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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)43 minPosición: 0% de esta parteParte 10 de 14 · Epístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispoPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 64, argumento
    Argumento. Cipriano advierte al obispo Rogaciano que refrene el orgullo del diácono que lo había provocado con sus insultos, y que lo obligue a arrepentirse de su osadía; aprovechando la ocasión para repetir una vez más cuanto ha dicho en la carta anterior acerca del poder sacerdotal o episcopal.

    Epístola 64, § 1

    1. Cipriano a su hermano Rogaciano, salud. Yo y mis colegas que estaban conmigo quedamos profunda y gravemente afligidos, hermano carísimo, al leer vuestra carta en la que os quejabais de vuestro diácono, de que, olvidado de vuestra condición sacerdotal y desmemoriado de su propio oficio y ministerio, os había provocado con sus insultos e injurias. Y ciertamente vos habéis obrado dignamente, y con vuestra acostumbrada humildad para con nosotros, al quejaros más bien de él ante nosotros; aunque tenéis poder, según el vigor del episcopado y la autoridad de vuestra Sede, por el cual podríais ejecutar justicia contra él de inmediato, asegurado de que todos nosotros, vuestros colegas, tendríamos por cosa digna de satisfacción cuanto hiciereis por vuestro poder sacerdotal respecto de un diácono insolente, como tenéis mandatos divinos respecto de hombres de esta clase. Puesto que el Señor Dios dice en el Deuteronomio: "Y el hombre que obre con presunción, y no obedeciere al sacerdote o al juez, quienquiera que sea en aquellos días, ese hombre morirá; y todo el pueblo, cuando lo oyere, temerá, y no obrará más impíamente". Y para que sepamos que esta voz de Dios salió con su verdadera y suma majestad para honrar y vengar a sus sacerdotes; cuando tres de los ministros, Coré, Datán y Abirón, osaron ensoberbecerse y alzar su cerviz contra el sacerdote Aarón, e igualarse con el sacerdote que estaba sobre ellos, fueron tragados y devorados por la abertura de la tierra, y así sufrieron de inmediato la pena de su sacrílega audacia. Ni ellos solos, sino también otros doscientos cincuenta, que eran sus compañeros en la osadía, fueron consumidos por un fuego que brotó del Señor, para que se probara que los sacerdotes de Dios son vengados por Aquel que hace a los sacerdotes. También en el libro de los Reyes, cuando el sacerdote Samuel fue despreciado por el pueblo judío a causa de su edad, como vos ahora, el Señor, airado, exclamó y dijo: "No te han rechazado a ti, sino que me han rechazado a mí". Y para vengar esto, puso sobre ellos a Saúl como rey, que los afligió con graves injurias, y pisoteó al pueblo, y abatió su soberbia con toda suerte de insultos y penas, para que el sacerdote despreciado fuera vengado por la venganza divina sobre un pueblo soberbio.

    Epístola 64, § 2

    2. Además también Salomón, establecido en el Espíritu Santo, atestigua y enseña cuál es la autoridad y el poder sacerdotal, diciendo: "Teme al Señor con toda tu alma, y reverencia a sus sacerdotes"; y de nuevo: "Honra a Dios con toda tu alma, y honra a sus sacerdotes". Teniendo presentes estos preceptos, el bienaventurado apóstol Pablo, según lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles, cuando se le dijo: "¿Así injurias al sumo sacerdote de Dios?", respondió y dijo: "No sabía, hermanos, que fuera el sumo sacerdote; porque está escrito: No hablarás mal del príncipe de tu pueblo". Además, nuestro Señor Jesucristo mismo, nuestro Rey, y Juez, y Dios, hasta el mismo día de su pasión guardó el honor debido a los sacerdotes y sumos sacerdotes, aunque ellos no guardaban ni el temor de Dios ni el reconocimiento de Cristo. Pues cuando hubo limpiado al leproso, le dijo: "Ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece la ofrenda". Con aquella humildad que nos enseñaba a ser humildes, llamaba aún sacerdote a quien sabía sacrílego; también bajo el mismo aguijón de su pasión, cuando recibió una bofetada, y se le dijo: "¿Así respondes al sumo sacerdote?", no dijo nada injurioso contra la persona del sumo sacerdote, sino que más bien mantuvo su propia inocencia diciendo: "Si he hablado mal, da testimonio del mal; pero si bien, ¿por qué me hieres?". Todas las cuales cosas fueron hechas por Él humilde y pacientemente, para que tuviéramos ejemplo de humildad y paciencia; pues enseñó que los verdaderos sacerdotes debían ser honrados legítima y plenamente, mostrándose tal como era respecto de los falsos sacerdotes.

    Epístola 64, § 3

    3. Pero los diáconos deben recordar que el Señor eligió a los apóstoles, esto es, a los obispos y superintendentes; mientras que los apóstoles se nombraron diáconos después de la ascensión del Señor al cielo, como ministros de su episcopado y de la Iglesia. Pero si nosotros podemos atrevernos a algo contra Dios, que hace a los obispos, los diáconos también pueden atreverse contra nosotros, por quienes son hechos; y por tanto conviene que el diácono del que escribís se arrepienta de su audacia, y reconozca el honor del sacerdote, y satisfaga al obispo que está sobre él con plena humildad. Porque estas cosas son los comienzos de los herejes, y los orígenes y afanes de los cismáticos de mala intención: complacerse a sí mismos, y con hinchada soberbia despreciar al que está sobre ellos. Así se apartan de la Iglesia; así se erige fuera un altar profano; así se rebelan contra la paz de Cristo, y contra la ordenación y la unidad de Dios. Pero si, además, él os hostigare y provocare con sus insultos, debéis ejercer contra él el poder de vuestra dignidad, deponiéndolo o excomulgándolo. Pues si el apóstol Pablo, escribiendo a Timoteo, dijo: "Nadie tenga en poco tu juventud", , ¿cuánto más bien debe decirse a vos por vuestros colegas: Nadie tenga en poco tu ancianidad? Y puesto que habéis escrito que uno se ha asociado con ese mismo diácono vuestro, y es partícipe de su soberbia y osadía, podéis también reprimirlo o excomulgarlo, y a cualesquiera otros que aparezcan de semejante disposición y obren contra el sacerdote de Dios. A menos que, como exhortamos y aconsejamos, prefieran reconocer que han pecado y hacer satisfacción, y nos permitan mantener nuestro propósito; pues más bien pedimos y deseamos vencer los reproches e injurias de los individuos por la clemencia y la paciencia, que castigarlos por nuestro poder sacerdotal. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermano carísimo.

    Epístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 65, argumento
    Argumento. Por cuanto, contra la decisión de un concilio de obispos, Geminio Víctor había nombrado en su testamento a Geminio Faustino, presbítero, como su tutor o curador, prohíbe que se haga ofrenda por él, o que se celebre el sacrificio por su descanso, infiriendo de paso, por el ejemplo de la tribu levítica, que los clérigos no deben mezclarse en cuidados seculares.

    Epístola 65, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros, y diáconos, y pueblo que moran en Furni, salud. Yo y mis colegas que estaban conmigo quedamos grandemente perturbados, hermanos carísimos, así como también nuestros copresbíteros que se sentaban con nosotros, cuando se nos hizo saber que Geminio Víctor, hermano nuestro, al partir de esta vida, había nombrado albacea de su testamento al presbítero Geminio Faustino, aunque mucho antes se había decretado, en un concilio de los obispos, que nadie nombrara por su testamento a ningún clérigo y ministro de Dios como albacea o tutor, pues todo aquel que es honrado con el divino sacerdocio, y ordenado en el servicio clerical, debe servir solo al altar y a los sacrificios, y tener tiempo para oraciones y súplicas. Porque está escrito: "Ningún hombre que milita para Dios se enreda en los asuntos de esta vida, a fin de agradar a Aquel a quien se ha consagrado". Si esto se dice de todos los hombres, ¡cuánto más no deben ser atados por las ansiedades y enredos del mundo aquellos que, ocupados en las cosas divinas y espirituales, no pueden apartarse de la Iglesia, y tener tiempo para los asuntos terrenos y seculares! Cuya forma de ordenación y compromiso observaron antiguamente los levitas bajo la ley, de modo que cuando las once tribus repartieron la tierra y compartieron las posesiones, la tribu levítica, que quedó libre para el templo y el altar, y para los ministerios divinos, nada recibió de aquella porción de la división; sino que mientras otros cultivaban la tierra, aquella porción cultivaba solo el favor de Dios, y recibía de las once tribus los diezmos de los frutos que crecían, para su alimento y sustento. Todo lo cual se hizo por autoridad y disposición divinas, para que los que atendían a los servicios divinos en nada fueran apartados, ni obligados a considerar o tramitar asuntos seculares. Cuyo plan y regla se mantiene ahora respecto del clero, para que los que son promovidos por la ordenación clerical en la Iglesia del Señor en nada sean apartados de la administración divina, ni atados por ansiedades y asuntos mundanos; sino que, en honor de los hermanos que contribuyen, recibiendo como diezmos de los frutos, no se aparten de los altares y sacrificios, sino que sirvan día y noche en las cosas celestiales y espirituales.

    Epístola 65, § 2

    2. Los obispos, predecesores nuestros, considerando esto religiosamente, y proveyendo saludablemente, decidieron que ningún hermano al partir nombrara a un clérigo como albacea o tutor; y si alguno lo hiciere, no se haga ofrenda por él, ni se celebre sacrificio alguno por su descanso. Porque no merece ser nombrado en el altar de Dios en la oración de los sacerdotes quien ha querido apartar del altar a los sacerdotes y ministros. Y por tanto, puesto que Víctor, contra la regla recientemente dada en concilio por los sacerdotes, se ha atrevido a nombrar a Geminio Faustino, presbítero, como su albacea, no se permite que por vosotros se haga ofrenda alguna por su descanso, ni oración alguna en la iglesia en su nombre, de modo que el decreto de los sacerdotes, hecho religiosa y necesariamente, sea guardado por nosotros; y, al mismo tiempo, se dé ejemplo a los demás hermanos, de que nadie aparte hacia las ansiedades seculares a los sacerdotes y ministros de Dios que están ocupados en el servicio de su altar y de su Iglesia. Pues probablemente se cuidará en el tiempo venidero de que esto no suceda más respecto de la persona de los clérigos, si lo que ahora se ha hecho ha sido castigado. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos carísimos.

    Epístola 66. Al padre Esteban, sobre Marciano de Arlés, que se había unido a Novaciano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 66, argumento
    Argumento. Como Marciano, obispo de Arlés, al seguir la secta de Novaciano, había seducido a muchos, y por su cisma se había separado de la comunión de los demás obispos, Cipriano advierte a Esteban que, anunciando la excomunión del culpable, tanto por Roma como por Cartago, permita a la iglesia de Arlés elegir a otro en su lugar; y que así se conceda la paz, tanto a los caídos como a los seducidos por él, tras su penitencia, y se les conceda el retorno a la Iglesia.

    Epístola 66, § 1

    1. Cipriano a su hermano Esteban, salud. Faustino, colega nuestro, que mora en Lyon, me ha escrito una y otra vez, hermano carísimo, informándome de aquellas cosas que ciertamente sé que os han sido dichas a vos, tanto por él como por otros colegas nuestros obispos establecidos en la misma provincia: que Marciano, que mora en Arlés, se ha asociado con Novaciano, y se ha apartado de la unidad de la Iglesia católica, y del acuerdo de nuestro cuerpo y sacerdocio, sosteniendo aquella extremada depravación de la presunción herética, de que los consuelos y auxilios del amor divino y de la ternura paternal están cerrados a los siervos de Dios que se arrepienten, y lloran, y llaman a la puerta de la Iglesia con lágrimas, gemidos y dolor; y que los heridos no son admitidos para el alivio de sus heridas, sino que, abandonados sin esperanza de paz y de comunión, deben ser arrojados para convertirse en presa de los lobos y botín del diablo; cuyo asunto, hermano carísimo, es nuestro deber aconsejar y ayudar, puesto que nosotros, que consideramos la clemencia divina, y mantenemos la balanza al gobernar la Iglesia, exhibimos así la reprensión del vigor a los pecadores de tal manera que, no obstante, no rehusamos la medicina de la bondad y misericordia divinas para levantar a los caídos y curar a los heridos.

    Epístola 66, § 2

    2. Por lo cual os conviene escribir una carta muy copiosa a nuestros colegas obispos establecidos en la Galia, para no sufrir por más tiempo que Marciano, perverso y soberbio, y hostil a la misericordia divina y a la salvación de la fraternidad, insulte a nuestra asamblea, porque no parece aún estar excomulgado por nosotros; en que ya desde hace mucho tiempo se jacta y anuncia que, adhiriéndose a Novaciano, y siguiendo su perversidad, se ha separado de nuestra comunión; aunque el mismo Novaciano, a quien sigue, ha sido antes excomulgado, y juzgado enemigo de la Iglesia; y cuando envió embajadores a nosotros a África, pidiendo ser recibido en nuestra comunión, recibió de vuelta palabra de un concilio de varios sacerdotes que estábamos aquí presentes, de que él mismo se había excluido, y no podía ser recibido en comunión por ninguno de nosotros, puesto que había intentado erigir un altar profano, y levantar un trono adúltero, y ofrecer sacrificios sacrílegos opuestos al verdadero sacerdote; mientras que el obispo Cornelio fue ordenado en la Iglesia católica por el juicio de Dios, y por los sufragios del clero y del pueblo. Por tanto, si estuviese dispuesto a volver a un recto entender, y a entrar en sí, debería arrepentirse y volver a la Iglesia como suplicante. ¡Cuán vano es, hermano carísimo, cuando Novaciano ha sido últimamente rechazado y reprobado, y excomulgado por los sacerdotes de Dios en todo el mundo, que nosotros todavía suframos que sus aduladores se burlen de nosotros, y juzguen de la majestad y dignidad de la Iglesia!

    Epístola 66, § 3

    3. Diríjanse cartas por vos a la provincia y al pueblo que mora en Arlés, por las cuales, excomulgado Marciano, se sustituya a otro en su lugar, y la grey de Cristo, que aún hasta hoy es despreciada como dispersa y herida por él, pueda ser congregada. Baste que muchos de nuestros hermanos hayan partido en estos últimos años en aquellas partes sin paz; y ciertamente sean ayudados los restantes que permanecen, que gimen día y noche, y, suplicando la misericordia divina y paterna, imploran el consuelo de nuestro socorro. Pues, por esta razón, hermano carísimo, el cuerpo de los sacerdotes es abundantemente grande, unido por el vínculo de la concordia mutua y por el lazo de la unidad; para que si alguno de nuestro colegio intentara originar herejía, y lacerar y asolar la grey de Cristo, otros puedan ayudar, y, por así decir, como pastores útiles y misericordiosos, congregar las ovejas del Señor en el rebaño. Pues ¿qué si algún puerto en el mar comenzara a ser dañino y peligroso para las naves, por la rotura de sus defensas? ¿No dirigen los navegantes sus naves a otros puertos vecinos donde hay una entrada segura y practicable, y una estación segura? O si, en el camino, alguna posada comenzara a estar asediada y ocupada por ladrones, de modo que quien entrare fuese atrapado por el ataque de los que allí acechan; ¿no buscan los viajeros, tan pronto como se descubre su índole, otras casas de hospedaje en el camino, que sean más seguras, donde el alojamiento sea digno de confianza, y las posadas seguras para los viajeros? Y esto debe ser ahora el caso con nosotros, hermano carísimo, que debemos recibir con pronta y bondadosa humanidad a nuestros hermanos que, sacudidos en las rocas de Marciano, buscan los puertos seguros de la Iglesia; y que ofrezcamos a los viajeros un lugar de hospedaje tal como aquel del Evangelio, en el cual los heridos y mutilados por ladrones puedan ser recibidos y cuidados, y protegidos por el posadero.

    Epístola 66, § 4

    4. Pues ¿qué cuidado mayor o más digno de los superintendentes que proveer con diligente solicitud y saludable medicina al cuidado y preservación de las ovejas? Ya que el Señor habla, y dice: "No fortalecisteis a la enferma, ni curasteis a la que estaba enferma, ni vendasteis a la que estaba quebrada, ni volvisteis a traer a la descarriada, ni buscasteis a la perdida. Y mis ovejas se dispersaron porque no hay pastor; y fueron hechas carne para todas las bestias del campo, y nadie las buscó ni fue tras ellas. Por tanto, así dice el Señor: He aquí, yo estoy contra los pastores, y demandaré mi rebaño de sus manos, y haré que cesen de apacentar el rebaño; ni lo apacentarán más: porque yo libraré de su boca, y yo las apacentaré con juicio". Puesto que, por tanto, el Señor amenaza así a tales pastores por quienes las ovejas del Señor son descuidadas y perecen, ¿qué otra cosa debemos hacer, hermano carísimo, sino mostrar plena diligencia en congregar y restaurar las ovejas de Cristo, y aplicar la medicina de la afección paternal para curar las heridas de los caídos, ya que el Señor también en el Evangelio advierte, y dice: "Los que están sanos no necesitan médico, sino los que están enfermos"? Pues aunque somos muchos pastores, no obstante apacentamos un solo rebaño, y debemos congregar y cuidar todas las ovejas que Cristo buscó con su sangre y pasión; ni debemos sufrir que nuestros hermanos suplicantes y llorosos sean cruelmente despreciados y pisoteados por la soberbia presunción de algunos, puesto que está escrito: "Pero el hombre orgulloso y jactancioso nada en absoluto llevará a perfección, que ha ensanchado su alma como el infierno". Y el Señor, en su Evangelio, reprende y condena a los hombres de esa clase, diciendo: "Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones: porque lo que entre los hombres es tenido en alta estima es abominación a los ojos de Dios". Dice que son execrables y detestables los que se complacen a sí mismos, los que, hinchados e inflados, se atribuyen arrogantemente algo. Puesto que, entonces, Marciano ha comenzado a ser de estos, y, aliándose con Novaciano, se ha presentado como adversario de la misericordia y del amor, no pronuncie sentencia, sino recíbala; y no obre como si él mismo hubiera de juzgar al colegio de los sacerdotes, ya que él mismo es juzgado por todos los sacerdotes.

    Epístola 66, § 5

    5. Pues el glorioso honor de nuestros predecesores, los bienaventurados mártires Cornelio y Lucio, debe ser mantenido, y cuya memoria nosotros honramos, mucho más debéis vos, hermano carísimo, honrarla y guardarla con vuestro peso y autoridad, ya que os habéis convertido en su vicario y sucesor. Porque ellos, llenos del Espíritu de Dios, y confirmados en un glorioso martirio, juzgaron que la paz debía ser concedida a los caídos, y que, cumplida la penitencia, no había de negarse el premio de la paz y de la comunión; y esto atestiguaron con sus cartas, y todos nosotros en todas partes y enteramente hemos juzgado lo mismo. Pues no podía haber entre nosotros un sentimiento diverso en quienes había un solo espíritu; y por tanto es manifiesto que no posee la verdad del Espíritu Santo con los demás aquel a quien observamos pensar de manera diferente. Hacednos saber claramente quién ha sido sustituido en Arlés en lugar de Marciano, para que sepamos a quién dirigir a nuestros hermanos, y a quién debemos escribir. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermano carísimo.

    Epístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 67, argumento
    Argumento. Basílides y Marcial, obispos, habiendo caído y habiéndose contaminado con los certificados de idolatría, Cipriano, con sus colegas obispos, alaba al clero y al pueblo de España por haber sustituido en su lugar, mediante elección legítima, a Sabino y Félix; especialmente porque, según la decisión de Cornelio y sus colegas, los obispos caídos podían ciertamente ser recibidos a penitencia, pero se les prohibía el honor sacerdotal. Además, alude de paso a ciertas cuestiones sobre el antiguo rito de la elección episcopal. El contexto indica que esto fue escrito durante el episcopado de Esteban.

    Epístola 67, § 1

    Cipriano, Cecilio, Primo, Policarpo, Nicomedes, Luciliano, Suceso, Sedato, Fortunato, Januario, Secundino, Pomponio, Honorato, Víctor, Aurelio, Sattius, Pedro, otro Januario, Saturnino, otro Aurelio, Venancio, Quieto, Rogaciano, Tenax, Félix, Faustino, Quinto, otro Saturnino, Lucio, Vicente, Liboso, Geminio, Marcelo, Yambo, Adelfio, Victorico y Pablo, a Félix el presbítero y a los pueblos que moran en Legio y Astúrica; también a Lelio el diácono y al pueblo que mora en Emérita, hermanos en el Señor, salud. Habiéndonos reunido, hermanos carísimos, leímos vuestras cartas, que conforme a la integridad de vuestra fe y vuestro temor de Dios nos escribisteis por medio de Félix y Sabino, nuestros colegas obispos, manifestando que Basílides y Marcial, manchados con los certificados de idolatría y atados por la conciencia de crímenes perversos, no debían ocupar el episcopado ni administrar el sacerdocio de Dios; y deseabais que se os escribiera de nuevo una respuesta acerca de estas cosas, y que vuestra solicitud, no menos justa que necesaria, fuera aliviada ya por el consuelo, ya por la ayuda de nuestro juicio. Sin embargo, a este deseo vuestro responden no tanto nuestros consejos como los divinos preceptos, en los cuales desde hace tiempo está mandado por la voz del Cielo y prescrito por la ley de Dios quiénes y qué clase de personas deben servir al altar y celebrar los divinos sacrificios. Pues en el Éxodo habla Dios a Moisés y le advierte, diciendo: "Santifíquense los sacerdotes que se acercan al Señor Dios, no sea que el Señor los abandone". Y de nuevo: "Y cuando se acerquen al altar del Santo para ministrar, no traerán pecado sobre sí, no sea que mueran". También en el Levítico manda el Señor y dice: "Quien tuviere en sí alguna mancha o defecto, no se acercará a ofrecer dones a Dios".

    Epístola 67, § 2

    2. Puesto que estas cosas se nos anuncian y se nos hacen claras, es necesario que nuestra obediencia se someta a los divinos preceptos; ni en asuntos de esta clase puede la indulgencia humana aceptar la persona de ningún hombre ni conceder nada a nadie, cuando la prescripción divina ha intervenido y establece una ley. Pues no debemos olvidar lo que el Señor habló a los judíos por medio del profeta Isaías, reprendiéndolos e indignado de que hubieran despreciado los divinos preceptos y seguido doctrinas humanas. "Este pueblo", dice, "me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí; en vano me rinden culto, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres". Esto también lo repite el Señor en el Evangelio, y dice: "Desecháis el mandamiento de Dios para establecer vuestra propia tradición". Teniendo estas cosas ante los ojos, y considerándolas con solicitud y religiosamente, debemos en las ordenaciones de los sacerdotes elegir únicamente ministros sin mancha y rectos, los cuales, ofreciendo santa y dignamente sacrificios a Dios, puedan ser escuchados en las oraciones que hacen por la salvación del pueblo del Señor, puesto que está escrito: "Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es adorador de Dios y hace su voluntad, a ese oye". Por lo cual es conveniente que, con toda diligencia e investigación sincera, sean elegidos para el sacerdocio de Dios aquellos de quienes es manifiesto que Dios oirá.

    Epístola 67, § 3

    3. Ni se jacte el pueblo de poder estar libre del contagio del pecado mientras comulga con un sacerdote pecador y presta su consentimiento al injusto e ilícito episcopado de su prelado, cuando la divina reprensión por medio del profeta Oseas amenaza y dice: "Sus sacrificios serán como pan de duelo; todos los que coman de él quedarán contaminados"; enseñando manifiestamente y mostrando que todos quedan absolutamente atados al pecado quienes han sido contaminados por el sacrificio de un sacerdote profano e injusto. Lo cual, además, encontramos manifestado también en Números, cuando Coré, Datán y Abirón reclamaron para sí el poder de sacrificar en oposición al sacerdote Aarón. Allí también mandó el Señor por medio de Moisés que el pueblo se apartara de ellos, no sea que, asociados con los malvados, ellos mismos quedaran también estrechamente ligados en la misma maldad. "Apartaos", dijo, "de las tiendas de estos hombres malvados y endurecidos, y no toquéis lo que les pertenece, no sea que perezcáis juntamente en sus pecados". Por lo cual, un pueblo obediente a los preceptos del Señor y temeroso de Dios debe apartarse de un prelado pecador y no asociarse a los sacrificios de un sacerdote sacrílego, especialmente porque ellos mismos tienen el poder de elegir sacerdotes dignos o de rechazar a los indignos.

    Epístola 67, § 4

    4. Y esto mismo observamos también que proviene de la autoridad divina: que el sacerdote sea elegido en presencia del pueblo, a la vista de todos, y sea aprobado como digno e idóneo por el juicio y el testimonio públicos; como en el libro de los Números mandó el Señor a Moisés, diciendo: "Toma a Aarón tu hermano y a Eleazar su hijo, y ponlos en el monte, en presencia de toda la asamblea; y despoja a Aarón de sus vestiduras, y pónselas a Eleazar su hijo; y muera allí Aarón, y sea reunido a su pueblo". Manda Dios que un sacerdote sea constituido en presencia de toda la asamblea; es decir, instruye y muestra que la ordenación de los sacerdotes no debe solemnizarse sino con conocimiento del pueblo que está presente, para que en presencia del pueblo se descubran los crímenes de los malos o se declaren los méritos de los buenos, y la ordenación, examinada por el sufragio y el juicio de todos, sea justa y legítima. Y esto se observa después, según la divina instrucción, en los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro habla al pueblo de ordenar a un apóstol en lugar de Judas. "Pedro", dice, "se levantó en medio de los discípulos, y la multitud estaba reunida en un mismo lugar". Y no observamos que esto fuera tenido en cuenta por los apóstoles solo en las ordenaciones de obispos y sacerdotes, sino también en las de diáconos; de lo cual también está escrito en sus Hechos: "Y los doce", dice, "convocaron a toda la congregación de los discípulos, y les dijeron"; lo cual se hizo con tanta diligencia y cuidado, convocando a todo el pueblo, ciertamente por esta razón: para que ninguna persona indigna se introdujera en el ministerio del altar o en el oficio de sacerdote. Pues que a veces son ordenadas personas indignas, no según la voluntad de Dios, sino según la presunción humana, y que desagradan a Dios las cosas que no provienen de una ordenación legítima y justa, lo manifiesta Dios mismo por medio del profeta Oseas, diciendo: "Se han establecido un rey, pero no por mí".

    Epístola 67, § 5

    5. Por lo cual debéis observar y guardar diligentemente la práctica transmitida por la divina tradición y la observancia apostólica, que también se mantiene entre nosotros y casi en todas las provincias: que para la debida celebración de las ordenaciones se reúnan con aquel pueblo para el cual se ordena un prelado todos los obispos vecinos de la misma provincia. Y el obispo debe ser elegido en presencia del pueblo, el cual conoce plenísimamente la vida de cada uno y ha examinado las acciones de cada uno en lo que respecta a su conducta habitual. Y esto también, lo vemos, fue hecho por vosotros en la ordenación de nuestro colega Sabino; de modo que, por el sufragio de toda la fraternidad y por la sentencia de los obispos que se habían reunido en su presencia y que os habían escrito cartas acerca de él, se le confirió el episcopado y se le impusieron las manos en lugar de Basílides. Ni puede anular una ordenación rectamente realizada el que Basílides, después del descubrimiento de sus crímenes y de desnudar su conciencia aun por su propia confesión, fuera a Roma y engañara a Esteban, nuestro colega, situado a distancia e ignorante de lo hecho y de la verdad, para solicitar ser restituido injustamente en el episcopado del cual había sido depuesto justamente. El resultado de esto es que los pecados de Basílides no se anulan sino que se agravan, en cuanto a sus anteriores pecados ha añadido también el crimen del engaño y de la superchería. Pues no es tanto de culpar el que por inadvertencia ha sido sorprendido por el fraude, como ha de ser execrado el que fraudulentamente lo ha sorprendido. Pero si Basílides pudo engañar a los hombres, no puede engañar a Dios, puesto que está escrito: "Dios no puede ser burlado". Pero tampoco puede el engaño aprovechar a Marcial, de modo que quien también está envuelto en grandes crímenes retenga su obispado, pues el apóstol advierte también y dice: "El obispo debe ser irreprensible, como administrador de Dios".

    Epístola 67, § 6

    6. Por lo cual, puesto que, como habéis escrito, hermanos carísimos, y como afirman Félix y Sabino, nuestros colegas, y como manifiesta en su carta otro Félix de César Augusta, mantenedor de la fe y defensor de la verdad, Basílides y Marcial han sido contaminados por el abominable certificado de idolatría; y Basílides, además, fuera de la mancha del certificado, cuando estaba postrado por la enfermedad, blasfemó contra Dios, y confesó que había blasfemado; y por la herida de su propia conciencia, deponiendo voluntariamente su episcopado, se volvió a la penitencia, suplicando a Dios, y considerándose suficientemente dichoso si se le permitiera comulgar aun como simple laico: Marcial asimismo, además de la larga asistencia a los vergonzosos y sucios banquetes de los gentiles en su colegio, y de colocar a sus hijos en el mismo colegio, a la manera de las naciones extranjeras, entre sepulcros profanos, y de enterrarlos junto con extraños, ha afirmado también, por actas levantadas públicamente ante un procurador ducenario, que se había entregado a la idolatría y que había negado a Cristo; y como hay muchos otros y graves crímenes en los que se tiene por implicados a Basílides y a Marcial, tales personas intentan en vano reclamar para sí el episcopado; pues es evidente que hombres de esa clase no pueden gobernar la Iglesia de Cristo ni deben ofrecer sacrificios a Dios, especialmente porque también Cornelio, nuestro colega, sacerdote pacífico y justo, y además honrado por la condescendencia del Señor con el martirio, decretó hace tiempo con nosotros y con todos los obispos constituidos en todo el mundo, que hombres de esta clase podían ciertamente ser admitidos a penitencia, pero se les prohibía la ordenación del clero y el honor sacerdotal.

    Epístola 67, § 7

    7. Ni os turbe, hermanos carísimos, si en algunos, en estos últimos tiempos, vacila una fe incierta, o titubea un temor de Dios sin religión, o no continúa una concordia pacífica. Estas cosas han sido predichas como que habían de acontecer al fin del mundo; y fue profetizado por la voz del Señor y por el testimonio de los apóstoles, que ahora que el mundo declina y el Anticristo se acerca, todo lo bueno faltará, pero las cosas malas y adversas prosperarán.

    Epístola 67, § 8

    8. Y aunque en estos últimos tiempos no ha faltado de tal modo en la Iglesia de Dios el rigor evangélico, ni ha languidecido tanto la fuerza de la virtud o de la fe cristiana, que no quede una porción de los sacerdotes que de ningún modo cede ante estas ruinas de las cosas y naufragios de la fe; sino que, audaces y firmes, mantienen el honor de la divina majestad y la dignidad sacerdotal, con plena observancia del temor. Recordamos y tenemos presente que, aunque otros sucumbieron y cedieron, Matatías defendió valientemente la ley de Dios; que Elías, cuando los judíos cedieron y se apartaron de la religión divina, se mantuvo firme y contendió noblemente; que Daniel, no atemorizado ni por la soledad de un país extranjero ni por el acoso de una persecución continua, sufrió frecuente y gloriosamente martirios; y que los tres jóvenes, no vencidos ni por sus tiernos años ni por las amenazas, se mantuvieron fielmente firmes contra los fuegos babilónicos, y vencieron al rey vencedor aun en su misma cautividad. Vea el número de los prevaricadores o de los traidores, que ahora han comenzado a levantarse en la Iglesia contra la Iglesia, y a corromper tanto la fe como la verdad. Entre muchísimos permanece todavía una mente sincera y una religión sólida, y un espíritu entregado a nada sino al Señor y a su Dios. Ni la perfidia de otros hunde la fe cristiana en la ruina, sino que más bien la estimula y la exalta a la gloria, conforme a lo que el bienaventurado apóstol Pablo exhorta y dice: "Pues ¿qué, si algunos de estos han caído de su fe? ¿Acaso su incredulidad ha anulado la fe de Dios? De ningún modo. Porque Dios es veraz, y todo hombre mentiroso". Pero si todo hombre es mentiroso, y solo Dios veraz, ¿qué otra cosa debemos hacer nosotros, los siervos de Dios, y especialmente los sacerdotes, sino abandonar los errores y las mentiras humanos y continuar en la verdad de Dios, guardando los preceptos del Señor?

    Epístola 67, § 9

    9. Por lo cual, aunque se hayan hallado entre nuestros colegas, hermanos carísimos, algunos que piensan que la disciplina divina puede ser descuidada, y que temerariamente mantienen comunión con Basílides y Marcial, cosa de este género no debe turbar nuestra fe, pues el Espíritu Santo amenaza a tales en los Salmos, diciendo: "Pero tú aborreces la instrucción y echas mis palabras tras de ti: cuando veías a un ladrón, consentías con él, y has sido partícipe con los adúlteros". Muestra que se hacen partícipes y copartícipes de los pecados de otros hombres los que se asocian con los delincuentes. Y además, el apóstol Pablo escribe y dice lo mismo: "Murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, jactanciosos, inventores de cosas malas; los cuales, aunque conocían el juicio de Dios, no entendieron que los que cometen tales cosas son dignos de muerte; no solo los que las cometen, sino también los que consienten a quienes las hacen". Pues, dice, los que hacen tales cosas son dignos de muerte; manifiesta y prueba que no solo son dignos de muerte y llegan al castigo los que hacen cosas malas, sino también los que consienten a quienes hacen tales cosas; los cuales, mientras se mezclan en comunión ilícita con los malos y pecadores, y con los impenitentes, quedan contaminados por el contacto de los culpables, y, estando unidos en la culpa, no quedan separados de su pena. Por lo cual no solo aprobamos, sino que aplaudimos, hermanos carísimos, la religiosa solicitud de vuestra integridad y de vuestra fe, y os exhortamos cuanto podemos por nuestras cartas a no mezclaros en sacrílega comunión con sacerdotes profanos y contaminados, sino a mantener la sana y sincera constancia de vuestra fe con religioso temor. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos carísimos.
    Comentario editorial · Dos obispos caídos en España
    La carta se dirige a Félix y a los pueblos de León, Astorga y Mérida (las notas del ANF identifican así los topónimos latinos). Basílides y Marcial, obispos, habían caído y se habían contaminado con certificados de idolatría. Según el Argumento, Cipriano y sus colegas alaban a los fieles por haber puesto a otros obispos en su lugar con elección legítima, pues, según lo decidido por Cornelio y sus colegas, los obispos caídos podían ser recibidos a penitencia pero no al honor sacerdotal. Wikipedia añade que el papa Esteban insistió en restituir a los obispos de León y Astorga, ya arrepentidos. El Argumento observa que el contexto indica que la carta es de la época del episcopado de Esteban.

    Epístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 68, argumento
    Argumento. Cipriano se justifica ante Florencio Pupiano de varios crímenes de los que es acusado por él; y arguye la ligereza de su mente, por haber confiado tan precipitadamente en los calumniadores.

    Epístola 68, § 1

    1. Cipriano, llamado también Tascio, a Florencio, llamado también Pupiano, su hermano, salud. Había creído, hermano, que por fin te habías vuelto a la penitencia, por haber oído o creído en otro tiempo, temerariamente, cosas tan malvadas, tan vergonzosas, tan execrables aun entre los gentiles, acerca de mí. Pero aun ahora en tu carta advierto que sigues siendo el mismo de antes, que crees las mismas cosas de mí y que persistes en lo que creíste, y que, no sea que acaso la dignidad de tu eminencia y de tu martirio se manche por la comunión conmigo, indagas con cuidado mi conducta; y que, después de Dios, el Juez que hace a los sacerdotes, quieres juzgar —no diré de mí, porque ¿qué soy yo?—, sino el juicio de Dios y de Cristo. Esto no es creer en Dios; esto es alzarse como rebelde contra Cristo y su Evangelio; de modo que, aunque Él dice: "¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y ni uno de ellos cae a tierra sin la voluntad de mi Padre" (), y su majestad y su verdad prueban que aun las cosas de poca importancia no se hacen sin el conocimiento y el permiso de Dios, tú piensas que los sacerdotes de Dios son ordenados en la Iglesia sin su conocimiento. Pues creer que los que son ordenados son indignos e impuros, ¿qué otra cosa es sino creer que sus sacerdotes no son nombrados en la Iglesia por Dios, ni por medio de Dios?

    Epístola 68, § 2

    2. ¿Piensas que mi testimonio acerca de mí mismo es mejor que el de Dios? Cuando el Señor mismo enseña, y dice que el testimonio no es verdadero, si alguno se presenta como testigo de sí mismo, porque ciertamente cada uno se favorecería a sí mismo. Y nadie presentaría cosas perjudiciales y adversas contra sí mismo, sino que puede haber una simple confianza en la verdad si, en lo que se anuncia de nosotros, otro es el anunciador y testigo. "Si yo doy testimonio de mí mismo —dice—, mi testimonio no es verdadero; pero hay otro que da testimonio de mí" (). Pero si el Señor mismo, que pronto ha de juzgar todas las cosas, no quiso ser creído por su propio testimonio, sino que prefirió ser aprobado por el juicio y el testimonio de Dios Padre, ¿cuánto más conviene que sus siervos observen esto, los cuales no solo son aprobados, sino que incluso se glorían en el juicio y el testimonio de Dios! Pero contigo ha prevalecido la invención de hombres hostiles y malignos contra el decreto divino y contra nuestra conciencia, que descansa en la fuerza de su fe, como si entre los caídos y profanos puestos fuera de la Iglesia, de cuyos pechos se ha retirado el Espíritu Santo, pudiera haber otra cosa que una mente depravada y una lengua engañosa, odio venenoso y mentiras sacrílegas; cosas que quien cree, necesariamente tendrá que ser hallado con ellos cuando venga el día del juicio.

    Epístola 68, § 3

    3. Pero en cuanto a lo que has dicho, que los sacerdotes deben ser humildes, porque tanto el Señor como sus apóstoles fueron humildes, todos saben y aman mi humildad, así los hermanos como los gentiles; y tú también la conocías y la amabas mientras estabas aún en la Iglesia y estabas en comunión conmigo. Pero ¿cuál de nosotros está lejos de la humildad: yo, que diariamente sirvo a los hermanos y recibo benévolamente con buena voluntad y alegría a todo el que viene a la Iglesia; o tú, que te nombras a ti mismo obispo de un obispo y juez de un juez, dado por Dios para este tiempo? Aunque el Señor Dios dice en el Deuteronomio: "Y el hombre que obre con presunción y no escuche al sacerdote o al juez que haya en aquellos días, ese hombre morirá; y todo el pueblo, cuando lo oiga, temerá y no obrará más con presunción" (). Y de nuevo habla a Samuel y dice: "No te han despreciado a ti, sino que me han despreciado a mí" (). Y además el Señor, en el Evangelio, cuando se le dijo: "¿Así respondes al sumo sacerdote?", guardando la dignidad sacerdotal y enseñando que debe mantenerse, no quiso decir nada contra el sumo sacerdote, sino que, aclarando únicamente su propia inocencia, respondió diciendo: "Si he hablado mal, da testimonio del mal; pero si bien, ¿por qué me golpeas?" (). También el bienaventurado apóstol, cuando se le dijo: "¿Injurias al sumo sacerdote de Dios?", no habló nada injurioso contra el sacerdote, aunque podía haberse levantado con valentía contra los que habían crucificado al Señor y que ya habían sacrificado a Dios y a Cristo, al templo y al sacerdocio; pero aun tratándose de falsos y degradados sacerdotes, considerando todavía la mera sombra vacía del nombre sacerdotal, dijo: "No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No hablarás mal del príncipe de tu pueblo" ().

    Epístola 68, § 4

    4. ¿Acaso era yo sacerdote para ti antes de la persecución, cuando tenías comunión conmigo, y dejé de ser sacerdote después de la persecución? Pues la persecución, cuando vino, te elevó a la más alta sublimidad del martirio. Pero a mí me abatió con el peso de la proscripción, puesto que se declaró públicamente: "Si alguno tiene o posee algo de los bienes de Cecilio Cipriano, obispo de los cristianos"; de modo que aun los que no creían en Dios que nombra a un obispo, podían creer en el diablo que proscribe a un obispo. Y no me jacto de estas cosas, sino que con dolor las presento, ya que tú te constituyes en juez de Dios y de Cristo, que dice a los apóstoles, y por ello a todos los príncipes, que por ordenación vicaria suceden a los apóstoles: "El que os oye, a mí me oye; y el que me oye a mí, oye al que me envió; y el que os desprecia a vosotros, a mí me desprecia, y al que me envió" ().

    Epístola 68, § 5

    5. Pues de aquí han surgido, y surgen aún, los cismas y las herejías: en que el obispo, que es uno y gobierna la Iglesia, es despreciado por la presunción soberbia de algunos; y el hombre honrado por la condescendencia de Dios es juzgado indigno por los hombres. Pues ¿qué hinchazón de soberbia es esta, qué arrogancia de alma, qué inflamación de mente, llamar a los prelados y sacerdotes al propio reconocimiento y, a menos que yo sea declarado limpio ante tu vista y absuelto por tu juicio, he aquí que ya por seis años la fraternidad no ha tenido obispo, ni el pueblo un prelado, ni el rebaño un pastor, ni la Iglesia un gobernador, ni Cristo un representante, ni Dios un sacerdote! Pupiano ha de venir al rescate, y dar sentencia, y declarar que la decisión de Dios y de Cristo es aceptada, para que tan gran número de fieles que han sido llamados, bajo mi gobierno, no parezcan haber partido sin esperanza de salvación y de paz; para que la nueva multitud de creyentes no sea considerada como que no alcanzó gracia alguna del bautismo y del Espíritu Santo por mi ministerio; para que la paz conferida a tantos caídos y penitentes, y la comunión otorgada por mi examen, no sea abrogada por la autoridad de tu juicio. Dígnate por una vez pronunciar acerca de nosotros y establecer nuestro episcopado por la autoridad de tu reconocimiento, para que Dios y su Cristo te den gracias, en que por tu medio se ha restituido un representante y gobernante tanto a su altar como a su pueblo.

    Epístola 68, § 6

    6. Las abejas tienen rey, y los ganados un jefe, y ellos le guardan fidelidad. Los ladrones obedecen a su capitán con una obediencia llena de humildad. ¡Cuánto más simples y mejores que tú son las bestias brutas y los animales mudos, y los ladrones, aunque sanguinarios y enfurecidos entre espadas y armas! El jefe entre ellos es reconocido y temido, a quien ningún juicio divino ha nombrado, sino sobre el cual han convenido una facción abandonada y una banda culpable.

    Epístola 68, § 7

    7. Dices, ciertamente, que el escrúpulo en que has caído debe ser quitado de tu mente. Has caído en él, pero fue por tu irreligiosa credulidad. Has caído en él, pero fue por tu propia disposición y voluntad sacrílega, al escuchar con facilidad cosas impuras, impías, indecibles contra tu hermano, contra un sacerdote, y al creerlas de buena gana defendiendo las falsedades de otros hombres, como si fueran tuyas y de tu propiedad privada; y al no recordar que está escrito: "Cerca tus oídos con espinas, y no escuches la lengua malvada"; y de nuevo: "El que obra maldad presta oído a la lengua del injusto; pero el justo no atiende a los labios mentirosos". ¿Por qué no han caído en este escrúpulo los mártires, llenos del Espíritu Santo, y ya por su pasión cercanos a la presencia de Dios y de su Cristo; mártires que, desde su mazmorra, dirigieron cartas a Cipriano el obispo, reconociendo al sacerdote de Dios y dando testimonio de él? ¿Por qué no han caído en este escrúpulo tantos obispos, colegas míos, que o bien, cuando partieron de en medio de nosotros, fueron proscritos, o, apresados, fueron arrojados a la cárcel y estuvieron en cadenas; o que, enviados al destierro, han ido por un camino ilustre hacia el Señor; o que en algunos lugares, condenados a muerte, han recibido coronas celestiales por la glorificación del Señor? ¿Por qué no han caído en este escrúpulo, de entre aquel pueblo nuestro que está con nosotros, y que por la condescendencia de Dios nos ha sido encomendado, tantos confesores que han sido puestos a cuestión y atormentados, y gloriosos por la memoria de ilustres heridas y cicatrices; tantas vírgenes castas, tantas viudas laudables; finalmente, todas las iglesias de todo el mundo que están asociadas con nosotros en el vínculo de la unidad? A menos que todos estos, que están en comunión conmigo, como has escrito, estén contaminados con la contaminación de mis labios, y hayan perdido la esperanza de la vida eterna por el contagio de mi comunión. Solo Pupiano, sano, inviolado, santo, modesto, que no quiso asociarse con nosotros, habitará solo en el paraíso y en el reino de los cielos.

    Epístola 68, § 8

    8. Has escrito también que por mi causa la Iglesia tiene ahora una parte de sí en estado de dispersión, aunque todo el pueblo de la Iglesia está reunido, unido y unido a sí mismo en concordia indivisa: solo han quedado fuera aquellos que, aun si hubieran estado dentro, habrían tenido que ser expulsados. Ni el Señor, protector de su pueblo y guardián suyo, sufre que el trigo sea arrebatado de su era; sino que solo la paja puede separarse de la Iglesia, puesto que también dice el apóstol: "Pues ¿qué, si algunos de ellos se apartaron de la fe? ¿Anulará su incredulidad la fidelidad de Dios? ¡De ningún modo! Porque Dios es veraz, y todo hombre mentiroso" (). Y también el Señor en el Evangelio, cuando los discípulos lo abandonaban mientras hablaba, volviéndose a los doce, dijo: "¿También vosotros queréis iros?". Entonces Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y conocemos que tú eres el Hijo del Dios viviente" (). Pedro habla allí, aquel sobre quien había de edificarse la Iglesia, enseñando y mostrando en nombre de la Iglesia que, aunque una multitud rebelde y arrogante de los que no quieren oír ni obedecer se aparte, no por eso la Iglesia se aparta de Cristo; y son la Iglesia quienes son un pueblo unido al sacerdote, y el rebaño que se adhiere a su pastor. De donde debes saber que el obispo está en la Iglesia, y la Iglesia en el obispo; y si alguno no está con el obispo, no está en la Iglesia, y que se lisonjean en vano quienes se infiltran, no teniendo paz con los sacerdotes de Dios, y piensan que comunican secretamente con algunos; mientras que la Iglesia, que es católica y una, no es cortada ni dividida, sino que está ciertamente conexa y unida por el cemento de los sacerdotes que se adhieren entre sí.

    Epístola 68, § 9

    9. Por lo cual, hermano, si consideras la majestad de Dios que ordena a los sacerdotes, si quieres por una vez tener respeto a Cristo, que por su decreto y su palabra, y por su presencia, gobierna a los prelados mismos y gobierna a la Iglesia por los prelados; si quieres confiar, en lo que toca a la inocencia de los obispos, no en el odio humano, sino en el juicio divino; si quieres comenzar, aunque tardíamente, el arrepentimiento por tu temeridad, tu soberbia y tu insolencia; si quieres hacer plenamente satisfacción a Dios y a su Cristo, a quien sirvo y a quien con labios puros e inmaculados ofrezco sin cesar sacrificios, no solo en la paz, sino en la persecución; podremos tener algún motivo para la comunión contigo, aun cuando permanezca entre nosotros el respeto y el temor de la censura divina; de modo que primero consulte yo a mi Señor si permitiría que se te concediera la paz y que fueras recibido en la comunión de su Iglesia por su propia indicación y amonestación.

    Epístola 68, § 10

    10. Pues recuerdo lo que ya se me ha manifestado, más aún, lo que ha sido prescrito por la autoridad de nuestro Señor y Dios a un siervo obediente y temeroso; y entre otras cosas que se dignó mostrar y revelar, añadió también esto: "Por tanto, quien no cree a Cristo, que hace al sacerdote, comenzará en adelante a creer a Aquel que ha de vengar al sacerdote". Aunque sé que a algunos hombres los sueños les parecen ridículos y las visiones necias, sin embargo ciertamente es así para aquellos que prefieren creer en contra del sacerdote antes que creer al sacerdote. Pero no es de extrañar, pues sus hermanos dijeron de José: "He aquí que viene ese soñador; venid, pues, ahora, y matémoslo". Y después el soñador alcanzó lo que había soñado; y sus matadores y vendedores fueron confundidos, de modo que quienes al principio no creyeron las palabras, después creyeron los hechos. Pero de las cosas que tú has hecho, sea en la persecución, sea en la paz, es necio por mi parte pretender juzgarte, ya que más bien tú te nombras juez sobre nosotros. Estas cosas, desde la conciencia pura de mi mente y desde mi confianza en mi Señor y mi Dios, te las he escrito largamente. Tú tienes mi carta, y yo la tuya. En el día del juicio, ante el tribunal de Cristo, ambas serán leídas.
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