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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)45 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 14 · Epístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de FelicísimoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 37, argumento
    Argumento. Felicísimo, junto con sus compañeros de sedición, ha de ser apartado de la comunión de todos.

    Epístola 37, § 1

    1. Cipriano a Caldonio y Herculano, sus colegas, y también a Rogaciano y Numídico, sus copresbíteros, salud. Me he afligido grandemente, hermanos carísimos, al recibir vuestra carta, porque, aunque siempre me he propuesto y he querido mantener a salvo a toda nuestra fraternidad y conservar incólume el rebaño, como exige la caridad, me decís ahora que Felicísimo ha estado intentando muchas cosas con maldad y astucia; de modo que, además de sus antiguos fraudes y rapiñas, de los que ya antes sabía bastante, ha intentado ahora, además, dividir con el obispo a una parte del pueblo; es decir, separar a las ovejas del pastor, a los hijos de sus padres, y dispersar a los miembros de Cristo. Y aunque os envié como sustitutos míos para atender las necesidades de nuestros hermanos, con fondos, y si alguno, además, deseaba ejercer sus oficios, para ayudar sus deseos con una adición que fuera suficiente, y al mismo tiempo tomar nota de sus edades, condiciones y méritos — para que yo también, sobre quien recae el deber de conocerlos a todos a fondo, pudiera promover a los que fueran dignos, humildes y mansos a los oficios de la administración eclesiástica — él se ha entrometido y ha ordenado que nadie sea socorrido y que no se averigüen mediante examen cuidadoso las cosas que yo había deseado; ha amenazado también a nuestros hermanos, que primero se habían acercado para ser socorridos, con un ejercicio malvado del poder y con un temor violento: que quienes deseaban obedecerme no comunicaran con él en la muerte.

    Epístola 37, § 2

    2. Y puesto que, después de todas estas cosas, ni movido por el honor de mi cargo ni sacudido por vuestra autoridad y presencia, sino por su propio impulso, perturbando la paz de los hermanos, se ha precipitado con muchos más y se ha erigido en jefe de una facción y cabecilla de una sedición con locura precipitada — en lo cual, ciertamente, me congratulo de que varios de los hermanos se hayan apartado de esta osadía y hayan preferido más bien estar de acuerdo con vosotros, para permanecer con la Iglesia, su madre, y recibir sus estipendios del obispo que los distribuye; lo cual, ciertamente, sé con certeza que otros harán también pacíficamente y se apartarán pronto de su error temerario — entretanto, puesto que Felicísimo ha amenazado con que no comuniquen con él en la muerte quienes nos habían obedecido, es decir, quienes comunicaron con nosotros, reciba él la sentencia que primero declaró, para que sepa que está excomulgado por nosotros; tanto más cuanto que a sus fraudes y rapiñas, que hemos conocido con la verdad más clara, añade también el crimen de adulterio, que nuestros hermanos, varones serios, han declarado haber descubierto y han aseverado que probarán; todo lo cual examinaremos entonces judicialmente, cuando, con el permiso del Señor, nos reunamos en un solo lugar con muchos de nuestros colegas. Pero también Augendo, quien, sin considerar ni a su obispo ni a su Iglesia, se ha asociado igualmente con él en esta conspiración y facción, si perseverara más con él, sufra la sentencia que aquel hombre faccioso e impetuoso ha provocado sobre sí mismo. Además, quienquiera que se alíe con su conspiración y facción, sepa que no comunicará con nosotros en la Iglesia, puesto que por su propia voluntad ha preferido ser separado de la Iglesia. Leed esta carta mía a nuestros hermanos, y transmitidla también a Cartago al clero, añadiendo los nombres de quienes se han unido a Felicísimo. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos amadísimos; y acordaos de mí. Adiós.

    Epístola 38. Carta de Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo con los suyos

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 38, argumento
    Argumento. Caldonio, Herculano y otros llevan a efecto lo que la carta precedente les había mandado.

    Epístola 38

    Caldonio, con Herculano y Víctor, sus colegas, y también con Rogaciano y Numídico, presbíteros. Hemos apartado de la comunión a Felicísimo y a Augendo; también a Reposto, de entre los exiliados, y a Irene de los manchados de sangre; y a Paula la costurera; lo cual debéis saber por mi firma; también hemos apartado a Sofronio y a Soliaso (budinarius), — él también uno de los exiliados.

    Epístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 39, argumento
    Argumento. De la misma manera como en la epístola anterior a esta dijo Cipriano al clero, así ahora dice al pueblo que se ha de evitar a Felicísimo, junto con cinco presbíteros de su facción, quienes no solo concedieron la paz a los caídos sin discriminación alguna, sino que suscitaron sedición y cisma contra él mismo.

    Epístola 39, § 1

    1. Cipriano a todo el pueblo, salud. Aunque, hermanos carísimos, Virtio, presbítero fidelísimo y recto, y también Rogaciano y Numídico, presbíteros, confesores, e ilustres por la gloria de la condescendencia divina, y también los diáconos, hombres buenos y entregados a la administración eclesiástica en todos sus deberes, con los demás ministros, os prestan la plena atención de su presencia y no cesan de confirmar a cada uno con sus asiduas exhortaciones y, además, de gobernar y reformar con sus sanos consejos las mentes de los caídos; sin embargo, en cuanto puedo, os amonesto y, como puedo, os visito con mis cartas. Con mis cartas, digo, hermanos carísimos; porque la malignidad y la perfidia de ciertos presbíteros han conseguido esto: que no se me permita ir a vosotros antes del día de Pascua; pues, acordándose de su conspiración y reteniendo aquel antiguo veneno contra mi episcopado, es decir, contra vuestro sufragio y el juicio de Dios, renuevan su antiguo ataque contra mí y comienzan de nuevo sus maquinaciones sacrílegas con su acostumbrada astucia. Y, en verdad, por la providencia de Dios, no por nuestro deseo ni anhelo —antes, aunque éramos indulgentes y callábamos—, han sufrido el castigo que habían merecido; de modo que, no arrojados por nosotros, ellos por su propia voluntad se han arrojado fuera. Ellos mismos, ante su propia conciencia, han pronunciado sentencia contra sí mismos conforme a vuestros sufragios y al juicio divino. Estos conspiradores y malvados por su propia voluntad se han expulsado a sí mismos de la Iglesia.

    Epístola 39, § 2

    2. Ahora se ha puesto de manifiesto de dónde venía la facción de Felicísimo; en qué raíz y con qué fuerza se sostenía. Estos hombres proporcionaron en tiempos pasados ánimos y exhortaciones a ciertos confesores para que no estuvieran de acuerdo con su obispo, para que no mantuvieran la disciplina eclesiástica con fe y sosiego según los preceptos del Señor, para que no guardaran la gloria de su confesión con una conducta incorrupta e inmaculada. Y no bastándoles haber corrompido la mente de ciertos confesores y haber querido armar a una parte de nuestra quebrantada fraternidad contra el sacerdocio de Dios, han vuelto ahora su atención, con su engaño envenenado, a la ruina de los caídos: apartar de la curación de su herida a los enfermos y a los heridos, y a quienes, por la desgracia de su caída, son menos aptos y menos firmes para tomar un consejo más fuerte; y los invitan, con la falsedad de una paz falaz, a una temeridad fatal, dejando de lado las oraciones y las súplicas con las que, con larga y continua satisfacción, ha de ser aplacado el Señor.

    Epístola 39, § 3

    3. Pero os ruego, hermanos, que vigiléis contra las asechanzas del diablo y, cuidando de vuestra propia salvación, estéis diligentemente en guardia contra esta falacia mortífera. Esta es otra persecución y otra tentación. Esos cinco presbíteros no son otros que los cinco jefes que hace poco se asociaron con los magistrados en un edicto, para derribar nuestra fe, para apartar los corazones débiles de los hermanos hacia sus redes mortales mediante la prevaricación de la verdad. Ahora el mismo plan, el mismo trastorno, se lleva a cabo de nuevo por los cinco presbíteros, unidos a Felicísimo, para destrucción de la salvación: que no se ruegue a Dios, y que quien ha negado a Cristo no recurra en busca de misericordia al mismo Cristo a quien ha negado; que después de la culpa del crimen se quite también la penitencia; y que el Señor no sea aplacado por medio de los obispos y sacerdotes, sino que, abandonados los sacerdotes del Señor, surja una nueva tradición de institución sacrílega, contraria a la disciplina evangélica. Y aunque en otro tiempo se convino, tanto por nosotros como por los confesores y el clero de la ciudad, y además por todos los obispos establecidos tanto en nuestra provincia como allende el mar, que no se introdujera novedad alguna respecto al caso de los caídos a menos que todos nos reuniéramos en un solo lugar y, comparados nuestros pareceres, decidiéramos una sentencia moderada, templada a la vez con disciplina y con misericordia — contra este nuestro acuerdo se han rebelado, y toda autoridad y potestad sacerdotal queda destruida por conspiraciones facciosas.

    Epístola 39, § 4

    4. ¡Qué sufrimientos soporto yo ahora, hermanos carísimos, al no poder ir yo mismo a vosotros en esta coyuntura, al no poder acercarme yo mismo a cada uno de vosotros, al no poder exhortaros yo mismo según la enseñanza del Señor y de su Evangelio! No bastó un destierro de ya dos años, ni una triste separación de vosotros, de vuestro rostro y de vuestra vista; ni el continuo dolor y lamento que, en mi soledad sin vosotros, me despedaza con mi constante duelo, ni mis lágrimas que corren día y noche, de modo que ni siquiera hay oportunidad para que el sacerdote, a quien hicisteis con tanto amor y empeño, os salude, ni para ser envuelto en vuestros abrazos. Esta mayor aflicción se añade a mi espíritu agotado: que en medio de tanta solicitud y necesidad no puedo yo mismo apresurarme a vosotros, ya que, por las amenazas y asechanzas de hombres pérfidos, tememos que con nuestra llegada no se levante allí un tumulto mayor; y así, aunque el obispo debe velar en todo por la paz y la tranquilidad, parecería él mismo haber dado ocasión a la sedición y haber exacerbado de nuevo la persecución. Por lo demás, hermanos amadísimos, no solo os amonesto, sino que os aconsejo que no confiéis temerariamente en palabras dañosas, ni prestéis consentimiento fácil a dichos engañosos, ni toméis tinieblas por luz, noche por día, hambre por alimento, sed por bebida, veneno por medicina, muerte por salvación. No os engañen ni la edad ni la autoridad de quienes, respondiendo a la antigua maldad de los dos ancianos, así como aquellos intentaron corromper y violar a la casta Susana, intentan también ahora, con sus doctrinas adúlteras, corromper la castidad de la Iglesia y violar la verdad del Evangelio.

    Epístola 39, § 5

    5. El Señor clama en alta voz, diciendo: "No escuchéis las palabras de los falsos profetas, porque las visiones de su propio corazón los engañan. Hablan, pero no de la boca del Señor. Dicen a los que desprecian la palabra del Señor: Tendréis paz." . Ofrecen ahora la paz quienes no tienen paz. Prometen traer de vuelta y hacer volver a la Iglesia a los caídos quienes ellos mismos se han apartado de la Iglesia. Uno es Dios, y uno es Cristo, y una es la Iglesia, y una la cátedra fundada sobre la roca por la palabra del Señor. No puede constituirse otro altar ni hacerse un nuevo sacerdocio, salvo el único altar y el único sacerdocio. Quien en otra parte recoge, desparrama. Todo lo que se establece por locura humana, de modo que se viola la disposición divina, es adúltero, es impío, es sacrílego. Apartaos lejos del contagio de hombres de esta clase y huid de sus palabras, evitándolos como a un cáncer y a una peste, como os advierte el Señor y dice: "Son ciegos guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo." . Ellos interceptan vuestras oraciones, que derramáis con nosotros ante Dios día y noche, para aplacarlo con una recta satisfacción. Interceptan vuestras lágrimas, con las que laváis la culpa del pecado que habéis cometido; interceptan la paz que verdadera y fielmente pedís a la misericordia del Señor; y no saben que está escrito: "Y aquel profeta, o aquel soñador de sueños, que haya hablado para apartaros del Señor vuestro Dios, será condenado a muerte." . Que nadie, hermanos amadísimos, os haga errar lejos de los caminos del Señor; que nadie os arrebate, cristianos, del Evangelio de Cristo; que nadie saque a los hijos de la Iglesia fuera de la Iglesia; que perezcan solos quienes han querido perecer; que queden solos fuera de la Iglesia quienes se han apartado de la Iglesia; que queden solos sin obispos quienes se han rebelado contra los obispos; que sufran solos las penas de sus conspiraciones quienes antes, según vuestros votos, y ahora según el juicio de Dios, han merecido sufrir la sentencia de su propia conspiración y malignidad.

    Epístola 39, § 6

    6. El Señor nos advierte en su Evangelio, diciendo: "Rechazáis el mandamiento de Dios para establecer vuestra propia tradición." . A quienes rechazan el mandamiento de Dios y se esfuerzan por guardar su propia tradición, rechazadlos vosotros con valentía y firmeza; básteles a los caídos una sola caída; que nadie con su fraude derribe a quienes quieren levantarse; que nadie arroje más abajo ni hunda a quienes están caídos, por quienes rogamos que sean levantados por la mano y el brazo de Dios; que nadie aparte de toda esperanza de salvación a quienes están medio vivos y suplican recibir su salud anterior; que nadie apague toda luz del camino de la salvación a quienes vacilan en las tinieblas de su caída. El apóstol nos instruye, diciendo: "Si alguno enseña de otra manera y no asiente a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a su doctrina, está envanecido de necedad: apártate de los tales." . Y de nuevo dice: "Que nadie os engañe con palabras vanas; pues por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos." No hay razón para que os dejéis engañar con palabras vanas y empecéis a ser partícipes de su depravación. Apartaos de tales, os lo ruego, y asentid a nuestros consejos, nosotros que derramamos por vosotros cada día continuas oraciones al Señor, que deseamos que seáis llamados de nuevo a la Iglesia por la clemencia del Señor, que pedimos la paz más plena a Dios, primero para la madre, y después para sus hijos. Unid también vuestras peticiones y oraciones a nuestras oraciones y peticiones; mezclad vuestras lágrimas con nuestros lamentos. Evitad a los lobos que apartan las ovejas del pastor; evitad la lengua envenenada del diablo, que desde el principio del mundo, siempre engañoso y mentiroso, miente para engañar, halaga para dañar, promete bienes para dar males, promete vida para matar. Ahora también sus palabras son evidentes y sus venenos manifiestos. Promete la paz, para que no sea posible alcanzar la paz; promete la salvación, para que quien ha pecado no llegue a la salvación; promete una Iglesia, mientras maquina que quien le cree perezca del todo fuera de la Iglesia.

    Epístola 39, § 7

    7. Ahora es la ocasión, hermanos amadísimos, tanto para que vosotros, que permanecéis firmes, perseveréis con valentía y mantengáis vuestra gloriosa estabilidad, que guardasteis en la persecución con una firmeza continua, como para que, si alguno de vosotros ha caído por las asechanzas del adversario, en esta segunda tentación toméis fielmente consejo para vuestra esperanza y vuestra paz; y, para que el Señor os perdone, no os apartéis de los sacerdotes del Señor, pues está escrito: "Y el hombre que obre con presunción y no escuche al sacerdote o al juez que haya en aquellos días, ese hombre morirá." . De esta persecución, esta es la última y final tentación, la cual también ella, por la protección del Señor, pasará pronto; de modo que yo seré presentado de nuevo a vosotros después del día de Pascua con mis colegas, y, estando presentes, podremos tanto disponer como completar las cosas que hay que hacer según vuestro parecer y el consejo general de todos nosotros, como ya se ha decidido antes. Pero si alguno, negándose a hacer penitencia y a dar satisfacción a Dios, se entrega al partido de Felicísimo y de sus satélites, y se une a la facción herética, sepa que no podrá después volver a la Iglesia ni comunicar con los obispos y el pueblo de Cristo. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos carísimos, y suplicad conmigo en oración continua que se implore la misericordia de Dios.
    Comentario editorial · Felicísimo y el cisma de Cartago
    El título de esta epístola habla de «cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo». Según Wikipedia, los clérigos que se habían opuesto a la elección de Cipriano encabezaron en su ausencia un partido que readmitía a los caídos con poca o ninguna penitencia, y el sínodo de 251 condenó a Felicísimo. Aquí hay una discrepancia entre artículos de la misma enciclopedia: el dedicado a los concilios de Cartago llama «rigoristas» a los condenados en 251. Las propias epístolas de Cipriano son la fuente primaria de este conflicto, y lo cuentan desde su lado.

    Epístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 40, argumento
    Argumento. Los mensajeros enviados por Novaciano para dar a conocer su ordenación a la Iglesia de Cartago son rechazados por Cipriano.

    Epístola 40, § 1

    1. Cipriano a Cornelio, su hermano, salud. Han venido a nosotros, hermano carísimo, enviados por Novaciano, Máximo el presbítero y Augendo el diácono, y un tal Macaeo y Longino. Pero, como descubrimos, tanto por las cartas que traían consigo como por su discurso y declaración, que Novaciano había sido hecho obispo; turbados por la maldad de una ordenación ilícita hecha contra la Iglesia Católica, consideramos de inmediato que debían ser apartados de la comunión con nosotros; y, habiendo entretanto refutado y rechazado las cosas que pertinaz y obstinadamente se esforzaban en afirmar, yo y varios de mis colegas, que se habían reunido conmigo, esperábamos la llegada de nuestros colegas Caldonio y Fortunato, a quienes hacía poco habíamos enviado a vosotros como embajadores, y a nuestros coobispos, que estuvieron presentes en vuestra ordenación, para que, cuando viniesen y dieran cuenta de la verdad del asunto, la maldad del partido adverso fuese reprimida por medio de ellos, con mayor autoridad y prueba manifiesta. Pero vinieron, además, Pompeyo y Esteban, colegas nuestros, quienes también, para instruirnos al respecto, presentaron pruebas manifiestas y testimonios conformes a su gravedad y fidelidad, de modo que ya ni siquiera fue necesario oír más a los que habían venido enviados por Novaciano. Y cuando en nuestra solemne asamblea irrumpieron con injuriosos insultos y clamor turbulento, exigiendo que las acusaciones, que decían traer y que probarían, fuesen públicamente investigadas por nosotros y por el pueblo, dijimos que no era conforme a nuestra gravedad tolerar que el honor de nuestro colega, que ya había sido elegido y ordenado y aprobado por la laudable sentencia de muchos, fuese puesto en cuestión por más tiempo por la voz injuriosa de sus rivales. Y como sería cosa larga reunir en una carta las materias en que han sido refutados y reprimidos, y en las que se ha manifestado que han causado herejía con sus intentos ilícitos, oirás todo con la mayor plenitud de labios de Primitivo, nuestro copresbítero, cuando venga a ti.

    Epístola 40, § 2

    2. Y para que su furiosa audacia no cese jamás, se esfuerzan también aquí en dividir a los miembros de Cristo en partidos cismáticos, y en cortar y desgarrar el único cuerpo de la Iglesia Católica, de modo que, corriendo de puerta en puerta, por las casas de muchos, o de ciudad en ciudad, por ciertos distritos, buscan compañeros en su obstinación y error para unirlos a sí en su cisma. A estos les hemos dado una vez esta respuesta, y no cesaremos de mandarles que abandonen sus perniciosas disensiones y disputas, y que sepan que es una impiedad abandonar a su Madre; y que reconozcan y entiendan que cuando un obispo ha sido una vez hecho y aprobado por el testimonio y el juicio de sus colegas y del pueblo, de ningún modo se puede nombrar otro. Así, si consultan su propio interés pacífica y fielmente, si se confiesan mantenedores del Evangelio de Cristo, deben volver a la Iglesia. Te despido, hermano carísimo, cordialmente en el Señor.

    Epístola 41. A Cornelio, sobre la aprobación de Cipriano de su ordenación, y acerca de Felicísimo

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 41, argumento
    Argumento. Cipriano se excusa por no haber creído sin vacilación en la ordenación de Cornelio, hasta que recibió las cartas de sus colegas Caldonio y Fortunato, que atestiguaron plenamente su legitimidad; y de paso repite, respecto de la facción contraria del partido de Novaciano, que no dio en el primer momento su adhesión a aquella, sino más bien a Cornelio, hasta el punto de negarse a recibir acusaciones contra él.

    Epístola 41, § 1

    1. Cipriano a Cornelio, su hermano, salud. Como convenía a los siervos de Dios, y especialmente a los sacerdotes rectos y pacíficos, hermano carísimo, enviamos hace poco a nuestros colegas Caldonio y Fortunato, para que, no solo con la persuasión de nuestras cartas, sino con su presencia y el consejo de todos vosotros, se esforzaran y trabajaran con todo su poder por llevar a los miembros del cuerpo dividido a la unidad de la Iglesia Católica, y asociarlos al vínculo de la caridad cristiana. Pero como la pertinacia obstinada e inflexible del partido adverso no solo ha rechazado el seno y el abrazo de su raíz y Madre, sino que incluso, con una discordia que se extiende y se reaviva cada vez peor, se ha nombrado un obispo para sí, y, contra el sacramento una vez entregado del divino establecimiento y de la Unidad Católica, ha hecho una cabeza adúltera y contraria fuera de la Iglesia; habiendo recibido vuestras cartas así como las de nuestros colegas, y a la llegada también de nuestros colegas Pompeyo y Esteban, varones buenos y muy amados por nosotros, por quienes todas estas cosas nos fueron sin duda alegadas y probadas con alegría general, conforme a lo que exigen tanto la santidad y la verdad de la divina tradición como la institución eclesiástica, hemos dirigido nuestras cartas a vosotros. Además, trayendo estas mismas cosas a la atención de nuestros varios colegas en toda la provincia, hemos mandado también que nuestros hermanos, con cartas de ellos, sean enviados a vosotros.

    Epístola 41, § 2

    2. Esto ha sido hecho, aunque nuestra mente e intención ya habían sido claramente declaradas a los hermanos y a todo el pueblo en este lugar, cuando, habiendo recibido últimamente cartas de ambas partes, leímos vuestras cartas y anunciamos vuestra ordenación episcopal a los oídos de todos. Además, recordando el honor común y teniendo respeto por la gravedad y santidad sacerdotal, repudiamos aquellas cosas que de la otra parte habían sido amontonadas con amarga virulencia en un documento que se nos transmitió; considerando y ponderando igualmente que en tan grande y tan religiosa asamblea de hermanos, en la que los sacerdotes de Dios estaban sentados juntos y su altar estaba dispuesto, tales cosas no debían leerse ni oírse. Porque no deben sacarse a relucir fácilmente, ni publicarse descuidada y groseramente, cosas que pueden mover escándalo por medio de una pluma pendenciera en las mentes de los oyentes, y confundir a hermanos, alejados entre sí y que habitan al otro lado del mar, con opiniones inciertas. Tengan cuidado aquellos que, obedeciendo a su propia ira o pasión, y olvidados de la ley y la santidad divinas, se complacen en difundir entretanto cosas que no pueden probar; y aunque no logren destruir y arruinar la inocencia, se contentan con esparcir manchas sobre ella con informes mentirosos y falsos rumores. Ciertamente, debemos esforzarnos, como conviene hacer a los prelados y sacerdotes, para que tales cosas, cuando son escritas por algunos, sean rechazadas por lo que a nosotros respecta. De lo contrario, ¿qué será de aquello que aprendemos y que declaramos está establecido en la Escritura: "Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño"? Y en otro lugar: "Tu boca abundó en malicia, y tu lengua abrazó el engaño. Te sentaste y hablaste contra tu hermano, y calumniaste al hijo de tu propia madre". Y además el apóstol dice: "Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación de la fe, para que ministre gracia a los oyentes". Además, mostramos cuál es el recto camino de conducta que se debe seguir si, cuando tales cosas son escritas por la temeridad calumniosa de algunos, no permitimos que se lean entre nosotros; y por tanto, hermano carísimo, cuando me llegaron tales cartas contra ti, aunque eran cartas de tu copresbítero que se sienta contigo, como respiraban un tono de sencillez religiosa, y no resonaban con ladridos de maldiciones e insultos, ordené que se leyeran al clero y al pueblo.

    Epístola 41, § 3

    3. Pero al desear cartas de nuestros colegas que estuvieron presentes en tu ordenación en aquel lugar, no olvidamos el uso antiguo, ni buscamos novedad alguna. Pues te bastaba anunciar por cartas que habías sido hecho obispo, si no hubiera habido una facción disidente en el otro lado, que con sus calumniosas y falsas invenciones turbaba las mentes y perplejaba los corazones de nuestros colegas, así como de varios de los hermanos. Para poner fin a este asunto, juzgamos necesario obtener de allí la autoridad fuerte y decidida de nuestros colegas que nos escribieron; y ellos, declarando que el testimonio de sus cartas era plenamente merecido por tu carácter, tu vida y tu doctrina, han privado incluso a tus rivales, y a los que se complacen en la novedad o en el mal, de todo escrúpulo de duda o de diferencia; y, según nuestro consejo ponderado con sana razón, las mentes de los hermanos agitadas en este mar han aprobado sincera y decididamente tu sacerdocio. Porque esto, hermano mío, es lo que especialmente procuramos y debemos procurar: cuidar de mantener cuanto podamos la unidad entregada por el Señor, y por medio de sus apóstoles a nosotros sus sucesores, y, en cuanto está en nosotros, recoger en la Iglesia a las ovejas dispersas y errantes que la facción voluntariosa y la tentación herética de algunos separa de su Madre; quedando fuera solo aquellos que por su obstinación y locura han persistido y no han querido volver a nosotros; los cuales tendrán que dar cuenta al Señor de la disensión y separación hechas por ellos, y de la Iglesia que han abandonado.

    Epístola 41, § 4

    4. Pero, en lo que atañe a la causa de ciertos presbíteros de aquí, y de Felicísimo, para que sepas lo que aquí se ha hecho, nuestros colegas te han enviado cartas firmadas de su propia mano, para que aprendas, cuando hayas oído a las partes, por sus cartas lo que han pensado y lo que han sentenciado. Pero harás mejor, hermano, si mandas también que se lean para común satisfacción copias de las cartas que recientemente te envié por medio de nuestros colegas Caldonio y Fortunato, que yo había escrito acerca del mismo Felicísimo y de su presbiterio al clero de allí, y también al pueblo, para que se lean a los hermanos de allí; declarando tu ordenación y el curso de todo el asunto, para que tanto allí como aquí la fraternidad sea informada de todas las cosas por nosotros. Además, he transmitido también aquí copias de las mismas por Metio el subdiácono, enviado por mí, y por Nicéforo el acólito. Te despido, hermano carísimo, cordialmente en el Señor.

    Epístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 42, argumento
    Argumento. El argumento de esta carta aparece suficientemente en el título. Es manifiesto que esta carta y la siguiente fueron enviadas por un solo mensajero.

    Epístola 42

    Cipriano a Cornelio, su hermano, salud. He considerado que es a la vez obligatorio para mí y necesario para ti, hermano carísimo, escribir una breve carta a los confesores que están allí contigo, y que, seducidos por la obstinación y depravación de Novaciano y Novato, se han apartado de la Iglesia; carta con la que pudiera inducirlos, por causa de nuestro mutuo afecto, a volver a su Madre, es decir, a la Iglesia Católica. Esta carta te la he confiado ante todo por medio de Metio el subdiácono para que la examines, no sea que alguien pretenda que he escrito de otro modo que según el contenido de mi carta. Además, he encargado al mismo Metio, enviado por mí a ti, que se guíe por tu decisión; y si piensas que esta carta debe entregarse a los confesores, entonces que la entregue. Te despido, hermano carísimo, cordialmente en el Señor.

    Epístola 43. A los confesores romanos, para que vuelvan a la unidad

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 43, argumento
    Argumento. Exhorta a los confesores romanos, que habían sido seducidos por la facción de Novaciano y Novato, a volver a la unidad.

    Epístola 43

    Cipriano a Máximo y Nicóstrato, y a los demás confesores, salud. Como con frecuencia habéis deducido de mis cartas, amados, qué honor he guardado siempre en mi modo de hablar de vuestra confesión, y qué amor por la fraternidad asociada; creed, os lo ruego, y aceptad estas mis cartas, en las que os escribo y con sencillez y fidelidad miro por vosotros, por vuestras acciones y por vuestra alabanza. Pues me abruma y me entristece, y me sobrecoge el dolor intolerable de un espíritu herido, casi postrado, cuando hallo que vosotros allí, contra el orden eclesiástico, contra la ley evangélica, contra la unidad de la institución católica, habéis consentido que se hiciera otro obispo. Eso es lo que no es lícito ni permitido hacer: que se erija otra iglesia; que los miembros de Cristo sean desgarrados; que la única mente y el cuerpo del rebaño del Señor sean lacerados por una emulación dividida. Os ruego que en vosotros, al menos, no continúe aquel desgarramiento ilícito de nuestra fraternidad; sino que, recordando vuestra confesión y la divina tradición, volváis a la Madre de donde habéis salido; de donde vinisteis a la gloria de la confesión con el gozo de la misma Madre. Y no penséis que así mantenéis el Evangelio de Cristo cuando os separáis del rebaño de Cristo y de su paz y concordia; pues es más propio de soldados gloriosos y buenos sentarse dentro de su propio campamento, y así colocados dentro, administrar y proveer las cosas que han de tratarse en común. Pues como nuestra unanimidad y concordia no deben dividirse de ningún modo, y como no podemos abandonar la Iglesia y salir fuera de ella para venir a vosotros, os rogamos y suplicamos con cuantas exhortaciones podemos que volváis más bien a la Iglesia, vuestra Madre, y a nuestra fraternidad. Os despido, hermanos carísimos, cordialmente en el Señor.

    Epístola 44. A Cornelio, acerca de Policarpo el Adrumetino

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 44, argumento
    Argumento. En esta carta se excusa de lo ocurrido, en cuanto que, durante el tiempo en que estaba en Adrumeto, el clero de Policarpo había enviado cartas de allí no a Cornelio, sino al clero romano, no obstante que antes el propio Policarpo había escrito más bien a Cornelio. Del contexto mismo se desprende con bastante claridad que esta fue escrita después de las anteriores.

    Epístola 44, § 1

    1. Cipriano a Cornelio, su hermano, salud. He leído tus cartas, hermano carísimo, que enviaste por medio de Primitivo, nuestro copresbítero, en las que percibí que te molestaba que, mientras las cartas de la colonia de Adrumeto a nombre de Policarpo se dirigían a ti, sin embargo, después de que Liberal y yo llegamos a aquel lugar, comenzaran a dirigirse de allí cartas a los presbíteros y a los diáconos.

    Epístola 44, § 2

    2. Respecto de lo cual deseo que sepas, y ciertamente creas, que no se hizo por ligereza ni desprecio. Pero cuando varios de nuestros colegas que se habían reunido en un mismo lugar determinaron que, mientras nuestros coobispos Caldonio y Fortunato eran enviados como embajadores a ti, todas las cosas debían entre tanto suspenderse como estaban, hasta que los mismos colegas nuestros, habiendo reducido allí las cosas a paz, o habiendo descubierto su verdad, volvieran a nosotros; los presbíteros y diáconos que moraban en la colonia de Adrumeto, en ausencia de nuestro coobispo Policarpo, ignoraban lo que en común habíamos decidido. Pero cuando vinimos ante ellos, y se entendió nuestro propósito, ellos mismos también comenzaron a observar lo que hacían los otros, de modo que el acuerdo de las iglesias que allí permanecían no se rompió en ningún aspecto.

    Epístola 44, § 3

    3. Algunas personas, sin embargo, a veces turban las mentes y los espíritus de los hombres con sus palabras, relatando las cosas de otro modo que la verdad. Pues nosotros, que damos a toda persona que zarpa de aquí un plan para que navegue sin ofensa alguna, sabemos que los hemos exhortado a reconocer y mantener la raíz y matriz de la Iglesia Católica. Pero como nuestra provincia es extensa, y tiene anexas Numidia y Mauritania; para que un cisma hecho en la ciudad no confunda las mentes de los ausentes con opiniones inciertas, decidimos —habiendo obtenido por medio de los obispos la verdad del asunto, y habiendo conseguido una autoridad mayor para la prueba de tu ordenación, y así, al fin, eliminado todo escrúpulo del pecho de cada uno— que se te enviaran cartas por todos los que estaban establecidos en cualquier lugar de la provincia; como de hecho se hace, para que así todos nuestros colegas aprobaran decididamente y mantuvieran tanto a ti como a tu comunión, es decir, tanto la unidad de la Iglesia Católica como su caridad. Nos alegramos de que todo esto haya sucedido por dirección de Dios, y de que nuestro designio haya sido favorecido por la Providencia.

    Epístola 44, § 4

    4. Pues así tanto la verdad como la dignidad de tu episcopado han sido establecidas a la luz más abierta, y con la aprobación más manifiesta y sustancial; de modo que por las respuestas de nuestros colegas, que de allí nos han escrito, y por el relato y los testimonios de nuestros coobispos Pompeyo, Esteban, Caldonio y Fortunato, tanto la causa necesaria como el orden recto, y además la gloriosa inocencia de tu ordenación, pudieran ser conocidos por todos. El que nosotros, con el resto de nuestros colegas, administremos firme y establemente este oficio, y lo mantengamos en la concordante unanimidad de la Iglesia Católica, lo llevará a cabo la condescendencia divina; para que el Señor, que se digna elegir y nombrar para sí sacerdotes en su Iglesia, los proteja también, una vez elegidos y nombrados, con su beneplácito y ayuda, inspirándolos a gobernar, y suministrando tanto vigor para reprimir la contumacia de los malvados, como dulzura para alentar la penitencia de los caídos. Te despido, hermano carísimo, cordialmente en el Señor.

    Epístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 45, argumento
    Argumento. Cornelio informa a Cipriano del solemne regreso de los confesores a la Iglesia, y lo describe.

    Epístola 45, § 1

    1. Cornelio a Cipriano, su hermano, salud. En proporción a la solicitud y la ansiedad que sostuvimos respecto de aquellos confesores que habían sido engañados y casi seducidos y alejados de la Iglesia por la astucia y la malicia de aquel hombre taimado y sutil, fue la alegría que nos afectó y las gracias que dimos a Dios Todopoderoso y a nuestro Señor Cristo, cuando ellos, reconociendo su error y percibiendo la astucia envenenada del hombre maligno, como de una serpiente, volvieron, como profesan con un solo corazón, con sencillez de voluntad, a la Iglesia de la que habían salido. Y primero, ciertamente, nuestros hermanos de fe probada, que aman la paz y desean la unidad, anunciaron que la hinchada soberbia de estos hombres ya se había calmado; pero no había seguridad bastante para inducirnos a creer con facilidad que estaban enteramente cambiados. Pero después, Urbano y Sidonio, los confesores, vinieron a nuestros presbíteros, afirmando que Máximo, confesor y presbítero, deseaba igualmente, con ellos mismos, volver a la Iglesia; pero puesto que muchas cosas habían precedido a esto que ellos habían maquinado, de las cuales tú también has sido informado por nuestros coobispos y por mis cartas, de modo que no se podía depositar fe apresuradamente en ellos, determinamos oír de su propia boca y confesión aquellas cosas que habían enviado por medio de los mensajeros. Y cuando vinieron, y los presbíteros les exigieron dar cuenta de lo que habían hecho, y se les acusó de haber enviado muy recientemente, repetidas veces, cartas llenas de calumnias y reproches, en su nombre, por todas las iglesias, y de haber perturbado a casi todas las iglesias, afirmaron que habían sido engañados, y que no sabían lo que contenían aquellas cartas; que solo por haber sido extraviados habían cometido actos cismáticos y habían sido autores de herejía, de modo que sufrieron que se le impusieran las manos como si fuera obispo. Y cuando estas y otras cosas les fueron imputadas, suplicaron que fueran abolidas y enteramente borradas de la memoria.

    Epístola 45, § 2

    2. Todo este asunto, pues, traído ante mí, decidí que se reuniera el presbiterio; (pues estaban presentes cinco obispos, que también están presentes hoy;) para que con maduro consejo se determinara con el consentimiento de todos lo que debía observarse respecto de sus personas. Y para que conozcas el sentir de todos y el consejo de cada uno, decidí también traer a tu conocimiento nuestras diversas opiniones, que leerás añadidas. Hechas estas cosas, Máximo, Urbano, Sidonio y varios hermanos que se les habían unido vinieron al presbiterio, deseando con encarecidas súplicas que lo hecho antes cayera en el olvido y no se hiciera mención de ello; y prometiendo que de allí en adelante, como si nada se hubiera hecho ni dicho, perdonadas todas las cosas de ambas partes, mostrarían ahora a Dios un corazón limpio y puro, siguiendo la palabra evangélica que dice: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios". Lo que restaba era que el pueblo fuera informado de todo este proceder, para que viera establecidos en la Iglesia a aquellos mismos a quienes por tanto tiempo habían visto y llorado como errantes y dispersos. Conocida su voluntad, se reunió una gran concurrencia de la fraternidad. Hubo una sola voz de todos, dando gracias a Dios; todos expresaban con lágrimas la alegría de su corazón, abrazándolos como si aquel día hubieran sido librados de la pena de la cárcel. Y para citar sus propias palabras: "Nosotros —dicen— sabemos que Cornelio es obispo de la santísima Iglesia Católica, elegido por Dios Todopoderoso y por Cristo nuestro Señor. Confesamos nuestro error; hemos sufrido impostura; fuimos engañados por la perfidia capciosa y la locuacidad. Pues aunque parecimos, por así decirlo, haber tenido una especie de comunión con un hombre cismático y hereje, sin embargo nuestra mente fue siempre sincera en la Iglesia. Pues no ignoramos que hay un solo Dios; un solo Cristo el Señor a quien hemos confesado, y un solo Espíritu Santo; y que en la Iglesia Católica debe haber un solo obispo". ¿No fuimos justamente movidos por aquella confesión suya a permitir que lo que habían confesado ante el poder del mundo lo aprobaran estando establecidos en la Iglesia? Por lo cual ordenamos a Máximo el presbítero que ocupara su propio lugar; a los demás los recibimos con gran aprobación del pueblo. Pero remitimos todas las cosas a Dios Todopoderoso, en cuyo poder todas las cosas están reservadas.

    Epístola 45, § 3

    3. Estas cosas, pues, hermano, escritas para ti en la misma hora, en el mismo momento, te las hemos transmitido; y he despachado al instante a Nicéforo el acólito, apresurándose a bajar para embarcar, para que, sin demora alguna, tú, como si hubieras estado presente entre aquel clero y en aquella asamblea del pueblo, dieras gracias a Dios Todopoderoso y a Cristo nuestro Señor. Pero creemos —más aún, lo confiamos con certeza— que también los demás que han sido arrastrados a este error volverán en breve a la Iglesia cuando vean a sus jefes obrando con nosotros. Pienso, hermano, que debes enviar estas cartas también a las demás iglesias, para que todos sepan que la astucia y la prevaricación de este cismático y hereje se reducen a nada de día en día. Adiós, hermano carísimo.

    Epístola 46. Respuesta de Cipriano a Cornelio, felicitándolo por el regreso de los confesores del cisma

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 46, argumento
    Argumento. Le felicita por el regreso de los confesores a la Iglesia, y le recuerda cuánto beneficia ese regreso a la Iglesia Católica.

    Epístola 46, § 1

    1. Cipriano a Cornelio, su hermano, salud. Declaro que he dado y doy sin cesar las mayores gracias, hermano carísimo, a Dios Padre Todopoderoso y a su Cristo, el Señor y nuestro Dios y Salvador, por que la Iglesia es así protegida divinamente, y su unidad y santidad no es corrompida continuamente ni del todo por la obstinación de la perfidia y de la malicia herética. Pues hemos leído tu carta y hemos recibido con exultación la mayor alegría por el cumplimiento de nuestro común deseo; a saber, que Máximo el presbítero y Urbano, los confesores, con Sidonio y Macario, han vuelto a entrar en la Iglesia Católica; es decir, que han dejado su error y han abandonado su locura cismática, más aún, herética, y han buscado de nuevo en la solidez de la fe el hogar de la unidad y de la verdad; que de donde habían salido para gloria, allí volvieran gloriosamente; y que los que habían confesado a Cristo no desertaran después del campamento de Cristo, y no tentaran la fe de su caridad y unidad quienes no habían sido vencidos en fortaleza y valor. He aquí la íntegra e inmaculada pureza de su alabanza; he aquí la incorrupta y sólida dignidad de estos confesores: que se han apartado de los desertores y fugitivos, que han dejado a los traidores de la fe y a los impugnadores de la Iglesia Católica. Con razón el pueblo y la fraternidad los recibieron cuando volvieron, como escribes, con la mayor alegría; puesto que en la gloria de los confesores que habían mantenido su gloria y vuelto a la unidad, no hay quien no se considere partícipe y copartícipe.

    Epístola 46, § 2

    2. Podemos estimar el gozo de aquel día por nuestros propios sentimientos. Pues si en este lugar toda la multitud de los hermanos se regocijó con tu carta que enviaste acerca de su confesión, y recibió esta noticia de común regocijo con la mayor presteza, ¿cuál no habrá sido el gozo allí cuando el hecho mismo, y la alegría general, se realizaba ante los ojos de todos? Pues ya que el Señor dice en su Evangelio que hay la mayor "alegría en el cielo por un solo pecador que hace penitencia", ¿cuánto mayor es el gozo en la tierra, no menos que en el cielo, por los confesores que vuelven con su gloria y con alabanza a la Iglesia de Dios, y abren camino de retorno para otros con la fe y la aprobación de su ejemplo? Pues este error había arrastrado a algunos de nuestros hermanos, de modo que pensaban que seguían la comunión de los confesores. Eliminado este error, la luz se infundió en los pechos de todos, y la Iglesia Católica se ha mostrado una, y que no puede ser cortada ni dividida. Ni puede ya nadie ser engañado fácilmente por las palabras habladoras de un cismático furioso, puesto que se ha probado que buenos y gloriosos soldados de Cristo no podían ser retenidos largo tiempo fuera de la Iglesia por el engaño y la perfidia de otros. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.

    Epístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 47, argumento
    Argumento. Cornelio da cuenta a Cipriano de la facción de Novaciano.

    Epístola 47

    Cornelio a Cipriano, su hermano, salud. Para que nada faltara al futuro castigo de este hombre desdichado, cuando fue derribado por los poderes de Dios, (tras la expulsión por ti de Máximo, Longino y Macqueo,) ha resucitado de nuevo; y, como indiqué en mi carta anterior que te envié por medio de Augendo el confesor, pienso que Nicóstrato, Novato, Evaristo, Primo y Dionisio han llegado ya allí. Por tanto, procúrese que se haga saber a todos nuestros coobispos y hermanos que Nicóstrato está acusado de muchos crímenes, y que no solo ha cometido fraudes y rapiñas contra su patrona secular, cuyos negocios administraba; sino que, además (lo que está reservado para él como castigo perpetuo), ha sustraído no pequeños depósitos de la Iglesia; que Evaristo ha sido autor de un cisma; y que Zeto ha sido nombrado obispo en su lugar, y su sucesor sobre el pueblo que antes él presidía. Pero maquinó cosas mayores y peores por su malicia e insaciable perversidad que las que entonces practicaba siempre entre su propio pueblo; para que sepas qué clase de jefes y protectores tuvo siempre unidos a su lado aquel cismático y hereje. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.
    Comentario editorial · Cornelio y Novaciano
    Tras más de un año sin obispo en Roma, el clero eligió en marzo de 251 a Cornelio, de línea moderada (Wikipedia). Novaciano, presbítero romano, sostenía que los caídos no podían ser perdonados por la Iglesia y fue consagrado obispo rival por quienes compartían su rigor. Cornelio contó con el apoyo de Cipriano y de la mayoría de los obispos africanos y orientales, y un sínodo de unos sesenta obispos excomulgó a Novaciano y a sus seguidores. La epístola 47 es la que Cornelio escribe a Cipriano sobre esa facción.

    Epístola 48. Respuesta de Cipriano a Cornelio, sobre los crímenes de Novato

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 48, argumento
    Argumento. Alaba a Cornelio por haberle advertido a tiempo, viendo que al día siguiente de llegar la facción culpable había recibido la carta de Cornelio. Luego describe por extenso los crímenes de Novato y el cisma que antes había suscitado en África.

    Epístola 48, § 1

    1. Cipriano a Cornelio, su hermano, salud. Has obrado, hermano carísimo, con diligencia y con amor, enviándonos aprisa a Nicéforo el acólito, quien nos contó la gloriosa alegría del regreso de los confesores y nos instruyó cumplidamente contra las nuevas y perniciosas maquinaciones de Novaciano y Novato para atacar a la Iglesia de Cristo. Pues el día antes había llegado aquí aquella facción perniciosa de malicia herética, ya perdida ella misma y dispuesta a arruinar a otros que se le unieran; al día siguiente llegó Nicéforo con tu carta. De la cual hemos aprendido nosotros mismos, y hemos comenzado a enseñar e instruir a otros, que Evaristo, de obispo, no ha quedado ahora ni siquiera laico; sino que, desterrado de la sede y del pueblo, y exiliado de la Iglesia de Cristo, vaga a lo lejos y a lo ancho por otras provincias, y, habiendo naufragado él mismo en la verdad y en la fe, prepara naufragios espantosos a algunos que son como él. Además, que Nicóstrato, habiendo perdido el diaconado de las sagradas administraciones, porque había sustraído el dinero de la Iglesia con fraude sacrílego y había negado los depósitos de las viudas y los huérfanos, no quiso tanto venir a África como escapar allí de la ciudad, por la conciencia de sus rapiñas y de sus espantosos crímenes. Y ahora, desertor y fugitivo de la Iglesia, como si cambiar de clima fuera cambiar de hombre, continúa jactándose y anunciándose como confesor, aunque él ya no puede ser ni llamarse confesor de Cristo quien ha negado la Iglesia de Cristo. Pues cuando el apóstol Pablo dice: "Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne. Gran misterio es este; pero yo lo digo respecto de Cristo y de la Iglesia"; — cuando, digo, el bienaventurado apóstol dice esto, y con su voz sagrada testifica la unidad de Cristo con la Iglesia, unidos entre sí con vínculos indivisibles, ¿cómo puede estar con Cristo quien no está con la esposa de Cristo, y en su Iglesia? ¿O cómo se arroga el encargo de regir o gobernar la Iglesia quien ha despojado y perjudicado a la Iglesia de Cristo?

    Epístola 48, § 2

    2. Pues acerca de Novato no era necesario que tú nos dijeras nada, puesto que más bien Novato debía ser mostrado por nosotros a ti: siempre ávido de novedades, furioso con la rapacidad de una avaricia insaciable, hinchado con la arrogancia y la estupidez de una soberbia creciente; siempre conocido con mala reputación por los obispos de allí; siempre condenado por la voz de todos los sacerdotes como hereje y hombre pérfido; siempre curioso para traicionar: adula para engañar, nunca fiel para amar; antorcha y fuego para avivar las llamas de la sedición; torbellino y tempestad para causar naufragios en la fe; enemigo de la quietud, adversario de la tranquilidad, enemigo de la paz. Finalmente, cuando Novato se retiró de allí, de entre vosotros, es decir, cuando la tormenta y el torbellino partieron, surgió en parte la calma, y los gloriosos y buenos confesores que por su instigación habían salido de la Iglesia, después de que él se retiró de la ciudad, volvieron a la Iglesia. Este es el mismo Novato que primero sembró entre nosotros las llamas de la discordia y del cisma; que separó del obispo a algunos de los hermanos de aquí; que, en la misma persecución, fue para nuestro pueblo como otra persecución, para derribar los ánimos de los hermanos. Él es quien, sin mi permiso ni conocimiento, por su propia facciosidad y ambición, nombró diácono a su allegado Felicísimo, y navegando con su propia tempestad también a Roma para derribar la Iglesia, se esforzó en hacer allí cosas semejantes e iguales, separando por la fuerza una parte del pueblo del clero, y dividiendo la concordia de la fraternidad que estaba firmemente unida y se amaba mutuamente. Puesto que Roma, por su grandeza, evidentemente debe preceder a Cartago, allí cometió crímenes aún mayores y más graves. Quien en un lugar había hecho un diácono contra la Iglesia, en el otro hizo un obispo. Ni se sorprenda nadie de esto en tales hombres. Los malvados son siempre arrebatados locamente por sus propias pasiones furiosas; y después de cometer crímenes, son agitados por la propia conciencia de una mente depravada. Ni pueden permanecer en la Iglesia de Dios los que no han mantenido su disciplina divina y eclesiástica, ni en la conducta de su vida ni en la paz de su carácter. Huérfanos despojados por él, viudas defraudadas, además dineros de la Iglesia retenidos, exigen de él aquellas penas que contemplamos infligidas en su locura. Su padre murió también de hambre en la calle, y después, aun en la muerte, no fue sepultado por él. El vientre de su mujer fue golpeado por un golpe de su talón; y en el aborto que siguió en breve, fue sacada la criatura, fruto del asesinato de un padre. ¿Y ahora se atreve a condenar las manos de los que sacrifican, cuando él mismo es más culpable en sus pies, por los cuales fue muerto el hijo que estaba a punto de nacer?

    Epístola 48, § 3

    3. Hace ya tiempo que temía esta conciencia de su crimen. Por esto consideraba como cierto que no solo sería expulsado del presbiterio, sino apartado de la comunión; y por la insistencia de los hermanos, se acercaba el día de la investigación, en el cual su causa debía ser tratada ante nosotros, si la persecución no lo hubiera impedido. Él, acogiendo esto con una especie de deseo de escapar y evadir la condenación, cometió todos estos crímenes y provocó todo este alboroto; de modo que el que debía ser arrojado y excluido de la Iglesia anticipó el juicio de los sacerdotes con una partida voluntaria, como si anticipar la sentencia hubiera sido escapar del castigo.

    Epístola 48, § 4

    4. Pero respecto a los demás hermanos, por quienes nos dolemos de que hayan sido engañados por él, trabajamos para que eviten la vecindad perniciosa del astuto impostor, para que escapen de las redes mortíferas de sus solicitaciones, para que busquen una vez más la Iglesia de la que él mereció ser expulsado por la autoridad divina. Tales, ciertamente, con la ayuda del Señor, confiamos que volverán por su misericordia, pues uno no puede perecer a menos que sea evidente que debe perecer, ya que el Señor dice en su Evangelio: "Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada". Solo aquel que no ha sido plantado en los preceptos y advertencias de Dios Padre puede apartarse de la Iglesia: solo aquel puede abandonar a los obispos y permanecer en su locura con cismáticos y herejes. Pero la misericordia de Dios Padre, y la indulgencia de Cristo nuestro Señor, y nuestra propia paciencia, unirán a los demás con nosotros. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.
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