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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 14 · Epístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cismaPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 49, argumento
    Argumento. Informan a Cipriano de que han vuelto a la Iglesia.

    Epístola 49

    Máximo, Urbano, Sidonio y Macario, a su hermano Cipriano, salud. Estamos seguros, hermano carísimo, de que tú también te alegras juntamente con nosotros con igual empeño, de que nosotros, habiendo tomado consejo y considerando sobre todo los intereses y la paz de la Iglesia, habiendo dejado de lado todas las demás cuestiones y reservándolas al juicio de Dios, hemos hecho la paz con Cornelio, nuestro obispo, así como con todo el clero. Debéis saber con toda certeza por estas nuestras cartas que esto se hizo con gozo de toda la Iglesia, y aun con el afecto fervoroso de los hermanos. Rogamos, hermano carísimo, que por muchos años te vaya bien.

    Epístola 50. De Cipriano a los confesores, felicitándolos por su retorno del cisma

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 50, argumento
    Argumento. Cipriano felicita a los confesores romanos por su retorno a la Iglesia y responde a sus cartas.

    Epístola 50, § 1

    1. Cipriano a Máximo el presbítero, y también a Urbano, Sidonio y Macario, sus hermanos, salud. Cuando leí vuestras cartas, hermanos carísimos, que me escribisteis acerca de vuestro retorno y de la paz de la Iglesia y de la restauración fraterna, confieso que me alegré tan sobremanera como antes me había alegrado cuando supe la gloria de vuestra confesión y recibí con gratitud las nuevas de la fama celestial y espiritual de vuestro combate. Pues esta es, además, otra confesión de vuestra fe y de vuestra alabanza: confesar que la Iglesia es una, y no hacerse partícipe del error ajeno, o más bien de la maldad ajena; buscar de nuevo el mismo campamento de donde salisteis, de donde con la más vigorosa fuerza saltasteis para librar la batalla y someter al adversario. Porque los trofeos del campo de batalla deben ser llevados de vuelta allí de donde se habían recibido las armas para el campo, no sea que la Iglesia de Cristo deje de retener a aquellos mismos guerreros gloriosos a quienes Cristo había provisto para la gloria. Ahora, sin embargo, habéis guardado en la paz del Señor el tenor conveniente de vuestra fe y la ley de la indivisa caridad y concordia, y habéis dado con vuestra conducta un ejemplo de amor y de paz a otros; de modo que la verdad de la Iglesia y la unidad del misterio evangélico que nosotros mantenemos quedan también unidas por vuestro consentimiento y vínculo; y los confesores de Cristo no se convierten en guías del error después de haberse erguido como loables iniciadores de la virtud y del honor.

    Epístola 50, § 2

    2. Consideren otros cuánto pueden felicitaros, o cuánto puede cada uno gloriarse por sí mismo: yo confieso que os felicito más, y más me glorío de vosotros ante otros, en razón de este vuestro pacífico retorno y de vuestra caridad. Pues debéis oír con sencillez lo que estaba en mi corazón. Me dolía vehementemente, y me afligía sobremanera, no poder tener comunión con aquellos a quienes una vez había comenzado a amar. Después de que el error cismático y herético se apoderó de vosotros, al salir de la prisión, parecía como si vuestra gloria hubiera quedado en el calabozo. Pues allí parecía haberse quedado la dignidad de vuestro nombre cuando los soldados de Cristo no volvieron de la prisión a la Iglesia, aunque habían entrado en la prisión con la alabanza y las felicitaciones de la Iglesia.

    Epístola 50, § 3

    3. Pues aunque parezca haber cizaña en la Iglesia, sin embargo ni nuestra fe ni nuestra caridad deben ser impedidas, de modo que, porque veamos que hay cizaña en la Iglesia, nosotros mismos nos apartemos de la Iglesia: solo debemos trabajar para ser trigo, para que, cuando el trigo comience a ser recogido en los graneros del Señor, recibamos fruto por nuestro trabajo y nuestra obra. El apóstol dice en su epístola: "En una casa grande no solo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro, y unos para honra y otros para deshonra". Esforcémonos, hermanos carísimos, y trabajemos cuanto podamos, para ser vasos de oro o de plata. Pero solo al Señor está concedido quebrar los vasos de barro, a quien también se le da la vara de hierro. El siervo no puede ser mayor que su señor, ni puede nadie atribuirse lo que el Padre ha dado solo al Hijo, hasta pensar que puede tomar el bieldo para aventar y limpiar la era, o separar por juicio humano toda la cizaña del trigo. Esa es una obstinación soberbia y una presunción sacrílega que una locura depravada se arroga a sí misma. Y mientras algunos se arrogan siempre más dominio del que exige la justicia mansa, perecen apartados de la Iglesia; y mientras se ensalzan insolentemente, cegados por su propia hinchazón, pierden la luz de la verdad. Por esta razón también nosotros, guardando moderación, y considerando las balanzas del Señor, y pensando en el amor y la misericordia de Dios Padre, hemos ponderado larga y cuidadosamente con nosotros mismos, y hemos sopesado lo que había de hacerse con debida moderación.

    Epístola 50, § 4

    4. Todo lo cual podéis examinar a fondo si leéis los tratados que últimamente he leído aquí y que, por causa de nuestro mutuo amor, os he transmitido también a vosotros para que los leáis; en los cuales ni falta, para los caídos, la censura que pueda reprender, ni la medicina que pueda sanar. Además, mi débil capacidad ha expresado lo mejor que ha podido la unidad de la Iglesia Católica. Tratado que ahora confío cada vez más os será grato, ya que ahora lo leéis de tal manera que a la vez lo aprobáis y lo amáis; en cuanto que lo que hemos escrito con palabras lo cumplís con obras, cuando volvéis a la Iglesia en la unidad de la caridad y de la paz. Os despedimos, hermanos carísimos y muy anhelados, cordialmente siempre en el Señor.

    Epístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 51, argumento
    Argumento. Habiendo comenzado Antoniano, tras recibir cartas de Novaciano, a inclinarse en su ánimo hacia el partido de este, Cipriano lo confirma en su opinión anterior, a saber, la de continuar manteniendo la comunión con su obispo y, así, con la Iglesia Católica. Se excusa por su propio cambio de opinión respecto de los caídos, y al final explica en qué consiste la herejía novaciana.

    Epístola 51, § 1

    1. Cipriano a su hermano Antoniano, salud. Recibí tus primeras cartas, hermano carísimo, manteniendo firmemente la concordia del colegio sacerdotal y adhiriéndote a la Iglesia Católica, en las cuales dabas a entender que no tenías comunión con Novaciano, sino que seguías mi consejo y mantenías un común acuerdo con Cornelio, nuestro coobispo. Escribiste, además, para que yo transmitiera una copia de esas mismas cartas a Cornelio, nuestro colega, para que él depusiera toda ansiedad y supiera al punto que tú tenías comunión con él, es decir, con la Iglesia Católica.

    Epístola 51, § 2

    2. Pero después llegaron otras cartas tuyas enviadas por Quinto, nuestro copresbítero, en las cuales observé que tu ánimo, influido por las cartas de Novaciano, había comenzado a vacilar. Pues aunque antes habías asentado firmemente tu opinión y tu consentimiento, deseabas en estas cartas que yo te escribiera una vez más qué herejía había introducido Novaciano, o por qué motivos Cornelio tiene comunión con Trófimo y con los que han sacrificado. En lo cual, ciertamente, si estás ansiosamente cuidadoso, por solicitud de la fe, y buscas con diligencia la verdad de una cuestión dudosa, la ansiedad vacilante de un ánimo indeciso en el temor de Dios no es de culpar.

    Epístola 51, § 3

    3. Sin embargo, como veo que, después de la primera opinión expresada en tu carta, has sido turbado después por las cartas de Novaciano, esto afirmo ante todo, hermano carísimo: que los hombres graves, y los hombres una vez establecidos sobre la roca fuerte con sólida firmeza, no se mueven, no digo con un aire ligero, sino ni siquiera con un viento o una tempestad, no sea que su ánimo, mudable e incierto, sea agitado con frecuencia aquí y allá por varias opiniones, como por ráfagas de viento que los embisten, y así sea apartado de su propósito con alguna reprensión de ligereza. Para que las cartas de Novaciano no hagan esto contigo, ni con nadie, te expondré, como has deseado, hermano mío, una relación del asunto en pocas palabras. Y ante todo, ciertamente, como tú también pareces turbado por lo que yo mismo he hecho, debo aclarar mi propia persona y mi causa ante tus ojos, no sea que alguno piense que me he apartado ligeramente de mi propósito, y que, si bien al principio y en el comienzo mantuve el vigor evangélico, después, sin embargo, parezco haber apartado mi ánimo de la disciplina y de su anterior severidad de juicio, hasta pensar que a aquellos que han manchado su conciencia con certificados, o han ofrecido sacrificios abominables, se les ha de facilitar la paz. Ambas cosas han sido hechas por mí, no sin razones largamente sopesadas y ponderadas.

    Epístola 51, § 4

    4. Pues cuando la batalla aún continuaba, y la lucha de un glorioso certamen ardía en la persecución, el valor de los soldados había de ser excitado con toda exhortación y con plena urgencia, y sobre todo los ánimos de los caídos habían de ser despertados con el toque de trompeta, por así decirlo, de mi voz, para que siguieran el camino de la penitencia, no solo con oraciones y lamentaciones; sino que, puesto que se daba ocasión de repetir la lucha y de recobrar la salvación, fueran reprendidos por mi voz y estimulados más bien al ardor de la confesión y a la gloria del martirio. Finalmente, cuando los presbíteros y diáconos me habían escrito acerca de algunas personas, que estaban sin moderación y se apresuraban ansiosamente a recibir la comunión; respondiéndoles en mi carta, que aún existe, entonces añadí también esto: "Si estos están tan excesivamente ansiosos, tienen lo que piden en su propio poder, proveyéndoles el tiempo mismo más de lo que piden: la batalla aún se libra, y la lucha se celebra diariamente: si verdadera y sustancialmente se arrepienten de lo que han hecho, y prevalece el ardor de su fe, quien no puede ser retardado puede ser coronado". Pero yo difería decidir lo que había de disponerse acerca del caso de los caídos, para que, cuando se concedieran la quietud y la tranquilidad, y la divina indulgencia permitiera a los obispos reunirse en un solo lugar, entonces, comunicado y sopesado el consejo recogido de la comparación de todas las opiniones, determináramos lo que fuera necesario hacer. Pero si alguno, antes de nuestro concilio y antes de la opinión decidida por el consejo de todos, quisiera temerariamente comunicar con los caídos, él mismo sería apartado de la comunión.

    Epístola 51, § 5

    5. Y esto también lo escribí muy por extenso a Roma, al clero que entonces aún actuaba sin obispo, y a los confesores, Máximo el presbítero, y los demás que entonces estaban encerrados en la cárcel, pero ahora están en la Iglesia, unidos con Cornelio. Puedes saber que escribí esto por su respuesta, pues en su carta escribieron así: "Sin embargo, lo que tú mismo has declarado también en asunto tan importante nos es satisfactorio: que primero debe mantenerse la paz de la Iglesia; luego, que, reunida una asamblea de consejo, con obispo, presbíteros, diáconos y confesores, así como con los laicos que permanecen firmes, tratemos el caso de los caídos". Se añadió también —escribiendo entonces Novaciano, y recitando con su propia voz lo que había escrito, y el presbítero Moisés, entonces todavía confesor, pero ahora mártir, suscribiendo— que debía concederse la paz a los caídos que estaban enfermos y a punto de partir. Carta que fue enviada por todo el mundo y llevada al conocimiento de todas las iglesias y de todos los hermanos.

    Epístola 51, § 6

    6. Sin embargo, conforme a lo que antes se había decidido, cuando la persecución se aquietó y se ofreció oportunidad de reunirse, un gran número de obispos, a quienes su fe y la divina protección habían conservado sanos y salvos, nos reunimos; y, presentándose las divinas Escrituras de una y otra parte, sopesamos la decisión con saludable moderación, de modo que ni se negara del todo a los caídos la esperanza de la comunión y de la paz, no sea que desfallecieran aún más por la desesperación y, porque la Iglesia se les cerraba, vivieran como paganos, a la manera del mundo; ni tampoco, por otra parte, se relajara la censura del Evangelio, de modo que se precipitaran temerariamente a la comunión, sino que la penitencia se prolongara largamente, y la clemencia paternal fuera suplicada con dolor, y se examinaran los casos, los deseos y las necesidades de cada uno, conforme a lo contenido en un pequeño libro, que confío ha llegado a ti, en el cual se recogen los varios capítulos de nuestras decisiones. Y no sea que acaso el número de obispos en África pareciera insuficiente, escribimos también a Roma, a Cornelio, nuestro colega, sobre este asunto, quien asimismo, celebrando un concilio con muchísimos obispos, concurrió en la misma opinión que nosotros habíamos sostenido, con igual gravedad y saludable moderación.

    Epístola 51, § 7

    7. Sobre lo cual ahora se ha hecho necesario escribirte, para que sepas que nada he hecho ligeramente, sino que, según lo que antes había comprendido en mis cartas, lo había diferido todo a la determinación común de nuestro concilio, y ciertamente no había comunicado todavía con ninguno de los caídos, mientras aún había una puerta por la cual los caídos podían recibir no solo el perdón, sino también una corona. Sin embargo, después, como lo requerían el acuerdo de nuestro colegio y la conveniencia de reunir a la fraternidad y de curar su herida, me sometí a la necesidad de los tiempos, y pensé que debía proveerse a la salvación de los muchos; y no me aparto ahora de aquello que una vez fue determinado en nuestro concilio por común acuerdo, aunque muchas cosas sean ventiladas por las voces de muchos, y mentiras contra los sacerdotes de Dios sean proferidas por la boca del diablo y arrojadas por todas partes, para ruptura de la concordia de la unidad católica. Pero te corresponde a ti, como buen hermano y copresbítero de igual sentir, no recibir fácilmente lo que los malignos y apóstatas puedan decir, sino sopesar cuidadosamente lo que tus colegas, hombres modestos y graves, puedan hacer, a partir de una investigación de nuestra vida y doctrina.

    Epístola 51, § 8

    8. Llego ahora, hermano carísimo, al carácter de Cornelio, nuestro colega, para que con nosotros conozcas más justamente a Cornelio, no por las mentiras de los malignos y detractores, sino por el juicio del Señor Dios, que lo hizo obispo, y por el testimonio de sus coobispos, cuyo número entero ha concordado con absoluta unanimidad por todo el mundo. Pues —cosa que con laudable anuncio encomienda a nuestro carísimo Cornelio a Dios y a Cristo, y a su Iglesia, y también a todos sus copresbíteros— él no fue de los que de repente alcanzaron el episcopado; sino que, promovido por todos los oficios eclesiásticos, y habiendo merecido a menudo bien del Señor en las administraciones divinas, ascendió por todos los grados del servicio religioso a la cumbre excelsa del Sacerdocio. Además, ni pidió el episcopado mismo, ni lo deseó; ni, como otros hacen cuando la hinchazón de su arrogancia y soberbia los infla, se apoderó de él; sino, por lo demás quieto, y manso, y tal como suelen ser los que son elegidos por Dios para este oficio, guardando el pudor de su virginal continencia y la humildad de su innata y guardada veneración, no usó, como algunos hacen, de fuerza para ser hecho obispo, sino que él mismo sufrió compulsión, de modo que fue forzado a recibir el oficio episcopal. Y fue hecho obispo por muchísimos de nuestros colegas que estaban entonces presentes en la ciudad de Roma, los cuales nos enviaron cartas acerca de su ordenación, honrosas y laudatorias, y notables por su testimonio en anuncio de él. Además, Cornelio fue hecho obispo por el juicio de Dios y de su Cristo, por el testimonio de casi todo el clero, por el sufragio del pueblo que entonces estaba presente, y por la asamblea de antiguos sacerdotes y hombres buenos, cuando nadie había sido hecho así antes que él, cuando el lugar de Fabián, es decir, cuando el lugar de Pedro y el grado del trono sacerdotal estaba vacante; el cual, siendo ocupado por la voluntad de Dios y establecido por el consentimiento de todos nosotros, quienquiera que ahora desee hacerse obispo, necesariamente ha de ser hecho desde fuera; y no puede tener la ordenación de la Iglesia quien no mantiene la unidad de la Iglesia. Quienquiera que sea, aunque se jacte grandemente de sí mismo y reclame mucho para sí, es profano, es extraño, está fuera. Y como después del primero no puede haber un segundo, quienquiera que es hecho después de uno que debe ser único, no es segundo respecto de él, sino que en realidad no es nada.

    Epístola 51, § 9

    9. Después, cuando hubo asumido el episcopado, no obtenido por solicitación ni por extorsión, sino por la voluntad de Dios que hace sacerdotes; ¡qué virtud hubo en la mera asunción de su episcopado, qué fortaleza de ánimo, qué firmeza de fe —cosa que debemos con corazón sencillo examinar a fondo y alabar—, que se sentó intrépidamente en Roma en la silla sacerdotal en aquel tiempo en que un tirano, odioso a los sacerdotes de Dios, amenazaba cosas que pueden y no pueden decirse, en cuanto que mucho más paciente y tolerantemente oiría que se alzaba un príncipe rival contra él mismo, que el que un sacerdote de Dios era establecido en Roma! ¿No ha de ser este hombre, hermano carísimo, encomendado con el más alto testimonio de virtud y fe? ¿No ha de ser contado entre los gloriosos confesores y mártires, quien por tan largo tiempo estuvo sentado aguardando a los desgarradores de su cuerpo y a los vengadores de un tirano feroz, quienes, cuando Cornelio resistía sus edictos mortíferos y pisoteaba sus amenazas y sufrimientos y torturas con el vigor de su fe, se lanzarían sobre él con la espada, o lo crucificarían, o lo abrasarían con fuego, o desgarrarían sus entrañas y sus miembros con algún género inaudito de castigo? Aunque la majestad y la bondad del Señor protector guardaron, una vez hecho, al sacerdote que Él quiso que fuera hecho; sin embargo, Cornelio, en lo que atañe a su devoción y temor, sufrió cuanto pudo sufrir, y venció al tirano ante todo por su oficio sacerdotal, quien después fue vencido en las armas y en la guerra.

    Epístola 51, § 10

    10. Pero respecto de ciertas cosas deshonrosas y malignas que se difunden acerca de él, no quisiera que te maravilles, cuando sabes que esta es siempre obra del diablo: herir a los siervos de Dios con mentiras, y difamar un nombre glorioso con falsas opiniones, de modo que quienes son brillantes en la luz de su propia conciencia queden empañados por los dichos de otros. Además, has de saber que nuestros colegas han investigado, y ciertamente han descubierto que él no ha sido manchado con mancha alguna de certificado, como algunos insinúan; ni se ha mezclado en sacrílega comunión con los obispos que han sacrificado, sino que meramente ha asociado con nosotros a aquellos cuya causa había sido oída y cuya inocencia fue aprobada.

    Epístola 51, § 11

    11. Pues respecto de Trófimo también, de quien deseabas que se te escribieran noticias, el caso no es como el rumor y la falsedad de gente maligna te lo habían transmitido. Pues, como a menudo hicieron nuestros predecesores, nuestro carísimo hermano, al reunir a los hermanos, cedió a la necesidad; y como una parte muy grande del pueblo se había apartado con Trófimo, ahora, cuando Trófimo volvió a la Iglesia, y expió, y con la penitencia de la oración confesó su anterior error, y con perfecta humildad y satisfacción llamó de nuevo a la fraternidad que poco antes se había llevado, sus oraciones fueron oídas; y no solo Trófimo, sino un grandísimo número de hermanos que habían estado con Trófimo, fueron admitidos en la Iglesia del Señor, los cuales no todos habrían vuelto a la Iglesia si no hubieran venido en compañía de Trófimo. Por tanto, considerado allí el asunto con varios colegas, Trófimo fue recibido, por quien el retorno de los hermanos y la salvación restaurada a muchos hicieron expiación. Sin embargo, Trófimo fue admitido de tal manera que solo comulgara como laico, no, según la información que te dieron las cartas de los malignos, de tal manera que asumiera el lugar de un sacerdote.

    Epístola 51, § 12

    12. Pero, además, respecto de lo que se te ha dicho, que Cornelio comunica en todas partes con los que han sacrificado, esta noticia también ha surgido de los falsos rumores de los apóstatas. Pues ni pueden alabarnos quienes se apartan de nosotros, ni debemos esperar agradar a quienes, mientras nos desagradan y se rebelan contra la Iglesia, persisten violentamente en solicitar a los hermanos a apartarse de la Iglesia. Por lo cual, hermanos carísimos, no oigáis ni creáis con facilidad cuanto de Cornelio y de mí se rumorea actualmente.

    Epístola 51, § 13

    13. Porque si algunos son presa de enfermedades, se les presta auxilio en el peligro, como ha sido decidido. Sin embargo, después de ser asistidos, y de habérseles concedido la paz en su peligro, no pueden ser sofocados por nosotros, ni destruidos, ni empujados por nuestra fuerza o por nuestras manos al desenlace de la muerte; como si, porque se concede la paz a los moribundos, fuera necesario que aquellos que han recibido la paz murieran; cuando más bien en esto se manifiesta la prenda del amor divino y de la lenidad paterna, que ellos, quienes en la paz que se les otorga reciben la prenda de la vida, quedan además aquí ligados a la vida por la paz recibida. Y por tanto, si con la paz recibida, Dios concede una tregua, nadie debe quejarse de los sacerdotes por ello, una vez que se ha decidido que hay que socorrer a los hermanos en peligro. Ni debes pensar, hermano carísimo, como algunos, que los que reciben certificados han de ser equiparados a los que han sacrificado; pues aun entre los que han sacrificado, la condición y el caso son con frecuencia diferentes. Porque no debemos poner en el mismo nivel a quien de pronto se precipitó de buena gana al sacrificio abominable, y a quien, tras larga lucha y resistencia, llegó a aquel fatal desenlace por compulsión; a uno que traicionó a sí mismo y a todos sus allegados, y a uno que, arrostrando él mismo el proceso en favor de todos, protegió a su esposa y a sus hijos, y a toda su familia, sufriendo él solo el peligro; a uno que obligó a los suyos o a sus amigos al crimen, y a uno que perdonó a los suyos y a sus siervos, y aun recibió en su casa y hospedaje a muchos hermanos que partían al destierro y a la fuga; mostrando y ofreciendo al Señor muchas almas vivas y salvas para interceder por una sola herida.

    Epístola 51, § 14

    14. Siendo, pues, grande la diferencia entre los que han sacrificado, ¡qué falta de misericordia, y cuán amarga la dureza, asociar a los que han recibido certificados con los que han sacrificado, cuando aquel por quien el certificado ha sido recibido puede decir: "Yo había leído antes, y había sido informado por el discurso del obispo, que no debemos sacrificar a los ídolos, que el siervo de Dios no debe adorar imágenes; y por tanto, para no hacer yo esto que no era lícito, cuando se ofreció la ocasión de recibir un certificado, el cual tampoco yo habría recibido si no se me hubiera presentado la oportunidad, fui o encargué a otro que fuera al magistrado, a decir que soy cristiano, que no me está permitido sacrificar, que no puedo acudir a los altares del diablo, y que pago un precio con este fin, para no hacer lo que no me es lícito hacer". Ahora, sin embargo, aun el que está manchado por haber recibido un certificado —después de haber aprendido por nuestras amonestaciones que ni siquiera debió haber hecho esto, y que aunque su mano está limpia, y ningún contacto de alimento mortífero ha contaminado sus labios, su conciencia está no obstante contaminada— llora cuando nos oye, y se lamenta, y es ahora amonestado de aquello en que ha pecado, y habiendo sido engañado, no tanto por culpa como por error, da testimonio de que para otra ocasión está instruido y preparado.

    Epístola 51, § 15

    15. Si rechazamos la penitencia de los que tienen alguna confianza en una conciencia que puede ser tolerada; al punto, con su esposa, con sus hijos, a quienes habían mantenido a salvo, son arrastrados por la invitación del diablo a la herejía o al cisma; y se nos imputará en el día del juicio, que no hemos cuidado de la oveja herida, y que por causa de una sola herida hemos perdido muchas sanas. Y mientras que el Señor dejó las noventa y nueve que estaban sanas, y buscó a la una errante y cansada, y Él mismo la llevó, cuando la halló, sobre sus hombros, nosotros no solo no buscamos a los caídos, sino que incluso los rechazamos cuando vienen a nosotros; y mientras los falsos profetas no cesan de asolar y desgarrar el rebaño de Cristo, damos ocasión a los perros y a los lobos, de modo que a quienes la odiosa persecución no ha destruido, nosotros los arruinamos con nuestra dureza e inhumanidad. ¿Y qué será, hermano carísimo, de lo que dice el apóstol: "A todos me hago todo, no buscando mi propio provecho, sino el provecho de muchos, para que se salven. Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo"? Y de nuevo: "A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles." Y otra vez: "Si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; o si un miembro se alegra, todos los miembros se alegran con él."

    Epístola 51, § 16

    16. Distinto es el principio de los filósofos y de los estoicos, hermano carísimo, que dicen que todos los pecados son iguales, y que un hombre grave no debe conmoverse fácilmente. Pero hay una gran diferencia entre los cristianos y los filósofos. Y cuando el apóstol dice: "Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y vanas sutilezas", hemos de evitar aquellas cosas que no proceden de la clemencia de Dios, sino que son engendradas por la presunción de una filosofía demasiado rígida. Acerca de Moisés, además, hallamos dicho en las Escrituras: "Y era aquel varón Moisés muy manso"; y el Señor en su Evangelio dice: "Sed misericordiosos, como también vuestro Padre tuvo misericordia de vosotros"; y de nuevo: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos." ¿Qué arte médica puede ejercer quien dice: "Curo solo a los sanos, que no tienen necesidad de médico"? Debemos prestar nuestra asistencia, nuestro arte de curar, a los heridos; ni los consideremos muertos, sino más bien considerémoslos tendidos medio vivos, a quienes vemos que han sido heridos en la persecución fatal, y que, si hubieran estado del todo muertos, nunca de los mismos hombres se habrían convertido después en confesores y mártires.

    Epístola 51, § 17

    17. Mas puesto que en ellos hay aquello que, por la penitencia subsiguiente, puede fortalecerse en fe; y por la penitencia la fortaleza se arma para la virtud, la cual no podría armarse si uno cayera por la desesperación; si, separado dura y cruelmente de la Iglesia, se volviera a las costumbres gentiles y a las obras mundanas, o, si rechazado por la Iglesia, pasara a los herejes y cismáticos; donde, aunque después fuera condenado a muerte por causa del nombre, sin embargo, estando fuera de la Iglesia, y dividido de la unidad y de la caridad, no podría en su muerte ser coronado. Y por tanto se decidió, hermano carísimo, examinado el caso de cada uno, que los que habían recibido certificados fueran admitidos por el momento, que los que habían sacrificado fueran asistidos en la muerte, porque no hay confesión en el lugar de los difuntos, ni puede nadie ser constreñido por nosotros a la penitencia, si se le quita el fruto de la penitencia. Si la batalla viniera primero, fortalecido por nosotros, será hallado pronto y armado para la batalla; pero si la enfermedad lo oprimiera antes de la batalla, parte con el consuelo de la paz y de la comunión.

    Epístola 51, § 18

    18. Además, no prejuzgamos cuándo el Señor ha de ser el juez; salvo que si Él hallare plena y sana la penitencia de los pecadores, entonces ratificará lo que aquí haya sido determinado por nosotros. Si, empero, alguno nos engañara con la simulación de penitencia, Dios, que no es burlado, y que mira el corazón del hombre, juzgará de aquellas cosas que nosotros hemos mirado imperfectamente, y el Señor enmendará la sentencia de sus siervos; aunque, hermano carísimo, debemos recordar que está escrito: "El hermano que ayuda al hermano será ensalzado"; y que el apóstol ha dicho también: "Consideraos a vosotros mismos, no sea que también vosotros seáis tentados. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo"; también que, reprendiendo a los soberbios y quebrantando su arrogancia, dice en su epístola: "El que piensa estar firme, mire que no caiga"; y en otro lugar dice: "¿Quién eres tú, que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie o cae; pero estará firme, pues poderoso es Dios para hacerle estar firme." También Juan prueba que Jesucristo el Señor es nuestro Abogado e Intercesor por nuestros pecados, diciendo: "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Y si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo el Justo; y Él es la propiciación por nuestros pecados." Y Pablo también, el apóstol, en su epístola ha escrito: "Si cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros; mucho más, justificados ahora por su sangre, seremos salvos de la ira por medio de Él."

    Epístola 51, § 19

    19. Considerando su amor y misericordia, no debemos ser tan amargos, ni crueles, ni inhumanos en el cuidado de los hermanos, sino llorar con los que lloran, y llorar con los que lloran, y levantarlos cuanto podamos con la ayuda y el consuelo de nuestro amor; no siendo demasiado ásperos y pertinaces en repeler su penitencia; ni, por otra parte, demasiado laxos y fáciles en conceder temerariamente la comunión. ¡He aquí! Un hermano herido yace abatido por el enemigo en el campo de batalla. Allí el diablo se esfuerza por matar al que ha herido; aquí Cristo exhorta a que aquel a quien Él ha redimido no perezca del todo. ¿A cuál de los dos asistimos? ¿De qué lado estamos? ¿Favorecemos al diablo, para que destruya, y pasamos de largo ante nuestro hermano postrado y sin vida, como en el Evangelio hicieron el sacerdote y el levita; o más bien, como sacerdotes de Dios y de Cristo, imitamos lo que Cristo enseñó e hizo, y arrebatamos al herido de las fauces del enemigo, para conservarlo curado para Dios el juez?

    Epístola 51, § 20

    20. Y no pienses, hermano carísimo, que ni el valor de los hermanos se verá disminuido, ni que los martirios faltarán por esta causa, porque se relaje la penitencia para los caídos, y se ofrezca la esperanza de paz a los penitentes. La fortaleza de los verdaderamente creyentes permanece inquebrantable; y en los que temen y aman a Dios con todo su corazón, su integridad continúa firme y fuerte. Pues a los adúlteros aun se les concede un tiempo de penitencia, y se les da la paz. Sin embargo, no por eso falta la virginidad en la Iglesia, ni el glorioso designio de la continencia languidece por los pecados de otros. La Iglesia, coronada con tantas vírgenes, florece; y la castidad y el pudor conservan el tenor de su gloria. Ni se quebranta el vigor de la continencia porque se facilite la penitencia y el perdón al adúltero. Una cosa es estar a la espera del perdón, otra alcanzar la gloria: una cosa es, arrojado en la cárcel, no salir de allí hasta pagar el último cuadrante; otra, recibir al punto el salario de la fe y del valor. Una cosa es, atormentado por el largo sufrimiento de los pecados, ser limpiado y purgado por el fuego; otra, haber purgado todos los pecados por el sufrimiento. Una cosa es, en fin, estar en suspenso hasta la sentencia de Dios en el día del juicio; otra, ser coronado al punto por el Señor.

    Epístola 51, § 21

    21. Y, en verdad, entre nuestros predecesores, algunos de los obispos aquí en nuestra provincia pensaron que no se debía conceder la paz a los adúlteros, y cerraron por completo la puerta de la penitencia al adulterio. Sin embargo, no se retiraron de la asamblea de sus coobispos, ni rompieron la unidad de la Iglesia Católica por la pertinacia de su severidad o censura; de modo que, porque por algunos se concedía la paz a los adúlteros, el que no la concedía debió ser separado de la Iglesia. Mientras permanece el vínculo de la concordia, y subsiste el sacramento indiviso de la Iglesia Católica, cada obispo dispone y dirige sus propios actos, y habrá de dar cuenta de sus propósitos al Señor.

    Epístola 51, § 22

    22. Pero me admiro de que algunos sean tan obstinados como para pensar que no se ha de conceder la penitencia a los caídos, o para suponer que se ha de negar el perdón a los penitentes, cuando está escrito: "Acuérdate de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras", lo cual ciertamente se dice a aquel que evidentemente ha caído, y a quien el Señor exhorta a levantarse de nuevo por sus obras, porque está escrito: "La limosna libra de la muerte", Tobías 4:10 y no, ciertamente, de aquella muerte que una vez extinguió la sangre de Cristo, y de la cual nos ha librado la gracia salvadora del bautismo y de nuestro Redentor, sino de aquella que después se introduce por los pecados. Además, en otro lugar se concede tiempo para la penitencia; y el Señor amenaza al que no se arrepiente: "Tengo", dice, "muchas cosas contra ti, porque permites a tu mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñar y seducir a mis siervos para cometer fornicación y comer lo sacrificado a los ídolos; y le di un tiempo para que se arrepintiera, y no quiere arrepentirse de su fornicación. He aquí, la arrojaré en una cama, y a los que adulteran con ella en gran tribulación, si no se arrepienten de sus obras"; a los cuales ciertamente el Señor no exhortaría a la penitencia, si no fuera que promete misericordia a los que se arrepienten. Y en el Evangelio dice: "Os digo que así habrá gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, más que por noventa y nueve justos que no necesitan penitencia." Pues ya que está escrito: "Dios no hizo la muerte, ni se complace en la destrucción de los vivos", ciertamente Aquel que quiere que ninguno perezca, desea que los pecadores se arrepientan, y por la penitencia vuelvan de nuevo a la vida. Así también clama por el profeta Joel, y dice: "Ahora, pues, dice el Señor vuestro Dios: Convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, con llanto y con lamento; rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y volveos al Señor vuestro Dios; porque Él es clemente y misericordioso, lento para la ira y de gran bondad, y se arrepiente del mal determinado." En los Salmos, también, leemos tanto la reprensión como la clemencia de Dios, que amenaza al mismo tiempo que perdona, castiga para corregir; y cuando ha corregido, preserva. "Visitaré", dice, "sus transgresiones con vara, y sus iniquidades con azotes. Mas no quitaré de ellos mi misericordia."

    Epístola 51, § 23

    23. El Señor también en su Evangelio, exponiendo el amor de Dios Padre, dice: "¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará cosas buenas a los que le piden?" El Señor compara aquí al padre según la carne, y el amor eterno y liberal de Dios Padre. Pero si aquel padre malo en la tierra, profundamente ofendido por un hijo pecador y malo, sin embargo, si viera al mismo hijo después reformado y, dejados de lado los pecados de su vida anterior, restituido a la sobriedad, a la moral y a la disciplina de la inocencia por el dolor de su penitencia, se alegra y da gracias, y con la avidez de la exultación paterna abraza al restituido, a quien antes había echado fuera; ¿cuánto más aquel único y verdadero Padre, bueno, misericordioso y amante —sí, Él mismo Bondad, Misericordia y Amor— se regocija en la penitencia de sus propios hijos! Ni amenaza con castigo a los que ahora se arrepienten, o lloran y se lamentan, sino que más bien promete perdón y clemencia. Por lo cual el Señor en el Evangelio llama bienaventurados a los que lloran; porque el que llora invoca misericordia. El que es terco y soberbio acumula ira contra sí mismo, y el castigo del juicio venidero. Y por tanto, hermano carísimo, hemos decidido que los que no se arrepienten, ni dan evidencia de dolor por sus pecados con todo su corazón, y con manifiesta profesión de su lamentación, han de ser absolutamente apartados de la esperanza de la comunión y de la paz si comienzan a pedirlas en medio de la enfermedad y del peligro; porque no es la penitencia por el pecado, sino la advertencia de la muerte apremiante, lo que los impulsa a pedir; y no es digno de recibir consuelo en la muerte quien no ha reflexionado que iba a morir.

    Epístola 51, § 24

    En lo que respecta, sin embargo, al carácter de Novaciano, hermano carísimo, de quien deseabas que se te escribiera qué herejía había introducido; sabe que, en primer lugar, ni siquiera deberíamos preguntarnos qué enseña, mientras enseña fuera del recinto de la unidad. Quienquiera que sea, y sea lo que sea, el que no está en la Iglesia de Cristo no es cristiano. Aunque se jacte, y anuncie su filosofía o elocuencia con palabras altivas, aquel que no ha mantenido el amor fraterno ni la unidad eclesiástica ha perdido incluso lo que antes había sido. A menos que te parezca que es obispo quien —cuando un obispo ha sido hecho en la Iglesia por dieciséis coobispos— se esfuerza por soborno en ser hecho obispo adúltero y extraño por manos de desertores; y aunque hay una sola Iglesia, dividida por Cristo en todo el mundo en muchos miembros, y también un solo episcopado difundido a través de una multitud armoniosa de muchos obispos; a pesar de la tradición de Dios, a pesar de la unidad combinada y en todas partes compacta de la Iglesia Católica, se esfuerza por hacer una iglesia humana, y envía a sus nuevos apóstoles por muchísimas ciudades, para establecer algunos cimientos nuevos de su propia invención. Y aunque ya han sido ordenados en cada ciudad, y por todas las provincias, obispos ancianos en años, sanos en la fe, probados en la prueba, proscritos en la persecución, (este) se atreve a crear sobre estos otros y falsos obispos: como si pudiera o bien vagar por todo el mundo con la persistencia de su nuevo empeño, o romper la estructura del cuerpo eclesiástico, por la propagación de su propia discordia, no sabiendo que los cismáticos son siempre ardientes al principio, pero que no pueden aumentar ni añadir a lo que han comenzado ilícitamente, sino que inmediatamente fracasan junto con su malvada emulación. Pero no podría retener el episcopado, aun si antes hubiera sido hecho obispo, puesto que se ha cortado a sí mismo del cuerpo de sus coobispos, y de la unidad de la Iglesia; puesto que el apóstol nos amonesta a que nos sostengamos mutuamente unos a otros, y no nos apartemos de la unidad que Dios ha designado, y dice: "Soportándoos unos a otros en amor, esforzándoos por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz". Aquel, pues, que no mantiene ni la unidad del Espíritu ni el vínculo de la paz, y se separa a sí mismo del vínculo de la Iglesia y de la asamblea de los sacerdotes, no puede tener ni el poder ni el honor de un obispo, puesto que ha rehusado mantener o la unidad o la paz del episcopado.

    Epístola 51, § 25

    25. Además, ¡qué hinchazón de arrogancia es, qué olvido de la humildad y de la mansedumbre, qué jactancia de su propia soberbia, que alguien se atreva, o piense que es capaz, de hacer lo que el Señor ni siquiera concedió a los apóstoles; que piense que puede discernir la cizaña del trigo, o, como si le fuera concedido llevar el aventador y limpiar la era, intente separar la paja del trigo; y puesto que el apóstol dice: "Pero en una casa grande no solo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro", piense elegir los vasos de oro y de plata, despreciar, desechar y condenar los vasos de madera y de arcilla; mientras que los vasos de madera no son quemados sino en el día del Señor por la llama del ardor divino, y los vasos de arcilla solo son quebrados por Aquel a quien es dada la vara de hierro.

    Epístola 51, § 26

    26. O si él se nombra a sí mismo escudriñador y juez del corazón y de los riñones, que en todos los casos juzgue igualmente. Y como sabe que está escrito: "He aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor", , que aparte a los fraudulentos y adúlteros de su lado y de su compañía, puesto que el caso de un adúltero es con mucho más grave y peor que el de aquel que ha tomado un certificado, porque el segundo ha pecado por necesidad, el primero por libre albedrío: el segundo, pensando que le basta que no haya sacrificado, ha sido engañado por un error; el primero, violador del vínculo matrimonial de otro, o entrando en un burdel, en el sumidero y sucia sima del vulgo, ha mancillado con detestable impureza un cuerpo santificado y el templo de Dios, como dice el apóstol: "Todo pecado que el hombre comete está fuera del cuerpo, pero el que comete fornicación peca contra su propio cuerpo". Y sin embargo, a estas mismas personas se les concede el arrepentimiento, y se les deja la esperanza de lamentarse y expiar, según el dicho del mismo apóstol: "Temo que, cuando vaya a vosotros, llore a muchos de los que han pecado ya, y no se han arrepentido de la impureza, fornicación y lascivia que han cometido".

    Epístola 51, § 27

    27. Ni se engañen los nuevos herejes en esto, al decir que no comunican con idólatras; aunque entre ellos hay tanto adúlteros como fraudulentos, que son tenidos por culpables del crimen de idolatría, según el dicho del apóstol: "Porque sabed esto con entendimiento: que ningún fornicario, ni inmundo, ni avaro, cuya culpa es la idolatría, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios". Y de nuevo: "Mortificad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra; despojaos de la fornicación, de la inmundicia, de la mala concupiscencia y de la avaricia, que son servicio de ídolos; por causa de las cuales viene la ira de Dios". Pues como nuestros cuerpos son miembros de Cristo, y cada uno de nosotros es templo de Dios, quienquiera que viola el templo de Dios por el adulterio, viola a Dios; y el que, al cometer pecados, hace la voluntad del diablo, sirve a demonios e ídolos. Pues las malas obras no provienen del Espíritu Santo, sino de la instigación del adversario, y las concupiscencias nacidas del espíritu inmundo constriñen a los hombres a obrar contra Dios y a obedecer al diablo. Así sucede que si dicen que uno es contaminado por el pecado de otro, y si sostienen, por su propia afirmación, que la idolatría del delincuente pasa a aquel que no es culpable según su propia palabra; no pueden ser excusados del crimen de idolatría, puesto que por la prueba apostólica es evidente que los adúlteros y defraudadores con quienes comunican son idólatras. Pero entre nosotros, conforme a nuestra fe y a la regla dada de la predicación divina, concuerda el principio de la verdad: que cada uno es retenido firmemente en su propio pecado; ni puede uno hacerse culpable por otro, puesto que el Señor nos previene, diciendo: "La justicia del justo será sobre él, y la maldad del malvado será sobre él". Y de nuevo: "Los padres no morirán por los hijos, y los hijos no morirán por los padres. Cada uno morirá en su propio pecado". Deuteronomio 24:26 Leyendo y observando esto, ciertamente pensamos que ninguno ha de ser apartado del fruto de la satisfacción y de la esperanza de la paz, puesto que sabemos, conforme a la fe de las divinas Escrituras, siendo Dios mismo su autor, y exhortando en ellas, tanto que los pecadores son traídos de nuevo al arrepentimiento, como que el perdón y la misericordia no se niegan a los penitentes.

    Epístola 51, § 28

    28. Y ¡oh, burla de una fraternidad engañada! ¡Oh, vana decepción de los lamentadores miserables e insensatos! ¡Oh, ineficaz e inútil tradición de la institución herética! ¡Exhortar al arrepentimiento de la expiación, y quitar la curación de la expiación; decir a nuestros hermanos: "Llorad y derramad lágrimas, y gemid día y noche, y trabajad mucho y con frecuencia para lavar y limpiar vuestro pecado; pero, después de todo esto, moriréis fuera del recinto de la Iglesia. ¡Haréis todo cuanto es necesario para la paz, pero ninguna de esa paz que buscáis recibiréis!" ¿Quién no perecería al instante? ¿Quién no caería, por pura desesperación? ¿Quién no apartaría su mente de todo designio de lamentación? ¿Pensáis que el labrador podría trabajar si le dijerais: "Labra el campo con toda la destreza de la agricultura, persevera diligentemente en su cultivo; pero no cosecharás mies, no prensarás vendimia, no recibirás frutos de tu olivar, no recogerás manzanas de los árboles"; o si, instando a alguien a la posesión y uso de barcos, le dijerais: "Compra, hermano mío, material de excelentes maderas; entreteje tu quilla con el roble más fuerte y escogido; trabaja en el timón, las cuerdas, las velas, para que el barco sea construido y aparejado; pero cuando hayas hecho esto, nunca verás el resultado de sus obras y de sus viajes"?

    Epístola 51, § 29

    29. Esto es cerrar y cortar el camino del dolor y del arrepentimiento; de modo que mientras en toda la Escritura el Señor Dios consuela a los que vuelven a Él y se arrepienten, el arrepentimiento mismo es quitado por nuestra dureza y crueldad, que intercepta los frutos del arrepentimiento. Pero si hallamos que ninguno debe ser apartado de arrepentirse, y que la paz puede ser concedida por Sus sacerdotes a aquellos que imploran y suplican la misericordia del Señor, en tanto que Él es misericordioso y amoroso, el gemido de los que lloran ha de ser admitido, y el fruto del arrepentimiento no ha de ser negado a los que se duelen. Y porque en el lugar de los difuntos no hay confesión, ni puede hacerse allí confesión, los que se han arrepentido de todo corazón, y la han pedido, deben ser recibidos dentro de la Iglesia, y ser guardados en ella para el Señor, quien ciertamente juzgará, cuando venga a Su Iglesia, a aquellos a quienes halle dentro de ella. Pero los apóstatas y desertores, o los adversarios y enemigos, y los que asolan la Iglesia de Cristo, no pueden, aun si fuera de la Iglesia han sido muertos por Su nombre, según el apóstol, ser admitidos a la paz de la Iglesia, puesto que no han guardado ni la unidad del espíritu ni la de la Iglesia.

    Epístola 51, § 30

    30. Estas pocas cosas por ahora, de entre muchas, hermano carísimo, he recorrido tan brevemente como pude, para así satisfacer tu deseo, y para unirte más y más estrechamente a la sociedad de nuestro colegio y cuerpo. Pero si se te presentara oportunidad y poder de venir a nosotros, podremos conferir más plenamente juntos, y considerar más provechosamente y más por extenso las cosas que conducen a un acuerdo saludable. Te saludo, hermano carísimo, cordialmente siempre en el Señor.
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