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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    Cartas

    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 14 · Epístola 60Publicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 60

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 60, argumento
    Argumento. Prohíbe que un actor, si continúa en su oficio deshonroso, comulgue en la Iglesia. Ni le permite que le sirva de excusa que él mismo no practica el arte histriónico, mientras lo enseña a otros; ni lo excusa por falta de recursos, ya que lo necesario puede suplírsele de los fondos de la Iglesia; y por tanto, si los fondos de la Iglesia allí no son suficientes, le recomienda que venga a Cartago.

    Epístola 60, § 1

    1. Cipriano a Euquracio su hermano, salud. Por nuestro mutuo amor y tu reverencia hacia mí has pensado que debía ser consultado, hermano carísimo, en cuanto a mi opinión acerca de cierto actor, que, estando establecido entre vosotros, persiste aún en el descrédito de su mismo arte; y como maestro y enseñador, no para la instrucción, sino para la destrucción de los muchachos, lo que él ha aprendido desgraciadamente lo imparte también a otros: preguntas si tal persona debe comulgar con nosotros. Esto, pienso, ni conviene a la majestad divina ni a la disciplina del Evangelio, que la modestia y el crédito de la Iglesia sean contaminados por tan desgraciada e infame plaga. Pues, puesto que en la ley se prohíbe a los hombres vestir ropa de mujer, y los que delinquen de esta manera son juzgados malditos, ¿cuánto mayor es el crimen, no solo tomar vestidos de mujer, sino también expresar gestos viles, afeminados y lujuriosos, mediante la enseñanza de un arte inmodesto?

    Epístola 60, § 2

    2. Ni se excuse nadie diciendo que él mismo ha dejado el teatro, mientras enseña aún el arte a otros. Pues no puede parecer que lo ha dejado quien pone a otros en su lugar, y quien, en vez de él solo, provee a muchos en su lugar; contra el designio de Dios, instruyendo y enseñando de qué manera un hombre puede ser quebrantado hasta hacerse mujer, y su sexo cambiado por el arte, y cómo el diablo, que mancilla la imagen divina, puede ser complacido con los pecados de un cuerpo corrompido y enervado. Pero si tal persona alega pobreza y la necesidad de escasos recursos, su necesidad puede también ser socorrida entre los demás que son mantenidos por el sostén de la Iglesia; si se contenta, es decir, con alimento muy frugal pero inocente. Y no piense que es redimido por una asignación para dejar de pecar, puesto que esto es ventaja no para nosotros, sino para él mismo. Cualquier cosa más que desee, debe buscarla de allí, de aquella ganancia que aparta a los hombres del banquete de Abraham, de Isaac y de Jacob, y los conduce, triste y perniciosamente cebados en este mundo, a los tormentos eternos de hambre y sed; y por tanto, en cuanto puedas, retíralo de esta depravación y deshonra al camino de la inocencia y a la esperanza de la vida eterna, para que se contente con el sustento de la Iglesia, escaso ciertamente, pero saludable. Pero si la Iglesia entre vosotros no basta para esto, para prestar apoyo a los necesitados, puede trasladarse a nosotros, y recibir aquí lo que le sea necesario para alimento y vestido, y no enseñar cosas mortales a otros fuera de la Iglesia, sino aprender él mismo cosas saludables en la Iglesia. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente en el Señor.

    Epístola 61. A Pomponio, sobre algunas vírgenes

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 61, argumento
    Argumento. Cipriano, con algunos de sus colegas, responde a su colega Pomponio, que las vírgenes que habían determinado mantener su estado con continencia y firmeza, pero que después habían sido halladas en el mismo lecho con hombres, si aún se las hallara vírgenes, deben ser recibidas en la comunión y admitidas en la Iglesia. Pero si no, puesto que son adúlteras contra Cristo, deben ser obligadas a penitencia plena, y las que perseveraren obstinadamente deben ser expulsadas de la Iglesia.

    Epístola 61, § 1

    1. Cipriano, Cecilio, Víctor, Sedato y Tértulo, con los presbíteros que estaban presentes con ellos, a Pomponio su hermano, salud. Hemos leído, hermano carísimo, tu carta que enviaste por Paconio nuestro hermano, pidiendo y deseando que te escribamos de nuevo y digamos lo que pensamos de aquellas vírgenes que, después de haber determinado una vez continuar en su estado y mantener firmemente su continencia, han sido después halladas que habían permanecido en el mismo lecho, lado a lado con hombres; de las cuales dices que una es diácono; y sin embargo, que las mismas vírgenes que han confesado que han dormido con hombres declaran que son castas. Sobre estos asuntos, puesto que has deseado nuestro consejo, sabed que no nos apartamos de las tradiciones del Evangelio y de los apóstoles, sino que con constancia y firmeza tomamos consejo para nuestros hermanos y hermanas, y mantenemos la disciplina de la Iglesia por todos los caminos de utilidad y seguridad, puesto que el Señor dice: "Y os daré pastores según mi corazón, y os apacentarán con disciplina." Y de nuevo está escrito: "Quien desprecia la disciplina es miserable"; y también en los Salmos el Espíritu Santo nos amonesta e instruye, diciendo: "Guardad la disciplina, no sea que el Señor se enoje, y perezcáis del camino recto, cuando su ira se encienda pronto contra vosotros.

    Epístola 61, § 2

    2. En primer lugar, pues, hermano carísimo, nada debe ser buscado con más empeño, tanto por los obispos como por el pueblo, que el que nosotros, que tememos a Dios, guardemos los preceptos divinos con toda observancia de la disciplina, y no permitamos que nuestros hermanos se extravíen y vivan según su propia fantasía y concupiscencia; sino que consultemos fielmente por la vida de cada uno, y no permitamos que las vírgenes moren con hombres — no digo dormir juntos, sino vivir juntos — puesto que su sexo débil y su edad, aún crítica, debe ser refrenada en todas las cosas y gobernada por nosotros, no sea que se dé ocasión al diablo, que nos acecha y desea enfurecerse contra nosotros, para dañarlas, puesto que también el apóstol dice: "No deis lugar al diablo." . La nave debe ser librada con vigilancia de los lugares peligrosos, para que no se rompa entre las rocas y los acantilados; el equipaje debe ser sacado rápidamente del fuego, antes de que sea consumido por las llamas que lo alcanzan. Nadie que está cerca del peligro está seguro por mucho tiempo, ni el siervo de Dios podrá escapar del diablo si se ha enredado en las redes del diablo. Debemos intervenir de inmediato con tales personas, para que sean separadas mientras aún pueden ser separadas en inocencia; porque poco a poco no podrán ser separadas por nuestra intervención, después de haberse unido por una conciencia muy culpable. Además, ¡cuántos graves males vemos que han surgido de aquí; y cuánta multitud de vírgenes contemplamos corrompidas por conjunciones ilícitas y peligrosas de este tipo, para nuestro gran dolor de ánimo! Pero si se han consagrado fielmente a Cristo, perseveren en la modestia y la castidad, sin incurrir en ninguna mala fama, y así, con valor y firmeza, aguarden el premio de la virginidad. Pero si no quieren o no pueden perseverar, es mejor que se casen, antes que por sus crímenes caigan en el fuego. Ciertamente no causen escándalo a los hermanos o hermanas, puesto que está escrito: "Si la comida escandaliza a mi hermano, no comeré carne jamás, para no escandalizar a mi hermano."

    Epístola 61, § 3

    3. Ni piense nadie que puede ser defendida con esta excusa, de que sea examinada y probada si es virgen; puesto que tanto las manos como los ojos de las parteras son a menudo engañados; y si se la halla virgen en aquello particular en lo que una mujer puede serlo, sin embargo puede haber pecado en alguna otra parte de su cuerpo, que puede ser corrompida y no puede ser examinada. Ciertamente, el mero yacer juntos, el mero abrazarse, el mismo hablar juntos, y el acto de besar, y el deshonroso y sucio dormitar de dos personas que yacen juntas, ¡cuánta deshonra y crimen confiesa! Si un marido sorprende a su esposa y la ve yaciendo con otro hombre, ¿no se enoja y se enfurece, y por la pasión de su ira no toma quizá la espada en su mano? ¿Y qué pensará Cristo, nuestro Señor y Juez, cuando vea a su virgen, consagrada a Él y destinada a su santidad, yaciendo con otro? ¡Cuán indignado y airado está Él, y qué penas amenaza contra tales uniones impúdicas! Cuyo espiritual espada y el día del juicio que viene, para que cada uno de los hermanos pueda escapar, debemos con todo nuestro consejo proveer y esforzarnos. Y puesto que a todos conviene por todos los medios guardar la disciplina, mucho más es justo que los obispos y diáconos sean cuidadosos de esto, para que den ejemplo e instrucción a otros acerca de su conducta y carácter. Pues ¿cómo pueden dirigir la integridad y la continencia de otros, si las corrupciones y enseñanzas del pecado comienzan a salir de ellos mismos?

    Epístola 61, § 4

    4. Y por tanto, has obrado con prudencia y vigor, hermano carísimo, al excomulgar al diácono que a menudo ha morado con una virgen; y, además, a los otros que solían dormir con vírgenes. Pero si se han arrepentido de este su yacer juntos ilícito, y se han apartado mutuamente, sean entretanto las vírgenes cuidadosamente inspeccionadas por parteras; y si se las hallara vírgenes, sean recibidas en la comunión y admitidas en la Iglesia; sin embargo, con esta amenaza: que si posteriormente volvieran a los mismos hombres, o si moraran junto con los mismos hombres en una casa o bajo el mismo techo, sean expulsadas con una censura más severa, y no sean después admitidas fácilmente en la Iglesia. Pero si alguna de ellas fuera hallada corrompida, haga penitencia abundantemente, porque la que ha sido culpable de este crimen es adúltera, no contra un marido, sino contra Cristo; y por tanto, fijado un tiempo debido, vuelva después, cuando se haya hecho confesión, a la Iglesia. Pero si perseveraran obstinadamente y no se separaran mutuamente, sepan que, con esta su obstinación inmodesta, jamás podrán ser admitidas por nosotros en la Iglesia, no sea que empiecen a dar ejemplo a otros de ir a la ruina por sus crímenes. Ni piensen que el camino de la vida o de la salvación está aún abierto para ellas, si han rehusado obedecer a los obispos y sacerdotes, puesto que en el Deuteronomio dice el Señor Dios: "Y el hombre que obrare con presunción, y no escuchare al sacerdote o al juez, quienquiera que sea en aquellos días, aquel hombre morirá, y todo el pueblo oirá y temerá, y no obrará más con presunción." . Dios mandó que los que no obedecían a sus sacerdotes fueran muertos, y los que no escuchaban a sus jueces, que habían sido designados para aquel tiempo. Y entonces, en verdad, eran muertos con la espada, cuando la circuncisión de la carne estaba aún en vigor; pero ahora que la circuncisión ha comenzado a ser del espíritu entre los fieles siervos de Dios, los soberbios y contumaces son muertos con la espada del Espíritu, en cuanto que son echados fuera de la Iglesia. Pues no pueden vivir fuera de ella, puesto que la casa de Dios es una, y no puede haber salvación para nadie sino en la Iglesia. Pero la divina Escritura testifica que los indisciplinados perecen, porque no escuchan ni obedecen los preceptos saludables; pues dice: "El hombre indisciplinado no ama al que lo corrige. Pero los que odian la reprensión serán consumidos con deshonra.

    Epístola 61, § 5

    5. Por tanto, hermano carísimo, esfuérzate en que los indisciplinados no sean consumidos y perezcan; en que, cuanto puedas, por tus saludables consejos, gobiernes a la fraternidad y tomes consejo de cada uno con miras a su salvación. Estrecha y angosta es la senda por la cual entramos en la vida, pero excelente y grande es el premio cuando entramos en la gloria. Aquellos que una vez se han hecho eunucos por el reino de los cielos, agraden a Dios en todas las cosas, y no ofendan a los sacerdotes de Dios ni a la Iglesia del Señor con el escándalo de su maldad. Y si, por ahora, algunos de nuestros hermanos parecen entristecidos por nosotros, permanezcamos sin embargo en nuestra saludable persuasión, sabiendo que también un apóstol ha dicho: "¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo porque os digo la verdad?" . Pero si nos obedecieren, hemos ganado a nuestros hermanos, y los hemos formado tanto para la salvación como para la dignidad con nuestra palabra. Pero si algunas personas perversas rehúsan obedecer, sigamos al mismo apóstol, que dice: "Si agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo." . Si no podemos agradar a algunos, de modo que los hagamos agradar a Cristo, agrademos ciertamente, en cuanto podamos, a Cristo nuestro Señor y Dios, observando sus preceptos. Te saludo, hermano amado y muy deseado, cordialmente en el Señor.

    Epístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 62, argumento
    Argumento. Cipriano enseña, contra aquellos que usaban agua en la cena del Señor, que no se debía ofrecer agua sola, sino vino mezclado con agua; que por el agua se designaba en la Escritura el bautismo, pero ciertamente no la Eucaristía. Con tipos tomados del Antiguo Testamento se ilustra el uso del vino en el sacramento del cuerpo del Señor; y se declara que por el símbolo del agua se entiende la congregación cristiana.

    Epístola 62, § 1

    1. Cipriano a Cecilio, su hermano, salud. Aunque sé, hermano carísimo, que muchísimos de los obispos que por condescendencia divina están puestos al frente de las iglesias del Señor, en todo el mundo, mantienen el plan de la verdad evangélica y de la tradición del Señor, y no se apartan por institución humana y novedosa de aquello que Cristo, nuestro Maestro, prescribió e hizo; sin embargo, puesto que algunos, por ignorancia o por simpleza, al consagrar el cáliz del Señor y al administrar al pueblo, no hacen aquello que Jesucristo, nuestro Señor y Dios, fundador y maestro de este sacrificio, hizo y enseñó, he juzgado cosa tan religiosa como necesaria escribirte esta carta, para que, si alguno se mantiene aún en este error, contemple la luz de la verdad y vuelva a la raíz y al origen de la tradición del Señor. Y no debes pensar, hermano carísimo, que escribo mis propios pensamientos o los de hombre; ni que me arrogo esto a mí mismo con osadía por mi propia voluntad, ya que siempre mantengo mi mediocridad con moderación humilde y modesta. Pero cuando algo es prescrito por inspiración y mandato de Dios, es necesario que un fiel siervo obedezca al Señor, excusado por todos de arrogarse nada con soberbia, puesto que se ve constreñido a temer ofender al Señor si no hace lo que se le manda.

    Epístola 62, § 2

    2. Sabe, pues, que he sido advertido de que, al ofrecer el cáliz, debe observarse la tradición del Señor, y de que nada debe ser hecho por nosotros sino lo que el Señor primero hizo por nosotros, a saber, que el cáliz que se ofrece en memoria de Él debe ofrecerse mezclado con vino. Pues cuando Cristo dice: "Yo soy la vid verdadera" , la sangre de Cristo ciertamente no es agua, sino vino; ni puede su sangre, con la cual somos redimidos y vivificados, aparecer en el cáliz, cuando en el cáliz no hay vino por el cual se muestre la sangre de Cristo, la cual es declarada por el sacramento y el testimonio de todas las Escrituras.

    Epístola 62, § 3

    3. Pues hallamos también en el Génesis, respecto del sacramento en Noé, que esto mismo fue para ellos precursor y figura de la pasión del Señor; que bebió vino; que se embriagó; que quedó desnudo en su casa; que yacía con los muslos desnudos y al descubierto; que la desnudez del padre fue vista por su segundo hijo, y fue hecha pública, pero fue cubierta por dos, el mayor y el menor; y otras cosas que no es necesario perseguir, pues nos basta abrazar solo esto: que Noé, presentando un tipo de la verdad futura, no bebió agua, sino vino, y así expresó la figura de la pasión del Señor.

    Epístola 62, § 4

    4. También en el sacerdote Melquisedec vemos prefigurado el sacramento del sacrificio del Señor, según lo que atestigua la divina Escritura, y dice: "Y Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino" . Era, pues, sacerdote del Dios altísimo, y bendijo a Abraham. Y que Melquisedec representaba un tipo de Cristo, lo declara el Espíritu Santo en los Salmos, diciendo desde la persona del Padre al Hijo: "Antes del lucero de la mañana te engendré; tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec"; orden que es ciertamente este que proviene de aquel sacrificio y de allí desciende: que Melquisedec fue sacerdote del Dios altísimo; que ofreció vino y pan; que bendijo a Abraham. Pues ¿quién es más sacerdote del Dios altísimo que nuestro Señor Jesucristo, quien ofreció un sacrificio a Dios Padre, y ofreció aquello mismo que Melquisedec había ofrecido, es decir, pan y vino, a saber, su cuerpo y su sangre? Y en cuanto a Abraham, aquella bendición precedente pertenecía a nuestro pueblo. Pues si Abraham creyó en Dios, y le fue contado por justicia, ciertamente todo el que cree en Dios y vive en la fe es hallado justo, y ya es bendito en el fiel Abraham, y es presentado como justificado; como prueba el bienaventurado apóstol Pablo, cuando dice: "Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabéis, pues, que los que son de la fe, estos son hijos de Abraham. Pero la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, anunció de antemano a Abraham que en él serían benditas todas las naciones; así que los de la fe son bendecidos con el fiel Abraham" . De donde en el Evangelio hallamos que "hijos de Abraham son levantados de las piedras, esto es, son reunidos de entre los gentiles" . Y cuando el Señor alabó a Zaqueo, respondió y dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, por cuanto también él es hijo de Abraham" . En el Génesis, pues, para que la bendición respecto de Abraham por el sacerdote Melquisedec fuese debidamente celebrada, precede la figura del sacrificio de Cristo, a saber, ordenada en pan y vino; cosa que el Señor, completándola y cumpliéndola, ofreció pan y el cáliz mezclado con vino, y así el que es la plenitud de la verdad cumplió la verdad de la imagen prefigurada.

    Epístola 62, § 5

    5. Además, el Espíritu Santo muestra de antemano por Salomón el tipo del sacrificio del Señor, haciendo mención de la víctima inmolada, y del pan y del vino, y, además, del altar y de los apóstoles, y dice: "La sabiduría edificó su casa, puso sus siete columnas; mató sus víctimas; mezcló su vino en el cáliz; dispuso también su mesa: y envió a sus siervos, convocando con anuncio excelso a su cáliz, diciendo: El que es simple, vuélvase a mí; y a los faltos de entendimiento ha dicho: Venid, comed de mi pan, y bebed del vino que os he mezclado". Declara el vino mezclado, esto es, anuncia con voz profética el cáliz del Señor mezclado con agua y vino, para que aparezca que en la pasión de nuestro Señor se hizo aquello que antes había sido predicho.

    Epístola 62, § 6

    6. En la bendición de Judá también se significa esto mismo, donde se expresa asimismo una figura de Cristo: que debe tener alabanza y adoración de sus hermanos; que debe oprimir la espalda de sus enemigos que ceden y huyen, con las manos con que llevó la cruz y venció a la muerte; y que Él mismo es el León de la tribu de Judá, y debe acostarse durmiendo en su pasión, y levantarse, y ser Él mismo la esperanza de los gentiles. A lo cual la divina Escritura añade, y dice: "Lavará su vestidura en vino, y su ropa en la sangre de la uva" . Pero cuando se menciona la sangre de la uva, ¿qué otra cosa se presenta sino el vino del cáliz de la sangre del Señor?

    Epístola 62, § 7

    7. En Isaías también el Espíritu Santo testifica esto mismo acerca de la pasión del Señor, diciendo: "¿Por qué están rojas tus vestiduras, y tu ropa como de pisar el lagar lleno y bien pisado?" . ¿Puede el agua enrojecer las vestiduras? ¿O es agua lo que en el lagar es pisado con los pies, o exprimido por la prensa? Ciertamente, por tanto, se hace mención del vino para que se entienda la sangre del Señor, y para que lo que después fue manifestado en el cáliz del Señor fuese anunciado de antemano por los profetas que lo proclamaron. Se insiste también repetidamente en el pisado y la presión del lagar; porque así como no se puede llegar a beber el vino si no se pisa y exprime primero el racimo de uvas, así tampoco podríamos beber la sangre de Cristo si Cristo no hubiera sido primero pisoteado y exprimido, y no hubiera bebido primero el cáliz del cual había de dar a beber también a los creyentes.

    Epístola 62, § 8

    8. Pero cuantas veces se nombra el agua sola en las Sagradas Escrituras, se hace referencia al bautismo, como vemos insinuado en Isaías: "No os acordéis —dice— de las cosas pasadas, ni consideréis las cosas antiguas. He aquí que yo hago una cosa nueva, que brotará ahora; y la conoceréis. Haré camino en el desierto, y ríos en el lugar seco, para dar de beber a mi pueblo elegido, mi pueblo que he adquirido, para que publiquen mi alabanza" . Allí anunció Dios por el profeta que entre las naciones, en lugares que antes habían estado secos, correrían después ríos abundantes, y proveerían de agua al pueblo elegido de Dios, esto es, a los que fueron hechos hijos de Dios por la generación del bautismo. Además, se predice y anuncia también de antemano que los judíos, si tuvieren sed y buscaren a Cristo, beberán con nosotros, esto es, alcanzarán la gracia del bautismo. "Si tuvieren sed —dice—, Él los conducirá por los desiertos, sacará para ellos agua de la roca; la roca será hendida, y fluirá el agua, y mi pueblo beberá" ; lo cual se cumple en el Evangelio, cuando Cristo, que es la Roca, es hendido por un golpe de lanza en su pasión; quien también, recordando lo que antes fue anunciado por el profeta, clama y dice: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva". Y para que fuese más evidente que el Señor habla allí, no del cáliz, sino del bautismo, la Escritura añade, diciendo: "Pero esto lo dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él". Pues por el bautismo se recibe el Espíritu Santo; y así, por los que son bautizados y han alcanzado el Espíritu Santo, se alcanza el beber del cáliz del Señor. Y no turbe a nadie que, cuando la divina Escritura habla del bautismo, diga que tenemos sed y bebemos, pues también el Señor dice en el Evangelio: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia" ; porque lo que se recibe con deseo ávido y sediento se bebe más plena y abundantemente. Como también, en otro lugar, habla el Señor a la mujer samaritana, diciendo: "Cualquiera que bebe de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás" . Con lo cual se significa también el bautismo mismo de agua salvadora, que ciertamente se recibe una sola vez, y no se repite de nuevo. Pero el cáliz del Señor es siempre deseado con sed y bebido en la Iglesia.

    Epístola 62, § 9

    9. Ni hay necesidad de muchísimos argumentos, hermano carísimo, para probar que el bautismo es siempre indicado por el nombre de agua, y que así debemos entenderlo, puesto que el Señor, cuando vino, manifestó la verdad del bautismo y del cáliz al mandar que aquella agua fiel, el agua de la vida eterna, fuese dada a los creyentes en el bautismo, pero enseñando, con el ejemplo de su propia autoridad, que el cáliz debe mezclarse con la unión de vino y agua. Pues, tomando el cáliz en la víspera de su pasión, lo bendijo, y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Bebed todos de él; porque esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos, para remisión de los pecados. Os digo que no beberé ya más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que beba vino nuevo con vosotros en el reino de mi Padre" . En cuyo pasaje hallamos que el cáliz que el Señor ofreció estaba mezclado, y que era vino aquello que Él llamó su sangre. De donde aparece que la sangre de Cristo no es ofrecida si no hay vino en el cáliz, ni se celebra el sacrificio del Señor con legítima consagración a menos que nuestra oblación y sacrificio respondan a su pasión. Pero ¿cómo beberemos el vino nuevo del fruto de la vid con Cristo en el reino de su Padre, si en el sacrificio de Dios Padre y de Cristo no ofrecemos vino, ni mezclamos el cáliz del Señor según la propia tradición del Señor?

    Epístola 62, § 10

    10. Además, el bienaventurado apóstol Pablo, elegido y enviado por el Señor, y constituido predicador de la verdad evangélica, expone estas mismas cosas en su epístola, diciendo: "El Señor Jesús, la misma noche en que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros: haced esto en memoria de mí. De la misma manera tomó también el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es el nuevo testamento en mi sangre: haced esto, cuantas veces lo bebiereis, en memoria de mí. Pues cuantas veces comiereis este pan y bebiereis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga" . Pero si está mandado por el Señor, y lo mismo es confirmado y entregado por su apóstol, que cuantas veces bebamos, hagamos en memoria del Señor lo mismo que también hizo el Señor, hallamos que lo mandado no es observado por nosotros, a menos que también hagamos lo que hizo el Señor; y que al mezclar el cáliz del Señor de igual manera no nos apartamos de la enseñanza divina; sino que de ningún modo debemos apartarnos de los preceptos evangélicos, y que los discípulos deben observar y hacer las mismas cosas que el Maestro enseñó e hizo. El bienaventurado apóstol en otro lugar enseña con más ahínco y firmeza, diciendo: "Me maravillo de que tan pronto os hayáis apartado del que os llamó a la gracia, a otro evangelio, que no es otro; pero hay algunos que os turban, y quieren pervertir el Evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo digo otra vez: Si alguno os anunciare otro evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema" .

    Epístola 62, § 11

    11. Puesto que ni el apóstol mismo ni un ángel del cielo pueden predicar o enseñar cosa alguna de modo distinto de lo que Cristo enseñó una vez y sus apóstoles anunciaron, me admiro mucho de dónde ha tenido origen esta práctica: que, contra lo evangélico y la disciplina, se ofrezca agua en algunos lugares en el cáliz del Señor, agua que por sí sola no puede expresar la sangre de Cristo. Tampoco el Espíritu Santo guarda silencio en los Salmos sobre el sacramento de esta cosa, cuando hace mención del cáliz del Señor, y dice: "¡Tu cáliz embriagador, cuán excelente es!". Ahora bien, el cáliz que embriaga ciertamente está mezclado con vino, pues el agua no puede embriagar a nadie. Y el cáliz del Señor de tal manera embriaga, como también Noé fue embriagado bebiendo vino, en el Génesis. Pero como la embriaguez del cáliz y de la sangre del Señor no es tal como la embriaguez del vino del mundo, ya que el Espíritu Santo dijo en el Salmo: "Tu cáliz embriagador", añadió: "cuán excelente es", porque sin duda el cáliz del Señor de tal modo embriaga a los que lo beben, que los hace sobrios; que restaura sus mentes a la sabiduría espiritual; que cada uno se recobra de aquel sabor del mundo para el entendimiento de Dios; y del mismo modo que por aquel vino común se disuelve la mente, y se relaja el alma, y se deja de lado toda tristeza, así, cuando han sido bebidos la sangre del Señor y el cáliz de la salvación, se deja de lado la memoria del hombre viejo, y surge un olvido de la anterior conducta mundana, y el pecho afligido y triste que antes estaba oprimido por pecados atormentadores es aliviado por el gozo del divina misericordia; porque solo puede alegrar a quien bebe en la Iglesia aquello que, cuando se bebe, retiene la verdad del Señor.

    Epístola 62, § 12

    12. Pero cuán perverso y cuán contrario es que, aunque el Señor en las bodas hizo vino del agua, nosotros hagamos agua del vino, cuando aun el sacramento de aquella realidad debería amonestarnos e instruirnos a ofrecer más bien vino en los sacrificios del Señor. Pues porque entre los judíos faltaba la gracia espiritual, faltaba también el vino. Porque la viña del Señor de los ejércitos era la casa de Israel; mas Cristo, al enseñar y mostrar que el pueblo de los gentiles les sucedería, y que por el mérito de la fe alcanzaríamos después el lugar que los judíos habían perdido, hizo del agua vino; esto es, mostró que en las bodas de Cristo y de la Iglesia, como los judíos faltaban, el pueblo de las naciones más bien debía afluir y congregarse: pues la Escritura divina declara en el Apocalipsis que las aguas significan los pueblos, diciendo: "Las aguas que viste, sobre las cuales se sienta la ramera, son pueblos y muchedumbres, y naciones de los gentiles y lenguas", lo cual vemos evidentemente contenido también en el sacramento del cáliz.

    Epístola 62, § 13

    13. Pues porque Cristo nos llevó a todos, en cuanto llevó también nuestros pecados, vemos que en el agua se entiende el pueblo, pero en el vino se muestra la sangre de Cristo. Mas cuando en el cáliz se mezcla el agua con el vino, el pueblo se hace uno con Cristo, y la asamblea de los creyentes se asocia y se une con Aquel en quien cree; cuya asociación y unión de agua y vino se mezcla de tal modo en el cáliz del Señor, que aquella mezcla ya no puede separarse. Por lo cual, además, nada puede separar de Cristo a la Iglesia —esto es, al pueblo establecido en la Iglesia, que persevera fiel y firmemente en lo que ha creído—, de manera que su amor indiviso deje de permanecer y adherirse siempre. Así, pues, al consagrar el cáliz del Señor, no puede ofrecerse el agua sola, como tampoco puede ofrecerse el vino solo. Porque si alguno ofrece sólo vino, la sangre de Cristo queda disociada de nosotros; mas si el agua está sola, el pueblo queda disociado de Cristo; pero cuando ambas cosas se mezclan y se unen entre sí con estrecha unión, se realiza un sacramento espiritual y celestial. Así, el cáliz del Señor no es, en verdad, agua sola ni vino solo, a menos que cada uno se mezcle con el otro; así como, por otra parte, el cuerpo del Señor no puede ser harina sola o agua sola, a menos que ambas se unan y junten y compacten en la masa de un solo pan; en cuyo mismo sacramento se muestra que nuestro pueblo se hace uno, para que, del mismo modo que muchos granos, recogidos, molidos y mezclados en una sola masa, hacen un solo pan; así en Cristo, que es el pan celestial, sepamos que hay un solo cuerpo, con el cual nuestro número está unido y juntado.

    Epístola 62, § 14

    14. No hay, pues, razón alguna, hermano carísimo, para que alguien piense que ha de seguirse la costumbre de ciertas personas que en el pasado pensaron entre vosotros que en el cáliz del Señor debía ofrecerse agua sola. Pues debemos preguntar a quiénes han seguido ellos mismos. Porque si en el sacrificio que Cristo ofreció no ha de seguirse a nadie sino a Cristo, ciertamente nos conviene obedecer y hacer lo que Cristo hizo y lo que mandó hacer, ya que Él mismo dice en el Evangelio: "Si hacéis todo lo que yo os mando, ya no os llamo siervos, sino amigos." Y que sólo a Cristo ha de oírse, el Padre también lo testifica desde el cielo, diciendo: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; oídle." Por lo cual, si sólo a Cristo ha de oírse, no debemos atender a lo que otro antes de nosotros haya pensado que debía hacerse, sino a lo que Cristo, que es antes que todos, hizo primero. Ni conviene seguir la práctica del hombre, sino la verdad de Dios; puesto que Dios habla por el profeta Isaías y dice: "En vano me honran, enseñando mandamientos y doctrinas de hombres." Y de nuevo el Señor en el Evangelio repite esta misma sentencia y dice: "Rechazáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra propia tradición." Además, en otro lugar lo establece, diciendo: "Cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos más pequeños, y así enseñe a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos." Pero si no podemos quebrantar ni siquiera los mandamientos más pequeños del Señor, ¡cuánto más está prohibido infringir otros tan importantes, tan grandes, tan pertenecientes al sacramento mismo de la pasión de nuestro Señor y de nuestra propia redención, o cambiarlo por tradición humana en otra cosa distinta de lo divinamente ordenado! Porque si Jesucristo, nuestro Señor y Dios, es Él mismo el sumo sacerdote de Dios Padre, y primero se ofreció a sí mismo en sacrificio al Padre, y mandó que esto se hiciera en conmemoración de Él, ciertamente aquel sacerdote desempeña verdaderamente el oficio de Cristo que imita lo que Cristo hizo; y ofrece entonces un sacrificio verdadero y pleno en la Iglesia a Dios Padre, cuando procede a ofrecerlo según lo que ve que Cristo mismo ha ofrecido.

    Epístola 62, § 15

    15. Pero la disciplina de toda religión y verdad queda trastornada, a menos que se observe fielmente lo que espiritualmente está prescrito; a no ser, ciertamente, que alguien tema en los sacrificios matutinos que por el gusto del vino exhale el olor de la sangre de Cristo. Por tanto, así comienza a apartarse a la fraternidad de la pasión de Cristo en las persecuciones, aprendiendo en las ofrendas a turbarse acerca de su sangre y de su derramamiento de sangre. Además, sin embargo, el Señor dice en el Evangelio: "Cualquiera que se avergüence de mí, de él se avergonzará el Hijo del hombre." Y el apóstol también habla, diciendo: "Si agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo." Pero ¿cómo podemos derramar nuestra sangre por Cristo, los que nos avergonzamos de beber la sangre de Cristo?

    Epístola 62, § 16

    16. ¿Acaso alguno se lisonjea con esta idea: que aunque por la mañana se ve ofrecer agua sola, sin embargo, cuando venimos a la cena ofrecemos el cáliz mezclado? Pero cuando cenamos, no podemos convocar al pueblo a nuestro banquete, de modo que celebremos la verdad del sacramento en presencia de toda la fraternidad. Y, con todo, no fue por la mañana, sino después de la cena, cuando el Señor ofreció el cáliz mezclado. ¿Debemos, pues, celebrar el cáliz del Señor después de la cena, para que así, por la repetición continua de la cena del Señor, podamos ofrecer el cáliz mezclado? Convenía que Cristo lo ofreciera hacia el atardecer del día, para que la misma hora del sacrificio mostrara el ocaso y la tarde del mundo; como está escrito en el Éxodo: "Y todo el pueblo de la sinagoga de los hijos de Israel lo inmolará al atardecer." Y de nuevo en los Salmos: "Sea la elevación de mis manos como sacrificio vespertino." Pero nosotros celebramos la resurrección del Señor por la mañana.

    Epístola 62, § 17

    17. Y porque hacemos mención de su pasión en todos los sacrificios (pues la pasión del Señor es el sacrificio que ofrecemos), no debemos hacer otra cosa que lo que Él hizo. Pues dice la Escritura: "Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga." Cuantas veces, por tanto, ofrecemos el cáliz en conmemoración del Señor y de su pasión, hagamos lo que consta que hizo el Señor. Y lléguese a esta conclusión, hermano carísimo: si alguno de nuestros predecesores, por ignorancia o por sencillez, no observó y guardó esto que el Señor con su ejemplo y enseñanza nos ha instruido a hacer, puede, por la misericordia del Señor, habérsele concedido el perdón a su sencillez. Pero nosotros no podemos ser perdonados, que ahora somos amonestados e instruidos por el Señor para ofrecer el cáliz del Señor mezclado con vino según lo que el Señor ofreció, y para dirigir también cartas a nuestros colegas sobre esto, de modo que la ley evangélica y la tradición del Señor se guarden en todas partes, y no haya apartamiento de lo que Cristo enseñó e hizo.

    Epístola 62, § 18

    18. Desatender estas cosas por más tiempo, y perseverar en el error anterior, ¿qué otra cosa es sino caer bajo la reprensión del Señor, que en el salmo cincuenta reprende y dice: "¿Qué tienes tú que declarar mis estatutos, o que tomar mi pacto en tu boca, visto que aborreces la instrucción y echas mis palabras detrás de ti? Cuando viste a un ladrón, consentiste con él, y has sido partícipe con adúlteros"? Pues declarar la justicia y el pacto del Señor, y no hacer lo mismo que el Señor hizo, ¿qué otra cosa es sino arrojar sus palabras y despreciar la instrucción del Señor, y cometer hurtos y adulterios no terrenales, sino espirituales? Mientras alguno roba de la verdad evangélica las palabras y obras de nuestro Señor, está corrompiendo y adulterando los preceptos divinos, como está escrito en Jeremías. Dice: "¿Qué es la paja para el trigo? Por tanto, he aquí que yo estoy contra los profetas, dice el Señor, que roban mis palabras cada uno de su prójimo, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con su ligereza." También en el mismo profeta, en otro lugar, dice: "Cometió adulterio con los ídolos de madera y piedra, y con todo esto no se volvió a mí." Para que este hurto y este adulterio no caigan también sobre nosotros, debemos estar ansiosamente cuidadosos, y velar con temor y religiosamente. Porque si somos sacerdotes de Dios y de Cristo, no conozco a nadie a quien debamos seguir más bien que a Dios y a Cristo, puesto que Él mismo dice enfáticamente en el Evangelio: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida." Por tanto, para no andar en tinieblas, debemos seguir a Cristo y observar sus preceptos, porque Él mismo dijo a sus apóstoles en otro lugar, cuando los envió: "Todo poder me es dado en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándoles a guardar todas las cosas que os he mandado." Por lo cual, si queremos andar en la luz de Cristo, no nos apartemos de sus preceptos y amonestaciones, dando gracias de que, mientras Él instruye para el futuro lo que debemos hacer, perdona lo pasado en que por sencillez hemos errado. Y porque ya su segunda venida se acerca a nosotros, su benigna y generosa condescendencia ilumina más y más nuestros corazones con la luz de la verdad.

    Epístola 62, § 19

    19. Por tanto, conviene a nuestra religión, y a nuestro temor, y al lugar mismo, y al oficio de nuestro sacerdocio, hermano carísimo, al mezclar y ofrecer el cáliz del Señor, guardar la verdad de la tradición del Señor, y, ante la amonestación del Señor, corregir aquello que entre algunos parece haber sido erróneo; para que, cuando Él comience a venir en su resplandor y majestad celestial, halle que guardamos lo que Él nos amonestó; que observamos lo que Él enseñó; que hacemos lo que Él hizo. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.
    Comentario editorial · El cáliz y el agua
    Esta carta, dirigida a Cecilio, se escribe «contra aquellos que usaban agua» sola en la cena del Señor, según el Argumento: Cipriano enseña que no debe ofrecerse agua sola sino vino mezclado con agua, y que en la Escritura el agua designa el bautismo, no la Eucaristía. En los § 3 a 7 busca figuras del Antiguo Testamento (Noé, Melquisedec, Salomón, Judá, Isaías) y concluye que el agua representa a la congregación cristiana. El ANF fecha la carta en 253.

    Epístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 63, argumento
    Argumento. Amonesta a Epicteto y a la congregación de los asuritanos a no permitir que Fortunaciano, un caído, pero anteriormente su obispo, vuelva a su episcopado, tanto por otras razones como porque se había decretado que los obispos caídos no fueran admitidos a su rango anterior.

    Epístola 63, § 1

    1. Cipriano a Epicteto, su hermano, y al pueblo establecido en Asuras, salud. Grave y dolorosamente me he turbado, hermanos carísimos, al saber que Fortunaciano, antes obispo entre vosotros, después de la triste caída de su ruina, deseaba ahora obrar como si estuviera sano, y comenzaba a reclamar para sí el episcopado. Lo cual me ha afligido; en primer lugar, por su causa, pues él, hombre desdichado, estando o totalmente cegado en las tinieblas del diablo, o engañado por la persuasión sacrílega de ciertas personas, cuando debería estar haciendo satisfacción y entregarse a la obra de suplicar al Señor noche y día con lágrimas, súplicas y oraciones, se atreve todavía a reclamar para sí el sacerdocio que ha traicionado, como si fuera lícito, desde los altares del diablo, acercarse al altar de Dios. O como si no provocara contra sí una ira e indignación mayor del Señor en el día del juicio, quien, no pudiendo ser guía de los hermanos en la fe y en la virtud, se presenta como maestro de perfidia, de audacia y de temeridad; y quien no ha enseñado a los hermanos a mantenerse valientes en la batalla, enseña a los vencidos y postrados ni siquiera a pedir el perdón; aunque el Señor dice: "A ellos les derramaste libación, y a ellos ofreciste oblación. ¿No me he de airar por estas cosas? dice el Señor." Y en otro lugar: "El que sacrifica a dios alguno, salvo sólo al Señor, será destruido." Además, el Señor habla de nuevo y dice: "Adoraron las obras que sus propios dedos hicieron: y el hombre humilde se inclina, y el grande se humilla: y no los perdonaré." En el Apocalipsis también leemos la ira del Señor que amenaza y dice: "Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe su marca en la frente o en su mano, éste beberá del vino de la ira de Dios, mezclado en el cáliz de su cólera; y será atormentado con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles, y en presencia del Cordero: y el humo de sus tormentos subirá por los siglos de los siglos; y no tendrán reposo día ni noche los que adoran a la bestia y a su imagen."

    Epístola 63, § 2

    2. Puesto que, por tanto, el Señor amenaza con estos tormentos, con estos castigos en el día del juicio, a los que obedecen al diablo y sacrifican a los ídolos, ¿cómo piensa que puede actuar como sacerdote de Dios quien ha obedecido y servido a los sacerdotes del diablo? ¿O cómo piensa que su mano, cautiva del sacrilegio y del crimen, puede trasladarse al sacrificio de Dios y a la oración del Señor, cuando en las sagradas Escrituras Dios prohíbe a los sacerdotes acercarse al sacrificio aun si han incurrido en culpa más leve; y dice en el Levítico: "El hombre en quien hubiere alguna tacha o mancha no se acercará a ofrecer dones a Dios"? También en el Éxodo: "Y santifíquense los sacerdotes que se acercan al Señor Dios, no sea que acaso el Señor los abandone." Y de nuevo: "Y cuando se acerquen a ministrar en el altar del Santo, no traerán pecado sobre sí, no sea que mueran." Aquellos, pues, que han traído sobre sí pecados graves, esto es, los que, sacrificando a los ídolos, han ofrecido sacrificios sacrílegos, no pueden reclamar para sí el sacerdocio de Dios, ni hacer oración alguna por sus hermanos en su presencia; puesto que está escrito en el Evangelio: "Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es adorador de Dios y hace su voluntad, a ése lo oye." Sin embargo, la profunda oscuridad de las tinieblas que caen ha cegado de tal modo los corazones de algunos, que no reciben luz alguna de los saludables preceptos, sino que, apartados una vez del camino recto de la verdadera vía, son arrastrados de cabeza y de repente por la noche y el error de sus pecados.

    Epístola 63, § 3

    3. Ni es de maravillar si ahora rechazan nuestros consejos, o los preceptos del Señor, los que han negado al Señor. Desean dádivas, ofrendas y ganancias, por las que antes velaban insaciablemente. Todavía anhelan también cenas y banquetes, cuyo exceso eructaron en la indigestión dejada recientemente hasta el día, probando ahora con la mayor claridad que antes no servían a la religión, sino más bien a su vientre y a su ganancia, con profana codicia. Por lo cual también entendemos y creemos que este castigo ha venido por la providencia escudriñadora de Dios, para que no sigan estando en el altar; ni, como deshonestos, tengan que ver con la modestia; como pérfidos, con la fe; como profanos, con la religión; como terrenales, con las cosas divinas; como sacrílegos, con las cosas sagradas. Para que tales personas no vuelvan de nuevo a la profanación del altar y al contagio de los hermanos, debemos vigilar con todas nuestras fuerzas y esforzarnos con toda nuestra energía para, en cuanto esté en nosotros, apartarlos de esta audacia de su maldad, a fin de que no intenten por más tiempo actuar en el carácter de sacerdotes; los cuales, arrojados a la fosa más honda de la muerte, se han precipitado con el peso de una destrucción mayor más allá de las caídas de los laicos.

    Epístola 63, § 4

    4. Pero si entre estos insensatos continúa su incurable locura y, con la retirada del Espíritu Santo, la ceguera que ha comenzado permanece en su noche profunda, nuestro consejo será separar a cada uno de los hermanos de su engaño; y, para que nadie caiga en las redes de su error, separarlos de su contagio. Pues ni puede consagrarse la oblación donde no está el Espíritu Santo; ni el Señor puede aprovechar a nadie por las oraciones y súplicas de quien él mismo ha afrentado al Señor. Pero si Fortunaciano, o bien por la ceguera inducida por el diablo y olvidado de su crimen, o bien convertido en ministro y siervo del diablo para engañar a la fraternidad, persevera en esta su locura, vosotros, en cuanto esté en vosotros, esforzaos y, en esta oscuridad del furor del diablo, llamad de nuevo las mentes de los hermanos desde el error, para que no consientan fácilmente en la locura de otro; para que no se hagan partícipes de los crímenes de hombres abandonados; sino que, estando sanos, mantengan el tenor constante de su salvación y de la integridad conservada y guardada por ellos.

    Epístola 63, § 5

    5. Pero los caídos que reconocen la grandeza de su pecado, no dejen de suplicar al Señor, ni abandonen la Iglesia católica, que ha sido establecida una y única por el Señor; sino que, perseverando en sus satisfacciones y suplicando la misericordia del Señor, llamen a la puerta de la Iglesia, para ser recibidos allí donde una vez estuvieron, y vuelvan a Cristo de quien se han apartado, y no escuchen a quienes los engañan con falaz y mortífera seducción; puesto que está escrito: "Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia; no seáis, pues, partícipes con ellos." Por tanto, nadie se asocie con los contumaces, y con los que no temen a Dios, y con los que se apartan por completo de la Iglesia. Pero si alguno se impacienta de suplicar al Señor ofendido, y no quiere obedecernos, sino que sigue a hombres desesperados y abandonados, debe culparse a sí mismo cuando venga el día del juicio. Porque ¿cómo podrá en aquel día suplicar al Señor quien antes ha negado a Cristo, y ahora también a la Iglesia de Cristo, y, no obedeciendo a obispos sanos, saludables y vivos, se ha hecho asociado y partícipe de los que mueren? Os saludo, hermanos carísimos y anhelados, cordialmente siempre en el Señor.
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