira de Dios que no perciban sus pecados, para que no siga la penitencia, según está escrito: "Y Dios les dio espíritu de torpor", esto es, para que no vuelvan y sean sanados, y sean restablecidos después de sus pecados por justas oraciones y satisfacciones. Pablo el apóstol en su epístola lo establece y dice: "No recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Y por esto Dios les enviará un fuerte engaño, para que crean a la mentira: para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia." El grado más alto de la felicidad es no pecar; el segundo, conocer nuestros pecados. En el primero, la inocencia fluye pura e inmaculada para preservarnos; en el segundo, viene una medicina para sanarnos. Ambas cosas han perdido al ofender a Dios, porque se pierde la gracia que se recibe de la santificación del bautismo, y no viene en su ayuda la penitencia, con la cual el pecado es sanado. ¿Piensas, hermano, que sus maldades contra Dios son leves, sus pecados pequeños y moderados —puesto que por su causa no se suplica la majestad de un Dios airado, puesto que no se temen la ira, el fuego y el día del Señor—, puesto que, estando cercano el Anticristo, la fe del pueblo militante es desarmada al quitarle el poder de Cristo y su temor? Vean los laicos cómo han de enmendar esto. Un trabajo más pesado incumbe a los sacerdotes en afirmar y mantener la majestad de Dios, para que no parezca que descuidamos algo a este respecto, cuando Dios nos amonesta y dice: "Y ahora, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereis, y si no lo tomareis a pecho, para dar gloria a mi nombre, dice el Señor, enviaré sobre vosotros maldición, y maldeciré vuestra bendición." ¿Se da, pues, honor a Dios cuando la majestad y el decreto de Dios son condenados de tal modo, que cuando Él declara que está indignado y airado contra los que sacrifican, y cuando amenaza con penas eternas y castigos perpetuos, los sacrílegos proponen y dicen: No se considere la ira de Dios, no se tema el juicio del Señor, no se llame a la puerta de la Iglesia de Cristo; sino que, suprimida la penitencia y sin hacerse confesión del pecado, despreciados y pisoteados los obispos, proclamen la paz los presbíteros con palabras engañosas; y para que no se levanten los caídos, o no vuelvan a la Iglesia los que están fuera, ¿se ofrezca la comunión a los que no están en comunión?

    Epístola 54, § 14

    14. A estos tampoco les bastó haberse apartado del Evangelio, haber quitado a los caídos la esperanza de satisfacción y penitencia, haber privado a los implicados en fraudes o manchados con adulterios, o contaminados con el mortífero contagio de los sacrificios, para que no rogaran a Dios ni hicieran confesión de sus crímenes en la Iglesia, de todo sentimiento y fruto de penitencia; haberse levantado fuera para sí —fuera de la Iglesia, y frente a la Iglesia— un conventículo de su facción abandonada, habiéndose reunido una banda de criaturas con malas conciencias, y no dispuestas a rogar y a satisfacer a Dios. Después de tales cosas, además, todavía se atreven —habiéndoles sido nombrado un falso obispo por los herejes— a hacerse a la vela y llevar cartas de personas cismáticas y profanas al trono de Pedro, y a la iglesia principal de donde la unidad sacerdotal toma su fuente; y no consideran que estos eran los romanos cuya fe fue alabada en la predicación del apóstol, a los cuales no podía tener acceso la infidelidad. Pero ¿cuál fue la razón de venir ellos y anunciar la creación del pseudoobispo en oposición a los obispos? Pues o están contentos con lo que han hecho y persisten en su maldad; o, si están descontentos y se retiran, saben a dónde pueden volver. Pues, como ha sido decretado por todos nosotros —y es igualmente justo y equitativo— que la causa de cada uno sea oída allí donde se cometió el crimen; y se ha asignado a cada pastor una porción del rebaño, que ha de regir y gobernar, habiendo de dar cuenta de su obrar al Señor; ciertamente conviene que aquellos sobre quienes estamos puestos no anden de un lado a otro ni rompan con su astuta y engañosa temeridad el acuerdo armonioso de los obispos, sino que defiendan su causa allí donde puedan tener acusadores y testigos de su crimen; a menos acaso que la autoridad de los obispos constituidos en África parezca demasiado pequeña a unos pocos hombres desesperados y abandonados, que ya han juzgado acerca de ellos, y últimamente han condenado, por la gravedad de su juicio, su conciencia atada con muchos vínculos de pecados. Ya ha sido examinada su causa, ya se ha pronunciado sentencia acerca de ellos; ni conviene a la dignidad de los sacerdotes ser acusados por la ligereza de una mente mudable e inconstante, cuando el Señor enseña y dice: "Sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no."

    Epístola 54, § 15

    15. Si al número de los que juzgaron acerca de ellos el año pasado se añade el de los presbíteros y diáconos, entonces fueron más los presentes en el juicio y en la audiencia que estas mismas personas que ahora parecen unirse a Fortunato. Pues debes saber, hermano carísimo, que después de ser hecho pseudoobispo por los herejes, fue abandonado al punto por casi todos. Porque aquellos a quienes en otro tiempo se les ofrecían engaños y se les daban palabras falaces, con la idea de que habían de volver juntos a la Iglesia, después de ver que allí se hacía un falso obispo, comprendieron que habían sido burlados y engañados, y diariamente vuelven y llaman a la puerta de la Iglesia; mientras nosotros, entretanto, por quienes ha de darse cuenta al Señor, ponderamos con ansiedad y examinamos con cuidado quiénes deben ser recibidos y admitidos en la Iglesia. Pues algunos, o están de tal modo impedidos por sus crímenes, o sus hermanos se les oponen tan obstinada y firmemente, que no pueden ser recibidos en modo alguno sino con ofensa y riesgo para muchísimos. Porque ni las podredumbres deben recogerse y juntarse de tal manera que las partes sanas e intactas resulten dañadas; ni es útil ni sabio aquel pastor que mezcla de tal modo las ovejas enfermas y contaminadas con su rebaño, que contamina todo el rebaño con la infección del mal que se pega. (No atiendas a su número. Porque uno que teme a Dios es mejor que mil hijos impíos, como habló el Señor por el profeta, diciendo: "Oh hijo, no te deleites en los hijos impíos, aunque se te multipliquen, si el temor del Señor no está con ellos".) ¡Oh, si pudieras, hermano carísimo, estar aquí con nosotros cuando esos hombres malvados y perversos vuelven del cisma, verías qué trabajo me cuesta persuadir la paciencia a nuestros hermanos, para que calmen su dolor de ánimo y consientan en recibir y curar a los malvados! Pues así como se alegran y regocijan cuando vuelven los tolerables y menos culpables, así, por el contrario, murmuran y se muestran descontentos cuantas veces los incorregibles y violentos, y los contaminados ya sea por adulterios ya por sacrificios, y que además de esto son soberbios, vuelven a la Iglesia de tal modo que corrompen las buenas disposiciones que hay dentro de ella. Apenas persuado al pueblo; más aún, se lo arranco, para que toleren que tales sean admitidos. Y el dolor de la fraternidad se hace tanto más justo por el hecho de que uno y otro que, no obstante la oposición y la contradicción del pueblo, han sido recibidos por mi indulgencia, han resultado peores de lo que habían sido antes, y no han podido mantener la fe de su penitencia, porque no habían venido con verdadero arrepentimiento.

    Epístola 54, § 16

    16. Pero ¿qué diré de los que ahora han navegado hasta ti con Felicísimo, reos de todo crimen, como embajadores enviados por Fortunato el pseudoobispo, trayéndote cartas tan falsas como falso es aquel de quien traen las cartas, como su conciencia está llena de pecados, como su vida es execrable, como es vergonzosa; de modo que, aun si estuvieran en la Iglesia, tales personas deberían ser expulsadas de la Iglesia. Además, como conocen su propia conciencia, no se atreven a venir a nosotros ni a acercarse al umbral de la Iglesia, sino que andan errantes, fuera de ella, por la provincia, a fin de engañar y defraudar a los hermanos; y ahora, suficientemente conocidos por todos y excluidos por doquier a causa de sus crímenes, navegan también allí hasta ti. Porque no pueden tener cara para acercarse a nosotros, ni para presentarse ante nosotros, ya que los crímenes que los hermanos les imputan son gravísimos y graves. Si desean someterse a nuestro juicio, que vengan. En fin, si pueden hallar alguna excusa o defensa, veamos qué pensamiento tienen de dar satisfacción, qué fruto de penitencia presentan. La Iglesia no está cerrada aquí para nadie, ni se niega el obispo a nadie. Nuestra paciencia, e indulgencia, y humanidad están dispuestas para los que vienen. Ruego a todos que vuelvan a la Iglesia. Pido a todos nuestros compañeros de armas que queden incluidos dentro del campamento de Cristo y de la morada de Dios Padre. Lo remito todo. Cierro los ojos a muchas cosas, con el deseo y la voluntad de congregar la fraternidad. Aun lo que se comete contra Dios no lo investigo con el juicio pleno de la religión. Yo mismo casi peco, al remitir pecados más de lo que debo. Abrazo con amor pronto y pleno a los que vuelven con penitencia, confesando su pecado con humilde y sincera satisfacción.

    Epístola 54, § 17

    17. Pero si hay algunos que piensan que pueden volver a la Iglesia no con oraciones sino con amenazas, o suponen que pueden abrirse camino, no con lamentos y satisfacciones, sino con terrores, tengan por cierto que contra tales la Iglesia del Señor permanece cerrada; ni el campamento de Cristo, invicto y firme con la protección del Señor, cede a las amenazas. El sacerdote de Dios, aferrado al Evangelio y guardando los preceptos de Cristo, puede ser muerto; no puede ser vencido. Zacarías, sacerdote de Dios, nos sugiere y nos ofrece ejemplos de valor y de fe, el cual, no pudiendo ser aterrorizado con amenazas y pedradas, fue muerto en el templo de Dios, clamando al mismo tiempo y diciendo, lo que también nosotros clamamos y decimos contra los herejes: "Así dice el Señor: Habéis abandonado los caminos del Señor, y el Señor os abandonará". Porque si unos pocos hombres temerarios y malvados abandonan los caminos celestiales y saludables del Señor, y no obrando cosas santas son abandonados por el Espíritu Santo, tampoco nosotros debemos por ello olvidar la tradición divina, hasta pensar que los crímenes de los insensatos son mayores que los juicios de los sacerdotes, o concebir que los empeños humanos pueden más para atacar, que la protección divina para defender.

    Epístola 54, § 18

    18. ¿Ha de dejarse de lado la dignidad de la Iglesia Católica, hermano carísimo; ha de dejarse de lado la majestad fiel e incorrupta del pueblo que está dentro de ella, y también la autoridad y la potestad sacerdotal, todo esto para que los que están fuera de la Iglesia digan que quieren juzgar acerca de un prelado en la Iglesia? ¿Herejes acerca de un cristiano? ¿Heridos acerca de un hombre entero? ¿Mutilados acerca de un sano? ¿Caídos acerca del que se mantiene firme? ¿Culpables acerca de su juez? ¿Sacrílegos acerca de un sacerdote? ¿Qué queda sino que la Iglesia ceda al Capitolio, y que, mientras los sacerdotes se retiran y quitan el altar del Señor, las imágenes y los ídolos pasen con sus altares a la sagrada y venerable asamblea de nuestro clero, y se ofrezca a Novaciano materia más amplia y más llena para declamar contra nosotros y maltratarnos; si los que han sacrificado y han negado públicamente a Cristo comienzan no solo a ser rogados y admitidos sin hacer penitencia, sino, además, a dominar con el poder de su terror?

    Epístola 54, § 19

    19. Si desean la paz, que depongan las armas. Si dan satisfacción, ¿por qué amenazan? O si amenazan, sepan que no son temidos por los sacerdotes de Dios. Porque ni siquiera el Anticristo, cuando comience a venir, entrará en la Iglesia porque amenaza; ni cederemos a sus armas y a su violencia, porque declare que nos destruirá si resistimos. Los herejes nos arman cuando piensan que nos aterrorizan con sus amenazas; ni nos derriban de rostro, sino más bien nos levantan y nos inflaman, cuando hacen que la paz misma sea peor para los hermanos que la persecución. Y deseamos, ciertamente, que no colmen con el crimen lo que hablan en su locura, que los que pecan con palabras pérfidas y crueles no pequen también con obras. Oramos y suplicamos a Dios, a quien no cesan de provocar y exasperar, que ablande sus corazones, para que depongan su locura y vuelvan a la cordura; para que sus pechos, cubiertos con las tinieblas de los pecados, reconozcan la luz de la penitencia, y busquen más bien que las oraciones y súplicas del sacerdote se derramen en favor suyo, que derramar ellos mismos la sangre del sacerdote. Pero si continúan en su locura, y perseveran cruelmente en estos sus engaños y amenazas parricidas, ningún sacerdote de Dios es tan débil, tan postrado y tan abyecto, tan ineficaz por la debilidad de la flaqueza humana, que no sea despertado contra los enemigos e impugnadores de Dios por la fuerza de lo alto; que no halle su humildad y debilidad animadas por el vigor y la fuerza del Señor que lo protege. Nada nos importa por quién ni cuándo seamos muertos, ya que del Señor recibiremos el premio de nuestra muerte y de nuestra sangre. Su concisión ha de ser llorada y lamentada, a quienes el diablo ciega de tal modo, que, sin considerar los castigos eternos de la Gehena, se esfuerzan por imitar la venida del Anticristo, que ya se acerca.

    Epístola 54, § 20

    20. Y aunque sé, hermano carísimo, por el amor mutuo que nos debemos y nos manifestamos uno a otro, que siempre lees mis cartas al muy distinguido clero que preside contigo allí, y a tu muy santa y numerosa congregación, sin embargo ahora te advierto y te pido que hagas por mi ruego lo que en otras ocasiones haces de tu propio acuerdo y por tu cortesía; para que así, mediante la lectura de esta mi carta, si se ha deslizado allí algún contagio de habla envenenada y de pestilente propagación, sea purgado de los oídos y de los corazones de los hermanos, y el afecto sano y sincero de los buenos quede limpio de nuevo de toda la suciedad del menosprecio herético.

    Epístola 54, § 21

    21. Pero, por lo demás, que nuestros hermanos amadísimos rechacen firmemente y eviten las palabras y conversaciones de aquellos cuya palabra se arrastra como un cáncer; como dice el apóstol: "Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres". Y de nuevo: "Al hombre hereje, después de una amonestación, recházalo; sabiendo que el tal está subvertido y peca, condenado por sí mismo". Y el Espíritu Santo habla por Salomón, diciendo: "El hombre perverso lleva la perdición en su boca, y en sus labios esconde un fuego". También de nuevo nos advierte, y dice: "Cerca tus oídos con espinas, y no escuches a la lengua malvada". Y otra vez: "El que obra maldad presta oído a la lengua del injusto; mas el justo no escucha los labios mentirosos". Y aunque sé que nuestra fraternidad allí, ciertamente fortificada por tu previsión, y además suficientemente cauta por su propia vigilancia, no puede ser tomada ni engañada por los venenos de los herejes, y que las enseñanzas y preceptos de Dios prevalecen en ellos solo en la medida en que el temor de Dios está en ellos; sin embargo, aun cuando sea innecesariamente, sea mi solicitud o mi amor, me persuadió a escribirte estas cosas: que no se trabe comercio alguno con tales; que no se celebren banquetes ni conferencias con los malvados; sino que estemos tan separados de ellos, como ellos son desertores de la Iglesia; porque está escrito: "Si no escucha a la Iglesia, tenlo por gentil y publicano". Y el bienaventurado apóstol no solo advierte, sino que nos manda apartarnos de tales. "Os mandamos", dice, "en el nombre de Jesucristo nuestro Señor, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la tradición que recibió de nosotros". No puede haber comunión alguna entre la fe y la infidelidad. Quien no está con Cristo, quien es adversario de Cristo, quien es hostil a su unidad y a su paz, no puede asociarse con nosotros. Si vienen con oraciones y satisfacciones, que sean escuchados; si amontonan maldiciones y amenazas, que sean rechazados. Te despedimos, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.
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