Argumento. Los mártires arriba mencionados reconocen con gratitud el socorro que les envió Cipriano.
Epístola 79
A nuestro carísimo y muy amado Cipriano, Félix, Jader, Poliano, juntamente con los presbíteros y todos los que moran con nosotros en la mina de Sigua, eterna salud en el Señor. Respondemos a vuestra salutación, hermano carísimo, por el subdiácono Hereniano, Luciano y Máximo, hermanos nuestros, fuertes y salvos por el auxilio de vuestras oraciones, de quienes hemos recibido una suma bajo el nombre de ofrenda, juntamente con vuestra carta que escribisteis, y en la que os habéis dignado consolarnos como si fuéramos hijos, con palabras celestiales. Y hemos dado y damos gracias a Dios Padre todopoderoso por medio de su Cristo, de que así hayamos sido consolados y fortalecidos por vuestro discurso, pidiendo desde la candidez de vuestra mente que os dignéis tenernos en mente en vuestras constantes oraciones, para que el Señor supla lo que falta en vuestra confesión y en la nuestra, que Él se ha dignado conferirnos. Saludad a todos los que moran con vos. Os despedimos, hermano carísimo, cordialmente en Dios. Yo, Félix, escribí esto; yo, Jader, lo suscribí; yo, Poliano, lo leí. Saludo a mi señor Eutiquiano.
Argumento. Consuela a Rogaciano y a sus colegas, los confesores en la cárcel, y les da ánimo con el ejemplo de los mártires Rogaciano el Mayor y Felicísimo. La carta misma indica que fue escrita en el destierro.
Epístola 80, § 1
1. Cipriano a Sergio y Rogaciano, y a los demás confesores en el Señor, salud sempiterna. Os saludo, hermanos carísimos y bienaventurados, deseando yo mismo gozar de vuestra vista, si el estado en que me hallo me permitiera ir a vosotros. Porque ¿qué cosa más deseable y más gozosa podría sucederme que estar ahora cerca de vosotros, para que me abrazaseis con aquellas manos que, puras e inocentes, y manteniendo la fe del Señor, han rechazado la obediencia profana? ¿Qué cosa más agradable y sublime que besar ahora vuestros labios, que con voz gloriosa han confesado al Señor, y ser mirado aun en presencia por vuestros ojos, que, despreciando al mundo, se han hecho dignos de mirar a Dios? Mas, como no se me concede la oportunidad de participar de este gozo, envío esta carta en mi lugar a vuestros oídos y a vuestros ojos, por la cual os felicito y exhorto a que perseveréis fuerte y firmemente en la confesión de la gloria celestial; y, habiendo entrado en el camino de la condescendencia del Señor, a que sigáis en la fortaleza del Espíritu, para recibir la corona, teniendo al Señor como protector y guía, el cual dijo: "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo." ¡Oh cárcel bienaventurada, a la que vuestra presencia ha iluminado! ¡Oh cárcel bienaventurada, que envía al cielo a los hombres de Dios! ¡Oh tiniebla, más brillante que el sol mismo y más clara que la luz de este mundo, donde ahora están colocados templos de Dios, y vuestros miembros han de ser santificados por divinas confesiones!
Epístola 80, § 2
2. Ni se piense ahora en vuestros corazones y mentes en otra cosa sino en los divinos preceptos y celestiales mandatos, con los que el Espíritu Santo os ha animado siempre a la paciencia en el sufrimiento. Nadie piense en la muerte, sino en la inmortalidad; ni en el castigo temporal, sino en la gloria eterna; pues está escrito: "Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos"; y también: "Un espíritu quebrantado es un sacrificio a Dios; un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia." Y de nuevo, donde la sagrada Escritura habla de los tormentos que consagran a los mártires de Dios y los santifican en la misma prueba del sufrimiento: "Y aunque hayan padecido tormentos a la vista de los hombres, su esperanza está llena de inmortalidad; y habiendo sido castigados un poco, serán grandemente recompensados; porque Dios los probó y los halló dignos de sí. Como a oro en el horno los probó, y los recibió como sacrificio de holocausto, y a su tiempo se tendrá consideración con ellos. Los justos resplandecerán y correrán de un lado a otro como chispas entre la paja. Juzgarán a las naciones y dominarán sobre los pueblos; y su Señor reinará para siempre." Por tanto, cuando reflexionéis en que habéis de juzgar y reinar con Cristo el Señor, es necesario que os regocijéis y pisoteéis los sufrimientos presentes, en el gozo de lo que ha de venir; sabiendo que desde el principio del mundo se ha dispuesto así, que la justicia padezca allí en el conflicto del mundo, ya que al principio, aun el primero, el justo Abel fue muerto, y después todos los justos, y los profetas, y los apóstoles que fueron enviados. A todos los cuales el Señor también en sí mismo les ha dado ejemplo, enseñando que ninguno alcanzará su reino sino aquellos que le han seguido por su propio camino, diciendo: "El que ama su vida en este mundo, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna." Y de nuevo: "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede destruir alma y cuerpo en el infierno." Pablo también nos exhorta a que nosotros, que deseamos alcanzar las promesas del Señor, debemos imitar al Señor en todas las cosas. "Somos," dice, "hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; si es que padecemos con Él, para que también seamos glorificados juntamente." Además, añadió la comparación del tiempo presente y de la gloria futura, diciendo: "Los sufrimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de revelarse en nosotros." De cuyo resplandor, cuando consideramos la gloria, nos conviene soportar todas las aflicciones y persecuciones; porque, aunque muchas son las aflicciones de los justos, de todas ellas son librados los que confían en Dios.
Epístola 80, § 3
3. ¡Bienaventuradas también las mujeres que están establecidas con vosotros en la misma gloria de la confesión, las cuales, manteniendo la fe del Señor, y más valientes que su sexo, no solo ellas mismas están cerca de la corona de la gloria, sino que han dado ejemplo a otras mujeres con su constancia! Y para que nada faltara a la gloria de vuestro número, para que cada sexo y toda edad estuviera también con vosotros en el honor, la divina condescendencia ha asociado también con vosotros a unos jóvenes en una gloriosa confesión; representándonos algo semejante a lo que antaño hicieron Ananías, Azarías y Misael, los ilustres jóvenes a quienes, encerrados en el horno, los fuegos cedieron y las llamas dieron refrigerio, estando el Señor presente con ellos, y probando que contra sus confesores y mártires el ardor del infierno no podía tener poder alguno, sino que los que confían en Dios permanecerían siempre incólumes y salvos en todos los peligros. Y os ruego que consideréis con más cuidado, conforme a vuestra religión, cuál debió de ser la fe en estos jóvenes que pudo merecer tan pleno reconocimiento del Señor. Porque, preparados para toda suerte, como todos debemos estarlo, dicen al rey: "Oh rey Nabucodonosor, no tenemos cuidado de responderte en este asunto; porque nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego ardiente; y Él nos librará de tu mano, oh rey. Mas si no, sábete, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni adoraremos la imagen de oro que has levantado." Aunque creían, y conforme a su fe sabían que podían incluso ser librados de su presente castigo, no por eso se jactaban de ello, ni lo reclamaban para sí, diciendo: "Mas si no." Para que la virtud de su confesión no fuera menor sin el testimonio de su sufrimiento, añadieron que Dios podía todas las cosas; pero no confiaban en esto de modo que desearan ser librados en el momento, sino que pensaban en aquella gloria de eterna libertad y seguridad.
Epístola 80, § 4
4. Y vosotros también, reteniendo esta fe, y meditando día y noche, con todo vuestro corazón preparado para Dios, pensad solo en el futuro, con desprecio del presente, para que podáis llegar al fruto del reino eterno, y al abrazo y beso y a la vista del Señor, para que sigáis en todo a Rogaciano el presbítero, el glorioso anciano que, para gloria de nuestro tiempo, os abre camino con su religioso valor y divina condescendencia; el cual, con nuestro hermano Felicísimo, siempre tranquilo y moderado, recibiendo el ataque de un pueblo feroz, os preparó primero una morada en la cárcel y, señalándoos en cierta medida el camino, ahora también va delante de vosotros. Para que esto se consume en vosotros, rogamos al Señor en constantes oraciones, para que, de los comienzos avanzando hasta los más altos resultados, haga que aquellos a quienes ha hecho confesar, sean también coronados. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos carísimos y muy amados; y alcancéis la corona de la gloria celestial. El diácono Víctor, y los que están conmigo, os saludan.
Argumento. — Cipriano comunica al obispo Suceso que, en la cruel persecución decretada por el emperador Valeriano, el obispo Sixto había padecido en Roma el octavo día de los idus de agosto; y le ruega que lo haga saber a los demás colegas, para que cada uno anime a su grey al martirio.
Epístola 81, § 1
1. Cipriano a su hermano Suceso, salud. La razón por la que no pude escribiros inmediatamente, hermano carísimo, fue que todo el clero, puesto en el ardor mismo del certamen, no podía de ningún modo partir de aquí, estando todos preparados, según la devoción de su ánimo, para la gloria divina y celestial. Pero sabed que han llegado aquellos a quienes había enviado a la Ciudad con el fin de que averiguasen y nos trajesen la verdad, de cualquier modo que se hubiese decretado respecto a nosotros. Pues corren entre las opiniones de los hombres muchas cosas varias e inciertas. Pero la verdad acerca de ellas es la siguiente: que Valeriano había enviado un rescripto al Senado, en el sentido de que los obispos, los presbíteros y los diáconos fuesen castigados inmediatamente; pero que los senadores, los hombres ilustres y los caballeros romanos perdiesen su dignidad y, además, fuesen privados de sus bienes; y si, quitados sus medios, persistiesen en ser cristianos, perdiesen también la cabeza; y que las matronas fuesen privadas de sus bienes y enviadas al destierro. A más de esto, que los de la casa del César que antes hubiesen confesado o confesasen ahora, fuesen despojados de sus bienes y enviados encadenados, por disposición, a las posesiones del César. El emperador Valeriano añadió también a este discurso una copia de las cartas que envió a los gobernadores de las provincias acerca de nosotros; cartas que esperamos diariamente que lleguen, aguardando, según la fortaleza de nuestra fe, la paciencia del sufrimiento y esperando del auxilio y de la misericordia del Señor la corona de la vida eterna. Pero sabed que Sixto fue martirizado en el cementerio el octavo día de los idus de agosto, y con él cuatro diáconos. Además, los prefectos de la Ciudad apremian diariamente esta persecución; de suerte que, si algunos les son presentados, son martirizados, y sus bienes reclamados por el erario.
Epístola 81, § 2
2. Ruego que estas cosas se hagan saber por vuestro medio a los demás colegas, para que en todas partes, por su exhortación, la fraternidad sea fortalecida y preparada para el combate espiritual; para que cada uno de nosotros piense menos en la muerte que en la inmortalidad; y, consagrado al Señor, con plena fe y entero valor, se goce más bien que tema en esta confesión, en la que saben que los soldados de Dios y de Cristo no son muertos, sino coronados. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermano carísimo.
Argumento. — Cuando, cerca del fin de su vida, Cipriano, al volver a sus jardines, fue informado de que se enviaban emisarios para llevarlo al suplicio en Útica, se retiró. Y para que no se creyera que lo había hecho por temor de la muerte, da la razón en esta carta, a saber: que no debía padecer el martirio en otro lugar que en Cartago, a la vista de su propio pueblo. A.D. 258.
Epístola 82, § 1
1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo, salud. Cuando se nos dijo, hermanos carísimos, que los carceleros habían sido enviados para llevarme a Útica, y fui persuadido por el consejo de los más allegados a mí a retirarme por un tiempo de mis jardines, como se me ofrecía una razón justa, consentí. Pues la razón es que es propio de un obispo, en aquella ciudad en la que preside la Iglesia del Señor, confesar allí al Señor, y que todo el pueblo sea glorificado por la confesión de su prelado en su presencia. Porque cuanto, en aquel instante de la confesión, habla el obispo confesor, lo habla en boca de todos, por inspiración de Dios. Pero el honor de nuestra Iglesia, glorioso como es, quedará mutilado si yo, obispo puesto al frente de otra iglesia, recibiendo mi sentencia o mi confesión en Útica, partiera de allí como mártir al Señor; cuando en verdad, tanto por mi causa como por la vuestra, pido con continuas súplicas y con todos mis deseos ruego que pueda confesar entre vosotros, y allí padecer, y de allí partir al Señor como es debido. Por tanto, aquí en un retiro oculto aguardo la llegada del procónsul que vuelve a Cartago, para oír de él lo que los emperadores han mandado sobre el asunto de los laicos cristianos y de los obispos, y decir lo que el Señor querrá que se diga en aquella hora.
Epístola 82, § 2
2. Pero vosotros, hermanos carísimos, según la disciplina que siempre habéis recibido de mí conforme a los mandatos del Señor, y según lo que tantas veces habéis aprendido de mi predicación, guardad la paz y la tranquilidad; y ninguno de vosotros promueva tumulto alguno por causa de los hermanos, ni se ofrezca voluntariamente a los gentiles. Pues cuando fuere aprehendido y entregado, le corresponde hablar, en cuanto el Señor que habita en nosotros habla en aquella hora, el cual quiso que más bien confesemos que profesemos. Por lo demás, lo que conviene que observemos antes de que el procónsul pronuncie sentencia contra mí por la confesión del nombre de Dios, lo dispondremos en común con la instrucción del Señor. Que nuestro Señor os haga, hermanos carísimos, permanecer incólumes en su Iglesia, y se digne manteneros. Así se haga por su misericordia.
Comentario editorial · Del rescripto a la espada
La epístola 81 transmite lo que sus enviados trajeron de Roma sobre el rescripto de Valeriano: castigo inmediato a obispos, presbíteros y diáconos; pérdida de dignidad y bienes para senadores y caballeros, y de la cabeza si persistían; bienes y destierro para las matronas (§ 1). Según Wikipedia, Cipriano fue encarcelado el 13 de septiembre de 258 por orden del procónsul Galerio Máximo, interrogado el día 14, y decapitado en un lugar abierto cerca de la ciudad. La última epístola, en la que explica su retiro poco antes de su martirio, cierra la serie.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Dos de las disputas de estas epístolas siguieron abiertas después de Cipriano. La de los caídos: según Wikipedia, la iglesia que Novaciano fundó en 251 duró varios siglos, y el canon octavo del concilio de Nicea trató de los novacianos. La del bautismo: la postura de Esteban, contraria a la de Cipriano, acabó imponiéndose en la Iglesia latina (Wikipedia); en torno al año 400 los donatistas aún invocaban a Cipriano y el concilio de Cartago de 256 para rebautizar, y Agustín les respondió.
Para seguir leyendo en Eusebeia: el tratado Sobre los caídos, con que Cipriano ordenó por escrito lo que estas cartas discuten caso a caso; Sobre la unidad de la Iglesia; los otros Tratados; el compendio Autoridad y ministerio, que sitúa estas cartas en la historia del episcopado; el de Persecución y martirio; y el libro de Agustín Sobre el bautismo, contra los donatistas.
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