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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
  54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
  59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
  70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
  77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
  78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
  79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

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    TEXTOS — CIPRIANO DE CARTAGO

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    249–258 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Wallis (Ante-Nicene Fathers)49 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 14 · Epístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250Publicado el Actualizado el Ref. ESC-CIP-06

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 1. A Donato
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 10 minEpístola 1. A Donato
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minEpístola 2. Del Clero Romano al Clero Cartaginés, sobre el retiro del bienaventurado Cipriano
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minEpístola 3. A los presbíteros y diáconos que moran en Roma. A.D. 250
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 2 minEpístola 5. A los presbíteros y diáconos
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 7 minEpístola 6. A Rogaciano el presbítero y a los demás confesores. A.D. 250
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minEpístola 7. Al clero, sobre la oración a Dios
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minEpístola 8. A los mártires y confesores
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 9. Al clero, sobre ciertos presbíteros que habían concedido temerariamente la paz a los caídos antes de que la persecución se hubiera aplacado y sin conocimiento de los obispos
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 10. A los mártires y confesores que pidieron que se concediera la paz a los caídos
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minEpístola 11. Al pueblo
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minEpístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 16. Los confesores a Cipriano
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 20. Celerino a Luciano
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 21. Luciano responde a Celerino
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minEpístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 9 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minEpístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 26. Cipriano a los caídos
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minEpístola 28. A los presbíteros y diáconos que están en Roma
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 10 minEpístola 30. El clero romano a Cipriano
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 31. Al clero cartaginés, sobre las cartas enviadas a Roma y recibidas de allí
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 33. Al clero y al pueblo, sobre la ordenación de Celerino como lector
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minEpístola 34. A los mismos, sobre la ordenación de Numídico como presbítero
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 10 minEpístola 37. A Caldonio, Herculano y otros, sobre la excomunión de Felicísimo
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 39. Al pueblo, acerca de cinco presbíteros cismáticos de la facción de Felicísimo
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minEpístola 40. A Cornelio, sobre su negativa a recibir la ordenación de Novaciano
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minEpístola 42. Al mismo, sobre haber enviado cartas a los confesores a quienes Novaciano había seducido
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 45. Cornelio a Cipriano, sobre el regreso de los confesores a la unidad
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minEpístola 47. Cornelio a Cipriano, sobre la facción de Novaciano con su partido
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minEpístola 49. Máximo y los demás confesores a Cipriano, sobre su retorno del cisma
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 10 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 1 minEpístola 51. A Antoniano, acerca de Cornelio y Novaciano
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 52. A Fortunato y a sus otros colegas, acerca de los que habían sido vencidos por los tormentos
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 11 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 10 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 3 minEpístola 54. A Cornelio, acerca de Fortunato y Felicísimo, o contra los herejes
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 8 minEpístola 55. Al pueblo de Thibaris, exhortándolo al martirio
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minEpístola 56. A Cornelio en el destierro, acerca de su confesión
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 57. A Lucio, obispo de Roma, de vuelta del destierro
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minEpístola 59. A los obispos númidas, sobre la redención de sus hermanos del cautiverio entre los bárbaros
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 60
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 9 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 10 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 8 minEpístola 62. Cecilio, sobre el Sacramento del Cáliz del Señor
    54. Sesión 54 · Parte 9 · ≈ 7 minEpístola 63. A Epicteto y a la Congregación de Asuras, sobre Fortunaciano, antes su obispo
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 6 minEpístola 64. A Rogaciano, sobre el diácono que contendió contra el obispo
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 65. Al clero y al pueblo que moran en Furni, acerca de Víctor, que había hecho al presbítero Faustino tutor
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 8 minEpístola 67. A los clérigos y al pueblo residente en España, acerca de Basílides y Marcial
    59. Sesión 59 · Parte 10 · ≈ 9 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    60. Sesión 60 · Parte 10 · ≈ 4 minEpístola 68. A Florencio Pupiano, sobre los calumniadores
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 7 minEpístola 69. A Januario y a los demás obispos númidas, sobre el bautismo de los herejes
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 70. A Quinto, sobre el bautismo de los herejes
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 6 minEpístola 71. A Esteban, sobre un concilio
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    65. Sesión 65 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 9 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 4 minEpístola 72. A Jubaiano, sobre el bautismo de los herejes
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 73. A Pompeyo, contra la epístola de Esteban sobre el bautismo de los herejes
    70. Sesión 70 · Parte 12 · ≈ 11 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 9 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 7 minEpístola 74. Firmiliano, obispo de Cesarea de Capadocia, a Cipriano, contra la carta de Esteban. Año 256 d.C
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 10 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    76. Sesión 76 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 75. A Magno, sobre el bautismo de los novacianos y de los que obtienen la gracia en el lecho de enfermo
    77. Sesión 77 · Parte 13 · ≈ 9 minEpístola 76. Cipriano a Nemesiano y a los demás mártires en las minas
    78. Sesión 78 · Parte 13 · ≈ 6 minEpístola 77. Respuesta de Nemesiano, Dativo, Félix y Víctor a Cipriano
    79. Sesión 79 · Parte 13 · ≈ 3 minEpístola 78. Respuesta al mismo de Lucio y de los demás mártires
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 15 minEpístola 79. Respuesta de Félix, Jader, Poliano y los demás mártires a Cipriano

    Epístola 13. Al clero, sobre los que tienen prisa por recibir la paz. A.D. 250

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 13, argumento
    Argumento. La paz debe alcanzarse por la penitencia, y la penitencia se realiza guardando los mandamientos. Quienes están oprimidos por la enfermedad, si son socorridos por los sufragios de los mártires, pueden ser admitidos a la paz; pero a los demás se les ha de retener hasta que quede asegurada la paz de la Iglesia.

    Epístola 13, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. He leído vuestra carta, hermanos amadísimos, en la que escribís que no faltó a nuestros hermanos vuestro saludable consejo de que, dejando a un lado toda precipitación temeraria, manifestaran una religiosa paciencia para con Dios, de modo que, cuando por su misericordia nos reunamos, podamos deliberar sobre toda clase de asuntos según la disciplina de la Iglesia, sobre todo porque está escrito: "Recuerda de dónde has caído, y arrepiéntete". Ahora bien, se arrepiente quien, acordándose del precepto divino, con mansedumbre y paciencia, y obedeciendo a los sacerdotes de Dios, se hace digno del Señor por su obediencia y sus obras de justicia.

    Epístola 13, § 2

    2. Mas, puesto que me dais a entender que algunos son petulantes y urgen con vehemencia ser recibidos en la comunión, y habéis deseado que en este asunto os dé yo alguna regla, creo haber escrito ya suficientemente sobre el particular en la última carta que se os envió: que quienes han recibido el certificado de los mártires, y pueden ser ayudados por su intercesión ante el Señor en lo tocante a sus pecados, si comienzan a ser oprimidos por alguna enfermedad o riesgo, cuando hayan hecho confesión y hayan recibido de vosotros la imposición de manos en reconocimiento de su penitencia, sean remitidos al Señor con la paz prometida a ellos por los mártires. Pero los demás que, sin haber recibido ningún certificado de los mártires, están envidiosos (pues esta no es causa de unos pocos, ni de una sola iglesia, ni de una sola provincia, sino de todo el mundo), deben esperar, apoyados en la protección del Señor, la paz pública de la Iglesia misma. Porque esto es lo que conviene a la modestia, a la disciplina, y aun a la vida de todos nosotros: que los que presiden, reuniéndose con el clero y en presencia también del pueblo que permanece firme — a quienes, además, se les debe honra por su fe y por su temor —, podamos ordenar todas las cosas con la religiosidad de una consulta común. ¡Cuán irreligioso y perjudicial es, aun para los mismos que andan ansiosos, que, mientras los que están desterrados, y arrojados de su patria, y despojados de todos sus bienes, no han vuelto todavía a la Iglesia, algunos de los caídos se apresuren a anticiparse aun a los mismos confesores, y a entrar en la Iglesia antes que ellos! Si tan sobremanera ansiosos están, tienen en su propio poder lo que piden, pues los tiempos mismos les ofrecen con largueza más de lo que piden. La lucha sigue todavía en pie, y el combate se celebra a diario. Si de verdad y con constancia se arrepienten de lo que han hecho, y prevalece el fervor de su fe, quien no puede demorarse puede ser coronado. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos amadísimos; y tenedme en vuestro recuerdo. Saludad en mi nombre a toda la fraternidad, y decidles que se acuerden de mí. Adiós.

    Epístola 14. A los presbíteros y diáconos reunidos en Roma

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 14, argumento
    Argumento. Da cuenta de su retiro y de lo que hizo durante él, habiendo enviado a Roma, para su justificación, copias de las cartas que había escrito a su pueblo; más aún, se sirve de las mismas palabras que había empleado en ellas.

    Epístola 14, § 1

    1. Cipriano a sus hermanos los presbíteros y diáconos reunidos en Roma, salud. Habiendo averiguado, hermanos amadísimos, que lo que he hecho y hago se os ha referido de manera un tanto confusa y falsa, he creído necesario escribiros esta carta, en la que pueda daros cuenta de mis actos, de mi disciplina y de mi diligencia; pues, como enseñan los mandamientos del Señor, apenas estalló el primer brote de la turbación y el pueblo con violenta gritería me reclamó repetidas veces, yo, considerando no tanto mi propia seguridad como la paz pública de los hermanos, me retiré por un tiempo, no sea que, con mi presencia demasiado audaz, se provocara todavía más el tumulto que había comenzado. No obstante, aunque ausente en cuerpo, no falté ni en espíritu, ni en obra, ni en consejo, de modo que no dejara de procurar ningún beneficio que pudiera prestar a mis hermanos con mi consejo, según los preceptos del Señor, en cuanto mis pobres fuerzas me lo permitieran.

    Epístola 14, § 2

    2. Y lo que hice, estas trece cartas enviadas en diversos momentos os lo declaran; os las he transmitido. En ellas no faltaron ni consejo al clero, ni exhortación a los confesores, ni reprensión, cuando fue necesaria, a los desterrados, ni mis llamamientos y persuasiones a toda la fraternidad para que implorara la misericordia de Dios, en la plena medida en que, según la ley de la fe y el temor de Dios, con la ayuda del Señor, mis pobres fuerzas podían intentar. Pero después, cuando llegaron los tormentos, mis palabras alcanzaron tanto a nuestros hermanos torturados como a los que por el momento solo estaban presos con vistas al tormento, para fortalecerlos y consolarlos. Además, cuando descubrí que los que habían manchado sus manos y sus bocas con contacto sacrílego, o habían infectado no menos sus conciencias con certificados inicuos, solicitaban en todas partes a los mártires, y corrompían también a los confesores con importunas y excesivas súplicas, de modo que, sin discriminación ni examen de las personas mismas, se daban cada día miles de certificados contra la ley del Evangelio, escribí cartas en las que llamaba, con mi consejo, en cuanto era posible, a los mártires y confesores a los mandamientos del Señor. Tampoco faltó a los presbíteros y diáconos el vigor del sacerdocio; de suerte que algunos, poco atentos a la disciplina y precipitados con temeraria prisa, que ya habían comenzado a comunicarse con los caídos, fueron contenidos por mi interposición. Entre el pueblo, además, hice lo que pude para calmar los ánimos y les instruí que mantuvieran la disciplina eclesiástica.

    Epístola 14, § 3

    3. Pero después, cuando algunos de los caídos, ya por su propia voluntad, ya por sugestión de otro, prorrumpieron en una demanda audaz, como si pretendieran con un esfuerzo violento arrancar la paz que les había sido prometida por los mártires y confesores; sobre esto también escribí dos veces al clero, y mandé que se les leyera; para mitigar de algún modo su violencia por el momento, si alguno que había recibido el certificado de los mártires partía de esta vida, habiendo hecho confesión y recibido la imposición de manos para penitencia, fuera remitido al Señor con la paz prometida a ellos por los mártires. Y no di en esto una ley, ni me constituí temerariamente en autor de la norma; sino que, como parecía justo que se honrara a los mártires y que se refrenara la vehemencia de los que ansiaban perturbarlo todo; y habiendo leído, además, vuestra carta que últimamente enviasteis desde aquí a mi clero por medio de Crementio el subdiácono, en el sentido de que se diera auxilio a quienes, después de su caída, fueran sorprendidos por la enfermedad y desearan con penitencia la comunión; juzgué conveniente atenerme a vuestro parecer, no sea que nuestros procederes, que deben estar unidos y concordes en todo, fueran en algo distintos. Los casos de los demás, aun cuando hubieran recibido certificados de los mártires, ordené que se difirieran por completo y se reservaran hasta que yo estuviera presente, para que, cuando el Señor nos haya dado la paz, y varios obispos hayan comenzado a reunirse en un solo lugar, podamos ordenar y corregir todo, teniendo también la ventaja de vuestro consejo. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos amadísimos.

    Epístola 15. A Moisés y Máximo, y a los demás confesores

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 15, argumento
    Argumento. El contenido de esta carta se da en la epístola XXXI, más abajo, donde el clero romano dice: "Sobre este asunto os debemos, y os damos, las más profundas y abundantes gracias, porque disipasteis las tinieblas de su prisión con vuestras cartas."

    Epístola 15, § 1

    1. Cipriano a Moisés y Máximo, presbíteros, y a los demás confesores, sus hermanos, salud. Celerino, compañero de vuestra fe y virtud, y soldado de Dios en gloriosos combates, ha venido a mí, hermanos amadísimos, y me ha presentado con fuerza a todos vosotros, y también a cada uno en particular, para mi afecto. En él, al venir, he contemplado a todos vosotros; y cuando con dulzura y frecuencia me hablaba de vuestro amor para conmigo, en sus palabras os oía a vosotros. Me alegro sobremanera cuando tales noticias me son traídas de vosotros por hombres como él. En cierta manera, también yo estoy allí con vosotros en la prisión. Pienso que yo, que estoy así ligado a vuestros corazones, gozo con vosotros de las delicias de la aprobación divina. Vuestro amor individual me asocia a vuestra honra; el Espíritu no permite que nuestro amor se separe. La confesión encierra en la prisión a vosotros; el afecto encierra allí a mí. Y yo, en verdad, acordándome de vosotros día y noche, tanto cuando en los sacrificios ofrezco oración con muchos, como cuando en retiro oro con petición privada, pido al Señor pleno reconocimiento para vuestras coronas y vuestras alabanzas. Mas mi pobre capacidad es demasiado débil para recompensaros; vosotros dais más cuando os acordáis de mí en la oración, pues, respirando ya solo cosas celestiales y meditando solo cosas divinas, subís a alturas más sublimes aun por la dilación de vuestro sufrimiento; y por el largo transcurso del tiempo, no estáis perdiendo, sino aumentando vuestra gloria. Una primera y única confesión hace bienaventurados; vosotros confesáis tantas veces cuantas, invitados a salir de la prisión, preferís la prisión con fe y virtud; vuestras alabanzas son tan numerosas como los días; a medida que los meses avanzan, vuestros méritos aumentan siempre. Una vez vence quien una vez sufre; pero quien continúa luchando siempre con los castigos, y no es vencido por el sufrimiento, es coronado cada día.

    Epístola 15, § 2

    2. Ahora, pues, pasen de largo los magistrados y cónsules o procónsules; gloríense en las insignias de su dignidad anual y en sus doce fasces. He aquí que la dignidad celestial en vosotros está sellada por el resplandor de la honra de un año, y ya, en la continuidad de su gloria victoriosa, ha pasado sobre el círculo rodante del año que retorna. El sol naciente y la luna menguante iluminaban el mundo; pero para vosotros, Aquel que hizo el sol y la luna era una luz mayor en vuestro calabozo, y el resplandor de Cristo, brillando en vuestros corazones y mentes, irradiaba con aquella luz eterna y brillante la lobreguez del lugar de castigo, que para otros era tan horrible y mortífero. El invierno ha pasado por las vicisitudes de los meses; pero vosotros, encerrados en la prisión, soportabais, en lugar de las inclemencias del invierno, el invierno de la persecución. Al invierno sucedió la suavidad de la primavera, que se regocija con rosas y se corona de flores; pero a vosotros se os presentaban rosas y flores de las delicias del paraíso, y guirnaldas celestiales ceñían vuestras frentes. He aquí que el verano es fecundo con la fertilidad de la mies, y la era se llena de grano; mas vosotros, que habéis sembrado gloria, segáis el fruto de la gloria, y, colocados en la era del Señor, contempláis la paja consumida por el fuego inextinguible; vosotros mismos, como granos de trigo, grano aventado y precioso, ya purgado y guardado en el granero, consideráis la morada de la prisión como vuestro granero. Y no falta al otoño gracia espiritual para cumplir los deberes de la estación. La vendimia se pisa fuera, y la uva que después correrá en las copas es hollada en los lagares. Vosotros, racimos ricos de la viña del Señor, y sarmientos con fruto ya maduro, hollados por la tribulación de la presión mundana, llenáis vuestro lagar en la prisión de tormentos, y derramáis sangre en lugar de vino; valientes para soportar el sufrimiento, bebéis de buena gana el cáliz del martirio. Así transcurre el año con los siervos del Señor; así se celebra la vicisitud de las estaciones con merecimientos espirituales y con recompensas celestiales.

    Epístola 15, § 3

    3. Abundantemente bienaventurados son aquellos que, de entre vuestro número, pasando por estas huellas de gloria, han partido ya del mundo; y, terminado el camino de la virtud y de la fe, han alcanzado el abrazo y el beso del Señor, el gozo del Señor mismo. Mas no es menor vuestra gloria, que seguís empeñados en el certamen y, a punto de seguir las glorias de vuestros compañeros, estáis librando largo tiempo la batalla y, firmes con una fe inmóvil e inquebrantable, exhibís cada día en vuestras virtudes un espectáculo a la vista de Dios. Cuanto más larga es vuestra lucha, tanto más alta será vuestra corona. La pugna es una sola, pero está colmada de una multitud variada de combates; vencéis el hambre, despreciáis la sed y holláis la inmundicia del calabozo y el horror de la misma morada del castigo con el vigor de vuestro ánimo. Allí se subyuga el castigo; se agota el tormento; no se teme la muerte, sino que se la desea, vencida por la recompensa de la inmortalidad, de modo que el que ha vencido es coronado con la eternidad de la vida. ¡Cuál no debe ser ahora vuestro ánimo, cuán elevado, cuán grande el corazón, cuando se resuelven cosas tan grandes, cuando no se considera nada sino los preceptos de Dios y las recompensas de Cristo! La voluntad entonces es solo la voluntad de Dios; y aunque estáis todavía en la carne, no es la vida del mundo presente, sino la del futuro, la que vivís ahora.

    Epístola 15, § 4

    4. Ahora resta, hermanos amadísimos, que os acordéis de mí; que, entre vuestros grandes y divinos pensamientos, penséis también en mí con vuestra mente y vuestro espíritu; y que yo esté en vuestras oraciones y súplicas, cuando aquella voz, ilustre por la purificación de la confesión y digna de alabanza por el tenor continuo de su honra, penetre hasta los oídos de Dios, y, abriéndosele el cielo, pase desde estas regiones del mundo sometidas a las alturas, y obtenga de la bondad del Señor aun lo que pide. Pues ¿qué pedís a la misericordia del Señor que no merezcáis obtener? — vosotros que habéis observado así los mandamientos del Señor, que habéis mantenido la disciplina del Evangelio con la sencilla energía de vuestra fe, que con la gloria de vuestra virtud incorrupta habéis permanecido valientemente en los mandamientos del Señor y de sus apóstoles, y habéis confirmado la fe vacilante de muchos con la verdad de vuestro martirio? Verdaderamente testigos del Evangelio, y verdaderamente mártires de Cristo, asentados en sus raíces, fundados con firme fundamento sobre la Roca, habéis unido la disciplina a la virtud, habéis traído a otros al temor de Dios, habéis hecho de vuestros martirios ejemplos. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos valientísimos y amadísimos; y acordaos de mí.

    Epístola 16. Los confesores a Cipriano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 16, argumento
    Argumento. Un certificado escrito en nombre de los mártires por Luciano.

    Epístola 16

    Todos los confesores al padre Cipriano, salud. Sabed que a todos aquellos de quienes el informe de lo que han hecho desde la comisión de su pecado ha sido, según vuestra estimación, satisfactorio, les hemos concedido la paz; y hemos deseado que este rescripto sea dado a conocer por vos también a los demás obispos. Os pedimos que tengáis paz con los santos mártires. Escribió esto Luciano, estando presentes del clero un exorcista y un lector.
    Comentario editorial · Los libelos de paz
    Conviene no confundir dos «libelos». El de Decio era el certificado de haber sacrificado. El de paz era una carta con que un confesor o un mártir pedía al obispo que readmitiera a un caído. Según Wikipedia, algunos caídos de Cartago presentaron un segundo libelo con la firma de un mártir, lo que desafiaba la autoridad del obispo, y centenares fueron readmitidos así contra la voluntad de Cipriano. El Argumento de esta epístola describe el texto que sigue como «un certificado escrito en nombre de los mártires por Luciano». Varias de las epístolas siguientes tratan de esa práctica.

    Epístola 17. A los presbíteros y diáconos sobre las cartas precedente y siguiente

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 17, argumento
    Argumento. No debe hacerse caso de los certificados de los mártires antes de que la paz de la Iglesia sea restaurada.

    Epístola 17

    Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. El Señor habla y dice: "¿A quién miraré sino a aquel que es humilde y manso, y que tiembla ante mis palabras?" Aunque todos deberíamos ser así, sin embargo, especialmente deben serlo aquellos que han de trabajar para que, después de su grave caída, merezcan bien del Señor por la verdadera penitencia y la humildad absoluta. Ahora he leído la carta de todo el cuerpo de confesores, la cual desean que sea dada a conocer por mí a todos mis colegas, y en la que pedían que la paz concedida por ellos mismos fuera asegurada a aquellos sobre quienes el informe de lo que han hecho desde su crimen ha sido, según nuestra estimación, satisfactorio; asunto que, como espera el consejo y el juicio de todos nosotros, no me atrevo a prejuzgar, y así asumir una causa común como decisión mía propia. Y por tanto, entretanto, atengámonos a las cartas que recientemente os escribí, de las cuales he enviado ahora copia a muchos de mis colegas, quienes respondieron que estaban satisfechos con lo que yo había decidido y que no debía apartarse nadie de ello, hasta que, concedida a nosotros la paz por el Señor, podamos reunirnos en un solo lugar y examinar las causas de cada uno. Pero para que sepáis tanto lo que mi colega Caldonio me escribió como lo que yo le respondí, he adjuntado a mi carta copia de cada una, y os ruego que las leáis todas a nuestros hermanos, para que se asienten cada vez más en la paciencia y no añadan otra falta a la que hasta ahora había sido su falta anterior, no queriendo obedecer ni a mí ni al Evangelio, ni permitiendo que sus causas sean examinadas conforme a las cartas de todos los confesores. Os despedimos cordialmente en el Señor, amados hermanos; y tenedme en recuerdo. Saludad a toda la fraternidad. ¡Adiós!

    Epístola 18. Caldonio a Cipriano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 18, argumento
    Argumento. Cuando, en la urgencia de una nueva persecución, algunos de los caídos habían confesado a Cristo y, así, antes de partir al destierro, buscaban la paz, Caldonio consulta a Cipriano si se les debe conceder la paz.

    Epístola 18

    Caldonio a Cipriano y a sus copresbíteros que residen en Cartago, salud. La necesidad de los tiempos nos induce a no conceder la paz precipitadamente. Pero fue bueno escribiros que aquellos que, después de haber sacrificado, fueron de nuevo probados, se hicieron desterrados. Y así me parece que han expiado su crimen anterior, en cuanto que ahora dejan sus posesiones y sus hogares y, arrepintiéndose, siguen a Cristo. Así Félix, que asistía en el oficio de presbítero bajo Decio, y estaba muy próximo a mí en las cadenas (yo conocía muy bien a ese mismo Félix), Victoria, su esposa, y Lucio, siendo fieles, fueron desterrados y han dejado sus posesiones, que ahora el fisco tiene en custodia. Además, una mujer, de nombre Bona, que fue arrastrada por su marido a sacrificar, y (sin conciencia culpable por el crimen, sino porque quienes le tenían las manos sacrificaron) comenzó a gritar contra ellos: "Yo no lo hice; ¡fuisteis vosotros quienes lo hicisteis!" — fue también desterrada. Así pues, como todos estos pedían la paz, diciendo: "Hemos recobrado la fe que habíamos perdido, nos hemos arrepentido y hemos confesado públicamente a Cristo" — aunque me parece que deberían recibir la paz —, sin embargo los he remitido a vuestro juicio, para no parecer presumir nada temerariamente. Si, por tanto, queréis que haga algo por decisión común, escribidme. Saludad a nuestros hermanos; nuestros hermanos os saludan. Os despedimos cordialmente en el Señor, amados hermanos.

    Epístola 19. Cipriano responde a Caldonio

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 19, argumento
    Argumento. Cipriano no trata nada peculiar en esta epístola, salvo asentir a la opinión de Caldonio, a saber, que no debe negarse la paz a los caídos que, por una verdadera penitencia y la confesión del nombre de Cristo, la han merecido y, por tanto, han vuelto a Él.

    Epístola 19

    Cipriano a Caldonio, su hermano, salud. Hemos recibido tu carta, amado hermano, que es abundantemente sensata y llena de honradez y fe. Ni nos admiramos de que, diestro y ejercitado como eres en las Escrituras del Señor, hagas todo con discreción y sabiduría. Has juzgado muy correctamente acerca de conceder la paz a nuestros hermanos, la cual ellos, por verdadera penitencia y por la gloria de la confesión del Señor, se han restaurado a sí mismos, siendo justificados por las palabras con que antes se habían condenado. Puesto que, entonces, han lavado todo su pecado, y su mancha anterior, con la ayuda del Señor, ha sido borrada por una virtud más poderosa, no deben yacer ya por más tiempo bajo el poder del diablo, como postrados; cuando, desterrados y privados de todos sus bienes, se han levantado y han comenzado a estar con Cristo. Y deseo que los demás también se arrepientan después de su caída y sean restituidos a su condición anterior; y para que sepas cómo hemos tratado a estos, en su urgencia y ansiosa temeridad e importunidad para arrancar la paz, te he enviado un libro, con cartas en número de cinco, que escribí al clero y al pueblo, y también a los mártires y a los confesores; cartas que ya han sido enviadas a muchos de nuestros colegas y les han satisfecho; y respondieron que también ellos están de acuerdo conmigo en la misma opinión según la fe católica. Comunica tú también esto mismo a cuantos colegas puedas, para que entre todos se observe un solo modo de obrar y un solo acuerdo, según los preceptos del Señor. Te despedimos cordialmente en el Señor, amado hermano.

    Epístola 20. Celerino a Luciano

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 20, argumento
    Argumento. Celerino, en favor de sus hermanas caídas en Roma, suplica la paz a los confesores cartagineses.

    Epístola 20, § 1

    1. Celerino a Luciano, salud. Al escribirte esta carta, mi señor y hermano, he estado gozoso y triste: gozoso porque había oído que habías sido probado por causa del nombre de nuestro Señor Jesucristo nuestro Salvador, y habías confesado su nombre en presencia de los magistrados del mundo; pero triste, porque desde el tiempo en que estuve en tu compañía nunca he podido recibir tus cartas. Y ahora, recientemente, ha caído sobre mí una doble tristeza: que, aunque sabías que Montano, nuestro común hermano, venía a mí desde ti desde el calabozo, no me comunicaste nada acerca de tu bienestar, ni de nada de lo que se hace en relación contigo. Esto, sin embargo, acontece continuamente a los siervos de Dios, especialmente a los que están destinados a la confesión de Cristo. Pues sé que ya nadie mira a las cosas del mundo, sino que espera una corona celestial. Además, yo decía que quizá te has olvidado de escribirme. Pues si desde el lugar más bajo puedo ser llamado por ti tuyo, o hermano, si yo fuera digno de oírme llamado Celerino; sin embargo, cuando yo también estaba en tal purpúrea confesión, me acordé de mis hermanos más antiguos, y los tuve en cuenta en mis cartas, para que su amor anterior estuviera aún en torno a mí y a los míos. Sin embargo, te ruego, amado del Señor, que si, ante todo, eres lavado en aquella sangre sagrada, y has padecido por el nombre de nuestro Señor Jesucristo antes de que mis cartas te encuentren en este mundo, o si acaso ahora te alcanzan, que les respondas a mí. Que así te corone Aquel cuyo nombre has confesado. Pues creo que, aunque en este mundo no nos veamos, en el futuro nos abrazaremos en la presencia de Cristo. Ruega para que yo sea digno, incluso yo, de ser coronado junto con tu compañía.

    Epístola 20, § 2

    2. Sabed, no obstante, que estoy colocado en medio de una gran tribulación; y, como si estuvieras presente conmigo, recuerdo tu amor anterior día y noche, solo Dios lo sabe. Y por eso te pido que concedas mi deseo y que te duelas conmigo por la muerte (espiritual) de mi hermana, que en este tiempo de devastación ha caído de Cristo; porque ha sacrificado y provocado a nuestro Señor, como nos parece manifiesto. Y por sus obras yo, en este día de júbilo pascual, llorando día y noche, he pasado los días en lágrimas, en saco y ceniza, y sigo pasándolos así hasta hoy, hasta que la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, y el afecto manifestado por ti, o por aquellos mis señores que han sido coronados, a quienes estás a punto de pedirlo, venga en socorro de tan terrible naufragio. Pues recuerdo tu amor anterior, que te dolerás con todos los demás por nuestras hermanas a quienes también conocías bien, es decir, Numeria y Candida, por cuyo pecado, puesto que nos tienen a nosotros por hermanos, debemos velar. Pues creo que Cristo, conforme a su penitencia y a las obras que han hecho hacia nuestros colegas desterrados que vinieron de ti —por quienes tú mismo oirás sus buenas obras—, que Cristo, digo, tendrá misericordia de ellas, cuando vosotros, sus mártires, le roguéis.

    Epístola 20, § 3

    3. Pues he oído que has recibido el ministerio de los purpurados. ¡Oh, dichoso eres, aun durmiendo en el suelo, por alcanzar los deseos que siempre has anhelado! Has deseado ser enviado a prisión por causa de su nombre, lo cual ahora se ha cumplido; como está escrito: "El Señor te conceda según tu propio corazón"; y ahora hecho sacerdote de Dios sobre ellos, y su mismo ministro lo ha reconocido. Te pido, pues, señor mío, y te ruego por nuestro Señor Jesucristo, que refieras el caso al resto de tus colegas, tus hermanos, mis señores, y les pidas que quienquiera de vosotros sea coronado primero, remita tan gran pecado a esas nuestras hermanas, Numeria y Candida. Pues a esta última siempre la he llamado Etecusa —Dios me es testigo—, porque dio dones por sí misma para no sacrificar; pero parece solo haber subido a las Tria Fata, y de allí haber descendido. Sé, por tanto, que no ha sacrificado. Habiéndose oído recientemente su causa, los principales gobernantes les mandaron entretanto permanecer como están, hasta que se nombre un obispo. Pero, en cuanto sea posible, por vuestras santas oraciones y peticiones, en las cuales confiamos, ya que sois amigos y también testigos de Cristo, (rogamos) que seáis indulgentes en todos estos asuntos.

    Epístola 20, § 4

    4. Te ruego, por tanto, amado señor Luciano, que te acuerdes de mí y accedas a mi petición; que así Cristo te conceda aquella corona sagrada que te ha dado no solo en la confesión sino también en la santidad, en la cual siempre has caminado y siempre has sido ejemplo para los santos así como testigo, que refieras a todos mis señores, tus hermanos los confesores, todo este asunto, para que reciban ayuda de ti. Pues esto, mi señor y hermano, debes saber: que no soy yo solo quien pide esto en favor de ellas, sino también Estacio y Severiano, y todos los confesores que han venido de allá aquí desde ti; a quienes estas mismas hermanas bajaron al puerto y los subieron a la ciudad, y han servido a sesenta y cinco, y aun hasta hoy los han cuidado en todas las cosas. Pues todos están con ellas. Pero no debo cargar más tu sagrado corazón, pues sé que trabajarás con pronta voluntad. Macario, con sus hermanas Cornelia y Emérita, te saludan, gozosos en tu sangrienta confesión, como también en la de todos los hermanos; y Saturnino, que también él luchó con el diablo, que también confesó valientemente el nombre de Cristo, que además, bajo el tormento de las garras que desgarran, confesó valientemente, y que también pide y suplica encarecidamente esto. Tus hermanos Calfurnio y María, y todos los santos hermanos, te saludan. Pues debes saber también esto: que he escrito también cartas a mis señores tus hermanos, las cuales te ruego que te dignes leerles.

    Epístola 21. Luciano responde a Celerino

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 21, argumento
    Argumento. Luciano asiente a la petición de Celerino.

    Epístola 21, § 1

    1. Luciano a Celerino, su señor, y (si yo fuere digno de ser llamado así) colega en Cristo, salud. He recibido tu carta, amadísimo señor y hermano, en la cual me has colmado de tal modo de expresiones de bondad, que por razón de tan gran carga casi fui vencido por tan excesivo gozo; de modo que me regocijé leyendo, por el beneficio de tu tan grande humildad, la carta que también deseaba ardientemente leer después de tanto tiempo, en la cual te dignaste traerme al recuerdo, diciéndome en tu escrito: "si yo fuere digno de ser llamado tu hermano", de un hombre como yo, que confesó el nombre de Dios con temblor ante los magistrados inferiores. Porque tú, por voluntad de Dios, cuando confesaste, no solo ahuyentaste a la gran serpiente misma, precursora del Anticristo, sino que la has vencido, con aquella voz y aquellas palabras divinas, por las cuales sé cómo amas la fe y cuán celoso eres de la disciplina de Cristo, en la cual sé y me gozo que estás activamente ocupado. Ahora amado, ya digno de ser estimado entre los mártires, has querido abrumarme con tu carta, en la que nos hablas de nuestras hermanas, en favor de las cuales desearía que pudiéramos, de ser posible, mencionarlas sin recordar también tan gran crimen cometido. Ciertamente no pensaríamos entonces en ellas con tantas lágrimas como ahora.

    Epístola 21, § 2

    2. Debes saber lo que se ha hecho acerca de nosotros. Cuando el bienaventurado mártir Pablo estaba aún en el cuerpo, me llamó y me dijo: "Luciano, en presencia de Cristo te digo: si alguno, después de mi partida, te pidiere la paz, concédesela en mi nombre". Además, todos nosotros a quienes el Señor se ha dignado llamar en tal tribulación, por nuestras cartas, de mutuo acuerdo, hemos dado la paz a todos. Ves, pues, hermano, cómo (yo he hecho esto) en parte de lo que Pablo me mandó, como lo que en todos los casos decretamos cuando estábamos en esta tribulación, en la que por mandato del emperador se nos ordenó ser muertos por hambre y sed, y fuimos encerrados en dos celdas, para que así nos debilitaran por hambre y sed. Además, el fuego del efecto de nuestro tormento era tan intolerable que nadie podía soportarlo. Pero ahora hemos alcanzado el resplandor mismo. Y por tanto, amado hermano, saluda a Numeria y Candida, quienes (tendrán paz) según el precepto de Pablo, y al resto de los mártires cuyos nombres añado: a saber, Baso en el calabozo de los perjuros, Mapálico en el tormento, Fortunión en la cárcel, Pablo después del tormento, Fortunata, Victorino, Víctor, Herennio, Julia, Marcial y Aristón, quienes por voluntad de Dios fueron muertos en la cárcel por hambre, de quienes en pocos días oirás que soy compañero. Pues ahora hay ocho días, desde el día en que fui encerrado de nuevo, hasta el día en que te escribí mi carta. Porque antes de estos ocho días, durante cinco días intermedios, recibí un bocado de pan y agua por medida. Y por tanto, hermano, como aquí, puesto que el Señor ha comenzado a dar la paz a la Iglesia misma, según el precepto de Pablo y nuestro tratado, expuesta la causa ante el obispo y hecha la confesión, pido que no solo estas tengan paz, sino también todos aquellos que sabes que están muy cerca de nuestro corazón.

    Epístola 21, § 3

    3. Todos mis colegas te saludan. Saluda tú a los confesores del Señor que están allí contigo, cuyos nombres has indicado, entre los cuales están también Saturnino, con sus compañeros, que también es colega mío, y Maris, Colecta y Emérita, Calfurnio y María, Sabina, Spesina y las hermanas, Januaria, Dativa, Donata. Saludamos a Saturo con su familia, a Bassiano y a todo el clero, a Uranio, Alexio, Quintaino, Colonia, y a todos cuyos nombres no he escrito, porque ya estoy cansado. Por tanto, deben perdonarme. Os deseo cordial salud, y a Alexio, y a Getúlico, y a los cambistas, y a las hermanas. Mis hermanas Januaria y Sofía, a quienes te encomiendo, te saludan.

    Epístola 22. Al clero que permanece en Roma, acerca de muchos confesores, y de la osadía de Luciano y de la moderación de Celerino el confesor

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 22, argumento
    Argumento. En esta carta Cipriano informa al clero romano de la demanda sediciosa de los caídos para ser restituidos a la paz, y de la osadía de Luciano. Para que puedan entender mejor estas cosas, Cipriano cuida de que se les envíen no solo sus propias cartas, sino también las de Celerino y Luciano.

    Epístola 22, § 1

    1. Cipriano a los presbíteros y diáconos que permanecen en Roma, sus hermanos, salud. Después de las cartas que os escribí, hermanos amadísimos, en las que se explicaba lo que yo había hecho y se daba una ligera cuenta de mi disciplina y diligencia, sobrevino otro asunto que, tanto como los demás, no debe ocultárseos. Porque nuestro hermano Luciano, que también es uno de los confesores, fervoroso ciertamente en la fe y robusto en la virtud, pero poco instruido en la lectura de la palabra del Señor, ha intentado ciertas cosas, constituyéndose por un tiempo en autoridad para gentes inexpertas, de modo que se entregaron indiscriminadamente a muchos, en nombre de Paulo, certificados escritos de su mano; mientras que el mártir Mapálico, cauto y modesto, acordándose de la ley y de la disciplina, no escribió cartas contrarias al Evangelio, sino que tan solo, movido por el afecto doméstico hacia su madre, que había caído, mandó que se le concediera la paz. Saturnino, además, después de su tortura, permaneciendo aún en la cárcel, no envió cartas de este género. Pero Luciano, no solo mientras Paulo estaba todavía en prisión, dio en todas partes en nombre de aquel certificados escritos de su propia mano, sino que aun después de su muerte persistió en hacer lo mismo bajo su nombre, diciendo que esto le había sido mandado por Paulo, ignorando que debe obedecerse al Señor antes que a su consiervo. También en nombre de Aurelio, un joven que había sufrido el tormento, se dieron muchos certificados escritos de mano del mismo Luciano, porque Aurelio no sabía escribir por sí mismo.

    Epístola 22, § 2

    2. Para poner en cierta medida coto a esta práctica, les escribí cartas, que os he enviado en el pliego de la carta anterior, en las cuales no dejé de rogarles y persuadirles de que se tuviera consideración a la ley del Señor y al Evangelio. Pero después de que les envié mis cartas, para que, por así decir, se obrara algo más moderada y templadamente, el mismo Luciano escribió una carta en nombre de todos los confesores, en la cual quedaron disueltos casi todos los vínculos de la fe, el temor de Dios, el mandato del Señor y la santidad y sinceridad del Evangelio. Pues escribió en nombre de todos que habían dado la paz a todos, y que deseaba que este decreto se comunicara por mí a los demás obispos; de esta carta os transmití una copia. Se añadía, ciertamente: "de aquellos cuyo proceder desde su crimen ha sido satisfactorio"; — cosa esta que suscita un odio mayor contra mí, porque yo, cuando he comenzado a oír las causas de cada uno y a examinarlas, parezco negar a muchos lo que ahora todos se jactan de haber recibido de los mártires y confesores.

    Epístola 22, § 3

    3. Finalmente, esta práctica sediciosa ha comenzado ya a manifestarse; pues en nuestra provincia, en algunas de sus ciudades, la multitud ha atacado a sus gobernantes y los ha obligado a que se les concediera inmediatamente la paz que, según gritaban todos, les había sido ya otorgada una vez por los mártires y confesores. Sus gobernantes, amedrentados y sometidos, poco pudieron resistirles, ni por el vigor del ánimo ni por la fortaleza de la fe. Entre nosotros, además, algunos espíritus turbulentos, que en el pasado eran difícilmente gobernados por mí y fueron diferidos hasta mi llegada, se encendieron con esta carta como con un tizón, y comenzaron a mostrarse más violentos y a arrancar por la fuerza la paz que se les había concedido. Os he enviado copia de las cartas que escribí a mi clero acerca de estos asuntos, y, además, lo que Caldonio, mi colega, escribió con su integridad y fidelidad, y lo que yo le respondí. Os he enviado ambas para que las leáis. También os he enviado copias de la carta de Celerino, el bueno y esforzado confesor, que escribió a Luciano, también confesor, y de lo que Luciano le respondió; para que conozcáis tanto mi trabajo en todo como mi diligencia, y podáis aprender la verdad misma: cuán moderado y cauto es Celerino el confesor, y cuán reverente en su humildad y en su temor por nuestra fe; mientras que Luciano, como he dicho, es menos diestro en la inteligencia de la palabra del Señor, y por su facilidad es pernicioso, a causa del disgusto que causa mi trato reverente. Porque mientras el Señor ha dicho que las naciones han de ser bautizadas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y que sus pecados pasados han de ser borrados en el bautismo; este hombre, ignorante del precepto y de la ley, manda que se conceda la paz y se perdonen los pecados en el nombre de Paulo; y dice que esto le fue mandado por Paulo, como observaréis en la carta enviada por el mismo Luciano a Celerino, en la cual muy poco consideró que no son los mártires los que hacen el Evangelio, sino que los mártires son hechos por el Evangelio; puesto que también Pablo, el apóstol a quien el Señor llamó vaso escogido, dejó escrito en su epístola: "Me maravillo de que tan pronto os hayáis apartado del que os llamó a la gracia de Cristo, a otro evangelio: el cual no es otro; pero hay algunos que os perturban y quieren pervertir el Evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes dijimos, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema."

    Epístola 22, § 4

    4. Pero vuestra carta, que recibí, escrita a mi clero, llegó oportunamente; como también aquellas que los bienaventurados confesores, Moisés y Máximo, Nicóstrato y los demás, enviaron a Saturnino y Aurelio, y a los otros, en las que se contiene todo el vigor del Evangelio y la robusta disciplina de la ley del Señor. Vuestras palabras me asistieron mucho mientras trabajaba aquí, y resistí con toda la fuerza de la fe el embate de la malevolencia, de modo que mi trabajo se abrevió desde lo alto, y antes de que os llegaran las cartas que os envié por última vez, me declarasteis que, según la ley evangélica, también vuestro juicio concurría firme y unánimemente con el mío. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos amadísimos y añorados.

    Epístola 23. Al clero, sobre las cartas enviadas a Roma, y acerca del nombramiento de Saturo como lector y de Optato como subdiácono. A.D. 250

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 23, argumento
    Argumento. Por esta carta se informa al clero de la ordenación de Saturo y Optato, y de lo que Cipriano había escrito a Roma.

    Epístola 23

    Cipriano a los presbíteros y diáconos, sus hermanos, salud. Para que nada de lo que se me escribió y de lo que respondí sea desconocido para vuestro conocimiento, hermanos amadísimos, os he enviado copia de cada carta, y creo que mi réplica no os desagradará. Pero debo informaros en mi carta de que, por una razón muy urgente, he enviado una carta al clero que permanece en la ciudad. Y puesto que era menester escribir por medio de clérigos, sabiendo que muchísimos de los nuestros están ausentes y que los pocos que allí hay apenas bastan para el ministerio del deber cotidiano, fue necesario nombrar a algunos nuevos que pudieran ser enviados. Sabed, pues, que he hecho lector a Saturo, y subdiácono a Optato, el confesor; a quienes ya, por consejo general, habíamos hecho próximos al clero, al haber confiado a Saturo, una y otra vez en el día de Pascua, la lectura; y cuando con los presbíteros maestros examinábamos cuidadosamente a los lectores — al nombrar a Optato de entre los lectores como maestro de los oyentes — examinando, ante todo, si se hallaba en ellos todo lo que debe hallarse en quienes se preparan para el oficio clerical. Nada nuevo, por tanto, se ha hecho por mí en vuestra ausencia; sino que lo que por consejo general de todos había comenzado, ha sido llevado a cabo por urgente necesidad. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos amadísimos; y acordaos de mí. Salud.

    Epístola 24. A Moisés y Máximo y a los demás confesores

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 24, argumento
    Argumento. Esta carta es de congratulación a los confesores romanos.

    Epístola 24, § 1

    1. Cipriano a Moisés y Máximo, los presbíteros, y a los demás confesores, sus hermanos amadísimos, salud. Ya había sabido por la fama, hermanos valientísimos y bienaventurados, la gloria de vuestra fe y de vuestra virtud, alegrándome grandemente y congratulándoos con abundancia, de que la altísima condescendencia de nuestro Señor Jesucristo os hubiera preparado para la corona mediante la confesión de su nombre. Porque vosotros, que os habéis hecho jefes y guías en la batalla de nuestro tiempo, habéis enarbolado el estandarte de la milicia celestial; habéis dado comienzo al certamen espiritual que Dios ha dispuesto que ahora se libre por vuestro valor; vosotros, con fuerza inconmovible y firmeza inquebrantable, habéis quebrantado el primer ímpetu de la guerra que se levanta. De ahí han surgido felices comienzos del combate; de ahí han empezado buenos auspicios de victoria. Sucedió que aquí los martirios fueron consumados por los tormentos. Pero el que, precediendo en la lucha, ha sido hecho ejemplo de virtud para los hermanos, está en terreno común con los mártires en cuanto al honor. De ahí nos habéis entregado guirnaldas tejidas por vuestra mano, y habéis empeñado a vuestros hermanos con el cáliz de la salvación.

    Epístola 24, § 2

    2. A estos gloriosos comienzos de confesión y a los augurios de una guerra victoriosa se ha añadido el mantenimiento de la disciplina, que observé por el vigor de la carta que últimamente enviasteis a vuestros colegas, unidos con vosotros al Señor en la confesión, con solícita amonestación, para que los sagrados preceptos del Evangelio y los mandamientos de vida que una vez nos fueron entregados se guarden con observancia firme y rígida. He aquí otro grado elevado de vuestra gloria; he aquí, con la confesión, un doble título para merecer bien de Dios: mantenerse firme en el paso, y apartar en esta lucha, con la fuerza de vuestra fe, a los que intentan abrir brecha en el Evangelio y poner manos impías en la obra de socavar los preceptos del Señor; haber ofrecido antes las muestras del valor, y ofrecer ahora lecciones de vida. El Señor, cuando, después de su resurrección, envió a sus apóstoles, les ordena, diciendo: "Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra. Id, pues, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado." . Y el apóstol Juan, recordando este encargo, lo establece después en su epístola: "En esto —dice— sabemos que le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice que le conoce y no guarda sus mandamientos es mentiroso, y la verdad no está en él." . Vosotros impulsáis la observancia de estos preceptos; observáis los divinos y celestiales mandamientos. Esto es ser confesor del Señor; esto es ser mártir de Cristo: guardar inviolable y segura la firmeza de la propia profesión en medio de todos los males. Porque querer hacerse mártir del Señor y tratar de derribar los preceptos del Señor; usar contra Él la condescendencia que Él os ha otorgado; convertiros, por así decir, en rebeldes con las armas que habéis recibido de Él: esto es querer confesar a Cristo y negar el Evangelio de Cristo. Me alegro, por tanto, en favor vuestro, hermanos valientísimos y fieles; y cuanto felicito a los mártires allí honrados por la gloria de su fortaleza, tanto os felicito también igualmente a vosotros por la corona de la disciplina del Señor. El Señor ha derramado su condescendencia en múltiples géneros de liberalidad. Ha distribuido las alabanzas de los buenos soldados y sus glorias espirituales en abundante variedad. También nosotros participamos de vuestro honor; contamos vuestra gloria como gloria nuestra, cuyos tiempos han sido iluminados por tal felicidad, que haya sido fortuna de nuestro día ver coronados a los probados siervos de Dios y soldados de Cristo. Os despedimos cordialmente en el Señor, hermanos valientísimos y bienaventurados; y acordaos de mí.

    Epístola 25. Moisés, Máximo, Nicóstrato y los demás confesores responden a la carta precedente. A.D. 250

    Texto de la fuenteEdición de las Ante-Nicene Fathers · Argumento · Epístola 25, argumento
    Argumento. Reconocen agradecidos el consuelo que los confesores romanos habían recibido de la carta de Cipriano. El martirio no es un castigo, sino una felicidad. Las palabras del Evangelio son tizones que inflaman la fe. En el caso de los caídos, se asiente al juicio de Cipriano.

    Epístola 25, § 1

    1. A Cecilio Cipriano, obispo de la iglesia de los cartagineses, Moisés y Máximo, presbíteros, y Nicóstrato y Rufino, diáconos, y los demás confesores perseverantes en la fe de la verdad, en Dios Padre, y en su Hijo Jesucristo nuestro Señor, y en el Espíritu Santo, salud. Hallándonos, hermano, entre varios y múltiples dolores, a causa de las desolaciones presentes de muchos hermanos en casi todo el mundo, nos ha llegado este principal consuelo: que nos hemos sentido levantados al recibir vuestra carta, y hemos recogido algún alivio para las penas de nuestro espíritu entristecido. De lo cual ya podemos percibir que la gracia de la divina providencia quiso mantenernos tanto tiempo encerrados en las cadenas de la prisión, quizá por ninguna otra razón sino para que, instruidos y animados más vigorosamente por vuestra carta, pudiéramos con voluntad más ferviente alcanzar la corona destinada. Porque vuestra carta ha resplandecido sobre nosotros como una calma en medio de la tempestad, como la anhelada tranquilidad en medio de un mar agitado, como reposo en los trabajos, como salud en los peligros y dolores, como luz brillante y encendida en las tinieblas más densas. Así la bebimos con espíritu sediento y la recibimos con hambriento deseo; de modo que nos gozamos de hallarnos por ella suficientemente alimentados y fortalecidos para el encuentro con el enemigo. El Señor os recompensará por ese vuestro amor, y os restituirá el fruto debido a tan buena obra; porque quien exhorta no es menos digno del premio de la corona que quien sufre; no es menos digno de alabanza quien ha enseñado que quien también ha obrado; no es menos digno de honor quien ha advertido que quien ha combatido; salvo que a veces el peso de la gloria redunda más en quien adiestra que en quien se ha mostrado discípulo dócil; pues este, acaso, no tendría lo que ha practicado si aquel no se lo hubiera enseñado.

    Epístola 25, § 2

    2. Por tanto, de nuevo decimos, hermano Cipriano, que hemos recibido gran gozo, gran consuelo, gran refrigerio, especialmente en que habéis descrito, con gloriosas y merecidas alabanzas, las gloriosas, no diré muertes, sino inmortalidades de los mártires. Pues tales partidas debían ser proclamadas con tales palabras, para que las cosas referidas se contaran del modo como fueron hechas. Así, desde vuestra carta, vimos aquellos gloriosos triunfos de los mártires; y con nuestros ojos en cierto modo los hemos seguido mientras subían al cielo, y los hemos contemplado sentados entre los ángeles, y las potestades y dominaciones del cielo. Además, en cierta manera hemos percibido con nuestros oídos al Señor dándoles el testimonio prometido en la presencia del Padre. Es esto, pues, lo que también levanta nuestro espíritu día a día, y nos inflama a seguir la huella de tan gran dignidad.

    Epístola 25, § 3

    3. Pues ¿qué cosa más gloriosa, o qué cosa más feliz, puede sobrevenir a hombre alguno por la divina condescendencia, que confesar al Señor Dios, en la misma muerte, ante sus propios verdugos? ¿Que entre los furiosos, variados y exquisitos tormentos del poder mundano, aun cuando el cuerpo es atormentado, desgarrado y cortado en pedazos, confesar a Cristo, Hijo de Dios, con espíritu todavía libre, aunque ya partiendo? ¿Que haber subido al cielo dejando atrás el mundo? ¿Que, habiendo abandonado a los hombres, estar de pie entre los ángeles? ¿Que, rotos todos los impedimentos mundanos, estar ya libre ante la vista de Dios? ¿Que gozar del reino celestial sin demora alguna? ¿Que haberse hecho asociado de la pasión de Cristo en el nombre de Cristo? ¿Que haberse convertido, por la divina condescendencia, en juez del propio juez? ¿Que haber sacado de la confesión de su nombre una conciencia sin mancha? ¿Que haberse negado a obedecer leyes humanas y sacrílegas contra la fe? ¿Que haber dado testimonio de la verdad con público testimonio? ¿Que, muriendo, haber subyugado a la misma muerte, temida por todos? ¿Que, por la misma muerte, haber alcanzado la inmortalidad? ¿Que, desgarrado y atormentado por todos los instrumentos de crueldad, haber vencido el tormento con los tormentos mismos? ¿Que con la fuerza del ánimo haber luchado contra todas las agonías de un cuerpo despedazado? ¿Que no haberse estremecido ante el flujo de la propia sangre? ¿Que haber comenzado a amar los propios castigos, después de tener fe para soportarlos? ¿Que considerar injuria para la propia vida no haberla dejado?

    Epístola 25, § 4

    4. Porque a esta batalla nos estimula nuestro Señor, como con la trompeta de su Evangelio, cuando dice: "El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama su propia alma más que a mí, no es digno de mí. Y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí." . Y de nuevo: "Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando los hombres os persigan y os odien. Alegraos y regocijaos en gran manera, porque así persiguieron sus padres a los profetas que fueron antes de vosotros." . Y de nuevo: Porque compareceréis ante reyes y potestades, y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo, y el que persevere hasta el fin será salvo; y "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me he sentado con mi Padre en su trono." Y el apóstol: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? (Según está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el día; somos contados como ovejas para el matadero.) Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó."

    Epístola 25, § 5

    5. Cuando leemos estas cosas, y otras semejantes reunidas en el Evangelio, y sentimos, por así decir, tizones puestos debajo de nosotros, con las palabras del Señor para inflamar nuestra fe, no solo no tememos, sino que incluso provocamos a los enemigos de la verdad; y ya hemos vencido a los adversarios de Dios por el hecho mismo de no ceder ante ellos, y hemos subyugado sus leyes nefandas contra la verdad. Y aunque todavía no hemos derramado nuestra sangre, estamos preparados para derramarla. Nadie piense que esta demora de nuestra partida es clemencia alguna; porque nos estorba, pone impedimento a nuestra gloria, difiere el cielo, retiene la gloriosa vista de Dios. Porque en un certamen de este género, y en la clase de certamen cuando la fe lucha en el encuentro, no es verdadera clemencia diferir a los mártires con la demora. Rogad, pues, amado Cipriano, que el Señor, por su misericordia, arme y adorne cada día más y más a cada uno de nosotros con mayor abundancia y prontitud, y nos confirme y fortalezca con la fuerza de su poder; y, como buen capitán, saque por fin a sus soldados, a quienes hasta ahora ha adiestrado y probado en el campamento de nuestra prisión, al campo de la batalla que se les ha presentado. Que nos entregue las armas divinas, aquellas armas que no saben ser vencidas: la coraza de la justicia, que no suele romperse; el escudo de la fe, que no puede ser traspasado; el yelmo de la salvación, que no puede ser destrozado; y la espada del Espíritu, que nunca ha solido ser dañada. Porque ¿a quién deberíamos encomendar más bien estas cosas para que las pida por nosotros, que a nuestro tan reverendo obispo, como víctimas destinadas que piden ayuda al sacerdote?

    Epístola 25, § 6

    6. He aquí otro gozo nuestro: que, en el deber de vuestro episcopado, aunque entretanto hayáis estado, por la condición de los tiempos, separado de vuestros hermanos, con frecuencia habéis confirmado a los confesores con vuestras cartas; que siempre habéis proporcionado los suministros necesarios de vuestras propias y justas adquisiciones; que en todas las cosas os habéis mostrado siempre en cierto sentido presente; que en ninguna parte de vuestro deber habéis quedado rezagado como desertor. Pero aquello que más fuertemente nos estimuló a un gozo mayor no podemos callarlo, sino que debemos describirlo con todo el testimonio de nuestra voz. Pues observamos que habéis reprendido con censura adecuada, y dignamente, a aquellos que, olvidados de sus pecados, con apresurado y ansioso deseo, habían arrancado la paz a los presbíteros en vuestra ausencia, y a aquellos que, sin respeto por el Evangelio, con profana facilidad habían concedido la santidad del Señor a los perros, y las perlas a los cerdos; aunque un gran crimen, y uno que se ha extendido con increíble destructividad por casi toda la tierra, debe, como vos mismo escribís, ser tratado solo con cuidado y moderación, con el consejo de todos los obispos, presbíteros, diáconos, confesores, y aun de los laicos que permanecen firmes, como también vos mismo testificáis en vuestras cartas; de modo que, al querer reparar intempestivamente las ruinas, no parezcamos acarrear otra destrucción mayor, pues ¿dónde queda la palabra divina, si el perdón se concede tan fácilmente a los pecadores? Ciertamente, sus espíritus han de ser animados y alimentados hasta el tiempo de su madurez, y han de ser instruidos por las Sagradas Escrituras cuán grande y superlativo pecado han cometido. Ni se animen por el hecho de ser muchos, sino más bien sean refrenados por el hecho de no ser pocos. Un número desvergonzado jamás ha solido tener peso para atenuar un crimen; sino la vergüenza, la modestia, la paciencia, la disciplina, la humildad y la sujeción, aguardando sobre sí el juicio de los demás, y soportando sobre su propio juicio la sentencia de los otros: esto es lo que prueba la penitencia; esto es lo que cicatriza una herida profunda; esto es lo que levanta las ruinas del espíritu caído y las restaura, lo que apaga y refrena el ardiente vapor de sus pecados furiosos. Porque el médico no dará al enfermo el alimento de los cuerpos sanos, no sea que el alimento intempestivo, en lugar de reprimir, estimule el poder de la enfermedad furiosa — es decir, no sea que lo que hubiera podido ser disminuido antes por la abstinencia, se prolongue, por la impaciencia, con la creciente indigestión.

    Epístola 25, § 7

    7. Por tanto, las manos contaminadas con impíos sacrificios deben ser purificadas con buenas obras, y las bocas miserables manchadas con execrable alimento deben ser purgadas con palabras de verdadera penitencia, y el espíritu debe ser renovado y consagrado en lo recóndito del corazón fiel. Óiganse los frecuentes gemidos de los penitentes; derrámenense lágrimas fieles de los ojos no una sola vez, sino una y otra vez, para que aquellos mismos ojos que miraron impíamente a los ídolos laven, con lágrimas que satisfacen a Dios, las cosas ilícitas que hicieron. Nada es necesario para las enfermedades sino la paciencia: los que están cansados y débiles luchan con su dolor; y así al fin esperan la salud, si, tolerándolo, pueden vencer su sufrimiento; porque infiel es la cicatriz que el médico ha producido demasiado pronto; y la curación se deshace por cualquier pequeño accidente, si no se usan fielmente los remedios desde su misma lentitud. La llama es llamada de nuevo rápidamente a la conflagración, a menos que se extinga el material de todo el fuego hasta la chispa más extrema; de modo que hombres de esta clase deben saber justamente que aun ellos mismos se benefician más con la propia demora, y que se aplican remedios más seguros con la necesaria postergación. Además, ¿dónde se dirá que los que confiesan a Cristo están encerrados en la custodia de una prisión sórdida, si los que lo han negado no corren peligro alguno en su fe? ¿Dónde, que están atados con el ceñidor de las cadenas en el nombre de Dios, si los que no han guardado la confesión de Dios no son privados de la comunión? ¿Dónde, que los mártires encarcelados entregan sus vidas gloriosas, si los que han abandonado la fe no sienten la magnitud de sus peligros y de sus pecados? Pero si traicionan demasiada impaciencia y piden la comunión con intolerable avidez, vanamente profieren con lenguas petulantes y desenfrenadas aquellos reproches quejumbrosos y envidiosos que nada valen contra la verdad, puesto que pudieron haber retenido por su propio derecho lo que ahora, por una necesidad que ellos mismos han buscado por su libre voluntad, se ven obligados a implorar. Porque la fe que pudo confesar a Cristo, pudo también ser guardada por Cristo en la comunión. Os despedimos cordialmente en el Señor, padre bienaventurado y gloriosísimo; y tenednos en recuerdo.
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