Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 80 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

    Índice de la obra

    Estás en la parte 4. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Cartas

    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)44 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 14 · Epístola 26. Cipriano a los caídosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

    Leer por sesiones · 80 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 26. Cipriano a los caídos

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 26, argumento
    Argumento. El argumento de esta carta se halla más abajo en la carta XXVII. "Me escribieron —dice— no pidiendo que se les concediera la paz, sino reclamándola para sí como ya concedida, porque dicen que Paulo ha dado la paz a todos; como leeréis en su carta, de la cual os he enviado copia, junto con lo que brevemente les respondí". Pero falta la carta de los caídos a la que él responde.

    Epístola 26, § 1

    1. Nuestro Señor, cuyos preceptos y amonestaciones debemos observar, al describir el honor del obispo y el orden de su Iglesia, habla en el Evangelio y dice a Pedro: "Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y te daré las llaves del reino de los cielos: y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos". De allí, por los cambios de los tiempos y las sucesiones, fluyen el ordenamiento de los obispos y el plan de la Iglesia; de modo que la Iglesia está fundada sobre los obispos, y todo acto de la Iglesia es gobernado por estos mismos rectores. Puesto que, pues, esto está fundado en la ley divina, me admiro de que algunos, con atrevida temeridad, hayan elegido escribirme como si escribieran en nombre de la Iglesia; cuando la Iglesia está establecida en el obispo y en el clero, y en todos los que permanecen firmes en la fe. Pues lejos esté de la misericordia de Dios y de su poder incontrolado permitir que el número de los caídos sea llamado Iglesia; ya que está escrito: "Dios no es Dios de muertos, sino de vivos". Porque nosotros ciertamente deseamos que todos sean vivificados; y rogamos que, por nuestras súplicas y gemidos, sean restaurados a su estado original. Pero si algunos caídos pretenden ser la Iglesia, y si la Iglesia está entre ellos y en ellos, ¿qué queda sino pedir a esos mismos que se dignen admitirnos en la Iglesia? Por tanto, conviene que ellos sean sumisos, callados y modestos, como quienes deben aplacar a Dios, en memoria de su pecado, y no escribir cartas en nombre de la Iglesia, cuando más bien deberían saber que están escribiendo a la Iglesia.

    Epístola 26, § 2

    2. Pero algunos de los caídos me han escrito recientemente, y son humildes, mansos, temblorosos y temerosos de Dios, y han trabajado siempre en la Iglesia gloriosa y liberalmente, y nunca se han jactado de su trabajo ante el Señor, sabiendo que Él ha dicho: "Cuando hayáis hecho todas estas cosas, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer". Pensando en estas cosas, y aunque habían recibido certificados de los mártires, sin embargo, para que su satisfacción sea admitida por el Señor, estas personas, suplicando, me han escrito que reconocen su pecado y están verdaderamente arrepentidas, y que no se apresuran temeraria o importunamente a obtener la paz; sino que esperan mi presencia, diciendo que aun la paz misma, si la recibieran estando yo presente, les sería más dulce. Cuánto me congratulo de estos, el Señor me es testigo, que se ha dignado decir qué merecen de su bondad tales y tales siervos. De las cuales cartas, como las recibí recientemente, y ahora leo que vosotros habéis escrito de manera muy diferente, os ruego que discernáis entre vuestros deseos; y quienquiera que seáis los que habéis enviado esta carta, añadid vuestros nombres al certificado, y transmitidme el certificado con vuestros nombres respectivos. Pues primero debo saber a quién he de responder; luego responderé a cada una de las cosas que habéis escrito, teniendo en cuenta la mediocridad de mi lugar y conducta. Os despido, hermanos amadísimos, cordialmente en el Señor, y vivid quieta y tranquilamente según la disciplina del Señor. Adiós.

    Epístola 27. A los presbíteros y diáconos

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 27, argumento
    Argumento. El argumento de esta carta concuerda suficientemente con la anterior, y parece que es aquella de la que habla en la carta siguiente; pues alaba a su clero por haber apartado de la comunión a Gayo de Didda, presbítero, y a su diácono, que comunicaron temerariamente con los caídos; y los exhorta a hacer lo mismo con algunos otros.

    Epístola 27, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. Habéis obrado rectamente y con disciplina, amados hermanos, al decidir, por consejo de mis colegas que estaban presentes, no comunicar con Gayo, presbítero de Didda, y su diácono; quienes, por comunicar con los caídos y ofrecer sus ofrendas, han sido sorprendidos frecuentemente en sus perversos errores; y quienes una y otra vez, como me escribisteis, advertidos por mis colegas para que no hicieran esto, han persistido obstinadamente, en su presunción y audacia, engañando también a ciertos hermanos de entre nuestro pueblo, cuyo provecho deseamos con toda humildad procurar, y por cuya salvación velamos, no con adulación fingida, sino con fe sincera, para que supliquen al Señor con verdadera penitencia, gemido y dolor, ya que está escrito: "Acuérdate de dónde has caído, y arrepiéntete". Y de nuevo, la divina Escritura dice: "Así dice el Señor: Cuando os convirtiereis y lamentareis, entonces seréis salvos, y sabréis dónde habéis estado".

    Epístola 27, § 2

    2. Pero ¿cómo pueden llorar y arrepentirse aquellos cuyos gemidos y lágrimas algunos de los presbíteros estorban, cuando piensan temerariamente que puede comunicarse con ellos, no sabiendo que está escrito: "Los que te llaman dichoso te hacen errar, y destruyen la senda de tus pies"? Naturalmente, nuestros consejos sanos y verdaderos no prosperan, mientras la verdad saludable es impedida por halagos y lisonjas perniciosos, y el ánimo herido y enfermo de los caídos padece lo que a menudo padecen también los que están enfermos y dolidos del cuerpo: que, mientras rechazan el alimento sano y la bebida provechosa como amargos y desagradables, y anhelan las cosas que parecen agradarles y ser dulces por el momento, se atraen a sí mismos daño y muerte por su temeridad e intemperancia. Ni el verdadero remedio del médico experto aprovecha para su salud, mientras el dulce encanto engaña con sus atractivos.

    Epístola 27, § 3

    3. Por tanto, vosotros, según mis cartas, tomad consejo sobre esto fiel y saludablemente, y no os apartéis de los mejores consejos; y cuidad de leer estas mismas cartas también a mis colegas, si hay alguno presente, o si alguno viniera a vosotros; para que, con unanimidad y concordia, mantengamos un plan saludable para calmar y sanar las heridas de los caídos, con intención de tratar muy plenamente de todo cuando, por la misericordia del Señor, comencemos a reunirnos. Entretanto, si alguna persona desenfrenada e impetuosa, ya sea de nuestros presbíteros o diáconos o de los extraños, se atreviera, antes de nuestro decreto, a comunicarse con los caídos, sea expulsado de nuestra comunión, y defienda la causa de su temeridad ante todos nosotros cuando, con el permiso del Señor, nos reunamos de nuevo. Además, quisisteis que respondiera qué pensaba acerca de Filumeno y Fortunato, subdiáconos, y de Favorino, acólito, que se retiraron en medio del tiempo de la prueba, y ahora han vuelto. Sobre lo cual no puedo hacerme juez único, pues muchos del clero están todavía ausentes, y no han considerado, aun tan tarde, que debían volver a su lugar; y este caso de cada uno debe ser considerado por separado y plenamente investigado, no solo con mis colegas, sino también con todo el pueblo mismo. Pues un asunto que en adelante puede constituir ejemplo respecto de los ministros de la Iglesia debe ser pesado y juzgado con cuidadosa deliberación. Entretanto, absténganse solo del reparto mensual, no de modo que parezcan privados del ministerio de la Iglesia, sino para que, estando todas las cosas en estado sano, sean reservados hasta mi llegada. Os despido, amados hermanos, cordialmente en el Señor. Saludaos en mi nombre, y adiós.

    Epístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 28, argumento
    Argumento. El clero romano es informado de la temeridad de los caídos que reclamaban la paz.

    Epístola 28

    Cipriano a los presbíteros y diáconos que están en Roma, sus hermanos, salud. Tanto nuestro común amor como la razón de la cosa exigen, amados hermanos, que no oculte a vuestro conocimiento nada de los asuntos que se tramitan entre nosotros, para que así tengamos un plan común para el provecho de la administración de la Iglesia. Pues después que os escribí la carta que envié por Saturo, lector, y Optato, subdiácono, la temeridad combinada de ciertos de los caídos, que rehúsan arrepentirse y hacer satisfacción a Dios, me escribió, no pidiendo que se les diera la paz, sino reclamándola como ya dada; porque dicen que Paulo ha dado la paz a todos, como leeréis en su carta, de la cual os he enviado copia, así como lo que brevemente les respondí entretanto. Pero para que también sepáis qué clase de carta escribí después al clero, os he enviado además una copia de esta. Mas si, a pesar de todo, su temeridad no fuera reprimida ni por mis cartas ni por las vuestras, y no cediera a los consejos saludables, tomaré las medidas que el Señor, según su Evangelio, ha ordenado tomar. Os despido, amados hermanos, cordialmente en el Señor.

    Epístola 29. Los presbíteros y diáconos que están en Roma, a Cipriano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 29, argumento
    Argumento. La Iglesia romana declara que su juicio acerca de los caídos concuerda con los decretos cartagineses. Toda indulgencia mostrada a los caídos debe estar conforme con la ley del Evangelio. Que la paz concedida por los confesores depende solo de la gracia y de la buena voluntad, es manifiesto por el hecho de que los caídos son remitidos a los obispos. La sediciosa demanda de paz hecha por Felicísimo debe atribuirse a la facción.

    Epístola 29, § 1

    1. Los presbíteros y diáconos que están en Roma, al padre Cipriano, salud. Cuando, amado hermano, leímos con cuidado tu carta que enviaste por Fortunato, subdiácono, fuimos heridos con doble dolor y turbados con doble aflicción, al ver que no se te daba descanso alguno en tan grandes necesidades de la persecución, y que la petulancia irrazonable de los hermanos caídos se declaraba llevada incluso hasta una peligrosa osadía de expresión. Pero aunque aquellas cosas de que hemos hablado nos afligieron gravemente a nosotros y a nuestro espíritu, sin embargo tu rigor y la severidad que has usado, conforme a la disciplina propia, modera la tan pesada carga de nuestro dolor, en cuanto rectamente reprimes la maldad de algunos y, con tu exhortación a la penitencia, muestras el camino legítimo de la salvación. De que hayan querido apresurarse a tal extremo como este, ciertamente estamos muy sorprendidos; pues con tal urgencia, y en tiempo tan inoportuno y amargo, estando en tan grande y desmedido pecado, no tanto pidieran cuanto reclamaran la paz para sí; es más, dijeran que ya la tienen en el cielo. Si la tienen, ¿por qué piden lo que poseen? Pero si, por el hecho mismo de pedirla, queda probado que no la tienen, ¿por qué no aceptan el juicio de aquellos a quienes han tenido a bien pedir la paz, que ciertamente no han conseguido? Y si piensan que tienen de cualquier otra fuente la prerrogativa de la comunión, que intenten compararla con el Evangelio, para que así al fin les aproveche abundantemente, si no está en desacuerdo con la ley evangélica. Pero ¿según qué principio puede dar la comunión evangélica lo que parece establecido contra la verdad evangélica? Pues toda prerrogativa contempla el privilegio de la asociación, precisamente sobre el supuesto de que no esté en desacuerdo con la voluntad de Aquel con quien busca asociarse; entonces, dado que esto es ajeno a la voluntad de Aquel con quien busca asociarse, necesariamente debe perder la indulgencia y el privilegio de la asociación.

    Epístola 29, § 2

    2. Vean, pues, qué es lo que intentan hacer en este asunto. Pues si dicen que el Evangelio ha establecido un decreto, pero los mártires han establecido otro; entonces ellos, poniendo a los mártires en desacuerdo con el Evangelio, estarán en peligro por ambos lados. Pues, por una parte, la majestad del Evangelio aparecerá ya quebrantada y derribada, si puede ser vencida por la novedad de otro decreto; y, por otra, la gloriosa corona de la confesión será quitada de las cabezas de los mártires, si no se halla que la alcanzaron por la observancia de aquel Evangelio del cual llegan a ser mártires; de modo que, razonablemente, nadie debería ser más cuidadoso en no determinar nada contrario al Evangelio que aquel que se esfuerza por recibir del Evangelio el nombre de mártir. Además, quisiéramos ser informados de esto: si los mártires llegan a ser mártires por no otra razón que por no sacrificar, para guardar la paz de la Iglesia hasta el derramamiento de su propia sangre, no sea que, vencidos por el sufrimiento del tormento, perdiendo la paz, pierdan la salvación; ¿según qué principio piensan que la salvación, que si hubieran sacrificado pensaban que no habrían de tener, haya de darse a aquellos de quienes se dice que sacrificaron; aunque deberían mantener en otros la ley que ellos mismos parecen haber tenido ante sus propios ojos? En lo cual observamos que han aducido contra su propia causa lo mismo que pensaban que obraba a su favor. Pues si los mártires pensaban que se les debía conceder la paz, ¿por qué no la concedieron ellos mismos? ¿Por qué pensaron que, como ellos mismos dicen, debían ser remitidos a los obispos? Pues quien ordena que se haga una cosa, ciertamente puede hacer aquello que ordena hacer. Pero, según entendemos, más aún, como el caso mismo habla y proclama, los santísimos mártires pensaron que debía guardarse de ambas partes una justa medida de modestia y de verdad. Pues como eran instados por muchos, al remitirlos al obispo consideraron que consultarían su propia modestia para no ser ya más inquietados; y al no comulgar ellos mismos con ellos, juzgaron que la pureza de la ley evangélica debía mantenerse intacta.

    Epístola 29, § 3

    3. Pero por tu caridad, hermano, no desistas jamás de calmar los ánimos de los caídos y de ofrecer a los que yerran la medicina de la verdad, aunque el temperamento del enfermo suela rechazar los buenos oficios de quienes quieren sanarlo. Esta herida de los caídos está aún reciente, y la llaga todavía se levanta en tumor; y por eso estamos ciertos de que, cuando con el transcurso de un tiempo más prolongado aquella urgencia suya se haya gastado, amarán esa misma demora que los remite a una medicina fiel; con tal de que no haya quienes los armen para su propio peligro y, instruyéndolos perversamente, pidan en su favor, en lugar de los saludables remedios de la demora, los venenos fatales de una comunión prematura. Pues no creemos que sin la instigación de ciertas personas todos se habrían atrevido tan petulantemente a reclamar para sí la paz. Conocemos la fe de la Iglesia cartaginesa, conocemos su disciplina, conocemos su humildad; de donde también nos hemos admirado de observar ciertas cosas sugeridas contra ti por carta con alguna rudeza, aunque a menudo hemos tenido conocimiento de vuestro mutuo amor y caridad, en muchas muestras de recíproco afecto de unos por otros. Es tiempo, por tanto, de que se arrepientan de su falta, de que prueben su dolor por su caída, de que muestren modestia, de que manifiesten humildad, de que exhiban alguna vergüenza, de que, con su sumisión, apelen a la clemencia de Dios para sí, y con el debido honor al sacerdote de Dios atraigan sobre sí la divina misericordia. ¡Cuánto mejores habrían sido las cartas de estos mismos, si las oraciones de los que permanecieron firmes hubieran sido ayudadas por su propia humildad!, pues lo que se pide se obtiene más fácilmente cuando aquel por quien se pide es digno de que se obtenga lo que se pide.

    Epístola 29, § 4

    4. Por lo que respecta, empero, a Privato de Lambesa, has obrado como sueles, al desear informarnos del asunto, por ser objeto de ansiedad; pues conviene que todos nosotros vigilemos por el cuerpo de toda la Iglesia, cuyos miembros están esparcidos por todas las diversas provincias. Pero la falsedad de aquel hombre astuto no pudo ocultársenos ni siquiera antes de recibir tus cartas; pues anteriormente, cuando de la compañía de aquella misma maldad vino cierto Futuro, portaestandarte de Privato, deseoso de obtener fraudulentamente cartas de nosotros, ni ignorábamos quién era, ni consiguió las cartas que quería. Te despedimos cordialmente en el Señor.

    Epístola 30. El clero romano a Cipriano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 30, argumento
    Argumento. El clero romano entra en los asuntos de que había hablado en la carta anterior, más plena y sustancialmente en la presente; respondiendo, además, a otra carta de Cipriano, que se cree no se ha conservado, y de la que citan unas pocas palabras. Agradecen a Cipriano sus cartas enviadas a los confesores y mártires romanos.

    Epístola 30, § 1

    1. Al padre Cipriano, los presbíteros y diáconos que moran en Roma, salud. Aunque una mente consciente para sí de rectitud, y que confía en el vigor de la disciplina evangélica, y hecha verdadero testigo para sí misma en los decretos celestiales, suele contentarse con Dios como único juez, y ni busca las alabanzas ni teme las acusaciones de ningún otro, son dignos de doble alabanza quienes, sabiendo que deben su conciencia solo a Dios como juez, desean, no obstante, que sus acciones sean aprobadas también por sus hermanos mismos. No es de admirar, hermano Cipriano, que hagas esto, tú que, con tu acostumbrada modestia e industria innata, has querido que seamos hallados no tanto jueces de tus consejos como partícipes en ellos, de modo que pudiéramos hallar alabanza contigo en tus acciones al aprobarlas, y pudiéramos ser coherederos contigo en tus buenos consejos, porque concordamos enteramente con ellos. Del mismo modo, todos somos tenidos por haber trabajado en aquello en que todos somos considerados aliados en el mismo acuerdo de censura y disciplina.

    Epístola 30, § 2

    2. Pues, ¿qué hay tan adecuado en la paz, o tan necesario en una guerra de persecución, como mantener la debida severidad del rigor divino? Aquel que se le resiste, necesariamente vagará en el curso inestable de los asuntos y será sacudido de aquí para allá por las varias e inciertas tormentas de las cosas; y, arrancado de sus manos, por así decir, el timón del consejo, llevará la nave de la seguridad de la Iglesia entre las rocas; de modo que parecería que la seguridad de la Iglesia no puede asegurarse de otro modo sino rechazando, como olas adversas, a cuantos se levantan contra ella, y manteniendo la regla siempre guardada de la disciplina misma como si fuera el timón de la seguridad en la tempestad. Y no es ahora, sino hace poco, cuando este consejo ha sido considerado por nosotros, ni estos súbitos remedios contra los malvados se nos han ocurrido recientemente; sino que entre nosotros se lee esto como la antigua severidad, la antigua fe, la antigua disciplina, puesto que el apóstol no habría publicado tal alabanza acerca de nosotros al decir: "que vuestra fe es anunciada en todo el mundo" (), a menos que ya desde entonces aquel vigor hubiera tomado de aquellos tiempos las raíces de la fe; de cuya alabanza y gloria es un grandísimo crimen haberse degenerado. Porque es menos deshonroso no haber alcanzado jamás el anuncio de la alabanza, que haber caído de la altura de la alabanza; es un crimen menor no haber sido honrado con un buen testimonio, que haber perdido el honor de los buenos testimonios; es menos descrédito haber yacido sin el anuncio de las virtudes, innoble sin alabanza, que, desheredado de la fe, haber perdido nuestras propias alabanzas. Pues aquellas cosas que se proclaman para gloria de alguien, si no se mantienen con afanes ansiosos y cuidadosos, se hinchan en el odio del mayor crimen.

    Epístola 30, § 3

    3. Que no decimos esto deshonestamente, lo han probado nuestras cartas anteriores, en las cuales hemos declarado nuestra opinión a vosotros con una exposición muy clara, tanto contra aquellos que se habían traicionado a sí mismos como infieles por la presentación ilegal de certificados inicuos, como si pensaran que escaparían de aquellas redes engañosas del diablo; cuando, no menos que si se hubieran acercado a los altares inicuos, quedaron sujetos por el hecho mismo de haber testificado a favor de él; y contra aquellos que habían usado tales certificados una vez hechos, aunque no hubieran estado presentes cuando se hicieron, puesto que ciertamente habían afirmado su presencia al ordenar que se escribieran de tal modo. Porque no está libre de iniquidad quien ha mandado que se haga; ni está despreocupado del crimen aquel con cuyo consentimiento se habla públicamente de él, aunque no haya sido cometido por él. Y puesto que se entiende que todo el misterio de la fe está contenido en la confesión del nombre de Cristo, quien busca engañosas astucias para excusarse, ha negado a Cristo; y quien quiere aparentar haber satisfecho los edictos o leyes promulgados contra el Evangelio, ha obedecido esos edictos por el hecho mismo por el cual quiso aparentar haberlos obedecido. Además, también hemos declarado nuestra fe y consentimiento contra aquellos que habían contaminado sus manos y sus bocas con sacrificios ilícitos, cuyas mentes estaban contaminadas de antemano; de donde también sus mismas manos y bocas quedaron contaminadas. Lejos esté de la Iglesia romana el aflojar su vigor con tan profana facilidad y soltar los nervios de su severidad derribando la majestad de la fe; de modo que, cuando los restos de vuestros hermanos arruinados no solo yacen todavía, sino que caen en torno, se ofrezcan para la comunión remedios de índole demasiado apresurada y ciertamente no eficaces; y por una falsa misericordia se impriman nuevas heridas sobre las viejas heridas de su transgresión; de modo que incluso la penitencia sea arrebatada a estos miserables, para su mayor ruina. Pues ¿dónde puede aprovechar la medicina de la indulgencia, si incluso el médico mismo, interceptando la penitencia, abre camino fácil a nuevos peligros, si solo oculta la herida y no permite que el necesario remedio del tiempo cierre la cicatriz? Esto no es curar, sino, si queremos decir la verdad, matar.

    Epístola 30, § 4

    4. No obstante, tenéis cartas concordes con las nuestras de los confesores, a quienes la dignidad de su confesión tiene todavía encerrados aquí en la prisión, y a quienes, por el certamen del Evangelio, su fe ha coronado ya una vez con una gloriosa confesión; cartas en las cuales han mantenido la severidad de la disciplina evangélica y han revocado las peticiones ilegales, para no ser una deshonra para la Iglesia. Si no hubieran hecho esto, las ruinas de la disciplina evangélica no se restaurarían fácilmente, especialmente porque a nadie correspondía tanto mantener intacto el tenor del vigor evangélico y su dignidad como a aquellos que se habían entregado a ser atormentados y despedazados por hombres furiosos a causa del Evangelio, para no perder merecidamente el honor del martirio si, en la ocasión del martirio, hubieran querido ser traidores del Evangelio. Porque quien no guarda lo que tiene, en la condición en que lo posee, al violar la condición en que lo posee, pierde lo que poseía.

    Epístola 30, § 5

    5. En lo cual debemos daros también, y os damos, abundantes gracias: porque habéis iluminado las tinieblas de su prisión con vuestras cartas; porque llegasteis a ellos de cuantas maneras pudisteis entrar; porque reanimasteis sus mentes, robustas en su propia fe y confesión, con vuestras alocuciones y cartas; porque, siguiendo sus felicidades con dignas alabanzas, los habéis inflamado a un deseo mucho más ardiente de la gloria celestial; porque los empujasteis hacia adelante; porque animasteis, con el poder de vuestro discurso, a quienes, como creemos y esperamos, serán victoriosos dentro de poco; de modo que, aunque todo parezca provenir de la fe de los que confiesan y de la divina misericordia, ellos parecen sin embargo haberse hecho en cierto modo deudores vuestros en su martirio. Mas, una vez más, para volver al punto del que nuestro discurso parece haberse desviado, hallaréis adjunto el género de cartas que también enviamos a Sicilia; aunque sobre nosotros recae una necesidad mayor de diferir este asunto; no habiendo, desde la partida de Fabián, de nobilísima memoria, sido nombrado todavía ningún obispo, a causa de las dificultades de los asuntos y de los tiempos, que pueda ordenar todas las cosas de este género y que pueda examinar con autoridad y sabiduría a los caídos. Sin embargo, lo que también vos mismo habéis declarado en asunto tan importante nos es satisfactorio: que primero debe mantenerse la paz de la Iglesia; luego, que, reunida una asamblea para consejo, con obispos, presbíteros, diáconos y confesores, así como con los laicos que permanecen firmes, tratemos el caso de los caídos. Pues parece extremadamente odioso y gravoso examinar lo que parece haber sido cometido por muchos, sino es por consejo de muchos; o que uno solo dé sentencia cuando se sabe que tan gran crimen ha salido y se ha difundido entre tantos; puesto que no puede ser firme un decreto que no aparezca haber tenido el consentimiento de muchísimos. Mirad casi todo el mundo devastado, y observad que los restos y las ruinas de los caídos yacen por todas partes, y considerad que por tanto se pide una extensión de consejo, grande en proporción a la amplitud con que el crimen parece propagado. No sea la medicina menor que la herida; no sean los remedios menos que las muertes; para que, del mismo modo que los que cayeron, cayeron por ser demasiado incautos con una ciega temeridad, así los que se esfuerzan por poner orden en este mal usen toda moderación en los consejos, no sea que algo hecho como no debe, sea, por así decir, juzgado por todos sin efecto.

    Epístola 30, § 6

    6. Así, con uno y el mismo consejo, con las mismas oraciones y lágrimas, nosotros, que hasta el presente parecemos haber escapado de la destrucción de estos nuestros tiempos, así como los que parecen haber caído en aquellas calamidades del tiempo, supliquemos a la divina majestad y pidamos paz para el nombre de la Iglesia. Con mutuas oraciones, cuidémonos, guardémonos y armémonos unos a otros por turno; oremos por los caídos, para que sean levantados; oremos por los que permanecen firmes, para que no sean tentados hasta el punto de ser destruidos; oremos para que los que se dice que han caído reconozcan la grandeza de su pecado y perciban que no necesita una cura momentánea ni excesivamente apresurada; oremos para que la penitencia siga también a los efectos del perdón de los caídos; para que, cuando hayan comprendido su propio crimen, quieran tener paciencia con nosotros por un tiempo, y no perturben ya la condición fluctuante de la Iglesia, no sea que parezca que ellos mismos han encendido para nosotros una persecución interna, y el hecho de su inquietud se añada al cúmulo de sus pecados. Porque la modestia conviene en gran manera a aquellos en cuyos pecados es una mente inmodesta la que es condenada. Llamen ciertamente a las puertas, pero no las derriben; preséntense en el umbral de la iglesia, pero ciertamente no lo salten; velen a las puertas del campamento celestial, pero ármense con la modestia, por la cual perciben que han sido desertores; reanuden la trompeta de sus oraciones, pero no toquen con ella a guerra; ármense ciertamente con las armas de la modestia y reanuden el escudo de la fe, que habían depuesto por su negación por el temor de la muerte, pero crean los que aún ahora están armados que están armados contra su enemigo, el diablo, no contra la Iglesia, que se duele de su caída. Mucho les aprovechará una petición modesta; una súplica vergonzosa, una humildad necesaria, una paciencia que no es negligente. Envíen lágrimas como embajadoras de sus padecimientos; que los gemidos, sacados de lo más profundo de su corazón, desempeñen el oficio de abogado y prueben su dolor y vergüenza por el crimen que han cometido.

    Epístola 30, § 7

    7. Antes bien, si se estremecen ante la magnitud de la culpa contraída; si con mano verdaderamente medicinal tratan la herida mortal de su corazón y de su conciencia y los profundos repliegues de la sutil maldad, sonrójense incluso de pedir; salvo, de nuevo, que es cosa de mayor riesgo y vergüenza no haber implorado la ayuda de la paz. Pero todo esto sea en el sacramento; en la ley de su misma súplica téngase consideración al tiempo; sea con súplica abatida, con petición contenida, puesto que también aquel a quien se suplica debe ser inclinado, no provocado; y así como debe mirarse a la divina clemencia, así también a la divina censura; y como está escrito: "Te perdoné toda aquella deuda, porque me lo rogaste", , así está escrito: "Cualquiera que me negare delante de los hombres, le negaré yo también delante de mi Padre y delante de sus ángeles". Porque Dios, así como es misericordioso, exige obediencia a sus preceptos, y ciertamente la exige con cuidado; y así como invita al banquete, al que no tiene vestido de boda le ata manos y pies y lo arroja fuera de la asamblea de los santos. Ha preparado el cielo, pero también ha preparado el infierno. Ha preparado lugares de refrigerio, pero también ha preparado el castigo eterno. Ha preparado la luz inaccesible, pero también ha preparado la vasta y eterna lobreguez de la perpetua noche.

    Epístola 30, § 8

    8. Deseando mantener la moderación de este camino medio en estos asuntos, durante largo tiempo, y ciertamente muchos de nosotros, y, además, con algunos de los obispos que nos son cercanos y están al alcance, y algunos a quienes, colocados lejos, el ardor de la persecución había expulsado de otras provincias, hemos pensado que nada nuevo debía hacerse antes del nombramiento de un obispo; pero creemos que la causa de los caídos debe tratarse con moderación, de modo que, entre tanto, mientras Dios nos retiene la concesión de un obispo, la causa de los que pueden soportar las dilaciones de la postergación se mantenga en suspenso; pero a los que la muerte inminente no les permite soportar la dilación, habiéndose arrepentido y profesado con frecuencia la detestación de sus hechos; si con lágrimas, si con gemidos, si con llanto han mostrado las señales de un espíritu afligido y verdaderamente penitente, cuando no queda, en cuanto el hombre puede saber, esperanza alguna de vivir; a estos, finalmente, se les debe administrar una ayuda tan cauta y cuidadosa, sabiendo Dios mismo lo que hará con tales y de qué modo examinará la balanza de su juicio; mientras nosotros, sin embargo, ponemos ansioso cuidado en que ni los hombres impíos alaben nuestra blanda facilidad, ni los hombres verdaderamente penitentes acusen de cruel nuestra severidad. Te despedimos, beatísimo y gloriosísimo padre, cordialmente en el Señor; y ten memoria de nosotros.

    Epístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 31, argumento
    Argumento. Se pide al clero cartaginés que cuide de que se comuniquen las cartas del clero romano y la respuesta de Cipriano.

    Epístola 31

    Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. Para que vosotros, hermanos amadísimos, sepáis qué cartas he enviado al clero que actúa en Roma, y qué me han respondido, y, además, qué me respondieron asimismo a mis cartas Moisés y Máximo, presbíteros, y Rufino y Nicóstrato, diáconos, y los demás confesores que con ellos están guardados en prisión, os he enviado copias para que las leáis. Cuidad, con cuanta diligencia podáis, de que lo que yo he escrito y lo que ellos han respondido se dé a conocer a nuestros hermanos. Y, además, si algunos obispos de lugares extraños, colegas míos, o presbíteros, o diáconos, estuvieran presentes o llegaran entre vosotros, oigan todos estos asuntos de vosotros; y si desean transcribir copias de las cartas y llevarlas a los suyos, tengan la oportunidad de transcribirlas; aunque, además, he mandado a Saturus el lector, nuestro hermano, dar libertad de copiarlas a cualesquiera individuos que lo deseen; de modo que, al ordenar por ahora la condición de la Iglesia de cualquier manera, se observe por todos un acuerdo uno y fiel. Pero acerca de los otros asuntos que han de tratarse, como también he escrito a varios de mis colegas, los consideraremos más plenamente en un concilio común, cuando, con el permiso del Señor, comencemos a reunirnos en un solo lugar. Os despido, hermanos amados y anhelados, cordialmente en el Señor. Saludad a la fraternidad. Adiós.

    Epístola 32. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Aurelio como lector

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 32, argumento
    Argumento. Cipriano comunica al clero y al pueblo que Aurelio, confesor, ha sido ordenado lector por él, y encomia de paso la constancia de su virtud y de su espíritu, por la cual era merecedor incluso de un grado más alto en la Iglesia.

    Epístola 32, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo, salud. En las ordenaciones del clero, amados hermanos, solemos consultaros de antemano, y ponderar el carácter y los méritos de cada cual con el consejo general. Pero no hay que esperar testimonios humanos cuando la aprobación divina precede. Aurelio, nuestro hermano, joven ilustre, ya aprobado por el Señor y querido de Dios, en años todavía muy joven, pero, en la alabanza de la virtud y de la fe, avanzado; inferior en las dotes naturales de su edad, pero superior en el honor que ha merecido, — ha combatido aquí en un doble certamen, habiendo confesado dos veces y dos veces sido glorioso en la victoria de su confesión, tanto cuando venció en el certamen y fue desterrado, como cuando al fin luchó en un certamen más duro, y resultó triunfante y vencedor en la batalla del sufrimiento. Cuantas veces el adversario quiso llamar a los siervos de Dios, tantas este soldado pronto y valiente luchó y venció. Poca cosa había sido haber combatido antes ante los ojos de pocos cuando fue desterrado; mereció también en el foro combatir con virtud más ilustre para que, después de vencer a los magistrados, triunfara también sobre el procónsul, y, después del destierro, venciera también los tormentos. Ni puedo descubrir qué debo elogiar más en él: la gloria de sus heridas o la modestia de su carácter; que se distingue por el honor de su virtud, o que es digno de alabanza por lo admirable de su modestia. Es tan excelente en dignidad y tan humilde en humildad, que parece que está reservado por Dios como ejemplo para los demás en la disciplina eclesiástica, de cómo los siervos de Dios deben en la confesión vencer con su valor, y, después de la confesión, ser destacados por su carácter.

    Epístola 32, § 2

    2. Tal hombre, que ha de estimarse no por sus años sino por sus méritos, merecía grados más altos de la ordenación clerical y mayor aumento. Pero, entretanto, juzgué conveniente que comenzara por el oficio de lector; porque nada es más adecuado para la voz que ha confesado al Señor en gloriosa proclamación, que hacerlo resonar en la solemne repetición de las divinas lecciones; que, después de las sublimes palabras que pronunciaron el testimonio de Cristo, leer el Evangelio de Cristo del cual se hacen los mártires; venir al ambón después del cadalso; allí haber sido conspicuo ante la multitud de los gentiles, aquí ser contemplado por los hermanos; allí haber sido oído con asombro del pueblo que lo rodeaba, aquí ser oído con el gozo de la fraternidad. Sabed, pues, amadísimos hermanos, que este hombre ha sido ordenado por mí y por mis colegas que estaban entonces presentes. Sé que acogeréis con alegría estas noticias, y que deseáis que cuantos más como este puedan ser ordenados en nuestra iglesia. Y puesto que el gozo es siempre apresurado, y la alegría no soporta demora, lee el día del Señor, entretanto, por mí; es decir, ha dado comienzo a la paz, entrando solemnemente en su oficio de lector. Sed frecuentes e insistentes en las súplicas, y asistid mis oraciones con las vuestras, para que la misericordia del Señor, favoreciéndonos, restituya pronto al sacerdote sano y salvo a su pueblo, y al mártir como lector junto con el sacerdote. Os despido cordialmente en el Señor, amados hermanos en Dios Padre y en Jesucristo.

    Epístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 33, argumento
    Argumento. Esta carta trata del mismo asunto que la anterior, salvo que encomia ampliamente la constancia de Celerino en su confesión de la fe. Además, que ambas cartas fueron escritas durante su retiro, se indica suficientemente por las circunstancias del contexto.

    Epístola 33, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo, sus hermanos en el Señor, salud. Los beneficios divinos, amados hermanos, deben ser reconocidos y abrazados, con los cuales el Señor se ha dignado embellecer e ilustrar a su Iglesia en nuestros tiempos concediendo un respiro a sus buenos confesores y a sus gloriosos mártires, para que quienes habían confesado grandemente a Cristo adornaran después al clero de Cristo en ministerios eclesiásticos. Alegraos, pues, y regocijaos conmigo al recibir mi carta, en la que yo y mis colegas que estaban entonces presentes os mencionamos a Celerino, nuestro hermano, glorioso tanto por su valor como por su carácter, añadido a nuestro clero, no por recomendación humana, sino por condescendencia divina; quien, cuando dudaba en ceder a la Iglesia, fue constreñido por su propia admonición y exhortación, en una visión nocturna, a no rechazar nuestras persuasiones; y ella tuvo más poder y lo constriñó, porque no era justo ni conveniente que estuviera sin honor eclesiástico aquel a quien el Señor honró con la dignidad de la gloria celestial.

    Epístola 33, § 2

    2. Este hombre fue el primero en la lucha de nuestros días; fue el caudillo entre los soldados de Cristo; él, en medio de los ardientes comienzos de la persecución, se enfrentó con el mismísimo jefe y autor del disturbio, venciendo con firmeza invencible al adversario de su propio certamen. Abrió camino a otros para vencer; vencedor con no poca cantidad de heridas, pero triunfante por un milagro, con las penas largas y permanentes de un tedioso combate. Durante diecinueve días, encerrado en la estrecha custodia de un calabozo, fue atormentado y cargado de hierros; pero aunque su cuerpo yacía en cadenas, su espíritu permanecía libre y en libertad. Su carne se consumía por la larga tolerancia del hambre y de la sed; pero Dios alimentaba su alma, que vivía en fe y virtud, con sustentos espirituales. Yacía en castigos, más fuerte por sus castigos; encarcelado, más grande que quienes lo encarcelaban; postrado en tierra, pero más elevado que los que estaban de pie; atado, y más firme que las cadenas que lo ataban; juzgado, y más sublime que quienes lo juzgaban; y aunque sus pies estaban atados en el potro, sin embargo la serpiente fue pisoteada, triturada y vencida. En su glorioso cuerpo brillan las brillantes evidencias de sus heridas; sus huellas manifiestas se muestran y aparecen en los tendones y miembros del hombre, desgastados por el tedioso enflaquecimiento. Grandes cosas son —maravillosas cosas son— las que la fraternidad puede oír sobre sus virtudes y sus alabanzas. Y si alguno apareciera como Tomás, con poca fe en lo que oye, no falta la fe de los ojos, de modo que lo que uno oye también pueda verlo. En el siervo de Dios, la gloria de las heridas hizo la victoria; la memoria de las cicatrices conserva esa gloria.

    Epístola 33, § 3

    3. Ni es ese tipo de título de gloria, en el caso de Celerino, nuestro amado, una cosa desconocida y nueva. Avanza sobre las huellas de sus parientes; rivaliza con sus padres y parientes en honores iguales de la condescendencia divina. Su abuela, Celerina, fue coronada hace tiempo con el martirio. Además, sus tíos paterno y materno, Laurencio y Egnacio, que también antaño guerrearon en los campamentos del mundo, pero fueron verdaderos y espirituales soldados de Dios, derribando al diablo por la confesión de Cristo, merecieron palmas y coronas del Señor por su ilustre pasión. Siempre ofrecemos sacrificios por ellos, como recordáis, cada vez que celebramos las pasiones y los días de los mártires en la conmemoración anual. Ni podía, por tanto, ser degenerado e inferior aquel a quien esta dignidad familiar y una nobleza generosa provocaban con ejemplos domésticos de virtud y fe. Pero si en una familia mundana es asunto de heráldica y de alabanza ser patricio, ¡cuánta mayor alabanza y honor es llegar a ser de noble rango en la heráldica celestial! No puedo decir a quién llamaría más bienaventurado —si a aquellos antepasados, por una posteridad tan ilustre, o a él, por un origen tan glorioso. Tan igualmente entre ellos fluye la condescendencia divina, y pasa de un lado a otro, que, así como la dignidad de su descendencia ilumina su corona, así la sublimidad de su ascendencia ilumina su gloria.

    Epístola 33, § 4

    4. Cuando este hombre, amados hermanos, vino a nosotros con tal condescendencia del Señor, ilustre por el testimonio y la admiración del mismísimo hombre que lo había perseguido, ¿qué otra cosa convenía hacer sino que fuera colocado en el púlpito, es decir, en el tribunal de la Iglesia; que, descansando en la altura de una posición más elevada, y conspicuo ante todo el pueblo por el resplandor de su honor, leyera los preceptos y el Evangelio del Señor, que tan valiente y fielmente sigue? Que la voz que ha confesado al Señor se oiga diariamente en aquellas cosas que el Señor habló. Que se vea si hay algún grado más al que pueda ser ascendido en la Iglesia. No hay nada en lo que un confesor pueda hacer más bien a los hermanos que, mientras la lectura del Evangelio se oye de sus labios, todo el que oye imite la fe del lector. Debería haber sido asociado con Aurelio en la lectura; con quien, además, fue asociado en la alianza del honor divino; con quien, en todas las insignias de virtud y alabanza, había estado unido. Iguales ambos, y cada uno semejante al otro, en la medida en que eran sublimes en gloria, en esa medida eran humildes en modestia. Así como fueron elevados por la condescendencia divina, así eran humildes en su propia apacibilidad y tranquilidad, e igualmente ofrecían ejemplos a todos de virtudes y carácter, y estaban preparados tanto para el certamen como para la paz; dignos de alabanza en el primero por la fortaleza, en la segunda por la modestia.

    Epístola 33, § 5

    5. En tales siervos se regocija el Señor; en confesores de este tipo se gloría — cuya conducta y conversación es tan ventajosa para el anuncio de su gloria, que ofrece a otros una enseñanza de disciplina. Para este propósito ha querido Cristo que permanezcan largo tiempo aquí en la Iglesia; para este propósito los ha conservado a salvo, arrebatados de en medio de la muerte — una especie de resurrección, por así decirlo, obrada en su favor; de modo que, mientras nada se vea por los hermanos más elevado en honor, nada más humilde en humildad, el camino de vida de la fraternidad pueda acompañar a estos mismos. Sabed, pues, que estos por ahora son nombrados lectores, porque era conveniente que la vela fuera colocada en un candelero, desde donde pueda dar luz a todos, y que su glorioso semblante fuera establecido en un lugar más alto, donde, contemplados por toda la fraternidad circundante, puedan dar un incentivo de gloria a los que los miran. Pero sabed que ya he dispuesto para ellos el honor del presbiterio, para que así sean honrados con los mismos presentes que los presbíteros, y puedan compartir los repartos mensuales en cantidades iguales, para sentarse con nosotros en adelante en sus años avanzados y fortalecidos; aunque en nada puede parecer inferior en las cualidades de la edad aquel que ha consumado su edad con la dignidad de su gloria. Os despido cordialmente en el Señor, hermanos amados y muy añorados.

    Epístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 34, argumento
    Argumento. Cipriano comunica al clero y al pueblo que Numídico ha sido ordenado por él presbítero; y encomia brevemente su mérito.

    Epístola 34

    Cipriano a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo, sus hermanos muy amados y añorados, salud. Lo que pertenece, amadísimos hermanos, tanto al gozo común como a la mayor gloria de nuestra Iglesia debe seros contado; pues debéis saber que he sido amonestado e instruido por la condescendencia divina, de que Numídico el presbítero debe ser nombrado en el número de los presbíteros cartagineses, y debe sentarse con nosotros entre el clero — un hombre ilustre por la luz más brillante de la confesión, exaltado en el honor tanto de la virtud como de la fe; que por su exhortación envió delante de sí un número abundante de mártires, muertos por piedras y por las llamas, y que contempló con gozo a su esposa permaneciendo a su lado, quemada (mejor diría, preservada) junto con los demás. Él mismo, medio consumido, abrumado por las piedras, y dejado por muerto — cuando después su hija, con la ansiosa consideración del afecto, buscó el cadáver de su padre — fue hallado medio muerto, fue sacado y revivido, y permaneció de mala gana entre los compañeros que él mismo había enviado delante. Pero la razón de su permanencia atrás, como vemos, fue esta: que el Señor lo añadiera a nuestro clero, y adornara con sacerdotes gloriosos el número de nuestros presbíteros que había sido desolado por la caída de algunos. Y cuando Dios lo permita, será ascendido a un oficio mayor en su región, cuando, por la protección del Señor, hayamos vuelto a vuestra presencia una vez más. Entretanto, hágase lo que se ha revelado, para que recibamos este don de Dios con acción de gracias, esperando de la misericordia del Señor más ornamentos del mismo tipo, para que, renovada así la fuerza de su Iglesia, haga florecer a hombres tan mansos y humildes en el honor de nuestra asamblea. Os despido cordialmente en el Señor, hermanos muy amados y añorados.

    Epístola 35. Al clero, sobre el cuidado de los pobres y de los extranjeros

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 35, argumento
    Argumento. Les advierte que no descuiden a las viudas, a los enfermos, a los pobres o a los extranjeros.

    Epístola 35

    Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus amados hermanos, salud. En seguridad, por la gracia de Dios, os saludo, amados hermanos, deseando venir pronto a vosotros, y satisfacer el deseo tanto mío y vuestro, como de todos los hermanos. Sin embargo, me corresponde también tener consideración por la paz común, y, entretanto, aunque con cansancio de espíritu, estar ausente de vosotros, no sea que mi presencia provoque los celos y la violencia de los paganos, y yo sea la causa de romper la paz, yo que más bien debo cuidar de la quietud de todos. Por tanto, cuando escribáis que los asuntos están arreglados, y que debo venir, o si el Señor se dignara intimármelo antes, entonces iré a vosotros. Pues ¿dónde podría estar yo mejor o más gozoso que allí donde el Señor quiso que yo creyera y creciera? Os ruego que cuidéis diligentemente de las viudas, de los enfermos y de todos los pobres. Además, podéis suplir los gastos de los extranjeros, si alguno es indigente, de mi propia porción, que he dejado con Rogaciano, nuestro copresbítero; la cual porción, para que no sea toda apropiada, la he suplementado enviando al mismo por el acólito Narico otra parte, para que los que sufren sean atendidos más amplia y prontamente. Os despido cordialmente en el Señor, amados hermanos; y tenedme en memoria. Saludad a vuestra fraternidad en mi nombre, y decidles que se acuerden de mí.

    Epístola 36. Al clero, ordenándoles que muestren toda bondad a los confesores en prisión

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 36, argumento
    Argumento. Exhorta a su clero a que se ejerza toda bondad y cuidado hacia los confesores, tanto hacia los que estaban vivos como hacia los que murieron en prisión; que se anoten cuidadosamente los días de su muerte, con el propósito de celebrar su memoria anualmente; y, finalmente, que no olviden tampoco a los pobres.

    Epístola 36, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. Aunque sé, amadísimos hermanos, que con frecuencia habéis sido amonestados en mis cartas a manifestar todo cuidado por aquellos que con voz gloriosa han confesado al Señor, y están encerrados en prisión; sin embargo, una y otra vez os insto a que no falte consideración alguna para aquellos a cuya gloria nada falta. Y deseo que las circunstancias del lugar y de mi posición me permitieran presentarme en este momento con ellos; pronta y gustosamente cumpliría todos los deberes de amor hacia nuestros valentísimos hermanos en mi ministerio señalado. Pero os ruego que vuestra diligencia sea la representante de mi deber, y hagáis todas aquellas cosas que conviene hacer respecto de aquellos a quienes la condescendencia divina ha hecho ilustres en tales méritos de su fe y virtud. Haya también una vigilancia y cuidado más celosos sobre los cuerpos de todos aquellos que, aunque no fueron torturados en prisión, sin embargo partieron de allí por la gloriosa salida de la muerte. Pues ni su virtud ni su honor son demasiado pequeños para que también ellos sean aliados con los bienaventurados mártires. En cuanto pudieron, soportaron lo que estaban preparados y equipados para soportar. El que bajo los ojos de Dios se ha ofrecido a los tormentos y a la muerte, ha sufrido lo que estaba dispuesto a sufrir; pues no fue él el que faltó a los tormentos, sino los tormentos los que le faltaron a él. "Al que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos", dice el Señor. Ellos le han confesado. "El que persevere hasta el fin, ese se salvará", dice el Señor. Ellos han perseverado y han llevado los méritos incorruptos e inmaculados de sus virtudes hasta el fin. Y, de nuevo, está escrito: "Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida". Ellos han perseverado en su fidelidad, y firmeza, e invencibilidad, incluso hasta la muerte. Cuando a la disposición y a la confesión del nombre en prisión y en cadenas se añade también la conclusión del morir, la gloria del mártir se consuma.

    Epístola 36, § 2

    2. Finalmente, tomad nota también de los días en que parten, para que celebremos su conmemoración entre las memorias de los mártires, aunque Tértulo, nuestro fidelísimo y devoto hermano, quien, además de la otra solicitud y cuidado que muestra a los hermanos en todo servicio de trabajo, no falta además en ese respecto en cuidado alguno de sus cuerpos, ha escrito, y escribe y me comunica los días, en que nuestros benditos hermanos en prisión pasan por la puerta de una muerte gloriosa a su inmortalidad; y se celebran aquí por nosotros ofrendas y sacrificios por sus conmemoraciones, las cuales cosas, con la protección del Señor, pronto celebraremos con vosotros. Que vuestro cuidado también (como ya he escrito a menudo) y vuestra diligencia no falten a los pobres — a aquellos, quiero decir, que permanecen firmes en la fe y luchan valientemente con nosotros, y no han abandonado el campamento de Cristo; a quienes, en verdad, deberíamos mostrar ahora un amor y cuidado mayor, en que no están constreñidos por la pobreza ni postrados por la tempestad de la persecución, sino que sirven fielmente con el Señor, y han dado ejemplo de fe a los otros pobres. Os despido cordialmente en el Señor, hermanos amados y muy añorados; y acordaos de mí. Saludad a la fraternidad en mi nombre. Adiós.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 4 de 14